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Dichos y hechos del señor rey don Felipe II, (el prudente). Potentísimo y glorioso Monarca de las Españas y de las Indias


Baltasar Porreno



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Felipe II




Reseña biográfica de Felipe II

En 21 de mayo de 1527 nació Felipe II en Valladolid, a la sazón que su padre el emperador Carlos V se encontraba en dicha ciudad, entonces villa, y ordinaria residencia de la Corte, siendo su madre la emperatriz doña María Isabel, hija del rey de Portugal D. Manuel el Grande. Descendía el regio vástago de las casas ducales de Borgoña y Austria por la línea paterna, al propio tiempo que por esta y la materna procedía de los Reyes Católicos D. Fernando y D.ª Isabel, como nietos ambos padres de estos monarcas. Su nacimiento fue saludado con el más expansivo gozo por toda la nación; habiéndosele bautizado solemnemente en la iglesia de Dominicos de San Pablo por el arzobispo de Toledo Fonseca, el día 5 de junio, siendo madrina la Reina de Francia, y padrinos, nombrados por el Emperador, el Condestable de Castilla, el Duque de Béjar y el Conde de Nassau. Pero las funciones que se tenían dispuestas para celebrarle, fueron suspendidas por orden del Emperador, a causa de haber recibido por aquellos días la noticia de la entrada en Roma de sus tropas al mando del Condestable de Borbón, y de tener este aprisionado al Pontífice en el castillo de San Angelo. El disgusto que produjera esta suspensión fue ampliamente recompensado en 19 de abril del siguiente año, en que pudo el pueblo demostrar su regocijo con motivo del reconocimiento del infante, como Príncipe de Asturias en las Cortes de Madrid del referido año. A poco tiempo viéndose precisado el Emperador a ausentarse para Italia, dejó encomendado al Príncipe bajo la tutela y cuidado de su madre; y cuando a los siete años volvió a España, le dio por ayo a D. Juan de Zúñiga, y por preceptor a D. Juan Martínez Siliceo, catedrático entonces de Salamanca, y elevado después al Arzobispado de Toledo. Con éste aprendió humanidades, llegando a poseer bastante bien el latín y el italiano; pero a lo que más inclinado se mostró fue a las matemáticas, a cuyo estudio se dedicó con bastante ahínco, así como al de la arquitectura, en cuyos conocimientos sobresalió no poco, habiendo él mismo examinado y corregido después muchos planos de las notables e infinitas construcciones verificadas en su reinado.

Bajo la dirección de su ayo el comendador D. Juan de Zúñiga, se adiestró el Príncipe en los ejercicios caballerescos tan propios de aquella edad, procurando aquel aficionarle a los saludables y distraídos placeres de la caza con objeto de robustecerle; más el Príncipe manifestó siempre cierta aversión a esta vida agitada, inclinado naturalmente al reposo y quietud, cualidades que le caracterizaron en su largo reinado.

Desde su más tierna edad, y con anuencia del Emperador, solía asistir a los Consejos que se celebraban para tratar los negocios de estado; así es que a la muerte de su madre, acaecida en 1539, y cuando apenas contaba el Príncipe trece años, puede decirse que fue investido con el cargo de Regente del Reino por ausencia de su padre; habiéndole este oficialmente nombrado para dicho cargo en 1542, asignándole por consejeros al cardenal Tavera, al Duque de Alba y al comendador D. Francisco de los Cobos.

En 1543 contrajo su primer matrimonio con la infanta D.ª María, hija del rey de Portugal D. Juan III, celebrándose las bodas en Salamanca, donde fueron velados por el Arzobispo de Toledo, siendo padrinos el Duque y la Duquesa de Alba. Al siguiente año dio a luz la Princesa al infante D. Carlos, cuyo nacimiento costó la vida a la madre, que falleció de sobreparto a los pocos días, habiendo sido llevada a enterrar a Granada, donde reposaba hacía ya cinco años la Emperatriz.

En noviembre de 1548, acudiendo D. Felipe al llamamiento de su padre, que deseaba verle y conferenciar con él sobre graves asuntos, se embarcó en Rosas para Bruselas en las galeras de Andrés Doria, quien al recibirle, se postró a sus plantas, pronunciando al besarle las manos aquellas palabras del Centurión: Nunc dimittis, Domine, servum tuum, quia oculi mei viderunt salutare tuum cuya reverente acogida fue celebrada cortésmente por el Príncipe, quien dio muestras del aprecio que le merecían los distinguidos servicios del ilustre marino. Llegado a Bruselas, fue recibido por su padre y toda la Corte con la mayor alegría, celebrándose su venida con grandes fiestas y regocijos por algunos días; pero su natural seriedad y circunspección, que contrastaba singularmente con la afabilidad y franqueza del Emperador, su padre, disgustó en extremo a los flamencos, amortiguando el cariño y simpatías con que al principio le recibieron. Permaneció con su padre visitando las principales ciudades del Reino hasta 1551 que de nuevo se volvió a España para encargarse de la regencia, desembarcando en Barcelona el día 13 de julio, dirigiéndose en seguida a Valladolid, donde residía la corte.

En 1554 negoció el Emperador por sus fines políticos un segundo matrimonio para su hijo con María, Reina de Inglaterra; y con este motivo renunció en él la soberanía de Nápoles y el Ducado de Milán. Partió a su consecuencia don Felipe a Inglaterra, seguido de una lucida y numerosa comitiva de Grandes y desembarcando en Southampton, fue regiamente recibido, confirmándose en Londres las capitulaciones en 25 de julio; y celebrándose con magníficas funciones tan fausto suceso. Una de las nuevas atenciones del nuevo monarca fue la de reconciliar a Inglaterra con la Santa Sede, de la que se hallaba apartada desde el tiempo de Enrique VIII, cuya reconciliación alcanzó por medio del cardenal Polo, que fue enviado a Roma con dicho objeto. Poco tiempo permaneció don Felipe al lado de su esposa, porque al siguiente año se embarcó para Bruselas, llamado por el Emperador, quien disgustado ya del mundo a la edad de cincuenta y seis años, había determinado retirarse a la vida privada, renunciando en su hijo los extensos dominios, que bajo su cetro se hallaban. Al efecto, convocados los Estados de los Países Bajos en Bruselas el día 28 de octubre de aquel año, renunció en don Felipe la soberanía de ellos, y en 16 de enero de 1556 hizo en él igual renuncia de las coronas de Castilla; hallándose por consiguiente don Felipe a la edad de veintinueve años soberano absoluto de España, de los Países Bajos, del Franco Condado, del Ducado de Milán; de Sicilia, de Nápoles, de Cerdeña y de cuantas posesiones se habían ido apoderando los españoles en el nuevo continente; no sin razón se decía entonces que jamás dejaba el Sol de alumbrar algunos de los dominios de este Monarca. En el estado de agitación en que se encontraba la Europa al subir al solio don Felipe, bien se necesitaba de un soberano de su inflexible carácter para poder hacer frente a los ambiciosos proyectos de las otras potencias, que intentaban apoderarse de sus dilatadas posesiones. Así es que apenas sentado en el trono, tuvo que sostener guerra a la vez con el Papa y con la Francia, que querían despojarle de la soberanía de Nápoles; pero la memorable victoria de San Quintín, alcanzada sobre los franceses en 10 de agosto de 1557 en la que pereció la flor de su nobleza, obligó a éstos a abandonar el suelo de Italia, precisando al propio tiempo al Papa a pedir la paz, de cuyas resultas entró triunfante en Roma el Duque de Alba, en 27 de setiembre del mismo año.

Deseosa, sin embargo, la Francia de vengar los desastres de San Quintín, trasladó el teatro de la guerra al Condado de Flandes; mas habiendo acudido al socorro el Conde de Egmont con los tercios españoles, logró batir completamente a los franceses en Gravelinas, haciendo prisionero al mariscal Termes que los mandaba, y apoderándose de su artillería, banderas, estander y bagajes. Dio motivo esta derrota a la paz de Cateau Cambresis, celebrada en 5 de abril de 1559 en la que, para mejor afianzarla, se estipuló el matrimonio de D. Felipe, viudo ya de María de Inglaterra con Isabel, hija de Enrique II cuyos desposorios se celebraron por poder en París el 24 de julio de aquel año.

Desembarazado D. Felipe de estas guerras, que lo habían obligado a permanecer fuera de España desde 1554, y deseoso de volver a su predilecta patria, arregló los asuntos de los Países Bajos, nombrando por gobernadora de ellos a su hermana natural D.ª Margarita de Austria, Duquesa de Parma, y se dio a la vela en 20 de agosto de 1559 arribando al puerto de Laredo en 29 del mismo. Dirigiose inmediatamente a Valladolid, donde presenció un Auto de fe, y de allí a pocos días partió para Toledo con el fin de celebrar Cortes, y las fiestas de sus desposorios, pues tenía ya noticia de que su regia consorte iba a salir de París, acompañada del cardenal Borbón y del Duque de Vandome. Llegó la Reina a Guadalajara a principios de febrero de 1560 en cuya población la esperaba ya D. Felipe, y ratificado su matrimonio por el Arzobispo de Burgos, se encaminaron a Toledo, donde se celebraron los desposorios con todo género de fiestas. Terminadas éstas, se dirigieron los nuevos esposos a Valladolid, entregándose don Felipe con la asiduidad que le era propia, al despacho de los multiplicados y comprometidos asuntos de la gobernación de sus vastos dominios.

Por esta época reconoció públicamente como a hermano, a un hijo natural de Carlos V, al tan famoso después D. Juan de Austria, educado hasta entonces oscuramente en Villagarcía de Campos por D. Luis Quijada, a quien se le había encomendado el Emperador; cuyo acto de reconocimiento tuvo lugar en una cacería, que dispuso el Rey al efecto cerca de Valladolid, sin que el regio vástago hubiese nada sospechado de antemano de su elevado origen. Vuelto D. Felipe a Valladolid con su nuevo hermano, le elevó a la clase de Infante, señalándole su correspondiente servidumbre, y ocupándose en su educación con el mismo esmero que la de su hijo el príncipe D. Carlos.

No siendo nuestra intención extendernos demasiado en esta biografía, por no permitirlo el reducido espacio que debe de ocupar, nos abstendremos de seguir paso a paso los innumerables acontecimientos acaecidos en el largo reinado de este monarca, limitándonos a apuntar los principales, para que los que no conozcan su historia puedan formar una idea de la gravedad e importancia de los sucesos políticos, que absorbieron su atención durante su vida.

La rebeldía de los Países Bajos, acaecida a los dos años de haber dejado el Rey encomendado su gobierno a su hermana D.ª Margarita, fue uno de los principales conflictos a que tuvo que dedicarse con preferencia; tanto por la importancia suma de aquellas ricas posesiones, como por contener los rápidos progresos, que en ellas estaba haciendo la doctrina de Lutero, y cuya propagación a toda costa quería evitar este monarca, el más intolerante y decidido campeón de la unidad católica. Encomendó primeramente esta arriesgada empresa al famoso Duque de Alba, enviándole con tropas y plenos poderes para sujetar la insurrección; pero el excesivo rigor desplegado por este caudillo, sirvió más bien para exasperar los ánimos que para contenerlos; y a pesar de los triunfos que consiguió alcanzar sobre los rebeldes, falto de tropas y recursos para dominar la rebelión, se vio precisado a dimitir su cargo, nombrándole para sustituirle a don Luis de Zúñiga y Requesens, y a D. Juan de Austria. Adoptando estos caudillos una política opuesta a la de su antecesor, y queriendo por medio de la benignidad sujetar aquellas provincias, empeoraron considerablemente la situación; hasta el punto de desconocer la autoridad real y declararse libres del yugo español; constituyéndose en república libre e independiente. Encomendó entonces el mando D. Felipe al duque de Parma, Alejandro Farnesio, quien hermanando la prudencia con la severidad, y la política con el triunfo de sus armas, logró ir recobrando la mayor parte del territorio perdido; y aún quizá hubiera podido reprimir la rebelión, si el Rey le hubiese facilitado los recursos de que carecía, pero que los muchos cuidados a que tenía D. Felipe que atender le imposibilitaron facilitarle.

