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Texto e imagen en el «Semanario Pintoresco»: Mesonero y Alenza

María del Pilar Palomo


Universidad Complutense



Comenzar indicando la estrecha relación en el costumbrismo entre grabado y texto resulta, evidentemente, una obviedad. Y remitir a los trabajos de Ucelay, Leonardo Romero, Valeriano Bozal o la misma Edith Helman1, - retrotayéndonos a Jovellanos y Goya - me exime de toda introducción general. Sólo me voy a permitir señalar dos puntos: la necesidad de la imagen que parecieron sentir los primeros autores2 y la apertura hacia la expresión lingüística que denotan los primeros grabados, puramente pictóricos, es decir, sin referencia textual.

Me explico. Cuando se comienzan a publicar los fascículos o entregas de Antonio Rodríguez, en 1801, que formarían la Colección General de los trajes que en la actualidad se usan en España3, el texto que, a manera de título, acompaña a pie de página cada grabado, ya comporta una buena dosis de narratividad: los trajes dibujados son algo más que trajes. Son el atuendo significativo y, por supuesto, costumbrista, de unos tipos sociales que desarrollan una incipiente escena. La diferencia con la anterior colección de trajes de Juan de la Cruz Cano4, iniciada en 1777, es evidente en este aspecto. En las entregas de Juan Cruz, los tipos - que evidentemente lo son, pese a alguna curiosa personalización5-, van acompañados de un mínimo título explicativo: Ciego jacarero, Naranjera o, a lo más, Barbero majo, dando música, etc. Evidentemente, de ahí a Los españoles pintados por sí mismos sólo hay un paso: el decisivo de la falta de un texto literario que explique y acompañe al dibujo. Pero, como observa Ucelay, «no se ha valorado todavía» - o suficientemente diría yo - «el influjo de los grabados pre-costumbristas sobre el desarrollo del texto de los próximos artículos».6 Porque el paso a la colección de Rodríguez es, en este aspecto, significativa. En su colección, los trajes y tipos sociales que los llevan, van acompañados, como en la de Cruz, de una indicación explicativa: «Señora con citoyen de seda guarnecido de martas», o «Petimetre con sobretodo». Pero ambos personajes - son dos láminas contiguas, lógicamente - dialogan entre sí. Y el petimetre dice: «¿Adonde con tanta nieve, querida?», para leer, a continuación, bajo la figura de la dama de la estampa siguiente: «Con este traje no se siente frío». O la «Aldeana de las cercanías de Salamanca» pregunta: «¿Vienes al Bayle, Perico?». Y la figura contigua - «Aldeano de las cercanías de Salamanca» - contesta: «En viniendo la feria cuenta con ello». Y los ejemplos pueden multiplicarse.

Por todo ello, cuando Mesonero Romanos funda el que él considera primer semanario pintoresco - es decir con aportación pictórica - en España, la inter-relación costumbrista texto-imagen alcanzaría progresivamente una mutua y creciente dependencia. (Tampoco, lógicamente, entro a considerar ni las circunstancias de dicha fundación, ni las características y contenido literario del Semanario, tan magníficamente examinadas en el reciente libro de Enrique Rubio7).

Y sin embargo, el artículo costumbrista acompañado de grabado, no es la tónica de los primeros años de la publicación. Tampoco, como es sabido, Mesonero contaba con un equipo de grabadores en madera que realizasen bien el trabajo, es decir, según Mesonero ni bien ni mal, ya que alude en sus Memorias a la «falta absoluta de artistas conocedores del grabado tipográfico».8 En consecuencia, hubo inicialmente, de importar esos grabados, juntamente con la maquinaria impresora. A ese paquete, por ejemplo, pertenecería la larga serie sobre Las tropas francesas, veinte grabados de uniformes militares del país vecino, publicados entre agosto y noviembre de 1836 o la preciosa serie sobre perros, trece dibujos en un sólo artículo, del mismo año. Aunque también encontramos, en ese primer año del Semanario, bastantes grabados, aún no firmados generalmente, de tema inequívocamente español, sobre todo los situados en la página central y dedicados a Monumentos: El Escorial, de 3 de abril, con un artículo firmado por R. de M., es decir, el propio Mesonero, o la Aduana, la semana siguiente, del mismo autor, entre otros muchos de diferentes autores o anónimos.

