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Una malagueña ante la Estatua de la Libertad

María del Mar Mena Pablos





Isabel Oyarzábal Smith1 (Málaga, 1878-Ciudad de México, 1974) fue una de las mujeres más prominentes de su época y una de las más activas en la lucha por los derechos de la mujer, pero además fue una importante cronista de su tiempo, atenta siempre a los problemas sociales desde la tribuna que le proporcionaba su dedicación periodística.

De las numerosas facetas a las que la autora se dedicó a lo largo de su vida, la de conferenciante fue, sin duda, una de las más constantes, pues su primera conferencia tuvo lugar en 1906 y esta labor continuó en el exilio.

Además de las charlas que tuvieron lugar en España y que versaron sobre diversos temas, entre los cuales, siempre destacaron aquellos que reivindicaban los derechos de la mujer y la mejora de sus condiciones, pronto y gracias a uno de los que trataba, la indumentaria popular española, su fama se extendió y comenzó a viajar, primero por Europa y después por Estados Unidos2.

La primera de las giras que emprendió se produjo entre octubre y noviembre de 1921 y tuvo lugar en París y Londres3. Al año siguiente, entre mayo y junio de 1922, inició otra serie de conferencias, también en Londres, que tuvo un importante eco en la prensa española. Gracias a esta sabemos que disertó en el Aeolian Hall de la capital británica, bajo el título Spanish costume and folklore and old spanish legends, los días 26 de mayo y 2 de junio, patrocinadas por el embajador de España Merry del Val. Las conferencias versaron sobre la España pintoresca y se proyectaron vistas de las ciudades y monumentos más importantes de la península (Anónimo, 1922, 17 de mayo; Anónimo, 1922, 3 de junio; Courtney, 1922, 1 de julio).

A la autora le reconocieron un talento especial como conferenciante y ella misma explicaba que su amor por la actuación había encontrado el cauce adecuado en las charlas:

«En nuestra segunda visita a Inglaterra, me di cuenta de que mis conferencias tenían mucho éxito, porque eran diferentes. Uno de los periódicos londinenses declaró que la mía era una nueva oratoria. En realidad, mi pasión por el teatro había encontrado expresión en aquellas intervenciones y se habían convertido en una interpretación, sencilla, eso sí, de diferentes tipos de mujer española. Así conseguía que mi trabajo interesase al público, que además disfrutaba. Como no me aprendía el texto de memoria y tampoco leía, podía improvisar e introducir cambios cuando lo creía conveniente, para que el contenido resultase interesante».


(Capdevila-Argüelles, 2010: 193-194)                


El mensaje de la autora era: «[...] el de la belleza: la belleza de un pueblo que había dado instintivamente expresión a sus sentimientos con el color, el trazo y el ritmo en el diseño de sus tejidos, en sus bordados, en sus preciosos atuendos y maravillosos bailes» (Capdevila-Argüelles, 2010, p. 197).

En 1924 y 1925 viajó a Estados Unidos y Canadá en dos ocasiones y con el mismo propósito. Para la gira por el nuevo continente, escribió al Instituto de Educación Internacional en Nueva York y acordó varias charlas, la primera de las cuales tuvo lugar en el Vassar College de Nueva York.

Los satisfactorios resultados de mi tour de conferencias nos hizo pensar que sería una buena idea extender nuestro campo de acción fuera de España, incluso más allá de Europa, así que intenté organizar una gira en Estados Unidos. No me amilané y escribí al Institute of International Education de Nueva York, y para mi sorpresa, aceptaron recibirme. En cuanto tuve suficientes compromisos como para cubrir gastos, acabé de decidirme (Capdevila-Argüelles, 2010: 194)4.

Según la correspondencia enviada por Isabel Oyarzábal a su hija Marissa, el 8 de febrero de 1925 se encontraba en el Smith College, Northampton, Massachusetts; el 19 de marzo de 1925, en Chicago, el 5 de abril de 1925 se hallaba en Columbus y hacia el 10 de mayo volvió a Chicago5. Los escenarios en los que disertaba eran de lo más variado:

«Un día hablaba en el lujoso estrado de un club de mujeres, otro día en una galería de arte, como hice en San Luis, otras veces en el auditorio de una universidad o incluso en una iglesia. Nunca sabía dónde iba a llevarse a cabo la conferencia, pero todos los sitios parecían apropiados».


