Ibérica por la libertad
Volumen 3, Nº 10, 15 de octubre de 1955

IBÉRICA es un boletín de información dedicado a los asuntos españoles y patrocinado por un grupo de americanos que creen que la lucha de España por la libertad es una parte de la lucha universal por la libertad, y que hay que combatir sin descanso en cada frente y contra cada forma que el totalitarismo presente.
IBÉRICA se consagra a la España del futuro, a la España liberal que será una amiga y una aliada de los Estados Unidos en el sentido espiritual y no sólo en sentido material.
IBÉRICA ofrece a todos los españoles que mantienen sus esperanzas en una España libre y democrática, la oportunidad de expresar sus opiniones al pueblo americano y a los países de Hispano-América. Para aquellos que no son españoles, pero que simpatizan con estas aspiraciones, quedan abiertas así mismo las páginas de IBÉRICA.
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La cosecha de regímenes dictatoriales que ha conocido el mundo moderno se explica perfectamente en cada caso como efecto de la conjunción de dos grupos de circunstancias: por un lado la aparición de un hombre ambicioso; por otro una serie de errores que comete la democracia liberal amenazada. De estos dos factores es más importante el segundo que el primero.
El error mayor de las democracias liberales consiste en que no suelen distinguir entre el fin que se propone y el camino para alcanzarlo. La esencia de todo liberalismo es que la mancomunidad debe gobernarse con el consentimiento de quienes la componen. Pero al afirmar este principio suele olvidarse una condición importante: el consentimiento tiene que ser espontáneo, ilustrado e informado, y cuanto más lo sea mejor y más completa será la democracia. El fin de toda democracia liberal debe ser progresar lo más posible por este camino. Pero no por eso ha de creerse que la mejor manera de lograrlo consiste en imaginarlo ya alcanzado y organizar la mancomunidad como si todos fueran ciudadanos perfectos de una democracia liberal perfecta.
Suele darse por sentado que el sufragio universal y directo es la institución que encarna el principio del gobierno por consentimiento de los gobernados. Pero ¿cómo negar que suele producir predominio de intereses de lugar o de clase sobre intereses nacionales y también causar un nivel relativamente bajo de rendimiento y eficacia?
Este es el punto de partida para los que rechazan la democracia liberal en favor de otro sistema. Pero ¿cuál? Puesto que el nuestro descansa sobre el principio de que el gobierno ha de apoyarse en el consentimiento de los gobernados, todo sistema distinto habrá de consistir en gobernar sin parar mientes en la opinión del país. Este tipo de gobierno suele decorarse a veces con el nombre de «autoritario». Nada más inexacto. La palabra autoritario viene de autoridad. Ahora bien, los dictadores disfrutan de mucho poder, pero lo que es autoridad, no tienen ninguna.
El poder de un gobierno puede descansar en una u otra de dos bases: autoridad o fuerza. La autoridad es precisamente el poder que una persona o institución disfruta por libre consentimiento de aquellos sobre quienes se ejerce. Así decimos que D. Ramón Menéndez Pidal es una autoridad en lingüística española y el Doctor Einstein una autoridad en relativismo, a pesar de que ni el uno ni el otro han recurrido a la policía o a la censura para imponernos sus opiniones. La autoridad es pues facultad exclusiva de los gobiernos liberales. La autoridad cobra el poder del consenso espontáneo de los gobernados; el despotismo arranca el poder por medio de la fuerza física.
De aquí se desprende que las líneas de fuerza de un régimen corren hacia arriba en las democracias liberales y hacia abajo en las dictaduras. Viven las primeras de una fuerza moral que se eleva del pueblo hacia el gobierno; se sostienen las dictaduras por una fuerza física que de arriba abajo oprime al pueblo con todo el peso del gobierno. Pero este contraste no agota el problema; porque la fuerza moral es tan consustancial con la naturaleza humana que el dictador no tarda en darse cuenta de su importancia, ya que la necesita no sólo para manejar sino hasta para constituir su fuerza física. Le es indispensable un espíritu de disciplina y de lealtad para con su persona y régimen como centro y meollo de su policía y de su ejército: y claro es que cuanto mayor aquiescencia gane entre las masas menos difícil le será tenerlas sometidas a su poder.
Por estas causas, tarde o temprano, el dictador tiene que fabricar fuerza moral falsa. A tal fin reduce a la nación a un estado de aislamiento mental y moral tan completo como puede, reduciendo la entrada de noticias y opiniones a lo que pasa por las puertas del Estado. Así se explica que el primer acto de toda dictadura consista en poner la mano sobre los medios de crear la opinión pública o de influir sobre ella: prensa, radio, televisión. Toda alternativa a la democracia liberal viene obligada por lo tanto a establecer el monopolio de opiniones y noticias. Desde el tiempo de Lenin, iniciador y modelo de todos los dictadores modernos, el primer acto del déspota ha sido siempre apoderarse de la prensa y de la radio.
Las consecuencias sobre el rendimiento político de todo régimen dictatorial son desastrosas. A decir verdad la eficacia no es en sí una categoría política; antes sería comparable a un don que ciertos pueblos poseen en mayor grado que otro. Ni es tampoco idéntica de un país a otro esta cualidad. Tanto los alemanes como los ingleses son eficaces; pero los alemanes deben su eficacia a un don que tienen para manejar cosas, y de aquí, su técnica; mientras que los ingleses más bien la deberían a un don que tienen de manejar gentes y de aquí su espíritu de equipo. Sobre estas calidades naturales vienen a actuar en tal o cual sentido los regímenes va sean liberales ya despóticos.
La pretensión de las dictaduras a sobrepasar a las democracias en eficacia política no resiste ni al análisis ni a la prueba de la experiencia. Al centralizar el poder, las dictaduras desde luego logran dar una primera impresión de eficacia. Queda reducido o suprimido el margen de libre juego local que las democracias toleran y hasta estimulan; y todo, al parecer, logra mejor y mayor ajuste. Se suprime el derecho de huelga y la fábrica tiende a semejar un cuartel. Pero pronto se echa de ver que la pérdida es mayor que la ganancia. Despojados de su iniciativa, los dirigentes locales pronto aprenden a sacudirse toda responsabilidad echándola cada uno al escalón superior. Pronto la labor que hay que hacer en el centro y ápice rebasa la capacidad de los mandamases. La periferia sufre parálisis y el centro congestión cerebral. Los errores que bajo el sistema liberal se ventilan en público y se corrigen, en las dictaduras se pudren bajo una capa de silencio y oscuridad. En esta oscuridad se cría pronto la corrupción, peligro y enfermedad inevitables de toda dictadura.
Así pues aun desde este punto de vista relativamente modesto de la eficacia política queda condenada por el análisis y por la experiencia toda forma de gobierno que no se apoye en el consenso espontáneo de los gobernados. Pero ni qué decir tiene que, aunque la conclusión hubiera sido contraria, aunque el análisis y la experiencia hubieran demostrado que las dictaduras realizaban mayor eficacia política que las dictaduras realizaban mayor eficacia política que taduras1 puesto que una mera mejora en la eficacia política no podría jamás admitirse como compensación para la pérdida de libertad.
SALVADOR DE MADARIAGA.
Al entrar en la Zona española la primera impresión que uno tiene es tan fantástica como engañosa. Así se nos aparece Tetuán gozando de mucha más libertad que Madrid, Barcelona o Bilbao. Los kioscos venden abiertamente periódicos que están prohibidos en España, como por ejemplo Franc-Tireur y France Observateur (que, según parece, llegan a Tetuán procedentes de Marruecos francés y no de Francia). Se publica también un periódico árabe -Al Umma (El Pueblo)- que es un órgano del Istiqlal, disfrazado aquí como partido Islah (Reformista) que no se somete a la censura. Y lo más increíble: un vendedor ambulante de libros exhibía en la acera de una de las principales calles publicaciones de los distintos grupos comunistas y anarquistas españoles, ocupando puesto preeminente la versión española de Los Sindicatos soviéticos de Lozovsky, aparecido en Barcelona en 1938.
