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La alambrada despedía un suave fulgor de plata bajo el reflejo de la luna. Las dos sombras se agazaparon detrás de los arbustos y aguardaron en silencio. La selva era un desigual concierto de trinos y rugidos. De vez en cuando un árbol se doblaba con la fuerza del viento y producía un gemido casi humano que ponía los pelos de punta. A lo lejos se escuchaba el ruido de un motor, quizás un tractor o una topadora. Martín sintió que los músculos del pie se le comenzaban a adormecer e intentó cambiar de postura. Al retroceder pisó una rama seca, que se quebró con un estallido. Algo se movió entre los arbustos y salió disparado hacia la alambrada. Hubo un fuerte chasquido y una lluvia de chispas brotó en la oscuridad. Un penetrante olor a carne quemada inundó el aire. El detective tuvo la sensación de que se ahogaba.
Un rato después, Lacú se arrastró hasta el lugar y con un palo retiró el cuerpo inerte que se había quedado pegado a la valla electrificada. Era un teyu guazú, un lagarto de los grandes. Su piel estaba completamente carbonizada.
-Nadie -dijo el tigrero, con un susurro de voz-. Podemos pasar.
-¿Cómo? -preguntó Martín-. ¡Vamos a cocinarnos contra la alambrada!
-Árboles -respondió el tigrero, señalando hacia arriba.
-¡Oh no! Y a mí que nunca me gustaron las películas de Tarzán.
El hombre avanzó gateando hasta un gran yvyraró. Martín lo siguió. No entendía por qué tenían que arrastrarse como si estuvieran atravesando una trinchera del frente bosnio, pues no se veía un alma en los alrededores y además la oscuridad era casi absoluta, pero prefirió no cuestionar el procedimiento. La mochila le pesaba enormemente en la espalda y dificultaba sus movimientos.
El tigrero comenzó a trepar por el árbol y le hizo una seña para que lo imitara. Resignado, Martín también se puso a escalar, sintiendo que las astillas de la corteza se le clavaban en la piel. Se acordó que cuando era mitaí, allá en Yhú, acostumbraba fugarse de la casa de la abuela del mismo modo; trepándose por un yvapovú que extendía sus brazos encima del —127→ cercado y dejándose descolgar hacia la calle como en un tobogán. Sólo que el cercado de la abuela no tenía electricidad, ni él tenía los músculos tan atrofiados y doloridos como ahora, ni tampoco había un ejército de mercenarios esperando del otro lado. Después de subir unos veinte metros, Lacú le indicó que avanzaran por una gruesa rama que cruzaba sobre la alambrada e iba al encuentro de otro árbol, formando una especie de puente. El tigrero se equilibraba encima del delgado tronco con la agilidad de un simio. Martín tuvo que encaramarse con las manos y con los pies. De pronto sintió que el peso de la mochila lo arrastraba hacia un costado y resbaló hasta quedar colgado en el vacío. Miró hacia abajo y vio que las puntas de la alambrada estaban exactamente debajo de él, como llamándolo. Cerró los ojos. Lacú retrocedió y lo aferró del brazo derecho. Tiró con fuerza hacia arriba y lo ayudó a subir de nuevo. El detective se abrazó a la rama como si fuera su amor de toda la vida y respiró profundamente para recobrar el aliento. Se sintió mejor. El hombre le extendió la mano para ayudarlo a recorrer el trayecto que faltaba, pero Martín le hizo señas de que podía hacerlo solo. Se incorporó hasta quedar completamente parado sobre la rama. Movió los brazos y caminó unos pasos. Se equilibraba bien. De golpe se sintió mitaí otra vez, conquistador del mundo, abriéndose paso entre el vuelo de los corochiré con los bolsillos llenos de olorosas guayabas. La alambrada había quedado atrás y ahora el otro árbol estaba allí, con los brazos abiertos. Lacú lo miraba, sonriente y admirado. Empezaron a bajar, descolgándose entre ramas y juncos hasta tocar suavemente el suelo. Listo. Ya estaban del otro lado.
-¿Y ahora? -preguntó Martín.
-Cruzar monte -dijo el tigrero y se internó entre los matorrales, apartando con las manos la espesa vegetación.
-Carajo -masculló el detective, disponiéndose a seguirlo-. Esto parece más jodido que ir a bailar cachaca en el Club Fomento de Barrio Obrero.
CERRO VERDE, YRYVUKAI. (Apuntes de Claudia Villasanti para el diario La Mañana). Son las 5:10 de la madrugada. Escribo sentada sobre una piedra mojada de rocío, rodeada por un enjambre de mbaríguis. Hace un poco de frío y me siento muy cansada. Hemos viajado durante casi toda la noche para llegar hasta aquí, la ladera del Cerro Verde. Al otro lado empiezan las tierras —128→ de la Fazenda «Ipanema» del terrateniente brasileño Ferreira, donde presumiblemente se refugian los miembros del Comando Escorpión Amarillo. El Cuervo nos trajo en un viejo jeep hasta el desvío a Itanará. De allí seguimos en un tractor, atravesando montes y chacras.
Está comenzando a clarear muy despacio. Desde el sitio donde estoy sentada puedo ver la imponente mole del cerro, que se parece a un enorme tigre acostado, dispuesto a saltar sobre nosotros de un momento a otro y devorarnos. Me da un poco de miedo, pero al mismo tiempo siento mucha ansiedad por subir hasta la cima y ver lo que hay arriba. Esta espera me pone muy nerviosa. No sé que mierda es lo que va a suceder allá arriba, pero siento que puede ser algo decisivo para mí, para esta gente, para el país.
Don Ecumenario está sentado a unos veinte metros del lugar donde me encuentro. Hace como media hora que está allí, duro como una estatua, mirando hacia el horizonte. Parece que está rezando o meditando. Por momentos se escucha su voz, muy suave, en una especie de canto o letanía, bastante distinto a lo que había escuchado ayer. Willy y el Cuervo se metieron al monte para recoger hierbas y raíces. Dicen que el encuentro de los brujos va a comenzar después de la salida del sol.
A medida en que amanece, el paisaje se vuelve más hermoso y fascinante. Hay un valle verde y ondulado contra un cielo extrañamente rojo y azul. Me siento conmovida. Es la primera vez que estoy aquí, este es un sitio totalmente extraño para mí, pero algo me dice que lo conozco como si fuera la palma de mí mano. Si creyera en la reencarnación podría suponer que ya he vivido mi otra vida en este lugar. Pero me resisto a creerlo, como tampoco quiero creer en los supuestos designios mágicos que el brujo indio pretende endilgarme. ¿Yo, elegida por los dioses? Ridículo.
Antes de salir de su casa, Don Ecumenario me colgó al cuello un collar de semillas bastante exóticas. Dice que tiene enormes poderes y que me va a proteger de los peligros. Para mí no es más que un objeto de artesanía indígena. Sin embargo, cada vez que lo toco siento que me transmite una extraña energía.
Estoy confundida. Tal vez se deba al cansancio y a la falta de sueño. O porque empiezo a sospechar que el verdadero viaje no es esta odisea que estamos haciendo a través de la selva para ir a confrontar a unos cuantos hechiceros charlatanes. No, el verdadero viaje es el otro, el que estoy realizando dentro de mí, confrontándome conmigo misma, sin saber muy bien qué carajo estoy buscando, ni qué cuernos es lo que voy a encontrar. Pero estoy sintiendo que, acaso por primera vez en mi loca vida, comienzo a marchar por el camino correcto.
Debo estar rayada. Empecé a escribir esto tan sólo para anotar los datos que —129→ me pudieran servir después en el reportaje, pero al final termino confesándole al cuaderno mis sentimientos más íntimos. Es que no tengo a nadie con quien hablar de estas cosas. ¡Ay Lucy, amiga mía, cuánto te extraño!
¿Y Martín? ¿Dónde estará ese loco en este momento? Estoy tan preocupada por lo que le pueda ocurrir.
Esta vez el trino metálico se oyó más cerca. Brotaba desde la frondosa copa de un guapoy. Lacú se detuvo y le hizo un gesto de silencio al detective. La claridad del amanecer comenzaba a filtrarse lentamente entre las hojas. Ambos tenían las ropas mojadas por el rocío de los arbustos. El tañido estalló de nuevo. A Martín le pareció triste y lúgubre, muy diferente a la sonoridad musical que el gran arpista Félix Pérez Cardozo había traducido en su célebre canción instrumental «Guyrá Campana».
-Pájaro no canta. Llora -explicó el tigrero en voz muy baja-. Debe estar herido.
Avanzaron algunos pasos agazapados detrás de los guembé, hasta quedar a muy poca distancia del árbol de donde provenían los trinos. Entonces Martín lo vio. Era un ave pequeña, de plumaje color oliva, con la cabeza cenicienta y el vientre cruzado por estrías amarillas. De vez en cuando desplegaba las alas en un movimiento febril y desesperado, agitando las hojas a su alrededor. Su cuerpecito se alzaba grácilmente, con ganas de emprender el vuelo, pero sus patas se negaban a despegarse de la rama, como si estuvieran clavadas.
