—128→ —129→
Desde nuestra llegada a América, no recibimos cartas, nada sabíamos de la vida de nuestros familiares, ni de lo que ocurría en esos momentos en Varsovia, teníamos que conformarnos con las noticias que leíamos en los periódicos o escuchábamos en la radio. A pesar de que escribíamos cada semana cartas al abuelo y a los tíos no recibíamos respuestas, eso creaba en nosotros mayor preocupación. La situación política y en especial la de los judíos en toda Europa era terrible y empeoraba con los días.
Tampoco nuestros vecinos tenían noticias, todos vivíamos angustiados, y esa angustia se manifestaba en cada uno de nosotros de diferente manera. Mi padre prefería huir, refugiarse en su silencio para no enfrentarse con la realidad, permanecía callado todo el tiempo que se encontraba en casa. Avrom pasaba horas y horas agachado sobre su mesa, trabajando. Guitte repasaba y repasaba varias veces el corredor, hasta sacarle brillo a las baldosas; Schloime se mantenía cerca de la radio, esperando que llegara la hora de las noticias o de lo contrario se paraba en la vereda, como si —130→ fuera a esperar a alguien; Itche y Bérele distraían su ansiedad pintando las paredes o arreglando los techos.
Al que menos preocupado se lo veía era al tío Jaim, no preguntaba por las últimas noticias, ni le alarmaba la falta de correspondencia, en ese momento de su vida lo único y lo más importante era tener un hijo varón: «Un heredero» como decía él. Y aunque Dios lo bendijo con cuatro mujeres lindas y saludables, no estaba conforme, para sentirse totalmente feliz, necesitaba un hijo varón, pues de lo contrario, ¿quién iba a rezar por él después de su muerte una oración? Para cumplir con el mandamiento de la ley judía que dice: «Solamente un hijo varón puede recitar una oración por sus padres difuntos. Cuanto más cercano estaba el día del nacimiento, mayor era la impaciencia del tío Jaim y de la tía Mindú. Pero aquella no era su única preocupación, también existía otra y se llamaba: Málkele. La hija mayor de los tíos se había convertido en una joven retraída, tímida y hasta amarga -según el comentario que hacía el padre-. Nunca salía de la pieza y sólo lo hacía bajo amenazas. Para los tíos lo terrible era que Málkele ya estaba en edad de encontrar novio y casarse, pero a ella no le gustaba ninguno de los tantos candidatos que el tío traía a la casa, a todos les encontraba algún defecto. Esa era la causa por la que Málkele se estaba convirtiendo en una joven solitaria y triste.
Una siesta calurosa, salí al patio, busqué refugio bajo la sombra del mango, para poder dialogar tranquilo con mis fantasmas. Los demás descansaban, y yo podía pensar en silencio, calladamente.
Fue entonces cuando Málkele me interrumpió.
-¡Móishele!, te estaba buscando.
-¿Qué te sucede, Málkele?
—131→-Estoy muy triste.
-¡Ven, siéntate!
-¿Te duele algo?
-No, Móishele, no estoy enferma, no me duele nada.
-Los dolores no son sólo en el cuerpo y por enfermedad, hay otros dolores, que también duelen y mucho -contesté.
-Sabes, Móishele, muchas veces no te entiendo.
-No importa, Málkele, mejor habla tú.
Málkele se sentó junto a mí, los dos recostamos nuestras espaldas en el tronco del árbol y hablamos. Málkele sufría por la presión que recibía de su padre, sobre ella caía el deseo del tío Jaim por verla casada. Ella despreciaba a todos los jóvenes que el padre le presentaba como futuros esposos. Lo único que ella deseaba era que la dejaran en libertad de elegir cuándo y con quién casarse. No quería imposiciones, pero al oponerse a los deseos de su padre sentía que lo decepcionaba, y que era la única responsable de los pesares del tío Jaim. La historia de Málkele me hizo recordar a la de la tía Yenttel, también a ella el abuelo le impuso un marido, estaba seguro que si el tío Jaim aún viviera en Polonia, también buscaría los servicios de una casamentera, para que encontrase un marido para su hija. A nadie le importaría si Málkele era feliz, eso carecía de importancia.
En medio de la conversación, sentí pena por Málkele y rabia por el tío, me molestaba que la hicieran sufrir de esa manera. Tuve deseos de ayudarla, ella y yo nos habíamos convertido en buenos amigos, compartíamos secretos e intercambiábamos el mismo afecto.
Pensé en enfrentarme al tío Jaim y pedirle que la dejara elegir con libertad, pero el tío nunca me escucharía y terminaríamos en una terrible discusión.
—132→-Escucha, Málkele -dije, mientras con una ramita dibujaba círculos en la arena-, tienes que estar tranquila.
-Es muy difícil, Móishele. Mi padre insiste y trata de convencerme que soy yo la equivocada.
Permanecimos callados, no encontraba palabras que la pudieran consolar. La tomé de las manos y las sentí frías, temblando entre las mías.
-¿Qué hacen acá en silencio? -preguntó Bérele, quien llegaba del trabajo con el paquete de telas bajo el brazo.
-Estamos pensando -dije-; ven y siéntate con nosotros. Estaba convencido de que la presencia de Bérele distraería nuestra preocupación.
Bérele fue hasta su pieza, dejó el paquete y volvió en pocos minutos más. También se sentó en el suelo, y el tema de conversación se desvió hacia la situación actual que estaba atravesando Europa; la guerra y de qué manera nos afectaba a nosotros que estábamos lejos. Bérele era un joven muy sensible, hacía un par de años que vivía con su padre en América, pero extrañaba su casa, el pueblo, los amigos. En estos momentos él quería regresar, creía que debería volver. Los tres permanecimos callados, pensando, luego Bérele preguntó:
-¿Tú crees, Móishele, que los alemanes pueden llevar a cabo su propósito?
-Viendo cómo está la situación en Europa, creo que sí -respondí.
-Dime, Móishele -volvió a decir Bérele-. ¿Conoces algún movimiento que trabaje para la liberación de Palestina?
Fue en ese momento cuando sentí de nuevo el impulso de tomar un libro, un deseo incontrolable de retomar la lectura que había abandonado, quise correr junto a mis libros, subir —133→ a mi guarida, tomar libro por libro y detenerme en cada uno. Yo creí que había perdido el interés. Ante los ojos sorprendidos de Bérele y de Málkele, me levanté y fui corriendo hasta nuestra pieza, junto al mueble donde estaban guardados los pocos libros que pude traer, tomé uno y regresé al patio con él.
-¡Ten, Bérele! -dije.
Bérele tomó el libro, leyó el título. Málkele me miraba sin entender la razón de mi repentina excitación, la misma que tenía cuando iba a la casa del tío Iósel, esa misma impaciencia frente al despertar de una pasión, puesta en un ideal.
Aquella era la primera vez, desde que salí de Polonia, que me sentía diferente. Volví a experimentar la sensación de sentirme vivo, de existir.
Bérele y Málkele siguieron sentados, y juntos hojeaban el libro. Yo salí a la calle, tenía que respirar aire puro, no podía quedarme allí quieto, como enjaulado. Veía a la casa rodeada de barrotes, me sentía prisionero de la angustia de los demás, de la culpa de mi padre, de mi hermano, víctima de la insatisfacción y de la lástima que mi madre se tenía a sí misma. En la calle me sentí bien, el aire olía diferente, el viento soplaba distinto. Caminé varias cuadras, luego tuve deseos de correr, y corrí. Corrí tanto que de pronto la sed me detuvo y quedé en una plaza, jadeando. Agaché la cabeza y respiré hondo, me senté en un banco a descansar. Lentamente fui reponiéndome, al rato un par de niños se acercaron, iban detrás de una pelota, y con un gesto de cabeza me invitaron a jugar; sin dudar me saqué la camisa, los zapatos y fui con ellos. Jugué tanto que me olvidé de la hora y de mi madre. No le había avisado que saldría, y supuse que al no encontrarme se preocuparía. El sol se estaba alejando, —134→ despacio. Decidí volver. Cuando llegué a la casa, sudado, cansado y preocupado, Schloime me estaba esperando, en la calle, mirando a cada lado, como era su costumbre.
-¿Qué te pasó, Móishele? ¿De dónde vienes? -preguntó.
-Fui hasta la plaza, jugué a la pelota con unos niños -respondí.
-Ve corriendo junto a tu madre.
-¿Pasa algo malo con ella? -pregunté.
-A ella no le sucede nada malo, pero tu hermano de nuevo enfermó.
Como me había temido, encontré a mi madre llorando, pero ella no lloraba de preocupación por mí, lloraba porque Féiguele enfermó de nuevo. Féiguele se veía pálido, tosía y gemía. Lo saludé y fui hasta el cuarto de baño a limpiarme. Mientras el agua me corría por el cuerpo, pensaba en Féiguele, mi hermano, no podía seguir viviendo de esa manera, no salía de la pieza, no jugaba con otros niños, habían días en que ni siquiera bajaba de la cama, llevaba la vida de un niño inválido.
Cuando mi padre regresó del trabajo, aparte de enfrentarse con el ataque de asma de Féiguele, también se encontró con la angustia de mi madre y el calor asfixiante de nuestra pieza. Hasta entonces las noches habían sido apacibles y frescas, pero de pronto se volvieron muy calurosas. Cenamos en el mismo silencio de siempre. Me hubiera gustado contarle a mi padre la tarde de juego que viví, y el problema que tenía Málkele con el tío Jaim, pero me detuvo la falta de interés que él siempre mostraba a mis comentarios.
Terminamos de cenar, Féiguele se veía recuperado de su crisis y entonces mi madre más tranquila dijo:
-¿Cómo haremos para dormir esta noche?
—135→-¿Por qué, Reitze, qué cambió? -le preguntó a su vez mi padre.
-¡Dovid! ¿Tú no sientes calor?
-Te olvidas, Reitze, que yo camino todo el día bajo el sol, el calor no me asusta.
-Pero a mí me ahoga, Dovid -respondió mi madre con un tono de reproche en su voz.
Para evitar seguir oyendo las discusiones de ellos salí al patio. Busqué a Bérele, quería hablar con él, me inquietaba saber si había leído el libro que le presté en la tarde y le encontré con Itche y con el tío Jaim, los tres hombres acomodaban unos catres en el patio.
-¿Qué haces, Bérele? -pregunté.
-En verano, cuando las noches son muy calurosas, dormimos acá, afuera, en las piezas no se puede descansar bien; ven también tú, Móishele, saca un colchón, y duerme con nosotros y mira qué lindo se ve el cielo, en las noches de verano.
Me causó sorpresa verlos acostados en el patio, pero me pareció buena idea, fui a buscar mi colchón, y avisé a mis padres que dormiría también afuera. Acomodé mi colchón al lado del catre de Bérele y una vez acostado le pregunté:
-Dime, Bérele -dije-. ¿Leíste el libro que te presté hoy a la tarde?
-¡Sí! -respondió Bérele, con entusiasmo-, leí unas cuantas páginas. Si quieres lo leemos ahora.
Acepté. Bérele fue y trajo el libro y una vela. Nos acomodamos sobre el colchón y empecé a leer en voz alta. Bérele me oía atento cuando de pronto se acercó mi padre y de un tirón me sacó el libro de las manos. Su reacción fue tan brusca que no tuve tiempo de darme cuenta de lo que sucedía, hasta que lo oí decir:
—136→-¡Moishe, levántate, y ve a la pieza, rápido!
-¿Qué sucede, papá?
-Otra vez con esos libros, te prohibí leerlos.
Lo acompañé hasta la pieza, pero como no estaba dispuesto a discutir, lo oí y callé. Después volví al patio. Bérele estaba más asustado que yo, no entendía la razón por la que mi padre me prohibía leer. Le expliqué que él no aceptaba mis lecturas, consideraba que eran una pérdida de tiempo, y sobre todo si los temas eran sionistas.
