No proceden de Dios los males que afligen a la tierra, porque Dios es amor, y cuanto ha hecho es bueno; proceden, sí, de Satanás, quien Dios ha maldecido, y de los hombres que han adoptado a Satanás por padre y por señor.
Empero los hijos de Satanás son infinitos en el mundo. A medida que pasan, Dios escribe sus nombres en un libro sellado, que será abierto y leído de todos a la consumación de los tiempos.
Hay hombres que no aman sino a sí mismos; y estos son hombres de odio, porque no amar sino a sí mismo es aborrecer a los demás.
Hay hombres de orgullo, que no pueden sufrir iguales, que quieren mandar siempre y dominar.
Hay hombres de codicia, que solicitan oro de continuo, honores, goces, y que nunca de ellos se ven hartos.
Hay hombres de rapiña que acechan al débil para despojarle, ora por fuerza, ora por arterías, y que giran de noche cabe la morada de la viuda y del huérfano.
Hay hombres de homicidio, que abrigan pensamientos violentos, que dicen: Sois nuestros hermanos; y matan a los que llaman hermanos, tan pronto como los sospechan de oponerse a sus designios, y que escriben leyes con su sangre.
Hay hombres de miedo, que tiemblan ante el malvado, y bésanle la mano, creyendo de esa suerte sustraerse a su opresión, los cuales, cuando un inocente se ve atacado en medio de la plaza pública, se apresuran a recogerse en su casa, y a cerrar las puertas.
Esos hombres todos han destruido la paz, la seguridad y la libertad en la tierra.
No alcanzaréis pues libertad, seguridad, ni paz sino peleando en contra de ellos sin cesar.
La ciudad que han construido es ciudad de Satanás; a vosotros toca reedificar la ciudad de Dios.
En la ciudad de Dios, ama cada cual a sus hermanos como a sí mismo, y por eso no se ve en ella ninguno desamparado, y no padece ninguno, si remedio hay para sus padecimientos.
En la ciudad de Dios, son todos iguales, nadie domina, porque en ella sólo reinan la justicia y el amor.
En la ciudad de Dios, posee cada cual sin género de temor lo que le pertenece, sin codiciar nada más, porque lo que es de cada uno es de todos, y todos poseen a Dios, que encierra en sí los bienes todos.
En la ciudad de Dios, ninguno sacrifica a los demás a su interés propio, sino antes cada uno está siempre dispuesto a sacrificarse por los demás.
Si en la ciudad de Dios se introduce un malvado, apártanse todos de él, y aúnanse todos para sujetarle, o expulsarle, porque el malvado es el enemigo de cada uno, y el enemigo de cada uno es el enemigo de todos.
Cuando hayáis reedificado la ciudad de Dios, reverdecerá la tierra, y tornarán a florecer los pueblos, porque entonces habréis vencido a los hijos de Satanás que oprimen a los pueblos y asuelan la tierra, a los hombres de orgullo, a los hombres de rapiña, a los hombres de homicidio, y a los cobardes.
Si se vieran los opresores de las naciones abandonados a sí mismos, sin apoyo, sin auxilio extranjero, ¿qué podrían en contra de ellas?
Si para mantenerlas en la servidumbre no tuvieran más auxilio que el auxilio de aquellos a quienes la servidumbre aprovecha, ¿qué significaría tan corto número contra pueblos enteros?
La sabiduría de Dios ha ordenado las cosas de esa suerte, a fin de que los hombres puedan siempre resistir a la tiranía; y tornaríase la tiranía imposible, si comprendiesen los hombres la sabiduría de Dios.
Pero, habiendo vuelto el pensamiento a otros fines, los dominadores del mundo han opuesto a la sabiduría de Dios, que los hombres no comprendían, la sabiduría del príncipe de este mundo, de Satanás.
Y Satanás, rey de los opresores de las naciones, les sugirió, para asegurar su tiranía, una astucia infernal.
Díjoles: He aquí lo que habéis de hacer. Tomad en cada familia los mancebos más robustos, y dadles armas; adiestradlos a manejarlas, y ellos pelearán por vosotros contra sus padres y sus hermanos; porque yo les haré creer que es acción gloriosa.