A ellos se añadirían en estos primeros números algunos otros ciertamente poco localistas sobre la coronación de los Reyes en la Edad Media o los estragos que causa en la anatomía y salud femeninas el uso del corsé. Y junto a ellos, en escaso número, los netamente costumbristas. El primero, bajo el título de Costumbres de Valencia y subtítulo Les Milacres, ya en el número uno, y aclarando en nota que el texto forma parte de una novela «descriptiva de Valencia» que tal vez se irá publicando acompañado de «viñetas que expliquen las costumbres» del país. Luego, en el número ocho (22 de mayo), el primero de los firmados en el Semanario con el seudónimo de El Curioso parlante, es decir, El día de toros, que pasaría a formar parte con posterioridad de las Escenas matritenses. Efectivamente, tal vez por figurar en primera página, el artículo va precedido de un todavía tosco grabado que sólo muy tangencialmente podemos relacionar con el texto al que acompaña. Unos números después, dos no menos toscos grabados ilustrando otro artículo del Curioso parlante titulado Una visita a San Bernardino, eliminado de las Escenas matritenses en la edición definitiva de 1881. Y poco más: un artículo y grabado anónimos sobre Los contrabandistas (número 29, de octubre) y termina el año 1836.

Pero en ese primer año de su vida el Semanario ha ilustrado a sus lectores - y subrayo el ilustrado por su doble significado - con imágenes y textos abundantes sobre Historia natural: gatos, perros, camellos, orangutanes, jirafas, papagayos, leones, titís, sardinas, elefantes, lobos, hienas, palomas, gallos y gallinas, bueyes y vacas o el megaterio del Paraguay. Se han publicado numerosas vistas de ciudades europeas en sus monumentos más característicos. Grabados explicativos de problemas de física o astronomía, informando sobre El termómetro o los Descubrimientos en la Luna, hasta la practicidad de una guía ilustrada para aprender a nadar.

Todo lo expuesto hasta ahora tiene una clara consecuencia: Mesonero no concibe inicialmente el Semanario como una revista de orientación literaria, ni mucho menos como un soporte difusor de textos y grabados costumbristas. La revista se concibe aún, al igual que sus modelos europeos, como un órgano difusor, divulgador de cultura, aún bajo el ideal enciclopédico de la Ilustración. (Bastaría a este respecto leer la declaración de intenciones del Prospecto anunciador). Y esa era la intención, igualmente, que movió al editor inglés del Penny-Magazine, Charles Knighy, cuando en el prospecto publicado de 1832 promete artículos que transmitan conocimientos «útiles para todo el mundo y en cualquier momento». Idea conservada por Martin Bossage en el Magasin Pittoresque francés, al año siguiente, tan en estrecho contacto con su colega inglés que realizarán «un intercambio tanto de textos como de las planchas de los grabados».9 Ambas publicaciones, como es sabido, son los modelos de Mesonero, que los cita admirativamente en el Prospecto anunciador del Semanario, en 1836.

En consecuencia, cuando Mesonero reanuda en su revista la serie del Panorama matritense, esos artículos costumbristas no son aún la tónica de la publicación. De ahí la carencia del grabado que les acompañe. Así, cuando en el número 67, de 9 de julio de 1837, aparece Mi calle - primero de la nueva serie - lo hará sin imagen alguna, dando primacía aún en el número a El crocodilo que abre el número y, dentro de él, a las fuentes de Madrid. Seguirán en números sucesivos trece artículos más, sin imagen, bajo el título de serie de Panorama matritense, hasta el 19 de agosto de 1838, en que el texto de El recién venido se ilustra con un grabado firmado por Alenza. Con ello, obviamente, llego al punto central de estas páginas.

A partir del citado texto, los tres más importantes artículos costumbristas de Mesonero, de estas fechas, irán ilustrados por Alenza: El Martes de Carnaval y el Miércoles de Ceniza (17 de febrero de 1839), Una Junta de Cofradía (24 de marzo) y La posada o España en Madrid (de 28 de julio y 8 de agosto del mismo año) sobre el que volveré en estas páginas. Curiosamente, no llevarán grabado o éste no será de Alenza, aquellos artículos aparecidos bajo un título de serie diferente al de Escenas matritenses, que ha sustituido al de Panorama desde febrero de 1839.

