Sobre Unamuno: precisiones y recuerdo
Francisco Ynduráin Hernández
En la personalidad de Unamuno, en los varios personajes que representó en su vida, hay un aspecto que voy a reconsiderar y es el del supuesto desprecio por la Ciencia y no solo partiendo de su tan comentada frase, exabrupto más bien: «¡Que inventen ellos!», los que han creado saberes y técnicas experimentales. Nosotros, los españoles, tenemos una misión más alta, que solo excepcionalmente han alcanzado algunos, muy pocos. No menos grave parece su repulsa a la investigación en el campo que le concernía como catedrático de Griego. El recién nombrado titular de esa disciplina parece que respondió a quien le propuso estudiar los manuscritos griegos conservados en la biblioteca de El Escorial: «Dejad que los muertos entierren a sus muertos». Ni le preocupó seguir la línea de investigación que la filología helénica exigía, y se excusó diciendo que con el Griego que sabía le bastaba y sobraba para atender a sus alumnos. En sus clases no se iba más allá de la traducción y comentario de textos establecidos por otros, sin atender al sentido, no a problemas de fijación y transmisión textual, por ejemplo, con lo que se limitaba a exponer a sus alumnos una literatura y pensamiento de calidad memorable. Así, desde sus primeros pasos en la enseñanza y sin volver de su propósito. En Contra esto y aquello recoge un artículo sobre la Grecia de Gómez Carrillo, y reitera: «No soy helenista», contraponiendo lo que entendía como erudición muerta al valor vivo de los autores comentados. Ni limitó su curiosidad al griego clásico, pues siguió la literatura en griego moderno, como puede verse en los fondos de su biblioteca privada, ahora en la Casa-Museo.
Para entender tal actitud profesoral, que hoy nos parece inadmisible, ha de tenerse en cuenta el nivel universitario en el campo de la Filología Helénica en nuestras Universidades. Y surge una primera pregunta: «¿Tenía idea el Ministerio responsable de cuál debía ser el nivel de los aspirantes a la condición de catedrático?» De ahí habían de nacer las exigencias para acceder al cargo. Pero es que tampoco veo que hubiera en el profesorado una exigencia calificada en esta materia y tampoco se podía contar con jueces competentes para seleccionar los nuevos titulares. Todavía más: ¿cómo hubieran podido los estudiantes de Filosofía y Letras alcanzar una especialización profunda en aquella disciplina? Parece que muy difícilmente, por tener en su plan de estudios, además del Griego, Latín, Árabe y Hebreo, sin contar con otras asignaturas y la necesidad de idiomas modernos. Ni pasaban de cuatro o cinco los alumnos en cada curso. Así bastaba con disponer de ediciones ya establecidas para el ejercicio de traducción y comentario. Unamuno se sirvió de las ediciones Hachette, más atento al sentido que a la filología en su sentido problemático de mayor radio. Tampoco parece que la sociedad demandase otra cosa, si es que había conciencia de la cuestión. Así siguieron estos estudios hasta muy entrado el siglo y nos viven quienes sacaron la Filología Clásica de su estancamiento y retraso, comparada con la que cultivaron sus colegas en Alemania, Francia, Inglaterra e Italia. Reconsiderada ahora, desde estas perspectivas, la inhibición de Unamuno en la disciplina a su cargo parece ya menos culposa.
En cuanto a su desdén, supuesto más que probado, por la Ciencia, así, con mayúscula, entiendo que ha de ser reconsiderado, y no voy a tomar posición de defensor a todo evento, sino de observador y fedatario. Empezaré, sin embargo, por una apreciación personal, y es la de que en la dichosa frase me parece que había un trasfondo de disgusto al no haber sabido nosotros competir en ese campo. Al mismo tiempo advierto que sonaba en el rechazo algo como un eco de lo que había sido calificado a finales del XIX en términos de «la faillite de la science», esto es, del cientificismo como norte y suma de toda aspiración humana, como panacea última. Baroja, de mente más estrictamente científica, puso en boca de su Jaun de Álzate el desengaño y frustración: «El querer saber me ha matado. Pero, ¿quién había de pensar que de la Ciencia saldría el universo ciego, la naturaleza sorda a nuestros gritos, el cielo vacío?» (en la novela del mismo título, capítulo IX, «Lamentaciones», 1922). Podría aducir más citas, que considero innecesarias, para recalcar los límites que han de ponerse al rechazo de la Ciencia en cuanto algo que se quiso meta suprema del esfuerzo humano, del ser nacido para la muerte, y sabedor de su destino. De aquí arranca la más grave y persistente preocupación en Unamuno, y de ella hizo centro de sus facultades todas, en busca persistente y sin reposo. Cierto que no son incompatibles mentalidad científica y preocupación trascendental, cada una en su esfera y con su método respectivo.
