Diálogo de Las Españas. Año I, núm. 1, julio 1957
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Sabido es que cuando suenan simultáneamente muchas voces indiferenciadas se produce una especie de mosconeo casi tan liso y compacto al oído -aunque en distinto nivel- como pueda serlo el silencio.
En este a modo de silencio ha vivido, prácticamente, la emigración política española desde que las palabras que sirvieron para expresar concepciones de ayer, fueron fundiéndose al roce de los años en un murmullo esencialmente homogéneo por obra y gracia de su común inactualidad.
Por otra parte, el silencio fue reforzado desde dentro por aquello de que a palabras... pretéritas, oídos sordos.
Con tales palabras se pretende llenar aún este vacío -este silencio- sin creer mucho en la virtualidad de lo que se dice, y no con intención de mentira. Es, que no hay más cera que la que arde, y que ha ido abriéndose paso la sospecha de que existe un hoy político distinto e incluso hostil en buena parte al de veinte años atrás. Se duda, en consecuencia, de si las fórmulas de antaño no tendrán en 1957 mucho de anacronismo.
En puridad, ha reinado, pues, doble silencio: el del mosconeo exterior y el de la sordera defensiva, ya que la presencia esporádica de alguna voz sin adecuados resonadores y determinados balbuceos, no son sino excepciones confirmadoras de la regla.
Dentro de España, ya se sabe. El plural monólogo español de los tiempos febriles fue aplastado, totalitariamente, y con él, las contadas voces empeñadas en propiciar el diálogo. Se alzó en su lugar una furiosa letanía siempre mendaz y amenazante y casi siempre azuzadora, a la que tiempo, costumbre y comprobación de su falacia fueron vaciando de sentido. Acabó oyéndose como quien oye llover, y ni más ni menos los trasnochados murmullos que de cuando en vez atravesaban subrepticiamente las fronteras.
FIGURAS DE LA ESPAÑA ETERNA
PABLO CASALS
No es extraño que imperando tales silencios llene todo el ámbito español una voz sola si se alza para decir cruda verdad, lo que está siendo hoy, ahora, y escuetamente, sin añadidos retóricos ni intenciones capitalizadoras, según los modos de la baja política. Una voz así, empañada además por la amargura de ver trocada la limpia intención de ayer en incalculable mal para la patria, noble hasta el punto de confesar su yerro y tan varonil como hace falta para denunciar allí, en España precisamente, la corrupción y la vileza de la camarilla dictadora, es natural que llegue a todos los oídos y que la mayoría de ellos se abran de par en par para escucharla.
Tal es el caso de Dionisio Ridruejo, cuyas declaraciones a un corresponsal de la revista «Bohemia» de la Habana, corren de boca en boca toda nuestra geografía, y que han levantado aquí más comentarios, esperanzas e incluso adhesiones, que todo lo dicho, y hecho en el destierro de muchos años a la fecha.
El que una sola voz pueda romper la doble sordera del sectarismo y del cansancio, tiene significaciones positivas. La primera, que mientras ayer se deshumanizaba subjetivamente al adversario hasta el punto de no ver en él al semejante, hoy, la conciencia de común humanidad es en sí misma una especie de clave común, o, de otro modo: el subsuelo en que se apoya la nueva forma de entender lo político en España.
Significa a la vez, que la doble línea de trincheras abierta para partir artificiosamente nuestro mapa espiritual en dos mitades ha empezado a cerrarse. No ha sido menester, fuera del escarmiento, sino que las actitudes de hoy hayan hecho evidentes las intenciones de ayer para que hayamos empezado a reconocernos iguales en el afán de una España mejor, igual en la común derrota, iguales en la indignación y la esperanza. La consecuencia de este reconocernos y encontrarnos mutuamente la vieja intención ya desnuda de doctrinarismos y uniformes, va a permitir la integración de la
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Aparece este Diálogo por dos motivos que a su vez obedecen a una misma necesidad. Es el primero de ellos nuestro deseo de responder a los requerimientos que de diversos grupos de la emigración y desde el interior de España nos llegan para le periódica y más frecuente publicación de Las Españas. El segundo, nuestro ya antiguo convencimiento -cada vez más profundo- de que el estrecho contacto entre quienes, en 1936 ocupamos las trincheras, al impulso de un deber que pusimos por encima de nuestras propias vidas, y las generaciones que, hoy ya maduras, no pudieron entonces, en razón de su edad, ser beligerantes en la trágica contienda, es fundamental para sacar a nuestro ya antiguo convencimiento -cada vez más profundo- de que el estrecho contacto entre quienes en 1936 ocupamos las trincheras, al impulso de un deber que pusimos por encima de nuestras propias vidas, y las generaciones que, hoy ya maduras, no pudieron entonces, en razón de su edad, ser beligerantes en la trágica contienda, es fundamental para sacar a nuestra patria de la miserable situación en que el franquismo la ha sumido. Liberarse de éste para recobrar libertad y dignidad y acometer la reconstrucción material y moral de España es la gran necesidad, necesidad vital, cuestión de vida o muerte a que nos referimos.
La publicación regular de Las Españas con la frecuencia que el momento español requiere y nuestros lectores nos piden es imposible por falta de recursos económicos para afrontar los gastos de edición, y de tiempo para el trabajo de administración y distribución, problema éste que también se reduce a falta de recursos con que encomendarlo de manera retribuida.
El Diálogo, de menor tamaño, más modesto en su calidad material y porte gráfico, no podrá dedicar páginas a temas literarios y a ensayos, ni ofrecer a sus lectores las ilustraciones que siempre han enriquecido a Las Españas, pero aparecerá con mayor frecuencia, tendrá más agilidad para informar y más viveza para comentar la actualidad española. Será sobre todo, limpio instrumento para propiciar ese gran diálogo nacional cuya necesidad venimos sintiendo e indicando desde varios años, y que planteamos con toda claridad en el último número de nuestra Revista.
Diálogo entre españoles de distintos campos, condiciones y procedencias, semejantes en limpieza de intención y unidos por el común anhelo de una patria mejor. Diálogo entre españoles desterrados y desparramados por todos los rincones del Globo; entre españoles que en su propio solar no pueden expresarse libremente y recurren a publicar fuera, clandestinamente, para que sus palabras -fielmente recogidas en Diálogo- sean leídas dentro; entre españoles del destierro que llevan a España en su alma y compatriotas del interior que quieren escuchar la voz de estos hermanos.
Diálogo necesario, fundamental, con esos millones de españoles que nacían al mundo o aun no habían llegado a la mayoría de edad cuando nosotros fuimos a la guerra en 1936, y que hoy, en la tercera o cuarta década de su vida, constituyen la parte más vigorosa de la población española, las nuevas generaciones sobre cuyos hombros ha de recaer principalmente en el futuro inmediato el tremendo esfuerzo material de levantar a España de su ruina. Generaciones crecidas al margen del mundo intelectual libre, sin franco acceso a las publicaciones extranjeras; en contacto constante con prensa, radio y cine que son instrumentos de propaganda del régimen o están aherrojadas por la censura; educados en escuelas e institutos de mentalidad dogmática; en ambiente oficial totalitario que se esfuerza por mantener vivo el odio cainita y el espíritu de guerra civil. Con estas generaciones, envenenadas en mayor o menor grado por el franquismo -sin que en ello les quepa culpa alguna- el diálogo es urgente, e ineludible obligación nuestra. En ellas pueden cosecharse los mejores frutos para España.
Diálogo y diálogo al servicio de nuestro pueblo. No sólo con el fin de derribar al actual régimen, sino para levantar una nueva España. Para levantar, recalquémoslo, pues el derribar sólo es aquí condición previa. Por ello nos oponemos a la creación de esos grandes frentes negativos -de las que ya existe harta experiencia universal- que propugnan los apegados a la vieja política, frentes sin claro programa constructivo para después del necesario desescombro. No tendría sentido derrocar a Franco para poner en su lugar a un nuevo representante del franquismo, o bien, para restaurar modos de gobierno que pertenecen al pasado y que, más pronto o más tarde, no podrían conducirnos sino al despeñadero de otra guerra civil y, en consecuencia, a una nueva caída en cualquier forma de totalitarismo.
Es necesario derribar al dictador, pero para hacer de España una patria en que la libertad, la justicia y el trabajo creador sean auténtico patrimonio nacional.
Para lograr esto es menester el esfuerzo de todos. Nuestra nueva contribución es este Diálogo de las Españas, cuyas páginas están abiertas a todas los españoles que, limpios de odio, busquen en esta hora decisiva un camino común hacia la redención y el resurgimiento de la Patria.
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PENSAMIENTO POLÍTICO ESPAÑOL
El conocimiento desinteresado de su historia da a un pueblo valor, conocimiento de sí mismo para despojarse de los detritus de desasimilación que embarazan su vida.
Miguel de Unamuno. (La casta historia de Castilla.)
Se podrá decir que hay verdadera patria española cuando sea libertad en nosotros la necesidad de ser españoles, cuando todos lo seamos por querer serlo, queriéndolo porque lo seamos. Querer ser algo no es resignarse a serlo.
Miguel de Unamuno. (La casta historia de Castilla.)
Esta iglesia espiritualmente huera, pero de organización formidable, sólo puede ceder al embate de un impulso realmente religioso. El clericalismo español sólo puede indignar seriamente al que tenga un fondo cristiano.
Si nuestra alma es incapaz de luz propia, si no queremos iluminarla por dentro, la barbarie y la iniquidad perdurarán. Ni Atenas, ni Koenisberg, ni París nos salvarán si no nos proponernos salvarnos.
Antonio Machado. (Carta a don Miguel de Unamuno.)
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Diálogo español
Madrid, 23 de abril de 1957.
Sr. Director de Las Españas
México, D. F.
Muy señor mío: Por puro azar, y con bastante retraso, ha llegado a mis manos el número 26 de la revista Las Españas, con el que, según palabras de su editorial, se pretende cerrar «un paréntesis de voluntario silencio abierto hace más de tres años». Anteriormente, había leído ya algún otro número de la misma revista. Apenas encontré nunca en sus páginas nada que tuviera una relación auténtica y directa con los verdaderos problemas de la vida política española. Debo confesarle que comencé la lectura de este último número, no ya con recelo, sino con absoluta indiferencia. Muy pronto, sin embargo, pude percibir el latido de un nuevo espíritu en sus páginas. Casi todo cuanto en ellas se decía, aunque con algunos conceptos y afirmaciones no estuviera por completo acuerdo, encontraba en mí un indudable eco, una positiva resonancia vital. Pocas veces se habrá abordado, en letra impresa, el problema de la realidad -política española, de manera tan certera y objetiva. Con espíritu, además, tan conciliador y propicio a un diálogo vivo y fecundo, al cual mis palabras -las meditaciones de un español cualquiera- no pretenden sino servir de contrapunto, desde esta otra orilla del Atlántico.
Uno de los pocos motivos de aliento y confianza en el futuro de nuestra patria se encuentra en el hecho, que pudiera parecer insólito, de que todas las voces más o menos autorizadas de una oposición responsable parezcan hallarse identificadas en el deseo de resolver de manera pacífica la actual crisis política y social de España. No dejarla de resultar, hasta cierto punto, lógica una actitud de revancha; no podrían ser tachados de excesivamente injustos quienes propugnaran la liquidación del régimen de Franco desde una actitud, revisionista y depuradora, de extremada violencia. Y, sin embargo, creo que todos aquellos políticos, de cierta responsabilidad y solvencia, que, cuando menos, se mantienen al margen de la vida pública española, no se proponen, como último objetivo y programa ideal de sus meditaciones y futuras actividades, sino la liquidación, la superación del clima de guerra civil, único terreno en el que pueden vivir y fermentar los elementos que, todavía hoy, se muestran o aparentan mostrarse identificados, no ya con la política, sino más bien con la persona del general Franco. Entre otras razones, porque el resorte indirecto más eficaz de que se valen para sobrevivir es el miedo colectivo, característico, por otra parte, de nuestro tiempo. Un doble y legítimo temor a lo que un día aciago ocurrió en España y pudiera, sin duda, repetirse en cualquier momento, que anula, cuando no paraliza toda posible acción de los enemigos del régimen.
La creación de ese clima difuso de temor, que gravita, con mayor o menor fundamento e intensidad, sobre casi todos los españoles que se encuentran hoy en el medio del camino de su vida, es, tal vez, la obra más perfecta y lograda del régimen.
De una parte, se advierte en algunos el recelo, más bien, la convicción absoluta de que, con el estado actual de cosas, desaparecerían las posibilidades, no sólo materiales, sino también de índole moral, que les han permitido enriquecerse rápida y cumplidamente y constituírse así, en los más directos beneficiarios de la guerra civil; en los más firmes y eficaces defensores del régimen, por lo tanto. En otros sectores, más amplios y heterogéneos, existe el temor, de raíz egoísta pero no desprovisto de fundamento, de que toda ruptura violenta con la actual situación política supondría, de manera inevitable, aunque a lo sumo transitoriamente, un retorno al caos, al desbarajuste revolucionario que precedió y, para muchos, justificó la guerra civil; es decir, una grave alteración, por efímera que fuese, del orden público, realidad evidente de la España provisional de nuestros días y uno de los pocos ideales que puede proponerse un pueblo al no aspirar sino a la supervivencia física, desprovisto, además, de fe y de esperanza en cualesquiera otra clase de valores espirituales. Casi todos los españoles, en fin, sin distinción de ideologías ni de clases sociales, se hallan poseídos de una angustiosa incertidumbre ante los riesgos imprevisibles del porvenir, que les lleva a aceptar con resignada y pasiva indiferencia la realidad política y les impide, sobre todo, plantearse con plena conciencia de sus deberes el problema de la ordenación y estructura del futuro, ni, mucho menos todavía, arriesgar ningún género de responsabilidades en tan azarosa empresa.
Fundamentalmente, se debe esta atonía ciudadana y su correlativa esterilidad política, a una campaña sistemática y deformadora de prensa y radio, durante veinte años de obstinados silencios e informaciones mendaces; pero, sobre todo, el escepticismo producido por los constantes desengaños y fraudes políticos de que han sido objeto los españoles en los últimos tiempos. Sin fe alguna en las palabras ni en los gestos que tuvieron sentido y validez hasta la guerra civil, difícilmente se dejarían hoy arrastrar, con un mínimo de confianza y entusiasmo, por ninguno de los ideales en que —4→ puede concretarse la actitud del hombre frente al repertorio de problemas que le plantea la convivencia con los demás hombres. Si, como ha escrito Cesbron, el heroísmo consiste en no perder la fe en los ideales, ni siquiera después de haberlos visto encarnados en seres despreciables, el español de nuestros días puede, en verdad, ser considerado como la antítesis humana del héroe.
Excepto una reducida minoría, en la que persiste el espíritu de revancha política, o si se quiere de venganza de resentimientos personales, incluso las más diversas gentes de la clase social a la que suele atribuirse una peculiar mentalidad revolucionaria, parecen hallarse plenamente satisfechas con su aparato de radio, los partidos de fútbol y el baile de los domingos y el «plan» o la aventura fugaz en cualquier desmonte suburbano. Sin graves inquietudes ni preocupaciones de orden superior, sus palabras y gestos demostrativos del malestar y disgusto que entraña la vida española, cada día más ostensibles y amenazadores desde luego, no constituyen un auténtico fenómeno social colectivo. Ni siquiera revelan un verdadero sentido trascendente, al no reconocer en nadie, los escasos elementos que se plantean estas cuestiones, las cualidades y condiciones necesarias para dejarse conducir en una dirección determinada, así como tampoco la gallardía de subordinar el triunfo de unos ideales políticos a la solución inmediata de los problemas que afectan más directa y urgentemente a los españoles. Es decir, aquellos que se relacionan con la vida animal y vegetativa del hombre.
Tal vez no sea esto sino mero reflejo de la tónica general de nuestra época. La realidad de Europa, en unos instantes de profundas transformaciones espirituales, no se rige ya por el frenesí romántico de los idealismos abstractos, sino por unos programas concretos, adecuados a las diversas situaciones específicas, aunque, naturalmente, de acuerdo con una idea, o si se quiere un ideal previo, que los configura e impulsa. Más que palabras y actitudes que pudieran reavivar entusiasmos y fervores perdidos, lo que el español de hoy necesita, y algunos comienzan ya a exigir, es un repertorio de soluciones, un programa mínimo de gobierno que asegure la continuidad de la vida nacional, bajo una cuádruple divisa de orden público, garantías ciudadanas, decoro administrativo y justicia social. En suma, que aspire a crear una nueva estructura de la sociedad, adecuada al ritmo de nuestro tiempo, en la que se concierten y equilibren los dos resortes fundamentales de la vida histórica de un pueblo: la seguridad y el progreso.
Es indudable que ninguna de las fuerzas que existían en España antes de la guerra civil, de muchas de las cuales no queda ni el recuerdo de su nombre, habría de obtener hoy de los españoles la confianza y el asentimiento necesarios para llevar a cabo esa tarea de reconstrucción nacional. Ni siquiera la coalición o alianza de partidos a los que permitiera atribuir una actitud de oposición al régimen la actual significación ideológica de sus antiguos elementos directivos. Casi nadie puede sentirse hoy, honradamente, solidario con la trayectoria seguida, a partir de 1936, por las organizaciones políticas en las que entonces se hallara encuadrado. De otra parte, casi todas esas organizaciones, de actualizarse hoy artificialmente, no serían más que vulgares y estériles anacronismos, desconectados de la realidad auténtica de España y al margen de los rumbos de la política europea. Si los siete años de la dictadura del general Primo de Rivera bastaron para liquidar los denominados partidos «históricos» de la monarquía restaurada por Cánovas del Castillo, a nadie se le ocultará la suerte que hayan podido correr la mayoría de las organizaciones que surgieron a la vida política durante la segunda república, después de veinte años de inactividad ciudadana, de sistemático desprestigio de todo sistema legítimo de gobierno y, lo que es más grave aún, después de una devastadora guerra civil, que aquellos partidos políticos, salvo muy limitadas excepciones, no quisieron o no pudieran evitarle a España.
Los estados latentes de opinión que pueden ser relacionados, en efecto, con antiguos movimientos políticos, incluso los que parecen hallarse inspirados por dirigentes clandestinos de algunos de aquellos, si un día hubieran de manifestarse y adquirir conciencia pública, tendrían, sin duda, buen empeño en no aparecer como herederos y continuadores de personas y, sobre todo, de actuaciones próximas, cuyo recuerdo entre las gentes de cierta edad constituiría, más bien, un auténtico lastre. No deja de haber figuras y, desde luego idearios políticos que todavía tienen vigencia y podrán volver a influir, por lo tanto, en la vida pública; pero con distinta significación de la que entonces tuvieran. Siempre, además, que demuestren, de no haberlo aún acreditado ante las jóvenes generaciones, un espíritu nuevo y no pretendan resucitar ninguna parcela del pasado, por muy parecidas que pudiera suponerse a las otras circunstancias políticas, anuladas ya por el tiempo, las actuales manifestaciones de rebeldía de la opinión española.
No sería rigurosamente exacto, por ejemplo, encasillar, dentro de un sistema preciso de clasificaciones ideológicas, el noble y legítimo espíritu de oposición y disconformidad con el régimen que se manifiesta entre los estudiantes, desprovisto, por ahora, de contenido positivo y sin una determinada finalidad política. De ahí que, frente a parcialidades y exclusivismos anacrónicos, la juventud universitaria, ajena e insensible a cuanto ocurriera en España antes de 1939, se encuentre dispuesta a secundar sin reservas, según ha demostrado ya en varias ocasiones, cualquier gesto, individual o colectivo, que demuestre una decidida actitud de radical incompatibilidad con el presente. Es decir, que no le interesa tanto lo que determinados intelectuales o políticos pudieran haber representado en la vida española de los últimos años, como la significación pública y actual de los mismos.
Tal vez radique en esta postura la clave de la única fórmula que puede ofrecerse todavía a los españoles, no para asegurar la continuidad —5→ de un porvenir más o menos ilusorio, sino para resolver la crisis que ha de producirse, de manera inevitable y en forma dramática, en el instante mismo en que desaparezca el general Franco. Sería preciso, pues, aunar desde ahora las voluntades y los esfuerzos de los elementos representativos de una doble oposición a Franco y al comunismo, es decir, de los enemigos de cualquier dictadura totalitaria, sobre la base de un programa mínimo de gobierno y de acuerdo previo acerca de algunos puntos fundamentales e irrevocables, al margen de parcialidades e individualismos, que los autorice moralmente a recabar el poder y les permita, además, ejercerlo, algún día, con una cierta seguridad y confianza en el futuro. Sin rehuir, por ejemplo, el espinoso problema de las responsabilidades de todo orden derivadas del actual régimen, que deberá plantearse, sin embargo, en un terreno estrictamente jurídico.
