Ibérica por la libertad
Volumen 4, N.º 9, 15 de septiembre de 1956


IBÉRICA es un boletín de información dedicado a los asuntos españoles y patrocinado por un grupo de americanos que creen que la lucha de España por la libertad es una parte de la lucha universal por la libertad, y que hay que combatir sin descanso en cada frente y contra cada forma que el totalitarismo presente.
IBÉRICA se consagra a la España del futuro, a la España liberal que será una amiga y una aliada de los Estados Unidos en el sentido espiritual y no sólo en sentido material.
IBÉRICA ofrece a todos los españoles que mantienen sus esperanzas en una España libre y democrática, la oportunidad de expresar sus opiniones al pueblo americano y a los países de Hispano-América. Para aquellos que no son españoles, pero que simpatizan con estas aspiraciones, quedan abiertas así mismo las páginas de IBÉRICA.
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Cuando en 1939 Franco se encontró con que las democracias le regalaban la victoria sobre una España moralmente decaída y materialmente deshecha, supo explotar en su favor la condición en que los españoles se hallaban. De un lado, hace figurar que recompensa con un empleo a cualquiera que se le presente en mangas de camisa. Había que cubrir tantas vacantes políticas, administrativas y docentes, que las camiserías de viejo no daban abasto. Franco parecía hacer un favor a los que venían a pretender y era verdad que se los hacía, al mismo tiempo los pretendientes se lo hacían a él. Por otra parte, como se pagaba en papel, maldita la pena que valía el tal puesto. Eran una especie de empleos honoríficos. Estos papeles creaban una especie de hermandad. Por unos años, todos fueron iguales, pueblo y clase media, los con trabajo y los sin trabajo, los empleados y los
cesantes, los que estaban en los presidios y los que andaban por las calles: todos se morían de hambre, pero no de asco. En 1950 era todavía un espectáculo frecuente ver por las calles de Madrid hombres desmayados de pura inanición.
Nadie se inmutaba. Una vez, en un café, me decía un admirador de Franco: «Ya no hay atracos, porque nadie tiene un céntimo en los bolsillos»
. Pobreza y hambre. Una gran tristeza, pero no asco de vivir. Habían estado muy próximos a la muerte
para hacerle ascos a la vida. Esta hermandad en la miseria no suprimió el odio de clases; en esa época era algo infernal observar el cruce de miradas entre el obrero y el campesino y el señorito achulado. Franco al repartir puestos no ofrecía nada que valiera la pena. Los estraperlistas con el Ísimo y Señora al frente eran los únicos que lograban amontonar algo.
El otro recurso fue el miedo. Con lo de «que vienen los rojos», tenía Franco dominados a todos. En el Museo, que en los años 20 se llamaba de Artillería y que después y ahora no sé si se llama del Ejército, hay un lienzo representando unos fusilamientos en zona republicana. Es mala pintura, pero no retenía al visitante el cuadro, sino la leyenda, que no creo haya cambiado todavía: «Podremos perdonar, olvidarlo jamás»
. El Caudillo se las arreglaba para que todo el mundo, quieras que no, recordara continuamente.
Franco es un mediocre sin inteligencia ni talento; sus cualidades son una cierta habilidad y una buena dosis de astucia palurda. Parece como si tuviera todos sus sentidos atrofiados y sólo hubiera vivido acuciado por el deseo de mando, por una ambición modesta. Franco nunca soñó en figurar destacadamente en la política ni siquiera en el ejército. Franco no sabe crear una situación, lo que puede hacer es aprovechar algo dado. El hambre, el miedo se los encontró y supo manejarlos.
En España desde 1939 lo poco que se ha hecho ha sido todo fachada, con mucho Dios, Patria, e Imperio por aquí, Ejército por allí, Reyes Católicos de esto, César de aquello; Cervantes por un lado, Velázquez por otro. Yugos por todas partes con su puñado de flechas. Mientras la situación se estabiliza, esa fachada se ha ido agrietando, desmoronando; los yugos se han ido destiñendo y resquebrajando. Todo el régimen, instituciones, edificios, revistas, hombres, produce una impresión de decaimiento y de miseria. Impresión que es algo real. Las butacas están despanzurradas, las sillas desvencijadas, las alfombras rotas, los pasillos sucios, los techos se caen, las bombillas cuando dan luz es una luz anémica y patibularia. El estilo imperial se descascarilla. Los pobres soldados parecen unos espantapájaros con sus cascos a la alemana y los largos casacones. La policía urbana va sucia y sin afeitar. En Madrid recogen la basura en burros o en carritos y en algunas calles por las mañanas se ve una procesión larga de basureros y no se oye nada más que rebuznar y ¡arre burra!
La pobreza es hoy la misma que hace 10 ó 5 años, sin embargo corre más dinero. Hay muchos turistas, incluso bastantes americanos. Ese movimiento del dinero en pequeños círculos, con gran ostentación de lujo y de mal gusto y la estabilización social han dado al traste con la igualdad. Ahora, algunos, muy pocos, tienen dinero y otros tienen empleos, de estos otros hay algunos que reúnen dos, tres, cuatro, cinco,
sueldecitos. Cada cual ha de mirar por sí, para arramblar lo más que pueda, que no es mucho. Como los sueldos son muy bajos, los funcionarios del Banco, de los Ministerios, de la administración, los empleados-catedráticos, los empleados-sacerdotes, los empleados-militares tienen una excusa excelente para no hacer nada en ninguno de sus cargos. Trataban de explicarme la cochambre de una institución que siempre había sido modesta, pero que siempre había estado bien: «¿Qué quiere Vd., al director le dan una gratificación de 5000 pesetas al año?». Ese señor director tenía 2 ó 3 sueldos y 4 ó 5 gratificaciones en otros tantos cargos. Así, pues, la hermandad ha terminado. Ahora empieza a asomar la libertad... libertad como signo de desesperación. Por eso surgen huelgas de obreros y de estudiantes. El pueblo, sencillamente, no puede resistir más. Las amenazas son inútiles. Como el hambre no es general, como del franquismo él no recibe nada más que el sufrimiento, ya no tiembla. Suceda lo que suceda, no puede venir nada peor. Una mujer me decía: «Si dejaran que nos marcháramos y tuviéramos dinero, aquí se quedaban él, los curas y los militares»
. Esta mujer no alardeaba de antifranquista; sus hijas se educaban en un convento. No parecía antirreligiosa; hablaba con respeto de las monjas: «Pero, sabe Vd. que durante todo el día sólo las hacen rezar. Es claro que ellas no saben otra cosa. Las educamos para esclavas»
.

La clase media no está mejor, pues los enchufistas son proporcionalmente muy pocos, únicamente aquellos curas, militares o funcionarios de alto rango o algunos paniaguados familiares. Los jóvenes que están en sus 25 años no ven porvenir por ninguna parte. Franco no tiene más empleos que dar, en cambio está lleno de camisas viejas. No es que la situación sea mala para los antifranquistas o los indiferentes, no; es que los mismos franquistas no pueden ya colocarse. He podido
presenciar hace unos meses el ir y venir de un general que no tenía más remedio que contentarse con su generalato. Todas las puertas oficiales donde llamaba estaban cerradas a canto y lodo; se trató de llevarle a la industria, pero la contestación era siempre la misma: «nuestra cuota de generales está cubierta»
.
