—161→
En el abatimiento y confusión de su espíritu no mostraba Fago gran deseo de conocer el resultado de los combates del día anterior. Batallas más terribles, libradas en el campo oscuro de su conciencia, secuestraban su atención, y compartida ésta entre el conflicto propio y los hechos que el anciano cantinero refería, apenas pudo enterarse de la victoria facciosa, o se enteró de un modo incompleto, recogiendo sólo retazos, noticias sueltas. Córdoba se había retirado inopinadamente de Arquijas. Oraa fue rechazado en Lana, y Gurrea, que intentó atacar por la derecha, había llegado tarde. En retirada quedaron, pues, al anochecer los cristinos, y aún no se sabía por dónde andaban. Prisioneros de la niebla, los dos ejércitos aguardaban que el sol les libertase para volver a combatir en las mismas posiciones, o en otras.
«¿Qué le parece? -le preguntó el vejete-. ¿Pelearán en las mismas posiciones?... ¿Qué piensa, buen hombre?... ¿O es que, por no entenderlo, no piensa nada?
-No pienso, no se me ocurre nada -dijo Fago demostrando en el mirar y en el gesto —162→ extraordinaria confusión-. ¿Qué entiendo yo de posiciones?
-Es usted sargento, ¡contro!
-Soy un pobre cura que se ha visto obligado a... no sé lo que digo... Dadme un poco de vino para que pueda coordinar las ideas.
-Bien se ve que le han engañado esos puercos -dijo Saloma alargándole el jarro-. No hay más que verle para saber que es usted un mosén muy cuitadico, y que no sirve para manejar el chopo. Váyase, váyase pronto a coger el cáliz, para que Su Divina Majestad le perdone el meterse en estas jerarquías».
Y otra mujer saltó diciendo: «En la cara se le conoce que es cobarde... ¿Qué le pasó, mosén?... ¿que al oír los primeros tiricos le entró lo que los vizcaínos llaman bildurra, y se le movieron las tripas?»
La actitud silenciosa y sombría de Fago confirmó a la baturra en su creencia, y por caridad, se apresuró a darle participación en la comida, que ya había sido apartada del fuego, y repartidas las cucharas, comieron todos de la misma cazuela en que las sopas habían hervido: No estará de más representar con cuatro perfiles a las personas que componían la cuadrilla parasitaria del ejército cristino. Saloma ya es conocida; la otra mujer tenía por apodo la Maja de la seda, y llevaba muchos años de ejercer el comercio ambulante, rodando por Rioja y Cinco Villas. Su patria era el Bocal; sus ojos bizcos fulguraban picardía y malas artes; su cuerpo —163→ igualaba en flexibilidad al de una lagartija. Comúnmente la llamaban Seda, y se titulaba esposa de otro punto de la partida, por mal nombre el tonto de la Uva, o simplemente Uva, de rostro atezado y cuerpo contrahecho. Era del Valle de Arán, y se hacía pasar por francés, hablando a veces un patois de su invención. El vejete, que ostentaba el timbre glorioso de haberle cosido a Wellington una bota, la víspera de Arapiles, procedía también del Bocal de Aragón, y le llamaban el Tío Concejil. Ganaba dinero con su mercadería ambulante, era consecuente en su filiación liberal, y había sido fiel parásito de Sarsfield, de Quesada, después de Rodil, y últimamente de D. Francisco, que era su amigo. En Puente la Reina, el año 24, le había dado Mina la mano, cuando le llevó la noticia de que los realistas, escapados de Cirauqui al anochecer, habían llegado a Oteiza a las dos de la madrugada. Otros dos hombres había en la cuadrilla, que eran como bestias de Uva; cargaban enormes mochilas parecidas a cuévanos, repletas de tabaco.
Saloma era entre los parásitos como una huésped: daba un tanto al día por participar de su comida, y también comerciaba en pequeña escala. Conocía por sus nombres y apellidos a un centenar de soldados cristinos de todas armas; mas no se crea que andaba entre ellos con malos fines: les trataba, les tenía ley, se interesaba en sus triunfos, dábales alientos con palabras expresivas; —164→ pero se mantenía fiel al granadero Manuel Díaz, natural de Herramélluri, entre Haro y Santo Domingo de la Calzada; mocetón de buen ver, que más pronto tomaba las mozas que las trincheras de la facción. No era esta cuadrilla la única que seguía las legiones de la Reina; había otras, y algunas promiscuaban, sirviendo a carlistas y constitucionales alternativamente, según les convenía.
A mitad de la comida, se arrancó Saloma con este grave aforismo: «Un aragonés no puede ser cobarde, aunque sea clérigo, señor de Fago... Esto lo digo yo que soy de Borja...
-Es verdad -replicó el capellán haciendo honor a las calientes sopas-. Un aragonés es... un aragonés.
-Y está dicho todo. El día que se desbarate España, para volver a jacerla tendrán que poner por pedernal del cimiento los corazones de Aragón.
-Y que lo digas. ¿No piensa lo mesmo el señor cura?
-Lo mismo pienso, y en verdad os aseguro que deshonro a mi tierra, porque soy cobarde. Me creí valiente... me engañé a mí mismo, me engañaron diciéndome que era yo muy entero.
-Y en cuanto oyó los primeros tiros...
-No, no fue a los primeros tiros, sino a los últimos.
-Eso sí que es raro -dijo Saloma-. Pues mire, Padrico, ándese con cuidado, que si le cogen los faiciosos, le afusilan por desertor, —165→ y si le pescan los cristinos, no lo pasará bien... Ya se está usted quitando las ensinias de sargento. Como no tiene uniforme, no le estorba el chaquetón; pero algo debe disfrazarse, que aunque sea falso, a veces no parece que lo es, y hasta podrían tomarle por un valiente triste, quiere decirse, aflegidico por mor de amores o qué sé yo qué».
Tal era el desaliento de Fago y tan aplanante su pasividad, que no hizo el menor movimiento cuando Saloma descosió con sus puercas uñas las insignias que en las mangas llevaba.
-«Y ahora, si no quiere que sospechen, quédese con nosotros -agregó la baturra-, y aquí comerá de lo que haiga. Si no tiene dinero para el gasto, no le importe, que a mí no me falta un duro para los amigos, y más si son de la tierra... Donde yo estoy, está Aragón... Conque...».
De tal modo sentía el clérigo deshecha y caída su voluntad, que nada supo contestar a estas razones, y a todo asintió, agradeciendo al propio tiempo el socorro de comida y fuego que a los buenos parásitos debía. Pensando en aquella inesperada situación a que le había traído su destino, sorprendió y reconoció en su alma una glacial indiferencia política. Lo mismo le importaba hallarse entre liberales que entre facciosos. Empequeñecidos ambos bandos, eran de la misma talla mezquina ante la magnitud del tremendo conflicto que él llevaba en su alma. ¿Ni cómo podía ser de Dios —166→ uno de los ejércitos, y el otro no? Dios estaba en todos y en ninguno, y los hombres no se podían diferenciar ante Dios más que por sus conciencias. Pero estos razonamientos y otros no podía calmar la suya, ni ver nuevos horizontes en su vida ulterior. ¿Qué haría? ¿Adónde trasladarse, qué partido tomar, y qué conducta preferir, y a qué aferrarse?
Rasgó el sol con punzantes rayos la niebla, y se aclaró un espacio que permitía ver los objetos a distancia de tiro de fusil. Pero luego cerrose de nuevo la espesa cortina, y a oscuras quedáronse otra vez dentro de aquella ceguera blanca, que era como el ver que no se veía nada. Oíanse, no obstante, tambores y cornetas. Los batallones más próximos marchaban ya, sin que se pudiera saber adónde. Uva, que había ido a explorar, volvió diciendo: «San Fernando y la caballería de López vuelven a Mendaza. Los demás, sabe Dios por dónde andan.
-¿Y ellos?
-La facción, dicen que va hacia la Amézcoa; pero no es más que un decir».
Las diez serían cuando acabó de deshilacharse la niebla, y la cuadrilla se puso en marcha, llevando el burro por delante: Fago se dejó llevar; no tenía voluntad. Vio soldados cristinos en marcha, caballos, acémilas; vio a Saloma hablando con sus amigos y conocimientos; vio un capellán en mula, en quien reconoció a un antiguo colegial de Vergara. Afortunadamente no fue conocido. —167→ Uva se emparejó con él, y quiso distraerle con su charlar festivo; pero el aragonés, atacado de un mental marasmo, parecido a la imbecilidad, no acertaba en las contestaciones, y de rato en rato decía: «Amigo Uva, ¿a dónde vamos? Yo quisiera ir a Veruela.
-No creo que vaigamos tan lejos. Pero usted, mosén, si quiere, por Los Arcos y Viana se puede pasar a Logroño, y de allí, caminito arriba, hasta Tarazona... En el coche de San Francisco, cinco días o seis».
Rendido de sueño, el infortunado capellán, aprovechando el descanso de la cuadrilla en un humilladero que les ofrecía comodidad, se tumbó en el rincón más abrigado, y mal envuelto en pedazos de manta que pusieron a su disposición las baturras, se durmió profundamente. Soñó primero mil disparates inconexos: que Uva estaba jugando a la pelota con Zumalacárregui; que, Saloma era la Saloma de Ulibarri, transfigurada físicamente; que Seda iba del brazo del General Córdoba por la calle principal de Ejea de los Caballeros, y, por último, su cerebro forjó una serie de imágenes y hechos, combinados con relativa lógica, imitando la realidad en todo lo que los sueños imitarla pueden. Viose en manos de los monjes de Veruela, que de nuevo le rescataban del Infierno, entregándole a Dios... Otra vez se veía, cubierto del traje eclesiástico, y pasaba de Veruela a un lugar sin nombre, con sus casas cimentadas en escalones sobre altísimas peñas. En el pico más alto estaba la iglesia, como un nido de cuervos, —168→ apoyando sus contrafuertes en las grietas musgosas de la roca. El sueño le representó después diciendo misa en la iglesia roquera, delante de un grupo de fieles vestidos de negro, con cirios... No tardó en cambiar la decoración, y viose en otra iglesia pequeñita y oscura. También en ella celebraba, y en el momento de salir revestido con casulla blanca, por ser la fiesta del papa San Gregorio, oyó tiros cercanos, gran tumulto de batalla.
Los cristinos cercaban el pueblo; ya eran dueños de las casas exteriores, y seguían adelante, destruyendo todo lo que encontraban al paso. Mas él, impávido, apartando su mente de todo lo que fuese guerra y matanza entre cristianos, empezó su misa. La decía despacio, muy despacio, recreándose en las bellezas del simbolismo litúrgico. Pero cuando llegaba a la consagración, los tiros sonaron en los propios muros del templo. El pueblo salió despavorido: mujeres y hombres acudían a la defensa armados de fusiles, palos o esgrimiendo cirios, blandones, incensarios y lo primero que encontraban. El acólito abandonó el altar, y de la caja del púlpito sacó una escopeta. El oficiante sintió el demonio de la guerra en su alma, dejó el cáliz sobre el ara, y sin pensar en quitarse las sagradas ropas, pues el aprieto del ataque no le daba tiempo para ello, corrió a la ventana, por donde entraba, con el grandísimo estruendo, humo y polvo de un batallar furioso. Alguien, no supo quién, puso en sus manos un fusil. Cogiolo, y saliendo intrépido —169→ a la ventana, echóselo a la cara. Los cristinos subían con escalas. Les recibió a tiros, acertando en todos. Cada disparo era una muerte. Mientras disparaba un fusil, le cargaban otro y otro. Llovían balas contra él; pero todas se estrellaban en su casulla como en una coraza milagrosa... Con gritos de coraje alentaba a los suyos, y con horribles expresiones blasfemantes denostaba a los enemigos que asaltaban la iglesia. Tantos mató, que caían en racimos al pie del muro. Y él indemne, viva imagen del dios Marte, vestido de alba y casulla, mostrando un valor heroico y una pericia no inferior a su bravura. No contento con rechazar a los que osaron meterse por la ventana, salió al frente de su cuadrilla por la puerta lateral, y persiguió al enemigo en retirada, acuchillándolo sin piedad, machacando cráneos, rasgando vientres, cercenando piernas y brazos. En fin, que a poco de emprender esta feroz batalla no quedaba un enemigo para contarlo. Transcurrió un lapso de tiempo, que apreciar no podía; mas al término de él, continuaba tan tranquilo su misa, como si nada hubiese pasado. Su casulla, que era blanca al empezar, se había vuelto roja de la sangre de la batalla, y la festividad, que antes era de confesores, después lo fue de mártires. El vino de la consagración le supo a pólvora; el acólito, en vez de campanilla, tocaba un tambor... «¡Cuánto disparate, y qué sueño tan absurdo e irreverente!», dijo el capellán despertando a los tirones de pies que le daba Uva.
—170→«Padrico, que nos vamos. Levántese si no quiere que le dejemos aquí.
-¿En dónde estamos? ¿Qué pueblo es éste?
-El pueblo es Mirafuentes. Esto se llama el Cristo de la Caña... Volvemos a Los Arcos, amiguito, a repostarnos de municiones para emprenderla otra vez contra esos pillos, que no pelean; lo que hacen es escurrirse como culebras cuando les tenemos cogidos... Dese prisa, si no quiere quedarse».
En marcha ya, la mente del tránsfuga, que con el sueño se había despejado considerablemente, pudo hacer apreciaciones razonables de su verdadera situación, y la voluntad, libre ya del horrible desconcierto de la noche anterior, supo determinar algo conforme a lógica y al sentido común. «No se me había ocurrido hasta ahora que debo presentarme al Sr. Arespacochaga, mi protector y amigo, por quien he venido a estas endemoniadas aventuras. Debo manifestarle el estado de mi conciencia, mis horribles dudas, el espanto que me produjo la visión de Ulibarri, el desaliento que ahora me invade, y todo, todo, para que lo sepa y decida. Él me trajo; él dispondrá de mí».