Yo les fabricaré dos ídolos, que habrán por nombre Honor y Fidelidad, y una ley que se llamará Obediencia pasiva.
Y adorarán esos ídolos y se someterán ciegamente a esa ley, porque seduciré su entendimiento, y ya nada tendréis que temer.
Hicieron los opresores de las naciones lo que Satanás les había dicho, y también cumplió Satanás lo que prometido había a los opresores de las naciones.
Viose entonces a los hijos del pueblo levantar los brazos contra el pueblo, degollar a sus hermanos, aherrojar a sus padres, y desconocer hasta las entrañas que los habían criado.
Cuando se les decía: En nombre de cuanto es en el mundo sagrado, meditad la injusticia, pensad en la atrocidad de lo que os mandan, respondían ellos: Nosotros no pensamos; obedecemos.
Y cuando se les decía: ¿No queda en vosotros destello alguno de amor a vuestros padres, a vuestras madres, a vuestros hermanos? respondían: Nosotros no amamos; obedecemos.
Y cuando se les mostraban los altares del Dios que ha criado al hombre, y del Cristo que le ha redimido, exclamaban: Esos son los Dioses de la patria: nuestros Dioses, empero, son los Dioses de sus señores, la Fidelidad y el Honor.
Yo os lo digo en verdad, desde la seducción de la primera mujer por la Serpiente, no ha vuelto a haber más espantosa seducción que esta.
Empero toca a su término. Cuando el espíritu malo fascina las almas rectas, es sólo por cierto tiempo. Pasan como al través de horrible ensueño, y al despertarse bendicen a Dios que las ha aliviado de aquel tormento.
Esperad algunos días más, y aquellos que peleaban en favor de los opresores pelearán en favor de los oprimidos; aquellos que peleaban por mantener en cadenas a sus padres, a sus madres, a sus hermanos, pelearán por emanciparlos.
Y huirá Satanás al abismo con los dominadores de las naciones.
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear por Dios y los altares de la patria.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear por la justicia, por la causa santa de los pueblos, por los derechos sagrados del género humano.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear para libertar a mis hermanos de la opresión, para quebrantar sus cadenas, las cadenas del mundo.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear contra los hombres inicuos, en favor de aquellos a quienes oprimen y huellan con los pies, contra los amos en favor de los esclavos, contra los tiranos en favor de la libertad.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear para que de hoy más no sean todos presa de unos pocos, para enderezar las cabezas inclinadas, y sostener las rodillas que flaquean.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear para que hoy más no maldigan los padres el día en que les fue dicho: Un hijo os ha nacido; ni las madres aquel en que le estrecharon por primera vez contra su seno.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear para que de hoy más no se acongoje el hermano viendo a su hermana marchitarse como la hierba que la tierra rehúsa alimentar; para que en adelante no contemple llorosa la hermana al hermano que parte y que no ha de volver.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear para que coma en paz cada uno el fruto de su trabajo; para enjugar las lágrimas de los pequeñuelos que piden pan, y a quienes responden: Ya no hay pan; hannos llevado el que nos quedaba.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear por el pobre, para que en adelante no vuelva a ser despojado de la parte que en común herencia le toca.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear para extirpar el hambre en las cabañas, para tornar a las familias la abundancia, la seguridad y el contento.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear para devolver a aquellos que fueron por los opresores lanzados en los calabozos el aire que falta a su respiración, y la luz que sus ojos buscan.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado?
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear para echar por tierra las barreras que separan los pueblos, y los impiden abrazarse como hijos del mismo Padre, destinados a vivir unidos en un mismo amor.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear para emancipar de la tiranía del hombre el pensamiento, la palabra, la conciencia.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
Joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear por las eternas leyes emanadas de arriba, por la justicia que protege los derechos, por la caridad que endulza los males inevitables.
¡Benditas sean tus armas, joven soldado!
joven soldado, ¿adónde vas?
