Diálogo de Las Españas. Año II, núm. 2, julio 1958
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Cayó la monarquía, no desgajada por la violencia, sino como un árbol al que se le han podrido las raíces. Los jefes de los partidos monárquicos volvieron la espalda al entonces rey, -uno, don Rafael Sánchez Guerra, resumió el asco general con esta cita: «No más servir a Señores que en gusanos se convierten»-; votó la ciudadanía por los candidatos republicanos en simples elecciones generales y, a empujón físico tan leve, se tambaleó el monarca: durante las horas de tambaleo callaron el Ejército y la Iglesia, se borró la aristocracia, la Armada no desplegó los labios. No hubo en toda España ni un gesto, ni una voz que trataran de impedir la caída. ¿Cómo debe interpretarse aquel silencio? ¿Es que no quedaban monárquicos en España? ¿O es que sin excepción eran cobardes? ¿No fue, más bien, que cinco reinados -los de Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XIII- acumulando culpas, vilezas y desastres hacían indefendible al régimen? En caso contrario, si no había caducado la dinastía en la conciencia de todos, ¿por qué no se hizo abdicar al rey culpable en uno de sus descendientes?
Según la Biblia, las culpas de los padres recaen sobre los hijos hasta la séptima generación. Cristo, el de los cristianos de labios adentro, hizo posible con su sangre una mayor misericordia. Por la misericordia estamos a condición, nuestra por Él, de que el culpable se arrepienta.
En 1931, como antes en 1868, la intolerable conducta de un monarca colmó el vaso de la Indignación nacional, lleno, de antiguo, por un continuo suma y sigue de inmoralidades y de saldos políticos adversos. De ahí la expulsión de la dinastía y no sólo del último culpable.
Detallar el inmenso DEBE borbónico sería tarea larga; infinitamente más larga de lo que puedan imaginarse las nuevas generaciones, e incluso más extensa de lo que comúnmente conocen los que ya dejaron de ser jóvenes. No es lugar ni ocasión de hacerlo. Basta a nuestro propósito destacar una de las constantes borbónicas, esa tan universalmente conocida que incluso la buena fe monárquica de don Miguel Primo de Ribera no pudo dejar de ver... y de temer, en su momento: la felonía. Temiéndola, añadió con gracejo andaluz un nuevo verbo -borbonear- a nuestro idioma. «A mí no me borbonea ese», dijo refiriéndose al entonces rey. Pero visto está que el último dictador a la española sí fue borboneado.
(Sigue en la pág. 28)

En triple destierro -de España, de Zenobia, de aquella sonora soledad que siempre quiso- ha muerto Juan Ramón; de eso quizás; de insufrible, por absoluto, destierro. Zenobia, le puso durante muchos años tierra madre bajo los pies y, en su torno, muros de abnegación transparente, casi invisibles, a cuyo abrigo podía ser, era, la soledad deseada. Sin ellas -tierra, ternura, soledad, ¡Zenobia!- sólo había intemperie; un descampado con hogueras de admiración que iluminaban su figura sin calentarle los adentros. Le quedaban, el juguete del Premio -inútil ya para este Juan Ramón crecido de pronto hasta la altura de sus arrugas, de su barba- y muchos retratos en los que el oro, el azul, el violeta de la eternidad sorprendida tenían para él sarros y musgos amarillos.
(Sigue en la pág. 7)
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La totalidad, casi, de los informes que se publican sobre el momento político en España tienen vicio de origen. Se advierte en unos el encargo o el madrugón inteligente; en otros, su parentesco con la astrología judiciaria; en muchos, una patente confusión de la realidad con el deseo. Quedan, por otra parte, los amañados para el enjuague caciquil y, por último, los que llegan de allá avalados por la conducta, la pasión y el riesgo de quienes nos escriben. Para nosotros, éstos son los que cuentan.
Entre los llegados de España a últimas fechas hay cuatro que destacan: tres, por la significación política y moral de sus autores; el cuarto, por el buen juicio y clara visión de quien lo firma. Lamentablemente, no tienen entre sí ninguna concordancia positiva, pero los tres primeros coinciden plenamente en que el español de hoy carece, en general, de pulso político, y los cuatro en que la restauración de la monarquía es inminente. Si lo primero se acepta -y como realidad presente no hay base para ponerlo en duda- la segunda apreciación bien puede resultar exacta. Todo dependerá de los empresarios del régimen que podrán decir como Juan Palomo: yo me guiso el futuro inmediato de España y yo me lo como.
Lo racionalmente absurdo resulta entre nosotros -una vez más y como siempre lógico, pues el desinterés, la ausencia nacional, explican ampliamente el que pueda volver del basurero de la Historia, no la forma monárquica, sino el contenido específico que tuvo cuando fue unánimemente desechada, y acrecido ahora con adherencias ycolgajos que chorrean aún más indignidad y podredumbre.
Lo extraño e inquietante es, que ninguno de los que la registran parece haberse preguntado el por qué de esa ausencia y de la especie de cinismo que señala con dejos de amargura una de las figuras más nobles de la oposición antifranquista.
Parece, decimos, y hay que añadir que a juzgar por dos de sus conclusiones capitales: la de considerar la restauración de la monarquía como fatalidad histórica y la de creer -a contrapelo de personales preferencias- que esa restauración es, prácticamente el único medio de que se dispone para sacar a España de tan peligroso laberinto.
Este creer, o de manera más exacta, este crear desesperadamente un clavo ardiendo al que aferrarse, condena de manera irremediable a salir del trance con ambas manos abrasadas y, lo que es peor, sin que España haya tocado el asidero. Porque sólo una presión nacional tan intensa que hiciera crujir las vértebras del régimen y un rey de la contextura moral de don Amadeo de Saboya, podrían hacer que la monarquía, al parecer inevitable, fuese lo que faltando éste y aquella tiene que ser inevitablemente: fiel trasunto y cabal expresión de las fuerzas que pueden fabricarla y sostenerla.
Se argüirá, que pues la disyuntiva es monarquía o franquismo, en primer término y, en segundo, monarquía unilateral o de base política ampliada, la elección no puede ser dudosa. En efecto, no lo sería si en vez de tratarse de rótulos se tratara de contenidos, pero no es este el caso. Haría falta, para que lo fuera, que los amos de la situación tuvieran conciencia de peligro o una chispa de inquietud patriótica y humana. ¿Existe algo de esto? Pues se busca la forma de levantar y concertar presiones, la respuesta es obvia.
Por otra parte: mientras el pulso de España siga siendo -o pareciendo- imperceptible, ¿cabe esperar que esa presión -si llega a producirse- alcance el volumen y la intensidad necesarios? Si se piensa en términos aritméticos, no. No, si se mira fríamente la irrealidad circunstancial o congénita de los grupos, residuos y fracciones que sería menester conjuntar. No, por fin, si se analizan su común manera de entender el juego político y de no entender el momento político que está viviendo España.

Pero no es todo aún: falta asomarse a la experiencia, espejo histórico al que el español no suele mirarse cuando adopta actitud. Cuidáramos de hacerlo y, podríamos ver -demasiado a menudo- otra u otras iguales, enmarcadas en horas del pasado que no termina de pasar. Y veríamos lo que más importa: cómo resultaron, cuáles fueron sus consecuencias.
(Sigue en la pág. 25)
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Llamamiento a la razón
Época, pueblo y circunstancia crean el conjunto de realidades a que debe conformarse toda concepción política cuando se pretende aplicarla. Si estas realidades se desdeñan, es decir, cuando se actúa a pesar de la época y del pueblo -así el franquismo- no cabe esperar sino desastres. En otro caso, una política no sincronizada exactamente con la época y la circunstancia no puede producir sino perturbaciones si se aplica desde el Poder, y como instrumento de oposición está condenada al fracaso. Tal ocurre a las fuerzas de la democracia española en el destierro.
La evidencia de ese fracaso y la grave situación de España hacían urgente un análisis crítico de nuestros conceptos sobre cada faceta del problema español, luego de reconsiderar sus caracteres esenciales. Ello hubiera determinado, de seguro, una visión más certera, más clara, más actual, tanto de su hondura y proporciones como de la manera racional de resolverlo.
Ni esta evidencia ni la necesidad nacional de que fuese atendida bastaron a despertar inquietud en nuestros dirigentes máximos, al menos, en la proporción necesaria para librarse de los sectarismos, rutinas y rencores que los mantienen anclados en conceptos incuestionablemente anacrónicos.
Diez y nueve años de crédito a una política inadecuada, estática y cada vez, por su quietismo, más distante de la realidad nacional, son ya plazo excesivo. Y pues la rectificación no llega de donde cabría esperarla, menester es que cada desterrado español recurra al uso de sus derechos democráticos -actuales o posibles- para, integrando la necesaria mayoría, imponer con ellos las profundas rectificaciones que la experiencia demuestra necesarias.
Y claro es que al decir rectificaciones no pensamos en un simple cambio de dirigentes ni en proyectos más o menos vagos de reanudar la acción política, sino en la adopción de una política limpia de abstracciones y subjetivismos, matemáticamente ajustada a la realidad de España, si tal fuera posible.
Estas consideraciones y las exigencias que implican, han determinado los fundamentos de la Política de concordia y convivencia, pensada, no como medio oportunista de superar la situación con un nuevo y a la larga inútil abrazo de Vergara, sino para asentar sobre ella la vida nacional en forma que el espíritu de guerra civil, causa continua desde hace siglo y medio de odios y desastres, cese y sea posible acometer entre todos la reconstrucción moral y económica de la casa común: España.
QUE ES LA POLÍTICA DE CONCORDIA Y CONVIVENCIA
Lo medular de la Política de concordia y convivencia no está constituido por una doctrina más o menos sistemática de gobierno, pues no responde a idea alguna de secta o de partido. Está vertebrado sobre un mapa de amargas experiencias nacionales, sobre la realidad de hoy, sobre el ejemplo de pueblos grandes en su relativa pequeñez geográfica. Le impulsa una voluntad de vida civil, civilizada, racional, en la que luchas ideológicas y pugnas de intereses tengan como límite intraspasable el de la Ley, defensora de los intereses colectivos y de la salud de la patria.
Para el oído español -tan acostumbrado a las palabras picudas- y a los paraísos artificiales del curanderismo milagrero- concordia y convivencia sonarán, tal vez, a simple enunciado de una posición moral doblada de preocupación patriótica, y eso sería si bajo el deseo que expresan no existiera un pensamiento lógico y, en torno suyo, condiciones objetivas de todo orden que la hacen posible.
Verdad es que esta política no posee toda virtud en sí misma, al modo de las recetas demagógicas, y que para ser plenamente necesita otro clima moral, una nueva actitud del español ante su pueblo y ante los problemas de España, pero hay en ella la claridad que resulta de operar con realidades, mirando cara a cara su fealdad o su evolución prometedora.
Ese mirar lo que está siendo tal como es y no como el deseo lo pinta o como el rencor lo desfigura, permite una concepción casi aritmética de qué procede hacer y de cómo puede hacerse.
POR QUE ES POSIBLE LA CONVIVENCIA NACIONAL
1.- Porque lo exige la situación económica y política de España, es decir, el interés social y económico de todos los sectores de la ciudadanía, excepción hecha de minorías diminutas.
2.- Porque la culminación de nuestras luchas civiles en 32 meses de guerra ha mostrado, no sólo la barbarie e inutilidad del cainismo como medio político, sino el saldo de empobrecimiento común, de agravamiento de todos los males y de inestabilidad nacional que arroja.
3.- Porque si las izquierdas han palpado en propia carne la diferencia entre un régimen constitucional moderado y, la barbarie totalitaria, las derechas han padecido el huracán demagógico de la Falange, más la ineptitud y la rapacidad del franquismo.
4.- Porque los avances técnicos y científicos, la dinámica económica de nuestro tiempo, el juego de fuerzas internacionales, cuanto constituye, en fin, el medio en que es menester moverse, sobre haber modificado los términos de muchos problemas nacionales enfrenta a cada español con este dilema: o entenderse y colaborar o sucumbir a plazo más o menos corto como pueblo libre.
ANTECEDENTES DE LA ESCISIÓN NACIONAL
Siglos de decadencia política, de atraso cultural y económico, de quietismo, de intolerancia, produjeron al chocar con las corrientes renovadoras -enciclopedismo, revolución industrial, proclamación de los Derechos del Hombre, etc.-, la España -presente —4→ aún- del siglo XIX. En ella, mientras unos cerraban los ojos a las realidades de la época para mejor negarlas, el resto -salvo alguna excepción señera- no veía de la realidad nacional sino la vetustez del Estado y la intervención de la Iglesia en los negocios temporales. Faltó, además, el progresismo de alguna originalidad política, inclinose al calco y, por ende, a lo doctrinal y palabrero. De ahí que las nieblas retóricas le impidieran ver en la raíz de los problemas cosa distinta a un conflicto nacional de categorías morales. Por otro lado, los quietistas querían poner vallas al tiempo y tomaban por cosa de Satanás todo intento de avance y de superación humana.
Este desplazar los problemas del eje que les es propio situarlos en planos teológicos o morales contribuyó en parte no pequeña al envenenamiento nacional y dio motivo para la nueva división en «moros y cristianos» que ha padecido -y que padece- España. Pues llevada la lucha a ese terreno juntábase a las ya de por sí abruptas causas de fricción -intereses contrapuestos, concepciones distintas- el considerar, o presentar, al adversario como el infiel de nuestra época. Idea tan simplista sólo puede imponerse allí donde la pereza mental, la falta de espíritu de ciudadanía y la más obtusa intolerancia abren campo al aventurerismo y a las furias elementales.
Subrayamos estos tres pecados españoles de carácter mortal, porque si ayer propiciaron o permitieron la sustitución del diálogo civil por el razonar de los fusiles, hoy, ahora, pueden impedir que el buen sentido ponga término al martirio de España y remedio a los males que están empujándola a la ruina.
EL PRIMER QUEHACER
Si la Política de concordia y convivencia fuera aceptada como pócima contra un malestar intolerable, no haríamos sino caer en la peor de las mentiras posibles; en una mentira de consecuencias trágicas. De ahí que el primer quehacer español consista en cimentarla en las conciencias: desvelándolas, tratando de meter bajo los sarros del lugar común y del rencor barrenos de autocrítica, golpeándolas con evidencias. Porque puestas en carne viva podrán decirnos hasta qué lejanía de nuestro ser natural nos proyectó la pasión, y cómo un dogma a todos común -el de la malignidad del contrario- hizo que la violencia apareciera a los ojos de todos disfrazada de bisturí, de justicia, de cuanto podía enmascarar su naturaleza bárbara y estéril.
Abrir los oídos a esa voz insobornable es lo que importa, porque oyéndola irá apareciendo bajo casi todo enemigo de ayer su perfil humano; un español no muy distinto ni que cada cual lleva dentro para bien o para mal de España.
Tal proceso de desintoxicación, sobre rehumanizar a los unos ante los otros y desmontar, con ello, las bases que el temor, la incomprensión y el odio prestan al franquismo, permite ver claramente la causa física del problema esencial de España. Y viéndolo en desnuda verdad se advierte que consiste menos en el natural choque de intereses, desmesurado por la pasión, que en la desesperada dureza de ese choque; dureza a la que fuerza la dimensión del ámbito económico, asfixiante por su estrechez, y en el que la energía no se gasta en ampliarlo y buscar más aire para todos, sino en agrandar o defender la propia bocanada.
SEGUNDO QUEHACER
Sin una idea objetiva de la realidad que se pretende transformar, la acción -cualquier tipo de acción- termina indefectiblemente en fracaso. Cosa sabida, es cierto, pero olvidada entre nosotros, siempre inclinados al juicio apriorístico, sobre todo política. De ahí, de que el diagnóstico no sigue al análisis sino que brota directamente de prejuicios, inquinas y deseos, viene el mal juicio, y de éste, la serie de interinidades, cambios de régimen, revueltas e insurrecciones -de izquierda y de derecha- que nos ha traído a la situación presente: de él, también, la ineficacia de la oposición antifranquista.
Necesitamos, pues, un concepto básico de las realidades nacionales que, por reflejarlos fielmente, pueda ser colectivo. Para lograrlo basta que cada español pese y calibre todo factor en juego con la seriedad de quien efectúa un balance que puede salvarlo de la quiebra. Cumplido este quehacer, una abrumadora mayoría habrá visto -o entrevisto, al menos- cuatro verdades esenciales:
Primera: Que por acción u omisión, en mayor o menor medida en cada tiempo, todos los sectores españoles han contribuido a la consumación de los peores errores nacionales.
Segunda: Que si no hemos sido capaces de convivir sino en tiempos de catalepsia colectiva o metidos en camisas de fuerza, es a causa de que bajo los motivos de división no existe en España lo que en otros países impide la desgarradura; es decir, conciencia de interés común y afanes, realizaciones, metas de carácter nacional que lo hagan visible.
Tercera: Que egoísmo, intolerancia, incivilidad, envidia, cuantos factores psicológicos vienen señalándose como causas de nuestros males, son hasta cierto grado, genéricos, y que la única explicación válida de su virulencia entre nosotros la proporciona el medio económico, cuya presión deprime hasta la abulia o irrita hasta el paroxismo.
Cuarta: Se ha comprobado hasta la saciedad que toda política cuya realización dependa del exterminio o supeditación del adversario, sobre ser un bárbaro imposible no hace sino desangrar y empobrecer a España.
TERCER QUEHACER
Llegados a este punto, es decir, con cuatro evidencias esenciales puestas ante los ojos, hay que sacar las debidas consecuencias. Procede, después, sintetizarlas en una conclusión que, en juego limpio, no puede ser contraria a la siguiente:
Si ningún sector está exento de todo culpa en el proceso consumación del último desastre, y si sobre todos pesa el empobrecimiento nacional, la inestabilidad y la servidumbre, es lógico que se busque en la unión con fines positivos la única forma de pagar parte de nuestras deudas con España y de poner remedio a tantos males.
Se dirá que el problema reside en cómo lograr esa unión cuando tales y cuales intereses que la rompieron siguen en pie, y éstos y los otros caracteres de los que aparecen como vencedores o de los que fueron vencidos hacen imposible todo entendimiento verdadero. Y efectivamente, así era. Hoy, el escarmiento ha resquebrajado muchos cuarzos mentales; la necesidad de impedir que se consume la quiebra —5→ económica está descubriendo el campo en que los intereses convergen y se hacen comunes y, algo fundamental que se olvida: las nuevas generaciones -todo adulto menor de 35 años- son ajenas al error y al horror de nuestra guerra.
Además: si la unión nacional entrañara para algún sector beneficios unilaterales, no sería extraño que al otro le faltara generosidad y no fuera llevada a término, pero no es ese el caso. En éste nadie va a negociar con las manos vacías, pues si las fuerzas católicas y el Ejército tienen en las suyas la posibilidad de sustituir pacíficamente al régimen franquista, las organizaciones democráticas pueden aportar lo siguiente: (a) Factores decisivos para asegurar la paz social y la estabilidad de un régimen de libertades ordenadas y garantizadas por la ley. (b) Seguridad de que el ingreso de España en los convenios económicos y políticos europeos no será vetado. © Aumento inmediato de la producción, al no tener objeto el «tortuguismo» defensivo de los trabajadores.
El pesimismo, la pereza mental o la falta de información adecuada, argüirán aún que si llegara a existir voluntad inicial de entendimiento, la dureza de las contradicciones políticas que nos dividen acabarían impidiéndolo.
COMO PUEDE HACERSE EN ESPAÑA LO QUE ES NECESARIO HACER
La constante contradicción entre lo objetivamente necesario y las condiciones subjetivas que se dan en cada circunstancia, no puede resolverse humanamente sino acercando a conjugar ambas realidades en una tercera realidad: la de lo objetivamente posible.
Sobre tan sencillo concepto, dictado por el sentido común, descansa la estructura lógica de la Política de concordia y convivencia, y de ahí vienen su valor práctico, su fuerza potencial, su tener clara idea de qué se debe hacer y de cómo puede hacerse. Así, cuando el análisis de los factores sociales y políticos en juego muestra la dureza de las contradicciones españolas frente a la presión de las necesidades nacionales, lo racional no es sentarse en espera de que el tiempo se encargue de podrir el nudo, ni tratar de deshacerlo con dedadas de almíbar, sino sumar a un lado el peso de los factores negativos -régimen franquista, rencor, desconfianza, privilegios, etc.-, y el de los que fuerzan a la unión -inestabilidad política, situación económica, veto a la entrada de España en los conciertos europeos, nuevas generaciones, etc.- en otro. Una ojeada hasta para apreciar las cantidades. Si la positiva es mayor, como acontece ahora, se procede a la resta y el saldo que resulte significa el campo de posibilidades reales en que es necesario moverse.
Cierto que el actual no es muy amplio, sobre todo, si se mira en proporción con la inmensa tarea que tiene España por delante, pero permite poner manos a la obra. En él, en ese campo, están dándose todas las condiciones necesarias al entendimiento entre cuantos pueden propiciar una concentración amplísima de fuerzas liberales capaz de servir: (a) Como eje de la ciudadanía española para el derrocamiento del franquismo. (b) Como estabilizador de la política nacional al constituir una fuerza absolutamente mayoritaria, en condiciones, por tanto, de neutralizar cualquier corriente perturbadora, no importa de qué signo. Este concierto liberal puede lograrse en torno a un programa claro y concreto que, semejante o distinto al que seguidamente aventuramos, responda a idéntico propósito.
EN EL ORDEN POLÍTICO:
- Al ser derrocado el régimen franquista, la jefatura del Estado Español será asumida por una junta Nacional -o como quiera llamársele- compuesta por dos representantes de las fuerzas políticas signatarias y por un militar en representación del Ejército.
- La duración de los poderes que a esta junta le sean conferidos debe ser fijada en tantos años como pida la amplitud del mandato a cumplir.
- La Junta Nacional debe ser responsable en su día ante el órgano constitucional que proceda, tanto en el orden administrativo, como por incumplimiento o tergiversación de los términos del Pacto.
- Dentro de los límites que el acuerdo señale, la Junta Nacional tendrá facultades extraordinarias y podrá dictar cuantos Decretos estime precisos para el cumplimiento de su misión. Por otra parte, dispondrá de los más amplios poderes para reprimir cuanto vaya contra el mantenimiento del orden público más estricto.
- Todo partido o grupo que al quedar oficialmente constituida la Junta Nacional no le rinda acatamiento expreso, debe ser considerado enemigo de la convivencia nacional y cualquier actividad por su parte ilícita hasta que el primer Gobierno Constitucional decida su situación definitiva.
- Amnistía para todos los perseguidos políticos.
- Restablecimiento paulatino de las libertades fundamentales en la medida y tiempo que el mantenimiento del orden permita.
- Respeto absoluto a la lengua y a las peculiaridades culturales de Cataluña, Euzkadi y Galicia (partes integrantes de la cultura española).
- Apertura de una tregua social y política que debe mantenerse, al menos, hasta la fecha fijada para la convocatoria de las primeras elecciones.
- Reconocimiento expreso de los derechos espirituales de la Iglesia Católica y plena garantía para sus intereses materiales.
- Independencia efectiva del Poder Judicial.
- Los compromisos internacionales adquiridos por el régimen franquista que no puedan significar obstáculo al ingreso de España en los conciertos europeos, serán escrupulosamente respetados.
- La junta Nacional cuidará de reprimir de manera inexorable todo acto que vaya contra la convivencia nacional y tratará de eliminar rápidamente cuantas leyes, disposiciones y reglamentos dividen a los españoles en vencedores y vencidos.
EN EL ORDEN ECONÓMICO:
La fabulosa inmoralidad del franquismo, su ineptitud y su demagogia, han creado una situación que entraña los más graves peligros. Ello exige la adopción de medidas capaces de evitar la quiebra que amenaza y el caos económico que habría de seguirla. Por otra parte, mientras no se atienda a lo preciso para ampliar el ámbito económico español, ninguna reforma política bastará por sí para eliminar las causas generadoras de nuestro vivir en anormalidad permanente.
De todo ello la urgencia de convenir en un plan de reconstrucción económica trazado sobre el principio de que cuanto se elimine, modifique o cree debe estar determinado exclusivamente por las necesidades objetivas de este grave momento y por las que impliquen la reconstrucción y desarrollo de nuestra economía.
A fin de que el plan de reconstrucción responda fielmente a este espíritu, debe ser fundamentado en el estudio previo de la realidad económica española, hecho, precisamente, por una comisión de economistas designada al efecto. Esta comisión debe adjuntar con su trabajo sobre la situación presente, un análisis de los anacronismos, fallas y, males estructurales que han impedido el desarrollo normal de nuestra economía.
La especie de cuadro clínico que pueden aportar tales estudios deberá servir de fundamento a los signatarios del Pacto para el ajuste de una política económica con sentido nacional, cuyo desarrollo en el tiempo permita, con la apertura de nuevos horizontes a la vida española, la consolidación de la paz civil y el resurgimiento de España.
Hasta aquí las líneas generales de lo que hoy es hacedero. El ritmo y las formas concretas de realización, así como los límites de las reformas necesarias, no pueden fijarse unilateralmente. Son cuestiones que discutir y ajustar entre las fuerzas signatarias del Pacto.
OBLIGADO CARÁCTER DE LA ALIANZA LIBERAL
Entre nosotros, españoles, las alianzas políticas han buscado siempre desquites o cambios de postura, nunca -de manera adecuada, al menos- el terminar con la dolencia combatiéndola en sus raíces. Así, al elemental contra algo no ha seguido un pro esencialmente único, base justificadora, natural, de las negaciones colectivas, sino el hormiguero de contras propio de toda comunidad en proceso de disgregación o que no ha alcanzado a elaborar grandes síntesis nacionales, esto es a constituirse, a ser algo más que una multitud forzosamente ligada por la geografía.
España no puede permitirse más el lujo absurdo, irracional, dramático, de vivir sin íntima trabazón orgánica, derribando provisionalidades para levantar regímenes interinos, maniatada o en estado de catalepsia cuando no empeñada en el suicidio con sus execrables guerras civiles. De ahí que el jugar a las restauraciones carezca de sentido: de sentido positivo, claro, no de otro sentido que horroriza. Porque lo que hace falta es instaurar, emprender la construcción de sólidos cimientos -cívicos, económicos, culturales en los que pueda asentarse firmemente el régimen futuro.