De la misma manera que Franco se encontró con las vacantes de los muertos y los desterrados, ahora se encuentra con el completo. Supo aprovechar la primera situación, lo que era relativamente fácil, y la aprovechó mal y estúpidamente, pero por unos años se resolvía su problema. ¿Qué puede hacer ahora con todos esos jóvenes que le piden, que necesitan colocarse? La medicina está completamente desorganizada. Ofrece el esquema de todas las actividades en España. Una minoría que se enriquece impúdicamente y una inmensa mayoría que vive desesperada. La fabricación de productos farmacéuticos es un puro robo, las farmacias también se enriquecen, algunos compradores gracias al estraperlismo hacen dinero, pero la casi totalidad de la población recibe una atención médica mala y paga unos precios escandalosos en las farmacias. Franco no puede dar de comer al pueblo ni a la clase media. Lo que hacía antes que era sacar el coco de los rojos, ya no le vale. Los obreros, los campesinos están desesperados y la desesperación de hoy hace que se olvide el dolor del pasado. La juventud no ha vivido la Guerra Civil, amenazarla con los rojos es inútil.
El pueblo y la clase media se encuentran en una situación en la que han estado frecuentemente bajo los Borbones: sin trabajo y sin porvenir. La primera y la segunda Repúblicas vinieron para arreglar ese estado de cosas. La Iglesia y el Ejército en su egoísmo ciego nunca han sabido darse cuenta de la realidad española.
El pueblo no puede soportar más, pero no creo que su fuerza, salvo en grupos muy reducidos, esté encauzada dentro de un sentido político; la juventud también, en su casi totalidad, carece de guía y encuadramiento políticos. Repudia a Falange, que por otra parte nunca ha sido un partido con un pensamiento político. Falange ha sido una improvisación, una trágica mascarada. La juventud no tiene manera de entrar en contacto con el Ejército y siente repugnancia hacia la Iglesia, que la ha desilusionado cruelmente, que la ha desmoralizado.
De parte del pueblo no hay nada más que dolor y rabia; la juventud de la clase media o está desorientada y sin fe o es simplemente cínica. Hay un pequeñísimo núcleo cuyo idealismo, al darse cuenta de la putrefacción de todas las clases dirigentes, ha sufrido un terrible choque moral. La rabia de un sector de la población, el choque moral de ese otro sector, la desilusión y el cinismo reinantes, explican las huelgas y alborotos recientes. Por otra parte, las clases dirigentes quieren también un cambio. Falange -desde el primer momento minada por el Opus Dei- para ver si puede recuperar el prestigio perdido y la ilusión del Poder, Poder que nunca ha disfrutado: pierde el tiempo. La Iglesia, empujada por Roma, cree que con el Capitalismo de hoy puede obtener mucho más y de manera más segura bajo la fórmula de la Democracia-Cristiana estilo Bonn e Italia. El Vaticano quisiera ver ensayado en la Península su producto político, que ha sido muy eficaz, pero, aparte de que no puede contar con un episcopado flexible e inteligente, con unas jerarquías educadas políticamente, ese producto político ha perdido ya su vitalidad y su interés. El horizonte del Ejército ha sido siempre limitadísimo, salvo rarísimas excepciones.
La situación actual de España creo que se podría resumir así: una fuerza en estado latente (pueblo y juventud), dispuesta constantemente a estallar, pero que el paso del tiempo (¿meses, años?) le puede hacer perder toda su energía. Falange no ha contado ni cuenta. La Iglesia y el Ejército con su terrible estructura inmutable, dentro de su sucio materialismo se preocupan de buscarle a Franco un heredero en vida. El Ísimo no es nada más que instinto; para una política de campanario el instinto basta. El bajo nivel de la política del mundo Europeoamericano actual le es propicio de nuevo. De no surgir un Gran Impaciente, la situación de Franco acaso esté más despejada hoy que hace un año. La corrupción y la depauperación continuarán minando el filón moral de España, que al parecer es inagotable.
En 1955 Franco parecía que se tambaleaba. Hoy el régimen está lo suficientemente seguro para que se le pueda poner una zancadilla al Caudillísimo, lo cual era impensable hace 4 ó 5 años. Sin embargo, este régimen fuerte para poder soportar una crisis interna se está desmoronando. El problema creo que reside precisamente en esto. Aún no hace seis años se notaba en España un odio vivo y vigilante. La Guerra Civil no había terminado. Franco y la Iglesia no habían querido pacificar España. Es monstruoso, pero es así; a la Iglesia y a Franco no les convenía poner un fin a la Guerra Civil. Ahora la guerra civil se ha terminado por sí sola. Antes, la Iglesia hacía un exhibicionismo insultante de su autoridad, lo mismo acontecía con el Ejército y el Gobierno o cualquier funcionario con algún poder. Esa autoridad se la mostraban a la sociedad, parte de la cual la veía con asco y parte con regodeo. Hoy todo se pasa entre ellos. Nada de mostrar nada a nadie, sino de vigilarse mutuamente, con los ojos muy abiertos ante los millones que ha robado tal ministro, o, cómo coloca en el extranjero su capital fabuloso la mujer de Franco o los negocios sucios que hace tal arzobispo y tal comunidad.
A pesar de la sacrílega y trágica presión que ejercía la Iglesia, aún en 1950 había un fervor religioso sincero por parte de muchos españoles. Yo he visto las iglesias atestadas a todas horas, movida la muchedumbre por una especie de frenesí. A la iglesia llevaban su dolor, sus sufrimientos, sus muertos. Tanto padecer se transformaba en respeto por el clero, que éste cínicamente explotaba. Hoy ese sentimiento o se ha apagado o se ha perdido completamente; la gente vive en la miseria y lo único que ve a su alrededor de parte de las clases directoras es corrupción e inmoralidad; incluso dentro de la iglesia, quiero decir, del edificio, donde he presenciado espectáculos indecentes que no cuento por temor a no ser creído.
Que la Iglesia y el Ejército se aconchaben y pongan a otro militar o a un civil al frente de esa inmundicia, creyendo que juegan a la alta política del Vaticano, importa poco. Lo triste y pavoroso es pensar en la descomposición moral y física de obreros, campesinos y clase media. ¿Hay una esperanza?
S. MORAGAS

El orto del Coronel Nasser en el firmamento internacional completa un triunvirato neutral entre el occidente y el oriente. Nehru, Tito, Nasser, llenan el vacío que bosteza entre las dos fauces de la política mundial -la de Moscú-Pekín y la de Washington-Londres. Estos tres hombres encarnan una especie de oralidad activa asaz distinta de la neutralidad pasiva de Suecia o de Suiza.

Claro que no son idénticos ni siquiera en su neutralidad. Nehru lleva consigo una aureola de gloria liberal aun en sus incursiones más aventuradas en el desierto comunista; Nasser no parece revelar gran interés en el liberalismo ni tampoco en el comunismo y en el triunvirato es sin duda el que menos se deja guiar o estorbar por las ideas generales y los principios. Tito, en simetría con Nehru, arrastra sus prejuicios marxistas aun cuando se mete a negociar con capitalistas norteamericanos. Pero los tres se parecen en que se han instalado en la zona intermedia entre los dos campos con ánimo de aprovechar lo que ambos mundos les den -si bien en Nehru se percibe también el deseo de ser útil a ambos mundos.