No se me ocultan los innumerables riesgos y dificultades que encierra tal proyecto. Para sortearlos con alguna destreza, importa, sobre todo, que no aparezca configurado, desde el extranjero, por quienes se hallan desconectados, cuando no al margen, de la vida española de nuestros días. Deberá surgir, más bien, como un producto espontáneo de esa compleja realidad social, y en contraste con las circunstancias históricas del mundo que nos rodea, aunque, desde luego, con el asentimiento -tácito o expreso- de los elementos de la oposición en el exilio que no hayan perdido sus vinculaciones y conserven una cierta influencia entre sus antiguos correligionarios de la península.
Se trata, pues, no tanto de procurar la realización de un imaginario frente nacional de fuerzas antifranquistas, de acuerdo con unos principios y procedimientos políticos inactuales, como de conseguir la unión efectiva de todos los elementos antifranquistas de la vida española que hayan demostrado o demuestren, con autenticidad y gallardía, una decidida actitud de oposición al régimen. Sin eliminar, radicalmente, a todos cuantos hayan colaborado con el general Franco, a partir del 18 de julio, y alcen hoy la bandera de su desengaño, por considerar traicionados sus propios ideales, ya que, además del derecho que tienen a resolver, junto a todos los españoles de buena fe los problemas de España, constituirían la única fuerza que podría convencer a muchas gentes y contribuir, por lo tanto, a derrocar la actual situación, con un impulso eficaz y decisivo.
Sólo un amplio y poderoso esfuerzo, que así respondiera a las ineludibles urgencias impuestas por la vida de nuestro tiempo, dispondría de autoridad suficiente para exigir de Franco el abandono del poder y ocuparlo, un día cualquiera, con plena conciencia de sus deberes y responsabilidades nacionales.
Al general Franco, a todo cuanto ésta significa para gran número de españoles, no se le vencerá por ahora, moral ni materialmente, en nombre de actuaciones y principios destruídos por él con las armas, en fecha no demasiado lejana. Entre otras razones, porque el resultado de la guerra civil, más que a su propia victoria, se debió al rotundo y, tal vez, definitivo fracaso político de sus enemigos. Y, además, porque de volverse a plantear la batalla en circunstancias parecidas, aunque, desde luego, en un clima muy diferente de general escepticismo, triunfaría, sin duda, de nuevo la arbitrariedad de su espada, con la generosa ayuda e íntima satisfacción de muchos a quienes no dudaríamos en situar frente al régimen. De ahí que el ataque, desde la entraña misma de la sociedad, daba ser dirigido por elementos o fuerzas sustancialmente vinculados al conjunto orgánico de hechos y de personas que constituyen la vida española de hoy, pues la residencia en España, como en cualquier otro país, no implica vinculación alguna con el poder público; ni, mucho menos, una filiación política determinada. Incluso convendría rescatar, para bandera de la oposición, algunos de los grandes ideales en que se apoyara Franco el 18 de julio, y que apenas conservan ya, en sus manos, eficacia ni prestigio, después de haber sido adulterados y prostituidos, durante más de veinte años, por un gobierno que lleva en sí todos los gérmenes de la corrupción moral y administrativa.
Pecaría de excesivamente ingenuo si no advirtiera, de antemano, la enorme dificultad, casi angustiosa, de ofrecer un cauce adecuado, pero de indudable signo antifranquista, a la corriente de inquietud y malestar que caracteriza hoy a la vida española. Si no percibiera, a la vez, el complejo repertorio de problemas inherentes a cualquier proyecto que aspire a crear un clima nuevo de convivencia política, decoro administrativo e integración en la comunidad europea. y, sobre todo, a concertar el mayor número posible de inteligencias y de fuerzas hostiles al régimen, en una ambiciosa tarea de reconstrucción nacional, de acuerdo con algunos supuestos fundamentales: salvaguardia del orden público, reajuste económico de los diversos elementos de la sociedad, normalización de las actividades ciudadanas y del régimen representativo, estructura orgánica e institucional del Estado...
Según se ha escrito recientemente, al definir la situación espiritual del hombre contemporáneo, «incluso lo que son creencias, doctrinas o soluciones aparece dentro de un estado general de desorientación y perplejidad, y la articulación de ellas en la perspectiva entera de nuestra vida es también problemática. Podríamos decir, forzando la expresión, que las soluciones son hoy también problemas, y no los más leves».
Reconocido y aceptado, así, el rumbo azaroso y fortuito que supone hacer frente a cualquiera de los auténticos problemas actuales, sin renunciar al riesgo de la aventura ni encubrir, por lo tanto, su dolorosa y aguda incertidumbre con vanas palabras y lugares comunes, será necesario, inmediatamente, plantearse el tema de la reintegración de la vida española, aun dentro de su peculiar carácter problemático, en un plano de rigurosas necesidades objetivas. Es decir, que deberá ser considerada esa empresa, por todos cuantos perciban la gravedad del momento actual, no sólo como urgente y necesaria, sino determinada e impuesta, además, —6→ por una de las exigencias más radicales de los pueblos: la continuidad histórica.
Pero como la historia, por su característico sentido tradicional, es, al propio tiempo, innovación, las personas que se planteen hoy el problema de España con el fundamental designio de asegurar ese «derecho a la continuidad», en uno de los instantes en que, sin duda, puede encontrarse éste más en peligro, habrán reducido, de antemano, el ámbito de sus posibles actuaciones a la realidad, casi estricta, del momento en que hubieran de incorporarse a la vida pública. Y tal vez en esto radique, justamente, el altruismo de sus propósitos y la trascendencia ulterior de todas sus actividades.
Cuando es auténtico, el patriotismo no tiene más objetivo ni finalidad inmediata que el dominio del presente, en el que actualiza, como entidades, correlativas, la tradición y el ideal futuro que forman el contenido moral de un pueblo. Así, al proponerse una tarea que no dejará de ser calificada de mezquina y oportunista, debido a sus aparentes limitaciones, ese grupo de hombres representativos, por lo menos, de un amplio y difuso estado de opinión desdeñado totalmente por los elementos oficiales, no haría, en rigor, sino restablecer, con verdadera visión política, el contacto y equilibrio necesarios entre el pasado y el futuro, de acuerdo con una serie de normas y principios que deben regular, en todo tiempo, el proceso de la historia. Esto es, mediante el único método, según Ortega, «que puede evitar en la marcha de las cosas humanas ese aspecto patológico que hace de la historia una lucha ilustre y perenne entre los paralíticos y los epilépticos». Con lo cual vendría a quedar asegurada la entrega, la transmisión normal del poder a quienes tengan que hacerse un día cargo del mismo, con títulos menos provisionales y transitorios, al cabo de un período necesario de tregua política y liquidación del clima de guerra civil, todavía latente, que permita estructurar la sociedad y el Estado, sin prejuicios ni fanatismos doctrinarios de ningún género, sobre fundamentos verdaderamente nacionales e instituciones jurídicas o corporativas de fuerza y legitimidad indiscutibles. Entre otras, por ejemplo, la Iglesia, el Ejército y la Universidad, no obstante las vinculaciones y contactos vergonzosos de muchos de sus más caracterizados representantes con el actual régimen.
Sólo este ejemplar espíritu de sacrificio de actitudes y opiniones particulares, incluso de renuncia al propio porvenir político, acreditaría la autenticidad y nobleza de los contactos personales, de carácter privado, a través de los cuales puede aún articularse un movimiento de oposición responsable y eficiente. El único, en rigor, que tendría fuerza y prestigio, para convocar a una tarea de integración, de reconstrucción nacional, a todos los españoles que no conciban los ideales políticos, ni mucho menos, los religiosos, como un recurso para eliminar impunemente a los adversarios. Que se encuentren dispuestos, por lo tanto, a dialogar y convivir con el enemigo.
Quienes así planteen hoy la batalla al general Franco, aunque, de momento, sin manifestarse de un modo público, habrán de sentirse muy pronto respaldados por todos los españoles conscientes de sus deberes y responsabilidades. Por cuantos esperan su hora -la de la justicia y el honor- para alzarse frente a la monolítica mentira de la España oficial. Por todos aquellos, en fin, que deseamos poder exhibir ante el mundo civilizado, sin oprobio ni sonrojo, nuestra íntegra condición de españoles.
Suyo afectísimo,
Pablo VELASCO MARTÍNEZ.

Con verdadera satisfacción hemos registrado su juicio sobre el número 26 de Las Españas. La calidad de su opinión, evidente por el contenido de la carta en que la expresa, y el que haya venido a confirmar buen número de pareceres recibidos de ahí a lo largo de los últimos meses, tiene para nosotros significación muy halagüeña. Parece que estamos a punto de lograr la primera de las metas propuestas al concebir nuestra revista: crear, en la escala posible, sólida plataforma de confianza mutua sobre la cual pudiera ir cuajando el diálogo esclarecedor que necesita España.
Decimos esclarecedor por auténtico, es decir, sin reservas ni habilidades, sin trastienda, porque, como ocurre siempre, el concepto lanzado hace diez años por Las Españas y desdeñado o vituperado entonces, está siendo utilizado ya por ciertos residuos del pasado con intención oportunista que desvirtúa su sentido.
Para nosotros, el diálogo verdadero nada, tiene en común con el intercambio de zalemas y de tácitas absoluciones mutuas... puramente nominales. Quienes así dialogan saben que están cambiando mentiras por embustes en vez de cruzar balas, pero su juego es ése, y a él se atienen.
La primera condición para entablar diálogo auténtico en torno a qué hacer en y por España es -ya lo hemos dicho- coincidir en que nuestros desastres tienen origen en una serie de culpas de carácter nacional de la que ningún sector está exento.
La segunda, aceptar que, individualmente, —7→ tenemos parte -por un error u omisión- en cuanto han hecho y deshecho bandos y partidos.
La tercera, tener conciencia de que lo que está jugándose no es el predominio de una u otra España, sino la existencia misma de España; su supervivencia como nación independiente y como raíz de pueblos; su ser o dejar de ser como comunidad espiritual con misión propia y relevante en el desarrollo de la Historia.
Sobre estas bases, el diálogo puede ser leal y a fondo: eficaz por tanto. Eficaz, porque actuaría como un bisturí sobre rencores, prejuicios e ignorancias y, sajados éstos, podría verse el fondo español que nos es común. Que a poco escarbar, ese fondo tapado con revoques austroborbónicos y otros afeites extranjeros, aparece esencialmente idéntico en sectores de uno y otro bando. Sobre él puede organizarse España de manera original, es decir, adecuada a su ser, única forma de que exista la trabazón nacional precisa para la acción común, y capaz, por otra parte, de resistir los embates de cualquier oleaje político.
A ese tipo de diálogo responde su carta, tan rica, además, es contenido político positivo. Puede decirse que nuestro acuerdo con ella es completo en casi todos los puntos que abarca, y que las diferencias de apreciación observadas tienen origen, no en cuestiones de fondo, sino, posiblemente, en que las experiencias vividas no son iguales, ni el volumen de información idéntico en todos los aspectos.
Ni qué decir tiene que nuestra conformidad es plena con los párrafos segundo, tercero, cuarto y quinto de su carta. A guisa de simple comentario queremos subrayar el principio del segundo, en el que dice usted que pudiera parecer insólito el hecho de que todas las voces más o menos autorizadas de la oposición se pronuncien por la superación del clima de guerra civil, cuando no podrían ser tachados de excesivamente injustos si adoptasen (los oposicionistas) una actitud de revancha.
En efecto: pudiera parecer insólito y lo parece, sin duda, a las gentes de mala conciencia aludidas por Dionisio Ridruejo. También a los que no han respirado más aire que el infectado por la propaganda azuzadora. Ésta, ha presentado a los sectores democráticos con fisonomía tan repelente y tan sombríos trazos que serían obra de imaginación admirable a no ser fidelísimo calco de la nauseabunda realidad franquista.
La verdad es, que la democracia española era tan rica en doctrinarismo decimonónico como pobre en conocimiento de la realidad nacional y de los factores internacionales vigentes; tan puerilmente, irritadora de sentimientos respetables, como cargada de supersticiones jurídicas ante personas, grupos de intereses y colectividades -de izquierda y de derecha- que pisoteaban la ley; tan dada a perderse en bizantinismos y a proferir amenazas, como incapaz de gobernar con pulso firme y con visión transformadora. Estas fueron sus principales fallas, graves por sí y por sus desastrosas consecuencias, pero ninguna conciencia honrada puede negarle noble intención y generosidad poco común, junto con el más intenso y acendrado amor que pueda sentirse por España. Estas virtudes han crecido y se han depurado mirando la obra de todos y su trágica consecuencia: el franquismo. De ahí que lo que pudiera parecer insólito sea normal e incluso previsible, pues tal actitud del liberalismo español se ha repetido más de una vez en nuestra Historia.
Las diferencias de apreciación a que antes aludíamos se refieren principalmente al párrafo número seis, en la parte que atañe a la actitud de los obreros. Ciertos estamos de que usted reproduce fielmente lo visible de esa actitud, pero nosotros creemos que bajo la relativa apariencia de conformidad hay la misma pulsación revolucionaria de antaño, si bien -en proporción para nosotros desconocida- con ritmo más sereno por menos sensible al recetario doctrinal y a la milagrería demagógica.
En primer lugar, la clase obrera no responde a los mismos estímulos que movilizan a muchos hombres de formación intelectual y a determinados núcleos de la clase media. Colectivamente, su concepto de los valores es otro, o al menos, no es absolutamente idéntico. Por otra parte, la vieja, idea de que más allá de sus filas juegan intereses distintos a los propios, cuando no hostiles, hace que miren con tibieza las indignaciones cívicas no canalizadas al logro de fines concretos. Finalmente, el obrero no tiene bajo las dictaduras sino dos bienes que jugar: su jornal y su vida, y raramente las pone al paño sin esperanza de ganar cosa mejor que un puñadillo de palabras.
Durante la dictadura de Primo de Rivera no tuvo actitud muy distinta. Hubo la misma conformidad aparente, e incluso más lejanía de las demostraciones estudiantiles y de las conspiraciones liberales.
Para nosotros no hay duda de que cuando cuaje algo serio, es decir, un pensamiento sólido con metas claras, la conformidad de los obreros se disipará como el humo. Lo que importa es que comprendan y que sean comprendidos para que la reintegración nacional abarque a todos los sectores de la España viva.
La conformidad medular con el resto de su carta es absoluta, salvo en dos puntos. Primero: Cree usted que el resultado de la guerra civil, más que a su propia victoria (a la de Franco) se debió al rotundo y, tal vez, definitivo fracaso de sus enemigos. Para nosotros, esa victoria se debió al fracaso de todos los hombres y de todos los partidos de España, pues todos o entre todos hicimos posible la guerra civil y la suprema vergüenza de una tutoría tan abyecta y degradante que no tiene par ni entre los pueblos de categoría mas ínfima.
El segundo punto es más difícil de concretar, pues no aparece expresado -para nuestra —8→ comprensión al menos- con tanta claridad que no deje lugar a dudas. Ocurre esto, sin duda, no por defecto suyo, sino porque de buenas a primeras no es fácil conocer los matices de pensamiento significados con determinadas palabras. Éstas, usted lo sabe, tienen, hasta cierto punto, valores no idénticos en cada pluma y, en algunos casos, opuesto. Cuando se conocen las palabras clave, es decir, las que en cada cual son síntesis de sus conceptos básicos, comprenderse bien es más sencillo.
Las dudas nuestras surgen en torno a mucho de lo que usted dice en los párrafos once, doce, trece, catorce y quince. Como es muy probable que no hayamos acertado a interpretar correctamente su pensamiento, preferimos decir el nuestro en relación a las zonas que nos resultan oscuras.
Creemos -lo hemos dicho y repetido, y seguiremos repitiendolo- que ningún pasado es restaurable, y que sería peor catástrofe aún que la propia guerra civil la vuelta a modos y maneras que la hicieron posible.
Para nosotros no hay españoles de dos clases. Los diferenciamos por su calidad moral y no por el matiz de sus ideas. Todo el que -independientemente de éstas- haya caído en delitos de derecho común, es delincuente.
Creemos que el problema político español no podrá resolverse mientras siga planteado en el viejo terreno de los bandos. Por ello decimos y recalcamos que es necesario un proceso de reintegración nacional. Reintegración y no reconciliación ni convivencia, pues aquella comprende a éstas y no a la inversa. Para nosotros no basta con tapar las trincheras. Es menester que se suelden de abajo a arriba hasta los bordes. Esto que sería difícil sin la presencia de las nuevas generaciones, es perfectamente hacedero ahora.
En esta coyuntura histórica, todo lo mejor es posible en España a condición de que no nos gane la pobretería de concepción que ha venido caracterizándonos en el terreno político. Queremos decir, que luego del tremendo escarmiento nacional, cuyos efectos son visibles en hechos como la existencia de este diálogo, cabe ambicionar un camino nuevo y limpio para España. Por otra parte, al español se le moviliza más fácilmente para cosas grandes que para empeños de menor cuantía, siempre que aquellas tengan un sentido claro y que advierta que se cree en él y que con él se cuenta para algo más que para trepar sobre sus hombros.
En resumen: Creemos que lo importante es la formulación de un repertorio de ideas válidas que se expresen concretamente en un programa de reintegración nacional y de reconstrucción económica. En torno a ese programa, basado en la común necesidad, objetivo y claro, puede ir formándose una mayoría abrumadora. De ella no debe ser excluido nadie por su significación política anterior, pero sí por su conducta personal cuando haya sido delictiva.
La España que pugna por nacer necesita de todos los que intencionalmente pertenecen a ella. Sólo deben quedar al margen las escorias de uno, y otro bando y en rigurosa cuarentena los que sigan apestados de totalitarismo.
Y ya por último: Somos contrarios a que la prisa o la tendencia a lo fácil -a lo menos difícil- empuje a fabricar una salida falsa, pues claro es que por los mismos caminos se llega siempre a la misma parte. Por los de la vieja política nunca podremos exhibir ante el mundo civilizado, sin oprobio ni sonrojo, nuestra íntegra condición de españoles.

NUESTRO AGRADECIMIENTO
Las Españas agradece a todos sus amigos la ayuda económica (donativos y cuotas extraordinarias) que desde la aparición del Núm. 24-28 le han prestado. Por ella ha sido posible editar las declaraciones de Dionisio Ridruejo (en colaboración con el F. U. E.), el folleto «En esta hora de España» y el libro «La integración de las Españas», y comenzar la publicación del «Diálogo de las Españas», cuya vida dependerá del apoyo económico que siga recibiendo.
—9→
Motivos de diálogo
Hoy en España sentimos asco. Parece que no hubiera más que vividores y alelados despreocupados, que fueran dejando el pringue de sus negocios sucios y de sus estúpidas diversiones en lo más sagrado de nuestra patria. Nadie siente la tragedia de España.
Nosotros, hombres jóvenes del carlismo de Navarra, cristianos pecadores y quizá muy indignos, pero viriles que estamos dispuestos a morir por el nombre de Cristo, nos sentimos apesadumbrados ante el triste espectáculo de nuestra Iglesia. Ese continuo pasear los huesos de nuestros santos por las tierras españolas; esas tertulias de las más veneradas imágenes de Nuestra Señora, imágenes que durante siglos de recia catolicidad nadie osó mover de sus altares; ese subir de nuestros curas a sus púlpitos, sin otra preocupación que atacar los escotes de nuestras mozas cuando, si seguimos así, será a la propia España a la que, completamente esquilmada veremos en cueros. Esto pasa en la sacristía, mientras se produce el gravísimo escándalo del silencio de la jerarquía eclesiástica ante el estado oficialmente católico, pero fariseo, hipócrita y anticristiano, nos ahoga y nos llena de inquietud pensando que así, en un futuro no lejano, volverán a arder nuestros templos y nuestros conventos y nosotros seremos llamados, una vez más, para dar nuestra sangre en defensa de cosas sagradas y de digestiones indignas.