Otra no menos importante y comprometida rebelión llamaba por esta época (1568) su atención, con motivo del levantamiento y sublevación de los moriscos recién convertidos de las Alpujarras, que alzando por su rey a D. Fernando de Valor, descendiente de sus reyes y bajo el nombre de Aben-Humeya, se declararon independientes en aquellas agrestes montañas, saqueando las poblaciones y asesinando a cuantos cristianos caían en sus manos. Encargose la empresa de sujetarlos al Marqués de Mondéjar, que mandaba en Andalucía, quien sostuvo una lucha sangrienta y obstinada por espacio de tres años, en cuya época se encomendó el mando a D. Juan de Austria, que a costa de mucha sangre y de inauditos esfuerzos consiguió por fin sujetarlos, desterrándose a los principales caudillos, y diseminando por el resto de la península, a los moriscos de aquella tierra.

Hallábase al propio tiempo empeñado don Felipe en la guerra contra el turco, cuyo colosal poder iba poniendo en cuidado a la cristiandad; y aunque el monarca español había conseguido vencerlos o escarmentarlos en la mayor parte de sus empresas, solo sirvieron estos triunfos para exasperar más a Selim, emperador otomano, quien para vengarse de sus anteriores derrotas, dispuso apoderarse de la isla de Malta; pero a pesar de sus colosales esfuerzos fue también allí vencido por los tercios españoles con una muy crecida pérdida de gente y de armamento. Desengañado Selim de la inutilidad de sus ataques contra el monarca español, encaminó sus miras a apoderarse de la isla de Chipre, que poseían los venecianos, mas las imponentes fuerzas movieron a estos a formar una liga con el Papa y el Rey de España en 1571. En su virtud las partes coligadas aprestaron una formidable escuadra de 200 buques cuyo mando encomendaron a D. Juan de Austria, y saliendo desde Mesina en busca de Selim, encontraron su escuadra en el golfo de Lepanto, a las inmediaciones de Cefalonia. En aquellas aguas se dio la más sangrienta y reñida batalla naval, de que hacen mención las historias; donde la escuadra coligada, aunque inferior en número a la turca, batió a ésta completamente, echando más de doscientas galeras a pique, rescatando 15,000 cristianos cautivos que en ellas remaban y causando a los turcos la pérdida de unos 25,000 hombres.

Otro de los hechos notables del reinado de este monarca, fue la guerra con Portugal, cuyo trono se hallaba vacante por la muerte sin sucesión de su rey D. Sebastián, que pereció desastrosamente combatiendo con los marroquíes en la costa de África. Varios fueron al principio los pretendientes a esta corona, pero al fin quedaron solos para disputársela el rey D. Felipe, cuya madre era hermana mayor del Rey finado, y el Prior de Ocrato, hijo ilegítimo del infante D. Luis, a quien habían aclamado por su rey los portugueses. Para hacer valer sus derechos y aumentar este reino a su corona, encomendó la empresa D. Felipe, al septuagenario Duque de Alba, quien olvidando el desvío con que hacía tiempo le miraba el Rey, dudó en aceptar el mando, sacrificando en bien de la patria sus particulares agravios. Bajo tan esforzado caudillo, a pesar de sus años, fueron vencidos los portugueses, logrando D. Felipe tomar posesión de aquel reino en 1561 concediendo un perdón general, y retirándose a poco tiempo a España, ya por la antipatía que le causaba el carácter de sus nuevos súbditos, ya por el disgusto que le ocasionó la muerte de su antiguo servidor el Duque de Alba, acaecida en Lisboa al principio de 1562.

Algunos años más adelante, deseoso D. Felipe de castigar a los ingleses por los repetidos agravios que le habían hecho, ya devastando con sus piraterías las colonias españolas, ya prestando auxilio a los rebeldes de Flandes, enviando en su socorro un numeroso ejército; ya en fin por el disgusto que le causara la afrentosa muerte dada a la ex reina de Escocia, María Estuardo, en público cadalso; por todas estas causas, pues, determinó don Felipe hacer un desembarco en Inglaterra, y apoderarse, si posible fuera de aquel reino. Al efecto dispuso que se aprontara una formidable escuadra en el puerto de Lisboa a principios del año 1588, la que llegó a reunir 120 buques mayores con unos 20,000 hombres de desembarco, cuyo mando encomendó al Marqués de Santa Cruz, uno de los más expertos marinos de aquella época, y por su muerte irreparable antes de salir a campaña, al Duque de Medina Sidonia, quien se dio a la vela en 9 de junio de 1588. Navegó al principio con orden y viento próspero la armada, hasta el cabo de Finisterre; pero allí sobrevino una tempestad que obligó al Duque a arribar a la Coruña para reparar las naves. Dado de nuevo a la vela, arribó al canal de la Mancha, dirigiéndose a Calais, y poniendo en grave consternación a los ingleses. Éstos por su parte habían también preparado su escuadrilla para oponerse a los intentos de la invasión, y molestaban cuanto podían a los españoles, aunque sin atreverse a trabar combate por la inferioridad de sus buques; pero afortunadamente para ellos vino en su auxilio una horrorosa tempestad, que dispersó la armada española, haciendo naufragar no pocos buques, de modo que cuando arribó a las costas de Cantabria el resto de la expedición, se halló que habían perecido cerca de 12,000 hombres, perdiéndose la tercera parte de las embarcaciones que la componían. Recibió D. Felipe tan triste nueva con la indiferencia y frialdad que le eran características; y cuéntase que respondió al mensajero: Yo no envié mis buques a combatir contra las tempestades, sino contra los ingleses; loado sea Dios que me ha dado los bienes bastantes para sacar al mar otra escuadra tan poderosa, cuando lo considere necesario.

Dedicó entonces D. Felipe toda su atención a la guerra de Flandes, en la que los tercios españoles, al mando de Alejandro Farnesio, consiguieron triunfos decisivos sobre los rebeldes; pero habiendo fallecido por este tiempo el monarca francés Enrique III sin sucesión directa, y correspondiendo aquel trono a Enrique de Navarra, jefe del partido protestante, fue aclamado D. Felipe Protector de la Liga por el partido católico, y como tal, dio orden a su general Farnesio para que acudiese desde Flandes con sus tropas a combatir a los protestantes. Así lo ejecutó este, obligando a Enrique de Navarra a levantar el sitio de París, y apoderándose de Corville y de Ruan, que aquel tenía bloqueado, retirándose después a Flandes para prepararse mejor a combatir a sus contrarios; mas en medio de los preparativos le sorprendió la muerte, quedando con esta pérdida privado D. Felipe del último de los tres mejores generales, que con D. Juan de Austria y el Duque de Alba, había tenido.

Ocurría esto en 1592, en cuya época estaba ocupado D. Felipe en combatir a los zaragozanos, que se habían sublevada en defensa de sus fueros que creían hollados por haberse apoderado la Inquisición del aragonés Antonio Pérez, secretario que había sido de S. M. y que se había fugado de la prisión en que éste le tenía, acogiéndose a Zaragoza para estar en seguro. Pero habiendo enviado D. Felipe un cuerpo de ejército, logró dominar la sublevación; y aprisionando al Justicia Mayor don Juan de Lanuza, dio orden para que inmediatamente fuese degollado; privando con este motivo de sus principales fueros a los aragoneses que, en lo sucesivo quedaron sujetos a las leyes de Castilla.

Asegurada así la tranquilidad interior, dedicó sus afanes D. Felipe a la guerra extranjera, cuyos desgraciados sucesos le ocasionaron repetidos disgustos en los últimos años de su vida. Reconocido ya por rey de Francia Enrique IV, después de haber abjurado el calvinismo, declaró formalmente la guerra a España, invadiendo los estados de Flandes; y apoderándose de varias plazas amenazaba desposeer a D. Felipe de aquellas ricas posesiones. En medio de este conflicto, coligadas en su contra la Francia, Holanda e Inglaterra, prepararon éstas una expedición contra Cádiz, de cuya ciudad se apoderaron, saqueándola completamente y llevándose un inmenso botín, al propio tiempo que el gobernador de la plaza, el Duque de Medina Sidonia, mandó prender fuego, durante la acción, a los buques mercantes que se encontraban en el puerto para evitar que el enemigo se apoderase de sus riquezas, evaluándose la pérdida en 200 millones de reales. Tan repetidos contratiempos, agregados a los padecimientos físicos del Monarca, impresionaron a este de tal modo, que se decidió por fin a deshacerse de los estados de Flandes, cediéndoles a su hija D.ª Isabel, casada con el archiduque Alberto; al mismo tiempo que por el tratado de Vervins ajustaba la paz con la Francia, cediéndose recíprocamente las plazas conquistadas.

Ya por esta época, tan agobiado se hallaba D. Felipe con sus padecimientos, que conociendo que las fuerzas le iban faltando y que se acercaba su fin, se retiró al Escorial, su sitio predilecto, para hacer con los religiosos una vida penitente. En aquel tranquilo recinto, dominando con la fuerza de su espíritu sus sufrimientos, y con evangélica resignación, falleció el 15 de setiembre de 1598 a los 71 años de edad y 29 de reinado. Antes de expirar se despidió con prudentes consejos de su hijo, único varón que le había sobrevivido de sus cuatro matrimonios, y sobre cuyos débiles hombros iba a recaer el pesado gobierno de esta vasta monarquía. Falta ésta con su muerte de su robusto apoyo, y teniendo apenas 20 años su sucesor, sin la experiencia y enérgico carácter del padre, comenzó España a caminar visiblemente a su ruina; hasta llegar a ser en manos de su tercer descendiente, el pusilánime Carlos II, el irrisorio juguete de las otras naciones.

Es deudora la España a este Monarca de la fundación del suntuoso monasterio del Escorial, considerado no sin razón como una de las maravillas del mundo. A él igualmente se debe la creación del Archivo de Simancas; cuyo necesario y útil establecimiento para la conservación de importantes documentos no se conocía anteriormente. Fundó asimismo diferentes establecimientos de enseñanza en España y Flandes; y en su tiempo se llevó a cabo la conquista de las islas descubiertas por Magallanes en el reinado de su padre en el continente asiático, y que de su nombre se denominaron Filipinas.

Florecieron en su tiempo, además de los notables personajes de que hemos hecho mérito en esta corta biografía, otros no menos apreciables en política y literatura, entre estos el apreciable dominico Fr. Luis de Granada, el célebre agustino Fr. Luis de León, la doctora de la Iglesia Sta. Teresa de Jesús, el famoso cantor de la Araucana D. Alonso de Ercilla, y el festivo soldado escritor Miguel de Cervantes Saavedra, que dotó a la patria en el reinado posterior de la obra inmortal del Quijote, tan leída como admirada siempre por todas las naciones.




Suma de la licencia

Tiene licencia de los señores del Consejo Real, Lorenzo Sánchez, mercader de libros, para poder imprimir un libro intitulado Dichos y hechos del señor rey don Felipe Segundo, como más largamente consta de la dicha licencia. En Madrid a 26 de marzo de 1639. D. Diego de Cañizares y Arteaga.