Bérele quedó dormido, yo no podía dormir, me levanté y caminé por el patio. El cielo estaba estrellado, era una noche clara y mansa; embriagada de azahar.
Quedé largo tiempo velando la noche, cuando un ruido extraño distrajo el silencio. Era un llanto. Creí que era mi madre quien lloraba, y me acerqué cuidadoso a la ventana de nuestra pieza, pero la miré, y ella dormía plácidamente. El llanto volvió, entonces será la tía Mindú quien llora -pensé-, fui preocupado y desperté al tío Jaim.
-¡Tío Jaim! -dije- despierta.
-¿Qué pasa? -preguntó.
-Escucha, la tía Mindú está llorando.
El tío Jaim se incorporó de un salto y corrió hasta su pieza, yo lo seguí de cerca, pero allí nos encontramos con las cinco mujeres que dormían plácidamente.
-Escucha, Móishele, ve a dormir, y no me molestes.
-Pero tío, escucha -Insistí.
-No te preocupes, Móishele, es Guitte.
-Tío Jaim, ella está llorando -dije.
-Siempre es así, ella llora todas las noches.
-¿Por qué? ¿Está enferma? -volví a preguntar.
-Mira, Móishele, espera que sea de día y pregúntale a ella.
—137→Ahora, por favor, déjame dormir tranquilo, y ve tú a hacer lo mismo.
Cumplí con lo que el tío Jaim me ordenó, me acomodé en silencio al lado de Bérele, pero mi inquietud por el llanto de Guitte impedía mi descanso.
Pensando en ella, el sueño me venció.
Desperté en la mañana, cansado y mareado, levanté el colchón y en ese momento recordé la discusión que tuve con mi padre la noche anterior.
Entré a la pieza, mi padre ya se había levantado, lo saludé y él me dijo:
-Ven, Moishe, siéntate, quiero hablar contigo.
-Sí, papá -respondí.
-Hijo, tú no obedeces a tu madre ni a mí. Te hemos prohibido leer esos libros que no te enseñan nada bueno.
Mi padre levantó la voz y siguió acusándome que yo no hacía nada durante el día. Mi madre se mantuvo callada, y prefirió ir hasta el aljibe a buscar agua. Siempre sucedía lo mismo, ambos huían de las situaciones difíciles. Cada uno de diferente manera. Los gritos y las amenazas siguieron, pero de nada servían, ya ellos dejaron de producirme miedo, ya no los temía, ni siquiera creía en ellos. Luego, cuando mi madre volvió con el balde rebosando de agua, mi padre ya se había marchado, sin desayunar, y sin despedirse.
-¿Y tu padre, Móishele? -preguntó.
-Salió, mamá -respondí.
-Siempre eres tú, Móishele, el que pone nervioso a tu padre. Tienes que cambiar, hijo, nos creas muchos problemas. Con la enfermedad de Féiguele es suficiente. ¿No te parece?
Preferí no responder, ni darle importancia al reclamo de mi madre, y salí de la pieza. Entonces recordé el llanto de Guitte —138→ y quise saber qué le sucedía. Fui a buscar al tío Jaim. Lo encontré sentado cosiendo en la puerta de su pieza.
-Tío Jaim, dime, ¿qué le pasa a Guitte? ¿Está enferma? -pregunté.
-No, ella no está enferma.
-Entonces, ¿por qué llora durante la noche?
-Guitte sufre de tristeza, eso le sucede a todas las mujeres que no tuvieron hijos.
El tío Jaim suponía la razón por la que Guitte lloraba y sufría, pero en realidad conocía poco sobre la vida de ella, y la de su marido y la de Schloime, así como la de los demás. En la casa vivíamos cuatro familias, compartíamos el patio, el cuarto de baño, comíamos a la misma hora, hablábamos el mismo idioma, conocíamos las manías de cada uno, todos éramos judíos escapados de Europa, pero a pesar de vivir juntos, éramos unos para los otros simples desconocidos, y aunque mi madre cocinaba en el mismo fogón de la pequeña cocina junto a la tía Mindú y a Guitte y lavaban la ropa en la misma latona, ellas nunca hablaban de sus tristezas ni de sus alegrías, solo intercambiaban harina, azúcar o jabón. Con los hombres sucedía lo mismo, hablaban de la guerra, de las noticias o del trabajo, pero nunca manifestaba uno al otro sus preocupaciones o angustias. Nadie sabía de qué enfermedad sufría Guitte, ni de los pesares de Málkele, ni de la aflicción de mi madre. Cuando alguien enfermaba todos corrían a llamar al doctor, ésa era toda la ayuda que prestábamos al que sufría, pero de los otros dolores, los no visibles, nadie se ocupaba. En realidad ninguno aceptaba esta vida, ni esta casa, ni a las personas que habitábamos en ella. Estábamos convencidos que todo esto sería fugaz, temporal, nos sentíamos pasajeros de un viaje que pronto acabaría y cada —139→ uno de nosotros se despediría del otro y retomaría su antigua vida. Por eso temíamos crear afectos. Negando la realidad nos protegíamos de no volver a experimentar el sufrimiento de la pérdida. Aceptar a nuestros vecinos, aceptar la casa, significaba aceptar el lugar y aceptar también nuestras vidas desarrollándose lejos de Europa.
La mañana pasó, y me sentí agotado, fueron varias las razones que me dejaron en este estado: el problema de Málkele y su padre, la nueva discusión que tuve con mi padre, el juego en la plaza, y el llanto de Guitte durante la noche. Leer era lo único que deseaba en ese momento, tomar un libro y encerrarme solo a leer, pero para evitar una nueva discusión con mi padre, deseché la idea.
Abrí el cajón de la fiambrera y tomé mi armónica, hacía tiempo que no la tocaba, por miedo a enfrentarme con la música que tanto gustaba al abuelo, y que me recordaba las calles de Varsovia.
Me senté en el borde de la cama y mientras la observaba la emoción me ganó, no pude soportar los recuerdos. Salí de la pieza, no quería que mi madre ni Féiguele me vieran llorar. Ya había oscurecido, era una noche bañada de luz, me senté y acerqué la armónica a mis labios, pero no la pude soplar. Sólo pude acariciarla.
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Mis padres dejaron de mencionar el viaje de regreso, pensé que quizá se convencieron que vivir en América era bueno, que mi madre finalmente había terminado por aceptar la vida en esta casa compartida con otros inquilinos, y a nuestra pieza como su hogar, y también mi padre había aceptado que no existía otro trabajo para él que el de vendedor ambulante, pero la realidad era otra, no podíamos volver a Europa en esos momentos. Escapamos del hambre, de la persecución, y de la muerte. Aunque ya de nada servían los ahorros que mi madre hacía para comprar los pasajes de vuelta, igual ella seguía guardando en el pañuelo las monedas que sobraban; estaba convencida que pronto la guerra terminaría y finalmente realizaríamos el viaje de vuelta a Polonia.
El tiempo pasaba y las noticias empeoraban, las preocupaciones seguían y en nuestras vidas nada se modificaba. Todas las noches el llanto de Guitte interrumpía mi sueño, y yo continuaba ocultándome de mi padre para poder leer y hablar con Bérele sobre el sionismo. De estos encuentros también participaba Málkele.
—142→Los días de verano se volvieron largos y tediosos. Pero esa mañana cuando Schloime volvió del puerto con una carta, de pronto el barullo inundó de nuevo la casa. Todas eran voces que le preguntaban a quién iba dirigido aquel sobre que llevaba en la mano.
La carta era para mi padre. Mi madre, Féiguele y yo no pudimos esperar hasta que él regresara para leerla. La abrimos, era la primera que recibíamos desde nuestra llegada y sobre todo que era del abuelo.
Mi madre tomó la hoja y la leyó pausadamente, la carta era corta, en ella el abuelo contaba que estaba dentro de un guetto, de uno muy grande, y que era muy difícil comunicarse, y sobre todo recibir noticias de afuera, todos los que vivían allí estaban incomunicados pero que gracias a una anciana polaca, que todos los días traía pan duro para los judíos, logró mandarnos esa carta.
Lo único bueno de ella era saber que el abuelo estaba vivo, pero nos dejó con deseos de saber más detalles sobre las vidas de todos nuestros parientes. Habíamos esperado noticias tanto tiempo y ahora que la teníamos no eran suficientes para calmar nuestra preocupación. Cuando mi padre regresó y se encontró con la noticia, su reacción fue igual a la nuestra, se puso ansioso por leerla, pero cuando terminó tras un momento de silencio, arrugó la hoja y la arrojó al piso, con rabia. Yo me sentía como él, con mucha rabia.
Esperamos tanto tiempo alguna noticia, y ahora que por fin la teníamos no nos decía casi nada. Me sentí burlado, sobre todo porque el abuelo no mencionaba mi nombre. Yo era el nieto que más lo necesitaba y extrañaba, esa rabia no me dejó pensar con claridad, sólo sentía decepción.
—143→Dejé de escribir al abuelo, y de acompañar a Schloime al puerto. Seguía enojado.
La pena que me causó la carta del abuelo duró varios días, hasta que una conversación con Málkele la desvió de mi pensamiento.
Esa mañana Málkele me llamaba a gritos, desesperada.
-¡Móishele, Móishele! ¿Dónde estás?
Salí de la pieza, al oír su llamado.
-¡Acá estoy, Málkele! -dije.
-¡Qué suerte que te encuentro, Móishele!
-¿Qué te sucede? -pregunté, asustado por su nerviosismo. La tomé de la mano y la llevé conmigo hasta el patio.
-¡Ven, siéntate! -dije, mientras traía dos silletas.
Málkele se sentó, pero seguía nerviosa.
-Sabes, Móishele -dijo con la voz entrecortada-, mi padre invitó esta noche a cenar a don Leivich, su mujer y su hijo.
-Pero Málkele, ¿qué tiene eso de malo?
-¡Mi Dios! Móishele. ¡Eres tan tonto! La invitación es para presentarme al hijo.
Yo no podía entender la obsesión que tenía el tío Jaim por ver casada a Málkele. Todos sabíamos de sus intenciones y de las tantas veces que fracasó en su búsqueda de encontrar un novio para la hija. ¡Pobre Málkele! -pensé.
-¿Qué pensás hacer, Málkele? -pregunté.
-No sé qué puedo hacer, el hijo de don Samuel Leivich no me gusta, lo vi varias veces, pero no estoy enamorada de él. ¡Ay, Móishele! Tú tienes que ayudarme, eres el único amigo que tengo.
Me quedé pensando cómo le podía ayudar a Málkele, sabía lo terco que era el tío Jaim, más aún cuando tenía una idea fija.
—144→No podía dejar de mirar a Málkele y de sentir pena por la situación que estaba viviendo. Se sentía muy mal, tenía el rostro acongojado, se veía triste y cansada.
-¡Tienes que ayudarme, Móishele! -volvió a repetir.
-Pero, dime, de qué forma Málkele, tus padres no me van a permitir hablar con ellos, tampoco van a prestar atención a mis palabras, y no sé de qué otra manera puedo ayudarte.
-Hoy a la tarde -dijo ella-, cuando venga la familia Leivich, ven tú también, y quédate cerca de mí. A tu lado me voy a sentir acompañada y protegida.
Al atardecer fui hasta la pieza del tío Jaim, como me había pedido Málkele. Esta vez el tío no estaba como otras veces en la puerta de su pieza, cosiendo, por ello me vi obligado a golpear la puerta. No sabía quién estaría más nervioso, si Málkele o yo, desconocía la reacción que podían tener los tíos cuando me vieran llegar sin haber sido invitado, pero por suerte cuando me vieron no les sorprendió mi presencia, por el contrario me invitaron a participar del té. Agradecí la invitación y sin dudar, me senté a esperar también a los Leivich.