-Tiene mangaisy -dijo el tigrero.
El detective recordó su infancia en los campos de Yhú. El mangaisy es una cera que se fabrica con la savia del curupicay. Se hiere el árbol con un cuchillo y entonces brota una sangre pegajosa y blanca como leche. Se recoge el líquido en una lata y se lo deja secar al sol hasta que se vuelve marrón, casi translúcido. Después se esparce la cera sobre las ramas de un árbol y se deja un puñado de semillas o migajas de galleta en la corteza. Los pájaros vienen a posarse, atraídos por el alimento, y sus patas quedan aprisionadas por la cera. Cuando niño Martín lo había hecho muchas veces. Esas travesuras inconscientes de las que luego uno se arrepiente durante toda la vida.
-Vamos a liberarlo -dijo, incorporándose, pero Lacú lo atajó del —130→ brazo y le obligó a echarse de nuevo. Un ruido de voces y de golpes de machete se oyó a poca distancia. Martín ocultó su mochila entre los arbustos y los dos, tumbados en el piso, se arrastraron para que las hojas de guembé los cubrieran totalmente.
-¿Dónde pusimos la otra trampa? -se escuchó decir a una voz chillona, casi adolescente.
-Allí, en ese guapo'y -dijo otra voz, más gruesa y dura.
El machete golpeó con fuerza algunos arbustos y varios trozos de rama cayeron cerca de donde estaban ocultos. Dos pares de botas enormes y pesadas pasaron junto a ellos, aplastando hierbas y ramas secas. Martín se incorporó levemente y pudo ver que se trataba de dos hombres vestidos con uniforme militar para'í. Uno de ellos, el que tenía el machete, era petiso y robusto, de piel oscura. El otro era rubio y flaco, de pelo corto y parecía muy joven. Llevaban cinturones con cartuchera y un rifle ametralladora colgado en bandolera. El rubio portaba dos jaulas de alambre, en cuyo interior se podían ver a un corochiré y a tres loritos maracaná callados y tristes.
-¡Mirá! ¡Que preciosura! -dijo el rubio, aproximándose al árbol -¿Vos sabés de qué especie es?
El morocho petiso también se acercó y lo observó detenidamente. El animalito aleteaba como si de eso dependiera su sobrevivencia.
-¡Vaya! ¡Si no estoy equivocado, con este pajarito nos vamos a anotar un porotazo!
-¿Porqué? -preguntó el rubio.
-Es un pájaro campana. Un ejemplar muy raro, que casi ya no se consigue. Hace dos años que la hija de don Pablo viene pidiendo uno para llevar a Brasilia, pero hasta hoy nadie lo pudo agarrar.
-¿Entonces...? ¿Creés que nos van a dar un premio?
-Seguro. Vamos a pedir como mínimo una semana de franco en Ponta Porá.
El morocho petiso aferró al ave por el lomo, inmovilizándole las alas. Después sacó un cuchillo enorme y liberó sus patas del mangaisy. El animal trató de sacudirse, pero los dedos lo presionaban como tenazas.
-¡Tranquilo, viejo! -exclamó el petiso con una sonrisa burlona. Mejor que te resignes. Hoy ya diste tu último vuelo.
El rubio le alcanzó una de las jaulas donde estaba el corochiré. El petiso abrió la puerta con cuidado y arrojó al pájaro campana en su interior. El corochiré desplegó las alas, como saludando a su nuevo —131→ compañero de celda.
-¿Ya está? -dijo el rubio, recibiendo de nuevo la jaula-. Entonces, ¿qué te parece si regresamos? Vamos a llegar tarde para el desayuno.
-Dale.
El petiso empezó nuevamente a golpear las ramas con el machete, a pesar de que se marchaban por el mismo sitio de llegada. Esta vez pasaron mucho más cerca del lugar donde se ocultaban el detective y el tigrero, tanto que Martín sintió que una de las botas por poco le aplastaba la cabeza. Las jaulas pasaron balanceándose en manos del rubio y el detective creyó advertir una mirada de súplica en los pequeños ojos metálicos.
Cuando se apagaron los golpes a la distancia, los dos emergieron del escondite con las ropas manchadas por el barro y la vegetación.
-Parece que ya estamos muy cerca -dijo Martín.
-Fazenda a media legua -contestó Lacú.
-¿Qué le parece si descansamos un rato? Tengo los huesos como sacados de un trapiche.
El tigrero se encogió de hombros, como si no le importara y a la vez le costara entender que alguien pudiera cansarse por tan poca cosa. Martín recogió su mochila y se sentó sobre un tronco. Respiró hondo. Extrajo una cantimplora y bebió varios sorbos de agua fresca. Se la ofreció a Lacú, pero el otro ni siquiera lo advirtió. Estaba mirando el pedazo de cielo azul que asomaba entre los árboles. Los primeros rayos del sol llegaban filtrados por la espesura y hacían brillar el blanco vapor que se levantaba de la humedad. Martín sacó una pequeña Canon computarizada, con un zoom que llegaba hasta los 500 milímetros. Enfocó a la distancia. Un tucán que se entretenía devorando una fruta de pacurí apareció en el visor, en primer plano, exhibiendo su largo pico amarillo. El detective guardó la cámara en un estuche de cuerina y se lo ató al cuerpo con una correa. Luego extrajo su revólver, comprobó que el cargador estuviese repleto y lo metió en la cartuchera. Bebió un poco más de la cantimplora y escondió la mochila debajo de un tronco caído. Se sintió más liviano y seguro.
-Vamos.
Marcharon por la selva durante casi una hora sin pronunciar palabra. El monte empezaba a volverse menos tupido. El esqueleto de una vieja camioneta Ford Rural apareció en un recodo, casi cubierto por la vegetación. Una hermosa flor de malvón amarillo resplandecía entre los —132→ hierros herrumbrados. Martín pensó que era un buen augurio y se puso de mejor humor. Encontraron latas vacías de cerveza, bolsas de plástico, cajas de galletitas. La civilización ha pasado por aquí. Cuando menos lo esperaba, un campo abierto apareció detrás de los árboles.
-Allí está... -dijo Lacú.
El detective se acercó hasta los límites de la espesura y se ocultó detrás de un arbusto para observar con detenimiento. Quedó estupefacto.
A pocos metros del sitio donde estaban escondidos comenzaba la ancha pista de hormigón, tanto o más larga que la del Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi de Asunción. Al fondo se veía un edificio con una torre elevada, erizada de cables y antenas. Dos parabólicas miraban al cielo de manera desafiante y un poco más allá había un radar girando incansablemente como un robot bailarín. El costado de la pista estaba sembrado de enormes construcciones con paredes de cemento y techos de chapas de zinc. Parecían hangares o depósitos. Uno de ellos estaba con la puerta metálica abierta y desde su interior asomaban las narices de algunas avionetas.
-¡Es increíble...! -masculló el detective, mientras extraía la cámara fotográfica. El objetivo del zoom puesto al máximo le permitió observar con detalle que varios hombres con chaqueta militar estaban descargando cajas del interior de un Cessna bimotor. El disparador de la Canon hizo click repetidas veces.
-Bueno... -dijo Martín, volviéndose hacía Lacú-. Amigo mío, ya cumpliste tu misión. Ahora tengo que hacerle una visita a estos señores y va a ser mejor que lo haga solo.
-¿Vas a ir allá? -exclamó el tigrero con cara de asombro, apuntando a los hangares- ¡Estás loco! ¡Te van a matar!
-No te preocupes. Trataré de convencerlos de que no lo hagan. ¡Ah... y gracias por el paseo! Voy a volver otro día con más tiempo y a lo mejor te acompaño a cazar algunos tigres.
-Hace rato que ya no cazamos yaguareté -dijo Lacú con seriedad-. Milicos se meten en el monte y no perdonan a ningún animal.
-¿Y cuál es la diferencia? ¿Acaso ustedes no hacían lo mismo?
-No. Tigrero sale a mariscar para vivir. Milicos matan por crueldad.
-¡Vaya! Claudia se va a poner feliz. El movimiento Corazón Verde tiene un potencial electoral muy alto en esta región. A propósito, ¿dónde queda tu casa?
—133→-Allá, en el monte, abajo del Cerro Verde.
Lacú apuntó hacia el horizonte esmeralda que se alzaba detrás del aeropuerto y los edificios de la Fazenda. El cerro se recortaba imponente contra el espejado cielo azul. Tenía el aspecto de un templo natural, uno de esos sitios de rituales primitivos que al mismo tiempo inspiran miedo y fascinación.
-Claro -dijo el detective-. Entonces es allí donde se está realizando el festival de los Fantasmas en el Ring.