Con el mayor temor vemos cómo se prepara, con alegre e irresponsable ligereza, la restauración de la monarquía del catorce de abril. Es un querer volver a aquella vía muerta, a su frivolidad e inconsciencia llevados de la mano por los máximos cómplices y beneficiarios de la actual situación política, en sus deseos de perpetuar sinecuras y de adornar y dorar sus nuevas posiciones sociales con el brillo de una estúpida nobleza. Contra ello estamos nosotros, dispuestos a todo. Si un príncipe de la casa de Estoril es entronizado en España, la Juventud Carlista de Navarra no temerá llegar a los mayores extremos de sacrificio para combatir al usurpador; porque nosotros, que hacemos de nuestras vidas un culto al rey, no podemos tolerar que se le ponga a la patria por montera una familia que destruyó su sentimiento monárquico. Para derrocar un trono envilecido con cualquiera de los Juanes, estamos prontos, si es preciso, a cortarle las patas al mundo, y, como dice nuestra jota, «si se hunde el mundo, que se hunda».
No tenemos miedo a los socialistas ni al socialismo, ni a ninguna clase de extremismos de izquierda. Por lo que tienen de enemigos de Dios, de la libertad y de la dignidad humanas, nos hemos roto las caras con ellos en los campos y en las calles de España, y les hemos vencido. Si quieren lucha, la tendrán. Pero, si quieren paz; si quieren ser hombres libres y no como borregos de un alquería, que sepan que no tenemos temor a ninguna de las reivindicaciones sociales; que las queremos, que las deseamos como el que más. No defendemos títulos de nobleza, ni privilegios económicos, que pesan sobre nosotros en forma tan insoportable, tan insufrible como sobre cualquiera.
Amamos los fueros de Navarra con todo nuestro corazón y toda nuestra alma; y los amamos no sólo porque somos navarros sino, y por encima de todo, porque queremos ser libres. Van ya para los dos siglos que pedantes doctrinarios deificaron la palabra libertad, y desde entonces el hombre se ve cada vez más esclavo dentro de monstruosos estados centralistas que son la consecuencia lógica de aquellas filantrópicas y liberales constituciones nacionales nacidas en incubadora por fecundación artificial. Estas formas políticas antihumanas que castran el espíritu del hombre y le convierten en un muñeco, llevan una particular perversión, pues confunden las conciencias, cuando se bañan en agua bendita, se perfuman con incienso y se exhiben entre cirios y bajo palio. En defensa de nuestra dignidad de hombres libres, lucharemos por el triunfo del sistema foral con todo nuestro mejor coraje y toda nuestra fuerza, esa fuerza que han calificado de «bárbara, salvaje y romántica».
Diciembre de 1956. En Pamplona, junto a la Iglesia memorial de los héroes de Navarra; en un día lleno de amargura, pero con la fuerte fe y la esperanza de quienes luchan por la causa de Dios.- «LA JUVENTUD CARLISTA DE NAVARRA».
Con mucho retraso he leído el manifiesto que fechasteis en Pamplona, junto a la Iglesia memorial de los héroes de Navarra, en diciembre de 1956. Su lectura me ha traído multitud de recuerdos, todos, menos uno, sin valor para el caso, pues sólo a mí conciernen. El que considero válido se refiere al idioma que habláis, es decir, no al juego de palabras común a cuantos son de vuestra lengua, sino al son íntimo, a lo que vibra y arde bajo el aire que da forma sensible a lo que se quiere, cuando no es cápsula vacía o simple máscara.
A la manera vuestra me enseñaron a hablar, y en ese mismo idioma, oí concertar a los labriegos de mi tierra ventas, casorios, juicios y voluntades. Más que rúbrica notarial valía en —10→ ellos la palabra, que una vez dada, para hombres de ese cuño es ley.
Yo os doy la mía de que al oír el decir vuestro, he sentido como una bocanada de aire limpio, y el esperanzado gozo que nace de encontrar en nuestro pobre tiempo algo de humanidad auténtica, es decir, hombres que no miden todo quehacer y toda posibilidad de sueño con el cordón de su intestino. Dais, sin ni siquiera sospecharlo, razones de fe más honda en nuestra España, porque sois vivo testimonio de que en ella -quisiera no comprobar que sólo en ella- quedan anchos filones de ese algo que nombramos espíritu.
Tenerlo como nervio común es lo que importa. Lo demás -conceptos, maneras, uniformes- son en cuanto a él lo que el ramaje en relación a las raíces.
Pensad si no digo verdad mirando un punto a los máximos cómplices y beneficiarios de la actual situación, y mirad luego a los que, reyes o caudillos, se bañan en agua bendita, se perfuman con incienso y se exhiben entre cirios y bajo palio mientras escarnecen con su conducta los mandatos de Cristo. Considerad, por último, el silencio de las jerarquías eclesiásticas ante las taras y vergüenzas que os han llenado de amargura. Todos éstos, ramas arriba, pueden ser o parecer afines a las Juventudes Carlistas de Navarra, pero su raíz es distinta. La vuestra es igual a la de todo hombre capaz de consubstanciarse con una fe y de enviar por ella hacienda y vida, que en el creer hasta ese límite hay, podéis creerlo, huella de Dios, o busca de Él, necesidad de Él, aunque la inadvertencia ignore o la ceguedad niegue esa busca.
Esta verdad la aprendí hace ya muchos años cuando iba mediada nuestra guerra. De ello da fe un poema escrito por mí en Gurs, campo de concentración en Francia, y publicado en México tres años más tarde. El librillo en que aparece está fechado en 1942.
Doy estos datos -comprobables- en prueba de que digo verdad, verdad ya vieja en mí, de la que el poema es claro testimonio. Vedlo:
ANTE EL CADÁVER DE UN REQUETE | ||||
| Sobre la tierra llanto de la noche | ||||
| y llanto en tu mejilla descarnada. | ||||
| Hay duras amapolas en tu pecho | ||||
| sin borbotón ni aliento; en la alambrada | ||||
| cruje tu mano, terca, amarillenta; | ||||
| ¡oh mano campesina, tan honrada | ||||
| hasta el morir, hasta después de muerta!... | ||||
| Más opaca tu frente, | ||||
| es terrosa y azul; la madrugada | ||||
| va limando su esfuerzo, su tormenta, | ||||
| hasta dejarla tersa, descansada. | ||||
| No llegaste a mi pecho con acero; | ||||
| ¡estabas ya!... tu sangre derramada | ||||
| duele en mis pulsos, vastos de ternura | ||||
| macizos de dolor y de esperanza. | ||||
| ¡Descansa en paz!... te reconozco, suena | ||||
| la cara de tu Dios. Una mañana | ||||
| se incendiarán los hombres y los cielos | ||||
| con tu lumbre y mi lumbre desbordadas. | ||||
Sería tonto de capirote si no entendiera ahora que no he sido dotado para el quehacer poético, pero releyendo estos versos de ayer, siento satisfacción y, por qué no decirlo, hasta un punto de orgullo. Nace de ver que ni el rejalgar de la derrota oscureció mi fundamento humano.
Quién os sentía así era un «enemigo» vuestro, uno de aquellos socialistas con quienes os rompisteis las caras y a los que imagináis que vencisteis. En esto, en vuestra presunta victoria, está el error. En aquella guerra fuimos vencidos todos los que, sin distinción de bando, afrontamos la lucha con un noble propósito y una intención en lo esencial idéntica: hacer una España más feliz y más digna. Que un mismo nervio mueve a quienes dan la vida por Dios y a quienes la entregan por la libertad, la dignidad y el imperio de la justicia entre los hombres.
El enemigo esencial suele estar detrás de los que luchan. Azuzar es su oficio. Su técnica, embadurnar de odio para que el hombre no reconozca al hombre. Éste, en su juicio cabal, distingue entre lo que separa -las ideas- y lo que une o debe unir: la intención limpia, lo que en común tienen de humano. Valores son estos que no cuentan para la barbarie totalitaria, pero claro es que lo español genuino se define por su radical antitotalitarismo. Vosotros que sois españoles a los que no falta ni una cualidad ni un defecto de nuestro carácter, coincidiréis, sin duda, en este punto.
Por otra parte, nada más negativo y antihumano que pretender el absurdo de una nación unanimista. El amén sólo es concebible en la fe religiosa, o cuando la voluntad consiente ante una razón visiblemente superior a la propia.
Pero hay más: el choque de ideas -no de testuces- es tan necesario a éstas como, el correr al agua para no corromperse. Que sólo el contraste y la oposición de unas a otras las vigoriza y pule e incluso las fecunda. Hay que añadir que las ideas no son fusilables. Por el contrario, se siembran con los que han sabido morir por ellas. Eso enseña la Historia.
También he de deciros que los verdaderos socialistas no queremos guerra; no la hemos querido nunca. Creemos que machacar los sesos al contrario no sólo responde a una concepción bestial de la política, sino que no resuelve nada. En nuestra España podéis ver el ejemplo. Después de la matanza que una nación en ruinas, odio más hondo, hogares destrozados, inmoralidad, miseria... y ni uno solo de sus problemas resuelto.
Convendréis, creo, en que ésta, como todas nuestras guerras civiles, ha resultado estéril... excepto para los cosecheros de entorchados, de caudales, de títulos, atentos sólo -recordad la común mentira de Vergara- al curso y conservación de sus digestiones indignas.
Supongo que os habréis preguntado por qué es esto posible.
Tengo para mí como clara verdad, que nuestras repetidas derrotas frente a las escorias nacionales se deben a que éstas han sabido partir en dos a la España viva, luego de taparle los ojos con palabras. Basta después la provocación sistemática para que cada mitad arremeta contra la otra y ambas se desangren. En este punto, la postración y el desengaño permiten el esquilmo hasta que una nueva generación —11→ aporta sangre y fuerzas. Cuando la indignación crece en proporciones nacionales viene la hora del pacto, del chanchullo y el recomenzar la jugada.
No, los verdaderos socialistas no queremos más guerras. Las creemos tan contrarias a la razón humana y a todo sentimiento religioso, que sólo consideramos lícitas aquellas que se hacen para rechazar una invasión o para derrocar a un tirano, es decir, en defensa de la independencia de la Patria, o de las fueros y libertades de sus hombres.
Si como decís, y yo creo, no tenéis temor a ninguna de nuestras reivindicaciones sociales, si las queréis y deseáis como el que más, procede que examinemos a fondo qué sigue separándonos. ¿Vuestro culto al Rey? ¿El amor que profesáis a vuestros fueros? ¿El respeto que exigís para la Iglesia?
Pensad que Monarquía o República importan poco como nombres, y que bastante sangre se ha vertido ya en España por palabras. Importa el contenido de un régimen. Tratemos todos de que ese contenido sea profundamente español, noble, justiciero, propiciador del bien de todos, y dejemos a la voluntad de la mayoría que lo rotule libremente.
El amor que sentís por vuestros fueros no puede separarnos. Sabed que para muchos de nosotros, la historia de la decadencia de España y la de nuestras viejas instituciones forales es una, prácticamente.
El uniformismo jurídico impuso -con resultados que saltan a la vista- formas iguales a regiones o pueblos en distinto grado de desarrollo económico y de mentalidad no idéntica. De ahí la opresión rotatoria de unos u otros, el malestar constante, incubador del estado de guerra civil casi permanente en que hemos vivido. Un ejemplo que ilustra lo absurdo de este uniformismo puede ser lo legislado en materia religiosa para toda España en tiempo de la Monarquía Constitucional y, más tarde, de la República.
El centralismo administrativo, por su parte, ha hecho de España un país semiparalítico, condenado a quietud mientras Madrid no tira, más o menos absurdamente, de los hilos motores; ha fomentado el desinterés por la cosa pública y el dominio caciquil sobre la economía rural y las conciencias, ha impedido, por último, la formación de minorías dirigentes que, partiendo de la base -el municipio- y a través de la natural selección, ascendieran al gobierno de organismos comarcales y regionales, es decir, al gobierno del sistema nervioso y muscular de un país vivo. En ellas, en esas minorías, cabría esperar que apareciesen estadistas no sólo entrenados en las funciones del gobierno, sino conocedores -y no por referencia libresca- de las realidades sociales y económicas de España.
El derecho que os asiste a que se guarden los respetos y consideraciones debidas a vuestra fe religiosa, sólo podría discutirlo un deficiente mental o un energúmeno.
En honor de la verdad hay que decir que se intentó resolver el problema que dio en llamarse religioso y que no era sino clerical, de manera muy poco inteligente, e incluso puerilmente vengativa.
La torpeza al afrontarlo y las provocaciones de quienes buscaban partir a España en bandos para lanzarnos a la guerra, os hicieron creer que existía por nuestra parte el propósito de perseguir a la Iglesia y aún de exterminarla.
Cuando la huida del último rey, al producirse la quiebra de todos los resortes del Estado monárquico, el Poder estuvo en la calle y la calle llena de multitudes alborozadas. Nadie pensó en quemar iglesias o conventos. Preguntadlo a vuestros mayores y habrán de contestar en conciencia que digo verdad. De este hecho podéis y debéis sacar las consecuencias lógicas.
Quiso la República -insisto en que sin mucho acierto- impedir que el clero continuara fuera de cauce, predicando, no los Evangelios, sino el odio, no el respeto, al Poder legal -«Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César»- sino una forma de anarquía, que no apuntaba a la defensa de los derechos divinos, sino a la de intereses terrenales profundamente anticristianos. Tal el latifundismo.
Reconoceréis -lo habéis reconocido al censurarlo con amargura bien patente- que ningún respeto especial merece el clero cuando se aparta de su misión apostólica e incluso la niega con sus actos.
Tanto coma vosotros quiero, queremos muchos, que el clero español vuelva al espíritu que le hizo ser en el pasado cantera de sabiduría, espejo de virtudes cristianas, ejemplo de humanidad y patriotismo. Lo queremos por el bien de España, podéis creerme.
Y ya por último:
El dilema español no puede plantearse ya en los falsos términos que nos han llevado de dislate en dislate a la catástrofe. No se trata ya de izquierdas o derechas, de ángeles o demonios, porque aquellas distinciones no respondían casi nunca a contenidos reales, y porque éstos, los satánicos y los angélicos, eran creación pura y simple de la propaganda cainita. Se trata de entenderse como seres de razón para que España vuelva a su glorioso ser, y para que todo español tenga, no patria nominal, sino patria habitable.
Entre todos los que formamos la España viva, podemos encontrar a través del diálogo formas de organización política acordes con nuestro temperamento, es decir, españolas; que se ajusten a la varia fisonomía de nuestros pueblos, a sus realidades sociales y económicas y, a la vez, al tiempo en que vivimos.
El dilema español de hoy es, o entendimiento o suicidio. Ved como patriotas que sois en qué lado queréis estar, si por la continuación del proceso mortal que sufre España, o por su vida.
Juan de MONEGROS.
—12→Diálogo Español
En el último ejemplar de Las Españas (Núms. 26-28) hay cosas que me gustan y otras que no. Como resumen de las primeras puedo decir que os veo ya casi maduros en vuestro dolor y vuestra preocupación por España, ya casi desligados en lo que es deseable y posible de tanto pero antiguo y pernicioso que os ahogaba, dando y pidiendo diálogo y tratando, aunque todavía no lo logréis plenamente, de partir de aquí y de ahora: 1956 España, y no 1936 República. Esto es esencialmente lo positivo, lo negativo de este número de vuestra revista: vuestra reiteración anti-Franco y vuestro silencio sobre José Antonio Primo de Rivera. Respecto a lo primero me parecéis como el que a punto de ser electrocutado no puede o no quiere desasirse del hilo que lo está matando. Y bastaría con que abrierais la mano y os dejaseis caer al suelo para considerar entonces la necesidad y utilidad de esa corriente. Tan necesaria y útil que, gracias a ella, habéis podido, hemos podido todos ver claras tantas cosas de la política española. ¿O es que estos veinte años han sido inútiles? No lo han sido para las nuevas generaciones que, como esos chicos de la «UNA» a los que presenté en mi carta anterior, llegan limpios de tanto pero nuestro que, de otro modo, habrían heredado. A mí, por lo menos, me han sido muy necesarios estos veinte años y veo que a vosotros también. No voy a repetirte aquí cosas que ya os he dicho aunque tuviese que retocarlas ahora en lo accidental, pero sí, te digo, que vosotros silenciáis todo lo positivo, todos esos aciertos que pueden sintetizarse en lo exterior, en haber pasado en la Segunda Guerra Mundial con sólo una División Azul, pero esto que entonces no entendisteis pero cuyo acierto lo están gritando ahora a voz en grito en Hungría y lo han estado gritando silenciosamente todos los que no pudieron hacerlo de otro modo bajo Stalin, y los que aún no pueden hacerlo bajo otras botas hasta hace unas semanas coexistentes. El silenciar esto puede ser una necesidad táctica de vieja política, pero vosotros decís no querer nada con esa vieja política. En lo interior, el haber dado a todos los españoles de dentro y de fuera 20 años para meditar, para trabajar para hacerse persona en esa libertad interior que todo español encuentra si le dan tiempo.
No voy a desmenuzar más esos aciertos para no correr el riesgo de electrocutarme yo también en cuanto a los errores... ya los previó José Antonio hace ahora exactamente veintitrés años.
«Peligros de la intervención militar:
1.- Exceso de humildad.
2.- Exceso de ambición.
...si los militares se propusieran por sí mismos destruir la doctrina y el rumbo del Estado nuevo... para un intento así los militares no cuentan con suficiente formación política...
...(el militar) peca de honrada ingenuidad al proponer soluciones políticas. Así no logra atraer, por falta de eficiencia doctrinal, de ingestión dialéctica, asistencias populares y juveniles, persistentes...».
(Carta a un militar español. Diciembre de 1935).
Esto, pues, ya lo sabían, o debieron haberlo sabido todos los españoles. Pero los organismos vivos se defienden con sus reservas vitales y como en 1936 no estaba maduro lo que España necesitaba, España se defendió con lo que tenía y a cuenta de otros bienes más finos se quedó con el mayor bien de este mundo que es la vida, y prefirió no pasar, para vivir, por la prueba de haber sido otra Hungría, Polonia, Rumanía, etc.... porque no cabe pensar que España se hubiese conformado entonces con mirar a Francia y a Inglaterra o a Norteamérica. Sé que si España no tuvo o no ha tenido hasta ahora en madurez otra cosa tenemos la culpa todos los españoles, como reconocéis ahora vosotros.
Y vuestro, silencio sobre José Antonio es un silencio, a veces. Pues resulta que vosotros habéis llegado en este número de Las Españas al «gran erro de izquierdas y derechas» (Arana) y no sé hasta dónde llega ahí el conocimiento de las ideas políticas de José Antonio, pero por pequeño que sea sabréis que ésa fue su idea motor desde 1933 y en vuestro editorial, que me ha gustado mucho, pueden leerse cosas como éstas:
«...la España de todos y de siempre», «Patria habitable...», «pero una verdadera contrición brilla de nuevo por su ausencia...» «ni izquierdas ni derechas han comprendido que la historia tiene su propio ritmo y que nadie puede pararlo o hacer que se desboque impunemente. Cuando a fuerza de iniquidades y de sangre se logra ir más allá de las realidades humanas -culturales, espirituales, económicas- a detener su evolución cosa viva, sólo es en apariencia...», «las primeras estampas de historia viva que (la generación que fue a la guerra) tuvo ante los ojos fueron vísperas del 14 de abril: claras, excitantes...». «La España de todos...», «la única España posible...», «todos necesitamos una patria nuestra como bien raíz del espíritu...».
Podría ahora copiarte los textos paralelos de José Antonio de hace 20 años pero no voy a hacerlo. Algunos ya los conocerás por antiguas cartas mías o por propia curiosidad.
| «Españolito que vienes | |||
| al mundo, te guarde Dios. | |||
| Una de las dos Españas | |||
| ha de helarte el corazón». |
recuerda vuestro editorial y comenta luego:
«No, no pudieron tanto.»
Efectivamente, no pudieron. Bien caliente lo tenía José Antonio cuando escribía un testamento —13→ porque lo iba a matar una de estas dos (o las dos) Españas:
«...el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto una brecha de serena atención entre la saña de un lado y la antipatía del otro».
No veas en lo anterior el menor resentimiento ni la más mínima melancolía. El tiempo va despojando a las cosas y a los hechos de sus pompas terrenas y los deja con su perfil exacto. Todo eso ha sido, está siendo y será fecundo. Ya vamos, vosotros, nosotros, estando de acuerdo en muchas cosas.
«Para dialogar -escuchar primero- luego meditar.»
Creo que os he escuchado, pues a decirte muchas cosas más me incita la lectura de vuestra Revista y no renuncio a hacerlo en cartas sucesivas. Hoy he querido limitarme a estas dos, para mí esenciales. Meditar lo he hecho tanto en estos veinte años, que me han bastado los tres o cuatro meses que ha durado mi lectura reposada de este número para que no pueda resultar mi respuesta impremeditada.