Vuelvo a la poca seria organización de los estudios de Filología Clásica, y no solo cuando Unamuno accedió a su cátedra, sino muchos años después todavía. Los cinco alumnos que seguíamos la enseñanza del Griego en Salamanca -1928- lo hicimos con el titular de la disciplina y rector de la Universidad. Desde un puesto como auxiliar de Historia del Arte, en Zaragoza, accedió a catedrático de Griego en Salamanca, por permuta con el titular de esta disciplina, que pasó a explicar Historia del Arte en Zaragoza. Procedimiento, al parecer, normal, legal. En este clima intelectual y dadas las exigencias públicas y privadas, Unamuno tenía ancha puerta
para salir a representar su papel de excitador Hispaniae, de predicador en el desierto (Curtius), así como para sus copiosas y variadas lecturas, para lo que hizo cátedra suya, libre y abierta. Ni descuidó otra de sus aficiones, la historia de la lengua española desde un punto de vista neopositivista, y así concurrió a un Premio que obtuvo don Ramón Menéndez Pidal, presentando un libro que no ha visto la luz hasta muy recientemente. Aquí se nos muestra una de sus marcas en el manejo de la lengua, el gusto por la etimología de voces con más o menos tempestiva aplicación.
Si consideramos su posición respecto a la Ciencia, no puede atribuírsele menosprecio y será oportuno espigar algunas de las opiniones manifestadas por don Miguel, aunque antes ha de notarse cómo cultivó por afición disciplinas que no eran precisamente de su campo. Para ello basta repasar el catálogo de su biblioteca y advertiremos libros de ciencias naturales, de economía, sociología, anotados cuidadosamente según han recogido los Valdés en su utilísimo An Unamuno Sourcebook (Univ. of Toronto Press, 1973). A lo largo de su copiosa obra ha dejado huellas de un saber no habitual entre los hombres de letras, y basta la lectura de Amor y pedagogía (1902), por ejemplo, para ver un trasfondo no vulgar a través de la farsa grotesca, sin olvidar el tratado de Cocotología. Recuerdo un examen -1933- ante un tribunal presidido por Unamuno de una «asignatura» denominada «Introducción a la Filosofía». El titular -especialista en Hebreo- se apresuró a preguntar por la que entonces estaba de moda, la Filosofía de los valores. Don Miguel, con llaneza, preguntó por principios de ciencias cuyo conocimiento consideraba indispensable y previo a la especulación filosófica. Algo así encontré después en la obra de Bertrand Russell.
No dedicó atención preferente al cultivo de la Ciencia, mucho menos a su culto, y lo ha dejado escrito en varias ocasiones. Pero en Del sentimiento trágico de la vida leemos: «La ciencia es una escuela de sinceridad y de humildad que nos enseña a juzgar las cosas como ellas son, y no como nosotros queremos que ellas sean. Y este espíritu de humildad y honradez lleva a la religión, de modo que la ciencia es pórtico de la religión, pero dentro de esta, su función acaba».
Ya en 1895, en uno de los ensayos que recogería después en libro, En torno al casticismo, el titulado «Sobre el marasmo actual de España», decía: «En el cultivo de la ciencia todo se vuelve centones, trabajos de segunda mano y acarreos de revistas: la incapacidad para la investigación directa va de mano con la falta de espontaneidad. Hay abulia para el trabajo modesto y de investigación directa, lenta y sosegada. Los más laboriosos se convierten en receptáculo de ciencia hecha o en escarabajos peloteros de lo último que sale por ahí afuera». Los tiros apuntan, sin la menor duda, a la Universidad de entonces, institución cuyos fines deben ser tanto la enseñanza de saberes como la investigación que los rectifique y acreciente. De ello tuvo muy clara conciencia el que fue joven rector en Salamanca, y vale la pena transcribir un pasaje de su artículo en Revista de España (1899), «De la enseñanza superior en España». Aquí se pronunció contra las oposiciones, «esos torneos de charlatanería», rechazando el libro de texto, el manual como suma y compendio del saber en cada materia, porque: «O el libro mata la cátedra, o esta se convierte en seminario; en un laboratorio y centro de investigaciones y no de retórica. Y el laboratorio cabe en todo, en todo aquello que quepa labor. Pero el seminario es un laboratorio de ciencia, y nuestra Universidad no suministra ciencia, sino asignaturas, que es cosa muy distinta..., y ¿qué es una asignatura?, es, en una palabra, ciencia hecha». Podría haber extendido la cita, pero creo haber copiado lo esencial del artículo, de tanta actualidad en sus exigencias, si no en sus reproches.
