Ibérica por la libertad
Volumen 4, N.º 11, 15 de noviembre de 1956


IBÉRICA es un boletín de información dedicado a los asuntos españoles y patrocinado por un grupo de americanos que creen que la lucha de España por la libertad es una parte de la lucha universal por la libertad, y que hay que combatir sin descanso en cada frente y contra cada forma que el totalitarismo presente.
IBÉRICA se consagra a la España del futuro, a la España liberal que será una amiga y una aliada de los Estados Unidos en el sentido espiritual y no sólo en sentido material.
IBÉRICA ofrece a todos los españoles que mantienen sus esperanzas en una España libre y democrática, la oportunidad de expresar sus opiniones al pueblo americano y a los países de Hispano-América. Para aquellos que no son españoles, pero que simpatizan con estas aspiraciones, quedan abiertas así mismo las páginas de IBÉRICA.
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La Real Academia de Suecia, en sesión celebrada en Estocolmo el 25 del mes de octubre, acordó otorgar el premio Nobel de Literatura de 1956 al poeta español exilado Juan Ramón Jiménez.
La prensa toda ha recogido la noticia ampliamente, no vamos, pues, a insistir en la calidad de la producción del poeta apreciada y proclamada sin reservas como obra de la más alta espiritualidad que ha elevado a sus esencias más puras la tradición literaria española, señalándole como el creador de una nueva escuela de poesía en la expresión de la belleza por medio del verso como en su magistral y luminosa prosa.
Lo que nos interesa señalar es la significación de la recompensa otorgada a Juan Ramón Jiménez. El Secretario General de la Academia, Sr. Anders Oesterling declaró: «Otorgamos el premio de Literatura de 1956 a Juan Ramón Jiménez por su pureza lírica que constituye, en lengua española, un ejemplo de alta espiritualidad y de pureza artística». Declarando seguidamente: «Al recompensar a Jiménez, representante de la gran tradición lírica de España, la Academia sueca ha querido coronar igualmente a Antonio Machado y García Lorca».
Es decir, que debemos anotar estos tres nombres como recipendiarios del Premio Nobel. Tres nombres cumbres de la poesía española -que lo son de la literatura universal- en los que se da la coincidencia de haber sido dos de ellos poetas españoles exilados y el otro, Federico García Lorca, asesinado en España por los falangistas al comienzo de la guerra civil. Queremos, como siempre, ser objetivos, pero más en esta circunstancia y sometiendo al mayor rigor nuestro juicio tenemos que reconocer que es a la literatura española exilada y perseguida a la que se le otorga el Premio Nobel y que es esa literatura la más alta expresión de la espiritualidad española.
Que no se pretenda ver en nosotros intención de catalogar a Juan Ramón Jiménez entre los políticos, no lo fue, si damos a esa palabra significación de actividad y lucha por batallas circunscritas, pero sí debemos señalar, siquiera sea con gran trazo, su línea de conducta. Nació nuestro poeta en Moguer, en la provincia andaluza de Huelva en 1881, fue educado en un colegio de jesuitas, en 1900 llegó a Madrid donde publicó sus dos primeros libros: Ninfeas y Almas de violeta. Hace estrecha amistad con Valle-Inclán y Rubén Darío y después de unos años en su tierra natal vuelve a Madrid en 1912 y se une al grupo educador y reformador de España que impulsa y representa D. Francisco Giner de los Ríos: son sus amigos Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, etc. La creación de la Residencia de Estudiantes le atrae y a él se deben los dibujos de los jardines de la Residencia, a la que él llamaba «la colina de los álamos». Esa Residencia, que el poeta contribuyó a formar, fue el modelo perfecto de colegio universitario residencial. España por su Residencia comenzaba a abrirse al mundo. Jiménez puso en esa empresa formadora de la juventud española muchas ilusiones. Preguntado una vez por una periodista que visitaba la Residencia: «¿Cree Vd. que esto es España?», él respondió: «Esto será España».
La guerra civil cegó esa esperanza y otras. Desencadenada la guerra Juan Ramón Jiménez trata de colaborar como puede y ayudado por esa admirable mujer que acaba de perder, Zenobia Camprubí, inicia una colonia de niños, recogen un grupo de hijos de combatientes y lo alojan en una casa de su pertenencia, y allí siguen ambos haciendo labor.
La guerra arrecia, Jiménez es invitado por la Universidad de Puerto Rico y el consejo de todos es que acepte, la dureza de la vida española en esos momentos podía acabar con una sensibilidad como la suya. El poeta y su mujer salen para Puerto Rico y de allí seguirá en su exilio voluntario y doloroso y en él continuará para guardar su fidelidad a su idea de España, de su España, de la que empezó a formar en la Residencia de Estudiantes, en «la colina de los álamos».
VICTORIA KENT

I. El hombre y la circunstancia
Cumple Madariaga los setenta años, tras una vida activísima en muy diversas tareas. Fecha propicia para que amigos y lectores ensayen un recuento, que si las jornadas ya cumplidas justifican, el vigor, de su persona y de su pluma, hace prematuro y provisional. Empresa nada fácil la de someter a adición o recuento, descubriendo ley y norma, una vida y una obra abiertas a todas las solicitaciones del pasado y de la actualidad.
Ingeniero y periodista, alto empleado de la Liga de las Naciones y profesor de literatura, diplomático y poeta, teorizador y novelista, ministro y dramaturgo, viajero y traductor de Hamlet, historiador, ensayista, intérprete de varias culturas, técnico del desarme y, por añadidura, una de las figuras de perfil más acusadamente internacional, al par que español típico e inconfundible. De él dijo Maurois que podía ser a la vez «el más español de los franceses, el más español de los ingleses y, siempre, el más español de los españoles». De donde resulta una imagen cabal del europeo y aun del ciudadano del mundo, arquetipo que viene atrayendo el espíritu occidental desde los tiempos renacentistas.
Debe de haber sin duda claves que revelen el secreto de esta multiforme personalidad, una y varia, de individualismo por otro lado inconfundible. Dos de esas claves quizás se encontrarían en las fórmulas siguientes:
Cultura, política, historia, unificadas por el sentimiento poético del intérprete de Shelley y Calderón, de Shakespeare y Cervantes.
Libertad, inteligencia, ingenio, y, en el trasfondo, preocupación por los problemas del espíritu y del destino humano.
A poco que nos fijemos se advierte que lo típico de Madariaga no es, simplemente, la riqueza de modalidades, el ser un español que actúa y se mueve por el mundo como por su propio país o un ingeniero que escribe obras históricas o un profesor de literatura que habla con autoridad del Pacto Kellogg; lo característico es el enfoque de actividades tan dispares en lo que tienen de espiritual: el afán por descubrir en cuantos temas trata la raíz humana, donde lo psicológico se encuentra con la moral. Es, en este sentido, reveladora la definición que Madariaga adopta y prefiere de la política, como «mecánica de las fuerzas morales».
No es Madariaga, pese a cuanto hemos dicho, caso único. Su peculiaridad consiste, hasta cierto punto, en representar en mayor medida que la mayoría de sus contemporáneos un clima intelectual y político muy del siglo XX europeo hasta haberse convertido en una especie de adelantado de lo que el europeo con sentido de responsabilidad tendrá que ser en el futuro y, en gran medida, empieza a ser ya. Citar nombres no haría sino alargar estas notas.
Es Madariaga, al mismo tiempo, el español en quien mejor se funden, encarnan y armonizan muchas de las aspiraciones de antiguo arraigadas en un sector de la inteligencia nacional, que van a irrumpir con tremenda fuerza convulsiva en los comienzos de este siglo.
Visto hoy con una perspectiva de más de cincuenta años, el proceso iniciado en la fecha, ya histórica, del 98, podríamos, independientemente de sus aspectos literarios, caracterizar la España de nuestro tiempo como resultado de tres fenómenos convergentes: liquidación definitiva de ilusiones imperiales (desdichada y torpemente resucitadas en los últimos años); liquidación definitiva (tras el fallido intento de la primera República) del régimen tradicional, monárquico; y, sobre todo, voluntad de una plena comunicación con el mundo, ruptura definitiva de un aislamiento tres veces secular. Dicho en otras palabras superación (no negación) del pasado: liberarse de la tradición muerta para buscar, como dijo don Miguel de Unamuno, la tradición eterna o, simplemente, con frase orteguiana, decidido propósito de ponerse «a la altura de los tiempos».
