Ibérica por la libertad
Volumen 4, N.º 7-8, 15 de julio de 1955


IBÉRICA es un boletín de información dedicado a los asuntos españoles y patrocinado por un grupo de americanos que creen que la lucha de España por la libertad es una parte de la lucha universal por la libertad, y que hay que combatir sin descanso en cada frente y contra cada forma que el totalitarismo presente.
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La malograda «Conferencia Tripartita»
Durante los meses de enero y febrero las actividades diplomáticas franquistas giraron en torno a dos polos: la conferencia tripartita y el «autogobierno» de la zona jalifiana. Dos polos que cualquier otro gobierno hubiera dado por inasequibles desde el comienzo de enero.
En aquella época, pues, ya los líderes rifeños se habían negado rotundamente a formar parte del gobierno autónomo previsto por el programa reformista de García Valiño. Sin embargo el comunicado gubernativo del 13 de enero si bien reconocía la unidad del imperio jerifiano ponía de manifiesto el propósito franquista de hacer efectivo el programa de García Valiño constituyendo en la zona jalifiana un «autogobierno» independiente políticamente del gobierno de Rabat. A fines de enero un decreto-ley otorgaba amplios poderes al Alto Comisario con objeto de integrar paulatinamente ciertos servicios a la administración majzeniana bajo la autoridad del Jalifa Mulay Hasan. Pero los dos partidos cuyos líderes integran el gobierno de Rabat, el Partido Democrático de la Independencia y el Istiqlal, habían manifestado respectivamente el 23 y el 25 de enero su rotunda oposición a la fórmula del «autogobierno» que consideraban incompatible con el principio de la unidad marroquí: «No debe existir en la zona provisional del norte -decía el comunicado del FDI- un gobierno con ministros puesto que ya existe en la capital del imperio marroquí otro que es el único gobierno para todo Marruecos».
Después de estas solemnes condenas no se encontraba en la zona jalifiana una sola personalidad con responsabilidad política que se atreviera a integrar el problemático «autogobierno». Sin embargo García Valiño insistió en su propósito. En su contestación a los comunicados de los dos partidos nacionalistas declaraba que la zona jalifiana conservaría su personalidad en tanto la independencia de Marruecos no fuera reconocida por Francia. Para negarse a reconocer la soberanía del gobierno de Rabat sobre la zona española García Valiño recordaba que el recién constituido ministerio presidido por Sidi Bekkai seguía siendo jurídicamente un gobierno «satélite» de Francia. De este modo a través del gobierno de Rabat el control galo se hubiera extendido a la zona española. Conclusión que García Valiño consideraba «inadmisible».
Las masas árabes, que interpretaban estas discusiones jurídicas en el sentido de una tentativa para retrasar el anhelado reconocimiento de la independencia rifeña, mostraban un creciente descontento. En todas las ciudades jalifianas se registraban manifestaciones, huelgas, atentados y deserciones. En Larache el 14 de enero cincuenta regulares emprendieron la fuga después de haber saqueado un depósito de armamento. El 16 y 18 de enero en Beni Urriaguel y Targuist dos oficiales interventores sitiados en sus respectivas oficinas tuvieron que disparar contra la muchedumbre. El 19 y el 20, los trabajadores de Villa Sanjurjo declaraban la huelga...
Puesta de manifiesto por estos disturbios la debilidad del régimen en su propia zona, la diplomacia franquista tenía cada vez menos autoridad para exigir que los gobiernos de París y Rabat la invitaran a tomar parte en las negociaciones sobre el futuro estatuto de Marruecos. En Palafito la propuesta de reunir una conferencia tripartita había sido desechada por el representante francés que se limitó a declarar que «Francia tendrá España al corriente» de las negociaciones con el Sultán. Promesa ratificada días después por una nota del ministerio de Relaciones Exteriores francés.

España no habiendo tomado parte en el tratado de Fez, la revisión de dicho pacto no requería su participación. Pero al respetar la letra del convenio, los firmantes se apartaban de la lógica. Resultaba pues inverosímil y casi absurdo el propósito de modificar el estatuto de Marruecos sin la cooperación de una potencia que administraba una parte del territorio marroquí. Sin embargo, España iba a encontrarse en el trance de tener que aguantar esta nueva afrenta. Dos años atrás Francia había destituido al Sultán de Marruecos, país cuyas regiones septentrionales estaban sometidas al protectorado español, sin que España ni siquiera hubiera sido consultada. En la primavera del año 1956, los gobiernos de París y Rabat se ponían de acuerdo para modificar el estatuto de Marruecos, dejando España al margen de las negociaciones. Era obvio que Francia se portaba en Marruecos como le daba la gana, prescindiendo en absoluto de la existencia y de los derechos de España, potencia co-protectora. Y la dictadura, cuya política exterior se funda en las aspiraciones imperialistas de Falange, no consiguió que en una tierra sometida al protectorado español una potencia extranjera respetara en su trato con España las normas más elementales de la cortesía internacional. Claro está que la dictadura había actuada con tanta inhabilidad que los dos gobiernos de París y Rabat tenían interés en que España quedara al margen de las negociaciones. La sistemática política antifrancesa del «Caudillo» había convencido a los dirigentes parisinos que cualquier intervención española sólo serviría para perjudicar los intereses franceses. Roto por el «Caudillo» el frente de las potencias colonizadoras, los marroquíes, por su parte, tenían interés en aprovecharse de las discrepancias franco-españolas, negociando aisladamente con cada una de las potencias. Además tanto los marroquíes como los franceses estaban convencidos de que podían desafiar impunemente la iracunda impotencia del «Caudillo» que ni siquiera se atrevería a romper las relaciones diplomáticas con Francia o negarse a reconocer el recién nacido gobierno de Rabat, limitándose a expresar su desagrado en la forma de lloronas notas diplomáticas y rencorosos discursos.
La política pro-árabe venía a parar en una espantosa derrota diplomática. En vez de fingir una decorosa indiferencia, el gobierno franquista procuró dar la mayor publicidad a sus quejas y a las diligencias realizadas hasta el último momento con objeto de mendigar una tardía invitación. En un comentario sobre las conversaciones franco-marroquíes, el ABC escribía el 27 de febrero: «En la obra faltan personajes. Y no precisamente de segundo orden. Los español es no hemos sido invitados»... El 3 de mayo, recién firmados los acuerdos proclamando la independencia de Marruecos, una información publicada por la prensa española refería la diligencia realizada en el ministerio francés de Relaciones Exteriores por el Conde de Casa Rojas con el propósito de formular las «más claras y expresas reservas» sobre el alcance del convenio concertado sin la presencia de España.
El segundo paso atrás
Las autoridades franquistas de la zona jalifiana intentaron presentar el reconocimiento de la independencia marroquí por Francia como la lógica y victoriosa conclusión de la política pro-árabe del Caudillo. El ayuntamiento de Tetuán autorizó una «manifestación de carácter popular» para «exteriorizar la alegría del pueblo» con asistencia de una comisión que hiciera entrega a las autoridades españolas de un escrito expresando la satisfacción del pueblo respecto a la política española. Los organizadores se negaron a ello y tuvieron que renunciar a la manifestación. Pero el 4 de marzo, al iniciarse las salvas de cañón para saludar el regreso del Sultán a Rabat, miles de marroquíes se manifestaron espontáneamente por las calles gritando «Viva Mohamed V, Viva la independencia». Al llegar a la plaza de España se encontraron con el servicio de orden. Al verse desbordada la policía disparó contra la muchedumbre resultando 11 muertos y unos 75 heridos, según afirmó el diario árabe A Ummah.