«Amigos míos -dijo a los cantineros, parándose en mitad del camino-, cuando nos encontramos, la luz de mi razón hallábase apagada. Ya se ha encendido: ya veo claro. Agradeciendo a ustedes la caridad que me han hecho, me veo precisado a dejarles. Tengo que ir al Cuartel Real de Carlos V».
Diéronle medio pan y un palo, y despidiéndose —171→ afablemente tiró hacia el Norte, camino de Mendaza y del puente de Arquijas.
Toda aquella tarde anduvo sin encontrar tropas. Las de Córdoba fueron hacia el Sur, y la división de Oraa habíase retirado por la estrechura de San Gregorio. Encontró, sí, gentes dispersas, que corrían a recobrar los hogares abandonados; rebaños fugitivos, y, de trecho en trecho, caballos muertos, despojados ya de sus arzones militares; algunos cadáveres de cristinos y facciosos, que nadie se había cuidado de enterrar, y multitud de objetos de vestuario y armamento, despojos tristísimos de la guerra. Ignorante de la verdadera residencia del Cuartel Real, confiaba que algún campesino adicto a la causa, y por allí casi todos lo eran, se lo dijese; mas no quiso formular su pregunta hasta no hallarse más cerca del terreno dominado por realistas. Mas no le habría gustado encontrar al ejército, y si pudiera meterse en el Cuartel Real sin pasar por entre los batallones de Zumalacárregui, se creería dichoso.
Por la noche pidió albergue en el primer caserío que encontró, y allí le dieron noticias —172→ contradictorias respecto al Cuartel Real: que había pasado a tierra de Álava, que iba hacia el Baztán, que en la Amézcoa... Confiaba que a la siguiente mañana no faltarían noticias ciertas, y se durmió sosegado, después de cenar habas mal cocidas y un poco de leche de ovejas. Lo que trajo el día subsiguiente no fue la noticia fidedigna que Fago deseaba, sino una nevada formidable. Amaneció todo el país cubierto de nieve, borrados los caminos, el horizonte ceñudo, el cielo arrojando copos. Era, pues, el tránsfuga prisionero de la Naturaleza, como la noche anterior, y toda su voluntad resucitada no podía con el tremendo obstáculo de la nieve y del frío. Resolvió esperar, toda vez que sus patronos, con gallarda nobleza, le ofrecieron hospitalidad por todo el tiempo que quisiese. No se les ocultaba, juzgando por el habla, que era persona principal, quizás de alta categoría, y le escuchaban con respeto y se desvivían por agasajarle. «Señor -le dijo el anciano, jefe de la familia, compuesta de viejas, muchachas y niños, pues todos los mozos estaban en la facción-, vocencia me dispensará si le digo que le hemos conocido, y que no tiene por qué ocultarse de nosotros. Aquí somos fieles a la causa, y puede estar tranquilo, pues. Sabemos que vocencia eminentísima es ese príncipe, primo hermano de la sacra católica real Majestad; ese que le nombran D. Sebastián, D. Grabiel, o no sé cómo, y que anda por estos lugares desaminando pueblos al ojeto —173→ de ver dónde se pone una grande fortaleza o laberiento de trincheras que piensan hacer, para que se apoyen las tropas, y den las batallas en regla. Aquí está vocencia seguro, y puede sacar los pinceles y compases para pintar la tierra y montes y honduras radicantes arriba y abajo. Yo también he sido militar, del 1.º de Zapadores: me encontré en Zaragoza con el comandante de Ingenieros Sr. Sangenís, y sé lo que son escarpas y contraescarpas, líneas quebradas, y obras de tierra y fajina. De modo que aunque estoy algo mal de la vista, y por ello gasto antiparras, bien podré ayudarle, y conmigo las muchachas, que todas se despepitan por servir a la real persona».
Respondió Fago que él no era príncipe ni magnate, sino un pobre capellán del Cuartel Real, que se había extraviado en la acción de Arquijas, y deseaba volver a reunirse con los suyos. No se dio por convencido el viejo, y continuaba mirándole con las antiparras de redondos vidrios, montados en gruesa armadura de cuerno.
«Pues diré a vocencia que, para mí, el Cuartel Real está ya sobre Salvatierra, y las tropas van a forzar el paso de Pancorbo para plantamos en Burgos en menos que canta un gallo».
Las viejas tomaron parte en la conversación, y propusieron a Fago darle un balandrán de cura que cogido habían en el campo de batalla. No le pareció mal este ofrecimiento, y aún le pareció mejor al ver la prenda —174→ de ropa enteramente ajustada a su talla y cuerpo, y tan buena que revelaba ser de canónigo. Aceptada desde luego, se la puso para abrigarse: el frío era intenso; seguía nevando, y no había que pensar en salir tan pronto. Los pastores que en cabañas próximas recogían su ganado, aseguraban que el Rey con toda su Corte estaba en la Amézcoa Baja, y también el ejército, y que hasta pasada Navidad no habría operaciones, por causa del mal tiempo. El viejo de las antiparras no se separaba de su huésped, tratando de hacerle menos aburridas las horas con su charlar continuo de la guerra, entreverado de anécdotas navarras, y de noticias referentes a linajes, familias y personas: de todo ello coligió que había tenido posición y hacienda muy superiores a la pobreza en que a la sazón vivía. Era ribereño, de Murillo el Cuende, y se llamaba Fulgencio Pitillas. Comprometido en las campañas realistas del 22 y 28, Mina le había quemado sus casas y graneros, y quitádole los ganados. Todo lo perdió por defender una idea; pero no le importaba con tal de ver la idea victoriosa. ¿Qué valían unos cuantos carneros y algunos sacos de trigo en comparanza de la religión católica y del trono legítimo? Dios sobre todo.
Oía esto con indiferencia el buen Fago hasta que de concepto en concepto, picando el Sr. de Pitillas en uno y otro asunto, vino a resultar inopinadamente que había conocido a D. Adrián Ulibarri. De tal modo se —175→ desconcertó el capellán al oír nombrar a la víctima de Falces, que en un punto estuvo que apretase a correr, poseído de un pánico semejante al que sintió en la batalla de Arquijas. Como el buen Pitillas era tan cegato que no veía tres sobre un burro, no advirtió la turbación y palidez del otro, y siguió diciendo que en sus buenos tiempos había tratado íntimamente a Ulibarri, y que la difunta de éste, doña Saturnina Dorronsoro, y la difunta de Pitillas, doña Manuela Mendívil, eran primas segundas. Agregó que había sabido el fusilamiento de D. Adrián, pena que le estaba bien merecida, por meterse a dar soplo a los cristinos de los movimientos de los leales; cosa fea, porque el buen navarro debía pertenecer en cuerpo y alma a la causa disoluta. Titubeó Fago entre nombrar a Saloma o callar este nombre, que removía en su alma heces amarguísimas; pero su ardiente curiosidad pudo más que su miedo, y Pitillas, contestando a la tímida pregunta, dijo: «Esa desgraciada, que conocía muy bien el genio que gastaba su padre, no se atrevió a presentarse a él después del estropicio, y ahora...
-¿Ahora qué?
-Dicen que dicen... Yo no gusto de conversaciones, y mejor es que me calle.
-¿Luego vive?
-¿Que si vive? Ahora la tiene usted de ama de cura.
-¡Jesús mío!
-Dicen que dicen... yo no digo nada... —176→ Volviose con el mismo que la perdió; éste, que es un gran tunante, para esconder sus pecados debajo de la religión, se hizo cura, y ella...
-Eso no es verdad, Sr. Pitillas, -afirmó el capellán con acento tan distinto del que comúnmente usaba, que el viejo se desconcertó.
-Yo no lo he inventado.
-Pues es falso, y quien lo haya dicho, miente como un bellaco.
-Así será, pues vocencia lo asegura. De que lo dicen respondo. Ahora, que sea o no verídica, no sé... Yo he creído que ella y él no se han metido en nuestra religión santísima, sino en otra de esas en que hay clérigas, quiero decir, donde los curas son al modo de matrimonios casados, y cada canónigo tiene su sacerdotisa para que le cosa la ropa... Eso pienso; no sé.
-¿Y dónde están?
-Que me condene si lo sé. Pero aquí viene este Fermín Iralde, que debe de saberlo, porque una noche contó que había visto a la Saloma tocando las campanas en la iglesia de un lugar, de cuyo nombre no me acuerdo».
Llegose al grupo un pastor cojitranco, con peales y zahones, hirsuto, de color gitanesco. Interrogado por Pitillas, dijo que Saloma era ama de un cura que peleaba en la facción.
«¿Y se llama...?
-No lo sé... Sólo sé que es aragonés, y que está en el 5.º de Navarra.
—177→-Eso no es verdad. Y ese clérigo, antes de meterse a soldado, ¿era quizás párroco de algún pueblo?
-Capellán del Cuartel Real.
-¿Y es el mismo que...?
-No, señor; es otro.
-Mentira, más mentira todavía. ¿De dónde habéis sacado esas fábulas indecentes?... Otra cosa. ¿Y dónde decís que habéis visto a Saloma Ulibarri tocando las campanas?
-Repicando... cuando entraba en el pueblo Su Majestad D. Carlos Isidro. La vio un pastor que se llama Orden.
-¿Dónde? ¿Qué pueblo era ése?
-Aranarache, en la Amézcoa Baja.
-También lo niego. Yo sostengo que es falso de toda falsedad, y a ver quién es el guapo que me desmiente. Sois unos zopencos; hacéis mal en tomar en boca a personas honradas, que ni han escandalizado ni escandalizarán jamás. Saloma no es ama de cura, ni clériga, ni nada de eso, y al que lo diga le enseñaré yo el respeto que se debe a la mujer virtuosa: dondequiera que ahora resida, llorará la muerte de su padre y sus propias culpas. Para mí está o debe estar en algún recogimiento, casa de religión o cosa así.
-No se incomode vocencia -le dijo Pitillas tirándole del balandrán, pues Fago se había puesto en pie y accionaba enérgicamente con el garrote-. ¿A nosotros qué nos va ni qué nos viene en esto?
-Nos va y nos viene, señor mío, que no —178→ debemos dar curso a la calumnia, sino cortarla dondequiera que la encontremos. Yo salgo a la defensa de toda persona calumniada, ahora y siempre.
-Bueno, señor. Hágase cargo de que no hemos dicho nada, y vámonos a comer, que ya es hora».
Comió Fago de mal talante, y a cuanto le decían sus patronos contestaba tan sólo con monosílabos incoherentes. Por la tarde, con gran sorpresa de toda la familia pitillesca, afirmó que no podía detenerse; y resistiendo a los halagos de aquella gente infeliz, se despidió, ávido de lanzarse a los caminos, de agitarse y correr, movido sin duda de la necesidad de ejercicio físico, o quizás de una impaciencia que ni él mismo sabía si era caballeresco-militar, caballeresco-religiosa o caballeresco... ¿qué, Señor? El tiempo y los hechos lo dirían.
No acobardado del mal cariz del cielo, ni de la nieve que en espesa capa cubría la tierra, marchó resueltamente hacia el Norte en busca del paso del Ega más próximo, que era el de Acedo. Escasos dineros llevaba: dos pesetas columnarias y una regular porción de cuartos. Sus víveres eran un pan con chorizo entre la miga, que al salir le dieron los Pitillas; su compañía, sus pensamientos y el garrote. No llevaba media hora de marcha, cuando empezó a ser atormentado por una idea, y ésta no le abandonó hasta el fin de la jornada. Era como un compañero de viaje que al compás de los pasos, y convirtiendo —179→ en voz humana el singular crujido de la nieve bajo los pies, le hablase al oído. ¿Qué decía? Pues que en el bolsillo del balandrán que puesto llevaba, generosa ofrenda de los Pitillas, había, cuando se lo dieron, una carta olvidada. Recordaba que en el momento de tomar la prenda de ropa de manos de la vieja había registrado los bolsillos, encontrando en ellos un pedazo de yesca, dos cuartos y un papel escrito. Rompió el papel la anciana, sin que a él se le ocurriese impedirlo, por no sospechar que pudiera ser interesante. Pues bien, al ponerse en camino dio en pensar que el papelejo era una carta de la persona cuyo nombre, pronunciado inopinadamente aquella mañana, había removido su ser todo. La hija de Ulibarri escribía muy mal, y firmaba sólo con la sílaba Mé, abreviatura de Salomé, con que de niña la nombraba su abuela. «Parece que es esto obra del demonio -pensaba-. Ahora veo los pedazos del papelejo, rotos y echados al viento por señá Martina, y creo recordar, creo recordar... como no sea esto una artimaña del espíritu maligno... creo recordar que en uno de aquellos pedacitos, que volaba delante de mis ojos, estaba escrito: Mé... Y yo digo: ¿esto del creer recordar, es como recordar verdaderamente? Si vi pasar la palabra Mé por el aire, ¿cómo no me causó la impresión que ahora me causa el querer recordarlo? Luego no hubo tal palabra... ¿Y no podría suceder que viera la sílaba sin darme cuenta de lo que significaba?...».
—180→Por todo el camino, sobre la blancura inmaculada de la nieve, fue viendo algo como huellas de una cabra, un signo que evidentemente decía: Mé, Mé, Mé...
La noche le cogió en el arrabal de Acedo: pidió y le cedieron albergue en una choza humilde, y a la mañana siguiente, muy temprano, se agregó a una cuadrilla de campesinos que le llevaron en borrico unas cuatro leguas. El tiempo había mejorado; pero al deshacerse la nieve, los caminos y senderos se ponían intransitables. Sin desmayar por esto, el peregrino seguía, y a medida que se aproximaba a las alturas de la Amézcoa, iba encontrando gente que iba o venía, caballerías cargadas de provisiones, y alguna descubierta de soldados a pie o a caballo. En Galbarra encontró a dos conocidos: el uno, aragonés; el otro, navarro, y por ellos se informó de las posiciones de la tropa, sin dar a entender que deseaba conocerlas para evitar su encuentro. Agregaron que el Cuartel Real estaba en Artaza, y que allí permanecería cuando el ejército saliese a operaciones, pasada la fiesta de Navidad. Con estas noticias determinó emprender un largo rodeo, a fin de meterse en Artaza —181→ sin pasar por los pueblos donde acampaban las tropas de Zumalacárregui. Esto le ocasionó una tardanza de tres días, durante los cuales iba viendo el Mé, Mé, ya representado por la huella de cabras, ya por letreros diferentes, trazados con negro en esquinazos de iglesias o en tapiales de caserones.