Me gustaría que, en todo lo anterior y en lo que siga no aparezca «Don Rotundo» sentando cátedra. Puede hacértelo ver el que lo que digo está muy pensado y rumiado por mí en soledad. Pero podréis estar seguros de que no trato más que de exponer de la mejor manera que sé mi modo de ver las cosas con el deseo de obtener respuesta y contraste de ellas pues de hablar sólo estoy realmente cansado.
Os saluda J. X. X.
Con toda cordialidad y en espera de afinidad mayor en un futuro que querríamos no lejano, respondemos a su carta.
Nosotros nos despedimos hace ya varios años de los dos únicos hilos políticos capaces de electrocutar a quienes no se decidan a soltarlos. A saber: el compuesto por la serie de lugares comunes que se acuñaron para y por la guerra y el que representa el seguir creyendo que la nuestra fue una lucha de ángeles revoloteadores contra demonios redomados. Los demonios, claro está, eran en todo caso los de enfrente, y así siguen y seguirán siéndolo para los aferrados a esos hilos mortales.
Aprecia usted que vamos madurando, pero no tanto que hayamos logrado plenamente partir de aquí y de ahora: 1956 España, ya que en parte estamos en 1936 República. Apoya su manera de vernos, en nuestra reiteración anti-Franco y en nuestro silencio sobre J. A. Primo de Rivera. En verdad que su deducción es peregrina. Piense que si fuera correcta vendría a resultar que la creciente multitud de monárquicos, requetés, católicos y falangistas asqueados de la fabulosa inmoralidad del régimen, y alarmados por su incapacidad manifiesta, estaba retrocediendo a 1936, tardíamente identificados con aquella República cándida y vociferadora, ya muerta y enterrada.
Nuestra posición anti-Franco, como usted dice, o anticainismo, como nosotros decimos y pensamos, no se basa en 1936 República, sino en una serie de hechos irrefutables, de los que le ofrecemos una síntesis.
Franco debe buena parte de su meteórica carrera militar a don Alfonso XIII, pues sabido es que el valor y aún la temeridad, por su abundancia en la oficialidad de nuestro Ejército, no daban temprana cosecha de fajines. Ésta y otras deudas, más el hecho de haber jurado fidelidad al Rey, no fueron obstáculo para que prometiera por su honor defender las instituciones republicanas, y que no sintiera escrúpulo de seguir sirviendo a la República cuando pudo dejar de hacerlo al amparo de la ley Azaña.
Franco conspiró, se alzó y fue elegido jefe provisional del Movimiento de acuerdo con determinadas fuerzas políticas. El acuerdo implicaba obligaciones que no ha cumplido nunca. Para ser amo de todos y no servidor de un ideal común, que no existía, mantuvo a todos divididos y entre sí recelosos, e incluso corrompió voluntades para tenerlas ligadas a su persona y a su régimen.
Albacea de Alfonso XIII, de Sanjurjo, de Mola, de J. A. Primo de Rivera, se autonombró heredero de todos. Del último, hasta tomó para disfrazarse el uniforme y las palabras. Uno y otras andan por los suelos, irreconocibles ya para los propios falangistas.
Él y su camarilla han saqueado a España, han procurado envilecerla, la han empobrecido moral y económicamente al límite visible y han mantenido y siguen atizando el espíritu de guerra civil que nos consume.
Su pretendida cruzada contra el comunismo -inexistente el tal hasta como peligro remoto en la España de entonces- no fue sino pretexto de brabucón para cobrar el barato a gentes asustadas, excusa para suprimir los más elementales derechos humanos y pantalla tras de la que exterminar fría, sistemáticamente, por el plomo y por el hambre, a decenas de millares de los ayer vencidos. Su encarnizamiento, su pasión vengativa, no es sólo anticristiana sino profundamente antiespañola.
En el orden internacional es patente su deslealtad con todos. Juego sucio con Hitler, con Mussolini y con las por él odiadas democracias; juego de ventaja en Tánger, para llevar a España a un gran ridículo; juego de puñalada trapera contra Francia en el asunto de Marruecos, para tener que abandonar Marruecos con el sable entre piernas; chamarileos con Rusia; hipotecas con EE. UU. que pueden resultar trágicas...
Para que el proverbial orgullo de España y la dignidad de sus hombres hayan soportado sobre sí tanta inmundicia; ¡hemos debido, de caer muy hondo!
Los méritos que usted señala en esa deleznable figura son absolutamente imaginarios. —14→ Es decir, trascienden de la corriente electrocutadora de uno de los hilos mortales que hemos señalado al principio: el de los lugares comunes en torno a nuestra guerra.
Ni la «División Azul» pudo impedir algo, ni su acción puede relacionarse con lo acontecido en Hungría. Existía imposibilidad física de que España entrase en la guerra por su total agotamiento... De otra parte, Hitler no podía ocuparla sin cerrarse una fuente de abastecimientos, un centro colosal de espionaje y, lo que, importaba más, sin distraer material y hombres, sin hacer frente a la lucha feroz, agotadora, que hubiera entablado nuestro pueblo, y sin precipitar la apertura del segundo frente, tan temido.
Franco jugó con todos los factores como puede hacerlo quien carece de todo escrúpulo moral y se salta a la torera cuanto significa promesas, principios e ideales.
Su pretendida habilidad para mantenerse en el Poder al final de la pasada guerra es otro cuento tártaro. Pudo seguir al amparo de la tortuosa política de Stalin, evidente en Postdam, y por la amoralidad y la estupidez de los gobernantes demócratas. Para Stalin, la permanencia de Franco significaba mantener en el campo de sus enemigos un foco de debilidad y desprestigio y podredumbre. También una excelente fábrica de comunistas y una mina de motivos para su propaganda. De ahí que no hiciera el simple gesto necesario para provocar su caída, pese al minúsculo detalle de haber figurado entre los invasores de la patria del proletariado, y que tiempos atrás había definido la causa de la democracia española como la causa de toda la humanidad avanzada y progresiva. Añádase que la única agresión a Rusia que ha quedado absolutamente impune ha sido la de Franco.
Tolerado por Stalin pudo cotizar el peligro comunista de la mejor forma posible: en apoyo y en dólares, si bien, éstos, han costado además girones de soberanía y el peligro de que España sea arrasada en la futura guerra.
Resumiendo: Franco ha sido desleal con todas y cada una de las fuerzas políticas que le sirvieron de base; ha llenado a España de inmoralidades y de podredumbres administrativas; la ha conducido al borde da la quiebra económica, ha hipotecado trozos de su suelo, la mantiene en pavoroso atraso y al margen de las corrientes de unificación económica europea, y en orden a los derechos y libertades que hacen posible la dignidad del hombre, Marruecos, nuestro protectorado de ayer, nos aventaja.
Quizás no sepa usted que el ilustre escritor católico, José Bergamín, calificó a Franco de «traidor a su traición misma». La calificación es dura, pero no dice todo. Podría completarse añadiendo adjetivos y más adjetivos tales, como simulador -¿se enteró usted de la celeste monjita que bajaba a soplarle divinas inspiraciones?- pero preferimos utilizar uno que a todos comprende: inhumano.
Por su repelente inhumanidad y por haber hecho y seguir haciendo más daño a España que juntos todos los malos gobiernos de la República y de la Monarquía, somos anti-Franco. La prueba de que es por estas causas se hace evidente en el hecho de que no confundimos con él a quienes le siguieron con limpia intención, y en que tendemos la mano bien abierta a cuantos, enemigos ayer, buscan hoy apasionadamente el resurgir de España.
No vemos qué pueda tener de común nuestro silencio sobre J. A. Primo de Rivera con el grado de madurez -insuficiente a su juicio- que hemos alcanzado. ¿Sospecha usted, acaso, que nuestro pensamiento político tiene origen en él y que lo silenciamos maliciosamente? Nos hace pensar esto el paralelismo que pretende establecer entre párrafos de nuestro editorial y algunas frases del jefe falangista, que, o en poco concuerdan, o tienen sentido diametralmente opuesto. Vaya una muestra: cuando nosotros escribimos el gran error de izquierdas y derechas, no significamos como él, que es un error el que existan izquierdas y derechas, sino que ambas tendencias cayeron en error idéntico.
Si alguna coincidencia existe no será medular. Se producirá en ideas cuyo origen puede identificarse en lo más granado del pensamiento político español contemporáneo: Costa, Ganivet, Senador Gómez, Ortega...
No discutimos la buena intención del jefe de Falange -nosotros no lo conocimos- pero aún aceptándola sin reservas quedará en pie esta verdad: el buen deseo nada tiene que ver con la validez de pensamiento político. El de J. A. Primo de Rivera respondía en su parte mayor a una circunstancia nacional peleona y a la moda totalitaria entonces imperante. El resto, tan prometedor como se quiera, no puede significar objetivamente sino un testimonio más de lo que pudo llegar a ser la generación sacrificada por la incomprensión y por el odio que nos llevaron a la guerra.
Nosotros -quede esto bien claro- estamos por la fuerza de la razón y no por la dialéctica de las pistolas; preferimos la democracia -incluso con sus fallas y debilidades- a cualquier forma de totalitarismo; creemos que la libertad dentro de la ley permite la dignidad del hombre y lo levanta, y que toda ortopedia dictatorial lo deforma y envilece; quisiéramos que España volviera a la grandeza que tuvo ayer en los valores de su espíritu, pero condenamos todo afán de imperar por el poderío militar o económico; nosotros, por fin, creemos más en la capacidad creadora de los hombres sencillos, de labor, y en su sentido humano, que en la eficacia redentora de los «hombres providenciales».
Lo más alentador de su carta -para nosotros, claro- es su aceptación de que las dos Españas tuvieron parte en la muerte de J. A. Primo de Rivera, porque esa aceptación es clave para el suelo común que debe tener todo pensamiento político acorde con la necesidad de España.
Finalmente: le rogamos que en la rotundidad de nuestras afirmaciones no vea la menor aspereza hacia usted. Sentimos honda simpatía por todos los que, ni más ni menos que nosotros, buscan la claridad posible entre el enredijo de nieblas y de sombras que envuelve a nuestra patria.
—15→
Diálogo Español
Ha sido para nosotros una agradable sorpresa, después de un largo silencio, recibir la magnífica revista Las Españas que ustedes, con otros españoles que mantienen el espíritu libre de nuestro pueblo, dirigen y patrocinan.
En general nos ha parecido una excelente revista de la que estamos necesitados los españoles, particularmente la juventud del interior de esta España encadenada, a la que los jefes franquistas quieren dirigir por medio de esas revistas que sólo son medios de propaganda y falsificación de todos los valores intelectuales.
La juventud española quiere expresar su hondo agradecimiento a los compatriotas en el exilio que en su amor a una España digna y libre no cejan en su lucha contra la tiranía imperante en nuestro país. La publicación de Las Españas es una fiel demostración de que la España tantas veces traicionada y pisoteada por las fuerzas reaccionarias no ha muerto ni morirá jamás; porque el franquismo en su ineptitud, en su indignidad constante que no conoce obstáculos, no ha podido anular la facultad de pensar que es lo único que nos queda a los españoles del interior, pese a los seudointelectuales vendidos al «caudillo».
Amigos, con esa carroña de vendidos y seguidores de Franco no se puede dialogar, queremos hacer constar esto, porque ustedes llevan diecisiete años fuera de España y quizás crean que se podría llegar a un acuerdo con el franquismo. Imposible llegar a eso con los que destruyeron la vida nacional, con los que están acabando con la economía de nuestro país, con los que están haciendo de nuestra patria una colonia de Yanquilandia, o de cualquier otra potencia si lo paga mejor y se da más seguridades de estabilidad a este régimen tambaleante...
Ellos mismos lo han dicho muchas veces, que su diálogo es el de las pistolas, y contra esa forma de tiranía y por la fuerza sólo cabe la rebelión por la fuerza... y aunque pudiéramos convertir a España en un Hyde Park como el de Londres ellos seguirán saliéndose con la suya por la fuerza brutal de las armas.
Creemos factible y beneficioso el diálogo entre ustedes y nosotros, la juventud que no ha sido pervertida. Una mutua comprensión de todos nuestros problemas es lo que se necesita y a lo que estamos dispuestos con el alma en la mano la juventud española del interior.
Una vez más les reiteramos nuestro sincero agradecimiento por Las Españas y pueden contar con nuestra incondicional colaboración en todo lo que atañe a nuestra lucha.
No, jóvenes amigos, nunca hemos creído que se pueda dialogar con el franquismo y menos, si menos cabe, llegar a ninguna clase de acuerdo con él.
Cada número de Las Españas expresa de inconfundible manera nuestra absoluta incompatibilidad con sus formas visibles y con algo más peligroso aún: las causas sociales y económicas que lo determinan. Ahora bien, conviene tratar de esclarecer qué es franquismo para ver si es posible establecer acuerdo sobre su naturaleza y sus límites.
Para nosotros -ya lo hemos dicho muchas veces- el franquismo es anterior a Franco y sobrevivirá a Franco a través de un número impredecible de generaciones. El actual dictador no ha hecho sino encabezar ahora y apellidar definitivamente, con indiscutible derecho, al viejo tumor que viene corroyendo nuestra vida política desde hace varios siglos.
Este tumor, cuya máscara ideológica es cambiante, no responde a ninguna de las teorías políticas que matizan o dividen el pensamiento humano, si bien, toma de algunas con sus aspectos más negativos sus métodos más vituperables. A lo largo del tiempo se ha llamado de muy diversa manera, pero siempre sin la exactitud debida. Porque absolutismo, ultramontanismo, reacción e incluso fascismo, son nombres que no le corresponden. En estas tendencias, independientemente de la vetustez o miseria de su respectivo cuadro ideológico, no es imposible la presencia de hombres capaces de creer objetivamente en la virtud de sus ideas y, por tanto, de producirse humanamente cuando la ocasión es llegada.
Casos hubo a lo largo de nuestra guerra y los hay bajo la ignominia del franquismo que confirman esta verdad. Aduciremos nada más uno en prueba de que no razonamos en el aire.
Don Juan Moneva y Puyol, catedrático de Derecho Canónico en Zaragoza y hombre de extrema derecha, se llenó de horror y de asco al contemplar los asesinatos —16→ y martirios de que eran víctimas los inermes adversarios del «Glorioso movimiento». La matanza diaria de centenares de inocentes le sublevó la conciencia y se dio a peregrinar pidiendo en nombre del Derecho y de la Religión que terminara tanto crimen. Visitó al alcalde de la ciudad, al gobernador, al arzobispo y al capitán general. Los tres primeros se lavaron las manos y lo despidieron con palabras melifluas: el último, por insolentarse, lo metió en la cárcel. En ella estuvo largos meses.
El extremado reaccionarismo de este viejo profesor no fue obstáculo para que tuviera el gesto debido, de acuerdo con sus convicciones. Y es que, para él, el catolicismo no era una ganzúa y una máscara, y sus ideas políticas eran eso, ideas, no instrumento de medro personal y de dominio.
Moneva y Puyol, como el cardenal Segura, no eran franquistas. Los diferenciaba sustancialmente su capacidad de creer en algo superior al interés propio. El franquista, en cambio, en nada cree y nada le importa más allá del grumo de miseria que es. Para él sólo cuentan su regodeo, su intestino y la satisfacción de su estúpida soberbia. Y se explica.
El núcleo permanente del franquismo está compuesto, socialmente, por escorias históricas -inquisidores sin Dios, encomenderos sin indios, espadachines sin Milán y sin Flandes, etc., etc.- y humanamente, por los detritus de la raza. Antonio Machado lo caracterizó de manera perfecta en su Llanto de las virtudes y copias por la muerte de don Guido. Cambiad nacimiento, profesión y aficiones o, mejor dicho, haced abstracción de las que Machado señala y quedará escueto el común vacío, la muerte insospechada que todo franquista lleva dentro.
| Gran pagano, | |||
| se hizo hermano | |||
| de una santa cofradía... | |||
| El acá | |||
| y él allá, | |||
| caballero, | |||
| se ve en tu rostro marchito, | |||
| lo infinito: | |||
| cero, cero. |
A este núcleo estable se incorporan en cada tiempo las oxidaciones y miserias que expele todo cuerpo vivo.
Aislar al franquismo para identificarlo no ha resultado fácil. Su foco central se ha solapado en el campo de las derechas españolas, pero sin dejar por eso de extender tallos y raíces a lo largo y a lo ancho de todo el ámbito político. No más lejos que ayer anidó en la retaguardia carlista hasta podrir cuanto tuvo a su alcance. Se salvó la musculatura desperdigada por los breñales de Navarra y en los caseríos vascos, pero no hubo órgano ni centro nervioso del legitimismo que no acabara en purulencia. Al ser desalojados por el abrazo de Vergara, pasó a la camarilla de don Francisco, editor responsable de los hijos de Isabel II, y a la corte de esta calamitosa reina.
Franquista fue el impulso que asesinó a Prim, franquista la confabulación contra Amadeo de Saboya, franquista la gusanera denunciada por Costa en «Oligarquía y Caciquismo», franquista la administración española en Cuba, franquismo solapado en la oposición el apuñalamiento de la Unión Nacional creada por Costa, franquistas las raíces de la Unión Patriótica de Primo de Rivera, franquistas, por fin, parte del lerrouxismo y los jabalíes que hincaron el colmillo demagógico en la República recién nacida. Franquista perfecto y absoluto es hoy el Opus Dei.
Franquismo es, a nuestro juicio, toda acción política que no responde a un juego de ideas determinadas por una manera de concebir honradamente el bien común, siquiera esta concepción sea anacrónica, torpe o disparatada.
En consecuencia, franquista es el que diciéndose defensor de la Religión la escarnece y la pudre; el patriota profesional que vende o tolera que se vendan trozos de la soberanía de la patria; el hombre de orden que pide silencios y quietudes de muerte para que impere la injusticia que le beneficia y de la que, indefectiblemente, vienen revueltas y desastres; lo son el arribista, el logrero, el hambreador de gentes humildes, cuantos tienen el alma petrificada y son ajenos a toda inquietud o sueño de los hombres.
Con esa escoria, jóvenes amigos, no hay diálogo posible. Queremos barrerla de la faz de España, pero esto es algo que no podrá hacerse mientras permanezca confundida con sectores vivos. Lo primero, pues, es separarla, hacer visible su repugnante contorno y la muerte que lleva dentro. Por eso queremos dialogar con cuantos, españoles de la España viva, buscan, como nosotros, un camino y una posibilidad de esperanza.

Lector amigo (conocido o desconocido, de cualquier punto de España o del destierro): Las Españas, atenta siempre a recibir el pulso de nuestro pueblo en la apreciación de sus problemas fundamentales y propicia al diálogo con todo compatriota a quien preocupen éstos, recibirá con interés tu opinión (favorable o adversa, pero en todo caso sincera y razonada) sobre lo que acabas de leer en estas páginas.
—17→
Motivos de un monólogo
Que España hierve bajo la tapadera policial es bien sabido. A veces -muy a menudo ya- se escapa un poco de vapor y dan en la repleta cárcel hombres a los que ni la estupidez polarizadora del franquismo puede tildar de comunistas.
El Opus Dei, especie de masonería clerical heredera de los «Apostólicos» de antaño, pero que acorde con su época prefiere al garrotazo y tente tieso el paciente trabajo de la araña, ha metido la nariz en la olla a guisa de termómetro. De esta metedura de... narices ha resultado el informe que abajo transcribimos.
En él puede verse que el Opus no sabe de la misa la media, y aun esa parte mal sabida. De ahí, que confunda al mirlo poético y a la tórtola liberal con aves de más cuenta, y que los dedos se le antojen huéspedes. Huéspedes rojos, claro. Metiera la inquisidora nariz cuerpo social adentro y tendría evidencia de otros hervores más profundos.
Las burbujillas que descubrió y denuncia bullen en superficie y no usan capa para taparse el ceño. Al revés, usan ceño como muestra de su inconformidad política. Viene a probarlo lo dicho por un alto jefe policial en relación con el informe. A este paso -comentó con su miaja de chunga- el día menos pensao nos descubren a la Cibeles.
Por su parte, los señalados por el Opus también dicen lo suyo. No a voz en grito, claro. Lo mejor para nuestro gusto es, que el padre soplón tiene menos de lince que de pintor surrealista. Sin embargo, en este punto se equivocan. El Opus sabe que no sabe sino lo que todo el mundo sabe mal sabido, pero carga la tinta al cronicón de moda y señala, sugiere, azuza... buscando otra restauración irrestaurable: la del silencio derrocado.