-¡Señoras y señores...! ¡Profesionales de la Medicina Popular Alternativa, Estudiosos y Maestros de las Ciencias Ocultas, Hermanos de la Fraternidad Espiritista, Páis-de-Santos y Pombas-Giras del Umbanda y del Quimbanda, Grandes Payeseros, Brujos y Hechiceros del Culto Guaraní...! ¡Tengan todos ustedes muy pero muy buenos días! ¡En nombre de la Asociación Esotérica de Canindeyú les doy la más cordial bienvenida a este Primer Congreso Regional de Esoterismo, bajo el lema: ¡«Los espíritus unidos jamás serán vencidos»! ¡Muchas gracias a todos por su gentil presencia!
El hombrecito se quitó el sombrero de copa con un gesto teatral, bajó la cabeza hasta casi besar la tierra y se quedó esperando los aplausos. No hubo ninguno y eso pareció desilusionarlo mucho. Pero se recompuso enseguida y mostró una sonrisa más falsa que un reloj coreano. Llamó a sus secretarias, dos muchachas de rostro pintado de blanco y vestidas con largas túnicas rojas, quienes recogieron un lote de carpetas negras y empezaron a repartirla a los asistentes con una diabólica simpatía que ya hubiera querido Boris Karloff.
No había tanta gente. A lo máximo unas treinta personas, cada cual vestido de un modo más estrafalario. Estaban sentados sobre largos bancos de madera, dispuestos de manera circular, en una especie de anfiteatro natural ubicado en la misma cumbre del cerro. Desde allí se divisaba todo el valle, un paisaje de belleza indescriptible que Claudia había tenido oportunidad de divisar en muy pocas oportunidades.
En el centro estaba montado un rústico escenario de madera, con una escenografía bastante grotesca que trataba de imitar a un altar de sacrificios. El hombrecito del sombrero de copa, ataviado con un traje negro del siglo pasado, fungía de maestro de ceremonias. Se había —134→ presentado a sí mismo como «Zé do Caixao», nombre tomado de un famoso personaje brasileño de películas de terror. Sólo que éste en lugar de miedo inspiraba lástima.
Sentada al lado de Willy y el Cuervo, la reportera se fijó en los demás asistentes. La que más llamaba la atención era una negra gorda como una ballena, vestida con una inmaculada túnica blanca y el pelo dividido en infinitas trenzas a lo Woophi Goldberg. Se llamaba Mai Casilda y era una sacerdotisa del culto a Iemanjá. A su lado estaba sentado un hombre parecido a Drácula, flaco y alto, de pelo blanco, con la piel pálida como un cadáver, con un traje oscuro y una capa roja. Lo habían presentado como Vovó das Mortes, guía del Quimbanda. También estaba la hermana Astrogilda, médium de la secta Los Elegidos de Dios, con una especie de turbante floreado en la cabeza y una colección de collares en el cuello. Un espiritista gordo y petiso, una vidente que bizqueaba del ojo izquierdo, dos gemelos hipnotizadores que se parecían como imágenes de un espejo y un faquir encantador de serpientes, tan despistado como Fidel Castro en Wall Street, complementaban la fauna. Los demás eran payeseros indígenas y campesinos, vestidos de manera común y sin ninguna señal de ostentación. El único que sobresalía entre ellos era Robustiano Cañete, el médico naturalista de Lambaré, vestido con un impecable traje blanco que contrastaba con su piel oscura. Estaba sentado en primera fila, erguido y desafiante, exhibiendo con orgullo la aureola de haber sido payesero personal del Tiranosaurio. A último momento, cuando ya la reunión iba a comenzar, llegó un sujeto en una moto y saludó cordialmente a la concurrencia. Claudia lo reconoció en seguida. Era el misterioso pistolero negro, Chico Tarová.
-Muy bien, señoras y señores, distinguido y respetable público presente -dijo el hombrecito, parado en medio del escenario-. Ahora que ya todos cuentan con sus respectivos materiales didácticos previamente distribuidos por nuestras deliciosas secretarias, vamos a dar inicio a las deliberaciones de este trascendente encuentro esotérico. El primer y único punto del orden del día es el Plan propuesto por nuestra prestigiosa aunque humilde Asociación Esotérica de Canindeyú, para unir y coordinar nuestras fuerzas místicas ante el magno acontecimiento de los poderes cosmogónicos que se manifestarán el próximo 3 de noviembre, cuando tenga lugar la caída de la noche en pleno día, liberando un gran caudal de energía cósmica nunca antes vista. En nuestras manos, como maestros de lo sobrenatural, está la responsabilidad de ilustrar y —135→ conducir debidamente a nuestro pueblo acerca de la verdadera significación de este evento histórico. Como ustedes bien saben, no es ninguna casualidad que este fenómeno estelar se registre precisamente el día 3 de noviembre, en la misma exacta fecha en que vino al mundo una gran personalidad cuya ausencia todos sentimos y...
-¡Mentira! -dijo una voz seca, profunda, potente como un trueno.
El hombrecito quedó paralizado. Todos se volvieron a buscar el origen de la voz... y hallaron a Don Ecumenario parado contra un horcón, con los brazos cruzados, impertérrito, desafiante.
-Discúlpeme, por favor, estimado amigo -dijo el hombrecito, tratando de mantener la sonrisa-. Todos admiramos su bien ganado prestigio como cultor de las artes sobrenaturales provenientes de su rica tradición aborigen, pero les pediría muy especialmente a todos los presentes que no realicen ninguna interrupción hasta tanto hayamos terminado de exponer el Plan que ustedes tienen minuciosamente descrito en sus respectivas carpetas, porque...
-¡Es mentira! -la voz volvió a escucharse con furia-. Cualquiera sabe que el ciclo de las estrellas no se mueve. Es inmutable. Hace millones y millones de lunas, antes de que los hombres surgieran de la neblina radiante para caminar sobre la tierra, ya estaba escrito y decidido que el tigre azul se iba a comer al sol. Si un hombre nace justo ese día, es por otra cosa. A los dioses no les importa. No tiene nada que ver.
Un silencio largo siguió a sus palabras. El hombrecito mantenía la sonrisa pero no sabía que decir. Finalmente Robustiano Cañete se levantó y señaló con un gesto despectivo a Don Ecumenario.
-¿Qué hace este hombre aquí? ¿Quién lo ha invitado? Siempre ha sido un contrera, un provocador. ¡Yo pensé que solo íbamos a estar los verdaderos y no los charlatanes...!
-¡Un momento! -dijo otra voz. Un hombre joven, de facciones campesinas, se levantó enojado- No voy a permitir que nadie le llame charlatán. Don Ecumenario es uno de los más grandes y dignos maestros de las ciencias ocultas en el Paraguay. Todo lo que yo sé, lo he aprendido de él.
-¡Es un subversivo, un comunista! -gritó la hermana Astrogilda.
-¡De yeito nefiún! -le respondió Mai Casilda.
-Por favor, señores... un poco de calma -se desesperaba el hombrecito.
—136→-¡Que lo echen de aquí! -pedía, histérico, Robustiano Cañete.
-¡Sarabá, sarabá! -invocaba Vovó das Mortes.
Claudia observaba divertida el desbarajuste que se había formado en un santiamén. El hombrecito realizaba gestos patéticos para tratar de imponer orden, pero nadie le hacía el más mínimo caso. Todos discutían a viva voz y nadie se entendía. Hasta que el estampido del disparo de un arma hendió el aire y todos se sobresaltaron.
-Perdonen -dijo el pistolero negro, con el revólver en la mano-. Pero tengo una propuesta para arreglar esta diferencia y poder seguir con la reunión...
-¿Cuál es? -preguntó la vidente bizca.
-Que Don Ecumenario y Don Robustiano se enfrenten para demostrar su poder ante la asamblea. Al que consiga la victoria le daremos la razón.
Todos se observaron, interrogantes.
-A mí me parece muy bien -dijo el faquir encantador de serpientes.
-¡Vai ser muito divertido! -se entusiasmó Mai Casilda.
-¿Están de acuerdo? -preguntó Chico Tarová, encarando a los dos contendientes.
Robustiano Cañete se quitó el saco y dejó libre su abultada panza.
-¡Sí! ¡Hace rato que le quería arreglar las cuentas a este farsante!
Como toda respuesta, Don Ecumenario esbozó una sonrisa enigmática.
Un Piper Azteca bimotor abandonó uno de los hangares y correteó hasta el extremo de la pista, cabeceando repetidas veces como si padeciera de un insistente ataque de sueño. Al cabo de unos minutos decidió largarse en carrera y comenzó a elevarse con suavidad, repartiendo reflejos plateados hasta perderse en el cielo azul.
Martín se entretuvo durante más de diez minutos barriendo todo el horizonte con el zoom de la cámara, fotografiando el movimiento que se registraba en los hangares. Desde el interior de uno de los depósitos más grandes emergieron varios jeeps transportando cajas y cilindros. Después salió un camión que llevaba a una veintena de soldados con uniformes y armas en la carrocería. El vehículo dio una vuelta en redondo —137→ por la pista y se encaminó hacia la selva. Por los gritos y las risas que se escuchaban a la distancia, los muchachos marchaban tan contentos como si se dirigieran a un parque de diversiones.