Tasa

Yo, don Diego de Cañizares y Arteaga, Escribano de Cámara perpetuo del Rey nuestro señor, de los que en su Real Consejo residen, certifico: que habiéndose visto por los señores dél, un libro intitulado: Dichos y Hechos del Señor Rey Don Felipe Segundo, que con licencia de los dichos señores fue impreso; tasaron cada pliego a cinco maravedís, y parece tener veinte pliegos, con principios, que al dicho precio monta en papel tres reales menos dos maravedís; y a este precio y no más mandaron se venda, y que esta tasa se ponga al principio de cada libro. Y para que dello conste de pedimento de Lorenzo Sánchez, mercader de libros, doy la presente. En Madrid a 13 de julio de 1639 años. Don Diego de Cañizares y Arteaga.




Muy poderoso Señor:

Por mandado de V. A. he visto este libro intitulado: Dichos y hechos de la inmortal memoria del muy poderoso Señor Rey Don Felipe Segundo, recogidos y dispuestos por el licenciado Baltasar Porreño. Y sola su gran curiosidad y cuidado pudieron bastar para lo que fue tanto. El sujeto y el escritor merecen que V. A. les dé licencia para que se imprima: con que conocerán todas las naciones del orbe, el arte de reinar que guardó el mejor de los reyes que han tenido mandos y coronas. Madrid febrero 9 de 1627. Maestro Gil González Dávila.




Soneto

del Licenciado Francisco Porreño, cura de San Esteban de Huete, colegial del Rey nuestro señor y notario del Santo Oficio de la Inquisición:


A su hermano el autor de este libro.



Hermano, si la fama es tan ligera,
   es porque son sus plumas tus loores,
   y hoy se adorna de nuevos resplandores:
   y así da nuevas vueltas a su esfera.

De la región del aire hace escalera,  5
   y en llegando a su cumbre esparce flores,
   publica de tus obras los primores,
   y tu sol en sus alas reverbera.

Toda le ocupa al fin en tus proezas,
   y de tu ingenio la excelencia canta,  10
   llevando su olor de polo a polo.

Callen pues del Parnaso las grandezas,
   y de sus Musas la destreza tanta,
   pues ellas, y él se rinden a ti solo.




Epigrama

del P. Manuel Pimienta de la Compañía de Jesús, al Católico rey don Felipe Segundo.



Fama licet patrum famosa volumina voluat,
   quem conferre, queat Rex tibi nullus erit.
Ilustravit divisa alios quae singula Reges,
   cuncta tibi largus donat habere polus.
[E]n te omnes cerno generosi Principis artus,  5
   arte iubes, sequitur Regia iusta manus.
En tibi submitunt Reges fastigia cedunt,
   magnanimi heroes, fulmineique; duces.
Et tua majestas Pompeij nomen obumbrat,
   ante oculos magnus non erit ille tuos.  10
Cæsar Iiuleo genus alto à sanguine, summos:
   admirans animos, mallet habere tuos.
Spectat Alexander torva te fronte, secumdam
   se pavet, et seclis gloria prisca suis.




Epigrama

Axtonii Martínez de Miota


Conchensis, in authoris comendationem.


Constans fama fuit, nunquam cum Marse Minerbam
   ejusdem templis promeruisse decus,
donec Apolo notans et facta, et dicta Philippi
   ostendit templum, quod tenuere diu:
magnum ostendit regem, unoquoque; tonante minorem,  5
   veribus, ingenio, Religione, fide.
Tanto igitur dibo (quo te nisi nomine tanto,
   Baltasar apellen gloria prima mibi).
Tanto igitur dibo, radijs qui clausare cludit.
   Cuncti supliciter munera digna ferant,  10
continum mundus vitricem Hispania laurum,
   thus patrius sucro, patria Concha preces.






ArribaAbajoCapítulo I

Persona del rey don Felipe, (el prudente)


Don Felipe, segundo de este nombre, hijo único de don Carlos quinto, Emperador de Romanos; nieto de don Felipe, primero de este nombre, Rey de España, Archiduque de Austria y Conde de Flandes, biznieto de don Maximiliano primero, Emperador de este nombre, nació en la ciudad de Valladolid a veintiuno de mayo de mil quinientos veintisiete a las cuatro de la tarde, en el pontificado de Clemente VII, y por andar en este mes el Sol en Géminis, que es signo y símbolo de paz y concordia, nos quiso dar a entender el cielo, que con este sol nos nacía la paz, la abundancia, y la concordia que tan unidas estuvieron en el tiempo de su reinado.

Estando preñada dél la emperatriz doña Isabel, su madre, en el conflicto del parto hizo matar las luces, porque si la fuerza del dolor la hiciese torcer o mudar el rostro, no fuese notada ni vista, y no quejándose más que si no fuera ella la que padecía aquellos dolores, le dijo la comadre: quéjese Vuesa Majestad, y de un gran grito, que con esto ayudará al parto. A lo cual respondió la buena Emperatriz en su lengua portuguesa: «Non me faleis tal miña mae, que yo morrerey, ma naon gritarey». Y así decía el Duque de Nájera, que la Emperatriz no paría hombres, sino ángeles.

Fue bautizado en San Pablo de Valladolid, por don Alonso de Fonseca arzobispo de Toledo. Pusiéronle por nombre Felipe, en memoria de su abuelo, que quiere decir: Os lampadis vel os manum. Esto es, boca de lámpara, o boca de manos; o como dice otra exposición: hueso de lámpara, o manos de hueso: que es decir, manos fuertes, indomables y robustas, tales fueron las de este prudente Rey. Juráronle por Príncipe de España los Reinos, estando presentes sus padres en el monasterio de San Jerónimo el Real de Madrid; año de mil quinientos veintiocho, a los diez meses y veinte días de su nacimiento; criose en Toledo hasta que murió en esta ciudad la Emperatriz, su madre; y desde este tiempo, que tendría doce años, comenzó a entender en el gobierno de estos Reinos.

Dio tantas pruebas de su ingenio y futura grandeza, que el Emperador su padre le puso casa a los siete años de edad, y le dio por maestro al dr. D. Juan Martínez Siliceo, catedrático de Salamanca y colegial de San Bartolomé, que después fue Arzobispo de Toledo y Cardenal.

Su temperamento fue sanguíneo, de mediana mistura de melancólico, para moderar el movimiento ardiente de la sangre. Fue de señoril presencia, agudeza de ingenio, gran memoria, inclinación a lo justo, fiel, magnánimo, con impresión fácil de la virtud (mediante la gracia de Dios), alegría y atracción del ánimo con que fue feliz y largo el curso de su vida.

En la devoción fue un Constantino; en la prudencia un Justiniano; en la elocuencia un Adriano; en la clemencia un César. Era hombre tan compuesto, que apenas se le conocían pasiones de hombre; especialmente en los últimos años de su vida, porque jamás lo vieron enojado, ni decir palabra mala a vasallo ni a criado. Tuvo grande mansedumbre con todos; gran paciencia en las adversidades; en las prosperidades fue modesto; y así tenía tan domadas y rendidas sus pasiones, que parecía hombre sin ellas.

La disposición de su cuerpo fue buena, aunque no grande, la frente señoril, clara, espaciosa; los ojos grandes, despiertos, garzos, con mirar tan grave que imponía reverencia y temor a quien lo miraba. Tuvo perfecta vista, y en el oír tanta sutileza y proporción, que no sabiendo de música, juzgaba en ella advertidamente; aprendió las matemáticas, y fue eminente en la arquitectura; y hizo maravillosas pruebas de su gran memoria, importante para la variedad de negocios y ministros que trataba.

Conservó, mediante la divina gracia, su ánimo sin perturbaciones, advirtiendo los negocios con atención y orden, con lo cual acudió con gran puntualidad a las cosas de la paz y de la guerra; aconsejándose con madureza, ejecutando con presteza; y teniendo constancia en lo deliberado, por lo cual alcanzó el alto grado de filosofía que es ser fuerte en lo adverso, y moderado en lo próspero. Fue en decir grave; en responder pronto y agudo; en percibir fácil; en advertir claro; en las cosas arduas y difíciles, cauto, maduro, detenido; y tan a propósito para todos los casos y ejercicios, como si naciera para cada uno dellos.

Tenía entera noticia de todas sus provincias, ciudades, pueblos, sitios, montes, ríos, comodidades en lo civil y militar, hacienda, mercadurías y tributos; lo que no pisó, ni vio, le representaba la pintura, y alcanzaba desde un polo a otro con el efecto, lo que Alejandro macedonio con el deseo. No aborreció los entretenimientos, pero moderose en ellos, y le parecía humanidad y cortesía atender a los pasatiempos del palacio y de la corte.

Fue su ayo y maestro de su crianza don Juan de Zúñiga, Comendador Mayor de Castilla y del Consejo de Estado. Diose en su tierna edad al ejercicio de la caza, para ser alentado, brioso y fuerte; y salió tan diestro, que esperaba a las fieras solo en la parada, y hería al jabalí con el instrumento que pide cada género de caza.

Recibió al Emperador su padre en Ocaña viniendo de la jornada de Argel, y juntos fueron por la posta a Valladolid; y allí supo habían cercado los franceses a Perpiñán, y caminó a socorrerle; y convocó a los estados generales de la Corona de Aragón en Monzón, donde fue jurado por Príncipe heredero de aquellos estados y le dieron título de Gobernador de Aragón.

Pasó el Emperador a Italia, y dejó por Gobernador a su hijo, asistido del cardenal Tavera y del Duque de Alba y del Comendador Mayor D. Francisco de los Cobos.

Siendo de edad de dieciséis años, cinco meses y veinte días, casó con doña María, infanta de Portugal, su prima hermana, hija del rey don Juan el tercero, y de la reina doña Catalina su mujer. Fue padrino don Fernando Álvarez de Toledo, Duque de Alba. Celebrose este casamiento en Salamanca, en quince días del mes de noviembre del año de mil quinientos cuarenta y tres, por el cardenal Tavera, Arzobispo de Toledo. De este matrimonio nació en Valladolid el infante don Carlos, a ocho de julio del año de mil quinientos cuarenta y cinco. Bautizole don Juan Martínez Siliceo, obispo de Cartagena, que fue después Arzobispo de Toledo, como se ha dicho, y a los doce deste mes y año, murió la Reina su madre en Valladolid, y fue depositada en la Real Capilla de Granada, y trasladada el año de mil y quinientos setenta y cuatro a San Lorenzo el Real; y el príncipe don Carlos su hijo, fue jurado sucesor destos Reinos en la santa iglesia de Toledo a veintidós días de febrero de este año de mil quinientos sesenta.

Celebró Cortes a la Corona de Aragón año de mil quinientos cuarenta y siete en la villa de Monzón, en nombre de su padre, y tuvo allí aviso dél que estaba en Alemania, y que pasase a verse con él. Para esto, puso casa al uso de Borgoña, y se convenzo a servir de ella el día de la Asunción de Nuestra Señora del año de mil quinientos cuarenta y ocho; partió de España para Flandes, embarcose en Rosas del principado de Cataluña a dos de noviembre del dicho año, desembarcó en Saona, a veintitrés de este mes y año, y pasó a Génova, y de allí a Milán. Fue a Trento del condado de Tirol, a Monachio, corte del Duque de Baviera, a Heidelberg del Palatino. De aquí fue a la villa de Lutzelburg, y de allí a Bruselas, donde lo esperaba su padre. Aquí recibió un Breve Apostólico del papa Pablo tercero, con la espada y bonete que bendijo la noche de Navidad, y se trató de que los Estados Bajos lo jurasen y recibiesen por su señor natural. Esto hizo el ducado de Bravante, y sus villas Lovaina, Bruselas, Amberes y Bolduc. El condado de Flandes, Gante, Brujas y Prelila, Tornay, Duay. El condado de Artoes, y por él la villa de Arras su cabeza, el de Henao, y sus villas, Valencienes y Mons. Los condados de Holanda y Celanda; los señoríos de Malinas, Utrech, Groninga, Oberisel, Frisia y Maastrich; el ducado de Gueldres. El condado de Jutsen, el de Namur, y los ducados de Luxemburgo y Limburgo, y en esto se entretuvo hasta marzo del año de mil quinientos cincuenta. Estaba la tierra necesitadísima, y Dios envió una abundante lluvia con lo que se remedió, según lo cuenta Juan Ochoa de Salde, en su historia del emperador Carlos V y otros autores, prodigio de la felicidad de este Príncipe.