El 5 de marzo se produjeron otros incidentes en Tetuán. En Larache y Alcazarquivir hubo también incidentes sangrientos. Tan pronto como se enteró de los disturbios ocurridos en Tetuán el día 4, el líder reformista Abdejalak Torres, refugiado en Tánger desde el mes de febrero, dirigió una protesta a Madrid y un llamamiento al Sultán a quién rogaba que interviniera para proteger a sus súbditos. En Rabat 500 marroquíes oriundos de la zona rifeña se manifestaron dando gritos de «fuera los españoles», y se congregaron ante el palacio imperial. Dirigiéndose a la muchedumbre, el Sultán se comprometió a defender sus súbditos «cualquiera que sea el lugar en que se encuentren». Al mismo tiempo el gobierno marroquí cursaba una protesta al cónsul español en Rabat «llamando su atención sobre la gravedad de la situación». Por su parte el jalifa dirigió dos mensajes de protesta a Franco y a García Valiño rogando a éste que «intervenga rápidamente para poner fin a los manejos de la policía y a la efusión de sangre».
Pese a la tensión que se notaba en Marruecos el dictador intentó perseverar en su nueva actitud de firmeza valiéndose, entre otros pretextos, de la proyectada «interdependencia» franco-marroquí. La diplomacia franquista se negaba pues a reconocer la autoridad del gobierno de Rabat sobre la zona jalifiana en tanto no fuera conocido el alcance de la futura «interdependencia». Definido el régimen de «interdependencia», el «Caudillo» se hubiera negado a entregar las palancas de mando a un gobierno «satélite» de Francia.
Las supuestas discrepancias entre el Sultán y Al-lal-el-Fassi ofrecían otro pretexto a la política dilatoria de Franco. Frente al «burguibismo» del Sultán, presunto partidario de la colaboración con Francia, la diplomacia franquista sostenía Al-lal-el-Fassi, jefe ideológico de los guerrilleros que seguían luchando en la región rifeña francesa. Cabía suponer que con objeto de seguir recibiendo armas y municiones de procedencia española los jefes de la guerrilla harían todo cuanto estuviera en su mano para calmar la agitación anti-española en la zona jalifiana.
Pero estos distintos pretextos se desvanecieron a los pocos días del reconocimiento de la independencia marroquí por el gobierno galo. Se aplazaron las negociaciones franco-marroquíes para la «interdependencia» a petición del gobierno de Rabat deseoso, al parecer, de resolver el problema de la zona española antes de emprender la segunda fase en París. Se alejaba pues el pretexto de la «interdependencia», en el momento en que la creciente agitación en la zona jalifiana exigía una solución rápida. En la región rifeña francesa una tregua tácita hacía cesar la lucha mantenida hasta la fecha por los guerrilleros, al parecer con el único propósito de hacer presión a los franceses. Reconocida la independencia y cumplida la misión señalada a la guerrilla, Al-lal-el-Fassi dirigió un llamamiento a los jefes del «ejército de liberación» invitándoles a suspender el fuego. Al-lal-el-Fassi había dejado de ser el posible instrumento de una táctica dilatoria. En Madrid, donde llegó a mediados de marzo, iba a desempeñar el papel de intermediario entre España y el gobierno de Rabat.
Desvanecidos todos los pretextos dilatorios el «Caudillo» tenía que optar entre el reconocimiento inmediato de la independencia y una política de firmeza, que significaba la guerra.
El ministro de Educación del gobierno jalifiano había presentado la dimisión, lo que ascendía a tres el número de las vacantes, los ministros de justicia y Acción Social, Abdala Guenun y Abdejalak Torres, habiendo dimitido a principios de enero. El Jalifa se negaba a aprobar el nombramiento de otros ministros. En toda la zona jalifiana se notaba entre los moros una creciente exasperación y la súbita aparición de un sentimiento anti-español. Incidentes y atentados se registraban cada noche. La lealtad de las fuerzas indígenas parecía tan dudosa que el Alto Comisario dio la orden de que se desarmara a la policía marroquí sustituyéndola por 950 guardias civiles procedentes de España. El gobierno se veía por primera vez en el trance de tener que reforzar las guarniciones rifeñas con tropas metropolitanas.

Pero la política de fuerza estaba ya condenada. Meses atrás una cooperación franco-española hubiera podido imponer a la entonces inorgánica opinión marroquí la prorrogación del estatu quo. Pero a raíz de los sangrientos incidentes ocurridos en Tetuán a principios de marzo España, si se hubiese negado a reconocer la independencia marroquí, habría tenido que luchar a solas contra un Estado cuya independencia acababa de ser reconocida por Francia y contra un amplio y unificado movimiento nacionalista galvanizado por sus primeros triunfos. Al enzarzarse en una nueva guerra de Marruecos después de haberse reconocido en París la independencia marroquí, Franco hubiera confesado implícitamente que al presentarse como campeón del Islam sólo se proponía engañar a los Árabes y captar su confianza. En el terreno meramente militar el resultado de la lucha parecía dudoso. Cabía temer pues que los llamamientos de soldados diesen la señal de disturbios en España. Por otra parte la opinión norteamericana hubiera visto con un profundo desagrado esta nueva guerra colonialista. Y cabía temer que esta evolución motivase una total o parcial suspensión de la ayuda económica concedida a España. La prensa franquista escribía el 15 de marzo: «A Norte América le interesa mucho que los problemas norteafricanos se encaucen pacíficamente».

No quedaba pues más remedio que acceder a las exigencias marroquíes. El sábado 12 de marzo García Valiño, convocado con carácter urgente por el «Caudillo», llegaba a Madrid y se entrevistaba a solas con Franco. El habitual consejo de ministros del viernes había sido suspendido con motivo de esta visita. Cabe suponer que las nuevas concesiones a los marroquíes fueron concertadas en el curso de esta entrevista en la que Martín Artajo no estuvo presente. Al regresar a Tetuán, García Valiño decretó la libertad de los líderes nacionalistas detenidos pocos días atrás por orden suya. La prensa reflejó esta nueva línea de conducta. A los pocos días de escribir los periódicos franquistas que pese a los acuerdos de París, el gobierno de Rabat seguía siendo un satélite de Francia, Gómez Aparicio, portavoz oficioso del régimen, opinó en la Hoja del Lunes que «si el Sultán era realmente un soberano libre las negociaciones podrían determinar que se iniciase la incorporación de la zona española al nuevo Estado marroquí unido e independiente». Decidido ya el abandono de Marruecos, la prensa se dedicó, a partir de aquel momento, a la ardua tarea de justificar la política del «Caudillo» ante la opinión pública haciéndole pasar la pérdida de una colonia por un gran éxito político y diplomático. Entabladas en Rabat a mediados de marzo, las negociaciones terminaron el 7 de abril en Madrid con la firma del convenio según el cual el gobierno de Franco reconocía la independencia de la zona del protectorado.
Al amanecer del día 7 de abril -el caso era urgente ya que el Sultán tenía que salir para Sevilla por la mañana- el convenio no estaba firmado todavía. La última reunión había empezado trece horas atrás, a las cinco de la tarde. Ante lo ridículo que hubiera sido el aplazamiento de la anunciada salida del soberano, el Caudillo se decidió a firmar el protocolo.
