«El desierto» y la literatura en alemán
Berta Vias Mahou
El desierto, para mí, que apenas me han educado desde el punto de vista religioso, es algo relacionado con la claridad, con la vida sencilla. Pero he llegado a saber que el desierto es el lugar de la revelación. Que para algunos está poblado de demonios, aunque según parece también puede haber por allí ángeles, tan escasos como en cualquier otro rincón del mundo. Que para otros es el corazón, el lugar de la vida interiorizada, porque la sequedad ardiente es por excelencia el clima de la espiritualidad, mientras que la humedad se ha considerado siempre un símbolo de corrupción moral. El desierto es también el lugar del castigo de Israel. Aunque también para los hebreos, que vivían en cautividad en Egipto, salir al desierto era el primer paso para llegar a la Tierra Prometida.
Esa tierra prometida que tal vez no esté más que en nuestro corazón, que es lo que nos enseña a veces la vida o algunos libros, como esta novela de Franz. En cuanto a su desierto, el de Pampa Hundida, es todo un universo. Una invención literaria magnífica.
Por deformación profesional -como traductora de alemán-, me gustaría hablar de los ecos de la literatura y la filosofía en lengua alemana que he encontrado en este libro de Franz, aunque también los haya de la literatura y la filosofía griegas o de la literatura y la filosofía judías. Todo ello, bien anclado en la tradición latinoamericana. Y es que la buena literatura habla siempre de lo mismo, pues, como somos sordos y ciegos, necesitamos que nos lo vuelvan a decir una y otra vez, con las mismas palabras o con otras diferentes o parecidas. Y en ese sentido, me temo que la de Franz es otra voz que clama en el desierto. La maldad, la culpa, la justicia, la memoria, la vejez, la muerte de las ilusiones o los sueños insaciables de prosperidad material son algunos de los temas de esta novela.
Creo que en ella es indudable la influencia de Kafka, de su relato «Ante la ley», con ese hombre apostado siempre ante la puerta, que al final descubre que nunca se abrirá para él, porque se ha limitado a quedarse esperando, en lugar de entrar sin más. Algunas escenas de El desierto me han traído a la memoria otras de El proceso o de El Castillo, como la visita a la iglesia en penumbras por parte de Joseph K., que en la novela de Franz es la basílica de Pampa Hundida. También la cantidad de camas, catres y camastros que coexisten de manera absurda y al mismo tiempo natural con el ejercicio de la justicia.
También está muy presente el eterno retorno de Nietzsche, la idea de las tres transformaciones del espíritu (del camello que, paciente, lleva la carga al león que se rebela y dice «no»
. Y de él al niño, que juega y crea sin fin). En la novela de Franz se dice: «Sean como yo, la madre original, quien, creando constantemente, encuentra satisfacción en el turbulento flujo de las apariencias»
. Y está presente Marx, con esa frase recurrente en boca de uno de los personajes: «Las tragedias, cuando se repiten, lo hacen como farsas»
. Y Wittgenstein, con la última premisa del Tractatus: «Sobre lo que no es posible hablar, es preferible callar»
.
Franz cita también a Goethe o, mejor dicho, a Fausto antes de pactar con el diablo: «Estudié filosofía, jurisprudencia... Pobre de mí, hoy me encuentro tan ignorante como al principio»
. Lo mismo le ocurre a Laura Larco, esa juez armada de una balanza y una espadita de juguete que, después de haber pactado con el demonio, se marcha a Berlín a estudiar filosofía y a escribir. El protagonista de El hombre aparece en el Holoceno del suizo Max Frisch, un viejo solitario que vive en las montañas, lo resume muy bien. ¿Qué le queda al hombre al final de su vida?, se pregunta. Y llega a la siguiente conclusión: «El hombre sigue siendo un profano»
. Tal vez porque, por más que aprenda o, mejor dicho, por más que estudie, olvida lo más elemental. La juez Laura Larco dice: «Tanto estudio sólo para olvidar lo que sabía»
. Y en otra ocasión: «Tengo nostalgia de cuando no sabía»
.
Hay pasajes en El desierto de Carlos Franz que tienen la fuerza del teatro poético de Kleist. Por ejemplo, cuando Laura Larco monta el purasangre del mayor o coronel Cáceres hasta casi matarlo, pues el animal, desbocado, quiere matarla a ella. Laura confiesa a su hija que, tirada en el suelo, junto al caballo agónico o tal vez ya muerto, quiso arrancarle la lengua, meter el brazo por la garganta, alcanzarle el corazón mordido, sacárselo, comérselo y revolcarse en su sangre. Al leerlo, pensé en la Pentesilea de Kleist, cuando vence a Aquiles, su rival, del que está perdidamente enamorada, y se lo come sin saber lo que está haciendo.