Por supuesto todo ello tenía antecedentes conocidos -y siempre malogrados- que no es necesario citar en detalle: Feijóo y los dieciochistas, esos «liberales y románticos» emigrados de 1823, que acaba de historiar en un libro extraordinario Vicente Llorens, Giner y la Institución, etc. Pero es evidente que en ningún otro momento de la historia moderna ha estado España presente en el mundo como en los últimos cincuenta años. Nombres españoles aparecen plenamente incorporados al panorama de la cultura universal o alternan en pie de igualdad en centros extranjeros: Unamuno y Ortega, el Maeztu y el Eugenio D'Ors de otras calendas, Picasso, Juan Gris, o Miró. Por primera vez, desde el Siglo de Oro, la poesía española -Machado, Juan Ramón Jiménez, Guillén, Salinas, Lorca, Alberti- da una nota universal no inferior a la de ningún otro país, y hasta en disciplinas, proscritas tradicionalmente del ámbito hispánico -la filosófica y la científica- los españoles empiezan a hacer sentir su presencia. Añádase que por el mundo han andado desde los comienzos de siglo, mucho antes del tremendo éxodo del 39, docenas de españoles, técnicos, periodistas y profesores entregados a la faena de entender la cultura de su patria en contraste o comparación con la de los países en donde les ha tocado vivir.
Es pues Madariaga -como todo el que vive atento al palpitar de la historia- hijo de su tiempo y de sus circunstancias, pero en algunos aspectos, su caso no tiene paralelo ni similar. Quizás habría que buscárselo -todas las distancias guardadas- en alguno de aquellos dieciochistas y prerrománticos emigrados que también se convirtieron en ciudadanos del mundo, sin renunciar a su insobornable fondo hispánico: Marchena, Blanco White, Alcalá Galiano, José Joaquín de Mora, o, entre los hispanoamericanos, un Miranda.
Hay por de pronto algo que distingue a Madariaga de casi todos sus compatriotas: el hecho insólito de haberse asimilado totalmente dos lenguas extranjeras, que, como es sabido, puede usar y usa como la suya propia, no a la manera del intérprete o del loro, sino a la de quien se ha asimilado, con la lengua, el espíritu que la informa. Ejemplo de flexibilidad mental rarísimo en el español, que, aparte de su escasa capacidad lingüística, suele más bien pecar de rigidez, como si su personalidad estuviera tallada a bloques; ser gente de una sola idea, cerrada a toda comprensión de lo que no entre en el molde de esa idea; gente, en suma, muy aferrada a su creencia. Frente a esto hay algo de asombroso en ese poder de comprensión de Madariaga, en su capacidad de moverse como en casa propia en la Escuela Politécnica de París, en Oxford, Ginebra, Washington o Lima y de desempeñar competentemente las más diversas tareas. La ley de su vida ha sido la variedad hasta el punto de haber podido decir en algún momento que cada cinco años tenía que cambiar de profesión. Algún malicioso podría interpretar el fenómeno como falta de firmeza, olvidando que junto a esa variedad se advierten rasgos muy sólidos de un carácter firme y, sobre todo, una ejemplar consistencia de ideas y actitudes rectoras.
II. La obra
Sería interesante -si el espacio lo permitiera- detenerse en los factores formativos, hogar y ambiente, que tanto suelen pesar en la trayectoria vital de la persona. Basten unas notas. Madariaga procede de un hogar de tradición militar, entre cuyos antepasados debió de haber vascos andariegos y gallegos saudadosos. La tradición familiar se rompe en su caso y en el de sus hermanos y cede a afanes de cultura, de civilidad, con un sentido indudablemente moderno y liberal: un hermano, César, será ingeniero; otro, escultor, de gran talento al decir de quienes le conocieron; su hermana Pilar empieza estudiando ciencias químicas y termina de profesora de literatura. Ciencia y arte, polos opuestos hacia los que gravita la personalidad de Salvador. Punto de arranque, la ciencia; el arte y más concretamente, la poesía, atracción siempre presente, refugio tras repetidas aventuras intelectuales en otros muchos campos. Debieron de respirarse en aquel hogar todos los aires renovadores de la España de principios de siglo, ávida de traspasar fronteras: Institución y noventa y ocho, conciencia de un retraso cultural con respecto a los países dirigentes de Europa. Todo ello influyó sin duda en un hecho bastante extraño: el de que, procediendo de una familia de medios económicos seguramente limitados, se tomase la decisión de enviarle a hacer sus estudios en París, en el Liceo, primero, y, más tarde, en la Escuela Politécnica. Graduado de Ingeniero de Minas, parece que ya, por entonces, le tienta la vocación poética y compone versos en francés. Siguen unos años de ejercicio de la profesión, del 11 al 16, los únicos, hasta los tiempos de la República, en que Madariaga reside de manera permanente en España.
No sabemos bien qué hacía en Madrid estos cinco años un ingeniero de los Ferrocarriles del Norte, que, sin duda, tenía ya el aire un poco abohemiado -chambergo y melena discreta- de estudiante francés, que ha conservado gran parte de su vida. Sin duda se relacionaba con escritores y artistas. Como otros cuelgan los hábitos, él iba a colgar su título de ingeniero para ir, de nuevo, en busca del ambiente europeo. Así dice en el Prólogo de una de sus primeros libros, Arceval y los ingleses: «Entre aquella despedida y mi siguiente encuentro con Arceval, terminé mi carrera, la ejercí cinco años y la tiré por la ventana».

Cortadas las amarras, pasa cuatro o cinco años en Londres, hasta que en 1921, su vida toma nuevo rumbo y recala en Ginebra, donde, predestinado por formación y temperamento al internacionalismo, encontrará en la Liga de las Naciones su centro natural de gravitación. Entretanto se ha entregado con energía notable a su vocación de escritor. Se suceden cuatro o cinco libros caracterizados juntamente por su brillantez y por su variedad: periodismo, poesía, ensayo. Trabaja en el Times de Londres y escribe para la prensa española una serie de artículos recogidos luego en su primer libro, La guerra desde Londres (Tortosa, 1917), que en un balance inicial de sus comienzos literarios descartará con tono ligeramente desdeñoso por tratarse dice de «una mera colección de artículos periodísticos». La poesía parece interesarle más que la política. En 1919 publica Manojo de poesías inglesas puestas en castellano, con traducciones de Milton, Shelley, Burns y otros. Al año siguiente se estrena en la crítica con varias conferencias de literatura comparada, reunidas en el volumen Shelley and Calderón and other Essays on English and Spanish Poetry (London, 1920; versión castellana: Ensayos anglo-españoles, 1922). La calidad de la obra es aclamada por los comentadores de lengua inglesa: «Muy poco en verdad de lo que se ha escrito recientemente por los ingleses sobre Shelley merece leerse tanto como este trabajo de un español» (The Times); «Los ensayos de Madariaga tienen derecho a figurar entre la crítica literaria actual de primera fila» (The Bookman).
Posee este libro rasgos sumamente reveladores: la atracción que sobre Madariaga ejerce el lirismo filosófico del autor de Prometheus Unbound, tan preocupado por el destino humano; el interés por Calderón, el más traducible en forma y espíritu, por ser el más conceptual, de los grandes clásicos españoles; la inclinación hacia la literatura comparada sobre bases psicológicas; y, relacionada con ella, la tendencia a tomar la poesía como expresión singularmente representativa del carácter nacional. No es menos revelador el gusto por la lírica popular a la que dedica un largo ensayo y de la que dice que es «quizás la creación española más típica en el campo total de la literatura». Madariaga, hombre «cultivado» y cosmopolita va, como los románticos, al fondo de lo popular -poesía y lenguaje- a buscar lo más recóndito y, acaso, lo más universal del alma de su patria. Busca en la que le acompañan, entre otros, Unamuno, Menéndez Pidal y Antonio Machado. El entusiasmo de Madariaga le lleva a intentar, en un «tour de force», una empresa arriesgadísima, de la que saldrá triunfante: el verter a una lengua extraña esas pequeñas joyas de la canción tradicional: Spanish Folk Songs (London, 1922). La inspiración popular será también la más visible en su propia poesía, iniciada, el mismo año, con el libro Romances de ciego, prologado por Unamuno, que oía en estos romances «la voz abismática y eterna de mi casta cartujana» y en los que los demás podemos ver la melancolía que Madariaga, hombre partido en dos -entre el sentir y la idea, el afán de comprensión y la ironía-, lleva escondida, bajo su sonrisa mundana y la mirada fría, analítica, del intelectual.
