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La multiplicidad de puntos de vista es una estrategia frecuente en los relatos de Bioy Casares. Sólo en La invención encontramos el relato del prófugo, la conferencia de Morel y las observaciones meticulosas del editor. De modo semejante, en «El perjurio de la nieve» (1943), la introducción y las deducciones finales de Alfonso Berger Cárdenas se combinan en abierta polémica con el relato central de Juan Luis Villafañe. Para Carlos Dámaso Martínez, «Estos desdoblamientos de las voces narrativas, de los sujetos de la enunciación, producen, por una parte, un efecto de ambigüedad o la posibilidad de distintos sentidos y por otra, supone la narración de una percepción del universo de la ficción como eje semántico del relato»
(Martínez, 1980/1986 : 425). «La estructura de la novela de enigma»
y «la incidencia de lo fantástico»
explicarían la recurrencia de esta estrategia en los cuentos y novelas del autor (Martínez, 1980/1986: 426).
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Todos los subrayados son nuestros
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No está demás recordar que las culturas que conciben el tiempo como una entidad cíclica, carecen por lo general de escritura, son pueblos ágrafos.
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Carlos Dámaso Martínez señala que «la preocupación por la temporalidad y la inmortalidad»
es constante en la obra de Bioy Casares y se vincula a su poética puesto que «la obra literaria y el arte en general, desde su perspectiva, pueden ser una manera de acceder a la perpetuidad»
(Martínez, 1980/1986: 424). Ello nos remite nuevamente a la metáfora que pone en relación la invención moreliana con la invención novelesca.
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Dos motivos se corresponden, en cierta medida, con las que Carlos Dámaso Martínez señala como «dos preocupaciones temáticas principales»
en la obra de Bioy Casares: «el amor y lo fantástico»
(Martínez, 1980-1986: 423). En nuestro caso se trata de verlos como representación temporalizada y espacializada que refracta una conciencia cultural.
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Sin duda, Bioy Casares ha sabido explotar este motivo, no sólo en La invención de Morel, sino en otras novelas y cuentos. Sus personajes masculinos son, por lo habitual, enamorados obstinados de una mujer que nunca llegan a conocer del todo y a la que cortejan un tanto a la antigua: Enrique Nevers, el enamorado de Irene, en Plan de evasión (1945); el enamorado de Violeta, en «Recuerdo de las sierras» (1972); el narrador abandonado de «En memoria de Paulina» (1944), etc.
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La mención de esta novela de Verne no es deliberada: también allí el enigma se resuelve por la presencia de un prodigio técnico (el submarino) y su mentor (el célebre capitán Nemo), en una gruta de la isla.
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También en Plan de evasión hay una isla-cárcel cuyo director sostiene que es posible hacer olvidar a los condenados su situación de presidiarios, alterando sus modos de percepción de lo real. Como en La invención de Morel, el experimento tiene su costado macabro y genera una serie de enigmas para un protagonista inexperto, un benthamiano anacrónico. Años más tarde, Bioy Casares renegó de esta tradición en la que se inscriben sus dos primeras novelas por boca de uno de los personajes de El héroe de las mujeres (1978): «¡Al diablo las Islas del Diablo, la alquimia sensorial, la máquina del tiempo y los mágicos prodigios...!»
(Martínez, 1980-1986: 429-430).
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Del mismo modo, la arquitectura fortificada de los edificios de la isla evoca construcciones bélicas: «¿Quiénes eran los que en 1924, más o menos, construyeron este edificio? ¿Por qué lo han dejado abandonado? ¿Qué bombardeos temían?»
(p. 31).
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En este sentido, la novela de la que venimos ocupándonos y otros relatos de Bioy Casares, han llegado a ser, como algunas invenciones de Verne, absolutamente proféticas. Ya en «Máscaras venecianas» (1986) Bioy se anticipa al experimento genético de la clonación.