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Vida, ficción y cantos

Santiago Dimas Aranda



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En las personas de las profesoras:

Doña Florencia Rojas,
mi abnegada madre,

Doña María Serrán,
mi mejor maestra,

y Doña Alcida Soto Monges,
mi valiente compañera
en la lucha y la esperanza.

Sea este homenaje
a todas las educadoras
de mi patria.


S. D. A.                




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ArribaAbajoPrólogo

Es innegable que gran parte de la narrativa paraguaya -la de ayer y la de hoy- está estrechamente ligada al devenir de los sucesos que ha protagonizado -y sigue protagonizando- el hombre paraguayo a través de sus propios códigos culturales, sucesos que, cuando se desarrollan desde el punto penumbroso, que subyace en toda condición humana, llegan a modificar con trazos trágicos los perfiles de la sociedad y, por ende, de su misma historia que, al fin de cuentas, hace a la propia historia del país. Es así como muchas veces algunos de nuestros narradores rozan inevitablemente la historia al ficcionar la vida de sus protagonistas principales, y otras tantas cuando recrean, ficción de por medio, las historias o los hechos de anónimas personas que, indubitablemente, también son partícipes del tramado del todo de la historia. Muchas opiniones ya se vertieron -y de seguro que seguirán vertiéndose- con respecto a esta ligazón y a las dudas que genera en cuanto a la validez o no de su tratamiento conceptual como aliento literario. Mas, a nuestro juicio, la obra de todo escritor tiene siempre el halo del momento histórico y del ámbito geográfico que circunda su vida cronológica. Este juicio bien lo avala Guillermo de Torre en su Problemática de la Literatura cuando transcribe esta afirmación del pensador P. L. Landsberg: «La historicidad es esencial a la condición del hombre», para exponer después su concepto personal: «De ahí que el carácter histórico de nuestra existencia exija el compromiso como requisito de la humanización». Este compromiso sería el hecho de asumir de modo concreto la responsabilidad de una obra encarada hacia la formación del ser humano, en el convencimiento de que dicho   —12→   compromiso realiza la historicidad humana. Y aquí debemos recordar y entender que este concepto de compromiso, que logró su acepción más concreta e influyente en Jean Paul Sartre, tiene sus raíces remotas, coetáneas ya de la consigna adversa «el arte por el arte», tan del siglo XIX, tan perimida, que al «provenir de una burguesía afianzada en el poder político y económico, convencida de la legitimidad histórica de sus intereses y privilegios», al decir de Adolfo Colombres en Sobre la Cultura y el Arte Popular, hace que los textos se conviertan en meros objetos de la literatura al dejar de ser instrumentos de la comunicación, que es su finalidad esencial.

Con todo, y acaso obviando premeditamente estas disquisiciones y su carga retórica, Santiago Dimas Aranda escribe incansablemente con la premisa fundamental de comunicarse -y de comunicar-, con esa pungencia creadora que le confiere su condición de escritor comprometido con su tiempo y su vasta experiencia de vida, tramos de ésta tiznados de un doloroso exilio que lo mantuvo mucho tiempo lejos de nuestro suelo. Pero es justo reconocer que ese alejamiento fue sólo físico, pues su corazón siguió siempre aquí, con la latencia de todos los fenómenos sociales y políticos que le tocó vivir en aquellos lapsos trágicos de nuestra historia. Es por eso cómo es gratificante comprobar que el lenguaje que impone en el tratamiento de los textos de este conjunto de cuentos y poemas que él titula VIDA, FICCIÓN Y CANTOS corre, a través de la palabra transparente, sencilla, llana, por el hilo conductor de la verdadera comunicación, aquella que habrá de transmitir a una gran cantidad de lectores, en su lenguaje específico, las historias que narra con evidente finalidad de transferencia cognoscitiva y también moralizante. Pero no por ello nosotros, los lectores, hemos de suponer que esa sencillez del lenguaje utilizado por Santiago Dimas Aranda puede disminuir la densidad de los relatos. Muy por el contrario, los hechos y los personajes que ficciona nos llevan a recorrer, muchas veces alelados   —13→   y otras tantas estremecidos, los pasajes lóbregos y trágicos de una realidad social, política y económica que sigue intacta en la jungla de nuestra historia. Con todo, y acaso desde el profundo humanismo que es la impronta de la propia vida de su autor, estos textos conllevan siempre el sello de la solidaridad y de la justicia, siendo esta última impuesta más por el peso de la propia conciencia del hombre que por la letra de las leyes.

Es evidente entonces que con estos relatos y poemas el autor nos confirma su irrenunciable connubio con la literatura de compromiso, que él la asume con la responsabilidad de su propia vivencia y de su particular cuan honesta concepción de que la creación literaria es siempre emisora de un mensaje, dirigida a aquellos multitudinarios receptores que se nutren todavía de la imaginación popular, esa que desacraliza la creencia de que la pequeña burguesía intelectual, elitista por antonomasia, es la única depositaria de una ética y de una estética con poder de comunicar y revolucionar. Quizás por eso aquí bien vale citar aquella vieja afirmación de César Vallejo: «No hay más que una revolución: la proletaria, y que a esta revolución la harán los obreros con la acción y no los intelectuales con su crisis de conciencia».

Lejos de una literatura intelectual, esta que nos ofrece Santiago Dimas Aranda está más cerca de una literatura realista y, cuando cruda, descarnada y despojada de oropeles retóricos como es, nos invita a compartir las opciones de vida de quien tan sinceramente, con pudoroso silencio, las escribe.

Víctor Casartelli





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ArribaAbajoPrimera parte

Vida y ficción


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ArribaAbajoLos desterrados

-¡Por Dios Santo, Hermelinda! ¡No hay lugar en la tierra para nosotros! -dijo Loreto Paiva con una herida en la voz, en tanto se desplomaba en el catre que yacía debajo de un yuquerí-. ¿Adónde iremos ahora? ¡¿Adónde?!

Su morada estaba allí, casi en el agua; una suerte de rancho armado con arbustos, lonas y cartones, cuya única abertura daba al río.

Mordido el pecho de amargura, llegaba de la ciudad. Aún en la frágil sombra del arbolejo, su rostro ardía. El sol, que estallaba sobre las ondas del río sumamente crecido, lo venía encandilando desde que entró en el bañado, impidiéndole sortear los aguachares del camino.

Era mediodía. Loreto llegó empapado. La mujer, en cuclillas, apantallaba un fuego agónico. Se tapó los oídos. La vehemencia progresivamente amarga de su hombre la atormentaba, tanto que llegaba a pensar que algo grave pudiera tener en la cabeza. Por fin, despacio, se levantó y caminó hasta cerca de él. Lo miraba insegura. Sus labios cuarteados y sus ojos muy irritados por el humo de la leña de yuyos no se movían.

Loreto tendió la mirada turbia alrededor del rancho buscando a los hijos. Recién entonces la mujer habló:

-Se fueron a cuidar autos -dijo-. Si consiguen plata van a traer galleta.

Un cansancio no sólo físico dominaba a Loreto. En su ausencia, durante la mañana, el agua había avanzado casi tres metros. Fatalmente, en un par de días más, el rancho estaría inundado, motivo harto suficiente para sentir postrado el ánimo.   —18→   De pronto, de tanto abatimiento, quedó sumido en un fatigoso sueño. A Hermelinda le seguía zumbando en el oído su lastimera pregunta: ¡¿Adónde!?

Provenientes de múltiples lugares -caso curioso-, habían ido finalmente a parar en ese lodazal. Tanto Hermelinda como Loreto iniciaron su andar peregrino siendo aún adolescentes, cuando sus respectivas familias, empujadas por extremas necesidades, emigraron a la Argentina. Allá tuvieron trabajo y un discreto pasar. Años después, los jóvenes se juntaron. Se hicieron de una vivienda y pronto tuvieron dos niños. Les iba bien. Pero llegó un mal día en que, espantados por la violencia desatada en aquel país, malvendieron sus pertenencias y nuevamente cruzaron la frontera.

De vuelta a la tierra natal, no buscaron alojarse en los pueblos. Campesinos al fin, prefirieron regresar al agro. Y en ese afán, buscando un espacio para afincarse, llegaron hasta un lejano paraje, en pleno monte, donde se sumaron a otros establecidos con anterioridad. Éstos les dijeron que la tierra era fiscal, que podían levantar un rancho y empezar el desmonte. E incluso les ayudaron a hacerlo. Y ellos, que nunca conocieran un gesto solidario, no sabían si soñaban o vivían despiertos.

Poco después, dada la casual presencia de un hombre que llegó pidiendo posada y decía ser gestor agrario, los Paiva y sus vecinos encargaron los trámites pertinentes a fin de asegurarse la estabilidad en esas tierras. El hombre les advirtió que la cosa no sería tan simple ni tampoco gratuita, lo cual era previsible. Todos estuvieron de acuerdo con el precio. Y los Paiva, que por suerte contaban todavía con parte del dinero obtenido de sus ventas en la Argentina, también lo aceptaron. El gestor se llevó consigo los datos de las personas y de los predios ocupados, y prometió novedades para dentro de seis meses.

Mientras tanto, todos continuaron trabajando de sol a sol, sin tregua, transformando la breña salvaje en promisorios plantíos.   —19→   Los Paiva, al igual de los demás, derrochaban optimismo. A cada esfuerzo, la gleba oscura les retribuía con tiernas mieses. Y la esperanza les sonreía como un niño que empieza a caminar.