Esta etapa de iniciación se corona con una obra básica, The Genius of Spain (1923; versión castellana: Semblanzas literarias contemporáneas, 1924), espléndida colección de estudios -los mejores por aquellas fechas- sobre Galdós, Giner de los Ríos, Pérez de Ayala, Unamuno, Baroja, Valle-Inclán y Azorín, precedidos de dos ensayos de tipo general: «El genio español» y «Caracteres de la literatura española». Antonio Aita dijo del primero que era «lo más profundo que se ha escrito hasta ahora al respecto». Quizás el juicio resulte un poco exagerado si recordamos a escritores como Unamuno, Ganivet, Ortega y otros obsesivamente preocupados por el mismo tema. De lo que no cabe duda es de que se trata, probablemente, del ensayo más claro y organizado en la infinita cadena de interpretaciones del inapresable carácter nacional. Es además muestra inequívoca de la nota distintiva de Madariaga en la crítica moderna: su poder sistematizador, el arte de reducir a esquemas inteligentes ideas y problemas, frente a los cuales otros críticos y ensayistas se debatirán entre intuiciones profundas e impresiones sugestivas. No en vano Madariaga hizo sus estudios en Francia y respiró después la disciplina anglosajona. Por eso ha sido el intérprete mejor de los valores españoles para lectores extranjeros. Propósito manifiesto ya en este libro cuando en el prefacio declara con ejemplar modestia su «fin utilitario: el de dar a conocer al público de lengua inglesa la literatura española contemporánea». No es, con todo, su interpretación del genio español puro resumen, sino visión muy personal con penetrantes observaciones sobre el lenguaje, la psicología y la historia. En cuanto al ensayo dedicado a la literatura del siglo XX, acaso no se ha señalado lo suficiente su novedad ni el hecho de que sea Madariaga el primero en fijar ciertas ideas, hoy aceptadas por todos: la noción, por ejemplo, de que lo específico en la literatura, tan individualista y variada de principios de siglo, fue el esfuerzo más o menos consciente hacia la unión «del instinto creador y del intelecto crítico»; o la lucidez en definir el influjo combinado de tres precursores: Menéndez Pelayo, Galdós y Giner. Espléndido es así mismo el ensayo dedicado al autor de Fortunata y Jacinta, uno de los primeros, si no el primero, en la rehabilitación galdosiana, tras el desdén injusto e injustificado de los hombres del 98.
La agilidad de su mente y la avidez temperamental aun llevan a Madariaga a cultivar otras formas, revelándonos una faceta distinta e importante de su personalidad: la irónica e imaginativa; el humor, dicho en una palabra. En 1925 aparece la edición bilingüe de La jirafa sagrada, fantasía novelesca en la tradición, predominantemente inglesa, de las utopías y de la sátira, entre política y humana, a lo Swift, con sugerencias de lo que pudiéramos llamar la literatura africanista. Si la crónica del reino de Ebania en un tiempo remoto tiene antecedentes claros, no por eso deja esta curiosísima narración de presentar notas muy originales de imaginación e ingenio, y de crítica acerada de la civilización, especialmente la inglesa. La novela se atribuye a Julio Arceval, cuyo esbozo biográfico se traza en un volumen siguiente, Arceval y los ingleses. La biografía sirve aquí de pretexto para un juicio más directo de los usos, maneras y caracteres de la vida británica. Libro, hoy bastante olvidado, es, sin embargo, de sumo interés. Pertenece al ciclo de comentarios inspirados por la reacción de los españoles salidos de su tierra -recordemos a un Maeztu o un Julio Camba- cuyo precedente más calificado serían las Cartas finlandesas de Ganivet. Y, en efecto, tanto en relación con Arceval y los ingleses como con La jirafa sagrada, se invocó en su momento el nombre del creador de Pío Cid y de La conquista del reino de Maya. Escritor dotado de extraordinaria receptividad, puede decirse que en este como en otros aspectos de su obra Madariaga transita por caminos abiertos, lo cual no resta nada a su originalidad ni limita el libre ejercicio de una inteligencia de primer orden.
El Arceval de Madariaga -notémoslo de pasada- podría ser pariente cercano tanto de Pío Cid como del Jugo de la Raza unamunesco, o de Azorín, Xenius, Octavio de Romeu y Rubín de Cendoya, Sigüenza o Juan de Mairena, creación todos ellos de un prurito de desdoblamiento muy característico de una generación. No es mala idea, por tanto, buscar en Arceval algunos indicios de la personalidad de su creador. Por ejemplo:
«Esta combinación, que es a la vez lucha de dos tendencias, da a la personalidad literaria de Arceval no poco de su atractivo. Su inteligencia es transparente y todo lo admite. Su corazón se halla decididamente orientado hacia la fraternidad. El primer don solo haría de él un intelectual seco o un cínico dilettante. El segundo, uno de esos seres inútilmente buenos que el lenguaje desprecia y alaba a la vez con el nombre de un infeliz, un bendito. La unión de ambos da carácter e interés objetivo a su curiosidad intelectual, y clarividencia a sus sentimientos humanos. Y del antagonismo inherente entre estos dos rasgos, como del choque entre el pedernal y el acero, salta el humorismo que chispea aquí y allá en sus escritos.»
Y en otro lugar:
«Paralelamente con este descenso de su anglofilia, se producía en Arceval una sensible elevación de su españolismo. Español expatriado, poco conocedor de las realidades de su patria, parecía buscar afanosamente en las entrañas de la vida nacional aquella fe que Europa le había robado... Hasta que, llevado de una de esas fiebres intelectuales que se iban haciendo en él cada vez más frecuentes decidió que era su deber volverse a España y trabajar en España por un Renacimiento de la Vida, antídoto y reacción contra la era que iniciara el Renacimiento del Saber.»
ÁNGEL DEL RÍO
(Continuará)
Al régimen lo que le interesa es la sucesión, a Franco no le hace demasiada gracia oír hablar de eso y entonces él plantea el problema de la continuidad. Es lo que nos interesa a nosotros. ¿Debe continuar el régimen borbónico de los espadones-eclesiásticos o el de la República? Nosotros queremos la continuación de la República. Ya que no hay Chamberlains ni Blums, quizás la hora sea propicia. No hay Chamberlains ni Blums, pero ¿hay españoles?
La Primera República duró poco tiempo, sin embargo produjo hombres de una gran talla moral. Nuestros historiadores en lugar de hablar tanto de Fernando VII e Isabel II, de Narváez, O'Donnell, demás Generales y Compañía, deberían presentar los ejemplos inspiradores, las personas creadoras, tan llenas de dignidad, de integridad y de espiritualidad: Pi y Margall, Don Francisco Giner, Pablo Iglesias. La Segunda República no ha producido hombres semejantes, aunque siempre quedará la figura insigne de Besteiro; sin embargo, ha sido capaz de mantenerse durante mucho más tiempo. Todo parece propicio para el triunfo definitivo de la Tercera República.
Quizás, pues, debemos tratar de ver claro para poder actuar fríamente, serenamente.
Las dos primeras Repúblicas merecen nuestro agradecimiento más profundo: nosotros hemos de hacer, sin reproches, lo que ellas no hicieron. En España es necesario hacer la revolución.
Entiendo por revolución, además de un cambio brusco que se hace contra la voluntad del poder constituido, el imponer una solución radical al problema político, al social, al económico, de una manera simultánea. En condiciones normales puede haber una prelación, en situaciones anormales y extraordinarias se puede relegar lo que se considere menos apremiante. Por ejemplo, en caso de guerra, en una catástrofe económica, quizás se tienen que tomar medidas extremas, pero haciendo frente a las diferentes situaciones de una manera gradual. Todo, por otra parte, puede tener un aire provisional. Lo urgente es salir del atolladero en que uno se encuentra.