Mas, claro está, que el Marrueco español no forma parte del «Mundo libre» igual que la propia España de Franco, a pesar de lo que digan ciertos periódicos, ciertos senadores y algunas agencias de información norteamericanas. Porque, igual que en España, se puede hablar cuanto se quiera e incluso se permite también expresar algo por escrito, pero el estado policiaco tiene buen cuidado de que no se convierta las palabras en hechos. En Tetuán y en otras ciudades de la zona abundan espías y delatores que siguen métodos calcados de malas películas de detectives.
Un indicio de la situación del Marruecos español es que Franco comparte, hasta cierto punto, el gobierno de la Zona con el Alto Comisario. Este siempre ha gozado de cierta independencia en el desempeño de su cargo. El actual Comisario, general Rafael García Valiño, es un hombre relativamente joven, del que se dice que posee ambiciones políticas. Se rumorea que no le desagradaría suceder a Franco. Al regresar de un reciente viaje a Madrid refutó en términos concluyentes los rumores de su dimisión. Sea como quiera él ha ocupado el cargo durante un periodo más largo que cualquier otro de sus predecesores y ciertamente considera la Zona como su feudo.
Pero ha heredado los frutos de la política seguida por los que le antecedieron en la Alta Comisaría. La labor de España en Marruecos no fue nunca fácil. Su zona comprende las tierras más pobres y las tribus más bravas. Ahora bien, una vez pacificada la Zona el ejército español obtuvo beneficios considerables. Los generales hallaron allí centenares de miles de guerrilleros dispuestos a obedecer a cambio de un plato de rancho, y así por enésima vez en la historia Marruecos se convirtió en la base militar para la conquista de España.
En comparación con la francesa la Zona española ha gozado de ciertas ventajas. España tiene vínculos históricos muy antiguos en Marruecos. La aristocracia de Tetuán y de Larache se compone generalmente de familias descendientes de moriscos, cuyas afinidades sentimentales con España han sobrevivido a la forma de expulsión. No hay colons en la Zona española. Su tierra no basta para alimentar a sus tribus y por consiguiente mucho menos a colonos españoles. Los españoles viven en las ciudades. Ceuta y Melilla forman parte de la España metropolitana y son ciudades hispanas trasplantadas a África. Sólo cuentan con reducidas minorías musulmanas. En Tetuán, Xauen, Larache y otras poblaciones del Protectorado hay españoles y marroquíes, pero no viven separados ambos pueblos; algunos españoles pobres viven en distritos musulmanes y ciertos intelectuales marroquíes viven entre españoles.
Las actividades políticas de la población musulmana no han sido prohibidas, probablemente como consecuencia de un táctico acuerdo entre Franco y sus partidarios marroquíes. Estos pueden conseguir el ascenso a las más altas graduaciones del ejército español: el general Mohamed ben Mezian es Capitán general de la región militar de las Islas Canarias. Además siempre han sido tolerados grupos políticos como por ejemplo Unidad Marroquí y Camisas Verdes, aunque no sea más que para crear dificultades a los franceses. Lo que jamás se ha consentido es ninguna amenaza a la soberanía española en la Zona, si bien incluso a este respecto se ha observado recientemente una inesperada flexibilidad. Uno de los redactores de Al Umma es un tetuaní que había sido jefe de la propaganda de Istiqlal en los Estados Unidos. En 1947 fue expulsado de la Zona española por haber presentado a las Naciones Unidas un memorándum sobre el trato a que era sometida la población indígena. Se le invitó a regresar a la Zona hace un par de años para colaborar en Al Umma y aceptó únicamente con la condición de que el periódico no estaría sometido a la censura. Con gran sorpresa por su parte se aceptó su petición, pero con la condición de que él y sus amigos se harían responsables de todo lo que en el periódico se publicara. Hasta ahora no han surgido dificultades, incluso cuando Al Umma publicó la traducción íntegra de los artículos que sobre Marruecos escribió Edmund Stevens en el periódico americano Christian Science Monitor, en los que se habla de manera bastante dura de la Zona española.

Las autoridades españolas en Marruecos siempre han tratado con todo respeto -algunos dirían que con demasiado respeto- la soberanía de Mohamed Ben Youssef a quien siempre han considerado como el soberano legítimo de la Zona. Además el Sultán depuesto es muy popular aquí, su retrato se vende y exhibe con frecuencia y su nombre se sale mucho en las conversaciones. En cambio su representante personal en la Zona -el Khalifa- cuyo poder es tan insubstancial como el de su maestro, generalmente es llamado «un decorado».
El partido político marroquí más importante es el Islah, que es una mezcla casi tan extraña como la Falange, tiene su origen en las Camisas Verde de Abd-el-Khalek Torres, un marroquí de madre española, cuya inspiración le ha llegado claramente de Falange. Pero tuvo que pasar algunos años exilado en Egipto, probablemente porque había pecado contra uno de los mandamientos más preciosos del Fundador: «Sólo vestimos un hábito: La camisa azul». Ahora está en Tetuán desempeñando el cargo de ministro de Asuntos Sociales, hablando mucho y no haciendo nada; está completamente desacreditado y recientemente ha sido atacado por Radio Cairo como «Español». Su regreso ha sido ciertamente una maniobra política muy acertada del general García Valiño. En este interregno su partido se ha convertido en una sucursal del Istiqlal, así pues su liderato es una farsa.
Sobre los dos restantes partidos no hay mucho que decir. El único rasgo interesante de la organización Unidad Marroquí, a cuya cabeza está Mekki en Nasiri, es que va más contra Francia que contra España. Existe también un pequeño grupo llamado Maghreb al Horr, cuya posición se puede describir sin cometer una injusticia como «más católica que el Papa». No es pues sorprendente que sus puntos de vista sean citados profusamente por las publicaciones oficiales. Para acabar con la política musulmana de la Zona hay que anotar que la intención de crear un gobierno indígena, tan frecuentemente proclamado por autoridades franquistas, está más próxima a su realización de lo que generalmente se piensa. Actualmente existe ya ese gobierno en embrión con Abd-el-Khalek Torres y los ministros musulmanes de Educación y de justicia, esos dos hombres jóvenes toman su trabajo más en serio que el viejo virtuoso.
El tercer elemento de la población de la Zona, los judíos, han concentrado sus esfuerzos sobre los asuntos económicos más que sobre los asuntos políticos. Cuando traté de comprobar el rumor de que Franco pudo inaugurar su «Cruzada» por haber recibido ayuda financiera de la comunidad judía de Tetuán, me contaron que dicha ayuda era una «demostración espontánea». Sin embargo, es indudable que la población judía de la Zona española ha gozado de una inmunidad completa contra los actos de antisemitismo, aun en los tiempos en que Hitler estaba en su zenit. Pero ahora hay una sensación que flota en el aire de la mellah (barrio judío) de que este inmunidad va a terminar pronto. En parte sería a causa de los acontecimientos en el cercano oriente, pero quizá también porque ha surgido algo en la misma zona que ha sido la mayor sorpresa de mi visita.
Cuando bajé del autobús que me había traído a Tetuán un muchacho de unos doce años me gritó: «Deutscher, Araber-Bruder, egal. Franzos, nix gut» (Alemán, Árabe, hermanos iguales. Francés no vale nada). No le desengañé y fui un alemán durante el tiempo que estuve en Tetuán. Por el muchacho y por sus amigos me enteré de que Alemania era la nación más popular entre los marroquíes. Algunos de ellos habían estado en Alemania y uno había estado a las órdenes del general Faupel, el Nazi que fue promotor de la «Hispanidad». Otros han sido influenciados por los alemanes residentes en Marruecos español, uno de ellos es gran terrateniente y pilar de la Falange; otro es agente consular oficioso del gobierno de Bonn, y seguramente también están influenciados por los turistas alemanes que ciertamente les tratan con menos altivez que los ingleses y norteamericanos. Pero el aspecto más serio de la cuestión es que Alemania se ha convertido en una especie de país de ensueño para los marroquíes. Al alemán se le considera como un hermano mayor que va a arreglarlo todo y hasta ha habido quien me ha confesado su deseo de (otro Hitler para acabar con los españoles.