Labor tan ardua y, tan extensa reclama, ante todo, estabilidad política, continuidad en el hacer, consecuencia en sus principales lineamientos: es decir, tres datos imposibles si la alianza liberal tiene el carácter efímero de lo prendido con un anti. Claro es, que hablar de alianza permanente sería desconocer las realidades políticas, pero sí cabe pedir que todas las fuerzas signatarias contraigan ante la Nación compromiso solemne de mantenerse estrechamente unidas durante largo plazo en cuanto concierna: 1.- A la defensa de los principios liberales. 2.- Al sostenimiento de cuanto se considere básico en la política de reconstrucción económica y de convivencia nacional. A estos efectos debe estipularse como punto esencial del Pacto que los ligados por él no podrán concertar durante el expresado período ninguna especie de alianza con fuerzas de signo totalitario o de inclinación absolutista.
FUNDAMENTOS DE LA RECONSTRUCCIÓN
El valor de cuanto queda dicho no podría trascender los límites propios de una crítica más, de un nuevo análisis, de otro de los muchos diagnósticos que han venido haciéndose desde los tiempos de Larra, de Feijoo, incluso de Quevedo, si junto a lo fácil no viniera para sostenerlo lo comprometedor y menos sencillo: el formular una terapéutica. Tres proyectos de solución a tres de nuestros problemas medulares -el económico, el institucional, el agrario- son, por lo pronto, nuestra contribución a ella. Su valor instrumental, la posible eficacia de sus fórmulas, están pendientes de contraste, pero valen en sí como ejemplo frente a la necesidad de ir concretando anhelos y disconformidades en algo más racional que el trancazo y que la arremetida. En este terreno, en el de las concreciones, la algarabía cesa, y ya es mucho el lograr un poco de auténtico silencio, de ese silencio hecho de vida atenta en el que se oye -o puede oírse- con la conciencia y la razón a un tiempo.
CONSIDERACIONES FINALES
Convivir y concordar no es conllevarse. Aquellos llevan implícito algo vital, dinámico. Éste, una suerte de resignación, una especie de inercia. Difícil es aprender a convivir concordando luego de haber respirado discordias y de haber comulgado con ellas; después de haber padecido injusticia, persecución, expolio, o de ser humillado y sometido a servidumbre. Difícil, no imposible. Hará falta, para concordar, en muchos casos, alguna dosis de heroísmo; pero poca memoria habrá de tener de los propios errores, poca generosidad para con los ajenos y poco amor a España el que no acierte a conseguirla. Algo puede ayudar en esos esfuerzos personales el tener conciencia de que hemos agotado toda la substancia nacional acumulada por nuestros mayores; todos nuestros créditos históricos, toda posibilidad de espera. Y de algo peor aún: de que luego de vivir mascando y remascando laureles polvorientos -Numancia, San Quintín, Lepanto, Otumba, Pavía...- nos hemos atrevido a girar contra las generaciones futuras.
—7→Ningún español, a no tener el alma llena de podredumbre, puede dejar de ver esas verdades y su terrible consecuencia: que España, nuestra patria, se está disgregando a toda prisa: en la conciencia de sus hombres y de sus pueblos, bajo la pesadumbre de muchas experiencias amargas y de incontables decepciones; en el juego mental de los desesperados, corroída por espejismos exóticos; en el cuerpo, de millones de niños y de adolescentes, martilleada por la miseria, el resentimiento y la ignorancia; en los centros de cultura, asfixiada por la más feroz de las intransigencias.
A la visión de esta realidad sobrecogedora cabe añadir algo singularmente significativo y de todo punto innegable: que cuanto no se quiso aguantar o no se supo ceder en bien común y de la patria, ha sido menester a aguantarlo y cederlo, pero multiplicado, impuesto arbitrariamente, y con daño notorio en todas las fibras espirituales y económicas que sirven de trabazón a nuestro pueblo.
Hoy, todo lo mejor y todo lo peor es posible. Lo caduco se ha desmoronado en las conciencias; las generaciones escarmentadas viven aún, y la juventud de ayer, tan vital como ofuscada, tan llena de nobles propósitos como mal dirigida, ha renacido en la juventud de ahora, serenada, al parecer, por la experiencia. Ningún momento anterior fue más propicio: tampoco más peligroso, más dramático, porque todo puede perderse en una nueva mixtificación histórica. Eso es lo que hay que evitar a todo trance.
Españoles de todas las Españas: La Política de concordia y convivencia es el camino que lleva a la España ideal por la que luchasteis o con la que soñamos, a la España de todos y de siempre, a esa que reclama de cada uno lo mejor de sí mismo para que nuestro millón de muertos no acabe entre las basuras de la Historia y nuestra patria en definitivo coloniaje.

Ha muerto Juan Ramón
(Viene de la pág. 1)
de los dioses, esa en la que hay que pagar -en años, en segundo- por cada bien, por cada logro, por cada instante de belleza gozada, y ya se sabe como cobran: pena sobre pena, a inmensidad por brizna.
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Abiertamente, nadie le regatea a Juan Ramón estatura poética; ni siquiera quienes con arreglo a dogma o al «no están maduras» de la fábula, consideran su modo y su actitud como inactuales. ¡Bizarra contradicción! ¿Poesía con chemise? Chemise -al menos, para quienes no concebimos al rosal atento a figurines, ni preocupada a la tarde por si se lleva o no se lleva el malva. ¿Poesía aplicada, premeditada, adaptada? Pues premeditación, adaptación, albañilería con estuco poético. Pero no se trata de discutir lo evidente, sino de poner en evidencia la mala fe de quien, refiriéndose a la poesía de Juan Ramón, es decir, al hombre Juan Ramón, ha escrito: «...Poesía personal, subjetiva, desatenta por completo a la vida y al mundo...».
El tema que el «crítico» sugiere es tentador en extremo. Tan tentador para nosotros como resbaladizo para él, pues nunca podrá contestar estas preguntas sin desmentirse o sin negarse:
¿Es concebible una poesía impersonal? ¿Cabe lo impersonal en el hombre? Si cupiera, ¿sería deseable?
Por otra parte, o por la misma: ¿Puede hablarse en rigor de objetividad tratándose de acciones y de reacciones humanas?
La chunga de Mairena inventó una máquina de hacer versos, pero hasta en su ingenioso artefacto había un punto de partida subjetivo: la palabra inicial proporcionada por el hombre.
Para imaginar una poesía relativamente objetiva hay que recurrir al absurdo de suponer en los tabiques quieran y pueden decirse en verso.
¿Se referirá, por oposición, «el crítico», a la llamada poesía de masas? En ese caso ha caído en el sonoro galimatías de los «dialécticos», y en vez de objetiva ha querido decir otra cosa: municipal, gregaria, colectivo... ¡vaya usted a saber cómo nombrar a ese imposible!
Pero no le demos más vueltas: El «crítico» ha tratado de soltar la uñada y de esconder su motivo tras la cortina de un súbito fervor por la poesía impersonal, objetiva, objetivizadora, reclamada por el moderno escolasticismo.
Parapetado en él, acusa a Juan Ramón de desatento al mundo y a la vida. ¿A qué mundo, a qué vida? Si es a la vida enconada, mazorral, sin duda; si al mundo techado, acostado, oscuro, de los topos, desde luego; pero falsedad mayúscula, si se trata de la Vida o del mundo contradictorio de los hombres.
¿No son vida la Naturaleza, el amor, los niños, la belleza? ¿Qué le sacó de España? ¿Qué le mantuvo en destierro? Juan Ramón condenó al franquismo por escrito —8→ antes de expatriarse y firme en la condenación, fiel a su pueblo, siguió hasta el instante de su muerte. He aquí una prueba, publicada recientemente por Rivas Cherif «A la Habana, estando él, llegó un célebre hispanófilo alemán. El ministro de Educación cubano, gran aficionado a España y amigo particular de JR, quiso presentárselo en el hotel donde los dos se hospedaban, a instancias del propio Vosper y al azar del primer encuentro. Le dejó con la mano en el aire: ¿Qué opina usted del bombardeo de Guernica?
-Que usted y yo estamos por encima del horror.
-Yo no. Yo estoy debajo -y le volvió la espalda.
Diez y nueve años de nostalgia, la vejez, los ruegos de Zenobia que sabiendo próxima su muerte quería dejar al poeta entre los suyos, en su patria, no acertaron a vencer el asco de Juan Ramón por el franquismo. Indalecio Prieto ha escrito a este propósito: «Para que el franquismo lo rescatara, ha sido necesaria la muerte. Su aversión al franquismo estaba no solo evidenciada por su peregrinaje por América desde 1936 y con su porfiadísima resistencia a los ruegos de la mujer amada, sino también con su rotunda negativa a que el embajador de Franco en Estocolmo recogiera de manos del rey de Suecia el Premio Nobel».
Por otra parte, el desentendido de la vida y del mundo entendía así la misión del poeta:
| Que por mí vayan todos | |||
| los que no las conocen, a las cosas; | |||
| que por mí vayan todos | |||
| los que ya las olvidan, a las cosas. |
He aquí otra muestra de su desentendimiento:
| ¡Forjadores | |||
| de espadas, | |||
| aquí está la palabra! |
Y otra, por último:
| Mis alas ¡qué altas en el cielo! | |||
| Mis pies ¡qué hondos en la tierra! | |||
| -¡Y qué dolor | |||
| de corazón distendido! |
Nació Juan Ramón en Moguer -Huelva- la noche del 24 de diciembre de 1881. Siendo muy niño murió su padre, y fue tan tremenda la impresión que le causó su muerte que a ella se atribuyeron más tarde los trastornos nerviosos del poeta. Fue uno de sus trabajos iniciales la traducción de Rosalía de Castro y de Curros Enríquez. En 1892 -recién cumplidos los 16 años- publicó sus primeros poemas; más tarde recogidos en dos libros -«Anunciación» y «Rimas de Sombra»- de los que pocos tienen noticia alguna y muy pocos recuerdos. Comenzó sus colaboraciones en la revista Vida Nueva, publicada en Madrid por aquellos años. En 1903 apareció «Arias tristes»; en 1904, «Jardines lejanos». En 1908 publicó dos libros: «Elegías puras» y «Elegías intermedias». En 1909 «Las hojas verdes». «Elegías lamentables» y «Baladas de primavera» están fechados en 1910. En 1911 aparecen tres libros suyos: «La soledad sonora», «Pastorales» y «Poemas mágicos y dolientes». Luego, en 1912, «Melancolía». «Laberinto», en 1913. Al siguiente año, «Platero y yo», su libro más famoso. «Estío» salió a luz en 1915 y, en 1917, año de su casamiento con Zenobia, los «Sonetos espirituales», el «Diario de un poeta recién casado» y «Poesías escogidas». Vienen después «Eternidades», 1918, y «Piedra y cielo», 1919. Luego de un paréntesis de casi tres años, publica, en 1922, su «Segundo antología poética». En 1923 tres libros nuevamente: «Belleza», «Poesías escogidas» y «Poesía». «Unidad» aparece en 1925, «Poesía» en 1932, «Sucesión» y «Presente» en 1933 y «Canción» en 1936. (Esta lista es incompleta. Faltan «La frente pensativa», «Romances célebres» y otros cuya fecha de publicación no hemos podido precisar.)
Luego, a lo largo de su peregrinaje -La Habana, Miami, Nueva York... Puerto Rico, por último-, atenazado casi de continuo por la angustia nerviosa que sufrió desde la muerte de su padre, su producción disminuye notablemente, limitándose durante varios años a colaboraciones en diversas revistas. Destacan en este período «Romances de Coral Gable» y un libro capital: «Animal de Fondo».
Ahora, a punto de terminar estas líneas, nos llega una revista española fechada algunos meses atrás. En ella aparece una entrevista de Francisco Morales con Juan Ramón que confirmó lo sospechado sobre su ánimo y lo sabido sobre su actitud. He aquí algo de lo que Morales escribe: «Tras la muerte de Zenobia se había encerrado en su habitación, con las ventanas cerradas. Durante un año no salió ni cuidó su persona. Daba lástima. La señorita Saleva, que actúa como secretaria del poeta, le hablaba desde una habitación cercana y solo la enfermera podía entrar en el cuarto. Había que cambiarle las ropas a la fuerza. Daba pena. Quería morirse».
Y más adelante: «Yo le entregué los papeles y fotos que traía...». «Lentamente miró las fotos. No se alteró ni un ápice. Eran fotos de las tumbas de sus padres. Moguer, su pueblo, le ofrecía una tumba para Zenobia y para él cuando Dios, en su día, le llamase».
Líneas abajo, cuenta: «Llena de nostalgia y de infinita tristeza sonó la respuesta de JR: -¿Qué voy a enviar yo a Moguer? Mi corazón, mi alma toda está en Moguer».
«-¿Por qué no vuelve usted a España? Todos le esperan. Todos le quieren. En Moguer han arreglado su casa para cuando usted vuelva. -Con la gravedad y tristeza de siempre me dijo-:Yo no puedo volver, yo soy un prisionero».
El señor Morales se pregunta con cierta extrañeza de quién sería Juan Ramón prisionero. Vamos a decírselo: de la dignidad, del amor a España, de la indignación por el crimen que se está cometiendo con España.
Los párrafos transcritos demuestran que nuestra sospecha sobre la verdadera causa de la muerte de Juan Ramón era fundada. Murió de absoluto destierro, de gana absoluta de morirse. Las Españas, que tuvo el honor de contarlo entre quienes aprueban su labor y contribuyen a su sostenimiento, rinde al gran poeta y gran español desaparecido el más emocionado y fervoroso homenaje.


Motivos de diálogo
Se ha dicho hasta la saciedad que «la política es el arte de gobernar» o el «Arte de lo posible», y quién sabe cuántas otras cosas para definir lo que es o debe ser la «política». Empero, hasta donde alcanzamos, ninguna de tales definiciones explica el por qué atendemos a la política, a eso que llamamos «política». Nosotros, que no solemos andarnos por las ramas, que expresamos claro y pronto nuestro juicio, diremos que debe haber dos órdenes de motivos o impulsos que decidan nuestra participación en eso que llamamos «política». El primero y mejor sería determinado por el natural deseo -inspirado en humana solidaridad ante el dolor, la injusticia y el mal- de coadyuvar al alcance del óptimo bienestar social; el segundo, menos desinteresado pero tan legítimo y natural como el primero, por tratar de resolver los problemas colectivos entre los cuales se comprendan los propios; es decir, aquellas cuestiones que al generalizarse se tornan políticas. Ello quiere decir que para que cualquier actuación sea verdaderamente «Política» tendrá que referirse y afectar a la «polis», a la comunidad y, para ser fértil y honesta, menester será despersonalizarnos; cuando más sería lícito integrar o asociar nuestro personal interés al del mayor número de ciudadanos cuyos intereses y anhelos coincidan con los anhelos propios.
Mas, refiriéndonos al comportamiento «político» de los españoles desterrados, a su «política» actuación, ya sea libre o encuadrada en cualquier organización política o sindical, creemos que se procede con notoria anarquía y sin fundamento político; sin atender ni servir -como debiera ser; por encima de cualquier otra consideración, ante la angustia de España- al primordial y urgente interés político de la comunidad española.
Así, los más de nosotros, adoptamos una especie de «actitud judicial», que contraría cualquier anhelo de convivencia española por lo cual -y dado que carecemos de propia fuerza para imponer nuestra voluntad- parece claro que subconsciente o conscientemente no deseamos convivir con los 30 millones de españoles que viven en España. Otros, al amparo del futuro político ideal que de España se forjan arbitrariamente, prefieren que los españoles que viven en España se «cuezan en su propia salsa» o lleguen al punto de saturación que produzca el estallido social o político; caos que ignoramos para qué sería bueno. Otros, en fin, en lugar de sumarse y favorecer la solución inteligente de la sustitución pacífica del oprobioso franquismo fijan condiciones indeseables e impolíticas, que, naturalmente, constituyen radicales imposibles.
Así las cosas -por cuanto a los desterrados se refiere- los españoles del «interior» buscan y desean infructuosamente la concordia, el entendimiento con los desterrados creyendo que es posible y que sería fecundo en orden a favorecer la aceleración del proceso de superación del franquismo.
Pues bien. Son tantos y tan complejos los problemas de todo tipo que aquejan a España, que solamente mediante la total y entusiasta cooperación de todos podrían superarse triunfalmente. Por ello es plausible, laudable e indispensable que cuantos sintamos verdadero amor por España nos arriesguemos a buscar soluciones para sus acuciantes problemas concretos, con desinterés, generosidad, eficacia y verdadero espíritu de servicio. No importa, en este trance histórico de verdadera angustia, que se nos moteje de «arbitristas», no siéndolo en verdad. Además, puestos a motejar, el peor «arbitrismo» será el experimentado por todos hasta la fecha y sin excepción, según lo cual bastaba ocupar el poder político y ejercer mando para... agravar los males cuya solución se proponía. Pues, en efecto, como sabemos por vívida experiencia, cuantos pretendieron resolver los problemas de España mediante la correspondiente acción política a través del Estado (monárquicos constitucionalistas, monárquicos dictatoriales de Primo Rivera, republicanos socialistas, comunistas, cenetistas y anarquistas, falangistas y franquistas o derechistas) no lograron invariablemente más que la agravación de la situación general de España y de los problemas que tratáramos de solucionar. Claro es que resulta más fácil motejar de «arbitrismo» cualquier propuesta de solución de las cuestiones sociales que arriesgarse a la explicación y demostración de que los postulados políticos deseables son además posibles. Porque ya resulta intolerable la simple enunciación de apetencias, en tanto no sean más que eso: lista o menú sin comida. Si invitamos a comer hemos de contar con la comida que ofrezcamos o con la seguridad racional de obtenerla, y, se dirá: ¿qué otro tratamiento cabe dar a las cuestiones políticas? Para nosotros constituye requisito moral indispensable -para cuantos quieran de veras servir a la comunidad mediante la acción política- la seguridad teórica o capacidad para demostrar que cualquier proposición deseable sea, además, posible, realizable. Porque si no somos capaces de probar o demostrar teóricamente la viabilidad de cuanto propugnamos, seremos tan falaces como nuestros antecesores -Franco inclusive- y, lo que es peor, demostraremos la incapacidad política de España, de los españoles, para solventar sus cuestiones políticas políticamente: con lo que se justificaría la perpetuación de la dictadura como único sistema de gobierno posible para nuestro país.
Pues, efectivamente: ¿Porqué habría de movilizarse España para derrocar a Franco sin contar con la seguridad -teóricamente probada- de que las cuestiones políticas o las causas del malestar de los españoles podrían superarse? Para los españoles, que ya hemos experimentado casi todas las políticas, excepto la de concordia y convivencia, resulta intolerable aquello de que «quizá sea la política la única profesión para la que no se exige preparación alguna». Porque, para decirlo de una vez, la política hoy en día es ni más ni menos, la total administración de la vida o desenvolvimiento de la comunidad nacional. Y si en ninguna actividad humana se admite la incursión de los indoctos, menos debe tolerarse en el complejo dominio de la política. Mas, como no se expiden títulos universitarios de suficiencia para entender y contender en eso que llamamos política, justo será, de ahora en adelante, exigir de los llamados políticos que prueben y demuestren que cuanto propongan o postulen sea, además de deseable, posible. Porque los políticos «merolicos» han costado demasiado caros, social y nacionalmente considerados. El tema parece interminable y, sin embargo, reclama urgente resolución dentro del principio que, criticando la política conocida, indeseable e —10→ infecunda hemos enunciado. Y a ello atenderemos inmediatamente.
El problema cardinal de España es que vive -en casi todos los órdenes- muchísimo peor que los países comparables al nuestro. Se trata, pura y simplemente de una cuestión de calidad y cantidad. De ahí la insatisfacción general reinante en nuestra patria. Porque en efecto, no consumimos lo suficiente -tampoco producimos lo necesario-, ni disfrutamos del beneficio que ofrecen otros sistemas de gobierno. Nos referimos, claro está, a la libertad y la democracia, a la justicia social y a la suficiencia del mínimo vital indispensable. ¿Y por qué no hemos de disfrutar los españoles todos los bienes que suponen el disfrute de la libertad, el ejercicio de la democracia o autogobierno y el de un nivel de vida equiparable al que tienen ya países comparables al nuestro? ¿Acaso el hambre español es inferior en aspecto alguno a cualquier ser humano? Dejémonos de historias: nos referimos al español actual: ¿Es que no somos capaces de producir cuanto debamos consumir dentro de los límites del estadio de desarrollo histórico universal que contemplamos? Para nosotros, todo se reduce a una cuestión de organización; es simplemente un problema de organización social a cuya solución debe proveer la acción política correspondiente; porque es asunto de todos, de la comunidad entera.
Claro es que hacen falta básicas directrices de política nacional. Las soluciones fascistas y comunistas constituyen los extremos radicales experimentados e insatisfactorios, humanamente considerados. El liberalismo, al entrar en contradicción con el desarrollo histórico, hizo posible la infortunada instauración de sus radicales contrarios de derecha e izquierda. El socialismo democrático parece ser la esperanza del futuro. Pero, ¿qué es el socialismo democrático? ¿Ha sido formulado teóricamente o experimentado en parte alguna? Creemos que no, que sus directrices generales pueden servir efectivamente para configurar el óptimo sistema social futuro, pero reconocemos que hasta hoy no ha sido formulado ni experimentado. Su fuerza histórica radica en su potencial capacidad para conciliar la libertad con el bienestar material; cuya síntesis podría explicar el carísimo anhelo de justicia social. Mas, a falta de esa formulación teórica y de ninguna experimentación verdadera -pues lo que se lleva hecho en Inglaterra y en los países escandinavos no es, en sentido estricto, socialismo democrático- hemos de acercamos a la realización socialista de la justicia social por aproximación y tanteo, tal como se hace en el dominio de las ciencias.
Y, volviendo a España, la política general de concordia y convivencia tiene la virtud, en previo contraste con todo el saber político universal, de servir para detener la agravación de los males sociales -políticos y económicos- que actualmente aquejan a España y, en el futuro, para la asunción de un orden social mejor que acaso ejemplifique y caracterice prácticamente el anhelo de justicia social que entraña el postulado socialismo democrático.
Ante la dramática situación actual de España tenemos dos géneros de problemas perfectamente diferenciados y relacionados entre sí; el político y el económico. El primero tiene que ver con la organización del Estado y con los derechos y deberes de los españoles; el segundo concierne al nivel de vida o al disfrute, por todos los españoles, de los artículos o bienes de consumo general o básico.
Para todos los españoles, queremos el pleno disfrute del bien inenarrable que presupone el ejercicio de la democracia en libertad. Ello afecta a pobres y a ricos, a patrones o propietarios y a los asalariados; es decir a todos absolutamente. Y también queremos que los que viven intolerablemente mal puedan vivir como los que mejor viven afortunadamente. ¿Ello es posible? Comprendemos, imaginamos, más bien, el estupor de cuantos españoles nos lean, acostumbrados, como nosotros, a contemplar y sufrir las miserables condiciones de vida que sufren la inmensa mayoría, resultante inexorable hasta ahora de que no haya bastante para todos.
Nosotros sabemos muy bien que España es como es. Queremos significar que España se desglosa en pobres, ricos e intermedios. Y que, por ello, los intermedios no se oponen al verdadero progreso; los pobres quieren dejar de serlo y los ricos defienden su riqueza o relativo bienestar, legítima o ilegítimamente conseguido. El problema estriba, por tanto, en sostener o fomentar el bienestar relativo de los ricos, el progreso o mejora de los intermedios y en la emancipación de los miserablemente pobres.
Sabemos también que si repartiésemos por igual el producto nacional -lo que anualmente producen todos los españoles-, seguiríamos siendo todos pobres. Luego, en lógica consecuencia, el problema consiste en producir más y mejor.
Pero es lo cierto que el capitalismo español no ha sabido o no ha podido cumplir victoriosamente ante la historia. Para todos, es claro ya que la simple subversión del orden social imperante no modificaría el malestar que contemplamos. De ahí que preconicemos la política de concordia y convivencia nacional.
Sabemos que el capital indispensable para el necesario desarrollo económico ha de formarse, integrarse o constituirse a base de la dejación de consumo o de valor producido. Lo que sucede es, que el ahorro social no se aplica ahora más que en función del mayor lucro individual, mientras que es necesario invertirlo conforme a las necesidades sociales, a tenor de las prioridades más urgentes.
En orden a la producción sabemos como está orientada: conforme demanda el mercado comercial, y es necesario que se oriente a la satisfacción de las necesidades sociales más apremiantes para terminar con la injusticia social y el caos e insuficiencia que sufre España.
Puede asegurarse que mediante la Política económica de concordia y convivencia todos los españoles podrían vivir -al cabo de no más de 15 años- como los que disfrutan actualmente de un alto nivel económico, exceptuando lujos innecesarios y socialmente indeseables. Pero, además, sin expropiar nada a nadie y sin afectar al régimen de propiedad privada imperante. Bastará para ello que se instaure el Servicio del Ahorro Nacional compulsivo parte esencial, en nuestra opinión, de la «Política Económica de Concordia y Convivencia», gracias a lo cual podría contar España con el capital necesario para atender victoriosamente a su óptimo desarrollo económico y, por ende, a la superación de la causa y raíz del malestar político que tanto nos importa superar. Sobre ello insistiremos en el próximo «Diálogo de Las Españas».


España por dentro

Catolicismo y «catolicismo franquista»1
Las consideraciones que siguen han sido escritas por un grupo de católicos que, tan alejados de todo levantamiento indisciplinado como de cualquier impremeditación, intentamos honradamente abrir un camino mental en la compleja situación religiosa y social de nuestra patria. Esta situación, además de compleja, se nos aparece como bastante confusa, por lo que creemos que merece la pena realizar un esfuerzo de claridad. Por ello no queremos aludir, de ninguna manera, a cualquier supuesta pretensión de infalibilidad, sino pura y simplemente a nuestro limpio y maduro convencimiento. En ningún momento hemos pensado en suprimir el derecho de los demás a pensar de otro modo y a manifestarlo.