Llegó a Artaza de noche. El pueblo dormía; los centinelas obligáronle a esperar el día para entrar en las calles, y arrimose a un vivac, donde encontró conocidos y amigos, entre ellos uno del propio Oñate. Éste le notificó que se le tenía por muerto en la batalla de Arquijas, y que el Sr. Arespacochaga había mandado echarle responsos. Hablando de operaciones, díjole el mismo que pasada Navidad se emprendería la guerra por la parte de Guipúzcoa, donde andaban muy envalentonadas las divisiones de Espartero y Jáuregui.
No sentía Fago ningún interés por estas noticias de guerra; pero se guardó de dar a conocer su desencanto. Tales confianzas no podía tenerlas más que con su protector y amigo, el Sr. Arespacochaga, ante quien se presentó por la mañana, no causándole menos impresión que si fuese alma del otro mundo. Era el tal cortesano de D. Carlos persona de muy cortas luces, ambicioso forrado en beato, de ideas comunes y palabras rebuscadas y ampulosas. Su edad no pasaba de los cincuenta años; era de buenas carnes, de rostro frío y redondo, afeitado; facciones que podrían llamarse eclesiásticas, con la salvedad —182→ de que carecían de toda expresión mística. Su mirada se esforzaba en ser aguda y luminosa; pero no lograba la vanidad lo que sólo es privilegio de la inteligencia: resultaba un mirar de desconfianza oficinesca, o de comerciante en mercedes palatinas. Usaba en el trato social tosecillas, pausas, caídas de ojos y otros medios auxiliares de expresión que conceptuaba indicadores de pensamientos recónditos: realmente eran un juego que respondía a la vaciedad de su inteligencia. Y como había otros más negados que él, para éstos tenía un repertorio de frases comunes, adquiridas en lecturas o cosechadas en el trato de otros prohombres burocráticos, las cuales le servían para deslumbrar a la muchedumbre de casacón y sombrero de tres picos, que es sin duda la más fina y selecta variedad en la familia extensísima del humano vulgo.
Pues bien: serían las nueve de la mañana cuando el asendereado presbítero se presentó al Sr. Arespacochaga, el cual habría desmentido su carácter si no le recibiera con toda la gravedad que gastar solía, así en los actos ordinarios como en los más solemnes de la vida. A poco de entrar Fago, sirvieron a los dos el chocolate. Su Excelencia oyó, frunciendo el ceño, las explicaciones que el capellán le diera de su desaliento militar, de aquella inesperada fuga, que parecía una deserción, pues no estando herido debió incorporarse inmediatamente al 5.º de Navarra. «Con estas cosas, Sr. de Fago, y estas rarezas —183→ de su carácter -dijo el Consejero de Castilla-, me ha puesto usted en ridículo, pues yo le aseguré al señor General en jefe que usted era un gran soldado y un sagaz estratégico: así me lo manifestaron personas que le conocen desde su juventud. Y ahora pregunto: ¿usted sirve o no sirve para las armas? Porque si en el terreno militar no ha de hacer nada en gloria y provecho de nuestro augusto Soberano, lo mejor será que vuelva a ponerse la sobrepelliz y procure sernos útil en la esfera eclesiástica...
-Señor -replicó Fago con efusión humilde-, yo no sirvo: ni en una ni en otra esfera podré hacer nada de mediano provecho.
-Pues entonces, ¿a qué aspira usted?
-Aspiro a encerrarme en un recogimiento, y a dar de mano a todas estas contiendas, así políticas como militares, pues unas y otras las creo de una vanidad absoluta.
-Hubiera usted empezado por manifestarme esas ideas egoístas -dijo el Consejero sin mirarle-, y yo no le habría sacado de Oñate. Le tuve por un gran hallazgo, como hombre de inteligencia; después salimos con que era usted hombre de acción, y, a la primera prueba, nos resulta fallido... Hábleme con franqueza: ¿es que le falta a usted la primera condición de todo militar, el valor?
-De sobra he tenido esa cualidad en algunos momentos; en otros, la verdad, me ha faltado.
-Pero yo pregunto: ¿el valor personal, el arrojo del soldado, son indispensables en —184→ quien, como usted, según repetidas veces me han dicho, descuella por el sentido estratégico y las combinaciones?
-El valor personal es necesario siempre. Sin él todas las aptitudes guerreras no sirven para nada.
-Hombre, hombre... no estamos conformes... Y yo pregunto: ¿cree usted poseer la ciencia estratégica, ese don innato, ese...?
-Francamente, señor, creí poseerla: en mi obcecación y soberbia llegué a imaginar que los pensamientos del General en jefe no eran más que una reproducción de mis propios pensamientos; pero ya me he curado de esa presunción ridícula... Yo no sé nada; yo no sirvo para nada.
-Hombre, hombre... Pues estamos bien. Me deja usted lucido... Aquí nos desvivimos por traer a la causa todos los elementos útiles, así religiosos como políticos y militares; descubro a Fago; creo haber hecho una adquisición, y ahora, usted mismo, con esa santa pachorra, me dice: «Señor, soy un necio» lo que significa que más necio fui yo al considerarle discreto».
Al llegar a este punto, el Sr. Arespacochaga, apurado el chocolate y bebida con gran fruición el agua, empezó a medir la estancia, las manos a la espalda, jugando con los faldones de su larga levita. Fago continuaba sentado, y aún mojaba bizcochitos en el soconusco.
«No, no, señor mío -prosiguió el cortesano, alardeando de penetración y agudeza-; —185→ aquí hay algo que usted no quiere decir, algo que se propone ocultarme con esos artificios de su ineptitud, de su supuesta cobardía, etcétera. Aquí hay algo, y yo, que veo mosquitos en el horizonte, veo el oculto pensamiento de usted, y le demostraré ahora mismo que a todos engañará, pero a mí no.
-Ni a usted ni a nadie -dijo el capellán mirando fijamente al Consejero, el cual se paró ante él, y puso entre ambos una silla, en cuyo respaldo reforzaba con golpes sus severas palabras.
-Toda esa historia que usted me cuenta es una fábula grosera con que quiere ocultarme sus recientes inclinaciones al cristinismo, al liberalismo, al bando infame contra el cual peleamos... ¡Ah!, es esto, y no puede ser otra cosa... ¿Por qué no lo dice usted claro?
-Ni claro ni oscuro puedo decirlo, porque no es verdad. Grandes turbaciones he sentido; pero eso... líbreme Dios. ¡Yo cristino, yo liberal! Sr. D. Fructuoso, es usted conmigo injusto, cruel, despiadado.
-¿Me negará usted que estuvo en el campo de Córdoba en la mañana siguiente al combate de Arquijas?
-Estuve, sí, señor, porque me perdí... porque...
- Se perdió usted... y tan perdido... Ya lo veo.
-Si yo me hubiera pasado al cristinismo, no estaría en este momento donde estoy...
-Es que... bien podría suceder que acá se —186→ nos viniera con fines de espionaje... Valor se necesita para ello... De su conducta, señor capellán, deduzco que usted podrá ser todo lo que se quiera, pero cobarde no es.
-Sí que lo soy, Sr. D. Fructuoso -dijo el otro poniéndose en pie-, pues usted me injuria gravemente, usted me llama espía, y yo... lo aguanto; yo... continúo respetando al que ha sido mi protector y mi amigo».
Viendo pasear al Consejero con las manos en los faldones, Fago se sintió acometido de un vivísimo impulso: coger a su protector y tirarle por la ventana.
«Permítame usted que me retire -le dijo, temiendo que su sangre impetuosa le lanzara bruscamente a una brutal acción.
-¡Ah! no... ¿Cree usted que he concluido? ¿Cree que renuncio a obtener las explicaciones que estimo pertinentes?
-¿Explicaciones? Ya las he dado todas.
-Ahora lo veremos. Siéntese usted... Considere que, si se me alborota, me será fácil mandarle preso... y un consejo de guerra decidirá si el curita Fago es simplemente un desertor medroso, o un valiente vendido, a los enemigos de la Fe.
-Mándeme, si gusta, al consejo de guerra, pues nada temo, ni me importa. Que me juzguen como quieran.
-Le digo a usted que se siente, y oiga.
-Oigo sentado...
-Pues... yo pregunto al capellán Fago: ¿quién es una mujer, una mujer digo, que la víspera de la batalla de Arquijas, se presentó —187→ en el Cuartel Real pidiendo noticias de usted?
-¿De mí?... ¿Una mujer? Lo ignoro -replicó el capellán palideciendo.
-Y bien se comprendía que no preguntaba la tal por un desconocido. Su lenguaje y el interés de sus interrogaciones demostraban confianza y antiguo conocimiento con el señor capellán.
-¿La vio usted? -dijo Fago con apagada voz, tragando saliva-. ¿Qué señas tenía?
-Alta, buena presencia, ojerosa... vestida de negro.
-¿Edad?
-Como unos veinticinco años... quizás menos».
Y creyendo ver en la intensísima palidez del clérigo indicio seguro de culpa, prosiguió con hueca severidad: «Le vende a usted su turbación, y todo lo que diga no le servirá más que para enredarse en sus propias mentiras.
-Yo no miento... Por las señas, esa mujer es la hija de Ulibarri.
-¿Y cuándo hizo usted conocimiento con ella?
-¡Ah!, es cosa muy antigua, anterior a la época en que abracé el estado eclesiástico.
-¿Y qué clase de relaciones...? ¿Se puede saber...?
-Se puede saber; pero no se sabe, porque yo no he de decirlo, ni a usted le importa nada ese asunto, enteramente personal y que nada tiene que ver con la guerra.
—188→-¿Que nada tiene que ver con la guerra? Muy pronto lo dice.
-Lo digo y lo sostengo, sin más explicaciones».
La actitud resuelta y valiente del aragonés desconcertó al Sr. Arespacochaga, que se pasaba la mano por la frente, anunciando con este movimiento la pronta emisión de una idea luminosa.
«Si no se tratara más que de los grandísimos pecados mortales cometidos por usted en su vida de seglar licencioso, nada tendría que decir. Debo creer que usted limpió su conciencia de aquellos crímenes contra la ley de Dios, y que fue absuelto en el tribunal de la Penitencia. Pero no se trata de eso. La mujer de quien hablamos no es, no puede ser extraña a la deserción de usted, ni a su visita al campamento enemigo.
-¡Qué absurdo! Pruébemelo usted.
-A eso voy. Dos días antes de aquel en que se presentó en Orbiso la señora esa, se recibió una carta dirigida al capellán D. José Fago.
-¿Y la abrió usted?
-Naturalmente. Su Majestad me ha encargado del servicio de correos y policía. El estado de guerra me autoriza a leer todas las cartas, y mayormente la de mis subalternos. Usted es mi capellán; pero aunque no lo fuera... aunque no lo fuera... La carta, muy mal escrita, le decía a usted que saliera al anochecer a la primera venta que hay en el camino de Antoñana, Parador del Manco se llama, —189→ donde la firmante le esperaba para hablarle de un asunto.
-¿Y firmaba...?
-Firmaba Mé.
-Es ella, es ella -dijo Fago poseído de febril inquietud, levantándose para espaciar su espíritu y respirar fuerte-. Pero, pero...
-¿Pero qué?... No sabe usted por dónde salir.
-¿La carta...?
-La mandé a su destino, y por mis vigilantes supe que el señor capellán acudió a la cita.
-Eso no es verdad, como no lo es que yo recibiera tal carta: se lo juro. Tiene usted un servicio de espías detestable. Le han engañado, señor mío.
-Para que vea usted que soy leal y que no quiero cogerle en una trampa -manifestó el Consejero empleando toda su gravedad-, le diré que mis informes sobre el particular no son de los que alejan toda duda. Al punto de cita acudió un hombre de balandrán. No me han asegurado que fuese usted. Bien pudo suceder que la señora Mé citara a varios clérigos para celebrar algún concilio, o junta de rabadanes».
—190→Esta broma no le pareció bien a Fago, que sentándose otra vez dio un golpe en la silla que les separaba, diciendo: «La señora Mé no tiene por qué celebrar concilios, ni es persona capaz de andar en tratos de mala ley, en enredos políticos o militares.
-¿Qué no? ¿Se atreve usted a decir que no? Pues sepa que esa señora pasó la noche del 14 al 15 de Diciembre en el alojamiento de los ayudantes del General; sepa usted que algunos días antes, el 10 o el 11, estuvo en Los Arcos en compañía del capellán de Gerona, con quien parece ha vivido o vive en gran intimidad. Es indudable que ha pasado de un campamento a otro trayendo y llevando recados. Hay sospechas de que para sus espionajes se disfraza de monja, en compañía de otra mujer, figurando que pertenecen a la Comunidad de Dominicas de Los Arcos, desalojadas por los cristinos... ¿Qué tiene usted que decir? ¿Por qué me pone esa cara de estupor y atontamiento?
-Pongo esta cara porque realmente me siento atontado y estúpido. Paréceme que sueño; que oigo contar cuentos de duendes y trasgos. Yo me vuelvo loco, Sr. Arespacochaga, y no sé si creer o no creer lo que escucho.
-Pues yo, en mi sano juicio, sostengo que esa señora, disfrazada de monja, se ha visto con usted el día antes de Mendaza, quizás el mismo día, y le ha inducido a llevar proposiciones de componenda, quizás de traición al General D. Luis Fernández de Córdoba. —191→ Y usted ha visto a Córdoba, no me lo niegue, y usted, antes de venir aquí, ha llevado a Zumalacárregui algún mensaje del jefe cristino, y usted...
