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No todas las enfermedades que se incluyen en el cuadro de las llamadas escolares, pueden ni deben atribuirse a las malas condiciones de los edificios. Pero es indudable que estas condiciones contribuyen poderosamente a la producción de algunas de ellas. Aunque deben acogerse con cierta reserva no pocas de las imputaciones que se hacen a este respecto a la escuela, está fuera de duda que algunas son justificadas. La miopía misma, con deberse más generalmente a las condiciones del mobiliario de las clases, es, con frecuencia, producida por la mala luz de éstas, que obliga al alumno a acercarse demasiado a los objetos para poder verlos bien. Esto mismo contribuye, por otra parte, a que el niño tome las actitudes viciosas que dan lugar a las desviaciones de la columna vertebral. La respiración de un aire viciado, como el que es frecuente respirar en las clases, engendra la tisis, así como el escrofulismo es debido a la influencia de los locales manifiestamente insalubres, como son muchos de los que sirven para escuela, bajos, húmedos, oscuros y mal ventilados, donde no parece sino que toda enfermedad tiene su asiento.

Aunque ya en la introducción a este TRATADO se hicieron las oportunas indicaciones al respecto de las enfermedades escolares, no está de más insistir en ellas siempre que se trate de algunas de las causas que se consideran como productoras de semejantes dolencias.



 

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Acerca de estas calificaciones hemos dicho en otra parte:

«En este punto encontramos algún vacío en la Memoria y Cuadros estadísticos que examinamos, pues creemos que la mera clasificación en locales buenos, regulares y malos es demasiado vaga, y nada dice en último término; porque aparte de otras consideraciones, bien se comprende que la aplicación de esas calificaciones depende del criterio de quien la hace, y que para unos será bueno lo que otros den como malo. Hubiera sido conveniente pedir acerca de los locales, datos más concretos, mediante los cuales pudiera apreciarse en conjunto el número de los en que hay patio, jardín, o dependencia análoga, el de los que tienen más de una clase, el de los que cuentan con otras dependencias, el de los que poseen agua, y así de otros pormenores relativos a las condiciones higiénicas, entre las que nos parece que no debieran olvidarse las de luz, superficie y cubicación. Con estos datos ya podría tener algún valor la clasificación que encontramos en la Estadística».



 

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No debe inferirse de estas afirmaciones que todos los arquitectos carezcan en absoluto de los conocimientos necesarios para dirigir convenientemente, al respecto de las relaciones pedagógicas e higiénicas, las construcciones escolares. Los hay, así fuera como dentro de España, que poseen dichos conocimientos y procuran ponerse al corriente de los adelantos que hacen y las exigencias que tienen en este sentido la Pedagogía y la Higiene. Pero con no abundar los que en semejante caso se encuentran, la experiencia enseña que aun entro ellos mismos son contados los que en la práctica se hallan propicios a satisfacer los preceptos que dichas exigencias imponen. De algunos de estos arquitectos sabemos que, alardeando inmoderadamente de poseer los indicados conocimientos, han mostrado en la práctica un lamentable olvido hasta de los más rudimentarios, como fácilmente comprenderán los que se tomen el trabajo de examinar, siquiera sea de un modo somero, algunas, por no decir todas, de las casas escuelas últimamente construidas en Madrid, por ejemplo. Y lo que de Madrid decimos se puede afirmar de muchas otras poblaciones.



 

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Comprendiendo el Patronato general de las escuelas de párvulos (disuelto por las reformas desorganizadoras del Sr. Pidal), que la cuestión de los locales de escuelas reviste transcendental importancia, y que es necesario dar ciertas bases facultativas que sirvan como de guía a su construcción, redactó unas instrucciones (publicadas en la Memoria dada a luz por la misma Junta), primeras de su clase con carácter oficial en España, y que constituyen uno de los títulos por los que el citado Patronato tiene derecho a la consideración de las personas verdaderamente cultas y amantes de la educación popular, y a que se le trate con alguna más consideración de la que con tan notoria injusticia le han tratado los heraldos inconscientes y los secuaces impenitentes del inventor de los maestros inverosímiles. Las instrucciones mencionadas tienen, como no podía menos, carácter general, y su aplicación en cada caso requiere la intervención del maestro, que en último término es el llamado a determinar el programa a que aludimos.- También en el decreto de 5 de Octubre de 1883 (propuesto por el SR. GAMAZO), se dan ya algunas bases por el estilo de las veintiuna que forman la instrucción del Patronato. Véase el APÉNDICE, donde se insertan ambos documentos.