Retrocedamos a unos números atrás. ¿Qué ha sucedido en el Semanario entre 1837 - reanudación del Panorama - y finales de 1839? Por supuesto, una creciente incorporación a sus páginas del grabado costumbrista, indudablemente determinada por una demanda social del mismo. Varias notas insertas en el Semanario así nos lo prueban. Por ejemplo, una Advertencia publicada el 27 de enero de 1839: «Por no hallarse aún concluidos los dibujos y grabados que deben acompañarles, no han podido insertarse en este mes dos artículos nuevos de Costumbres de Madrid por El Curioso Parlante, que desde luego ofrecemos a nuestros lectores para el próximo febrero...» (Es decir, que ni se toma en consideración el publicarlos sin imagen, como hemos visto que era práctica habitual dos años antes). Y efectivamente, el 17 de ese mes aparece El Martes de Carnaval y Miércoles de Ceniza, con el más goyesco de los grabados de Alenza.

Esa Advertencia no es, desde luego, la única: en 29 de septiembre de ese mismo año se inicia una serie sobre Costumbres vascongadas que el Semanario promete que irá acompañada de «dibujos y grabados originales de los trajes y sitios pintorescos». Pero ni en éste ni en el segundo y tercer artículos aparecen los grabados prometidos. Y al pie del tercero se inserta una Nota destinada a calmar a los lectores: «Los grabados que debían acompañar al artículo de hoy de costumbres vascongadas, irán en el número próximo por no haberlos podido concluir los artistas encargados de ejecutarlo». Y, por fin, el 27 de octubre, aparecen los cuatro grabados de golpe - Los alaveses, Los vizcaínos Los guipuzcoanos, Los navarros - tras una nota en el número anterior en la que la revista vuelve a disculparse, por motivos de «ajuste». Realmente, ese «ajuste» debía ser tan imposible que los grabados aparecen dispuestos horizontalmente, en serie de a dos, en una disparatada maquetación, que obliga a invertir la posición de la revista para contemplarlos.

En esta nueva fase de necesidad y triunfo del grabado costumbrista, la incorporación al Semanario de un elenco nuevo de dibujantes y grabadores se hacía imprescindible, Por ello, en la remodelación efectuada en la publicación en 1 de julio de 1838, que se advierte en una larga nota A nuestros lectores, el grabado tendrá tanto protagonismo como la misma impresión del texto, ocupando la casi totalidad del número dos largos artículos sobre Del grabado en madera y Una imprenta, cuya maquinaria se reproduce. Pero ya ese número se abre con un grabado inicial, casi a toda página, titulado Un capricho de Alenza - título de resonancia claramente goyesca - y subtitulado El refresco. Creo que con él se inicia la colaboración del dibujante en el Semanario, el incremento progresivo de la imagen costumbrista en la publicación y una estrecha colaboración con Mesonero.

Respecto a lo primero anotaré que no he encontrado ningún grabado en el Semanario firmado por Alenza anterior al señalado y sí numerosas colaboraciones a partir de él. Incluso, en el número uno de 1840, al volver a dirigirse Mesonero A nuestros lectores para señalar las mejoras de la publicación, se indican los nombres de los grabadores, alguno de los cuales, se indica, ha viajado a París para perfeccionar su técnica. Y junto a ellos, se destacan los nombres de los dibujantes Antonio Bravo, Federico de Madrazo y «el original Alenza que ha hecho el de la vieja», es decir, el dibujo que cierra el número, un grabado sin texto, en donde el título, El cuento de vieja es sobradamente suficiente como anclaje de su significado.

A propósito de lo segundo, es decir, el incremento costumbrista en el Semanario desde julio de 1838, he de hacer notar que es desde ese número cuando aparece en él una sección fija denominada Cuadros de costumbres que, unida a la de España pintoresca - y aquí creo que ya el adjetivo ha cobrado casi el significado actual - y ambas anunciadas en la nota A nuestros lectores, incrementan extraordinariamente la aparición de grabados costumbristas, cuyo perfeccionamiento, además, se señala: «[...] en cuanto a la parte artística tan esencial en esta obra, también se han planteado todas las mejoras que han sido posibles, tanto en la elección de los dibujos, originales y trabajados por nuestros más hábiles profesores, cuanto en el esmero del grabado».

Respecto a la colaboración de Mesonero con el joven Leonardo Alenza, iniciada en 1838, es evidente desde ese primer grabado que representa dos viejas y caricaturescas harpías servidas por una tercera, que no tendría el significado claramente prostibulario que posee sin el anclaje del texto que lo acompaña: «¡Ay Madre Claudia, que me ahogo!... ¿Parécela, Madre, que es ya la hora de refrescar?. - Por cierto, hija Pomponia, que la calor es grande; y a no ser por el aguardiente, cosa era de abrasarnos vivas».