De aquí, salvo las que expresan los regocijos que su lectura produjo en la redacción de Las Españas, sólo una opinión escrita conocemos. El opinante, luego de caracterizar al Opus con datos ya sabidos, dice: «Su intención es clara: hacer que Franco desconfíe de cuantos elementos políticas le rodean o él supone próximos, en forma que únicamente descuelle la lealtad de los del Opus Dei».
Esta manera de ver el blanco a donde apunta el Opus es deliciosamente original, sin duda. Porque, ¿puede el dictador suponer próximos a él a quienes no ocultan su actual disconformidad con el franquismo? Distinto sería si denunciara el Opus la existencia de grupos de oposición compuestos por banqueros, obispos, capitanes de industria y generales.
Por otra parte es bien sabido que Franco no se fía de nadie -quizá por aquello de que piensa el fraile que todos son de su aire y el ladrón, etc., etc.- ni siquiera del Opus.
Más confiado es éste. Tanto, que ni ha olido la infiltración de algunas burbujillas -parte del general hervor- en su bendita casa. Y de su existencia no hay duda. Lo prueba el hecho de que inmediatamente después de que el secreto informe fuera redactado se conociera en Madrid su contenido y que pocos días más tarde nos trajesen una copia de él a Las Españas.
En fin, amigo lector, aquí lo tienes para ilustración y recreo tuyos.
En principio se advierte claramente cuatro grupos ideológicos: comunistas, socialistas, sindicalistas (de procedencia falangistas) y liberales (republicanos y algunos monárquicos). Todos ellos tienen contactos por lo cual los contornos de los grupos están muy difuminados en algunos casos. De hecho, estos grupos teóricos se escinden en tantos otros como personas han logrado formar un equipo alrededor de sí. En este sentido cabría distinguir así la enumeración anterior: comunistas: Múgica Herzog e individuos aislados. Grupo Villar Massó. Tertulia poética del Ateneo de Madrid. Cineclubs del SEU. Socialistas: Asociación socialista universitaria, ASU. Grupo Vigil. Sindicalistas: Grupo Ismael Medina -grupo Gabriel Elorriaga- grupo Falanges juveniles y centurias (FFUU) -grupo Rubio Gordon- Rafael García Serrano -grupo Emilio Romero- grupo Jorge Jordana. Liberales: grupo Ridruejo -grupo Tierno Galván- Colegio Mayor César Carlos -grupo de la Facultad de Filosofía- grupo Javier Conde.
Además de los cuatro bloques señalados, existen tres principales focos de inquietud permanente, de origen sano pero mal dirigidos y peor formulados ideológicamente, de los que han salido las desviaciones luego agrandadas de muchos de los citados sindicalistas y marxistas: Servicio Universitario del Trabajo (SUT); Labor del Pozo del Tío Raimundo; Colegio mayor Antonio de Ribera.
—18→Ahora al ir caracterizando los grupos se verá hasta qué punto se les puede aplicar con exactitud las correspondientes calificaciones empleadas, ya que existen particularidades que determinan a cada equipo o persona, pues a veces más que de un grupo se trata de un individuo aislado que, incluso con buena intención, hace el juego a los otros.
COMUNISTAS: Múgica Herzog e individuos aislados. Gente muy activa sobre todo en los meses anteriores a los disturbios de febrero 56. Después, habiendo estado algunos de ellos en la cárcel, se les ha visto menos, hasta que recientemente han empezado a moverse en la coalición general de la oposición. Suelen trabajar aislados aunque se les supone una unidad en la base o centro de donde reciben las consignas. Procuran no hacer bulto, sino más bien influir en amigos en los que cultivan un filocomunismo más o menos destacado. Por ahora hacen discretamente el juego a los liberales. Enrique MÚGICA HERZOG: no se sabe a ciencia cierta si se trata de un elemento agitador aislado, perteneciente a alguna célula, o si él mismo es jefe de alguna. Hijo de izquierdista vasco fallecido y de judía polaca. Familia materna extinguida por los nazis. Venido hace años de Francia para entrar en tercero de Derecho en Madrid. Infiltrado en el SEU de esa facultad, ostentó cargo directivo en la sección de actividades culturales donde organizó un brillante cielo de poesía. Amistad grande con Ridruejo que le vale la protección de Laín Entralgo. Ya elevado, organiza el Congreso de escritores jóvenes y trabaja en el SEU de Jordana, pretendiendo colocar a Elorriaga, en su lugar. Participante activo en el manifiesto liberal y disturbios de febrero 56. Detenido, figura en la lista de nueve nombres que publicó la policía en toda la prensa. Ahora está en contacto con el grupo del Instituto de Estudios Políticos de acuerdo con Elorriaga y los seguidores de Javier Conde.
JESÚS LÓPEZ PACHECO: poeta joven conocido y finalista del Nadal de 1957. Participante en disturbios y detenido en 1956. JULIÁN MARCOS: agitador activo, tanto en 1956 -detenido- como ahora al salir de la cárcel. CLAUDIO RODRÍGUEZ GARCÍA: poeta joven y premio Adonais. Figura significada en el ambiente de Filosofía y Letras. Hombre retraído y extraño, no parece ser elemento activo, sino más bien simpatizante. BOSCA ALARCÓN: se mueve eficientemente, hace años, en el SEU de Sevilla, en forma parecida a la de Múgica.
GRUPO VILLAR MASSÓ: Comunistas puros, se mueven en células. Contactos con las Falanges Universitarias. Poco proselitistas, si bien Villar Massó se halla presente en todos los disturbios y desórdenes universitarios. Sus seguidores, que parecen ser muchos -se habla de 37 células- pasan inadvertidos y no se conocen sus nombres. Antonio Villar Massó: ateo, comunista, fue delegado del SEU de la Facultad de Derecho de Madrid. Extrañamente protegido por el catedrático don Joaquín Garrigues. Íntimo amigo de Gabriel Elorriaga. Apoyó el congreso de escritores jóvenes y colaboró en el manifiesto liberal del 1-2-56. José María Rodríguez: se cree que es nombre supuesto, parece ser que huyó a Francia tras de los referidos disturbios. Único conocido del grupo en los ambientes universitarios.
TERTULIA POÉTICA DEL ATENEO: En dicho centro se reúnen -no se les puede impedir- una serie de comunistas conocidos, de los que sólo se dará el nombre, por ser notorios. Acuden estudiantes, poetas poco destacados, que reciben el espíritu y mantienen el ambiente marxista. Contactos con Ridruejo. Recientemente patrocinaron una lectura de poetas comunistas en la Facultad de Ciencias de Madrid. Figuras destacadas: Ángela Figuera; Gabriel Celaya (la prensa del movimiento destaca con grandes titulares un reciente premio obtenido por éste); Blas de Otero.
CINECLUBS DEL SEU: Los cineclubs del SEU, sobre todo en Salamanca y Madrid, han tomado un matiz esteticista filobolchevique. El ambiente que ha rodeado la frecuente aparición en sus programas de films rojos es de verdadero éxtasis y de exageración snob. Verdadero culto a Bardem y Buñuel. Apoyados por Tovar y Tierno Galván. La revista del cineclub de Salamanca basta para advertir la tendencia del grupo. JULIO DIAMANTE STEEL: activísimo participante en los disturbios relacionados con la muerte de Ortega y Gasset y en los de febrero de 1956. Agitador nato. RABANAL TAYLOR: Filomarxista e izquierdista rabioso. Hermanos CARLOS y ANTONIO SAURA: Su padre al parecer ocupa un alto cargo en el Ministerio de Agricultura. Muy amigos de Diamante Steel. MARTÍNEZ PASTOR; MARCELO ARROITA JÁUREGUI: después de participar desde Alcalá y Juventud en la campaña izquierdista del SEU, de acuerdo con Laín, Tovar, etc., actúa ahora en lo cineclubs. PATIÑO: uno de los principales elementos del cineclub de Salamanca.
SOCIALISTAS: Asociación Socialista Universitaria. Se mueven muchísimo en la Universidad de Madrid. Socialistas genuinos. Jefes desconocidos, si bien actúan notoriamente. Han presentado muchos candidatos a las elecciones para delegados de facultad, sobre todo en ciencias políticas. PENA: delegado del SEU en 4.º curso de Ciencias económicas.
GRUPO VIGIL: Republicanos socialistas. Trabajan por el advenimiento directo del régimen que propugnan. Se mueven sobre todo en Barcelona y parecen tener muchos adictos. Contactos con el grupo de Ridruejo y demás enemigos del régimen. MANUEL VIGIL: Ex delegado del SEU del D. U. de Barcelona. Fundador y jefe del grupo que dirige.
SINDICALISTAS: Grupo Ismael Medina: tienden directamente hacia una República sindical, en una democracia liberal con partidos políticos. Disponen del diario ARRIBA, la revista JUVENTUD. Van a fundar una revista llamada MAÑANA ESPAÑA NUEVA. Controlan la red de emisoras del movimiento. Protegidos por Solís y Correa Veglison. Gran influencia sobre el Frente Juventudes y los Colegios mayores del SEU. Oposición desde su prensa a la actual política, del régimen. ISMAEL MEDINA: redactor jefe de ARRIBA, perteneció al equipo de la primera época de la Hora y Juventud. Ascendió gracias a Correa Veglison. ANTONIO CASTRO VILLACAÑAS: utiliza en ARRIBA el seudónimo de Juan de Alcalá, sobradamente conocido por sus ideas. Partidario de una República sindical con fuertes tendencias socialistas. Posibles deseos de medrar. Designado como crítico político de «Mañana España Nueva». Es la persona de máxima autoridad ideológica por las llamadas falanges universitarias, a las que se dirigió por última vez hace pocos días -acto publicado por ARRIBA PUEBLO- y donde casi se proclamó la República. DEMETRIO CASTRO VILLACAÑAS, colaborador de su hermano Antonio, de ideología extremista. SALVADOR JIMÉNEZ: resentido. Liberaloide, —19→ socialista cultural, redactor de ARRIBA. Ex director del TEU, designado crítico literario de «Mañana España Nueva».
GRUPO GABRIEL ELORRIAGA: de creciente influencia y de los más peligrosos. Ideología republicana sindicalista, a través de un liberalismo de tránsito que acabe con el régimen actual. Prescinden absolutamente de la religión. Gran influencia sobre Solís y Arrese. Contactos con todos los demás grupos de la oposición. Disponen de LA HORA, el Distrito universitario de Madrid, JORNAL (revista sindical), secretaría nacional de propaganda y prensa de los sindicatos. Influyen decisivamente en el Frente de Juventudes, Colegio mayor Santa María de Europa e Instituto de estudios políticos, así como en la forma decisiva, igualmente sobre las falanges universitarias.
GABRIEL ELORRIAGA: marxista, partidario de una república social sindicalista. Arreligiosidad total. Antifranquista. Cínico sinuoso y sin escrúpulos de ninguna clase. Ambición política desmedida. Ha colaborado con todos los grupos y a todos ha traicionado con su política personal. Acceso a FET relativamente tardío en Ferrol. Del SEU de Madrid pasó a los mandos nacionales. Se le presumen contactos con el extranjero. Intervino en la preparación de disturbios de febrero del 56, de cuyos organizadores era candidato para la jefatura nacional del SEU. También había participado en la preparación del Congreso de escritores jóvenes. Detenido durante los disturbios, gracias a la gestión de Arrese -se cree- salió de la cárcel y fue nombrado director de LA HORA, secretario nacional de propaganda, jefe de redacción de JORNAL, colaborador de ARRIBA. Íntimo amigo de Solís y de Arrese, influye mucho en la secretaría general del Movimiento y en Falange. Sus colaboradores, redactores de La Hora y de Jornal: Juan José Bellod, subdirector de La Hora. Trabaja en los sindicatos. Falangista republicano de tendencias socialistas, de carácter poco religioso en sí, es un títere de Elorriaga.
GRUPO FALANGES UNIVERSITARIAS Y CENTURIAS: Las Falanges universitarias es el nombre que han adoptado unos cuantos estudiantes falangistas reunidos por Pérez de Lama. Y su testaferro Raúl Chávarri. Se mueven en Madrid, en amplio contacto con liberales y socialistas. Pretenden directamente una república sindical con total separación de la iglesia y el estado y con partidos políticos. Su pensamiento está influido por Elorriaga, Castro Villacañas y Rubio Gordon. Se han formado a partir de la antigua Primera línea del SEU que demostró su carácter izquierdista en febrero pasado, así como de las centurias jóvenes de la Guardia de Franco -antifranquistas- sobre todo las 24, 21 y 16. Encuadran a todos los falangistas jóvenes de la oposición. En Primero de Derecho han creado la revista OMNIS. Publican una hoja volante semanal para sus afiliados. Redactan así mismo la revista GARRA, adscrita a alguna de las centurias falangistas de Madrid, abiertamente izquierdista y republicana. Aquí interviene directamente Ramón Isidoro, jefe de la centuria Ramiro Ledesma. Actúan sobre todo en las facultades de Derecho y de Ciencias Económicas. PÉREZ DE LAMA: jefe de las falanges universitarias. Secretario del DU de Madrid, Director del círculo Amadís, del colegio mayor Santa María de Europa. Provocó la rebelión falangista contra Salas Pombo. Fiel secuaz de Elorriaga y Castro Villacañas, ha controlado diferentes distritos de falanges juveniles y centurias que estuvieron bajo su mando. Pertenece a la centuria 24 de la Guardia de Franco. Eterno estudiante de Derecho. RAÚL CHÁVARRI: instrumento sin opinión de Pérez de Lama. Incluso con buena intención. Es un testaferro blando de los otros, que lo manejan, Jefe del DU del SEU de Madrid. Hace días, en las elecciones para delegado del SEU de la facultad de económicas se presentó con la autoridad de jefe del Distrito para aconsejar a todos que votasen a un marxista -PENA- de la ASU haciendo constar que era marxista, pero que lo haría muy bien. Íntimo amigo de Rubio Gordon, republicano socialista, jefe del grupo. Alto cargo de la prensa de cultura Hispánica. ÁNGEL DE LUCAS: igual que Pérez de Lama. Del servicio de información de falange. De la centuria 24 de la Guardia de Franco, del círculo Amadís. Jefe de acción sindical del SEU de Madrid, está comprometido a la acción por vivir de las becas y apoyo económico del SEU. ADOLFO GARCÍA IBAN: del servicio de información de Falange. Vividor calumnioso y resentido. Socialistoide. Dependiente económicamente del SEU.
GRUPO RUBIO GORDON: republicanos sindicalistas, de izquierdismo a ultranza. Contactos con los demás grupos similares y con el extranjero. Pretenden implantar directamente la república. Relaciones con Ridruejo y Sánchez Ferlosio. Influyen en la prensa de Cultura Hispánica a través de Chávarri, de las falanges universitarias. Sólo se tienen referencias del jefe del grupo: JOSÉ LUIS RUBIO GORDON, encargado de cátedra en la facultad de ciencias políticas. Trabaja con Chávarri en la prensa de Cultura Hispánica. Escribió «El vivir y convivir de los españoles», programa de las falanges universitarias.
RAFAEL GARCÍA SERRANO: falangista nostálgico, que se cree aún en 1939, ayuda con toda su mejor intención -indudable- al grupo de Ismael Medina.
GRUPO EMILIO ROMERO: está localizado alrededor del director de PUEBLO, sindicalista furibundo, que hace jugadas de política personal desde su periódico y tiende hacia la república. Altavoz fundamental del sindicalismo que en estos días se enfrenta con la política del gobierno, junto con el grupo de ARRIBA.
GRUPO JORGE JORDANA: Más que la persona de Jorge, que parece estar algo retirado, se trata de un grupo por él influido, radicado en el colegio mayor José Antonio. La línea ideológica queda determinada por el antiguo grupo de Laín y Tovar, en su rama más propiamente falangista. El peligro de este grupo es más bien ideológico que de actividad, al parecer.
LIBERALES: GRUPO RIDRUEJO: En sentido estricto, Ridruejo dirige un partido con ramificaciones en provincias, llamado partido nacional de la unión democrática y que busca una república liberal izquierdista, con partidos. Últimamente y como táctica, irían a su fin a través de una monarquía liberal, a fin de conseguir de momento el apoyo de los monárquicos para hundir al régimen actual. Por su carácter de unión, este grupo tiende a englobar, encauzar a toda la oposición, objetivo conseguido al parecer en estos días, respecto a socialistas y, demás grupos en contacto, como liberales, falanges universitarias, etc. Ridruejo ha asumido la presidencia, de la coalición y ha procurado infructuosamente la adhesión de los monárquicos alfonsinos. Como apoyos de sobra conocidos -se omite por ello caracterización- se halla una serie de intelectuales, como sus seguidores respectivos: así, LAÍN; TOVAR; ARANGUREN; —20→ PÉREZ VILLANUEVA; RUIZ JIMÉNEZ; RUIZ GALLARDÓN; GASPAR GÓMEZ DE LA SERNA; SÁNCHEZ BELLA, etc. Entre los estudiantes no caracterizados de forma más concreta, el espíritu de este grupo encuentra bastante eco, sobre todo en los colegios mayores Nebrija y Cisneros, así como en la universidad de Salamanca. En general, Ridruejo, es ahora el líder liberal más destacado, seguido de cerca por el activo Miguel Sánchez Mazas Forlosio, su segundo de a bordo. No es preciso insistir sobre la filiación completa de ambos. Últimamente, Ridruejo, ha hecho gestiones para la liberación de dos de sus amigos detenidos por la policía, José Manuel Borges y Macrino Suárez.
GRUPO TIERNO GALVÁN: Actúa sobre todo en Salamanca con bastantes influencias en la universidad de Murcia. Bajo una capa europeísta ejerce una política liberal e izquierdista. También hay reuniones ocasionales en el Ateneo de Madrid cuando viene Tierno. Gente peligrosa por lo solapada.
ENRIQUE TIERNO GALVÁN: médula ideológica de su grupo, fue sancionado hace pocos años por un discurso tendencioso. Dirige en Salamanca, desde su cátedra de derecho político, un semanario europeísta, vivero de inquietudes e ideologías desviadas. Prepara a mucha gente para la carrera diplomática, causando verdadero daño, pues deforma a sus alumnos desde bases filosóficas heterodoxas, cosa que ya se viene notando desde hace tiempo en su cátedra. El pasado verano tuvo incidentes en Santander por tal causa. Es presidente de una sospechosa y extraña Unión funcional europea. Contactos con Laín, Tovar, cineclub del SEU y el extranjero. Es quizá más peligroso que Ridruejo porque no se le ve venir tan de frente. Ha intentado recientemente convencer a don Juan de Borbón de que es monárquico. Ante mucha gente su acción pasa inadvertida.
Colegio mayor César Carlos. Es un foco de resentidos, carácter que le viene de ser una residencia de opositores. Muchos proceden del SEU, otros son independientes. Ambiente contrario al gobierno e izquierdista. Aquí se han formado muchos catedráticos jóvenes que hoy militan en la oposición más o menos declarada. El actual rector es Pedro Bermejo.
GRUPO DE LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS: foco de liberales, bajo la influencia directa de la Institución Libre de Enseñanza, a través de ex alumnos del colegio ESTUDIO, de Jimena Menéndez Pidal. En rigor, todos los enemigos del régimen en esta facultad son amigos y actúan juntos. Se registra la ausencia de sindicalistas. Exceptuando los comunistas y socialistas, queda el grupo de MUGUERZA; SÁNCHEZ DRAGÓ; MARRA LÓPEZ; CARLOS ROMERO; GONZALO TORRENTE BALLESTER; ABELLÁN, etc. Influyen en el ambiente general de la facultad y han creado un clima, incluso entre las chicas -también actúa una sobrina de Madariaga-positivamente liberal, heterodoxo y sectario. La inmensa mayoría de ellos se confiesa acatólica. Son los que fundaron la prohibida revista ALDEBARÁN, e intervinieron con Múgica en la preparación del Congreso de escritores jóvenes, disturbios de la muerte de Ortega y de febrero de 56, Sánchez Dragó y Abellán estuvieron en la cárcel. Contactos con gente de más edad de los partidos de la antigua izquierda, con Ridruejo y con exiliados. Entre sí se consideran como encarnación de la FUE que están tratando de organizar desde hace dos o tres años y cuya consecución clandestina es ya un hecho. El ambiente más maduro a quien representan está constituido, a grandes rasgos, por la prohibida revista ÍNSULA -José Luis Cano-, la desaparecida y muy izquierdista LAYE -ÍNDICE- Fernández Figueroa, -Jimena Menéndez Pidal e institucionistas, Julián Marías, etc. El Instituto Internacional de Boston -dependiente de la embajada norteamericana- les apoya eficazmente. Como influidos directos del grupo habría que señalar las revistas inspiradas en ÍNDICE y abiertas a la izquierda: EL CIERVO Y LA JIRAFA, de Barcelona. La primera de ellas es una revista católica de tipo crítico.