Apenas vencido el plazo, el gestor reapareció. Traía un bolso con varios rollitos de papel mecanografiado. Los textos tenían por título «Certificado de derechera». Al pie había una intrincada firma y un sello morado.

-Es una venia de usufructo de acuerdo a las leyes agrarias -dijo el hombre a modo de explicación.

Y bien, cada cual le dio su paga, y se fue. Para los Paiva y demás beneficiarios, aquel «Certificado» era motivo de gran alegría. Representaba seguridad, tranquilidad y un estímulo para entregarse al trabajo por entero. Loreto Paiva, aunque corto de fondos, quedó contento. Esperaba resarcirse de lo gastado con la primera cosecha, la cual estaba casi lista. Y, efectivamente, fue ésa una buena cosecha. Les dejó alimentos, ropas y algún dinero en efectivo, parte del cual, Loreto se apresuró a depositarla en la caja fuerte de una financiera de su confianza que operaba en el pueblo más cercano, donde, seguramente, algún beneficio había de rendirle. Todo le hacía suponer que ese dinero iría creciendo año tras año.

El invierno encontró a los Paiva reunidos en un cálido rancho con olor a nuevo, con mazorcas que llenaban los tendales y un fuego crepitante en la cocina donde la buena comida no faltaba.

Era el primer invierno que pasaban allí. Terminada la cosecha, la tierra descansaba en espera de la nueva semilla y del nuevo esfuerzo. Sólo hacía falta una lluvia para empezar la arada. Lastimosamente, desde el pasado otoño no llovía. Durante la cosecha, el tiempo seco resultaba una bendición. Pero luego, al prolongarse con exceso, la sequía se tornó preocupante.

Dos meses más transcurrieron y, al extremo de la angustia, en lugar de la ansiada lluvia -¡cosa de no creer!-, algo consternante y desolador llegó a los ranchos: un escrito de una tal   —20→   «Silvícola Marangatú» que mandaba desalojar y alambrar toda la comarca.

Desmoralizados, aunque con alguna esperanza todavía, los colonos -porque aquella era ya una hermosa colonia- presentaron sus reclamos presurosos a las instituciones correspondientes, pero ninguno prosperó. «Ustedes ocuparon propiedad privada -se les dijo-; el delito que cometieron no les da derecho a nada; al contrario, si insisten, pueden ser castigados por la ley». Ningún testimonio fue válido, ningún «Certificado de Derechera» ni nada. Para ellos no existía derecho ni razón. Sólo la «Silvícola Marangatú» los tenía. Y ante la resistencia que, ciegos de indignación, iniciaron en defensa de las que aún creían sus legítimas posesiones, llegó gente armada y uniformada, y la violencia cobró ribetes descomunales. En conclusión, todas las cabañas fueron reducidas a ceniza, y sus moradores, sin importar edad ni sexo, muertos o encarcelados.

Los Paiva, desde entonces incomunicados y sin ningún proceso, se pasaron restando años, meses y días a la existencia. Y llegado finalmente el día cero, secos los ojos, sin horizontes la vida, de pronto se encontraron arrojados en una calle de hostiles piedras. Estaban, pues, en libertad, pese a las muy difundidas acusaciones de bandoleros y terroristas esgrimidas en contra de ellos. Eran libres de irse, mas no sabían adónde. Nada veían delante, nada atrás, que pudiera sostenerlos o guiarlos. Padres e hijos estaban enteramente anonadados. Para ellos, también la vida había quedado detenida durante la noche interminable del presidio.

Y en ese desértico momento -en que estar libres era peor que encerrados porque ni la esperanza estaba salva-, Loreto, sin embargo, como despertando de la horrible pesadilla, se acordó de repente de la financiera aquella depositaria de su ahorro familiar. Y pudo recordar entonces, como consecuencia, del recibo que le habían dado y que tenía escondido en algún pliegue de la ropa -harapo en cuatro años de prisión- que aún llevaba puesta.

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Dejó a la mujer y a los hijos refugiados en una vieja recova, y él tomó la ruta. Caminó días y noches sin un bocado, sólo bebiendo el agua de los arroyos, hasta llegar al pueblo donde creía tener su dinero.

Y, menos mal, lo tenía. Lo recuperó tal cual era. En cuatro años no había crecido un céntimo. Pero él se calló. Tenía su dinero y dio por ello gracias a Dios. Al recibirlo, su primer pensamiento fue el de comprarse un terrenito, hacer propio un espacio donde alojarse con su familia.

Volvió a la ciudad en ómnibus, y ni bien allá, echose a recorrer las calles, visitando las numerosas empresas dedicadas al lucro inmobiliario. Pronto debió convencerse de la enorme devaluación de su dinero, tanto que apenas le alcanzaba para cubrir un par de cuotas del más modesto lote. No solamente su capital no había crecido sino, al contrario, se achicó. Pero Loreto, apasionado por poseer un rincón donde afirmarse para comenzar de nuevo, resolvió cerrar trato con una de las empresas. Pagaría sólo una cuota de entrada y el saldo en sesenta mensualidades, ya con el fruto de su trabajo, desde luego, porque algún trabajo tenía que haber para él en la ciudad. Lo daba por seguro. Después de tanta yeta, no era posible que allí no le fuera mejor.

Así las cosas, los Paiva caminaron hasta un lejano predio, hacia las afueras de un poblado nuevo llamado Villa Presidente. Allá juntaron pajas, trozos de madera y otros materiales, con todo lo cual más una sin par perseverancia, formaron un cobijo. Después, mientras Loreto emprendía la búsqueda de algún trabajo, la mujer y los niños se ocupaban de remover la tierra con improvisados instrumentos de madera que obtenían de los cercos vecinos, preparando almácigos y plantando cuantos naranjitos y arbolillos útiles podían encontrar en los alrededores. Así, nuevamente, recomenzaban el futuro.

Luego pasaron días, semanas, y pasó el mes. Contrariamente al vaticinio de Loreto, la ciudad no ofrecía ocupación valedera   —22→   para un labriego como él, menos aún teniendo un antecedente como el suyo de peligroso bandolero y terrorista según las informaciones difundidas en su contra, aunque hubiesen quienes pensaran que aquella acusación no era más que un justificativo para mantenerlo preso. Apenas pequeñas changas conseguía, si bien ninguna desechable, por supuesto, dada la situación que atravesaban. Sobrevivir era lo principal, naturalmente. Y eso, por suerte, Loreto lo podía lograr. Pero el tiempo huía entre tanto y el pago de las cuotas del terreno se veía postergado sin remedio. Ganar un salario que al menos las pudiera solventar, de penosa esperanza pasaba a ser un verdadero sueño.

Al tercer atraso, la inmobiliaria envió un aviso; al sexto mes, el desalojo, procedimiento legal y usual, desde luego; rutina de la libre empresa.

A partir de entonces, durante todo un año, los Paiva rodaron de ajeno en ajeno, hasta que, desplazados de todos esos sitios, entraron a pensar en un recurso extremo. Ocuparían algún espacio que nadie pudiera reclamarles; algún pantano o algo parecido. Y al momento concibieron la idea de meterse en los bañados del río, áreas inhóspitas, declaradas insalubres. Ocuparían un redondel cualquiera, mínimamente habitable, aún compartiéndolo con las ratas y culebras.

Así llegaron a esa orilla, como última opción, segregados por una sociedad sin alma. El río -menos mal- se veía acogedor, mansamente acostado en su lecho natural, abierto y tibio, tal el regazo líquido de la pródiga Natura, tan benévolo y hasta capaz de ayudar. Sin pensar más, armaron el ranchito a unos treinta metros del agua, sobre un banco de arena casi firme, si bien rodeado de algunos aguachares con camaloes y arbolillos de yuquerí. Ahora, con que Loreto pudiera seguir teniendo alguna que otra changa en la ciudad, la vida continuaba para ellos, y tal vez con menos sobresaltos. Por de pronto, ya la pesadilla de las cuotas impagas la podían olvidar. En cierto modo, la inmobiliaria los liberó de todo,   —23→   incluso del sueño del terreno propio. En adelante quizá pudieran dormir tranquilos. Nadie había de reclamarles ese lugar pestífero, salvo las sabandijas.

Pero algo quedaba del cual ni allí podrían estar libres: la miseria. En efecto, por causas que escapaban al conocimiento de los Paiva, la desocupación y la carestía se agudizaban. Al poco tiempo, Loreto no conseguía ni la mínima changa. Invertía días interminables en caminata estéril. Para colmo, desde que se instalaran junto al río, fuertes vientos del norte predominaron arrebatándoles el último recurso: la pesca.

Una mañana, al cabo de varias noches sin un sueño, Hermelinda se levantó ni bien se marchara su hombre y despertó a sus hijos diciéndoles:

-Yo también me voy a buscar trabajo. Si Loreto llega primero, díganle nomás que vuelvo enseguida. Ustedes vayan a tirar la liñada por si acaso pica algo. Si consigo plata, he de traer galleta -y salió.

Esa noche, la pareja riñó, hasta que al fin ella se impuso. Iría a trabajar de mucama en una casa de citas.