En cuanto a los Estados Unidos no son demasiado populares. Hace algún tiempo se habló de una base americana en Larache, pero ofreciendo La Rota, un sitio muy superior y a diez minutos de vuelo, se abandonó el proyecto. El impacto directo de los Estados Unidos ha sido hasta ahora bastante leve y la causa más importante de su falta de popularidad parece residir en la política que persigue Washington en el África del Norte. Cuando el Vice-Cónsul americano en Argel dijo que los Estados Unidos deberían ofrecer al colonialismo francés ayuda y apoyo sin reserva ninguna, la estimación de su país en el Marruecos español bajó casi a cero. El prestigio americano también sufrió cuando un renombrado boxeador de la Zona, Ben Barek fue expulsado de un restaurante neoyorkino de una manera bastante espectacular por ser «hombre de color». Pero, hablando en términos generales, los Estados Unidos no inspiran sentimientos profundos a los tetuanís.
Y, ¿qué de Francia? Eso ya es otra cosa. Primero porque la situación en las dos zonas está confusamente mezclada. Un ejemplo que casi es grotesco lo explicará. Ralph Forte, jefe de la oficina madrileña de la agencia de noticias UP, que es una de las mayores fuentes de mala información sobre España, está ligada periodística y financieramente a la agencia oficial EFE, visitó Tetuán en Enero 1955. Un miembro del Istiqlal le ofreció la historia, completamente documentada, del contra-terrorismo francés en Marruecos, que después produjo una gran sensación periodística y política con el informe Wybot. Forte pasó una noche entera tomando notas, pero no se publicó ni una sola línea. Sería muy interesante saber por qué.
Pero lo que es mucho más serio es que la Zona española ofrece a los terroristas armas y refugio. Los programas árabes de Tetuán no son menos antifranceses que los que vienen del Cairo. Y, como me dijo uno de mis informantes tetuanís, no sin alguna ironía, es inútil que el gobierno francés haya cerrado las Radios Republicanas españolas en Francia y haya enviado a España al Barón de la Tournelle «a besar las manos de los curas para cambiar esta situación. El apaciguamiento no paga».
Entre tanto Tetuán no oculta su punto de vista que es también el de Madrid. España dice que Francia no tenía derecho a deponer a Mohamed Ben Youssef sin previa consulta con Madrid. Naturalmente Franco saca el mayor provecho de este argumento. Quiero citas aquí un extracto del artículo «Las uvas de ira van madurando en la Zona francesa» que el semanario oficial El Español publicó en el segundo aniversario de la deposición del Sultán:
| (El Español, 27 de Agosto de 1955. Los puntos de admiración están en el original. | ||
La España de Franco se ha proclamado muchas veces campeón de nacionalismo marroquí y aun del nacionalismo de todos los pueblos de habla árabe. Los líderes del Istiqlal que no han emigrado al Cairo o a Damasco viven en Madrid, y en la misma América nunca falta un agente del Consulado español cuando un portavoz del Istiqlal toma la palabra en una reunión pública.
Cuando hay ocasiones en que las palabras son más claras que los actos hay que citarlas, por eso prefiero transcribir en lugar de discursos oficiales la descripción de un mapa del Marruecos español que circula por toda la Zona. Es un mapa de tipo medieval decorado con letreros como los siguientes: «La oscuridad del materialismo moderno está iluminada sólo por el faro de la civilización hispano-árabe» y «Ningún acuerdo internacional puede cortar en dos el alma de un pueblo». Y entre las dos Zonas se marca una «Frontera provisional».
GEORGE DENNIS.
A la altura de hoy todos los aficionados conocen al detalle la obra de Manuel de Falla; lo que ella supone en el desarrollo de la música española. No parece pues necesario volver a hablar de su carrera como compositor pero, cuando se da la ocasión de hablar del más grande de nuestros músicos contemporáneos puede ser interesante poner algunos puntos en claro. Nacido en Cádiz, a la orilla del Atlántico murió en la otra orilla en un pueblecillo de la República Argentina, voluntariamente desterrado para no verse obligado a ver las glorias que se intentaban meterle por los ojos quienes apenas murió y con el consentimiento del gobierno correspondiente se apoderaron de su cadáver en un tren de especulación. Conozco como fueron los últimos momentos de Manuel de Falla porque un testigo presencial, el maestro Juan José Castro que estuvo recientemente en México para dirigir la orquesta sinfónica de este país, me contó todos sus detalles autorizándome a contarlos de palabra o por escrito como ahora lo hago.
Falla, que había dispuesto que se le enterrase donde murió, en una caja de pino sin adornos, flores ni discursos, se habría indignado de haberlo podido al verse medio sepultado va en un monumento funerario para nuevos ricos, flanqueado por cuatro bomberos de la municipalidad bonaerense en su atuendo de soldados romanos, sentados en las cuatro esquinas del sepulcro de Cristo. Falanges diplomáticas de la España franquista irrumpieron en el chalet de los Espinillos, en Alta Gracia, donde Falla murió. Se apoderaron de todos sus papeles que sellaron, incluso de partituras y manuscritos del propio Castro. Pusieron una especie de guardias de Corps, femeninas y caritativas, que imposibilitaron a María del Carmen, la hermana de Falla, de todo movimiento, incluso el de contestar a los amigos lejanos. No por movimiento natural de ella pues a la vista tengo una carta de Falla fechada el 26 de febrero de 1943 donde me envía los afectos de María del Carmen y me comunica su traslado a Alta Gracia «donde añade su deseo de que nos veamos pronto».
En México recibí varias cartas suyas hablándome cariñosamente de varios trabajos, de asuntos personales, de su mala salud y de sus precarias condiciones económicas, que, por otra parte, no eran novedad en su vida, siempre extraordinariamente modesta, en Madrid, en París o en Granada. En estos años de destierro, Falla no desmintió el afecto que nos unió sin alternativas desde 1914 hasta 1936, reiterado más tarde, todavía encendido el cielo de España, cuando comenzó a escribirme desde la República Argentina.
Sobre Manuel de Falla se han dicho muchas tonterías y falsedades, antes y después de su muerte. Ahora es el momento oportuno para decirlas con toda la prosopopeya que requiere el oportunismo bien administrado. Pero herradura que chacolotea, clavo le falta. De todas las verdades que pueden pregonarse, las que lo son menos son las verdades a medias. Es posible que escritores más o menos desconocidos pretendan reivindicar para ellos y para sus partidos políticos lo que es patrimonio ajeno. Es posible, pero es miserable. Así lo hacen en Madrid ante el cadáver todavía caliente de Manuel de Falla. Aun con repugnancia es necesario poner las cosas en su lugar.
