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ArribaActo II

Una muerte por honor


 

Un jardín de una posesión de ALBERTO en Valencia; en el fondo un cenador; a la derecha una pequeña puerta casi obstruida con brezos y maleza. Una hora antes de anochecer.

 

Escena I

 

ROMÁN.

 
ROMÁN
    Tremenda cosa es nacer
sin poder adivinar
en este revuelto mar
qué playas hemos de ver;
tremenda cosa es querer 5
lo que en el alma bullir
sentimos, al percibir
que es nuestra ánima inmortal,
puestos en un arenal,
sin saber dónde acudir. 10
   Apenas a luz salimos,
engaños y error probamos;
dondequiera que miramos,
notamos que nos perdimos.
Una fantasma seguimos, 15
que sólo soñando vemos:
vacío si la tenemos,
si la perdemos fortuna.
¡No acertamos cosa alguna
¡por Dios! desde que nacemos! 20
   Fama y gloria codicié
porque inmortal me sentí;
y cuando cerca la vi
que era polvo imaginé.
Del mismo amor blasfemé; 25
juzguéle sueño distante,
niño, pobre y vergonzante;
y hoy, que en el alma lo siento,
conozco, por mi tormento,
que es rey, tirano y gigante. 30
   ¡Ay! Y ¿soy el mismo yo
que de esa pasión de ayer
blasfemé, sin conocer
que hoy la sentiría? No;
ya mi alma se abrasó; 35
castigo del cielo fue,
que cuando el alma salvé
de mi ambiciosa inquietud,
una vida sin virtud
alucinado abracé. 40
   ¡Ay! ¿Porqué nacen tan bellas,
bajo formas de mujer,
estrellas que han de hacer ver
el rigor de las estrellas?
Si nuestra vida está en ellas 45
y allí nuestra eternidad,
injusticia es, en verdad,
que viéndolas ¡ay! nosotros,
nos dejen para ser de otros
miseria y obscuridad. 50
   Alberto amigo, perdón,
que cuando tu honor ofendo,
que es, en mi delirio entiendo,
mi amor una maldición.
Errado habrá el corazón, 55
pero estaba escrito aquí;
y hoy, ¡perdón! la adoro, sí;
que en mi loco desvarío
eres tú sola, amor mío,
gloria y cielo para mí. 60
   ¡Ángel de paz y armonía!
Cuando vinistes al suelo
¿por qué no dejaste al cielo
el cielo que en ti vivía?
Pero, ya en la tierra impía, 65
tus ojos después de ver,
¿cómo amar a otra mujer?
Que si hay ángeles de amor
junto al trono del Señor,
ángel, Luisa, debes ser. 70


Escena II

 

ROMÁN, ALBERTO, saliendo del cenador.

