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ArribaAbajoActo III

 

Habitación de CARLOS V en Yuste. Pieza de paso. Una ventana abierta. Debajo de la ventana una tarima, donde duerme el novicio. Es de noche aún.

 

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Escena I

 

PABLO inclinado sobre la ventana.

 

PABLO.-  ¡Llega al suelo! ¡Bueno! ¡Arriba! Pille yo una noche oscura... y tú, escala mía, me sacarás del monasterio. Treinta escalones y en tierra: una vuelta de llave, ¡y ancha es Castilla!

CARLOS V.-   (Desde adentro.)  ¡Pablo!

PABLO.-  ¿Es su voz? ¡Sí! La escala debajo de la tarima, y el novicio encima. ¡Gritad ahora, enhorabuena!

CARLOS V.-  ¡Pablo!

PABLO.-  ¡Estoy dormido!



Escena II

 

CARLOS V, de monje, con una lámpara en la mano; PABLO, que finge dormir.

 

CARLOS V.-  ¡Ah, bienaventurado! ¡En otro tiempo todo me era posible, menos dormir de esa suerte!  (Arrastrándose de mueble en mueble hasta una mesa donde coloca la lámpara.)  ¡Pobre mozo! Siempre a mi lado, y sin conocerme. Ningún religioso osaría contravenir a mi orden revelándole quién soy, o quién fui más bien.

PABLO.-   (Incorporándose.)  Habla solo, pero tan bajo...

CARLOS V.-  Siempre padecer... ¡sin tener con quien dolerse!  (Levántase, y va a sacudir del brazo a PABLO.)  ¡Arriba, novicio, arriba! La pereza, hermano, es gran pecado.

PABLO.-  Sin duda  (Bostezando.)  el que inventó ese pecado debió de ser un santo varón a quien la gota desvelaba.

CARLOS V.-  O que sabía el precio del tiempo. Pero vos, novicio, cuando no le perdéis del todo, empleaislo mal: siempre respondón, y curioso por demás.

PABLO.-  ¡Como si fuese yo el único en la casa!

CARLOS V.-  ¿Qué queréis decir? ¿Eso va conmigo?

PABLO.-  Dios me libre, padre; no, sino con el padre prior, que me anda siempre sacando las palabras del cuerpo.

CARLOS V.-  ¿Y qué os pregunta?

PABLO.-  (El padre no es curioso.) Cuanto hace vuestra reverencia, y lo que dice, y lo que escribe.

CARLOS V.-  ¿No más? ¿Y le respondéis...?

PABLO.-  Que hacéis relojes, que decís: ¿Qué hora es? Y que escribís vuestras confesiones.

CARLOS V.-  ¡Bien, por Dios! Os tuve por maldiciente...

PABLO.-  Yo, padre...

CARLOS V.-  Si fuese cierto, fuerza sería separaros de mí, porque es hombre el padre prior de tomar a la letra vuestras palabras. ¡Más que hombre de Dios, es hombre del rey! Y en cuanto a mí, sobre acechar mis acciones, de un grano de arena haría él de buen grado una montaña.

PABLO.-  (El padre no es maldiciente.)

CARLOS V.-  Quiero más bien la llaneza salvaje del padre lector.

PABLO.-  ¿Del padre Lorenzo, mi tío?

CARLOS V.-  (¡Su tío! ¡Pobre mozo! ¡Condenado a ser huérfano! Los monjes no tienen nunca sino sobrinos.)

PABLO.-  No sé qué os diga. Hace días que el padre prior se ha vuelto más indulgente. Como la comunidad ha de reunirse hoy para la elección de prior nuevo, no dice ya mal de nadie. En vez que mi tío, el padre Lorenzo, dice mal de todo el mundo. Quiere el primero hacerse con votos para ser reelegido, y el segundo quitárselos a los demás.

CARLOS V.-  ¿Y de mí dice mal también?

PABLO.-  Como de costumbre: acuérdase de que fue marino, y todo es gritar, como a bordo: ¡La obediencia! ¡La subordinación! Y dice sobre eso que vuestra reverencia provoca la rebelión de los padres mozos contra los viejos.

CARLOS V.-  ¿Yo que ando siempre conciliando los bandos?

PABLO.-  Sí, mas parece hecho adrede: en cuanto los conciliáis, pesia mí si se entienden.

CARLOS V.-  Di más bien que la próxima elección los saca a todos de quicio.

PABLO.-  Hasta el padre Timoteo.

CARLOS V.-  ¡Un hombre tan humilde!

PABLO.-  Mucho: así perora él humildemente por lo bajo, y tiene a su devoción más de veinte padres... por su parte, el padre lector, mi tío, dispone de otros tantos; de suerte que se andan quitando los votos y la buena fama... ¡Oh! ¡Y le aborrecen!... Es una bendición.

CARLOS V.-  ¿Sabéis por quién votará el padre Timoteo?

PABLO.-  Por el padre procurador tal vez. Como es el amigo del padre despensero... Pero alguien conozco yo por quien votaría él de harto mejor gana.

CARLOS V.-  ¿Por quién?

PABLO.-  Por vuestra reverencia.

CARLOS V.-  ¿Tengo yo por ventura pretensiones?

PABLO.-  Ayer me decía: «Nuestro venerable padre... esa lumbrera de la comunidad, a quien tienes la dicha de ver a todas horas, goza de gran favor con el rey; si él quisiera, tendría yo la honra de predicar esta cuaresma en presencia de la corte.»

CARLOS V.-  Como si estuviera allí Dios más bien que en otra parte. ¿Y no añadió nada acerca de Carlos V?

PABLO.-  ¡Carlos V! No le conozco.

CARLOS V.-   (Sonriéndose.)  ¡Oh gloria humana!  (Dejándose caer en el sitial.)  ¡Ay! Sólo el dolor es real en este mundo.

PABLO.-  ¡Ah! ¿Hablaba vuestra reverencia de ese Emperador a quien nadie veía, que ha muerto aquí recientemente, y cuyas honras han de celebrarse dentro de tres días?

CARLOS V.-  Sí; dentro de tres días. (Diéronme gusto acreditando ese rumor, que ha de ahorrarme tantas molestias.)

PABLO.-  ¡Oh! Cuando habla de ese Emperador, se santigua y se inclina, y más cuando pronuncia: «Su Majestad imperial y real, que santa gloria haya.»

CARLOS V.-  ¡Bueno está, bueno! Vuestra locuacidad, Pablo, me divertía hasta ahora, pero a la larga...

PABLO.-  Todo cansa. He ahí previamente el efecto que me produce el monasterio.