La tía Mindú lucía más elegante que nunca, a pesar de su embarazo. La pieza se veía cambiada, habían corrido los muebles, sobre la pequeña mesa la vajilla de plata relucía. Habla diferentes tipos de dulces y de tortas. Las cuatro hijas iban impecablemente vestidas, como para un casamiento. A Málkele le compraron ropa y zapatos nuevos. Lucía hermosa. Llevaba el pelo suelto, adornado con una vincha de raso. El vestido que usaba era de plumetí, color rosa, el largo le llegaba hasta la mitad de las piernas, y los zapatos de tacones altos le prestaban aspecto de mujer. El escote y la transparencia de la blusa dejaban entrever el inicio de sus senos.
—145→Una vez más la figura de Málkele me impresionaba. Esta mujer nada tenía en común con aquella niña que conocí en Varsovia, ni con la joven que encontré aquí en América cuando llegué. Ahora, Málkele era una mujer.
Su expresión también era distinta a las otras, antes era dulce y tierna.
Los Leivich llegaron puntualmente. Ellos también vivían en barrio Palestina, la diferencia era que tenían una casa sólo para ellos, no la compartían con otras familias como nosotros. A don Samuel Leivich le iba muy bien. Fabricaba medias para hombres con un par de máquinas traídas por él de Europa. El matrimonio tenía un solo hijo, llamado Llove, que desde hacía un tiempo se había convertido en el pretendiente perfecto para Málkele, a los ojos del tío Jaim. Llove cumplía con todos los requisitos que el tío pretendía para su hija mayor: un buen muchacho, de buen aspecto, de buena familia, con un futuro seguro, y sobre todo con casa propia. Don Samuel le había regalado cuando cumplió veinte años, una casa vecina a la de ellos, así el hijo no tendría que vivir alejado de sus padres, cuando le llegase el momento de casarse. Como Llove era hijo único sus padres lo consentían en todo lo que podían, eso lo convertía en un joven no muy simpático, a la vez que tímido y apocado.
Luego de los saludos, la familia Leivich se acomodó y se detuvo a admirar a Málkele.
Todo el tiempo que duró la reunión, el tío Jaim y la tía Mindú no dejaron de hablar de Málkele, de lo buena y hacendosa que era. Pero Málkele no despegaba los ojos del piso. El tío Jaim se veía nervioso, el rostro le sudaba, y a cada rato se pasaba un pañuelo por la frente. A la tía Mindú se la veía igual, nerviosa. Yo no pronuncié una sola palabra, me —146→ mantuve callado toda la tarde. Las niñas no se movieron de sus asientos para mostrar a los Leivich lo bien educadas que eran -así les había enseñado la madre.
Llove tampoco hablaba, él sólo se ocupó de comer, y terminó con todas las masas y las tortas.
Don Samuel Leivich, su mujer y su único hijo, se despidieron agradeciendo la invitación.
Ni bien los invitados se marcharon el tío Jaim se puso a gritar. No podía contener un instante más el enojo que sentía hacia Málkele. Se sentó frente a ella, sólo para insultarla, reprochándole su mal comportamiento frente a los invitados. La tía, asustada, sacó a las otras niñas de la pieza. Cuando yo intenté seguir a la tía Mindú, Málkele me detuvo tomándome del brazo y dijo:
-Por favor, Móishele, quédate conmigo, no me dejes sola -Málkele estaba llorando.
-Mira, hija -decía el tío Jaim-, a ti no te gusta ningún muchacho, sólo te gusta soñar, el hijo de éste es muy alto, el hijo del otro es muy petiso, el otro tiene olor feo. ¿Qué crees, señorita?, que un príncipe va a venir a tomarte como esposa, no ves lo que soy, tu padre es sólo un sastre. No miras dónde vivimos, en una pieza de un conventillo, si sigues eligiendo tanto, y rechazas a todos los muchachos que yo te presento. Te vas a quedar solterona. ¿Es eso lo que quieres?
-¡Por favor, papá! Déjame elegir con quién deseo casarme.
-¡Tú no sabes nada! Acá el único que conoce sobre la vida soy yo y desde hoy vas a respetar mi decisión -dijo el tío.
Málkele se echó a llorar desconsoladamente, sentí pena de verla así, pero en esos momentos no servirían de nada mis palabras de consuelo, por eso preferí salir y dejarla sola. En —147→ el corredor encontré a las niñas con su madre, esperando que el tío Jaim terminara de gritar y pelear con Málkele para volver a la pieza.
Yo seguía sin poder creer que aquella escena que terminaba de presenciar fuera verdad, y no parte de una de mis pesadillas.
Me sentía indignado.
Más tarde, ya entrada la noche, Málkele volvió a buscarme.
-¡Ven, Móishele! -dijo-, vamos al patio, quiero que hablemos. Se había cambiado de vestido y se la notaba más calma, menos angustiada. Tampoco lloraba.
Los dos fuimos al mismo rincón de siempre, sólo que ahora la sombra del mango no era necesaria, el sol ya no estaba. Málkele empezó a hablar con un tono de voz distinto, sus manos estaban quietas, no temblaban. Me miró a los ojos y dijo:
-Sabes, Móishele. Estuve pensando. Voy a obedecer a mi padre. Voy a cumplir con su deseo y voy a aceptar a Llove. Mi padre tiene razón, no es un mal muchacho, su familia es buena.
Estuve seguro que Málkele era víctima del egoísmo del tío Jaim.
-¡Escúchame, Málkele! -dije, enojado-, no puedes hacer esto. Es tu vida, tú tienes que decidir con quién deseas casarte, eres tú la que vivirá desgraciada toda su vida por permitir que tu padre decida lo que tienes que hacer.
-¿Qué quieres que haga, Móishele? -me preguntó, aunque sabía que mi respuesta podía ser muy dura.
-¡Málkele, no obedezcas a tu padre! Huye.
-¡Móishele, tú estás loco! ¡No puedo hacerle eso a mi padre! Gracias a él hoy estoy acá, en América, viva. Él es mi padre, —148→ no puedo causarle tanto dolor. Si lo vieras, parece un anciano, está sufriendo. Yo no puedo causarle tanto dolor. No puedo, Móishele, soy su hija mayor y él sólo desea verme feliz.
-No pienso igual a ti. Yo soy diferente.
Málkele y yo nos despedimos, con la promesa que al día siguiente continuaríamos hablando. Le pedí que se tranquilizara, aunque ya lo estaba, y que por esa noche descanse tranquila, que no piense tomar aún ninguna decisión. Málkele entró a su pieza, y yo me quedé un momento más a solas. De pronto una sombra en el corredor me asustó. ¿Quién podría ser? -pensé; seguí quieto, en el mismo lugar, esperando identificarla. Detrás de uno de los pilares, la sombra se movió de nuevo. Me acerqué cuidadosamente para verla mejor, era Guitte, ella caminaba distraída cuando salí a su encuentro.
-¡Guitte! -dije despacio.
-¡Sí! ¿Quién eres? -preguntó.
-¡Soy Móishele, no se asuste!
Guitte estaba llorando.
-¿Qué le sucede? -pregunté.
-Nada, nada, no te preocupes, hijo, ve a dormir, no me pasa nada.
Insistí en acompañarla, pero no aceptó y fui a dormir.
Como otras noches de mucho calor, saqué mi colchón al patio, esa noche el mío era el único, el resto prefirió quedarse cada uno en su pieza. Escuchaba pasos y llanto, la imagen de Guitte no se borraba de mi mente, la veía escondida detrás del pilar, cubriéndose la boca con un pañuelo para que no la oyeran llorar. Estaba seguro que algo malo le pasaba, yo la observaba durante el día, y siempre estaba barriendo, sacudiendo o limpiando los pisos, hablaba poco, pero era muy solidaria, —149→ cuando un vecino necesitaba de alguna ayuda o enfermaba, ella corría a cuidarlo. En la casa la considerábamos un poco la abuela de todos.
No podía dormir, daba vueltas y vueltas en el colchón, pero era inútil. Amaneció y yo seguía despierto, el llamado del lechero me obligó a levantarme, fui hasta la pieza y tomé la jarra. Mis padres ya se habían levantado, Féiguele seguía dormido. Los saludé y fui a buscar la leche. Guitte también estaba en la calle, tenía la cara hinchada y los ojos empequeñecidos e irritados. Me miró, pero no respondió a mi saludo, dio media vuelta y se alejó.
Mi padre estaba esperando la leche para desayunar y marcharse. Me senté frente a él y mientras comía, lo observé, hacía mucho que no lo miraba detenidamente, fue por eso que no noté su cambio. Ahora su apariencia era otra, se había afeitado la barba, se cortó el pelo, se veía más joven. Parecía otro hombre, diferente al Dovid de un tiempo atrás. Por el contrario, mi madre se veía avejentada y desprolija, el pelo se le había vuelto blanco, usaba siempre zapatillas y nunca se sacaba el delantal. Dejó de cantar. Se había convertido en una mujer seca y triste.
—150→ —151→
A pesar de mis recomendaciones, Málkele decidió obedecer la voluntad de su padre y formalizar su noviazgo con Llove Leivich.
Era el último viernes de febrero, un día tremendamente caluroso, era imposible estar dentro de las piezas y buscamos la sombra de los árboles, o la brisa que corría lenta por el corredor, para sentirnos mejor. Al que más le afectaba la alta temperatura era a Schloime, por eso aquella mañana se sentó en su sillón, con una pantalla en la mano, vistiendo sólo una camisilla y un pantalón pijama. Fue la única vez que lo vi sin zapatos.
Mi madre y el tío Jaim estaban conversando con él sobre la salud de la tía Mindú, cuando golpearon a la puerta.
-¡Móishele, Móishele, hijo! -llamó mi madre-, ve a ver quién viene.
-¡Seguro es la burrera! -gritó Guitte desde el patio.
Salí convencido de encontrarme con la burrera, pero en su lugar encontré a un hombre parado en la puerta. Era aún joven, tendría la misma edad que Llove, o quizá más, llevaba —152→ una barba oscura y espesa, usaba sombrero y traje negro, parecido a la levita que vestía el rabino Elías. Su presencia me dejó sorprendido. ¿Qué hace acá un hombre vestido de esta manera? -pensé.
Aún asombrado, me acerqué y le pregunté qué deseaba. A su vez recibí otra pregunta, pero formulada en yiddish.
-¿Vive acá Itche? Lo estoy buscando.
-Sí, Itche vive en esta casa. ¿Quién es usted?
-Soy Shímele, vengo de Europa.
Me quedé ahí, frente a Shímele, observándolo, sin saber qué actitud tomar; su rostro me tenía un aire familiar, como si lo hubiera visto antes, pero no recordaba dónde ni cuándo me había topado con esa mirada. Seguí tratando de recordar, pero el calor era intenso y no podía continuar teniéndolo bajo el sol mientras yo escarbaba en mis recuerdos.
El encontrarme de nuevo frente a un europeo, que vestía igual al rabino Elías y a sus alumnos, y sobre todo que hablaba en yiddish, me dejó emocionado. Sentí mucha curiosidad por conocer detalles de su vida, y sobre todo de su llegada.
-¡Soy Móishele, amigo de Itche, y vivo también en esta casa! Me presenté, mientras entrábamos.
Schloime, mi madre y el tío Jaim tuvieron la misma reacción de sorpresa que tuve yo cuando me vieron entrar con Shímele, de inmediato Schloime se acercó y le pasó la mano. No hubo necesidad de aclararle que el recién llegado sólo hablaba yiddish. Schloime notó de inmediato que era un paisano. Enseguida el tío Jaim le acercó una silla para que descansara, y mi madre le sirvió un vaso de té frío.
Shímele se sentó y apoyó su maltratada valija a un lado, era su único equipaje, luego se sacó el sombrero y con la mirada recorrió la casa. Yo seguía curioso por recordar dónde lo había —153→ conocido. ¿De las reuniones en la casa del tío Iósel? O quizás vivía en el mismo barrio que nosotros. Entonces de pronto recordé: Shímele era muy parecido a uno de los jóvenes que iba a estudiar a la casa del rabino Elías.