 
ROMÁN
    ¿Me oiste Alberto?
ALBERTO
A fe mía,
que amabas te comprendí.
ROMÁN
Así dije: no creí
que nadie me escucharía.
ALBERTO
    ¿Conque amas?
ROMÁN
Sí, por cierto
75
ALBERTO
¿Sin esperanza, parece?
ROMÁN
Sí, que mi amor no merece
amor como el suyo, Alberto.
ALBERTO
    ¿No merece? ¿Por qué así?
ROMÁN
Porque un amor como el mío... 80
ALBERTO
Sigue.
ROMÁN
Es un amor impío
hecho sólo para mí.
ALBERTO
    Menos te comprendo ahora.
¿No es acaso una mujer?
ROMÁN
Que no se puede querer 85
y que el corazón adora.
ALBERTO
   Pues con ser mujer, yo creo
que hay poder, si ella lo quiere:
pues que fuere como fuere,
nunca la mancha el deseo. 90
ROMÁN
    Sí la mancilla, es casada
ALBERTO
Pues entonces tu razón...
ROMÁN
¡Vive Dios! El corazón,
a la razón tiene atada.
   Cuando se ama, ¿cómo ver 95
como ello es lo que se adora?
Cuando un hombre se enamora,
no sabe de qué mujer;
   Porque acaso destinado
un ser para otro ser nace, 100
y su mala estrella hace
que tarde se hayan hallado.
   Yo la amo con frenesí
porque nací para ella;
pero no quiso mi estrella 105
que naciera para mí.
ALBERTO
    Luego ¿es de otro?
ROMÁN
Claro está.
Mas quiso la suerte impía,
que el amor la hiciera mía.
ALBERTO
Y ¿te ama?
ROMÁN
Lo dije ya.
110
ALBERTO
    Y ¿eso lloras?
ROMÁN
Eso lloro;
porque el amar y el morir
no se puede en dos partir,
y yo parto lo que adoro.
ALBERTO
   Y ¿habré de saber si es 115
mujer de tal condición...
ROMÁN
Que se arrastra el corazón
desesperado a sus pies;
   que es noble, rica y ajena.
Anciano en mi juventud,, 120
nací pobre, y sin virtud
que oponer, a tanta pena.
   Sufrí borrasca espantosa
de pasiones encontradas,
que estuvieron encerradas 125
en un alma irreligiosa;
   porque mi existencia inquieta
con impaciencia sufrí,
y hoy heme gusano aquí,
con corazón de poeta; 130
   que el mundo surcando voy
en pos de un ángel mujer
que es mía, y no la he de ver
por no ser yo lo que soy.
ALBERTO
   ¡Desgraciado! Al fin comprendes 135
el rigor de tu fortuna,
y a esa fantasma importuna
tu misma mano le tiendes.
   Mucho, sí, quisiste ser,
mucho hubiste de dejar, 140
que para a mucho llegar,
mucho es preciso querer.
   Y hoy te ves triste, indeciso
en un vacilar eterno,
con el alma en un infierno, 145
la vista en un paraíso.
ROMÁN
    ¡Un paraíso! Y jamás
habré yo de entrar en él.
¡Un paraíso de hiel!
ALBERTO
Que al fin de apurar habrás. 150
ROMÁN
   ¡Apurarlo! Ya lo sé.
Tal tormento se me alcanza
sin gloria, sin esperanza...
ALBERTO
Sin esperanza, ¿por qué?
ROMÁN
   Porque vinimos al suelo 155
con un corazón que encierra
la miseria de la tierra,
la ambición de todo un cielo.
   ¿Por qué no nos dio una estrella
Dios, que en esta obscuridad 160
mirando su claridad,
nos guiáramos por ella?
   Pero nacer a sufrir,
sufrir y el término errar,
llegar el día de amar, 165
y al tiempo de amar, morir...
   injusto es, Alberto, a fe.
ALBERTO
(¡Desgraciado! Loco está;
no piensa en lo que será,
y, ha olvidado lo que fue.) 170
   ¿Y hoy el mismo Román eres
que no creías ayer
que el amor a una mujer
más es pasión que placeres?
   Tarde al fin has conocido 175
que amor nuestro pecho encierra.
ROMÁN
Tanto esa idea me aterra,
que quiero no haber nacido.
ALBERTO
    Tal vez es tarde, Román;
mas a curar ese amor, 180
tiempo y lágrimas serán
la medicina mejor.
ROMÁN
   Lágrimas, Alberto, no;
las derramé en la niñez:
vertílas ¡ay! de una vez, 185
y ya no las tengo yo.
   Cuando el corazón espera,
lágrimas tal vez derrama;
cuando ajeno es lo que ama,
no llora, que desespera. 190
ALBERTO
    ¿Tal es en tu corazón
esa hoguera en que se abrasa?
ROMÁN
De lo imaginable pasa el
fuego de mi pasión.
ALBERTO
    ¿Tan violenta?
ROMÁN
Es un volcán.
195
ALBERTO
¿Ninguna razón la aquieta?
ROMÁN
Y ¿quién a la mar sujeta?
ALBERTO
¡Ah! Tú eres grande, Román:
   más que el amor es la gloria;
busca gloria y no el amor; 200
esa página de error
bórrala, de la memoria.
ROMÁN
    ¡La gloria! Efímero nombre,
cuyo seductor aliño
deslumbra el alma del niño, 205
pero no el alma del hombre.
   ¿Qué me importa ese laurel,
si en llegándole a alcanzar,
tampoco tengo de hallar
sino amarguras en él? 210
   El nombre: cualquiera es bueno
si todos de muerte igual
son la sentencia fatal,
y abrigan dentro veneno.
ALBERTO
   Román, es fuerza vivir, 215
y vivir sin esperar,
que no podemos amar
lo que es de otro.
ROMÁN
Pues morir.
ALBERTO
   Morir, Román, es no ser,
y en el no ser no hay amor; 220
otro remedio mejor
a la mano hay que tener.
ROMÁN
   ¡Vivir sin amar! Mentira.
Dile al ave que no cante,
dila que el vuelo levante 225
sin el aire que respira.
   Dile que paro al torrente
al borde de la cascada;
dila que quede estancada
sobre la peña la fuente. 230
ALBERTO