No cabe considerar a estos tres hombres como jefes o símbolos de una opinión mundial equidistante de ambos campos. Tito es comunista; Nehru es liberalsocialista; Nasser es árabe. La neutralidad que los tres profesan cela reservas distintas sobre sus fines respectivos. Lo que estos hombres expresan es el fracaso del campo occidental en lo que debiera haber sido su labor fundamental: definir y mantener la claridad del conflicto. Se han echado en olvido los dos rasgos esenciales de este conflicto: que se trata de una lucha entre el mundo libre y el partido comunista y no entre las potencias occidentales y Rusia; y que es un conflicto ideológico y no meramente un episodio de la política de poder.
Estos dos errores de la estrategia han acarreado dos errores de táctica: el esfuerzo persistente para «hablar con los rusos»; y el no menos persistente abandono del trance en que viven y mueren los países de la Europa oriental. A su vez este segundo error ha llevado a definir al problema de la ocupación de Alemania Oriental como la «reunificación» de Alemania aislando así del de la ocupación del resto de la Europa oriental del que es parte integrante.
Las consecuencias de esta política desastrosa a la vista están. Nehru, Tito y Nasser van a Moscú, mientras que en Alemania, los demócratas-sociales y los demócratas-libres (mal llamados liberales) preconizan conversaciones directas con el gobierno de Moscú; y aun los primeros se declaran dispuestos a reconocer a los gobiernos que el Maese Pedro soviético ha montado en la Europa oriental.
Pero antes de ponerse a tirar piedras démonos cuenta de que todo esto puede ser deplorable y sin embargo natural. Siempre osciló el alemán entre sus aspiraciones humano-universales y sus intereses germano-nacionales. Fuertemente tribal, propende a situar a Alemania por encima de todo. Deutschland über alles in der Welt. Aleccionado por el sufrimiento después de la segunda guerra mundial, el alemán halla en el doctor Adenauer un hombre representativo de su nuevo estado de ánimo. Pese a una oposición tan obstinada como miope y a la escasa solidaridad que le manifiestan sus mismos aliados en el exterior, el doctor Adenauer ha mantenido su postura con admirable tenacidad. Para la Unión Soviética es indispensable eliminarlo.
Alemania se va acercando a unas elecciones. Ocasión ansiada para Moscú. La política del doctor Adenauer es la única sabia; pero no es popular. Hay otra, fácil, confusa, miope, blanda, y consiste en «hablar con los rusos y olvidar a los satélites»: ¿Cómo asombrarse de que en Alemania los demócratas sociales y los demócratas libres aspiren a poner término a la ocupación de parte de su país como si se tratara de un problema meramente alemán y que el doctor Dehler escriba directamente al Presidente del llamado Partido Liberal en el Berlín ocupado?
El occidente no tiene derecho a echarle en cara al doctor Dehler que quiera imitar a Nehru, Tito y Nasser. Lástima grande, porque la política que preconizan los demócratas sociales y los demócratas libres de Alemania es a la vez estéril y peligrosa para Alemania y para el mundo.
Cada vez se va haciendo más apretado el abrazo del oso. Con el brazo izquierdo va avanzando por la costa sur del Mediterráneo. Entre tanto, Alemania, apretada con el brazo derecho del oso contra su pecho, se siente cada vez más oprimida. En el momento en que los socialistas ingleses se dan cuenta de la necesidad de defender la libertad individual contra la invasión occidental del Estado en la esfera privada, los socialistas alemanes se declaran dispuestos a vender la libertad de toda Europa Oriental por una «reunificación» a todas luces imposible como no sea a costa de la esclavización permanente de diez y siete millones de alemanes. El Camarada Khrushchev lo ha declarado palmariamente. La Unión Soviética sólo admitirá unificación si se garantiza la perpetuación de las instituciones actuales de la Alemania Oriental, es decir si la unificación se hace sin liberación.
Por lo tanto, la política preconizada por los demócratas sociales y los demócratas libres alemanes es puramente verbal y carece de substancia. Podría definirse como «reunificación sin liberación», es decir, ni lo uno ni lo otro, ya que no habrá manera de «unificar» una Alemania libre y liberal con una Alemania esclava y comunista. Pero una política puede ser meramente verbal y vacía de sentido y sin embargo atraer a las masas, más emotivas que reflexivas. Los socialistas y «liberales» alemanes son poco o nada realistas en política internacional, pero demasiado realistas en politiquería electoral. Su idea de tratar directamente con Moscú no hará dar un paso a la causa de la liberación de Alemania Oriental pero podría darles la victoria en las elecciones.
Esta victoria electoral significaría una derrota nacional para Alemania y una victoria para la Unión Soviética. La primera es evidente. Alemania tiene por delante un porvenir claro. Pero necesita reconquistar la buena voluntad de las dos Europas. Es menester pues que siga fiel al oeste y en solidaridad con el este europeo. Si rompe la solidaridad con los países de Europa oriental intentando libertar su zona oriental a costa de los países hoy esclavizados, pierde la simpatía hoy renaciente de toda Europa. La política nacionalista-egoísta de los socialistas y de los «liberales» del doctor Dehler es pues en el fondo anti-alemana y anti-nacional. En cuanto a la victoria soviética, clara está también: consistiría en la eliminación del doctor Adenauer con lo cual el escudo de acero que hoy defiende a Alemania se perdería y el Oso Rojo podría estrujar a su placer a una Alemania ya desorganizada por dentro. De aquí a una victoria definitiva en la guerra fría no queda más que un paso.
SALVADOR DE MADARIAGA
No sé si la Real Academia Española habrá aceptado la palabra «encuesta». Imagino que no, porque nada hay que pueda hacer fruncir tanto el ceño de las altas autoridades españolas de hoy como la idea que expresa la palabra: una investigación imparcial, desapasionada; objetiva, realizada por expertos, sobre una realidad. La realidad, en la España de 1956, es la bestia negra de los gobernantes. Hacer una «encuesta» sobre ella constituye casi una ofensa personal a los que mandan.
Hasta ahora, la España actual -actual por el año en que vive el mundo y en que España coexiste, y no por la época en que viven a la fuerza los españoles...-, hasta ahora, digo, esa España no ha sido objeto, que yo recuerde, de ninguna encuesta de las que tan a menudo realizan las organizaciones que en la germanía «onusiana» se llaman intergubernamentales y que en los periódicos se anuncian con todo un abecedario de iniciales.
Hubo, hace unos años, una encuesta realizada por el Comité Contra el Sistema Concentracionario, del cual es el alma el escritor francés David Rousset. Las conclusiones de esta encuesta no fueron muy favorables para el sistema judicial y penitenciario vigente en España. Pero, fuera de esta encuesta, que -no era oficial, sino de un organismo privado, sostenido por organizaciones de exdeportados, ninguna otra ha tenido por tema a España, aparte de las que hayan emprendido por su cuenta algunos periodistas.
Pero esto -por lo menos teóricamente-, ya se acabó. España acaba de ingresar en la Organización Internacional del Trabajo.
La entrada en la OIT es libre para los miembros de la ONU, con tal de que acepten las obligaciones contenidas en la Carta de la OIT. Una de estas obligaciones consiste en contestar a los cuestionarios de todas las encuestas que la OIT realice.
España ingresó por primera vez en la OIT cuando ésta se fundó, en 1919. Veinte años después, en 1939, el gobierno del general Franco, que hacía poco se había instalado en Madrid, anunció a la OIT que se retiraba de la Organización. De acuerdo con la Carta de la misma, dos años más tarde, en 1941, la retirada se hizo efectiva. Pero, en realidad, a partir de 1939, España no cumplió ya ninguna de sus obligaciones con la OIT.