Avrom, Schloime, Guitte, mi madre, el tío Jaim, todos le rodeamos y cada uno tenía una pregunta que hacerle.
-Dime, Shímele -preguntó el tío Jaim. ¿Cómo está la vida en Europa?
-¡Mal, muy mal! -respondió Shímele.
Schloime, después de un largo suspiro, también preguntó:
-¿Está tan terrible, como cuentan las noticias?
-Peor, mucho peor, todo lo que se lee o se escucha es poco, ustedes no se pueden imaginar el horror que se está viviendo. Nadie sabe qué hacer, sólo se reza de día y de noche, Dios sabe todo lo que se padece allá.
Mientras escuchaba la respuesta de Shímele, sentía cómo mis piernas se aflojaban, no podía mantenerme en pie y todo se nubló ante mis ojos, temí caer y no poder levantarme más.
Las preguntas siguieron y las respuestas a cada una, también.
-Pero, Shímele -dijo Avrom-, cuéntanos la verdad. Queremos saber toda la verdad.
-Los días son terribles, no se puede relatar todo. Se pasa hambre, enfermedades, pestes, persecución, torturas, queman las sinagogas, hacen fogatas con nuestros libros. No se puede mandar cartas, ni se reciben noticias de afuera.
En ese momento que Shímele contaba sobre las cartas y la incomunicación, entendí la razón por la cual ni el abuelo, ni el tío Iósel, ni el rabino Elías, ni los demás respondían nuestras cartas. También entendí por qué la única carta que recibimos del abuelo fue tan breve. No se había olvidado de mí, como pensé, seguro que no tuvo tiempo de continuar escribiendo, —154→ por temor a que le arrancaran el papel. Tomé un vaso, con agua que estaba sobre la mesita frente a Shímele, y sin importarme el resto, la arrojé al piso, con fuerza, con rabia y corrí al patio, gritando. Pero no era ahí donde quería estar, me sentía inquieto, con palpitaciones e ideas, imágenes que me venían y se iban. ¿Qué pasaría con el abuelo en estos momentos? ¿Y en la vida del tío Iósel, de la tía Yenttel? Me senté bajo el mango y lloré. De nuevo estaba llorando, sólo eso podía hacer. Desde acá tan lejos, ¿Cómo podía ayudar? Quería seguir gritando, correr, pero puse freno a mi rabia, reprimí mi furia, la misma que sentí aquella vez cuando recibí el golpe en la frente de camino a la escuela.
Guitte me siguió hasta el patio, allí me encontró llorando con la cabeza gacha. Preocupada se acercó y me tomó el rostro entre sus manos, sacó un pañuelo del bolsillo del delantal, y secó mis lágrimas. En ese momento deseaba que Guitte me dejara solo. Quería estar solo, que nadie fuera testigo de mi dolor. No quería ver a nadie, le tenía rabia a todos, a Guitte también la odiaba, ella era parte de esta casa y de este país, pero ella insistía con su ternura y mi debilidad no me permitió rechazarla. Finalmente la acepté y yo también la abracé. Así quedamos por largo tiempo, abrazados Guitte y yo.
-Dime, Móishele -me preguntó-. ¿Te puedo ayudar?
-Por favor, Guitte, no quiero hablar -respondí.
Guitte respetó mi silencio, pero no me abandonó, se quedó a mi lado, callada, tomó mis manos y las mantuvo entre las suyas. Dejé de llorar, pero no de sufrir.
Volvimos al corredor, junto a Shímele y al resto que seguía preguntando. Dóbbele y Sórele también estaban escuchando atentas, con la mirada sorprendida al oír a un extraño hablar en yiddish. Más tarde llegó mi padre y también Itche con su hijo. —155→ Itche fue el primero en sorprenderse al ver a Shímele, y antes de saludarse con palabras se dieron un abrazo prolongado. A ambos hombres se les notaba la emoción y se veían lágrimas en sus ojos.
-¡Shímele! Mi buen amigo, ¿cuándo llegaste? -preguntó Itche.
-Hoy, en la mañana.
-¿Qué fue de tu vida en Byszcz, Shímele?
-Salí hace bastante tiempo de aquel pueblo. Fui al norte; viví en Kovno. Allí recibí noticias tuyas, Itche.
Shímele se veía cansado y agotado por el viaje y por las preguntas que tuvo que responder, pidió un vaso de agua y un poco de comida, por la emoción todos olvidamos de ofrecerle alimento y un lugar donde descansar. De pronto el tío Jaim recordó la piecita del fondo, nadie la ocupaba, y para una persona sola, era suficiente. Lo lamentable era que se encontraba en muy mal estado, le faltaban muebles, pintura y limpieza. Entre todos colaboramos para que en poco tiempo se convirtiera en un lugar habitable. Se improvisó una cama con sábanas limpias y hasta una palangana junto a un par de toallas. Después del arreglo, Shímele pidió disculpas, el cansancio acumulado de varios días no lo dejaba seguir despierto. Shímele se marchó a dormir, pero nosotros quedamos en el mismo lugar. Nadie volvió a su pieza, permanecimos en el corredor, sentados, mirándonos uno al otro sin saber qué decir. Luego de las noticias que Shímele trajo de nada servía volver a esperar el noticiero. Aún era temprano para ir a dormir, tampoco yo deseaba seguir ahí acompañado, por ello tomé mi armónica y salí a la calle. Me senté en la muralla a contemplar el final de la tarde. ¿Por cuánto tiempo más dejaremos de recibir cartas? -me —156→ pregunté-. Estaba tan triste que ni tuve deseos de tocar la armónica. Me sentía mejor así, solo y en silencio, pero el tío Jaim lo interrumpió.
-¡Te estaba buscando, Móishele! -dijo.
Di vuelta la cara y dirigí la mirada al cielo.
-Sabes, Móishele.
No respondí.
-Málkele -volvió a decir- aceptó a Llove, pronto Dios me va a conceder mi otro deseo.
Después de oír la confesión del tío Jaim, que me pareció terrible, aunque no era una sorpresa para mí, Málkele ya me la había contado, menos aún quería seguir oyendo a aquel hombre egoísta a quien no le importaba la felicidad de la hija. A pesar del desinterés que mostré, y para interrumpirlo, se me ocurrió preguntar sobre Guitte.
-Dígame, tío Jaim. ¿Qué le sucede a Guitte?
-¿Por qué, Móishele?
-Ella siempre está triste, y llora por las noches.
-Mira, hijo, ya te dije que tienes que preguntarle a Guitte, ella te va a responder.
El tío se fue y quedé solo, pero era viernes y mi madre quería que estemos presentes cuando encendía las velas y pronunciaba la bendición, y también entré, aunque aquel viernes fue diferente, mi madre no preparó los candelabros, ni la cena.
Después de las noticias que contó Shímele a nadie le quedaban fuerzas para seguir. Esa noche tampoco dormí, mantuve los ojos cerrados, pensando en el abuelo. Lo extrañaba, estaba perdiendo la esperanza de volver a verlo en poco tiempo más. Me sentía derrotado. Sentí sed, me levanté y fui a buscar un vaso con agua cuando escuché la voz de mi padre.
—157→-¿Qué te sucede, Móishele? ¿Por qué no duermes?
-Tengo sed, papá, voy a buscar agua.
Mi padre tampoco dormía.
-Ven, hijo, salgamos afuera.
Salimos juntos al patio.
-¿Cómo te sientes después de las noticias que contó Shímele? -me preguntó.
-¡Mal, muy mal! ¿Y tú, papá?
-Igual a ti, Móishele, además muy preocupado, no sé de qué manera puedo ayudar a mi familia desde acá, les escribí pidiéndoles que vengan, pero ellos nunca respondieron. Y no fue por falta de interés, sino porque no les dejaron. Están prisioneros.
Mi padre me tomó del hombro y lloró.
-Sabes, hijo -continuó diciendo-, estoy desesperado, me preocupa mucho mi padre, ya es un hombre de edad avanzada, también mi hermana y sus hijas, que son muy pequeñas, no van a resistir una guerra.
Por primera vez me sentí cerca de mi padre, nunca me había hablado de este modo, sinceramente, compartiendo conmigo su tristeza. Ahora estábamos juntos. El dolor nos unía.
Volvimos a la pieza y antes de intentar de nuevo retomar el descanso, me acerqué a él y lo besé en la mejilla.
-Gracias, hijo, que tengas buenas noches -dijo mi padre, y dio media vuelta en la cama.
A la mañana siguiente me levanté agotado, después de un interminable insomnio. Itche y Bérele no fueron a trabajar, dedicaron el día completo en dejar en buenas condiciones la última pieza, la que habitaría Shímele. Y no tan sólo la limpiaron, también arreglaron el techo, lustraron los muebles y por último le dieron una mano de pintura a las paredes. —158→ Después de todos los arreglos, la pieza lucía como nueva, impecable.
Así fue como Shímele se quedó a vivir con nosotros y fue un inquilino más de aquella casa. Ocupó la última pieza, la que yo guardaba para el abuelo.
—159→
A partir de la llegada de Shímele, mis días dejaron de ser monótonos y aburridos y de la misma manera como su rostro me resultó conocido aquella mañana cuando lo vi por primera vez, lo mismo me sucedía mientras manteníamos nuestras solitarias y largas charlas, sentía como si Shímele fuera un antiguo amigo y que de nuevo retornábamos nuestros habituales temas de interés, interrumpidos por la separación. Por ello la mayor parte del día buscaba su compañía, permanecíamos largas horas, encerrados en su pieza, sentados sobre la cama, discutiendo de diversos temas, pero con el que siempre quedábamos atrapados era sobre el punto de vista que cada uno de nosotros teníamos sobre la religión. Shímele había estudiado en una importante escuela superior de Kovno, su maestro fue el conocido rabino jasídico llamado Hirshin. Estudió y vivió en aquella escuela durante cuatro largos años, luego a causa del antisemitismo la escuela se clausuró como otras tantas, y a Shímele no le quedó otra solución que volver a la casa de sus padres y trabajar en el campo. Perseguido, como todos los judíos, y descontento por —160→ haber abandonado sus estudios, Shímele decidió viajar a América, y eligió este país. Conocía a Itche y sabía que acá lo encontraría. A él le pasó lo mismo que a todos lo que veníamos a América, temíamos pasar hambre, Shímele y yo discrepábamos en nuestro concepto sobre la religión; Shímele, al haber estudiado en un ambiente absolutamente religioso, sus ideas eran ortodoxas, por el contrario mis ideas eran más liberales. Yo tenía serias dudas sobre la existencia de Dios, y su presencia a través de la historia.
En estas intensas discusiones incluíamos también otro tema: la liberación de Palestina. Shímele coincidía con sus maestros que la liberación llegaría con el advenimiento del Mesías, mientras que yo mantenía la idea que la conseguiríamos con la lucha, la lucha por un ideal, y ese ideal tenía como sustento a Movimientos Sionistas como Betar, y con ideólogos tales como Jabotinsky, entre otros, el tiempo que compartíamos, leyendo, conversando o discutiendo me servía de aprendizaje, Shímele se había convertido en mi gran maestro, y en mi mejor amigo. Siempre tenía respuestas para mis preguntas y tiempo para mis angustias.
Vivir en América era muy difícil para Shímele, tanto por la alimentación, como por la práctica de la religión. Acá no existían sinagogas, ni matarifes rituales, por ello, su comida aunque se preparaba especialmente, no cumplía con la pureza ritual que debía tener un alimento.
Mi relación con Shímele comenzó a inquietar a mi padre, consideraba que pasaba demasiado tiempo encerrado en su pieza leyendo o discutiendo sobre temas que carecían de total importancia. En realidad mi padre rechazaba toda actividad qué él no autorizara y también todo pensamiento que me permitiera actuar como un ser independiente. Reprimía —161→ aquellas ideas y relaciones que podrían darle libertad a mis pensamientos. Temía perder su autoridad de padre, cuando en realidad no la tuvo, éramos un par de desconocidos, nunca se había aproximado a mí para interiorizarse de mis dudas y de mis inquietudes, tampoco me permitió exponerle claramente mis ideas y conceptos sobre ciertos temas y actividades. Entre él y yo siempre existieron diferencias.