(Capdevila-Argüelles, 2010: 197)                


Paralelamente y a partir de junio de 1925, Isabel Oyarzábal comenzó a colaborar asiduamente en el semanario Blanco y Negro del periódico ABC, hasta el 23 de diciembre de 1928 aunque, con posterioridad, escribió para el semanario de manera esporádica6.

La visión de los lugares que visitaba en el nuevo continente, como se aprecia en los artículos que escribió, se asentaba en la percepción previa que tenía de su mundo, y ello le sirvió como referencia para analizar las experiencias que le ofrecía su destino (Simón Alegre, A. I. y Sanz Álvarez, A., 2001, p. 56).

Y así, en uno de los ellos afirmaba:

«Salí de Nueva York en un tren de la mañana con el alma bañada en suave melancolía. Nunca más podría experimentar esa sensación, mitad goce, mitad temor, del que por vez primera cruza el vasto mar que separa dos continentes y dos civilizaciones; nunca más acusarían mis sentidos, con el fuerte relieve que ahora, los mil detalles curiosos y nimios que se destacan, más intensamente a veces que lo trascendental, en el ánimo del viajero novato».


(1925, 20 de septiembre)                


En efecto, escribió una serie de artículos en los que ponía de manifiesto sus sensaciones sobre Norteamérica. En ellos, destacaba la modernidad de muchos aspectos del modo de vida americano, que no siempre causaba una impresión positiva en la autora, así como el espíritu de las instituciones y colectivos, que parecía aspirar en todo momento al bien común.

En el primero de los artículos, titulado «Junto a la Estatua de la Libertad. Impresiones de un viaje a América» (Palencia, 1925, 7 de junio), narraba su llegada al nuevo continente, a bordo del barco La France y explicaba cómo eran desembarcados los pasajeros. En primer lugar, los de primera clase y los norteamericanos y, después, todos los demás. Criticaba el profundo escrutinio que sufrían aquellos que aspiraban a permanecer de manera estable en el país, procedentes, sobre todo, del centro y sur de Europa, y que debían exhibir el contrato de trabajo para «que alejasen el temor de que el bagaje humano pudiera convertirse en inútil carga». Mientras viajaba en un taxi, la autora había percibido tres sensaciones de la ciudad: las calles de Nueva York eran muy estrechas; circulaba poca gente por ellas y el ruido no era excesivamente ensordecedor. Pero, al día siguiente, había rectificado su apreciación, pues describía las calles como hormigueros humanos, y los grandes almacenes como devoradores de mujeres. Definía Nueva York como una ciudad de armónica belleza y de gran elegancia. Distinta sensación le causó el paisanaje neoyorkino: mujeres con rostros «grotescamente pintarrajeados» y hombres devastados por el excesivo trabajo. Hasta el indumento «es inarmónico, lujoso pero vulgar». Aunque la autora finalmente afirmaba: «Sin embargo, nada repele, quizá porque todo invita a vivir, a dominar, y a obtener un premio».

La segunda entrega llevó el mismo título que la anterior, «Junto a la Estatua de la Libertad. Impresiones de un viaje a América. II» (1925,14 de junio), y en él se narraba su segundo día de estancia en Nueva York, en el que tuvo que ultimar los detalles logísticos de su gira, que incluía la compra de dos maletas para sustituir el baúl que transportaba los trajes objeto de las conferencias, pues resultaba más cómodo para el viaje. Visitó dos o tres grandes almacenes en los que una abigarrada multitud compraba todo tipo de objetos, descansaba en la sala de lecturas y comía por un dólar y medio. Resultan muy expresivas las sensaciones que la gran urbe provocaron en la autora: «[...] yendo y viniendo a las oficinas, corriendo tras los tranvías, dirigiéndose a los trenes 'elevados', medio de locomoción que no contribuye, por cierto, al embellecimiento de la población. Las calles cubiertas y oscurecidas por el pesado andamiaje trepidan y tiemblan sin cesar bajo el férreo peso...».

En esta serie de artículos llamaban constantemente su atención, además de la fastuosidad de las construcciones americanas y de la modernidad de la vida cotidiana, la organización y cooperación que se respiraban en todos los lugares que visitaba, donde la vida colectiva se imponía a la individual, y afirmaba que lo que regía el modelo americano era la organización y la colaboración.