Al cabo de diecisiete años, en 1956, el mismo gobierno que decidió retirarse de la OIT vuelve a ingresar en la misma. Esta decisión viene unos meses después de la aceptación de España en las Naciones Unidas. Y, también, poco después que la URSS y las «democracias populares» ingresaran en la OIT.
* * *
Es de suponer que ahora se planteará en el seno de la OIT un problema parecido al que se presentó cuando ingresó la URSS. Y que los delegados obreros norteamericanos, británicos, franceses, etc., que pusieron sobre el tapete el problema, en relación con la URSS, no dejarán de ponerlo de nuevo en relación con la España actual.
Como es sabido, la organización de la OIT es tripartita. Cada Estado miembro envía delegaciones compuestas de representantes del Estado, de representantes de las organizaciones obreras y de representantes de las organizaciones patronales.
Cuando se sentaron los primeros delegados soviéticos en las reuniones de la OIT, los representantes obreros de los Estados Unidos y de la Gran Bretaña preguntaron: ¿pueden considerarse auténticos representantes obreros los que dicen llevar la representación de los sindicatos soviéticos? Estos están sometidos al Estado, a través del Partido Comunista, que los controla. El objetivo de los mismos no es defender los intereses de los trabajadores como tales, sino los del Estado, puesto que se consagran únicamente a fomentar la mayor productividad de los obreros. En realidad, argüían con acierto los representantes sindicales anglo-sajones, -la delegación soviética es una triple representación del Estado. No responde a las intenciones ni a la letra de la Carta de la OIT.
La discusión se prolongó muchos meses y se reanuda en cada reunión, cuando se trata de validar las credenciales de los delegados soviéticos.
Como un medio para aclarar esta intrincada situación -intrincada, por lo menos para los diplomáticos, aunque muy clara para el simple lector de periódicos-, la OIT creó una Comisión de Encuesta sobre la Independencia Sindical. La preside un juez de Ceilán y de ella forma parte un buen amigo de la España auténtica: el senador mexicano doctor Pedro de Alba.
Esta Comisión ha enviado cuestionarios a todos los Estados miembros de la OIT, haciendo docenas de preguntas en relación con el status de los sindicatos. La mayoría de los países han contestado (no todos satisfactoriamente). La URSS y las «democracias populares» no han devuelto todavía el cuestionario con las respuestas.
Este mismo cuestionario deberá ser enviado al gobierno de Madrid. Es posible que lo conteste. Pero es también posible que no lo haga, valiéndose del precedente de silencio de la URSS y sus satélites...
Más aun: la OIT cuenta con otra Comisión de Encuesta, para investigar las supervivencias de trabajo servil en el mundo, -que en algunos casos es más bien la resurrección de los trabajos forzados. También los cuestionarios de esta Comisión han permanecido sin respuesta por parte de la URSS y de las «democracias populares».
Pero la segunda de estas Comisiones ha podido llegar a conclusiones, a través del estudio de la simple legislación-administrativa y penal -de esos Estados. Estas conclusiones, todavía provisionales, señalan que el trabajo forzado existe en distintos grados en la URSS, en las «democracias populares», en la Unión Sudafricana y en algunas regiones -no países- del resto del mundo. La Comisión sobre la Independencia Sindical todavía no ha hecho públicas sus conclusiones. Pero cabe presumir que los mismos países que tienen en vigor sistemas legales o efectivos de trabajo forzado son los que no disponen de garantías jurídicas de la independencia de los sindicatos respecto al Estado.
Dentro de unos meses -porque las cosas van despacio en las organizaciones intergubernamentales-, España figurará en estas listas negras, al lado de la Unión Soviética.
En realidad, para saber esto no se precisa de ninguna encuesta oficial. Cualquiera que conozca un poco a España, desde dentro, puede afirmarlo seguro de que los hechos lo confirmarán y de que el gobierno de Madrid lo desmentirá.
* * *
En España existen los trabajos forzados -con mucho menor volumen que en la URSS, es cierto, pero con una organización estatal indudable de los mismos. Y en España no hay ninguna garantía de independencia de los sindicatos respecto del Estado. Más aún, las garantías «legales» son para que esta independencia no pueda existir.
Del mismo modo que en la URSS los trabajos forzados se disimulan con el nombre de «trabajo correctivo», en España funcionan con el título de apariencia científico-sociológica de «redención de penas por el trabajo». No me resulta muy agradable hablar de él, puesto que he vivido por dentro su funcionamiento -y no precisamente por mi propia voluntad. Pero basta con señalar que hubo momentos- de 1940 (en que el sistema fue establecido) hasta 1946, -en que varios cientos de miles de presos políticos se hallaban sometidos a esta «redención». Todo condenado, si es apto para el trabajo (y esto lo decide el sistema penitenciario), debe «redimir» su pena trabajando en obras públicas o en campos penitenciarios. Cada día de «trabajo» le vale por dos días de condena. Cuando la condena es de un año, la cosa puede ser soportable. Cuando es de 30 años, no tiene ningún interés para el preso.
Porque la palabra «trabajo» es engañosa. Trabaja el preso, es cierto. Pero cobra un salario ínfimo. Y muy a menudo el Estado lo cede en contrato -por batallones (que son verdaderos batallones disciplinarios)- a empresas privadas de obras públicas. Quienes lo vigilan son o bien falangistas que, precisamente porque no servían para otra cosa, fueron volcados al Cuerpo de Prisiones, en 1939 (y que por sus pocos alcances siguen siendo, en su mayoría, falangistas fanáticos), o bien por inválidos de la guerra (del ejército franquista, desde luego). Es decir, quienes vigilan a los presos son personas con resentimientos, que ven en cada preso político (los únicos que hasta ahora «redimen» pena) a un enemigo personal. Yo he conocido casos -así, en plural-, de vigilantes de prisión que, habiendo sido heridos, por ejemplo, en el frente de Aragón, se dedicaban a dar una paliza, por su cuenta y sin riesgo, a todo nuevo preso que durante la guerra civil hubiera estado en el ejército republicano en el frente de Aragón.
Para quien ha vivido -ha soportado-, el sistema de «redención de penas por el trabajo», el carácter de trabajo forzado del mismo no ofrece duda. Pero se presta a discusión para quien sólo lo conoce a través de los textos «legales».
Lo que si no ofrece duda alguna es la falta absoluta de independencia de los sindicatos españoles, los sindicatos «verticales» como se llaman a sí mismos, agrupados en la CNS (Confederación Nacional Sindicalista) cuyos dirigentes son nombrados, no por los miembros de los sindicatos, sino por las jerarquías locales de la Falange. El Secretario de la Falange que designa a estas jerarquías es nombrado por el jefe del Estado, es decir, Franco. De modo que es Franco quien, indirectamente, nombra a los dirigentes sindicales.
Estos dirigentes serán los que irán, desde ahora, a las reuniones de la OIT, pretendiéndose representantes de los obreros... y de los patronos españoles (o de los productores y empresarios, para emplear la jerga nacional-sindicalista). Porque esos sindicatos «verticales», como su nombre no indica, están compuestos de obreros y de patronos. La afiliación a las mismas -como en la URSS, no es voluntaria, sino obligatoria. Las cuotas sindicales se descuentan del sueldo del trabajador, antes de que éste lo reciba. Y no se recuerda ni un solo caso de que uno de esos sindicatos haya proclamado una huelga en defensa de los intereses de sus miembros obreros...