Ya en 1926 un crítico alemán (¡alemán!) decía en un artículo sobre Falla que «España no comprendió a su gran hijo hasta que una propaganda activa devolvió su nombre a la muchedumbre». Veinte años después, el crítico alemán habría estado tan oportuno como quienes ahora reivindican la prístina gloria de Manuel de Falla en cierto periódico que se imprime en Madrid en las mismas prensas que fueron de El Sol y en las que durante casi treinta años se ensalzó, frente a la indiferencia y hostilidad de otros sectores, lo que fue constituyendo la carrera musical de Falla. Se dijo recientemente que una revista roja «archiintelectual» («archiintelectual», pero roja) lo denostó en años de guerra. Mal argumento es esgrimir lo que se dijo, en un sentido o en otro, en medio de la contienda. De cualquier modo, durante la guerra desaparecieron en Madrid las revistas «archiintelectuales» y las otras. Las dos más «archis», la Revista de Occidente y Cruz y Raya eran ardorosamente «fallistas». Como hay en México colecciones de la primera, es posible ver varios artículos sobre Falla, amén de que están recogidos en libros. De la segunda, católica, aunque creo que «modernista», era Falla uno de sus colaboradores. Uno de sus artículos sobre Wagner (a quien detestaba) avivó, ya en fecha tardía, los odios que había levantado en la parte más atrasada de la afición de la profesión y de la crítica reaccionaria (en los diarios derechistas, por supuesto) desde que en 1914 volvió Falla haciendo público y reiteradísimo su francesismo, su admiración por la República Francesa y, especialmente, por el «tigre» Clemenceau, a pesar de que la República Francesa no exhibía el crucifijo en las escuelas (ni tenía por qué, lo mismo que la española, pues que ambas no reconocían una religión de Estado). Su conferencia sobre la música nueva en el Ateneo de Madrid a fines de 1915, publicada al año siguiente en la Revista Musical Hispano-Americana, (que yo hacía en aquella fecha temprana), y de la que hay ejemplares en México, puso sobre brasas a los reaccionarios, que pudieron irse tostando en los conciertos «internacionalistas» de la Sociedad Nacional de Música, de Madrid, fundada en 1915 por Falla y Miguel Salvador, recientemente muerto, con modestas colaboraciones como la mía. Fueron míos los primeros artículos que se publicaron a raíz del estreno de «El Amor Brujo» en 1915, en un tono de admiración no interrumpido un solo instante después y que, ya entonces, me valieron los primeros insultos entre la valiosa colección que me dedicaron, en varias décadas de labor crítica las mentes anormales y las voluntades enfermas. En sus castas, Falla terminaba con este «leitmotiv»: «Calma y serenidad». Que nunca me han faltado. Renové entonces con Falla mis estudios de composición musical. Conviví por ellos y por la más afectuosa amistad día por día con Falla durante muchos años. Si hay alguien que «se sepa de memoria» al gran maestro, tengo que decir que soy yo. Cuando veo las ínfulas con que otros hablan de su manera de sentir y pensar me da risa, porque no merece la pena indignarse, sino cuando se ve cómo se le hace banderín de banderías.
En la revista acabada de mencionar, Falla mismo reconocía aquella labor en un escrito publicado en julio de 1916. Un poco más tarde llega a París el estreno de «El Sombrero de Tres Picos». La prensa madrileña, por la pluma de sus dos más notorios corresponsales en la capital francesa, pública comentarios entusiastas acerca del estreno. Uno de ellos se produce... hasta en verso. Es Cipriano de Rivas Cherif en la revista España. El otro, que tengo a la vista, estaba firmado en La Libertad por... Manuel Azaña. Ni su amistad, ni la de ninguno de sus amigos de entonces fue desmentida jamás por Falla, preguntándome con ansiedad por aquellos viejos amigos de toda una vida.
Lo que se habla sobre sus viajes y sobre su voluntario destierro es de lo más pintoresco. Falla, que trinaba ante la política del Supremo Pontífice con los alemanes y los fascistas, nos decía solemnemente, cuando nosotros armábamos la gran algazara ante sus indignaciones, que el Papa solo es infalible cuando habla «ex cathedra», por lo cual él se sentía con toda libertad para sus juicios.
Nunca tuvo intención de visitar el Vaticano, pese a su catolicismo fervoroso, aunque a su modo. En septiembre de 1928 estuvo en Italia. Desde Siena me dirigió una tarjeta postal, que conservo aquí, firmada además por Casella, Tommasini y Malipiero, el primero, un tanto oportunista en su fascismo; los otros dos, nada. Falla paseó por Roma acompañado por Casella que, quizá por cierto semitismo, se negaba a pasar por debajo del Arco de Tito que conmemora la destrucción de Jerusalén. -Y usted, Manuel, ¿pasó? -No. Yo tampoco pasé.
Su supuesto deseo de ir a Tierra Santa no es sino una invención de Azorín, que así lo publicó en La Prensa de Buenos Aires, en un artículo titulado «Vida imaginativa de Falla». De lo imaginativo o imaginario, es testimonio un parrafito donde dice: «Desde que nació no ha salido Falla de su ciudad natal»... Jamás intentó ni deseó atravesar el Atlántico. En 1925 le hicieron desde Nueva York un ofrecimiento ventajoso para que dirigiese allí la representación de «El Retablo de Maese Pedro», hecha con títeres, y declinó la oferta, por que sentía por el mar el horror gitano (decía él) ya expresado en la primera versión de «El Amor Brujo», donde se dice que el mar «suena porque lo mueve el viento, y habla como los condenaos, sin licencia de Dios». Cuando tuvo que pasarlo en 1939 fue por razones muy diferentes. Es cierto que se le pidió «con toda la cortesía propia de las circunstancias» que escribiese cierta música militar en honor de los «triunfadores».
Lo del homenaje que la República iba a haberle tributado y que Falla habría declinado por aquello de los crucifijos en las escuelas (de España, no de Francia, a cuya Legión de Honor pertenecía, «malgré tout»,) es una patraña. Sirve de fundamento el hecho de que Falla no tomó nunca posesión de su puesto en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde fue electo (con su consentimiento, está claro) el 13 de mayo de 1929, según consta en la lista de miembros, impresa en 1930. Si Falla no tomó posesión no fue por su voluntad, sino por dos razones: una, su salud cada vez más delicada. Otra, por la oposición de sus presuntos colegas, flor y nata de la carcundería, que combatieron la elección y combatían la demora en la posesión, para lo cual esgrimían el argumento de que Falla había traslado su residencia fuera de la capital, cosa prohibida por el reglamento de la Academia.
Pero incluso Falla había redactado ya su discurso de entrada. Tengo aquí una carta del más solícito de sus amigos (amigo de las días pobres y de las horas de lucha), que padeció persecución por la allí llamada justicia, durante largos años hasta fecha reciente. La carta, fechada el 5 de noviembre de 1930 y a mí dirigida, dice: «...después de haberme instado mucho Manuel para que retrasáramos la ceremonia de su ingreso lo posible, quiere ahora que todo se disponga para el 8 de diciembre, con lo cual habrá que hacer desde luego las correcciones que estimaba yo necesarias en la parte de su discurso... y tendré yo que hacer la contestación para que luego intervenga la clásica comisión de censura de la Academia», etc.
En 1936, como en 1939 o entre medias, era muy fácil ya abrumar con laureles, presidencias, curules y demás parafernalia a quien entonces era célebre, y no por obra de los oferentes. Falta saber si Falla hizo en sus hispanísimos Consejos algo más de lo que hizo en la realísima Academia.
Aquí acabo, porque de otro modo podría seguir escribiendo una temporada. Pero diré, finalmente, que precisamente por ser tan cristiano como era, no pensaba Falla, ni por asomo, que levantar a Dios el pensamiento y el corazón en medio de una guerra fuese privilegio exclusivo de quienes la habían provocado. Ello hubiera sido tanto como entonar el «Gott mit uns». Pero de Falla puedo decir que no llegaba a eso.
ADOLFO SALAZAR.
Autógrafo de Falla. Primeros compases de la Jota perteneciente a las «Cinco Canciones Populares Españolas»
En el primer aniversario de su muerte Ibérica rinde cálido homenaje a su memoria como símbolo de las mujeres de la emigración española.
Conocí a Julia Yruretagoyena el año 1919 en la Residencia de Estudiantes, se incorporó ese año al equipo directivo como sub-directora de la Residencia Femenina. Parecía mujer de unos 30 años. Llevaba un niño de cinco años, su hijo León. Yo empezaba mis estudios de Derecho.
Hacía tres años que había perdido su marido, Tomás Meabe, en circunstancias bien dolorosas. Meabe pertenecía a una familia bilbaína tan acaudalada como retrógrada, de la que desertó por motivos ideológicos: su simpatía por las ideas socialistas le hicieron tomar camino opuesto. Su lucha comenzó muy joven y llegó a fundar en Bilbao las juventudes Socialistas, base de todas las asociaciones de ese tipo en España. Conoció en Irún al prócer del republicanismo vasco D. León Yruretagoyena, del que un día se tendrá que dibujar su ejemplar personalidad, hizo amistad con la familia y poco tiempo después se casó con su hija Julia. La familia Yruretagoyena gozaba de larga tradición liberal y republicana, D. León, el padre, había sido elegido, en su representación de republicano, concejal del Ayuntamiento de Irún durante 20 años, antes del advenimiento de la República, es decir, durante la monarquía; en todos ellos representó como Alcalde a la villa. La familia Yruretagoyena era respetada y querida en toda Guipúzcoa, no sólo por representar una de las ramas de más prestigio liberal de la provincia, sino por su actuación ejemplar. No le fue difícil a Meabe elegir compañera.