CARLOS V.-  ¿Qué es eso, Pablo? Pasad a mi celda; dad un vistazo a mis relojes. Creo que el número cuatro atrasa.

PABLO.-  Voy, reverendo padre; pero por más que yo mueva el minutero, el tiempo no ha de pasar por eso más de prisa.

CARLOS V.-  Si me levanto y os alcanzo, Pablo...

PABLO.-   (Sale saltando.)  ¡Sí, si, con la gota!...



Escena III

 

CARLOS V.

 

CARLOS V.-  ¡Dices bien! Vida sedentaria y enojosa, más que un libro que se sabe de coro; sin que os saquen de esta nada sino las picaduras de estos insectos del claustro. Ese padre Lorenzo, por ejemplo. ¡Ah! Cuando veo un viejo severo, intolerante por demás con los pocos años, me digo para mi conciencia que ha de haber sido también indulgente por demás consigo propio. ¡Pablo se ha quejado recientemente a su madre del rigor de su tío! Ha venido a verme la buena mujer, se ha echado a mis plantas, me lo ha confesado todo, rogándome que ablande al tío en favor del novicio. ¡Oh! He de hablarle, es ya un deber. Padre Lorenzo, padre Lorenzo, hace dieciséis años... Pero ¿qué digo? ¿Es él por ventura el único que sofoca la voz de la naturaleza por respetos humanos? ¡Yo mismo, yo!...  (Levantándose.)  ¡Qué suplicio! ¡No tener nada que hacer, nada con que adormir la conciencia! Por dicha, he aquí el alba.  (Acercándose a la ventana.)  ¡Llanura de Yuste! Paréceme que ha envejecido como yo. ¡Cuán lozana me pareció cuando la crucé en medio de la pompa de mi gloria para venir a morir en ella! ¿Y hace dos días no morí ya en vida para el mundo? La campana ya. Vamos a coro, a cantar alabanzas al Señor; yo, yo que en otro tiempo me hallaba estrecho en mis estados, donde nunca se ponía el sol, que decidía con la vista de la suerte de los imperios, que conmovía la Europa con un fruncir de cejas... ¡y ahora uno de los acontecimientos de mi vida es cantar en el coro!



Escena IV

 

CARLOS V, PABLO.

 

PABLO.-  Vienen a buscar a vuestra reverencia para los oficios.

CARLOS V.-  Siempre los mismos versículos, y cantados siempre en el mismo tono. No importa, ¡tengo placer en escucharme! ¿Y vos, hermano Pablo?

PABLO.-  ¡Vaya, padre! ¿no he de tener? (Desentona) No olvide vuestra reverencia al padre Timoteo. ¡Predica tan bien! Sus sermones son los únicos que puedo yo oír sin dormirme.

CARLOS V.-  ¿Dormís, vos, en el sermón?

PABLO.-  Vuestra reverencia no me deja dormir de noche. Y vos mismo el domingo...

CARLOS V.-  ¿Eh?

PABLO.-  ¿No tuve que tirar del hábito a su reverencia?

CARLOS V.-  ¡Silencio, bachiller!

PABLO.-  (¿Bachiller? El padre comete todos los pecados que me echa en cara.)



Escena V

 

Dichos, el PADRE LORENZO, el PADRE TIMOTEO.

 

DOÑA FLORINDA.-   (Bruscamente.)  ¡Dios guarde a su reverencia!

CARLOS V.-  Haga el Señor igual merced a las vuestras, padre Lorenzo y padre Timoteo.

DOÑA FLORINDA.-  ¿Parece que la gota atormenta siempre a su reverencia? Es fuerza acostumbrarnos a vivir con nuestro enemigo, como solíamos decir a bordo de las galeras de Su Majestad cuando venía la marejada. Tengo buenas nuevas que dará su reverencia. Esta noche ha llegado al monasterio un joven mancebo, que ha sido recibido en vista de una orden de Su Majestad. Y como su reverencia ha pedido al padre prior otro novicio a quien instruir en sus ratos de ocio, nuestro superior os le va a enviar...

CARLOS V.-  De buena gana, padre, y lo más presto será lo mejor. Pablo, os dispenso hoy de los oficios: quedaos en la celda para recibir al recién venido.

PABLO.-   (Inclínase.)  (¡Dispensación de oficios y una cara nueva! No empieza mal el día.)

CARLOS V.-   (Al PADRE LORENZO.)  Tenga su reverencia piedad de un enfermo, padre lector, y acórteme el camino conduciéndome por la escalera privada.

DOÑA FLORINDA.-  Bien quisiera, pero Dios sabe dónde para mi llave maestra.

PABLO.-  (Y yo también lo sé.)

CARLOS V.-  ¡Paciencia!  (Tomando el brazo del PADRE TIMOTEO.)  Vamos, pues. Prestadme apoyo.

FRAY TIMOTEO.-   (Por lo bajo.)  ¿Osaré decir a vuestra reverencia: Hoy por ti, mañana por mí?

DOÑA FLORINDA.-   (Buscando en sus faltriqueras y mangas.)  Será fuerza buscarla.



Escena VI

 

PABLO.

 

PABLO.-  Busca, busca. El día en que, después de haberme predicado sobre el pecado de la ira me disteis un golpe con ella sobre los dedos, pasó de vuestra manga a la mía. Héla aquí: abre todas las puertas, hasta la del jardín, ¿Y la había de encontrar vuestra reverencia? No, sino colgarela yo a los pies de Nuestra Señora del Amparo si me abre las puertas del monasterio. A la manga. He visto a mi compañero. Parece triste.



Escena VII

 

PABLO, DON JUAN; un novicio, que deja un hábito sobre un sitial, y sale.

 

DON JUAN.-   (Sin ver a PABLO.)  ¡Desarmarme! ¡Arrancarme de sus brazos, a pesar de sus lágrimas! ¡Que no pudiese vengarme! ¡Para siempre separado de ella!

PABLO.-  ¡Santa María! Habla de una mujer.

DON JUAN.-  ¡Para siempre enterrado en este monasterio! Estas paredes me ahogan. Me volverán impío queriendo convertirme por fuerza.  (Cayendo en un sitial.)  ¡Desventurado!

PABLO.-  Dame lástima. ¿Hermano?

DON JUAN.-   (Volviéndose.)  ¿Quién sois?

PABLO.-  Pablo, vuestro compañero.

DON JUAN.-  ¿Qué queréis?

PABLO.-  Haceros servicio.

DON JUAN.-  ¿Sí? ¿Qué convento es éste?

PABLO.-  El monasterio de Yuste.