La situación, pues, se presenta exactamente igual que se presentaba cuando la URSS ingresó en la OIT. Es de suponer que los mismos representantes obreros que plantearon los problemas del trabajo forzado y de la independencia sindical con respecto a la Unión Soviética, alzarán ahora su voz para plantearlo de nuevo con respecto a España.
Porque -independientemente de los intereses diplomáticos momentáneos, los principios del trabajo libre y de la independencia sindical han de ser sostenidos con igual tenacidad y firmeza frente a Moscú que frente a Madrid.
¿Qué pensaría, sino, el mundo occidental? ¿Y qué pensarían de sí mismos los representantes obreros que se callaran?
VÍCTOR ALBA


En un discurso pronunciado no hace mucho tiempo, Su Excelencia el jefe del Estado Español, Generalísimo de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, y Caudillo de España, nos tranquilizó, satisfizo y sosegó, al definir el actual régimen de España como una auténtica democracia, calificándola de Democracia orgánica.
En verdad no pudo ser más oportuna su aclaración. Ciertamente, no sabíamos a quien hacer caso, ni a qué carta quedarnos, hasta este momento habíamos ignorado que fuéramos ciudadanos libres de un país libre y democrático.
Siempre ha habido gente sin otro que hacer que intrigar y agitar, calumniando grosera y descaradamente a nuestro invicto Caudillo y su gobierno.
No en una, sino en muchas ocasiones se ha dicho que en España imperaba un régimen dictatorial y tiránico, que estábamos esclavizados y supeditados a los caprichos y arbitrariedades de un tirano y su camarilla.
Reconocemos con dolor y vergüenza que en algunos momentos habíamos llegado a creer toda o parte de la gran sarta de mentiras que se nos quería hacer creer. Sí, justo es reconocerlo, hemos hecho caso y prestado oídos a los ociosos y malintencionados propagadores de calumnias y falsedades.
Pero he aquí, que el Caudillo lanza en ristre sale al paso de las murmuraciones diciendo, y muy alto por cierto, que España es una Democracia orgánica.
Hemos de confesar con cierto rubor que al principio ignorábamos que es lo que quería decir nuestro invicto, glorioso y, nunca bien ponderado Caudillo, al declarar a España como democracia. Esto no es extraño, si se tiene en consideración que carecemos total y absolutamente de conocimientos y preparación alguna de todo aquello que no sea: Falange primero; después, Falange; y Falange de postre.
Una vez que hubimos reaccionado, que por cierto nos costó bastante tiempo, ya que impresiones como esta no se reciben todos los días, comenzamos a felicitarnos a troche y moche por la bienaventuranza de que fuese nuestro país democrático.
Así pues, no habían sido otra cosa que viles y fementidas mentiras que se nos quiso inculcar para desprestigiar a Franco; ¿qué se creían los demás países, que nuestro Caudillo no era capaz de hacer o comprar una democracia con que obsequiarnos y satisfacernos? Y de las mejores, para poder presumir de ella ante las... narices de otros países, que tienen una democracia de pega y siempre están cacareándola. La nuestra es de verdad, «de las de antes de la guerra». (Cuando deseamos ponderar las cualidades de una cosa cualquiera, siempre e invariablemente empleamos esta expresión, refiriéndonos a nuestra guerra civil del 36).
¡Casi nada! Solo, Democracia orgánica.
Después de pasados los primeros momentos de estupor y la consiguiente borrachera en que nos había sumido la sorprendente y casi inefable noticia, nos hemos dicho: De modo que, hemos podido disfrutar de las «mieles y delicias» que suponemos un gobierno democrático otorga y concede; hemos podido expansionarnos, social, política e intelectualmente, sin cuidado de ir a la cárcel, y no lo hemos hecho por miedo a lo mismo; hemos podido disfrutar de las incomparables ventajas de la Libertad, protegidos y amparados en nuestros derechos de hombres libres y ciudadanos de una democracia; hemos sido y somos completamente libres de conducirnos y expresar nuestra opinión, si así nos place. Y no lo hemos sabido sino veinte años después de haber podido desfrutar de democracia. La hemos poseído sin darnos cuenta, sin saberlo.
Ahora estamos enterados, lo sabemos porque nos lo ha dicho quien puede hacerlo. Pero nos costará mucho perdonarle a Franco que por una excesiva modestia o timidez, nos haya ocultado durante veinte años el verdadero carácter del régimen político de nuestro país; sin poder presumir ante nuestras amistades del extranjero, que cuando nos decían que ellos vivían en un país libre y democrático, no sabíamos qué replicarles, y nos callábamos humillados y desconcertados. Y lo que es peor, sin poderles decir a parientes y amigos que se marcharon fuera de España, creyendo huir de la dictadura: ¡Venir, que no hay dictadura, que tenemos democracia como cada quisque!
Ya podemos los españoles disfrutar de las ventajas y el progreso que en todos los órdenes y aspectos caracteriza y distingue a un país democrático. Podemos y debemos considerarnos en un plano de igualdad con cualquier otro país que tenga el mismo régimen, como Francia, Italia, Inglaterra, incluso Estados Unidos. Somos tan libres como ellos. Podemos desarrollar y cultivar nuestras ideologías políticas y sociales; manifestar y expresar libremente nuestras ideas y formas de pensar y sentir; defender nuestros derechos y hacer uso legal de los mismos.
Todo esto podemos hacerlo sin miedo a cortapisas; coacciones o represalias. Podemos hacerlo, sí; pero ¡ay! no lo hacemos; ni lo haremos, a pesar de tener la libertad implícita de la democracia. Porque en España, además de haber democracia -según ha dicho Franco-, hay cancerberos, también conocidos por jefes de Policía y Gobernadores, y te recuerdan (siempre que ellos creen tener motivo y ocasión, y esto es con mucha frecuencia) que en España «aun quedan paredones del año 36», preguntando a continuación, con marcada intención, «de qué color quieres que te pongan la cruz al día siguiente»; como no hace mucho tiempo les hizo saber el gobernador civil de una de las provincias del norte, a los Enlaces Sindicales que fueron en petición de aumento de salarios, o en caso negativo irían a la huelga.
Curiosa democracia, ¡eh! Pues podríamos dar muchos botones más de muestra de esta «democracia», pero con uno es suficiente por ahora.
Los españoles de la generación actual no tenemos preparación política adecuada. No nos han dado oportunidades, ni hemos tenido ocasión de aprender. Sabemos lo que nos han enseñado obligatoriamente en las Escuelas de primera enseñanza, primero; y en las de segunda y Universidades, después; referente todo al Movimiento Nacional y su política, doctrina de la Falange, programa social y político de Primo de Rivera, etc.
No estamos preparados ni capacitados para discernir ni apreciar las diferencias entre una Monarquía constitucional y una República, una Dictadura militar y una Democracia como la que tenemos ahora y que no sabemos qué hacer con ella.
Solamente sabemos lo que es la Falange, y según los jerarcas, no está encuadrada en ninguno de los mencionados regímenes o sistemas políticos. Tampoco se asemeja al comunismo, de parecerse en algo sería en lo que pudiera tener de bueno el comunismo, y como al parecer no tiene nada, la Falange es completamente diferente, algo excepcional.
Nuestro conocimiento no pasa de esto: Primero nos dijeron, «La Falange simboliza y es de hecho el movimiento nacional, que se creó para salvar a España de la barbarie roja y de las consecuencias fatales a donde la conducían irremisiblemente los liberales y masones»
. Muy bien, dijimos.