 (Con decisión.)  

   Román, no amar es preciso.
ROMÁN
Sin amar, ¿como vivir?
Es un infierno sufrir,
con aura de paraíso.
ALBERTO
   ¿De vivir no hay más camino? 235
ROMÁN
No hay otro.
ALBERTO
Piénsalo bien.
ROMÁN
Ley tan tiránica, ¿quién
dar puede?
ALBERTO
Yo y tu destino.
ROMÁN
   ¿Quién eres tú? ¡Vive Dios!
ALBERTO
Imbécil, Alberto soy, 240
que entre ti y tu amor estoy,
y el destino entre los dos.
ROMÁN
   ¡Cielos! ¿Y Yo mismo fuí
quien se lo dije? Estoy loco;
toda mi existencia es poco 245
para pagarle, ¡ay de mí!

  (ROMÁN desde este momento parece perder el juicio. Al penúltimo verso de esta escena cree ver un fantasma, y fijando los ojos en ALBERTO, dice aterrado:) 

   La Muerte avara y cruel
me hubiera al fin consumido,
si los días que he vivido
no se los debiera a él;. 250
   a él, fantasma furioso
que entro los dos te levantas
para abrirnos a tus plantas
un precipicio espantoso.
   Sombra airada que tu huesa 255
dejaste por mi tormento,
si ves en mi pensamiento
el pensamiento que pesa,
   y tu perdón no merezco,
amigo a quien yo vendí... 260
¡Alberto, huyamos de aquí!...
ALBERTO
¡Infeliz! Te compadezco.


Escena III

 

ALBERTO.

 
ALBERTO
   ¡Maldita ambición de ser
más de lo que puede un hombre!
¡Maldita ambición de un nombre 265
con que no hemos de poder!
Contento, ignorado ayer,
esperabas otro día,
Y hoy en tu frente sombría
sentado el abatimiento, 270
te saca tu pensamiento
a la odiosa luz del día.
   ¡Es tarde, esperanza vana!
Tu quimérica pasión
se apagó en el corazón 275
en hora ¡por Dios! temprana.
Vino el estéril mañana,
ya de ilusiones vacío,
dudó el corazón impío,
y la esperanza se hundió: 280
arroyo que se perdió
entre las ondas de un río.
 

(Abre el cenador y sale LUISA.)

 


Escena IV

 

LUISA y ALBERTO.