-Señor mío -dijo el capellán con acento solemne, dueño de sí, no turbado ni balbuciente, sino con la energía y el aplomo de quien expresa la verdad, y pone la verdad sobre todas las cosas, sin exceptuar la vida-; yo, José Fago, por la Orden sagrada que recibí, ante Dios que ha de juzgarme, ante los hombres a quienes entrego mi vida, juro que estoy inocente de todo delito de traición y espionaje, que no he visto a Córdoba ni a Zumalacárregui, que no he visto a esa mujer a quien suponen ocupada en traer y llevar recados de uno a otro campamento, que todo lo que usted me cuenta es absolutamente desconocido para mí. Y si no es verdad lo que juro, que me mate Dios ahora mismo, y mande mi alma a los infiernos; y si usted no me cree, disponga que me lleven ante un consejo de guerra y me fusilen inmediatamente, pues para nada quiero una vida calumniada. Honrado soy en mi conciencia, y me basta; por eso no temo la muerte; casi la deseo, y matándome se me da la gloria del martirio, que apetezco, que ambiciono».
Esta vez fue Arespacochaga quien palideció, afectado por la actitud arrogantísima del capellán, por su voz entera y vibrante, por el fuego de sus ojos.
«¿Me cree usted o no me cree? -añadió Fago, dando un paso hacia él».
—192→No quiso el Consejero dar su brazo a torcer tan pronto ni declarar el efecto que la solemne manifestación del aragonés le había producido. Dominando su turbación, echó mano de su gravedad, del recurso de las medias palabras que nada dicen, y parecen revelar pensamientos hondos... «Tengamos calma... Yo opino... ¿Cree usted que a mí se me engaña... que no sé distinguir?... Poco a poco. Ya sabe que le aprecio, que le he protegido, que mi mayor gozo es verle triunfante de la calumnia...
-¿Me cree usted, sí o no?
-Calma, señor capellán... Puede que de esta conferencia salga la certidumbre de que no es usted traidor... Yo la deseo... estoy dispuesto a admitir todas las explicaciones razonables.
-Y hay más -declaró Fago con enérgica resolución y acento firmísimo-: creo que todo eso que a usted le cuentan sus espías y polizontes, es falso. Unos por congraciarse con sus jefes y aparentar servicios ilusorios, otros por la recompensa pecuniaria que se les da, le traen a usted mil embustes y enredos... No hay, no hay, no puede haber tales tratos entre el ejército de la legitimidad y el ejército impío; yo lo niego: le engañan a usted, abusan de su credulidad, Sr. D. Fructuoso.
-¡Carape!... ahora sí que tengo a usted por un inocente, digno de que le entierren con palma -replicó el Consejero alardeando de hombre agudo, sabedor de secretos gravísimos-. —193→ Admito... ya ve usted si le considero... admito que mi capellán no tenga parte alguna en esos enjuagues y componendas... Las manifestaciones que usted acaba de hacerme serían una hipocresía monstruosa si no fuesen verdaderas. Admito su inocencia, Sr. Fago; pero dudar de que existen proyectos contrarios a las grandiosas aspiraciones de nuestro Rey augusto... ¡ah!... eso no, eso no puedo dudarlo; porque en mi mano tengo más de un hilo, que me traerá el ovillo de esta indigna conjura. Todos los servidores de Su Majestad no tienen el mismo grado de fe y entusiasmo. No diré que nos vendan al enemigo, eso no... Pero algunos, o por falta de convicción o por exceso de soberbia, buscan la alianza con determinados personajes cristinos, proponiéndoles concesiones políticas, señor mío; ofreciendo cosas tan absurdas como el otorgamiento de una Constitución prudente, y libertades que no están ni pueden estar en nuestro programa, porque son contrarias al dogma religioso... Total: que se quiere acelerar el triunfo de la causa, por medio de un arreglo en el cual quedarían por el suelo las sagradas prerrogativas de nuestro Soberano... Y yo pregunto: ¿triunfar de ese modo es verdadero triunfo?»
Fago no chistó. Las ideas expresadas por su patrono eran de tal extrañeza y novedad, que no podía, sin mayor detenimiento, admitirlas ni rechazarlas.
«No hablo de traición, no -dijo el Consejero —194→ en el tono de quien no quiere manifestar más que una parte de lo que sabe-, porque si ha llegado la hora de las intrigas, no ha llegado, ni quizás llegue, la hora de las traiciones. ¿Me entiende usted? Yo pregunto: ¿las operaciones de nuestro ejército obedecen a un plan conveniente y práctico? Yo creo que no. No se necesita ser estratégico de profesión para comprender que, derrotada la impiedad en Arquijas, nuestros soldados vencedores debieron perseguirla en el camino de Los Arcos, batirla aquí y en Viana, y después acometer sin miedo el paso del Ebro por Logroño, o por Cenicero, si el paso de Cenicero se creía más seguro. ¿Usted qué opina?
-Que por Cenicero.
-Y cuando todos creíamos que Zumalacárregui operaría sobre Los Arcos, nos hablan de una expedicioncita a Guipúzcoa. ¿Para qué? Para coger moscas, para perseguir a las columnas de Espartero, Jáuregui y Carratalá. ¿Usted no piensa como yo que esto es un disparate, y si no un disparate militar, una... ¿cómo diré? un pretexto para ganar tiempo, hasta que se pueda llegar a la pastelada política con Mina o con Córdoba?» Y viendo que Fago, la mirada fija tenazmente en el suelo, no decía nada, le incitó con instancias a manifestar su opinión.
«Creo -dijo al fin el capellán-, y ésta no es opinión técnica, sino de sentido común; creo que no estamos aún en disposición de —195→ pasar el Ebro. En Arquijas, según tengo entendido, no se cogió al enemigo ninguna pieza de artillería.
-Ta, ta, ta... siempre el mismo cuento. A eso replico que si no las tomaron, fue porque no quisieron. Mis noticias son que el 5.º de Navarra tuvo los cañones cristinos poco menos que entre las manos.
-Eso no es verdad: lo niego como testigo que fui.
-Los batallones que mandaba Villarreal también pudieron ganar algunas piezas, y no las ganaron.
-Lo dudo».
Callaron ambos, y mientras el Consejero se paseaba, Fago retrotraía su imaginación al día y campo de la refriega de Arquijas, buscando en sus recuerdos la certeza o falsedad de lo que su patrono afirmaba. Nunca había tenido Fago muy alta idea de las dotes intelectuales del Sr. D. Fructuoso, y en aquella ocasión no encontró motivos para rectificar su criterio sobre este punto. Tiempo es de decir que se hallaban en una estancia grandísima de superficie, mas tan baja de techo, que parecía un pajar; indigno alojamiento de funciones políticas y burocráticas, que constituían algo semejante a un Ministerio de nuestros días. El piso de madera ofrecía ondulaciones como las del mar; desnudas de todo adorno estaban las paredes y los muebles eran dos papeleras desvencijadas y una mesa, que más bien parecía mostrador, atestadas de legajos. En una habitación —196→ próxima, abuhardillada y polvorienta, trabajaba el individuo que era como la representación sintética de todo el personal del departamento, un pobre chico, acólito en Oñate, donde le ayudaba las misas a Fago, en campaña escribiente, secretario y ayuda de cámara del señor Consejero. Lo mismo le limpiaba las botas que extendía la minuta de un Real decreto. Natural era que viviese con tales estrecheces y privaciones una Corte ambulante, más rica en entusiasmo y fe que en materiales recursos, y en la cual las dependencias de un gobierno embrionario funcionaban difícilmente, corriendo de un pueblo a otro con los archivos en una galera, los tinteros vacíos, y las cabezas más llenas de esperanzas que de sólidas ideas.
En pueblos tan pobres como Artaza, gracias que pudiera alojarse con relativo decoro la Católica Majestad, ocupando los cómodos aposentos de la casa del cura. Los del séquito, reducido en aquel tiempo, por consejo de Zumalacárregui, al personal absolutamente indispensable para el Real servicio, se aposentaban donde podían, no desdeñando los desvanes, graneros y cuadras, cuando no se encontraba cosa mejor. Cien hombres escogidos daban escolta al Cuartel Real, y solían dormir en la sacristía o dependencias de la iglesia, o en la sala del Ayuntamiento, teniendo por cama común el suelo duro y frío. La suerte era que ninguno se quejaba: no hay colchón como la fe.
Antes de proseguir hablando, reconoció el —197→ Consejero las dos puertas de la habitación, cerrándolas después cuidadosamente, y ni aun así dio a su voz toda la sonoridad que acostumbraba.
«Dejando a un lado si pudimos o no pudimos tomar piezas, ello es, amigo Fago, que esta desviación de las operaciones hacia Guipúzcoa es un gran desatino. Todas las personas entendidas en asuntos militares lo censuran: el Rey... y le advierto a usted que nuestro augusto Soberano posee un gran conocimiento de las cosas militares... el Rey, digo, no parece muy satisfecho de las disposiciones tomadas últimamente por su Generalísimo. Claro que esto no puede decirse, y yo se lo digo a usted con la mayor reserva...
-Y con toda reserva, pregunto yo: ¿acaso Su Majestad piensa cambiar de General en jefe?»
Al oír esto, volvió D. Fructuoso al examen y revisión de puertas, y con la certidumbre de que nadie le oía, dijo: «Aquí, en confianza, amigo Fago, estamos preparando un Real decreto, por el cual Su Majestad, inflamado en intenso fervor religioso, elige por Generalísima de sus ejércitos...
-¿A una mujer?
-A la Purísima Concepción, y se pone bajo el amparo de la excelsa Señora, para que dé la victoria a las armas que se esgrimen en defensa de la fe de nuestros padres.
-¡Oh!... me parece muy bien. Es una nueva muestra de la piedad de este excelso —198→ Príncipe... Pero la Virgen no ha de ponerse al frente de las tropas... creo yo, y siempre ha de haber un hombre que desempeñe las funciones del orden práctico y material, en el bien entendido de que si esas funciones no son desempeñadas con criterio y rectitud, de poco valdría, ¡ay!, la tutelar protección de la Reina de los Cielos».
Tras una pausa en que uno y otro parecían embebecidos en hondísimas meditaciones, prosiguió Fago: «Lo que pregunto a usted es si piensa Su Majestad variar de Generalísimo... terrestre.
-No creo que, por ahora, de eso se trate. Su Majestad, mientras los acontecimientos no prueben que Zumalacárregui va por mal camino, no puede retirar a éste su confianza. El Señor es hombre de gran prudencia y tacto, y toma sus resoluciones después de bien meditadas...
-¿Hay acaso en el Cuartel Real personas que hayan demostrado o demuestren aptitudes excepcionales para el gobierno de un ejército?
-Acá para inter nos, amigo Fago, la organización de tropas y el llevarlas al combate y a la victoria, previo estudio del terreno —199→ en que han de pelear, me parece a mí que no es ciencia tan sublime como algunos creen. Vea usted lo que han tenido de Aníbales o Pompeyos nuestros Generales más afamados. Y no quiero hablarle a usted de los guerrilleros. La mayor parte de ellos ladran... Para mí es cuestión de sentido común y un poco de sangre fría, ni más ni menos. En el Cuartel Real tenemos sujetos de gran conocimiento en estos asuntos, algunos del orden civil.
Cuando el Soberano nos hace el honor de reunirnos en su tertulia, hablamos, discutimos, y haciendo la crítica menuda de las marchas y disposiciones del General, unas veces nos parecen bien, y otras... ¡qué quiere usted que le diga!... nos parecen medianas.
-¿Y al consejo áulico de Su Majestad no asisten militares? La opinión de éstos me parece muy digna de tomarse en cuenta, y no es esto despreciar el criterio de los señores del orden civil.
-¿Militares dice usted? Su Majestad tiene a su disposición a más de cuatro que se distinguieron en la guerra de la Independencia y en la campaña realista; hombres de conocimientos, de práctica en la manipulación de tropas, y señalados además por la firmeza y fervor de sus creencias religiosas. Sin ir más lejos, aquí está el Sr. González Moreno, de quien debemos esperar días gloriosos para la causa; persona muy sensata, muy grave, de las que a mí me gustan... ¡pocas palabras, ¿me entiende usted?, una seguridad —200→ en el juicio, una entereza en el carácter...! Tenga usted por cierto que con ése no juegan los caballeros constitucionales y masónicos.
-Y ese Sr. González... ¿quién es? Perdone usted mi ignorancia. ¿Con qué hazañas, o siquiera hechos de algún viso, ha ilustrado su nombre?
-Por Dios, amigo Fago, ¿de qué dehesa sale usted? ¿Es de veras que no ha oído nombrar al Sr. González Moreno, el afamado Gobernador militar de Málaga, que en los últimos años de D. Fernando VII descubrió y aniquiló la conspiración de Torrijos y otros corifeos del democratismo, atrayéndolos de Gibraltar a Málaga, y...?
-Ya, ya sé... Si he de hablar con franqueza, Sr. D. Fructuoso de mi alma, esa página histórica no resulta muy gloriosa que digamos... expreso lo que siento... y bien mirado ello es un acto político más que militar.
-Yo le aseguro a usted -afirmó el Consejero enfáticamente-, y puedo probarlo, que el Sr. González Moreno posee en grado altísimo talentos militares, con los cuales emulará, Deo volente, a los caudillos más insignes».
Con estas salidas de tono, expresadas en el lenguaje oficinesco que tan bien manejaba, solía tapar D. Fructuoso las bocas de diversos personajes, amigos o rivales suyos, con quienes comúnmente departía, y que si no le eran inferiores en cacumen, no —201→ le llegaban al zancajo en la emisión de conceptos graves, de fácil sonsonete persuasivo. Fingió Fago que se convencía aceptando al Sr. Moreno por un segundo Napoleón, se permitió poner en duda la ciencia militar de los que sahumaban con vano incienso la persona del llamado Rey legítimo.