Después se nos dijo: «España es una monarquía (sin Rey) cuyo regente es Franco»
. Muy señor nuestro, contestamos.
Ahora se nos dice: «España es una democracia orgánica, y por lo tanto los españoles son demócratas, son ciudadanos orgánicos también»
. Y nosotros decimos: ¡Un cuerno!
De continuar así vamos a cambiar más de chaqueta que de color el camaleón. Dentro de poco querrán hacernos republicanos acérrimos, o comunistas rabiosos, todo depende de lo que esté de moda. Y eso no, señor Caudillo, Vd. no nos hace republicanos porque ya lo somos, y la República la pondrá en España el pueblo, pero no usted; a menos que se haya cansado ya de las «ventajas» de un régimen democrático como el que tenemos, o bien se hubiese acostumbrado a la dictadura que creíamos tener hasta ahora y por tal motivo prefiera continuar con un régimen dictatorial aunque tenga distinta marca.
Ya hemos hecho constar que carecemos de preparación, política y socialmente. No podemos comprender cómo, ni lo que es una Democracia. No sabemos si la nuestra es igual, mejor o peor, y si se rige por los mismos principios que las de otros países que se consideran como tal. También nos habían dicho muchas veces que los españoles estábamos padeciendo una dictadura tiránica; y ya se ha visto que no es cierto, puesto que Franco desmiente semejante falsedad.
Pues bien, como no sabemos cómo es una democracia, ni hemos podido comprobar ni apreciar cómo son las de otros países, no es difícil suponer que los españoles se sientan decepcionados y vilmente engañados con esta democracia de pacotilla, y si llegasen a creer que todas son como la nuestra (no nos incluimos), bien podría suceder que opten y se determinen por lo contrario de una democracia, que siempre y en todo caso es una dictadura.
FERNANDO DE CÓRDOBA
Debidamente autorizados tenemos el privilegio de hacer llegar a nuestros lectores algunos de los párrafos del libro La Era de Trujillo2 de nuestro amigo y colaborador Jesús de Galíndez, Profesor de la Universidad de Columbia, editado por la «Editorial del Pacífico de Santiago de Chile. No siendo posible, dado el espacio de que disponemos, hacer un extenso resumen del libro insertamos, y seguiremos insertando en números sucesivos, extractos de aquellos capítulos que, a nuestro juicio, revistan mayor interés para nuestro público. El libro es un estudio serio, sereno y documentado, informado todo él por la más objetiva imparcialidad.
Jesús de Galíndez, abogado español vasco, permaneció en la República Dominicana desde noviembre de 1939 hasta enero de 1946. Durante estos años se consagró en Ciudad Trujillo y a sus labores de periodista. Desde 1946 residía en l os Estados Unidos. Fue profesor en la Universidad de Columbia, donde ha recibido el grado de Doctor in absentia.
El día 12 de marzo de 1956, poco tiempo después de la fecha de la presentación de esta obra como su tesis doctoral, Jesús de Galíndez desapareció, sin que hasta la fecha haya sido posible encontrar ni los agresores de este bárbaro crimen ni el cadáver de nuestro amigo.
Éstas son palabras tomadas del prólogo del libro de Jesús de Galíndez, que nosotros subrayamos.
Introducción
La dictadura hispanoamericana
Al mediar el año 1955, la mitad de las Repúblicas hispanoamericanas están sometidas a dictadura, casi siempre militar. Una tan sola de ellas es declarada -la de Honduras, como consecuencia de las elecciones de 1954 en que ningún candidato obtuvo el 50% de votos como requiere la Constitución-. Otra recién desaparecida -la de Perón en Argentina-, obedeció a características peculiares (como lo fue antes la de Vargas en Brasil). Las demás puede decirse que responden a un mismo tipo, sumamente definido.
La dictadura hispanoamericana, sobre todo en el siglo XX, ofrece una tipología que la identifica y aísla de otros regímenes dictatoriales conocidos en Ciencia Política. Tiene rasgos comunes con todos ellos, pero la diferencia y característica esencial consiste en adoptar una estructura formal de democracia occidental. Existe una Constitución, se celebran elecciones periódicas, el Gobierno está dividido en los tres Poderes clásicos, se proclama una minuciosa Declaración de Derechos Humanos. Pero todas y cada una de esas instituciones democráticas se pervierten en la práctica.
La dictadura hispanoamericana ofrece un tipo especial, que merece un lugar propio en Ciencia Política. En realidad -como concluiré al final de esta Tesis- estos regímenes merecen mejor el nombre de tiranía; en el sentido de que la dictadura supone un régimen formal propio, y lo que existe en Hispanoamérica son situaciones de hecho en violación de la aparente Ley formal.
Esta dictadura surgió pronto en Hispanoamérica, aunque el tipo objeto de este estudio no se delineó propiamente hasta fines del siglo XIX. Supera el espacio de este estudio seguir su evolución, pero es preciso dejar sentados algunos hitos fundamentales.
Son tan numerosos los casos de dictaduras hispanoamericanas desde los mismos días inmediatos a la Independencia que sería inútil intentar su relación. En la primera mitad del siglo XIX destaca el dictador argentino Juan Manuel de Rosas, desde 1835 hasta 1852; en la segunda mitad del siglo XIX puede destacarse a los dos dictadores paraguayos Carlos Antonio López padre de 1844 a 1862 y Francisco Solano López hijo de 1862 a 1870, y al dictador mexicano Porfirio Díaz de 1877 a 1911. Como países en los que la dictadura abunda cabe mencionar a Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Venezuela, Centro América en general, Haití y la República Dominicana. Por el contrario, el primer país hispanoamericano que logra estabilidad constitucional democrática es Chile, a partir, de 1830; también Argentina desde 1852, y más o menos Columbia y Costa Rica, así como Brasil incluso desde el Imperio. A comienzos del siglo XX se incorporará a este grupo Uruguay, que pronto vendrá a ser el modelo; y más tarde México.
Esas dictaduras del siglo XIX en general prescindieron de las constituciones imperantes en el país; y en alguna ocasión el dictador de turno no vaciló en proclamarse tal, aunque fuese de hecho.
Mas poco a poco se insinúa el método que dará origen a nuestro tipo especial de dictadura o tiranía hispanoamericana actual. Quizás el primer síntoma fueron los repetidos cambios de constitución, a fin de otorgar más facultades al Presidente y restárselas a los demás Poderes del Estado, a fin de suspender las garantías y libertades individuales, a fin de prorrogar el mandato presidencial; como reacción natural, cada movimiento revolucionario solía traer consigo otro cambio constitucional en sentido contrario. Después llega el día en que el dictador o tirano no se preocupa ya de alterar la estructura formal del Gobierno, porque prefiere conservar esa apariencia democrática y someter todas las instituciones estatales a su capricho.
Se afianza así el tipo de dictadura o tiranía con apariencia constitucional democrática que conocemos hoy. Hay otros ejemplos anteriores y contemporáneos, pero sin duda alguna los dos maestros de la especie fueron Porfirio Díaz en México de 1877 a 1911, y Juan Vicente Gómez en Venezuela de 1908 a 1935; sus dos regímenes fueron tan prolongados que permitieron la estabilidad necesaria para que su estilo se perfeccionara y se convirtiese en modelo a imitar por otros. En la actualidad la mitad de las Repúblicas hispanoamericanas están regidas por dictaduras de uno u otro matiz y casi todas ellas obedecen en sus líneas básicas al tipo afianzado por Díaz y Gómez hace medio siglo.