En el año de mil quinientos cincuenta y uno por el mes de mayo partió de Augusta ciudad imperial, y vino a España por Italia, a entender en el gobierno de estos Reinos, y celebró Cortes en Monzón, el año de mil quinientos cincuenta y tres.

El año de mil quinientos cincuenta y cuatro puso casa en Valladolid al infante don Carlos, y este año casó con María, Reina propietaria de Inglaterra y de Irlanda; hija del rey Enrique octavo y de la reina Catalina su mujer. Embarcose en la Coruña a doce días del mes de julio, y a diecinueve surgió su armada en el puerto de Antona, y desde aquí pasó a Vinchestre, donde se efectuó el casamiento en veinticinco días de julio; y en honra de este matrimonio, el Emperador su padre le renunció el reino de Nápoles, y el estado de Milán, y prometió que si hubiese hijo de este matrimonio demás de la sucesión de Inglaterra le daría los Países Bajos, y así se los renunció el año de mil quinientos cincuenta y cinco, y también le dio todos los estados de Flandes, y le renunció la orden del Tusón.

Estando este año en el gobierno de Inglaterra, lo llamó su padre y le hizo renunciación de los Reinos de España y de las Indias. Y el año de mil y quinientos cincuenta y seis, partiendo de Flandes hizo las mercedes siguientes:

Al Príncipe de Orange, dio cuarenta mil ducados consignados en las Indias, y le hizo Gobernador de Holanda, Gelanda y Obispado de Otruque, y le hizo capitán de ocho banderas españolas.

Al Conde de Agamón, dio cincuenta mil ducados consignados en las Indias y le hizo Gobernador de Flandes y de Artoes, y capitán de ocho banderas de españoles.

Al Conde de Horno, dio cuarenta mil ducados consignados en las Indias, y lo hizo almirante de la mar.

Al Conde de Arremburque, dio cuarenta mil ducados, y le hizo capitán de la gente de a pie flamenca.

Al Conde de Mequen, dio veinte mil ducados, y lo hizo Gobernador de Henega, y de la tierra de Cambray y Cambresi, y lo hizo capitán de los valones.

Al señor de Greso, dio cincuenta mil ducados y lo hizo general de la artillería que se había tomado en todas las guerras pasadas.

Al señor de Parlamente, hizo merced de quince mil ducados.

Al Conde Mabufelt, dio cuarenta mil ducados.

Al señor de Vergas, dio cuatro mil ducados de renta cada año.

Luego que entró en España hizo las mercedes siguientes.

A Don Pedro Ponce de León, obispo que era de Ciudad-Rodrigo, dio el Obispado de Plasencia, con cinco mil ducados de pensión.

A Don Diego de Covarrubias, dio el Obispado de Ciudad Rodrigo.

El Obispado de Calahorra dio al Presidente de Granada.

La presidencia de Granada, a don Juan Sarmiento del Consejo de Indias.

Al regente Figueroa, presidente de Órdenes, que después lo fue de Castilla.

El modo que se tuvo en la renunciación que hizo el Emperador en su hijo don Felipe fue este. Presentose ante su padre con la cabeza descubierta, hincado de rodillas; y el Emperador deshecho en lágrimas le puso la corona, y le dio su bendición. Luego prosiguió la guerra contra Francia y volvió al gobierno de Inglaterra, y a ver a la católica y santa reina doña María su mujer, el año de mil quinientos cincuenta y siete. Después volvió a Flandes, y entrando en Francia tuvo los victoriosos sucesos de San Quintín, como adelante se dirá. Murió la santa Reina el año de mil quinientos sesenta y nueve.

Casó tercera vez con madama Isabel, hija mayor del rey Enrique segundo de Francia y de la reina madama Catalina su mujer. Efectuose el casamiento en Guadalajara en treinta y un días del mes de enero del año mil y quinientos y sesenta, en las casas del duque del Infantado don Íñigo López de Mendoza, que fue el padrino, y el ministro don Francisco de Mendoza Cardenal, Obispo de Burgos. De este matrimonio nacieron las infantas doña Isabel Clara Eugenia, que casó con el archiduque Alberto; y la infanta doña Catalina, que casó con don Carlos Emanuel, Duque de Saboya, y murió en Turín el año mil y quinientos y noventa y siete. Celebró Cortes a los aragoneses el año de mil y quinientos sesenta y cuatro en la villa de Monzón; y este año se continuó el santo concilio tridentino.

Casó cuarta vez con la archiduquesa Ana, hija mayor del emperador Maximiliano, y de la emperatriz doña María, Infanta de estos reinos su hermana. Celebrose el matrimonio en Segovia, domingo, día de San Diego a doce de noviembre del año mil y quinientos y setenta, por don Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, Cardenal y Arzobispo de Sevilla. Fueron los padrinos el archiduque Venceslao, hermano de la Reina, que la acompañó desde Alemania, y la infanta doña Juana su tía, Princesa de Portugal.

Deste matrimonio fueron hijos el príncipe don Fernando, el infante don Carlos Lorenzo, el infante don Diego, que todos murieron en breves años, y el infante don Felipe que nació en Madrid, martes catorce de abril del año mil y quinientos y setenta y ocho, y fue jurado por Príncipe sucesor en los Reinos y Monarquía de su padre, en San Jerónimo el Real de la villa de Madrid, a once de noviembre del año de mil y quinientos y ochenta y cuatro. Y la infanta doña María, nació año de mil y quinientos y ochenta, y murió año de mil y quinientos y ochenta y tres; y la Reina su madre murió en Badajoz el dicho año de mil y quinientos ochenta.

Vivió Su Majestad muy fatigado de la gota; y catorce o quince años antes que muriese se abstuvo de todo punto de un trago de vino que bebía muy aguado: comía y cenaba a ciertas horas por peso y medida, no más un día que otro, y las viandas eran a propósito para la conservación de su salud.

Murió en San Lorenzo el Real (su fundación) domingo a trece de setiembre del año de mil quinientos y noventa y ocho a las cinco de la mañana, de edad de setenta y un años, tres meses y trece días; a los cuarenta y dos años, siete meses y veintiocho días de su reinado en Castilla y León; y está sepultado en aquel real monasterio, octava maravilla del mundo.

Notaron los bien entendidos, que a trece de setiembre celebraba la Iglesia fiesta de San Felipe mártir, padre de Santa Eugenia virgen y mártir; favoreciéndole el santo mártir en la hora de su tránsito al que tenía su nombre y dejaba una hija del nombre de Eugenia, esto es, a la esclarecida señora infanta doña Isabel Clara Eugenia. También advirtieron que nació este gran Rey en el pontificado de un Clemente, y murió en el de otro. Aumentó a sus reinos el de Portugal y las islas Filipinas. Dos días antes que muriese Su Majestad, dejó un papel en que estaba escrita una plática y advertencias que San Luis Rey de Francia, hizo a su hijo Felipe, heredero de su reino, pera reinar felizmente. Este papel entregó a su hijo, pareciéndole a este invicto Rey dejaba bien instruido a su hijo Felipe con los avisos de un santo Rey dados a otro Felipe. Fue gran consuelo para Su Majestad el verse morir víspera de la Exaltación de la Cruz, porque fue devotísimo de la Santa Cruz, y se enternecía notablemente con singular amor y devoción, cuando veía un pedazo de Lignum Crucis, que tenía entre las demás reliquias de San Lorenzo el Real, y mandó por su testamento que se dijese por su alma un gran número de misas, la mitad de la Santa Cruz, y la otra mitad de Nuestra Señora.

A su muerte, que fue pasada la noche, y a la entrada al reinado de su hijo el rey don Felipe tercero, que comenzó a reinar entrando el día, hizo un discreto cortesano los siguientes versos.


Deservit terras iam sole Oriente Philippus.
   Ut nova ditaret saecula sole novo.
Chara Deo soboles: faelicia Regna Philippis.
   Aucta nobis, semper nescia noctis erunt.
Splendet, et ardescit prima sol lampade, qualis.
   Quantaq; sub terris nocte silente fuii.
Ignea sic mundo capientis sceptra Philippi.
   Semina: ful serunt, quae lacuere prius.
Vividasic virtus, sisplendet solis in ortu,
   quis poterit medio lumina ferre die?

Cansábase el poderoso atlante Felipe, de sustentar tantos años el peso de la mayor monarquía del mundo, y tuvo Dios prevenido un poderoso Alcides que fue su hijo Felipe, para que la tomase sobre sus hombros; y no contento el Católico Rey, con haber comunicado a su hijo en la generación natural su misma sustancia, procuró su buena educación con sus admirables consejos, y con el santo ejemplo de sus virtudes, comunicalle su semejanza; y así dejó un hijo y heredero de sus Reinos, tan parecido a él en los hechos, como lo era en el nombre. Murió Su Majestad cuando se estaba diciendo la misa del alba, que ofician los niños del seminario de San Lorenzo el Real, la cual dotó Su Majestad, y mandó que se dijese, mientras él vivía por su salud y vida, y después por su alma. Y tenía con ella tan particular devoción que, aunque lo despertaban las voces de los niños, por tener su cama frontero del Santísimo Sacramento, de donde lo veía y con gran consuelo lo adoraba; y por cantarse la dicha misa en verano a las cuatro de la mañana; con todo eso lo llevó siempre muy bien, y con gran devoción, y gustaba de que aquella misa tan devota para él, lo despertase y convidase a orar.

Edificó este gran Rey, y labró como el gusano de la seda su capullo, y quedose muerto dentro del, para salir la nueva majestad de su hijo, como sale del capullo de seda otro que renueva los días del que en él queda sepultado. Hízose el entierro de Su Majestad lunes a catorce de setiembre como lo dejó ordenado antes de morir. Llevaron su cuerpo en hombros los grandes y títulos que allí se hallaron, y los caballeros de la Cámara, y criados de Su Majestad; lleváronle por la parte del claustro por donde van las procesiones, hasta entrar por la portería y puerta mayor de la iglesia, y en llegando a ella se le dijo la misa de cuerpo presente, con grande majestad y solemnidad; y mientras que se decía, estuvieron sus mayordomos delante, y los caballeros alderredor del cuerpo. Hizo el oficio del entierro don García de Loaisa Girón, arzobispo de Toledo, y fueron tantas las lágrimas que derramó el buen Arzobispo, que apenas pudo pasar de la primera oración. El día de antes que murió Su Majestad dijo la misa e hizo todo el oficio de aquel día el Prior de San Lorenzo el Real; y el sétimo día de su muerte que fue sábado en que se hicieron las honras, hizo también el oficio, y predicó Fray Antonio de León, predicador del dicho convento, persona docta y ejemplar.

Fue su vida llena de cuidados, como la de un tejedor que tiene la tela repartida en diversos hilos, y trabajó con manos, y pies y ojos; y su muerte fue como cuando se corta la tela del telar. Siempre trabajó en vida, con las manos escribiendo, con los pies caminando, el corazón repartido en hilos. Un hilo en Flandes, otro en Italia, otro en África, otro en el Perú, otro en la Nueva España, otro en los ingleses católicos, otro en la paz de los príncipes cristianos, otro en las aflicciones del Imperio, con notable atención a diversos gobiernos y peligros. Quebrose el hilo de las Indias, prisa a atarlo; quebrose el hilo de Flandes, correr a su remedio; y con estar tan atento y divertido a tantos hilos, al acabarse la vida tuvo ánimo para llamar la muerte, y traerla por la mano al día y hora que fue su sazón.