-Es en el centro mismo -dijo-. Un trabajo como cualquier otro. Además, la plata vale lo mismo venga de donde venga. Total, ¿a quién le importa? Pedir limosna es peor. Y peor morirse de hambre. No podemos seguir así, Loreto...

A pesar de la contrariedad del hombre, comenzó desde el día siguiente. De entrada debió pedir un adelanto para los pasajes. Al terminar la semana pidió otro, esta vez para costear la buena presencia que le exigía la casa. Así concluyó el primer mes con lo justo para los pasajes del próximo. Pero continuó. Necesitaba la comida que recibía, mitad de la cual guardaba para llevarla a su gente. Al tercer mes, ya persuadida de que aquello no valía la pena, se dispuso a dejar. Fue cuando la patrona de pronto la llamó.

-Quise darte la oportunidad de ganar plata -le dijo-. Yo, mucama casi no necesito. Más me importa tu trabajo en la cama.   —24→   Pero vos no mostrás interés. No sos muy fea, pero ya veo que no servís para esto. En dos meses agarraste apenas cinco tipos. Y eso que te doy doscientos guaraníes extra por cada uno. Pero ni así. No servís para este trabajo.

Fue su último día de mucama. Por suerte, los chicos se habían iniciado en el oficio de cuidar autos. A medida que la escasez empeoraba en los sectores marginados, en ciertos otros se multiplicaban los coches de lujo. Los noveles cuidadores, que rondaban los quince años aunque aparentasen diez, obtenían, con un poco de paciencia y otro de picardía, algunas monedas de propina. A la noche, padres e hijos se reunían en el río. Hablaban poco, sólo monosílabos, lidiando con los jejenes y los hilos de pescar. En la orilla hervía una lata. Dentro iban a parar los mandíes y algunos carimbataes. Ciertamente, era de imaginar cómo pasarían sin ese río.

Pero, en los primeros días de febrero, Loreto tuvo una corazonada. Ni bien se enteró de la muerte accidental de un peón albañil en una obra importante, allá se presentó. La construcción «caminaba» pese a la crisis porque el propietario era capo del gobierno. La obra debía ser entregada a plazo fijo, y la falta del peón causaba demora. No había tiempo para elegir. Loreto llegó a punto. Ni el nombre le preguntaron.

Esa semana cobró tres días de trabajo, suficiente para que la vida de los Paiva comenzara a mejorar. Ahora podían comer todos los días. Hermelinda pudo usar carbón en lugar de la leña de yuyos. Tres semanas después hasta los chicos pudieron inscribirse en una escuelita orillera y se compraron lápices y cuadernos. Pero la cuarta semana fue de lluvias interminables. Llegó marzo y los chicos no pudieron asistir a clases.

Por desventura, esas lluvias marcaban el comienzo de una nueva y muy apresurada mala época. Sucedió, en efecto, que no solamente anegaron la escuela sino, como verídica fatalidad, provocaron la paralización en el trabajo de Loreto, siendo él uno de los primeros cesantes.

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Para colmo de males, a mediados de marzo arrancó la creciente. El agua empezó a roer centímetro a centímetro los bancos arenosos. Loreto, que apenas podía dormir de preocupación, madrugaba día tras día para continuar la búsqueda de trabajo. Encendía el fuego y, en tanto calentaba la calderilla de lata, escudriñaba el río. Luego de beber su «cocido», clavaba una estaca en la orilla y se iba. A su vuelta, invariablemente, la marca estaba sumergida. Aquél ya no era el manso río acostado en su lecho natural. Crecía sin pausa, amenazando el rancho con un cerco siniestro. No cabían dudas; el redondel que habitaban estaba condenado. Nuevamente, además de golpear puertas pidiendo trabajo, tenía que buscar un espacio sin dueño, algún hueco cualquiera acorde con su extrema indigencia. Y esta búsqueda no admitía demora. Era cruelmente perentoria.

Fue en medio de ese trajín desesperado que se enteró de la existencia de cierto organismo benéfico que ayudaba a los damnificados por la creciente alojándolos en lugares de emergencia. Casi podía decir que se le abría el cielo. De inmediato, dejando de lado su otro afán, corrió a buscar esa ayuda. Se presentó. Pero, al exhibir su documento de identidad -malhadado requisito-, la persona que lo atendía lo sometió a un minucioso interrogatorio, constatando sin lugar a dudas de quien se trataba. Y con falso comedimiento, te dijo:

-Lastimosamente, señor Loreto Paiva, no hay lugar disponible.

Inútiles fueron las súplicas. Ese nombre causaba pavor. La acusación hecha pública por todos los medios de difusión, al no haberse rectificado, seguía vigente. Era un brutal estigma que lo excluía de todo.

Fue, pues, luego de aquella última estéril gestión, que regresaba a la morada del bañado enfermo de amargura, lamentando a viva voz la maldita suerte que compartía con su familia. Sin ganas de seguir buscando, ni seguir viviendo quizá, llegó con su plañidera   —26→   protesta, tumbándose sobre el catre tendido bajo el yuquerí, donde al final quedó dormido.

Hermelinda, de nuevo apantallando el fuego, no apartaba de él sus ojos desorbitados. La había asustado la voz sumamente afectada de Loreto, cuya salud mental, al cabo de tanto sufrimiento, creía trastornada.

Dormido su hombre y presa ella de tanta desolación que la invadía, se puso a mirar el impresionante río, comenzando por divisar a lo lejos un gran manchón de camalotes que la corriente traía. A medida que aquello avanzaba, le llamó la atención su desplazamiento diferente al de los demás manchones que lo acompañaban aguas abajo. Continuó observando el bulto y, de repente, para su mayor extrañeza, vio que dejaba la correntada describiendo una lenta curva hacia la orilla, donde al rato quedó varado en el barro, a muy corta distancia del rancho.

Realmente, era cosa de extrañarse, tanto por su comportamiento en el agua como por cierto ruido, no de camalotes, que habría producido al vararse. Hermelinda, viéndolo tan cerca de ella, comenzó a sentir miedo. Corrió hasta el catre, se inclinó sobre Loreto y, nerviosa, le gritó al oído:

-¡Che papá, levantate; hay algo muy raro que trajo el río!

Loreto se sobresaltó, truncándosele al despertar un fabuloso sueño, producto de su ansiedad sobrecargada. Soñaba, pues, con una muy original especie de Arca de Noé, algo como un providencial refugio surto en la orilla delante de su rancho. En eso estaba cuando el grito lo despabiló. Giró la vista soñolienta hacia el lugar, relacionando confusamente lo anunciado por Hermelinda con la imagen del sueño. Y allí, en la misma orilla, en lugar del arca salvadora, sólo un promontorio de camalotes veía. Pero, al mirarlo con fijeza, la forma y el volumen del bulto lo indujeron a sospechar que algo oculto había debajo.

Saltó del catre. Llegó al agua en tres zancadas. Luchó desaforadamente, a tirones, contra el cúmulo verde, hasta deshacerlo. Y   —27→   debajo -¡oh, sorpresa!-, había un hermoso bote. Desamarrado por la creciente de algún lejano atracadero, venía a la deriva camuflándose muy pintorescamente con la carga de camalotes, hasta que, ya en la proximidad del lugar de estos hechos, atropelló el extremo de un largo espinel abandonado, erizado de anzuelos y tendido a merced de la corriente, el cual, enganchando uno de sus garfios a la madera del bote, lo obligó a describir la curiosa curva que lo llevó a la costa.

Loreto llamó a voces a su mujer. Entre ambos lo desengancharon y, tirando a más no poder, consiguieron desvararlo y amarrarlo en sitio seguro. Luego, tras vueltas y vueltas en torno al bote, ninguna marca particular pudieron encontrar, ni nombre, ni tan sólo un número. Dentro, entre vegetales y barro, había dos remos y una red. Mientras lo examinaban y lo acariciaban como si aquello fuera un ser viviente, ambos se hacían la misma muda pregunta: «¿De quién sería?». Mas, al no hallar en él señal alguna que lo hiciera identificable, una respuesta les pareció la más lógica: «De nadie».

Sobrevino entonces, como por magia, la idea surgida del sueño de Loreto: la de una vivienda flotante, un refugio providencial. Transfigurado por la emoción, se lo dijo a Hermelinda, y ésta, mirándolo desorbitada, no sabía si reír o llorar, porque al verlo tan alterado como lo veía, más que nunca entraba a dudar de la salud mental de su hombre. Además, la ocurrencia de vivir en un bote -aunque no les quedase alternativa- le resultaba propiamente cosa de locos. Sin embargo, aunque no fuese de su agrado, Hermelinda debía reconocer que el insoluble problema de los Paiva hallaba así solución.

Cuando los hijos llegaron de la ciudad, trayendo, como se esperaba, un atadito de galletas para todos, contemplaron atónitos la inesperada novedad flotante, la cual, por supuesto, les encantó. Y sin detenerse a preguntar siquiera de dónde había salido eso, alegremente se unieron al insólito trabajo de instalar el rancho a bordo.

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Loreto hizo del bote no sólo su casa sino, muy principalmente, su elemento de trabajo. Así, de tan singular manera, el labriego desarraigado y arruinado por culpas que no eran suyas, de changador ocasional pasó a ser pescador.

