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1

Tengo que confesar que, cuando redacté el primer borrador de este trabajo, no tomaba en cuenta el excelente y muy pertinente estudio («Algo más sobre Góngora y Sor Juana», redactado en 1988 y publicado dos veces: en 1991 y en 1993) de mi colega y amigo canario Andrés Sánchez Robayna, que él por favor me perdone el absentmindedness. Coincidimos no sólo en varias referencias bibliográficas (sobre todo en la referencia al estudio fundamental de Asensio) sino también en nuestro planteamiento genérico. Al mismo tiempo, él desconocía necesariamente mi estudio del año 1988, el cual anticipa en ciertos detalles el presente ensayo. Y entretanto han salido varios trabajos, algunos de los cuales él menciona en su nueva nota 37 (1993) y que yo he podido tomar en cuenta, junto con el estudio de él y con la nueva edición de las Soledades hecha por Robert Jammes. Baste decir aquí que nuestros dos trabajos, en su mayor parte independientes, se suplementan de una manera no del todo inútil.

 

2

Un ejemplo de la clarividencia autoritativa de Jammes es su cuestionamiento de la autenticidad de la famosa carta atribuida desde hace años a Góngora (Millé 2). Además de la evidencia interna que cita Jammes en sus pp. 614-616, me parece que este cuestionamiento tiene un fuerte apoyo en los argumentos exegéticos de Espinosa Medrano.

 

3

La apócrifa referencia homérica a las pirámides egipcias (Sueño, vv. 382-383 y 399: «según el griego, / ciego también, dulcísimo poeta» y «según de Homero, digo, la sentencia»), la cual preocupaba a Vossler y a Méndez Plancarte, se basa sin duda en la leyenda que se encuentra en el primer libro de la Bibliotheca (I.12.10 et passim) de Diodoro Sículo, según la cual Homero había estudiado con los antiguos sacerdotes y sabios de Egipto.

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