Acaso siempre y en todas partes, pero con seguridad en España y ahora, las características de la revolución deben ser la rapidez, lo radical y lo simultáneo del cambio. Una revolución, téngase siempre en cuenta, no se hace con miras a la situación de un momento, sino para que sirva de base y sostén a varias generaciones. Una revolución es lo más opuesto a una solución provisional.
Empecemos por lo que muchos pueden considerar como algo que tiene espera: la educación. Desde la segunda mitad del siglo XIX, las mejores mentes de España han estado dejando oír el mismo clamor: ¡Escuela! ¡Despensa! ¡Trabajo! El pueblo español es completamente ignorante, el pueblo español está hambriento, el pueblo español no tiene trabajo. El pueblo español, es decir, todos los españoles: viejos y jóvenes, mujeres y hombres, campesinos, obreros y clase media. Cada época histórica tiene sus propias escuelas. En la Edad Media las escuelas palatinas, las monásticas, las catedralicias, las municipales. Durante los siglos XVI y XVII, católicos y protestantes, en vital competencia, hacen florecer escuelas por toda Europa y todo el ámbito europeo. Durante el siglo XVIII surge un nuevo tipo de escuela, nuevo por las materias enseñadas y los métodos de enseñanza. El siglo XIX ha visto el triunfo de la ciencia. En nuestro siglo XX, el Comunismo se ha dedicado y dedica con toda energía a la enseñanza.
Una época histórica significa un cierto concepto de la realidad y del hombre; la escuela es la institución donde se fragua la relación entre esa nueva realidad y ese nuevo hombre. De ahí es de donde salen los encargados de darle una cierta forma al Estado, a la economía, a la ciencia, a la moral. No tener la escuela que corresponde a su época, no recibir la enseñanza apropiada, quiere decir vivir en una realidad muerta; no sólo no ser capaz de producir y crear, sino estar perdido. Ser incapaz de hacer y no saber lo que se está haciendo alrededor; ni poder prever el mañana, ni comprender el presente.

El tipo de escuela española es todavía el medieval y el jesuita. De aquí que el español, analfabeto o no, parezca vivir en otro mundo. Efectivamente, vive en otro mundo, en otro tiempo. Sólo el que se ha educado fuera de España o el anárquicamente autodidacto, o algunos reducidísimos grupos han podido entrar en contacto con la realidad, vivir en el presente, y precisamente por eso se han encontrado y se encuentran en conflicto con el Estado.
La primera tarea de la revolución ha de ser la de formar a los españoles.
En España no se puede hablar de elevar el nivel de vida, por la sencilla razón de que lo que hay que hacer es crear ese nivel de vida. He tratado de explicar lo que hemos de entender por Escuela, creo que conviene ponerse de acuerdo en lo que significa Despensa. No se trata sólo de comer, sino de poder satisfacer las necesidades más elementales para la vida: la habitación, la salubridad, la higiene. En correspondencia con la escuela, como sucede siempre, en España se vive todavía en plena Edad Media. La mayor parte de los españoles no come carne, pero tampoco sabe lo que es el agua corriente, la electricidad, el alcantarillado. El medio de transporte es aún el burro o el carro. La revolución debe inmediatamente, rápidamente crear un nivel de vida moderno para la inmensa mayoría de los españoles que quieren salir de la pesadilla en que viven desde hace más de dos siglos.
Los latifundios, la mano muerta, estos son problemas que hay que resolver, pero que son de índole muy secundaria. Lo que hay que crear en España es trabajo, lo que es necesario es la industrialización del país. Estos tres cometidos, afortunadamente, son empresas creadoras, y hoy día el hombre que quiera gobernar, el partido que quiera el poder (¡ojalá haya un hombre, unos hombres que sientan la necesidad y que tengan la vocación de gobernar!) pueden contar con toda la experiencia europea y asiática. Es decir que los planes para la acción deben y pueden estar preparados. Es necesario que los hombres que se decidan a gobernar nos digan inmediatamente como se disponen a acometer estas tareas.
Los tres problemas tienen que resolverse al mismo tiempo, para los tres hay que tener audacia y preparación. Sin embargo, no se les puede abordar si antes (y ha de ser al mismo tiempo) no se tiene una conciencia clara de lo que debe hacerse con la Iglesia y el Ejército, y no se ejecuta rápidamente lo que haya que hacer. Es el lado destructivo de la revolución.
Respecto a la Iglesia, desde el siglo XVIII se ha estudiado su función de rémora y de gangrena de la sociedad española. Ella ha ahogado la vida intelectual y espiritual, ha confundido y perturbado todos los valores morales. Como todo el mundo sabe o debe saber, la única institución que existe en España que tenga un verdadero poder es la Iglesia, y su poder es omnímodo, absoluto. Ni la monarquía del siglo XVIII, ni los partidos políticos del XIX han sido otra cosa que sus sombras. Como la catedral enorme, fría, vacía domina la ciudad española, así la Iglesia pesa sobre todo el país. Es ella la que rige la vida en todos sus aspectos y al individuo lo tiene cogido desde el nacimiento hasta la muerte. Destruir la Iglesia es un trabajo que a Hércules le hubiera aterrado; tanto más cuanto que destruir la Iglesia no implica destruir la Religión. Se la debe inutilizar políticamente, hay que terminar con ese poder, y hay que hacerlo con suma rapidez. El partido que pretenda gobernar debe decirnos cómo se las arreglará para llevar a cabo esa empresa y al mismo tiempo cómo salvará el sentimiento religioso católico que todavía tienen una buena parte de los españoles. Hay que proteger a los católicos españoles contra esa Iglesia congelada y pétrea, putrefacta, que aniquila la vida; hay que defender a los numerosos españoles que no son católicos contra el poder tiránico de una institución que los tiene sojuzgados y oprimidos.
Organizar la educación, crear trabajo, poner en movimiento las disponibilidades de los españoles, tanto para la uno como para lo otro, son empresas de gran alegría y que pueden llevarse a término sin daño de nadie y para beneficio de todos. Es claro que al que impida, al que trate de impedir la revolución se le debe dominar en el acto. Conviene que la revolución se haga con orden. Que no se repita otra vez lo del 14 de Abril, que no se repita la deposición de Isabel II, quien, como decía Galdós, al dejar el Trono parecía que se iba de baños. Primero, mucha alegría callejera, después un reguero de fuego y de muerte, reguero sin ton ni son, debido o a espontáneos o en la mayoría de los casos a agentes provocadores. Claro está, no se puede dar una batalla sin pensar en que habrá bajas, pero hay que ir a darla pensando en las ideas y en los ideales; si después hay muertos en la batalla, porque deba haberlos, que los haya, será un sacrificio consciente por parte del caído y de quien lo dirige; pero que a un Régimen se le vengan 1.000.000 de muertos encima porque sí, sin saber cómo ni de qué manera, es inconcebible. El hombre que quiera el poder, el partido que se disponga a gobernar debe decirnos clara, terminantemente cómo está dispuesto a dar la batalla y a ganarla.
El problema del Ejército es de otra índole. El ejército español es un infarto. A diferencia de la Iglesia, apenas si cuenta con más de un siglo de personalidad. En ese tiempo su papel estuvo indeciso; en realidad, sólo a partir de la Restauración se orienta definitivamente del lado reaccionario. Su reaccionarismo se debe no tanto a su origen social o los intereses sociales que defiende, como a sus propios intereses. En España todos son empleados, con el ejército ocurre lo mismo. Es una oficialidad de empleados, los cuales como es natural y comprensible no quieren quedar cesantes. Azaña creyó ser generoso dejándoles a media ración; por el medio sueldo que les dejaba era excesivamente generoso, pero la mitad que les suprimía no se la perdonaban. Generoso o no generoso, hoy no cabe duda de que estuvo equivocado. La equivocación consiste en que el problema del Ejército, como el de toda mala burocracia, reside en que no está dispuesto a servir, sino a mandar y a mandar exclusivamente en su provecho.
El Ejército se debe suprimir, debe ser de nuevo cuño por que no tenemos nada que se pueda llamar ejército, lo que tenemos es una traba social. Hay que quitarle las pocas y malas armas que tiene, después de licenciar a todos los soldados, lo que ya hizo Primo de Rivera cuando se le rebelaron los artilleros. De Primo de Rivera también podemos aprender y como él dejó al ejército peninsular sin municiones, hacer de nuevo lo mismo.