Quedaron al margen de las negociaciones el enclave de Ifni, cedido a España por el pacto de 1860, y los «presidios» de Ceuta y Melilla. Sin embargo a raíz de la proclamación de la independencia rifeña se registró un levantamiento en Río de Oro y el enclave de Ifni, siendo degollados en dicha ciudad once oficiales del ejército español.
La rebelión fue sofocada mediante la intervención de un destacamento de paracaidistas y del crucero Canarias. Pero tarde o temprano las autoridades de Rabat, presionadas por el ala intransigente del Istiqlal, se verán en el trance de tener que apoyar las campañas reivindicadoras en Ifni y Río de Oro, instando al gobierno franquista a que dé nuevas pruebas de su «buena voluntad».
La pretendida colaboración militar
Desde el punto de vista marroquí la colaboración militar entre ambos países ha de traducirse en la incorporación de las unidades jalifianas, que hasta la fecha formaban parte del ejército español, a las nuevas fuerzas marroquíes recién constituidas bajo el mando del príncipe heredero Mulay Hassan. Dos mehalas jalifianas con sus instructores españoles tomaron parte en el primer desfile del ejército real marroquí ante el Sultán, el 14 de mayo. Al volver a Tetuán después de presenciar el desfile, el general García Valiño manifestó a la prensa que su breve estancia en Rabat, con objeto de entregar a Marruecos las mehalas instruidas por España, constituía «la cúspide de su actuación como Alto Comisario de España». La prensa franquista que se regocijaba por la incorporación de las unidades españolas de la zona rifeña al ejército del nuevo Marruecos independiente, comentaba en otro tono el fenómeno similar que se advertía en la zona vecina: «Nota melancólica para los franceses -escribía el ABC el 10 de mayo-: hoy en Keila, cerca de Rabat, los goums, fuerza de tiradores marroquíes, han dejado de pertenecer al ejército francés. Pasan a formar parte del ejército real».
Cabe suponer que los dirigentes franquistas aspiraban a dominar al nuevo ejército jerifiano a través de los mandos españoles y de los tabores reclutados e instruidos por España. Esperanza que estriba en una visión errónea de la realidad marroquí y del papel de los instructores españoles en el ejército jerifiano. Al ingresar en dicha fuerza los oficiales y técnicos españoles tendrán que sujetarse al mando marroquí. Si se apartasen de este deber de estricta obediencia se levantarían contra ellos sus propios soldados, mahometanos fanáticos de dudosa fidelidad a la antigua potencia protectora. Sin embargo, el príncipe Mulay Hassan, jefe del ejército real, manifestó rotundamente su firme propósito de no tolerar ninguna maniobra franquista. El 14 de mayo se opuso terminantemente a que tomaran parte en el desfile las cinco mehalas y los nutridos grupos de oficiales españoles puestos a disposición suya por García Valiño. Sólo fueron admitidas dos mehalas con un escaso número de instructores españoles. Para imponerse en este país de tradición anárquica, el Soberano sabe, pues, que necesita una fuerte organización militar. Este ejército ha de ser suyo, totalmente suyo, y sin embargo, su constitución supone la cooperación de técnicos extranjeros. La policía militar del nuevo Marruecos oscila entre esta voluntad de independencia y la ineludible necesidad de acudir a la cooperación extranjera. Por lo tanto, mientras el gobierno jerifiano negocia con García Valiño con objeto de conseguir la paulatina incorporación al ejército real de las fuerzas regulares rifeñas, con un limitado número de instructores españoles, el príncipe Mulay Hassan se esfuerza por constituir un pequeño estado mayor personal integra do por oficiales y técnicos occidentales ajenos a las esferas parisinas y madrileñas.
¿Irresponsabilidad o incapacidad?
Pese a estas repetidas desilusiones y fracasos, el Caudillo lleva adelante la nefasta política pro-árabe con la ilusoria esperanza de aprovecharse de la caótica situación imperante en Marruecos y de la guerra franco-argeliana para recobrar en la práctica parte de los poderes que se ha visto en el trance de abandonar oficialmente. Con este objeto Franco, en su discurso programa de Sevilla pronunciado a fines de abril, anunció su propósito de ayudar «lealmente a los pueblos del Norte de África a consolidar su independencia».
Así la dictadura imperial del Caudillo va perdiendo alegremente, con la más absoluta irresponsabilidad, las últimas posesiones españolas. Soñaba el general Franco con un imperio norte-africano constituido a costa de Francia y ya, por culpa suya, España ha perdido más que Francia, que logra extender su dominación económica por la antigua zona jalifiana. Contra los franceses ayudó a los nacionalistas árabes y estos se volvieron contra él.
Después de demostrar el más absoluto desconocimiento de la mentalidad árabe y de las realidades norte africanas, el engañador engañado, blasonando de «especialista» en los asuntos islámicos ofrece «ingenuamente» su mediación para resolver los delicados problemas del Próximo Oriente.
Amparado y dirigido por Rusia el fanatismo árabe puede convertirse en un mortal peligro para la civilización occidental. Ya la guerra fría se ha trasladado a los países árabes. En esta coyuntura, y por razones meramente geográficas, España puede verse en el trance de tener que asumir una vez más su histórica misión de defensora del Occidente europeo.
¿Puede el fracasado equipo franquista asumir con responsabilidad esa misión? Es uno de los graves problemas que tienen planteados las democracias.
ELENA DE LA SOUCHÈRE

Acabo de dar un largo y apasionante paseo con George Orwell. Es el tercero o cuarto en que sigo el mismo camino y, sin embargo, cada vez me resulta distinto, nuevo.
El primero de esos paseos, que podría denominar de la segunda serie -porque cuando los emprendí, Orwell estaba ya muerto-, lo hice en compañía de una edición italiana del Ommagio a la Catalogna. Luego, con la edición inglesa del Homage to Catalonia. Después, con la edición norteamericana, barata. Y ahora, con la francesa.
Yo había vivido, en la realidad, las mismas cosas que cuenta Orwell en este libro. Había llegado a las mismas conclusiones. Durante años, sostuve los mismos puntos de vista. Pero en esos cuatro paseos con el libro encontré cada vez nuevas razones para confirmarme en lo que pensaba, nuevos hechos para reavivar mis recuerdos. Cada vez, el paseo me aportaba algo inapreciable: la sensación de compañía, la certidumbre del compañerismo. Y la imagen viva de Orwell tal como lo conocí.
* * *
Murió a comienzos de 1950, cuando la fama comenzaba a significar para él algo propio. Tuberculoso. De una vieja enfermedad sin duda agravada por una herida en el cuello -que estuvo a punto de cortarle la columna vertebral-, recibida en el frente de Aragón, cuando luchaba en una columna de milicianos obreros, en la guerra de España.
Al conocerle, en 1935, no le di otra importancia que la de su simpatía silenciosa y algo adusta. Ni siquiera me informó -a mí, que era un muchacho de 20 años-, que escribiera, que hubiera publicado varios libros. Para mí, era simplemente un miliciano más, venido voluntario de Inglaterra, a quien me encargaron que hiciera de «cicerone» por algunos barrios obreros de Barcelona, mientras pasaba su breve periodo de instrucción en un cuartel de la ciudad.