Por nuestra parte deseamos que estas reflexiones sean un ejercicio de la caridad. Esta caridad que «no se exagera; no se goza con la injusticia, antes se goza con la verdad». Es esta caridad la que nos impulsa a hablar. Y esta caridad la que nos impulsa a pedir, y hasta exigir, que se nos objete, que se nos discuta, pero ¡por Dios!, que no se nos insulte. Ya es hora de que los católicos españoles dejemos de distraernos y distanciarnos «en cuestiones estúpidas, en amargas recriminaciones «personales», como dijo ya en 1889 Menéndez Pelayo, y acudamos a una brecha común de esfuerzo y de sinceridad.
SITUACIÓN RELIGIOSA DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA
El punto de arranque de nuestras reflexiones lo constituye la situación religiosa de la sociedad española tal como se ofrece a cualquier examen medianamente atento. Tal examen no es ésta precisamente la primera vez que se realiza y creemos que coincidimos con todos los que, más o menos detenidamente y desde distintos ángulos, han dedicado alguna atención al tema, si nos adelantamos a calificar de inquietantemente grave la situación. Como que nos encontramos, nada menos, con una sociedad llamada católica que, en su dimensión religiosa, va definiéndose cada día con más indudable relieve por su vaciamiento de catolicismo. Los síntomas que atestiguan este proceso de ruina han sido señalados repetidas veces y son numerosos.
En los ambientes populares esta descristianización se traduce en indiferencia religiosa, que en las clases obreras es ya desde hace más de 30 años verdadera apostasía y entre nuestros campesinos toma cada día más el cariz de un abandono masivo por negligencia y por ignorancia. Únicamente el reconocimiento oficial o incluso el requerimiento de las prácticas religiosas, en concreto el Bautismo y el Matrimonio, mantienen para un número inconsiderable de estos españoles la vinculación externa a la vida religiosa.
En la burguesía, el testimonio corre a cargo de su inconsciencia y de su frivolidad; de su entrega, sin hondura ni consistencia religiosa, al disfrute bobo e inelegante de la paz actual; de su desentendimiento de todo noble afán de justicia social y de mejoramiento del pueblo; de su lujo injustificado e insultante; de su inmoralidad, cuyo aumento hace aumentar en proporción la hipocresía; de su fiero egoísmo.
Sobre estos dos extremos sociales hemos de señalar la angostura de nuestro ambiente intelectual católico, del que parece haberse enseñoreado la mediocridad y la suspicacia, que han alejado de manera fulminante del campo católico a los dos tercios de la naciente intelectualidad juvenil; y la absoluta ineficacia de todas nuestras exiguas y mortecinas organizaciones de apostolado seglar, inofensivas hasta la burla y el desprecio, que viven angelicalmente al margen de toda problemática social.
Y si a todo lo dicho añadimos la mención de esa enfermedad nacional que se llama inconsciencia profesional, pero inconsciencia profesional gorda, crónica, universal, confesada sin rubor, y la de esa desesperanza nacional que es una juventud desencantada, aviejada, sin entusiasmo para el trabajo profesional y para la acción pública, y, lo que es mucho más grave todavía, sin entusiasmo para el amor y hasta para el pecado, tenemos ya una tosca pero tremenda silueta de nuestra hora nacional.
No insistiremos en la descripción. Ninguna de estas observaciones han sido hechas por primera vez. Son cosas que «saltan a la vista» y hasta es posible que a ello se deba el enorme número de ciegos que en estas cuestiones andan entre nosotros. Lo que en cambio nos parece que no se ha llevado todavía a cabo con el debido rigor es un análisis radical de las raíces de esta alarmante coyuntura. Es lo que aquí pretendemos iniciar. Preguntamos: ¿Qué es lo que hay debajo de esta circunstancia española? ¿Qué es lo que significa? ¿Cómo ha llegado a ser posible?
Es evidente que no podremos llegar a comprender nuestro Catolicismo sin un previo examen de la estructura social cuya dimensión religiosa constituye. En realidad no hay catolicismo español. No hay sino católicos españoles, miembros de una sociedad llamada España. Y es esta sociedad la que ha conformado este Catolicismo, aunque a su vez este Catolicismo sea también uno de los elementos conformado res de aquella sociedad. Hay en efecto un mutuo acondicionamiento. Pero si hemos de comenzar por algún sitio, en la necesidad de aislar nuestro objeto de reflexión, parece lógico —12→ comenzar nuestro examen por la sociedad, por el tipo de sociedad en cuyo seno nos encontramos con tal forma de religiosidad; y por esa sociedad en un momento dado de su historia. Este momento deberá ser aquel en el que ya podamos pensar que se encuentran todos sus actuales componentes.
Para los fines de estas páginas ese momento lo situamos en los comienzos de nuestro siglo. En lo sustancial, el siglo perfila con su llegada una estructura social que no es ciertamente nueva pero que se reafirma y persiste hasta nosotros. No debe olvidar el lector que lo que tiene ante su vista no es un ensayo histórico sino unas reflexiones de examen social. Y no porque nuestra época no esté pidiendo a voces un riguroso tratamiento histórico, sino porque no son esas nuestras intenciones, ni nuestras posibilidades. Ese tratamiento se hace cada día más necesario, y, si se aspira a un mínimo de honestidad, habrá que profundizar más todavía, aparte de en muchos otros, en los temas que aquí apuntamos de manera somera pero exigente.
CATOLICISMO ABURGUESADO
Nuestro Catolicismo ha sido calificado por una voz autoritaria, la del Excmo. Sr. Arzobispo de Zaragoza, de «Catolicismo aburguesado». La apreciación no puede ser más certera y vamos a desenvolverla, pues por más que el uso, y el abuso, del término «burguesía» y sus derivados haya podido hacer pensar a algunos distraídos que se trata de un tópico más, la verdad es que sigue siendo el término definidor, lo vamos a ver.
Un Catolicismo aburguesado es un catolicismo a la medida de una estructura burguesa. La burguesía señaló y comenzó por ser un estado legítimo necesario -natural, simplemente- en el proceso de ascensión de los pueblos de Occidente. En él se ponía de bulto la plenitud de una posesión del mundo y la exaltación de unos valores fundamentales, los del individuo. Pero si la adquisición de esos valores fue legítima, su posesión por una clase social, con enajenación de las restantes, comenzó ya muy pronto a convertirse en una usurpación delictiva. La historia posterior de Europa ha venido siendo, en una buena parte, la progresiva e impenitente perpetración de este delito. Delito ya muy grave aunque hubiera podido mantenerse circunscrito a un sólo plano de la realidad social, aislado del resto. Pero tal suposición es absurda. Y así, la posesión exclusiva del ámbito económico por una parte de una clase social acaba por convertirse en posesión exclusiva de todos los demás: del cultural, del político, y, como no podía menos de suceder, también del religioso. Resultado: en un momento dado, una clase social ha desalojado de la sociedad a las demás. En nuestro caso concreto, la vasta clase social que llamamos burguesa ha acabado por excluir del tipo de sociedad que ella precisamente ha contribuido a levantar y a «conformar», a las restantes clases no burguesas. Observamos de paso la mortal contradicción que tal tipo de sociedad lleva clavado en su costado: la de hacer imposible la vida social de una gran parte de los individuos que son sus miembros, en nombre de una supuesta afirmación de los valores del individuo.
Por si nos queda alguna duda, la contrapartida revolucionaria va a constituir una prueba fehaciente de esta dinámica social. Está por descubrirse un solo movimiento subversivo que, sea cualquiera el ámbito en que se haya originado, no se haya apresurado a lanzarse, como una marea inevitable, hasta los últimos confines de la estructura social.
Pues bien; hoy la sociedad burguesa ha cubierto y cerrado su circuito de vida. Ha sido precisamente la Revolución que la burguesía ha provocado la que la ha hecho desaparecer. La estructura por venir no ha nacido aún, aunque apunte ya por tantos horizontes. Pero el orden viejo se ha hecho imposible. Como posibilidad, diríamos, es impensable. En tal medida es esto una verdad que no dudamos en enunciar la paradoja de que si la estructura de la sociedad occidental sigue siendo burguesa ello se debe a no haberse dado cuenta gran parte de sus miembros de que ha dejado de serla. No otra cosa que la torpeza mental de los burgueses les permite continuar con la persuasión de la existencia de un mundo que en realidad es de ayer. Lo que comenzó siendo un nivel histórico y vino más tarde a inmovilizarse con el lastre de un exclusivismo delictivo, ha acabado por no ser sino un simple anacronismo.
Y es oportuno recordar aquí las palabras, aunque desprovistas de valor oficial, pronunciadas en una conversación privada por uno de los hombres más clarividentes de nuestros días, Pío XII: «La burguesía y el liberalismo son criaturas del siglo XVIII, que crecen y se hacen adultas en el XIX para envejecer y morir en el XX. Yo mismo los he visto morir en Alemania. Y después, desde 1933, parece como si los pueblos europeos se apresuraran precipitadamente a cerrar sus tumbas».
Pero en la vida de un pueblo un anacronismo nunca es venial; es siempre un suicidio. Para este suicidio no parece sino que la burguesía española se ha empeñado en ir poniendo todos los medios.
LA BURGUESÍA ESPAÑOLA IMPIDE FRAGUAR UNA ESPAÑA MODERNA
Y, ante todo, seamos también en esto sinceros aún a riesgo de pasar por crueles. La burguesía española no puede sin más ni más emparejarse con las demás burguesías de Occidente. Ha presentado siempre unos rasgos típicos de raquitismo. Ha sido una burguesía disminuida. Como burguesía, hemos de reconocer que ha sido poco burguesa, ha tenido lo menos que podía tener de burguesía para poder seguir llamándoselo. Por muy intolerable que esto pueda parecer, hay que sostener que mientras la burguesía europea ha hecho la Europa moderna, en todos sus sentidos buenos y malos, la burguesía española ha tenido una buena parte en impedir que pudiera llegar a fraguar una posible España moderna. Sin duda ha permanecido libre de algunos de los descarríos fundamentales de la europea, así por ejemplo, no se puede hablar de un «naturalismo» español -de un pensamiento y una ética naturalista entendidos como «constantes» de la modernidad europea-, pero en cambio nuestra burguesía ha carecido de casi todas las virtudes que han caracterizado a la europea; en particular, de la primera de todas: la inteligencia. Lo vamos a comprobar enseguida.
En el vasto terreno de los movimientos de ideas -y de ideas con una inmediata repercusión social, pues a lo social nos circunscribimos- un esquema elemental nos presenta a una España escindida en dos enormes bloques enfrentados: burguesía y pueblo. Éste, en los sectores cada día crecientes en que por obra del proceso de industrialización iba convirtiéndose en masa, era arrojado de su secular e inconsciente desamparo a la angustia de su situación y al resentimiento contra la burguesía opresora. Toda la violencia y la desmesura que desembocaron en el año 1936 fueron, por tanto, las consecuencias forzosas de una inveterada situación de injusticia, cuya fermentación vinieron a apresurar, desviar y, por último, enloquecer, gérmenes de determinadas doctrinas e ingerencias políticas.
Pero la burguesía era totalmente incapaz de comprender que en aquella violencia sin freno la razón era mucho —13→ más voluminosa que la sinrazón; completamente ajena a la angustia verdadera del pueblo y a su significación, y sin ocurrírsele otra cosa que lamentar los desmanes cívicos para los que siempre tuvo a mano la fácil explicación de los manejos más o menos misteriosos de determinadas fuerzas subversivas, hay que reconocer que resbaló siempre sobre las verdaderas causas de la situación sin ver en ella otra cosa que un problema de orden público cuya solución podía ponerse en manos de la Guardia Civil.
No entramos en el fondo del problema de hasta qué punto la burguesía tiene derecho para defender, frente al desorden violento de las masas, su propio orden burgués que, en realidad, por ser injusto, no pasa de ser un desorden sin violencia. Pero hay un momento, momento que llega con forzosa dialéctica, en que la revolución toca realidades que ya no son burguesas sino radicalmente humanas. Éste es el momento en que la burguesía adquiere su único derecho a defenderse; momento con tanta más urgencia aprovechado cuanto que la burguesía siente oscuramente que tiene en la mano la posibilidad de excusar sus excesos.
Merece la pena que nos planteemos la cuestión con un mínimo de rigor mental. Si reducimos la burguesía a esquema, veremos que se apoya sobre una triple afirmación: afirmación de la propiedad como dimensión económica del individuo; afirmación de la cultura como libre desarrollo del individuo; afirmación de la Religión como la relación del individuo con Dios. Pero estas tres afirmaciones no sor burguesas. Lo que las hace ser burguesas es el olvido de su envés social y, en consecuencia, el uso que de ellas hace la burguesía es exclusivo e injusto.
Ahora bien, como la violencia revolucionaria se levanta contra esta triple afirmación, ataca simultáneamente el «modo» de la afirmación y la afirmación misma; la posesión burguesa de las tres afirmaciones y fatalmente su misma existencia. Naturalmente, la burguesía -y todo hombre- tiene el derecho, y la obligación además, de defender esas tres afirmaciones. Pero no en el sentido burgués. La burguesía puede y debe defender la existencia de las tres afirmaciones, pero no su posesión exclusiva que es injusta. O, dicho de una manera más radical: los miembros de la burguesía tienen derecho a la defensa de las tres afirmaciones, pero no a la defensa de la burguesía como tal, que, históricamente ha venido a ser injusta.
Pero estas son cosas que a la burguesía no le interesa demasiado comprender. La burguesía lo defiende todo junto, identifica su propia causa con la de las tres afirmaciones cuya existencia ha quedado comprometida por la revolución. Sabe que es el único medio que tiene a su alcance para poder sobrevivir como tal burguesía. Si llega a obtener esa victoria, una victoria en la que Dios es abundantemente invocado, sostendrá que han sido esas tres afirmaciones las vencedoras. Pero nada más falso. Se ha tratado de una simple victoria de clase por medio de la cual la burguesía ha vuelto a asegurarse la posesión injusta de las tres afirmaciones. En realidad, lejos de salir victoriosos, Dios y la persona han sido nuevamente derrotados, y esto por partida doble; del lado burgués, por la victoria del exclusivismo; del lado revolucionario, por la derrota de las exigencias justas que todo torbellino de revuelta social arrastra siempre confundidas en sus aguas violentas. Comprendemos ahora el enorme interés de la burguesía por identificar su propia causa con la causa de Dios; la ventaja de enturbiar las aguas para pescarse ella sola la gran trucha del triunfo redondo, con una inalterable tranquilidad de conciencia, por añadidura.
SENTIDO SOCIAL DE LA GUERRA ESPAÑOLA
Pues bien: sostenemos enérgicamente que éste fue el sentido SOCIAL -subrayamos la palabra- de la guerra española: un sentido burgués. Esta afirmación hoy mismo ha de parecer a muchos intolerable. Tantos velos se interponen todavía entre nosotros y nuestra propia historia cercana. Todas las explicaciones que demos parecerán pocas. Y sin embargo mantenemos la afirmación y exigimos que se haga un esfuerzo por entenderla.
La única solución al dilema que iba a plantearse en términos sangrientos en el año 36 hubiera debido consistir en la intervención de un tercer factor, REALMENTE diferente de los otros dos litigantes. Esto es: si los litigantes eran revolución y burguesía, afirmación exclusivista burguesa contra negación exclusivista revolucionaria, sólo habría de ser realmente diferente un movimiento que fuera al mismo tiempo antiburgués, por rechazar el exclusivismo individualista y de clase de la burguesía, y antirrevolucionario por afirmar los valores fundamentales del individuo como PERSONA. Contra la revolución habría de sostener los derechos individuales y contra la burguesía los deberes sociales. Habría, por tanto, de ser auténticamente REVOLUCIONARIO al superar simultáneamente, y en los verdaderos términos de la situación, que no era política ni religiosa solamente, sino SOCIAL, en el más vasto sentido de la palabra, la revolución y la contrarrevolución. Pero no lo hubo. Los posibles candidatos a esta tercera e ideal posición no lograron, aunque en ocasiones lo intentaron, romper el esquema de los dos bloques en lucha, y, en consecuencia acabaron por resolverse en ellos, absorbidos por uno o por otro. Con lo cuál de ninguna manera se intenta negar, ni siquiera poner en duda, que en nuestra guerra civil la defensa de los valores humanos y cristianos amenazados por la revolución fuera el alma del noble sacrificio a que una gran parte de la nación se ofreció. Pero es una enorme ingenuidad pretender que las viejas mezquindades de nuestro espíritu burgués se quemaran definitivamente en la llama del entusiasmo de aquellos días. La verdad es que junto al grupo, todo lo numeroso que queramos suponerlo, de los que buscaban afanosamente una España mejor, estaba uno mucho más vasto de los que iban o por «su» España, la de siempre; de los que iban simplemente a lo suyo. Cierto que hubo horas en que todas aquellas intenciones ardieron juntas en la llama heroica de las trincheras hasta creerse tal vez sinceramente héroes los mismos que no lo eran. Pero en el fondo nada tan refractario a cualquier fuego que ciertas intenciones identificadas ya con el mismo ser. Fueron muchos los españoles, muchos más de los que al principio pudo pensarse, los que salieron de la presunta llama purificadora tal como entraron. Lo que podemos llamar el espíritu burgués fue desde luego una de las sustancias más resistentes, y la primera en volver a desarrollarse con mayor pujanza que antes; la burguesía española, bastante modesta, un tanto vergonzante antes de la guerra, se ha convertido después de ésta en una burguesía capitalista fuerte y endurecida, con una mentalidad de clase que llega al enfurecimiento. De hecho, ha venido a construirse en el obstáculo primordial para todo intento de reforma.
LA GUERRA NO RESOLVIÓ NINGÚN PROBLEMA
Digamos simplemente, en resumen de lo expuesto antes de pasar adelante, que la guerra civil no alteró en lo esencial los términos SOCIALES de la situación española; —14→ no tuvo otro resultado social que el de la reafirmación de una sociedad burguesa frente a la revolución. Si España -esta grande y dolorosa realidad, este cuerpo social que es España-, había hecho una guerra por resolver un problema, y se había sometido si vale la imagen, a una tremenda intervención quirúrgica, al salir de ella seguía con su problema dentro. Y buena prueba de ello es la nueva situación nacida a raíz de la guerra y que llega hasta nosotros.
En esta situación, a pesar de no haber sido nunca tan «nueva» como en un principio se creyó, hay desde el comienzo, y desde el punto de vista en que queremos mantenernos de la estructura social, algo enorme y anteriormente positivo considerado en sí mismo: la realidad de un Estado católico que ofrece a la Iglesia y a una sociedad católica una posibilidad sin precedente de acción religiosa y social. Y en efecto, este camino abierto comenzó muy pronto a ser recorrido por un número nada despreciable de iniciativas de todo orden, patrocinadas tanto por el mismo Estado como por las distintas instituciones de origen eclesiástico o privado. Y, por supuesto, el valor y la eficacia, con frecuencia inmensos, de estas iniciativas, es algo indudable y que ni por un momento intentamos discutir. Sin embargo, salta a la vista que cuando tales empeños han intentado descender a planteamientos y soluciones radicales, no han tardado demasiado en topar con un muro infranqueable: la inmovilidad de la burguesía. Inmovilidad que viene dada, en primer lugar, por una estructura social y económica superlativamente burguesa y capitalista. Jamás el Capital anónimo ha gobernado, ni soñado siquiera en hacerlo, en las proporciones crecientes de estos 20 años. Pero, en segundo lugar, por una mentalidad burguesa, por un conservadurismo universal que parece haberse apoderado de todos los planos rectores de la vida de la patria. Porque estos dos aspectos, estructura capitalista y mentalidad conservadora, coinciden precisamente en eso: en ser igualmente totales, exclusivos. En hallarse presentes en todas las partes y bajo todas las formas. Con decir que se han apoderado de toda la vida religiosa está dicho todo. Más adelante insistiremos sobre el particular.
Este sería el momento de hacer ver como tal inmovilidad es el final de un proceso morboso provocado por el desequilibrio en la vida social y el predominio anormal de los elementos de quietud sobre los elementos de cambio. En nuestro caso, toda una patología de la vida española. Pero esto es imposible. Hemos de contentarnos aquí con el final escueto: la inmovilidad aludida. He aquí el vicio «clave». Pero no una inmovilidad cualquiera, sino precisamente, una inmovilidad por tranquilidad.
Algo de esto quedó ya apuntado más arriba, pero se impone la insistencia. La mentalidad de «cruzada» el dar por hecho inconcuso que el triunfo de las armas era algo así como un «juicio de Dios», una prueba de que «Dios estaba con nosotros», o sea: con todo lo que nosotros éramos, hacíamos y representábamos, (no nos toca en absoluto referirnos a lo «providencial» de la marcha de la guerra y de la victoria, todo lo que acaece en la historia es providencial), se aliaron para crear un clima de seguridad cerrada, impermeable a cualquier suposición, a la más leve sospecha de que existían todavía posibilidades y radicales exigencias de mejora. Naturalmente que una situación como ésta adquiría toda una tremenda cohesión defensiva: los valores fundamentales y los más extremos conservadurismos de toda laya se volvían idénticos e idénticamente intocables. Calcúlense ahora las consecuencias, y en particular la prisa que habrían de darse a explotar el negocio que se les venía a las manos todos los que no gozaban de buena conciencia. Pensar en el cúmulo de barbaridades de todo género cometidas o consentidas con toda tranquilidad de conciencia, y en el cúmulo, todavía mayor, y cada día mayor de las llevadas a cabo con mala conciencia, pero a favor de la buena conciencia colectiva, es algo aterrador.
LAS DOS ESPAÑAS QUE SE ENFRENTAN
Pero inmovilidad y seguridad constituyen, aparte de otras muchas cosas, dos pecados capitales contra la movilidad y el riesgo de la vida humana. No ya desde un enjuiciamiento moral y sobrenatural cristiano, que vendrá después; desde un enjuiciamiento puramente vital, inmovilidad y seguridad salen condenadas. Desde el momento en que «se declara» como oficialmente, por decreto, una realidad inmóvil, congelada, surge enfrente, automáticamente, o mejor dicho no surge sino que prosigue, otra realidad que cuando menos presenta el primer signo característico de lo vivo, el movimiento, y que se aleja apresuradamente de la anterior. Es decir, queramos o no, nos resulte antipática o simpática la frase, nos encontramos frente a frente con dos Españas, con dos realidades españolas: una «oficial» y otra «vital». Y no por ajena vamos a rechazar esta terminología empleada hace más de 30 años para calificar otra situación análoga en ciertos aspectos: la Restauración. ¿No se dice que nos encontramos ante la perspectiva de otra restauración? Es tremendo esto de encontrarse por las buenas al pasado alojado cómodamente en el presente, como si entre el uno y el otro no hubiera «pasado» nada.
Por paradoja, en la España tullida hay algo que se mueve y que crece: su inautenticidad, es decir, su terco distanciamiento de lo real. Por una parte, esta pretendida realidad oficial se va vaciando, desrealizándose; la burguesía pierde energías en todas las esferas, se obliteran sus capacidades sociales, políticas, intelectuales; se desvitaliza su dimensión religiosa; se corrompe, y a buen paso, su moral. Por la otra, las zonas de efectiva realidad más densa, de más peso específico humano de la vida nacional, pierden confianza en la burguesía y en lo que representa o parece acaparar: política, cultura, religión. Y, claro está que la pérdida de confianza en las clases que por su situación se encuentran llamadas a ejercer una función rectora no acaba ahí; lleva consigo una nueva desvitalización, ahora ya universal, dentro de la vida de la sociedad, de aquellas realidades que la burguesía ha hecho suyas; disminuye en el pueblo la conciencia política, el aprecio por las realidades del espíritu, la vida religiosa.
¿Cómo reacciona la España oficial ante estos hechos? Ante todo comienza por no reaccionar; los hechos no logran conmover su duro caparazón de «verdades eternas». La falta de visión de los más, la inhibición y la deserción de los restantes, que ven, pero son pusilánimes o temen arriesgar algo, se encargan de mantener la inmovilidad.
Pero esta terca inmovilidad no hace sino apresurar la velocidad con que la otra España se aleja. La inalterabilidad de lo oficial provoca la exacerbación de la resistencia a la inmovilidad por parte de todo aquello que vive y necesita moverse y crecer. Y todas estas fuerzas jóvenes, constreñidas en posturas incómodas, desarrollan impulsos crecientes, simultáneos y contradictorios, de violencia y de cansancio; es el tira y afloja de quien lucha por deshacerse de sus ataduras, algo que ante los diferentes aspectos de la vida de la nación comienza por ser un patriotismo amargado y acaba derivando hacia la amargura sin patriotismo. Amargura que se llama escepticismo político, resentimiento de clases, anticlericalismo. Y es inútil que nadie pretenda emborracharse con palabras, o emborrachar —15→ a los demás; todo eso está ahí por desagradable que sea y madura inexorablemente.
SITUACIÓN DEL PROBLEMA DE «LAS DOS ESPAÑAS»
Mas antes de proseguir adelante parece conveniente salir al paso de algunas posibles malas inteligencias a que el especial «género literario» que estamos ejercitando puede prestarse. El «informe» está hecho más de alusiones que de prolongadas exposiciones. Tiende más a situar al lector ante los mismos hechos que a presentarle las razones que justifican su manera de ver. Precisamente, el «informe» como hecho social acontece en momentos en que un abuso de pretendidas razones ha intentado suplantar a los hechos, con lo que viene a sentirse como necesario un planteamiento de hechos que sea capaz de justificar las razones verdaderas. Lo que equivale a decir que el informe cumple al pie de la letra aquel menester conforme al cual al buen entendedor pocas palabras le bastan.
La primera mala inteligencia sería la de entender los binomios burguesía-pueblo, España oficial-España vital como categorías estáticas, como clases. De ninguna manera. Ya la equivalencia establecida entre burguesía y España oficial, por una parte, y pueblo y España vital por la otra, debe bastar para advertir que no son clases lo que se define sino actitudes; no categorías estáticas sino dinámicas. La España vital, el «sano pueblo» brota, gracias a Dios, por todas partes; a veces no parece sino que es cuestión de sensibilidad, de una especie de oculto sentido. Por desgracia, también correlativamente, la burguesía, la España oficial nos la encontramos donde menos pudiéramos imaginárnosla; su contagio llega a zonas muy alejadas de su «geografía».