Para realizar este Programa hemos de contar con una organización de políticos de vocación, organización que venga armada de una teoría y un sistema políticos, que cuente con una capacidad persuasiva, que sea capaz de mover, aleccionar y dirigir a la masa de españoles que están hambrientos de disciplina y acción. Ese partido político tiene que disponer de una fuerza militar que suplante a las fuerzas represivas actuales. Esa fuerza militar no puede surgir nada más que de los obreros, campesinos y clase media. No sé cuanto tiempo deberá gobernar dictatorialmente. Pero la realidad política de hoy parece exigir un sistema socialista-liberal, un Neo-socialismo. Los países escandinavos, Suiza, Bélgica, India, deberían ser los modelos, a ellos habrá que acudir para formarse políticamente, para buscar auxilio moral y sobre todo una solidaridad internacional. Quizás se debería contar con las organizaciones intelectuales y de trabajadores de Francia, Inglaterra e Italia y con el pueblo del Continente americano. ¡Hay que hacer una alianza internacional para la revolución española!

Lo que se debe pedir a los partidos socialistas y a las organizaciones obreras es que sean capaces de comprometerse y solidarizarse para apoyar al gobierno que ha de hacer la revolución española. Este apoyo basta con que sea moral, con que por lo menos no ayuden al enemigo. Que no se repita lo de los «voluntarios» y el «Comité de no intervención». ¿Cómo es posible que Leon Blum, hombre inteligente y honesto, llorara sinceramente ante la situación en que se encontraba el Gobierno republicano y ayudara a los franquistas? Les ayudaba doblemente, al no permitir que la República comprara armas y dejar que la reacción organizada con la Iglesia al frente combatiera eficaz y decididamente por Franco. Los partidos socialistas del mundo deben dejar de llorar, deben dejar su pequeño nacionalismo. Es más mezquino el pequeño nacionalista que el pequeño burgués. El socialismo liberal debe crear la patria universal para la humanidad. El hombre tiene el deber y el derecho al trabajo. El Estado debe proporcionar, al que no los tenga, todos los medios físicos, económicos e intelectuales para que el hombre (y es claro que la mujer igualmente) pueda realizar todo aquello de que es capaz en beneficio propio y del resto de la humanidad. A esta tutela activa, inteligente e intransigente del Estado, llamo socialismo. Por liberal entiendo, que después de hecha la revolución, la ley de la mayoría se aplique objetivamente, respetando al individuo y a la minoría.
En el Neo-socialismo, me imagino al Estado limitando el desenfreno, la codicia y el egoísmo del individuo; acudiendo ahí donde la ignorancia o la incapacidad del individuo no pueden llegar; haciendo que el esfuerzo común, que la inteligencia de todos sustituyan lo anárquico individual por el orden y la ley. En este Neo-socialismo el cometido del individuo consistirá en vigilar constantemente para que la concepción humana del Estado no se transforme en algo abstracto con un fin en sí mismo; en equilibrar la masa y la lentitud estatal con la ligereza de movimiento y la capacidad de invención del individuo; con poner al lado de la ortodoxia lo heterodoxo.
Estas páginas no buscan la conformidad total o parcial, lo que desearían sería acuciar a los políticos a estar preparados para poder desempeñar en un plazo fatalmente próximo las funciones de dirección y mando. Y los otros, los que no somos políticos, tampoco debemos entregarnos a la improvisación. Nuestro pensamiento debe estar en continuo ejercicio, dedicado a la meditación de lo español y debemos estar prontos, en la medida de nuestra capacidad, a colaborar en la creación de una España moral y físicamente mejor, para bien de los españoles y de la humanidad: la España de la Tercera República.
SEBASTIÁN MORAGAS
En el pasado mes de abril, se elevaron los salarios, y se anunció una nueva subida para primeros de octubre que supondría hasta un 6% sobre el jornal anterior al susodicho aumento del mes de abril.
La subida ha sido demorada hasta el primero del mes presente, en que los dirigentes franquistas no han tenido más remedio que encararse con el acuciante problema que podría haber sido desastroso para el régimen, y han ordenado una elevación de jornales insospechada. El aumento que es de unas seis a diez pesetas diarias, según las categorías y oficios, podría haber mejorado el nivel de vida del obrero español, si no afectara a los precios; pero en el momento actual ya se vislumbra el camino de exorbitante subida que van tomando los precios en algunos artículos de primera necesidad. El aceite, uno de los artículos menos afectados ha subido desde diciembre de 1.955 a hoy, 0,80 pesetas, vendiéndose a 14,10 pesetas litro. Los artículos de perfumería y droguería, han sido incrementados en el llamado impuesto de lujo con un 6%, pagándose hoy un 26,5%. La mayoría de las empresas constructoras que están construyendo casas para vender por pisos, han parado la venta para aumentar el precio en un 25 a un 40%.
Vamos a la inflación, y todo lo que hacen nuestros gobernantes no puede detener esa marcha lenta pero real, que los descabellados métodos franquistas aceleran cada día.
Cuando los precios han subido de una manera alarmante es cuando se ordena un «salario mínimo vital», y después se trata de hacer una serie de «informes» sobre los precios por los dirigentes sindicales, y se estudia la situación actual de los mismos por las Vicesecretarías de Ordenación Social y de Ordenación Económica.
En el ABC del 12 de octubre leíamos: «La inmensa mayoría de los españoles vive de jornales y sueldos y no se puede contemplar con indiferencia que mientras los ingresos de cada trabajador, de cada empleado, permanecen estancados los precios de la carne, de la leche, del calzado se lanzan a una carrera cuya organización y meta son un cerrado misterio».
Esa carrera de la que nos daba cuenta el ABC, ha continuado sin trabas de ninguna clase hasta la fecha, y es de esperar que continúe hasta sobrepasar con mucho la reciente subida de salarios que sólo tiende a detener momentáneamente la hecatombe económica a la que el régimen franquista nos conduce irremediablemente.
El suprimir toda clase de libertades, excepto la de pensar en totalitario, ya sabemos de sobra a lo que conduce. El ejemplo de Hungría y Polonia puede cualquier día, quizás no muy lejano, ser un hecho aquí.
Madrid, 2 de noviembre, 1956

La era de Trujillo2
El régimen político bajo Trujillo
Uno de mis cursos en la Escuela Diplomática de la República Dominicana («Elementos de Ciencia jurídica») ofrecía un resumen comparado de las instituciones jurídicas fundamentales en los distintos sistemas nacionales; y una de sus conferencias debía cubrir los sistemas políticos totalitarios de Alemania, Italia y Rusia, frente a las distintas variantes de la Democracia Occidental. Cierto año, al terminar esta conferencia se me acercaron con gran misterio y curiosidad tres alumnos, para preguntarme cual era mi opinión sincera sobre el sistema político de la República Dominicana. Hacía tiempo que me habían avisado sobre la posible labor de espionaje que uno de estos alumnos realizaba para el Gobierno, y en todo caso hubiese sido locura sincerarme abiertamente en Ciudad Trujillo, así que tuve que esquivar la pregunta respondiendo que el sistema constitucional dominicano estaba inspirado en la Constitución de los Estados Unidos, es decir una República de tipo presidencialista frente a las Repúblicas parlamentarias de Europa. Uno de mis alumnos todavía trató de insistir: «Bueno, profesor, eso es en el papel, pero qué opina usted de lo que sucede en la realidad?»
Mi alumno tenía toda la razón en su pregunta. En la República Dominicana -como en todos los países iberoamericanos sometidos a dictadura- una cosa es la letra de la Constitución y otra cosa es su aplicación diaria.
Estoy seguro de que mis alumnos comprendieron de sobra mi silencio aquel día. Pero hoy les voy a responder con la libertad que no tenía entonces. Confío que más pronto o más tarde este estudio caiga en sus manos.
Elecciones 100% unánimes
Creo que nada es mejor para valorar las elecciones dominicanas bajo el régimen de Trujillo como exponer y analizar los resultados electorales anunciados en la Gaceta Oficial desde que subió al Poder en 1930. Desde entonces, se han celebrado seis elecciones generales ordinarias en 1930, 1934, 1938, 1942, 1947 y 1952; tres elecciones generales extraordinarias en 1934, 1941 y 1946, para elegir los representantes a las sucesivas Asambleas Revisoras de la Constitución; y varias elecciones parciales.