Después del acercamiento que vivimos aquella noche de la llegada de Shímele, creí que la relación tomaría otro rumbo, que aquel instante de ternura y compañerismo que nos unió, se repetiría en el futuro, pero fue sólo un momento de debilidad, producto de su tristeza.
Mis ausencias también trajeron preocupación a mi madre, y fue a ella a quien se le ocurrió la idea de que fuera a trabajar con mi padre. Su propuesta no me disgustaba, aunque no era lo que yo deseaba realizar en ese tiempo. Accedí para no contradecirla, pero la reacción de mi padre cuando le comenté la idea fue totalmente imprevista. No aceptó la propuesta y manifestó enojado su desacuerdo.
-¡Jamás! -gritó-; jamás aceptaría que un hijo mío trabaje mientras yo tenga piernas y brazos fuertes, para mantener esta familia.
-Sería una buena idea que Móishele te acompañe todas las mañanas -insistió mi madre.
-Móishele y Féiguele tienen que estudiar, para ser algún día profesionales. Sin estudio no servimos para nada.
-Eso es lo que tú piensas, papá -interrumpí-, pero no es la verdad.
De nuevo mi padre y yo nos encontrábamos enfrentados en una discusión, éstas eran cada vez más seguidas. Ahora objetaba la idea de trabajar juntos, antes fueron mis lecturas, —162→ después fue Shímele y la influencia que ejercía sobre mí. Siempre surgían nuevos problemas y discusiones que producían distanciamiento entre él y yo. Por más que lo intentara no podía ir contra mis ideales, ni frenar mis ansias de cambio, sólo para complacerlo.
—163→
Los vecinos de barrio Palestina nos reuníamos en las tardes de los domingos, en alguna de las casas. Las reuniones eran amenas, los hombres se dedicaban a largas jornadas de dominó, las mujeres se entretenían tomando té con dulces y conversando, mientras los niños jugaban a la pelota o al escondite. Mi madre durante mucho tiempo se rehusó a ir a estas reuniones, siempre encontraba alguna causa para no salir: la enfermedad de Féiguele, el calor, o un repentino dolor de cabeza, pero a partir de la vez que fue por insistencia de la tía Mindú, siempre íbamos los cuatro.
Todos los vecinos esperábamos ese día, necesitábamos de esos encuentros, en ellos evocábamos los recuerdos, esos que mantenían vivo nuestro pasado.
El primer domingo que Shímele fue con nosotros sucedió lo que siempre pasaba cuando llegaba un inmigrante, lo sometían a interminables preguntas. Shímele respondió a todas con mucha claridad y soltura, también preguntaron sobre su vida personal, fue entonces cuando Shímele contó que iba a una escuela superior, donde estudiaba la Torá, y —164→ que grandes rabinos fueron sus maestros. Después de escucharlo atentamente, don Aarón, el dueño de casa, pidió la palabra.
-Mis queridos amigos -dijo, subido sobre una silla-, esta es la oportunidad que tanto tiempo esperamos. Acá no tenemos rabino, ni matarife ritual, ni quien practique la circuncisión a nuestros hijos. Después de escuchar a Shímele, creo que él es el indicado para realizar estos actos, yo no conozco a otro que sepa más que él acá, ni que haya recibido la preparación que él recibió de sus grandes maestros. Por eso propongo que hagamos una colecta y le entreguemos a Shímele como sueldo. Ahora es el momento, tenemos un hombre en quien confiar, y que nos ayude a resolver los problemas de nuestras vidas.
La respuesta fue un aplauso. Don Aarón bajó de su silla, y satisfecho abrazó a Shímele.
Esa noche volvimos a casa contentos por el resultado de la reunión y sobre todo por Shímele. Ahora también él tenía solucionado su problema de sobrevivencia, a Shímele ya no le atemorizaría su futuro.
Llegamos a la casa, fui derecho al cajón de la fiambrera, tomé la armónica y salí al corredor. Era una noche plácida y quieta, después de un largo verano el viento fresco regalaba un poco de alivio. Me senté en el sillón de Schloime y toqué la armónica, ningún ruido me distraía, ni el corretear de Sórele, ni el llanto del recién nacido, ni tampoco los gritos de Schloime. Estaba solo con mi música, y con mi pesadumbre. Más tarde un murmullo me distrajo. Aparté la armónica de mis labios y me mantuve en silencio tratando de identificar de dónde venía. De nuevo era el llanto de Guitte. Me acerqué a la ventana de su pieza, estaba cerrada, la puerta también permanecía cerrada. —165→ Decidido, golpeé la ventana. Nadie me respondió. Insistí, entonces Schloime la abrió. La pieza estaba totalmente a oscuras. No pude distinguir a nadie.
-¿Qué necesitas, Móishele?
-¿Qué le pasa a Guitte?
-A Guitte no le pasa nada.
-Pero, Schloime, la escucho llorar.
-Móishele, hazme el favor, y ve a dormir -respondió Schloime, y cerró la ventana de golpe.
El llanto de Guitte siguió intrigándome, algo serio le tenía que estar pasando. Volví al sillón. Más tarde mi madre salió a buscarme.
-Móishele, ¿qué haces tan tarde despierto? Entra, vamos a dormir.
-Déjame un momento más acá afuera, mamá,
-Ya sabes que tu padre se enoja cuando no obedeces.
Entré, di las buenas noches, y me acosté. Debería sentirme tranquilo por obedecer a mi madre, pero no fue así.
En la mañana siguiente, cuando mi padre y Féiguele salieron, uno a trabajar y el otro a estudiar, golpeé de nuevo la puerta de Guitte. Nadie la abrió. Insistí, pero mi insistencia fue inútil. Busqué a Avrom y a Schloime, pero no los encontré en los lugares donde habitualmente estaban, sólo encontré a Málkele sentada, pensativa. Después del nacimiento del niño no la había vuelto a ver, Málkele siempre estaba cerca de su madre, ayudándola.
-¿Cómo estás, Málkele?
-Bien, Móishele, ¿y tú?
-Bien, estoy buscando a Guitte. ¿No la viste?
-Sí, está barriendo la vereda.
-Entonces voy a buscarla.
—166→-Espera, Móishele, quiero hablar contigo. Ven, vamos al patio, acá mi padre puede oírnos.
Málkele y yo caminamos hasta nuestro refugio, donde podíamos hablar tranquilos, sin testigos.
-Tú ya sabes que mi padre habló con don Samuel sobre mi casamiento con Llove.
-¿Qué le dijo él?
-No lo sé.
-Mira, Málkele, tienes que hablar con tu padre, no puedes casarte con un hombre a quien no amas.
El rostro de Málkele se puso pálido, y sus ojos perdieron su brillo habitual, cuando me respondió:
-Yo, no puedo hacer sufrir a mi padre, Móishele.
-Escápate, Málkele, toma tus cosas y vete.
-¡Móishele, estás loco! ¿Adónde voy a ir? Además, por mi culpa mi padre puede sufrir un ataque.
Málkele corrió, asustada de mi propuesta, dejándome solo.
-¡Espera, Málkele! -grité, pero ella ya no oyó mi llamado. A pesar de mi preocupación por Málkele, seguí buscando a Guitte. Salí a la calle y la encontré parada en la vereda con la escoba en la mano.
-¡Buenos días, Guitte!
-¡Móishele! ¿Por qué no fuiste a la escuela?
-Yo no voy a la escuela, Guitte.
-Pero si Féiguele, Sórele y Rójele van, ¿por qué tú no? ¿O será que no quieres aprender?
-No es porque no tenga deseos de aprender, simplemente no quiero ir.
-Tu padre tiene razón, eres un joven muy rebelde.
-Guitte, yo quiero preguntarle: ¿Por qué siempre usted llora durante las noches?
—167→-Mira, Móishele, tú eres muy joven para entender el dolor de los viejos, no te preocupes por mí, preocúpate por dormir tranquilo, yo tengo a Avrom y a Schloime que me cuidan muy bien.
Guitte tomó la palita y la escoba y entró sin darme ninguna explicación.
En ese momento, Schloime me llamó:
-Ven, Móishele -dijo-, tengo una carta que entregarte.
-¿Está seguro, Schloime, que esa carta es para mí?
-No, la carta no es para ti, es para tu madre, en el sobre está escrito el nombre de Reitze.
Me quedé temblando, con las palabras atrapadas en la garganta, sin poder hablar.
¿Una carta? Pero, ¿quién escribiría una carta ahora? -me pregunté.
-Schloime, usted me está mintiendo -dije, convencido de que era una broma.
-Mira, Móishele, yo no soy un hombre mentiroso, toma y mira.
Schloime me entregó el sobre y, efectivamente, estaba dirigido a mi madre. La tomé, sin pronunciar una sola palabra más. Corrí hasta el patio pensando que la encontraría alimentando a las gallinas, pero no estaba allí, fui hasta nuestra pieza y la encontré planchando.
-Mamá, esta carta la trajo Schloime, es para ti.
-¿Una carta? -preguntó, tan sorprendida como yo cuando Schloime me la dio.
Mi madre tomó el sobre, lo abrió. Respiró hondo y se sentó a leerla en voz alta. El que escribía era Hérshele, nuestro compañero de viaje y de camarote. No tuvimos noticias de él desde nuestra despedida, en el puerto de Buenos Aires, donde —168→ bajó. Nunca se me hubiera ocurrido que la carta fuera de Hérshele. Para todos nosotros, cartas significaban noticias de Europa, porque nuestro mayor deseo era tener noticias de nuestros familiares.
Hérshele nos contaba lo bien que se sentía en la Argentina. Su hermano trabajaba en una fábrica de cigarrillos y lo que ganaba le alcanzaba hasta para pagarle sus estudios. Sus dos hermanas mayores también pudieron escapar antes de la guerra y estaban todos los hermanos juntos, pero sus padres ya no alcanzaron a salir. La carta terminaba con saludos cariñosos para mis padres, Féiguele y para mí; también incluía una dirección y una foto, donde Hérshele se veía muy diferente.
Luego de leerla, mi madre quedó pensativa, triste.
Me hubiera gustado volver a ver a Hérshele y recordar juntos los momentos que vivimos en el barco. Siempre creí que mi madre deseaba que yo fuera como él: sumiso y obediente. Yo también deseaba, en mis fantasías, que otra fuera mi madre, una mujer que comprendiera mis inquietudes.
—169→
Se cumplía la primera semana de vida del hijo de la tía Mindú y el tío Jaim. En la casa había un continuo movimiento de vecinos que venían a conocer al recién nacido. El tío Jaim, no dejaba de hablar de lo feliz que se sentía. En adelante ya no temería por su muerte, pues ahora tenía un descendiente varón, quien rezaría una oración en su memoria. También se ocupaba de preparar el festejo que daría cuando el pequeño fuera circuncidado. Todos los vecinos de barrio Palestina estaban invitados. La alegría del padre orgulloso era doble, pues su hijo sería el primero en ser circuncidado por Shímele. El octavo día después del nacimiento la casa se llenó de olor a cebolla frita, a pescado y a arenque ahumado, y de todo tipo de ruidos, ollas que se entrechocaban, corridas de una pieza a otra, gritos que iban y venían, quejas de Schloime porque no le permitían descansar o escuchar tranquilo el noticiero. Mi madre, Guitte y otras amigas cocinaron pescado relleno, arenque con crema y cebolla, gallinas asadas, tortas y hornearon pan. De la pieza del tío Jaim retiraron la cama grande, para dar cabida a un sillón importante donde se —170→ sentaría el padrino mientras sostenía al niño en la ceremonia de su primer contacto con la tradición de sus antepasados, fieles descendientes de Abraham.