— Su muerte fue tan sentida, que la amenazó la sequedad larga de casi nueve meses continuos, y la pronosticó el cielo con tres eclipses de Sol y Luna; el Sol se eclipsó a seis de marzo, y la Luna dos veces, esto es a veintiuno de febrero y dieciséis de agosto: y asimismo la pronosticó la tierra, quebrando como mal mercader, y alzándose con los necesarios mantenimientos, de que hubo mucha falta en Castilla; allegándose a esto el haber rompido banco la salud de tantas partes del reino, y haber dado paso franco a la peste en muchos y varios lugares de España.

Todos estos sucesos despertaban a los españoles, y les decían no habían de venir solos, y que ninguno dellos había de llevar por esta razón la bienvenida: antes eran aposentadores, que con vara alta apercibían posada al mayor de los daños, que era la muerte de este Católico Rey.

La gravedad, severidad, mesura y compostura que tanto guardó en vida, que fue virtud singularísima y propia suya, entre los reyes y príncipes del mundo, esa misma tuvo en la muerte. De tal manera que cuando se carearon, estaba delante de Su Majestad medrosa y desarmada, que aunque la pintan con arco, jaras, saetas y guadaña, los pecadores se las dan, como dice San Pablo, 1. Chor. 15. Stimulus mortis peccatum est: y así murió como un varón santo, ca morir tan sereno condición de justo es. Siguiose a esto el gran sentimiento y lágrimas de todos sus reinos, pareciéndose en esto el sentimiento con que se celebraron las muertes de los gloriosos reyes y varones ínclitos David, Ezequías, Moisés, Aarón, Josué, Calef, Jonatás, Matatías, Judas Macabeo y Josías, de cuyas muertes y sentimientos de ellas, dicen las divinas letras cosas bien encarecidas.

Mostrose en la partida tan entero, que después de recibido el sacramento de la Extremaunción, quedándose a solas con su hijo Felipe, le dijo lo siguiente: «Intencion tuve de mandaros volver á Madrid con vuestra hermana, y que no os hallárades presente á estos trabajos, despues mudé parecer por esto. Merced os hará Dios y no pequeña, si llegáredes a la honra y autoridad, y gloria en que yo me he visto, y á las buenas fortunas que de su mano he recibido. Ruégoos mucho que, cuando os viéredes en la felicidad y gloria de este mundo, os acordeis desta cama en que me veis, y destos trapos, ataud y mortaja en que para toda la gloria del mundo: encomiéndoos la obediencia a la Sede Apostólica, la defension de la Fé Católica, el celo de la Religión Cristiana, la paz pública y justicia á vuestros vasallos».

Esto dijo con gran ternura imitando al santo rey David, que cuando advirtió que se moría y que le faltaban pocas horas para acabar la vida, con fervoroso celo de la divina ley, mandó llamar a su hijo Salomón, y por última voluntad le encomendó que tuviese cuidado de la guarda de los mandamientos de Dios, de sus ceremonias y preceptos, y juicios de toda la divina ley, y tras esto le encomendó la guarda de la justicia, que castigase a los malos, y premiase a los que lo merecían. Celebrando estos Reinos sus obsequias con la piedad debida al celo de tan prudente y señalado Rey, se le puso en su túmulo el epitafio siguiente:

Philipo Secundo Hispaniarum, nobi Orbis Regi Catholico: qui maiores suos superavit prudentia: aequavit pietate: excelluit potentia, quï Regnum ex asse relictum militari industria adacruit: cui nemo tam pater, tam pius nemo, ã suis potest obitum publicis lacrimis summopere desideratus ab orbe ab ore omnium sive amicorum, sive inimicorum dicas summis laudibus decantatus. Obit anno 1598.



Tuvo por empresa el carro del Sol guiado con sus caballos, y abajo la tierra y mar con esta letra: Jam illustrabit omnia, y encima della una corona real declara admirablemente esta empresa. Jerónimo Rusceli, autor italiano, en su libro intitulado Le impresse illustri.

A esta imitación, entrando Su Majestad en Tarazona el año mil de quinientos noventa y dos, a hacer cortes con su hijo el príncipe don Felipe, tercero de este nombre, a las puertas de la ciudad se le puso este motete ingenioso:


   A dos Felipes espero,
en quien hoy espera el mundo:
el segundo es sin primero,
y el tercero es sin segundo.



Compúsosele Diego Formes, varón ingenioso; y tiene dos sentidos, el uno histórico, significando que el segundo Felipe de Castilla, no tuvo primero en Aragón; y el tercero de Castilla no tuvo en Aragón segundo, por ser su padre el primero de Aragón. El otro segundo, es grandes alabanzas de padre y hijo, queriendo significar que el padre fue excelentísimo entre todos los reyes y monarcas que en su tiempo tuvo el mundo, y el hijo tan parecido a él que no tenía segundo o semejante.

A los tres años de la muerte de este gran monarca, le reveló Dios al santo fray Julián de San Agustín, fraile lego del convento de San Francisco de Alcalá, que su alma había salido de las penas del Purgatorio, lo cual pasó en esta manera.

Estando el santo fray Julián en el lugar de Paracuellos, tres leguas de Madrid, un día por el fin de setiembre del año de mil y seis cientos y tres, dijo delante de cinco testigos que a las nueve de la noche poco más, aparecerían en el cielo dos nubes coloradas, una en la parte del oriente y otra en la del occidente, y se juntarían en una, y al tiempo que se juntasen saldría del Purgatorio y entraría en la gloria el ánima del católico rey don Felipe Segundo; y que esto les daba por señal infalible de esta verdad, rogándoles que tuviesen cuenta con lo que les decía.

Esto dijo el siervo del Señor y se fue a rezar a la iglesia, y afirman los testigos que, cuando les dijo lo referido estaba el cielo sereno, claro y despejado, y lo estuvo casi hasta las nueve de la noche, poco más, que de las partes de oriente y occidente se levantaron dos nubes coloradas, tan resplandecientes que la noche parecía día, y las cosas inferiores se veían tan claramente como si hubiera Sol en las nubes. Esto vieron muchas personas con singular advertencia, y un juez del Arzobispo de Toledo hizo información de lo dicho, en la villa de Paracuellos.

Quiso Dios revelar esto al santo fray Julián; como lo había revelado al santo fray Nicolás, Factor, que se había salvado el alma de la princesa doña Juana, hermana de este Católico Rey; y como había revelado al bienaventurado fray Gonzalo Méndez (todos tres frailes de San Francisco), que el alma del emperador Carlos V, padre del dicho Rey, había partido al cielo después de haber estado algunos años en el Purgatorio. Aprobaron la profecía del santo varón fray Julián, los doctores y maestros siguientes:

Don fray Francisco de Sosa, Obispo de Canarias, del Consejo de la Suprema Inquisición.

Don Melchor de Soria, Obispo de Troya.

El licenciado Vigil de Quiñones, del Consejo de la Suprema Inquisición, que fue Obispo de Valladolid.

El licenciado don Gaspar de Quiroga, inquisidor de Toledo.

El Maestro fray Pedro de Lorca; General de la Orden de San Bernardo, catedrático de prima de Teología en la Universidad de Alcalá.

El licenciado don Francisco de Mendoza, inquisidor de Toledo.

El maestro fray Felipe del Campo, prior de San Agustín de Toledo, y consultor de la Inquisición.

El Doctor Álvaro de Villegas, canónigo magistral de la santa iglesia de Toledo, que después fue Gobernador del Arzobispado.

El doctor Francisco de Pisa, decano de las facultades de Artes y Teología, catedrático jubilado de sagrada escritura en la Universidad de Toledo, y doctor en la facultad de Cánones.

El doctor Francisco de Santo Domingo, catedrático de Vísperas de Teología jubilado en Toledo.

El maestro fray Félix de la Plaza, de la Orden de Santo Domingo, consultor y calificador del Santo Oficio de la Inquisición.

El maestro fray Francisco de Castroverde, de la Orden de San Agustín, predicador del Rey nuestro señor.

El Doctor Juan de la Cámara, lector de Teología jubilado, y Decano de la Facultad de Artes en la Universidad de Alcalá.

El Maestro fray Alonso de Quirós, doctor y catedrático de Vísperas de Teología en la Universidad de Toledo.

El doctor Morales Nieva.

El doctor Pedro Ruiz Malo.

El padre Pedro de Arrubal, de la Compañía de Jesús, lector de Teología en la Universidad de Alcalá.

Fray Sebastián de Bricianos, consultor del Supremo Consejo de la Inquisición, y predicador del Rey nuestro señor.

El doctor Pina Castellano, médico y catedrático de Astrología.

El doctor Vázquez de Velasco.

El doctor Lorencio Vela.

El doctor Benavides.

El doctor Salas Mansilla, catedrático de Teología.

El doctor don Juan de Pereda y Gudiel, catedrático de Escritura en la Universidad de Alcalá, que después fue canónigo magistral de Cuenca.

El doctor Francisco Yerro.

El maestro fray Francisco Aldrete, de la Orden de Santo Domingo, catedrático de Teología en Alcalá.

El doctor Antonio Martínez Pozo.

Fray Francisco de Paz, lector de Teología.

Fray Melchor de Cetina, lector de Teología en Alcalá.

El doctor Pedro Ruiz de Valdivieso, catedrático de Teología.

Fray Antonio de Velasco, lector de Teología.

El doctor Jiménez.

El doctor Ambrosio de Vitoria.

Fray Diego de la Vega, lector de Teología jubilado en Alcalá.

El doctor Pedro Guerrero.

El doctor Juan Sánchez de Valdés.

El doctor Melchor Fernández.

El doctor Luis de Jubela.

El doctor Francisco de Yanguas.

El doctor Antonio de Salinas.

El doctor Bonifacio.

El doctor Juan Alonso Gutiérrez.

El doctor Lucas de Urnero.

El doctor Andrés Pérez, catedrático de Teología.

El doctor Diego Jiménez de Cisneros, colegial Mayor de Alcalá.

Miguel de Rojas, astrólogo.

Fray Pedro de Salazar, consultor del Supremo Consejo de la Inquisición y lector de Teología que fue dos veces provincial de la provincia de Castilla, de la Orden de San Francisco.

Fray Alonso Barrantes, consultor de la Inquisición.

El maestro Diego de la Torre, catedrático de Astrología en la Universidad de Alcalá.

El doctor Juan Vázquez, catedrático de Astrología en Toledo.

El doctor Martín Ramírez, catedrático de prima de Teología en Toledo.

Estos insignes varones aprobaron la dicha profecía: dichosa alma que después de las fatigas de esta vida mortal, se fue a gozar del descanso de la eterna bienaventuranza mediante nuestra santa fe.

Ahora se irá discurriendo por las virtudes de que fue adornado, en que se mostró excelente en dichos y hechos.




ArribaAbajoCapítulo II

Su gravedad, severidad y mesura


Fue tanta la gravedad y autoridad de Su Majestad, aun desde su tierna edad, que entrando un día el cardenal Tavera a su cámara cuando lo estaban vistiendo, le dijo su ayo le mandase cubrir, calló a esto, y tomó la capa, y se puso la gorra, y dijo: «agora podréis poneros el bonete, Cardenal».

Fue grande imitador en la severidad del otro Filipo rey de Macedonia, de quien escriben Eutropio y Sexto Aurelio que desde la edad de cinco años no fue posible hacerle reír, con cuantas invenciones y provocativos tuvo el mundo. Lo mismo podemos afirmar de nuestro gran Felipe, en quien jamás se vio risa, ni cosa que no fuese suma compostura.