De lo que vio, entonces, sólo me he enterado mucho más tarde, cuando ya no tenía ocasión de discutirlo con Orwell. Lo explicó en su Homage to Catalonia, que no pude leer hasta 1951, cuando apareció la traducción italiana del libro.
George Orwell
Tenía Orwell, en aquel 1936 español, un rostro enjuto, ya surcado de arrugas. No mucho antes había pasado un periodo de hambre en París. Era una silueta de alambre. Despeinado, con el cabello formándole como dos circunflejos oscilantes sobre los dos circunflejos de las cejas espesas, con bigote un día y sin él al día siguiente, la mirada triste, que yo atribuí, con la novelería de los 20 años, a penas sentimentales.
En realidad, no erré. Sentimentales eran los motivos de Orwell para venir a España. Había estado enamorado de la Revolución como se está enamorado de una mujer. Comenzaba a tener sus dudas -justamente en la época del gran vaivén de entusiasmo de los intelectuales de izquierda y liberales- acerca de la Revolución. Su venida a España era como una última tentativa de reconciliación, como quien ha visto a la mujer amada en un ambiente ridículo o nocivo y, ahora, para deshacer el mal efecto que le causara, la busca en un ambiente más apasionado...
Pero ya el sentido crítico dominaba sobre la pasión. Hablábamos en francés. Recuerdo muy bien algunas de las preguntas que me hizo cuando le iba explicando el mecanismo de las socializaciones de ciertas industrias, porque me sugirieron no pocas inquietudes y muchas reflexiones esquemáticas.
«¿Y la compañía de tranvías (socializada) qué hace con sus beneficios? ¿Los entrega para otras empresas deficitarias? ¿Los consagra a mejorar la condición solo de los obreros tranviarios?».
Y esta observación, al pasar por delante de la horrenda Sagrada Familia, me hace pensar que ya para entonces germinaba su 1984:
De esos 50 años, ya han transcurrido casi veinte.
* * *
Más que las visitas a fábricas o a periódicos -yo trabajaba en uno de ellos y venía a buscarme a la redacción-, le agradaba meterse en los bares, a comer alubias con «butifarra», que a la sazón sólo empezaban a escasear y aun no estaban racionadas. De noche, sobre todo -la disciplina del cuartel era bastante lata para permitirle salir al caer el sol-, nos metíamos por las callejas del Distrito Quinto, por los arcos de Cires o del Teatro. Y más de una madrugada nos sorprendió en el Borne, el gran mercado central, ya un poco escuálido de mercancías. Se detenía a chapurrear el español con los descargadores, se hacía contar por cada uno lo que había hecho el 19 de julio. (Acaso pensaba escribir algo sobre esa jornada). Sus manos largas, frías, tomaban las cebollas, las naranjas, y las sopesaban.
«¿Todo el mundo puede comer de todo?» me preguntó una vez.
Orwell era un experto en vivir de milagro. No sólo se lavaba la ropa y se cosía los botones sino que cuando fui a verlo en su «chavola» del frente de Huesca, me explicó varias maneras de tener fuego sin resplandor y casi sin combustible. Había aprendido de unos labriegos el arte de hacer tortillas con ayuda de unas avellanas que se encendían y cuyo aceite daba una llamita tenue pero muy caliente.
Reía sin hacer ruido, cuando el aceite de la sartén comenzaba a burbujear. Y muchas veces, si se le hacía una pregunta oportuna, se olvidaba de echar la sal y se lanzaba a una discusión fría, seca.
Porque lo curioso de ese eterno voluntario de las causas perdidas, -de las buenas causas-, era que debajo de su fogoso apasionamiento había un razonador sereno. De ahí, en el fondo, su tragedia: que no podía entusiasmarse sin ver las debilidades y los peligros de aquello que le encendía la sangre. De ahí, también, su eficacia. Y lo que, con el tiempo, lo convirtió, ya al terminar su vida, en el gran satírico de nuestra época, el Swift o el Courier del siglo XX, el autor de Animal Farm y de 1984.
Hay un norteamericano, Jack London, que en su Talón de Hierro me hace pensar en Orwell. Como él, profetiza, pero permaneciendo fuera de la profecía. Y si empalmáramos los dos libros, acaso se nos aparecerían como coherentes, continuándose perfectamente. Para Orwell, la matriz del universo de 1984, el del Ministerio de la Verdad y el Ministerio de la Paz, se construye ya hoy. Puede, pues, ser una realidad. Pero toda su obra está hecha, justamente, para que no llegue a serlo. No nos dice: «Todo está perdido», sino «Todo corre el peligro de perderse».
Porque Orwell tiene confianza en esos hombres que pueden llegar a ser antisemitas, nacionalistas rabiosos, cínicos embusteros conscientes, sometidos resignados. Tiene confianza en que dejen de ser así, en que, sin convertirse en angelitos, logren superar esas tendencias abismales que los arrastran a veces. Sus libros, sus ensayos, son tentativas de inmunización.
Es un orgullo para España haber contribuido a darle esta confianza en el hombre. Y, para mí, haberle ayudado a conocer a algunos de esos obreros españoles de los cuales escribiera:
Orwell tuvo siempre la virtud de ser inoportuno -una virtud a la que sólo los inconformistas auténticos pueden aspirar. ¿De qué puede servir divulgar las disensiones en el campo republicano, durante la guerra española, ahora, al cabo de veinte años? El libro de Orwell es mucho más que esto: es una de las mejores interpretaciones de la guerra de España, es un retrato fiel de los españoles de aquel momento. Es, también, una advertencia para todos los países que pueden sufrir, en cualquier momento, las mismas maniobras de que fueron víctimas los españoles. Y es una prueba, para tantos españoles que pueden sentirse desorientados o decepcionados, de que la verdad, el testimonio directo, sincero, que quita el sueño, siempre tiene justificación en sí mismo. «Al fantasma se le mata con su nombre», decía Juan Ramón Jiménez. Y a la verdad se la resucita con su nombre. Esta verdad de España que cuenta Orwell, la verdad del libro la resucita también.
Hay autores de obras de este tipo -para mí, por ejemplo, Galdós, Zola, Panait Istrati, el Sender de Los Siete Domingos Rojos-, por los cuales el lector siente un afecto personal, de hombre a hombre, un cariño caluroso y emocionado. Son los autores que pueden empañarnos los ojos no ya con sus libros, sino hasta con una anécdota de su vida. Orwell figura en la muy breve lista de tales escritores. Es, pues, más que un escritor. Es un amigo íntimo de cada uno. Especialmente, de cada español.
Por esto, mis paseos con él me encogen siempre algo el corazón, me hacen respirar hondo, y me siento capaz, entonces, de seguir fiel al compañerismo de Orwell incluso si 1984 llega a ser como el nos advirtió que no debemos permitir que sea.
VÍCTOR ALBA

El escrito que va a continuación nos llega de España acompañado de una carta, de la que copiamos los siguientes párrafos:
(Firmada)
Una ciudad de España, junio 1956.
Nunca nos ha herido ni molestado a los españoles el boicot, que durante y después de la última contienda bélica, las naciones consideradas libres y llamadas democráticas hicieran a España. Jamás hemos pensado ni creído que fuese contra el pueblo español, si bien es verdad que las consecuencias del bloqueo se hicieran sentir más en la clase humilde que en parte alguna; siempre hemos estimado que la disconformidad de los países demócratas, vecinos más o menos lejanos nuestros, estaba completamente de acuerdo con el descontento interior del país, para con el régimen de Franco; impuesto por la fuerza de las armas, con la ayuda exterior y a costa de mucha sangre.
