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«El extraño» (Notas en torno a un libro de versos)

Carlos Murciano

«Laborarás la tierra y no te dará su fruto: errante y extranjero serás». Con estas palabras del Génesis Leopoldo de Luis encabeza su último libro de poemas, aparecido con el título El extranjero. Si puede decirse de un poeta que ha encontrado su propia voz, este poeta es Leopoldo de Luis. Nuestra admiración por su poesía tiene, precisamente, una de sus más hondas raíces en este punto. Tomemos uno cualquiera de sus primeros libros: Huésped de un tiempo sombrío. Al azar abrimos y leemos: «El caminante lleva su descanso / en sí. Sobre la tierra no hay posada». En El extranjero, Leopoldo escribe: «Y pasamos. La vida es un camino. / Y no hallamos posada». Continuidad y unidad, profunda unida formal y temática. Y esto, hoy día, es muy importante. Porque es frecuente que el poeta oscile, llevado por los embates de las sucesivas corrientes poéticas y ensaye maneras, modos de hacer o de decir más o menos acertados u originales. Y esto, que no significa demérito cuando el poeta es verdadero -recordamos el abismo que media entre Manual de Espumas y Alondra de verdad de Gerardo Diego- puede, a la larga, resultar peligroso; porque la fuerza del poeta se diluye a través de una poesía varia (fruto no más de intentos de adoptar, cuajar un estilo que no es el suyo, pero en los que pone a prueba su propio poder creacional) y su mensaje se desvae, trocando su clara sinceridad en una manifestación bastarda. Lo difícil es lo otro, lo que Leopoldo -repetimos- ha conseguido, desde aquel «He pasado sin ti, flor del alma, hijo mío», de su primer libro, hasta ese «Desde la pobre tierra de la vida / delicado arbolillo te contemplo», de su libro último pasando por los bellos versos, impregnados de una nostálgica tristeza, de Elegía en otoño, y el dolor decantado íntimo, florecido en esa lágrima secada aprisa, de El padre.

En El extraño está el Hombre, que «arrastra el solitario hueso»; todo lo que es centro, tuétano de su vida: el hijo, la sangre, el deseo, el llanto, la libertad; lo que es su mundo: la tierra, el mar, la luz, y lo que constituye su razón de ser: la salvación. Y Dios. Dios contemplando implacable el día desde su hielo, acechando «desde la altura inmóvil de su roca» o extendiendo, compasivo, su hermosa mano azul. Todos y cada uno de estos temas sabe tocarlos Leopoldo de Luis con justo equilibrio; con voz dura (como en «La condena») o suave, morosamente blanda (como en «La pareja»); rebelde (como en «El hambre») o esperanzada, sabedora de bálsamo (como en «Refugio»). Y ese «destino de ser poeta para sí mismo y poeta para los demás» que la fina pluma de Rafael Laffón ponía de relieve en Leopoldo de Luis, cúmplese también felizmente en este libro. Libro que, digámoslo para concluir, obtuvo merecidamente el Premio José María Pemán, otorgado en Cádiz el año 1954.