Voy a pelear para que tengan todos un Dios en el cielo, y una patria en la tierra.
¡Benditas sean tus armas, siete veces benditas, joven soldado!
¿Por qué os fatigáis vanamente en vuestra miseria? Vuestro deseo es bueno, empero no sabéis cómo llevarle a cabo.
Tened presente esta máxima: Sólo aquel puede devolver la vida, que ha dado la vida,
Sin Dios, nada conseguiréis.
Os volvéis y revolvéis sobre vuestro lecho de dolor; ¿qué alivio habéis encontrado?
Habéis derribado algunos tiranos, y tras ellos han venido otros peores que los primeros.
Habéis abolido las leyes de servidumbre, y habéis recibido leyes de sangre, y otra vez leyes de servidumbre.
Desconfiad pues de los hombres que se interponen entre Dios y vosotros, porque su sombra os le oculta. Esos hombres abrigan malos designios.
Porque de Dios procede la fuerza que emancipa, porque de Dios procede el amor que une.
¿Qué cosa puede hacer en favor vuestro un hombre que no tiene más regla que su pensamiento, ni más ley que su voluntad?
Aun entonces cuando procede de buena fe, y cuando no anhela sino el bien, es fuerza que os dé su voluntad por ley, y por regla su pensamiento.
Ahora bien, no hacen otra cosa los tiranos.
No vale la pena de trastornarlo todo, y de exponerse a todo, para poner en lugar de una tiranía otra tiranía.
No consiste la libertad en que sea este quien domine en vez de esotro; sino en que no domine ninguno.
Pero donde Dios no reina, fuerza es que domine un hombre; y eso se ha visto en todos tiempos.
El reinado de Dios, yo os lo digo de nuevo, es el reinado de la justicia en los ánimos, y el de la caridad en los corazones: y estriba sobre la tierra su fundamento en la fe en Dios, y en la fe en el Cristo, que ha promulgado la ley de Dios, la ley de caridad y la ley de justicia.
La ley de justicia enseña que todos son iguales ante su Padre, que es Dios, y ante su único Señor, que es el Cristo.
La ley de caridad les enseña a amarse y a ayudarse mutuamente, como hijos de un mismo Padre y discípulos de un mismo Maestro.
Y entonces son libres, porque ninguno manda a otro, si no ha sido libremente escogido por todos para mandar, y no puede arrebatarles nadie su libertad, porque están todos unidos para defenderla.
Empero los que os dicen: Hasta nosotros no se ha sabido lo que es justicia; la justicia no procede de Dios, sino del hombre; fiaos de nosotros, y nosotros os fabricaremos una que os satisfaga:
Esos os engañan, o, si os prometen sinceramente la libertad, engáñanse a sí mismos.
Porque exigen de vosotros que los reconozcáis señores, y de esa suerte no sería vuestra libertad sino otro género de obediencia a esos nuevos señores.
Respondedles que vuestro señor es el Cristo, que no queréis otro ninguno, y el Cristo os emancipará.
Habéis menester gran paciencia e infatigable valor, porque no venceréis en un día.
La libertad es el pan que los pueblos tienen que ganar con el sudor de su frente.
Empiezan muchos con ardor, y cánsanse después, antes de haber llegado a la estación de la recolección.
Parécense a los hombres muelles y cobardes que, no pudiendo soportar el trabajo de arrancar en su heredad las malas hierbas a medida que crecen, siembran y no recogen, porque han dejado que fuese la buena semilla sofocada.
Yo os lo digo, siempre hay hambre en ese país.
Parécense también a los hombres insensatos, que, después de haber edificado hasta el tejado una casa para albergarse en ella, déjanla sin cubrir y tejar, por no tomarse un poco más de trabajo.
Sobrevienen los vientos y las aguas, y viénese la casa al suelo, y vense de repente los que la habían construido sepultados debajo de sus ruinas.
Aun cuando se hubiesen visto malogradas vuestras esperanzas no sólo siete veces, sino setenta veces siete veces, no perdáis nunca la esperanza.
Cuando hay fe, la justa causa acaba por triunfar, y aquel se salva que persevera hasta el fin.