Otro aspecto del cultivo de la ciencia pura le preocupó y en relación con la autonomía universitaria, pues entiende que el cultivo de la ciencia pura, de quienes a ello se dedican sin esperar beneficio lucrativo solo será para quienes a vocación y talento adecuados reúnen seguridad económica. Y llega a la conclusión, un tanto sorprendente, de que «la ciencia pura no es democrática... El héroe de las democracias es el ingeniero». Supone que el Estado mantendrá su Universidad con más independencia científica que las autónomas, porque: «Las grandes inquietudes espirituales lo mismo perecen bajo el jesuitismo que bajo la concepción materialista de la historia»
(art. en La Nación, Buenos Aires, 22-VII-1919)1. Dejando lo que pueda haber de equívoco en la aplicación real de la «autonomía» a las Universidades, en más de un escrito Unamuno se quejó de la indisciplina de «Su Majestad el catedrático», o, desde otro ángulo, reclama y propone la independencia de juicio sin sometimiento sumiso a los maestros y él mismo reconoce no solo «lo que ellos me enseñaron, sino lo que aprendí, excitado por sus enseñanzas y no pocas veces en contra de ellas, por mí mismo. Me enseñaron a leer, en el más alto y noble sentido de la lectura» (en Ahora, Madrid, 17-VIII-1933). '
Tal vez parezca prolijidad la serie de citas -no agotadas-, pero las he creído si no necesarias, sí ocasionadas por haber sido refrescado con ocasión del cincuentenario del «¡Que inventen ellos!», y sin haber parado mientes en lo que fueron vida y obra de Unamuno. Porque en otro orden de cosas, tuvo cuidadosa atención para estimular y fomentar el estudio a fondo, así, cuando daba clase de alemán a profesores de Medicina, en su domicilio, por la necesidad de ese idioma para estar al día en su ciencia respectiva. Uno ha podido comprobar cómo don Miguel distinguía en su trato a los Profesores más calificados, fuera cual fuera la disciplina que cultivaban, y consiguió contratar a distinguidos clasicistas italianos -doctores Bonfante, Galante- para que pusiesen al día las respectivas disciplinas: Griego y Latín, que ya empezaban a salir de una rutina inveterada.
Vuelvo ahora a releer un libro de quien vino a Salamanca para conocer a don Miguel, Arthur Wills, alumno de la Universidad de Cambridge y enviado por el maestro de hispanismo, profesor Wilson. Tuvo muy fácil acceso al maestro y se quedó algún tiempo en la ciudad, amistado con José M.ª Quiroga Pía (poeta injustamente olvidado, yerno de Unamuno), y con el que escribe. De aquella estancia, nuestro amigo Wills sacó un libro, poco conocido aquí, España y Unamuno. Ensayo de apreciación (Instituto de las Españas, New York, 1938). El título dice muy bien cómo ha entreverado su interpretación del escritor y de su país, en simpatía, pero no sin objetividad. Me complace coincidir con él cuando se explica los ataques de Unamuno a la «cultura» y a la «ciencia», porque no es que desprecie una y otra: «Lo que no se cansa de decir es que ni una ni otra es bastante. No son más que medios, medios para enriquecerse el alma. Los que las miran como fines no son «cultos» sino «cultistas»; no son «científicos» sino «cientifistas», como aquel desgraciado Avito Carrascal de su Amor y pedagogía (p. 174, Op. cit.). En suma, la curiosidad intelectual de Unamuno le llevó hasta el estudio, somero que fuese, de disciplinas pertenecientes al mundo de la naturaleza y del hombre como ente incluso en un mundo social, político y económico, mientras reconocía y recomendaba la entrega rigurosa a su cultivo con el máximo rigor, buscando así como efecto añadido la educación de la persona para fines que consideraba más altos.