Así lo recordaba en otro de sus artículos «Junto a la Estatua de la Libertad. Impresiones de un viaje a América IV» (1925, 20 de septiembre), en el que destacaba la magnificencia de la estación Grand Central, por la cual paseaba, de nuevo, un hervidero humano, ensimismado en sus pensamientos. Pero también aludió a varias de las universidades femeninas, centros culturales motivo de orgullo de alumnas y exalumnas: Vassar, Smith, Mt. Holyoke o Wellesley7, en los que se «cultivan con elevado concepto, los principios de absoluta igualdad de educación entre la mujer y el hombre».

Vassar era el primero de los centros en los que debía impartir sus conferencias, del que destacaba la vida que se respiraba dentro de sus paredes y el orden interior, basado en el autogobierno y le llamaba la atención la diversidad de razas que convivía en los comedores universitarios. Ese autogobierno de las instituciones universitarias también fue advertido por Oyarzábal en el Smith College. Y acerca de él, afirmaba la autora, que provocaba siempre la asunción de decisiones que mejoraban la convivencia y el desarrollo de los implicados. Los edificios, donados por exalumnos o millonarios deseosos de promover la cultura patria, tenían todos los adelantos científicos y demostraban «la fuerza colectiva del país». Desde Vermont, nuestra autora había iniciado un trayecto hacia otro de los destinos que esperaban sus palabras, y escribía sobre él en «Junto a la Estatua de la Libertad. Impresiones de un viaje a América V» (1925, 18 de octubre), en el que narraba el accidentado viaje en un «pulman», un vagón cama, donde dormían juntos hombres y mujeres, y terminaba afirmando que «las preocupaciones puramente sexuales, casi siempre basadas en convencionalismos, no tienen importancia en América».

Cuando escribió «Junto a la Estatua de la Libertad. Impresiones de un viaje a América VI» (1926, 7 de marzo), se hallaba en Dakota del Norte, en un centro de coeducación donde Oyarzábal pudo ser testigo de la convivencia «casi total» de los estudiantes de ambos sexos. Para la autora, la educación que se iniciaba en las escuelas y terminaba en las universidades contribuiría, sin duda alguna, a la emancipación de la mujer.

A partir de estas primeras crónicas enviadas desde distintos lugares de Norteamérica, fueron numerosos los artículos que la autora dedicó al subcontinente americano, en los que, en ocasiones, analizaba las raíces de la cultura americana; en otros, destacaba los indicios de modernidad y progreso que Oyarzábal comparaba con la vida española y, en otros, reflejaba los acontecimientos sociales o políticos de candente actualidad en los Estados Unidos.

Tampoco dejaba pasar la oportunidad para homenajear y ensalzar el papel de las mujeres, reconociendo su labor en todas las manifestaciones del progreso, la cultura y el arte. Así ocurría en el artículo «La mujer invisible. La formadora de pueblos» (1926, 20 de junio), en el que reflexionaba sobre el valor de la mujer anónima que había ayudado a fundar sociedades en el nuevo continente. Esas mujeres habían dejado sus orígenes para colonizar nuevas tierras y habían creado una nueva generación de hombres fuertes y capaces en condiciones dificilísimas.

En el artículo «Indumentaria femenina. El traje de la bachillera» (1926, 16 de mayo) la autora reivindicaba el tipo de la bachillera, valorando el uso de un traje especial para las ocasiones en las que las jóvenes y los jóvenes americanos conseguían su grado de bachiller, como distintivo y muestra de orgullo, y se lamentaba de que en España la ausencia de todo distintivo indumentario restara indudable atractivo a la ceremonia.

«En América del Norte los bachilleres de ambos sexos, una vez obtenido el título correspondiente, adquieren el derecho de vestir en determinadas ocasiones un birrete y una toga, y una de las ceremonias más interesantes y de mayor visualidad en las Universidades femeninas es precisamente la que a tal investidura se refiere.

Todos los años, a fin de curso, celébrase en la capilla de dichos Centros docentes una función religiosa para las nuevas bachilleras. Estas acuden al templo en procesión presidida por la Facultad, y realmente el acto resulta conmovedor y lindo en grado sumo».


Siempre atenta a las manifestaciones antropológicas relacionadas con la cultura y el arte, escribió «Los orígenes del baile moderno. La inspiración de una raza desaparecida» (1926, 5 de diciembre), en el que defendía a la raza afroamericana, lamentaba que fuera una «raza desdeñada», y afirmaba que: «Es muy posible que con el tiempo, y una vez que la manumitida raza haya dado más pruebas de capacidad en el terreno de la ciencia y en el de las finanzas, desaparezca el desdén de que ahora se la hace objeto».