GRUPO JAVIER CONDE: Está constituido por un equipo de gente joven que Javier Conde ha ido reuniendo al amparo del Instituto de Estudios políticos y que estaba totalmente sujeto a su influencia ideológica. Conde, de quien no se hará caracterización más detallada, manifestó su deseo de constituir un partido republicano a su regreso de Estados Unidos con vistas a la implantación de una república liberal. Respecto a sus ideas anteriores ha sido un cambio radical, por lo que se le considera como un escéptico total en materia política, con enorme ambición personal y peligrosidad. Se ha comentado abundantemente su pretensión -al parecer- de ser presidente de la futura III república española. Al ser nombrado embajador, Conde sigue actuando por medio de correspondencia dirigida a sus amigos e incluso a gente ajena a su grupo, como Elorriaga, Múgica, Tamanes, etc. Aparte del Instituto de Estudios Políticos se hallan influidas por estas tendencias la revista Clavileño, la de Administración pública, y sobre todo la cátedra de derecho político de Conde en Madrid. El grupo forma parte de la coalición general y el ambiente anterior de oposición ha cristalizado con otras tendencias afines en la serie de reuniones llevadas a cabo en el instituto de estudios políticos. Forman parte de este grupo, en sentido amplio, una serie de administrativistas, como Garrido Falla, Serrano Guirado, García Enterria, etc. El último citado es de los que actualmente critican la política administrativa del gobierno -sustentó doctrinas socialistas en el congreso de municipalistas, atacando al municipio.
MANUEL JIMÉNEZ DE PARGA: encargado de la cátedra de Conde, desde la que actúa muchísimo. Ambiente de oposición a la política del gobierno. Es un auténtico lacayo de Conde. Ambicioso y muy creído. Javier Pradera: filomarxista. Detenido en febrero de 56. Ateo, resentido. Ayudante de derecho político y teniente jurídico del aire. Muy inteligente. Colabora en la revista de administración pública. Trabaja ahora con Jiménez Parga en la línea de Conde, tras sus contactos con el grupo de Múgica antes de su detención. Estuvo en el SUT con Chávarri. Ramón Tamanes. También detenido en febrero de 56. Ateo, socialista, inteligente Ex colaborador del equipo Múgica, hoy está afecto a Conde y participa en las actividades del Instituto de Estudios Políticos. Desempeñó en el SEU en tiempos de Múgica, la jefatura de la sección de relaciones culturales de la facultad de Derecho de Madrid, época en la que fueron al extranjero muchos elementos de la oposición a tomar contacto.
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Viñetas de Ramón GAYA y de Juan Ramón ARANA
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La Revista ha quedado estupenda. Todo interesa. Además creo que ahora nos entendemos. Y digo esto porque hace algunos años la actitud puramente negativa de la emigración frente a la «literatura» de aquí era injusta. Ahora veis mejor lo que puede ser una «nueva poesía». Porque tiene que ser algo nuevo y no un mero recuerdo.
España. De un destacado intelectual de la «generación del 27»
Recibí vuestra revista que me parece muy buena y bien orientada. El artículo «Y después, ¿qué?» me parece muy inteligente, limpio de ese despiste, de ese estancamiento en 1936 que suelen padecer los emigrados -yo lo fui y sé lo que pasa. Claro que hay que prever, si es posible, el quehacer futuro...
Llevan el plomo en el ala; pero con el plomo en el ala se puede, ya que no volar -que de volar no se trató nunca-, sí arrastrarse -¡y arrastrar!- mucho tiempo. El desasosiego es general, pero el miedo a lo que pueda pasar no lo es menos... Por lo demás suscribo casi totalmente el informe sintético y concreto que firma Juan Francisco Argensé, y las observaciones de la página 45. En conjunto me parece un acierto la objetividad, la actualidad, el realismo de la Revista, su liberación del sectarismo apolillado. Esto sin hablar de los valores literarios.
España. De una escritora
Recibí, por conducto de X, Las Españas y me apresuro a escribiros para daros las gracias. Os felicito por la obra que estáis realizando, con la cual, a través de ese número (26-28), me siento representado.
España. De un antiguo miembro de la CNT
Recibimos el primer número de Las Españas en su nueva aparición. Después de leerla y saborearla nosotros siguen leyéndola toda clase de gentes, jóvenes y viejos; con lo que quiero decir que tanto a los que tenemos ideas políticas bien arraigadas, como a la juventud que de ellas carece, les ha producido gran impresión. A mí me la causó enorme el editorial, donde he visto serenidad, patriotismo, alteza de miras y un espíritu de comprensión difícil de compartir aquí en donde hemos vivido el final de la guerra civil con sus enormes atrocidades y sus refinadas crueldades que difícilmente se pueden olvidar. Toda la revista, tanto en su parte literaria como en la política, me parece magnífica y digna de ser divulgada entre todos los españoles. Y ése es el concepto general de los que hasta ahora la han leído.
España. De un republicano de edad madura
Es un descanso ver una cosa tan bien hecha como Las Españas, que acabo de recibir. El editorial, muy bueno, y ni qué decir tengo que estoy de acuerdo con él. Los que no estarán serán los que quieren imponer todavía su voz en materia de principios tal vez con la autoridad que da el estar muertos e insepultos. Opiniones de cadáveres, que la gente escucha de vez en cuando sin oírlas; o al revés, oye sin escucharlas.
S. New Mexico.- Estados Unidos
Con gran alegría recibí el primer número de la segunda época de Las Españas. Ha sido doble la alegría; por una parte su reaparición y mejoramiento, y segundo, por la persistente campaña antifranquista y de recuperación española, en momentos en que hay muchísimos que han olvidado el «por qué salieron de España».
R. Caracas.- Venezuela
—22→Mucho he hablado con los amigos de por aquí de la Revista; y esperaba la ocasión oportuna para expresarles mi completa simpatía. Nosotros soñábamos con una revista abierta, militante, «dialógica», para jóvenes no envejecidos y viejos no pueriles. Y, la verdad, Las Españas va realizando nuestro proyecto.
C. New Jersey.- Estados Unidos
Las Españas como siempre, muy bien, de frente y valiente. He leído con especial atención el editorial, y en líneas generales estoy completamente de acuerdo con su pensamiento.
C. Hendaya.- Francia
Con todo gusto acudo a su invitación para ayudar a Las Españas. No podremos gastar mejor el dinero ganado en la emigración ni justificar mejor el noble título de «refugiados españoles».
Quienes se desinteresan de la política española muestran que han dejado de ser «refugiados»; sin duda por considerar que la causa de su salida de España no merecía la pena, sobre todo ahora que han descubierto América. Con su pan se lo coman.
V. Veracruz.- Méjico
Ayer me entregó K el estupendo folleto «Esta hora de España». Me gustaría hablarte despacio de él. ¡Habría tanto que escribir! Pero lo bueno sería, como tú indicas, no darte una impresión personal sino la que produce en los ambientes en que me muevo. Cuanto he leído en su texto me parece magnífico y es completamente de mi opinión, pues como sabes soy un hombre realista. Hay que hacer lo que se puede, contando con lo que al pueblo realmente le impresiona, aunque a veces no sea enteramente lo que uno en último término quisiera, para llegar a esa unanimidad sin la cual no podríamos dar el primer paso, que hoy es el más difícil y el más importante.
Lo curioso es que a pesar del interés que todos sentimos por una política nueva, tanto aquí como ahí, las pequeñas capillas y los pequeños cenáculos no cesan de multiplicarse.
El informe del Opus sobre los grupos de oposición, aunque es absurdo y ha pasado por alto los aspectos más importantes de la cuestión que toca (da demasiada importancia a «lo universitario» y demasiado poca a la vida de la calle), es un indicio de esta proliferación. No nos quejamos, sin embargo, pues en el fondo todo esto quiere decir que la aspiración a una nueva política no es ya cosa de una clase o grupo determinado.
Para mí, lo más satisfactorio es ver cómo hemos llegado a un acuerdo con lo que escribís en América. Hubo una época en que no entendíais a las jóvenes generaciones de aquí. Nos dabais a todos en bloque por contaminados. No veíais cómo la realidad había ido cambiando, y cómo había que contar con esa nueva realidad, y no hacer tabla rasa de toda ella. Felizmente hoy, veis claro. Y esto es una gran fuerza para todos.
España. De un escritor de edad madura
Nuestro amigo Z, acaba de entregarme el folleto titulado «Esta hora de España». Lo he leído rápidamente. Me parece una obra de gran importancia, que es preciso difundir todo lo profusamente que se pueda.
Espero dárselo a conocer a algunos amigos. Yo mismo he de releerlo con todo detenimiento. Les enviaré después un juicio lo más objetivo que pueda. Pero me encuentro con que la lectura de este trabajo levanta en mí resonancias muy personales, hasta el extremo de producirse en muchos momentos una verdadera identificación entre el texto y el lector.
¡Qué gran verdad la de los versos de Machado, que figuran al frente de la publicación! Procuraré seguirlos al pie de la letra, y les daré a conocer después el resultado de mis meditaciones.
España. De un universitario de cuarenta años
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A quienes desde España nos preguntan por la manera de ayudar a Las Españas les decimos que siempre hemos creído que la edición y mantenimiento de la Revista corresponde a la emigración democrática y que los amigos del interior bastante hacen con difundirla. Pueden, sí, decir a sus amigos y parientes del extranjero que nos ayuden económicamente.
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El Frente Universitario Español no pretende ser un nuevo partido con programa particular, sino propiciar un gran movimiento nacional de amplias coincidencia, dejando las particularidades de desarrollo a los partidos democráticos. Pretendemos integrar este movimiento, por un concurso de colaboraciones de todos matices que posean un sentido nacional dentro de su particular interpretación de la vida española y que antepongan a cualquier propósito la idea de la reconstrucción de la Patria con el convencimiento de que ésta sólo podrá llevarse a cabo dentro de un régimen de paz y concordia favorable a mutuas transacciones llevadas hasta el límite que las necesidades de España exijan.
1.- LA GUERRA CIVIL.
A).- La pasada guerra civil entraña una gran responsabilidad colectiva de la que ningún sector de la vida española puede estimar exento, para cargarla íntegra sobre los hombros del adversario. Declaramos nuestra voluntad radical de que tales hechos no vuelvan jamás a repetirse.
B).- Es necesario liquidar la guerra civil, sinceramente y sin efugios, mediante la concordia nacional, liquidando también, al mismo tiempo, todos los ecos y residuos de las guerras civiles del siglo XIX de las cuales fue aquella una larvada consecuencia.
2.- CONCORDIA Y DIALOGO.
A).- Entendemos por concordia nacional la voluntad del español de convivir con todos sus compatriotas, renunciando, como principio, a la violencia.
B).- El camino de esta concordia es el diálogo, sin más limitaciones que las que exija el imperativo categórico de mantener a raya a quienes carezcan de respetabilidad moral. Entendemos que el diálogo es el vehículo para conocernos después del tiempo transcurrido en el aislamiento espiritual, material separación y forzado silencio. Esta invitación al diálogo no supone ni abdicación de las ideas propias ni exigencias al interlocutor para que abdique de las suyas. La finalidad que perseguimos es aunar todas las coincidencias que hagan posible o faciliten la vida en común.
3.- SITUACIÓN ACTUAL.
A).- La situación actual de España es consecuencia de una larga serie de errores históricos que culminan ahora en el franquismo, último eslabón de una larga cadena. Su perduración provocará tarde o temprano otra conmoción violenta de incalculables proporciones, y su caída es necesaria como punto de partida indispensable para iniciar nuevo camino. Pero ésta sólo interesa, desde el punto de vista nacional, a condición de que constituya el principio de una auténtica renovación, tanto de los métodos políticos utilizados hasta ahora, como, de las formas y los modos de la vida española. No nos interesa sustituir a Franco por otros hombres de la misma mentalidad, aunque ésta sea de signo contrario. Consideramos ineficaz cualquier intento de acicalar políticamente al país si no lleva consigo el firme propósito de transformar a la sociedad española, adecentar su cuerpo social y crear en el español una nueva actitud frente a la vida.
B).- Declaramos nuestra ruptura con los errores del pasado. Nos levantamos frente a ellos, en su totalidad, en una clara actitud de rectificación que exige la liquidación de todo lo podrido y caduco.
4.- SITUACIÓN INTERMEDIA.
A).- La primera decisión de cualquier régimen que sustituya a Franco, deberá ser una declaración que permita la incorporación, con dignidad, de todos los españoles honrados a la noble tarea de rehacer a España.
B).- El adecentamiento de la vida española exige establecer una normalidad jurídica y someter a los Tribunales Ordinarios a todos los delincuentes comunes, cualesquiera que sean los campos en que militen.
C).- Todas las actividades, políticas y sociales deben estar subordinadas a la reconstrucción material y moral del país. Ello exige una tregua temporal en la lucha política y sindical, con propósitos integradores, un inventario de la riqueza nacional y un plan de realizaciones inmediatas, así como la renuncia expresa a recordar, sublimar o vilipendiar hechos de armas, ya sea de palabra o por escrito, teniendo en cuenta que en una guerra civil no puede haber victorias patrias, pues la de una bando sobre el otro supone, indefectiblemente, una derrota de españoles, considerados como tales.
D).- Apoyaremos a cualquier gobierno intermedio que sustituya a Franco, siempre que esté de acuerdo con las anteriores declaraciones y encamine su actividad a lograr el establecimiento de la democracia y de las libertades conculcadas.
5.- SOLUCIÓN FUTURA.
A).- Después de lo acaecido en nuestra Patria no puede ofrecerse al español ninguna restauración de erróneas trayectorias históricas.
B).- Propugnamos una política realista que supone, en primer lugar, el conocimiento de las realidades españolas, mediante el estudio de las mismas, y en segundo el de las realidades mundiales en relación con nuestra Patria. De este noble conocimiento surgirá un plan de acción de acuerdo con nuestras posibilidades, potencial económico, situación geográfica e historia. No pueden rechazarse de plano las realizaciones anteriores sin examinarlas previamente y obtener, —24→ de este examen, la conclusión de la conveniencia o inconveniencias de cada una de ellas.
C).- Somos demócratas, pero afirmamos que la democracia política es insuficiente, por sí sola, para satisfacer el ideal democrático. Aspiramos al establecimiento de una democracia económica y social sin las cuales es ilusorio cualquier tipo de democracia.
D).- Admitimos la Declaración de los Derechos del Hombre, ampliada con derechas derivados del principio de la «garantía social», o sea de la acción de la comunidad para asegurar a cada ser humano el goce y preservación de sus derechos mínimos. Estos deben complementarse con los correlativos deberes sin los cuales resulta inconcebible el hambre social de nuestro tiempo.
E).- Propugnamos una política nacional, es decir, una política que supedite los intereses privados, las aspiraciones particulares, las metas parciales de clase o de grupo al interés de la Nación.
G).- Preconizamos una solución española basada en nuestras mejores tradiciones populares acomodadas al desarrollo político económico y cultural de nuestra época, sin ingerencias extranjeras ni ciegas imitaciones.
H).- España es una comunidad de pueblos cuya convivencia histórica ha creado entre ellos el arraigado sentimiento de ser parte integrante de una nación sin que por ello hayan perdido el sentimiento de su propia personalidad. Por consecuencia, España debe organizarse bajo un régimen estatal en el que sin perjuicio de su unidad superior quede garantizada la personalidad de los diversos pueblos que la integran.
I).- Queremos un Estado para todos, fuerte y eficaz, cuya eficacia y fortaleza no dependan de la violencia, sino de la autoridad que le preste el asentimiento de la Nación. Un Estado donde predomine la voluntad de la mayoría y sean respetadas las minorías, sin que éstas pretendan influir en los destinos del país más que con su conciencia de minoría mientras no logren asentimientos de mayor amplitud.
J).- Concebimos la vida social como una interdependencia de los hombres garantizada por un régimen jurídico que deje a salvo la libertad de todos en función de la libertad de cada uno; en orden que restablezca su equilibrio en cuanto lo perturbe cualquier exceso.
K).- Concebimos al nuevo Estado Español no como un sistema de poderes, independientes, sino como una interdependencia de funciones cuyos titulares sean responsables políticamente ante la opinión pública; y civil y penalmente, ante los órganos correspondientes del Estado.
L).- Concebimos la vida sindical dentro de Sindicatos constituidos como Corporaciones democráticas de Derecho Público, con funciones descentralizadas y participación en el desarrolla económico del país.
M).- La organización del ejército debe estar presidida por la idea de la defensa nacional. Queremos un ejército bien dotado, eficiente y, sobre todo, nacional, es decir, que penetre dentro de la vida civil de la nación como ésta debe penetrar dentro del organismo militar.
N).- Reconocemos la tradición católica de España, así como la existencia de una gran proporción de católicos sinceros en nuestro país y afirmamos la necesidad de que el Estado no impida el desenvolvimiento de la Iglesia dentro de la órbita espiritual. Pero tampoco la Iglesia deberá intervenir en la órbita política del Estado. Propiciaremos un régimen de concordato que se inspire en el sentido espiritualista, humano y comprensivo del cristianismo y garantizaremos idéntico respeto hacia las demás creencias y opiniones.

El Dr. Miguel Morayta, de la Comisión Ejecutiva, expuso en un discurso de carácter informativo las principales actividades realizadas por la entidad desde su constitución y anunció la preparación de un Congreso Mundial del F. U. E. en el que se reunirán representantes de los grupos existentes en varios países de Europa y América con las procedentes de España.
«El F. U. E. -dijo nuestro amigo Morayta- es la obra persistente de cientos de universitarios que ayer trabajábamos unidos por los ideales de libertad, mismos que son hoy meta perseguida por la juventud en España con riesgo de su propia vida».
«Cumplo con el encargo del F. U. E. -dijo al final el Dr. Morayta- de instar a todos los españoles conscientes de sus responsabilidades a unirse a nosotros; no para vivir de recuerdos, sino para contribuir al bienestar de una España libre, democrática y unida en la laboriosidad y la disciplina. España nos reclama en una jornada de trabajo y sacrificio».
«Los lazos de unión no se han roto. La lucha que emprendimos, junto con los compañeros que con nosotros arriesgaron sus vidas generosamente, ha sido reanudada por los estudiantes de España. El heroísmo de ayer se repite hoy en diversos centros y universidades. El pueblo vibra con el clamor de justicia de los universitarios. De las entrañas mismas del ser humano surge la demanda de las libertades y derechos básicas y el deseo de cumplir con las obligaciones que estos derechos imponen. Esta nueva generación española ya es adulta y nos necesita. El Frente Universitario Español no puede regatear ese esfuerzo.
El Ing. Manuel Díaz Marta expuso, en el discurso central, el pensamiento del F. U. E. frente al actual momento español. De él reproducimos algunos de las principales pasajes:
—25→EL FRANQUISMO EXPLOTA LA VICTORIA
La guerra -dijo nuestro compañero- debió haber sido la crisis final tras de la cual empezara el proceso de recomposición. Lejos de eso, ha venido a ser un punto de partida para deformar aún más las conciencias. El bando ganador emprendió la tarea de grabar en todas las mentes los móviles y los hechos de la guerra y la presentó como una cruzada contra las fuerzas del mal. Cruzada que había que seguir manteniendo y que justificaba por tanto todas las persecuciones. Lo que se llama en la técnica militar la explotación de la victoria, se aplicó no sólo a las garantías del triunfo material, sino a la conformación y deformación de las conciencias en términos que han ocasionado gravísimos males de índole moral.
Las virtudes ciudadanas que apuntaban en el pueblo español han sido perseguidas queriendo conseguir su desarraigo. La propaganda, hueca y mal intencionada, atrofia y empequeñece el juicio. Y lo que más se exalta y se procura que predomine es el miedo, que adquiere la categoría de principal sostenedor del régimen.
Pero sobre todo, se ha emprendido la destrucción sistemática de la confianza del pueblo español en sí mismo. Y no sólo en sí mismo; últimamente, también en los demás países y hasta en el suelo patrio.
Podríamos resumir así las consignas puestas en marcha, desalentadoras para el pueblo español, que han demostrado más eficacia.
Estas consignas de la propaganda y otras parecidas, son bastantes, a su juicio, para sembrar el más negro pesimismo entre los «enemigos de la causa». En compensación, para conservar el optimismo entre los amigos, se cuenta con las glorias de nuestros antepasados, con las conquistas de Pizarro y de Cortés, con los Tercios de Flandes y las naves de Lepanto. Por si fuera poco, se cultiva una vanidad actual sin fundamento -siempre perjudicial- y se desarrolla la inútil verborrea de la predestinación y los luceros.