 

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La humedad obra sobre nuestro organismo de diversas maneras, pero especialmente mediante la respiración cutánea y pulmonar. El aire caliente y húmedo produce un efecto debilitante; todos los órganos caen en una gran languidez, por lo que se hacen más difíciles los movimientos y las funciones del sistema nervioso, el cual parece como acometido de estupor; la sangre arterial es menos vivificante. También disminuye la actividad de las funciones el aire frío y húmedo, que predispone a las enfermedades reumáticas y catarrales, y a los dolores nerviosos. La humedad puede obrar todavía sobre nuestro organismo contribuyendo a que éste absorba miasmas deletéreos, causas de enfermedades, como las fiebres intermitentes y otras más graves de carácter epidérmico.- Importa a nuestro propósito recordar aquí que, según afirman médicos o higienistas, el aire frío y húmedo es perjudicial a todas las personas, pero especialmente a las organizaciones endebles y débiles, a los niños y a los enfermos.



 

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Las cuevas o sótanos son el mejor medio para evitar las humedades al terreno; al efecto, deben tener ventanas o claraboyas que permitan la renovación del aire, y al mismo tiempo ha de cuidarse de que no contengan sustancias, ni en ellas se ejerciten operaciones que despidan gases nocivos.



 

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Debe tenerse en cuenta, por otra parte, que cuando los árboles no están convenientemente dispuestos, contribuyen a crear una atmósfera de sombría humedad, que es perjudicial para el organismo.



 

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Dice a este propósito MR. NARJOX, arquitecto de las escuelas de la ciudad de París, en su obra Écoles primaires et Salles d'asile.- Construction et installation (Página 6):

«La exposición Norte tiene la ventaja de procurar una luz igual, de una intensidad poco variable; pero en cambio esta exposición es muy fría y requiere un caldeo considerable. La exposición al Este ofrece las mismas ventajas y los mismos inconvenientes, pero en menor grado, y constituye una especie de término medio entre la del Norte y la del Mediodía, o la del Oeste, las cuales son, o muy cálidas, o muy húmedas». Y en otra parte (Rapport relativo a la iluminación de las clases, leído en el Congreso internacional de la enseñanza celebrado en Bruselas en 1880) afirma esto: «Es, pues, imposible formular una regla absoluta, y lo más prudente es limitarse a pedir a los arquitectos que den a los edificios escolares la orientación reconocida como la más favorable, según las condiciones particulares en que se encuentren». -Se puede, sin embargo, decir de una manera general- afirma el mismo autor en otro sitio- que el edificio de escuela debe hallarse colocado de manera que ningún obstáculo intercepte el aire y el sol indispensables A la higiene de la clase y a la de los patios de recreo».



 

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Ocioso parece advertir que en el empleo de los materiales de construcción habrá necesidad, en la mayoría de los casos, de atemperarse a los propios de la localidad en que radique la escuela de que se trate, lo cual se impondrá casi siempre por razones de economía; pero bueno es que se tengan en cuenta las indicaciones que preceden a fin de dar la preferencia, cuando haya lugar a la elección, a los materiales que se tienen como mejores por sus condiciones de solidez y salubridad, y procurarlos, aunque no existan en la localidad respectiva, siempre que lo consientan los recursos con que se cuente. A este propósito dice M. NARJOUX, tantas veces citado por nosotros: «Los materiales que deben emplearse varían necesariamente según las localidades, y conviene que cada comarca utilice los que produce. En vez de ir lejos a buscar materiales costosos, es preciso saber utilizar los que se tienen a mano, lo cual es un excelente medio de conservar a cada localidad su carácter arquitectónico y de realizar al mismo tiempo prudentes y bien entendidas economías». El sentido eminentemente práctico de esta recomendación excusa entrar en otro orden de razonamientos.



 

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La tisis, las bronquitis, las escrófulas, el reumatismo, las neuralgias y otras enfermedades por el estilo, suelen ser el resultado de habitar un edificio construido.



 
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