Desde entonces, con el bote-vivienda, la red hallada a bordo y el viejo espinel recuperado del río, la familia se defendió del hambre. Las veces que la pesca abundaba, Loreto subía con su producto a la ciudad, lo vendía y compraba galletas, azúcar, yerba, sal, y hasta bebía un trago. Mientras él negociaba en tierra firme, los muchachos quedaban con la madre en previsión de que algún importuno pudiera confundir el bote con uno suyo y llevárselo. Para mayor salvaguarda, Loreto le había pintado unos ribetes verdes y rojos, y escrito con grandes letras a cada lado de la proa: «HERMELINDA». Felizmente, nunca hubo quien lo reclamara.


Loreto Paiva. Así se llamaba el prematuro anciano que solía venderme pescado fresco, y una vez me reveló que él y Hermelinda, su mujer, vivían en un bote. Sus dos hijos los habían dejado para incorporarse al «servicio de la patria». Quedaron ellos navegando y hablando solos.

Un día llegó con las manos vacías y, muy desconsolado, me dijo:

-Señor, ya nadie me quiere comprar pescado. Todos dicen que el río está contaminado con mercurio, porque así comentan los diarios. Dicen que los buscadores de oro del Mato Grosso tienen la culpa. Y si eso es cierto, señor, no solamente se van a morir los animalitos; también vamos a morir Hermelinda y yo... Imagínese, señor; ni en la tierra ni en el agua podemos vivir... ¿Adónde iremos entonces, señor? ¡¿Adónde?!

Su pregunta desesperada quedó como suspendida en el aire. Aún me parece oírla. Su vehemencia trasuntaba toda una vida de   —29→   angustia. Tal vez tenía razón Hermelinda. Tal vez la salud mental de Loreto estaba quebrantada. Y no era para menos.

Hace unos días, según comentaban los diarios, apareció a la deriva un bote con un rancho a bordo. No se mencionaba ocupantes. Era como si nunca existiesen.

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ArribaAbajoPerdonar es divino

Corría un violento verano plagado de profusa delincuencia, la que en ciertas regiones del país era reprimida con dureza extrema.

El maleante Juan Careaga, con escasos veinte años y ya famoso, regresaba de sus terribles andanzas aun sabiendo que en su pueblo no encontraría perdón. Era que perdón, palabra mansa, no figuraba en el vocabulario de los mandones lugareños. Él, empero, había decidido volver, entregarse, expiar su culpa. Si acaso le perdonaban la vida, sería como nacer de nuevo. Nada mejor le podía suceder.

Con tales pensamientos, venía desandando su camino de crímenes, volviendo al lugar donde veranos e inviernos lo habían visto crecer penosamente, y donde una malhadada noche comprobara con espanto el apagón de una vida entre sus manos.

Ojalá hubiese podido olvidar todo el horror de aquella noche. Tal vez hubiera podido evitar la fechoría si no fuese por un fiero bochorno, de esos que uno lleva hasta la tumba si no se los borra con sangre. La joda era haber nacido macho, aserto que le exigía pública demostración.

Parte de la culpa, desde luego, la tenían los bailes de José Martínez, viejo compinche del comisario, un perdonavidas pasivamente odiado en la comarca. Las arpeadas bajo la parralera del boliche, al sólo ser anunciadas, provocaban vibraciones que subían de las ingles a los pechos, y eran como sortilegios capaces de quitar cualquier mal pensamiento. Por eso, llegada la fecha, todo el mundo olvidaba la odiosa relación del viejo, y la pista se abarrotaba desde el ocaso.

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Bárbara y todo, no era fácil olvidar la noche aquella, la lumbrarada de faroles enmarcando el torbellino de faldas, la música de cuerdas, la galopa embriagada de mistela y carmín...

Era la noche de su primer pantalón largo en público, la de su primera masculina euforia. En tren de estrenos, la imaginación le viboreaba cálida, impactada por el fogoso aliento de las mujeres, las muy taimadas, las que al pasar a su lado remarcaban el fru-fru de sus meneos.

Juan Careaga contuvo el trote de su montado. Sonreía rescatando alguna que otra dormida emoción, hasta que, sofrenando la fantasía, hizo como obligándose a sí mismo a despertar, como si en su real situación esas remembranzas cayeran impropias. Endureció el semblante y picó los ijares. Semejantes ensueños debían serle ajenos. Y la sonrisa se le tornó de ajenjo. Acabó dejando al caballo descansar un rato mientras él reflexionaba. Finalmente reaccionó: -¡Hijueperra!

¿Qué podía privarle del derecho a recordar? Tensó las bridas y continuó recuperando recuerdos, trotando al tranco de ellos, viviéndolos de nuevo. Ya nunca estuvo en baile alguno como aquél, el de José Martínez, con faroles a carburo y mistelas al anís. Arriba, en un hueco de la noche dormitaba la luna. En lento trote, el viajero posaba la vista en ella una y otra vez. Luna rellenita, sensual, como nalga desnuda.

Y siguieron tenaces y punzantes las evocaciones de la noche aquella. Un aire cálido y denso de aguardiente y sudor, una polca que de pronto remontaba las escalas de un color partidario y los faroles que entraban a temblar. Aún le parecía estar viendo sus concéntricos destellos, arcoiris que estallaban en las hojas mojadas de rocío. Y surgió lo peor. Un hombre cuyos ácidos gestos no olvidaba, harto conocido por todos los presentes, hizo su aparatosa entrada. Unos, cautelosos, hiciéronse a un lado dándole paso. Otros prefirieron marcharse. El hombre, alzado sobre enormes botas, paseó la mirada por la pista. Su estatura y su silencio   —33→   impresionaban. Avanzó hacia las vendedoras de bebidas, alineadas al fondo, a lo ancho del patio. Viejas y muchachas, al verlo dirigirse a ellas, se apresuraron ganándose en atenciones: Señor Comisario, porá guasú, qué pa se va servir... Caraí Comí, vení acá, voy a presentarte a usté mi ñeta... Y vasos tintineantes competían yendo y viniendo. La autoridad bebía manoseando mansas nalgas y mamas.

Entre tanto, el baile recuperaba el furor discretamente moderado a la llegada del huésped, precipitándose ahora hacia su punto escaldante. A poco, la misma tierra parecía contagiada del frenesí danzante cuyas febriles caras lucían una propicia máscara de sudor y polvo. Pechos y vientres cada vez más apretados atizaban una sed sanguínea expresada en contoneos cuyo ritmo ya nada tenía que ver con el de la música. Y en un cenital instante, tan de sorpresa para todos, la tonada rebelde y prohibida de un «solito» electrizó a la concurrencia. Algún osado, conociendo la excesiva tirria del recién llegado mandón hacia las travesuras, le gastaba la peligrosa broma deslizando una buena propina por la tronera del arpa. Y la sorpresa llegó a la mudez cuando un precoz bailarín descalzo apareció toreando solitario en el círculo de faroles. ¡Y era él! ¡Y qué bien lo hacía! Se le contraían y cimbraban las fibras de todo el cuerpo. Las viejas entraron a murmurar; las jóvenes vibraban.

Al cierre de la primera vuelta, alguien del montón le gritó:

-¿Y la pareja, chambón...?

El círculo se apretó. Lo veían aproximarse a un sector del público, tender las manos implorante, y... de pronto, un rumor ahíto de admiración y envidia ganó la atmósfera. Era que la más linda morena del poblado, vanamente apetecida por varios (incluso el comisario), acababa de saltar a la pista. Cabellera arisca al viento, desafiantes las caderas, la muchacha se lanzó a girar sonriente, esquivando a su perseguidor, bebiendo ávida la extraña emoción mitad sexo, mitad magia que provocaban los acordes del   —34→   tabuizado «Solito». Y él, sintiendo un canto en su corazón de macho joven, la seguía: Una sentada, un esguince, una cabriola... y, de repente, un cavernoso vozarrón le pasmó el embrujo:

-¡Pare la música!

Un trío de soldaditos de comisaría, oscuritos y anémicos, apostados a la entrada tal la odiosa costumbre, se le abalanzó con alarmante crepitar de cerrojos. La autoridad, plantada en el círculo, pegó un saque de teyuruguay, yendo la trenza de cuero crudo a estallar en pleno rostro del bailarín descalzo.

-¡Al calabozo!

A la orden acompañó un elocuente además en cuyo acatamiento pusieron los subordinados su entera obediencia. El muchachito descalzo, pálido ante la agresión, sosteniendo entre los labios el hilo de sangre que le bajaba del pómulo quebrado por el látigo, tenso y frío, giró la vista en torno de sí como midiendo el espacio, y en el segundo crítico en que los soldados lo acorralaban para aprehenderlo, un grito como un rayo rajó el aire, un subrepticio puñal centelleó a la luz de los faroles, y el relámpago puso un tajo en la cara de cada soldado, una mortal puñalada en la panza del comisario y se hundió en la noche.

En el círculo de faroles quedó una roja estela de salvaje fiereza.

Apenas concluido el sepelio, ya el cargo vacante estaba cubierto. El nuevo, de nombre Juan Pío, era teniente de reserva y, según lenguas irreverentes, ex-cuidador de prisioneros de la guerra chaqueña, que era como decir ex-cuidador de cerdos. Llegó de la capital con el tren del crepúsculo. La gente no tardó en enterarse que traía la prioritaria orden de atrapar al asesino a cualquier costo, a los efectos de que recibiera el merecido y ejemplar castigo.