En todo el tiempo que llevábamos viviendo en América, alejados de todo el entorno necesario para llevar a cabo cualquier ceremonia religiosa, hacíamos lo posible para cumplir con los preceptos estipulados por la religión para la continuidad de la tradición. En esta oportunidad que se celebraría la circuncisión del niño, pusimos nuevamente empeño y a pesar de muchos tropiezos y dificultades, la celebración se organizó, con lealtad, respeto y fidelidad a lo establecido.
La atmósfera de festejo que se vivía en la casa nos ponía alegres y libres de exteriorizar nuestro contento, sin culpas. Los invitados habían llegado y todos estábamos preparados para iniciar la ceremonia. Mi padre fue hasta el sillón de Schloime, donde estaba sentada la madre con el hijo, con cuidado tomó al niño y lo llevó hasta la pieza, donde Avrom, a quien se le dio el honor de ser el padrino, lo estaba esperando de pie junto a Shímele. Avrom se sentó en el sofá y acomodó al niño sobre sus piernas y lo sostuvo mientras Shímele le realizaba el acto de la circuncisión. Los hombres que también entramos a la pieza para presenciar la ceremonia, nos mantuvimos de pie y en silencio. Una vez finalizada, Shímele preguntó al tío Jaim:
-¿El nombre del niño?
-¡Jacobo! En memoria de mi padre -respondió el tío Jaim. Shímele levantó al niño y lo sostuvo con el brazo derecho, y con la mano izquierda tomó la copa de vino. Pidió la bendición de Dios sobre él, luego mojó los labios del pequeño Jacobo con vino y le entregó emocionado a su padre. Todos —171→ los presentes también tomamos nuestras copas y brindamos.
-Felicidad, felicidad- decíamos.
El tío Jaim no dejó de beber y agradecer a todos por acompañarlo en ese momento, Jacobo dejó de llorar y plácidamente quedó dormido en los brazos de su madre. Durante toda la tarde, se bebió y se comió.
Terminó el festejo y los invitados se despidieron. En la casa vacía y silenciosa sólo quedamos nosotros, los que habitábamos allí. Y aunque estábamos cansados, nadie quiso volver a su pieza, temíamos interrumpir aquel momento, como si nos negáramos a despertar de un buen sueño. Mi padre llevó una silla y se sentó en la cabecera de la mesa larga, que se había puesto en el corredor, y el tío Jaim se sentó en la otra. También nosotros nos acercamos, cada uno fue tomando una silla y rodeamos la mesa. Un viento suave, que olía a caramelo y azahar, paseaba por el corredor, Avrom tomó una copa y brindó de nuevo por el niño y por todos nosotros. Yo levanté la mía y brindé por Palestina. Esta vez no recibí reproches ni miradas acusadoras de mi padre, simplemente no levantó los ojos del mantel. Schloime también ofreció un brindis y dijo:
-¡Por Jacobo! Que Dios le dé salud hasta los ciento veinte años.
Seguimos sentados, ni siquiera las mujeres se levantaron a lavar los platos, ni a arreglar el desorden de la casa. Alrededor de aquella mesa nos sentíamos unidos, ninguno de nosotros quería retomar la realidad, no queríamos reencontrarnos con los miedos, la guerra, las culpas y el dolor.
De pronto Itche corrió su silla, se puso de pie y cuando todos lo miramos creyendo que también ofrecería un brindis, se fue hasta su pieza pero volvió a los pocos minutos con una caja de cuero desteñido. En silencio lo miramos, curiosos.
—172→Abrió la caja y sacó un violín. Acomodó el instrumento sobre el hombro y con el arco acarició las cuatro cuerdas. La melodía que ejecutaba era conocida por todos nosotros, una vieja canción, que llamaba a la nostalgia.
Desconocíamos que Itche supiera tocar el violín, ni que en Europa había sido músico, y que en una época formó parte de una orquesta, tampoco sabíamos de la existencia de aquel violín. Muchas veces visité su pieza, pero nunca vi aquella caja.
En un momento Itche se detuvo, bajó el arco, me miró y dijo:
-Móishele, ve y trae tu armónica.
Traje la armónica, el silencio continuó y el asombro también. Me senté al lado de Itche y juntos retomamos la música, él con el violín y yo con la armónica.
Jacobo comenzó a llorar, la madre lo llevó a alimentar, el tío Jaim los acompañó, y sus cuatro hijas los siguieron. Aquella interrupción dejó a la noche sin música, y como se hacía muy tarde y a la mañana siguiente había que ir a trabajar, no podíamos seguir detenidos en los recuerdos, mi padre, mi madre y Féiguele se fueron a descansar, Schloime se quedó dormido sentado en el sillón, Guitte y Avrom lo despertaron y también fueron a dormir. Shímele se despidió y nos dejó solos a Itche, Bérele y a mí.
-¡Itche!- dije-, dejemos la música y vamos a tomar otra copa de vino.
-¡Está bien, Móishele, tienes razón!
Y con el mismo cuidado con el que sacó el violín de su caja, lo volvió a guardar. Tomó del bolsillo de la camisa un cigarrillo, lo encendió, dio una bocanada profunda y me miró.
-¿Quieres uno, Móishele? -preguntó, mostrándome otro cigarrillo aún sin encender.
—173→-Yo no fumo, Itche.
-Entonces, toma, aprende, hijo.
-No creo que a mi padre le agrade que fume.
-A veces es bueno un cigarrillo apretado entre los labios. Sabes, es un buen compañero.
-Dígame, Itche -pregunté-. ¿Por qué nunca contó que tenía un violín?
-No quería que nadie supiera que sé tocarlo, la música me trae recuerdos muy tristes. Me recuerda a la madre de Bérele, ella disfrutaba de la música, y siempre tocábamos juntos, yo el violín y ella el piano; cuando ella murió, juré no volver a tocarlo.
-Y esta noche ¿qué pasó?
-No sé, creo que la emoción y la felicidad me hicieron olvidar.
Le pedí el cigarrillo que me había ofrecido, lo encendí y fumé. Sentí en la garganta una extraña quemazón, deseos de toser, me contuve, pero después la sensación pasó y a partir de aquel primer cigarrillo nunca dejé de fumar, y como dijo Itche, en muchos momentos difíciles, el tabaco y la música fueron mi única compañía.
Después de aquella noche, muchas otras pusimos la mesa larga en el corredor, y nos sentamos alrededor, intentando volver a repetir ese momento, pero no lo logramos, así como tampoco logramos que Itche volviese a tocar el violín.
Los viernes cenábamos todos juntos alrededor de la mesa larga, eran las únicas oportunidades que el intento de ser una familia resultaba. A Shímele sí lo considerábamos un familiar y cada uno encontraba su parentesco con él. Para mí era como un padre, para Itche como un sobrino, Avrom lo quería como a un hijo. Shímele se llevaba bien con todos, y —174→ era el conciliador cuando existían discusiones o enredos, estaba siempre dispuesto a ayudar, dentro de aquella pobreza que a todos nos rodeaba, él era el que más riquezas poseía, su fe lo sostenía y aliviaba sus pesares.
El tiempo que viví con Shímele fue enriquecedor para mi formación. Una de las tantas cosas que me enseñó fue a respetar otras lecturas, y a otros autores, que por ser diferentes a mí, en sus ideologías, yo los descartaba. Más adelante, cuando dejé la casa y el país, Shímele fue una de las personas que más necesité.
—175→
Mi padre siguió insistiendo y reclamando que debía acompañar a mi hermano a la escuela, según su criterio yo era un joven irresponsable y rebelde, al contrario de Féiguele, que se había convertido en un excelente alumno. Lo mejor que le sucedió a mi hermano después de haber empezado a ir a la escuela fue que disminuyeron sus crisis de asma, pero a pesar de haberse convertido en un joven saludable, mi madre lo seguía cuidando como a un niño enfermo y débil. No permitía que fuera solo a la escuela, ni a ningún otro sitio. Mi madre seguía protegiéndolo, pero esa situación en la que estaba creciendo mi hermano no le molestaba a mi padre, aunque sí le molestaba la independencia que yo buscaba en esos años; y a pesar de sus amenazas seguí sin ir a la escuela, entonces mi padre habló con otro inmigrante polaco que también vivía en barrio Palestina, pidiéndole que me aceptara como empleado, y fue así como comencé a trabajar en la zapatería de don Elie. Salía de la casa todas las mañanas bien temprano, junto a Féiguele y a mi padre, como él siempre deseó, sólo que hubiera preferido que fuera a estudiar y no a —176→ trabajar en una zapatería. Mi padre pretendía que mi hermano y yo estudiáramos para tener un título, así poder ser «alguien», como si de otra manera no sirviéramos como personas.
Trabajando con don Elie, conocí sobre pegamentos, cueros y suelas. Con el oficio de zapatero ganaba muy bien y toda la ganancia la ahorraba al igual que mi madre, dentro de un pañuelo para el pasaje de vuelta, pero a diferencia de ella, el destino de mi viaje no era Polonia. Aunque, una vez que empezó la guerra ella dejó de pensar en el regreso y destinó el dinero que le sobraba para comprar más comodidades, como muebles nuevos, cocina y hasta mis padres pensaban en alquilar una casa pequeña, donde pudiéramos vivir solos y dejar esta pieza. Esa misma idea la tenían lodos, el tío Jaim, Avrom, Schloime. Al único que no le molestaba seguir viviendo en la piecita del fondo, era a Shímele.
Mi madre había terminado por aceptar su vida en este país. Dejó de obsesionarla la idea del viaje de vuelta. Comenzó a comunicarse también en castellano, aprendió las calles y hasta iba sola al mercado. Los sábados al atardecer ella y mi padre se reunían con otros vecinos en una confitería a tomar un helado.
Mientras Jacobito crecía sano, el tío Jaim preparaba la boda de su hija mayor. Las visita de Llove y sus padres se repetían semanalmente. Málkele ya había aceptado a Llove, pero seguía sin amarlo y nada quería saber de esas tardes de visitas. El llanto de Guitte también dejó de molestarme, fue después de una mala noche a causa del calor, los mosquitos y su gemido. En la mañana siguiente Guitte accedió a contarme la causa de su sufrimiento.
—177→Siendo ya mayores Guitte y Avrom habían tenido un hijo, que nació sano y bonito, pero a los tres años enfermó y murió. Guitte nunca se repuso de esa pérdida, y durante todas las noches soñaba con ese niño.
Comenté con Shímele el dolor de Guitte, entonces él se acercó a ella para ayudarla. Conversaban diariamente sobre diversos temas. Esas conversaciones la distraían, también Shímele le sugirió que trabajase, era una manera de distraer su pena. Le dio la idea de que podía hacer dulces de frutas.
Guitte empezó a fabricar dulces, que una vez listos, Shímele y yo cargábamos en latas y luego Schloime los vendía en el mercado. Después de esto Guitte mejoró enormemente y poco a poco dejó de sufrir pesadillas. Ademas, se la veía contenta con sus ganancias.
Los últimos informes sobre los acontecimientos en Europa eran aterradores después de la Noche de Cristal, en la que los alemanes entraron a las casas de los judíos a saquear, destrozando todo lo que les era posible y estaba a su alcance, rompiendo bibliotecas, haciendo grandes hogueras con nuestros libros. La guerra mundial había empezado. Hitler y su ejército estaban llevando a cabo su objetivo: la destrucción y el exterminio de los judíos en Europa. Formaron ghettos, armaron campos de concentración, de trabajo y empezaron a funcionar los campos de exterminio.