Lacú seguía entre divertido y curioso los movimientos del detective. Miraba fascinado la cámara fotográfica. Martín le invitó a que observara a través del zoom. Suponía que el efecto de proximidad visual iba a causar un gran asombro en su mente primitiva. Sin embargo, el tigrero apartó la vista y con una sonrisa de niño travieso comentó: «¡Es como la televisión!».
El motor de un vehículo los distrajo. Martín vio que una furgoneta verde con carpa de lona se acercaba por el costado de la pista, muy próxima al lugar donde estaban escondidos. Era su oportunidad.
-Bueno, viejo... me voy. Ya viene mi transporte escolar.
-¡Suerte, amigo! -respondió Lacú, con expresión preocupada- Si estás en peligro, llamame fuerte con el pensamiento. Yo te voy a escuchar.
El detective contestó con una sonrisa y aguardó detrás de los arbustos cercanos a la pista. Cuando pasó la furgoneta salió corriendo detrás de ella, agachado como un chimpancé, tratando de evitar que el chófer y su acompañante lo pudieran ver por los espejos retrovisores. El vehículo iba despacio y eso le permitió treparse a la carrocería sin mayores dificultades. En el interior había varias cajas grandes de cartón. Las fue revisando una por una. Contenían en su mayor parte electrodomésticos, relojes y elementos de informática. Una de las cajas estaba semi-vacía. El detective se metió en su interior. Tuvo que ponerse casi en posición fetal para poder cerrar la tapa desde adentro. Así, acurrucado, sintiendo que los músculos se le iban adormeciendo y que tenía serias dificultades para respirar, viajó durante largos e interminables minutos, mientras se preguntaba una y otra vez quién le había mandado meterse a jugar al Philip Marlowe o al Sam Spade. Aunque los detectives de la novela negra norteamericana jamás se hubieran atrevido a tanto. Esto era más bien para Indiana Jones o Jack Ryan. Chicos del Hollywood de los 90 para quienes nada resulta imposible.
La furgoneta se detuvo. Martín escuchó varias voces y gritos que retumbaban y decían cosas inentendibles. Algo se cayó en alguna parte y el estampido se escuchó con un prolongado eco. Debía encontrarse dentro del hangar. Los tinglados con techo de zinc siempre tienen una acústica infernal.
-¡Ey, los perros! ¡Vengan a descargar esto! -ordenó una voz muy —138→ cerca.
Hubo estruendos de pasos, ruidos secos, y la carrocería empezó a sacudirse un poco. El detective percibió que la caja en la que estaba metido se arrastraba por el piso y después quedaba como flotando en el aire.
-¡La puta! ¡Está muy pesado! ¿Qué hay adentro? ¿Plomo? -se quejó una voz, distorsionada por el esfuerzo físico.
-Han de ser esas computadoras grandes -respondió otra voz. Pesan como una tonelada.
La caja descendió con un fuerte golpe contra el suelo. Martín sintió que su espina dorsal se doblaba y tuvo que morderse los labios para no gritar de dolor.
-¡Ya está! ¡Este ha sido el último! -dijo una de las voces, con alivio.
-¡Ey, lo mitá! ¿Ustedes no van al campo de entrenamiento? -preguntó alguien desde lejos.
-Sí, qué le vamos a hacer. Si no, el capitán nos va a mandar descuerear de lo lindo.
-¡Bueno! Entonces, si no se va a quedar nadie, encárguense de cerrar bien la puerta. ¡No quiero que el general venga a encontrar otro quilombo como el de la otra vez!
-Me parece que Marcelo se queda trabajando en la computadora, mi sargento.
-Igual échenle candado. Ese tipo es bastante despistado. Él tiene su propia llave para cuando quiera salir.
-¡A su orden, mi sargento! ¡Le queda muy bien su sombrerito floreado, mi sargento!
-¡Andate a cagar, maricón!
Hubo risas, pisadas, golpes. Ruido de un motor que se encendía y luego se alejaba. Más pisadas. Un estruendo que sacudió todo el recinto. Seguramente la puerta al cerrarse. Después un silencio pesado y denso. El detective esperó algunos minutos y salió de la caja. Le dolía hasta la punta de los cabellos. Caminó unos pasos para desentumecer los músculos. El hangar era tan grande como un estadio de fútbol. Cajas y más cajas. Al fondo se veía un enorme camión estacionado, con una voluminosa carga tapada por una lona negra. En uno de los costados había compartimientos divididos con mamparas, desde donde brotaban ruidos secos, aislados.
Con el revólver en la mano Martín se deslizó sigilosamente entre los embalajes. Le llamó la atención un grupo de grandes cajones de —139→ madera que estaban hacia el fondo, cerca del camión, y que exhibían en forma bien visible las leyendas «Danger» y «US Army». Las fue abriendo con cuidado. El detective tenía un vasto conocimiento sobre armas y en seguida reconoció los fusiles M-16 y las ametralladoras UZI que atiborraban varias cajas. Encontró balas en cantidad suficiente como para aniquilar a toda la población del país. Bombas y explosivos plásticos con detonadores conectados a relojes digitales. Tomó varias fotografías. Sintió que la transpiración empezaba a empaparle la camisa. Su semblante se oscureció al ver unos embalajes largos y rectangulares, semiocultos por una carpa de plástico. Los abrió casi con desesperación y confirmó sus sospechas: eran lanzacohetes LOW. Recordó un video yanqui que le habían mostrado una vez en la Escuela de Policía. Con uno de esos juguetes se podía destrozar un tanque de guerra. La gran puta, estos tipos están locos, pensó. Una idea terrorífica empezó a instalarsele en la mente. Miró con estremecimiento hacia el camión, cuya misteriosa carga tenía ahora una apariencia cada vez más siniestra. Se acercó jadeando. Sacó su navaja del bolsillo y con una súbita rabia cortó las amarras. Levantó un extremo de la lona. ¡Mierda, sí... allí estaban! Frescos y relucientes. Exhibiendo su satánica belleza de máquinas convertidas en celebridades mundiales desde su fulgurante actuación en la Guerra del Golfo. Montados en sus plataformas móviles, los seis misiles «Patriot» apuntaban casi distraídamente hacia el techo.
-¡Puta carajo! -exclamó, totalmente fuera de sí- ¿Piensan traerlo al Tiranosaurio o comenzar la Tercera Guerra Mundial?
Hubo un ruido. El detective reaccionó, asustado, cubriendo rápidamente la lona y ocultándose detrás del camión con el revólver preparado. Escuchó pisadas y una puerta que se abría. Un sujeto flaco, de gruesos anteojos y cabellos parados, salió desde el interior de los compartimientos. Vestía unos jeans desteñidos y una chaqueta militar. El medallón con la figura del escorpión amarillo despedía resplandores contra su pecho.
-¡Hola! ¿Hay alguien allí? -gritó.
Martín contuvo la respiración. El sujeto caminó unos metros hacia el medio del hangar y miró hacia todos lados. Se rascó la cabeza con expresión desconcertada.
-¡Muchachos! ¿Están allí?
Su voz se prolongó en ecos distorsionados. Después silencio. El sujeto se encogió de hombros y volvió a meterse en los compartimientos. —140→ Martín aguardó un rato y luego se deslizó detrás de él. Abrió la puerta con suavidad, apuntando con el arma. Era una pequeña oficina con un escritorio y tres sillas de cuerina negra, un archivador, un teléfono blanco y un florero con claveles de plástico. Tan cálido y acogedor como la morgue. Otra puerta entreabierta. Daba a un pasillo un poco descuidado y sucio al que desembocaban varias puertas. Había polvo, telarañas y hasta un nido de avispas rojas colgado de la parte superior de la pared. No eran muy afectos a pasar la escoba los muchachos. Llegaban ruidos sordos, esporádicos, desde uno de los recintos. A través de una ventana de vidrio vio al flaco de anteojos sentado frente a una mesa y a un panel que sostenían una compleja red de equipos de informática. Había una gran cantidad de monitores, teclados, cajas de disco, módem, scanners e impresoras láser. El flaco estaba sumamente concentrado corrigiendo algo que parecía una planilla en el monitor. Ni se dio cuenta cuando Martín abrió sigilosamente la puerta y se colocó a sus espaldas, con el caño del revólver casi tocándole la nuca.
-¡Hola! ¿Tenés algún programa de Las Tortugas Ninjas? Estoy medio aburrido y quisiera jugar un rato.
El flaco saltó de su silla. Miró al detective como si se tratara de un marciano.
-¿Quién es usted? ¿Cómo diablos entró aquí?
-Soy un yacy yateré. Se acabó mi provisión de caña y salí del monte a buscar.