Casados marcharon al extranjero y durante tres años Julia de Meabe, que había vivido en el confort y en la abundancia, conoció toda clase de privaciones y trabajos, sin que su familia tuviera nunca el más leve indicio de esa situación. Meabe ganaba su vida difícilmente, como todo luchador idealista e intelectual: traducciones mal pagadas, artículos en prensa limitada por los que recibía remuneraciones insignificantes -cuando las recibía- esos eran sus ingresos. Julia y Tomás vivieron en Francia y en Inglaterra, países en los que el trabajo intelectual era algo mejor pagado. Tomás enfermó y a los tres años de haber contraído matrimonio murió en Madrid en la pobreza más severa. Muerto Meabe su mujer volvió a Irún a la casa paterna.
Allá en Irún pudo vivir con su familia, nada le faltaba, pero quiso bastarse a sí misma y a su hijo y darle a éste una formación más sólida de la que ella consideraba que podía obtener en una provincia. De Irún fue a la residencia de Estudiantes con su niño de cinco años.
En un medio estudiantil una persona recién llegada que no pertenece a la masa, que viene a «mandar», es motivo siempre de una minuciosa y malintencionada observación. Julia ganó sin el mínimo esfuerzo todas las voluntades. Tenía esa serenidad que deja el atravesar, habiéndolo superado, un gran dolor; tenía una recia dulzura, una sencilla y real elegancia de maneras y una perfecta ecuanimidad en su trato con la masa estudiantil, a la que unía la cordialidad; todo esto unido a un equilibrio ejemplar en sus decisiones y a una inteligencia humana y sensitiva. Rápidamente la situamos en el límite más alto de nuestra estimación. Su prestigio entre la masa estudiantil no hizo si no crecer en el transcurso de los años.
Y aquel niño de cinco años, observador, reservado, con un no sé qué de fascinante, venció la avalancha diaria, la ola de simpatía que las muchachas lanzaban contra él. Acababa yo de pasar por el dolor más intenso de mi vida, la pérdida de mi madre, y me tenía alejada de todo. Pero el niño León Meabe venía derecho a donde yo me encontrara. Rápido, antes de terminar las comidas -que todos hacíamos en común- corría a retenerme cogiéndome del brazo para que no me escapara. Fui para él la compañía predilecta, él fue para mí el afecto que mi espíritu en aquellas circunstancias necesitaba. Esto constituyó la base de la amistad fraternal y entrañable que nos unió a los tres. La muerte sólo ha podido romperla.
A la Institución Libre de Enseñanza fue León, por voluntad de su padre y por decisión de su madre que quería para él una formación de libertad y tolerancia. Desde esos tempranos comienzos escolares el niño iba solo a la escuela, su madre quiso darle desde sus primeros pasos una libertad responsable, él por otro lado no admitía ya, ni a esa tierna edad, tutelas ni protecciones. Pero no fue esta una medida que tomara su madre sin un gran esfuerzo de voluntad: sensible, pero consciente puso en juego todas sus energías. Así, primero con angustia contenida y con satisfacción después, fue iniciando a ese niño por el camino de la responsabilidad. Nada le prohibió, pero todo lo temía siempre: miedo a perder el motivo de su vida, presentimiento... no sé.
Pasaron los años, fue necesario dejar la tarea de la Residencia de Estudiantes, León se hacía adulto y debía cambiar de ambiente. Julia entró a trabajar en la Delegación de la Oficina Internacional de Trabajo en Madrid. Se bastó siempre a sí misma para hacer de su hijo un hombre. Acababa el muchacho sus estudios de Ciencias Químicas cuando estalló en España la sublevación militar en 1936. No pertenecía a partido político alguno, pero lanzada la rebelión se creyó en el deber de ingresar en el partido socialista. Se puso al frente de un laboratorio de material de guerra. Una explosión ocurrida en el laboratorio le costó la vida. Tenía 25 años.
Tres días antes del accidente fatal cenábamos los tres en casa -hacía días que no lo veíamos, trabajaba y vivía en su laboratorio- su madre y yo le insistimos, visto el aspecto que tomaba la guerra en Madrid, para que saliera, par a que trasladara el laboratorio, ya que podía seguir su labor en cualquier otro sitio. Se negó diciendo que quedaría allí mientras no saliera el último de sus compañeros. La catástrofe le dejo allí para siempre.
Los que han conocido a esta mujer, de la que pretendemos trazar sólo un bosquejo, saben que mis palabras se ajustan a la más rigurosa verdad si digo que el motivo y razón de su vida era ese hijo: nada es posible decir de Julia sin hablar de él. Con ese dolor siempre vivo en el alma no se le ha oído nunca un reproche ni contra personas ni para ciertos acontecimientos ni al ocurrir el accidente ni después. La tragedia quedó en su fondo minándola.
Los amigos nos preguntábamos: «Qué hacer con esta mujer?». Se le obligó a salir de España, a ella y a sus padres. Emprendieron el camino de Francia sin otro equipaje que los imprescindibles efectos personales. Allá en Madrid quedaron las viviendas intactas. ¡Cómo pensar en objetos cuando seguían cayendo gente que luchaban por un ideal!
En Francia quiso seguir prestando servicio a la causa republicana y lo prestó. Terminaba la guerra había que hacer frente a un futuro sin esperanzas, pero delante de ella se erguía la obligación para con sus ancianos padres. Perdida la razón de su vida se sumergió en ese deber. Con sus padres marchó a México y con el resto de su familia, en total siete personas. Su salud estaba ya quebrantada, yo le propuse quedar en Francia y tuve este respuesta: «Yo no puedo dejar marchar a mis padres ancianos aunque lleven otra hija con ellos: lo que sea de ellos será de mí».
En México pasó la familia grandes estrecheces y han vivido todos en una austeridad franciscana. Julia siguió luchando contra el destino, dio clases de idiomas a particulares y en escuelas, trabajo en todo cuanto pudo trabajar dignamente; últimamente tuvo un puesto de confianza en una casa editorial. Su precaria salud no le impidió ser el sostén de los suyos durante la vida de sus padres y después. Así siguió hasta que los médicos aconsejaron suspendiera todo trabajo, mucho tiempo hacía que toda actividad en ella constituía un serio peligro. Pero su obsesión era bastarse a sí misma y a los suyos. Le obligamos a tomar un descanso en una pequeña ciudad mexicana. Ya no pudo volver más a la vida activa. Sus amigos nos esforzamos en presentarle ese descanso como transitorio, pero era demasiado inteligente para dejarse engañar sobre la situación: ella sabía que aquel lugar era su último refugio.
Amigos particulares y correligionarios de su marido contribuyeron a su sostenimiento. Hacía amigos incondicionales en cualquier sitio donde fuera, pero me consta que sufrió mucho en su soledad, en la soledad de ese retiro impuesto en el que su vida se encerraba en el pasado, en ese pasado al que nos queremos acoger en ciertas circunstancias y el que ha huido ya de nosotros irremediablemente.
Cierro estas líneas con dos notas tomadas de un antiguo cuaderno de nuestra amiga, ellas dicen más que podamos decir nosotros por muchas páginas que se escribieran. La primera acusa su íntimo estado espiritual y la lucha que sostenía por mantenerse firme: «Soy lo que puedo y lo que no puedo y yo quisiera ser solamente lo que puedo». La otra es la expresión más profunda y fina del supremo dolor que celaba su alma, la pérdida de su hijo: «Es duro vivir en países que no lo han conocido. Montañas, árboles, cielos que no me hablan de él, que nada tienen que decirme».
VICTORIA KENT.
Me ocurría con sus «Cipreses»2 algo que raramente le sucede a un lector: dudar entre clasificar a su autor en la categoría de los que son tan hábiles como mal intencionados, o en la de los que son tan ingenuos como llenos de buenas intenciones. Y el hecho de que le escriba demuestra que ya he salido de la duda.
