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Debe tenerse en cuenta que las escuelas de menos alumnos requieren una extensión proporcional mayor que las más numerosas. Así, pues, y aceptando el tipo de diez metros superficiales por escolar, si una escuela de cien alumnos debe tener una superficie de mil metros, una de veinte no deberá tener menos de quinientos metros, mínimo del que nunca debiera pasarse, a juicio de los higienistas.



 

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GINER DE LOS RÍOS (D. Francisco). V. su folleto Campos escolares, pág. 13. En la pág. 16 añade muy oportunamente: «Para tener una buena escuela lo único importante es contar con la mayor extensión posible de terreno salubre. Los inconvenientes de orientación, emplazamiento, etc., desaparecen tan luego como se logra esta primordial condición».



 

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No estará demás que apuntemos ya aquí la conveniencia de que, al menos en las poblaciones urbanas, se sustituyan las escuelas de una sola clase por las de dos o más de éstas, aunque se trate de un solo grado de la enseñanza; innovación que debiera haberse empezado a poner en práctica hace algunos años, con lo que no resultaría ahora que muchas de las escuelas nuevas sean insuficientes o inadecuadas. Allí donde se comprenda que han de concurrir más de sesenta alumnos, debería pensarse en más de una clase, teniendo en cuenta, al disponer las que se acordasen, la conveniencia de que sean independentes entro sí (y si fuesen contiguas, sin comunicación y tomándose respecto de los muros de separación las precauciones que ya se han indicado para evitar el ruido de unas a otras) y que cada una tenga su ingreso propio y exclusivo, de modo que forme una pequeña escuela.

En la casi totalidad de las disposiciones que rigen en los demás países acerca de este particular, se observa la tendencia a que las escuelas consten de más de una clase.



 

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Respecto del número de dependencias que aquí indicamos, como necesarias en toda escuela, remitimos al lector a lo que decimos al final del capítulo III de esta segunda parte, con ocasión de las condiciones generales de dichas dependencias.



 

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Téngase presente lo que acerca de esta habitación decimos en el capítulo III.



 

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Creemos prestar un verdadera servicio a la educación primaria excitando el celo de cuantas personas se preocupan de las cuestiones que con ella se relacionan, para que se opongan resueltamente a la tendencia que se nota en muchas partes en favor del lujo y la magnificencia en las construcciones escolares. Representando semejante tendencia una reacción o protesta contra su contraria (la que no tenía para la escuela más que pobreza y mezquindad), ha originado lamentables exageraciones, al punto de que se desee por algunos de los que se reputan como autoridad en la materia, que se construyan para las escuelas verdaderos palacios, en el sentido de la suntuosidad de los edificios y la riqueza de los decorados. Con ser esto impropio de la escuela, es impracticable de todo punto como regla general y no tiene sentido alguno. Sin descartar la necesaria solidez, la amplitud y el buen gusto que deben resplandecer en las construcciones escolares, insistimos en que en éstas han de dominar la sencillez, la ligereza y la gracia, con ausencia de todo lujo y de todo alarde aparatoso. A lo que debe tenderse, sobre todo, es a ensanchar los perímetros de las escuelas, lo cual ha podido hacerse en muchas de las modernas, con sólo haber disminuido decorados inútiles. Desterrar lo innecesario y lujoso y aumentar las áreas y las dependencias, sin menoscabo de lo preciso y del buen gusto, debiera ser, en nuestro concepto, el principio a que se ajustase siempre la construcción de los edificios para escuelas.

El DR. JAVAL, que tanta autoridad tiene en materias de Higiene escolar, dice a propósito de la ostentación de los edificios-escuelas: «El hijo en las construcciones escolares es inútil; todo lo que puede pedirse es que el local afecto a la clase responda a las prescripciones de la higiene y de una sana pedagogía, y que sea suficiente la habitación destinada al maestro; y podrá obtenerse con frecuencia este doble resultado con poco gasto...».