Esta tácita solidaridad de ideas y sentimientos entre las democracias y el pueblo español, nos daba a los españoles la convicción de nuestra razón y la fuerza moral basada en la seguridad de no estar en error ni abandonados, sintiéndonos respaldados por la comprensión de los demás países.
Cuando llega el momento que las democracias consideran oportuno, y al parecer necesario terminar con el boicot a España, es cuando Estados Unidos nos decepciona rotunda y categóricamente, y no solamente por sí mismo, sino que ejerce sobre los demás países toda la presión que su categoría e influencia de director de orquesta le permite, y que conduce a la anulación total y levantamiento absoluto del bloqueo internacional.
La anulación del boicot robusteció al régimen de Franco, y esto trajo como consecuencia inmediata que, si antes teníamos el martirio de la dictadura tiránica, después se agravó con el martilleo incesante de la verborrea franquista en prensa y radio; haciendo constar en todo momento que los fuertes y depositarios de la razón y verdad eran ellos. Todo esto acompañado de groseros alardes de fuerza por parte de la «elite». Todo el mundo -decían- comprende al fin a Franco, a la Falange y su Movimiento; y de forma especial Norteamérica.
Tal vez piensen en los Estados Unidos que debemos estarles agradecidos, y no es así; en todo caso serán los gobernantes quienes deberán agradecer esta y otras concesiones y privilegios, que en nada han favorecido ni favorecen al pueblo.
La decepción fue en aumento hasta culminar con el acuerdo hispano-americano. En esta ocasión, y con tal motivo, tuvimos la impresión de que el tío Sam nos decía, «No queréis taza, pues tomad taza y media del régimen franquista». Os la doy yo, que soy el campeón de la libertad.
Después ha sido una carrera incesante de reconocimientos y distinciones a Franco y su gobierno. Ingreso de España en la UNESCO y en la ONU. Distinciones agasajos y títulos honoríficos a ministros de Franco que han hecho tourné por los Estados Unidos; y ahora ya se habla del posible ingreso de España en la OTAN.
Todo esto ha sido y es para el gobierno de Franco, pero no para el pueblo español; porque el gobierno actual no representa en conciencia al pueblo. No ha sido elegido por él, ni lo quiere; lo soporta porque las bocas de los fusiles tienen una fuerza persuasiva indiscutible.
Estados Unidos mima y agasaja al tirano de España; pero los norteamericanos no deben olvidar y menos ignorar, que todas las concesiones, distinciones y mimos hechos a Franco y su «elite» son otras tantas ofensas para los españoles, que de hecho estamos esclavizados.
De tal forma nos sentimos decepcionados por Estados Unidos. Tanto afán y prisa se han dado en poco tiempo para demostrarnos lo equivocados que estábamos respecto a este país, que hoy los españoles creemos que todo lo que dice Norteamérica por boca de, sus gobernantes de libertad, justicia, etc. es pura filfa; fuera de sus fronteras y siempre que pueda beneficiarse en algo, o realizar sus propósitos, le importa muy poco al tío Sam que el país al cual ofrezca , su «generosa y desinteresada» ayuda sea o no dictatorial y una negación de la libertad por la que según ellos tanto luchan y se preocupan.
Si no es cierto ¿cómo se explica esta incomprensible amistad con un gobierno concebido y realizado a imagen y semejanza del tantas veces combatido y desacreditado fascismo, y que tantas vidas costo a los Estados Unidos?
Cuando conocíamos a los norteamericanos solamente por las cintas cinematográficas, y algunos turistas de aspecto ingenuo y con exóticas indumentarias, nos eran simpáticos, y hasta llegábamos a admirarlos en las gestas heroicas de sus películas más o menos convencionales.
Hoy, tres años después del pacto, y recogiendo una expresión popular, «A los tres años de contubernio de ambos gobiernos, que no de países», vemos a los Estados Unidos de muy distinta forma, a través de un prisma diferente; menos ingenuo y admirativo, más objetivo y real, con más certeza, y sin duda alguna, poseyendo más elementos de juicio que hasta ahora.
Sin releer los últimos momentos de nuestra historia colonial, y por tanto sin que algunos de los hechos acaecidos por entonces influyan en nuestro estado de ánimo, vemos y observamos en cualquier momento, y siempre que la ocasión se muestra propicia, que la capacidad afectiva del pueblo español ha disminuido considerablemente con relación a los Estados Unidos, y sigue en progresión descendente, al mismo tiempo que partiendo de la indiferencia, se inicia una nueva progresión creciente, en la cual la primera razón o término es el desafecto; sin contar, a los desaprensivos que sólo ven en el norteamericano a la persona acaudalada, o económicamente fuerte y propicia al expolio, exceptuando a los arrivistas y estómagos agradecidos, amigos y beneficiados más o menos directamente con el acuerdo hispano-americano.
Los Estados Unidos se han creado una aureola de justicia, y se han erigido en protector de los oprimidos y defensor de los ideales y derechos del hombre.
No puede faltar a las molestas obligaciones que supone y reporta tan altruista y alta posición ante los ojos de los pueblos del mundo, sin menoscabo y daño de su prestigio. Por esta razón, no podía olvidarse de los hijos de este maltratado país, y en un rasgo de generosa piedad, decidió enviarnos por conducto de las instituciones de Acción Católica, mantequilla, leche en polvo y queso (con la misma intención que se le da a un niño caramelos para que no moleste).
Un rasgo muy generoso por su parte, que les honra. Pero, para no ofender nuestro natural orgullo decidieron llevarse en pago o compensación el aceite de oliva, que es el único que utilizamos ordinariamente en los usos domésticos.
Claro es que ya estamos acostumbrados a esta clase de expolios por parte de nuestros gobernantes. Hace algunos años, también salían productos de primera necesidad, como el azúcar, con destino a Alemania; estando entonces la población civil sin azúcar ni para las necesidades más urgentes y perentorias; los sanos tomábamos sacarina, y los enfermos... también, el qué no podía tomarla no tomaba nada. Gracias a la buena administración de nuestros dirigentes, en Alemania podían tomar el azúcar que a nosotros nos faltaba.
No se nos arguya que esto pueda ser falso o exagerado, ya que no solamente lo hemos visto, pues aunque doloroso, no lo hubiera sido tanto como tener que cargar sacos en el puerto de Pasajes, en barcos con pabellón alemán y en muelles previamente cercados.
Esto, si no justificado, al menos en cierto modo, existía el pretexto conformista de que teníamos una deuda de guerra contraída con Alemania.
Pero, ¿que razón de la sinrazón hay para que el aceite que hace falta a España se lo lleven a Estados Unidos?
¿Que deuda de guerra, o de cualquier otra clase hemos contraído con ese país?
Estados Unidos nos envía excedentes de productos agrícolas, también nos suministra material de guerra Hoy estamos pagando esta ayuda a precio de oro pero tal vez en un futuro no muy lejano, ¿en que clase de moneda o de especie tendremos que satisfacer esta ayuda-deuda? Mucho tememos que no podamos saldarla con azúcar ni aceite de oliva.
¿Contra qué, contra quienes hemos de utilizar los fusiles y carros de combate que nos envía Norteamérica?
¿Para defendernos nosotros, o para defender a alguien más?
Esta y otras interrogantes nos las hacemos continuamente.