Un anónimo autor, con ese diálogo añadido, ha delimitado en su exacto significado la grotesca escena dibujada. Pero ese anónimo autor no puede ser otro sino Mesonero, si recordamos que Madre Claudia es un personaje suyo: aparece ocasionalmente en El paseo de Juana, el romance juvenil publicado en 1832 y reaparece como protagonista en Escenas de buhardilla, el artículo publicado unos seis meses antes - 17 de diciembre de 1837 - donde aparece bebiendo entusiasmada «rosolí o aniseta». El protagonismo es tan manifiesto que su nombre formará parte de los subtítulos del artículo cuando éste se incorpore a la edición de 1842, donde aparecerá con el título De tejas arriba.

De igual modo, cuando Alenza se hace cargo de una buena parte de la serie Peligros de Madrid10, a partir del 16 de junio de 1839, creo que, igualmente, será Mesonero quien escriba los pies de los dibujos. El primero de ellos ha aparecido el 21 de mayo, firmado por Elbo, con un esquemático pie: «Adiós, hermoso». Pero el siguiente - 16 de junio del 39 - titulado El cartel de toros, ya firmado por Alenza, necesita un texto explicativo. El dibujo representa un caballero de edad leyendo atento un cartel anunciador de la corrida; una joven dama a sus espaldas, pero cogida de su brazo, entrega con la mano libre una carta a una vieja y, al fondo, un caballero joven. Las edificaciones del fondo y los chiquillos jugando a los toros, sólo sirven de escenario, evidentemente: la trama argumental está en los personajes y el punto de la acción que desarrollan. Y efectivamente, el texto aclara esa trama, pero convirtiendo a las figuras representadas en los personajes, con nombre propio, de una brevísima acción teatral, con apartes incluidos:

Don Marcos:   (Leyendo.) A las cuatro y media se hará el despejo.

Doña Lucrecia:  Pues no has de descuidarte si has de llegar a tiempo.

Madre Claudia:   (Al paño.) ¿Y que le diré, mi señora, al que espera respuesta?

Doña Lucrecia:  Dígale V... que si quiere ir a verme a casa...

Madre Claudia:  Entiendo, entiendo... le diré que a las cuatro y media... se hace el despejo.



Si recordamos que en el lenguaje taurino despejar la plaza es desembarazarla de estorbos para poder comenzar la lidia, toda la ironía del grabado aparece en primer término, con esa velada referencia a los cuernos que van a ponerle al pobre Don Marcos. Pero notemos, de nuevo, que esa personalizada celestina ha recibido el nombre de Madre Claudia, el personaje de Mesonero.

Creo que en el primer trabajo, El refresco, Mesonero está poniendo un texto contextualizador a un dibujo previo de Alenza. En este segundo caso no me atrevería a afirmar la primacía del dibujo: texto e imagen se complementan estrechamente y lo mismo podemos deducir que Alenza ilustra una breve escena costumbrista dialogada, como que Mesonero crea un texto desde el dibujo. En todo caso, me inclino por lo segundo.

Sin embargo, tenemos un caso en que la colaboración de dibujante y escritor va claramente en ambas direcciones. Me refiero al texto y los grabados de España en Madrid. El artículo apareció en dos números consecutivos del Semanario y el argumento, recordémoslo, es la subasta de una antigua posada madrileña, el Parador de la Higuera. Su dueño, el tío Cabezal, ha puesto casi como condición que el vencedor de la puja, futuro dueño del establecimiento, será el marido de su ahijada, la joven Anselma. A la subasta acuden «todos los trajineros y especuladores provinciales, estantes y transeúntes, que de ordinario asisten en esta muy heroica villa». Vendedores ambulantes y provincianos en Madrid, que se van enumerando y describiendo: Juan de Manzanares, rico vinatero de Toledo; Farruco Bragado, miserable segador gallego; Vicente Rusafa, horchatero valenciano; Gaspar Forcallas, carretero catalán; Alfonso Barrientos, transportista maragato; Currillo el de Utrera, andaluz sin oficio ni beneficio; un recio mozo de cuerda santanderino; Francho el Moro y Lorenzo Moncayo, fruteros aragoneses; Juan Farinato, choricero extremeño y Juan Cochura, el muchacho castellano a quien ya vimos en artículo anterior, como El recién venido a la Corte, dibujado también por Alenza.