No digáis: Es demasiado sufrir para alcanzar bienes que han de lograrse tan tarde.
Si llegan esos bienes tarde, si sólo por poco tiempo gozáis de ellos, o aun si no os fuese dado alcanzarlos, gozarán de ellos vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos.
Ved que sólo tendrán lo que vosotros les dejéis; ved si queréis dejarles grillos, y hambre, y el azote en herencia.
Aquel que se pregunta a sí mismo cuánto vale la justicia, profana la justicia en su corazón; y el que calcula lo que cuesta la libertad, renuncia en su corazón a la libertad.
La libertad y la justicia os pesarán en la misma balanza en que las hayáis vosotros pesado. Aprended pues a conocer su precio.
Pueblos hay que no lo han conocido, y nunca miseria igualó su miseria.
Si hay en la tierra alguna cosa verdaderamente grande, es la resolución firme de un pueblo que camina bajo los auspicios de Dios, sin cansarse un momento, a la conquista de los derechos que de él recibió; que no cuenta ni sus heridas, ni los días pasados sin descanso, ni las noches vacías de sueño, y que se dice a sí mismo: ¿Qué es todo esto? Bien merecen la justicia y la libertad mayores sacrificios.
Podrá experimentar infortunios, reveses, traiciones, y verse vendido por algún judas. Nada, empero, será bastante a desanimarle.
Porque yo os lo digo en verdad, aun cuando bajase como el Cristo al sepulcro, como el Cristo saldría de él al tercero día, vencedor de la muerte, y del príncipe de este mundo y de los ministros del príncipe de este mundo.
El labrador soporta el peso del día, expónese a la lluvia, al sol, a los vientos para preparar con su trabajo la cosecha que ha de llenar por otoño sus graneros.
La justicia es la cosecha de los pueblos.
Levántase el artesano antes del alba, y enciende su pobre lámpara y afánase sin cesar para ganar un poco de pan que le alimente a él y a sus hijos.
La justicia es el pan de los pueblos.
No rehúsa el mercader tarea alguna, ni se queja de ningún trabajo; desgasta su cuerpo, y olvida el sueño a fin de acumular riquezas.
La libertad es la riqueza de los pueblos.
Cruza el marinero los mares, entrégase a las olas y a las tempestades, aventurase entre escollos y sufre el frío y el calor, a fin de proporcionarse algún descanso para la vejez.

La libertad es el descanso de los pueblos.
Sujétase el soldado a las más duras privaciones, vela y pelea, y da su sangre por lo que llama gloria.
La libertad es la gloria de los pueblos.
Si hay en la tierra un pueblo que estime en menos la justicia y la libertad que el labrador su cosecha, el artesano un pedazo de pan, el mercader las riquezas, el marinero el descanso, y el soldado la gloria, levantad en derredor de ese pueblo una altísima muralla, a fin de que su aliento no inficione el resto de la tierra.
Cuando luzca el gran día del juicio final de los pueblos, serales dicho: ¿Qué hiciste de tu alma? No ha sido vista de ella ni señal ni huella. Todo lo han sido para ti los goces del bruto. Has gustado del lodo, anda a pudrirte en el lodo.
Y, por el contrario, el pueblo que por encima de los bienes materiales haya colocado en su corazón los bienes verdaderos, que para conquistarlos no haya perdonado medio ni fatiga, trabajo ni sacrificio, oirá estas palabras:
A los que tienen alma, la recompensa de las almas. Por cuanto has amado más que todas las cosas la libertad y la justicia, ven y posee para siempre la justicia y la libertad.
¿Creéis que el buey criado en el establo para uncirlo al yugo, y cebado después para el matadero, sea más envidiable que el toro que busca libre su pasto por el campo?
¿Creéis que el caballo ensillado y embridado, que encuentra siempre abundante forraje en el pesebre, goce de mejor suerte que el caballo padre que, libre de toda traba, galopa por el campo sueltamente?
¿Creéis que el capón, al cual arrojan el grano en el corral, sea más dichoso que la paloma torcaz que a la mañana no sabe aún en dónde ha de encontrar el alimento de cada día?