Si todos tenemos en la vida y en nuestro actuar una variedad de papeles que representamos con mayor o menor autenticidad, don Miguel asumió con pasión los que le concernían como individuo, como cabeza de familia, como hombre civil, profesional y como escritor de varia minerva, su legado más duradero quizá, testimonio también de sus problemas en todos los órdenes. Vida y obra se subsumen, creo, en un decidido egotismo que afectó no menos al pensamiento que a la voluntad. Si rechazó el género de autobiografías y diarios memoriosos, arguyendo que con tal propósito a la vista uno se conduciría de modo que fuese memorable su conducta (una de tantas ocasiones en que jugó a dar la vuelta a una frase), lo que ha ocurrido es que pocos escritores han dejado testimonios tan directos de sí mismos como el nuestro. Insisto en cómo la biblioteca que legó a la Universidad ofrece muchísimos datos para ver las reacciones del lector con apuntamientos marginales, comentando, añadiendo, etc. Su obra de creación literaria, tanto en prosa como en verso, nos delata o dice directamente lo más entrañable de su vividura. ¿Qué decir de su Diario íntimo, nota de su crisis en 1897, inédito, pero a disposición de edición póstuma por su legado con todos los papeles y apuntes hasta de minucias? Uno de sus hijos se resistió a la publicación, que logré autorizarla, resistencia debida a lo muy íntimo de lo contenido en aquellos cuadernillos. Ni seguiré lo que hay de proyección personal en personajes de su teatro y narrativa, desde Pachico Zabalbide hasta
«Don Manuel bueno, mártir», héroe de su última novela y en el cual nos dejó dicho que había proyectado lo más íntimo de su ser2. ¿Será que él también fingió el sentimiento trágico de la vida como estímulo para la indolencia incrédula y sin esperanza? Por aquí llegaríamos al teatro del mundo -grande y menor- para el que Unamuno aprestó pergeño y atuendo distintivos y muy personales, con cierto aire de clergyman. En un tiempo en el cual era uso y frase de curso habitual, «hacerse una cabeza», don Miguel se la hizo para remarcarse con su vestimenta singular (no conozco, y debe haberlo, un análisis de la expresión personal y colectiva por medio de vello y cabello, tan expresivos como la ropa). Permítaseme ahora recordar al don Miguel que tuve el privilegio de conocer y de tratar, aunque no tanto ni tan a fondo como hubiera debido y merecía la ocasión. Pero la visión del héroe en sus aspectos menos solemnes puede tener interés y, en cualquier caso, forma parte de la verdad histórica de un hombre, nada menos.
La primera visita que tuve de don Miguel fue el día de su llegada a Salamanca -12 de febrero de 1930-, terminado su destierro voluntario, en una mañana gélida con nieve en la carretera de Valladolid hasta donde salimos muchos a recibirle para acompañarle hasta su casa, siguiendo la calle de Zamora, plaza Mayor, calle del Prior y Bordadores, 4. Aún me suena la cantaleta, letra y música ramplonas, improvisadas para el caso, bienvenida al ex rector y vejamen para el ejerciente, que más bien era ajeno a la cuestión. Llegado a su domicilio, tras insistente requerimiento de la masa, salió al balcón y dijo pocas palabras, de las que solo recuerdo algo como que mejor que tantos ¡Vivas! era que por de pronto le dejáramos vivir.
