1
Murió en 1548; fue secretario de la Compañía entre 1545-1547, y en 1544, cuando regresó de París a Roma, San Ignacio le encargó la copia de la obra, a la que él mismo fue añadiendo enmiendas (más de treinta) por lo que se le da el nombre de autógrafo (vid. el prólogo a la edición Manual de las Obras, págs. 205-206). Citaré por la quinta (Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1991) que tiene todos los estudios de los PP. Iparraguirre y Dalmases y se acrecienta con nueva información del P. Manuel Ruiz Jurado, S. J. Es de pesar para los estudios filológicos la modernización que se hace de los textos. Cuando me refiera a esta edición diré, simplemente, Obras. Sin embargo, los autógrafos (Diario espiritual, Constituciones, correspondencia) los citaré por Monumenta Ignatiana (entre paréntesis pondré el tomo, en número latinos; y la página, en arábigos). Los Ejercicios deberían haber representado el punto en que se encontraba la lengua de Ignacio. Cfr.: «En ese mismo tiempo, con la suficiencia de letras que habemos dicho que tenía Ignacio (que era solamente leer y escribir), escribió el libro que llamamos de los Ejercicios espirituales, sacado de las experiencias que alcanzó, y del cuidado y atenta consideración con que iba notando todas las cosas que por él pasaron». (RIVADENEIRA, p. 23 a).
2
Obras, págs. 76-78 y 81-85. El Fundador refirió su vida al P. Cámara en agosto-septiembre de 1553, en marzo y septiembre-octubre de 1555 y, aunque el jesuita portugués (Obras, p. 98) habla de la puntualidad con que fue transcribiendo lo que el Padre le decía, hemos de pensar que esto era en cuanto al contenido, la expresión no tenía (ni podía) por qué ser literal. Y aunque lo intentara, ¿podría conseguirlo?
3
Hay una parte italiana que dictó el propio P. Cámara (Obras, p. 89).
4
Obras, p. 85.
5
Sin duda se refiere a él Rivadeneira (p. 47 b), cuando habla de «un cuaderno escripto de su mano, en el cual, al tiempo que hacía las Constituciones, escrebía Ignacio día por día los gustos y afectos espirituales que sentía su ánima en la oración y misa, dice en uno dellos que había sentido tal afecto como cuando el Padre eterno le puso con su Hijo».
6
En torno al castellano de San Ignacio, «Razón y Fe», 153 (1956), 243-274. Un rasgo en el que se entremezclan filosofía, teología y lingüística fue estudiado por Francisco Maldonado [1940], en Lo fictivo y antifictivo en la obra de San Ignacio, Granada 1954.
7
Reminiscencias de la lengua vasca en el Diario de San Ignacio: «Revista Internacional de Estudios Vascos», 27 (1936) 53 ss.
8
El trabajo de este jesuita se publicó el mismo año que el de Sola que, naturalmente, no lo pudo tener en cuenta. Vid. P. CAMILO ABAD, introducción y notas al Diario Espiritual, Comillas, Universidad Pontificia, 1956.
9
Cfr. PEDRO DE LETURIA, El gentilhombre Iñigo López de Loyola (3.ª edic.), Barcelona 1949. En este momento es oportuno citar un largo y documentado estudio del P. Gabriel María Verd, De Íñigo a Ignacio. El cambio de nombre en San Ignacio de Loyola: Archivum Historicum Societatis Iesu, 60 (1991) 113-160. El «cambio» no tiene que ver con la lengua utilizada.
10
HUGO RAHNER, S. J., Ignatius von Loyola als Mensch and Theologe, Freiburg i.B. 1964, parte de las palabras significativas del Fundador y son expresadas en español. Desde el He aquí a nuestro Padre teólogo hasta la acepción de asiento (del espíritu), el sentimiento (de la armonía de la revelación), la libertad (don inefable de Dios), la trascendencia de hacia arriba, etc., buena parte de la obra está basada en palabras españolas del Santo, según acabo de anotar.