 
ALBERTO
   ¿Le oistes? En su amargura,
él a confesarlo vino:
amarte fue su destino, 285
amarle tú fue locura.
LUISA
   Alberto, saben los cielos...
ALBERTO
Mucho los cielos sabrán,
cuando a los que aman dan
el tormento de los celos. 290
LUISA
    ¡Perdón, Alberto! Está loco,
al borde del precipicio.
ALBERTO
Un pequeño sacrificio
que los costaba tan poco.
LUISA
   Por Dios, tranquilo repara... 295
ALBERTO
¡Silencio digo, perjura!
Tú el amor y él la locura,
me habéis de pagar bien cara.
LUISA
   ¡Perjura! Mi corazón,
¿a quién diera sino a ti? 300
¿Tanto en llorar te ofendí
su terrible situación?
   ¿No era tu amigo mejor?
¿No te debe su existencia?
Y tenerle en tu presencia, 305
¿no era tu gozo mayor?
   Si en compadecerle erré,
y él puso su amor en mí,
él que amaba pecó, sí,
mas yo que escuchaba, ¿en qué? 310
ALBERTO
Si le oíste, ¿por qué luego
de ti no le rechazaste?
¿En sus ojos no miraste
de amor el osado fuego?
LUISA
   Le vi, pero contemplé 315
un hondo abismo detrás,
y un poco que huyera más,
faltara a la tierra el pie.
   Oí su amoroso ruego,
mucho de él compadecida, 320
que en ello le iba la vida
y se la arrancara luego.
   ¿Tengo yo culpa, por Dios,
de que su alma violenta
no pueda vivir contenta 325
sino dividida en dos?
   Recatada habré de ser
con él, pero ingrata no;
que si casada soy yo,
nací primero mujer; 330
   y nunca he de rechazar
un corazón desdichado,
que a buscar viene a mi lado
un sitio donde llorar.
   Mucho ofendiste mi honor 335
cuando imaginar pudiste
que el amor que tú me diste
vendiera por otro amor.
   Que si por cariño no,
ni por otro miramiento, 340
por cumplir mi juramento,
tu honor te guardara yo.
ALBERTO
   ¡Y él frenético te ama!
LUISA
¿Qué daño me hará una hoguera
de que no siento siquiera 345
el resplandor de la llama?
ALBERTO
    ¿Conque no le amas?
LUISA
Por cierto.
¿Tú lo pudiste pensar?
¿A quién Luisa habrá de amar
después de amar a su Alberto? 350

 (Llora.)  

ALBERTO
   Mi vida, perdóname,
que en pensarlo te ofendí;
los celos dentro de mí
a sofocar no alcancé.
   Tú no sabes, vida mía, 355
lo que es amar, para ver
el amor de una mujer
pasar como el sol de un día;
   imaginar que, tranquila,
escucha otro nuevo amor, 360
y en el nuevo adorador
vierte luz de su pupila.
   Porque tus ojos ¡oh Luisa!
la luz del sol arrancaron,
dióte el alba su sonrisa 365
y tus ojos alumbraron.
   Tus ojos ¡ay! me hechizaron,
¡hija del cielo español!
Si así alumbró tu arrebol,
¿cómo sufrir que, importuno, 370
gozar pudiera hombre alguno
toda la luz de tu sol?
LUISA
    ¡Mi esposo!
ALBERTO
¿Tuyo me llamas?
¡Oh! Tuyo, alma mía, sí,
que vida no siento en mí 375
Sino porque tú me amas.
LUISA
Dulce bálsamo derramas
en mi corazón, Alberto,
con tus palabras, que cierto
tú me llamaste perjura, 380
y de esa voz la amargura,
acaso me hubiera muerto.
ALBERTO
    ¡Hermosa! Porque te adoro,
porque no vivo sin ti,
todo el veneno sentí 385
De los celos.
LUISA
Y ese lloro,
amor destilado en oro
que en tus párpados se mece,
¿todo mi amor no merece?
¡Oh! Tu labio me lo dice... 390
ALBERTO
Y el corazón te bendice
cuando mi labio enmudece.
   Cuando lloro es porque callo,
que callo y lágrimas vierto;
porque a hablarte con acierto, 395
hartas palabras no hallo.
Inútil es intentallo,
que si inconstante te miro,
apenas hablas, te admiro;
y pueden tal tus razones, 400
que no hallo reconvenciones;
te admiro, callo y suspiro.
 

(Durante la décima anterior, ROMÁN ha cruzado el fondo del teatro, y dice al tiempo de desaparecer:)

 
ROMÁN
   ¡Gózala en paz! Tuya es.
Para ti tiene ella amor,
que para mí, aterrador, 405
abre un abismo a sus pies.
Si hay otro mundo después,
allí he de seguirla en pos,
que acaso disponga Dios
que cuando un ser ama aquí, 410
después de la muerte, allí
hayan de amarse los dos.
 

(Al alejarse ROMÁN, vuelve LUISA la cabeza y queda con los ojos fijos en él.)