Pero nos interesa sobre todo adelantarnos a la segunda mala inteligencia: la de identificar «España oficial-España vital» con lo que se ha llamado la teoría de las dos Españas. Sobre todo es necesario dejar las cosas bien claras. Repetimos una vez más que nos estamos moviendo en términos SOCIALES, no políticos, ni intelectuales, ni religiosos. Dios nos libre de pensar que puedan ser aspectos o planes separables en la realidad. Pero, igualmente, Dios nos libre de confundirlos. Porque son aspectos distintos. Y eso, es precisamente lo que nos permite advertir en el seno, de esa España vital, socialmente viva y fresca, actitudes de muy distintos calibres. Dicho de una vez para siempre: el que una España llamada vital se enfrente con otra llamada oficial -porque intenta serlo- no equivale a decir que aquélla se halle de acuerdo consigo misma. Pero es evidente que si esa España oficial se presenta como un cerrado y sordo sistema de identificaciones -una determinada confesión religiosa con una determinada forma política, una determinada estructura económica como justificada por aquella confesión religiosa, etc., etc.-, todos los que no se hallaren de acuerdo con algunos de esos elementos y aún los que sin hallarse en desacuerdo con ninguno de ellos lo estén con su identificación, acabarán por encontrarse encuadrados en «otra» España, definida, por necesidades de «situación», por su enfrentamiento con la primera.
Así, tenemos que en el vértice de esa España real, confusa y por lo demás no demasiado tranquilizadora en numerosos aspectos, germina también y da sus primeros pasos algo muy efectivo; algo que puede llegar a ser la auténtica «tercera fuerza» necesaria para asumir la totalidad social que los protagonistas de nuestra historia reciente no han sido capaces de representar. Se trata de un catolicismo ansioso, expectante, nada «clerical» y hasta «anticlerical», pero muy «eclesial» y eclesiástico; un catolicismo social, radicalmente social, social hasta sus tuétanos, angustiado y decidido en todo lo que se refiere a la suerte humana y sobrenatural de los hermanos que sufren y se ven humillados. Un catolicismo que envuelve un nuevo patriotismo, amargo y sincero. Que se considera totalmente ajeno a la serie de identificaciones históricas que la España oficial ha venido cometiendo.
EL NUEVO ESPÍRITU SACERDOTAL
Constituye, en efecto, uno de los más prometedores brotes de nuestra religiosidad después de la guerra la aparición de pequeños y múltiples grupos de sacerdotes y seglares entregados a la profesión de una fe tan esmeradamente purificada de toda deformación intelectual y social como ejemplarmente vivida en orden al espíritu sobrenatural y al clero apostólico. A diferencia del católico típico español de antes de la guerra civil, cuya mentalidad se hallaba formada más en el campo de los partidos que en la vivencia reflexiva y estudiosa de la doctrina y el espíritu de la Iglesia, este nuevo tipo de católico se caracteriza por el afán de exigente formación intelectual, por la revisión de los tópicos de la desgraciada identificación del catolicismo y la tradición nacional, por su atención a las exigencias católicas de otros países, por su acercamiento espiritual al pueblo, y, en resumen por el propósito incondicional de vivir la autenticidad católica en su más genuina pureza, conforme a las reiteradas direcciones de los últimos Pontífices.
Por lo demás, sería inexacto limitar esta nueva manera a círculos más o menos intelectuales. No. Este catolicismo que hemos llamado ansioso, expectante, salta a chorros donde quiera que se tiente: en la juventud, entre gentes campesinas de los últimos pueblecitos. Muchas veces no sabrán lo que quieren. Pero saben muy bien lo que no quieren, lo que no les gusta, porque no les «convence». Es la insuficiencia y la sordidez de lo establecido lo que empuja a estos espíritus hacia un ideal destino de España. Y basta trazar ante ellos la silueta de un mundo mejor, efectivamente justo, no socialista, ni liberal, ni burgués sino simplemente cristiano, para que sea ardientemente aceptado.
LA ESPAÑA «CATÓLICA» REPUDIA EL NUEVO ESPÍRITU
Pero hemos de confesar que la aparición de esta nueva sensibilidad en el catolicismo de nuestra patria no ha sido acogida con excesiva benevolencia por parte de la España «católica». Conforme a un modo de ser típica de nuestro catolicismo, las críticas hechas a la religiosidad española por su escasa instrucción, por su contaminación con el espíritu burgués, por su tradicional angostura intelectual, etc., etc., han sido denunciadas, adelantándose con celo digno de mejor acierto a cualquier declaración o advertencia, de la jerarquía, como desviaciones peligrosas o simplemente heréticas. Más papistas que el Papa -la expresión acredita una vez más la vieja solera de cierta puntería-, bien nutridas legiones de nuestros «católicos de excomunión diaria» -otra expresión que hará fortuna- se han apresurado a cerrar las filas de un extraño y con frecuencia muy pintoresco frente patriótico-católico-burgués contra los generosos intentos de renovación religiosa enarbolados por los católicos -de sensibilidad joven. Por defender en todas sus consecuencias y sin enmiendas ni restricciones la justicia social de la Iglesia han sido calificados de marxistas o comunistas, o «filocomunistas». Por estudiar el pensamiento moderno llevados de una muy consciente y vital exigencia de asimilación católica, se los ha denunciado —16→ como próximos a la herejía. Por ejercitar la autocrítica religiosa -la «christliche Selbstkritik» que propugna personalmente Pío XII, como él mismo ha expresado literalmente en sus conversaciones con un hombre de ciencia europeo- han sido denunciados como demoledores y pesimistas. Todo, sin que hasta lo presente, que sepamos, haya sido señalado en ningún caso, de manera fehaciente, ningún extravío doctrinal, ni siquiera riesgo de verosímil extravío.
Venimos así desde hace ya unos años asistiendo a un extraño intento de definición de la ortodoxia católica, sin intervención de la jerarquía, por parte de gentes tan bien intencionadas -en el mejor de los casos- como mal orientadas. Tratan tales gentes, con una apreciación muy poco exacta de los verdaderos alcances de la doctrina y del pensamiento de la Iglesia, de atrincherar sus posiciones sociales, su simplismo intelectual y su vago sentimiento patriótico, con la invocación de una ortodoxia católica que, en rigor, se encuentra muy lejos de la interpretación del catolicismo. El intento es semejante a otros de similar catadura recientemente denunciados por la jerarquía de algunos países, como Francia. Por lo demás, no se trata sino de los brotes contemporáneos de la «constante» del Integrismo. Y ya se sabe que hay una cosa que el integrista jamás podrá comprender, a no ser que se halle dispuesto a dejar de serlo: que el Catolicismo sea lo suficientemente ancho para que en él quepamos holgadamente todos, como decía Menéndez Pelayo.
Hasta aquí hemos procurado movernos dentro de una órbita «natural», histórica y social. Lo que hemos denunciado es visible para toda mirada humana, hasta para la de un ateo. (De hecho, para quien contempla el espectáculo «desde fuera», éste presenta rasgos mucho más hirientes y escandalosos). Pero, nosotros somos cristianos. Y este breve sumario de fenomenología social, tan fragmentario, tan incipiente, no nos puede resultar satisfactorio. ¿Qué hemos de añadir como cristianos y católicos, y precisamente en cuanto tales, a esta visión social? ¿Cómo enjuiciarla sobrenaturalmente? ¿Cómo conceptuar el hecho enorme, increíble e inmensamente escandaloso de una sociedad que se declara católica y, sin más, identifica todo lo que no es ella como tentativas negras y antiespañolas, que endurece cada día su posición con la abolición creciente y forzada de las libertades, que crea y propaga un clima de suspicacia, de insultos, de furibundas acusaciones contra todo lo que le molesta y simplemente por el hecho de que le molesta, lo mismo si se trata de egregios católicos nacionales que de movimientos o figuras católicas extranjeras, de una revista que de una organización apostólica, de un escritor que de un arzobispo?
CATOLICISMO ESTÁTICO
En una palabra: ¿Qué nos dice nuestra conciencia católica de esta universal pretensión de intocabilidad que parece haberse apoderado de nuestro tradicional catolicismo en todos los ámbitos de la realidad social, intelectual, política, religiosa, económica y, en particular en el ámbito estrictamente «social», o de relaciones humanas entre las clases?
Una cosa ha de tenerse muy presente en lo que ahora vamos a decir: ni por un momento intentamos dar aquí un juicio moral, calibrar intenciones. Eso es algo que queda para la mirada de Dios. Por tanto, lo que pretendemos enjuiciar desde un punto de vista sobrenatural no es la intención subjetiva de un comportamiento social, ni, al menos en cierta medida, el comportamiento mismo, sino LA FORMA de ese comportamiento, su significación objetiva; lo que ese comportamiento DE POR SÍ, significa, aunque de hecho no lo signifique desde la intención concreta de quienes así se comportan. Dicho en términos escolásticos: «la fines operis» y no el «finis operantis», el sentido de la obra, no el de quien obra.
SOBERBIA COLECTIVA
Nos parece que en la base de este Catolicismo nuestro español, cuyas propiedades hemos venido subrayando, hay una situación, un estado objetivo de soberbia colectiva, de esa soberbia cuyo nombre específico es «presunción». Los españoles como pueblo hemos caído en esa tentación que acecha a todo hombre de conformar a sí la religión, en vez de conformarse él a ella. Pero toda religión, en la medida en que queda reducida a estatua humana, se convierte en una idolatría. Hemos sido educados en una adoración de nuestra historia religiosa; en un convencimiento de lo enormemente agradecido que Dios debe hallarse de nosotros. El pueblo español ha desarrollado una conciencia de pueblo escogido, o sea, una conciencia «judaica». Ahora bien, es cosa comprobada que toda «judaísmo» lleva consigo un debilitamiento de las virtudes teologales. La Fe se convierte en una Fe sin obras; una Fe «pura» e ideal que se apresura a sustituir las obras por una práctica legal. España, tal vez por creerse demasiado en serio lo de «Martillo de herejes» ha venido a mantener una Fe protestante. (Ya se sabe que protestantismo y judaísmo tienen entre sí estrechas relaciones así teológicas como históricas). Por otra parte la presunción ataca de frente a la virtud de la Esperanza; ¿será muy exagerado decir que hay, en el fondo de nuestra mentalidad colectiva algo así como una mayor esperanza en el catolicismo español que en la Iglesia católica? Para nosotros es evidente que una gran parte de nuestros compatriotas siguen pensando que el catolicismo ha de verse muy comprometido en cuanto se vea sin el apoyo del orden burgués; que -para emplear unos términos todavía muy lejos del desuso- el trono es el sostén fundamental del altar. Hay falta de Fe y Esperanza en Cristo, en la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo y Cristo viviente, y en la acción del Espíritu Santo. En cuanto a la Caridad teologal, ya se entiende que su suerte corre parejas con sus hermanas. Todo judaísmo sustituye la caridad por sus formas. «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón se halla lejos de Mí», es la acusación de Dios contra todo judaísmo.
Naturalmente, la presunción lleva consigo la anulación de la humildad: la de la conciencia de la propia verdad que para el hombre ha de ser siempre una conciencia de pecado y de menesterosidad. La conciencia presuntuosa se vuelve de espaldas a sí misma y luego a todo el resto de la realidad. La perfección se da por descontada; la perfectibilidad por tanto desaparece como exigencia.
Pero como la traducción a términos reales de esta actitud de conciencia es, casi por definición, su más violenta contradicción, puesto que la multitud de vicios e impurezas, lejos de verse limitada y controlada, se proyecta en la práctica en el mismo rango de valor que las realidades auténticamente virtuosas, el resultado final no puede menos de ser un ESCÁNDALO de proporciones sociales incalculables. Éste es el escándalo que hoy podemos presenciar en España. Y no es nada fácil hacerse cargo de la gravedad que una situación como ésta entraña. Por que cuanto más cercana sea la conciencia de identificación, de integrismo, cuanto más exclusivista, cuanto más «fervorosa», tanto más airada habrá de ser la reacción de los escandalizados. Y cuanto más airada sea la protesta y mayor el escándalo, más cuajará la conciencia «judaica» de identificación con —17→ la causa de Dios. La verdad es que se va la cabeza cuando se intenta seguir este proceso vertiginoso, en el que -la lista de los pecados no ha concluido- la justicia y la caridad van saliendo a cada paso malparadas.
Imposible detenernos en un análisis más ceñido y riguroso. Pero el «mecanismo» del proceso nos parece que es el que dejamos expuesto, y no hay sino realizar un esfuerzo de imaginación, bastante costoso y nada consolador, para contemplarlo en funcionamiento; en un funcionamiento que no es nada utópico, que se está realizando delante de nosotros y que cada día nos da la impresión de aumentar su velocidad y disminuir por tanto las probabilidades de detener su marcha «por las buena». Como en todo proceso de soberbia se da también aquí un proceso de endurecimiento. Los judíos llaman a Jesús endemoniado cuando fustiga sus vicios. Con todas las salvedades, ¿no podemos hablar de una especie de pecado contra el Espíritu cuando oímos llamar comunistas o socialistas, o liberales, a los católicos, así fieles como sacerdotes y aún prelados que militan en la vanguardia del pensamiento y de la acción y atacan por tanto a fondo las actuales estructuras? Y no es bien palpable en multitud de ocasiones una resistencia sorda pero obstinada, a todas aquellas directrices de la jerarquía y, en particular, del mismo Pontífice, que chocan con nuestra realidad social? No parece sino que a fuerza de homenajes pretendemos distraer a la Iglesia jerárquica del incumplimiento colectivo de sus normas más urgentes y concretas. Si hemos de ser sinceros, habremos de reconocer que con frecuencia y como entre líneas de las palabras que Pío XII y algunos Papas anteriores han dirigido a nuestro país, resuena veladamente el mismo reproche de Dios al pueblo judío: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón se halla lejos de Mí». Al paso que vamos, llevamos el camino de convertir la «fidelidad española» al Papa y a la Iglesia, en la forma del engaño.
Sabemos muy bien que todo lo que llevamos dicho parecerá a no pocos de nuestros compatriotas algo absolutamente intolerable. Y ello no habrá de constituir por cierto la peor prueba de que lo que sostenemos es verdadero. Pero sabemos también que son muchos, no vamos a discutir ahora si menos o más que los anteriores, los que contemplan la realidad de manera muy parecida o idéntica a la nuestra. A ellos nos dirigimos. A todos los que, no sólo están de acuerdo con lo que dejamos dicho, sino que piensan que nos hemos dejado todavía muchas cosas por decir, que nuestra visión puede resultar, y de hecho resulta incompleta, pero no exagerada; que esta «autocrítica» no se halla precisamente inspirada por las oscuras fuerzas del mal o por la conjura antiespañola, sino que ha sido pensada y escrita con tanto amor como dolor por unas cuantos españoles que piensan no hallarse del todo desprovistos ni de sinceridad ni de entendederas.
HAY QUE LEVANTAR TODO EL MUNDO DESDE SUS CIMIENTOS
Y los que nos dan la razón saben muy bien que falta algo imprescindible en estas reflexiones. Al examen de conciencia que dejamos hecho, y a la contrición de corazón que habrá de surgir espontáneamente en toda conciencia que acepte este examen, hay que añadir un eficaz propósito de enmienda. Y no nos hagamos ilusiones; esta enmienda tiene que ser universal, ha de abarcar todo lo que es la realidad social, nuestra realidad social española, en todos sus planos. «Es todo el mundo lo que hay que levantar desde sus cimientos», ha dicho el Papa. Si las palabras significan algo, levantar un mundo desde sus cimientos quiere decir volver a empezar, construir un mundo de nueva planta. Y ¿cómo había de ser de otra manera si la estructura burguesa de la sociedad es total, y ha conformado, a lo largo de siglos de vigencia, las relaciones humanas, las económicas, el funcionamiento de la máquina política, los estilos de pensar y la misma actitud del hombre ante Dios?
Las dimensiones y la intención de este escrito hacen aquí imposible un análisis a fondo, riguroso, preciso, de todo lo que imperiosamente ha de ser realizado. Análisis que, la verdad sea dicha, apenas si ha comenzado a llevarse a efecto entre nosotros. Pero al menos habremos de apuntar algunas líneas generales que, a manera de ideales trayectorias, señalen el urgente perfil de una sociedad históricamente posible y cristianamente aceptable. No creemos en una España viable si los católicos españoles no afrontan prontamente los capítulos que a continuación enumeramos.
HAY QUE SUPERAR EL ORDEN CAPITALISTA BURGUÉS
Es el primero el de una pronta, decidida y rigurosa revisión de la misma estructura de nuestra sociedad, única manera de hacer posible una auténtica superación del orden actual burgués y capitalista, que hoy, dígase lo que se quiera, a nadie convence ya y ha perdido todas las posibilidades, si alguna vez las tuvo, de ser justo y cristiano. Hay, nada menos, que sustituir un tipo de sociedad en el que, ya en virtud de su misma estructura -esto es lo horrible de nuestro caso- el dinero juega, sobre todo bajo especie de capital anónimo un papel idolátrico de fin, por una sociedad en la que el dinero, y en consecuencia el resto de los valores materiales de él derivados, vuelva a poseer, cristiana, teológicamente, su función de medio. Aquí no hacemos sino apuntar el tema. Toca a la jerarquía, a la Iglesia docente, trazar con la mayor precisión y la mayor premura, los cauces sobrenaturales de ese orden nuevo. Y es esperanzador poder decir que esos cauces están bastante más que iniciados en el pensamiento de Pío XII; y en nuestra patria, en algunas Pastorales del actual Arzobispo de Zaragoza, por no citar otros documentos jerárquicos. Y es inútil y grotesco que en este terreno se pretenda engañar a la realidad de los tiempos, y se crea «cumplir» con las ineludibles exigencias históricas y cristianas por medio de una serie de remedios improvisados y más o menos «ineficaces» que no pasan de ser «curas» diarias para los diarios y crecientes abusos que el capitalismo produce. La pretensión de corregir cada día con una mano los males que cada día se cometen con la otra es una estúpida burla de quienes, también cada día, padecen en su propia carne esos mismos males.
Pero sigue habiendo muchos burgueses para quienes lo que sostenemos no pasa de ser una broma colosal o una colosal utopía. No podemos asegurar si es su falta de sinceridad o su falta de imaginación lo que los hace hablar así. Porque los economistas, si además de economía saben un poco de historia y son además capaces de imaginar un orden distinto del existente, saben muy bien que en primer lugar han existido esos órdenes, y que un orden distinto del actual y distinto también de todos los procedentes es, no sólo una posibilidad, sino un profundo e inevitable imperativo de nuestros tiempos.
LA BANCA ES FORMA DE USURA LEGAL
La cuestión está en decidir si lo establecemos nosotros o nos lo establecen otros. Esos economistas saben también —18→ de sobra que nadie, y nosotros menos que nadie, ha pensado en ignorar la historia y pretender una supresión del régimen del capital y de planificación industrial. De lo que se trata es de destruir su actual manera de preponderancia absoluta e inhumana; de desarticular su actual funcionamiento y dar a las fuerzas económicas y al potencial industrial una articulación distinta de la actual. Esta es la vocación cristiana que hoy les cabe a nuestros economistas. Ellos tienen la palabra, y nosotros el deber de pedírsela, o de poner en entredicho su cristianismo. Un sólo aspecto por lo que a España se refiere: hoy es un imperativo cristiano salir al paso de ese monstruoso sistema de usura legal que es la Banca. No sería nada difícil que un día tuviéramos que culparla de consecuencias que al presente por lo visto tampoco es nada fácil imaginar. He aquí el tema fundamental de reflexión y de revisión: ¿A dónde nos lleva el auge actual, inusitado y desproporcionado de la Banca nacional, una Banca, no lo olvidemos, que aparece capitaneada por hombres católicos, e incluso dirigentes católicos?
Los pasos para esa reestructuración económica de la sociedad, a los economistas toca también esclarecerlos. Y son dos básicos: redistribución de la renta nacional y descenso de los márgenes de ganancia. Frente a esta reestructuración en profundidad, las manipulaciones con salarios no pasan de recetas de un día, con unas proporciones de cinismo y de engaño que renunciamos a delimitar.
SUPERAR LA MENTALIDAD BURGUESA
Pero la superación de la estructura social capitalista y burguesa es imposible -y entonces si que no pasa de ser una empresa utópica- si no se lleva a efecto a partir de una superación de la mentalidad burguesa. Y esta mentalidad la tenemos metida hasta los tuétanos de la vida española. Es ella la que alimenta y sostiene el vicio social que hoy caracteriza a los españoles: el individualismo egoísta ante la vida, la falta de conciencia del bien común. Obsérvese bien lo que queremos decir: no tratamos aquí de explicarlo todo por la causa última del egoísmo humano. Eso no explica nada. Al revés: tratamos precisamente de explicar ese egoísmo típico de nuestra hora española como un producto nacional de nuestra mentalidad cerradamente burguesa. Son cosas distintas... Sólo a partir de esta superación de nuestra mentalidad burguesa es lícito hablar de aumento de la producción nacional. Todo otro punto de partida convierte automáticamente este slogan en un insulto.
¿Por dónde empezar una superación como la que pedimos? Es evidente que si lo que se halla en juego es la superación de una mentalidad ambiente, por lo menos uno de los ataques clave habrá de realizarse a través de procedimientos de formación. Pero como a su vez la estructura de nuestra enseñanza, y en concreto de nuestra enseñanza religiosa y moral, es burguesa hasta la médula, ello quiere decir que urgen una revisión de nuestras maneras pedagógicas. El tema pide una cierta detención sobre él. Hay algo que hoy se nos mete a todos por los ojos: la deserción de los jóvenes. Y esto a pesar de la formación religiosa que han recibido, muchos de ellos incluso en instituciones religiosas, de la ausencia total del sectarismo de otros tiempos, y, en fin, pese a todo, a pesar de un ambiente general que en algunos aspectos, así el intelectual, se parece bastante al de un internado. Tal es la vigilancia que nuestras autoridades han impuesto en todo el vasto campo de la cultura. Y sin embargo, los jóvenes «se van». ¿Qué pasa aquí? Desde luego los eternos tranquilos acuden enseguida a las eternas explicaciones «tranquilizadoras»; la soberbia, los sentidos..., en fin, los enemigos del alma. Efectivamente, los enemigos del alma tienen hoy tanta realidad como antes. No sólo eso, hoy la tienen mayor. Y la tienen porque aparte de otros motivos, la estructura burguesa de la sociedad les da mayor vigencia, y porque, respecto a los jóvenes, la enseñanza y la educación burguesa, en la medida en que se amoldan al espíritu reinante en la sociedad, se incapacitan para combatir y neutralizar esa vigencia. Aumenta la atracción de esos poderes porque disminuye la atracción de la vida cristiana, porque en la formación se trasmite a la juventud un cristianismo averiado y disminuido, inofensivo, sin gracia y sin pasión. Toda formación se encuentra viciada por el individualismo y el clasismo, y la religiosa corre la misma suerte. Pero siempre un cristianismo así es algo enrarecido y hoy la altura de los tiempos lo hace absolutamente irrespirable, imposible. El individualismo ha dado ya todos sus frutos históricos; se halla exhausto. Ya no puede dar para vivir en ninguna de las dimensiones humanas; menos que en ninguna en la religiosa. En consecuencia, nuestros jóvenes comienzan a vivir una existencia vacía desprovista de sentido en todos los órdenes: en la intimidad afectiva, en la profesión, en las relaciones sociales, en la esfera religiosa. Es como si se preparara escrupulosamente al joven para ingresar en un mundo caduco, pasado; y se le dotara para la absurda aventura con una serie de elementos inservibles, en particular con una orientación religiosa catastrófica. Pero el joven trae hoy en la misa de la sangre exigencias que le hacen instintivamente rechazar toda esa inútil y anacrónica impedimenta y rebotar hacia la angustia de una realidad de la que no le han dicho una palabra, con la que los elementos de su formación no tienen relación alguna. Un mundo inservible a su espalda, un caos como horizonte, o sea, una vida sin horizonte, sin perspectiva, sin esperanza. Esto es lo que se llama una crisis, y una situación de crisis es la situación de nuestra juventud de hoy.
SENTIDO SOCIAL DE LA VIDA
Sólo un ideal comunitario, programa vital en el que el prójimo entre como elemento esencial; sólo una formación cristiana entera y no mutilada de su fundamental tensión hacia el prójimo, puede poner en movimiento a una generación para la que el individualismo ha perdido todas sus propiedades de carburante. Esta manera de pensar puede parecer una ilusión ante el espectáculo de una juventud a la que se señala precisamente como egoísta. Pero ¿no se repara en la forma cómo la juventud de hoy es egoísta? La última generación «acepta» el egoísmo individualista de sus progenitores, pero este egoísmo no la «pone en movimiento». Es una tarea colectiva lo que espera para comenzar a actuar; un sentido social de la profesión y del dinero, una superación del clasismo, una profundización personal de la vida religiosa, una moral rica y enérgica, amplitud mental. Sólo un ideal de vida como entrega total puede devolver el entusiasmo a unas generaciones para las que ya no significa nada el ideal de la vida como acaparación, porque ya no puede significarlo, porque históricamente ha dejado de existir. Y si no somos capaces de ofrecer a la juventud un sentido social de la vida, la dejaremos sin ninguno hasta que la revolución venga a ofrecérselo en sustitución de nuestro fracaso.