(A este párrafo sigue un estudio detallado de los resultados oficiales de esas elecciones, los que revelan que la unanimidad de los votos fue de 100%, excepto en las elecciones de 1930 en las que una minoría se abstuvo y los votos en contra fueron en la proporción de 1%.- N.E.)
Creo que las cifras y datos indicados ahorran todo comentario sobre la «veracidad» de las elecciones dominicanas en la Era de Trujillo. Ni siquiera dictadores como Hitler y Stalin, Mussolini o Franco, se atrevieron jamás a anunciar un resultado tan unánime, al menos dejaban un pequeño porcentaje de votos contrarios o en blanco, siquiera establecían gradaciones entre el jefe y los demás candidatos de la lista. En la República Dominicana la unanimidad es perfecta.
Poco voy a decir sobre la convocatoria de las elecciones, que es oficial por la Junta Central Electoral en la Gaceta Oficial; ni sobre la proclamación de candidatos en la convención del Partido Dominicano, cuyos delegados se limitan a aplaudir la propuesta hecha por el Presidente de su Junta Directiva, a sugerencia de Trujillo: ni sobre la campaña electoral que a menudo es totalmente inexistente. Lo que es revelador de la falsedad de estas elecciones son los detalles de su misma celebración en las mesas electorales.
El voto es obligatorio, y cada cédula personal de identidad debe ostentar un sello de goma comprobando que se depositó ese voto en las últimas elecciones, en otro caso se puede incurrir en sanciones y puede haber dificultades incluso para cobrar un cheque en el Banco. Pero esa obligatoriedad no quiere decir que la persona interesada vaya a votar, basta con que envíe la cédula incluso con una criada.
Voy a referir los detalles de la última elección general de 1952, tal como me los relató el Presidente de la mesa electoral en una común de los campos del Cibao, durante su estada accidental en la ciudad de Nueva York semanas después.
La Junta provincial del Partido Dominicano le comunicó su designación, aunque no residía en la común afectada. La misma Junta le dio todas las instrucciones, papeletas, libros de registro y sellos oficiales. Salió a caballo de la capital de la provincia, y llegó al amanecer a la cabecera de la común. Allí le esperaban los miembros locales de la mesa electoral, y se reunieron oficialmente en la escuela del pueblo. Sus puertas fueron cerradas cuidadosamente; los electores se fueron alineando en el exterior. Al llegar la hora indicada para comenzar la votación, uno de los auxiliares entreabrió la puerta y pidió las cédulas personales de los diez primeros votantes en fila; a ninguno de ellos se le permitió entrar en el recinto, el auxiliar tomó las cédulas y las entregó al Presidente de la Mesa, este anotó cuidadosamente sus nombres y números en el libro registro, estampó el sello haciendo constar el depósito del voto, y con toda exactitud metió diez papeletas del Partido Dominicano en la urna. La operación se fue repitiendo, de diez en diez cédulas, hasta que ningún elector quedó aguardando en la puerta.
Al terminar la hora señalada para la votación, el Presidente de la Mesa redactó la oportuna acta con mención de candidatos y votos; pero antes de escribirla comprobó con meticulosidad el número de electores inscritos en el libro registro y el número de papeletas depositadas en la urna, y al notar que había una diferencia de dos papeletas menos se apresuró a meter dos más para igualar los números. Una vez comprobado que todo estaba en regla, los miembros de la Mesa Electoral firmaron el acta oficial. Mi informante volvió a montar a caballo y regresó a la capital de la provincia, con tiempo para que la Junta provincial del Partido Dominicano pudiera telegrafiar el «resultado» a la capital de modo que contribuyera al total «exacto» impreso en los periódicos de la mañana siguiente.
Así se vota en la República Dominicana bajo Trujillo, y así se elige su Presidente, sus legisladores y sus regidores. Ahora bien, ¿es que después de elegidos tienen la menor categoría de tales?
Renuncias abiertas
La llave del régimen político trujillista, necesaria para comprender el funcionamiento perfecto de este régimen, se encuentra en la propia Constitución: es el art. 16 de la misma; en combinación con el art. 39 de los Estatutos del Partido Dominicano. Según ese Trujillo como jefe del Partido Dominicano tiene la renuncia firmada sin fecha de todos los funcionarios electos (incluyendo a legisladores y magistrados). Cuando le place remover a uno de estos funcionarios, le basta con poner la fecha del día y hacer circular la renuncia.
Si se trata de un legislador, entra en juego inmediato la aplicación del art. 16 de la Constitución. Simultáneamente la jefatura del Partido Dominicano dirige a la respectiva Cámara una terna proponiendo los nombres de tres posibles substitutos. Como el Congreso está integrado por afiliados del Partido, automáticamente la renuncia es aceptada sin discusión, y seguidamente es elegido por unanimidad como substituto la persona que figura en primer término de la terna. De este modo los legisladores cambian periódicamente, pero siempre de acuerdo con la Constitución.
¿Cómo se tramita esa renuncia? La regla uniforme es muy sencilla: Se lee una carta en que el legislador afectado renuncia sin explicaciones a su curul por determinada provincia; la Cámara respectiva acepta la renuncia; seguidamente se lee una carta del jefe del Partido Dominicano sometiendo una terna de nombres para cubrir la vacante; se celebra votación secreta y es elegido por unanimidad el primer nombre de la terna; a continuación el Presidente de la respectiva Cámara se entera de que el nuevo legislador se encuentra en los salones del edificio, nombra una comisión para que le invite a pasar, el nuevo legislador presta juramento, y finalmente pronuncia un discurso dando las gracias a Trujillo.
La aparente división constitucional de Poderes y su ineficacia práctica es característica común a todas las dictaduras latinoamericanas. Pero no conozco ninguna en que el truco de las «renuncias» se practique como en la República Dominicana; a mi juicio esta es la característica más peculiar del régimen trujillista.
El Partido Dominicano
Uno de los argumentos más esgrimidos en favor del régimen trujillista es que ha terminado con el caos político precedente, cuando multitud de caudillos y partidos personalistas alteraban el orden del país con sus ambiciones egoístas, motor de continuas revoluciones y hasta guerras civiles.
Esto es cierto en lo que se refiere a la destrucción total del antiguo sistema de partidos y grupos políticos. Lo discutible es la valoración final de ese hecho.
El año 1930 en que Trujillo subió al Poder había por lo menos siete partidos políticos en la República Dominicana, a juzgar por la reforma de la Ley Electoral promulgada el 10 de abril de ese año en que se mencionan los siguientes partidos: Nacional, Progresista, Coalición Patriótica de Ciudadanos, Liberal, Republicano, Nacionalista y Obrero Independiente. Los dos primeros formaron la Alianza Nacional-Progresista que presentó la candidatura Velázquez-Morales; los restantes formaron la Confederación de Partidos que presentó la candidatura Trujillo-Estrella Ureña.
Todo este variado panorama de partidos políticos se esfuma rápidamente tan pronto como Trujillo sube al Poder. Las primeras víctimas son los dos partidos de la oposición, eliminados entre mayo y agosto de 1930. Pero después caen también los partidos que respaldaron a Trujillo en las elecciones del 16 de mayo de 1930. En 1931 no existe ninguno de estos partidos, y sólo existe un nuevo partido también personal; el Partido Dominicano de Trujillo.
La Alianza Nacional-Progresista tiene que retirarse de la lucha electoral una semana antes de las elecciones. Y muy poco después todos sus dirigentes están en el exilio, tras haberse asilado en embajadas extranjeras, y en más de un caso tras haber sido detenidos. Sólo queda en la República Dominicana el viejo caudillo Horacio Vásquez, demasiado viejo y enfermo para que suponga peligro alguno. Cuando Trujillo se juramentó como Presidente el 16 de agosto de 1930 han desaparecido para siempre los dos partidos mayoritarios de la última época.
Pero poco a poco son eliminados también los partidos que respaldaban a Trujillo. Los dos más fuertes eran el Liberal y el Republicano, por la personalidad de sus jefes Desiderio Arias y Rafael Estrella Ureña, ambos figuras cumbres en el golpe de 1930. Unos meses después Desiderio Arias es vencido en combate y asesinado, y casi seguidamente Rafael Estrella Ureña sale voluntariamente al exilio y el Congreso le destituye poco después como Vicepresidente de la República. Los demás partidos se deshicieron por sí solos. En agosto de 1931 se constituye oficialmente el Partido Dominicano, en que se refunden los partidos de la Confederación.