Había leído su libro hace un puñado de meses. Mi conclusión fue, entonces: Gironella finge ser objetivo para hacernos aceptar algunos puntos esenciales que interesan al régimen al cual defendió durante la guerra española: la amenaza comunista, la descomposición de la República, el separatismo de los catalanes. ¿Qué importa que las derechas provincianas españolas queden ridiculizadas, que los militares no corran mejor suerte, que incluso se presenten a figuras de izquierdas como simpáticas? Esto es sólo la capa de dorado que se pone a la píldora de las «verdades ocasionales» sobre las cuales el general Franco apoya la justificación histórica de su régimen. La impresión general de quien acaba de leer el libro es la misma que una vez el general Franco declaró a un periodista inglés: «Los españoles no están preparados para la democracia».
Hace un tiempo, la revista Preuves, de París, publicó una crítica de su libro en la cual se decía que su manera de presentar a los falangistas «no era precisamente ditirámbica», se hablaba de que no estaba usted en olor de santidad con el régimen y de que en el libro se daban pruebas de un evidente deseo de objetividad, de imparcialidad. Envié a Preuves una carta indicando lo mismo que acabo de explicarle como resumen de mi primera lectura del libro.
Pero no soy ahora como era hace veinte años. No quedé tranquilo. Releí el libro, acaso impulsado por este deseo de diálogo que se va abriendo a luz entre los que escribimos, tanto fuera como dentro de España.
Y ahora, después de la segunda lectura, ya no estoy tan seguro de mi juicio inicial. Pero, si queremos hablar sobre los «Cipreses», -y yo quisiera establecer en torno al libro un diálogo, de ser posible público-, una pregunta se presenta inmediatamente. Esta: ¿cómo explica usted (usted y no su editor o el censor), que los «Cipreses» fueran autorizados por la censura, la triple censura por la cual debieron pasar como cualquier otra cosa impresa que en España adopte la forma de libro.
Porque ni el estilo es muy clásico -y esto me alegra-, ni para un occidental la religión sale muy bien parada, ni la Falange, (por lo menos a los ojos del crítico francés) recoge los ditirambos consuetudinarios.
¿No se ha hecho usted nunca esta pregunta? ¿Y no le ha extrañado que el libro pudiera aparecer en esa misma España que no autoriza una novela de Camilo José Cela, por ejemplo? Para mí es evidente que ni la censura religiosa encontró que se ridiculizara a la religión, en su libro (cosa que cualquier lector de fuera de España encuentra), ni la censura política dejó de hallar los ditirambos a la Falange que eran de rigor en una obra como la suya.
Entonces, ¿qué concluir? Lo que me hace desear el diálogo -y lo que, a la vez, me incita a no hacerme muchas ilusiones-, es justamente la única conclusión a que he podido llegar: que al escribir su libro, no tenía usted el menor deseo de ridiculizar a la religión, y que al hablar de la Falange lo hacía usted en tomo ditirámbico. El hecho de que, fuera de España, la cosa haya sido interpretada exactamente al revés, ¿no ha de decirnos nada? ¿Nada significa que lo que a sus ojos no aparece ridículo, lo sea a los ojos de alguien que vive fuera de España? ¿Nada, que los elogios se lean, más allá de los Pirineos, como burla o crítica?
No conozco su actual posición política -y en el fondo me interesa poco. Conozco su rarísima habilidad de novelista, porque los «Cipreses» -con todos los defectos técnicos que los críticos le señalan al libro-, es una de las pocas novelas sobre un tema fundamentalmente político que no resulta una novela rosa... aunque acaso me adelanto al hacer este juicio, pues todavía puede salirnos el segundo o el tercer volumen con el triunfo absoluto de los buenos y la derrota de los malos... por más que en este primer tomo, los únicos buenos, buenísimos que logro encontrar son los «camisas viejas». Dicho sea de paso, tengo cierta curiosidad por ver si cuando se refiera a la ejecución de José Antonio Primo de Rivera, contará usted la verdad acerca de ella (es decir, que se hizo en contra de las órdenes gubernamentales) y sí dirá que Primo de Rivera dejó un testamento condenando al Glorioso Alzamiento Nacional y poniendo en guardia contra él a sus adictos... y eso cuando ya sabía que iban a fusilarlo.
Pero ahí sale una palabra que es siempre peligroso emplear, cuando se aspira a entablar un diálogo: la verdad. Lo terrible, lo inquietante, lo deprimente de su libro es que justamente, estando lleno de falsedades, no puedo decir que no sea verdad. Es, sin duda, la verdad del autor.
Lo que abruma, justamente, es que pueda existir esta verdad. Voy a explicarme. Ignoro cual es su edad. Imagino que aproximadamente la mía (a juzgar por ese Ignacio Alvear que tiene mucho de Gironella, ¿no?). Ahora bien, Ignacio, a los 18, a los 20 años, tiene una ignorancia de las cosas de la política, de los hombres, de las mujeres (ese terror por una simple blenorragia, aunque la palabra nunca se escriba), que en aquella España de 1931-36 sólo en muy pocos muchachos se encontraba. ¿Me equivoco si supongo que Gironella pasó por aquellos años con mucha indiferencia, sumido en otros problemas que los del país, y que fue sólo con la guerra o apenas antes de ella que comenzó a fijarse en la política, en la marcha de los acontecimientos?
Porque ésta es la única explicación que hallo para algunas de esas «verdades» del autor que a mis ojos de muchachos de 20 años en 1936 (un hombre de casi 40 ahora), aparecen como falsedades históricas flagrantes.
Unos ejemplos: es absolutamente falso que las autoridades republicanas, antes de 1936, prohibieran a los sacerdotes asistir a los entierros con cruz y todo lo demás. No es menos falso que los catalanes se arrodillaran cuando escuchaban una sardana. O que los anarquistas lanzaran a los obreros parados a incendiar bosques. O que antes de julio de 1936 se crearan lo que usted llama «Comisiones de Seguridad» (y con miembros comunistas, por añadidura). O que la masonería tuviera la fuerza que se le atribuye (aunque en esto, claro está, cabe la discusión).
La lista podría prolongarse. ¿Pero no le suena a usted esto como si en una novela de un exilado, pongamos por caso, se hablara en serio de los caramelos envenenados de la CEDA?
La impresión que todo ello produce es que se proyecta a la época de la República algún recuerdo vago -acaso un relato oído- correspondiente en realidad a la época de la guerra civil. Es decir, que si la novela refleja con un frescor que tiene, a menudo, un gran encanto, todo lo vivido: la familia, los amigos, en cambio, en lo referente a la política, se deja arrastrar por los rumores, las leyendas, los recuerdos confusas, que ahora, al parecer, sirven de historia.
¿Todos los catalanes eran separatistas? ¿Todos los anarquistas, unos hospicianos resentidos? ¿Todos los falangistas unos idealistas? ¿No había idealistas entre los ácratas ni resentidos entre los falangistas? Y, sobre todo, ¿dónde estaban esos comunistas tan curiosos que pinta en los «Cipreses», que pueden organizar por su cuenta la sección local del Partido, decidir de su programa, etc.?
No, a eso sí que no hay derecho. Son gentes que dieron la cara durante tres años, esos resentidos y esos separatistas. Los conocieron millones de españoles. Millones de españoles pertenecieron a esos grupos o confiaron en ellos. No se puede hablar de ellos, que ahora están -testamos-, sin voz en España, para presentarlos de distinto modo a como eran. No es justo ni es leal caricaturizar a gentes -poco importa su ideología-, a base del retrato oficial que de ellos se hace para las conveniencias de la propaganda del momento.
Ni los comunistas tuvieron ninguna fuerza, ni sus dirigentes podían actuar a su antojo, como Cosme Vila, ni los anarquistas incendiaban bosques, ni los catalanes eran separatistas ni se arrodillaban cuando oían tocar sardanas, ni la Falange tuvo jamás, en ningún lugar de España, a obreros auténticos en sus filas, ni los masones eran la fuerza decisiva en el país, ni éste se estaba disgregando.