Notaron algunos a Su Majestad de que en favorecer a los Grandes y honrarse con ellos, mostró menos inclinación y gusto, que comúnmente suelen mostrar otros reyes. Esto nacía de su incomparable valor y grandeza, tan natural, que no tenía necesidad de andarla mendigando fuera de su persona; y así más se precisó de hacer Grandes, que de honrarse con los ya hechos, por ser esto argumento de mayor potencia, y ocasión para descubrir mejor su grandeza, gravedad y mesura.

Estando un día, octava de todos Santos en vísperas, en San Lorenzo el Real, entró don Pedro Manuel, gentil hombre de la cámara, tan alborotado, que se conocía en su semblante había alguna gran novedad, y desalentado de la prisa y de su gordura, dijo al Rey como había llegado allí Angulo correo, con aviso de la gran victoria que había tenido en Lepanto el señor don Juan de Austria. No hizo Su Majestad mudanza, ni sentimiento más que si fuera de piedra, como quien jamás perdía la serenidad de su ánimo y rostro, y la gravedad de su imperio, por ningún caso; y dijo a don Pedro: «Sosegáos, entre el correo que él lo dirá mejor». Supo la victoria de boca del correo, y acabadas las Vísperas se metió en su Tribuna a dar gracias a Nuestro Señor por esta victoria. Entretanto que para hacer una solemne procesión se recogía el convento, y acabada la procesión recibió la enhorabuena: y el siguiente día hizo decir misas por los difuntos de la armada; y luego partió a Madrid a hallarse en persona en la procesión general, que se hizo solemnísima por esta victoria. Y llevó a su lado al Embajador de Venecia, y dotó una fiesta en memoria de esta victoria, en cada un año en la santa iglesia de Toledo. Hallose en Madrid al recibir la nueva que le trajo más por extenso el cardenal Alejandrino, que había venido de Portugal; e hizo Su Majestad muchas mercedes a los capitanes que habían servido en la jornada, a quien dio hábitos, encomiendas, rentas, entretenimientos, ventajas, ayudas de costa; atrayendo a su servicio con el premio a los deseosos dél; animando a los amigos del ocio a dejarlo, por alcanzar los triunfos honrosos de Marte, con cuidados, penas, trabajos, sudor y sangre. Cupieron a Su Majestad de su parte, de los despojos de la dicha batalla de Lepanto ochenta galeras, y galeotas; sesenta y ocho cañones gruesos, doce pedreros, sesenta y ocho sacres, y tres mil seiscientos esclavos.

Es de estilo, el electo Obispo y confirmado, dar las gracias con reverencia y agradecimiento al Rey que lo presentó para el Obispado, y lo mismo cuando lo promueve a otro; y con su grande severidad tenía tanta cuenta con esto, que reprendió al Arzobispo de Santiago don Francisco Blanco, porque se olvidó deste reconocimiento. Y a don Alonso Velázquez, hizo volver desde Valladolid a verle, que caminaba a Santiago de Galicia; y así todo lo sabia, y nada dejaba pasar sin advertencia, como fuese de costumbre, o de obligación a su dignidad real.

A un Presidente de Órdenes, porque reveló a la reina doña Ana lo que había dispuesto en un testamento que había otorgado en Badajoz, en una peligrosa enfermedad, se le abrevió la vida con solo mirarle con ira, y decirle dos palabras de severidad y reprensión. Un caballero ilustre que había sido muchos años Virrey del Perú, murió con decirle Su Majestad cuando vino de Indias «que se fuese á su casa, que no le había enviado al Perú para que matase Reyes, sinó que sirviese á Reyes». En pocos días murió de gran melancolía.

Tenía tanto cuidado con los papeles que dejaba en su mesa, que aún advertía el orden con que los dejaba; y negociando un día con el secretario Mateo Vázquez, desde otra pieza vio por los resquicios de una puerta que un ayuda de cámara los hojeaba, buscando la consulta de un negocio suyo, y dijo a Mateo Vázquez: «Decidle á aquel que no le mando cortar la cabeza, por los servicios de Sebastian de Santoyo, que me lo dió».

El que faltaba a la fidelidad o legalidad no tenía que esperar perdón, y por esto se detenía examinando los despachos, hasta enterarse de la verdad; y conociendo que era mentira lo que le decía un gran ministro suyo consultándole, le dijo con gran severidad: «Pues así me mentís», palabra que fue bastante para que se le abreviase la vida.

Porque le mintió uno de su cámara y favorecido de su persona, murió fuera de su cámara y de su gracia; y así decía que «el ministro que no le decía verdad era perjuro, y mas cuanto estaba mas cerca de su persona».

Con los Grandes de su reino guardó soberana autoridad, aplicando como el rayo la fortaleza a lo fuerte, y la benignidad a la popular sumisión; entraron a hablarle una vez el Duque de Alba y el Marqués de Corla, su hijo, y el prior don Antonio de Toledo, su caballerizo mayor, y cerraron la puerta del aposento en que el Rey estaba despachando. Pareciole a Su Majestad demasiada prevención, y con aspecto alterado les dijo: «Es fuerza» y pasó a otra sala tan desabrido que en muchos días no les habló ni aun miró a la cara. De aquí es que no se comunicaba fácilmente, ni le hablaba ninguno por principal y poderoso que fuese, sino el que después de muchas instancias lo pedía, concediéndosele por gracia y notable favor. Y era tanta su mesura y severidad, que jamás dio licencia aun a los más privados suyos, para aflojar algún tanto el temor y respeto con que lo reverenciaban.

Estando preso el Duque de Alba en Uceda, por su mandado, por causa de que estando preso en Tordesillas don Fadrique su hijo primogénito, por no quererse casar con una dama de la reina doña Isabel de Valois, a quien decían que le había dado palabra de casamiento: mientras que los parientes instaban al Rey para que le compeliese a tomarla por mujer, rompiendo la prisión se había ido a Alba a desposar con doña María de Toledo su prima, hija de don García de Toledo, General de la mar. Estando en esta prisión mandó Su Majestad a un Secretario del Consejo de Guerra le escribiese, preguntándole si se hallaría en disposición para servirle en la guerra de Portugal, después de la muerte del cardenal y rey don Enrique. Él respondió, que en las cosas que tocaban al servicio de Su Majestad jamás había tenida cuenta de su salud, y así le fue mandado, que dentro de tres días se partiese, y fuese al ejército; y luego se puso en ejecución, sin darle licencia para entrar en la Corte, con estar bien cerca della. Y fue cosa de admiración, que habiendo hecho en aquel tiempo jurar al príncipe don Diego su hijo, no quiso que fuese el Duque al juramento, estando tan cerca de la Corte, y siendo tan gran señor, y ni le escribió ni trató cosa de guerra, hasta pasado algún tiempo. Por lo cual, aunque el Duque se fue al ejército, pareciéndole que aún no estaba libre de la prisión. Decía que el Rey le enviaba a conquistar reinos arrastrando las cadenas y los cepos. Tanta era la severidad de Felipe, y la obediencia de tan gran Ministro.

Qué león ha habido en el mundo tan feroz como lo fue Su Majestad contra los enemigos de su república; pues ardiéndose todas las provincias de Europa en encendidas guerras domésticas y extrañas, como se vio en Italia, que no se había visto dos años continuos sin guerras, no siendo en los demás reinos el labrador señor de gozar los frutos de su labor, de guardar la honestidad de sus hijas, de llevar la vida segura por los caminos, de salir sin escolta a labrar sus heredades, sin armas y temores, no viviendo seguras las monjas en sus monasterios, ni aun los muertos en sus sepulturas, porque cuando más descuidados estaban los unos y los otros, llegaba la tropa de soldados insolentes y los robaban, o desasosegaban en tantas inquietudes de reinos, y en tantas aflicciones, desasosiegos y trabajos; en sola España, y estados de Su Majestad, por el gran brío y autoridad de tan gran Monarca, se gozó en su tiempo de tan quieta paz, que se podía llevar una fuente de escudos a media noche, sin que nadie lo perturbase; santa paz haya en el alma quien tanta paz nos dejó. No podrán decir esto las demás naciones, pues han sido fatigadas con guerras e inquietadas por largos años, la Grecia, la Siria, la Tartaria, la Hungría, la Transilvania, Polonia, Alemania, Francia, Holanda, Zelanda, Escocia y muchas provincias de Italia.

Fue su severidad de manera que temblaban todos en su presencia aun los más válidos; y se turbaban los más doctos, y aun enmudecían cuando le iban a referir sus estudiados razonamientos. Cinco años había que le predicaba cierto hombre doto, y un segundo Domingo de Cuaresma predicándole en Aranjuez acabada la salutación, queriendo comenzar su sermón, lo miró el Rey de hito en hito, y se turbó de manera que de todo punto se le olvidó el sermón, y fingió tener un vahído de cabeza, y no fue sino temblor de corazón de ver tan estrenada severidad; y le fue forzoso hundirse en el púlpito y cobrar aliento, con que volvió sobre sí, y divirtiendo los ojos de la Majestad Real, predicó que de espanto no había podido.

Este invicto león nunca mostró su [...] con la gente pobre y desvalida [...] los poderosos y soberbios, hallando en su persona real, y en sus consejos, chancillerías y tribunales, amparo los criados agraviados de sus amos, los vasallos oprimidos de sus señores, los injuriados de la tiranía de los poderosos, los acreedores de la injusticia de sus deudores por grandes que fuesen. Lo cual era en tanto grado que por seis reales que debiese un grande a un jornalero, entraba un alguacil en su casa a hacerle pagado de su plata; y así los Grandes y señores eran tan obedientes a su Rey, que ya era entre ellos caso de honra quien recibía mejor, y hacía más buen tratamiento al Alguacil que entraba en su casa a ejecutar los mandamientos de justicia; por todo lo cual fue tan amado de los suyos que, pasando por los caminos, éstos se hacían calles; los poblados se despoblaban, y poblaban los despoblados, por salir a ver a su Rey, de quien tantos beneficios recibían.

Raros fueron los que le llegaron a hablar que no perdiesen el ánimo viendo su rara severidad. Entró un día Juan Rufo, cordobés, varón elocuente y plático, a besar la mano a Su Majestad, bien advertido de lo que le había de decir, y muy seguro de que no se había de turbar, porque decía que consideradas las condiciones humanas, eran las más dellas comunes a todos, y que era falta de discurso extrañar tanto la presencia de un Rey, especialmente tan católico y que oía con tanta atención y apacibilidad a todos, y de quien se sabía cierto que jamás había hablado a nadie con enojo, ni dicho mala palabra que le pesase. Pues como llegado al toque de la Majestad Real, no las tuviese todas consigo, perdió el ánimo y el brío, y dijo en saliendo que le había sucedido como a los que miran al horizonte, que les parece que el cielo y la tierra se juntan y abrazan, y llegando después a aquel mismo punto, se hallan con las mismas leguas de distancia.

De aquí es que a la primera vista hombres valerosos probados en mil peligros, temblaron en su presencia, y nadie lo miró sin movimiento. Arzobispos, obispos, graves letrados; eminentes predicadores y oradores, se turbaron en su cámara de tal manera que, a no ser ayudados de su benignidad, no dijeran palabra. A éstos, estando turbados y desalentados los animaba diciéndoles, «sosegáos». Extranjeros venían advertidos, y con oraciones elegantísimas, repetidas por los caminos, y se turbaban en extremo, y entre ellos algún nuncio de Su Santidad; y Poscuino, varón erudito y de singular elocuencia, en la segunda cláusula de una prevenida oración estancó, hasta que lo socorrió el Rey diciéndole «si lo traeis escrito lo veré y os haré despachar».