Por mucha imaginación y buena voluntad que ponemos por nuestra parte, no llegamos a alcanzar una respuesta satisfactoria.
Esperemos que el tiempo se encargue de aclararnos estas incógnitas. Esperamos y deseamos estar equivocados.
Y para finalizar, damos a conocer algunas de las opiniones expresadas por los Universitarios de Madrid y Barcelona, entre otras ciudades, alusivas al Generalísimo y sus relaciones con el extranjero:
¿Es paradójico el destino del pueblo español? Así lo parece ante los hechos de la historia de España. Ahora cuando todo el mundo creía en la inmovilidad de la política española, hemos visto como el descontento y el malestar se manifiestan en todos los medios españoles, y, en particular, en la clase estudiantil.
Terminada la guerra de 1939 a 1945, todo el mundo creyó, aun los propios falangistas -y pruebas escritas y verbales hay de ello- que el régimen de Franco tenía los días contados. Pero no fue así. Franco siguió en el poder y ha seguido, en medio de todas las críticas y dificultades que se han presentado.
Pero ha bastado que el régimen de Franco haya entrado a formar parte de las Naciones Unidas, como antes en la U.N.E.S.C.O. y en el Buró Internacional del Trabajo, y anteriormente a otros organismos análogos, para que los españoles se hallen indignados de aquello que los propios partidarios de Franco no podían creer.
Y es que al pueblo español más que la miseria y el dolor, lo que más le indigna es la injusticia. Esta es una condición material del pueblo español. Y ante la injusticia que se comete con España, al creerla indigna de una democracia y el sancionar lo que todo el pueblo español no acepta, este hecho ha colmado su indignación y su protesta.
Pero veamos los hechos de la historia.
Cuando el mundo cristiano se hizo católico España acepta el arrianismo.
Cuando Europa en la Edad Media cae en el obscurantismo teocrático, España crea una civilización clásica de cristianos, árabes y hebreos, que enseña al mundo las doctrinas grecorromanas.
Cuando más tarde Europa se debate en las guerras de religión España establece la unidad política y religiosa.
Cuando empieza la Revolución francesa España se halla gobernada por una de las más absolutas monarquías, Carlos IV.
Cuando Napoleón vence en toda Europa el ejército de Bonaparte es derrotado en España.
Cuando triunfa la Santa Alianza, en España, en 1820, se subleva Riego para imponer a un rey felón, -Fernando VII-, la constitución liberal de 1812.
Cuando en el segundo imperio el «pequeño» Napoleón hace el juego a la política despótica de Bismarck, en España estalla la Revolución de 1868, que termina con la, República de 1873, y, finalmente, para no hacer más largo este parangón histórico, cuando el fascismo de Mussolini y el nazismo de Hitler comienzan a imponerse en Europa amenazando las claudicantes y temerosas democracias, España, por impulso popular, única en su historia, derroca una monarquía que se llamaba secular e impone una República liberal, democrática y parlamentaria en 1931.
Todos estos hechos paradójicos demuestran la gran personalidad del pueblo español a través de la historia. Lo que es lógico para otros pueblos para el pueblo español es ilógico, porque el pueblo español posee virtudes y cualidades que los demás pueblos no aprecian ni comprenden, y, de ahí, las grandes sorpresas -¿paradojas?- de la historia de España.
Ante estos hechos ¿qué no hay que esperar del pueblo español en un momento -en cualquier momento- inesperado?
J. BORT VELA
Franco y Hitler: Nuevas revelaciones
«Los alemanes tienen buen ojo. Siempre eligen bien el momento y el sitio».
Éstas fueron las palabras de Franco en la mañana del 10 de mayo de 1940, cuando el embajador alemán Eberhardt von Stohrer le informó que Alemania había invadido Bélgica y Holanda, o -como von Stohrer expresó en el telegrama secreto dirigido al Ministro alemán de Relaciones Exteriores- cuando «habían tomado bajo su protección la neutralidad de Bélgica y Holanda».
Estas y otras revelaciones están incluidas en un volumen sobre la política extranjera de Alemania, hecho público por primera vez por los gobiernos de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. El volumen empieza con la reunión celebrada por Hitler y Mussolini en el Paso de Brenner el 18 de marzo de 1940, y termina con la firma de la rendición de Francia el 22 de junio de ese mismo año.
La publicación de este libro pone de manifiesto las íntimas relaciones entre Franco y su amigo y protector Adolf Hitler, y revela asímismo lo que Franco esperaba obtener en relación con sus pretensiones territoriales en África y otros botines de guerra, al lado de los alemanes, como consecuencia de su entrada en la Segunda Guerra Mundial.
El último punto de la serie de documentos contenidos en este volumen revela la codicia de Franco, que le hizo soñar con ser el dueño del Norte de África. El Secretario de Estado alemán, Ernst Freiherr von Weizsacker, envió el siguiente memorándum al Ministro de Relaciones Exteriores el 19 de junio, cuatro días antes de la rendición de Francia:
Vale la pena de citar con más amplitud el mensaje enviado por von Stohrer al Ministerio de Relaciones Exteriores alemán el día de la invasión nazi de Bélgica y Holanda:
Otros mensajes revelan lo que ha ocurrido desde poco antes de la declaración de Franco sobre el «buen ojo» hasta el momento de formular sus peticiones sobre el Protectorado de Marruecos.
El 16 de abril de 1940 von Stohrer transmitió la siguiente información al Ministerio Extranjero alemán:
Franco, declarando su neutralidad, parece que ha tomado el «camino justo» hasta el momento en que Italia entre en la guerra. (Era el camino que Hitler aprobó).
Von Stohrer citó los temores que tenía Serrano Súñer de que la pobre situación económica de España pudiera ser un obstáculo en el camino de un fuerte esfuerzo de guerra,
Un telegrama de von Stohrer al Ministro de Asuntos Exteriores alemán, 20 días después de la invasión alemana, ilumina los esfuerzos de Francia e Inglaterra para ganar la voluntad del gobierno de Franco. El telegrama lleva la fecha de 20 de mayo y dice:
UN MANIFIESTO DE LOS ESTUDIANTES CATALANES
Acaba de publicarse en Barcelona el primer número de Solidaridad Universitaria, órgano de los estudiantes catalanes. Este primer número inserta un manifiesto de los estudiantes que contiene 7 puntos, de los cuales copiamos los párrafos más importantes:
1) Pedimos la supresión del monopolio sindical de la S.E.U., causa de que la mayoría de los universitarios se separen de sus primordiales deberes hacia sus compañeros; reconocimiento de todas las agrupaciones universitarias que son la expresión de la libre voluntad de los estudiantes.
2) La Universidad de Barcelona ha de ser, antes que todo, el instrumento propulsor de la cultura catalana (continúa el párrafo enumerando las medidas necesarias a adoptar. Entre estas medidas están: el restablecimiento de la lengua catalana, juntamente con la lengua castellana, como lenguas oficiales de la Universidad y la creación de cátedras de Historia y Civilización de Cataluña, etc.).
3) Establecimiento de una plena libertad doctrinal para todos los catedráticos.
4) Para que la Universidad conserve su nombre de «universal» es necesario: que se aumente el actual número de becas de manera que el obrero y sus hijos tengan acceso a la Universidad y a los títulos que ella concede y no se vean obligados a refugiarse en las mal llamadas «Universidades Laborales»; que la política económica del país se plantee seriamente como uno de sus objetivos la gratuidad de la enseñanza primaria, secundaria y superior.