«Dejemos este asunto del cambio de General -dijo luego D. Fructuoso desarrugando el ceño-, a la autoridad augusta del Soberano, y ocupémonos en lo que es de nuestra humilde incumbencia. Encargado estoy de velar por la seguridad de esta gloriosa Monarquía; a mí me compete el acechar a los enemigos, el buscarles las vueltas y atajarles los pasos. Creo haber, adquirido noticias de grandísimo precio para desbaratar las intrigas de los constitucionales; pero la red es tan espesa, amigo mío, que aún me falta coger muchos de sus hilos. Los que andan sueltos por ahí espero atraparlos con la ayuda de usted.
-¡Yo! ¿Qué puedo hacer yo, triste de mí?
-Mucho, amigo Fago, mucho. Las dudas que acerca de su lealtad me asaltaron al verle hoy, se han disipado. Creo en su inocencia. Para creer en su adhesión incondicional a la causa, necesito que me preste usted un servicio... ¡ah!, un servicio que no vacilo en llamar eminente.
-Dígamelo pronto, y si es cosa que puedo y sé...
-¿Que si puede y sabe? No se le exige ciencia militar ni teología dogmática. Ésta —202→ no es empresa de guerrero ni de sacerdote.
-¿Pues de qué?
-De hombre... simplemente de hombre, Sr. Fago. La causa exige de usted en estos momentos que deje a un lado las aptitudes militares, si es que las tiene, y las disposiciones evangélicas, para no ser más que el José Fago vulgar, el de marras.
-No entiendo, Sr. D. Fructuoso; explíquemelo mejor.
-Más claro: necesito que vaya usted en seguimiento de esa mujer, que la rastree, que la persiga, que la encuentre y me la traiga.
-¿Ésa...?
-Esa Mé... o como quiera que se llame. No se haga usted el tonto. Yo le señalaré un itinerario seguro para encontrarla. Verá usted como no falla, y cobraremos esa hermosa pieza, ya se disfrace de monja dominica, ya de aldeana rústica o ama de cría. Para ganar su confianza y apoderarse de sus secretos empleará usted los medios que crea eficaces, cualesquiera que sean, pues la santidad del fin todo lo justifica y ennoblece. Quiero decir que no sea usted remilgado, pues ésa debe de ser pájara de cuenta... en fin, ¿qué he de decirle, si usted mejor que yo la conoce?
-Sr. D. Fructuoso de mi alma -dijo el capellán con gran consternación, palideciendo-. Yo no puedo desempeñar esa comisión... yo no quiero ni debo ver a esa mujer, a quien conocí y traté más de lo conveniente, en mis tiempos de seglar desalmado —203→ y libertino. Mi conciencia me prohíbe avivar el fuego que sofoqué para bien de mi alma... No me lance usted a ese peligro, por Dios; se lo ruego...
-¡Hombre, qué ridículos escrúpulos!... Yo no le digo a usted que caiga nuevamente en el pecado, ni de eso se trata. Ya sé que habló con un sacerdote. Pero la causa es la causa, y no se la puede servir eficazmente sin algún sacrificio... No pido el sacrificio de la conciencia; basta con el de los actos, basta con una apariencia de... Poniéndome en su caso, entiendo que no me sería difícil conquistar o reconquistar la voluntad de esa hembra, conservando mi conciencia en paz, y ofreciendo a Dios la pureza de mis intenciones y el servicio que presto a la fe, como garantía de la nulidad de algún pecadillo formal que pudiera cometer... formal digo, de forma, per accidens... usted me entiende.
-Dispénseme usted -dijo Fago con grandísima turbación, la frente empapada en sudor frío-; pero yo no puedo, no me determino... Me entra el pánico, señor; ese pánico que me hizo correr en el campo de batalla. No soy dueño de mí, no tengo voluntad.
-Bueno, bueno: tranquílicese, amigo Don José... y piense con calma lo que le propongo, para que pueda darme de hoy a mañana su conformidad».
Trémulo y desconcertado, el capellán se levantó, tendiendo su mano a D. Fructuoso. Quería marcharse, huir, correr. Sentía las ansias del pánico, y no se conceptuaba seguro —204→ hasta no poner la mayor distancia posible entre su persona y la del grave Consejero, que era en aquel instante su demonio tentador. Aún quiso éste retenerle, estrechando sus manos abrasadas; pero Fago no podía más, no. Si no escapaba pronto, su temblor se convertiría en ataque epiléptico. Despidiose con palabras balbucientes, y salió de estampía, tropezando en los muebles, haciendo retemblar las hojas de la puerta.
Largo rato vagó por el pueblo, recorriendo de punta a punta su calle única, empinada y fangosa, sin que con el desgaste de la energía muscular se calmase la vivísima agitación que le dominaba. Encontrose uno, dos amigos, y hablando con ellos de cosas en que fijar no podía ni el oído ni la atención, sintió un frío muy intenso, que le hacía dar diente con diente; después un calor que le abrasaba el rostro. Uno de aquellos señores, contador de la Real Intendencia, tomándole el pulso le dijo: «Querido D. José, está usted malo, muy malo; lo mejor que puede hacer es meterse en la cama, si es que la tiene, que en este condenado pueblo no podemos revolvemos los que componemos la Corte. A mí me tiene usted en un pajar, y gracias que me ha tocado una patrona con buenos colchones... Si quiere, y no ha encontrado aún alojamiento, véngase conmigo».
Tan malo se encontraba el buen capellán, que no recordó el ofrecimiento que D. Fructuoso le había hecho de su casa ministerial, y aceptó la invitación del otro sujeto, mejor —205→ dicho, se dejó conducir de él. En un camaranchón le metieron, y en el suelo le acostaron, sobre un mediano colchón, con abrigo de mantas y un grueso capote de su amigo. El resto del día y toda la noche pasó con calentura intensísima, inquietud y delirio; al día siguiente parecía mejorado; al tercero dijo el médico que se moría; al cuarto faltó poco para que le dieran el Viático. Una mejoría repentina hizo concebir esperanzas, y al octavo se le declaró fuera de peligro; pero su convalecencia había de ser larga. ¿Cuál era su enfermedad? Tabardillo, fiebre nerviosa, no sé qué. Ni él ni tampoco el médico lo sabían. Lo cierto fue que después de los crueles días de gravedad, se quedó aplanadísimo, como atontado, y sin ganas de vivir. Indiferente a todo, se pasaba los días mirando al techo, bostezando a ratos, y tarareando una monótona canción de los tiempos juveniles, que revivió en su memoria en los críticos días de ardorosa fiebre. Su amigo trataba de distraerle, y le proporcionaba buenos alimentos y aun golosinas para despertarle el apetito; mas nada conseguía. Ni aun el Sr. Arespacochaga, con su conversación grave y sus frases en estilo de cancillería, lograba sacarle de aquel estado de atónica tristeza. Pasó la Navidad, pasó el día de Año Nuevo (1835), y hasta la Epifanía no empezó el hombre a entrar en caja.
Por fin, gracias a Dios, dejó el camastro, y empezando a tomar alimento, recobraba las fuerzas del cuerpo y el vigor —206→ del espíritu. Aun después de restablecido conservaba la costumbre de permanecer largo rato mirando al techo, y era que como la estancia no tenía vistas al campo ni a la calle, sino tan sólo a un sombrío corral, el techo hacía las veces de horizonte, y en él vislumbraba el convaleciente las extrañas cosas que, en las vagas lejanías de la naturaleza, recrean nuestra alma más que nuestros ojos.
«Ea, ya estamos bien -dijo Arespacochaga, entrando a verle un día de Enero-. Basta ya de hacer el niño mimoso y el enfermito remolón. A la calle, al campo, y a defender la causa, que para eso vivimos todos. Conviene enterarle de lo ocurrido en este paréntesis de su enfermedad. ¿Qué dice?... ¿que no le importa nada?
-No he dicho tal cosa. Ya sé que nuestro ejército opera en Guipúzcoa.
-Y yo puedo darle a usted noticia de acciones perdidas, de acciones ganadas. La fortuna se muestra ahora variable, caprichosa... Efectos, digo yo, de que no hay plan, o de que el plan obedece a móviles que no son militares. Verá usted. En Villarreal de Zumárraga, doloroso es confesarlo, recibió nuestra gente una soberana paliza: las cosas claras. ¿A quién se le ocurre presentar batalla con cuatro mil hombres a las fuerzas dobles o triples de Espartero y Carratalá?... Este buen señor, este D. Tomás de mis pecados, dicho sea entre nosotros con la mayor reserva, paréceme a mí que ha perdido los papeles. Verdad que se desquitó en Ormáiztegui, —207→ por aquello de que es su pueblo natal, y no quiere hacer mal papel ante sus convecinos. En Ormáiztegui, hay que decirlo, quedamos bien, gracias al arrojo de Iturralde y a la pericia de Gómez. Los cristinos salieron con las manos en la cabeza, y a estas horas no se sabe dónde han ido a componerse la descalabradura... ¿Qué me dice usted de todo esto? Parece que le conmueve poco... Veremos si otro asunto le interesa más. Ha de saber el amigo Fago que, en vista de las repugnancias que me manifestó el día de su llegada, he pensado en encargar a otra persona la delicada comisión... ¿Qué, no se acuerda?... ¿Nos hemos quedado sin memoria? ¿Qué significa esa cara de sorpresa y estupefacción?... Más bien creía yo que durante su enfermedad no ha pensado en otra cosa, y que la fiebre le ha tenido en constante lucha con la imagen de...
-Con la imagen... ¿de quién?
-Ello es que la noche en que el pobre Fago estuvo peor, vine aquí... Usted deliraba, y no decía más que Mé, Mé, Mé...
-¿Mé, decía? Pues mire usted, D. Fructuoso, bien pude pronunciar esa sílaba, porque, en efecto, soñé que la hija de Ulibarri estaba en Zumárraga hablando con nuestro General.
-La mitad de su sueño es cierta; la otra mitad, mentira. En Zumárraga estuvo: noticias fidedignas tengo de ello. Pero no me consta que Zumalacárregui le hiciera el honor de admitirla a conferenciar... He sabido —208→ también que pasó por Ormáiztegui... Dos días antes la vieron en Elorrio, donde acampaba Espartero: iba la señora en compañía de un capellán que sirve a los constitucionales, tan pronto en el cuartel de Córdoba como en el de Espartero.
-Paréceme que usted, Sr. D. Fructuoso, sueña más que yo.
-Ya lo veremos. Los sueños no son absolutamente obra de un cerebro desconcertado; los sueños nos ofrecen, en multitud de casos, maravillosas conexiones con la realidad. La Historia sagrada y profana nos dice que por el conducto del sueño se han revelado a ciertos y determinados hombres verdades como puños. Dígame usted, puesto que la vio en Zumárraga: ¿cómo iba vestida?
-De monja.
-¿Lo ve usted?... Y digan que los sueños son burla de los sentidos. Monja, sí, señor; vestidita de monja, lo que no quiere decir que lo sea. El traje es un artificio o salvoconducto para la conspiración que se trae esa señora, correveidile de una taifa de capellanes masónicos y de carlistas vendidos a la nefanda Constitución. Y no va sola...
-En efecto, no va sola.
-La ha visto usted en compañía de un hato de religiosas expulsadas de Los Arcos, y que andan buscando un convento desmantelado donde meterse.
—209→
-Es cierto -prosiguió el capellán-. En lo que no estamos conformes es en que la hija de Ulibarri sea falsa monja. Mis noticias son que ha profesado.
-¿Y por dónde, por quién ha recibido usted esa información?
-Por nadie, señor -dijo Fago con desprecio de sí mismo, paseándose-. No sé nada: es que lo pienso, lo he soñado... No me haga usted caso. Estoy demente.
-No es eso locura. Mi buen capellán fluctúa tristemente entre lo que le pinta su imaginación y lo que por mi boca le dice la realidad. Procure usted concertar su sueño con mis informes; ver si acierta el delirio, que bien podría ser, o si yo me equivoco, lo que no es improbable. Intente salir de su horrible duda, aceptando la comisión que le propuse.
-¿Pero no dice usted que ha encargado a otro?...
-Aún no ha salido y puedo darle contraorden.
-Y ese otro, ¿quién es?
-Un hombre muy listo, muy despierto, buena estampa, aficionadillo a las aventuras.
—210→-¿Militar?... ¿No?... ¿Acaso pertenece también al estado eclesiástico?
-Casi no. No ha recibido más que la primera tonsura, y parece inclinado a seguir carrera muy distinta. La Intendencia y la Política le arrastran. Escribe como un águila cuanto sea menester en defensa de la causa, y demuestra extraordinaria agudeza y olfato para penetrar el sentido de los acontecimientos.
-¿Aragonés?
-De las Cinco Villas.
-No me diga usted más. Es Mariano Zapico... ¡Bah! ¡Ya un tonto semejante encarga usted misión tan delicada! Volverá trayéndole a usted sinfín de enredos.
-No, no: tiene que traerme a la monja verdadera o apócrifa.
-Yo creo que es auténtica... Si quiere usted saber la verdad, no ponga ese fino trabajo en manos tan toscas como las de Zapico.
-En las de usted quise ponerle -afirmó D. Fructuoso con viveza, creyendo fundadamente que ya le tenía cogido.
-Pues venga a las mías, ¡carambo!... venga -dijo el capellán levantándose y dando dos briosas patadas que hicieron estremecer el frágil suelo del desván-. Yo desempeñaré esa comisión, pues ya veo que no sirvo para otra. Soy un desgraciado que todo lo ambiciona y nada realiza. Me falló la guerra, no sé si me fallará la religión. Mi voluntad, que otras veces se ha lanzado a las acciones briosas, movida de una gran idea, —211→ ahora se lanza movida de un instinto. Mi destino así lo quiere. No sé en dónde me meto. Dios sabrá por dónde salgo».