 
LUISA
   Hele allí, sobre su frente
lleva su destino impío,
su pensamiento sombrío 415
bullendo eterno en la mente.
Loco está, pero inocente.
ALBERTO
Y ¿qué más pude yo hacer?
Le di mi casa, mi haber;
le di oro, independencia; 420
y él, en su ciega demencia,
codicia hasta mi mujer.
LUISA
   De nobles es perdonar;
pues que todo lo perdió,
Alberto, si te ofendió, 425
enséñale tú a olvidar.
ALBERTO
¿Y lo que él ha de penar?
LUISA
Ese será su castigo.
ALBERTO
Aunque ingrato fue conmigo,
respetaré su dolor, 430
que vale tanto el honor
como la paz de un amigo.
   Ya está, Luisa, perdonado;
tú, amor mío, abrázame
y perdona.
LUISA
¿A ti? ¿De qué?
435
¿Es delito haberme amado?


Escena V

 

LUISA.

 
LUISA
Ya era tiempo, desdichado,
de conocerte a ti mismo,
de tu indolente egoísmo,
de tu avara ceguedad, 440
no es madre la sociedad,
es la puerta de un abismo.


Escena VI

 

LUISA y ROMÁN. ROMÁN vuelve a cruzar la escena y se queda inmoble, los brazos cruzados, mirando a LUISA.

 
LUISA
    ¿Qué hacéis?
ROMÁN
¡Qué he de hacer! Llorar.
LUISA
¿Llorar? No alcanzo razón.
ROMÁN
¡Ah! Vuestra conversación 445
os acabo de escuchar,
y me partió el corazón.
LUISA
   Puesto que la habéis oído,
nada os tengo que decir;
veis que amiga vuestra he sido. 450
ROMÁN
Los que en tal signo han nacido,
más les valiera morir.
   Amistad le dais ahora
a un alma que tanto os ama;
mal con un vaso, señora, 455
se apaga devoradora
del vasto incendio la llama.
   Nunca los que amor sintieron
en amistad le cambiaron.
LUISA
Pero olvidarle supieron 460
cuando inútil le juzgaron.
ROMÁN
Si eso os han dicho, mintieron.
   No sabe lo que es amar
quien reconoce el olvido,
que amor se puede ocultar, 465
mas no se puede olvidar
cual si nunca hubiera sido.
LUISA
   Pues ocultadle en el pecho,
y nunca más lo digáis.
ROMÁN
Si a amor no tengo derecho, 470
mal, señora, me pagáis
el daño que me habéis hecho.
   Por última vez lo digo:
te amo; el infierno me fuera
un paraíso contigo, 475
y el infierno más quisiera
que el epíteto de amigo.
LUISA
    Y ¿qué más podéis pedir,
ni qué daros puedo yo,
si casada he de vivir? 480
ROMÁN
A quien todo se negó,
¿qué ha de poder exigir?
   Mi tormentosa fortuna
nada me dejó querer;
soñé una gloria importuna, 485
quimeras alcancé a ver,
pero realidad, ninguna.
   Para esto en mi edad temprana
sueños de flores soñé,
por ver que esa imagen vana 490
un sueño, por cierto fue,
al despertarme mañana.
LUISA
   ¡Ciego! Y ese loco amor,
¿no es más sueño que otro alguno?
Buscad camino mejor. 495
ROMÁN
A otro cariño mayor
ya, señora, no hay ninguno.
LUISA
   Amad la fama, la gloria.
ROMÁN
¿Qué le importa a un corazón
desesperado, en la historia 500
dejar por nombre un borrón
en vez de fama y memoria?
   Ya sé que el camino erré,
y que el tiempo que pasó
no ha de volver ya lo sé; 505
pero ya es tarde, y a fe
que atrás no me vuelva yo.
LUISA
    Luego ¿qué pensáis?
ROMÁN
Amaros.
LUISA
Y ¿qué habéis de conseguir?
ROMÁN
El placer de idolatraros. 510
LUISA
Y de eso, ¿qué ha de quédaros?
ROMÁN
La esperanza de morir.
    Si en el amor no creí
por necedad ó altivez,
ya que una vez lo sentí, 515
la vez primera ¡ay de mí!
será la postrera vez.
LUISA
    (¡Compasión siento por él!
¡No me resuelvo, por Dios!)
Hay un medio.
ROMÁN
¡Suerte cruel!
520
LUISA
El espacio entre los dos.
ROMÁN

 (Con desesperación.) 