DON JUAN.-   (Levantándose.)  ¿Yuste? ¿Dónde se ha retirado Carlos V?

PABLO.-  Todos hablan de Carlos V.

DON JUAN.-  Él tomará mi demanda. ¿Puedo verle?

PABLO.-  Ha tres días que murió.

DON JUAN.-   (Cayendo de nuevo en el sitial.)  Y mi esperanza con él.

PABLO.-  (He de decirle... ¿qué riesgo corro? Aquí no conoce a nadie: y me ha de ayudar.)  (Misteriosamente.)  No os aflijáis: yo os protejo.

DON JUAN.-  ¿Vos? ¡pobre mozo!

PABLO.-  Sed sumiso a las órdenes del reverendo a cuyo cargo venís.

DON JUAN.-  ¡Yo a su cargo! ¡Mil diablos antes, el infierno todo!

PABLO.-  ¡Cómo jura!

DON JUAN.-  Jamás. Dije que no he de ser fraile: no he de serlo.

PABLO.-  Pero hablad más bajo: en el monasterio no se dice cuanto se piensa, y lo que se dice se dice por lo bajo.

DON JUAN.-   (Echando mano al hábito.)  Primero haré pedazos este hábito con los pies.

PABLO.-   (Conteniéndole.)  ¿Qué hacéis? Aquí se rabia cuanto se quiere debajo del hábito, ¡pero desgarrarle!... ¡se vería! (Hay que enseñarle desde el Cristus.)

DON JUAN.-  ¿Qué queréis, pues?

PABLO.-  Escuchad: tengo ocasión de libertaros; pero es fuerza disimular.

DON JUAN.-  ¿Podré?

PABLO.-  Si la noche es oscura...

DON JUAN.-  ¿Qué?

PABLO.-  Con esta llave...

DON JUAN.-  Acabad.

PABLO.-  ¡Silencio! He aquí al padre.

DON JUAN.-  Está visto: no lo sabré.  (PABLO canta a media voz un villancico.) 



Escena VIII

 

Dichos, CARLOS V.

 

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CARLOS V.-  Hermano Pablo, id a cantar vuestros villancicos a mi huerta.

PABLO.-  (Le diré dos palabras a sus naranjas. Obedezco.)  (A DON JUAN poniendo el dedo en la boca.)  Hermano, hasta luego.

CARLOS V.-  ¡Ea! Andad.

PABLO.-  (¡Cómo no se le escape la verdad! El que no sabe los usos de la casa.)



Escena IX

 

CARLOS V, DON JUAN.

 

CARLOS V.-  Llegad.

DON JUAN.-  (Le aborrezco ya.)

CARLOS V.-  (Hay algo en él que me llega al corazón.)

DON JUAN.-  Reverendo padre... (¡Buen aspecto!)

CARLOS V.-  ¿Pensáis pronunciar vuestros votos en esta casa?

DON JUAN.-  Nunca supe mentir. Estoy en ella mal mi grado.

CARLOS V.-  ¿Cómo?

DON JUAN.-  Por fuerza se apoderaron de mí, y por fuerza me trajeron.

CARLOS V.-  ¿No teníais, pues, ningún protector?

DON JUAN.-  Uno tuve: veinte años me trató como a hijo. Cometí faltas, es verdad. ¿Pero por ellas debía ser cómplice de una felonía él mismo, don Rodrigo Quesada?

CARLOS V.-  ¡Don Rodrigo Quesada! ¿Vos fuisteis confiado a don Rodrigo?

DON JUAN.-  Al mismo.

CARLOS V.-  ¿Os llamáis don Juan?

DON JUAN.-  Cierto.

CARLOS V.-  (¡Él es! ¡Mi hijo! ¿Es posible?) ¿Vos, don Juan, vos desdichado, y junto a mí? ¿Vos forzado en este claustro?

DON JUAN.-  Y para siempre. Mas ¿qué tenéis?

CARLOS V.-  ¡Oh! nada, nada. La compasión... el... (Sea yo dueño de mí propio.)

DON JUAN.-  ¿Sabíais mi nombre?

CARLOS V.-  ¿No acaban de decírmelo? (¡Gentil presencia! ¡gallardo continente! ¿Y no he de abrazarle?)

DON JUAN.-  ¿Pero conocíais a don Rodrigo?

CARLOS V.-  Hele visto en otro tiempo. ¿Él acaudillaba a los que os trajeron?

DON JUAN.-  Él fue quien me puso la mano encima; él fue mi carcelero. Ni hablarle quise, ni mirarle. Con todo, cuando llegábamos a las puertas aún tuvo la osadía de decirme al oído: «Agradecedme que os conduzca a este monasterio: tenía orden de llevaros a otro.» ¡Aun he de estarle agradecido!!!

CARLOS V.-  (Reconozco a mi antiguo consejero.) ¿Mas de quién fue esa orden?

DON JUAN.-  Del rey.

CARLOS V.-  (¡Su propio hermano!) ¿Del rey, decís?

DON JUAN.-  Sorprendida tal vez por un cobarde caballero que quiso más bien deshonrarse, encerrándome, que cruzar su espada con la mía.

CARLOS V.-  Pero... ¿y vuestro padre?

DON JUAN.-  En su nombre me persiguen. Él es, dicen, quien me condenó a vivir, o a morir más bien en esta cárcel.

CARLOS V.-   (Con viveza.)  Es falso... quiero decir, es imposible. Que vuestro padre, por motivos que acaso él sólo sepa, hubiese deseado veros abrazar una vida retirada, lo comprendo; pero ¡autorizar él propio tal violencia! ¡Un padre! Don Juan, es imposible.

DON JUAN.-  ¿Fue nunca padre para mí?

CARLOS V.-  ¿Sabéis si pudo serlo?

DON JUAN.-  ¡Ah! Reverendo padre, me abrió los ojos mi desventura. Me dicen que es muerto. Pero ¿quién sabe si vive todavía? Dios sabe si es algún prócer de esa corte devota, donde el que fue frágil en su juventud se vuelve hipócrita en su vejez. El cielo sabe si acaso persigue en mi un recuerdo molesto, un testigo acusador, y si fui fruto de alguna flaqueza humana, de que siente más vergüenza que remordimientos.

CARLOS V.-  (Dios mío, ¡cuán cruelmente me castigas!)

DON JUAN.-  Tales son esos grandes de la tierra. Por borrar la huella de un yerro venden su propia sangre, entregándola en manos extrañas, arrojan un desdichado a la merced del azar, y ampárele quien quiera. Sepúltanle vivo en una tumba para que expíe con sus austeridades un nacimiento de que ellos solos fueron culpables y, fiando su salvación de la penitencia de otro, viven en paz consigo propios, gozando tal vez de una opinión sin tacha. Por encubrir un yerro cometen un crimen; ¡y el mundo los honra!!!