Frotábase las manos el Consejero, y para animarle más en su propósito le dijo estas sesudas expresiones: «No estoy conforme, amigo Fago, en que dé usted por muertas sus ambiciones militares, ni las ambiciones, propósitos más bien, del orden religioso. Para abrir camino a un hombre que, como el capellán Fago, posee inteligencia no común, no han de faltarle buenos padrinos. Aquí estoy yo, para declarar solemnemente que si me desempeña esta comisión como espero, quedo obligado a proporcionar a usted el mando de una columna volante de doscientos hombres. Quien puede disponerlo, lo dispondrá. Y en el caso de que mi buen capellán se decida por la religión, me obligo a premiar sus servicios, el día del triunfo, con una buena canonjía, o un arciprestazgo de los mejores».
No se mostró el aragonés muy entusiasmado con estos ofrecimientos, y atento no más que a disponerse para la misión que se le encomendaba, pidió a D. Fructuoso dos onzas, con lo cual creía tener lo necesario para su viaje. Díjole el Consejero que aguardase hasta el día siguiente, porque la Real Intendencia estaba a la cuarta pregunta, y para proveerle de los fondos necesarios, era preciso retirarlos de otras obligaciones. Tenía que conferenciar con el mayordomo de Palacio, con el superintendente, con el —212→ Colector de Rentas, y con media docena más de figurones y ministriles que a la sazón se alojaban, rodeados de papelotes, en las míseras casas, graneros o zahúrdas de Aranarache.
Al día siguiente, puestas en manos del capellán las dos peluconas, quiso D. Fructuoso darle instrucciones y marcarle un itinerario, conforme a los datos que de sus golillas y soplones había recibido; pero Fago no admitió que en aquel punto se le dirigiera. «¿Qué quiere usted? ¿Que yo busque a Saloma, que la encuentre, que la coja y me la traiga? Pues déjeme a mí la disposición de los pasos que tengo que dar para obtener este resultado. Y si lo obtengo, no me pregunte el cómo, el cuándo ni el dónde. Yo me entrego a mi instinto, en la confianza que éste sea más afortunado que lo fueron mis altas, mis nobles ideas. Adiós.
-Guíele Dios y acompáñele la Virgen bendita.
-No creo que la Generalísima intervenga para nada en esto.
-Debo decirle, amigo Fago, que no tenga escrúpulos por tratarse de emprender la captura moral y física de persona perteneciente a una Orden religiosa. Eso no; convénzase de que no es monja: si viste el santo hábito, es como disfraz de sus pérfidas maquinaciones. No haya, pues, escrúpulos; no haya, pues, el temor de ofender a Dios... Dios está con nosotros.
-¡Ah... Dios...! No llevo el propósito de —213→ ofenderle... Quizás me resulte que podré servirle, arrancando al demonio un alma hermosa, extraviada. Aún espero realizar una acción grande y bella. Puede que tras de este instinto surja un esfuerzo brioso de la voluntad. No lo sé. Me dejo llevar del instinto, que a veces nos guía mejor que la razón... Adiós otra vez».
Y salió en aquel mismo instante, solo, vestido de aldeano, y se perdió en las veredas fragosas que conducen a Maestu. ¿A dónde iba? Realmente no lo sabía, y al tomar aquella dirección, como habría tomado otra cualquiera, no hizo más que entregarse al ciego Acaso, saboreando el goce de prever lo que le deparase, como saborean los jugadores las presunciones y corazonadas que preceden al manejo de los naipes.
Hasta la noche, después de descabezar un sueño en la venta de Eulate, no surgieron en su mente determinaciones claras del camino que debía tomar. «Me voy a Estella -se dijo-. No sé por qué imagino que no he de perder el tiempo». Nada le ocurrió al segundo día que merezca mención; pero al tercero, caminando hacia Zúñiga, sorprendiéronle unos aldeanos con la noticia de que el ejército carlista iba sobre la Berrueza para dar batalla al General Lorenzo, sucesor de Córdoba en el mando de la división. Esto le movió a cambiar de ruta, pues no gustaba de encontrarse con sus compañeros de armas en los días de Mendaza y Arquijas. Nada temía de Zumalacárregui, porque le constaba —214→ que se le habían escrito expresivas cartas dándole explicaciones de la desaparición del sargento Fago en la batalla del 12 de Diciembre. En el amañado relato, se suponía que recibió una herida en el cráneo; que se extravió en las obscuridades de la niebla; que fue a parar cerca de Estella, donde cayó gravemente enfermo, con afección a la vista. Se decía también que habiéndose presentado, ya restablecido, en el Cuartel Real, el Sr. Arespacochaga le había encargado el importantísimo servicio de organizar, entre el clero regular navarro, colectas para las atenciones de la guerra. A pesar de que estas testimoniales del Cuartel Real le aseguraban contra todo castigo, no sentía maldita gana de verse en presencia de Zumalacárregui, ni de Iturralde, ni del coronel del 5.º de Navarra. Torció, pues, su derrotero, discurriendo qué haría para no infundir sospechas en el campo cristino, hacia el cual resueltamente se encaminaba.
No lejos de Genevilla, donde se tomó un día de descanso, dijéronle unos pastores que en el propio Arquijas, lugar sin duda predestinado para batallas, se había dado una de las más sangrientas entre las tropas de D. Tomás y las de Lorenzo. Unos y otros tuvieron muchas bajas; pero la victoria fue de la facción. Seguidamente, Zumalacárregui atacaría la guarnición de Los Arcos, para lo cual había mandado que le llevaran de la sierra de Urbasa un cañón muy grande llamado el Abuelo y los dos obuses que el artillero —215→ Sr. Reina le había fabricado con chocolateras, almireces y badilas. Invitáronle aquellos infelices a recogerse y pasar la noche en una cabaña que a tiro de piedra se veía, y el capellán aceptó gozoso, por la confianza que los tales les inspiraban, como gente hospitalaria y sencilla. En la cabaña le dio modesto albergue una mujer tuerta, afable, que al punto preparó para todos la cena, consistente en sopas con grasa de cabrito, y luego castañas cocidas con leche. Encima de esto echaron el cuartillejo de vino, con lo cual rompieron todas las lenguas en un despotrique animadísimo sobre lo bien que iba el negocio de la guerra en Navarra y Guipúzcoa, y los malos ratos y berrinches que estaba pasando el Sr. de Mina, por no poder hacer nada de provecho contra la facción. «La semana pasada -dijo uno de los pastores-, le vi en Puente la Reina. ¡Ay, qué malo está el pobre! ¡Ojos que te vieron en la otra guerra y que te ven hoy! Antes tan gallardo, ahora como una horquilla; ayer daba miedo su cara, y hoy da compasión. Monta en una mula blanca, y lleva en su Estado Mayor dos señoras muy guapas. No se rían: son dos burras de leche... no toma más alimento el pobre que la leche de borrica.
-¿El pobre? -dijo otro-. Pues no paíce sino que bebe vino de los infiernos, según es de sanguinario y afusilador. Está dado a los demonios porque no gana, y la corajina la desfoga en el cuitado que cae en manos de su tropa».
—216→Sosteniéndoles gallardamente la conversación, aguardaba el capellán coyuntura favorable para hacerles una pregunta de interés, y hallada por fin la oportunidad, les dijo: «¿Podríais vosotros darme alguna noticia de las monjas dominicas de Los Arcos, que por ruina del convento quedaron desalojadas, y anduvieron después por estas tierras, sin encontrar, ¡las pobres!, un rincón sagrado en que guarecerse?
-¡Anda, anda, señor; si todas las que corrían por aquí -dijo la tuerta-, eran monjas de engañifa!... ¡Pues no han dado poco que hablar las tales! Entre ellas venía una frescachona y muy dispuesta que la llamaban Doña Bernardina, de la cual dicen que era un mozo vestido de mujer.
-Y con ésa -dijo Fago prontamente- iba otra más guapa todavía, alta, morena, ojos negros...
-Sí, señor. Bien se conoce que la ha visto.
-Moza efectiva, no marimacho; pero que no es monja más que por el traje.
-Todo es como lo pinta, señor. ¿Lo ha visto?
-¿Sabes el nombre de ésa?
-No sabemos sino que le afusilaron el padre.
-¿Por qué?
-Por capitán de bandoleros.
-Eso no es verdad. Decidme otra cosa. ¿Las dos monjas franqueaban libremente las líneas facciosas?
—217→-Sí, señor; porque como iban pidiendo limosna, so color de la santa religión, mandó el buen General que no les hicieran daño. Pero en la partida de Lucus se descubrió el enredo de esas bribonas, y las desnudaron para emplumarlas y no sé qué... resultando que, vistas sin ropa, las dos eran hembras.
-¡Caramba!... ¿Y esos miserables se atreverían...?
-Señor, el soldado no repara... por eso es soldado; que si reparara, no lo sería».
Después de apoyar esta sentencia con conceptos que en distinta forma venían a decir lo mismo, otro de los pastores aseguró que salvó a las monjas de un agravio seguro la repentina llegada de la columna cristina del General Méndez Vigo. Batido rápidamente Lucus y dispersa su gente, las tropas de Mina les quitaron seis caballos y las dos monjas.
-Que llevarían inmediatamente a Pamplona.
-A dónde las llevaron, no sabemos, ni lo que hicieron con ellas, tampoco; mas pa mí tengo que no harían nada bueno.
-Horrible cosa es la guerra, que no respeta la vida del hombre, ni el honor de la mujer.
-¿Y ellas -dijo la tuerta con avinagrada voz y gesto-, por qué van a buscarlo? ¿Qué tienen que hacer las mujeres allí donde deben estar solos los hombres en su obligación? La enagua en casa, y en la calle y en la heredad el calzón. Luego no se quejen de —218→ que las afusilen... Bien afusiladas están».
Nadie se atrevió a replicar a tan sabios conceptos. Fago, taciturno, se retiró al humildísimo lecho que le habían preparado, y a la mañana siguiente muy temprano partió, andando largo trecho con los pastores. En Narcués encontraron un convoy faccioso de heridos de la tercera acción de Arquijas, que iba hacia la Amézcoa, custodiado por alaveses, entre los cuales Fago apenas tenía conocimientos. Lejos de intentar escabullirse, su generoso corazón le impulsó a llegarse a los carros, en la parada que hicieron para proveerse de agua fresca, y ofreciéndose a prestar cualquier auxilio que fuese necesario, examinó a los heridos, buscando semblantes de amigos y compañeros. A no pocos reconoció; muy viva fue su pena al ver entre ellos al grande, al gigantesco Gorria en lastimoso estado, con un balazo en el hombro derecho y otro en el muslo. El poderoso atleta sufría con cristiana entereza el dolor de su carne, y estrechando la mano del amigo, díjole que no sentía morirse más que por no ver triunfante la causa del Rey católico. En cuatro palabras le dio idea de la acción librada frente al Ega, la más encarnizada y mortal de aquella campaña. «Perdidas muchas almas; pero ganadas y bien ganadas las posiciones. Ahora, a Los Arcos».
Aprovechando el alto, fueron curados los que más necesidad tenían de emplastos y vendajes; dieron alimento a los que lo pidieron; agua y vino a los sedientos, que eran —219→ los más; a todos frases de consuelo y esperanza. En los carros que iban a la zaga se habían muerto dos antes de llegar a Narcués. Ayudó Fago a poner los cadáveres en tierra, y hallándose en este trajín, vio dos monjas dominicas que prestaban servicio sanitario en la galera próxima. Al llegarse a ellas con viva curiosidad, una de las dos, joven y agraciada, le miró atentamente. El capellán no desconocía, no, aquel rostro que, a pesar de las tocas y de la monjil compostura, no había dejado de ser vivaracho. Ella fue la que primero se arrancó a hablarle: «José Fago, ¿crees que no te conozco? En tres años, poco has cambiado. ¿No sabes quién soy?
-Oh, sí -replicó el capellán con alegría, súbitamente iluminada su memoria-. Eres... el nombre no lo recuerdo... la hija de D. Valentín Ulibarri, de Villafranca de Navarra, prima hermana de...
-Soy Pilar Ulibarri. Cuando yo profesé, tú eras un perdido. Luego te hiciste sacerdote... ¿Qué clase de sacerdote eres? ¿Eres bueno o un demonio coronado?
-No hables así, Pilar. El pasado es negro, todo miseria, ruinas, muerte, sangre. Hemos nacido en días trágicos. De tu familia nada queda. Murió tu padre; pereció a manos de la venganza militar tu tío D. Adrián. Dime, dímelo pronto: ¿has visto a Saloma?
-Sí.
-¿Vive?
-No sé. No debieras pensar en ella más que para pedir a Dios que la conforte en su —220→ desgracia, y que la aparte de los caminos del mal. ¿Para qué preguntas por mi prima con ese afán? ¡Ay, José Fago, tú no perteneces a Dios; perteneces al demonio!
-Sólo Dios me posee -replicó el clérigo con vivo afán-. Por Él te pido que no me ocultes lo que sepas de tu prima.
-Sabrás que al tener conocimiento de la muerte de su padre, vino a mi convento... Quería entrar en religión.
-¿Dónde estaba, qué hacía cuando mataron al alcalde?
-Estaba en tierra de Álava: no sé más... La recibimos, la consolamos. Al poco tiempo nos vimos arrojadas de nuestro convento por las tropas que defienden el ateísmo, y salimos, nos desbandamos: unas hermanas fueron por este lado, otras por aquél. Estuvo mi prima en mi compañía una semana. Después... Pero no te digo más, no quiero ni debo. Un interés mundano es el que te mueve a preguntarme por esa desgraciada... No me lo niegues. Tú eres malo, tan malo ahora como entonces, y estás profanando la Orden que recibiste, y ultrajando con tu conducta y con tus pensamientos al Señor nuestro Dios... No te digo nada, no me preguntes nada, y déjame... En tus ojos conozco la maldad de tus intenciones. Vete; apártate, monstruo».
Y uniendo la viveza de la acción al vigor de la palabra huyó de aquel sitio antes que el desconcertado capellán pudiese contestar a sus airadas y despreciativas razones.