Se incorporó a la Facultad en que uno cursaba y tuvo la delicadeza de no ocupar la cátedra que había obtenido por oposición uno de mis profesores más responsables, el sacerdote don Leopoldo de Juan (Max Aub ha tratado del escándalo que acompañó a las oposiciones, con zafia pluma, en su novela La calle de Valverde, Barcelona, 1970, 1.ª parte, XIV). Unamuno se hizo cargo de la Gramática histórica que antes había también profesado. A ella asistí más por gusto y curiosidad que por obligación: don Miguel daba vida y acento personales a lo ya sistematizado por Menéndez Pidal y por él mismo. Ni terminaba su contacto con los alumnos al terminar la hora lectiva, pues se hacía el encontradizo a la salida para acompañarse de alguno o algunos en paseo demorado hasta su casa. Así se hizo acompañar de dos jesuitas vascongados, con un defroqué de lo más indicativo, hablándoles en euskera: uno de ellos, el P. Arellano, quizá no Padre todavía. He saltado hasta llegar a la estúpida prohibición de la Compañía. Tantos años lejos de su patria chica, don Miguel conservaba algo que no sabré definir si no es acudiendo a un término que dirá poco, o nada, a mis posibles lectores. Cuando su yerno, José M.ª Quiroga Pía, me preguntó más tarde qué impresión me había hecho don Miguel, le contesté que había advertido algún rasgo en gestos y ademanes, en el acento o tonillo que me sonaba a «jebo». Creía percibir un trasfondo no oculto de aldeano vascongado. Hube de dejar Salamanca, ya licenciado, para hacer los cursos del Doctorado en Madrid, pues solo la Central tenía capacidad legal para impartirlos. Regresé para unas oposiciones cómodas a una Auxiliaría en la Facultad salmantina -1935- con Unamuno en el Tribunal. Y ya colegas, aunque a la distancia que se supone, don Miguel, rector de nuevo, aunque jubilado en el 34, resultaba de lo más asequible en tertulia mediomañanera de pausa entre clases, a la que el último de los profesores, yo mismo, tenía abierta acogida.
No traeré a cuenta su actuación en la vida pública, tan bien recogida en la biografía del salmantino Salcedo, fuente de rigurosa información. Dentro de la Facultad solía comentar la actualidad, tanto nacional como local, atento-a uno y otro nivel, sin desatender cuestiones de índole menor, pues a lo de «aquila non capit muscas», le daba la vuelta, arguyendo que ese era el punto de vista de las moscas. Nos leía con su impresionante arte lectorio obras suyas en marcha o conclusas, o, por ejemplo, que recuerdo muy claro, un artículo de la prensa para preguntarnos al final: «¿De quién creen ustedes que es esto?» Era de Indalecio Prieto y de su salvamento en Écija cuando la campaña electoral, perseguido por los partidarios de Largo Caballero. Unamuno admiraba al escritor, que más tarde calificaría a don Miguel de «chismoso» en su libro Mi vida (México), cifra y compendio de su estimativa que le llevaba a preferir el arte de Arniches.
La línea de la política republicana y, sobre todo, la del Frente Popular, tuvo en Unamuno un discrepante cada vez más alejado. Nos comentaba cómo había respondido a dos órdenes ministeriales del responsable en nuestra esfera, y aún lo estoy viendo con los papeles en la mano: en una de las órdenes se prohibía la misa que tradicionalmente decían los PP. Dominicos de San Esteban, en la capilla de la Universidad. La otra, exigía la sustitución del sello de la Universidad que tenía como motivo central el Solio pontificio. A la primera de las órdenes, don Miguel se negó en redondo: «Si es preciso, diré yo la misa». Recordemos su frecuente trato personal, con visitas habituales al citado convento. Y se siguieron diciendo las misas. En cuanto a la otra orden, igualmente desacatada, Unamuno respondió que había sido él mismo quien eligiera el motivo para el sello, tomado de la clave central en la bóveda que da entrada al edificio noble de la Universidad, por la fachada plateresca. Era una clave en madera, adherida a la de piedra, era y ahí sigue, igual que el sello. Unamuno sabía lo de la fundación y revalidaciones vaticanas de la Universidad en la Edad Media.
En la campaña electoral última, cuando José Antonio Primo de Rivera llegó a Salamanca para dar un mitin, tuvo la elegancia de ir a visitar a don Miguel, olvidando lo que había dicho y escrito contra su padre. Unamuno, por su parte, le acompañó al mitin, y nos comentaba luego que le había parecido inteligente y simpático: «No será nunca un dictador, pero no es epiléptico». Quizá pensaba en Hitler, aunque por estos tiempos casi llegaba a obsesión su diagnosis del mal de España, algo que vela como una degeneración patológica, teñida de preocupaciones de índole moral. Así se manifestó en declaraciones a la prensa cuando recibió el Doctorado honoris causa por la Universidad de Oxford, y en su visita a París para inaugurar el Colegio de España. Otro día volvió asqueado de una visita a Toledo donde se encontró con una manifestación de mujeres pidiendo a gritos el amor libre: «A la fuerza -comentó-, para aquellas arpías». Apenas si hallaba motivo de satisfacción en el desarrollo de la vida pública, y tanto más acusado cuanto mayor sentía haber sido su participación en el cambio, inicialmente. Pero en su apasionamiento le quedaba curiosidad y sosiego atento para escuchar y leer escritores principiantes como Manuel Llano, cuyo Retablo infantil prologó dedicando un poema a otra obra del montañés, Brañaflor (Santander, 1935). Igualmente supo captar el valor de la obra poética primeriza de un poeta castellonés, en lengua vernácula local, Bernat Artola Tomás, que tuve el gusto de presentar a don Miguel, quien dedicó frases elogiosas al poemario Terra (Castellón, 1935), ahora reproducido en Obres completes, I (Castellón, 1983), donde se recuerda aquella ocasión. Resumo en estos datos la llaneza de don Miguel y su abierta receptividad, que tanto sorprendía a quienes no le habían tratado.