DESABURGUESAR LA ENSEÑANZA
Urgen, por tanto que la enseñanza se desaburguese; que se desaburguese en particular la formación religiosa —19→ y moral, y que se desaburguesen más en particular todavía las instituciones religiosas de enseñanza. ¿Han pensado sus individuos en la responsabilidad que contraen cuando ofrecen «en nombre de la Iglesia» un cristianismo burgués? Urge que se desmonten como empresas anónimas, que desaparezca de ellas el clasismo y la antieducativa segregación clasista, que la formación religiosa entendida como asignatura y como práctica ceda el sitio a una formación religiosa de vida y de caridad. Y que se decidan a correr el riesgo de la disminución de sus alumnos antes que el de la falsificación de su enseñanza. Lo contrario equivale a permitir que sea la sociedad quien corte a su medida unas instituciones cuya única razón de ser es la de conformar cristianamente la sociedad. Urge, en fin, que los dedicados en nombre de la Iglesia a la formación de nuestros jóvenes sean para ellos la primera lección viva con una dedicación rigurosa y total a su misión, una misión ejercida con calidad humana e intelectual sumas, con desprendimiento y pureza sobrenaturales.
Una revisión de estructuras concretas no puede dejar a un lado nuestros quehaceres apostólicos. También en este terreno nos encontramos con hechos palmarios como el de la atrofia de las organizaciones seglares de Apostolado. La Acción, Católica -y lo que de ella decimos vale, y a veces con agravantes, para los demás tipos de apostolado seglar-, es un movimiento de repliegue: prácticamente universal en su acción, parece llevar en su seno una perenne retirada de espíritus tímidos, más bien que una actitud combativa de almas vigorosas. La ineficacia de las escasas salidas atestigua la falta de convicción de muchos de sus miembros. La auténtica realidad está ausente de nuestras organizaciones; han dejado que les sea arrebatada. Pero la falta de contacto con la realidad y del consiguiente «ejercicio» apostólico sobre suelo firme las ha debilitado y amenaza con inmovilizarlas del todo. En consecuencia, lo que debía ser un frente religioso, un órgano de crecimiento, de dilatación, de contagio del cristianismo, ha venido a convertirse, precisamente en virtud de esas mismas exigencias, en paradigma del empobrecimiento e invalidez del Catolicismo.
Urge, por tanto, dotar a nuestros cuadros apostólicos seglares de una espiritualidad enérgica, de un programa de conciencia profunda, de acción angustiada, pronta y eficaz en lo social. Abrir, de un modo particular en las conciencias jóvenes, un absoluto despego de la mezquindad caduca de la hora actual de nuestra sociedad, e inculcarles una repugnancia y una inquietud de búsqueda, un fino olfato sobrenatural hacia el futuro. Un programa así -acabemos de una vez con las simplezas- no tiene nada que ver con la demagogia; es pura y simplemente Cristianismo, y Cristianismo entero y verdadero, «explotación» hasta el límite del dogma vivo del Cuerpo Místico. O si se quiere -que no nos asusten las palabras- afirmación decidida de la demagogia radical que el Cristianismo entraña. Pero no es extraño que la «demagogia» asuste a nuestros movimientos apostólicos, si tenemos en cuenta que la mayor parte de las veces se hallan dirigidos por opulentos y fervorosos burgueses. No es probable que de tales mentalidades vaya nunca a salir una revisión de métodos y programas apostólicos que llevaría consigo una revisión de métodos y programas «personales». Lo que viene finalmente a implicar, apenas es necesario que apuntemos el tema, la conveniencia de sustituir a tales dirigentes. La lógica es la lógica.
REVISIÓN DE LOS CUADROS ECLESIÁSTICOS
Por fin, es esa misma lógica implacable la que nos lleva a desear ardientemente una revisión de desaburguesamiento en los mismos cuadros eclesiásticos, en las maneras, métodos y mentalidad de nuestra Iglesia jerárquica. Entre nosotros no acostumbran a tocarse estos temas; de ser considerados como delicados y resbaladizos han pasado a ser evitados como «tabús». Sin embargo, el cristianismo debe tener una conciencia clara de lo que en la Iglesia de Cristo es divino, santo y afortunadamente intocable para nuestras manos pecadoras, y lo que es humano, y en consecuencia se halla sujeto a mudanza y a decadencia. Pues bien, no hay nada que exceptúe a los sacerdotes de ser burgueses si lo es la sociedad en que han nacido, se han educado y viven; ni siquiera, al menos totalmente, su personal perfección. Después de todo, ha habido un tiempo en que un burgués podía ser un santo, como lo pudieron ser un romano, un señor feudal y un caballero del Renacimiento o un «ilustrado». Pero cuando un tipo de vida social comienza a ser inconciliable con todos los tipos posibles de vida cristiana, las exigencias cristianas comienzan a postular el abandono de ese tipo de vida social. No parece ciertamente que deban ser las personas consagradas sacramentalmente al servicio de la Iglesia las últimas en abandonarlo. Así, por ejemplo, creemos que deben dejarse a un lado aquellos comportamientos públicos -queremos decir «oficiales»- que puedan argüir una connivencia con los poderes de la burguesía, con la banca o con la industria. Sería preferible en cambio que la Iglesia buscara su apoyo de nuevo en los fieles, más en la sociedad, en los particulares como hijos suyos, que en las «sociedades». Nos parece que otra conducta corre el riesgo de dar lugar a una serie de compromisos «non sanctos» de los que deseamos con toda nuestra alma ver libre a nuestra Jerarquía. ¿Andará por aquí el origen del miedo comprobado de muchos sacerdotes, no ya a «hacer demagogia», sino a comentar y hacer llegar a los fieles la doctrina social de la Iglesia, y en particular los documentos recientes así de la Santa Sede como de los obispos españoles: el documento de los Metropolitanos sin ir más lejos? La verdad es que, hoy por hoy, a nadie van a llevar a la cárcel por repetir al pie de la letra la doctrina oficial de la Iglesia; pues esa es la «demagogia» que debe correr a cargo de los sacerdotes. Y nadie podrá decir que no sea escasa. Pero es que aquí el miedo a enfrentarse con la burguesía injusta y con la sociedad descristianizada corre a veces parejas con una mentalidad aburguesada que dista mucho de ver claras las cosas. Es absolutamente imprescindible que nuestros sacerdotes se convenzan de que -siempre, pero hoy sobre todo- el cristianismo empieza por aquí. Que vayan cayendo en la cuenta de que toda su obra apostólica, su esfuerzo y su santidad personales no agarrarán mientras el pueblo siga pensando que el cristianismo se ha inventado para que él lo practique y los demás se beneficien de él. Que es absurdo pretender que el amor de Dios puede llegar a significar algo más que un insulto para todos los que sufren y se ven humillados, mientras una sociedad que se dice cristiana y se lo llama a todas horas y a voz en cuello, no practica el amor a los hombres. Nuestro Catolicismo pierde terreno y lo pierde a ojos vistas, porque se niega a plantearse en los términos debidos; en términos de caridad verdadera y de entera justicia. Nuestra Iglesia debe advertirlo antes de que sea demasiado tarde.
REPUDIO A LAS IDEAS VIEJAS
Todo lo dicho nos lleva a la necesidad de un esfuerzo mental específico; a la necesidad de repensar la realidad. Todo tiene que partir de aquí: del convencimiento de que casi todas nuestras ideas resultan en la actualidad viejas, —20→ casi mitológicas. En todos los órdenes, en el político, en el económico, en el intelectual, en el social. El Catolicismo español viene padeciendo desde tiempo atrás un proceso de empequeñecimiento del pensamiento. El tema es tan arduo que no podemos ahora menos de dejarlo de lado. Pero el hecho está ahí y es enorme. Y es ya como una constante fatídica de pensamiento cerrado, encastillado en su mezquindad y en su plebeyez de las que no sale más que para rechazar terca y destempladamente cualquier intento de superación. Tenazmente atrincherado en lo accesorio, mueve en todos los terrenos feroz guerra a lo permanente, aunque otra cosa crea. Y tan acendrada es su mediocridad que parece haber llegado a ser una de sus mayores preocupaciones la de hacer imposible e intolerable la existencia de cualquier excelencia. Esto resulta ya demasiado. Resulta demasiado, por ejemplo, que en todo lo que llevamos de siglo el comportamiento intelectual de nuestros católicos haya expelido a los espíritus mejores, humanamente más valiosos, lejos de sí; que los pulmones intelectuales más capaces se hayan tenido que salir fuera para poder respirar. No ignoramos -y sabemos además, cosa que bastantes entre nosotros ignoran, que por misteriosa nunca podremos entrar a juzgarla- la parte que la decisión personal tiene en toda aventura de alejamiento de la Iglesia. Pero ¿no parece ya de por sí extraño y anómalo el hecho de que a lo largo de medio siglo -para dejar a un lado lo anterior- una sociedad católica, una nación católica, haya visto alinearse enfrente de ella a sus espíritus más poderosos? Francia, Alemania, países de contradicción religiosa, pueden presentar en lo que va de siglo, frente a la cultura no cristiana, una serie esclarecida de hombres ejemplares y culminantes, a veces con notoria preeminencia, siempre con posibilidades de emparejamiento. España no. Que se nos explique lo que esto significa, si significa algo distinto de una formidable acusación a nuestra cerrazón tradicional. Y la marea de algo que constituye un verdadero «resentimientos trágico de la vida» da la impresión de seguir creciendo hasta proporciones increíbles, y de no saber hacer otra cosa que dedicarse a perseguir con encono a hombres que en más de una ocasión no han cometido otro delito que el de no ser capaces de aguantarnos. Es ante todo una cura de generosidad intelectual a lo que deben someterse nuestras cabezas católicas. Después de todo, es bastante la que necesitamos para reconocer que en lo que llevamos de siglo nada de lo valioso producido en España ha sido católico, y nada de lo valioso católico producido en Europa ha sido español. Y dejamos margen para todas las excepciones que quieran señalarse.
Repetimos que la urgencia de un pensamiento actual se deja sentir en todos los órdenes: en el político, en el social, en el económico, en el intelectual. Porque en todos ellos nos vamos quedando atrás. O seguimos detrás, tal vez sea esto lo más exacto. Y como católicos nos hallamos convencidos de que esta urgencia es un imperativo sobrenatural, además de serlo histórico.
ORIGEN DE ESTE IMPULSO
En definitiva, ha sido este doble imperativo el que nos ha impulsado, al grupo fraternal de sacerdotes y seglares que hemos redactado estas reflexiones, a lanzar sobre el estancamiento y la inmovilidad de la vida española esta pedrada, aún con el riesgo de que alguien la recoja, no para añadirla a los materiales de una posible construcción, sino para arrojárnosla a la cabeza. Por muy duras y sin misericordia que estas páginas puedan parecer, somos todo lo contrario de unos derrotistas. Precisamente porque amamos a España y creemos en sus posibilidades cristianas, porque creemos en un destino que sea algo más que retórico, es por lo que nos hemos impuesto un esfuerzo de sinceridad y de violencia. No nos juzgamos mejores ni peores. No pretendemos poseer la fórmula mágica para un futuro resplandeciente y gratuito. Simplemente, creemos que el paso del tiempo que en definitiva va separando a unos hombres de otros y distingue unas de otras a las generaciones, nos hace ver las cosas de otra manera que hasta ahora han sido vistas. Y es el tiempo el que ha hecho pasar definitivamente muchas cosas. Unas tuvieron su hora legítima; otras nunca la tuvieron. Pero hoy se confunden en una común insostenibilidad. Invitamos a ese mundo de ayer a no entorpecer el camino de Cristo y de su Iglesia entre los hombres de hoy. Y si ese mundo de ayer se llama católico, nuestra invitación es más apremiante todavía. Por Dios, porque nuestro Catolicismo de ayer no haga sombra sobre nuestro posible Catolicismo de hoy y de mañana. No queremos que se repita la tragedia española de los hermanos a quienes la injusticia, la torpeza o la chabacanería identificadas con la Fe de Cristo y en su Iglesia les hizo abandonar lo que creyeron ser un mundo inservible e inhabitable. Por desgracia para todos, no pudieron llegar a descubrir a tiempo que la mezquindad de los cristianos, en todos sus planos, hay que tolerarla, pero no es forzoso compartirla. La estupidez no es obligatoria, aunque lo sea la humildad.
Por nuestra parte, afirmamos nuestra decisión inquebrantable de fidelidad a la Iglesia Santa de Dios y de su Hijo Jesús, que es católica, apostólica y romana. Pero también la decisión, tan inquebrantable como la anterior, de mantenernos vivir y morir fuera de este catolicismo español cuyas maneras nos parecen heridas de muerte.
Ángel Alonso Herrera (sacerdote).- Ignacio Fernández de Castro (abogado).- Santos Saldaña (sacerdote).- Antonio Giménez Marañón (sacerdote).- Alberto García (sacerdote).- J. G. C. (obrero).- Joaquín González Echegaray (sacerdote).- Eduardo Obregón Barreda (catedrático).- Alberto Pico Bolada (sacerdote).- Francisco Pérez Gutiérrez (sacerdote).- J. M. Rodríguez Paniagua (abogado).- F. T. (obrero).
Publicamos este Informe en colaboración con el «Frente Universitario Español» en México.

Los trabajos firmados que aparecen en estas columnas son de la responsabilidad personal de sus autores. La opinión de Las Españas viene expresada en los artículos editoriales y en las notas de la Redacción.
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España por dentro
Por X. Y. Z., destacado miembro de la oposición antifranquista
La aversión al régimen franquista es en este momento tan sorprendente por su extensión como por su impotencia. El disgusto contra la dictadura afecta ya a la gran mayoría de la Nación, sin excluir a los sectores que figuran como sustento del régimen: militares, falangistas, eclesiásticos, burgueses. De cada diez españoles, nueve censuran al Gobierno y a su jefe y consideran que la situación es indeseable e insostenible. Pero sólo uno de cada cien sabe lo que quiere en sustitución de la dictadura y quiere esta sustitución realmente. La situación es, en rigor, caracterizada por estos factores.
1.º Amplitud casi universal del disgusto y de la oposición potencial.
2.º Insuficiencia -en volumen y medios- de las fuerzas o grupos políticamente activos, orientados y orientadores, en la oposición real.
3.º División o, cuando menos, imperfecta coordinación de las varias tendencias oposicionistas.
4.º Resistencia suficiente de las fuerzas e intereses implicados.
La oposición existe en España de modo críptico pero sensible desde que, en 1940, estalló la guerra mundial y con ello pareció quedar en vilo el resultado de la guerra civil. Las clientelas de las fuerzas derrotadas concibieron la esperanza de que una victoria aliada significara la inversión de aquel resultado. Cuando hacia 1943, tal victoria pareció como segura, comenzó a organizarse la oposición de un modo activo. El P. C., el P. S. O. E., la C. N. T., los grupos republicanos reverdecieron, organizaron guerrillas y sabotajes y buscaron colaboraciones en los sectores de la derecha más tempranamente excluidos de los beneficios de la victoria. Hacia 1945 se fraguaba la Unión Nacional a cuya cabeza figuraban los monárquicos liberales y otros sectores de la burguesía aliadófila. Sin embargo, los métodos de represión del régimen funcionaron con precisión y seguridad y el grueso de la opinión se mostró alarmado, indiferente o conformista cuando no decididamente favorable a la dictadura. El planteamiento de la cuestión fue poco afortunado y las tácticas de acción contraproducentes. Se trataba de invertir el resultado de la guerra y acaso de reproducirla, ignorando la vastedad de la implicación activa o pasiva con el bando de los vencedores y el cansancio del pueblo. No se contó tampoco con que una acción reducida a terrorismo dentro de España e instrumentada desde fuera como mera presión internacional no podía dejar de producir una reacción defensiva y «numantina». Franco se aprovechó ampliamente de esta reacción, después de pasar por momentos muy críticos. Jugaban también a su favor el escaso prestigio de los jefes exiliados -incluso ante sus propias masas que se consideraban abandonadas-, la resaca de las diferencias izquierdistas exacerbadas por la derrota y la vacilante inoperancia de los monarquistas asociados. Entre 1946 y 1954, la oposición ha sido un mero residuo, semidurmiente y el conformismo una disposición general. Si Franco hubiera tenido talento y generosidad y hubiera transformado su régimen, emprendido reformas sociales de envergadura, moralizado la economía y cuidado más de la selección y recambio de sus colaboradores, en esos años hubiera podido hacerse con el país. Ello suponía, ante todo, la posibilidad de hacer olvidar a los españoles la guerra civil y acabar con las discriminaciones consecuentes a ella y, después, la de ofrecerles una meta prometedora de libertad y orden. Pero el régimen no se había constituido para eso, sino para todo lo contrario: el régimen siguió siendo -ante todo- el de un ejército de ocupación, cerrado, inepto, conservador, inmoral, represivo: el instrumento de un oligopolio económico y moral incapacitado para toda operación de altura. Se cumplía una vez más la ley normal de la dictadura. Entre 1951 y 1958, Franco no solo no ha podido ampliar sus asistencias populares sino que se ha enajenado casi todas las que tuvo en un principio. Desde entonces -a una fecha convencional- comienzan a hacerse más visibles los esfuerzos de algunos sectores o grupos, nacidos en el régimen e implicados en 64 que forcejean por su reforma y, al fracasar en el empeño, se apartan y pasan a constituir nuevos focos de oposición. También desde esas fechas sucede la emergencia activa de las generaciones no implicadas en el drama de la guerra y orientadas hacia un porvenir no mediatizado por aquel recuerdo.
Los sucesos universitarios de febrero de 1956 significaron el primer encuentro o coincidencia entre los residuos de la vieja oposición -la de siempre, la de la guerra- con la nueva oposición -la de los discrepantes- y con las nuevas generaciones. Aunque modestos en sí mismos, aquellos acontecimiento tuvieron la virtud de refrescar o despertar a la oposición y sobre todo significaron la oportunidad para que los distintos sectores de ella -los viejos y los nuevos- se reconocieran y tuvieran contacto.
Desde esa fecha se ha acelerado la reorganización de los antiguos partidos y organizaciones de izquierda y se ha decidido la salida del conformismo de las viejas estructuras de la derecha -católicos y monárquicos- mientras se han formado y definido fuerzas nuevas de carácter mixto -juntando a antiguos enemigos de la guerra civil- asistidas de abundante masa joven. Incluso en el falangismo, donde las discrepancias han sido endémicas, se han radicalizado algunas de éstas convirtiéndose en estimables elementos de disolución.
No obstante, el trabajo de Franco por mantener la guerra civil abierta o pendiente no ha sido inútil. Es aún la guerra la que traza una línea divisoria entre las formaciones de oposición al régimen y mientras tal línea no sea cancelada no cabe esperar una totalización orgánica de esa oposición. Son reminiscencias de la guerra civil las que operan aún en las definiciones de derecha e izquierda entre nosotros y las que hacen difícil el trabajo de quienes aspiran a unificar en un solo cuerpo ambas tendencias para luchar contra la dictadura. Solamente en las regiones donde existe un problema específico y común -la agresión del régimen a toda pretensión autonómica- la división se supera de hecho aunque en formas todavía imperfectas.
Analizando la estructura de la situación por partes, veremos con mayor claridad todos estos problemas.
—22→1.º Fuerzas de izquierda: El P. C. dispone en España de una organización pequeña y ágil, integrada por elementos altamente profesionalizados en sus cuadros y muy abnegados en su base. Es obstinada y manifiesta su pretensión de convertirse en el eje o cabeza de la oposición y dar su firma o su impronta a todos los actos de ésta. Tal propósito indiscreto es ampliamente favorecido por la policía y la prensa del régimen que -a sabiendas de su impopularidad interior y exterior- magnifica todas las acciones comunistas y atribuye esta significación a las que no la tienen. La colaboración de las restantes fuerzas con el P. C. se hace ingrata, sino imposible, mientras éste no se resigne a trabajar como fuerza auxiliar y prácticamente invisible. Ésta no es ni puede ser su hora en España e ignorarlo perjudica las posibilidades de una acción realista y eficaz.
El P. S. O. E., U. G. T., C. N. T. y grupos republicanos constituyen una unidad solidaria, si bien inorgánica, desde los acuerdos de París. Acuerdos insuficientes y utópicos en algunas de sus partes que sería menester modificar. Está en curso una gestión para crear la dirección común y orgánica de estas fuerzas en el interior de España, incrementada con los partidos de nueva creación -nueva izquierda que comprende al P. A. S. D., funcionalistas y sindicalistas- más una fracción avanzada de la Democracia Cristiana y los partidos regionalistas. Esta unión, verdaderamente democrática, debería establecerse en torno a un programa mínimo, valedero a largo plazo, a fin de constituir el elemento de presión (donde dice elemento debe leerse instrumento) y condicionamiento capaz de imponer sus puntos de vista a la estructura de fuerzas derechistas que, por sus caminos, intentan derrocar la dictadura; servicio de la restauración monárquica. Como veremos luego la Izquierda o Unión Democrática no podrá, en situación como la actual, afrontar directamente el desplazamiento de la dictadura pero sí operar en estas dos direcciones: creando los supuestos de intranquilidad y exigencia públicas necesarios para que el cambio deba producirse y mediatizando, a través de una presión organizada, al instrumento de sucesión de la dictadura a fin de forzarlo a establecer un régimen democrático inmediata o gradualmente. Ello exige, claro es, la previa constitución de la unidad del cuerpo democrático de acción que englobe partidos históricos y fuerzas nuevas en una disciplina común, objetivada por un programa igualmente común, en el que no pueden ignorarse las posibilidades de hecho constituidas por la conspiración derechista.
2.º Fuerzas de derecha: El grueso de la derecha española -en volumen de popularidad previsible- está constituido en el ámbito de una Democracia Cristiana, partido católico o como quiera llamarse, que se beneficia del renombre y los restos orgánicos de la vieja CEDA y de la influencia social de la Iglesia. Por su radicalismo democrático cabe excluir de la estricta definición derechista a ciertos grupos autónomos como el de Jiménez Fernández, Unión Democrática de Cataluña y Partido Nacionalista Vasco. Su futura solidaridad en una fuerza general democristiana no excluye su diferenciación actual. Estos grupos trabajan en estrecha alianza con la nueva izquierda y se integrarían de buen grado en la Unión Democrática a que hemos hecho mención. Los genuinos grupos derechistas son las diversas fracciones de la D. C., algunas viejas como las Ligas Catalana y Valenciana, la amplia organización populista de las Provincias que dirige el señor R. Soler, y otras nuevas y juveniles como la dirigida por el señor A. de Miranda. Todas ellas reconocen su unión por referencia al líder Gil Robles, aceptado con reservas como figura nacional y, de hecho, insustituible. La inclinación de todos estos grupos es resueltamente monárquica y, en virtud de ello, aparecen integrados en la Unión Española de que hablaremos a continuación.
Otro amplio sector derechista -de menores posibilidades populares pero de muy concentrada influencia social- lo constituyen los diversos grupos monárquicos que, salvo fracción insignificante, han fundado la antedicha Unión Española tomando finalmente posición explícita y activa en contra de la dictadura a favor de una restauración de carácter liberal. Por estímulo de la nueva izquierda, este dispositivo ha empezado a actuar. Uno de los grupos de la N. I. (funcionalistas) ha suscrito el compromiso general cuyo texto acompañamos a este informe y que ha sido distribuido como manifiesto. Como se verá en él sus propósitos son tímidos, renuentes, en camino hacia la aceptación de un desenlace plenamente democrático. Cierto es que si ofrecieran actual y públicamente el panorama de ese desenlace quedarían inhabilitados para la tarea conspiratoria que se han propuesto. Ésta es interesante a nuestro juicio, habida cuenta de que en la Unión Española se ha comprometido ya un número muy crecido de hombres de gran influencia social en la Milicia, la Banca, la Industria, la Iglesia, la Universidad, los Colegios profesionales, etc. Su intención es la de trabajar sobre todos esos medios y en general sobre la burguesía para decidirles a retirar su apoyo al régimen. Es probable la formación de un gobierno presidido por el infante D. Alfonso de Orleans e integrado por figuras desimplicadas pero poco alarmantes, que sería ofrecido como solución sustituyente de la dictadura personal a fin de conquistar la confianza de los Capitanes Generales y provocar su intervención. Constituido ese gobierno, no satisfactorio en nombre de la monarquía, comenzaría el trabajo de la Unión Democrática por condicionarlo exigiéndole una rápida evolución. Con tal propósito los grupos intermedios (Nueva Izquierda, Democracia Cristiana avanzada, etc.), se mantienen en contacto con la Unión Española en espera de que los restantes grupos de izquierda vengan a reforzarles en su trabajo de presión. La aceptación de un programa mínimo satisfactorio, mucho más avanzado que el actualmente suscrito, parece muy probable tanto por parte de Unión Española como por parte del gobierno que ella pudiera engendrar. Es éste, sin duda, el menos costoso de los caminos para salir de la situación, como veremos luego con mayor detalle.
3.º Fuerzas del régimen: Pueden considerarse como fuerzas del régimen, formalmente políticas, la Falange, el carlismo, los monárquicos colaboracionistas y los católicos colaboracionistas. Oficialmente no existe más que el Partido único -híbrido falangista-carlista- pero el régimen viene anunciando una importante rectificación en este aspecto, con proyecto de sustituir el concepto de Partido único por el de Movimiento Nacional, concebido como una «asociación de asociaciones»,cada una de ellas ideológica y funcionalmente autónoma. A tal fin se prepara una ley de asociaciones. De hecho ya tiene estado oficial el reconocimiento de ciertas fracciones asociadas: el carlismo que goza de un estatuto autónomo y los monárquicos colaboracionistas que han constituido la Asociación de Amigos de Maeztu. Los falangistas, por su parte, han unido el cargo de Secretario General y Delegado de Sindicatos iniciando su repliegue a este último ámbito. Recientemente el obispo Herrera Oria ha reorganizado la Editorial Católica con el propósito de convertirla en un núcleo de organización de una nueva entidad democristiana, cuyo líder autorizado sería el señor Martín Artajo. Es muy probable el reconocimiento oficial de esta asociación como grupo o tendencia autónomo e integrado dentro del régimen y del llamado Movimiento. Si los propósitos del señor obispo no se vieran cumplidos, cabe esperar la transferencia de este sector a la oposición, pero todo lleva a pensar que —23→ se agotarán todos los recursos antes de dar este paso, pues la Iglesia ha mantenido siempre, con preferencia, la táctica de evolución y transición sin ruptura, si no ya la de franco acomodamiento. Por su parte el Opus Dei, aunque de suyo no es una organización política, trabaja como grupo, también autónomo, unido a los monárquicos dentro del Movimiento.