La mano del flaco intentó reptar debajo del escritorio, pero lo hizo con tanta torpeza que se puso en evidencia aún antes de iniciar el movimiento. Martín saltó hacia adelante y le golpeó el dorso de la mano con el caño de la pistola. El sujeto pegó un aullido de dolor.
-¡Ah no, mi viejo, así no! -le reprochó el detective-. Alarmas no. Gritos y escándalos tampoco. Vamos a quedarnos sentados y tranquilitos a conversar un rato como dos viejos conocidos del barrio.
-¡Está loco! Los muchachos van a volver enseguida. Cuando lo encuentren, lo van a hacer pomada.
-¿Sí? Ahora contame una de Stephen King. A lo mejor empiezo a temblar.
-¿Qué carajo es lo que quiere?
-Que me hagas una demostración de las cositas maravillosas que hay en tus archivos. Especialmente lo que tenga que ver con la Operación Fecha Feliz.
—141→-¡Ni loco! -El flaco se puso pálido como un cadáver- ¡Eso es secreto militar! Además yo no tengo el password, la clave para entrar.
-Apuesto a que sí. A lo mejor necesitás un poquito de estímulo para recordar. No te preocupes, yo te voy a ayudar.
Sin dejar de apuntarlo con el revólver, el detective hurgó entre los cables y equipos. Encontró un grueso prolongador. Se acercó al flaco, le inmovilizó los brazos contra el respaldo del sillón giratorio y los ató con fuerza.
-¡Nde... esperá...! ¿Qué mierda estás haciendo..?
Martín no respondió. Abrió la puerta, salió al pasillo y fue hasta la recepción. Allí, en el armario, entre tarros de Nescafé y leche en polvo encontró lo que buscaba: un frasco de edulcorante Nutrasweet. A la vuelta se detuvo frente al nido de las avispas y destapó el recipiente. Los bichitos emergieron del interior como caza-bombarderos y empezaron a revolotear enloquecidos alrededor del vidrio. El detective se dirigió junto al flaco, quien pugnaba infructuosamente por liberarse. Arrastró la silla giratoria del sujeto hacia un rincón y, sin previo aviso, empezó a dejar caer varias gotas gomosas del edulcorante sobre su rostro.
-¡Ey...! ¡Qué le pasa...! ¿Qué carajo es esto? -protestó el flaco.
Martín estiró otra silla y se sentó frente al panel de las computadoras. Pulsó la tecla de scape, borró la planilla y regresó al punto de insersión.
-La palabra clave, por favor -pidió.
-¡No se lo puedo dar! -suplicó nerviosamente el flaco.
-Está bien, no importa. ¡Ah... tené cuidado! Parece que esas avispas están con hambre -dijo el detective, impasible, como si informara sobre el pronóstico del tiempo-. No sé porqué, pero creo que están confundiendo tu cara con una flor de girasol.
Las avispas comenzaron a bailar en círculos alrededor del rostro del flaco. La computadora pidió el input y Martín empezó a escribir palabras al azar. Eclipse. Sol. Luna. Oscuridad. Escorpión. Amarillo. Golpe de Estado. Tiranosaurio. Payé. Fecha Feliz. Soy un boludo. Mierda. Un bip agudo le reprochaba su error repetidas veces.
-¡Nooo...! ¡Sáqueme de aquí a estas abejas! ¡Me van a picar...
-No son abejas sino cava pytá. Avispas coloradas. El aguijón de una sola de ellas te puede hacer volar de fiebre durante toda una noche. Si te pica media docena, probablemente te duermas y no despiertes nunca más. ¿Qué...? ¿No les enseñan entomología en el Ejército?
Los ojos del flaco se desorbitaron al ver que uno de los insectos —142→ estaba parado en la punta de su nariz. El sudor frío y las gotas del edulcorante estaban formando un espeso y brilloso jarabe sobre su piel.
-¡Venga... por favor...! ¡Está por picarme...!
-La palabra clave.
-¡Ayayayay...! ¡Me picó, carajo! ¡La puta... me picó!
-La palabra clave.
-¡Tembelo...! ¡La palabra clave es Tembelo! ¡Aaaaaay... puta, como duele!
-Muy original -Martín escribió la palabra. Tembelo era el marcante popular con que se conocía al ex-dictador, una despectiva manera de describir su rasgo físico más notorio: el grueso y gordo labio inferior que le colgaba como un belfo de dragón. La pantalla del monitor empezó a cubrirse de signos, palabras, figuras.
-¡Ya le dí la frase! -imploró el flaco- ¡Ahora ayúdeme, por favor! ¡Me duele mucho!
Martín tomó una jarra de tereré que había sobre una de las mesas, fue hasta el flaco y la vació sobre la cara. El agua espantó a las avispas. Con una hoja de papel de impresión removió los restos del jarabe. El sujeto suspiró aliviado. El detective regresó al computador.
-Interesante, muy interesante -exclamó, mientras iba descorriendo los documentos en el visor.
-¡Nos van a matar! -sollozaba el flaco- ¡A los dos!
Durante más de diez minutos Martín estuvo revisando los documentos. Luego se volvió al flaco, que sollozaba casi en silencio, convertido en un ovillo lastimoso. La nariz se le había hinchado y estaba roja como una brasa encendida.
-¿Este teléfono tiene conexión externa?
-Tiene DDI. Se puede llamar a cualquier parte del mundo.
-Muy bien -dijo el detective, acercándose-. Lo siento mucho, amigo, pero no quiero que escuches esta conversación.
El otro puso ojos de terror, pero no pudo evitar que el dorso del revólver se estrellara contra su cráneo con un ruido seco. Su cabeza cayó blandamente sobre el respaldo de la silla. Martín volvió a sentarse, pulsó varios dígitos en las teclas del teléfono y esperó algunos minutos.
-¿Hola? -dijo la voz del doctor Humbero Cardozo al otro lado de la línea.
-Habla Martín Olmedo, doctor,
-¿Qué...? ¿Olmedo? ¡Maldición! ¿Dónde diablos se encuentra?
—143→Claudia me llamó ayer por la tarde y dijo que usted pensaba meterse hoy en la boca del lobo.
-Estoy adentro mismo del estómago, doctor. Y le diría que a punto de ser digerido.
-¿Encontró algo interesante?
-Mucho más de lo que esperaba. No me va a creer. Estos tipos tienen mayor tecnología bélica que todos los ejércitos latinoamericanos juntos. Y están esperando recibir más partidas en los próximos días. Hay que detenerlos ya mismo, antes de que se vuelvan invulnerables.
-¿Qué me sugiere?
-Si puede hablar con los peces gordos del Gobierno, le voy a dar las coordenadas del aeropuerto privado de Ferreira. Si todavía les queda gente leal en las Fuerza Armadas, es preciso que vengan inmediatamente con todos los aviones, helicópteros, tanques... que sé yo. Los pueden tomar por sorpresa si se apuran.
-Puedo hablar con el presidente de la República ahora mismo. Pero no me va a creer. Y aun si lo hace, una operación así no se puede armar con tanta rapidez.
-Dígale que hay media docena de misiles apuntando a lugares estratégicos. Y que dos de ellos apuntan directamente al Palacio de Gobierno y a Mburuvichá Róga. Ya verá con qué rapidez mueven el trasero.
-¿De veras...? -la voz del director demostró un sobresalto-. Eso es increíble, Olmedo. Pero debo ofrecerles alguna prueba. Algo que los convenza.
-¿Usted tiene el módem conectado a su computadora doctor?
-Sí. Lo tengo encendido.
-Muy bien. Entonces pase la línea telefónica al ordenador. Le voy a enviar todo el detalle de la operación.
-Correcto. Ya está.
Martín depositó el tubo en la base de transmisión del ordenador y oprimió las teclas para operar el módem. Al poco rato, la computadora empezó a transmitir todos los datos almacenados en el programa. Cinco minutos después, un biiiip largo y sostenido avisó que la operación había concluido. El detective retomó la linea.
-¿Doctor? ¿Me escucha?
-Sí, Olmedo. Lo he recibido todo. ¡Es increíble! Esto va a hacer saltar a todo el mundo. Lo vamos a publicar in extenso en la edición de —144→ mañana. Ahora voy a llamar al presidente y le voy a exigir que salga ya mismo una expedición hacia allá. También hablaré con el presidente de la Corte Suprema de justicia y con el titular del Parlamento, para que participen. ¡Y por supuesto, a toda la prensa escrita, radial y televisiva, del país y del exterior! ¡Esto es grandioso, Olmedo, grandioso...! ¡Será nuestra consagración en la historia del periodismo internacional! ¡El día en que el diario La Mañana salvó a la democracia paraguaya!
-Calma, doctor. No se olvide que antes tienen que salvarme a mí. Especialmente si quiere las fotos exclusivas que le estoy preparando.
-¡Genial...! ¿Usted en qué lugar exacto se encuentra?
-Estoy dentro de un hangar, al lado del aeropuerto. Más precisamente en la sala de computación. Lo muchachos del Escuadrón fueron a jugar al tiro al blanco en un monte cercano, pero es probable que regresen enseguida y quieran seguir practicando conmigo.