¿Creéis que el que tranquilo se pasea en uno de esos sotos que llaman reinos, lleve vida más dulce que el fugitivo que de monte en monte, y de peñasco en peñasco, se anda henchido el corazón con la esperanza de crearse una patria?
¿Creéis que el siervo imbécil, sentado a la mesa de su señor, saborea muy más sus manjares delicados, que el soldado de la libertad su pedazo de pan negro?
¿Creéis que el que duerme con la soga al cuello sobre la paja que le ha extendido el amo, goce sueño mejor que aquel que después de haber peleado durante el día para no depender de nadie, descansa algunas horas en la noche sobre el suelo en un rincón de una heredad?
¿Creéis que el cobarde, que arrastra por todas partes la cadena del esclavo, viva menos cargado que el hombre de corazón que arrastra los grillos del prisionero?
¿Creéis que el hombre tímido que expira en el lecho, sofocado por el aire corrompido que rodea a la tiranía, tenga una muerte más envidiable que el hombre animoso que devuelve a Dios en el patíbulo su alma, libre, como de él la recibió?
El trabajo existe en todas partes, y en todas partes el sufrimiento; sólo que hay trabajos estériles y trabajos fecundos, sufrimientos infames y gloriosos sufrimientos.
Íbase errante por la tierra. ¡Dios guíe al pobre desterrado!
He pasado por medio de los pueblos, y me han mirado, y yo los he mirado, y no nos hemos conocido. El desterrado en todas partes está solo.
Cuando a la caída del día veía elevarse del fondo de algún valle el humo de tal cual cabaña, decíame a mí mismo: Dichoso aquel que encuentra a la noche el hogar doméstico, y se sienta en él en medio de los suyos. El desterrado en todas partes está solo.
¿Adónde van esas nubes que barre la tempestad? La tempestad me despide como a ellas; ¿y qué me importa dónde? El desterrado donde quiera está solo.
Esos árboles son hermosos, bellas son esas flores; pero no son las flores ni los árboles de mi país: nada me dicen. El desterrado dondequiera está solo.
Ese arroyo corre mansamente por la llanura, pero su murmullo no es el murmullo que en mi infancia oía: no trae a mi alma recuerdo ninguno. El desterrado dondequiera está solo.
Dulces son esos cantares; pero los contentos y las penas que renuevan no son ni mis contentos ni las penas mías. El desterrado dondequiera está solo.
Háseme preguntado: ¿Porqué lloráis? Y cuando lo he dicho, ninguno ha llorado, porque ninguno me comprendía. El desterrado, dondequiera está solo.
He visto ancianos rodeados de párvulos, como el olivo de sus vástagos; pero ninguno de- aquellos ancianos me llamaba hijo, ninguno de aquellos párvulos me llamaba hermano. El desterrado donde quiera está solo.
He visto vírgenes sonreírse, con sonrisa tan pura como las auras de la mañana, a la vista de aquel a quien había escogido amor para su esposo. Pero ni una sola entre ellas se me ha sonreído. El desterrado dondequiera está solo.
He visto mancebos, pecho con pecho, abrazarse como si de dos vidas hubieran querido hacer una sola; pero ni uno me ha apretado la mano. El desterrado dondequiera está solo.
No hay amigos, esposas, padres y hermanos sino en la patria. El expatriado dondequiera está solo.
¡Pobre desterrado! cesa de gemir: todos están desterrados como tú; todos ven pasar y desvanecerse ante sus ojos padres, hermanos, esposas, amigos.
La patria no está aquí abajo; en vano la busca el hombre: lo que cree su patria, no es sino un albergue para pasar la noche.
Vase errante por la tierra. ¡Dios guíe al pobre desterrado!
Y fueme mostrada la patria.
Fui sublimado sobre la región de las sombras, y veía al tiempo arrebatarlas con velocidad indecible al través del vacío, como se ve al viento del Mediodía llevarse los ligeros vapores que se deslizan a lo lejos por la llanura.
