Una odisea
Concepción Gimeno de Flaquer
Ya no se escriben epopeyas, pero se hacen: hacer epopeya en esta árida época de positivismo en que la férrea mano del interés individual ahoga a los más levantados ideales; en esta época en que las conciencias se hallan empañadas por el aliento del egoísmo, es una gloria que solo puede caber a España. En medio de la postración moral en que se hallan sumidos los pueblos más potentes, cual si hubiera gastado sus fuerzas psíquicas la fiebre del progreso material, álzase erguida esta bendita tierra de los grandes heroísmos a la que vino a buscar el poeta de la Francia moderna tipos pundonorosos y caballerescos, para abrillantar sus fantásticas creaciones.
Verdadera epopeya es la que acaba de realizar el Dr. Esquerdo con su noble rasgo de valor moral. Cuando los primeros médicos de París desahuciaron a Ruiz Zorrilla, el ilustre proscrito quedó solo en aquella hospitalaria tierra (hospitalaria para los derrochadores de fortunas), y al saberlo, su buen amigo voló al lado suyo, abandonando sagrados intereses.
Inspirole su fraternal cariño el anhelo de prolongar aquella existencia tan querida, puso en su ardiente empeño tanta ciencia como amor; desafió sabias opiniones y, dirigiéndose hacia España con el enfermo, en alas de la veloz locomotora, lenta para su impaciencia, caminaron los dos amigos con vertiginosa rapidez, tétricos, callados, atónitos ante una nueva etapa de lo desconocido, huyendo de intensas nieblas, glacial ambiente y fatídicos augurios; semejando en su muda desesperación dos fantasmas que intentaran burlar a la muerte, dos terribles figuras soñadas por Dante.
En ese temerario y audaz intento exponía Esquerdo popularidad política, reputación médica, obteniendo, al salir derrotado, el más duro de los castigos, la corona de espinas tejida por la historia.
¡Cuántas responsabilidades arrostradas valientemente!
El deber tiene sus límites, habrán exclamado los seres fríos; ¡ah! es verdad, el deber tiene sus límites, pero el cariño no tiene ninguno.
Al salir de la frontera y respirar el ilustre enfermo auras que no había respirado en veinte años, al sentirse iluminado por un rayo del sol de la patria que es el más vivificador, su rostro adquirió expresión extraña. La firmeza inquebrantable, la incansable perseverancia, la indomable entereza del titán a quien, como a la encina, solo ha podido herir el rayo, sufrieron emoción violenta. Dominose el doctor fingiendo no advertirla, y la piadosa amistad empezó a cumplir misión más alta, tratando de evitar profanaran curiosas miradas la augusta figura del combatiente que, destrozado en la batalla, volvía con su bandera incólume.
Presentose nueva lucha para el doctor que disputaba tan valiosa presa a la muerte; los prosélitos y adversarios de Ruiz Zorrilla, unos por entusiasmo y otros por respeto, querían saludar al infatigable campeón de una idea, al tenaz defensor de una doctrina, y como perjudicaba al enfermo la emoción más leve, centuplicose el trabajo de Esquerdo, teniendo que batirse denodadamente para evitársela, sin poder alzar más barrera que la súplica. Ante la persuasiva palabra del doctor, ante su elocuencia insuperable, por brotar del corazón, los vítores expiraban en los labios, cerrábanse las manos sin batir palmas.
En esta tierra de corazones vehementes, es más difícil sofocar una ovación que provocarla, y Esquerdo necesitó gran energía para contener el entusiasmo de los que deseaban aclamar a un gran carácter, hecho hombre, al patricio cuyo cuerpo, domado por el dolor, encierra todavía un espíritu indomable.
No siempre ha de ser ruidosa la apoteosis; la entrada del insigne desterrado en España entre aclamaciones ahogadas y sollozos mal reprimidos, pasando entre multitud de cabezas descubiertas e inclinadas, es más gloriosa que una entrada en el Capitolio.
Llegar aquí con un nimbo de melancolía en la frente y una aureola de martirio; ni vencedor ni vencido; sin la pompa de la victoria y con toda la solemnidad del triunfo; sorprender en las miradas panegíricos y no oír el grato eco de ellos, es una odisea digna de Ruiz Zorrilla.
El viaje ha terminado felizmente, y tras esa lúgubre peregrinación, tras esa lobreguez iluminada por un solo rayo de esperanza, hemos visto agigantarse la respetable figura del que fue denominado iluso, temerario y secuestrador durante el calvario últimamente recorrido. En efecto, Esquerdo ha sido un secuestrador, que ha ofrecido su vida moral por la vida del secuestrado, un galvanizador que ha galvanizado un cadáver empleando esas ciencias ocultas que solo poseen los seres dotados de gran sensibilidad, esos seres que saben ofrecerse en holocausto en el ara de los afectos sublimes, seres míticos en otros pueblos, pero que aún tienen vida real en esta noble España, que desdeñosamente apellidan romántica los egoístas, para quienes la abnegación no existe ya ni en el nombre, sustituido con el de altruismo.
Nadie puede negarle al doctor Esquerdo su clarividencia, nadie podrá negar el grandioso poder de esa magia del corazón que realiza lo maravilloso, lo inverosímil, lo sobrenatural. Ruiz Zorrilla ha estado, como no podía menos de suceder, a la altura de su generoso amigo: conociendo la responsabilidad de este si ocurría funesto desenlace, escribió una carta declarándose suicida.
Novelesca ha sido esa peregrinación en busca de la salud, que ha tenido por término otro noble rasgo del doctor Esquerdo. Al ver a Ruiz Zorrilla imposibilitado para proseguir la tarea política, ha devuelto al Congreso su acta de diputado. ¡Gran mentís para las almas mezquinas que no pudiendo comprender su heroísmo querían empequeñecerlo con la calumnia!
¡Ojalá recobre la salud el ilustre repúblico a quien no niegan sus enemigos las más altas virtudes cívicas!
Esperamos que la recobrará en ese vergel donde los pájaros mecidos en las palmeras lanzan los más alegres cantos, en esa poética región donde los bosques de granados, naranjos y limoneros tienen por espejos un cielo siempre nítido y cerúleo y un mar de tranquila superficie, en ese edén alicantino donde se funden en el éter las esencias del nardo y el jazmín esparciéndose por el ambiente entre besos de luz, olas de armonía y sonrisas de primavera.