-¿Claudia está con usted?
-No. Ella está por aquí cerca, en la cumbre de un cerro, jugando a las Brujas de Salem.
-Creo que podemos llegar antes de dos horas con los helicópteros, Olmedo. ¡Mientras tanto, manténgase a salvo!
-Haré lo posible, doctor. ¡Hasta luego!
Colgó el teléfono, hizo una copia del archivo en disquet y se volvió hacia el flaco que seguía inconsciente. La nariz roja le daba un divertido aire de payaso. Le desató los brazos, le quitó el manojo de llaves que llevaba prendido al cinturón y después le quitó la chaqueta militar. Se la puso. Le quedaba un poco apretada, pero nadie iba a darse cuenta. Encontró una gorra militar y también se la puso. Alzó al sujeto sobre los hombros como si fuera una bolsa de mandioca y salió al hangar. Lo acostó entre unas cajas y lo cubrió con una lona. Le hizo un gesto irónico de despedida. Chau viejo, disculpá la incomodidad, en la cárcel dormirás mejor.
Empezó a caminar hacia la puerta de salida. De pronto sintió un escozor. Algo adentro suyo le decía no, no te podés ir. Se detuvo. Miró otra vez hacia el camión que seguía estacionado al fondo, con sus bultos siniestros bajo la lona. Sintió que una voz le hablaba desde algún lugar. No viejo, no te podés ir así tan panchamente. ¿Quién te garantiza que esos juguetes de la muerte no han de volver a caer en manos equivocadas? ¿Quién te dice que los unos han de ser mejores que los otros? Al diablo, se dijo. Sos un boludo sentimental, Martín. Siempre lo serás. Caminó de —145→ prisa hacia las cajas del fondo, abrió la que contenía los explosivos y extrajo uno de ellos, el que parecía de mayor poder. Fue hasta el camión y estuvo manipulando un largo rato con los cables y las conexiones. Después ajustó el reloj. Pulsó algunas teclas y modificó los dígitos. Ya está. Se secó el sudor de la frente y respiró hondo. A la mierda. Ahora hay que rajar de aquí.
Estaba por abrir la puerta de salida, cuando de nuevo sintió el escozor. Mierda, ¿y ahora qué? El flaco, dijo la voz. No lo podés dejar allí. ¿Por qué no? Es un maldito tránsfuga. No, no podés, Martín. Sencillamente no podés. Carajo. Maldita sea la hora en que a Freud se le ocurrió darle voz a la conciencia. Uno le sigue un poquito la corriente y ya no te suelta más. ¿O no fue Freud? Se acercó al sujeto y trató de levantarlo. El sujeto se removió con un quejido y empezó a despertarse. Martín extrajo el revólver y le propinó otro golpe en la cabeza. El flaco volvió a dormirse. El detective lo envolvió con la lona como si fuera un paquete para regalo y lo cargó sobre los hombros. Abrió la puerta y salió al exterior.
Había un grupo de soldados movilizándose alrededor de una avioneta en otro de los hangares. Un jeep, con cuatro hombres uniformados se paseaba por la pista. Martín trató de caminar sin llamar la atención hacia un viejo camión que estaba estacionado a cierta distancia. El sujeto sobre sus hombros pesaba una tonelada. El jeep daba vueltas y más vueltas por la pista. Martín llegó hasta el camión, depositó al flaco en el fondo de la carrocería y lo tapó con la lona. Iba a tardar algunas horas en despertar.
El detective se trepó a la cabina. El camión estaba bastante destartalado. Buscó los cables detrás de la llave de arranque pero sólo encontró una espesa red de telarañas. Golpeó el tablero con furia y sintió un fuerte dolor en la mano. Puteó varias veces mientras se frotaba los dedos enrojecidos. A través del parabrisas vio que el camión con los soldados estaba regresando. No había caso. Para llegar al monte más cercano tenía que atravesar la pista caminando. Era como pasearse por un campo de tiro con el blanco pintado en las espaldas. Tampoco podía quedarse allí a esperar. De pronto empezó a tener miedo, mucho y de golpe. No, no podía quedarse allí. Extrajo la cámara fotográfica y el disquet de la computadora y los guardó en el portaguantes del vehículo. Si llegaban a capturarlo, alguien tendría la oportunidad de encontrarlos más tarde. Pensó en dejar una nota, pero le pareció estúpido. ¿Qué iba a escribir? ¿Alguna frase heroica? Vamos, detective, la hora del sacrificio ha —146→ llegado. La democracia necesita de mártires. ¡Mbóre!
Descendió de la cabina y empezó a cruzar despacio la pista. Caminaba con la mayor naturalidad que le resultaba posible, como si se dirigiera a mirar vidrieras en la calle Palma. A lo mejor tenía una suerte maldita y no se fijaban en él. A lo mejor pensaban que era un recluta que necesitaba hacer una incursión apresurada en el monte. A lo mejor...
El ruido del motor de un jeep empezó a crecer en la distancia. Parecía acercarse con rapidez a sus espaldas. No puede ser, se dijo. Son suposiciones. Estás muy nervioso. Se hundió la gorra hasta los ojos. Hay que seguir caminando. No pasa naranja. Pero el motor se acercaba cada vez más. Más. ¿Adónde correr? Alrededor no había nada. Ni un miserable sitio donde esconderse. Acarició el revólver bajo la chaqueta. No era una buena idea. No le iban a dar oportunidad. Que mala leche. El motor se escuchaba cada vez más cerca. No. Más cerca. Sacrificio. Más cerca. Mártir de la democracia. Más. ¡Araca!
-¡Usted... alto! -gritó la voz a sus espaldas-. ¡A usted le estoy hablando!
Martín se sintió perdido. Siguió caminando. El jeep aceleró y se ubicó a su costado. De reojo vio a Rambo parado en el asiento de al lado del conductor, apuntándolo con la Browning 9 milímetros. Como si eso no fuera suficiente, en la parte de atrás del vehículo dos soldados también lo encañonaban con sendos fusiles-ametralladoras.
-¡Quieto, carajo! -vociferó Rambo- ¡Deténgase o disparamos!
Martín se detuvo. Sin que se lo pidan, levantó las manos hasta casi tocar el cielo. Quería demostrar que era un chico bueno, obediente. No sean brutos, muchachos. Me estoy portando bien, ¿no lo ven? Los soldados saltaron al suelo y lo rodearon. Uno de ellos se acercó por detrás y le palpó todo el cuerpo hasta encontrar el revólver. El jeep paró el motor. Rambo esbozó una ancha sonrisa.
-Pero miren a quién encontramos... Nuestro amigo, el guapo del hotel. ¿Qué se te ha perdido por aquí, muchacho?
-Busco al señor Pablo Ferreira. Tengo un negocio que proponerle -contestó Martín.
-¡Ah sí, ya lo creo...
Rambo, acercándosele con la pistola apuntada hasta tocar con el caño la frente del detective.
Inesperadamente el arma subió y volvió a bajar con fuerza.
Martín percibió el impacto, pero ya no tuvo tiempo de sentir dolor.
—147→El mundo se volvió oscuro.
Muy oscuro.
La hoguera ardía encima del altar de los sacrificios. Leños de curupicay dispuestos en forma de cruz sobre un bracero de hierro arrojaban lenguas doradas, refulgentes.
Robustiano Cañete se aproximó, silencioso, con el rostro gordo y moreno perlado de sudor. A su alrededor todos observaban, tensos, expectantes. El payesero extendió los puños cerrados sobre el fuego y se pudo sentir claramente el olor a pelo quemado cuando las llamas comenzaron a chamuscar los vellos de sus brazos. Recorrió con los ojos el cerco de curiosos y dirigió una sonrisa despectiva a Don Ecumenario. Entonces abrió los puños con un gesto espasmódico y hubo una explosión brillante que hizo retroceder a todos, arrancando gritos de sorpresa. Una cascada de chispas ascendió a los cielos como una gigantesca estrellita de navidad. El efecto duró más de medio minuto y cuando todo se acabó, en medio de una densa humareda que olía a pólvora y a hierbas mágicas, se escucharon largos gritos, vítores y aplausos.
Cañete sonrió sobradoramente y retrocedió unos pasos. Hizo un gesto de invitación a su contrincante. Don Ecumenario asintió levemente con la cabeza y se aproximó al fuego. Claudia sintió que una mano helada sofocaba su corazón. El anciano la miró y sonrió de modo casi imperceptible. Extendió los puños sobre la hoguera, del mismo modo en que lo había hecho el otro. Otra vez la tensión y la expectativa en los rostros. El anciano abrió las manos y todos se echaron hacia atrás, por puro reflejo. Pero esta vez no sucedió nada. Absolutamente nada.