Para cualquiera que recuerde a España entre 1931 y 1936 y compare la situación de entonces con la actual de Francia, de Italia o de Grecia, las diferencias no son grandes. Y a nadie se le ocurre decir que esos tres países europeos están disgregándose, que precisan de un «salvador», que no están preparados para la democracia... y eso que en ellos existen partidos comunistas que, a diferencia del de España antes de la guerra civil, sí son fuertes y numerosos.
Una cosa, a mi parecer, confirma que todos esos retratos del ambiente de izquierdas son artificiales, de oídas... (por favor, esa reunión de anarquistas a la que Ignacio asiste... ¿quién puede creerla?) Y es que si bien se esfuerza el libro en presentarnos una ascensión del Partido Comunista que nadie vio pero que ahora es obligatorio aceptar como un hecho, en cambio lo que hay en el trasfondo de la novela, constante, sordo, es el miedo a las fuerzas sindicales, que sí existían y sí inquietaban a ciertos grupos del país. Y eso, sin que el autor se dé cuenta, nos explica mucho mejor el origen verdadero del Glorioso Alzamiento Nacional.
Y hay otras cosas... ¿No le han contado nunca cómo fue fusilado Companys, ese hombre del cual dice, en la página 437, que «carece de autenticidad y del mínimo de seguridad en sí mismo»?
Ya no dudo, ahora, de su buena fe al escribir la novela, ni de su deseo de objetividad. Y esto es lo espantoso. Que hoy, en España, con buena fe, con el ansia de ser imparcial, cuando no se han vivido desde dentro las cosas que se cuentan, salgan como le han salido a usted en su novela: distorsionadas, caricaturizadas, con ternura humana pero sin comprensión. Se halló usted, en el fondo, en la misma situación de un ruso nacido en 1937 que quisiera escribir la historia de una familia de Karkov durante los procesos de Moscú.
Esto quiere decir que los únicos que todavía podrían mantener vivo el sentido de la historia, en España, entre los jóvenes, no encuentran con qué hacer la historia. La leyenda, la propaganda obsesional, la falta de polémica y de contradicción, han llegado a crear, al parecer, una verdad oficial de la cual no escapan ni siquiera los novelistas...
¿Se da usted cuenta de lo que ello significa? Una simple conversación con cuatro amigos que tengan buena memoria y algo de experiencia le hará ver que estas observaciones mías no son parciales. Y, si llega a esta conclusión -como lo espero- ¿qué hará usted? Consagrarse a buscar la verdad para sus otros tomos, o contentarse con la «verdad» -entre comillas-, que le sirven bien aderezada?
La pregunta no es capciosa. España no ha tenido su novela de la guerra civil. La necesita. Su libro no lo es -si lo hubiera sido, sinceramente, ¿cree usted que la censura lo hubiese autorizado? ¿Pero debemos renunciar desde ahora a que la continuación se acerque a serlo?
La pregunta misma muestra un interés superior al que pudiera expresarse con cualquier fórmula de cortesía. Y, pese a ello, es, créalo usted, el más cortés de los intereses.
VÍCTOR ALBA.
El señor Molotov, ministro de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética, ha declarado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas que «abogaba por el establecimiento, con la participación de los Estados Unidos, de un sistema de seguridad colectiva en Europa basado en los esfuerzos conjuntos de todos los países europeos, independientemente de sus sistemas sociales y políticos». El representante soviético se opuso al proyecto de Mr. Foster Dulles, Secretario de Estado de los Estados Unidos, de convocar una conferencia para la revisión de la Carta.
Terminada la sesión el Sr. Molotov concedió una entrevista al corresponsal en New York del periódico falangista español Arriba, en la que hizo las siguientes declaraciones:
Desde luego, España es también un país europeo. Puede Vd. decir que el pacto de seguridad europea que propone mi gobierno comprende a España, si ella desea adherirse. |
El corresponsal de Arriba ha presentado esta entrevista como casual y espontánea, pero esa interview ni la hubiese concedido el Sr. Molotov nunca sin poderosos motivos para ello ni el corresponsal de la prensa española hubiese tomado la responsabilidad de arriesgar una negativa «espontánea» del Sr. Molotov.
La aproximación de Rusia a España y de España a Rusia -esos movimientos tienen doble vía viene de lejos y está precedida de larga preparación. Recordemos las declaraciones del general Franco al editor del diario de New York World Telegram de 7 de junio de 1954 en las que manifestó «que las naciones interesadas en detener la expansión comunista deben interrumpir inmediatamente todo comercio con la Unión Soviética y sus amigos e ir a la creación de un Consejo Político y Económico que organice y dirija el embargo comercial contra todas las naciones comunistas».
En contraste con esa declaración recordemos los contactos comerciales establecidos ya, la repatriación de prisioneros de la División Azul, la participación de dos ingenieros soviéticos al Congreso Internacional de Rodamientos celebrado en Madrid en el mes de Mayo del presente año y no olvidemos el suministro de plomo y mercurio a Rusia por vías indirectas, denunciado por nosotros en el mes de junio de 1954.
Rusia quiere intensificar su comercio con España. España tiene productos de exportación a los que le interesa dar salida por la vía soviética, por ejemplo: lanas, tejidos catalanes que no puede exportar ni a Inglaterra ni a Francia por poseer ambos países ese producto en calidad excelente; frutas, cuya exportación al mercado inglés se ve restringida por la competencia de la fruta americana y la suprema materia española de exportación: el mercurio, materia valorada mundialmente y que codicia la Unión Soviética y, como consecuencia, a la que otorga un buen precio. Por otro lado la Unión Soviética ofrece a España petróleo y material para la industria pesada. Debemos subrayar que todas estas operaciones pueden estar basadas en el oro español que posee Rusia, lo que nos lleva a deducir que tanto para una parte como para la otra presenta un gran interés el establecimiento de relaciones comerciales y él es base de la aproximación hispano-soviética.
Estos son los verdaderos antecedentes de la entrevista concedida por el Sr. Molotov al corresponsal de la prensa española en New York, en la que, a nuestro juicio, el representante ruso ha reconocido de facto, y sin comprometer a su gobierno, a la España franquista. El general Franco busca en esa relación con la Unión Soviética no sólo la expansión de su mercado sino el trueque de sus productos por llegar a ocupar un sitio en el concierto de los países occidentales. Franco prepara al mismo tiempo el camino para su entrada en el nuevo organismo que se forme y evitará se le aplique el veto a su petición de entrada a las N. U. presentada ya oficialmente por el Sr. Erice, observador permanente de España en dicho organismo. Esta petición se formula mientras en Marruecos los guerrilleros árabes rebeldes de la Zona francesa están amparados por la Zona española y equipados con rifles automáticos americanos.
Rusia está dispuesta a ayudar a España porque, muy lejos de lo que algunos sectores republicanos españoles piensan, ella acrecienta con esa aproximación no sólo ventajas en su economía doméstica, sino positivas ventajas en su propaganda en España.
Si Franco va tras el oro que posee Rusia y tras su igualdad internacional, la Unión Soviética va al mejoramiento de su comercio y economía, pero moralmente conseguirá también un triunfo en España. Pronto veremos una dulzura en el trato a los comunistas españoles y unos prosélitos del partido comunista en España, no se olvide. Al fin y al cabo los regímenes totalitarios están hechos para entenderse, presenten la forma de totalitarismo que presenten.
España franquista y Rusia soviética
A los contactos extraoficiales establecidos desde hace tiempo entre la España franquista y la Rusia soviética, ha seguido el primer contacto oficial a través de una alta autoridad representativa del gobierno ruso, del ministro de Asuntos Exteriores Sr. Molotov.
El día 23 de Septiembre el Sr. Molotov concedió a título exclusivo una entrevista al representante de la prensa franquista en New York, Rodrigo Royo, entrevista publicada en el periódico Arriba de Madrid el día 25 del mismo mes. En esa entrevista, de la que la prensa norteamericana no ha dado cuenta, el Sr. Molotov declaró, en respuestas a las preguntas formuladas por el corresponsal lo siguiente:
Desde luego, España es también un país europeo. Puede Vd. decir a su periódico que en el Pacto de Seguridad Europea que propone mi gobierno incluye, desde luego, a España, si ella quiere participar. |
De estas declaraciones se deduce el reconocimiento de hecho de la España franquista por la Rusia soviética.