La vigencia oficial de carlistas, monárquicos y católicos, empuja al despecho y a la oposición a no pocos sectores falangistas. Algunos de esos grupos se han separado del «cuerpo madre» y evolucionan con autonomía hacia su propia disolución a favor de otras formaciones democráticas que pueden y deben hacerse cargo de ellos, especialmente de los jóvenes. Otros, en cambio, alternan con el lenguaje oposicionista y revolucionario una animosa constancia en su trabajo por la nómina. ¿Pueden, cualquier día, convertirse en explosivos elementos de disgregación e incluso en auxiliares de la lucha contra el régimen? No lo sabemos. De momento no son más que comparsas del juego establecido.
Toda esta fluidez de grupos diferenciados y en pugna dentro del régimen, no deben, sin embargo, entenderse como signos de disolución. Más bien constituyen la última tentativa de reagrupación dinámica que, de lograrse, favorecerá más que perjudicará a la dictadura, porque entretendrá dentro de su aparato masas todavía abundantes.
El apoyo estrictamente político de otras fuerzas, completa este panorama: El ejército -esfinge política de la nación- apoya aún a la dictadura sin discrepancias apreciables. La apoya y la vigila. La conquista del ejército es un objetivo indispensable de la oposición si no quiere estrellarse contra un muro. Hoy cabe presumir que el ejército no abdicará más que ante la monarquía. Cabe, incluso, esperar que si abdicase, abdicaría del todo. Que su interés no está en mantenerse en el puesto de la responsabilidad a través de un directorio, sino en liberarse de la responsabilidad, «con garantías y seguridades» de no ser molestado. De ahí la importancia casi inesquivable del hecho monárquico. Algo parecido cabe decir de la Iglesia. Su esfuerzo por imponer la solución «de menor ruptura posible» es visible. La Iglesia es un poder en el régimen y ya sabemos por experiencia que la Iglesia en España pasa de ser poder a ser «víctima perseguida» y como tal excitadora de «cruzadas de liberación» sin posiciones intermedias. ¿Ve en la monarquía esa garantía de «posición intermedia»? Creemos que así es y que la tesis monárquica tendrá también la simpatía de la Iglesia, pero sólo cuando «el cambio parezca inminente». Cabe señalar, no obstante, un amplio fermento de agitación reformista y antiburgués en el clero joven y una creciente desazón en el episcopado.
El dinero es la tercera «fuerza indirecta» del régimen. Cabe decir de su posición -siempre más flexible y dada a compromisos- lo que se ha dicho de las anteriores. Hay algo del régimen que -aunque parezca mentira- molesta al dinero: su dirigismo económico que, si bien ha permitido el montaje de grandes monopolios, no permite un disfrute de ellos en la medida que sus titulares desearían. Monarquía y liberalismo son hoy los lemas del capitalismo español. Pero con cautelas, claro está.
4.º Condiciones objetivas: Hemos consignado la creciente impopularidad de la dictadura y hemos visto el reflejo insuficiente de ésta en la distribución efectiva de fuerzas en contra y en favor del régimen. Sin superar el espíritu de guerra civil, sin coordinar un proyecto común, sin trabajar con «propuestas de confianza» a las fuerzas resistentes, el balance oposición-régimen seguirá siendo desfavorable a aquella. ¿Cabe esperar de la acción automática de las condiciones objetivas del país una ruptura del equilibrio? Sí y no. Sí, si se trabaja intensamente sobre ellas. No, si se espera pacientemente en su mera virtualidad. Distingamos entre condiciones materiales -economía, sobre todo- y condiciones morales -estado de opinión. Relativamente a cualquier otro país de Europa de los que admiten comparación -y subjetivamente la comparación es posible en todos los casos-, las condiciones materiales son muy malas: salarios bajos, precios en alza, escasez de capitales, inflación, agricultura atrasada y todavía muy concentrada, industria monopolística de poca cualificación y desatenta al consumo, renta en creciente pero desastrosamente distribuida (con expansión de la alta burguesía, asfixia de la media e inmovilidad de niveles en la clase obrera), déficit presupuestario, inversiones públicas suntuarias, crisis de vivienda y de escuelas, etc., etc. Todo ello es fuente de disgusto sin duda alguna y precisamente por ser manifiesta la expansión de la economía -pero no suficiente- y haberse iniciado el ascenso de los niveles de vida -pero más como exigencia que como satisfacción-, el problema resulta más vivo. Sin embargo, sería difícil hablar de crisis. Los males económicos perduran, no son nuevos. Sólo algunos son males de emergencia. En rigor en una economía tan pequeña como la nuestra ¿se puede hablar de crisis, enfermedad de las economías complejas? Creemos -si hemos de informar verazmente- que las dificultades del gobierno en este orden no son extremas. En este momento se tocan los resultados de una política de contracción o deflación en contraste con el auge aparente de años inmediatamente anteriores. Pero el gobierno ha remontado los años terribles -los anteriores al año 50- que fueron de hambre sin paliativos. Ahora goza de algún crédito y ayuda exterior, sostiene el abastecimiento, acaba de liberar la congelación de los salarios mediante artificios que pueden dar algún resultado -en parte las huelgas últimas se han conjurado con esas disposiciones elásticas que autorizan el aumento de salarios no uniforme. La inmensa reforma que exige la economía española para que el pueblo español pueda vivir, no la acometerá el régimen de seguro, pero estamos hablando de situaciones relativas -antes y después- y en este sentido el régimen no está en un momento más grave que otro cualquiera.
De las condiciones morales en que vivimos, las más graves, el envilecimiento de la conciencia civil, la atomización social, la corrupción generalizada, son factores que, de momento, más bien favorecen a Franco, aunque constituyen su más grave acusación de cara al futuro. El disgusto no llega a desesperación y está muy mezclado con el miedo y, por otra parte, se vive como en una espera mesiánica, pasivamente. Ahí está, el ejemplo de la vida intelectual: oprimida hasta la asfixia y sin que rompa de entre ella una sola protesta de extensión apreciable. Todo se va en charlas de café, bulos, chistes y escapatorias tímidas en forma de «poemas sociales». El mismo movimiento estudiantil es insuficiente. De 20000 estudiantes matriculados en Madrid, apenas 300 están politizados de una manera activa. Un poco más de autoconciencia va cobrando la clase obrera, pero los más próximos a ella saben que sólo pueden exigirle manifestaciones de riesgo muy limitado. Está vapuleada y -en grandes sectores- disuelta: prisionera de sus necesidades y desmoralizada por el paternalismo del régimen que ha envuelto en unos andrajos de «seguridad social» su penuria económica.
El tiempo es lo que -casi de modo exclusivo- está centra la dictadura. La sensación de que esto se acaba. El cansancio de su enorme duración sin variedad. La necesidad de prevenir, de estar en un futuro que se acerca. —24→ Sin este recurso moral apenas habría esperanzas de mover nada en España.
Breve resumen. No hemos querido fomentar en este informe un optimismo sin fundamento. Tirada la suma de la situación es ésta: la oposición no está unificada, carece de medios, consiste, sobre todo, en cabildeos o esfuerzos personales. De las dos partes más poderosas de la oposición, una es lejana y con frecuencia inoportuna: habla del pasado y cuenta con el resentimiento, el dolor, la humillación de las masas derrotadas y castigadas como principal recurso. Sólo ahora empieza a refrescarse al llegar a la conciencia de los jóvenes y al aflojarse un poco los métodos de la dictadura. Pero no basta. La otra, reclutada entre la minoría de privilegiados, es poco sugestiva escasamente puntual, sobradamente hermética e impopular. Sólo ahora empieza a dar señales de decisión y de buena voluntad. Ambas tienen recursos materiales para la acción aunque efectivos humanos más bien potenciales que poseídos. Una tercera parte -la intermedia y flotante- tiene acaso más arraigo inmediato, más actualidad y proximidad que la primera y más amplitud y fuerza de contagio que la segunda, pero depende de grupos de maniobra improvisados, carentes de medios materiales para los trabajos más indispensables. Cada una es insuficiente sin las otras y hoy por hoy su unidad no es más que un proyecto.
Frente a esto, el régimen conserva intactos sus medios de represión: la policía, los cuerpos de seguridad, y sobre todo el ejército. Cuenta, incluso, con grupos falangistas residuales pero decididos -que por cierto se están reorganizando y armando, no se sabe bien si a conciencia del mismo Franco. Cuenta con los intereses asociados que temen el cambio y entre los cuales no cuentan sólo el episcopado y la banca o los grandes industriales, sino una enorme masa de empleados y acomodados, de responsables de todo lo pasado e incluso de claudicantes que una vez dado el brazo a torcer -no desean volverse atrás y tener que dar explicaciones. ¡Veinte años de tener que vivir como se pueda! Todos ellos, los unos y los otros, hablan contra la situación y dan al visitante la impresión superficial de que la oposición es inmensa. Pero ¡cuidado con las ilusiones! Quien escribe esto lleva no menos de cinco años de tarea activa y puede dar testimonio de la pasividad general. Franco ha perdido casi todos sus partidarios, pero nadie los ha ganado aún de verdad. ¿Que Franco puede caer en cualquier momento? Nadie lo duda. ¿Que puede capitular con todo su sistema? Ya es más dudoso. ¿Que el pueblo español, frontalmente, pueda ser quien decida su expulsión? No lo creemos, a juzgar por los datos actuales. De ahí nuestra insistencia en preconizar un método racional de trabajo: organizar y unificar las fuerzas «por encima de la guerra civil». Eso daría confianza a los remisos y los forzaría a optar. Dar aliento y crédito a los que conspiran sobre los medios más poderosos y decisivos, aunque sus programas sean aún cortos y poco satisfactorios. Explotar el disgusto y ofrecer a los temerosos una solución conciliadora, sin dramatismos, sin impaciencias. Preparar los cuadros, los acuerdos, los recursos para que, caída la dictadura, sus inmediatos sucesores no puedan detenerse eternamente en una situación provisional. Esto es lo que a nuestro juicio cabe hacer, con decisión y paciencia y sin hurtarse al peligro que durante bastante tiempo será nuestro pan cotidiano.
Seguiremos recomendando a toda la oposición democrática, la renuncia a preceptuar como debe hacerse el desplazamiento de la dictadura y qué tipo de instrumento político debe sustituirla: institución, junta, gobierno, etc. Nada de esto es previsible. Nada de esto depende de nuestra voluntad. Por el contrario, toda su acción programática debe versar sobre las exigencias mínimas que deben ponerse en común ante cualquier situación que venga a sustituir la dictadura, sea la que fuere. Contra el cumplimiento de estas exigencias la tregua y el apoyo. Sin el cumplimiento de estas exigencias, la presión e incluso la lucha activa.
A nuestro juicio esas condiciones suficientes, ese programa mínimo irrenunciable no tiene por qué pasar de esta serie:
1.- Reparaciones de los abusos por vía judicial. 2.-Amnistía y liquidación de la guerra civil. 3.- Orden público riguroso. 4.- Revisión económica de presupuestos, gastos e inversiones públicos según dictamen de un comité de economistas. 5.- Estatuto de las libertades personales propias de un régimen democrático y garantía jurídica de las mismas. 6.- Autorización inmediata de asociación política y sindical para todos los partidos u organizaciones de significación democrática. 7.- Limitación pactada en el uso del derecho de expresión y propaganda por tiempo limitado. 8.- Emplazamiento concreto de la situación provisional por tiempo no superior a tres años. 9.- Remisión de todos los problemas de carácter constitucional a una Asamblea soberana, libre y democráticamente elegida al final del plazo acordado.
A nuestro juicio la presentación de cuestiones que excedan este repertorio no conducirá, no puede conducir, más que a mantener el prestigio amenazador que hoy tiene para la mayoría de los españoles la izquierda histórica; prestigio cuyo mantenimiento constituye una de las fuerzas del franquismo. Del mismo modo creemos improcedente la configuración de todas las responsabilidades en un sector o significado político determinado en exclusiva (Franco exceptuado). Aparte de que, en verdad, nadie está exento de algunas responsabilidades -y menos que nadie las fuerzas indirectamente comprometidas con Franco- y de que toda generalización es siempre vana, tal conducta fomenta las resistencias y priva a la oposición de apoyos hoy necesarios.

Lector amigo (conocido o desconocido, de cualquier punto de España o del destierro): Las Españas, atenta siempre a recibir el pulso de nuestro pueblo en la apreciación de sus problemas fundamentales y propicia al diálogo con todo compatriota a quien preocupen éstos, recibirá con interés tu opinión (favorable o adversa, pero en todo caso sincera y razonada) sobre lo que acabas de leer en estas páginas.
Viñetas de Ramón GAYA y de Juan Ramón ARANA
—25→(Viene de la pág. 2)
Editorial
La experiencia del «posibilismo», tan cercana en el tiempo, muestra a qué condujo el intento anterior de reformar lo irreformable; es decir, la monarquía unilateral, oligárquica, impuesta como ortopedia paralizadora. Los resultados de aquel espejismo -si es que lo fue- son historia palpable, pero antes de subrayar sus perfiles vale la pena oír la voz serena, limpia siempre, de Antonio Machado. El decía en carta a Unamuno: «Creo que como políticos han hecho mucho daño, porque son saboteurs más o menos conscientes de una revolución inexorable. Comenzaron proclamando la accidentalidad de los formas de gobierno muy a destiempo (el subrayado es nuestro) y en provecho de la superstición monárquica del servilismo palatino. Con ello anularon la noble, aunque de corta fecha, tradición política que teníamos, etc., etc.».
He aquí otro fragmento que viene como anillo al dedo: «En vez de abondar el foso donde se hundiera la España de la restauración, etc.» (Si sustituimos restauración con franquismo, la actualidad es perfecta.) Sigue diciendo don Antonio: «Pecaron de inocentes, o quizá de fatuos o engreídos, porque pensaron, acaso, que ellos podrían, una vez dentro de la olla grande, dar un tono de salud al conjunto pútrido del cual iban a formar parte. Grave error. Verá usted como todos serán recogidos en la misma carreta de la basura».
En efecto, así fue.
El desdichado intento melquiadista sirvió para frenar el desarrollo de nuestro proceso político; el retardo de éste, para que la crisis de régimen -inevitable en razón de quienes anularon a don Antonio Maura- se planteara en el peor momento: cuando el ambiente internacional, cargado de morbos, empujaba a la polarización, al desgarramiento, a la matanza. Ahora, en este caso, nada tendrá que hacer la carreta de la basura, porque el error desinteresado quema, no pudre, pero eso, sólo en el orden personal importa. Para lo esencial, España, esta reincidencia en un posibilismo imposible tendrá peores consecuencias que antaño, no porque los resultados de ayer sean empeorables, sino porque un nuevo fracaso del liberalismo dejaría el campo libre a los dos extremos de la aberración totalitaria.
En la carta de don Antonio hay, finalmente, algo por lo que se clama o a lo que se asiente de labios afuera, acaso, porque no acaba de entenderse; algo que debiera pesar en todos los matices de nuestro pensamiento político si, por conciencia de lo que nos está pasando y de lo que puede pasarnos, existiera alguna rectificación en nuestra vieja manera de entender la política. (El hecho de no haberla en las minorías dirigentes y sí -como idea o como sentimiento de necesidad- en las multitudes escarmentadas, puede explicar muchos cosas. Por lo pronto, la atonía y el cinismo de que nuestros amigos hablan.)
He aquí ese algo tan importante que cierra la carta de Machado a Unamuno:
«Hoy es preciso sacar ascuas de la ceniza y hacer hoguera con leña nueva.»
La fórmula no puede ser más certera y sencilla ni llegar en tiempo -un tiempo que abarca cuatro décadas- en que el deseo y la necesidad de renovación puedan ser más unánimes, pero ya se ve que con ello no basta. ¡Hacen falta tantas cosas mas! Por lo pronto, un examen nacional de conciencia que permita la nacionalización de nuestros grandes errores. Después, no confundir la mecánica social y económica con conceptos teológicos o categorías morales; advertir que todo efecto tiene una causa y buscar fría, objetivamente, las causas matrices de nuestra degradación política; reencontramos, reconocemos para volver a España en sí y nuestro hacer al cauce histórico perdido desde varios siglos atrás; darnos cuenta de que los adversarios se condicionan hasta cierto punto; pensar más con el órgano que corresponde y menos con el inmediato interés y con la sangre. En puridad, de eso depende todo. Porque es evidente que ninguna rectificación esencial será posible mientras no se emplee la cabeza en algo más valioso y más noble que el arbitrismo, la habilidad y la embestida.
SOBRE EL «ACCIDENTALISMO»
También para nosotros sería cosa de poco más o menos la forma del futuro régimen si monarquía y república fueran igualmente nacionalizables, es decir, si no estuvieran predeterminadas sus diferencias esenciales de carácter y de contenido. De esta predeterminación no le cabe a España ni la menor sombra de culpa. La indignidad de Carlos IV, el fraude, la ferocidad y la vileza de Fernando VII, la liviandad y la traición de Isabel II a sus defensores, dejaron a la monarquía sin raíz popular y, por ende, librada en el futuro a la voluntad de las viejas castas. Más tarde, al ser restaurada ilegalmente, manu militari, no quiso -y de quererlo no hubiera podido- renacionalizarse. Carecía de tres condiciones necesarias para hacerlo: genio, voluntad y fuerza propia. El caso de la República es otro. Pudo hacerse nacional en los primeros meses de su vida y no supo. No entendió, después, el «posibilismo» de Gil Robles y, para mayor insensatez, repudió a don Niceto Alcalá Zamora, político con idea clara de las realidades españolas. De todo esto su culpa política y su muerte. Sin embargo, entre el no querer y el no saber, hay diferencia grande. ¿Quiere esto decir que nos inclinemos por la restauración de la segunda República o por la instauración de otra parecida? ¡De ningún modo! La República muerta, independientemente del fervor popular y de cualquier mundo de intenciones, no fue, técnicamente, sino el rabo por desollar del canovismo; canovismo tardío, embutido en palabrería jacobina. Pero no haya cuidado, no se trata de restaurar nada. La enorme candidez de quienes lo están creyendo, o lo han creído, no sería explicable sin la notoria aversión de nuestros medios políticos al análisis y a la coordinación lógica de sus fines con la realidad.
La tendencia, tan española, a fabular sobre el deseo, se advierte agudizada en la oposición antifranquista. ¡Cómo hace recordar el famoso cuento de la lechera! «Cambio a Franco por un gobierno provisional, a éste por un rey, al rey por...». Y Al final de tanto negocio imaginario está, indefectiblemente, el cántaro hecho trizas, pero no importa mucho. Pronto —26→ se sacará el franquismo de la manga un cáncer en el colodrillo, un nuevo «general con redaños» u otra conjura de banqueros que den motivos para volver a empezar. (Volver a empezar lo no terminado es nuestra principal característica política). Hay que exceptuar de esta crítica al nuevo San Lorenzo español, a ese pobre San Lorenzo multitudinario atado a la parrilla del franquismo. Que éste delire y se esperance soñando cambios de postura, es lógico.
No, no hay posibilidad de cambio a la vista; de verdadero cambio, se entiende. Ni la República ni la Monarquía constitucional son restaurables. Además, ¿quién habría de hacerlo? ¿La presión de la ciudadanía? No hay tal presión, no es probable que la haya nunca para propiciar restauraciones. ¿Los que cuando el ministro católico Sr. Giménez Fernández hizo un tímido intento de reformas agrarias pusieron el grito en el cielo y la amenaza en sus aledaños? ¡Imposible! ¿Se espera que el restaurador sea Franco? Nadie puede creerlo a estas alturas. Sin duda se piensa en el Ejército, pero al viejo modo, al modo rancio de los pronunciamientos. Y es que todo es ayer en el pensamiento de nuestros viejos políticos. Teóricamente, el Ejército puede restaurar o instaurar lo que le plazca, pero a condición de que exista unanimidad en él contra lo actual y por alguna forma de futuro. Sin eso, cualquier acción fraccional desencadenaría otra guerra, y nada autoriza a pensar que la insensatez o la ambición de ciertos generales llegue, tras de la pasada experiencia, a esos extremos: por el crimen que significaría y porque saben que frente a un Estado moderno no basta con sacar algunas tropas a la calle.
Los que faltos de capacidad y de verdadero amor por España esperan todo, ahora, de un milagro castrense, nada han hecho por crear las condiciones políticas necesarias para que pueda y tenga que intervenir el Ejército y para que esa intervención sea de consecuencias positivas. Por otra parte, si existiera el «general con redaños» que pedían los dialécticos, ¿no tendría que plantearse a quién o a quiénes habría de entregar el Poder? ¿A los restos -no es sentido macabro- de la oposición antigua? El más lerdo ve que sus luchas internas la han reducido al mínimo y, lo que es peor, que la casi totalidad de sus hombres no han aprendido nada, ¡nada absolutamente! ¿Habría de entregarlo al mosaico bizantino de la oposición interior? ¿A un rey cuya defensa le obligara a pasarse la vida con los cañones en la calle? ¿O a una mezcla de toda esa locura? Ahí está el nudo del problema y la posible explicación de muchas pasividades.
A nuestro juicio, la fuerza más grande de que el franquismo dispone reside en la nada efectiva de la oposición, en que todo lo que no es en ella caduco es embrionario. Mientras pueda apoyarse en ese vacío nada tiene por qué cambiar, excepción hecha de un tratamiento y, claro está, de un rótulo: Excelencia por Majestad, Estado Español por Monarquía. Cuando ese cambio se efectúe buscarán matar con él tres pájaros de un tiro: el logro de una continuidad que su caudillo no puede ofrecerles; la legalización de su régimen; el afianzamiento de lo conquistado con fuerzas que ni fueron ni son específicamente franquistas: las que aportaran el Ejército, los monárquicos y católicos liberales, la Falange de ayer y el tradicionalismo.
Franco, sin doblez ahora, le llama instauración, y eso es, la instauración jurídica de lo instaurado a contra ley, merced a toda clase de falacias, corrupciones y violencias.
Tal es el cambio que se dibuja en el futuro inminente. Responde en todo a lo que en líneas generales era previsible dada una política, la de Franco, a la que no se ha opuesto sino el babelismo de una oposición anclada en lo que llamaremos, con holgada licencia, técnica política española en el siglo XIX.
Aplastada la izquierda; escindidos, asustados, seniles la derecha y el centro; expulsado el pueblo de la escena; la Iglesia entre cerril y temerosa; corrompida una parte del generalato y lleno el Ejército de dudas y contradicciones, ¿qué otra cosa podía esperarse? ¡Ah!, sí, el milagro.
Este tiempo y el que dure el vacío creado por el crimen, la estupidez y el miedo de la avestruz reaccionaria al comunismo que fomenta, pertenece al franquismo, ni más ni menos que el botín pertenece al pirata. Un poco más allá le aguardan la agonía y la muerte, bien porque España acabe con él, mal porque el franquismo termine con España; pero esto es improbable. Tan improbable, al menos, como el que la substancia gris tenga que ver algo con la política exterior de EE. UU.
Pronto o tarde -de nosotros españoles depende-, le faltará el vacío en que se apoya y querrá liberalizar, «abrir la mano» para diluírse en la derecha no franquista. Entonces, tendrá razón técnica de ser el «posibilismo» porque alguna modificación será posible, pero no razón moral, no razón política, pues cualquier colaboración con el franquismo servirá para truncar -una vez más y como siempre- el proceso histórico empezado.
Piénsese en que desde hace siglo y medio no hacemos más que andar y reandar un mismo trecho, pero a la manera del pobre irracional que gira y gira en círculo perpetuo para mover la noria. A cada vuelta tropezamos en los mismos errores y nos metemos en los mismos baches basta el cuello, a diferencia, claro está, de los irracionales. Tras de cada desastre decimos que no es posible seguir así, que es necesario cambiar algo y, en efecto, se cambia el sentido de la marcha, pero sin salir del surco circular, cada vez más hondo y más abrupto.
Ésta es, desnuda de literatura engañadora, la dura verdad; una verdad que el hombre común sabe; que sabía ya antes de que la anunciación de la República le reviviera la esperanza. En aquel tiempo, era corriente oírle decir de la antigua caterva política: «Los mismos perros con diferentes collares». Equivocaba los términos, como después pudo verse, pero sólo los términos. Lo permanente en España eran los collares, es decir, el reaccionarismo esencial de izquierdas y derechas, la rutina mental, la improvisación, el espíritu de bando...
No, esta vez no puede ser igual; no es posible tirar a la basura a más de un millón de muertos -nuestros todos, todos españoles- ni permitir que España siga deshaciéndose. Esta vez -la actitud del pueblo está diciéndolo- o se juega limpio o no se juega; o se sale de la timba y se reparten cartas nuevas e iguales para todos, o que jueguen ellos mientras el juego unilateral sea posible. Después, será lo que sea y sonará lo que suene, y no por falta de advertencias y de palabras tendidas como manos.
¿Falta de flexibilidad? Sí, desde luego, pero sólo con el franquismo neto, porque o España acaba con él, o él acaba con España. Con nadie más por ahora —27→ y querríamos que por nunca, pero quizás haya que serlo también en día no lejano con los equidistantes -esos que no quieren ni Franco ni futuro- porque si no aciertan a entender, sí continúan dudando en el dintel de la timba, si no cortan por lo sano desvinculándose de manera abierta y total de las escorias feudales para integrarse en un gran concierto de fuerzas antitotalitarias, entonces, ninguna responsabilidad será más grave que la suya. De ellos depende hoy el que el franquismo quede aislado y desnudo, visibles su pequeñez, su gusanera, su realidad enmascarada, es decir, su condición de cadáver cruzado en el camino de la Historia.
POLÍTICA DE MANOS VACÍAS
Se nos habla de una España sin pulso, postrada, desentendida de sí, cuando no frívola o veteado de cinismo; se dice -como en los diagnósticos de ayer- que el español sabe lo que no quiere y que en ese negativo saber acaba su sabiduría, pero a continuación se afirma que la inconformidad sale a superficie en ceños y palabras e incluso que las gentes quieren algo, no nebuloso, no inconcreto, sino perfectamente claro, racional y bien definido. La contradicción es patente, sobre todo, en un noble amigo que, tocándolo, no acierta a sentir el pulso nacional bajo sus dedos. Tocándolo, decimos, porque él mismo lo registra y transmite en éstas o parecidas palabras:
Hay apetencia de paz y convivencia y general repulsión a reincidir en el clima áspero y contendiente que hubo en vísperas de la contienda pasada.