CARLOS V.-  Basta, mancebo, basta. ¿No teméis ser injusto con vuestro padre?

DON JUAN.-  Decís bien. Tal vez lo sea. Mi desdicha me arrastró. ¿Quién fue ese padre? ¿Quién? Díganmelo en fin, y, a pesar de cuanto oísteis, señor, daré el ser que de él recibí por vengar su honra puesta en duda, o su memoria ultrajada. ¡Ah! Si dejó de existir, le lloro; si vive, le perdono.

CARLOS V.-  Bien, don Juan, bien. Me acabáis de probar que sois digno de mejor suerte.

DON JUAN.-  ¿Qué decís? ¿Habré encontrado un amigo donde sólo esperé hallar perseguidores? ¡Ah! ¿Por qué murió tan presto Carlos V? Hubiérale acaso hablado por vuestra mediación.

CARLOS V.-  ¿Qué le hubierais dicho?

DON JUAN.-  ¿Vos me lo preguntáis? Hubiera besado sus plantas. Hubiérale dicho: «Tengo valor, señor; tengo ambición de gloria, y quieren sepultar mi porvenir en la estrechez de un claustro. No tengo sino veinte años, y se tuercen las leyes divinas para imponerme una esclavitud sin término: soy, señor, súbdito vuestro, y me oprimen con mengua de las leyes humanas. Fuisteis harto grande para no ser bueno y justo, y debéis lanzaros entre el opresor y el desdichado.» ¿Pensáis que no le hubiera persuadido?

CARLOS V.-  Mas, don Juan: ¡hubiéraisle arrancado lágrimas!

DON JUAN.-  Él me hubiera devuelto al mundo; ¿no es verdad? A la gloria, a aquel contento, en fin, cuyo recuerdo me mata lejos de ella.

CARLOS V.-  ¡Lejos de ella! ¿Qué decís?

DON JUAN.-  Perdón, si os muestro mi corazón todo entero. Hay una mujer en la tierra que era mi vida, la mitad de mí mismo...

CARLOS V.-  (¿Pudiera yo en eso ver un crimen?)

DON JUAN.-  A punto ya de unirnos, nos separaron para siempre.

CARLOS V.-  No me culpéis de indiscreto: me interesasteis, don Juan: os quiero servir, y he menester saberlo todo. ¿Su nombre?

DON JUAN.-  Doña Florinda Sandoval.

CARLOS V.-  ¡Sandoval! ¡Cristianos nuevos! Si no me engaño...

DON JUAN.-  ¿Qué importa?

CARLOS V.-  Para el mundo mucho; pero ante Dios, decís bien: no es la fe mejor la más antigua, sino la más pura.

DON JUAN.-  ¿Sois monje y habláis así?

CARLOS V.-  Don Juan, sois joven. ¡Mucho os queda que ver! Conozco esos Sandovales. Prestome el padre de doña Florinda un servicio que mal pudiera olvidar: acuérdome además de haber visto muy niña a doña Florinda.

DON JUAN.-  ¿La visteis? ¡Belleza sin igual!

CARLOS V.-  Prometía serlo.  (Apartándose de DON JUAN para encubrir su emoción.)  ¡Qué fuego, qué ternura en el mirar! Así era su madre. ¿Dónde sois idos, mis días de gloria y de ventura?

DON JUAN.-  ¿Hablasteis de mi madre? ¿La conocisteis por ventura?

CARLOS V.-  ¡Yo!

DON JUAN.-  ¡Oh! Sí; la habéis conocido: nombrádmela, por piedad. ¡Haced que yo la vea!

CARLOS V.-  ¿Por qué suponéis que debo de haberla conocido?

DON JUAN.-   (Despechado.)  Está visto: jamás hallaré respuesta a esa pregunta.

CARLOS V.-  Vuestra desdicha, don Juan, me interesa. Es un deber religioso en mí el oponerme a una violencia que Dios condena. Saldréis de aquí.

DON JUAN.-  ¿Es posible? ¡Por piedad, hoy mismo!

CARLOS V.-  Lo espero; no os respondo así de ese enlace que anheláis.

DON JUAN.-  ¡Ah! Véame yo libre ahora, ¡libre no más!

CARLOS V.-  Lo seréis: tengo alguna influencia en el monasterio: la emplearé.

DON JUAN.-   (Besándole las manos.)  ¡Padre mío!

CARLOS V.-   (Enternecido.)  ¡Su padre!  (Inclinado sobre DON JUAN, que se ha estado a sus pies, y a quien tiene abrazado.)  ¡Hijo mío! Dulce me hubiera sido hallar en vos un compañero, un amigo, y entregar mi alma al Señor sobre ese corazón que me hubiera amado... Pero no temáis: sabré sacrificar mi dicha a la vuestra.

DON JUAN.-  Hacedlo, y mi vida entera será poco para agradecer...

CARLOS V.-  (No es hijo de una reina, pero vale más que el rey don Felipe.)



Escena X

 

Dichos, el PADRE PRIOR, PABLO.

 

PRIOR.-   (Trae a PABLO de una oreja.)  Vengo, reverendo padre, a denunciaros un reo sorprendido en el acto de cobrar el diezmo de vuestras hermosas naranjas...

CARLOS V.-  ¡Hermano, Pablo! ¿No os tengo prohibido...?

PABLO.-  No soy el primero, reverendo padre, que se ha dejado tentar por el fruto prohibido.

PRIOR.-  Ni seréis el primero tampoco en quien se castigue severamente el haber cedido a la tentación.

PABLO.-  (¡Pluguiera a Dios que me echaran de este paraíso!)

CARLOS V.-  Más tarde ventilaremos eso, hermano Pablo. Por ahora, don Juan, llevaos a ese mozo a mi celda, y reprendedle... ¿me entendéis?

DON JUAN.-  Corre de mi cuenta, reverendo padre.

PRIOR.-   (A DON JUAN.)  Podéis vestir el hábito, hijo mío. Es la regla.

DON JUAN.-  ¿Yo?

CARLOS V.-  Es la regla.   (DON JUAN toma despechado el hábito, y sale con el novicio.) 



Escena XI

 

CARLOS V, EL PADRE PRIOR, después DON RODRIGO.

 

PRIOR.-  Don Rodrigo anhela despedirse de ese mozo. La nueva de vuestra muerte le ha colmado de dolor: sin sacarle de error, le he dicho, reverendo padre, que en esta celda hallará a don Juan; pero si os pesa de verle...