Desde entonces en la República Dominicana existe un partido único. Aunque de vez en cuando se haya simulado la existencia de algún partido de «oposición».
La edición oficial (de los Estatutos del Partido Dominicano) que he podido consultar tiene en su portada una palma, que es el emblema del Partido; un retrato de Trujillo en uniforme de Generalísimo, con el siguiente pie: «Generalísimo Rafael L. Trujillo Molina, Jefe y Director del Partido»; y en la esquina superior el lema: Rectitud, Libertad, Trabajo. Como es fácil adivinar, este lema fue escogido para que sus iniciales coincidieran con las de Rafael Leonidas Trujillo; más tarde se agregó Moralidad, en juego con Molina.
Los principios que enuncia el Partido no pueden ser más vagos: «... el Partido Dominicano se ha constituido para colmar un patriótico anhelo de superación cívica del pueblo dominicano y como fuerza política para sostener y cumplir el credo renovador del Generalísimo Dr. Rafael L. Trujillo Molina ... declara y reconoce como su único Jefe Supremo al Generalísimo y Doctor Rafael L. Trujillo Molina, porque él encarna los ideales de todos los dominicanos con pensamientos nobles y porque sus ejecutorias tienen tal alcance dominicanista y tal proyección en la historia, que su vida se confunde con la existencia misma de nuestra nacionalidad». Es decir, es un partido típicamente personalista para respaldar a Trujillo, sin programa o doctrina alguna.
Para que no quepa duda alguna sobre la entera sumisión del Partido y sus dirigentes a Trujillo, el art. 27 dice: «El Comité Ejecutivo no podrá disponer nada contra lo que esté previsto en estos Estatutos, o en pugna con las decisiones del jefe del Partido ... Las decisiones de la Junta Superior Directiva o del Comité Ejecutivo podrán ser vetadas por el Jefe del Partido».
Pero para comprender la verdadera posición y significado del Partido en la República Dominicana actual es preciso tener en consideración otros preceptos de tipo oficial. Porque el Partido Dominicano está íntimamente engranado en la estructura del Gobierno.
En primer lugar, el Presidente de su Junta Superior Directiva tiene categoría de Secretario de Estado; y tienen categoría de Subsecretario el Secretario General y el Vicepresidente del Partido. En segundo lugar, la Secretaría del Tesoro descuenta en todos los cheques mensuales de los funcionarios públicos un 10% que pasa automáticamente a la caja del Partido, etc.
El saborcillo totalitario aparece en la nota hecha pública el 23 de septiembre de 1937 por Daniel Henríquez Valdés como Presidente del Partido, sobre el saludo que sus afiliados debían hacer patente ante Trujillo: «Detenerse frente al jefe Supremo con el pecho erguido y la mano derecha abierta sobre el corazón».
Pero el Partido Dominicano no es una élite minoritaria, disciplinada y con fe en un credo como lo son los partidos comunistas y algunos fascistas. De hecho es raro el dominicano de alguna actividad pública o profesional que no se haya afiliado al Partido Dominicano; es una rutina más.

El Consejo de Ministros celebrado en Madrid el viernes 26 de octubre, presidido por el general Franco, tomó el acuerdo de presentar ante las Naciones Unidas una protesta contra la intervención militar soviética en Polonia y en Hungría. El 29 el general Franco, en una entrevista celebrada con un representante de la Associated Press, comentando los sucesos políticos de Polonia y Hungría dijo: «El mundo no puede permanecer indiferente ante la intervención sangrienta de los ejércitos rusos para reprimir las ansias de independencia y de libertad de estas naciones. La indiferencia constituiría el mayor baldón para todo el occidente».
La Delegación de Franco ante las Naciones Unidas presentó la protesta conforme al acuerdo del Consejo de Ministros. El Sr. Buigas de Dalmau, miembro de la Delegación española, en la sesión nocturna celebrada por la Asamblea General el domingo 4 de este mes, expuso en los tonos más vivos la indignación de su gobierno ante los fusilamientos de Hungría, parangonando la situación de Hungría a la de España durante la guerra civil y emocionado recordaba las víctimas sacrificadas, los espectáculos presenciados por él durante esa guerra. El Sr. Buigas de Dalmau evocaba las víctimas de los horrores decretados por ellos en aquellos días, por ellos mismos, por los militares sublevados y los franquistas, contra la libertad de España.
Siempre nos es doloroso volver a la guerra civil española, nuestros objetivos son la unión de los Españoles en un clima de convivencia constructiva, el futuro de España en un régimen de libertad y de justicia sin reavivar llagas y dolores, pero cuando el hombre que está al frente del Estado español como resultado de haber sacrificado en su patria un millón de españoles, cuando la osadía de ese hombre llega a límites intolerables, entonces nosotros nos vemos obligados a recordar también.
El general Franco y sus compañeros fueron los que desencadenaron la guerra civil, segando las libertades de España conquistadas por el pueblo pacíficamente. El general Franco y sus compañeros hicieron fusilar aquellos españoles que defendían valientemente sus libertades arrancadas a otra dictadura y las defendían igual que los ciudadanos de Hungría defienden las suyas hoy contra el ejército soviético; el general Franco y sus compañeros pidieron y obtuvieron la ayuda de armas extranjeras, de Alemania e Italia, para lograr lo que sin ellas no hubiesen podido lograr: el exterminio de la libertad y democracia en España y el sometimiento de un pueblo a una férrea dictadura militar.
¿De qué protesta el general Franco? ¿De una intervención militar extranjera, cuando él debe su caudillaje a otras intervenciones extranjeras similares? ¿De qué protesta el general Franco? ¿De la represión de las libertades en Hungría, cuando él ha sepultado en España todas las libertades y enterradas las tiene desde hace veinte años?
Nosotros pedimos un poco de pudor a aquellos gobernantes que se ampararon del poder por la violencia dejando tras ellos ríos de sangre. Lo menos que debe exigírseles, a ellos y a sus representantes, es el silencio. Que se callen, que hagan olvidar a los demás los procedimientos a los que deben su pasado y su presente, ya que la tolerancia culpable de unos y la «política realista» de otros ha llegado a permitir que sus voces se levanten.
Pero acaso un día el pueblo español, recordando la protesta hecha hoy por el general Franco sobre las libertades en Hungría, salga por las calles pidiendo las suyas detentadas por él.
¿Cuál será la respuesta del General?

Declaraciones de Franco
El general Franco, en la entrevista concedida al director en España de la Associated Press, Mr. Lewis M. Nevin, entre otras cosas, ha declarado: «La sola presencia durante cuarenta años del régimen soviético a caballo entre Europa y Asia, con su gran demografía y ocupando once países extranjeros, constituye, pese a las muchas taras que aquel régimen entraña, un hecho trascendente para la marcha política de los demás pueblos».
A la pregunta formulada «¿Cómo juzga Vuestra Excelencia los sucesos políticos en Polonia y Hungría?» respondió Franco: «-Los pueblos que han conocido la libertad y una vida mejor no pueden conformarse a vivir miserablemente bajo la tiranía y el terror.» «Las confesiones por los propios dirigentes políticos rusos de los monstruosos crímenes policiacos y las consecuentes rectificaciones han contribuido, sin duda, a quebrantar el principio de autoridad y el prestigio del régimen soviético».
«Los hechos encierran en sí tal gravedad que estimo que el mundo no puede permanecer indiferente ante la intervención sangrienta de los ejércitos rusos para reprimir las ansias de independencia y de libertad de esas naciones. La indiferencia constituiría el mayor baldón para todo el Occidente.»
En otro párrafo de sus declaraciones leemos: «Que todos se convenzan de que 'vencer sin convencer' es estéril flor de un día; hay que ganarse la confianza de los pueblos con nuestra conducta»...
¡Quién le hubiese dicho a Unamuno que Franco haría ese uso de su famosa frase!
Proyectos constitucionales
Dentro de pocos días, se anuncia, serán sometidos para su aprobación al Consejo de Falange leyes constitucionales de gran importancia, una vez aprobadas por ese Consejo pasarán a las llamadas «Cortes» para su aprobación también.