Aún más, las obras públicas en proceso son un tema preferido de la «Propaganda», ocultando en ocasiones sus orígenes -como ocurre con el plan Badajoz, que lo tiene en los trabajos emprendidos por la República para regar las vegas del Guadiana- y queriendo demostrar que tales obras sólo son posibles gracias al régimen que prevalece en España -cuando para lo que en estos casos ha servido ha sido para interrumpirlas con la guerra y después de ella y para retrasar su terminación.
Apenas ahora se empieza a ver que una nueva posición ante nuestros problemas es necesaria si se quiere evitar la catastrófica trayectoria política que hemos seguido en épocas pasadas.
POSICIÓN DEL «F. U. E.»
Para nosotros, los que constituimos este grupo de universitarios y afines, estas nuevas posiciones no son muy nuevas. En esta reunión hay algunos de los pioneros de esta ruta hacia la reconciliación nacional. Quiero hacer mención de los que han escrito, animado y propagado «Las Españas», publicación que inició en el exilio esta revisión de la política nacional.
Pero si nos fijamos bien, este espíritu, más y mejor defendido ahora, fue el que nos animó a nuestras primeras intervenciones públicas siendo apenas unos chiquillos; el que nos llevó a ocupar un puesto de vanguardia en la guerra y el que nos ha llevado, en los primeros años de exilio, a no coincidir en general con la política al uso, a no repetir los conocidos lugares comunes y a prepararnos, mediante el estudio y la meditación serena de nuestros problemas, tratando de averiguar las causas de las dificultades con que se ha desenvuelto la vida nacional. Es el que nos lleva también a examinar, con una curiosidad sin límites, las posibilidades de desarrollo económico en nuestra era, con la esperanza de que nuestra querida patria se beneficie algún día de la actual expansión del saber y del bienestar en el mundo.
En realidad es un resurgir de lo que soñábamos en otra época. Pero ahora, lo pensamos con más madurez. Hemos visto mucho y hemos padecido más. Sabemos bastante y contamos con más medios para dar a conocer nuestros puntos de vista y para propagarlos y defenderlos, tanto de ataques frontales como de desviaciones intencionadas.
COINCIDENCIA CON MOVIMIENTOS DEL INTERIOR
Hay algo que nos anima sobremanera. Cuando vemos las inquietudes actuales de los jóvenes estudiantes y obreros, tan parecidas a las nuestras, sentimos hondamente al par de ellos y nos reviven las esperanzas de antaño. Ellos, como nosotros en otra época, sienten que hay la posibilidad de una vida pública superior a la que prevalece; que no hay razón para que el opositor político pierda su libertad o peligre en su vida; que en un ambiente de libertad se desarrolla la cultura y florece la economía y que, por el contrario, una vida política basada en la ocultación de la verdad y en la represión del pensamiento, no es digna ni es honesta.
Tenemos miedo de que el hado adverso que hizo malograr las cualidades positivas que animaban a las jóvenes generaciones de la República, haga malograr las de la presente generación. Recordamos que por entonces se iniciaba un gran progreso, pero recordamos también que aquellos factores negativos empezaron a prosperar con más éxito.
Hace un año, Niceto Alcalá Zamora hablaba de la incorporación de nuestro grupo a la vida política y decía que por imperativo cronológico y por haber caído los que constituían la primera fila, nos tocaba ocupar un puesto en la vanguardia. Apoyo el sentido de responsabilidad que encierran estas palabras, pero siento en mí y creo que también sentís como yo, que nuestra posición ineludible en la lucha no se debe solamente a la falta de nuestros mayores, que no llegaron a ser nuestros maestros por la discontinuidad política. Se debe a que sentimos que renacen en España propósitos parecidos a los que nos animaron en los primeros años de lucha, y que de un modo o de otro no nos han abandonado a lo largo de toda nuestra trayectoria. Del mismo modo que en otras épocas nos hemos mantenido apartados cuando las consignas del día no estaban acordes con nuestro sentir, ahora que percibimos vibraciones afines, las recogemos y las hacemos resonar.
Es posible que los iniciadores de estos nuevos movimientos en España, y más aún, las masas que los siguen, desconfíen de los que somos emigrados políticos. Es posible que nos miren con prejuicios adversos, porque les han sido inculcados con tiempo y constancia. Todo eso es posible. Mas pese a esa cortina de aislamiento que con habilidad nos ha sido interpuesta, estamos en condiciones de ayudarles y estamos colaborando con ellos.
Esta ayuda consiste en el apoyo material cuando es necesario y en cambios y contrastes de puntos de vista, de ideas y de programas, para llegar con más rapidez a madurar nuestro pensamiento sobre lo que hay que hacer y sobre cómo hay que hacerlo. Dentro de España, la censura y la vigilancia policíaca crean enormes dificultades de información y aunque el sentimiento en favor de la libertad y la democracia es amplísimo, no se conoce bien cómo debe procederse en ese régimen democrático, ni cómo debe defenderse. Omitiríamos una parte importante de la verdad si no —26→ dijéramos que en muchas de las cartas que recibimos y de las conversaciones que mantenemos hay apreciaciones infantiles. Mas no todo es así. Hay personas y grupos que se manifiestan con tanta decisión como aplomo y madurez.
Tenemos el deber de colaborar y es menester que lo hagamos porque sabemos ya algo de cómo pueden desviarse y malograrse los mejores propósitos, aún en caso de triunfo. Porque hemos reunido durante nuestro exilio, una experiencia de cómo se desarrolla la vida en países democráticos y en otros que no lo son, y también una experiencia de colaboración ciudadana; y una experiencia técnica y de trabajo que pueden contribuir en gran manera a que España despierte del letargo económico en que se encuentra.
TRABAJOS QUE REALIZAR
La obra a realizar debe ser de todos. De los que desde dentro se oponen al régimen y buscan con gran cordura la salida incruenta del atolladero actual y de los que desde fuera mantenemos erguida la bandera de la inconformidad y la protesta contra la tiranía. Ha de ser de las gentes que se agrupan en estos movimientos que ahora surgen y también de las que siguen las directrices de los partidos tradicionales con la mirada puesta no en sus partidos, sino en España.
Nosotros, universitarios y hombres de estudio, sentimos una responsabilidad y la hemos de cumplir.
Somos un grupo que puede influir poderosamente, pero para ser más dignos y mejores y para enmendar nuestros propios defectos, hemos de actuar superando nuestro espíritu de grupo. Nada de reductos sociales o compartimientos estancos, contra los cuales, por cierto, algunos de los que están aquí han roto potentes lanzas. Tenemos la tendencia a fragmentarnos demasiado, y, sobre todo, a formar grupos exclusivos, especialmente si puede exhibirse alguna superioridad en estudios, cultura o servicios. Pero no puede haber exclusividades para el uso del intelecto. Por el contrario, va a ser preciso, y esto no es nada fácil, poner a contribución la actividad mental de todos y despertar en el pueblo aquella cordura y aquella prudencia de que hablaban nuestros clásicos.
Nosotros podemos influir directamente con las ideas y la conducta que hemos mantenido; pero más aún podemos influir en la medida que logremos imbuir a los españoles, cualquiera que sea el bando en que militen o hayan militado, un espíritu suprapartidista, nacional, capaz de ayudarles a resolver los problemas sin sacrificar los intereses generales a los del propio partido.
Será necesaria una política de realidades. Es necesario también evitar los vaivenes a que los hombres de nuestra generación hemos estado sometidos: que van, de los amaños políticos con atrofia del sentido ciudadano, a la hipertrofia política y al fanatismo, para caer de nuevo en otro estado de atrofia mantenido desde el poder. No debe haber ni atrofia ni hipertrofia política. Necesitamos vivir con un sentido político equilibrado. No vaya a ser que de ahora en adelante, durante algunos años, solamente se pueda hablar de política, en contrapartida de los años en que sólo se ha podido hablar de fútbol. A nosotros, los problemas sociales y políticos nos interesan mucho, pero no son los únicos que nos interesan. Nos interesa la vida familiar de relación, el mejoramiento económico y el progreso de los lugares en que residimos. Nos interesan las ciencias las artes y la literatura. Nos interesa también el deporte, incluso el fútbol. Nos interesan las novedades técnicas y su aplicación. Todo eso y mucho más nos interesa.
La emigración puede hacer que incorporemos dentro de España un sentido de la vida más dado a la creación económica. Ninguna ocupación digna y útil es objeto de desdén para nosotros. Cayeron ya los prejuicios sobre los trabajos y ocupaciones degradantes. Tenemos también un concepto, bien adquirido, de lo que es la economía de nuestro tiempo y una confianza en su capacidad de creación y en su capacidad para mejorar el nivel económico medio. Sabemos que el obrero puede gozar de unas condiciones de vida que no tienen comparación con las de hoy si cuenta con las herramientas adecuadas y está dirigido con inteligencia.
La estructura económica que aún subsiste en España, basada en la explotación de una clase obrera o «clase baja», como todavía se suele decir, bien sometida y controlada por los sindicatos verticales, la guardia civil y todo el peso del armazón social, debe desaparecer para dejar paso a una economía más racional, en la que se utilice la capacidad del hombre, todavía inédita, más que su esfuerzo muscular y más que su capacidad de sufrimiento y de privación. Los obreros, por otra parte, han de tener una representación y una responsabilidad en la vida pública lo cual, lejos de ser factor de trastorno, lo es de estabilidad, de progreso y de justicia social. En punto al aumento de productividad, tan necesario y del que tanto se está hablando, es preciso mejorar las condiciones de salud y de cultura del hombre.
Tenemos también otro concepto de lo que debe ser la enseñanza: más apegada a la vida y a la realidad y no tan dada a las generalizaciones y abstracciones; mas accesible, menos memorística y menos dedicada a establecer selecciones y barreras sociales infranqueables.
Todo esto llevamos aprendido y con tal arsenal de reflexiones, conocimientos y experiencias, queremos ayudar a que España se incorpore a la economía de nuestra época y a los sistemas políticos propios de los países libres y civilizados. Para ello es preciso que el hombre cultivado de nuestra sociedad sea de un estilo distinto al que hemos conocido: mucho más cerca del hombre medio y de sus problemas, y desprovisto de esa capa de vanidad e importancia, que como decía Cajal, impedía a muchos hombres de positivo valor hacer obra útil a la ciencia y a la sociedad. Es necesario, y también sigo aquí a Cajal, que España salga del aislamiento cultural en que ha vivido por muchos años, del cual parecía ya querer salir, cuando vino esta nueva política de aislamiento, sin precedentes, que podríamos llamar la política del blocao recordando al africanista que la inspira.
Con estas reservas de experiencias y con estos propósitos, yo estoy seguro, queridos compañeros -dijo, para terminar, Díaz Marta-, de que nuestra contribución a establecer un régimen de libertad y democracia en España, a ayudar a su recuperación económica y a obtener la colaboración entre clases y grupos sociales y políticos, ha de ser tan útil y provechosa como todos vosotros deseáis, con tanto ardor como yo la deseo.
La concurrencia subrayó con aplausos su aprobación a lo dicho por el Dr. Morayta y el Ing. Díaz Marta.

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A últimas fechas ha venido dibujándose con trazo cada vez más preciso el llamado a ser «príncipe heredero» del tirano. Franco, desleal a todos, traicionador esencial de los principios religiosos que en público profesa, tras de erigirse por sí ante sí en amo de España, cubrirla de sangre, envenenarla de odio, expoliarla y llenarla de podredumbre, pretende seguir imponiéndola su voluntad desde el fastuoso pudridero que ha levantado para perpetuar su memoria.
Cuenta para este fin con su más fiel reflejo espiritual, el señor Luis Carrero Blanco, dignísimo sucesor de quien ha reunido en sí cuanto puede hacer que el hombre dude por momentos de todos los valores humanos, e incluso que se avergüence de la especie a que pertenece.
Este flamante «príncipe» ha entrado en funciones como tal, de manera pública, al declarar ante las llamadas Cortes -Cortes del tirano elegidas por el tirano- la voluntad del dueño de los españoles. Esta voluntad señala que la monarquía futura no debe ser ni liberal ni absoluta, sino franquista. El nombre que emplea es otro. Dice tradicional y señala de qué tradición: la de los Reyes Católicos.
Franco une aquí a sus horrendos crímenes y latrocinios la irreverencia y el sarcasmo.
Los Reyes Católicos gobernaron con ejemplar austeridad; buscaron acuciosamente hombres de mérito y virtud por todos los rincones de sus reinos; impusieron a nobles y plebeyos el imperio de la Ley y a ella se sujetaron; barrieron al franquismo de su época, es decir, a las escorias feudales; se dieron, según su leal saber y entender, a labrar el bien y la felicidad de sus pueblos; hicieron grande y respetable a España y la dejaron rica y floreciente.
Franco es el reverso, la negación de aquella obra. Aventurero, rapaz, esconde la parte principal del producto de sus rapiñas en Suiza, se rodea de ladrones como Arburúa, hunde a su pueblo en la miseria, le lleva al ridículo en Tánger, pierde sin gloria humana ni militar a Marruecos, hipoteca trozos de la patria para que sirvan de bases militares extranjeras; limosnea en EE. UU. para cubrir la bancarrota económica y preside la descomposición moral más terrible que ha padecido España a lo largo de su Historia.
Parangonar su satrapía con aquel glorioso reinado es un sacrilegio. Un sacrilegio que indignará de seguro a cuantos más o menos desorbitadamente aman la tradición; a cuantos con sentido de la medida la consideran raíz de nuestro ser nacional; a los militares que no han traficado con su honor en la lonja personal de Franco; a las juventudes de Falange que han soñado una España nueva y que hoy advierten el error de soñar con los ojos cerrados; a los sacerdotes que no han renegado en su conciencia ni de la verdad ni de los mandamientos de Cristo, a todo español, en fin, que no haya perdido hasta el último adarme de dignidad y de vergüenza.
La mezcla de cinismo y de soberbia del tirano de hielo repugna y maravilla por sus monstruosos resultados, pero no maravilla ni repugna menos el ver la ceguedad y la vileza de las catervas del Opus y de las clientelas del régimen.
Ceguedad, porque no ven que el mantenimiento a todo trance de la actual situación llevará, tarde o temprano, de indefectible manera, a un desenlace sangriento cien veces peor que la guerra pasada, y vileza, porque medran en la gusanera del franquismo a costa de la salud y del prestigio de la patria.
El criminal propósito de estas escorias sólo sería posible si España fuera lo que no es: un pueblo castrado o en el límite final de su vida histórica.
Pero España está viva; mucho más hoy que cuando su quietud le hizo creer a Bonaparte que su conquista y sometimiento eran posibles. En aquel tiempo, el avasallador de pueblos, y Europa misma, se llenaron de asombro ante los torrentes de vida que guardaba en su seno el presunto cadáver español.
Ese mismo asombro volverá a producirse cuando el silencio actual de las multitudes estalle como un trueno. Ese estallido, ¡óiganlo bien!, seguirá muy de cerca al día en que los españoles vean cortado el camino de toda esperanza.
Para que esa catástrofe suprema no llegue a producirse, cada español debe cumplir con su deber. Y su deber en esta hora es claro: juntarse en un frente nacional capaz de abrir vía pacífica hacia un futuro de libertad dentro de la Ley, en el que el trabajo y el mutuo respeto hagan de España un país habitable para todos sus hijos.

El espíritu de guerra civil consume las energías de España, la empuja a definitivo coloniaje e impide el derrumbamiento definitivo del nauseabundo franquismo.
—28→(Viene de la pág. 1)
España vital frente a la totalidad de sus escorias.
Por otra parte, significa la pionera posibilidad de entablar diálogo en voz alta; diálogo auténtico, no cambio de palabras almibaradas rebozando los filos de las uñas. Que para dialogar, además de las condiciones que señaló el poeta -«escuchar primero, luego meditar»- hace falta en nuestro caso español otra: haber reconocido previamente que por acción u omisión todos tenemos parte en la culpa nacional y tanto por ciento más o menos grande en los errores de bandos y partidos. Sin cumplirse estas tres condiciones, no cabe sino imitar ese juego verbal de los gitanos que consiste en mentir todos, a sabiendas de que todos mienten.
*
Independientemente de las significaciones apuntadas, lo declarado por Dionisio Ridruejo a la revista «Bohemia» ha tenido la virtud de hacer nítidamente visible el punto de evolución política a que ha llegado la mayoría de los desterrados en México.
Puede decirse que ni un solo español ha dejado de comentar sus palabras, y que buena parte de ellos han comentado a su vez los comentarios oídos. Este ir, volver y marchar sobre el tema, ha permitido registrar sin mucho esfuerzo considerable número de opiniones, así como el carácter de las tendencias en que se dividen y, aproximadamente, sus respectivos volúmenes.
La que pudiera llamarse reacción clásica, es decir, al viejo modo, es absolutamente minoritaria. Corresponde a los pocos hombres de partido que van quedando y a los que, sin serlo enteramente ya, siguen cociéndose en la salsa de lugares comunes producto de treinta y dos meses de guerra, varios años sin contacto con la realidad española y el tomar por verdad estricta cuanto afirmó la propaganda.
La opinión de los primeros es tan clarividente como cabía esperar: «Que se destrocen entre ellos, luego vendrá la nuestra». O, «Ridruejo es un peligro para España y para la democracia, pues está disgregando (?) a los demócratas». Algún que otro lince añade: «Además, es posible que no sea sino un agente de la reacción, una especie de caballo de Troya... Para que se pudiera creer en él tendría que fusilarlo Franco». Oyendo tamaños despropósitos, hemos recordado aquello de que Dios ciega a los que quieren perder.
Los segundos oscilan entre el rencor y la perplejidad, preguntándose y preguntando: «¿Y ha necesitado veinte años para enterarse de lo que es el franquismo?»
Esta actitud quietista y poco generosa, determinada, quizá, por el oscuro deseo de minimizar lo que no acaba de entenderse, muestra los resultados de quedarse atrás, de estancarse por falta de conexión con el diario acontecer en España. También la responsabilidad de quienes han cuidado mucho de cultivar el odio y nada de analizar las causas que motivaron el fracaso de la segunda República, el estallido de la guerra civil y la esterilidad política de los partidos de la democracia española a lo largo de dieciocho años de destierro.
En oposición a los consecuentes -consecuentes en el error de ayer y en el horror de siempre a forzar las entendederas- hay una abrumadora mayoría que ha eliminado las ponzoñas del sectarismo, y que en vez de soñar venganzas y desquites, piensa en la necesidad de España, es decir, en el deber español de poner fin al estado de guerra civil latente que permite la pervivencia del franquismo, y con él, un régimen de arbitrariedad de iniquidades y miseria.
En esta mayoría forma un sector para el que, ciertamente, empieza a pesar más el cansancio y las hambres de tierra propia que la razón política. Sus componentes han visto en las declaraciones de Ridruejo no sólo lo que hay en verdad, sino lo deseado, es decir, un repertorio de soluciones válidas para la multitud de problemas que nos agobian, sin descontar, claro, el de la rápida liquidación del franquismo.
El resto, mayor sin duda que la suma de todas las tendencias apuntadas, comprende que lo que ha cuajado hasta el punto de alzar la voz en las barbas mismas del tirano no es sólo la disconformidad de un hombre. Cree, razonablemente, que al expresar éste su decepción y su asco saca a luz un estado de conciencia nacional cuya variedad de matices no estorba la convergencia en un doble propósito: rescatar a España para todos y rectificar radicalmente los modos de nuestra vida política.
Piensa, por otra parte, que si al denunciar Ridruejo el fraude y la podredumbre franquistas no añade nada a lo sabido, la importancia de su denuncia no mengua, pues testimonia nuestra verdad y la actualiza internacionalmente. (Recuérdense las recientes maniobras norteamericanas para incluir a Franco en la OTAN.)
El acuerdo es completo al patentizar el fracaso común, la común derrota de cuanto de limpio y vital tuvo España en aquella gran posibilidad perdida, y la identificación se hace entrañable -entrañablemente española- cuando dice: Al cabo de tantos años, muchos de los que fuimos vencedores nos sentimos vencidos. Queremos serlo.
Son y quieren ser de los que fueron vencidos, es decir, no de los nuestros como pide la ceguedad, sino de España, porque España y no un bando fue vencida. He aquí la más sólida base para asentar el necesario proceso de reintegración española. Sobre ella, ¡qué fácil entenderse!