Y me elevaba, me elevaba siempre; y la realidad, invisible a la vista material, me apareció, y escuché sonidos que no tienen eco en ese mundo de fantasmas.
Y lo que yo escuchaba, y lo que veía, era tan vivo, mi alma lo percibía con tal fuerza, que me parecía que todo cuanto hasta entonces había creído ver y escuchar, no había sido sino un sueño incierto y vago en la noche.
¿Qué les diré pues a los hijos de la noche que puedan ellos comprender? ¿Y desde las alturas de la eternidad no volví a caer con ellos en el seno de la noche, en la región del tiempo y de las sombras?
Yo veía como un océano inmóvil, inmenso, infinito; y en ese océano, tres océanos; un océano de fuerza, un océano de luz, un océano de vida; y esos tres océanos se penetraban mutuamente sin confundirse, y no formaban sino un solo océano, la misma unidad indivisible, absoluta, eterna.
Y esta unidad era aquel que es; y en el fondo de su ser, un nudo inefable enlazaba entre ellas tres personas que me fueron nombradas, y eran sus nombres el Padre, el Hijo, el Espíritu; y había allí una generación misteriosa, un soplo misterioso, vivo, fecundo; y el Padre, el Hijo, el Espíritu, eran aquel que es.
Y el Padre me aparecía como un Poder, que en el seno del Ser infinito, uno con él, no tiene más que un acto, permanente, completo, ilimitado, que es el Ser infinito, él mismo.
Y el Hijo me aparecía como una palabra, permanente, completa, ilimitada, que dice lo que obra el poder del Padre, lo que es el Ser infinito.
Y me aparecía el Espíritu como el amor, la efusión, la aspiración mutua del Padre y del Hijo, animándolos con una vida común, animando con vida permanente, completa, ilimitada, el Ser infinito.

Y los tres eran uno, y esos tres eran Dios, y abrazábanse, y uníanse en el impenetrable santuario de la sustancia, una e Indivisible; y esta unión, este arrobo, eran en el seno de la inmensidad la eterna alegría, el goce eterno de aquel que es.
Y en las honduras de este infinito océano de ser nadaba y flotaba, y se dilataba la creación; bien así como una isla que dilatase incesantemente sus playas en medio de un mar sin límites.
Dilatábase y se abría como una flor que echa sus raíces en las aguas, y que tiende sus largos filamentos y sus corolas sobre la superficie.
Y yo veía a los seres encadenarse con los seres, y producirse y desarrollarse en su variedad infinita, alimentándose y saciándose de una savia que no se agota jamás, de la fuerza, de la luz, y de la vida de aquel que es.
Y cuanto hasta entonces había estado oculto para mí se desarrollaba ante mi vista, no ya coartada por la red material de los sentidos.
Desembarazado de las terrestres trabas, íbame de mundo en mundo, bien así como acá abajo se anda el espíritu de pensamiento en pensamiento; y después de haberme sumergido y perdido en estas maravillas del poder, de la sabiduría y del amor, sumergíame y me perdía en el manantial mismo del amor, del poder y de la sabiduría.
Y conocí lo que era la patria; y embriagábame de luz, y mi alma, arrebatada por torrentes de armonía, adormecíase sobre las celestes ondas, en éxtasis indecible.
Y veía después al Cristo a la derecha de su Padre, radiante de gloria inmortal.
Y veíale también como un cordero místico inmolado sobre un altar; millares de ángeles le rodeaban juntamente con los hombres, con su sangre rescatados; y cantando sus alabanzas, tributábanle acciones de gracias en la lengua del cielo.
Y una gota de la sangre del cordero se derramaba sobre la naturaleza lánguida y doliente, y vila trasformarse; y las criaturas todas que en sí encierra palpitaron con vida nueva, y alzaron todas la voz, y esta voz decía:
Santo, Santo, Santo, es aquel que ha destruido el mal y vencido a la muerte.
Y el Hijo se inclinó sobre el seno del Padre, y el Espíritu los cubrió con su sombra, y hubo entre ellos un misterio divino; y los cielos se estremecieron en silencio.