He de resumir y acelerar el hilo de mis recuerdos para llegar hasta los días de nuestra guerra, cuándo llegué a Salamanca para presentarme en el Rectorado, a primeros de septiembre. Don Miguel me recibió: «¡Qué atrocidades están ustedes haciendo allí!» En Navarra, de donde venía uno más bien amenazado. Pronto pedí al rector que me destinase fuera de Salamanca, dentro del distrito universitario, después de haber sido detenido e interrogado, eso sí, correctamente, en el Gobierno Civil -calle del Prior-. Y, «haciendo uso de mis atribuciones», en oficio que conservo, me destinó al Instituto de Plasencia en calidad de suplente, encomiándome la belleza del paisaje, de la sierra especialmente, desde cuya cima vería un magnífico panorama de Credos. Y allí fui, confirmando inmediatamente la soberbia visión. Ya para entonces, don Miguel había rectificado su primera posición respecto del Alzamiento al ir viendo los asesinatos cometidos a mansalva y entre cuyas víctimas las había de conocidos y colegas suyos. Sus quejas ante el Caudillo no tuvieron más respuesta que la de lo mucho que habían tenido que sufrir los ahora responsables. Esto es lo que escuché del propio don Miguel.
Me apresuré a visitarle apenas supe lo del 12 de octubre, y a la puerta de su casa encontré un policía, antiguo conocido y paisano, que me comentó asombrado la entereza de «aquel hombre», y pasé adelante. La conversación siguió en el mismo tono de lamentación y desengaño, haciendo uno de sus retruécanos con la frase de Millán Astray: «Absurdo, gritar viva la muerte es lo mismo que gritar muera la vida». Todavía pude volver a visitarle dos veces, la última el 30 de diciembre, veinticuatro horas antes de su muerte, dedicándole casi toda la tarde hasta que hube de tomar el tren, ya movilizada mi quinta. Me sorprendió una cierta agitación por encima de la que le tenía en vilo aquellos días; pero me dijo y repitió: «Estoy más fuerte que nunca, y en cuanto se entre en Madrid -se tenía como inminente la entrada- voy a ir por las calles gritando mi verdad». Parecía como un profeta bíblico. Pasó luego a explicarme un par de artículos que preparaba para un periodista holandés y para los franceses, hermanos Tharaud, y al hilo de los apuntes a lápiz en las octavillas en que solía esbozar sus escritos, se levantó, y dirigiéndose al estante frontero -estábamos en la camilla de su estudio- trajo un libro del que pronto dio con el pasaje que iba a comentar. Una vez más partía de un texto en consonancia con su pensamiento, y el de ahora trataba del resentimiento que padecen aquellos que por haber creído demasiado y sin fundamento, estaban más propensos a descreer y vengarse de los que conservaban su fe. Se trataba de la obra del obispo unitario, de Boston, The complete works of W. E. Channing (London, 1884). En otra ocasión he puntualizado algo más sobre este libro y las citas anteriores del mismo por Unamuno; pero lo que ahora he de recalcar es el sentido de la palabra clave, resentimiento, aducida por Unamuno, y muy posiblemente recuerdo del término en la pluma de Nietzsche, que acudió al francés para dar más fuerza al Schadenfreude alemán, en su Genealogía de la moral. Así se explicaba Unamuno la anterior y actual quema de objetos del culto y el asesinato de religiosos y sacerdotes. Y allí le dejé a las ocho de la noche, solo en su estudio, que presidían un Cristo y un óleo con la vista del lago de Sanabria, escenario de la pasión de su «San Manuel bueno, mártir».