Semanas de terror se sucedieron desde entonces en el poblado. Requisas y apremios inútiles y brutales fueron los signos de la nueva situación local. Y en tanto la flamante autoridad se atiborraba   —35→   de violencia, el asesino tuvo tiempo de llegar increíblemente lejos. La misma noche del crimen, ayudado por las tinieblas cómplices, había dejado el lugar para dirigirse, pese a su confusión, al común refugio de los perseguidos, el Alto Paraná.

A pocas leguas de su pueblo había encontrado al que debía ser su compañero de confinamiento. Pasía afanoso, con la silla puesta, en tanto su amo, próspero a juzgar por la ropa y las alforjas, dormía despreocupadamente a la sombra de un bosquecillo. Bella estampa lucía el potro; un malacara. El delincuente se le aproximó con modales de amigo, le acarició el testuz, inspeccionó la silla y las alforjas. De ahí en adelante fue hombre de a caballo con aire de importancia.

En las guaridas humanas del Alto Paraná, sólo aquel que cargaba en la conciencia con algún finado respetable o algo de mayor cuantía se ganaba de entrada alguna consideración. El infeliz que llegaba huyendo del hambre sucumbía tarde o temprano, inexorablemente.

Él fue recibido como correspondía, acorde con sus condiciones de coraje y guapeza que, trascendiendo a través de picadas y obrajes, lo habían precedido. Las noticias acerca de sus hazañas corrían sabrosamente aderezadas para el gusto arribeño, de boca en boca. Lo armaron pues, adecuadamente, lo ilustraron en la dura ley de los emboscados. Había caído en el propicio medio. En poco tiempo, su imberbe jerarquía maleva cobraría justa dimensión.

A poco, en efecto, ya bien crecido en renombre, se ganaba un feroz apodo: «La Muerte». Los malvados capangas obrajeros ya conocían para entonces su contundencia de rayo y su astucia de hombrecillo que encontraba un especial deleite en matar. Incluso los bien resguardados patrones, afamados por sus crueldades, sintiendo el real peligro, huían a ponerse a salvo en los mullidos living-rooms de las urbes. En cambio, curiosamente, para los miserables enganchados con los garfios de la implacable libreta de cuentas, poco a poco, «La Muerte» fue encarnando al vengador cuyo ejemplo habían de recoger algún día.

  —36→  

Mientras tanto, un año escaso fue necesario para que el eco de sus nuevas numerosas hazañas pudiese atravesar las cuarenta leguas que separaban al Paraná del reino de Juan Pío. Sensacionalistas noticieros de la Capital ya se habían encargado de dar destacada difusión a las andanzas de «La Muerte», haciéndolas repercutir en todo el país. «Todo aquel que intentase capturar al maleante -repetían los lectores asombrados- dicen que es hombre muerto..., dicen que ya mató a más de treinta...». Y cada vez que el tren llegaba con más periódicos, más gente desorbitada comentaba lo difundido acerca del personaje, a quien, entre líneas y líneas, ya comenzaban a endilgar posibles pactos con el diablo.

En cuanto al muy férreo don Juan Pío, pese a las habladurías poniendo en duda sus agallas para enfrentarse al famoso malandra, cada día menos podía permitirse volver atrás. Era llegado el tiempo de exhibir la validez de la mentada «carta blanca» que decía poseer, hasta entonces sólo motivo de un odio maligno que él sentía en la nuca. Sucedía que la tal excepcional facultad represiva le permitía liquidar a cuantos «lamuertes» veníasele en gana sin tener que afrontar por ello más que la ufanía del deber cumplido. Y, a propósito, habiéndose además establecido una recompensa para el cazador del asesino prófugo, pues bien, de ser él, Juan Pío, el de la colosal proeza, más de un chismoso pueblero había de quedar con jemes de narices, mordiéndose la lengua de envidia.

Ya en pleno ajetreo de partida hacia el Alto Paraná, oyó de bocas disuasivas el cuento de que aquella selva solía tener sus trampas, que muchos otros punidores habían dejado allá sus bártulos..., que un chapetón como él corría el riesgo de pasarse la vida entera en vana búsqueda si no contaba con un rastreador vaqueano. Mas, nadie deseaba ser de la partida, nadie más que los obligados conscriptos de cara marcada y algún otro novato apenas hábil en el manejo de armas. Los muy liosos vecinos servían solamente para desalentar, de tal suerte que a Juan Pío no le   —37→   quedaba otro recurso sino hacer las cosas del modo que mejor le cupiera. Pero él iba a mostrarles muy pronto sus cualidades. En cuanto a vaqueanos, estaba seguro de poder conseguirlos. Por alguna paga, seguro que los habrá de encontrar en cualquier obraje de la ribera.

Y bien, a la cabeza de cinco fusileros, un día pisó los bordes del vasto misterio forestal. E, increíblemente, desde el primer contacto logrado con gente de los obrajes, su optimismo empezó a sufrir. Era que ningún vestigio válido se le insinuaba, ninguna referencia útil. Aquel que hablaba, mentía o se despachaba con evasivas: «Kyvó ndaipori...», «Oré ndoroicuaai...», «Kyvó ndaipori...». Nadie sabía.

Parcas e invariables respondían esas bocas chupadas por la desnutrición. Sólo una cosa resultaba clara. Entre autoridades y delincuentes, éstos, sin duda, ganaban mayor predicamento. Por solidaridad o por miedo, las bocas preferían permanecer selladas. Y para colmo de males, ningún vaqueano mostraba ganas de correr el albur contra «La Muerte». Pero no faltó -eso sí- quien sobre pies fantasmas atravesara leguas infernales llevando el oportuno aviso al malevo.

Para entonces, Juan Pío notaba penosamente desinflada la moral de sus hombres. La marcha horrible, los voraces insectos y el progresivo miedo los abatían. Pero debían repechar la espesura así sucumbiesen, la maraña que adensaba su carga silenciosa, los espinosos laberintos de troncos y follajes que se trenzaban inexpugnables hasta ocultar el cielo.

La textura insondable del silencio vegetal apretaba gradualmente. Y la angustia, tan real y enervante, devenía que un trino lejano y agónico de tanto en tanto o el sordo cascabeleo de las víboras ayudaban enormemente a recuperar la sensación de estar vivos. Ni fieras ni reptiles aparecían ante la vista, pero estaban sus huellas, diseminadas como hojarascas, cual si fuesen las huellas de seres incorpóreos e invisibles que, sin embargo, los acechaban y les seguían los pasos.

  —38→  

Tras una eternidad agotadora surgía un claro, algún obraje desértico, algún malezal pestífero. Mientras, el miedo crecía, un miedo pronto a estallar ante la caída de una hoja o el chistido de un grillo. Estériles días y noches transcurrían; la vitualla comenzaba a flaquear; el agua escaseaba y ningún obraje aparecía ya. Ni siquiera un riacho. Habían quedado atrás demasiado lejos. Ni siquiera podían saber la distancia que los separaba del río. Cada vez más, los soldados marchaban como pisando un planeta hostil y desconocido, agotados, enfermos, enteramente disminuidos, reprimiendo sus ganas de desertar sólo por el terror a las zarpas feroces. Juan Pío rumiaba con amargura la advertencia de sus odiosos vecinos, rotundas realidades tontamente desoídas. Una sensación desconocida empezaba a subirle por los talones. La creciente abulia de sus hombres lo irritaba cada instante más, soportando la certidumbre de que con ellos nada podría frente al malevaje. Pero los malevos sí -renegaba-, pueden en cualquier momento quemarnos las caras. ¿Dónde estarán metidos los condenados? ¿Será verdad lo de las trampas? La desesperación estaba cerca.

Juan Pío no había podido dormir desde su primera noche en la selva. Centelleos de cuchillos le robaban el sueño. Juan Pío mascaba nacos y escupía hiel. Los pajarracos a menudo anunciaban la llegada de una noche más, otra noche espectral, más temible aún que las anteriores. Desde el alba marchaban jorobándose al pedo, tal mascullaba el teniente Juan Pío. Y llegó un momento en que, consciente o no, se rezagaba, demoraba la marcha.

Se había cargado a la espalda, además de la propia mochila, todo el alimento y el agua que les quedaba. «Lo hago por el bien de todos», había explicado, proveyendo luego la brava consigna de tener que pelear hasta la muerte en cualquier condición. Naturalmente, se trataba de una orden dirigida a soldados, quienes la debían cumplir. Exhausto, se detuvo. Oscuras visiones empezaron a darle vueltas royéndole la imaginación como escarabajos.   —39→   Abandonar la búsqueda y emprender el regreso fue primeramente un atisbo, una fugaz idea. Luego sobrevino un inseguro pero insistente propósito, oculto en su secreta cámara de imágenes inconfesables. ¿Qué pensarían por su parte los soldados, los cinco esperpentos, maltrechos por la maraña, en esos mismos instantes? A Juan Pío lo inquietaba más que todo la expectativa de la gente que había quedado en el pueblo con la incrédula antena tensa hacia la selva del este. Las filosas y sañudas lenguas pueblerinas eran capaces de hacer morir de rabia al más astuto. «Y bueno -acabó conformándose-, en el peor de los casos, entre morir o pelear, los soldados elegirán pelear».