Se quieren resultados prácticos, soluciones concretas a los problemas de la vida nacional, muchos de ellos seculares.
Es clara el ansia de liberación de este clima de violencia y confinamiento, claro el deseo de que entre el aire exterior.
Es evidente, pues, que España, por vez primera en varios siglos, sabe qué es lo que quiere, y que por saberlo ha dejado atrás la desastrosa etapa del noísmo. Sí, el NO rotatorio y perenne, el contra algo o anti algo como motor, como aglutinante, como sustantivo real de nuestra política, ha pasado a la Historia. Nada hay de extraño en ello. Responde a la evolución que en seres racionales tenía que producir tan terrible experiencia, y fue prevista. La previeron Las Españas diez años atrás, y con nosotros, cuantos han sabido salir del barrizal de odios y de lugares comunes a que nos precipitó el ayer irrestaurable que se pretende restaurar ahora.
Se dirá, de seguro, que sí España sabe lo que quiere, no tiene, o no muestra, voluntad de lograrlo; que el español vegeta esperando que alguien -no él- se decida a sacar las castañas del fuego, y, que pocos están dispuestos a jugarse el canto de una uña por sacarlas. Bien. Quizá sea verdad, pero no exacta. Verdad incompleta, o relativa y menos real que aparente. ¿Han cuidado de explicarse por qué sufriendo el español lo que padece no muestra sino interés de espectador por cuanto busca o promete un cambio a la vieja manera? Por otra parte, se olvida que querer no es sinónimo de poder, pese a lo que se diga, y no se ha tomado en cuenta la posibilidad -el hecho, a nuestro juicio- de que, al fin, haya entendido España que para hacer lo que se quiere hay que saber cómo es posible hacerlo. ¿Ha cuidado alguien de decírselo? Porque no basta recoger sus sentimientos y necesidades e incluso estar dispuestos de todo corazón a servirlos: es menester más. Hace falta saber cómo puede existir la paz y la concordia; cómo pueden resolverse los problemas -nuevos o seculares- que asfixian y envenenan el vivir nacional; cómo es posible la libertad dentro del orden necesario. Y no es todo aún. Si ese saber no se reduce al vago, difuso, palabrero, de las fórmulas doctrinaria, si existe en verdad, hay que hacerlo claro, tangible, para que cada cual lo cale o sospese a su manera.
El hombre español se ha pasado la vida cambiando sangre, sufrimiento y esfuerzo por palabras y es lógico que, conocido y archiconocido el engaño, pase indiferente o burlón ante los tenderetes de la vieja política. Cierto que tal viejo pregón se dice con voz nueva y que es fácil adivinar en ésta una intención distinta, pero con la intención no basta. Una vez atrapado, los engranajes del error son más fuertes que el hombre.
Ni la política de zurcido y trampa adelante, ni la de manos vacías y lenguas repletas de promesas -polvos, ambas, de los que han venido estos lodos- valen la pena de tensar un músculo o de perder una gota de sangre. Por intuición o por conciencia de ello hay abstención -a nuestro juicio- y no porque la voluntad española se haya roto o esté paralizada. La negativa a reandar lo andado hace imposible la vuelta a las andadas; impide que la purulencia interior vuelva a cubrirse con talcos constitucionales y fuerza a buscar una solución, una salida verdadera. Mientras ésta no se le haga visible, el español continuará esperando.
En resumen: Dentro de una misma etapa histórica basta con simples cambios de situación política para mantener o recuperar cierto equilibrio -así en el tiempo en que bajaban los conservadores para que subieran los liberales, y a la inversa-, pero no cuando esa etapa ha sido cubierta. En ese punto las condiciones son otras, porque otros son el grado de desarrollo social y económico, otra, en cierta medida, la mentalidad de las multitudes, otras la dinámica y las presiones internacionales. De ahí la esterilidad de la vieja política, y de ahí, también, que tirar contra el franquismo con espingarda decimonónica sea tan absurdo como imaginar que por el mismo camino no se llega siempre a la misma parte.
NUESTROS SUPLEMENTOS
Nuestros dos últimos suplementos («Esta hora de España» y «La integración nacional de las Españas») han tenido viva acogida, que testimonian las muchas felicitaciones y comentarios que nos han llegado. La mayoría de los ejemplares se ha distribuido en el interior de España, de donde hemos recibido muchos alentadores mensajes. Gracias a todos.
—28→(Viene de la pág. 1)
Para que tú, español, respondas
La dinastía dos veces condenada legalmente ha vuelto al tejemaneje político español personificada en don Juan. Don Juan habla de sus derechos a la corona de España, no en razón de virtudes, y de talentos propios, sino como sucesor de los Borbones. Bien. Quien hereda un negocio -en este case ese derecho- no puede tomar el haber y rechazar el debe, obligado está por ley escrita y por ley de conciencia a reconocer y pagar cuanto es debido. Por otra parte, el catolicismo de don Juan fuérzale a tener por incuestionable verdad cuanto la Biblia dice, sin excluir, claro, lo concerniente a la culpabilidad heredada. Tenemos, pues, que como miembro de una dinastía culpable, al heredar el derecho hereda la culpa, en lo que a España se refiere, y como hijo y nieto de Borbones, culpable es ante Dios, si las Sagradas Escrituras no exageran. Quedábale un recurso para lograr el perdón divino y la absolución de España: arrepentirse sinceramente y tratar de reparar los daños. ¿Lo ha hecho hasta el momento? No tomemos en cuenta su insistencia de ayer en ser beligerante, su deseo de contender físicamente en la guerra de bandos; bien pudo, ser por torpeza de juventud o mal consejo. Empecemos a contar desde el punto en que su capacidad y libre albedrío no pueden ser condicionados por voluntad más alta. Y bien, ¿conoce los adentros, la significación y la obra del franquismo? ¿Tiene idea de la situación que prevalece en España? ¿Se ha enterado del juicio que del equipo dictador tienen los españoles? ¿No? En este caso, ¿no estará dándose en él una de las constantes borbónicas, la de no importarle un comino lo que su pueblo piense y padezca? ¿Sí, por el contrario? Entonces, ¿podrá ponerse en duda su identificación política y moral con el franquismo? Supongamos que pueda dudarse: ¿Por qué en vez de chamarilear con el dictador no ha buscado el apoyo nacional para una política recta y pacificadora? Otra pregunta: si se cree poseedor de alguna forma de derecho divino -el otro, el que la constitución le otorgaba, fue pisoteado por su padre-, ¿por qué no ha calificado de usurpador a Franco? Otra más: ¿Por qué se ha prestado a que su hijo fuese formado a imagen y semejanza franquista? ¿Partes de una misma estrategia? Aceptémoslo, pero si es así, ¿no habrá de aceptarse a la vez que la constante borbónica más notoria vuelve a darse en el pretendiente? Humillado por un advenedizo que tras de alzarse con el santo y la limosna y hacerle esperar durante dos décadas sigue oponiendo dudas y reparos a su personal derecho, ¿puede creerse que no esconde don Juan, tras de la zalema cortesana, intención de borbonearle? Pero hay más: al declarar que hace suya la doctrina tradicionalista, ¿no ha borboneado a cuantos dieron su vida por asegurar en el trono a Isabel II? ¿O es que renegar de los que hicieron posible que su bisabuela, su abuelo y su propio padre fueran reyes -y que él pueda aspirar a serlo- significa cosa distinta? ¿Significará, acaso, que está borboneando al carlismo?
Nada hay para nosotros antes que el interés de España; ningún prejuicio, ninguna inclinación doctrinal, ninguna preferencia propia podría llevarnos a intentar cerrar una salida -por estrecha que fuera- que llevara el problema español a campo abierto, pero nada, tampoco, hará que callemos piadosos o moralmente cobardes lo que tenemos por verdad probada: que Franco no es sino el mascarón de proa del franquismo, entendiendo por esto, por franquismo, el montonal de escorias históricas que en cada circunstancia se apellida de modo distinto sin que nunca se modifique su esencia.
El espejismo creado en el subconsciente de muchos por afán de que la puerta se abra y poder salir, unos, al aire limpio y libre, a España otros, hace olvidar que no todas las puertas dan al campo: algunas ni siquiera son practicables; dan, otras, de una cárcel envejecida e insegura a otra nueva más sólida, e incluso las hay que se abren, o pueden abrirse, sobre tremendos precipicios.
Hasta ahora, el franquismo jugaba a diseñar puertas sobre el muro para, poco después, borrarlas. Juego viejo en el que son maestros los bigardos que recorren las ferias y romerías desplumando bolsillos con tres naipes. «Aquí está el as», dicen pasándolo por las narices campesinas. En la rueda, pánfila y codiciosa, siempre hay alguien que cree haber seguido el tejemaneje de los dedos, alguien que apuesta, y que, naturalmente, pierde. El as ha sido borrado en las sombras de la bocamanga. Luego reaparece.
El as del trampantojo franquista -un cáncer, el «general con redaños», la monarquía inminente- no es menos eficaz que el otro: hace que lo tensado se afloje tocando el violón de la esperanza, y cuando el desengaño llega, que la decepción y el desconcierto abran otro paréntesis. Hasta aquí lo de la puerta impracticable.
La segunda, la que se disponen a abrir los albañiles del régimen, no va a ser figurada, pero en su doble fin cuenta el de producir figuraciones: de salida, de regreso, de incorporación a nuestra época. Como abierta por ellos, dará del viejo presidio a la nueva cárcel, del franquismo con Franco a la monarquía franquista, bronca, inquisitorial, borboneante. La impotencia, el desaliento y la prisa senil dicen que a falta de pan... Lo dicen a cara descubierta o enmascarando el interior vencimiento con el guiño de las segundas intenciones: «la cuestión es empezar el pastel, luego...». Luego, ¿qué? Tanto vale que sea Franco quien acabe de mondar nuestro esqueleto, como ser macabra pastura de Borbones o exterminarnos unos a otros en la especie de festín canibalesco de las guerras civiles. ¿Piensas, lector, de otra manera?
La puerta que se abre, o puede abrirse, sobre tremendo precipicio es la de la restauración -monárquica o republicana- de cualquier pasado canovista. Lerdos e impenitentes tratan de abrirla con la especie de ungüento blanco que en nuestra farmacopea política ha sido la Soberanía Nacional -elecciones inmediatas, inmediata Constitución, etc., etc.-, sin tener en cuenta que la mejor medicina mata o resulta inocua cuando no guardan relación la dosis, la intensidad de la afección y el estado general del enfermo.
—29→En otra circunstancia, es decir, sin los lastres de la guerra y sus rescoldos, soterrados pero sin apagar; sin el rencor acumulado en veinte años de ferocidad e intolerancia; sin la desintegración de todo lo orgánico -salvo el Ejército y la Iglesia- realizada por el franquismo; sin un vacío de dos décadas en cuanto significa formación e información política y, por contra, con algo que experimentar aún dentro de las formas posibles de una misma etapa histórica, cabía acudir al manoseado expediente de la «Soberanía Nacional» para que nos sacan del atasco, pero no ahora, no en esta circunstancia. Primero: porque toda forma de Gobierno, fundamentada en el ejercicio esporádico de una Soberanía sin bases sociales y económicas adecuadas, pasto de muñidores electorales, máscara de caciques, medio de alternos desquites y mercancía de míseros soberanos, ha fracasado de manera rotunda y, tan rotundamente, pero con daño infinitamente mayor, los regímenes montados contra nuestra escuálida Soberanía. Segundo: porque si todo lo experimentado ha sido parte de un proceso que condujo a la guerra civil, volver atrás significará reiniciar el ceso para ir a dar en idéntico desenlace. Tercero: porque así como resultaría absurdo el emplear la diligencia, en tiempo del avión a chorro, absurdo es el aferrarse a concepciones políticas que corresponden al tiempo de la diligencia.
Se dirá que dónde están las nuevas. Por lo pronto, en lo que concierne a España, en la formación y en la aceptación colectiva de tres nuevos conceptos: (a).- Sobre los deberes y responsabilidades que implican la posesión y el ejercicio de la Soberanía. (b).- Sobre el interés nacional como medula -en los órdenes social y económico- de todo interés lícito. (c).- Sobre la libertad como producto de la suma de deberes cumplidos por el ciudadano.
En segundo término, se impone una rectificación profunda en la idea -tan general entre nosotros españoles- de que política es la industria o el medio de conseguir que un sector -o un bando aglutinado por la comunidad de negaciones- impere sobre el resto. Esa idea bárbara tiene que ceder paso a otra bien distinta, si no se quiere que la lucha constante -más o menos incivil- y la consiguiente esterilidad colectiva, abran las puertas a un totalitarismo más eficiente que el franquista, capaz de integrar en la prensa hidráulica de su dictadura cuanto el raciocinio, un pasado común y el amor a la libertad y a la patria no consiguen dar trabazón.
La nueva idea sobre el menester político debe contener menos teología, menos diversionismo moral, menos fermentos de cruzada contra el moro rojo o azul de nuestro tiempo y, en cambio, mucho más sentido de las realidades económicas, mucho más inquietud por la forma de modificarlas en escala nacional, más preocupación por la efectividad positiva del gobernante que por sus capacidades oratorias y por su apellido político. Que lenguas sin manos -por floridas que sean- y apellidos sin hechos -por sonoros que nos resulten-, no construyen nada. Y lo que España necesita es construir.
De la existencia y generalización de esos nuevos conceptos resultará por lo pronto, la integración de todos los matices del pensamiento político de la España viva en un ámbito superior. Aclaramos: no en una organización totalizadora, sino en una misma voluntad de convivencia, en un idéntico entender nuestra comunidad de destino, en igual propósito de vivir conforme a Derecho y de garantizar la dignidad del hombre y las libertades individuales que la hacen posible.
En esta integración -o reintegración- pueden tener origen nuevas formas de organizar el Estado, pero eso es cosa del futuro. La gran tarea, la que específicamente corresponde a las generaciones actuales de manera inmediata, es limpiar el solar, abrir cimientos sólidos en que asentar una democracia esencial y no palabrera, nacional y no banderiza, es decir, una democracia de raíz y contenido auténticamente españoles.
¿Es posible improvisar todo esto? ¿Puede hacerse una propaganda electoral en que se silencien el presente y el inmediato ayer? Y si no se silencian, ¿no será tanto como acercar la tea a una carga de dinamita? Cuando el régimen actual desaparezca, ¿no hará falta un Gobierno estable y de autoridad tan sólida que permita superar en paz la etapa de reacomodamiento, de rectificaciones pacificadoras y de reformas que inicien la reconstrucción moral y económica de España?
Supongamos que un Gobierno puente, autoritario, sin otro fin que mantener el orden, convocar elecciones y presidirlas lograse esos supuestos, ¿que pasaría después?
¿Cabe esperar que de la competencia de dos docenas de partidos saliese uno con la mayoría necesaria para formar el Gobierno estable y fuerte que España necesita? Se dirá que esa mayoría puede lograrse con una conjunción de afines: quizás, pero, ¿se ha olvidado la endeblez e inestabilidad de las conjunciones? ¿No se recuerda la ineficacia de los Gobiernos heterogéneos? Por otra parte, ¿no sería volver a la política de bandos?
Juan de MONEGROS

A quienes desde España nos preguntan por la manera de ayudar a Las Españas les decimos que siempre hemos creído que la edición y mantenimiento de la Revista corresponde a la emigración democrática y que los amigos del interior bastante hacen con difundirla. Pueden, sí, decir a sus amigos y parientes del extranjero que nos ayuden económicamente.
—30→
Por A. de la SIERRA
| (Del Diálogo de Las Españas) | ||
Hoy es preciso sacar ascuas de la ceniza y hacer hoguera con leña nueva. |
| Antonio MACHADO | ||
En dos grandes grupos podemos dividir los muchos problemas, a cual más grave, con que ha de enfrentarse la política de concordia y convivencia preconizada por Las Españas para sacar a nuestra patria de su actual marasmo. Son unos de naturaleza económica, consecuencias de la ruina en que la guerra primero y, la desastrosa administración franquista después han sumido a España, y de la que sólo podrá levantarse mediante duro esfuerzo material encauzado por acertada dirección técnica. Los otros, de condición exclusivamente humana, requerirán una sabia política de bases morales, pues se trata en todo caso de dar ánimo a un pueblo espiritualmente destrozado y vida a un cuerpo nacional inerte.
Entre éstos, los de índole moral, hay uno que desde hace tiempo nos preocupa por su gran trascendencia, con inquietud que crece al ver como algunos lo envenenan de una manera, otros de la opuesta, y como otros pretenden ignorarlo o tratan de restarle importancia con esa «habilidad o listeza política» que consiste en eludir hoy los problemas más espinosos, creyendo así ganar tiempo, cuando en realidad lo pierden muy precioso, puesto que, como a la larga son ineludibles, habrá que acometerlos mañana, precipitadamente y en circunstancias de mayor gravedad.
Se trata del que presenta la particular contextura nacional de España, asunto del que ya nos hemos ocupado en otra ocasión con el título de «La integración nacional de las Españas».
Que nuestra patria no es un ente nacional homogéneo sino un conjunto de pueblos con caracteres y antecedentes históricos comunes, que dan personalidad al grupo, y con otros diferentes, que destacan la de cada uno de ellos, es cosa tan manifiesta que el extranjero menos observador no deja de percibírla inmediatamente en un primer recorrido de la Península ibérica. La existencia de un pueblo andaluz, otro gallego, castellano, catalán, etc., es algo tan evidente, en el aspecto humano, como la del río Guadalquivir, el cabo de Finisterre, la Sierra de Guadarrama o los valles del Ampurdán, en el de la geografía peninsular. Realidad palpable, que no es ninguna creación artificial, ni producto forzado de circunstancias políticas deformadoras, sino condición esencial y tradicional de nuestra patria, de muy antiguas raíces: nacidas en las vicisitudes de la Reconquista, las más recientes; originadas en las profundidades de la España prerromana, las de estirpe indígena más remota.
Esta rica variedad nacional, crea el problema de encontrar para el estado español una estructura adecuada, que lógicamente no puede estar inspirada en el código constitucional de ninguna nación unitaria, ni en doctrinas políticas de rígido gobierno centralista. De querer establecer sin cimientos autóctonos semejantes constituciones o imponer tales doctrinas, incompatibles con la condición medular de nuestra patria, por copiar dogmáticamente creaciones extranjeras (como nuestros liberales decimonónicos) o porque así convenía a oligarquías disfrutadoras de injustos privilegios dentro de la nación, provienen muchos de los males políticos que han afligido a España en su moderna historia. Males enconados hoy gravemente por la manera, zafia y brutal hacia algunos de nuestros pueblos, con que en esta cuestión ha procedido el conglomerado de detritus que constituye el franquismo, del cual el dictador epónimo no es sino su representante más visible.
Siglo y medio de discordias y guerras intestinas que culminan en la última y feroz contienda (agravada con intervenciones extrañas) han dejado a nuestra patria en lamentable estado de postración que contrasta con el más alto bienestar alcanzado hasta la fecha por las demás naciones occidentales de nuestro continente, preocupadas hoy en la integración de una nueva Europa -anhelada por sus mejores espíritus- de la que han excluido a España por incompatibilidad moral con el régimen franquista, que no por falta de buena voluntad hacia el pueblo español.
Este vivir nacional en continuos odios y guerras cainitas, entreverado con períodos de mediocridad y atonía, no tendrá fin hasta que de una buena vez los españoles nos decidamos a convivir en concordia, con ese mínimo de consideración al prójimo y de respeto a la ley y a las libertades y derechos del ciudadano que son el abecé de toda convivencia humana verdaderamente civilizada.
*
Para que la política de concordia y convivencia sea viable y acertada se requiere:
1.º- Un examen objetivo de España y sus principales problemas que nos de a conocer su realidad.
2.º- Un programa basado en las posibilidades que tal realidad nos ofrece.
3.º Una profunda actitud moral de concordia y convivencia al poner en práctica los aspectos humanos del programa.
—31→Es, pues, preciso comenzar por ver en la realidad de las cosas, tal como son y se han originado, no como nos dicen o han dicho que son o fueron, ni como queremos verlas, ni no verlas como no queremos. La ignorancia, la rutina, el sectarismo, los rencores y la mala fe egoísta han venido produciendo versiones tergiversadas de la realidad de España y su pasado histórico; deformación que ha llegado a extremos insoportables con el franquismo. A fuerza de machacar insistentemente, con todos los recursos -hoy enormes- de la propaganda, en las mentes de los españoles, desde sus primeros balbuceos culturales en la escuela de párvulos, las oligarquías dominantes han metido en millones de cerebros, como verdades incuestionables, graves falsificaciones -burdas unas, sutiles otras, acomodadas todas a sus intereses- que hoy son tópicos difíciles de desarraigar. Tal, por ejemplo y dentro de nuestro tema, ese de «la unidad de la patria, principio entrañablemente inserto en las más profundas esencias nacionales» -son palabras recientes de Franco-, entendiendo por unidad nacional la uniformidad impuesta desde un poder central que pretende conformar a todos los españoles según un patrón único a gusto y conveniencia de los usufructuarios del Estado.
Unidad uniformadora que desconoce la variedad de nuestros pueblos, niega a las culturas españolas de lengua no castellana su condición hispánica y pretende asfixiar estas culturas y eliminar tales lenguas. Uniformismo que pone criminalmente -con crimen de lesa patria- en el falso dilema de tener que escoger entre ser vascos, catalanes o gallegos, y ser «españoles» a quienes son españoles precisamente por ser vascos, catalanes o gallegos, como otros lo somos por castellanos, y otros lo son por aragoneses, andaluces, extremeños, etc. Se es español porque se es leonés, o catalán, murciano, canario... y se será tanto más español cuanto más leonés, catalán, murciano, canario... se sea; y tanto menos cuanto mayor sea el desarraigo -sobre todo espiritual- del propio solar. Porque España, o Iberia, no nos cansaremos de repetirlo, es una comunidad o familia de pueblos -conjunto que en siglos pasados se llamaba «rodas las Españas»-, ninguno de los cuales puede calificarse de español con mejores títulos que cualquiera de los demás, independientemente de su situación geográfica (peninsular o isleña, atlántica o mediterránea, central o periférica), su lengua o su folklore. España es el conjunto de todos sus pueblos (para quien esto escribe sin excluir a Portugal), o la palabra carece de sentido nacional para quedar reducida a mera significación geográfica.
Quienes tratan de imponer a la fuerza el uniformismo centralista, lejos, pues, de hacer obra de unidad, la realizan de disgregación al herir los sentimientos patrióticos de muchos españoles, especialmente los catalanes, vascos y gallegos encariñados con sus lenguas y culturas vernáculas, desgarrando así la conciencia nacional. Son los que Carretero y Nieva llamaba separadores, porque con su conducta desaforada provocan en gran parte las reacciones opuestas, también desorbitadas, de los separatistas. Los unos están aplastando a España, los otros pretenden despedazarla.
*
Contemplada la realidad de España coma una familia de pueblos hermanos, iguales en derechos y deberes y con fisonomía propia cada uno de ellos, la política de concordia y convivencia nacional ha de asentarse en una solidaridad familiar: ayuda mutua y convivencia fraternal en el respeto a la personalidad individual; y habrá de dar al nuevo estado español una estructura acorde con esta realidad, desechando resueltamente todos los trajes cortados en el extranjero que no se acomodan al cuerpo de nuestra nación.
Se trata, pues, de encontrar una fórmula política, una constitución para la nación española que armonice lo uno y lo vario, que respete y proteja, con la unión de todos, la personalidad de cada cual. Si estudiamos la manera de resolver esta cuestión podemos aprender mucho de la experiencia de otros pueblos (Suiza, los Estados Unidos de Norteamérica, Méjico -donde libremente podemos escribir estas páginas-, Yugoeslavia, la República federal alemana, etc.); pero si buscamos bien, no tendremos que ir muy lejos para alumbrar la mejor solución: la encontraremos en nuestro propio solar, en lo mejor de nuestra verdadera tradición. Es curioso observar como, mientras se hacen toda clase de esfuerzos por aclimatar en nuestra patria instituciones y conceptos extraños a ella y opuestos a su carácter -por gobernarla a contrapelo, hemos dicho alguna vez-, se repudian y motejan de exóticas novedades las más genuinas creaciones políticas de nuestros pueblos, entre ellas la organización federativa del Estado. Tal fue -aunque entonces no se usara este vocablo- la estructura del viejo estado castellano, conjunto de comunidades autónomas con un jefe común a la cabeza (conde de Castilla y Álava al principio, rey de Castilla después). También la unión de vizcaínos y guipuzcoanos a Castilla -uno de los hechos de más alta significación en nuestra historia-; unión absolutamente voluntaria, por la cual las repúblicas vizcaínas y guipuzcoanas se incorporaban a la corona castellana siempre y cuando se respetaran sus fueros; verdadero pacto federal que todo nuevo rey de Castilla tenía que confirmar mediante el juramento foral. Pero donde la solución española se manifiesta con mayor claridad es en los estados de la corona de Aragón. Cataluña, Aragón y Valencia tienen cada uno leyes y cortes propias y, para los asuntos comunes a los tres reúnen además las Cortes de la Unión (Unión, tal era nuestra vieja y españolísima fórmula, más adecuada que la de unidad, importada después de Francia). Organización con la que nuestra patria se adelanta en la historia hacia la constitución de los modernos gobiernos representativos de carácter federal; creación que honra a España y demuestra su natural capacidad política, a pesar de lo cual no ha recibido la atención general que merece, por el empeño que desde hace largo tiempo se viene poniendo en desviar nuestra curiosidad de estas cosas para hacemos ver «lo español castizo» en las obras del estado unitario de raíces extranjeras.