Asimismo, repasaba las múltiples afrentas a las que era sometida la raza negra y, por último, convenía que era «la única fuente de arte popular [...], el único manantial de personal emoción que existe en los Estados Unidos con vitalidad suficiente para imponerse a todos los desdenes y todos los ascos provocados por la diferencia de raza».

Tal emoción se hacía patente a través de sus manifestaciones musicales, de extraordinaria fuerza. Así, destacaba al cantante Paul Robeson, intérprete de espirituales o a la bailarina Josephine Baker. Y finalizaba:

«Ahora bien, convendría que los creadores de emoción de la gran República se dieran cuenta de que la inspiración más fecunda se halla soterrada en el alma del pueblo y que América no logrará poseer una música propia en tanto no sepa nutrirse plenamente del arte popular de los negros y del de los pieles rojas, creadores también de un bellísimo concepto del ritmo y del sonido».


Desde enero a junio de 1928, Isabel Oyarzábal inició una segunda gira de conferencias que la llevarían a Cuba y, de nuevo, a Estados Unidos. En este viaje se reencontró con su madre y sus hermanas Inés y Ana, que vivían en el país, e impartió alrededor de cincuenta conferencias en universidades y centros culturales sobre los trajes regionales españoles y su percepción histórica, lo que le proporcionó importantes ingresos (Quiles Faz, 2013, p. 170). Recorrió desde Montreal a Miami y desde Nueva York a San Francisco, desde la helada Dakota del Norte a la soleada Nueva Orleans. En este caso, el periódico en el que publicó sus sensaciones sobre los lugares que visitaba fue el Heraldo de Madrid, aunque no exclusivamente, pues también lo siguió haciendo en Blanco y Negro.

El primero de los artículos enviados al Heraldo de Madrid, «La caldera de fundición» (1928, 5 de marzo), volvía a poner el foco en la ceremonia de llegada de los viajeros al puerto de Nueva York que, sin duda, causaba en la autora una profunda impresión. En él, identificaba a la ciudad con una caldera de fundición en la que se amalgamaban todos los orígenes y costumbres de los pasajeros que arribaban a aquellas costas desde lugares y orígenes dispares. Oyarzábal se hacía eco del recelo que provocaba la isla de Ellis en los recién llegados, «lugar de interrogación, detención y muchas veces devolución de los aspirantes a la residencia en América del Norte cuyos documentos no satisfacen a las autoridades de inmigración» y relataba el proceso de identificación de los arribados al nuevo continente, en el que se separaban a los ciudadanos americanos de los «alienos» y de estos últimos, aquellos pasajeros que provenían de la primera clase del buque que los había llevado a Nueva York, eran admitidos en el país inmediatamente:

«El pasaje de primera clase no tarda en ser admitido. Hállase compuesto por personas cuya solvencia económica tranquiliza la conciencia de los intérpretes de la voluntad gubernamental -no nacional- de la patria de Washington. Al igual que los demás pasajeros han estampado su firma al pie del documento en el que aseguran a las autoridades de inmigración que no son polígamos ni anarquistas, que no han estado en la cárcel y que no tienen la menor idea de derribar al gobierno de los Estados Unidos. La abundancia material que disfrutan es garantía, por lo visto, de que no renegarán de tales principios de conducta».


Sin embargo, los pasajeros de segunda y tercera clase eran sometidos a un profundo escrutinio que, sin embargo, era agilizado según la disponibilidad de dinero en metálico.

Esta serie de artículos en el Heraldo de Madrid destacaban especialmente los aspectos del progreso de la avanzada sociedad americana, que admiraban a la autora, a la vez que reflexionaba sobre el reverso de esos avances, el excesivo peso de las máquinas en la vida cotidiana y la urgencia y celeridad con que se afrontaban las actividades humanas.

