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1

Capítulos XI al XVII: obras literarias y discursos del propio Dominguito; poesías en su homenaje de Agustín P. Justo. También la Corona Fúnebre de la introducción.

 

2

Empezó a escribir los primeros apuntes biográficos poco después de la muerte de Dominguito. Halló los textos traspapelados su nieto, Augusto Belín Sarmiento, y los adjuntó posteriormente como apéndice de la biografía, al recopilar sus Obras Completas. Este apéndice figura en la edición que manejo: La vida de Dominguito. Obras Completas. Tomo VI, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1962. Prólogo y Notas de José Luis Lanuza.

 

3

Tomo la Carta a Vicki de la edición de Homenaje a Walsh publicada por la Revista Tramas. Para leer la literatura argentina. Lecturas críticas: Walsh, Vol. I, n.º 1, 1995, Ediciones del Caminante, Córdoba, p. 175.

 

4

Sobre este capítulo (el VII de la biografía) se focaliza el análisis.

 

5

Las referencias a Dominguito como obra de arte educacional, como muestra de lo que ha obtenido la educación integral paterna, superior a la de la escuela, impregnan todo el libro.

 

6

La respuesta de Mansilla rescata a Sarmiento como autor de la vida, aunque elide su vanidad de autor de la escritura: «comprendido el amor de padre del héroe del libro, que, en este caso, es fundado y legítimo» (p. 79).

 

7

«... y se dejó arrancar un sobrediente, después de alguna resistencia, con solo decirle que un hombre... que el hombre... que solo las mujeres...». La educación heroica culmina con la comparación -que aparece en boca del mismo Dominguito- por la cual se lo asimila nada menos que al Cid Campeador (p. 77).

 

8

«La enfermedad infantil de todos los seres animados, el miedo, se manifestaba con síntomas alarmantes. ¿Qué iba a ser de este niño, cuando fuese hombre? Emprendí curarlo. Me hice traer paquetes de cohetes de la China y en su presencia, pero sin violentarlo, prendía tranquilamente uno tras de otro» Op. cit., p. 204.

 

9

«resistió Dominguito a los esfuerzos de sus amigos incitados a ello por la angustia materna, para que no abandonase el sendero que le trazaban sus brillantes estudios universitarios» (p. 75). La contraposición de roles paterno/materno, se repite con fuerza en el capítulo siguiente al seleccionado: «Curupaití»: «Allá el maestro que enseña, el padre que guía. Aquí la madre que presiente, que escucha voces plañideras dentro de sí, como creemos oír gemidos cuando el viento agita los árboles en la tempestad...» (p. 82).

 

10

El conocimiento de la muerte remite inmediatamente a lo sagrado, o al menos a los hábitos de reverencial con esta dimensión, como se advierte en el gesto automático de Walsh al enterarse de la muerte de Vicki: «Maquinalmente, empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé con ese gesto».