Está, pues, claro que si debemos estudiar de otros pueblos con propósitos de ilustración, no precisamos copiar a ninguno (norteamericano o ruso, francés o alemán) para dotar a España con una nueva constitución, moderna y a tono con el progreso de los tiempos, sí, pero adecuada a la naturaleza de la nación. Las mejores lecciones tenemos que aprenderlas en casa, en el estudio de nuestros problemas, y las experiencias más valiosas podemos encontrarlas en la propia historia. Que no todo son muertas antiguallas en nuestro pasado: reseca hojarasca de polvorientos laureles que ningún grotesco «imperio —32→ azul» podrá reverdecer, carcomidos tronos riqueza de museos. Queda lo mejor de nuestra «tradición eterna», tradición viva en la «intrahistoria», «sustancia del progreso». Quedan raíces con savia en los bosques de Iberia, y troncos vigorosos que han de retoñar; queda buena semilla en las trojes, en espera de tiempo propicio para la siembra. No todo son frías cenizas en el viejo hogar: aún hay rescoldo bajo ellas, ascuas para «hacer hoguera con leña nueva»; esa hoguera -calor y luz para una nueva España- que debemos a todos los que, como el mismo poeta, murieron con el anhelo de ver su resplandor, y cuya llama nuevas generaciones se encargarán de animar.
La nueva Constitución -Fuero Constitucional- de España deberá tener por base el reconocimiento de la personalidad de todos sus pueblos y partir del principio de la igualdad política entre ellos. Hay quienes discuten si éstos deberán ser tantos o cuantos, y sus límites tales o cuales. La cuestión es interesante y sobre ella también nosotros tendríamos algo que decir. Pero en principio nos parece indiscutible el derecho de todos los pueblos o regiones históricas de España a figurar como entidades integrantes del nuevo estado español. De todos: Galicia, Asturias, León, Extremadura, Andalucía, La Mancha (mejor que Castilla la Nueva), Castilla (a secas), el País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia, Murcia, las Islas Baleares y las Canarias. Si después los valencianos o baleares quieren incorporarse a Cataluña, si los navarros prefieren unirse a Euzcadi, o los extremeños a León, eso es cosa que ellos -y solamente ellos- habrán de decidir. Por nuestra parte, y como castellanos, propugnaremos el reconocimiento de la personalidad de Castilla (tan traída y llevada como mal conocida), sin partición en Vieja y Nueva y sin añadiduras de otras regiones vecinas que, como La Mancha y León, tienen su lugar en nuestro mapa y su propia fisonomía.
Tal división y descentralización administrativa, más acorde por otra parte con la geografía de nuestra península que las actuales provincias -imitaciones de los departamentos franceses-, puede ser aceptada sin grandes dificultades por la mayoría de los españoles: porque si los unos aciertan a ver en ella camino franco para una constitución federativa, no cabe que los otros la tachen de exótica y demoledora puesto que es la tradicional.
Cada una de las regiones adoptará después la división interna que mejor le acomode (en provincias, comunidades, comarcas, etc.). Última célula de esta estructura político-administrativa será el municipio, límite de la descentralización- si miramos el todo de arriba abajo- o punto de partida de la integración -si preferimos contemplarlo desde la base.
Una organización administrativa de este tipo podría ser también factor primordial para la reconstrucción económica de España, al permitir las iniciativas y dar cauce a las energías creadoras de las propias regiones, supeditadas hoy por completo a la gestión del poder central. Este deberá tener en el «futuro» una función principalmente coordinadora y de ayuda, salvo en aquellas cuestiones que -como la defensa nacional, la política internacional, el comercio exterior, las comunicaciones, la moneda, etc.-, por rebasar el ámbito regional, son de su superior competencia.
Por último, apuntando al futuro y aunque en un principio sólo tuviera significación moral -la nacionalidad es en el fondo una cuestión de conciencia colectiva-, una nueva constitución de España, nacional en el sentido más amplio que para un español debe tener la palabra, habrá de dejar puerta abierta a Portugal con la declaración de que los lusitanos serán acogidos fraternalmente en la familia de los pueblos ibéricos el día en que, espontáneamente y con entera libertad, deseen ingresar en ella. Para nosotros no podrá hablarse de una comunidad de pueblos cabalmente española (o ibérica, si esto gusta más al lector) si en ella no figura Portugal.
Pero dejemos esto, que no es nuestro presente propósito delinear una nueva constitución española, sino buscar, en la política de concordia nacional de Las Españas, el mejor camino hacia la fraternal convivencia de todos los pueblos de nuestra patria.
*
Definida una política de concordia y convivencia lógicamente ajustada a la realidad nacional, nos resta, en el aspecto de que aquí nos ocupamos, acordarnos espiritualmente a ella. Acorde esencial puesto que, en último término, se trata del sentimiento de nacionalidad. Cuestión hoy torpemente envenenada y en la que cuidado y tacto al abordarla nunca serán excesivos.
Ante todo es preciso comprender y sentir que nuestra rica variedad nacional no es ninguna tara o mal de la patria, sino riqueza humana, tesoro espiritual digno de cuidar en todos sus aspectos, y, no solamente en el más pintoresco y superficial del folklore.
Es necesario hacer ver hasta al último ciudadano que todas las lenguas nacidas y habladas en España son igualmente españolas, con independencia de su ámbito geográfico -desde el punto de vista de la estirpe, el vascuence lo es más que cualquier otra, como idioma usado en nuestra península desde tiempos muy remotos. Por lo tanto no se puede pedir a los catalanes, vascos o gallegos que hablan en su lengua vernácula (las circunstancias en que unos así hablen y la forma en que otros hagan tal petición son a veces cosas de buena o mala crianza) qua se expresen en español, pues ya lo están haciendo. Ni cabe interpretar como una «concesión» cualquier ley que declare el derecho de estos españoles a usar oficialmente en su región el idioma materno, y sí únicamente como reconocimiento del elemental que todo pueblo tiene al uso de su propia lengua. En puridad la concesión la hacen ellos cuando, en beneficio de un mejor entendimiento entre todos los españoles, aceptan la castellana, por ser la más general, como lengua oficial de toda España; lo que de paso les reporta el grandísimo beneficio de dominar como propio un idioma de gran valor, intelectual y económico, que rebasa los límites de lo español para extenderse por el amplio mundo hispanoamericano (los catalanes, vascos y gallegos refugiados en estas tierras saben esto mejor que nadie). Son en realidad españoles bilingües; de ese bilingüismo que, sin perjudicar a nadie y con provecho de todos, constituye la solución más inteligente, culta y cordial de la cuestión lingüística en las partes de España de lengua vernácula no castellana. En este terreno sería conveniente evitar expresiones equívocas como la de «editado en catalán y en español» (que parece negar al primero su calidad hispánica), y en semejantes casos decir mejor «catalán y castellano».
—33→Contrariamente, otras veces se presta quisquillosa atención a las palabras, dándoles excesiva importancia. Dos vocablos suscitadores de discusiones son los adjetivos regional y nacional. Protestan unos porque se califique de regional (lengua regional, por ejemplo) lo que según ellos tiene la categoría de nacional; se alarman otros por el empleo del término nacional (personalidad nacional) para designar algo que, dicen, sólo puede llamarse regional. Nos parece que en cuestión de tanta trascendencia como ésta de la integración nacional da España las palabras son lo de menos, pues lo que importa es llegar al fondo de ella con la mayor claridad posible, definiendo en todo caso el alcance de los vocablos. Puestas así las cosas, si reconocemos a regional una significación fundamentalmente geográfica (o racional) -como designación de parte de un conjunto-, y damos a nacional una acepción esencialmente humana (no jurídica) -de grupo con personalidad colectiva y sentimiento de ella-, ambos términos pueden usarse simultáneamente, sin confusión o ambigüedad, pues lejos da oponerse o excluirse mutuamente, como pretenden algunos, se complementan y ayudan a precisar o matizar el concepto. Así las regiones catalana y andaluza son partes de la entidad que llamamos España o Iberia, y los pueblos vasco y aragonés grupos humanos con personalidad nacional más o menos definida y sentida. Lo mismo que una región es parte de un ámbito o zona más amplia, un grupo nacional puede ser parte integrante de una nación mayor. El eusquera y, el gallego son respectivamente lenguas nacionales de vascos y gallegos -que no de catalanes o extremeños-, pero a la vez lenguas regionales, como habladas en dos regiones de España. Ésta, que hemos definido como una comunidad o familia de pueblos, se ha dicho también que es una nación de naciones: las naciones de España, escribe Azorín comentando al aragonés Gracián.
Pero tan importante y más que un enfoque lógico del problema es adoptar una actitud moral sana al abordarlo en la realidad: una actitud de profunda cordialidad. Para ello es necesario comenzar por quemar, de una vez y para siempre, esas absurdas relaciones de supuestos agravios por parte de unos pueblos de España contra otros, y concretamente hay que acabar con las monsergas de la «opresión castellana». Ante ellas, los verdaderos castellanos -que, según Pero Grullo, somos los de Castilla, nombre que algunos quieren despojar de sus límites naturales para convertirlo en cómodo y, gigantesco cajón de sastre de todos los entuertos de España- podríamos decir verdades ensalzadoras de nuestro pueblo, tales como: que Castilla surge en la Historia con un carácter popular, laico, comunero y foral frente a la monarquía neogótica asturleonesa aristocrática, teocrática, señorial y unitaria de tradición visigoda: que las viejas comunidades castellanas (verdaderas repúblicas populares) fueron en su tiempo, con las aragonesas y vascongadas, las entidades político-económicas más libres y democráticas de Europa; que el primer alzamiento popular contra la monarquía imperial española lo realizaron los castellanos -juntos con otros, es verdad, pues este complejo movimiento no fue exclusivo de Castilla. Y añadir cosas desagradables para quienes achacan a Castilla todos los males de España, tales como: que ante dicho movimiento se inhibieron otros pueblos de nuestra península súbditos del mismo emperador; que no han sido castellanos los principales gobernantes de la monarquía, que no lo fue el dictador Primo de Rivera, ni Calvo Sotelo -cabeza política del complot antirrepublicano de 1936-, ni lo son los Carceller, Arburúa, Planells, Gual Villaibí, Lequerica, Suances y otros directores de la economía y la política franquistas que tienen en la miseria a toda España -sin excluir a Castilla-, ni lo es el renombrado hijo del Ferrol del Caudillo; ni están en manos castellanas la mayoría de las acciones de la banca española cada día más poderosa; y otras muchas que nos llevarían al estúpido terreno del «más eres tú» donde nada se resuelve y todo se encona. Es preciso que todos los españoles sin excepción asimilemos definitivamente la idea de que ningún pueblo español ha sido sojuzgado por otro hermano y que todos hemos tenido los mismos enemigos: los enemigos -internos y extranjeros- de España.
Por último, para llevar a cabo una política de concordia y convivencia es fundamental que todos nos demos perfecta cuenta de las limitaciones de su programa, que no puede ser el de ninguno de los grupos o individuos que lo suscriban, sino terreno común de coincidencia entre todos los españoles de buena voluntad. Para llegar a esta coincidencia (mínima común del mayor número posible de compatriotas) será preciso que mientras tal política esté en vigor (es decir, hasta la total realización de su programa) unos y otros transijamos, cediendo temporalmente parte de nuestros respectivos programas e idearios para limitarnos a derrocar la actual tiranía y llevar la vida nacional hacia cauces democráticos. Todos tenemos que poner en esta obra el mayor empeño y la mejor voluntad. Quienes en su íntimo sentir quisieran una España unitaria, si son realmente liberales y, demócratas, deberán reconocer en principio y sin titubeos el derecho de todos los pueblos ibéricos a mantener su personalidad particular -o a modificarla libremente para fundir una nación homogénea-; quienes, por otro lado, aspiramos a integrar nuestros pueblos en una gran Comunidad ibérica de estructura federal podemos -y decimos esto con el pensamiento puesto en nuestros amigos catalanes y vascos- considerar el reconocimiento de este principio y del derecho inmediato al uso de las lenguas y al desarrollo de las culturas regionales como mínimo aceptable para colaborar sin reservas en la política de concordia y convivencia, en espera de hacer triunfar nuestras ideas en el terreno constitucional. Pensemos que no están en juego tale s o cuales opiniones sino la vida misma de España entera.
*
No pretendemos haber dicho en las presentes páginas la última ni la mejor palabra sobre esta importantísima cuestión: nuestro propósito se reduce a llamar, una vez más, la atención sobre ella y a contribuir a su esclarecimiento; pero sí tenemos el convencimiento de que todo lo que no sea avanzar en la dirección apuntada errará el camino hacia una nueva patria común, igualmente sentida por todos los pueblos de España.
Las Españas agradece a todos sus amigos la ayuda económica que le han prestado desde la aparición del Núm. I de este «Diálogo», cuya vida dependerá del apoyo económico que siga recibiendo.
—34→(Viene de la última plana)
clavarlo con algún adjetivo de preceptiva literaria y correr el escalafón político. Su influencia -cuando no presencia clara- en casi toda la poesía contemporánea en lengua española no tocada de «nerudismo». Por si todo este pecar fuera poco, el doctor Jekyll de Moguer cometió un repugnante crimen: ser Premio Nobel «cuando ahogado por el rencor, etc., etc.». Sus restantes delitos -este o aquel pecado de soberbia, juicios arbitrarios, intemperancias, aquella su peculiar maestría en sacar un adentro a flor con una frase- te hubieran sido perdonados al dejar plaza con su muerte; acaso en vida, a no tener hasta lo último vigencia tan abrumadora. Ésta, sólo en los que hacen levadura -o simple pan- con la palabra, no biselado espejo, y en los que gritan como Cristo les da a entender para que el silencio no lo agusane todo, no produce rencor. No lo produjo, por ejemplo, en León Felipe, ese mi «ciego del guitarrón» con el que tantas veces han chocado las esquinas de la encajería poética -las esquinas con él y no al contrario-, pero al que el ojo inmóvil, de ciego con barruntos y desesperos de luz, no se le enlegaña de minucias ante el hombre poeta muerto.
Cernuda, en cambio, está comido de rencor, de un rencor furibundo, encarnizado, que no da tiempo a que se enfríe el cadáver de quien acertó a producirlo. De ahí que ahora no se haya andado por las ramas tratando de mermar algún valor, de pellizcar algún mérito, según táctica suya, y se haya lanzado contra el hombre. Precisamente contra el hombre al que, salvo dos excepciones2 debe la generación poética a que Cernuda pertenece cuanto una generación puede deber a un hombre solo: semilla, calor, aliento, ayuda, incluso el pregón de sus menudos frutos iniciales.
Pero echemos un vistazo sobre la oración fúnebre de Cernuda por Juan Ramón Jiménez para que testimonie nuestra verdad, sobre todo, en España, donde muy pocos habrán tenido ocasión de conocerla. Dice:
«Había en él, de un lado la persona que pudiéramos llamar Jiménez-Jekyll, es decir, el poeta conocido de todos, digno de admiración y de respeto; de otro lado el Jiménez-Hyde, bastante menos conocido, la criatura ruin que arrojaba procacidades a la cabeza de unos y otros, etc.».
Juzgue el lector por sí del paralelismo que Cernuda establece.
«De ahí (de la monstruosa vanidad ultrajada, según Cernuda) la campaña de difamaciones que desde hacía unos veinte años emprendiera contra los poetas más importantes de la generación que yo mismo he llamado de 1925, etc.».
¡Señor, cuánta modestia! ¿O sólo será olvido? En todo caso, la inconsecuencia es clara, porque si Jiménez-Hyde destapó su maldad hace dos décadas «contra los poetas más importantes, etc.» y él, Cernuda, seguía elogiándole muchos años más tarde, no hay duda de que las ruindades de Juan Ramón le importaban un higo mientras no tocaran a Cernuda. Prueba al canto:
«La gracia, además, no faltaba a sus críticas de aquellos años. Recuerdo cómo en ocasión que alguno pronunciara ante él el nombre de Guillermo de Torre, Jiménez, elevando al cielo los ojos y moviendo la cabeza con aire de conmiseración profunda dijo: ¡Pobre padre!, etc.».
Luego de esta «graciosa» -graciosa por antigua- procacidad de Jiménez-Hyde, cuenta, Cernuda, una bonita historia de tenebrosas confabulaciones contra los poetas nuevos. La historia, si no cuento, debe tener no menos de un cuarto de siglo y sin embargo, Juan Ramón Jiménez no era todavía para él Jiménez-Hyde.
Líneas después tíos dice a qué punto llegó su desencanto:
«Mi admiración juvenil hacia su obra se había ido extinguiendo y de ella no quedaba rescoldo alguno: mi indiferencia era tal que ni siquiera tuve curiosidad. Por hojear Animal de fondo, etc.». Sin comentario.
He aquí el relato de su primer encuentro con los dos Jiménez, el visible Jekyll y Hyde el invisible:
«Quienes conozcan el lugar podrán suponer lo que su fondo añadiría, en la imaginación de un poeta mozo, a la presencia casi mítica del gran poeta, del maestro considerado como algo divino. Naturalmente, creo que no dije palabra, y, benevolencia extremada debió tener conmigo Juan Ramón Jiménez, etc.». También sin comentario.
Ya en los adioses del artículo, agrega:
«...no le quedaba otra admiración que la ignorante de esos que ahora sin conocerle a él ni a su obra le llaman «Juan Ramón», como si se refirieran en una tertulia casera a un tío o un primo, etc.».
Lector, ¿eres tú, para desdicha tuya, uno de tales ignorantes? ¿Has faltado al respeto que a Juan Ramón se debe llamándole como llamándole como llamarías primo, en la tertulia casera? ¿Sí? Pues no te quedan más que dos caminos: o leer de cabo a rabo el «Estudio sobre poesía española contemporánea», de don Luis, tomarlo por artículo de fe y cuidar mucho de anteponer dones, excelencias y señorías, fuera de las tertulias caseras, o, importándole un pito de que el docto Sr. Cernuda te mire por encima del hombro, no leerlo. Tú verás. Yo, muy a gusto en este caso con mi tosquedad e ignorancia, seguiré llamando a Juan Ramón así, como cordialmente me place, como por quererle quiero, y no Jiménez-Hyde, como la perspicacia lírico-policial del señor Cernuda, don Luis, quiere.
Faltan, para terminar, unas pocas preguntas y un dato, o testimonio, del propio don Luis sobre sí mismo. Vamos con las primeras:
¿Qué puede justificar tanta ingratitud e impiedad juntas? ¿Los insultos y denuestos de que se dice víctima don Luis? Y él, ¿qué hizo? ¡Ah, ya!, ser envidiado.
Estaba Juan Ramón muy seguro de sí para envidiar a nadie, y no es fácil, además, que no envidiando ayer a quien tuvo su altura, por lo menos, viniera en envidioso ahora. Ved su poema dedicado a Antonio Machado:
| Amistad verdadera, claro espejo, | |||
| en donde la ilusión se mira | |||
| ...parecen estas nubes | |||
| más bellas, más tranquilas. | |||
| Siento esta tarde, Antonio, | |||
| tu corazón entre la brisa. | |||
| —[35]→ | |||
| La tarde huele a gloria. | |||
| Apolo inflama fraternales liras, | |||
| en un ocaso musical de oro, | |||
| como de mariposas encendidas; | |||
| liras plenas y puras, | |||
| de cuerdas de ascuas líquidas, | |||
| que guirnaldas de rosas inmortales | |||
| decorarán, un día. | |||
| Antonio, ¿sientes esta tarde ardiente, | |||
| mi corazón entre la brisa? | |||
Pero demos de lado a la lógica, a la fe en el hombre que más de una vez nos llegó al alma y tengamos por verdad que la envidia pudo empujarle a insultar y denostar a los que ayer quiso. ¿No pensaron éstos, no se lo ocurrió pensar al señor Cernuda, que sin algo anormal, extraño, que borrara las distancias y las alturas a los ojos de Juan Ramón, tal envidia no era posible? Ignorar no ignoraban que la vieja neurosis del poeta -única puerta a tal absurdo- se agravó a extremos que obligaron a Zenobia a internarlo en un sanatorio, pero ya se ve que el humo de la soberbia es más cegador y sube más alto cuanto la llama es más pequeña.
La ingratitud, la impiedad, el ensañamiento del señor Cernuda con «el maestro considerado -ayer- como algo divino», asombrarían un poco si el propio don Luis no nos hubiera dado en 1932 esta noticia de sí mismo:
«No valía la pena de ir poco a poco olvidando la realidad para que ahora fuese a recordarla, y ante qué gentes. La detesto como detesto todo lo que a ella pertenece: mis amigos, mi familia, mi país». (El subrayado es nuestro.)
Lástima, señor Cernuda, que no se deteste usted a sí mismo para que el tránsito entre la indignación y la lástima no fuera tan difícil.

En todas las circunstancias de su vida, oscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre de poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará a condición de que acepte, en la medida de sus posibles, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad y el servicio de la libertad. Y pues su vocación es agrupar al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira y a la servidumbre que, donde reinan, hacen proliferar las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia a la opresión.
*
A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; te somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia sino confesando su semejanza con todos.
*
Ante la heroica y trastornadora insurrección de los estudiantes y obreros de Hungría, el general Franco protestó -sin duda en recuerdo de Guernica- contra la llamada a un ejército extranjero con el fin de aplastar a un pueblo en armas. Hemos reído con el desprecio que el gesto merece, puesto que somos efectivamente solidarios del pueblo húngaro levantado contra sus dueños extranjeros, igual que lo somos totalmente del pueblo español asimismo oprimido y en espera de una liberación que las naciones desunidas le han robado. No hay, para nosotros, pequeños y grandes verdugos. Hay los verdugos y los que no lo son. Y nosotros estamos con éstos.
—36→
Por J. R. ARANA
En un café, hace tiempo desaparecido, tuvo asiento la tertulia matinal de los asiduos a Editorial Séneca. Al filo de las doce comenzaban a aparecer Gallegos Rocafull, Bergamín, Halffter, García Bacca, Rodríguez Luna, Herrera Petere, Daniel Anguiano, alguien cuyo nombre borré de la memoria y el disparador que suscribe. Por veces aparecían Usía, Altolaguirre, López Negrete, Jarnés, Andújar...
Gozaba este disparador, por aquel tiempo, dos formas de ingenuidad inefable: una, la del provinciano crédulo; otra, la del, esencialmente, tonto de capirote. Inducíame la primera a mirar en plano superior a cuantos en Madrid sonaron, sin parar mucha ni poca cuenta en el origen y calidad del ruido. La segunda, me hizo tener por cierta una concepción de los hombres y de las cosas a la que no eran ajenos cierta especie de platonismo mal intuido y la sublimación inconsciente del rancho espiritual condimentado por el Padre Ripalda.
De la primera no tardaron en librarme ojos y oídos; no así de la segunda, más arraigada por venir la insuficiencia de más hondo. Según ésta, toda creación sustancialmente poética tenía origen metafísico y, claro es, resultaba imposible que flor tan delicada no se diera sólo, exclusivamente, en suelo noble. No dejé de notar que en ciertos casos mi supuesto y la realidad no concordaban, pero antes de sospechar lo razonablemente sospechable -la falsedad de aquel- resolvía varias contradicciones degradando al pícaro de turno. ¿Era bellaco? Pues carecía de autenticidad creadora.
Ni que decir tiene que mi iconostasio empezó a despoblarse y mi creencia a flaquear de lo lindo.
Apareció por entonces la Antología de la poesía moderna en lengua española que editó «Séneca» y hubo lucido rifirrafe en torno a inclusiones, exclusiones y selecciones; a lo segundo sobre todo. Reproches y defensas sacaron a luz lo que quieto y oculto no hace pensar en la miseria humana y a mí, de uno de los muchos errores que he sufrido. Casi a la vez, sufrí la picadura de cierto bienaventurado que a la gracia poética une la de ser un alma de Dios en el concepto de las gentes, por lo bien que tapa con versos y quejumbres el garabato de su cola.
Charlando una mañana con Gallegos salieron a relucir mis decepciones. Él, buen conocedor del paño, y gran disculpador por mucho saber de tramas y de urdimbres, me dijo algo sobre éstas que luego he confirmado varias veces. Verdad debe ser, y como toda verdad explicadora del revoltijo humano, único camino que, ante ciertas acciones, puede llevarnos de la indignación a la lástima. Esta vez el trayecto era difícil, sobre todo, teniendo que releer el artículo escrito y publicado por Cernuda contra Juan Ramón Jiménez pocas horas después de morir éste; antes de que el poeta fuera sepultado.
La inconsciente autorradiografía de Cernuda se titula El Doctor Jekyll y Mister Hyde, evidentemente, por considerar que en Juan Ramón se daba alguna forma de dualidad parecida. El subtítulo dice: «Obtuvo el Premio Nobel al final de su vida, cuando, ahogado por el rencor, solo tenía para sus antiguos admiradores, los únicos que podían apreciarle, insultos y denuestos».
El título es demasiado transparente para intentar algún comentario, pero no así el subtítulo. Este tiene su miga: una miga de soberbia herida, exasperada, que le pone en flagrante ridículo cuando escribe: «Obtuvo el Premio Nobel al final de su vida, etc.», porque esto -aunque así pueda parecer- no está dicho en desdoro de Juan Ramón Jiménez, sino de los otorgadores. ¿O es que recibir el Premio Nobel y agarrar una pulmonía, por ejemplo, constituye una falta? No, la falta está en los suecos por concedérselo «cuando ahogado por el rencor, solo tenía para sus antiguos admiradores, los únicos que podían apreciarle, etc.». Fijémonos bien: los únicos que podían apreciarle. El resto de la Humanidad -los suecos incluidos-no podía, y éstos se atrevieron a hacerlo sin contar con los apreciadores legítimos, con los únicos apreciadores posibles, es decir, con los insultados y denostados, o, de otra manera: con los dos o tres naturales de España que, caso de poder, hubieran votado en Estocolmo contra el claro merecimiento del poeta y desterrado español, Juan Ramón Jiménez. Por otra parte, la prisa en desenmascararlo, dice menos del rencor del muerto que del rencor (¿sólo rencor?) del vivo; pero no adelantemos, que hay tiempo y mimbres para todo.
Los pecados mayores de Juan Ramón, los en este caso irremisibles, fueron: ser indiscutida e indiscutiblemente el máximo poeta español vivo, desde la desaparición de Antonio Machado. Aquel su constante recién llegar, su estar llegando siempre, que impedía
(Sigue en la pág. 34)