Llegándole nueva de la victoria de Lepanto (como se ha dicho), creyendo todos haría excesos de alegría, después de enterado del orden y suceso, dijo sola esta palabra: «Muy animoso ha sido don Juan; puse los ojos en él para Capitán General desta empresa, porque desde niño descubrió la grandeza de su ánimo; pues criándose en casa de Luis Quijada que solo él sabía cuyo hijo era, estando un dia mirando unos arcabuces de su recámara, asistía con él el niño don Juan, que no sabiendo su ventura le servía de paje, el que merecía ser servido de otros tan buenos como su amo, y le preguntó como al descuido: Vos don Juan, ¿sabeis tirar un arcabuz? Respondió el generoso mancebo con grande denuedo: sí, y áun esperarle; palabra digna de la Real sangre de quien descendía».

Hablaba bien Su Majestad, y oía con modestia maravillosa, mostrando severidad con clemencias, gravedad con blandura, benignidad con imperio. Fue eficaz en el oído y vista; venerable en la grandeza de su dignidad, en público y en su cámara. Su habla era real, grave, fácil, breve, llana, usada, con tantas sentencias que no tienen número sus apotegmas. Volvía el rostro cuando se decía mal de otros, y más si eran ministros; y a las adulaciones, decía: «Dejad eso, y decid lo que importa». Al más detenido en proponer, suplicar, y el relatar su negocio, jamás despidió hasta que él se iba, o le hacía tener sin su vergüenza y temor. Percibía lo que le decían con admirable atención, mirando al suplicante desde que entraba hasta que salía, desde la cabeza a los pies, advirtiendo a las palabras y afecto con que las decía. En las consultas y despachos, muchas veces con un adverbio o dicción, comprendía cláusulas y se daba a entender, y proveía lo que convenía. Era poco afecto a poetas y a hombres que no vestían calza justa; porque siempre fue amigo de lo grave y honesto y enemigo de la fábula y de la mentira.

En la representación de la majestad y autoridad real, ninguno excedió a Su Majestad, y pocos le igualaron; y en el trato y composición de su persona no tuvo semejante; hubo en Madrid en el terrero de palacio unas fiestas señaladas, y asistiendo a ellas un caballero bien entendido, al tercero o cuarto toro que habían sido muy mansos, se hundió un tablado donde estaba el dicho caballero, que escapó muy mal tratado: alzó Su Majestad la cabeza con su gran severidad, y sin hacer mudanza se serenó, y miró al caballero que se iba; preguntole el Conde de Salinas que por qué se iba de la plaza, y respondió: porque los toros son mansos, y los tablados bravos.

Un gran caballero a quien Su Majestad quería bien por sus grandes partes, habiendo estado un día hablando y paseando gran rato con Su Majestad, después de haber tratado diversas cosas con tanto gusto, que le pareció oportuna ocasión para proponerle un negocio suyo, se lo propuso pidiéndole merced; y afirmó el caballero que en el mismo punto que echó la palabra por la boca, se le puso tan severo, como si fuera aquella la primera vez que lo hubiera visto en su vida.

Llevándole un azor que había vencido a una águila en pelea, y haciéndole relación del caso, lo mandó descabezar, diciendo: «nadie contra su cabeza».

Entrando Su Majestad en Bruselas siendo Príncipe, estaba a una ventana el Duque de Saxa, y en viendo asomar a Su Alteza se quitó la gorra, y estuvo con ella en la mano hasta que pasó, y fue tanta su severidad, que no solo no le hizo caricia alguna, pero ni miró hacia donde él estaba, con haberle conocido desde lejos, y ser persona tan grave.




ArribaAbajoCapítulo III

Su valor, magnanimidad e igualdad de ánimo


El año de mil quinientos y cincuenta y siete anduvo muy trabada la guerra con Francia por la Picardía, y a diez de agosto de este año, hubo Su Majestad la insigne victoria de franceses, ganando a Hans, y San Quintín y otras fuerzas que parecían inexpugnables, de que Julio César en muchos años no pudo apoderarse ni sujetarlas al Imperio Romano. Prendió en esta batalla al Condestable de Francia, y a otros muchos señores, y más de dos mil personas de rescate, y otros cuatro mil de gente común. Murieron más de seis mil franceses, ganáronse trescientos carros, setenta y dos banderas, veinte cañones de batir de campaña, y se hubieron otros ricos despojos. Prosiguiendo sus victorias, ganó a Chathelet, la Fera, y otras plazas hasta Noyon, veinticuatro leguas de París, quedando el rey Enrique atónito, y turbados todos sus sentidos después que tuvo nueva desta rota.

Desocupado de las guerras de Francia, comenzó a pasar sus gentes en África, enviando muy grande armada a los Gelbes, en número de catorce mil infantes, ayudó a los católicos en Francia y Alemania, sujetó los moros rebeldes de Granada, pacificó las Indias, quietó los reinos de Portugal, reprimió los ingleses y otros herejes, y hizo cosas dignas de tan gran Monarca, en defensa de la santa fe católica y autoridad de su monarquía. Con gran valor hizo rostro al turco, enemigo común de toda la cristiandad, y quebrantó su orgullo en Lepanto, descercó a los Caballeros de Malta, socorrió las fronteras de Hungría, y peleó las batallas del Señor y defendió su Iglesia; y aunque algunas de estas guerras no tuvieron prósperos sucesos, no por eso se menoscabó su gloria; porque suele Dios por sus ocultos juicios, probar a sus amigos en las adversidades, y dar a sus enemigos la victoria.

Dándole aviso del estrago miserable para España de la armada contra Inglaterra, persuadiéndose todos a que como Augusto César haría graves sentimientos; sin causarle alteración esta triste nueva, dijo con más integridad que pudiera decir Platón ni Séneca: «no envié yo la armada contra los vientos y fortuna de la mar, sinó contra los hombres». Lo cual dijo por haberse perdido la armada por fortuna adversa, en el canal que se hace entre la isla de Inglaterra y el reino de Francia. Escribiole el Duque de Medina de Sidonia, General desta armada, que si era gusto de Su Majestad le vendría a dar cuenta del suceso; y respondió «que descansase un poco antes de venir á la corte».

Tuvo tan grande valor, que después de mucho acuerdo y consideración, encerró al príncipe don Carlos, su hijo, con intento de poner en orden su vida para su reformación y enmienda, y luego que lo encerró, le escribió al Papa, al Emperador, a la Reina de Portugal, su suegra, a Francia con correos propios que despachó a veinte de enero, y el mismo día lo dijo a todos sus Consejos y le escribió a las ciudades, cabezas de Reinos y a los Grandes. Comía el Príncipe con grande exceso fruta y otras cosas contrarias a su salud; bebía grandes golpes de agua con nieve en ayunas; dormía en lo recio del verano al sereno y descubierto. Y así se le resfrió la virtud y calor natural, sin aprovechar los beneficios que le hacían; y murió como católico príncipe, en veinticuatro de julio del año mil quinientos sesenta y ocho.

Muerto el Rey de Portugal don Sebastián, y viviendo el rey don Enrique su tío, Cardenal de la Santa Iglesia de Roma, que le sucedió en el Reino, dio Su Majestad orden a don Íñigo López de Mendoza, Marqués de Mondéjar, Virrey de Nápoles, que tuviese presta la infantería española, naves y municiones para encaminarlas la vuelta de Portugal. E hizo lista de nueve mil italianos, y por su general a don Pedro de Médicis, hermano de Francisco Gran Duque de Toscana, y juntó seis mil tudescos con el conde Jerónimo Londron. Y en España hizo grandes prevenciones, y juntó muchas gentes; todo lo cual descubrió su incomparable valor y magnanimidad, pues se puso a mantener un ejército tan grande, sin servirse dél por todo el tiempo que durase la vida de un hombre, esperando su muerte natural; no habiendo alguno tan cercano a la muerte, que no pueda vivir un año. Venciendo su providencia a la costumbre de la nación Española, que por dilatar la ocasión suele perder la empresa.

Mortificole Dios en su última enfermedad grandemente, porque era por extremo curioso y limpio, y diole Dios una enfermedad tal, que no se podía mover de la cama, y así en ella evacuaba su cuerpo. Era muy amigo de papeles y de escribir, y diole Dios gota en las manos; era amigo de andar, y diósela en los pies; y en todo esto fue tanto su valor e igualdad de ánimo, que no había más querer que el de Dios, ni más queja que la de un diamante, y así llegó a gozar pacíficamente y de una apacible tranquilidad, como quien llega a un regalado puerto.

Incomparable fue el valor y gravedad de Su Majestad, y la perseverancia en estar siempre de un ser, de una mesura como valiente León de España: y así trajo la divisa del león en sus armas, y no solo de un león, sino de dos, porque tuvo duplicada la fortaleza del león; y no solo tuvo leones, sino castillos doblados, porque tenía donde encastillarse para conservar su fortaleza y valor. Cuando le acometía la prosperidad, se entraba en el castillo de la humildad; y cuando la adversidad, se acogía al castillo de la esperanza en Dios; y con estos dos presidios conservó su valor.

La incomprensible providencia de nuestro Dios, templó de tal manera con mixtura de acibares las grandes mercedes que a este príncipe hizo, que no se ha visto otro en la memoria de los hombres en ambas cosas más señalado. Vio las muertes de casi todos los que bien quiso: padres, hijos, mujeres, privados, ministros, y criados de grande importancia; grandes pérdidas en materia de hacienda, llevando todos estos golpes y contrastes con tanta igualdad de ánimo, que puso pasmo al mundo, y con razón. Pues estando cercano al morir ordenó y dispuso las cosas que estaban a su cargo, siendo tan grandes y entre sí tan diferentes, con singular acuerdo y providencia: esto es, tratar de la mortaja, del ataúd, del entierro, de los casamientos de los hijos, de los Conciertos, de las paces con Francia, de la venida de su nuera, y de su yerno, cosas que suelen tratarse, estas con grande alegría, y las otras con gran tristeza y desconsuelo; y lo que más admira y pasma es que gustaba de que hablasen con él de su partida, y de los trances de la muerte.

Decía que el capitán ha de ser magnánimo y atrevido; refiriendo aquel hecho del valerosísimo García de Paredes, que después de la afamada rota de Rávena, haciendo escolta al bagaje de los suyos, dieron en una emboscada de dos mil franceses, por quien no solo fue desbaratado, sino herido de tres escopetazos, de manera que matándole el caballo, quedó preso en poder de cuatro hombres de armas, que lo llevaron cautivo a pie y malherido. Llegaron, pues, con él a un puente sin bordes, y viéndose en tan buena ocasión el valiente García, se abrazó con los cuatro que lo llevaban asido, y echándose el puente abajo en el río, los dejó ahogados, y se le refrescaron las heridas, y se vino nadando al real de los españoles.

Cuando hizo la jornada a Flandes, con ser de tierna edad, mostró aventajadamente el valor de su persona, y demás de tener muy grande ánimo, ser para mucho trabajo; pues sufrió el marearse y mal dormir de la galera mejor que otros. Y muchos días estuvo sin comer hasta bien tarde, que salía a tierra, y comía y cenaba todo junto; y una vez quitaron el toldo, porque hacía mucho viento contrario, y pasaron su cama a la cámara del escritorio, y como la galera era nueva crujía tanto, que se volvió a subir arriba, a donde pasó la noche con muy buen frío, sobre un banco al sereno, como cualquiera otro compañero. Y en las Cortes de Monzón estuvo noches sin dormir hasta la mañana por concluir y dar fin a negocios.

De todo lo cual se colige su valor, magnanimidad e igualdad de ánimo.




ArribaAbajoCapítulo IV

Su clemencia y piedad


Siendo Príncipe salía un día de palacio a caballo, y le pidió con lágrimas una mujer templase la sentencia de muerte que se había dado en la Sala del Crimen a un hijo suyo, por haber muerto a otro. Detuvo el caballo y se informó del Alcalde de Corte que iba en su acompañamiento, y dijo lo siguiente: «La sentencia está bien dada, y porque no hay parte y le aproveche el haberme detenido y rogado, dénle luego el preso y salga de la Corte». Descubrió en esto su gran prudencia, su rectitud y su piedad con admiración de los más peritos ingenios de la Corte.