CARLOS V.-  No; bien está así; pero antes, reverendo padre, he de pediros una gracia.

PRIOR.-  ¿Qué puede vuestra reverencia pedir que yo...?

CARLOS V.-  Poca cosa por cierto; y no me la negaréis hoy que la elección os prepara un nuevo triunfo, en el cual no acierto a encareceros la parte de contento que me cabe. El mancebo que acabo de recibir no tiene vocación para la vida contemplativa; mandad, pues, que las puertas le sean abiertas. Bien veis que es poca cosa.

PRIOR.-  ¿Poca cosa, reverendo padre? La orden de Su Majestad...

CARLOS V.-  Su Majestad fue inducido en error.

PRIOR.-  ¡En error! ¿Su reverencia lo cree posible?

CARLOS V.-  ¡Ah padre mío! ¿Quién mejor que yo sabe si un rey puede engañarse?

PRIOR.-  Humildad que admito. Mas ved que me hago delincuente para con el rey si desobedezco.

CARLOS V.-  Pero lo sois para con Dios si obedecéis.

PRIOR.-  Para con Dios, padre es una cuestión, y para con el rey es positivo.

CARLOS V.-  Es decir que mis ruegos... En buen hora. Lo exijo, y tomo sobre mí...

PRIOR.-  Tendré, padre, la amargura de...

CARLOS V.-  Pero...

PRIOR.-  Pero... hermano mío, yo mando aquí.

CARLOS V.-   (Con indignación.)  ¡Yo mando, yo mando!  (Con resignación.)  Decís bien, padre prior. Su reverencia manda. Hice voto de obediencia; no seré yo quien dé el ejemplo de la rebelión.

DON RODRIGO.-   (Que reconoce al entrar a CARLOS V.)  ¡Santo Dios! ¿Qué veo?

PRIOR.-  ¿Su reverencia me permite que me retire?

CARLOS V.-  Vuestra reverencia manda aquí.



Escena XII

 

CARLOS V, DON RODRIGO.

 

DON RODRIGO.-   (Pugnando por arrojarse a los pies de CARLOS V, que se lo impide.)  ¿No me engañaron mis ojos? ¿Vuestra Majestad vive todavía? Creí, señor, ver su sombra saliendo de su sepulcro.

CARLOS V.-  Decís bien, don Rodrigo. No soy sino una sombra de Majestad. ¿No lo oísteis? ¿No me dijo: Yo mando? ¡Se negó a dar libertad a mi hijo, a ese hijo que me ama ya sin conocerme! ¡Príncipe perfecto, don Rodrigo! ¡Qué noble continente! Pasiones impetuosas, ¿no es verdad? ¡Y una cabeza, don Rodrigo, más ardiente que la mía!!!

DON RODRIGO.-  ¿A quién lo dice Vuestra Majestad?

CARLOS V.-  ¡Ha presentido su cuna! Hijo del águila, ha menester aire y sol. ¡Vive Dios! Don Rodrigo, los tendrá. Sí, ¡la luz para sus ojos, y para sus alas la libertad!  (Corre a abrir la puerta de su celda.) 



Escena XIII

 

Dichos, DON JUAN, PABLO.

 

DON JUAN.-   (Con el hábito de novicio sobre sus vestidos.)  ¿Y vuestras instancias, padre mío?

CARLOS V.-  Malogradas, don Juan, del todo malogradas.

DON JUAN.-  Sabía yo ya que este hábito había de serme aciago.

CARLOS V.-  No os desaniméis. Don Rodrigo, a quien en efecto debéis agradecer el haberos traído a esta casa, nos ayudará con sus consejos.

DON JUAN.-  Que me saque de ella, y prometo olvidarlo todo.

CARLOS V.-  Andad, hermano Pablo, y ved si alguien escucha.

PABLO.-  Corro y vuelo. (Para no perder nada.)



Escena XIV

 

Dichos, menos PABLO.

 

CARLOS V.-  Deliberemos.

DON JUAN.-  Advertiré a su reverencia que ese novicio puede sernos de grande utilidad.

CARLOS V.-  Le oiremos.



Escena XV

 

Dichos, PABLO.

 

PABLO.-   (A CARLOS.)  Nadie, reverendo padre, nadie.

CARLOS V.-  Podéis hablar, Pablo, a la par que nosotros.

PABLO.-  ¿Yo, reverendo padre? Tanta honra...

CARLOS V.-  Merecedla con vuestra discreción.

PABLO.-  Jamás digo sino lo que me callan.

CARLOS V.-  ¿Qué os parece, don Rodrigo, que se haga?

DON RODRIGO.-  Urge el tiempo, padre mío. Los criados de Su Majestad que nos acompañaron hasta el monasterio se volvieron ya a dar cuenta de la expedición. Órdenes más severas pueden llegar de un momento a otro. Vuestra reverencia debe de haber conservado algún amigo o deudo en la corte. Que escriba en favor nuestro, y presto, y a quien pueda mucho. He ahí mi sentir. He dicho.

CARLOS V.-  ¡Yo, pobre monje! ¡Olvidado! Por otra parte, os lo confieso, cifro mi orgullo en libertar a don Juan por mi propio esfuerzo. Quiero probarme a mí mismo que aún no he envejecido.

DON RODRIGO.-  (Siempre el mismo. Creándose dificultades para tener la gloria de vencerlas.)

CARLOS V.-  En consecuencia, se desecha el consejo, don Juan.

DON JUAN.-  Si he de deciros la verdad, mi mejor consejo fuera esa espada que veo pendiente de la pared, y que me prueba que habéis sido soldado.

CARLOS V.-  He probado de todo un poco.

DON JUAN.-  Dádmela, pues, y si no me abriese paso...

CARLOS V.-  Por más caballeresco que sea, don Juan, vuestro sentir, os diré que sería más conveniente en una fortaleza que en un monasterio. ¿No decíais que Pablo...?

DON JUAN.-  Le prometí secreto.

CARLOS V.-  Hablad, hermano Pablo, os lo mando.

PABLO.-  ¿Vuestra reverencia me empeña su palabra...

CARLOS V.-  ¿De qué?

PABLO.-  De que aun después de conocido mi arbitrio podré aprovecharme de él para mí mismo?

CARLOS V.-  ¿Queréis dejarme, hermano?

PABLO.-  No a vuestra reverencia, sino el convento. No tengo vocación tampoco.

CARLOS V.-  ¡Hermano Pablo!

DON RODRIGO.-   (Bajo.)  Ved, señor, que...