¡Para el sediento es la hiel!
LUISA
    Inútil es vuestro amor
cuando estoy, Román, casada.
ROMÁN
¿Y ese es el medio mejor? 525
LUISA
Yo no encuentro medio a nada
cuando en ello va el honor.
   Pensad desde este momento
esa quimera borrar
del alma y el pensamiento, 530
que yo di mi juramento
a mi esposo en el altar.
ROMÁN
   (Cerróme toda esperanza
de vivir la avara suerte.)
LUISA
Todo del tiempo se alcanza. 535
ROMÁN
Si no cede la balanza
por el lado de la muerte.
LUISA
    ¡La muerte!
ROMÁN
Y ¿qué resta ya
a quien todo lo perdió?
LUISA
No, nunca desesperó 540
el justo.
ROMÁN
Y ¿quién os dirá
que de esos justos soy yo?
LUISA
   (¿Tengo yo, cielos, de ser
quien de su felicidad
la esperanza he de romper? 545
¡Maldita la sociedad
en donde nací mujer!)
ROMÁN

 (Echándose a sus pies.)  

    ¿Lloras, hermosa?
LUISA

 (Con energía.)  

¡Insensato!
No lloro, que considero
de un marido caballero 550
y un galán con él ingrato,
que el marido es lo primero.


Escena VII

 

ROMÁN.

 
ROMÁN
   ¡Ya mis sueños se apagaron!
Los fantasmas de la vida
uno a uno se borraron 555
y ya nunca volverán.
¡Seis meses! Madrid, Valencia,
en sueños ó realidades,
como tremenda sentencia
el alma royendo están. 560
    ¡Seis meses! En mi memoria
han encendido una hoguera;
todo un porvenir de gloria
está quemándose allí:
es muy tarde; sin amores, 565
sin porvenir ni esperanza,
esa corona de flores
es de espinas para mí.
   Perdí la luz de mis días
en ilusiones pueriles, 570
de mis horas juveniles
tengo sólo...una pasión;
y esa pasión imposible,
ese pensamiento eterno,
me pesa como un infierno 575
a plomo en el corazón.
   Partiré lejos, muy lejos,
que el sol de mi amarga vida
con los últimos reflejos
alumbra el cuerpo mortal. 580
¡Adiós, Luisa encantadora!
¡Adiós, ofendido amigo!
Oí la tremenda hora...
tocaban a un funeral.


Escena VIII

 

ROMÁN sentado en actitud de la más profunda meditación. PEREIRA entrando por la puerta falsa en traje de camino. Es completamente de noche.

 
PEREIRA
    Salud, amigo.
ROMÁN
¿Quién va?
585
PEREIRA
Una antigua relación
que ya desde otra ocasión
reconocida os está.
ROMÁN
    ¿Qué queréis?
PEREIRA
Pensadlo vos.
ROMÁN
¿Yo? Por todo un firmamento 590
no cambio de pensamiento
ni para pensar en Dios.
PEREIRA
   En mal hora creo, a fe,
que he llegado.
ROMÁN
Sí, por cierto.
PEREIRA
Ese postigo hallé abierto, 595
oí vuestra voz y entré.
ROMÁN
   Pues bien os podéis marchar,
porque yo no os quiero oir.
PEREIRA
Pues yo os lo quiero decir,
y me lo habréis de escuchar. 600
ROMÁN
    Marchaos digo.
PEREIRA
A eso vengo;
y en cumpliendo mi mensaje,
otra vez el mismo viaje,
aunque largo, emprender tengo.
ROMÁN
   Pues bien: decid, ¿qué queréis? 605
PEREIRA
Vengarme.
ROMÁN

 (Marchándose bruscamente.)  

¿Qué tengo yo
con tu venganza?
PEREIRA

 (Deteniéndole.)  

¡Eso no!
Quedaos, me ayudaréis.
ROMÁN

 (Amenazándole.)  

   Ved que no tengo en la vida
vínculo que baste alguno... 610
PEREIRA
Pronto no tendrás ninguno
que malgastarla te impida.
    Mira, ¡traidor!

 (Descubriéndose.)  