Así, en el artículo titulado «Desde América del Norte» (1928, 16 de marzo), Oyarzábal se asombraba de la efectividad con que resolvían los americanos aquellos problemas que tenían que ver con el bienestar físico del individuo, haciendo un repaso por todos los avances que facilitaban su vida cotidiana: los medios de comunicación, la comodidad de los hoteles, la calefacción instalada en casas, trenes, tranvías y automóviles que maravillaron a la autora, así como las cámaras frigoríficas y aparatos refrigeradores y, para aquellas mujeres que no podían permitirse tener servicio, existían multitud de dispositivos que facilitaban las labores del hogar. Todo ello en unas casas que Oyarzábal consideraba frágiles, pues destacaba la precariedad de los materiales con que estaban construidas y que atribuía al concepto que los americanos tenían del hogar tradicional, muy distinto del europeo. Por último, la autora se lamentaba de ese rasgo del carácter americano que despreciaba cualquier rastro de perdurabilidad en sus construcciones y señalaba que las únicas excepciones en todo el país eran la ciudad de San Agustín de la Florida y algunas poblaciones de California, que conservaban reminiscencias arquitectónicas de siglos pasados.

Con el mismo sentido de asombro ante la modernidad, se expresaba la autora en el artículo titulado «América del Norte erige templos a la velocidad» (1928, 24 de marzo), que comenzaba: «El culto más popular en los Estados Unidos, el que más adictos atrae, es el que tiene por objeto 'robar tiempo al tiempo', ensalzar las virtudes y ventajas de la velocidad», y en el que explicaba que los americanos habían construido símbolos de culto a la velocidad que no eran otros que las estaciones de ferrocarril, de la misma manera que los europeos habían construido templos como centros de reposo espiritual.

La misma obsesión por el tiempo observaba la autora en el artículo titulado «Reloj en mano» (1928, 11 de mayo), escrito en Columbia (Ohio), y en el que comparaba la excesiva reglamentación horaria en Norteamérica con «el arte de entretener el tiempo, tan característico de la Europa meridional», a la vez que, criticaba la sistematización excesiva de las sociedades industrializadas, ya que, a pesar de que la vida en ellas se hallaba totalmente pautada, el progreso y el consumo habían introducido el régimen de masas y a fuerza de uniformar todos los aspectos de la vida, había eclipsado la personalidad del individuo, elemento indispensable de todo desarrollo espiritual y añadía:

«Henry Ford ha sido el factor más importante de cuantos han colaborado en esta sistematización humana. Él es el genio de la actual civilización americana en los Estados del Centro y del Oeste, civilización que se diferencia mucho de las de Boston y Nueva York».


Pero no solo destacaba la autora el aprovechamiento del tiempo en la sociedad americana, sino la disposición de sus ciudadanos a obtener cualquier beneficio de las oportunidades que le brindaban los medios naturales. Así se expresaba en el artículo «La Florida. La Riviera norteamericana», en este caso publicado en Blanco y Negro (1928, 2 de septiembre), atenta siempre al contraste entre las distintas sociedades que conocía en sus viajes. Aplaudía el desarrollo y crecimiento de la península de Florida, que se había convertido en el lugar de recreo predilecto de los estadounidenses, que unía la espectacularidad de los paisajes y la benignidad del clima a los más modernos «refinamientos de la civilización moderna». A la vez, lamentaba que la ciudad de Málaga, que tenía cualidades mejores que las de Florida, no estuviera explotada tal como lo estaba el estado americano, lo que quizá se debiera a las distintas formas de concebir la vida en España y Norteamérica:

«La provincia de Málaga es más bella e infinitamente más rica que La Florida; su clima es más templado; su vegetación, más abundante y variada; sus paisajes, más grandiosos, y, sin embargo, no los aprovechamos. ¿Será porque en el resto de España no hay ciudades de acero ni luchas tan enconadas como en América?».


De índole distinta son los artículos que la autora dedicó a la paz, una de sus grandes preocupaciones. El primero de ellos, titulado «Las listas negras de las DAR. En todas partes cuecen habas» (1928, 14 de mayo), escrito desde Nueva York y «Las mujeres norteamericanas ante el pacto Kellog y el origen de este» (1928, 27 de noviembre) publicados ambos en el Heraldo de Madrid. En los dos, criticaba a aquellos sectores que imposibilitaban la entrada de Norteamérica en la Liga de Naciones por temor al comunismo. Concretamente, en el primero de ellos, destacaba que, a pesar de que las posiciones se habían suavizado y todo parecía proclive a firmar el tratado de adhesión, había surgido en Washington una asociación nacionalista, las Daughters of the American Revolution, las Hijas de la Revolución Americana, que había elaborado listas negras con el fin de detener «el avance de los sentimientos humanitarios». El boicot a los nombres incluidos en esas listas había provocado la burla y la sorpresa, incluso dentro de las filas de la asociación y había puesto de manifiesto un sistema de espionaje dirigido a los directores del movimiento intelectual americano.