Año de mil quinientos setenta y dos, habiendo huido don Gonzalo Chacón, hermano del Conde de Montalbán, por haber sido hallada en su posada una dama de la princesa doña Juana, el Rey hizo apretadas diligencias para buscarlos, y no se tuvo nueva de ellos en mucho tiempo; porque un deán de Sevilla llevó a don Gonzalo al monasterio de la Aguilera de Recoletos Franciscos, y el Guardián lo encubrió; hasta que cansado de la clausura se fue a un monasterio de San Benito, donde estuvo algún tiempo con intento de pasarse a Francia, y descuidándose fue preso y traído a Madrid. Y habiendo declarado donde había estado escondido, por mandado del Rey trajo el alcalde Salazar a palacio al Guardián, y postrado ante Su Majestad, le dijo: «Fraile, ¿quién os enseñó á no obedecer a vuestro Rey, y á encubrir un delincuente tal? Qué os movió?» El Guardián levantó los ojos con grande humildad, y respondió: la caridad. El Rey, oyéndole, dos pasos atrás, y mirándole, repitió dos veces, «la caridad, la caridad». Suspendiose un poco y volvió la vista al Alcalde, y le dijo: «Envialde luego bien acomodado a su Convento, que si la caridad le movió, qué le hemos de hacer?» El Alcalde se admiró de la mudanza, porque temió había de mandar ejecutar en él un gran castigo, y lo veneró y temió más de allí adelante, conociendo era tan justiciero como religioso y clemente; y envió al Guardián bien acomodado como se lo mandó. Era aya del príncipe don Fernando doña María Chacón, madre de don Gonzalo, y siendo sentenciado a muerte, y advirtiendo que se podía temer una mujer airada por la condenación de un hijo, con todo eso no dudó Su Majestad de su fidelidad y nobleza: mas ella con su mucha prudencia y entereza, mereció y alcanzó se convirtiese la sentencia en destierro del Reino y casamiento de los dos amantes delincuentes.

Con haber resistido los portugueses al Rey la posesión de aquel reino, después de la muerte del rey y cardenal don Enrique, habiéndolos vencido y sujetado el Duque de Alba, entró Su Majestad en Tomar, y tuvo cortes, y se hubo con tanta clemencia y liberalidad con aquel reino, que asentó y capituló con él, que las Cortes no se harían fuera de Portugal, sería el Virrey Portugués, no siendo persona real, proveería los oficios mayores y menores en naturales, y todos los de mar y tierra, obispados, dignidades y prebendas eclesiásticas, encomiendas, oficios de las órdenes, conservaría los de la Casa Real, no se alteraría el uso de los tratos de la India por los portugueses: no impetraría Bula para imponerles subsidio, y excusado, no daría vasallos sino a ellos, ni los vacos los daría, si no es a los parientes de los difuntos portugueses y castellanos que vivían en Portugal y hubiesen servido a sus reyes.

Quedarían siempre en el estado que tenían las órdenes militares y otras muchas capitulaciones, todas en favor de los portugueses, como consta de la fecha deste privilegio, que se despachó en Lisboa a quince de noviembre del año mil quinientos ochenta y uno.

Dándose principio al suntuosísimo templo de San Lorenzo el Real, mandó el clementísimo Rey que se hiciese luego un hospital donde se curasen los trabajadores y gente pobre que andaba en la fábrica, y primero proveyó a ellos deste socorro y abrigo, que a sí mismo de aposento, y se hizo este hospital tan honorífico, que llegó a tener más de sesenta camas.

Con haber sido Su Majestad tan recto y severo, no le faltó la mezcla de suavidad y clemencia, pues nunca echó mano a la espada sino a más no poder, y entonces supo usar admirablemente del rigor, imitando a la rectísima justicia de Dios, que usa de medios fuertes, cuando no aprovechan los suaves y blandos. Así mismo todas las veces que hubo de comenzar cualquier empresa se valió de las oraciones de la iglesia, escribiendo a los obispos, prelados, generales y provinciales de las órdenes, pidiendo a Dios el buen acierto en sus cosas, para mayor gloria y alabanza suya; efectos todos de su clemencia y piedad con la gracia del Señor.

Estando con calenturas ardientes en Madrid gustó de ver puestos en unos estantes todos los vidrios de Venecia que tenía, mandando a Francisco de Mora, mi tío, su trazador mayor y aposentador de Palacio, los hiciese poner en unos estantes de nogal. Mora puso luego por obra los intentos de Su Majestad, y llamó a un oficial, que no cesó de día y de noche de trabajar hasta acabar los estantes y acomodar los vidrios. No le pagaban al oficial tan presto como era razón, y bajando un día Su Majestad para recrearse en el jardín, mirando los vidrios, y dándole gusto se puso Mora a la puerta y dijo: No me ha de pasar Vuesa Majestad de aquí sin que haga pagado al que hizo esta obra: sonriose Su Majestad, y con su grande apacibilidad y clemencia volvió la cabeza al Mayordomo mayor, que iba detrás, y le dijo: «páguese esta obra, que justicia pide Mora».

Estaba en Madrid un negociante bien gastado de bolsa y de paciencia, porque sus negocios no se miraban en Consejo, y pareciéndole que esto nacía de no mandar el Rey despachar los negocios, enfadado de tanta dilación, dijo: juro a Dios que imagino que Barrabás, o nuestros pecados, introdujeron reyes Felipes en el mundo, y fue murmurando de los reyes Felipes de España y de otras naciones, rematando su ira en el rey Felipe segundo. Diose noticia desto a un Alcalde de Corte, y le hizo proceso y dio con él en la cárcel. Concluyose la causa, y convencido el reo por su confesión y testigos, le pareció al Alcalde, que para la ejecución del castigo era bien consultar a Su Majestad, y así lo hizo: y visto por el Rey el proceso, dijo al Alcalde: «Por este proceso, y por la confesion del preso, consta que con sus palabras este hombre atrevido, puso lengua en todos los Felipes asi muertos como vivos; los muertos ya están allá, y no lo oyeron, y no lo saben, y cuando lo oyeran y supieran, no es razon que yo tome el pleito por todos, y es cosa cierta que si lo oyeran perdonaran la injuria, porque no están en tiempo de tomar ni pedir venganza. Yo que la podia tomar no lo quiero hacer, antes lo perdono, y así perdonaldo vos tambien Alcalde, y romped el proceso, y sacadlo de la cárcel, y sabed qué negocio es el que tiene este hombre en la Audiencia, y despachalde luego al punto, que yo aseguro que la falta de paciencia debe ser porque al triste negociante no le sobran dineros: id luego con este recado al Presidente que mire su negocio y lo envie á su casa»; hízose como Su Majestad mandó mostrando en esto su gran sufrimiento, clemencia y piedad, virtudes dignas de tan gran Príncipe.

Juan Ceberio, presbítero, natural de Canaria, visitó la Tierra Santa, y en un libro que escribió de este viaje tratando del rey don Felipe, dice: que llegando a Jerusalén tuvo noticia de que en el desierto del monte Líbano, había un ermitaño de santa vida, el cual era de hábito y nación maronita, y había estado en España, yendo a Santiago de Galicia en romería, el cual decía que el Rey era muy católico y caritativo y todos sus vasallos, por lo cual hacía particular oración por Su Majestad y por ellos, subió a verle, porque ya por su edad cansada no podía bajar al convento, y en viendo al dicho Ceberio lo abrazó estrechamente, y lo preguntó en la lengua castellana por el dicho Rey Católico, y diciéndole que era vivo, comenzó a destilar tiernas lágrimas que bañaban sus venerables canas, y le rogó que si volviese a España le dijese que un ermitaño maronita se le encomendaba, y que en sus oraciones no se olvidaban de Su Majestad, suplicando a Dios le diese salud y gracia para servirle, por hallarse obligado a un beneficio recibido en Madrid yendo en romería pobre y enfermo, a Santiago de Galicia, mandando Su Majestad darle limosna tan copiosa, que con ella se curó, y volvió al monte Líbano su patria sobradamente, donde tomó el hábito de ermitaño maronita.

Por su gran piedad el año de mil quinientos setenta y nueve, hizo trasladar en Sevilla los cuerpos reales a la nueva capilla de la iglesia catedral: y fue el caso que cuando murió el santo rey don Fernando el año de mil doscientos cincuenta y uno, a treinta de mayo fue depositado su cuerpo en la mezquita mayor que consagró a Dios, y la espada y pendón con que ganó la ciudad, y las reliquias de San Leandro su Arzobispo, y dos imágenes de Nuestra Señora que traía siempre consigo. Y todo fue colocado en una nave donde hoy está la capilla de las doncellas en el cuerpo de la iglesia mayor nueva. En la misma parte fue sepultada su mujer doña Beatriz, y sus hijos el rey don Alonso el Sabio, don Pedro, don Fadrique, Maestre de Santiago; don Luis y don Manuel, y su segunda mujer doña Juana, y sus hijos don Hernando y doña Leonor, y don Alonso, Señor de Molina, hermano del rey don Fernando, y después doña María de Padilla. Allí permanecieron por largo tiempo, hasta que fueron trasladados a otra nueva capilla, que sirve hoy de librería de la iglesia nueva, y después a otra, donde estaba la vieja junto a gradas; partes que de la mezquita quedaron en el claustro, y acabada la capilla que hoy se llama de los Reyes, mandó hacer a ella Su Majestad la traslación. Tenía el santo rey don Fernando un anillo con una piedra azul en la diestra, la espada ceñida, espuelas calzadas. La reina doña Leonor tenía una ajorca de oro tejillo negro con algunas perlas, y el rey don Alonso demás de la espada, cetro, corona e insignias de Emperador, tenía zapatas a lo antiguo con lazos de plata, la frente y cabeza muy grande, y la barba algo crecida. Dotó Su Majestad un aniversario perpetuo el día de la traslación, y asisten a él los dos cabildos, Audiencia y Asistente, y en el día de San Clemente se saca en procesión la espada del dicho santo rey don Fernando solemnemente: todo lo cual se hizo por la gran piedad, bondad y clemencia del dicho Rey.

Estando reprendiendo al príncipe don Carlos su hijo algunas demasías y mocedades que había tenido, a causa de no haberle dejado ir a la guerra por su poca edad. Disculpándose el Príncipe con demostraciones de valor, le dio el frío de unas tercianas que tenía tan riguroso, que no pudo acabar su razonamiento; y al piadoso Rey causó esto tan grande sentimiento y dolor, que se levantó de la silla en que estaba asentado, y cogiendo a su hijo en brazos, le sentó en ella y lo abrigó, y llamó quien cuidase de su salud casi con lágrimas en sus ojos.

Fue tanta su clemencia, que el año de mil quinientos setenta y cuatro, en que se le concedió el alcabala de diez por ciento; en la villa de Santa María del Campo, un letrado habló atrevidamente en público contra Su Majestad alterando los ánimos con notable desenfrenamiento. Prendiéronle, y se dio noticia al Rey, y se consultó en su Real Consejo. Lo que resultó de todo esto, fue mandar Su Majestad «que se le diese libertad, porque debia de ser loco el que decía mal de quien ni conocía, ni habia hablado en su vida, ni le habia hecho daño» y haciendo instancia el Presidente en que fuese castigado en la corte por el ejemplo, le replicó Su Majestad: «Pues como dirá el pregon que dijo de mí: suéltenle, que no hay Príncipe de quien menos se quejen los suyos que del que les dá mas licencia para quejarse». Oh grave sentencia digna de tan gran Monarca, que consideraba altamente que la última señal de servidumbre es quitarle a un atribulado el quejarse.



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