ROMÁN
¡Vive Dios!
¡Pereira!
PEREIRA
Tú mi honor tienes,
yo quiero tu alma en rehenes 615
por fianza de los dos.
   Por eso a buscarte vine
desde Madrid a Valencia,
por él grita mi conciencia
que te mate ó te asesine. 620
ROMÁN
   ¡Bueno! En mejor ocasión
venir por él no has podido;
en las manos me has caído,
y sed tiene el corazón.
    Vamos.
PEREIRA
Espera, porque antes
625
una nueva te he de dar,
que siempre han de interesar
las nuevas a los amantes.
   Era, seis meses hará,
una noche obscura, fría, 630
la lluvia a mares caía...
ROMÁN
Importuno el hombre está.
PEREIRA
   Tres hombres, ebrios los tres,
que una dama acompañaban,
las calles atravesaban... 635
Otro venía después.
   A la incierta luz escasa
de un farol agonizante
se detuvieron delante
de una miserable casa. 640
   Salió una vieja al encuentro,
y a la falsa voz de «amigo»
abrió un estrecho postigo
y se cerraron por dentro.
   Entonces el embozado, 645
apoyado en el portón,
de los que habían entrado
oyó la conversación.
   ¿Sabes lo que se trató?
De engañar una mujer; 650
yo la acertó a socorrer,
y a vengarla vengo yo.
   Ella te adoraba, sí;
y pues su honor era mío,
a acabar el desafío 655
he venido sólo aquí.
ROMÁN
    ¿Me hablas a mí?
PEREIRA
La maté.
ROMÁN
¿Qué me importa?
PEREIRA
¿Por ventura
No la amabas?
ROMÁN
¡Qué locura!
Nunca tal imaginé. 660
PEREIRA
   Luego ¿tú la sedujiste
tan sólo por liviandad?
Y ella, ¿te amaba?
ROMÁN
Verdad.
PEREIRA
¿Es verdad?
ROMÁN
Ya lo dijiste.
PEREIRA
   No en balde para encontrarte 665
tanto tiempo me afané;
que me faltara pensé
el tiempo para matarte.
ROMÁN
   Si me matas, y ha de ser
por mano de caballero, 670
que lleves después espero
un adiós a una mujer.
PEREIRA
    Sí, por cierto.
ROMÁN
Júralo.
PEREIRA
Sobre aquesta cruz de oro.
¿La amas?
ROMÁN
No, que la adoro.
675
PEREIRA
Y ¿te corresponde?
ROMÁN
No.
PEREIRA
   ¡Estúpido! Loco estás.
¿Cuando vengo por tu vida,
de tu amante despedida
a hacerme correo vas? 680
   ¡Imbécil! La he de decir
que vives libre, contento,
y que en veinte años, en ciento,
no habrás de poder morir.
ROMÁN
    ¿Por qué, traidor?
PEREIRA
Porque así
685
hago más fatal tu estrella:
tu vida la enfada a ella,
y yo me vengo de ti.
 

(PEREIRA alarga dos espadas a ROMÁN, que toma una. Se baten: PEREIRA, con serenidad; ROMÁN, con impetuosa cólera.)

 
   ¡Seis meses pienso que hará
que nos quisimos batir! 690

 (Viendo que la rabia de ROMÁN crece.)  

¿Quieres matarme?
ROMÁN
Ó morir.
PEREIRA
¿Ó morir?
ROMÁN
Tanto me da.
PEREIRA
    ¿Te herí?
ROMÁN
No sé.
PEREIRA
Pues seguir...
ROMÁN
Combate a muerte.
PEREIRA

 (Dándole una estocada.)  

Ahí está!


Escena IX

 

ROMÁN, en tierra; LUISA, ALBERTO y PEREIRA.

 
LUISA
    ¡Dios mío!
ALBERTO
¡Un combate aquí!
695
PEREIRA
Señores, un desafío;
esto era negocio mío,
pero ya le concluí.
ALBERTO

 (Mirando el cadáver de ROMÁN con rabia.) 

    ¡Oh! ¡Le habéis muerto! Y ¿por qué?
PEREIRA
Por una deuda anterior. 700
LUISA
¿Una deuda?
ALBERTO
¿Era de honor?
PEREIRA
Por el honor le maté.





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