Un murmullo de desaprobación y desencanto empezó a crecer, hasta convertirse en rechiflas e insultos. Don Ecumenario sonrió y empezó a bajar lentamente las manos hacia el brasero. Las rechiflas se silenciaron. Las manos se sumergieron en medio de las llamas. Claudia creyó sentir ella el dolor y cerró los ojos. Los demás no podían creer lo que estaban viendo. El rostro del anciano estaba impasible y sereno. Sus manos aferraron un enorme leño por la parte encendida al rojo vivo y lo levantaron en el aire. Una exclamación de susto y admiración brotó de todas las gargantas.
Don Ecumenario miró a su contrincante. Cañete estaba lívido. Con —148→ un gesto muy rápido, el anciano le arrojó el leño encendido. El otro, sorprendido, lo aferró en el aire. Lo sostuvo un rato entre sus manos, estupefacto. De golpe su rostro empezó a descomponerse en una máscara de dolor. El olor a carne quemada impregnó todo el ambiente. Cañete pegó un alarido y dejo caer el leño, que se estrelló contra el piso esparciendo chispitas rojas. Sin dejar de gritar, se echó a correr desesperado hacia cualquier parte. Don Ecumenario levantó sus manos y mostró las palmas rugosas, intactas.
El eco de los aplausos se extendió durante largos minutos.
Las campanadas sonaban muy fuerte en medio de la oscuridad. Tan fuerte que hacían doler el cerebro. Qué raro. Martín no se acordaba de haber visto ninguna Iglesia cerca. Ni que la noche hubiera llegado tan deprisa. Ni mucho menos que se hubiera acostado a dormir sobre algo tan frío como el hielo. La última vez... ¿qué diablos había ocurrido la última vez? Entonces recordó el jeep, los aviones, la pista, los hangares, las armas... y ese milico desgraciado, cuando lo agarre... ¡uf! Sintió agujas en la cabeza. Quiso tocarse pero las manos no le respondían. El cuerpo entero se negaba a responder. Otra vez las campanadas. No, no eran campanadas. Era ese maldito pájaro. Pero entonces dónde, qué...
-Está despertando -dijo la voz.
Martín trató de abrir los ojos. Le resultaba tan difícil como encontrar funcionarios honestos en las administraciones de Aduanas y Puertos. El resplandor de la luz lo golpeó como un martillo. De a poco las imágenes se fueron clarificando. Vio unas botas negras y brillantes en primer plano. Una de las botas se movió y le aplastó la nariz. La bota estaba unida a una pierna vestida de verde para-í. Y la pierna conducía arriba, hacia un cuerpo musculoso que sostenía un rostro sonriente y burlón.
-¡Arriba, mierda! -gritó Rambo- ¡Hace rato que estamos esperando para que nos aclares un montón de cosas!
El detective sintió que unos potentes brazos lo recogían del suelo como a un maniquí y lo tumbaban en un sillón de madera. Recién entonces pudo advertir que se encontraba en el amplio y fresco corredor de una vivienda. Casi todo era de madera barnizada y lustrosa. Una gruesa baranda los separaba de un bello y cuidado jardín. Más allá, en la distancia, los hangares y las avionetas flotaban en el vaho caliente de la —149→ pista.
Rambo se paró frente a él desafiante. Tres hombres aguardaban sentados en otros sillones, como espectadores impacientes ante una obra teatral retrasada. Reconoció al coronel Romero y al fazendero Ferreira. Ambos mostraban expresión de disgusto y habían perdido la azucarada amabilidad de la otra noche. El tercero era un rubio flaco y alto, pinta de gringo, con una mirada fría y perturbadora. Detrás de ellos, colgado del techo, estaban las dos jaulas con los loritos, el corochiré y el pájaro campana. Al parecer, habían decidido unánimemente dejar de trinar.
-¡Bueno! ¡No te vamos a esperar toda la mañana! ¡Empezá a hablar, mierda! -Rambo parecía histérico. La Browning le temblaba en la mano derecha. A los costados del detective, dos soldados apuntaban sus ametralladoras como aguardando que hiciera algún movimiento sospechoso para vaciarle el cargador. Tranquilo, muchachos. No tenían por qué preocuparse. El iba a quedarse más estático que un opositor después del pacto político.
-Ya le dije: quería hablar con el señor Ferreira -contestó Martín, mirando al viejo que sorbía lentamente un vaso de limonada-. Me han indicado que él puede ayudarme a conseguir unas mercaderías muy especiales para unos clientes en Asunción.
La Browning se movió con un destello imperceptible y el detective sintió un agudo dolor en la mandíbula. El sabor de su sangre en la boca le resultó ajeno y extraño.
-¡Contame otra historia, mierda! -gritó Rambo, fuera de sí, y lo aferró de los cabellos, dispuesto a golpear de nuevo.
-Espere, capitán -dijo el coronel Romero, levantándose del sillón. Recogió algunas cosas de una pequeña mesita. Martín reconoció su billetera, con sus documentos y sus tarjetas. El militar se acercó hasta casi pegar su rostro al del detective.
-Sabemos quién es usted, amigo -su voz sonaba tranquila, casi paternal-. Sabemos que ha vestido el uniforme en una época difícil y ha defendido los intereses de la patria. Por lo tanto, usted también sabe que hay momentos en la vida en que un hombre debe jugarse a fondo por los valores que defiende. Momentos de definición, de renuncia personal. Eso es lo que estamos haciendo aquí, en este rincón alejado y perdido de nuestro querido Paraguay. Estamos preparándonos para responder a los desafíos de la historia. Para salvar al país, una vez más, de la afrenta y la iniquidad. Tenemos que honrar a nuestros héroes que dieron su vida por —150→ la patria en las trincheras de Cerro Corá y Boquerón. No podemos permitir que nada, absolutamente nada, modifique el curso de nuestro destino. Usted y yo, aunque hayamos servido en distintas instituciones, somos de la misma raza de valientes y patriotas. Por eso le pido que colabore con nosotros. Díganos cómo ha llegado hasta aquí, quiénes lo enviaron, qué es lo que se sabe de todo esto allá afuera. Le aseguro que su acción será plenamente recompensada y usted ocupará un lugar muy importante en esta nueva era que pronto va a vivir nuestro país.
El coronel terminó sus palabras con una sonrisa de político en campaña electoral y se quedó aguardando la salva de aplausos.
-Me conmueven sus palabras -dijo Martín-. Créame, si no estuviera tan asustado por las bravuconadas de este gorila al que usted llama capitán, quizás hubiera llorado de emoción.
Una sombra de furia borró repentinamente la sonrisa del rostro del coronel.
-¡Hijo de puta!
-No pierda el tiempo con esta mierda, mi coronel -intervino Rambo, blandiendo su pistola contra el rostro del detective-. Déjelo a ni cargo, yo le voy a hacer cantar como a un gallito.
-Ustedes están locos si creen que ese plan va a tener éxito -dijo Martín-. ¿Quién es el genio estratega al que se le ocurrió? ¿No será el mismo guionista de «El sueño mágico de Bibi»?
-¿Y vos qué podés saber de estas cosas, compadre? ¿Qué podés saber, eeeh? -desafió Rambo, hincando varias veces con el caño de su pistola el pecho del detective.
-A ver -pidió el coronel, cuya voz había recobrado el tono de fingida suavidad-. Ilústrenos con su divina inteligencia. Díganos qué es lo que le parece mal.
Martín miró disimuladamente su reloj. Había tiempo. Por qué no divertirse un poco.
-La coyuntura política nacional e internacional es muy adversa para una aventura bélica como la que ustedes se plantean -dijo, con una forzada pose doctoral-. Supongamos que tengan éxito militar y logren controlar el poder. Eso es factible, si tomamos en cuenta a los genios encargados de nuestra Defensa Nacional. Pero, ¿cuánto tiempo les va a durar? ¿Qué respaldo van a tener de la población civil? Y ni hablemos de la comunidad internacional.
El coronel se sentó de nuevo y acercó un poco más su sillón hacia —151→ el detective. Parecía entusiasmado de poder discutir con alguien los detalles de su mesiánica misión. Martín palideció al pensar lo que eso significaba: no iban a dejarlo salir vivo de allí.