En ese tiempo, prácticamente vivíamos cerca de la radio. También íbamos diariamente al puerto a esperar inútilmente correspondencia o la llegada de algún inmigrante. Durante esas esperas las frustraciones se sumaban. En las reuniones de los domingos los hombres dejaron de jugar al dominó, en su lugar se sentaban a deliberar sobre las posibilidades de ayuda que podíamos encontrar para nuestras intenciones, —178→ nada podíamos hacer desde tan lejos. Shímele propuso que recemos una oración todas las noches por aquellas personas que estaban padeciendo miseria, dolor y muerte. Y así fue, al atardecer se juntaban más de once hombres a rezar, en la pieza de Shímele, hasta que la guerra terminó.
A pesar de nuestro dolor, igual se organizó el casamiento de Málkele y Llove. El tío Jaim logró su objetivo. Nada le importaban los sentimientos de su hija mayor.
Durante semanas se alimentaron a las gallinas con el doble de ración. La tía Mindú cosía el ajuar y el traje de novia.
La boda fue en el mes de agosto, un día frío, pero espléndido, con un sol radiante. Todos nos dispusimos a ayudar en el arreglo de la casa. Itche y Bérele improvisaron focos en el corredor para que la iluminación sea mejor. Guitte, mi madre y otras vecinas, limpiaron y cocinaron. Se mataron las gallinas y se rellenaron varios pescados enteros. Mi padre, Shímele y yo armamos, en medio del patio, el palio nupcial con cuatro pilares de madera, que servían de base para el toldo, símbolo del futuro hogar judío. Todos se veían contentos, menos la novia.
La tarde aún no se despedía, cuando golpeé la puerta de la pieza de Málkele. Los invitados ya empezaban a llegar para la boda, tenía que apurarme, quería hablar con Málkele antes de la ceremonia. Dóbbele la abrió y me dejó entrar a verla. Se veía más hermosa que nunca vestida con el traje de novia. Me acerqué, tomé sus manos frías y sudorosas, las acaricié y le dije:
-¡Málkele! Estás hermosa.
-Gracias Móishele.
-¿Eres feliz, Málkele?
-¡No, no, Móishele! No amo a Llove, pero estoy tranquila porque cumplo con mi padre, eso hace que me sienta bien. Esto es lo que siempre él quiso para mí.
—179→-Pero tu padre es un hombre egoísta, no piensa en tu vida, en tu felicidad, eres tú la que tiene que decidir.
-Así está bien- dijo, resignada-. Mira, Móishele, no estoy feliz como debería estar una novia la noche de su boda, pero estoy tranquila...
-Te quiero mucho, Málkele, te admiro, eres muy valiente.
-Yo también te quiero mucho, Móishele, siempre serás mi mejor amigo.
Besé la frente de Málkele y salí a reunirme con las demás personas que esperaban la ceremonia.
El momento llegó, la tía Mindú y el tío Jaim acompañados de la hija, caminaban lentamente hasta el palio nupcial, allí los esperaba Llove, junto a sus padres y a Shímele, quien celebraría el casamiento. Una vez que Málkele se ubicó al lado del novio, Shímele empezó la ceremonia levantando la copa de vino y recitando una bendición, y luego de rezar una plegaria, Llove puso el anillo en el dedo índice de la mano derecha de Málkele, como símbolo de eternidad y constancia de la vida matrimonial, mientras recitaba: «Se santifica para mí por este anillo según la ley de Moisés y de Israel». El oficiante levantó el velo que cubría el rostro de Málkele y acercó a sus labios la copa de vino, luego llevó la copa a los labios de Llove, el novio leyó el documento matrimonial religioso siguiendo las siete bendiciones. Los novios bebieron nuevamente de una segunda copa de vino. Por último y para finalizar la ceremonia, Llove pisó con fuerza una copa, rompiéndola como recordatorio de la destrucción del segundo templo de Jerusalén. De inmediato se escuchó a Avrom decir: «Felicidad, felicidad»; Llove besó los labios de Málkele, y los padrinos se felicitaron.
—180→Málkele cumplía, así, con el mandamiento que dice: «Obedecerás a tu padre y a tu madre». Además en su vientre se gestará un niño que daría continuidad a las tradiciones de sus antepasados.
Al igual que en todas las fiestas, bebimos, comimos, y bailamos tomados de las manos formando una gran ronda. Nadie permaneció sentado, desde el más anciano hasta el más pequeño. Jacobito también bailaba, cantamos, reímos, impregnados de música, de canto, de tradición. Dentro de mí bullía el sentimiento judío, ese sentimiento que no permitía el olvido, esa fuerza que nos mantuvo vivos, y con la mente lúcida para recordar.
Por un momento dejé de cantar, y de bailar, no podía seguir. Hitler luchaba por destruimos, mi voz se quebró, de nuevo tuve ganas de llorar a gritos. ¿Cómo se sentiría el rabino Elías en este momento? ¿Qué estaría pensando? ¿Cómo serán sus plegarias? ¿Irían acompañadas de súplicas o de resignación? De pronto sentí, escuché su voz que me decía: «Así como Dios habló a Abraham y Abraham escuchó su voz que le indicaba el camino para salvar a su pueblo de la esclavitud; o cuando Isaac cumplió el pacto con Dios y circuncidó a su hijo Abraham, o Moisés que tocó el cuerno frente al Monte Sinaí, ahora también Dios va a redimir a su pueblo, al pueblo de Israel. Por ello fuimos elegidos, pasamos pogroms, esclavitudes, persecuciones, y nos salvamos. Ahora ve, Móishele, baila, sigue bailando, continúa cantando, festejando con alegría y regocijo la felicidad de los novios. Siempre la alegría supera al sufrimiento, tú y tu familia ahora festejan, que el dolor no les detenga». La voz se perdió, miré a mi alrededor, tratando de encontrar al rabino Elías, pero se había ido y yo desperté del ensueño. El resto seguía bailando, preferí ir a mi pieza, me acosté y pensé: ¿Hasta cuándo seremos el pueblo elegido?
—181→
La segunda guerra terminó, y aún no teníamos informaciones sobre los sobrevivientes, tampoco noticias de nuestros familiares.
En ese tiempo nadie hablaba de ellos, ni de Polonia, ni de ningún otro lugar de Europa, donde alguno de nosotros había vivido, todos pretendíamos olvidar, mencionar al abuelo, desconociendo si aún estaba vivo, o a los padres, o a otro familiar. Era muy doloroso, por ello lo mejor era callar y mantener dormidos los recuerdos. Los primeros sobrevivientes que llegaron sólo contaban desgracias y tragedias, pero el saber que la sobrina de don Elie pudo llegar hasta América y encontrar a su tío era una esperanza.
Yo siempre pensé que toda mi familia había logrado escapar antes de la ocupación nazi y que pronto los encontraríamos vivos en algún refugio, pero no se me ocurrió pensar cuál sería mi reacción al tener noticias de ellos.
Una mañana de domingo, yo me encontraba en el patio barriendo las hojas caídas, mi padre se había ido al puerto junto con Schloime y Avrom, pues recibimos información que —182→ ese día llegaba otro barco con algunos sobrevivientes, cuando escuché a Guitte llamarme a gritos.
-¡Móishele, Móishele! Ven rápido a la calle.
-¿Qué pasa, Guitte? -contesté también gritando.
-Viene un hombre y pregunta por tu padre.
Salí pensando encontrar a algún cliente que venía a buscar mercadería, pero solo estaba Guitte, temblando con la escoba tirada a sus pies.
-Guitte, ¿quién pregunta por mi padre?
-¡Allá, Móishele!- dijo, indicándome con la mirada.
Di vuelta la cara hacia la dirección que Guitte me indicó, y vi a un hombre, o lo que quedaba de él. Su aspecto era deprimente, vestía un sobretodo andrajoso, llevaba zapatos gastados y rotos, una barba crecida y carnosa cubría en parte su rostro pálido. Sus ojos me recorrieron de arriba a abajo, en los brazos llevaba una niña que vestía ropa grande, como si fuera prestada. Su piel parecía bañada de azafrán. Ambos tiritaban.
Me quedé mirándolos, sin saber qué preguntar, cuando el hombre se acercó a mí y en yiddish me dijo:
-¿Tú eres Móishele?
Curioso, después de oírlo nombrarme, lo miré atentamente. De pronto sentí un golpe en el corazón, no podía respirar, entré corriendo. Gritando llamé a mi madre. Ella estaba limpiando el gallinero y sin pronunciar otra palabra que mamá, mamá, la tomé del brazo y la llevé hacia la calle. Mi madre, desesperada al verme en ese estado, preguntaba:
-¿Qué pasa, Móishele? ¿Adónde me llevas?
Yo no podía responder. Ella se detuvo, me sacudió el brazo y de nuevo preguntó:
—183→-¿Pasa algo malo con Féiguele? ¿Enfermó de nuevo?
No respondí, y entre empujones y estirones llegamos al portón.
El hombre estaba parado en el mismo lugar.
-¡Por favor, Móishele! ¿Qué pasa?
-¡Mira, mamá!- dije, indicándole al hombre y a la niña.
Le llevó algunos minutos identificarlo, luego se echó a llorar y a gritar, tomó en sus brazos a la niña y la apretó contra su pecho. El hombre abrazó a las dos, también lloraba.
Nunca antes había visto a mi madre así, no dejaba de llorar y de gritar, estaba histérica, intenté calmarla pero fue inútil. Guitte y yo hicimos lo posible por llevarlos adentro, pero ellos no respondían, seguían abrazados. Aturdido por tantos gritos, Avrom salió a ver qué sucedía en la calle. Cuando se encontró con aquella escena, sin pedir explicación tomó con mucho cuidado a la niña, la separó de mi madre, y se la dio a Guitte.
-Ven, Reitze, tranquila, vamos adentro. Ven.
Mi madre no podía caminar; dando pasos lentos, Avrom con mucha paciencia la llevó adentro. Los demás los seguimos. En la pieza, Avrom pidió al hombre y a mi madre que se sentaran, mientras yo ponía la pava sobre el fuego para preparar té. Estaba confundido, tampoco podía reaccionar. Ese hombre que estaba ahí, sentado, mirándome, era mi tío Iósel, y yo no podía acercarme y abrazarlo, ni siquiera hablar, ni preguntar, pero cuando él me tomó el hombro entonces entendí lo que sentía, y todo lo que significaba su llegada, sólo él y esa niña. ¿Dónde estaba el resto?
El tío Iósel y yo nos abrazamos y lloramos, pero no pregunté, ni él me dijo otra cosa que no fuera cuánto me extrañó todos esos años.
—184→El agua empezó a hervir. Guitte se había llevado la niña a la pieza de Mindú para cambiarla de ropa. Avrom sacó a Féiguele al corredor, para dejarnos solos con el tío Iósel. Teníamos muchas preguntas que hacer, los tres nos miramos sin poder hablar, pero fue mi madre la que preguntó:
-¿Y los demás?
-¿Dónde está Dovid?- fue la respuesta que dio el tío.
-Fue hasta el puerto, en busca de noticias- respondí.
-Será mejor que le esperemos para empezar a contarles todo lo que sucedió.
Mi madre sirvió tres vasos de té, lo bebimos despacio, y en silencio. Guitte regresó con la niña dormida, la acostó en la cama de mis padres. Ella ya tenía otro aspecto, estaba limpita y se había alimentado, me acerqué a mirarla mientras descansaba. ¿Qué estaría soñando? -me preguntaba. Quizás ya ni soñaba, parecía débil y enferma. Estábamos en silencio cuando mi padre abrió la puerta y se encontró con el rostro lloroso de mi madre.
-¡Reitze! ¿Qué te sucede de nuevo?
-¡Nada, Dovid! Mira quién está acá. Mi padre observó al tío Iósel, y también quedó sin voz.
-¡Iósel, Iósel! ¿Cuándo llegaste? -dijo después.
-Hoy.
-¿Quién más vino contigo?
-Ella, Shéndale- contestó el tío Iósel, señalando a la niña dormida.
-¿Y los otros?- volvió a preguntar mi padre.
-Es muy largo y duro lo que tengo que contar, siéntense y escuchen, sólo Shéndale y yo pudimos salvarnos, todos los demás murieron.