CARLOS V.-   (Bajo.)  Decís bien. Veamos. Hablad.

PABLO.-  Tengo dos medios.  (Enseñándole la llave.)  ¡Uno!

CARLOS V.-  ¡Dios me perdone! ¡La llave maestra del padre lector!

PABLO.-  ¿Su reverencia olvida...?

DON JUAN.-  ¡Padre mío!

PABLO.-   (Descubriendo la escala bajo la tarima.)  ¡Otro!

CARLOS V.-  ¡Una escala de cuerdas!

PABLO.-  Con ésta se baja por esa ventana: con la otra se sale por la puerta excusada que da al campo.

CARLOS V.-  ¿Sabéis, hermano, que mereceríais...? Con todo, no me ocurre nada mejor. No será la primera vez que un novicio habrá andado más discreto que todo un capítulo.

PABLO.-  La comunidad está en el refectorio, cuyas ventanas dan a la parte opuesta; y cuando está en tan santa ocupación, nunca piensa en otra cosa. Aprovechemos la ocasión.

CARLOS V.-  ¡En buen hora!

DON JUAN.-  ¡Honra y prez al hermano Pablo!

CARLOS V.-   (A DON RODRIGO.)  En cuanto os veáis fuera de aquí, conducid a don Juan a casa del anciano duque de Medina: habladle de mí: no habrá olvidado aún a su antiguo amigo. Ocultos en su posada, esperad a recibir letras mías. Manos a la obra, don Juan.

DON JUAN.-  No he de hacerme de rogar.

DON RODRIGO.-  ¿Queréis que a mi edad...?

CARLOS V.-  Yo os tendré la escala. Pablo, tened cuenta.  (Hace seña al novicio, que sale a la puerta a acechar.) 

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DON RODRIGO.-  ¿Vuestra reverencia se dignaría...?

CARLOS V.-  A otros he ayudado a bajar, y de más alto.

DON RODRIGO.-   (Besando la mano a CARLOS.)  ¡Dios guarde, pues, a, vuestra reverencia!

DON JUAN.-  ¡A más ver, padre mío!

CARLOS V.-  ¿Os vais sin estrecharme en vuestros brazos?

DON JUAN.-  Decís bien. Fuera ingratitud.

CARLOS V.-   (Conmovido.)  ¿Volverele a ver?

DON JUAN.-  ¡Ah! Se me olvidaba.  (Va a desnudar el hábito.) 

PABLO.-   (Acude presuroso.)  ¡Silencio! ¡Silencio! ¡El padre prior!

DON RODRIGO.-  ¡Somos perdidos!

CARLOS V.-  ¡Va a ver la escala!

PABLO.-   (A DON RODRIGO.)  Cerrad una de las maderas!



Escena XVI

 

Dichos, el PADRE PRIOR.

 

PRIOR.-   (A DON JUAN.)  Novicio, seguidme.

CARLOS V.-  ¿Dónde, pues?

PRIOR.-  Incomunicado. Acabo de recibir esta orden: quien la trae da dos horas de descanso a los caballos, y ha de volverse con don Juan para otro monasterio.

DON JUAN.-  ¡Conmigo!

CARLOS V.-   (Calmándole.)  ¡Paciencia! ¡Resignación!

PRIOR.-  Por lo que hace a vos, señor don Rodrigo, varios caballeros os esperan a las puertas del monasterio: no sé qué palabras oí del alcázar de Segovia.

DON RODRIGO.-  ¡El alcázar!

CARLOS V.-   (A DON RODRIGO.)  Señor don Rodrigo, la jornada será buena.

DON RODRIGO.-  Ya lo sé. (Ayer entre dos hermanos, hoy entre un padre y un hijo. ¡Maldito secreto!)

CARLOS V.-  Quedaos, ahora.

DON RODRIGO.-  No deseo otra cosa.

PRIOR.-  Don Juan, obedeced.

DON JUAN.-  ¿Sufriréis, reverendo padre...?

CARLOS V.-  Fuerza es sufrir lo que no puede impedirse. Obedeced, don Juan.  (Bajo, apretándole la mano.)  No perdáis la esperanza.

DON JUAN.-  Toda la pongo en vuestra reverencia.

PABLO.-   (Mientras que DON JUAN sale.)  ¡No pudiera venir en peor sazón el padre prior!



Escena XVII

 

CARLOS V, DON RODRIGO, PABLO.

 

CARLOS V.-  ¿Un obstáculo os abate, don Rodrigo? A mí me despierta, me estimula. Paréceme ya ser otro.

PABLO.-  (¡Cómo se mueve! ¡Cómo anda! ¡Ha olvidado la gota!)

CARLOS V.-  Lucharé, triunfaré. Don Rodrigo, no sois el que erais, ¿Tenéis miedo? Quien piensa en el vencimiento está ya medio vencido.  (Bajo.)  ¿No perdíamos las primeras tres horas la batalla de Pavía? Y con todo...  (Con impaciencia.)  No tengo más que dos horas. ¡Esta cabeza otro tiempo tan fecunda!  (Se sienta.)  ¿No podrá inventar ya nada?

PABLO.-   (Retirando la escala de la ventana.)  La comunidad baja a la huerta. Los padres se encaminan a la sala de capítulo para la elección. ¿No ha de asistir vuestra reverencia?

CARLOS V.-  ¡Silencio! ¡Dejadme en paz con vuestra elección!  (Levantándose.)  (¡Ah! ¡Por vida mía! Doy en ello. Ese prior manda. ¡Y si pudiese yo mandar a mi vez!)  (Alto.)  Don Rodrigo, ¿os acordáis de cierta elección que metió algún ruido en el mundo?

DON RODRIGO.-  ¡Mal pudiera olvidarla, aunque no fuese sino por las cartas que en aquella sazón escribí, sin contar con las posdatas!

CARLOS V.-  Eso es precisamente lo que vais a volver a hacer. Presto, acercaos a esta mesa.

PABLO.-   (Mirando por la ventana.)  Se dividen en corrillos. Lo menos tienen aún para media hora de intrigas antes de entrar.

CARLOS V.-   (Tomando plumas y papel.)  ¿Media hora?

PABLO.-  Mi tío grita, el padre Timoteo predica como un pico de oro, y el padre prior, para ser reelegido, da su bendición a todo el mundo.

CARLOS V.-  Presto, novicio, aquí; con la mejor letra posible...

PABLO.-   (Una rodilla en tierra, pronto a escribir sobre un misal.)  Ya estoy.