Porque lo que importa es coincidir en el repudio común de nuestros errores de ayer y en el apasionado propósito de rehacer a España sobre los cimientos de su tradición verdadera; profundamente humana, maestra en conjugar deberes y justicias con libertades, llena de respeto a la dignidad del hombre y a los valores del espíritu.
Coincidir en esto importa y, naturalmente, saber que coincidimos. Por ignorarlo ayer pudieron separarnos, nos hicieron arremeter a unos contra otros y nos vencieron con nuestra propia sangre.
Ahora, al encontrarnos iguales en intención, con igual sufrimiento y lavados por experiencias semejantes, la diversidad de ideas en cuanto a cómo hacer la España a todos necesaria, puede convertirse en riqueza de pensamiento, en posibilidad de sumar valores y calidades, a condición, claro, de que no se olvide la lección aprendida a costa de un millón de muertos, más la ruina económica, más veintiún años (?) de sufrimiento e ignominia.
En resumen: con la médula, con la miga moral de las declaraciones de Dionisio Ridruejo, no existe discrepancia. Tampoco la hubiera habido con los ocho puntos formulados por él para liquidar el espíritu de guerra civil y la dictadura, si, tácitamente no los declarara de aplicación imposible al negar que el régimen tenga algún respeto al pueblo español y un mínimo de voluntad leal.
—29→Donde ya no hay acuerdo por certidumbre de que sufre alguna forma de espejismo que influye en su valorización circunstancial de la Monarquía, es cuando dice: Sin fe en sus principios, pero sí en su validez instrumental, creo que la Monarquía arbitral y simbólica es una posibilidad, quizá una fatalidad de la España inminente.
Para cualquier español que haya sanado del mal -¡tan nuestro!- que trasciende de la excesiva adscripción a las palabras y a los símbolos, Monarquía o República no significa mucho. Importa la calidad humana del régimen, su contenido real. Monarquías hay, como la sueca, y Monarquías hubo en nuestra España, que pudieran ser modelos de buenas Repúblicas, y Repúblicas hay en nuestro tiempo que aventajan en inhumanidad y vileza a las peores monarquías.
Ello es así -y al decirlo no descubrimos nada- porque el contenido de un régimen no lo da el rótulo que exhibe, sino las fuerzas en que verdaderamente se apoya.
No se trata, pues, de oposición de principio. Se trata de que una Monarquía arbitral y simbólica es imposible hoy en España. Lo era ya cuando don Miguel Primo de Rivera hubo de apuntalarla a toda prisa. Ridruejo mismo, al decirnos que la Monarquía es una posibilidad, quizá una fatalidad en la España inminente, admite de implícita manera que la restauración estaría condicionada por quienes ahora, aún, pueden hacerlo. Quizá piensa que esa fatalidad puede determinarla la necesidad de un compromiso, y éste, la incoherencia de la oposición, su insuficiencia práctica por defectos propios o por endeblez del espíritu de ciudadanía. De cualquier forma, el resultado sería semejante: o una Monarquía no arbitral, o lo que quizá fuera peor: un régimen sin base propia, débil, tambaleante; es decir, otra provisionalidad que podría conducir a la catástrofe definitiva.
La restauración de cualquier pasado es un imposible lógico -salvo que exista propósito nacional de suicidio- pero más si cabe, la que parece sospechar Ridruejo, y, entiéndase bien, no por causa alguna ajena a los caracteres de la propia dinastía. Son éstos los que la inhabilitan de absoluta manera, pues las culpas acumuladas a lo largo de media docena de reinados, su voluntaria identificación con las oligarquías parasitarias y su total falta de interés por los problemas nacionales, la dejaron sin raíz popular, definitivamente enemistada con la inteligencia y falta de verdaderas minorías dirigentes. Y esta indigencia no es de hoy. Recuérdese que las más destacadas figuras de los partidos monárquicos -don Antonio Maura, don José Sánchez Guerra, don Francisco Bergamín, don Ángel Osorio, etc., etc.- llegaron a ser implícita, o explícitamente como el último, monárquicos sin rey.
FIGURAS de la ESPAÑA ETERNA
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
También conviene no olvidar la experiencia del «posibilismo», cuya intención regeneradora fracasó por dos simples razones: el carácter de la Monarquía y la mala voluntad del monarca.
En suma: la reposición de «El rey pacificador», pasatiempo original de Cánovas y Martínez Campos, es totalmente imposible:
1.- Porque España agotó ya todos sus créditos de tiempo histórico y está en trance de quiebra.
2.- Porque el régimen a derrocar no tiene nada de común con nuestra primera República, régimen conmovedoramente ingenuo e indefenso.
3.- Porque aún haciendo abstracción de la contextura moral de los Borbones -clara otra vez en sus actuales chalaneos- el nuevo rey no lo sería por la gracia de Dios y de la Constitución, sino, en toda caso, por obra y gracia de quienes ni quieren ni pueden tolerar árbitros, siquiera sean nominales. Y finalmente: porque otro aplazamiento, otro fraude, traerla a plazo más o menos largo lo que hay que evitar a toda costa: otra guerra civil que significaría la definitiva disgregación de España.
*
Entonces, ¿cómo y por dónde salir de la situación presente?, se dirá. Desde luego, no derribando tabiques, ni a través de la alcantarilla, sino por la puerta. Por la puerta lógica, natural, perfectamente visible, y que el mismo Ridruejo, acaso no seguro aún de que en verdad sea practicable, señala como de pasada. «Estoy seguro, -dice- de que bastará que los españoles crean en alguna solución para que el régimen desfallezca».
¿Está igualmente seguro de que podrán volver a creer? Nosotros sí.
El hecho de que el proceso de reintegración nacional no haya pasado aún de la coincidencia unánime en el no, es lógico. España no puede creer ni en fórmulas ni en hombres que fracasaron ya; no puede creer en los viejos partidos mientras éstos no modifiquen sus estructuras caciquiles y su mentalidad decimonónica. No creyendo, no dejándose arrastrar al clásico borrón y cuenta nueva, ni a la aventura de un cambio que no garantice plenamente la reconstrucción y la paz, nos está dando una lección de intuición política y, en cierto modo -en un modo defensivo- de madurez.
España puede creer viendo. Y lo primero que ha de hacerse visible es un plan de gobierno que responda, como el eco a la voz, a la necesidad nacional de paz, reconstrucción económica y vida fundamentada en el Derecho. Con él será claro que no va a reanudarse la vieja zarabanda política, hecha de zancadillas, ambiciones, improvisaciones e irresponsabilidades, y se contará con un punto de reunión, es decir, con una razón de unirse para realizar algo concreto ligado al interés de todos.
Que se ha alcanzado ya el grado de madurez preciso para la organización de un movimiento nacional, nacional verdaderamente, lo está diciendo, no sólo el hervor visible en diversos sectores de la ciudadanía y el, prácticamente, universal repudio del franquismo, sino algo más alentador y positivo: la coincidencia en el deseo de romper con los errores del pasado, e incluso, básicamente, en la manera de concebir a la España futura.
Esta serie de coincidencias -quizá en parte ignorada de muchos por la incomunicación que —30→ sufren- se produce en amplísima escala. Puede decirse que desde la juventud carlista de Navarra -sobre nuestra mesa de trabajo tenemos un elocuente manifiesto suyo- pasando por la Falange juvenil, los socialcristianos y los monárquicos de mentalidad actualizada, hasta los diversos sectores liberales y las fuerzas obreras, una mayoría abrumadora piensa esencialmente igual en cuanto a qué puede y debe hacerse de inmediato. Las diferencias -esta afirmación es demostrable documentalmente son más de lenguaje que de fondo.
Y, finalmente:
Creemos que se desmesura la capacidad de resistencia y las actuales posibilidades represivas del franquismo, sobre todo, frente a una acción inteligentemente trazada, cuyas finalidades de paz entre todos los españoles, de reconstrucción económica y de instauración de un régimen legal determinado oportunamente por la ciudadanía, aparezcan y sean claras para todos.
Creemos que el miedo a que vuelve a caer España en un estado de insensatez y de locura colectivas pertenece al pasado, pues es, o puede hacerse evidente, que la violencia como instrumento político es rechazada absolutamente por todos los enemigos de la camarilla dictadora.
Creemos que son los que encabezan dentro de España la inquietud nacional quienes deben trazar y dirigir esa acción necesaria.
Y creemos, por último, que el deber de los desterrados es apoyar y servir con todas sus fuerzas, desinteresadamente, a quienes están haciendo posible con su inteligencia y espíritu de sacrificio la liquidación de la etapa más dramática y vergonzosa de toda nuestra Historia.
J. R. A.
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Considerado el Cid bajo este aspecto, como una categoría no metafísica, sino nacional, como expresión sintética de la nación en la unidad de todos los elementos sociales que la componían, como una resultante de todas las energías que han actuado en la dinámica de nuestra historia, podemos servirnos de él como de un criterio positivo, como de una regla práctica, y aprender de sus labios la ley de nuestro pasado y, consiguientemente, la norma de conducta que debemos observar en el presente. Si fuera lícito aplicar a las cosas antiguas nombres nuevos, diría que la figura del Cid representa todo un programa político, y que su vida es una lucha incesante por llevar ese programa a la realidad; lucha religiosa contra el papado; lucha nacional, contra el imperio; lucha territorial, contra los sarracenos; lucha política contra los reyes. Ese programa podría resumirse en esto; aspecto de Europa y el imperio, la autarquía de la nación más absoluta; respecto del Pontificado, la condenación del ultramontanismo y la independencia civil del Estado; respecto del África, la reconquista de nuestro territorio nacional; respecto del Islam, la tolerancia, considerando a sus creyentes como elemento integrante de la nacionalidad; respecto de la Península la unión federativa de sus reinos; respecto del organismo social, la concordia de todas sus clases respecto al Municipio, la autonomía civil y administrativa; tocante a las relaciones entre la autoridad y los súbditos, el imperio absoluto de la ley y de la Constitución, mientras no se reformen por las vías legales; respecto del organismo del Estado, la monarquía representativa -que no ha de confundirse con la parlamentaria- o sea el gobierno compartido por el rey, la nobleza y los consejos, el selfgoverment de las clases, el juicio por los pares, el rey obligado a estar a derecho como el último ciudadano; y, por último, respecto de la tiranía, el derecho de insurrección.
Joaquín COSTA.
De las tiranías todas, la más odiosa me es, amigo Maetzu, la de las ideas; no hay cracia que aborrezca más que la ideocracia, que trae consigo, cual obligada secuela, la ideofobia, la persecución, en nombre de unas ideas, de otras tan ideas, es decir, tan respetables o tan irrespetables como aquellas. Aborrezco toda etiqueta; pero si alguna me habría de ser más llevadera es la de ideoclasta, rompeideas. ¿Que cómo quiero romperlas? Como las botas, haciéndolas mías y usándolas.
El perseguir la emisión de esas ideas a que se llama subversivas o disolventes, prodúceme el mismo efecto que me produciría el que, en previsión del estallido de una caldera de vapor, se ordenase romper el manómetro en vez de abrir la válvula de escape.
Miguel de UNAMUNO.
Invirtiendo el signo que afecta al bolchevismo, podríamos decir cosas similares del fascismo. Ni uno ni otro están «a la altura de los tiempos», no llevan dentro de sí escorzado todo el pretérito, condición irremediable para superarlo. Con el pasado no se lucha cuerpo a cuerpo. El porvenir lo vence porque se lo traga. Como deje algo de él fuera está perdido.
Uno y otro -bolchevismo y fascismo- son dos seudoalboradas; no traen la mañana de mañana, sino la de un arcaico día, ya usado una y muchas veces; son primitivismo.
José ORTEGA Y GASSET.
El socialismo tiene en España adeptos que propagan estas o aquellas doctrinas de este o aquel apóstol de la escuela. ¿No hay acaso en España tradición socialista? ¿No es posible tener un socialismo español? Porque pudiera ocurrir, como ocurre, en efecto, que en las antiguas comunidades religiosas y civiles de España estuviera ya realizado mucho de lo que hoy se presenta como última novedad. Creo, pues, más útiles y sensatos los estudios del señor Costa, de quien usted hablaba con justo elogio, que los discursos de muchos propagandistas que aspiran a reformar a España sin conocerla bien.
Ángel GANIVET.
—31→Es una pequeñez del demonio esta semilla clerical corruptora de la Iglesia de Cristo. Si nos parece tan tremendo el mal que sale de su boca es porque todas ellas se juntan en una sola e inhumana: la boca de la sombra. No son ellos, esos sacerdotes desordenados, clérigos, religiosos, obispos sacrílegos, es el demonio el que habla por ellos y el que nos hace por sus bocas, contra el apostolado de amor y paz de Cristo, la propaganda del odio y de la guerra, de la destrucción y la muerte. No es contra ellos, sino contra el mal, el demonio que obra y habla por ellos, contra lo que debemos poner todo nuestro empeño verdadero y justo. Nuestra acción y nuestra palabra. Nosotros no debemos lapidarles.
José BERGAMÍN.
En el momento de cerrar este número recibimos más datos sobre los «regocijantes» incidentes -regocijantes si no fueran tan vergonzosos- a que está dando lugar el «Cock-Tail» recientemente ofrecido por el «ministro ladrón». No queremos privar a nuestros lectores del muy sabroso comentario que nuestro amigo corresponsal añade a la última noticia y por ello va fuera de la sección en que normalmente debiera aparecer.
La desfachatez del señor Arburúa, reconocido ladrón de bienes públicos, y la cobardía de los que se tienen por honrados, son muestra de la podredumbre que priva en las altas esferas políticas y sociales bajo el franquismo. Si queda un resto de dignidad en la vieja aristocracia y en las llamadas «clases altas», quizá sientan sonrojo al mirar en el espejo de los hechos la vileza en que están sumidas.
FIGURAS de la ESPAÑA ETERNA
MIGUEL DE UNAMUNO
por Bagaria
En el diario «ABC» del sábado 29 de junio de 1957, pág. 40, sección de «Ecos de Sociedad» figura la siguiente nota:
«Aclaración a una aclaración».- En relación con la nota titulada «Aclaración» que esta misma sección publicó el día 21 del corriente, nota en la cual decíamos que se habían recibido quejas de personas que dábamos como asistentes a determinada fiesta y que a ella no habían concurrido, hemos de hacer constar que, hechas las debidas comprobaciones, no permanecen por escrito más que dos quejas».
Al publicarse la primera «ACLARACIÓN», todos pensamos que, al fin, existía un resto de dignidad en la sociedad española. Es verdad que, aunque la lista de supuestos asistentes hubiera sido en rigor sólo la de invitados, era indudable que tal relación de personalidades de todos los estamentos de la «alta» sociedad respondía a gentes que habían tenido indudables vínculos con Arburúa y que tal vez le deberían favores, por lo que éste no dudó en invitarlos. Pero ahora resulta que el episodio es mucho más divertido.
Al publicarse la primera rectificación, Arburúa naturalmente ofendido, solicitó del ABC la relación de personas que hubieran negado haber estado en su fiesta. Ante una primera negativa, el notario señor Bérgamo se personó en el local del periódico, para hacer un requerimiento notarial. Entonces, el director, Luis Calvo, confesó que la nota había sido escrita de puño y letra del propio Marqués de Luca de Tena, Juan Ignacio Luca de Tena y en contra de su opinión. La historia de la tal nota es la siguiente: Ramón Serrano Súñer, que no estuvo en la fiesta, indignado por habérsele hecho figurar en la relación de invitados, llamó por teléfono a la marquesa de Luca de Tena, para hacerle ver que resultaba indignante que, por ejemplo, se hiciera figurar también a los propios marqueses de Luca de Tena, estando, como están, de riguroso luto, por la muerte, recentísima, del padre de la marquesa. La marquesa monta en cólera y exige al marido que le haga una rectificación pública. El marqués no duda en acceder a la petición de su mujer... a pesar de que él sí había estado la fiesta, aunque sin saberlo ella. Y, a pesar, de estar el matrimonio prácticamente separado. El de Serrano Súñer se encuentra en la misma situación.
Las dos únicas reclamaciones o quejas por lo tanto que ha habido y que «quedan por escrito», son las de la marquesa de Luca de Tena, cuyo marido estuvo en casa de Arburúa y la de Ramón Serrano Súñer, cuya mujer también estuvo en la fiesta. La mujer de Serrano, como se sabe, es doña Zita de Polo, cuñada del general Franco.
Arburúa que ha escrito una carta violentísima a Juan Ignacio Luca de Tena, que tal vez pueda incluir en esta mía, insiste en pedir una nueva aclaración, en la que se precise cuáles son las dos únicas rectificaciones que ha habido, por considerar injuriosa la redacción de las dos aclaraciones anteriores. De no publicarse, parece ser que piensa querellarse contra el ABC. Hoy Arburúa, en contra de lo que pudiera parecer, se encuentra fuerte: acude con frecuencia al Pardo y no duda en afirmar que volverá a ser Ministro.
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EL MINISTRO LADRÓN
«ABC» de Madrid del 21 de junio -pág. 42, edición de la tarde-, publica en la sección titulada «Ecos diversos de sociedad» la declaración siguiente:
Menos mal que en algunos elementos de la sociedad española queda todavía un resto de dignidad. Pudiera haberse sospechado que la lista de asistentes era cierta, dado el tono general de atonía de la vida española. Ahora resulta que se trataba de un puro «bluff» del ministro ladrón señor Arburúa. El bofetón que para él supone esta nota del ABC no puede ser más directo, incluso por la forma de estar redactada: «Estamos recibiendo quejas...». El golpe de efecto de Arburúa queda así totalmente deshecho; suponía un verdadero chantaje, pues lógicamente habría de pensar que ninguna de las personas citadas habrían de elevar su queja al periódico. También es lógico suponer que esa queja no ha partido de ningún ministro ni personalidad de influencia política, pues, de ser así, hubiera obligado a hacer constar públicamente su nombre. No parece muy probable, por ejemplo, que entre las personas que se hayan quejado de figurar en esa lista se encuentren los marqueses de Villaverde, es decir, la hija y el yerno del Jefe del Estado.
EL TERRIBLE MANIFIESTO
Uno de nuestros numerosos amigos nos envía de España las páginas 13 y 14 de «El Español» -número 447, correspondiente a la semana 23-29 de junio- en las que aparece un artículo titulado «Los dirigentes exiliados preparan una arma secreta: un manifiesto excepcional». Siguen dos preciosos subtítulos: «Una maniobra más de unos políticos del siglo XIX» y «Viajes clandestinos y métodos sucios».
Nuestro amable corresponsal nos dice que de tal artículo se ha publicado una amplia reseña en la prensa española. Ello significa que hay alarma en la charca franquista al sentir que la tierra ayer segura se ha convertido en movediza. Su desmoronamiento interior tiene, sin duda, proporción mayor de la visible y han empezado a dudar hasta de su sombra.
¿Temen que el «excepcional manifiesto» aparezca firmado por obispos y generales en infernal mezcolanza con masones y socialistas?
De ser así, claro está que significaría la puntilla para su vergonzoso régimen, pero a nosotros el supuesto nos parece imposible. Imposible, no porque llegada la hora del sálvese quien pueda no haya franquistas dispuestos a lavar a golpe de firma sus incontables culpas, sino porque creemos que los antiguos dirigentes republicanos nunca descenderán tan hondo.
Sin firmas gordas del franquismo, el manifiesto aparecerá, si es que aparece, con las mismas que han suscrito el indescifrable pacto entre «estorilistas» y retazos de las antiguas fuerzas democráticas, en cuyo caso, el cañonazo será una salva más de la vieja política.
Pero no habrá caso, ni, seguramente, manifiesto. El artículo de «El Español» no es otra cosa que una sonda lanzada por el miedo. Ya lo verán ustedes.
TODO SEA POR LA PAZ
Se comenta con irónicos regocijos en los medios liberales de Madrid la presencia en Moscú del periodista señor Vallina, corresponsal del órgano de Falange «Arriba». Relacionan esta pacificadora presencia con el pacificador incremento de las relaciones culturales entre el Estado franquista y el Estado soviético, ayer irreconciliables enemigos.
Ejemplos de estas relaciones son la presencia de representantes oficiales del franquismo en el Festival de Karlovy-Vary y la asistencia de delegados soviéticos a la IV reunión para celebrar el Año Geofísico, efectuada en Barcelona.
«MISERIAS DE LA GUERRA»
Se ha sabido que don Pío Baroja escribió durante los últimos años de su vida tres novelas que esperaba publicar cuando España volviera a ser un país libre. Forman una trilogía titulada «Miserias de la Guerra» Y Parece ser que van a ser editadas en un país de Hispanoamérica.



