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81

D. Catalán, «El taller historiográfico alfonsí», pág. 359. El paralelismo que propongo no puede extenderse a todos los pormenores; v. gr., quizás en la Estoria de España la «fragmentación del relato por anales constituía la última etapa elaborativa» (ibid., pág. 359), mientras en la General estoria debió ser la primera: mejor dicho, existía ya, era previa al proyecto alfonsí.

 

82

M. R. Lida de Malkiel, «Josefo en la General estoria», página 164.

 

83

Mucho se ha escrito sobre «Das Problem der historischen Zeit» (recuérdese el artículo de G. Simmel, Zur Philosophie der Kunst, Postdam, 1922, págs. 152-169); me quedo con el par de páginas de Marc Bloch, Apologie pour l'histoire, ou Métier d'historien, París, 1949, I, III.

 

84

Cito a J. A. Maravall, Antiguos y modernos, pág. 158; en ese magnífico libro se hallará el contexto intelectual de muchos de los temas que yo examino sólo en Alfonso el Sabio.

 

85

Sobre el concepto de «figura» todavía es obligado remitir al estudio de Erich Auerbach en Neue Dantestudien, Estambul, 1944, págs. 11-71, y Scenes from the Drama of European Literature, Nueva York, 1959, págs. 11-76; A. D. Deyermond ha reunido y comentado la principal bibliografía posterior en un útil trabajo, «Exemplum, allegoria, figura», en Iberoromania, en prensa.

 

86

Recuérdese que Alfonso acoge con entusiasmo el planteo evemerista que halla en Eusebio, Orosio, Isidoro, Viterbo, etcétera, etc., y sostiene que «los dioses de los gentiles [...] fueron omnes buenos poderosos e más sabios que los otros al su tiempo» (I, pág. 409 b).

 

87

Cf. E. Auerbach, Scenes from the Drama of European Literature, págs. 30-34.

 

88

También para las «figuras», además, hay un antes y un después de Cristo: «fasta que uino Él daquella uez en carne a toller las figuras e fincar los omnes en la uerdad en que somos oy [respecto a la interpretación] de las figuras» (I, pág. 92 a).

 

89

Universalismo y cristocentrismo tienen alguna formulación tan sintomática y curiosa como la relativa a la puebla de Jerusalem: «e aun dizen algunos que uino Sem a aquel lugar por conseio de Noé, su padre, que sabié por spíritu de Dios que en Sem fincarié la linna de los linages donde auié a nascer [Jesucristo] e tomarié muerte e passión e resuscitarié, e que serié lugar comunal a todos los lugares de dentro de tod el cerco de la tierra, pora los quil quisiessen uenir allí a ueer e a orar, e fizo ý su puebla, e segund dizen púsol nombre "Luza", e este fue el primero nombre que la cibdat de Jerusalem ouo» (I, pág. 60 a). Aquí, una noción geográfica, de acuerdo con la cual Jerusalem es el centro del mundo (cf. J. K. Wright, The Geographical Lore of the Time of the Crusades, Nueva York, 19652, págs. 259-260 [y, ahora, H. de Vries, en Boletín de la Real Academia Española, LI (1971), pág. 306]), se alía a una visión histórica providencialista.

 

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Nótese el cuidado con que se menciona «ell anno», frente a la menor precisión de San Agustín (arriba, pág. 18); la General estoria no pierde de vista la estructura de anales que la organiza.