Esas leyes, en resumen, tienen esta finalidad: crear un «movimiento nacional» recogiendo en él la Falange. El llamado «Movimiento» tendrá como órgano directivo un Consejo Nacional compuesto de 150 miembros. Cincuenta por ciento de esos miembros serán designados por el Gobierno, los restantes serán elegidos por «sufragio». Todos los ciudadanos, se dice, podrán votar, pero solo los militantes de ese «movimiento» podrán ser elegidos. Se han incluido entre los componentes de ese «movimiento» los jefes actuales de Falange, los militares y los jefes de sindicatos.
El general Franco conserva todas las prerrogativas que tiene en la actualidad, pero el secretario nacional del «Movimiento» tendrá el título de vicepresidente del Gobierno por un periodo de seis años y será el principal colaborador de Franco.
El «Parlamento»
El Parlamento no será suprimido, pero todos los proyectos de ley tendrán que ser aprobados por el «Consejo Nacional» antes de ser sometido a las «Cortes» y los ministros serán responsables ante ese Consejo Nacional aunque el general Franco conserva el derecho de separar a sus ministros cuando lo estime oportuno.
Se dice que estos proyectos de ley serán sometidos en la primavera próxima a un referendum nacional, falta saber que entiende el régimen actual de España por «referendum».
La sucesión de Falange
Del discurso pronunciado por el vicesecretario del «Movimiento», Sr. Salas Pombo, en Alicante el 18 de octubre, sacamos los siguientes párrafos: «El 'Movimiento' es el sucesor del 'Movimiento', por lo que hay que convenir en que la única posición viable del 'Movimiento' es el 'Movimiento' mismo». «Prefiero la espada del sindicalismo al puñal del partidismo, que presiona y falsea, cotiza y negocia con las necesidades del pueblo.»
Inquietud en el Palacio de Santa Cruz
Madrid, 4 de Noviembre- Hace unas semanas la euforia reinaba en el ministerio de Asuntos Exteriores ante la perspectiva de poder continuar la política de amistad con los países árabes y las esperanzas estaban puestas en el viaje del ministro a Turquía que no tenía otro objeto sino hacer marchar el manoseado Pacto del Mediterráneo.
Pero las cosas han cambiado. Los personajes diplomáticos circulan por el Ministerio con rostros preocupados. La situación en Egipto y el desarrollo que puedan tener futuros acontecimientos en Marruecos inquietan al Gobierno. De otro lado las agresiones marroquíes contra militares españoles en Alcazarquivir, ocurridas hace unas semanas, son motivos de preocupación.
En resumen, si la situación se agrava España podrá verse obligada a abandonar su tradicional neutralidad, de otro modo quedaría aislada de los países árabes. Pero dada la situación financiera del país no le sería posible entrar en una operación militar a la que, al parecer, se oponen los militares y la nación que desea guardar su situación de neutral.
El segundo grupo de repatriados
El segundo grupo de repatriados españoles procedentes de Rusia, llegó en el buque Crimea, en el mismo que había transportado la primera expedición. En total han regresado 461 personas, 149 mujeres, 117 hombres y el resto niños.
En el buque Crimea, saciado en el puerto de Valencia, ondeaban las banderas franquista y rusa.
Nuevos criminales de guerra
El periódico Arriba, en su número del 4 de este mes, dice que las medidas que se aplicaron por el Tribunal de Nuremberg a los sentenciados como criminales de guerra, deben ser aplicadas a los Srs. Anthony Eden, Guy Mollet y David Ben-Gurion. Estos líderes, sigue diciendo Arriba, son los responsables de la decisión de apoderarse del Canal de Suez y de provocar la caída de Nasser, Presidente de Egipto.
Un tribunal constituido bajo esa jurisprudencia sostenida en Nuremberg condenaría como criminales «a los que han roto los tratados del mundo con otras naciones y han violado la Carta de las Naciones Unidas».
Rumores
Circula por Madrid la noticia de que un nuevo movimiento político parece surgir estos días, movimiento que tiende a unirse con las heterogéneas fuerzas de oposición al régimen. Se trata, según fuentes responsables, de un movimiento «liberal» del que forma parte el Dr. Gregorio Marañón y al que trata de unir ciertas personalidades republicanas, falangistas arrepentidos y algún que otro exilado. Ese movimiento parece que busca conexiones con el que dirige el poeta Dionisio Ridruejo.
Martín Artajo con los turcos
El ministro de Asuntos Exteriores, Sr. Martín Artajo, invitado por el gobierno turco, llegó a Estambul el 26 del pasado octubre. A su llegada hizo declaraciones de las que transcribimos los párrafos más salientes: «Estoy convencido de que esta visita no sólo reforzará los lazos de amistad entre Turquía y España, sino que ayudará también a la causa de la paz en Europa.
España -dijo el ministro- en el otro extremo del Mediterráneo, es una nación trabajadora y un país amante de la paz que desea llevarse bien con todos los países amantes de la paz. España tiene una gran tradición histórica y está orgullosa de su libertad, ganada después de muy duras luchas.»
Revista de prensa española
Subida de los precios
Arriba se levanta contra la subida del coste de la vida y proclama: «Es una injusticia y una provocación ver subir los precios repentinamente, de una manera inesperada, ahora que creíamos en las mejoras con la subida de salarios. Si las cosas continúan así es tolerar el pillaje de los recursos del pobre, es autorizarlo y nada conseguiremos de las buenas intenciones respecto a la elevación de salarios».
El periódico YA, órgano católico, denuncia a su vez la actitud de 2.000 comerciantes de pescado que se han negado a efectuar sus compras al mercado central como protesta contra el aumento de precios de las ventas al por mayor.
Los carniceros han aumentado sus precios; el aceite de oliva, destinado a la exportación, ha desaparecido materialmente del mercado, mientras que el aceite no refinado que se vendía a 14 ptas. litro ha aumentado a 20 ptas.
La pobreza no es la ignorancia
Copiamos del periódico El Alcázar: «El analfabetismo no es causa, sino consecuencia. Está bien claro que las zonas de analfabetismo coinciden con las de latifundios y otras formas feudales de la propiedad.
Los brazos baratos precisos para disminuir en lo posible los costes, son facilitados muchas, innumerables veces por los niños. Estos, automáticamente, dejan de acudir a la escuela, no por placer ni por avaricia de los padres, sino porque el sistema económico y social de España lo impone.
Es preciso una política que sepa lo que quiere y a dónde va.»
Intensa emigración interior
En la provincia de Córdoba, por referirnos concretamente a una comarca determinada, se viene notando una intensa emigración. En un pueblo llamado Casariche se nota la desaparición de más de 3.000 personas, lo mismo ocurre en el pueblo de Herrera. Los que emigran desean deshacerse rápidamente de lo que poseen. En el citado pueblo de Casariche se ha vendido una casa en 1.000 pesetas, por no haber quien ofreciera más por ella.
En la aldea de Badolatosa, donde existían varias industrias dedicadas a la fabricación de sogas y otros objetos de esparto, dichas industrias han quedado paralizadas por falta de brazos. Rute, población que contaba con más de 20.000, y que se dedica a la fabricación de aguardiente, ve disminuida su producción por falta de obreros.
Remedio drástico
La prensa española, entre otros periódicos Juventud, clama contra esas emigraciones del interior y pide, abiertamente, que de la misma manera que a un hombre que quiere marchar a Brasil o a cualquier país extranjero para ganarse su vida con su trabajo, se le exige ciertos requisitos para darle el pasaporte, se le exige que vaya colocado y otros requisitos. «¿No se puede aplicar este sistema del pasaporte al territorio español?» dice el citado periódico.
La situación del campo, producida por la miseria del campesino, es uno de los graves problemas del momento actual.
Progresos de la UNESCO en España
La Editorial Aguilar está poniendo a la venta, bajo el título «Biblioteca de Premios Nobel», las obras de todos los escritores galardonados con dicho premio. El último volumen publicado ha sido una obra del filósofo inglés Bertrand Russell, pero después de editado el mencionado volumen no ha permitido la censura ponerlo a la venta y ha sido retirado de la circulación. La entrada de España en la UNESCO comienza a dar sus frutos.