Diez personajes - uno doble - minuciosamente descritos en su atuendo y costumbres, como una serie de tipos populares de provincianos en Madrid, en cercanía a los gritos ciudadanos de la iconografía costumbrista europea. Y es que en realidad lo son. Porque cada descripción literaria de Mesonero se ofrecía al lector del Semanario con el correspondiente pequeño dibujo intercalado en el texto: diez grabados que responden minuciosamente a la descripción literaria, más uno, por añadidura, de una vendedora de rábanos, con su cesta al brazo, que no es sino la mozuela madrileña a quien pretende de amores el desocupado andaluz. Aparentemente, Alenza ha ido dibujando su galería de tipos desde esa minuciosa descripción lingüística. Y sin embargo, un análisis del texto y de las páginas anteriores del Semanario indican lo contrario. Primero, es inverosímil la existencia de dos vendedores conjuntos, si el vencedor de la subasta ha de casarse con la ahijada del mesonero11. Inverosimilitud explicada si Mesonero opera sobre un material pictórico previo, es decir, de un grabado con dos vendedores, y subordina su texto a la imagen. Y segundo: algunos de estos dibujos ya han aparecido en números anteriores del Semanario en contextos diferentes. Así, a Currillo el de Utrera, ya le hemos visto como El gitano, personaje que con nombre de majo se describe en un artículo sobre La feria de Mairena, el 21 de abril de 1839, es decir, unos tres meses antes de su reaparición en un nuevo escenario, madrileño ahora. Pero entonces, en ese nuevo contexto, ya como Currillo de Utrera, el personaje no puede ser representante de un oficio, como el resto de la serie. Era evidente que no podía serlo - y así lo destaca el texto, señalando su falta de ocupación - porque la varita en la mano del dibujo original, no podía significar una dedicación a trabajo alguno. Y el recio cargador santanderino sólo hacía un mes que se había asomado a las páginas de la revista - 30 de junio - formando parte de una viñeta doble titulada Contrastes, en donde se contrapone la Caballería ligera, de un jinete sobre un burro, a la Infantería pesada de los cargadores de fardos de a pie.

La existencia previa de los dibujos es, pues, indudable. Se trata, creo que sin duda, de lo que hoy llamaríamos material de archivo de una publicación. Y ello nos indica un método de trabajo de Mesonero bien distinto del que él mismo se ha esforzado tantas veces en hacernos ver, es decir, el tópico del costumbrista que sale a la calle en busca de material para su trabajo, directamente brotado de la observación de la realidad. Porque es evidente que, en algunos casos, Mesonero está sobre su mesa de trabajo observando esa realidad madrileña previamente codificada por una forma pictórica, a la cual subordina el discurso literario de su artículo. De análogo modo -ya lo observé en un trabajo anterior12 - a la superposición sobre la vista de la realidad coetánea, de la realidad previamente literaturizada del costumbrismo barroco.

Ahora bien, la dirección dibujo versus texto puede también cambiarse. Y de hecho, se cambia en el mismo artículo. Porque, mientras está teniendo lugar la subasta, el avispado Juan Cochura sube la escalera, se lleva a Anselma al interior de la vivienda, se supone que la enamora y ambos, tan contentos, declaran su amor y se acaba la subasta, porque al tener dueño la moza también lo tiene la posada. Pues bien, el número 8 de agosto, donde se remata el artículo y se narran estos pormenores con su final, se abre con un grabado de Alenza donde se ha dibujado la posada, la subasta, a Juan subiendo la escalera y a la muchacha en la baranda. Es decir, el pintor, ahora, ha dibujado con detalle un momento de la acción narrativa del texto de Mesonero.

¿Qué conclusiones podemos sacar de todo lo anterior? Primero, que los textos que acompañan a los grabados de Alenza en el Semanario son, al menos una parte, del propio Mesonero. Segundo, que se estableció entre ellos una estrecha colaboración, del tipo de la que años después emparejará los textos y los grabados de los hermanos Bécquer, y que esta colaboración contribuyó al incremento costumbrista en el Semanario pintoresco, portavoz de la tendencia entre 1838 y 1842. Y tercero, que Mesonero parte, en ocasiones, de una realidad pintada y no de una realidad observada.

También estimo, por supuesto, que estas páginas han podido servir para ilustrar, una vez más, algo muy bien sabido pero no suficientemente analizado: la importancia decisiva del factor pictórico en el artículo de costumbres. Y puede servirme de colofón recordar la bellísima alegoría de Alenza, donde una galería de tipos contemplan y, a la vez, son retratados en un amplísimo lienzo abocetado, donde unos angelillos provistos de pinceles han escrito un rótulo: Los españoles pintados por sí mismos. Espléndido grabado que abre el segundo tomo de la celebérrima colección.





 
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