Según M. TRÉLAT, el poyo de las ventanas será más elevado que la cabeza de los niños, pero no se elevará sobre el pupitre más que a una altura igual al ancho del paso que separo a éste del muro donde se halle la ventana, pues da esta manera caerá la luz a 45º sobre el punto más cercano al lugar de la cabeza.
Otra medida dada por M. TRÉLAT. (según indica M. PÉCAUT) para la altura de las ventanas, es la de las dos terceras partes del ancho de la clase, aumentadas con el espesor del muro. La que nosotros hemos dado la expone en la Memoria leída en el Congreso internacional de enseñanza celebrado en Bruselas en 1880.
Para una clase de 51 m 30 de superficie (8'55 de larga por 6 m de ancha), propone M. NARJOUX cuatro ventanas de 1 m 10 de ancho por 3 de altura; de lo queresulta una superficie total de iluminación de 13 m 20, cuyo ancho será de 4 m 40, insuficiente para que las mesas-bancos sean iluminadas de la manera que hemos dicho, pues dichas mesas ocuparían, según los cálculos del mismo NARJOUX (6 para 36 a 40 alumnos), una línea de 5 m 75.
Así lo recomienda el doctor LIEBREICH. M. NARJOUX dice por su parte: «Los cristales raspados son útiles para una sala, porque difunden más igualmente la luz en todos sentidos; pero por esta misma razón dan para el trabajo una luz indecisa y nociva. Esta propiedad de hacer difusa la luz, presta al cristal raspado condiciones que lo hacen útil también para iluminar las partes más oscuras de una habitación, a las que no llega la luz directa de las ventanas; pero es preciso tener cuidado de no emplearlos más que para los techos o les partes superiores de las vidrieras; más abajo es dañosa, y se hace positivamente mala si se coloca delante de los ojos. Nunca deben colocarse cristales raspados en la parte inferior de las puertas para impedir ver por fuera; sería preferible para obtener este resultado, cubrir completamente la parte inferior de las ventanas, pues la luz que se recibe por ella tiene poca importancia».
Según BECQUEREL, un mechero de gas absorbe por hora 234 litros de oxígeno, y produce 128 de ácido carbónico; es decir, ¡vicia más de 100.000 libros de aire! Un solo mechero de gas basta, pues, para empobrecer y viciar en una hora la atmósfera de una gran clase, si la ventilación no la renueva sin cesar. Y como semejante clase deberá necesariamente de tener un gran número de mecheros, es de toda evidencia que la ventilación ha de elevarse en semejante caso a una enorme intensidad; debe suministrar por hora tantas veces 100 metros cúbicos de aire cuantos mecheros haya ardiendo, más la cantidad necesaria a la respiración del auditorio. Al mismo tiempo hay que corregir otro inconveniente del alumbrado de gas: el de la enorme producción de calor (un mechero de gas eleva desde 0º a 100º, 30.000 litros de aire por hora).
A este efecto, recomienda NARJOUX las puertas que se abren y cierran haciéndolas deslizar lateralmente sobre unas ruedecillas. Pero si esta disposición ofrece la ventaja de dejar libre bastante espacio, de no dar golpes cuando se dejan abiertas las puertas y de no coger los dedos de los niños entre las jambas o quicios y las hojas de éstas, es también cierto que, como el mismo autor reconoce, las precauciones y suavidad que requiera su manejo (lo que no siempre puede esperarse de los niños), el no cerrar tan bien como las otras, y el dejar, por esto, fácil paso a las corrientes de aire, son motivos que nos inducen a aconsejar como preferibles las puertas del otro sistema, en las condiciones que quedan apuntadas.
Cuando no haya más que dos clases bastará con un solo guardarropa, salvo en el caso de que se hallen situadas en pisos distintos, pues entonces sería necesario uno para cada clase; lo más conveniente es que cada una de éstas tenga el suyo.
Por más que los hechos no parezcan justificar la necesidad de esta pieza, toda vez que suelo hacerse caso omiso de ella hasta en las modernas construcciones escolares, las razones arriba apuntadas revelan toda la importancia que tiene, en cuanto que además de otros usos, sirve, como oportunamente dice MR. NARJOUX, para las relaciones que el maestro debe mantener con el público y con sus discípulos y es, en cierto modo, como la residencia oficial de la administración de la escuela.
Se citan a propósito de la inutilidad de los lavabos las escuelas suizas y alemanas, en las que no se reciben los niños cuando el aseo de sus personas y vestidos deja que desear; pero así y todo, y aparte de que este no es motivo para prescindir de los lavabos, debe tenerse en cuenta que en dichas escuelas se suple la falta de éstos por palanganas colocadas hasta en las mismas clases.
GINER DE LOS RÍOS, El edificio de la escuela (un vol. de la «Biblioteca pedagógica de la Institución libre de enseñanza»). Madrid 1884, pág. 35.
Nunca se recomendará lo suficiente a los maestros y a cuantas personas intervengan en las construcciones escolares, la necesidad de tener en cuenta las exigencias que se imponen en toda regular educación, por lo que respecta al aseo de los alumnos y de la misma escuela, en la que es menester que se dé más importancia de la que generalmente se concede a los lavabos y a la dependencia a que se refiere el Sr GINER. En los locales donde no exista pieza o lugar especial para la instalación de los lavabos, debe improvisarlos el maestro en donde pueda, y tanto en uno como en otro caso, debe esforzarse por que no falten en ellos los efectos que hemos indicado, sobre todo el jabón y el agua; pues si, como LIEBIG ha dicho, el nivel de la cultura de un pueblo se mide por el consumo que hace de esos dos artículos, la escuela puede contribuir y está obligada a ello, esmerándose en las prácticas del aseo, a que los niños de hoy y los hombres de mañana se acostumbren a consumirlos en la cantidad necesaria, en la que lo hacen las personas verdaderamente aseadas.