CARLOS V.-  Y yo...  (Buscando donde ponerse, y colocándose por fin en el reclinatorio.)  Yo allí. ¡Atención! Empiezo a dictar. A ti, Pablo, para el padre Timoteo. «Mi muy elocuente amigo.».A vos, Rodrigo, para el padre procurador. «Muy reverendo padre.»  (Escribiendo él mismo.)  «Mi muy caro padre lector.»

PABLO.-  Ya está. (Mal año, si sé dónde va a parar.)

CARLOS V.-   (A PABLO.)  «Apruebo la santa ambición que manifestáis de predicar delante de la corte y duéleme haberme de resignar voluntariamente a perder el fruto de vuestras edificantes pláticas.»  (A DON RODRIGO.)  «Varias veces me habéis ofrecido vuestro voto, y los de vuestros amigos si yo creyese perjudicar en lo más mínimo a nuestro buen prior aceptándolos, los tornaría a rehusar, pero...».

DON RODRIGO.-  Demasiado de prisa, reverendo padre, demasiado de prisa.

CARLOS V.-  (¡Pobre don Rodrigo! Está gastado.)

PABLO.-  «Edificantes pláticas.»

CARLOS V.-   (A PABLO continuando la suya.)  «Si la comunidad me confiriese hoy, merced a vuestro voto y a los de vuestros parciales, una autoridad que me permitiese disponer de vuestra reverencia para enviarlo a la corte, podríais contar en ella con mi apoyo.»

PABLO.-   (Escribiendo.)  (¿Querrá ser prior?)

DON RODRIGO.-  «Tornaría a rehusar, pero...».

CARLOS V.-  «Pero algunos votos favorables en el primer escrutinio me serían ocasión de gran contento, sin perjudicar por eso, Dios me libre, a la elección del más digno. Vuestro mejor amigo.» ¿Estáis ya, novicio?

PABLO.-  Ya espero.

DON RODRIGO.-  (Ya está en su elemento. ¡Tres cartas a la vez!)

CARLOS V.-  «Privar al rey, padre Timoteo, de un ingenio como el vuestro fuera pecar; quiero más hacer doblemente penitencia pasando toda una cuaresma sin oíros.»

PABLO.-  ¡Esa frase ha de llegarle al alma!

CARLOS V.-  Escribe, escribe.  (Leyendo la carta que acaba de escribir.)  «Mi muy caro y muy reverendo padre lector: voy a ser franco con vos, que sois la franqueza misma. Quiero ser prior. Os pido, pues, vuestro voto y el de los amigos de que disponéis, en nombre del novicio que os ha de entregar estas letras. Vos conocéis a su padre y yo también. Remolcad, pues, mi galera a buen puerto, o vive Dios que echo a pique la vuestra. Siempre monje, hablaré: prior, os juro secreto. Con esto, caro lector, buen viento, y Dios salve el honor de nuestro pabellón.»  (Corriendo hacia PABLO.)  Dame que lo firme, y pliega esa carta.

PABLO.-  ¡Oh! Yo os fío que tendréis esos votos; pero si vuestra reverencia hace pasar a su bordo a mi tío con toda su tripulación, el triunfo ha de ser completo.

CARLOS V.-   (Alegremente.)  En el cual habréis tenido, novicio, más parte de la que pensáis.

PABLO.-  ¡Ah!

CARLOS V.-  Porque vais a ser mi mensajero para con él.

PABLO.-  No haga tal vuestra reverencia: ved que no gusta de los novicios.

CARLOS V.-  No importa: llevadle esas letras.

PABLO.-  Al punto.

CARLOS V.-  Y deslizad la que habéis escrito en la manga del padre Timoteo.

PABLO.-  Entiendo.

CARLOS V.-  Averiguad de paso dónde está don Juan.

PABLO.-   (Enseñándole la llave.)  Más que eso he de hacer.

CARLOS V.-  ¡Presto! ¿Pero vais saltando? Hermano Pablo, vuestra misión es grave.

PABLO.-   (Devotamente, y cruzando los brazos sobre el pecho.)  El espíritu del Señor sea con vos, reverendo padre.

CARLOS V.-  (Está visto: he de volverle hipócrita. De eso habré de acusarme.)



Escena XVIII

 

CARLOS V, DON RODRIGO.

 

DON RODRIGO.-  Ved aquí mi carta.  (CARLOS la firma.)  ¿La cierro?

CARLOS V.-  Todavía no. «Post scriptum»

DON RODRIGO.-  ¡Ah!

CARLOS V.-  «El cardenal secretario de Estado acaba de poner a mi disposición el capelo vacante en el sacro colegio. He oído encarecer los merecimientos y virtudes de vuestro pariente el obispo de Segorbe. Haced que nos veamos después de la elección.»

DON RODRIGO.-  Un post-scriptum como los de aquellos tiempos.

CARLOS V.-  ¿Me reconocéis, don Rodrigo?

DON RODRIGO.-  ¿El sobre?

CARLOS V.-  No hay para qué. Buscad al padre procurador, y entregadle vos mismo ese pliego.

DON RODRIGO.-   (Con inquietud.)  Yo, señor...

CARLOS V.-  ¿No sabéis que los que os han de prender no han entrado en el monasterio?

DON RODRIGO.-  Cierto. Ese era mi pensamiento. Siempre me ha adivinado vuestra reverencia. Obedezco.



Escena XIX

 

CARLOS V.

 

CARLOS V.-  ¡Ánimo, mi antiguo consejero! ¡Alerta, mi buen paje! Ya están en campaña mis estafetas tras un priorato, como en otro tiempo tras un cetro de emperador. ¡Extraño caso! La elección de algunos monjes en un monasterio de Extremadura no me había agitado menos que la de mis electores coronados en la gran dicta de Francfort. Pero devolver la libertad a mi hijo, y devolvérsela por sólo el esfuerzo de mi voluntad, ésa sería la mejor de mis victorias.  (Acercándose a la ventana.)  Pablo, Pablo, ¿llegaréis tarde? No, ya está. Detiene al padre Timoteo tirándole de la manga. Éste ya es mío. No puedo decir otro tanto de nuestro incorruptible padre procurador. ¿Y el padre Lorenzo? ¿Cederá? Dudo... mi corazón quiere salir del pecho, mi sangre hierve.



Escena XX

 

CARLOS V, PABLO sin aliento.

 

CARLOS V.-  ¿Y bien? ¿Habéis visto al padre Timoteo?

PABLO.-  Leyó vuestras letras, diome un golpecito en la mejilla, y me añadió dulcemente: Soy suyo, enteramente suyo, hijo mío.

CARLOS V.-  ¿Y vuestro tío?

PABLO.-  ¡Oh! No bien hubo leído se volvió rojo como la lumbre; mirome de través...