«Los decorados de yeso, de estuco o de cinc -dice a este propósito NARJOUX con que ciertas administraciones se complacen en adornar las fachadas de sus escuelas, son causa de gastos inútiles, una satisfacción impertinente dada a un gusto lamentable, cuya propagación es necesario evitar».



 

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Esta descripción está hecha sobre uno de los modelos presentados en la Exposición escolar internacional de Viena.



 

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Ocasión es esta de insistir respecto del acuerdo con que en estas cuestiones marchan la Pedagogía y la Higiene. Con la reducción de alumnos por clase, según proponemos, se facilita la adopción del sistema simultáneo, que a la vez que es, como por todos se reconoce hoy, el único que tiene un carácter realmente pedagógico, es también el que más se presta a que se llenen en las clases las condiciones higiénicas que lo en tocante a su capacidad por alumno, aconsejamos aquí. Resulta de esto, que multiplicar el número de las clases para disminuir en cada una el de alumnos, es a la vez que un progreso higiénico una mejora pedagógica. Así, pues, la tendencia debe ser la de poner las clases en condiciones de poderse aplicar en las mejores circunstancias posibles el sistema simultáneo, que tan superior es al mutuo y aun al mixto; y cuando el número de alumnos exceda de sesenta y no puedan distribuirse en dos clases, lo más conveniente y práctico sería dividir la en que tal sucediese en dos secciones, agregando al maestro un auxiliar o un mero pasante, que siempre dará más resultado que los monitores, y permitirá la adopción del sistema simultáneo. Para mejor penetrarse del sentido de estas indicaciones, bueno es que se tenga presente que, mientras por una parte la intervención directa del maestro en los ejercicios que los niños practican tiene un valor inapreciable y es en verdad insustituible -sobre todo si se aspira a educar realmente- por otra, cuanto más necesaria se hace la adopción del sistema mutuo o del mixto, tanto mayor debe ser la aptitud de los que auxilien al maestro, por lo que, o se impone a éste más trabajo para preparar a los monitores, o deben sustituirse éstos por auxiliares o pasantes.



 

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Según la Estadística general de primera enseñanza correspondiente al decenio que terminó en fin de Diciembre de 1880, el término medio general de alumnos y alumnas, por escuela, es de 62'36, el cual se eleva a 99'31 para las superiores de niños y a 109'69 para las de igual clase de niñas; en las elementales completas de niños, en las de igual clase de niñas y en las mixtas dirigidas por maestros, es de 78'91, 75'63 y 74'72 respectivamente. Las que resultan más recargadas son las que debieran estarlo menos, las de párvulos, pues la cifra total de alumnos y alumnas arroja 147'01 niños y niñas por escuela. Estos datos, que se refieren sólo a las escuelas públicas (en las privadas resaltan más bajos los términos medios y el general es de 48'82), serían más completos y ofrecerían base más segura y exacta para este género de indagaciones, si en la Estadística de que los tomamos se hubiese introducido un cuadro en el que apareciesen agrupadas las escuelas, según el número de alumnos en ellas inscritos.

Téngase, por otra parte, en cuenta que el número de sesenta es el que sirve de tipo para determinar el personal de las escuelas elementales, superiores y de párvulos. Véanse los decretos de 5 de Octubre de 1883, 17 de Marzo de 1882 y 4 de Julio de 1884, que insertamos en el Apéndice.



 

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Según la Estadística a que acabamos de referirnos, las faltas de asistencia en las escuelas públicas se elevan al 27'64 por 100 en los alumnos y al 30'02 en las alumnas, en total, al 28'62 por 100 de los escolares inscritos en las escuelas públicas de ambos sexos. Estas cifras, que acusan bien poco interés por parte de las familias en procurar la puntual asistencia de los niños a la escuela, constituyen un dato interesante, que no deben perder de vista los que se oponen al formal y verdadero establecimiento de la enseñanza obligatoria.



 
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