En el segundo de los artículos citados, la autora explicaba cuál había sido, precisamente, el origen del Pacto Kellog, un documento firmado por quince países, según el cual, estos renunciaban a la guerra como instrumento de política internacional y se comprometían a encontrar una solución pacífica a los conflictos. Efectivamente, Oyarzábal explicaba cómo su inspirador había sido, once años antes, el jurisconsulto Salmón Levinson, con quien nuestra autora se entrevistó en Chicago, y, que la proposición fue trasladada al Parlamento por el senador Borah (Quiles Faz, 2013, p. 177). El proyecto contó enseguida con la adhesión de muchos estamentos de la sociedad, un difícil reto, pues eran muchos los intereses contrarios a la adhesión. Entre los partidarios del pacto, la autora destacaba a los representantes de la iglesia metodista y, excluyendo a las Hijas de la Revolución americana, a las mujeres, de entre las que sobresalían las figuras de la socióloga feminista Jane Adams, que había sido encarcelada durante la I Guerra Mundial por su pacifismo y la líder del sufragismo Carrie Chapman Catt, presidenta de la Liga pro Paz y Libertad8.

En este conjunto de artículos escritos en 1928 y dedicados a Norteamérica, Isabel Oyarzábal publicó en ABC y Blanco y Negro, varios dedicados al teatro, otra de las facetas de la vida de la autora. Así, en el publicado en el diario ABC, titulado «En los Estados Unidos. El Gremio del Arte Dramático y su teatro» (1928, 26 de julio) se pronunciaba respecto a la crisis que sufría el teatro en España y comparaba la situación con la que se vivía en Estados Unidos, que estaba superando las dificultades a través de la cooperación, y que había llevado, no solo en Norteamérica sino en otros muchos lugares del mundo, a la creación de grupos de aficionados. En este sentido, analizó el funcionamiento del Gremio de Arte Dramático (Theatre Guild), fundado en 1919. Explicaba que cuantos formaban el Gremio, desde el primer actor al último tramoyista, trabajaban por un mismo ideal, siendo todos necesarios, pero ninguno indispensable, de manera que se acababa con los «irritantes privilegios del divo, que ha sido una de las causas primordiales de la decadencia teatral». A decir de nuestra autora, para que el teatro desarrollase su alta misión educadora, era necesario que estuviera al alcance de todos, por lo que debía ser económico, pero también debía garantizar cierta rentabilidad. Este problema había sido solventado por el Gremio americano mediante la compra de acciones y abonos por parte del público y apostaba por una gestión similar en España.

Por último, reivindicaba el valioso papel de la mujer en el teatro norteamericano en el artículo «Influencia femenina. En el Teatro Norteamericano»» (1928, 23 de diciembre) en el que analizaba el nuevo impulso que estaba recibiendo el arte dramático en Estados Unidos y que, se debía, entre otras cosas, a la labor femenina que había elevado el «arte puro» por encima de la codicia empresarial. Recordaba las aportaciones de diversas agrupaciones, como las de Little Theatre, que tenía representación en muchas ciudades norteamericanas o Provincenton Players, también llamado «El Teatro de los Gremios». Este último estaba dirigido por Theresa Helburn y con la dirección artística de otras notables mujeres, como Anita Brock. Oyarzábal también se congratulaba de la existencia en todo centro docente o universidad de una cátedra de arte dramático, con el fin de infundir en los jóvenes el gusto por la belleza y de entre todos, los que más éxito tenían eran aquellos regidos por mujeres. Por último, lamentaba que esta inclinación hacia el arte teatral no se hubiera extendido a nuestro país.

Isabel Oyarzábal continuó visitando e impartiendo conferencias con posterioridad a 1928, en concreto, en 1936, en una gira junto a Marcelino Domingo y el fraile franciscano Sarasola, como representantes del gobierno español para recabar apoyos para la II República, amenazada ya por el fascismo, y a partir de su exilio en México, volvió en el otoño de 1939 y en la primavera de 1940, así como en los años posteriores, siempre convocada para disertar sobre los temas que ya le habían dado fama en el pasado.