CARLOS V.-  ¿Qué más?

PABLO.-  Por ese lado nada. Hizo añicos el papel. «He ahí, añadió con voz de trueno, he ahí mi respuesta, instrumento de corrupción.» Y acabando con una blasfemia, reverendo padre, que no osaré repetiros, fuese furioso a escribir su voto.

CARLOS V.-  (¿Resistirá? Todo el éxito pende de él.)  (A PABLO.)  ¿Y don Juan?

PABLO.-  Al ruido que hacía por evadirse he descubierto su prisión. ¡Cric, crac! La puerta se abre, y echamos a correr los dos; ahí está, en mi celda; pero sin hábito ya, padre, hecho añicos... no le gustan los hábitos.

CARLOS V.-  ¡Que venga, Pablo, que venga!

PABLO.-   (Desde el fondo.)  ¡Don Juan, don Juan!

CARLOS V.-  Por mi parte he usado de todos los medios: amenazas, promesas, toda la gruesa artillería de un día de elección.



Escena XXI

 

Dichos, DON JUAN.

 

DON JUAN.-  ¿Será cierto, padre mío? ¿No me ha engañado Pablo? Cuando yo fío en vos mi libertad, ocupa todo vuestro pensamiento la elección de un prior.

CARLOS V.-  ¿Me culpáis, don Juan? Así juzga el mundo. Pablo, alcanzadme esa espada.

PABLO.-   (Saltando sobre un sitial.)  ¡Jesús! ¡Cuán pesada!

DON JUAN.-   (Desenvainándola.)  Para tu mano, niño, mas no para la mía.

CARLOS V.-  Creo en efecto, hijo mío, que vuestro brazo sabrá honrarla en el peligro.

DON JUAN.-  ¡Contra un ejército entero!

CARLOS V.-   (Cogiéndola.)  Esta arma, don Juan, es harto más preciosa de lo que pensáis: es un presente de ese emperador que vino a morir aquí debajo de un hábito que hubiera sin duda destrozado, como vos, a vuestra edad.

DON JUAN.-  ¡De Carlos V! ¿Vos erais su amigo? Murió acaso en vuestros brazos?

CARLOS V.-  Húbola por derecho de conquista del rey Francisco I en una jornada bien gloriosa para las armas españolas.

DON JUAN.-  ¡La espada de Francisco I! ¿Y pudierais desprenderos de ella?

CARLOS V.-  ¿De qué utilidad puede serle a un monje?

DON JUAN.-  ¡Y en obsequio mío!

CARLOS V.-  Con ciertas condiciones que aquí para ante Dios habéis de jurar cumplir.  (Presentándole la espada desnuda para recibir su juramento.)  ¿Juráis no desenvainarla en causa vuestra, sino en legítima defensa? Juráis que no se vea desnuda sino por orden de vuestro soberano, y que caerá de vuestras manos a su primera indicación; juráis, en fin, que no se verá teñida jamás sino en la sangre de los enemigos del rey y de la monarquía; juraislo así, don Juan?

DON JUAN.-  Lo juro.

CARLOS V.-  Si así lo cumpliereis, Dios os lo tenga en cuenta. Vuestra es, don Juan; ¡presiento que ha de ganar batallas en vuestras manos!!

DON JUAN.-   (Con la espada en la mano.)  ¡Yo haré verdadera vuestra predicción!!!



Escena XXII

 

Dichos; DON RODRIGO, después el PRIOR.

 

DON RODRIGO.-  ¡Una mayoría victoriosa! ¡Una elección completa!

CARLOS V.-  ¡Alegre nueva, que no pudiera traerme mensajero ninguno más agradable!  (Bajo.)  ¿Sabéis, don Rodrigo, que aun pudiera yo triunfar en un cónclave?

DON RODRIGO.-  (Fuerza era que le ocurriese.) El prior me sigue para daros el parabién, y resignar, mal que le pese, su autoridad en vuestras manos.

PABLO.-  Me ha cogido mis naranjas, y yo le he cogido sus votos.

CARLOS V.-   (A DON RODRIGO.)  Tened presentes mis últimas instrucciones: no dejéis un punto solo a don Juan; sed su sombra; es servicio que de vos reclama mi antigua amistad.

DON RODRIGO.-  ¿Podéis dudar de mi lealtad?

PRIOR.-   (Entrando.)  Huélgome, reverendísimo padre, de ser el primero en daros el parabién: vuestra elección me colma de contento, y desde este punto juro obediencia a mi prior.

CARLOS V.-  Sé, padre, cuán sinceras son vuestras felicitaciones, y quiero desde ahora poner a prueba vuestro buen celo y esa misma obediencia de que dais ejemplo. Conducid a don Rodrigo y don Juan.

PRIOR.-   (Sorprendido.)  ¡Este mozo aquí!

CARLOS V.-  Conducidlos vos mismo fuera de las tapias del monasterio.

PRIOR.-  ¡Yo mismo! Vuestra reverencia... las órdenes del rey...

CARLOS V.-   (Severamente.)  Reverendo padre, yo mando aquí.  (EL PRIOR se inclina.) 

DON JUAN.-  ¡Qué injusto fui!

PABLO.-  ¡El padrecito es más que hombre!

DON RODRIGO.-   (Bajo a CARLOS.)  ¿Sois prior, señor?

CARLOS V.-   (Bajo a DON RODRIGO.)  Todo se reduce a una abdicación más o menos.

DON RODRIGO.-  (Está poseído del espíritu de la abdicación.)

PRIOR.-   (A DON JUAN y DON RODRIGO.)  Seguidme.  (DON JUAN se arroja en brazos de CARLOS V; DON RODRIGO le besa la mano y sale.) 



Escena XXIII

 

CARLOS V, vueltos los ojos hacia la puerta por donde acaba de salir DON JUAN; PABLO.

 

CARLOS V.-  Anda, mancebo generoso; así de lejos, como de cerca, siempre velaré sobre ti.  (Viniendo hacia la orquesta.)  He salido de mi empresa con honor. Ahora abdiquemos segunda vez.

PABLO.-   (Juntando las manos en ademán de súplica.)  Reverendísimo padre, ¿vuestra reverencia no se acordará más de mi llave ni de mi escala de cuerdas?

CARLOS V.-  Hasta mañana a la noche no.

PABLO.-  (¡Mal año para mí si me encuentra aquí mañana!)

CARLOS V.-   (Dejándose caer en un sillón.)  No puedo más de cansancio. ¡Pero éste es el primer día que he pasado en esta casa sin consultar mis relojes!!!