5) Considerando que buena parte de los males que afectan a la enseñanza universitaria vienen de la deficiente preparación que proporciona, exigimos que se incremente la retribución del personal docente las dotaciones de las cátedras, para que se pueda exigir a ese personal la dedicación exclusiva a esta tarea.
6) Supresión de la asignatura denominada «Formación Política». Supresión de las fiestas políticas que no dicen nada a la inmensa mayoría de los universitarios.
7) Libertad para todos los universitarios detenidos y condenados y sobreseimiento de todas las causas en curso.
Como todos los estudiantes de España tienen delante de ellos, en gran parte, estos mismos problemas, señalamos como único camino para llegar a una plena comprensión de los mismos y a soluciones, concretas la celebración de un Congreso de Estudiantes en el que estén representados auténticamente todos los alumnos de todas las Facultades y Escuelas.
Se viene hablando con insistencia estos días de la lucha, más o menos sorda, entre las fuerzas que han venido sosteniendo al general Franco, pero los términos de esta lucha no aparecen claros por estar situados en terreno distinto del que se les pretende situar.
Se señala la lucha entre la Iglesia y Falange, entre Falange y los monárquicos, la oposición entre Falange y el Ejército, lo que puede llevar a deducir que tanto la Iglesia como el Ejército y los monárquicos ven un serio peligro en Falange frente a la nueva estructura que necesariamente ha de sufrir el régimen actual de España.
El general Franco ha hecho la luz sobre la situación de Falange en uno de los discursos pronunciado en Sevilla, al que nos hemos referido en otras ocasiones: «Ninguna monarquía podrá vivir sin la Falange». Con estas palabras Franco ha querido tranquilizar a Falange respecto a su futuro por conocer como conoce el fenómeno de desintegración que desde hace tiempo se opera en su seno.
Falange ha presentado una cohesión mientras que ha participado de las prebendas del régimen, puestos influyentes, empleos lucrativos, etc., pero esa época ha terminado, la situación de España ya no permite fingir ni a los propios dirigentes y una parte de Falange, la más consciente, la más alejada de los beneficios oficiales, la que tenía fe, buena fe, en una transformación de España bajo su imperio ha ido comprobando que su doctrina estaba vacía de contenido, que veinte años de un régimen cualquiera son suficientes para llegar a realizaciones concretas, que los problernas nacionales no los resuelve la demagogia. Y Falange se desmorona.
Ahí está el quid de la cuestión. Falange está deshecha, como jerarquía política, como base del régimen y como partido único, y Franco lo sabe y ha pretendido proclamar de la manera más ostensible que ella constituye la futura fuerza de España. A dar a Falange esa ilusión y esa seguridad en el futuro van encaminadas las dos medidas adoptadas por el general Franco recientemente: una la creación de una comisión especial compuesta por juristas pertenecientes a Falange, para redactar nuevas leyes fundamentales para España; otra es el decreto dado el 16 de junio creando agrupaciones falangistas hasta en las más pequeñas aldeas, con objeto de llegar a los núcleos rurales más esparcidos por los campos españoles.
La división en las líneas de Falange se hizo patente hace tiempo, desde que se dio cuenta de que el Estado nacional-sindicalista no era porque no podía ser otra cosa más que una armazón para sostener un equipo gubernamental que giraba en círculo, sin encontrar un camino. Hoy el general Franco trata de encontrar soluciones a los graves problemas que tiene planteados, y quiere abrir las puertas a la monarquía y presentar ese futuro a Falange. De ahí su frase pronunciada en ese mismo discurso al que hacemos alusión: «La monarquía nos garantiza mayor continuidad que el caudillaje». Sepamos oír. Eso quiere decir: «tendréis continuidad si apoyáis la restauración de la monarquía».
Se sabe que en la Junta política del Movimiento, celebrada en el mes de mayo en Madrid, que presidió el general Franco, los jefes le indicaron que Falange comprendería mejor la política de restauración monárquica si tuviera la seguridad de que la futura monarquía iba a contar con ella.
Todo esto evidencia la descomposición de Falange. Si constituyera una fuerza, si presentara una cohesión, los monárquicos hubiesen tratado ya de solicitar su colaboración o bien pactar condiciones para la empresa. Pero no es ésa la situación. Dentro de Falange hay un grupo de monarquizantes, un pequeño grupo, otro sector queda unido a la vieja concepción del poder y aspiran a un caudillaje de uno de los suyos; el otro sector, el más numeroso, repudia la vieja fórmula monárquica y el estado de parálisis de España y tiende a una solución republicana.
La situación, hay que repetirlo, es de desintegración, las medidas adoptadas por el general Franco, lejos de significar el preludio de una nueva era de florecimiento falangista, evidencia el estado de debilidad de los cuadros de Falange, la necesidad de inyectarle un vigor del que carece y el propósito de hacer entrar una masa, aunque sea vacilante y diezmada, en un movimiento que los inconsecuentes y débiles monárquicos son impotentes para conducir.
La evolución del régimen, si no la ruina, es inevitable; el futuro duerme siempre en el regazo de los dioses.
Las negociaciones hispano-marroquíes
El día 11 de junio se abrían en Madrid las negociaciones hispano-marroquíes para estudiar las modalidades del traspaso al gobierno de Rabat de los poderes que hasta ahora estaban en las manos de las autoridades españolas en la zona norte de Marruecos.
La delegación marroquí estaba formada por el príncipe Moulay Hassan; M. Ahmed Balafrej, ministro de Relaciones Exteriores; M. M'Hammedi, ministro del Interior interino; M. Guedira, ministro de Defensa y M. Boutaleb, ministro del Trabajo.
Declaraciones del príncipe Mulay Hassan
Antes de su salida de Rabat el príncipe Mulay Hassan hizo las siguientes declaraciones:
Madrid toma precauciones
El Consejo de ministros del día 8 de los españoles -fue el que había aceptó el nombramiento de Abdejalak Torres como embajador de Rabat. Abdejalak Torres -al decir de los españoles- fue el que había promovido los disturbios en Tetuán, a consecuencia de los cuales hubo de refugiarse en Tánger.
Al parecer esta concesión de Madrid al gobierno marroquí va encaminada a diferir la reivindicación marroquí sobre «los presidios» españoles de Ceuta y Melilla. Abdejalak Torres es él que había pedido, hasta antes de su nombramiento como embajador, que se planteara la cuestión de la soberanía española sobre Ceuta y Melilla.
El curso de las negociaciones
Tres días han durado las negociaciones en el curso de las cuales no se ha comunicado noticia alguna. Terminadas las breves reuniones ambas delegaciones, la española y la marroquí, puestas de acuerdo dieron a la prensa un comunicado que podemos resumir como sigue: Las dos delegaciones han acordado el envío a Tetuán en las próximas semanas de unas comisiones que tendrán por misión el traspaso a las autoridades marroquíes de los poderes ejercidos hasta el presente por las autoridades españolas.
Los problemas técnicos relacionados con el ejército, la economía y el sector financiero, igual que la situación de los funcionarios, serán estudiados sobre el terreno por las comisiones de expertos. En fin, el comunicado declara: «La última fase de las negociaciones se abrirá posteriormente en Madrid para terminar los acuerdos definitivos que regularán la cooperación entre los dos países relativas a sus relaciones económicas, financieras, culturales etc.».