En los escritos de Isabel Oyarzábal sobre Estados Unidos se pueden observar las hondas preocupaciones de la autora que trasladó a su visión del nuevo continente y la variedad de intereses y la aguda mirada con que se acercó a la cultura y la vida americanas, que le llevaron a pertenecer, desde su fundación en 1925, a la Sociedad de Mujeres Geógrafas, creada para aglutinar a todas las mujeres que compartían inquietudes en relación a los viajes y la exploración de nuevos territorios9.






Referencias

  • «Conferencias españolas en Londres». (1922, 17 de mayo). El Sol, p. 5.
  • «Una conferencia de Beatriz Galindo». (1922, 3 de junio). Heraldo de Madrid, p. 4.
  • Courtney. (1922, 1 de julio, p. 5). «Las conferencias de Beatriz Galindo». La Época, p. 5.
  • Oyarzábal de Palencia, I. (2010). He de tener libertad. Tr. y ed. por N. Capdevila-Argüelles. Madrid: Horas y horas.
  • Palencia, I. de. (1925, 7 de junio). «Junto a la Estatua de la Libertad. Impresiones de un viaje a América». Blanco y Negro, pp. 32-34.
  • Palencia, I. de. (1925,14 de junio). «Junto a la Estatua de la Libertad. Impresiones de un viaje a América II». Blanco y Negro, pp. 42-43.
  • Palencia, I. de. (1925, 20 de septiembre). «Junto a la Estatua de la Libertad. Impresiones de un viaje a América IV». Blanco y Negro, pp. 38-41.
  • Palencia, I. de. (1925, 18 de octubre). «Junto a la Estatua de la Libertad. Impresiones de un viaje a América V». Blanco y Negro, pp. 8-10.
  • Palencia, I. de. (1926). El traje regional en España. Su importancia como expresión primitiva de los ideales estéticos del país. Madrid: Voluntad.
  • Palencia, I. de. (1926, 7 de marzo). «En el país de la libertad, Impresiones de un viaje a América VI». Blanco y Negro, pp. 14-16.
  • Palencia, I. de. (1926, 16 de mayo). «Indumentaria femenina. El traje de la bachillera». Blanco y Negro, pp. 111-112.
  • Palencia, I. de. (1926, 20 de junio). «La mujer invisible. La formadora de pueblos». Blanco y Negro, pp. 112-113.
  • Palencia, I. de. (1926, 5 de diciembre). «Los orígenes del baile moderno. La inspiración de una raza desaparecida». Blanco y Negro, pp. 95-96.
  • Palencia, I. de. (1928, 5 de marzo). «La caldera de fundición». Heraldo de Madrid, p. 1.
  • Palencia, I. de. (1928, 16 de marzo). «Desde América del Norte». Heraldo de Madrid, p. 1.
  • Palencia, I. de. (1928, 24 de marzo). «América del Norte erige templos a la velocidad». Heraldo de Madrid, p. 1.
  • Palencia, I. de. (1928, 11 de mayo). «Reloj en mano». Heraldo de Madrid, p. 16.
  • Palencia, I. de. (1928, 14 de mayo). «Las listas negras de las DAR En todas partes cuecen habas». Heraldo de Madrid, p. 1.
  • Palencia, I. de. (1928, 26 de julio). «La civilización industrial en el teatro». ABC, pp. 11-14.
  • Palencia, I. de. (1928, 2 de septiembre). «La Florida. La Riviera norteamericana». Blanco y Negro, pp. 51-52.
  • Palencia, I. de. (1928, 27 de noviembre). «Las mujeres norteamericanas ante el pacto Kellog y el origen de este». Heraldo de Madrid, p. 1.
  • Palencia, I. de. (1928, 23 de diciembre). «Influencia femenina. En el Teatro Norteamericano». Blanco y Negro, pp. 69-71.
  • Palencia, I. de. (1940). I must have liberty. Nueva York: Longmans, Green & Co.
  • Quiles Faz, A. (2013). «El oficio de escribir. Isabel Oyarzábal en el Heraldo de Madrid» (1927-1929). En Patrimonio Literario Andaluz, Libro Homenaje al Profesor Cristóbal Cuevas García, V. (pp. 155-179). Universidad de Málaga.
  • Simón Alegre A. y Sanz Álvarez, A. (2010). «Prácticas y teorías de descubrir paisajes: Viajeras y cultivadoras del estudio de la geografía en España, desde finales del siglo XIX hasta el primer tercio del XX», Arenal, (17:1), pp. 55-79.


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