-¿También el abuelo? -pregunté, desesperado.
—185→-Él también, Móishele, él también, y ustedes se salvaron por pocos días, si no viajaban en ese momento, después ya no hubieran podido salir, pero ni el más inteligente, ni el más religioso, hubiera podido imaginar que esa guerra podía llegar a matar a tanta gente, y de tantas maneras. No se puede contar todo lo que vivimos. Yo trabajaba para la causa, con las mismas personas que tú recuerdas, Móishele, todos sabíamos que las cosas iban empeorando, la política, el hambre, la persecución, los castigos. El primer cambio fue cuando tuvimos que mudarnos, dejando nuestra casa. Fuimos a vivir con otras familias en un cuarto. Éramos como quince personas durmiendo juntos, pasando hambre, angustias, incomodidades y soportando el llanto de nuestros hijos. Los rumores que corrían eran alarmantes. Cuando los alemanes llegaron a Polonia e irrumpieron en la noche del noche del nueve de noviembre de 1938 en nuestros hogares, en las casas donde vivían judíos cometían todo tipo de atropellos, destrucción y saqueo, miles de judíos fuimos internados en ghettos en diferentes lugares: Riga, Minsk, Kovno, Vilna, Bialystok, Shavli, con el pretexto de protegernos de la ira del pueblo, nadie imaginaba la masacre que nos esperaba. Los nazis sólo pensaban en matar más personas en el menor tiempo posible, mientras el mundo se mantenía callado. El tiempo de la sangre y de las lágrimas había empezado de vuelta para nuestro pueblo. Después se nos internó en campos de concentración, para aislarnos de todos los demás sectores de la población y también para sacarnos nuestras propiedades.
La niña despertó, miró a su alrededor, y con las manos en alto llamó a su padre, mi madre fue como para levantarla, pero ella la rechazó. El tío Iósel la trajo junto a nosotros, la —186→ niñita se sentó sobre las piernas de su padre, mientras él continuó su relato.
Después vinieron los fusilamientos de los residentes de los campos. Antes de la matanza se les maltrataba brutalmente, algunos lograban huir a los bosques, los campesinos polacos les ayudaban, pero eran muy pocos los que lograban sobrevivir, la mayoría moría en el camino de hambre o de frío. A muchos se los llevaba a las afueras de la ciudad y se les obligaba a cavar fosas, luego les disparaban en la cabeza y caían en sus propias tumbas, otras no resistían vivir esa locura y preferían suicidarse y obligaban también a sus hijos a autoeliminarse. Antes de conocer los campos de exterminio yo mantenía la esperanza del cambio. Unos camaradas del movimiento me llamaron para trabajar con la Resistencia en contra de los nazis, pero me negué, no quise dejar sola a Yenttel con las niñas, y el suegro que estaba viejo y cansado para atenderlas, hasta que llegó el día que vinieron a buscarnos.
El tío Iósel hizo una pausa, miré a Shéndale, la niñita tenía los ojos clavados en el vacío, abrazada a una mantilla, se mecía continuamente. El relato del tío siguió:
-Cuando ya pensábamos que el horror tendría fin, vinieron a golpear nuestra puerta, yo fui el que la abrió, varios soldados de la Gestapo me apuntaron a la cabeza, así me llevaron a mí y a los demás hombres que se encontraban en ese refugio. También llevaron a tu padre, Dovid. Nos subieron a un tren, viajábamos en vagones repletos de gente, apretujados como animales, desconociendo a qué lugar nos dirigíamos, algunos trenes llegaban a Chelmo, Belzec, Sobido, Treblinka. El nuestro paró en Auschwitz, a aquel horror bajamos el viejo y yo, lo que allí sucedía no puedo contar, —187→ todavía no entiendo cómo podíamos vivir dentro de tanta locura, miles y miles de personas eran asesinadas día a día a sangre fría; los cuerpos sin vida se amontonaban unos sobre otros formando montañas de cadáveres, sólo se distinguían las cabezas. A mí por ser sano y fuerte, me destinaron a trabajos forzados en las grutas, un nazi me inspeccionó, después hizo un gesto con la mano indicando la fila de la derecha, era la fila designada para los que estábamos aptos para el trabajo, la comida que recibíamos era un pan pequeño y duro con un poco de café sin azúcar, por la mañana, y una vez al día una sopa fría y algunas veces un poco de grasa. Empezábamos a trabajar a las cuatro de la mañana y terminábamos a altas horas de la noche, vivíamos en barracas y dormíamos cientos de personas en tres hileras de camas. Si no respondíamos al trabajo recibíamos azotes en la espalda. Esa vida y esa masacre no duraron horas, ni días, sino años, se necesitó de años para matar tantos millones de seres. Algunos prisioneros canjeaban un pedazo de pan duro o unas papas crudas para estar en las filas cerca de sus padres o hermanos, a pesar de todo el horror algunos religiosos se ingeniaban para conseguir velas y prenderlas los viernes a la noche, conociendo el riesgo que eso significaba si les encontraban rezando. Nos tatuaban los brazos con números, y cada número correspondía a un nombre. Día tras día llegaban más trenes con personas que bajaban como ganado y como corderos resignados daban sus vidas en los hornos.
-Iósel. ¿Qué le sucedió a mi padre?
-Dovid. ¿Quieres saber cómo murió?
-¡Sí! Aunque me duela.
-Entonces, será mejor que Móishele y Reitze salgan, no es bueno que escuchen mi relato.
—188→-¡No!- dijo mi padre-, ellos tienen que conocer la verdad, tienen que escuchar.
-Tu padre, Dovid, no pudo resistir mucho tiempo en Auschwitz, pronto enfermó de los pulmones. Hacía mucho frío y no teníamos con qué cubrirnos, tiritábamos. Una noche, él se acercó a mí, tenía mucha fiebre y hambre, estaba delgado y pálido, me dijo: -Iósel, si sales de este infierno, busca a Dovid y entrégale esta carta. Además de la carta me dio la dirección -siguió diciendo el tío-. A la mañana siguiente, bien temprano lo llevaron junto a otros hombres, todos desnudos caminando bajo la nieve a la cámara de gas, mientras en los parlantes se oía música clásica.
El tío Iósel metió la mano en el bolsillo y sacó un papelito doblado en cuatro partes y se lo entregó a mi padre. Con las manos temblorosas y la mirada ansiosa, él leyó en voz alta la última carta del abuelo. En ella contaba el horror que estaban viviendo, y también agradecía todo el tiempo a Dios por nosotros, que nos habíamos salvado. Mientras mi padre leía, a ratos perdía el aliento, suspiraba y continuaba. A pesar del dolor, la desolación y el sufrimiento que el abuelo estaba pasando, sus palabras estaban llenas de vida.
Me levanté, abrí la ventana y miré el cielo, estaba despejado, las estrellas brillaban como nunca. ¿Por qué? ¿Por qué? No terminaba de preguntarme. ¡Cómo dolía todo! El cuerpo, el alma. Me hubiera gustado preguntar al rabino Elías dónde estaba Dios en esos momentos. Dios, que nos escogió como su pueblo elegido. Mi madre también se levantó y ofreció comida, pero nadie tenía apetito.
-Iósel -dijo mi padre-, quiero seguir escuchando toda la verdad.
—189→-Durante las noches se escuchaban alaridos, súplicas, las voces retumbaban en nuestros oídos, pedíamos a los nazis piedad, para nuestras mujeres violadas y torturadas frente a los ojos de sus hijos. No se sabía quién iría primero a los hornos, si los hijos o los padres con el «¡Oh Jerusalén!» en los labios, pero piedad nunca existió, a los niños y a los ancianos los ponían en las noches sobre la nieve, desnudos. Amanecían congelados, tiesos. Lo único que los nazis no pudieron negarnos era una oración para nuestros muertos, y cuando todo terminó los que permanecíamos aún vivos, dudábamos de estarlo, convivimos tanto con la muerte, que hasta llevábamos el olor a muerto y la culpa de seguir vivos.
-¿Y Yenttel? ¿Y las niñas? -preguntó de nuevo mi padre.
-Volví a la ciudad -continuó el tío Iósel con su relato-; no quedaba nada, todo estaba en ruinas, destruido. Recorrí las calles como otros tantos, buscando entre los escombros algún indicio de vida y a alguna persona que supiera dónde estaba mi familia. Caminaba, perdido por las calles de la ciudad sin reconocerlas, cuando una mujer desgreñada, herida, casi desnuda, se acercó. Tenía la cabeza rapada, hablaba susurrando, temerosa, igual a un animal asustado, me preguntó mi nombre, ni bien le contesté, ella me abrazó y me suplicó que la llevara conmigo, me pidió por favor que no la dejara sola, pero yo en ese momento no podía ayudarla, buscaba a Yenttel y a las niñas, ellas me esperaban. Así era como pensaba yo, entonces la separé de mí y desesperado también seguí buscando entre los destrozos. De pronto reconocí por la chimenea, lo que había sido nuestra casa. Sólo la chimenea quedaba en pie, me senté frente a ella, deshecho, cansado, otra mujer se acercó, ésta tenía mejor aspecto, me habló en polaco, inmediatamente la reconocí, era Wanda, —190→ nuestra vecina, una buena mujer. Me llevó a su casa y me contó que después de llevarnos al viejo y a mí, vinieron a buscar al resto, y se llevaron a Yenttel y a las niñas, pero que antes de marcharse Yenttel le había dejado algo para mí, sabiendo que Wanda no era judía y estaría a salvo con ella. La mujer polaca se marchó y volvió con un candelabro, y otros adornos. De la mano traía a Shéndale, mi hijita. Wanda me relató cómo fue que la niñita se salvó. Cuando llegaron los soldados nazis Shéndale dormía, y Yenttel tuvo tiempo de esconderla detrás del ropero, la cubrió con una mantilla y la dejó en el piso, antes de que la lleven Yenttel pidió a los soldados despedirse de Wanda, y cuando la abrazó, le rogó que cuidara de su hija.
-¿Yenttel, murió? -volvió a preguntar mi padre.
-Un tiempo más dejé a Shéndale con Wanda y me dediqué a buscar a Yenttel, con la ayuda de la Cruz Roja, y de otros archivos y preguntando a otros sobrevivientes supe que ella y las niñas estuvieron en Treblinka, a ese campo iban destinados mujeres, ancianos y los inválidos. Estaba cerca de una pequeña aldea en la zona de Varsovia, pero aun sabiendo que ellas estuvieron allí, yo mantenía la esperanza de encontrarlas con vida, en las listas finales de sobrevivientes no aparecían sus nombres, aun así no perdí las esperanzas, seguí buscándolas, en la lista de mujeres desaparecidas sí figuraban sus nombres.
Levanté la mirada y busqué los ojos del tío Iósel, estaban llenos de lágrimas. Mi madre con la cara muy pálida, se tapaba los oídos, para no seguir escuchando. Mi padre parecía no respirar. Aquella fue una noche larga. El dolor nos unía; estaba seguro de que a partir de ese momento nada volvería a ser igual en nuestras vidas. Salí al patio, los grillos cantaban —191→ acompañando nuestro silencioso llanto. La brisa traía el silbido lastimero del sauce llorón. Decidí volver a la pieza, y allí encontré a mi madre buscando ropa para ofrecerle al tío Iósel, más tarde acomodamos colchones en el piso. Esa noche y otras tantas compartimos con el tío Iósel y con Shéndale, la pieza y los miedos.
No pude dormir, permanecí toda esa noche callado y quieto.
—192→ —193→
Era el 15 de setiembre, una mañana fresca y soleada, de nuevo subiría a un barco. La decisión del viaje ya la había tomado mucho tiempo atrás. Un movimiento sionista envió los pasajes para el tío Iósel y para Shéndale. Con el dinero que fui guardando en el pañuelo me compré el mío.
Antes de partir, me despedí de mis padres, de mi hermano y de todos nuestros vecinos de barrio Palestina.