Podría hacerse un estudio general de la especie, extrayendo los rasgos comunes. Pero quizás el retrato resultaría confuso, al no presentar un perfil tan acusado como puede ofrecer el estudio concreto de uno solo de esos regímenes. Por eso parece más deseable el análisis detallado de uno de ellos; y he escogido la República Dominicana de Trujillo. Pero no tanto como análisis de un país, sino como prototipo de una especie continental. Los detalles podrán variar, pero los rasgos típicos se repiten de país en país.
Antecedentes personales de Trujillo
La carrera de Trujillo, en su origen, es fruto de la ocupación militar norteamericana. Las referencias publicadas sobre su niñez y adolescencia son vagas, y a veces contradictorias; no interesan. Parece que hacia los 16 años consiguió su primer trabajo regular como telegrafista; poco después se casó con Aminta Ledesma, madre de Flor de Oro Trujillo. El desembarco de la Infantería de Marina de Estados Unidos le proporcionó la ocasión para salir de esa vida gris; en diciembre de 1918 se dirigió al Comandante de la Guardia Nacional organizada por el Gobierno Militar norteamericano, y el 11 de enero de 1919 prestó juramento como Segundo Teniente provisional. El 15 de agosto de 1921 ingresó como alumno en la Escuela para Oficiales de Haina, donde se graduó por las Pascuas de ese año. En octubre fue ascendido a capitán, pocos días antes de que la Infantería de Marina norteamericana traspasara la policía del país al nuevo Gobierno provisional dominicano.
Trujillo ascendió a Mayor comandante en marzo de 1924, de ese puesto pasó en diciembre del mismo año al de Teniente Coronel, jefe de Estado Mayor de la Policía Nacional. Un año después, en junio de 1925, Trujillo fue designado Coronel Comandante de la Policía por el Presidente Horacio Vásquez.
Panegiristas y enemigos están conformes en que Trujillo realizó una gran labor administrativa como Jefe de la Policía; la reorganizó y la hizo eficaz, pero al mismo tiempo la formó como instrumento incondicional de su jefe. Una Ley de 1927 transformó el carácter de esa Policía aumentando sus efectivos y elevándola al rango de Ejército Nacional; al propio tiempo su Jefe fue también ascendido al nuevo rango de General de Brigada, y el Presidente Vásquez en persona le impuso las insignias en una parada militar celebrada el 15 de agosto.
Trujillo conservó el puesto de General Comandante del Ejército Nacional dominicano hasta el golpe de 1930.
El golpe de febrero 1930
Todavía no he encontrado ningún relato completo y veraz de lo sucedido a fines de febrero de 1930 en la República Dominicana. Los protagonistas principales han tenido miedo o recelo de hacerlo hasta ahora, y con el transcurso del tiempo van desapareciendo algunos de ellos. Hasta ahora todos los relatos son tergiversados por intereses partidistas. Sin embargo, un análisis cuidadoso de los documentos existentes permite una reconstrucción de los hechos fundamentales, reconstrucción que coincide además con la interpretación dada por el Ministro norteamericano Curtis en sus informes al Departamento de Estado. No discrepa tampoco del relato confidencial que me contó uno de los protagonistas del golpe.
Es indudable que Trujillo estaba complicado en el golpe, y que intervino decisiva aunque cautamente en su desarrollo. Algún tiempo antes, fuertes contingentes de armamento fueron trasladados secretamente desde la Fortaleza Ozama en Santo Domingo a Santiago de los Caballeros; las órdenes las dio Trujillo.
La revolución comenzó en Santiago con un ataque a la Fortaleza San Luis, que simuló una defensa simbólica. El papel de Trujillo en la capital fue el de paralizar la reacción gubernamental, simulando una adhesión nominal al Presidente Vásquez al mismo tiempo que mantenía férreamente en su poder la Fortaleza Ozama y el grueso del Ejército.
Al amanecer del día 23 comenzó su marcha sobre la capital el general José Estrella. Al saberlo el Presidente Vásquez llamó al jefe del Ejército convencido aun de su lealtad; Trujillo alegó estar enfermo, y fue entonces el anciano Presidente quien se trasladó a la Fortaleza Ozama; Trujillo le reiteró su adhesión, y juntos decidieron que una compañía de soldados marchara por la carretera a cortar el paso de los rebeldes; Horacio Vásquez decidió que el coronel José Alfonseca se pusiera al frente de la columna leal por ser hombre de su confianza, pero Trujillo le substituyó con el coronel Simón Díaz a quien al parecer dio órdenes concretas para entenderse con los rebeldes.
A primera hora de la mañana del día 24, el Secretario de Relaciones Exteriores, Licenciado Francisco J. Peynado, se trasladó a la Legación norteamericana en demanda de asilo para el Presidente, su esposa y el Vicepresidente, por hallarse los rebeldes a media hora de la capital y estar sus vidas en peligro; éstas fueron las primeras noticias que Curtis tuvo de la revolución. Una hora después llegaron a la Legación el Presidente, su esposa, el Vicepresidente, varios Secretarios de Estado y una veintena de senadores y diputados; entre tanto el Ministro Curtis había telefoneado al general Trujillo, quien le reiteró su lealtad al Presidente Vásquez; y en su virtud Curtis convenció a Vásquez para que se trasladara a la propia Fortaleza en vez de asilarse. Poco después el Ministro norteamericano se trasladó a su vez a la Fortaleza; simultáneamente Cabot (John Moars Cabot, Secretario de la Legación) marchaba a Santiago, logrando en el camino un armisticio mientras se discutían con el Presidente Vásquez las demandas de los revolucionarios.
Sin embargo, hacia las 10:30 de la noche el Secretario Moya telefoneó a Curtis que algunas tropas revolucionarias se estaban acercando a las afueras de la capital, mientras Trujillo seguía sin moverse de la Fortaleza. Al conocer esas noticias el Ministro norteamericano llamó de nuevo al general Trujillo por teléfono y recibió la respuesta de que las tropas gubernamentales habían sido desbordadas por las revolucionarias y en parte forzadas a capitular; el ya evidente doble juego se confirmó cuando en las primeras horas de la mañana del día 25 el propio Ministro Curtis avanzó por la carretera de Santiago y a pocos kilómetros de la capital encontró a las tropas gubernamentales sin haber disparado un solo tiro. Entre tanto el Presidente Vásquez había abandonado la Fortaleza Ozama, al fin convencido de la traición de Trujillo.
En la madrugada siguiente las primeras tropas revolucionarias entraron en la capital sin lucha, bajo el mando del general Estrella.
A la mañana siguiente, 27 de febrero, tuvo lugar otra entrevista entre el Presidente, Estrella Ureña y el Ministro Curtis, en el curso de la cual comenzaron a convenirse los detalles del acuerdo. Un cable de Curtis en la noche del 27 adelanta
el contenido de ese acuerdo; uno de los puntos, tanto en el acuerdo provisional como en el definitivo, agrega: «6. No habrá restricciones con respecto a los candidatos, salvo que ni Alfonseca ni Trujillo podrán serlo»
. Tenemos más detalles de este veto hacia la candidatura de Trujillo en el repetido Informe N.º 22 del Ministro Curtis, al comunicar que Estrella Ureña solicitó seguridades de que la Legación norteamericana no recomendaría el reconocimiento de un Gobierno encabezado por el general Trujillo, y que el Ministro así se lo aseguró.