Otras declaraciones de Mulay Hassan
Después de su vuelta a Rabat el príncipe Mulay Hassan ha hecho nuevas declaraciones en las que ha expresado primeramente su satisfacción por el clima de comprensión y amistad en que las conversaciones se han desarrollado, declarando, con relación al ejército: «Pronto veremos bajo nuestro pabellón marroquíes que sirven actualmente bajo pabellón español en la zona norte. Aproximadamente 8000 a 9000 soldados de esa zona serán incorporados a las fuerzas armadas reales, lo que elevará su efectivo a 22000 o 23000 hombres».
En consecuencia, las negociaciones de Madrid no han sido sino negociaciones de «intenciones», la única decisión ha sido la relativa a la incorporación de las tropas musulmanas de la zona española al ejército del Sultán.
Moscú ofrece a Madrid entablar relaciones diplomáticas
El gobierno soviético acaba de proponer al gobierno del General Franco, por el conducto de la legación de Finlandia en Madrid, el establecimiento de relaciones diplomáticas normales entre ambos países.
En los medios diplomáticos de Madrid se dice que esta proposición viene acompañada del ofrecimiento de un amplio crédito económico que sería a discutir. Otro punto de la propuesta es que el número del personal de la representación diplomática de la U.R.S.S. no se limitaría, lo mismo que no es limitado en otros países con los que Rusia sostiene relaciones diplomáticas.
Madrid estudia la propuesta, aunque se duda si contestará a ella. Es a todas luces evidente que estos ofrecimientos soviéticos tienden a distraer a Franco de la atracción americana.
No pagamos impuestos
En el pueblo de Maella, de la provincia de Zaragoza, llegaron varios funcionarios del ministerio de Agricultura con objeto de cobrar los impuestos de aquella localidad. Según nuestras noticias toda la población estaba en la calle, las mujeres en primera línea, manifestando su negativa a satisfacer los mencionados impuestos. Los inspectores del ministerio de Agricultura se marcharon prudentemente sin realizar los cobros.
Cámara Internacional democrática
El presidente de la Cámara Internacional Económica, que hace un viaje alrededor del mundo, ha tenido una conferencia de prensa en Ginebra, Suiza. Con esta ocasión el presidente de la Sociedad en Suiza pudo expresar el volumen y alcance de dicha entidad; ella agrupa unas 4000 asociaciones que representan unos 400000 miembros y cuenta con adheridos en todas las partes del mundo, excepto en los países comunistas y en España.
La admisión de España en la O.I.T.
La prensa franquista ha presentado la admisión del representante obrero de España en la Organización Internacional del Trabajo como un «ingreso con todos los Honores», pero los hechos son los siguientes: Primeramente, la Comisión de credenciales de la Conferencia no pudo resolver la admisión del representante obrero de España; de los tres miembros que la componían, el delegado gubernamental se pronunció en favor, el obrero en contra y el patronal se abstuvo.
El asunto pasó a la sesión plenaria, donde fue objeto de un amplio debate, los delegados obreros pidieron a la Conferencia invalidara las credenciales de los representantes obreros de España. Los delegados gubernamentales propusieron que la Conferencia se limitara a observar lo prescrito respecto a las admisiones. Los delegados patronales se abstuvieron.
La votación dio el siguiente resultado: 124 votos en favor de la admisión del obrero franquista, 48 en contra y 59 abstenciones. La representación obrera de los países comunistas votó con los demás representantes de trabajadores, es decir, contra la admisión del franquista; los delegados gubernamentales de dichos países se abstuvieron, así como la mayoría de los delegados patronales.
Un manifiesto de la C.I.S.L.
La Confederación Internacional de Sindicatos Libres, en su comunicado 6/56 dice: «La C.I.S.L. ha entregado una protesta formal a la Conferencia contra la presencia en esa sesión de los delegados de Rumania y de España».
Las objeciones formuladas contra esos delegados están basadas en que «ambas delegaciones representan pseudo-sindicatos, los cuales no constituyen organizaciones obreras independientes, sino que son órganos unidos, en los dos casos, a partidos dirigentes y al Estado.»
«En lo que respecta al caso de España todos los Sindicatos están controlados por la Falange, son un instrumento al servicio del Estado. Estos sindicatos llamados "verticales" tienen en su seno tanto a los patronos como a los obreros. Todos los demás sindicatos, algunos de los cuales tenían una existencia de más de cincuenta años, están prohibidos por la ley; sus leaders unos están en el exilio, otros condenados, algunos a la pena de muerte, y otros a largas condenas que van de veinte a treinta años de prisión.»
Las «juntas» de oficiales
En muchas de las guarniciones de España se vienen formando desde hace tiempo las llamadas «juntas» de oficiales -de las que ya hemos hablado en otra ocasión. Según la impresión de algunos oficiales de estas «juntas», el régimen está en un estado de corrupción. Como consecuencia de la formación y crecimiento de estas «juntas» parece que no todos los Capitanes Generales de las distintas regiones de España tienen confianza en sus mandos, por lo que muchos oficiales de alta graduación tienen grandes dudas de que pueda considerarse al ejército ahora como una base de orden y seguridad interior.
Franco se aumenta el sueldo
El Boletín Oficial de Madrid, del 3 del mes de julio, publica un decreto, firmado por el mismo general Franco, en virtud del cual se aumenta a sí mismo el sueldo de que venía disfrutando y los gastos de representación.
El aumento del sueldo es de un 12,8 por ciento, lo que significa un total de 1185000 ptas., y el aumento de sus gastos es de 11%, lo que significa 5606441 ptas. Recibe actualmente el general Franco 6791441 pesetas anuales.
Los sueldos del personal de su Casa militar también han sido aumentados.
El estado de la Banca de Falange
Desde hace algún tiempo se viene hablando en Madrid de los negocios irregulares de la Banca Rural. Esta Banca la denomina el público madrileño «Banca de Falange». El hecho sabido es que el director de la Banca Rural está en prisión y que aunque su abogado ha solicitado la libertad provisional, no la ha podido obtener para su cliente porque el juez que instruye el asunto pide 300 millones de pesetas como fianza.
El Economista, revista financiera madrileña, había anunciado no hace mucho el cambio probable de los miembros del Consejo de administración de la Banca Rural. Poco tiempo después, en uno de sus últimos números, decía: «Hace tiempo que viene resolviéndose por el camino legal un asunto de divisas de bastante envergadura. Se trataba de un tráfico de divisas que se movía fuera de España, donde las divisas cumplían su misión. Aquí se pagaban, únicamente, las contrapartidas en pesetas, dándose la circunstancia de que al final también estas pesetas salieron de España. El asunto no ha quedado concluso aun y varias personas responden con su pérdida de libertad del final de las diligencias judiciales».
En efecto, se trata de un asunto de tráfico de divisas y de exportación de capitales en los cuales están comprometidas varias empresas y ciertas personalidades. Anotemos que entre los negocios de esa Banca se encuentra la libre importación en España de las «Vespas», de las que no se habla en España sin mencionar el nombre del marqués de Villaverde, hijo político del general Franco.
Los madrileños llaman a esta Banca «Banca de Falange», por haber ocupado la presidencia en el pasado el Sr. Fernández Cuesta, antiguo secretario general de Falange y pertenecer la mayoría de los miembros del Consejo de administración a la organización falangista.
Se señala una supuesta participación de una gran empresa italiana.
