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Una dulce historia de mariposas y libélulas

(Capítulo 1)

Jordi Sierra i Fabra





Desde lo alto, a un paso de las nubes, el río Amarillo se ve igual que una lengua sinuosa abriendo la tierra, separando las dos orillas o los cañones que lo encajonan.

Desde lo alto, el río Amarillo parece retorcerse en la distancia, como un ser vivo, serpenteando por entre los riscos rojizos y las mesetas que descienden escalonadamente hacia su luminosa senda oscura.

Desde lo alto, el río Amarillo lo es todo, porque en mitad de la tierra yerma y bajo el sol que unas veces es de plomo y otras una bendición, es la enseña de su pasado, la realidad de su presente y la esperanza constante de su futuro.

El río no sólo es agua.

El río no sólo es vida.

El río es tiempo.

Tiempo eterno, desde que el mundo fue concebido y el aliento de los dioses lo configuraron para darles esa esperanza.

Desde lo alto, siempre desde lo alto, como cada día, Qin lo contempla por primera vez con otros ojos.

No sabe adónde conduce la corriente. No ha descendido jamás por él para descubrir sus secretos. Ignora que hay cien kilómetros más arriba. Desconoce cómo son las tierras que baña cien kilómetros más abajo. Ni siquiera sabe cómo es el hermoso mar en el que dicen que desemboca.

Un mar.

Un mundo de agua.

¿Existe realmente eso?

Hay tantas leyendas imprecisas que cabalgan desbocadas de labios llenos de fantasía a oídos ansiosos de ensoñaciones.

Pero, al mismo tiempo, si el mundo es tan grande como los sabios aseguran…

Qin viste una camisa gastada, unos pantalones gastados, y se cubre con un sombrero gastado. La camiseta fue de algún color en otro momento. Los pantalones no tuvieron agujeros en otro momento. El sombrero, de paja, fue bonito en otro momento. Lo único nuevo son las sandalias. Nuevas porque apenas si tienen cinco años. Se las legó el viejo Xingwu al morir, y él acababa de comprarlas seis meses antes. Fue un bonito detalle. El viejo Xingwu había muerto solo, como había vivido, y repartió sus posesiones minuciosamente entre los habitantes del pueblo, según su edad y sin hacer distinciones.

Las sandalias de Xingwu apenas si tienen huellas.

Qin cierra los ojos.

No es el mejor día para evocar, ni el mejor instante para recordar. Pero evoca y recuerda. No puede evitarlo. Será la trascendencia del momento. Será el impacto de la realidad. Poco importa. Evoca los días felices y recuerda las escenas hermosas. En su mente resuenan las risas, las cantarinas risas de la alegría desbordante que hicieron de Zhai el hijo bendito.

El hijo adorado.

¿Por qué Zhai? ¿Por qué?

-¿Por qué? -le pregunta al cielo aunque mantiene los ojos cerrados, inmerso en su negrura interior.

La vida es extraña.

Se mueve siempre en la misma dirección, implacable, sorprendente.

Pero si la vida es extraña y múltiple, la muerte es real y única.

Ella sí conduce a un mundo diferente.

Qin vuelve a abrir los ojos al golpearlo el silencio.

Y se estremece, porque sabe que todo ha terminado.

El silencio en el río no existe, porque el murmullo del agua nunca cesa. Pero en la montaña sí. En la montaña el silencio tiene mil caras y mil significados. Hay un silencio de amanecer luminoso y un silencio de anochecer plácido, hay un silencio de calma en los campos de cuya entraña tratan de extraer alimentos y un silencio de senda hollada por pies descalzos, hay un silencio de mujer callada frente al fogón y un silencio de hombre contemplándola mientras se pregunta quién es o en qué piensa.

Y siempre, siempre, está el peor de todos ellos.

La muerte.

La muerte que ha llegado a su vida para recordarle que nada es tan efímero como la felicidad.

Los pasos, quedos, murmullos de hormiga en el camino, se acercan por su espalda.

Qin no vuelve la cabeza.

Espera.

Sabe que es su hijo mayor. Es su deber. Sabe que es quien tomará las riendas cuando falte y asume ya ahora la responsabilidad del momento. Las manos se crispan. No desea escucharle. Se aboca a un abismo con el pánico de lo irremediable.

Los pasos se detienen.

-¿Padre?

-Sí, Cheng.

-Deberías volver.

-Claro.

No le gusta la palabra. Todavía no la ha asumido. Pero pese a todo la pronuncia, en un primer intento de enfrentarse a la realidad:

-¿Ha muerto en paz?

Su hijo mayor lo tranquiliza.

-Sí, padre.

Su suspiro es interior, no exterior. Suspiro de dolor contenido, de hombre siempre quieto. Estatua de bronce de un templo imaginario, inalterable, porque con cada golpe la vida deja un surco en la piel y un abismo en el alma, y él ya no tiene más piel que ofrecer ni más alma que salvar.

A veces siente que ha vivido mil años.

Cheng le tiende la mano. Se agarra a ella. Un náufrago asiéndose a la tabla que lo salvará de la corriente, por lo menos momentáneamente. Cuando se pone en pie los dos hombres quedan cara a cara y se miran a los ojos. Los del joven rezuman dolor y humedad. Los del padre miedo y tristeza. Dos lados de la misma moneda. Parecen dispuestos a abrazarse pero no lo hacen.

Sólo esa mirada.

Tan penetrante.

Tan cargada de desconciertos.

Después echan a andar, uno al lado del otro, sin rozarse, y por un instante Qin piensa en el día que su hijo mayor dejó de darle la mano y se puso a caminar solo.

La casa, con las mujeres dolientes alrededor del cuerpo sin vida, espera a lo lejos.





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