Adorno escribió que después de Auschwitz ya no sería posible la poesía. «Pero -y cito a Carlos Franz- Adorno olvidaba que si en Auschwitz fue posible la poesía, como lo han testificado varios supervivientes, con mucha mayor razón lo sería después»
. Es cierto. Jean Améry (cuyo verdadero nombre era Hans Mayer) es uno de los escritores que lo ha podido contar: habla de su necesidad de Proust, de los relatos de Schnitzler y de los álamos mecidos por la brisa del mar del norte. O Ruth Klüger, a la que la recitación poética ayudaba a soportar la dureza de los trabajos forzados. Como Franz, han demostrado que Adorno no tenía razón. Escribiendo y haciéndolo sobre el horror.
Si tuviera que elegir uno o dos capítulos de este libro, me quedaría con el 18 y el 19, en los que, en ese juego continuo entre pasado y presente, entre la recuperación de la memoria y la recuperación de la vida, se habla del Génesis, concretamente del pasaje en el que un ángel ofrece salvar a una ciudad si alguien es capaz de encontrar diez justos en ella, así como de una clase magistral con El nacimiento de la tragedia de Nietzsche como objeto de estudio. Al fin y al cabo, el lema que abre el libro de Franz es una frase de esa misma obra: «Desde ahora, en cada alegría exuberante se oirá un trasfondo de terror»
.
Franz nos recuerda lo que se dice al final en el Génesis: «Pero la ciudad no se salvó»
. Es decir, no se halló un solo justo. Y parece anunciar que la ciudad de Pampa Hundida tampoco se salvará. En la obra de Brecht El alma bella de Sezuán son los dioses los que bajan a la tierra, pero sólo encuentran un alma bella, la de una prostituta llamada Shen Te. En la ciudad de Pampa Hundida hay, al menos, un inocente, uno de esos seres que pululan por las historias de autores como Walser o Kafka, quien a la pregunta de si había alguna esperanza, respondió: «Sí. Sólo que no para nosotros»
. Tal vez se refería a que esos seres inocentes, de los que también habla Franz, son los únicos que tienen derecho a la esperanza.
El profesor, en esa clase de Derecho que se describe en El desierto, propone a sus alumnos que elijan en qué bando quieren sentarse, si en el de los apolíneos o en el de los dionisíacos. Naturalmente, la mayoría se sienta en el de los dionisíacos. Poco después el profesor les pide que hagan el ejercicio del sofista: exponer lo que creen y acto seguido defender lo contrario de lo que creen. A lo largo del curso, como a lo largo de la novela, los alumnos, y los lectores de Franz, van descubriendo dónde habría que sentarse. Como también que saber es sufrir y que los seres humanos no son hijos de sus certezas, sino de sus contradicciones.
Bajo todo esto, en el horizonte de aire líquido, entre bombos y tambores, penitentes disfrazados de demonios y danzantes con trajes cubiertos de pedrería, trozos de latón y de espejos, en esa festividad a la que según una viejísima leyenda asiste un diablo verdadero, están los desaparecidos en Chile tras el golpe militar de 1973. Los desaparecidos, la peste más triste y más terrible de América Latina. «Todo Chile es una lápida»
, dice uno de los personajes de Franz. Y al fondo se oyen las descargas de los fusilamientos. Como se olía en Alemania la carne quemada.
Hoy despedimos de España a Carlos Franz. Me gustaría recordar una despedida literaria que me parece que viene muy al caso. Aparece al final de la novela Jakob von Gunten del suizo Robert Walser, un libro melancólico y feroz, como lo es El desierto de Franz. El protagonista de Walser, ese aspirante a la insignificancia, a la nada, hace el equipaje para marchar al desierto. Antes de salir escribe: «Yo, individuo aislado, no soy más que un cero a la izquierda. Y ahora al traste con la pluma. ¡Al traste con las ideas! Me voy al desierto con Herr Benjamenta. Quiero ver si en medio del páramo también es posible vivir, respirar, ser, desear y hacer sinceramente el bien, y dormir por la noche y soñar. Ahora no quiero pensar en nada más. ¿Tampoco en Dios? ¡Tampoco! Dios estará conmigo. ¿Qué necesidad tengo de pensar en Él? Dios está con los que no piensan»
.
Jakob dice adiós al mundo de la vanidad, de las racionalizaciones, el de las leyes sin deseo (como dice Franz), ese mundo exigente, a menudo tan despiadado como el de la naturaleza, para irse al desierto, como antes lo hacían los santos, a no pedirle nada a la vida, a vivir, lo que no es poco. Espero que la marcha de Carlos no sea tan radical, que sólo se vaya a Chile, y no al desierto, porque, por lo que he tenido el placer de leer de su obra, es evidente que ya ha estado en el desierto y que ha aprendido lo que hay que aprender allí («Pasados los cuarenta, la vida ya nos ha matado más de una vez»
, escribe la juez Laura Larco). Sé que Carlos va mucho mejor acompañado que Jakob, porque le acompañan su mujer y su hija, Serena. Espero también que no deje la pluma. Que Dios, si existe, esté con él. Le deseo, como deseaba Jakob von Gunten para sí mismo, que se dedique a vivir, a respirar, a ser, a desear y a hacer el bien, a dormir por la noche y a soñar. Que no desaparezca como un espejismo en el desierto de Pampa Hundida.
Madrid, 1 de diciembre del 2011.