Al reanudar la marcha se percató de su excesiva demora. Los soldados, de haber continuado a tranco regular, estarían bastante lejos. Trató de apresurar los pasos, pero ahí surgió lo imprevisto: no veía huellas, las había perdido. Qué hacer. ¿Llamarlos? ¡Ni pensarlo! Por cierto, nada peor podría ocurrírsele. El enemigo se encontraba sin duda agazapado en cualquier lugar de esa selva, cerca o lejos. Más le valía seguir con cuidado.

Los soldados no se habían detenido. Avanzaban, ya en fila de uno en fondo, ya reagrupándose apenas la maraña les permitía, sin mayores tropiezos, aunque sin poder pensar otra cosa que no fuese el «guazú apí» o el «ñujhá mbocá», típicas artimañas del asesinato montaraz, espantados ante la aprensión de tan horrible destino. De pronto, el más avanzado retrajo el paso. Ciertas huellas que creía ver lo azoraban.

-Lo mitáaa -llamó-, Comisariooo, venga un poco a ver esta cosa...

Arrastrados en la semi penumbra, pudieron comprobar de inmediato que se trataba de huellas humanas, frescas, y además, huellas de caballos.

Y fue recién entonces que, buscando obtener la opinión del superior, ¡zas!, cayeron en la cuenta de su desaparición, y el horror ensombreció las caras ya de suyo tétricas. Lo llamaron a media   —40→   voz, una y otra vez, sin obtener respuesta, lo aguardaron hasta bien entrado el crepúsculo. Y nada.

Mientras tanto, pasado el desconcierto inicial, aunque no el creciente miedo, se asomaban las dudas. El hecho de que la intrincada maraña lo hubiese aislado y apartado del rumbo parecía ser el menos probable.

Uno de los conscriptos que a pesar del abatimiento continuaba examinando las huellas, aseveró lúgubre:

-Son ello nomá, lo bandido...

Todos lo miraron repitiendo en un murmullo: «¡Lo bandido!»

Concluida la estéril espera, un cara cortada dijo:

-Er comisario perdió er rumbo.

-O se cayó en er poder de «La Muerte» -opinó otro. Y un tercero objetó:

-Jhe, no e te catu co jhina Zonzo; llevó todito lo vívere y la agua taen, y la linterna taen...

Sugerida la negra sospecha, siguió un silencio cargado de consternación y de presagios. La noche se venía, y cada cual con un secreto temblor presentía el fin de la marcha. Nuevamente, la voz de un pajarraco sajó el marasmo. El último en hablar, un avispado negrito, se abrió paso tomando la delantera en presunta dirección al río, nueva meta fijada en tácito acuerdo sin ninguna seguridad acerca del rumbo ni de la distancia. En tácito acuerdo, igualmente, abandonaban al comisario a su suerte. La salvación, ellos la veían sólo al término de ese infierno, a orillas del río. Si el comisario seguía con vida, él haría igual que ellos. Dios lo quiera.

Las armas y demás pertrechos pesaban rotundamente menos que la ansiedad soportada en mente. A través de interminables tacuarales y zarzales avanzaban las sombras acelerando, más que los pasos, el pulso. La hojarasca crujía bajo los pies. En la atmósfera, en los matorrales, detrás de cada tronco, en todas partes, el miedo. Percibían su olor sulfuroso como si fuese una secreción de   —41→   la sangre, mientras alguien susurraba palabras que parecían surgidas de las vísceras: «La Muerte, ¿por qué le queremo matar?». Y la respuesta la daba el silencio. Seguramente lo querían matar porque se llamaba «La Muerte».

A pocos metros hacia delante, la banda de emboscados aguardaba. No la componían seres humanos. Eran engendros de la noche unidos por una apetencia común: la sangre. Objetos de viejas persecuciones, protagonistas de viejas heridas físicas y morales que no cesaban de arder, eran brazos y ojos en permanente acecho para matar.

Los días marchaban lentos entre la maraña, pero la hora del designio se acercaba cierta, inexorable. El plan de acción, maduro en el ardor de los insomnios, no contemplaba defensa, sólo castigo sangriento y memorable.

Y de cara a esa red fría e implacable, a la noche y a la infernal maleza, cinco soldaditos de comisaría se debatían en busca de salvación. De tanto en tanto, los búhos crispaban el tenso silencio. Los ojos, todos a un tiempo, los buscaban vanamente en medio de una oscuridad casi tangible. Al rato, un silbido al parecer también de ave, y otro, y otro, y un rumor tremante de plegarias inconcretas, y otro silbido, y otro, cada vez más próximos, más aterrantes, ponían hielo en la sangre. Un escalofrío de mal agüero comenzó a trepar por las piernas. Esperar. No. Ya nada había que esperar. Seguir andando hacia el río, supuestamente hacia el río, con sigilo tremendo, amparados, ilusoriamente amparados por la oscuridad.

Es de suponer que no pudo ser tan largo el trecho recorrido desde el crepúsculo cuando, sorpresivamente, múltiples haces de luz de potentes linternas los enceguecieron e inmovilizaron, y algo estrepitoso y horrible se les desplomó encima. Se cree que ningún soldado habría alcanzado a usar el fusil. De los árboles, de las tupidas matas, de la maraña toda surgieron descomunales brazos armados de machetes que los degollaron y destrozaron. Era la satánica trampa de la selva que se cerraba sobre ellos.

  —42→  

*  *  *

Al aclarar la mañana, «La Muerte», quien había encabezado la acción, abandonó su madriguera yéndose a constatar el éxito de la masacre.

Pudo contar cinco cadáveres, cinco despojos humanos incorporados al desecho forestal como sobras de fieras. Y, por primera vez, una horrible sensación le revolvió las tripas. Si uno de los allí despedazados fuese un comisario se habría sentido mejor, menos despreciable de como sentíase ahora, porque esa trampa la había ideado él pensando en monstruos con piel de comisario, no para descuartizar muchachitos descalzos como él. Vengar injurias, vengar su condición de bestia condenada: eso quería. Pero ningún maldito mandón había caído.

Los días y las noches tornáronse desde entonces insoportables para «La Muerte». Obviamente vencido en la lucha que venía librando consigo mismo, de a poco caía en la cuenta de cuán espantoso era su papel. Y una noche, en medio de una torturante velada, de esas que se pasaba peleando con su macabra sombra, resolvió acabar definitivamente con ella. Luego, pudo dormir.

Hacia el alba, soñando con amables y pacíficos aconteceres de su vida anterior, tuvo de pronto ante sí la presencia de una anciana de blancos cabellos que se inclinó sobre su rostro dándole un tibio beso en la frente. De inmediato, «La Muerte» reconoció en ella a su madre, y despertó temblando. Ya despierto, aún continuaba viendo esa cara senil abatida por la tristeza. Se palpó la frente donde todavía la impresión del beso creía sentir. Tendió los brazos tratando de asir la visión que se diluía, y sus manos desoladas acabaron uniéndose en un amargo rezo.

«La Muerte» ya no pudo pegar los ojos. La vastedad selvática, negra fragua, le abrumaba el pecho. Nunca le había sucedido cosa igual. Y concluyó pensando que si su madre llegaba junto a él conducida por el sueño, era porque lo necesitaba. E,   —43→   imprevistamente, todo le pareció resuelto: se irá. Dejó el jergón, caminó en busca del malacara que dormía a pocos pasos de él, le habló al oído:

-Pyjharevé ya jhata, ta manó vaerá yepera-e, yajhata.

Se irán, pues, por la mañana; aunque él tuviese que morir, se irán.

Y esa quieta y cálida mañana, llevando de las bridas al montado, igual como si llevase de la mano a un pedazo suyo, se puso en marcha. Se iba sin despedirse. Abandonaba a su banda para siempre.

Comenzó perforando a machetazos la fortaleza verde erguida a su paso. Lo azuzaba una especial ansiedad. El destino lo atraía con poderosa fuerza. Luchando duramente contra la maraña, su aliada hasta ayer, iba venciéndola poco a poco, doblegándola, como logrando que la misma naturaleza lo comprendiese. La selva fue cediendo, dándole paso. Así, desde la mañana hasta la noche, durante días interminables. Ni el cansancio, ni el hambre lo detenían. Sólo se preocupaba del malacara; de tanto en tanto le dejaba tomar su alimento. En cuanto a sí mismo, ya estaba acostumbrado a soportar largas jornadas sin comida ni agua. No deseaba otra cosa que ver el ancho cielo y el camino abierto por donde un mal día llegara a ese infierno.

Y un mediodía, al cabo de una eternidad luchando, una vasta claridad le anunció el comienzo de la llanura. «La Muerte» sonrió suspirando. Todas sus hoscas premoniciones, hijas de la penumbra salvaje, se llenaron de luz. En el horizonte veía un resplandor hermoso. «La Muerte» emprendió galope. Tanto él como el malacara bebían con avidez el aire abundante y dulce, aunque les costase aguantar el pleno sol. En la llanura, inmenso espejo, «La Muerte» podía contemplar el verdadero rostro de su desolación. Ya no pertenecía a esa especie común que vive al sol todos los días. Las tinieblas incorporadas en él, los crímenes, lo habían enajenado, alejándolo del ámbito humano como si fuera un   —44→   leproso. Y la funesta verdad emergió entonces de sus oscuras reconditeces: él, «La Muerte». Pero continuó andando, avanzando en esa batalla contra un pasado aún no pasado que le oponía una barrera de cadáveres, desalentando sus ansias de paz.