El gobierno provisional de Estrella Ureña
Rafael Estrella Ureña se juramentó como Presidente provisional de la República Dominicana, tras un Acuerdo en que el Presidente derrocado, el jefe nominal de la revolución, y el Ministro norteamericano que sirvió de intermediario, estuvieron conformes en que el general Trujillo no podría ser jamás candidato presidencial. Cinco meses y medio después, el general Trujillo ocupaba constitucionalmente la Presidencia de la República Dominicana. Lo sucedido en ese período es una de las mejores claves para comprender el desarrollo de la «Era de Trujillo».
El gobierno provisional de Estrella Ureña puede dividirse en dos periodos bien distintos. Durante el primer mes la República Dominicana hierve en fervor político y dos bandos se disputan el triunfo en unas próximas elecciones que todos esperan serán libres. Durante el segundo periodo, Trujillo impone su dominación por medios violentos y elimina toda posible oposición.
En apariencia se repite el mismo despliegue de grupos políticos que combatieron en las elecciones de 1924. La diferencia se hace notar bien pronto. En cualquier de los libros escritos contra Trujillo se puede leer la relación de atropellos y asesinatos que a partir de este momento cometieron los esbirros de Trujillo; y es tristemente célebre la reputación lograda por «La 42», cuadrilla integrada al parecer por miembros del Ejército y mandada por un oficial llamado Miguel Ángel Paulino.
Estrella Ureña hacía ya muchos días que estaba seriamente preocupado con la situación; un cable del Ministro norteamericano Curtis al Departamento de Estado, fechado el día 18 de marzo, dice así:
Por otro lado, el nuevo Ministro dominicano en Washington, Rafael Brache, se entrevistó con el Secretario de Estado en funciones, con el fin de indagar la actitud del Gobierno norteamericano frente a la candidatura de Trujillo; el memorándum escrito con tal motivo por Francis White indica que el Departamento de Estado rehusó darle ninguna respuesta clara. Esta actitud equívoca del Departamento de Estado se refleja mejor en la correspondencia de aquellos días con la Legación norteamericana en Santo Domingo. Curtis estaba muy preocupado, temiendo una revolución; el Departamento de Estado instruyó a su Ministro para que siguiera una hábil política de circunstancias, a la vez tratando de inducir al general Trujillo para que retirara su candidatura y se limitara a seguir siendo jefe del Ejército, pero sin ofenderle personalmente a fin de contar con su amistad en el caso de que fuese elegido Presidente, en cuya circunstancia el Departamento de Estado se mostraba ya dispuesto a reconocerle.
La impresión que sacó Brache de su entrevista en el Departamento de Estado el día 23 de abril debió ser interpretado favorablemente por Trujillo, pues al día siguiente éste lanzó su famoso Manifiesto al pueblo dominicano aceptando la candidatura presidencial.
Desde fines de abril se hace evidente que no es posible continuar una lucha electoral libre. El primer grupo en denunciarlo abiertamente es una fracción del Partido Nacionalista que en el Listín Diario del día 28 de abril, publica un manifiesto en que se dice: «La situación caótica en que se encuentra el país se hace cada día más difícil e insostenible»
.
Los acontecimientos se precipitan. El 14 de mayo publica el Listín Diario un Manifiesto de la Alianza anunciando su abstención en las inmediatas elecciones, «frente a los actos de flagrante ilegalidad»
. Dos días después tienen lugar las
elecciones, y la candidatura Trujillo-Estrella Ureña gana con 223.731 votos a favor y 1.883 en contra.
El Ministro norteamericano Curtis expresó su juicio sobre las elecciones en su informe del 19 de mayo al Departamento de Estado. «... La Confederación anuncia que 223.851 votos han sido depositados, según los primeros informes, en favor del general Rafael Leonidas Trujillo como Presidente y Rafael Estrella Ureña como Vicepresidente. Como el número dado supera con mucho el número total de votantes en el país, no es necesario hacer ningún comentario sobre la sinceridad de las elecciones...»
.
El día 16 de agosto, Trujillo se juramentó como Presidente.
(Continuará)
Ir tirando
La cuestión de la necesaria evolución del actual régimen español es problema que preocupa, cada día más en el interior, y no es que preocupe a los declarados o a los encubiertos enemigos del régimen, sino a sus propios amigos y sostenedores. El número de los partidarios del régimen que estiman que esa evolución es cada día más imperiosa aumenta de manera bien visible.
Al general Franco le fue presentada una petición por cinco Capitanes Generales, es decir, por la mayoría de la representación del Ejército, -puesto que son nueve en total en España las Capitanías Generales-, reclamando una liberalización rápida del régimen, la posibilidad de que funcionara un «partido independiente» capaz de exponer sus puntos de vistas y por consecuencia terminar con el partido único, que es el que actúa en España. Esta petición del Ejército fue aprobada y apoyada por destacados dirigentes políticos del régimen y por las autoridades de las más prestigiosas universidades.
Grandes esperanzas abrigaban unos y otros, tanto los que pudiéramos llamar «reformistas del régimen» como los oponentes a él, en que Franco iniciaría un nuevo camino en el discurso que había de pronunciar el 18 de julio. Unos y otros se habían dado cita para ese día y les rumores de grandes reformas y cambios dentro del Gobierno corrían por las calles mucho antes de la citada fecha.
El ambiente dentro del Gobierno anunciaba tormenta, pero el general Franco zanjó la situación a su estilo, aplazando la reunión del Consejo de ministros que debía celebrarse el día 13 de ese mes.
Uniforme falangista de los días de gala y boina roja carlista era el atuendo con el que se presentó el jefe del Estado español en el antiguo y bello palacio del Senado para pronunciar el discurso del que tanto se esperaba. El general Franco celebra cada año con discursos y otros festejos adecuados la sublevación militar contra el Gobierno republicano que provocó la guerra civil española y costó un millón de muertos a ese pueblo. En años anteriores nadie esperaba nada de esos «patrióticos» discursos, pero este año, por el estado de inquietud en que se encuentra el país y el desasosiego del Ejército, ese discurso despertaba expectación.
Pero nada, salvo la afirmación de que «el sistema de partidos no es para España»
(lo que significa una negativa a las peticiones formuladas por los elementos más importantes del país), y la promesa de hacer entrar a Falange en el cuadro
de las instituciones del Estado -aclaremos, no Falange sino el Movimiento el general Franco no ha hecho sino poner de manifiesto una vez más su política: ir tirando. Ir tirando no sólo sin renovar el equipo, pero ni siquiera dar de beber a las
cabalgaduras.
Las esperanzas de los españoles se han aplazado, ahora las cifran en los acontecimientos del mes de octubre en que se cumplen veinte años del acceso de Franco a la cabeza del Estado, fecha que ha fijado el general para hacer pública la nueva
organización del Estado, y en la que debe estar a punto para su aprobación por las «Cortes» la ley sobre el salario mínimo unificado. Esto significa para los crédulos un aplazamiento de soluciones a esos dos graves problemas nacionales, pero ninguna de esas dos promesas están preñadas de realidades. Franco no pretende sino ganar tiempo, no sólo porque considera que en
su magistratura «concurren una serie de circunstancias providenciales»
, sino porque, se lo proponga o no se lo proponga, esos problemas y otros no pueden tener solución dentro de su dictadura personal.