—221→
No dándose por vencido el aragonés, pidió permiso al jefe del convoy para agregarse a él, decidido a poner sitio en regla a la fiereza de la monjita. Siguieron todo aquel día por sendas y vericuetos, y en el descanso de los carros a la caída de la tarde, hallándose junto a Gorria, que se agravaba de un modo alarmante, vio a las dos monjas en los carros delanteros, y platicando con ellas a Mariano Zapico, el veedor o contadorcillo del Cuartel Real, que D. Fructuoso le había designado como competidor suyo en la comisión de atrapar a la volandera Mé.
«Este mentecato -se dijo-, practica el espionaje por su cuenta, y sabrá congraciarse con el Consejero, llevándole mil enredos y fábulas novelescas. Veo que asedia a la monjita Ulibarri. Trabajo le mando: es una fierecilla. Cuando vivía en el siglo, sus padres no podían aguantarla: le conocí lo menos doce novios; con todos reñía, y les hacía reñir unos contra otros; traía revuelto al pueblo, y por causa de ella llovían puñaladas. De pronto le dio la ventolera por la religión... El fuego de su alma apasionada escapábase por aquel registro. Sus padres vieron el cielo abierto cuando la chiquilla —222→ manifestó tal vocación, y acelerando los preparativos por temor de que se arrepintiera, metiéronla en las dominicas de Los Arcos... Es organista y cantora. Sigámosla hasta que cante... que al fin cantará».
Poco después de anochecido, dio parte el médico de que a Gorria se le podían contar los momentos que le quedaban de vida. Acudió Fago junto a su amigo, y le halló con conocimiento, aunque por minutos se le nublaba. «Buen Gorria, ¿qué es eso?
-Nada, que me muero... No puedo más... Como soy tan grandón, la muerte tiene que tirar mucho para llevarme... Por eso me duele...
-Ánimo; ¿quieres beber vino?
-Hombre, sí... y muérame pronto con este bendito trago.
-A hombres de tu temple no se les entretiene con vanas palabras. ¿Llega el momento de pasar de esta vida perversa a la vida inmortal? Pues a morir con entereza de soldado cristiano, valiente en los combates, más valiente aún en este trance último.
-¡A morir, valientes...! ¡Viva Carlos V, viva Dios!
-¿Tienes algo que disponer? ¿Tu conciencia tiene algún pecado de que descargarse? Dímelo, y ten confianza en Dios.
-Si no es pecado el guerrear y desearle al enemigo todos los males, ningún pecado tengo, señor de Fago; pues ni mentira, ni estropicio, ni nada de mujeres encuentro en mi conciencia, por más que en ella rebusco. Y —223→ si algo hay de que no me acuerdo, perdónemelo Dios y lléveme a su santo seno... Soy soldado de la religión... Muero peleando contra los ateístas... Señor mío Jesucristo...».
Siguió rezando entre dientes, mientras Fago con entera voz le encomendaba. Aprovechando un momento lúcido, le preguntó si tenía algo que disponer tocante a intereses. La respuesta fue breve: «No tengo más bienes que el prado de Urrestillo, cerca de Azpeitia, y un huerto con doce manzanos y un peral. Quiero que sea para Dominica, la hermana de mi difunta, que tiene seis hijos. El dinero que llevo sobre mí... aquí está... Cójalo para que mande que me apliquen una misa... Ya no hay más bienes... digo, sí, mi cuerpo: este cuerpo que vale por dos, se lo dejo a la tierra... Enterrado en mi huerto... ¡qué rico abono para los manzanos!... Mi alma para Dios... y vámonos al cielo... ¿Los que pelean y matan entran en el reino de Dios? Yo he matado ayer más de veinte cristinos. ¿Ellos y yo entraremos juntos en la gloria eterna, o es que los cristinos que luchan por el ateísmo no pueden entrar?... Dígamelo».
Fago se apresuró a tranquilizarle sobre este delicado punto, diciéndole que todos los que sucumbían con honor defendiendo la idea que a la guerra les llevaba, eran acogidos en el seno de nuestro Padre. Los directores de esta matanza eran los responsables, y entre ellos, Dios escogería los suyos... Poco más habló el pobre Gorria, y todo —224→ lo restante lo dijo el capellán con ardiente y patético estilo, exhortándole a fijar sus últimos pensamientos en la misericordia divina, y a desprenderse de los intereses y miras terrenales, sin exceptuar los de la causa, pues ésta, como todo, debía ser comprendida entre las pequeñeces despreciables que abandonamos en el umbral de la otra vida. El capellán de la ambulancia, Sr. Elío, viejo muy dispuesto, cojo de un balazo que recibió capitaneando una partidita en los comienzos de la guerra, dio la Extremaunción a Gorria, y el convoy siguió su marcha. En camino, a las tres de la tarde, entregó su alma el valiente soldado.
Dejaron el cuerpo en la primera parada, y adelante. Por la noche intentó Fago nuevamente hablar con la monjita Pilar Ulibarri; pero ésta y su compañera se resistieron a oírle. Al detenerse en Antoñana, el jefe del convoy, sin duda a excitación de las dominicas, le ordenó despótica y groseramente que no siguiese unido a la ambulancia, amenazándole, en caso de desobediencia, con la aplicación inmediata de cincuenta palos. Devoraba su ira, por no poder castigar tanta insolencia con un número de bofetadas igual al de palos con que se le amenazaba, y vio partir el convoy, creyendo al fin que sería quizás providencial aquel desgraciado suceso. En su ardiente imaginación, fomentaba la idea de que le convenía dirección distinta para llegar al fin propuesto.
—225→Toda la noche anduvo por desolados campos, sin dirección fija, adoptando el acaso por guía único de su andar vagabundo, y creyendo que los senderos desconocidos suelen conducimos a donde deseamos. Renegaba de la previsión, del método, de todo el fárrago de prescripciones por que se guían los hombres, y que comúnmente resultan de menor eficacia que los dictados de la fatalidad. Somos unos seres infelices que creemos saber algo y no sabemos nada, que inventamos reglas y principios para engañar nuestra impotencia; vivimos a merced de la Naturaleza y de las misteriosas combinaciones del tiempo y el espacio. Iba, pues, entregado a lo que el espacio y el tiempo, ministros de Dios, quisieran disponer en su tiránico dominio.
A la madrugada, cuando se aproximaba a un pueblo que creyó sería Contrasta, sin estar seguro de ello, pues una vaga niebla envolvía la torre y caseríos circundantes, se vio sorprendido por fuerzas de caballería que le dieron el alto. Eran cristinos, tropa ligera, armados de carabinas. Quiso el capellán escabullirse saltando una pared cercana; pero le apuntaron, se vio cazado como un conejo, y no tuvo más remedio que entregarse. Interrogado por el jefe de la fuerza, respondió que era hombre pacífico, del estado eclesiástico; le registraron; pero aunque nada se le encontró que le comprometiera, no pudo evitar la nota de sospechoso, y se le llevaron entre los caballos, con la amenaza —226→ de dejarle seco si intentaba la fuga. Aun en tan desdichado trance continuaba firme en la devoción del acaso, y se decía: «¿Quién sabe si este cautiverio será provechoso, y me llevará al fin que persigo? Todo puede ser. No preveamos nada: esperémoslo todo del arreglo y disposición que las cosas se dan a sí mismas».
En el pueblo próximo, que no era Contrasta, sino Larraona, entregáronle como prisionero a una columna de la división de Aldama, y a los dos días de marcha fatigosa entró en Estella, y fue encerrado en la cárcel de esta ciudad, donde prisioneros y criminales padecían juntos la reclusión estrecha y la miseria nauseabunda. Por los cuadros lastimosos, por las caras de torturante aflicción que vio al entrar allí a media noche, hubo de comprender que le esperaba una vida de perros, si no venían en su auxilio las personas que en la ciudad conocía, o algún oficial de la guarnición cristina, aragonés, de los muchos con quienes en tiempos mejores había tenido amistad. Por de pronto, si vio caras conocidas entre los presos, no eran éstos de calidad, y ningún amparo ni protección podía esperar de los que compartían su infortunio. Dedicose el primer día al solapado examen del local, por ver si había facilidades de escapatoria; pero sus observaciones no fueron optimistas. En cambio, si resultaba cierta la noticia de que les sacaban a trabajar en las fortificaciones de la plaza, bien podía suceder que, puestos —227→ de acuerdo los más animosos, lograsen la libertad. Fijo en esta idea, empezó a tantear a sus compañeros, trabando conversación y explorando los caracteres, sin más objeto que escoger entre ellos los de mayor coraje y decisión.
En efecto, a la mañana siguiente, unos treinta fueron a trabajar en las obras de fortificación que activamente se hacían más allá del santuario de Nuestra Señora del Puy. Al menos, trabajando en campo libre hacían ejercicio, respiraban aire puro, se ponían en contacto con soldados de la guarnición, y al paso por la ciudad podían descubrir entre el vecindario caras amigas. Desgraciadamente para Fago, si vio los primeros días algún rostro que le recordaba antiguos conocimientos, nadie reparó en él. Diez días mortales se pasaron en triste ansiedad, sin que una voz amiga sonara en su oído, sin que una mano protectora le amparase. El desaliento le consumía; la esperanza le abandonaba; castigábale Dios por su pagana devoción del acaso, y éste, el ciego ordenador de las cosas, también le tenía en olvido y menosprecio, manteniéndole en la triste monotonía de los sucesos metódicos y regulares, sin ninguna sorpresa, sin ninguno de esos golpes teatrales que varían favorable o adversamente el curso tedioso de una vida esclava.
Y en tanto, nadie le decía por qué estaba cautivo, ni se le interrogaba, ni se le sometía a procedimientos judiciales o de consejo de —228→ guerra. Le habían detenido porque sí, y porque sí le tendrían preso hasta la consumación de los siglos. En los días de aquella lúgubre existencia, enterose de la expugnación de Los Arcos por Zumalacárregui, y del asedio del fuerte de Echarri-Aranaz, que los cristinos reseñaban a su manera. Poco le importaba todo esto, y lo mismo le daba que triunfase Juan o Pedro: más que el trono de las Españas, le interesaba su propia libertad.
Terminadas las trincheras del Puy, les llevaron al otro lado del río, junto a San Pedro la Rúa, la interesantísima iglesia románica. En las alturas que la dominan, y en las ruinas próximas de un excelso monasterio, se trabajaba para fortificar la ciudad, cuya situación, dentro de un círculo de elevados montes, era en extremo peligrosa para la guarnición, si ésta no se posesionaba fácilmente de todas las alturas. Otros diez días transcurrieron sin que el pobre Fago viese alterada la acompasada tristeza de su existencia; la evasión no se le presentaba fácil ni aun posible, por la vigilancia que se ejercía sobre los presos. Ya iba transcurrido cerca de un mes de aquella muerte lenta, cuando el acaso le hizo una mueca que le pareció precursora de acontecimientos extraordinarios, y, por consiguiente, favorables. He aquí el suceso: un cabo de Gerona que le había mostrado benevolencia, y benevolencia quería decir menos crueldad y grosería de lo que se acostumbraba, le entregó, a la conclusión del trabajo, un lío conteniendo —229→ dos panes, media docena de chorizos, cuatro manzanas y algunos cigarros, todo envuelto dentro de una servilleta sucia. El obsequio, que en tales circunstancias era de una extraordinaria magnificencia, procedía, según el cabo, de una señora que se interesaba por el pobre capellán prisionero. ¿Cómo se llamaba? El mensajero no lo sabía. ¿Qué señas tenía? Alta, morena, guapetona. No necesitó más Fago para creer que era la hija de Ulibarri quien le favorecía, y extrañaba que no acompañase al regalito una carta en que se le ofreciera la libertad, o se le propusieran los medios de conseguirla. Todo el día, loco de júbilo, se lo pasó pensando en ella, y su imaginación soñadora veía llegar por momentos segundo mensaje con esquela o recado entablando comunicación para tratar de libertarle. La esclavitud le había entontecido; pensaba y sentía como un niño, y creía verosímiles y probables los más absurdos delirios de la mente. Su desilusión fue grande al siguiente día, cuando por referencias del propio cabo y de otro soldado de Gerona, vino a cerciorarse de que la señora a quien debía el obsequio no era otra que Saloma la baturra. La cuadrilla del Tío Concejil había entrado en Estella cuatro días antes, arrimada a la división de Gurrea.
En su desaliento, pensó el capellán con seguro juicio que, pues no le salían amigos de valía por ninguna parte, era forzoso buscar el arrimo y calor de los seres humildes —230→ que se habían acordado de favorecerle en su desventura. Mandó un recado a Saloma la baturra para que a verle fuera, y una tarde, hallándose en las obras del puente de Azucareros, se le presentó Uva saludándole afectuoso en nombre de toda la cuadrilla. Las señoras no iban por no dar que hablar. La visita fue de grandísimo consuelo para Fago, y los conceptos que de boca del cantinero oyó, resucitaron en el alma del prisionero las muertas esperanzas.
«El día que entramos -dijo Uva-, le vimos a usted trabajando en San Pedro. Pero no quisimos decirle nada por no llamar la atención... que nosotros tenemos que andar con mucho ten con ten, para que nos consientan nuestro tráfico... Sepa el señor capellán que en la guarnición hay algunos jefes aragoneses, y entre ellos uno que... Tengo por cierto que ha de conocerle a usted, porque es de la Canal de Verdún, o de junto a Tiermas.
-¿Cómo se llama?
-Don Rodrigo de Arbués... alto, seco... Paréceme que es comandante o teniente coronel... No estoy seguro.
-¡Loado sea Dios! -dijo Fago tan conmovido, que poco le faltó para echarse a llorar...-. Es mi primo, primo segundo mío, y amigo cariñoso desde la infancia. En la edad feliz, de los veinte a los veinticinco, hemos hecho juntos bastantes diabluras... Por lo que más quieras en el mundo, Uva de mi alma, hazme el favor, hazme la caridad de ir —231→ en su busca ahora mismo, y decirle dónde estoy y el mísero estado en que me encuentro».