Abierta la llanura y claro el cielo. La esperanza se le escabullía como niño travieso, huía, se diluía en el horizonte, pero su esperanza era fuerte y regresaba, a veces representada por la blanca cabellera de su madre, a veces por las negras trenzas de alguna moza. La esperanza renacía día tras día, con cada nuevo sol. Las noches lo ayudaban en la tarea de sopesar sus negras horas, tan cuantiosas como las estrellas, sus horas perdidas, sus horas muertas y las que quizá le esperaban. Últimamente venía prefiriendo la noche para cabalgar. El malacara se fatigaba menos por la noche, y él podía contemplar en toda su vastedad el mar de las estrellas, enamorarse de la luna, recordar.

A pesar de las paradas cada vez más frecuentes y prolongadas, el malacara se debilitaba, pudiendo apenas resistir el peso del amo. Pero debían continuar, ya de día, ya de noche. Tenían que llegar.

Y una calurosa mañana, desde lo alto de una colina, «La Muerte» avistó a lo lejos, borrosamente, como en un sueño febril, el ceniciento esbozo de un pueblo, ¡su pueblo! Un violento aleteo sintió en el pecho. El malacara, aunque mustio, alzó los belfos remedando un relincho. «La Muerte» lo obligó a galopar, pero el maltrecho animal, con cuarenta leguas andadas en los huesos, anduvo sólo unos pasos, trastabilló y acabó meneando penosamente el testuz. El amo lo condujo entonces hasta un bosquecillo, lo alivió del apero, y el malacara abandonó la sombra olfateando hacia una hondonada cercana. «La Muerte» lo siguió, y amo y caballo pudieron beber de un hoyo azulenco y tibio. Y ahora sí, al malacara le entraron ganas de pastar. El viajero, no tan preocupado por el vacío del estómago como por el gran vacío de la propia vida, se acostó a la sombra del bosquecillo, afanándose en atar   —45→   cabos y despejar telarañas. Esa parada sería la última. Ya podría aventurarse a pensar que estaba en casa. Atrás, muy lejos, borrábansele la selva y sus trampas feroces. En el extremo opuesto del derrotero, muy cerca ya, casi al alcance de las manos, empezaba a cobrar forma verídica el objeto de su regreso, el renacimiento de su corazón, bien que la incertidumbre todavía mantuviera el suspenso entre la vida y la muerte. Su emoción se anticipaba al reencuentro con su gente, al reconocimiento de las viejas moradas de lodo claro, de las esquinas donde los recuerdos le saldrán al paso, de cada palmo de tierra pisada por sus pies. En una de esas casitas orilleras, olientes a bosta vacuna y yerba buena, encontrará a su madre. Ya la estaba viendo. Le veía los ojos perdidos en la lejanía buscando al hijo, los cabellos prematuramente blancos debido al sufrimiento, los brazos vanamente tendidos, agobiados de ausencia.

Llegó un oscuro río inundándole los ojos, y se durmió. Pero fue el suyo un sueño intranquilo y breve, despertándose azorado al poco rato. Al despabilarse tuvo la sensación de haber oído el traqueteo de un galope, y se levantó de un salto. Lanzó miradas desorbitadas hacia la hondonada, hacia la loma, hacia el camino, y ni rastros veía del malacara. Corrió silbando, llamándolo a gritos, y nada. El malacara no estaba. «La Muerte» regresó entonces vencido, dejándose caer pesadamente a la sombra del bosquecillo, hundido el rostro entre las manos, muy dolorido. Pero luego, como repentinamente iluminado, se levantó de nuevo, examinó con detención el lugar donde estaba, se frotó los ojos y repitió la operación. Y sí, se convenció por entero. Allí mismo, en ese mismo paraje y en esa misma sombra, años atrás, dormía un hombre. A la vera de ese mismo sendero pastaba el malacara, un potro de bella estampa. «La Muerte» acabó comprendiéndolo todo: El malacara ha vuelto a su mundo de paz. Una profunda envidia sentía por él.

Pequeño y pardo como antaño, batiendo el polvo con los pies hinchados y descalzos, se largó rumbo al poblado. No cesaba   —46→   de recordar al malacara en tanto zancajeaba tragando un nudo salobre, pero al cabo debió resignarse. También el animal tenía derecho a regresar al redondel de su querencia.

Al reponerse, el optimismo volvió a él con la esperanza y la urgencia por ver a su madre. La verá cueste lo que costare. La abrazará y le secará las lágrimas con sus besos. Después ya no le importaba si lo metían preso. Sabrá entonces la diferencia que existe entre la cárcel de la selva y la de los hombres. El darse preso voluntariamente tal vez contribuyese a que le perdonaran la vida. Salvar la vida. Eso le importaba. Casi se sentía seguro de ello. Desde luego, llegando totalmente desarmado y en son de paz como venía, nadie podía sentirse autorizado a dispararle. Él se entregará. Que le den los años de prisión que deseen, pero con vida. Que le perdonen la vida.

Desde el día que abandonó la selva, la idea del perdón venía creciendo en él. Por su parte, él ya comenzaba a perdonar. Perdonaba, por ejemplo, a los soldaditos aquellos que intentaron ponerle la mano encima en pleno baile, sin darse cuenta los infelices que en una noche de ésas, el corazón de un macho tiene precio muy alto. Él perdonaría a mucha gente, incluso al padre que nunca conoció, que lo engendró dejándolo solo en un mundo perverso, principal responsable de sus crímenes. ¿Y al comisario aquel, su maldito agresor? ¡Ah, a aquél ni el demonio lo perdonaría! ¿Y a Juan Pío, el hijueputa que lo forzó a cargar la conciencia con tantos muertos inocentes? A Juan Pío, quién sabe, acaso podría ser. Pero, ¿y a él? ¿A él, «La Muerte», le irán a perdonar la vida?

Se detuvo agitado. Al levantar el ruedo de la camisa y secarse el sudor, su mano tropezó al azar con algo pendiente de un hilo, algo renegrido por la grasitud, algo olvidado desde hacía tiempo, olvidado como su propio verdadero nombre, como su propio credo. La madre se lo había puesto al cuello cuando niño. Según ella, ese amuleto debía ser su «abogado» previniéndole contra las víboras, los malos aires y las balas. Él lo había olvidado.   —47→   Sin embargo, ese «abogado» era sin duda el que venía protegiéndolo sin que se lo pidiera. Pues bien, ahora se encomendaba a Él, su «abogado», que no habrá de permitir le quitasen la vida.

*  *  *

José Martínez ensillaba el matungo sin perder detalle del trajín que notaba en la comisaría de enfrente. Los soldados de Juan Pío, que le fueran repuestos en su totalidad luego de la desastrosa campaña selvática, ultimaban tan serios aprontes que excitaban la natural curiosidad del bolichero. Su ansiedad obedecía sobre todo al hecho de no haber podido tragar por entero cierta historia referente a la epopeya del Paraná. Del informe conocido entonces, innecesariamente divulgado por el propio comisario, desprendíase que luego de haber diezmado personalmente a los tenebrosos calculados en medio centenar, se habría abierto paso a plomo limpio, burlando la trampa que le tendieran, en la cual cayeron todos menos él, gracias a Dios.

Así convertido en baboso héroe, a José Martínez le daba asco. Acabó de ensillar, montó y salió.

-Güendía, don Juan Pío -saludó de paso-. ¿Hay levantamiento o qué?

-Algo peor, don José -repuso grave el de la ley-. ¿Se acuerda del malevo que liquidó a mi finado colega?

-¡Sí, señor!

-Güeno, está por llegar.

-¡El famoso «La Muerte»! ¿Y cómo supo la noticia?

-Figúrese, don José, el hacendado don Anselmo le encontró dormiendo en el mismito lugar donde le robó su malacara hace alguno saño... El hombre me trajo el animal, postrado como jusamenta.

-¡Ayjuepete! Ande con cuidado don Juan Pío; dicen que a ese bicho le gusta la carne de comisario...

  —48→  

Y el bolichero se alejó boqueando una suerte de risa que daba miedo.

A los soldados, ninguna gracia les causó la ocurrencia. Era notoria la hostilidad que trasuntaban tanto las palabras como los gestos.

El vejete, haciendo como si sólo le importara el matiz cómico del drama en cierne, se largó a campo traviesa. Y apenas estuvo solo, sin nadie más que el matungo para oírlo, con voz gruñona declaró: «Éste le va matar a traición, le falta güevo para hacerle frente, seguro que le arma una trampa en el arroyo y le mata a traición...».

Hincó espuelas al matungo. «Una sola vez se quema el gato, suele decirse», continuaba. Y casi a gritos, en tanto el matungo galopaba resoplando, sentenció: «Éste le tiene miedo a «La Muerte», por eso le va matar a traición...».

A escasa media legua del arroyo, surgió de la maleza como una visión, cruzándose delante del malhechor que avanzaba zancajeando sobre la arena caliente.

-Muchacho -empezó diciéndole-, si querés salvar la vida, escapate.

El viajero lo miró desconfiado, sin detenerse. Lo esquivó y siguió andando. «Viejo zorro -pensaba-, compinche de cuantos comisarios pisa el pueblo».

El viejo siguió a su lado insistiendo:

-Muchacho, yo sé lo que te digo, te va matar, escondete antes de que te vea...