España y la ONU
Con ocasión de la reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas en San Francisco para conmemorar la fundación de dicha organización mundial, el Sr. Molotov inició un proyecto de admisión en bloque de dos grupos de países, uno compuesto por seis y otro compuesto por diez y seis.
Ante la Asamblea General celebrada el 23 de Septiembre último el mismo representante ruso sugirió la admisión del bloque de diez y seis países. El 2 de Octubre, antes de marchar a Rusia, el Sr. Molotov ha indicado al presidente del comité especial, Dr. Víctor Belaúnde de Perú, ampliar el grupo de su propuesta incluyendo otro dos países, Japón y España. Este grupo propuesto por el representante soviético incluye cinco países satélites suyos Bulgaria, Rumanía, Hungría, Albania y Mongolia Exterior, y además Austria, Italia, Finlandia, Cambodia, Laos, Ceylán, Irlanda, Jordania, Libia, Nepal, Portugal, Japón y España.
Los Estados Unidos están dispuestos a apoyar la entrada de Japón y España, así como de otros países comunistas, pero no están dispuestos a admitir la entrada de esos países en bloque. Con anterioridad a esta última propuesta de los rusos los E. U. han insistido en que no estaban dispuestos a admitir un bloque de países, sino que era necesario que cada uno formulara su petición para poder así juzgar los méritos que alegaban para ser admitidos.
España dice...
Copiamos de ABC del 28 de Septiembre de 1955 la información siguiente:
Franco invita Perón
Madrid, 30 Septiembre (AFP): El gobierno español ha hecho saber al gobierno argentino que está dispuesto a dar asilo al general Perón si él así lo desea. Esta gestión hasta ahora no ha sido objeto de ninguna comunicación oficial.
Robo de billetes
Madrid: En el momento de ser puesta en circulación una nueva clase de billetes de 1000 ptas. que lleva grabado el retrato de Sorolla, fecha de emisión del 31-12-1951, fueron robados 1500 de estos billetes, concretamente los números 8.786.001 al 8.787.000 y 8.797.501 al 8.792.000, además de un número indeterminado de billetes de 500 ptas. de una nueva emisión que lleva el retrato de Benlliure. Esta sustracción se hizo antes de serles estampadas a los billetes la firma del cajero. Este es un nuevo negocio, el de asaltar los bancos desde dentro.
Autoridades detenidas en Granada
Una nota facilitada por el gobierno civil de Granada, recogida por el ABC, da cuenta del cese en sus respectivos cargos del alcalde y del delegado sindical local del pueblo de Alhendín, D. Enrique Sánchez Pérez y D. Mariano Gálvez Elvira, los cuales ingresaron en la prisión provincial para cumplir un arresto gubernativo, habiéndoseles impuesto además una multa de cinco mil pesetas a cada uno.
Según la prensa ambos señores llevaban una conducta antisocial totalmente contraria al ideario del Movimiento.
Premio internacional a un exilado
OPE, 27 de Septiembre: El premio Kalinga de la UNESCO ha sido atribuido al doctor Augusto Pi y Sunyer, ex-catedrático de la Universidad de Barcelona y actualmente refugiado en Caracas, en cuya Universidad desempeña la cátedra de Fisiología.
El premio Kalinga había sido concedido hasta ahora al príncipe de Broglie, al ex-director de la UNESCO, Mr. Julian Huxley, y al publicista norteamericano Waldemar Kaemffert.
Marruecos
Nota del gobierno español al francés
El 27 del pasado mes de Septiembre el Conde de Casa Rojas, embajador de España en París, entregó a M. Roger Duchet, ministro interino de Asuntos Exteriores, la siguiente nota:
La nota termina con la afirmación de que España no aceptará nunca que las conversaciones referentes a Marruecos se celebren a sus espaldas.
Lo que dice el Quai d'Orsay
Le Figaro de París del 28 de Septiembre, al recoger la nota española sobre Marruecos, agrega: «Con motivo de esta nota se dice en el Quai d'Orsay que Francia, consciente de los intereses españoles, ha tenido al gobierno de Madrid constantemente al corriente del desarrollo de los acontecimientos. No obstante el Protectorado está en su conjunto, por completo bajo la responsabilidad francesa y sólo en el caso de que fuese puesta en duda los principios internacionales sobre los que se basa, podría ser España llamada a tomar parte en la discusión. Pero no se está en el caso de modificar tales principios»
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El general de Latour pide explicaciones
Un telegrama de Rabat del 3 de Octubre da cuenta de la conversación sostenida por el general de Latour y el ministro encargado de los asuntos de España en el Protectorado francés, Sr. de Alcover. Según este telegrama la conversación giró sobre el asunto de las incursiones en la Zona francesa de grupos marroquíes formados en la Zona española. Según el mismo telegrama el Residente general francés ha pedido sobre estos hechos «explicaciones» al diplomático español.
Bases flotantes
Washington: Las Fuerzas Aéreas norteamericanas continúan pidiendo más bases secundarias en toda la península.
Hay indicios de que en la próxima sesión del Congreso se va a tratar de reducir los gastos de las bases, junto con otros gastos militares.
El Secretario del Tesoro George Humphrey ha pedido una reducción en los gastos militares mientras que el Secretario de Defensa Wilson ha pedido que estos gastos se aumenten.
El haber adicionado el nuevo tipo de navío portaviones Forrestal a la marina este mismo mes y la autorización de la construcción de otros tres navíos del tipo Forrestal puede cambiar radicalmente las necesidades de las bases de tierra. Estos gigantes portaviones serán bases marítimas capaces de transportar bombarderos de largo alcance y de alcanzar un objetivo colocado a cien millas.
Estas bases flotantes pueden obtener una velocidad de 40 millas por hora y serán capaces de moverse rápidamente de una posición a otra más favorable para atacar al enemigo, contrariamente a las bases de tierra que son inmóviles.
Los disturbios del Norte de África han revelado a las autoridades militares la inseguridad de las bases en países extranjeros. Y algunas miradas más agudas dentro del Departamento de Estado y del Pentágono se han dado cuenta de que la situación en España no ofrece seguridad.
Un film español
La prensa francesa ha dedicado gran espacio a la crítica del film español «La muerte de un ciclista», de Juan Antonio Bardem. Recogemos de esas críticas algunos extractos.
Jean de Baroncelli escribe en Le Monde: Por una extraña paradoja es de España, país donde se ejerce la censura con un rigor particular, de donde nos viene este film, uno de los más audaces de los que hemos visto desde hace mucho tiempo. A correazos Bardem bate a sus personajes, les obliga a poner sus almas al desnudo. Violencia de moralista más que de polemista, de un hombre en el que se adivina la cólera sorda, que acusa a esos títeres no sólo de la sociedad madrileña, sino de todos aquellos que se les parecen en España y fuera de ella.
En Les Lettres Françaises anotamos de la crítica de Josette Daix: El nombre de J. A. Bardem va unido para los espectadores franceses a la revelación de un verdadero cine español, al descubrimiento del verdadero rostro de la España de hoy.
Dos temas esenciales surgen de este film. Uno es puramente negativo: la denuncia de la corrupción de la alta sociedad, la desesperación que se ampara de los hombres que hicieron la guerra civil al lado de Franco. El otro, evocado en la manifestación de los estudiantes, es la posibilidad de batirse contra ese orden impuesto de manera tan férrea.
En la crónica cinematográfica de Le Figaro escribe Claude Mauriac: ¿Me habré equivocado? He creído adivinar en Bardem unas intenciones más secretas. La violencia de la requisitoria es tal que no podía atreverse a ella como no fuera disfrazándola. Se observa en el fondo la presencia constante de la guerra. La guerra es, para los españoles, la de 1936. El personaje principal de la película la menciona en varias ocasiones sin comentario, pero con angustia perceptible. Esta simple alusión da a sus más anodinas palabras una resonancia inquietante.