Prestose el buen hombre a desempeñar la caritativa comisión, y dos horas después tenía Fago el indecible consuelo de verse estrechado en los brazos de su amigo y pariente D. Rodrigo de Arbués.
«Chiquio, el demonio que te conozca. Eres el cadáver de ti mismo -le dijo con noble y cordial efusión-. ¿Cómo has llegado a ponerte tan flaco y amarillo? ¿Dónde y cómo caíste prisionero? ¿Qué ha sido de ti desde que fuiste a Oñate?...».
Al cúmulo de preguntas que le hizo, no pudo contestar Fago más que con expresiones de alegría y reconocimiento; pero repuesto de la alegría que el feliz encuentro le produjo, emprendió el completo relato de sus desventuras, cuidando de emplear cierto método histórico, para que Arbués pudiese formar juicio, y resolver algo que condujese a la terminación de aquel horrible cautiverio. Hablaron toda la tarde; la situación del prisionero cambió radicalmente, y el jefe de la prisión le mostró gran benevolencia; —232→ la esperanza brillaba en los espacios, y sonreía en el alma del pobre capellán. Despidiose Arbués diciéndole que estuviese tranquilo; él hablaría con su Coronel, jefe de la plaza, que le estimaba mucho, y pronto se resolvería lo más conveniente (estilo militar).
Al siguiente día por la tarde, oyó Fago de su primo esta extraña proposición:
«Chiquio, darte la libertad de buenas a primeras, sin trámite de la Auditoría militar, paréceme difícil; proporcionarte la evasión, no es imposible, ni aun difícil; pero el Coronel no quiere gastar esas bromas. Teme que aproveches tu libertad para volverte a la facción y pelear contra nosotros. Si nos das una garantía de que no harás armas contra la Reina, se buscará un medio de que seas libre mañana mismo.
-¿Y qué garantía he de dar más que mi palabra de honor?
-No nos basta; digo, a mí sí; pero el Coronel es un poco testarudo, y muy ordenancista.
-Pues mi palabra de sacerdote.
-Las palabras de sacerdote no valen en el fuero militar. Necesitamos una garantía positiva, eficaz.
-¿De que no haré armas contra los liberales?
-Eso.
-¿Y cómo doy esa garantía?
-De un modo muy fácil y muy claro. Nos convenceremos de que no harás armas contra —233→ nosotros, cuando te veamos batiéndote a nuestro lado y contra ellos.
-¡Contra los carlistas!... ¿Y no hay otra manera de alcanzar mi libertad?
-No hay otra.
Pues, chiquio, mi libertad vale una misa. Acepto. Soy tuyo, soy vuestro».
Siguieron hablando, y Arbués le aseguró que había tenido noticias de sus proezas en el otro campo. Se decía que gozaba entre los facciosos fama de gran estratégico, y que Zumalacárregui no tomaba ninguna determinación sin consultarle. Riendo contestó Fago que no hubo tales hazañas, y que Don Tomás no le había consultado jamás sus planes de guerra. Confirmó después su escepticismo en cosas de política militar, manifestándose igualmente desdeñoso de las ideas y móviles de uno y otro bando; y por último, apuntó la idea de que facciosos y constitucionales andaban en tratos para amasar un soberano pastel, que sería la paz mentirosa por unos cuantos años. A esto replicó Arbués, hablándole al oído: «Antes de que termine este año de 1835, nos abrazaremos los dos ejércitos».
Desde aquel día, se le llevó el primo a su alojamiento, y pudo recorrer libremente la ciudad, hablar con todo el mundo, renovar antiguas relaciones. Saboreaba la libertad con inefables goces; todo le parecía bello, el caserío y sus habitantes, hermosas las iglesias, la campiña risueña, esmaltada de ricos colores. Comúnmente se metía en el vetusto —234→ San Miguel, en San Pedro o en la Virgen del Puy, y se pasaba largas horas en fervoroso rezo, renegando de su pasada devoción del acaso. Dios lo gobierna todo, y procede con una lógica insondable, desconocida para nuestras pobres inteligencias. A Dios debemos acudir siempre en nuestras necesidades; a Dios debía la libertad; la mano omnipotente le señalaba el campo cristino. Acordándose de la misión que le había dado el Sr. Arespacochaga, vio en este señor a uno de los mayores mentecatos que andaban por el mundo, y resolvió proseguir por cuenta propia la cacería de Saloma, sin cuidarse poco ni mucho de las impertinencias policiacas del Cuartel Real. Ningún nuevo indicio del paradero de la hija de Ulibarri encontró en Estella, y sólo podía consignar corazonadas, inexplicables fenómenos del espíritu, que dominaban su voluntad y la llevaban a extraños desvaríos. Una tarde, volviendo de San Pedro, vio un rebaño de ovejas, que entraba en la ciudad bajando del Santo Sepulcro. Acosadas las reses por el pastor, corrían balando. Fago las oyó decir Mé, Mé, y esta sílaba, claramente expresada por los animalitos, impresionó su cerebro, y lo llenó de intensa melancolía. Siguiendo al rebaño por la calle de Santiago la Nueva, oía la repetición del nombre: los corderos lo decían con infantil lloriqueo; las madres con familiaridad gangosa. Hasta las personas que el ganado veían pasar pronunciaban, en el sentir de Fago, el quejumbroso Mé, y él —235→ también se puso a gritar lo mismo, corriendo al lado del pastor, y ayudando a éste a recoger las reses que se desviaban de la línea recta.
Siguió la manada hacia las alturas del Puy, y ya cerca del santuario, vio Fago dos monjas dominicas. Corrió tras ellas; tropezando en un pedrusco, cayó cuan largo era, y el rebaño le pasó por encima, llenándole de tierra y basura. Alguien le dio la mano para levantarse, y un ratito tardó en volver de su turbación y recobrar la vista; el polvo le cegaba, la violencia de la caída le trastornaba el magín... Vio el rebaño metiéndose en un olivar cercano; las monjas entraban en el Puy. Quitándose el polvo, corrió a la iglesia; pero las religiosas no estaban allí. El sacristán, a quien preguntó, díjole que allí no habían entrado monjas, sino dos clérigos menores, deudos de la casa, y que bien pudo suceder que, si el señor no tenía buena vista, hubiese tomado por monjas a los clérigos, que eran pequeñitos de cuerpo y de rostros aniñados. No se convenció el capellán, y se obstinaba en que eran religiosas dominicas, a lo que respondió el acólito que en el pueblo había benitas, clarisas y recoletas, todas en clausura rigurosa, y que no encontraría dominicas aunque diera por ellas un ojo de la cara.
Aquella noche refugió su aventura al amigo Arbués, fiel depositario de su confianza; y sacado a relucir el negocio de Saloma, díjole el comandante que corrieron voces de —236→ que había reanudado amorosos tratos con la hija de Ulibarri. Le habían visto con ella una noche en el parador del Manco, junto a Antoñana. También oyó decir Arbués que Saloma andaba de ama de un capellán cristino que sirvió en la división de Córdoba. Muerto el tal de una bala perdida que le cogió en Mendaza, la viuda, si así puede decirse, se había refugiado en un pueblo de la Amézcoa, donde criaba un niño del alcalde. Denegó el capellán la parte que le correspondía en estas historias, y puso en cuarentena lo demás, aguardando la ocasión de comprobarlo por sí mismo con ayuda de Dios.
En estas cosas se pasó todo Febrero. Las operaciones militares eran a la sazón en el Baztán. Decíase que la guarnición de Elizondo, incorporada a las tropas de Lorenzo, partiría... quién sabe para dónde. Transcurrieron muchos días sin saberse nada concreto; días de expectación, que por lo común engendran el desaliento. Mina inspiraba poca confianza por causa de su enfermiza vejez: notaban todos la desproporción entre sus arrogantes proyectos y la ineficacia de los resultados que obtenía, que eran medianos, malos más bien. Zumalacárregui, dotado de una movilidad prodigiosa, tan pronto se le aparecía junto al Pirineo como en la frontera de Álava. Con rapidez más propia de aves que de hombres se presentaba en la Ribera cuando le perseguían en la Borunda. El ejército de la Reina, más numeroso que el carlista, —237→ érale inferior en agilidad, quizás por su mayor fuerza y extensión. Faltábale una cabeza superior, un pastor de tropas que supiera conducirle por los laberintos de aquella fortaleza ingente, Navarra, construida por Dios para la guerra civil. La cabeza no parecía: el Gobierno de Madrid seguía buscándola, y ya se indicaba al Ministro de la Guerra, General D. Jerónimo Valdés. De todo hablaban en las aburridas tertulias de la guarnición, y no había nadie que no deseara combates rudos y decisivos. Las noticias de las acciones parciales llegaban un día y otro, desfiguradas en su paso al través del país en guerra. El ataque y gloriosa defensa del fuerte de Echarri Aranaz se comentaba como una de las páginas más gloriosas de la milicia cristina; los combates de Fuenmayor y Ulzama, como una prueba más de las innegables dotes estratégicas del General de D. Carlos. Súpose también que éste había creado el batallón de la Legitimidad, que con el de Guías agrandaba y fortalecía su ejército. Por fin, era común creencia que la facción no pasaría jamás el Ebro, que Zumalacárregui había pedido 400.000 cartuchos y 100.000 pesos para extender operaciones a los llanos de Castilla, y como el pretendiente no podía darle ni municiones ni dinero en tal cantidad, porque no tenía de dónde sacarlo, contaban todos con el desfallecimiento de la causa, para dar al traste con ella, si antes no apencaba con el arreglo que se le proponía. Andaba en estos —238→ cabildeos D. Miguel Zumalacárregui, regente de la Audiencia de Burgos y afecto a la Reina. Cartas afectuosas se cruzaron entre los dos hermanos, llevadas y traídas por los oficiales cristinos Vidondo y Eraso. De todo esto se hablaba, así como de la próxima intervención de los ingleses para dar a la guerra un carácter más humano, estableciendo el canje de prisioneros y otras prácticas de la guerra, tal como hacerla sabían las naciones más civilizadas.
Por fin, la guarnición de Estella se incorporó a la división del General Lorenzo, saliendo para Campezu. Habían prometido a Fago darle el mando de una de las columnas volantes que el ejército cristino organizaba para hostigar y distraer las fuerzas facciosas; pero surgieron dudas y vacilaciones sobre el particular, y el hombre fue agregado a las dos compañías que mandaba su pariente. En verdad que no le importaba: prefería una posición modesta, no creyéndose llamado en aquella ocasión a grandes heroicidades. En Campezu acamparon ocho días aguardando a Lorenzo, y allí supieron que ya no les mandaba Mina, sino Valdés, y que éste llegaría muy pronto de Madrid. De Campezu fueron a Vitoria, lo que agradó extraordinariamente al capellán, porque sus corazonadas le indicaron la capital de Álava como punto en que forzosamente había de adquirir noticias de la persona cuyo hallazgo deseaba. Nada encontró, ni siquiera indicios, como no fuera la singular sílaba —239→ Mé, trazada con brochazos de pintura en un muro de los Arquillos... También la vio en un tinglado, al parecer fragua, por bajo de Santa María. Pero ello no podía ser obra del demonio. La inscripción quería decir: Matías Emparán...
Llegado Valdés, se habló de su plan de campaña, el cual a todos parecía grande y sintético, propio de un potente cerebro militar. Consistía en ocupar con veinticinco mil hombres la Amézcoa Alta, el nido donde Zumalacárregui criaba sus feroces polluelos, y donde fraguaba sus tremendas maquinaciones y rápidas acometidas. Técnicamente, el plan era hermoso, y Fago lo tuvo por obra de una capacidad de primer orden. Faltaba la ejecución, que en esto de planes estratégicos el concepto teórico carece de valor, mientras no le acompaña la clara percepción de las medidas que han de hacerlo efectivo.
«Deseo vivamente ver cómo este señor acomete tal empresa -decía el capellán a su pariente, sintiéndose otra vez tocado de la monomanía estratégica-. ¡Ocupar la Amézcoa Alta! ¿Se cuenta con que el otro no la ocupará antes? ¿Dispone el Sr. Valdés de medios para obrar con rapidez, poniendo entre el pensamiento y la ejecución el menor tiempo posible? Cierto que veinticinco mil hombres son muchos hombres, ¡carambo!, para estas guerras. Y si llevan bastante artillería de montaña, y se escalonan bien las fuerzas, de modo que no se apelmacen en corto espacio y puedan operar con desahogo; —240→ si se fortifican tres o cuatro puntos que yo me sé, y se marcan bien las líneas en que ha de operar cada división, designándoles las respectivas convergencias; si no hay atropello ni desorden; si las provisiones no faltan en tiempo y lugar oportunos; si se señalan los puntos de retirada de cada cuerpo, y el punto del máximo avance; si los que mandan las divisiones se atienen escrupulosamente a lo que se les ordene; si la cabeza principal no pierde la serenidad, y sabe lo que son y lo que representan veinticinco mil soldados bajo una sola mano, veo un éxito, querido Rodrigo; veo una victoria grande y quizás decisiva. Para frustrar este plan grandioso, necesita D. Tomás discurrir alguna diablura, y bien podría ser que la discurriese. Le conozco, es tremendo: nada se le escapa, y contra la lógica de los demás, tiene él la suya, que es la lógica madre. Digo yo: ¿se puede descomponer con diez mil hombres este plan de ocupar la Amézcoa con veinticinco mil? ¡Se puede, ya lo creo que se puede! El cómo, yo lo sé, yo lo veo; tú también lo verás, pues este sentido estratégico es ni más ni menos que el sentido común; pero tanto tú como yo nos guardaremos de manifestar estas ideas teóricas, para que no nos tengan por soberbios o presumidos». Díjole Arbués que él no sabía más que batirse donde le mandaban, y que rara vez se le ocurrían pensamientos referentes a organización y unidad de mando. Veía la guerra en la táctica menuda; no le cabían en —241→ la cabeza más que sus dos compañías, y aun de ellas le sobraban unas cuantas docenas de soldados.