El viajero siguió trotando. Tenía ocupada la mente en otra cosa: la madre. Ni el hambre, ni el cansancio, ni las palabras del viejo lograban suficiente fuerza para detenerlo. Llegará... Por otra parte, no le cabía en la mente que un hombre desarmado que llegaba para entregarse lo fueran a matar.

José Martínez no insistió más. Perdía el tiempo. Desalentado y entristecido, torció el rumbo alejándose por donde vino. Ya en   —49→   camino pensaba que debió advertirle sobre la trampa. Pero de nada valdría. La tozudez del viajero lo descorazonaba.

El calor y la sed apretaban como nunca. Sin embargo, el viajero sonreía. Llegará... Bruscamente, la carretera se largó en busca de otro nivel, serpenteando por la pendiente antes de retomar la horizontalidad. Hasta el borde boscoso del arroyo, todo se veía desértico. Nadie más que él batía el polvo calcinado bajo el sol. A través de algún raleado follaje comenzaba a ver las primeras techumbres del poblado. Ya podía oír la voz del agua bullendo entre las piedras. ¡El agua!

*  *  *

Al apearse José Martínez de vuelta en su boliche, una cerrada descarga hizo vibrar la tierra bajo sus pies. Y como catapultado por la impresión de nuevo se horqueteó en la montura y hundió espuelas. «Ojalá -mascullaba para sí- que los presentimientos me fallaran». Pero tan seguro estaba que ante las voces preguntonas que le salían al paso mientras galopaba cruzando el caserío, él sólo respondía a gritos: «¡Lo mató a traición...! ¡Lo mató a traición...!».

Una espontánea muchedumbre lo siguió, desembocando al rato en la carretera que llevaba al arroyo. Poco antes de llegar, se cruzaron José Martínez y el comisario que regresaba galopando solo y sombrío. Al rato, también la muchedumbre se cruzaba con él, abriéndose en dos para darle paso. El comisario nunca saludaba. Por eso no causó extrañeza que no lo hiciera. Regresaba metido en sí mismo, huyendo de la polvareda que parecía querer sepultarlo.

En el arroyo, todavía el aire olía a pólvora. «La Muerte» yacía de bruces, cubierta la espalda de agujeros manchados de rojo sucio. Más personas llegaban y crecían los comentarios. Todos miraban el cadáver, los agujeros, y se fijaban en los soldados que permanecían inmóviles, clavados los ojos en tierra.

  —50→  

-Parece un limosnero -dijo uno dirigiéndose al viejo-. ¿Por qué le mataron?

José Martínez calló. Las miradas paseaban sobre el cadáver yendo y viniendo. También las moscas. Alguien mencionó al juez que debía verlo y dar fe.

-¿Nadie sabe dónde vive? -preguntó luego.

-El comisario ha de saber seguramente -dijo otro.

Hacia media tarde, cuando la gente empezaba a retirarse, llegó sudoroso y rojo un emisario. Traía instrucciones de trasladar al «orciso» al pueblo. Dos hombres cortaron ramas y señalaron el preciso lugar donde debía plantarse la cruz del finado. Enseguida lo terciaron sobre la grupa del único montado que allí había, el matungo de José Martínez, y el cortejo se puso en marcha envuelto en una nube de polvo rojizo. A la entrada del poblado se sumó al grupo una anciana de rostro palúdico, ceñida en terroso manto. Apretaba un crucifijo contra el pecho y se mordía los labios.

-La vida es puerca -dijo José Martínez para quien quisiera oírlo-; ésta es la madre del difunto; mejor hubiera sido si el hijo se le pudría en la panza.

-Mejor -reafirmó otro.

A poco de andar, la lenta anciana quedó rezagada. Cuando pudo llegar al rancho, ya el cadáver estaba tendido sobre un largo apycá de madera labrada al hacha. Le cruzó los brazos atándolos con un trapo oscuro y le aplicó el crucifijo sobre el esternón.

José Martínez mandó a buscar dos velas. «La Muerte» yacía cetrino, sucio y más pequeño que nunca.

Al crepúsculo, Juan Pío llegó acompañando al juez, quien lo miró contrariado al verlo aplastar con la bota una de las velas que ardían sobre el piso de tierra.

El juez volteó el cadáver como si no le interesara el rostro sino la espalda. Los impactos eran cinco, de idéntico tamaño los agujeros.

Se volvió hacia el comisario inquiriendo irónico:

  —51→  

-¿Y usted no le tiró?

A Juan Pío le atoró el humo del cigarro que mordía. Salió al patio tosiendo, pero el juez lo llamó.

-Los tiros son iguales, ¿verdad, comisario?, todos de fusil, todos por la espalda. Dígame, ¿el tipo se resistió? ¿Peleó? ¿Corrió? Según parece nada de eso.

Juan Pío no respondió. El juez soltó el cadáver que tornó a su posición anterior. La única vela encendida, sostenida por José Martínez para que el juez pudiese ver el cadáver, arrojaba destellos pequeños y rojizos que iluminaban la cara lampiña de «La Muerte». Juan Pío miró una vez más ese retal de figura humana, miró de reojo a la madre, y se marchó sin una palabra.

Esa noche, más que en ninguna otra, más que en sus noches pasadas en la selva, encontró decepcionante la vida. La visión imborrable de los agujeros amoratados, la inoculta censura del juez, la sonrisa acusadora de José Martínez, el silencio retador del pueblo, todo en uno lo abrumaba y embadurnaba la validez de su mentada carta blanca. Los días subsiguientes fueron peores. Notaba que hasta sus propios soldados le volvían la cara. Y en tanto el vacío crecía sofocándolo, veía cómo la gente evidenciaba su preferencia y apoyo al juez, quien, naturalmente, no perdía la oportunidad para arrojar sobre el comisario alguito más de barro en cada ocasión.

Poco pudo resistir. Dejó de aparecer en público. Encerrado durante el día, se pasaba buena parte de las noches asomado a la ventana, espiando la calle. Y en una de ésas, de clara luna y grata brisa campera, una sarta de chicuelos traveseaba en la arena, frente a la casa. Juan Pío los observaba con franca envidia. «Los inocentes, los únicos no podridos de alma. Si pudiera volver a esa edad sin preocupaciones ni maldades. Con razón dice el gobierno que ellos son la esperanza de la patria. Por eso se hace necesario limpiarles el camino de la vida de bichos venenosos que no sólo asesinan sino además llenan la cabeza de los niños de malísimos   —52→   ejemplos». Así discurseaba a solas Juan Pío cuando, de pronto, notó en el juego de los inocentes algo que colmó su inquietud. Armados con fusiles de tacuara perseguían a un supuesto bandolero, casualmente el más raquítico e indefenso de los chicuelos. Y éste, al pasar cerca de la ventana entreabierta, pegó a todo pulmón un sorpresivo grito:

-¡Milico py-ayú, yo soy «La Muerte»!

La ventana se cerró. El mote de py-ayú (cobarde) estallando como una bomba infamante quedó zumbándole el oído. Si hasta los niños lo agraviaban en esa forma, era porque había caído hasta el fondo.

*  *  *

El primero en enterarse de la renuncia fue José Martínez. Con muchas ganas de darle un empujoncito más, el bolichero se apresuró a fin de ser el primero en verlo ya simplemente Juan, alejado del cargo.

Lo encontró más descolorido que calabaza asada, tumbado en un catre, mirando el techo. De entrada y sin lástima, le dijo:

-Ahora que ya no sos nada, podemos hablar de igual a igual, ¿no es cierto?

Juan Pío no se movió. Sólo se puso más pálido, con signos de impotente ira.

-Vengo a pedirte el caballo del finado -continuó el bolichero-, no sea que por ahí le agarrás miedo y se te antoja pegarle cinco tiros o qué...

-El caballo tiene dueño, viejo atrevido, así que ¡váyase!

-Esperá -insistió pesado el viejo con voz de moscardón-, te quiero decir dos cositas más en secreto, ¿sabés? Yo presentí que le ibas a matar a traición. Por eso salí al galope a su encuentro y le avisé. ¿Y sabés lo que me dijo el muy zonzo? ¡Nada! Ni quiso oírme. ¿Sabés lo que pienso? El prójimo venía para entregarse, no   —53→   hay duda. Y quién sabe no se le habrá antojado que viniendo desarmado como venía, el milico Juan Pío procedería con él como Dios manda, ¿no te parece?

El renunciante, sentándose de golpe, se enfureció.

-¡Yo cumplí con mi deber! -farfulló-, ¡orden es orden! Y no me comparo con usté, traidor de mierda, que quiso ayudar a escapar a un peligroso asesino...

-Juan Pío, «traición» y «mierda» son cosas que se huelen al entrar en esta casa -le replicó calmoso el viejo con su sempiterna sonrisa acusadora-. Traicionaste a la ley del macho y a la ley que representabas indignamente como autoridá de este pueblo. Te puedo decir estas cosas por que ya no tenés mando. Te quedaste igualito que una víbora sin veneno...

Y remató el bolichero su perorata con una sardónica risa. Juan Pío dio un salto crispando las manos contra el pecho. Una horrible mueca le torció el rostro y se desplomó crujiente. José Martínez le buscó el pulso, le auscultó el pecho y acabó cerrándole los ojos. Luego, casi al oído, como en un rezo, le dijo:

-Adiós, Juan Pío. Que Dios te perdone.

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