-Todos esos riesgos han sido mil veces estudiados por especialistas en análisis estratégico -explicó el militar, reforzando sus palabras con gestos ampulosos-. La población civil, como usted la llama, está harta de un gobierno que sólo le da libertad para morirse de hambre. Está harta de los políticos que se pasan prometiendo cosas que nunca van a cumplir. Son payasos que han convertido el Parlamento en un gran circo y que gastan el tiempo y la plata del pueblo tirándose mierda unos a otros, mientras sus compatriotas deambulan en busca de pan y de trabajo. Sí, la gente esta harta de que los criminales le hayan perdido el respeto a la policía y que ya nadie pueda salir tranquilo a las calles. Cada vez hay más robos, asaltos, violaciones... Esa población civil apoyaría de muy buen grado el regreso de un hombre que quizás cometió errores, pero que siempre se preocupó por la paz, el bienestar y la seguridad de sus compatriotas. Yo he recorrido miles de humildes hogares por todo el territorio nacional antes de tomar esta decisión. He hablado con la gente, he visto la miseria, la desilusión, el desencanto por esto que pomposamente llaman democracia. ¿Qué democracia? El país es un tremendo caos. Son los payasos, los putos y los bolches los que en realidad des-gobiernan. Cualquiera dice cualquier barbaridad y la prensa lo publica en grandes titulares. Se confunde libertad con libertinaje. Se ofende y se agravia gratuitamente a las instituciones más sagradas que tiene un país: la Iglesia, la Familia y especialmente las Gloriosas Fuerzas Armadas. Se viola uno. de los derechos capitales del inundo occidental y cristiano: el derecho a la propiedad privada. Cualquiera puede declararse «sin tierra» y amanecer con una carpa y una bandera en tu propio patio. Así no vamos a ir a ningún lado, compañero. Así solamente le estamos preparando el camino para que unos cuantos bolches trasnochados, que ya no tienen lugar ni en la Unión Soviética, terminen adueñándose del país. La gente sabe eso y no está de acuerdo. Yo he visto que en miles de hogares humildes, muy calladamente, la gente abre sus baúles al atardecer y saca un retrato del general como una verdadera reliquia, lo ponen en el nicho familiar, junto a sus santos más queridos, y le encienden una vela. Esa gente va a estar muy contenta de que él regrese para gobernar.
Martín volvió a mirar su reloj. Dedicó una sonrisa irónica al coronel, que parecía haber entrado en una especie de trance mientras —152→ hablaba.
-Es posible que una buena parte de la población, la que corresponde al sector más postergado e ignorante, el sector más acrítico y corrompido por la misma dictadura, se comporte de esa manera -dijo el detective, con aire conciliador-. No lo descarto. Pero otra gran parte ha adquirido mayor conciencia crítica, precisamente gracias a lo que usted llama libertinaje periodístico y conoce en detalle los horrores de la dictadura. No creo que esa gente esté muy dispuesta a repetir la historia. El gobierno que tenemos actualmente está muy lejos de ser una maravilla, es verdad, pero la diferencia está en que nosotros lo hemos elegido. Con trampas, por supuesto, pero lo hemos elegido. Y eso es algo que a lo mejor no sirve para llenarnos el estómago, pero... ¿sabe coronel?, el día en que yo deposité ese papelito en las urnas me sentí bastante bien. Una sensación parecida a la primera vez que hice el amor con una mujer. Y sé que muchos compatriotas también se sintieron así.
-Palabras... -rechazó el coronel, moviendo reiteradas veces la cabeza hacia los costados-. Sólo palabras. ¿Usted cree que somos tan tontos como para intentar repetir la historia? Tenemos un programa político mucho más atractivo que esta mascarada que está hoy en cartelera. ¿Quieren democracia? Nosotros se la vamos a dar. Pero una democracia con patriotismo, con orden, con seguridad, con pan y trabajo para todos los paraguayos de bien. En pocos días más, un movimiento terrorista de ultra-izquierda comenzará a operar en el país. Habrá bombas en las embajadas, en las escuelas y en los colegios, en las Iglesias y en las oficinas públicas. Morirán mujeres y niños, gente inocente. La población se va a desesperar. El Gobierno será incapaz de contener la oleada del terror. El país se volverá aún más ingobernable. Entonces llegará la salvación.
-Naturalmente -acotó Martín-, los terroristas no serán otros sino los buenos muchachos del Comando Escorpión Amarillo. El viejo y frustrado Plan Ene se vuelve a reflotar. Me desilusiona, coronel. Ni siquiera son capaces de planear cosas originales.
-El plan va a funcionar. Claro que, lamentablemente, usted ya no estará vivo para poder comprobarlo. Vamos a convocar a elecciones en forma inmediata y le aseguro que el general saldrá elegido con la mayor cantidad de votos que haya registrado la historia política de este país.
-¿Y usted espera que los yanquis y los otros países dueños de la plata aprueben una locura como esa? Hace una década era buen negocio poner generales en el poder. Hoy los Mister quieren yuppies de cuello y —153→ corbata, porque dan mejor imagen y se los maneja con más facilidad. A su general lo van a dejar más solo que a su propia estatua, la que fue derribada del Cerro Lambaré por la multitud y que hoy se llena de herrumbre en los depósitos de chatarra de la Municipalidad.
El coronel dirigió la pregunta al rubio flaco y alto, que desde el principio escuchaba la conversación con ganas de intervenir.
-En eso también se equivoca. ¿No es verdad, Mister Norton?
-Así es -dijo el rubio, en un castellano que a pesar de tener un fuerte acento gringo, sonaba perfecto-. Sólo hay que recordar lo que sucedió en Perú, con Fujimori. Es posible que algunos gobiernos emitan sus declaraciones de condena y hasta retiren sus embajadas por algún tiempo. Pero no son los gobiernos los que mandan sino las grandes corporaciones. O las transnacionales, como les gusta decir a los comunistas. Para estas corporaciones, desde que cayó el régimen, el Paraguay ha dejado de ser un lugar de interés para las inversiones. No hay respeto por la propiedad privada, no hay estabilidad social ni económica, no hay garantías de orden ni de seguridad para el capital. ¿Quién piensa usted que está financiando toda esta operación bélica tan costosa?
-¿Por qué no llama a las cosas por su nombre, amigo? -contestó Martín- No me hable de corporaciones. Hábleme de la Mafia. O, si quiere, de los Cárteles del Narcotráfico. He visto sus hangares llenos de basura taiwanesa. Estoy seguro de que detrás de todo eso está el maldito polvo blanco. A ustedes les interesa un pito la democracia, el bienestar, la seguridad y todas esas sandeces. Lo único que les importa es la seguridad y el bienestar de sus bolsillos.
-¡No! -dijo el coronel, súbitamente indignado- ¡Esta es una misión patriótica! ¡Estamos tratando de salvar al país!
-Ni su madre le va a creer ese discurso, coronel. Deje a la patria tranquila, que ya demasiado le han chupado la sangre. Los que tumbaron a su general lo habrán hecho por muchas otras razones, pero principalmente porque el negocio ya no les resultaba rentable. Se creyeron que con un sistema de seudo-democracia podían lavarse la cara y seguir robando con tranquilidad, pero la criatura se les fue de la mano. Ese es el problema de darle libertad a la gente. Se abre las puertas de la jaula y los pájaros, en lugar de darte las gracias y seguir alegrándote la mañana con su canto, te dan la espalda y se echan a volar, cada vez más alto. Y desde lo alto dejan caer la caca sobre las cabezas de sus amos, los muy desagradecidos. Los periodistas se animan y empiezan a meter las narices en tu ropero, —154→ revolviendo al sol los trapos sucios. Los jueces sienten que se les mueve el piso y para asegurar su supervivencia hasta juegan a hacer justicia. Ya no hay garantías. Los parlamentarios, con tal de salir en la prensa y ganar protagonismo, hasta se atreven a acusarte de corrupto y narcotraficante. ¿Pero qué se han creído? Las cosas no tenían que ser de esa manera, ¿verdad coronel? Ese no era el trato. Hay que volver a poner las cosas en su lugar. ¿Por qué no traemos de vuelta al viejo general?
-Es usted muy fantasioso, amigo. Lástima que esa imaginación tan rica deba ser truncada de un modo tan trágico. -la voz del coronel había perdido definitivamente el tono de cordialidad, para volverse dura y amenazadora-. Usted no es lo que yo creía. Es apenas uno más de esos bolches: un pobre tipo que odia a los militares.
-No crea, coronel. Llegará un momento, en este país, en que nadie odiará a lo militares. Pero, claro, en una época así usted jamás sería militar.
El rostro del coronel se tiñó de furia.
-Creo que ya hemos hablado bastante. ¡Capitán, lléveselo!
Rambo sonrió con satisfacción y se aproximó con su pistola. Martín miró su reloj y comprendió que debía ganar un poco más de tiempo.
-¡Espere! Antes sáqueme de una duda, coronel. ¿Realmente creen que un anciano ya medio esclerótico y que, según las pocas entrevistas periodísticas, se pasa recitando incoherencias, pueda dirigir un país como el que ustedes quieren?
El coronel pareció sorprendido por la pregunta. El viejo Ferreira se levantó de su sillón como despertando de un sueño brumoso. Hasta entonces había permanecido silencioso y estático. Se sirvió otro vaso de limonada y encaró al detective.
-Ese es un punto interesante, amigo. Lo hemos discutido en muchas oportunidades. Yo personalmente he ido a visitar al viejo en su residencia de Brasilia. Las veces que le insinué el tema siempre me respondía con anécdotas confusas sobre sus años de gobierno y sus jornadas de pesca en el río Paraná.
-¿O sea que el Tiranosaurio ni siquiera está enterado del Plan? -pregunto Martín con perplejidad.
-No lo necesitamos a él, sino a su leyenda. Actualmente él es apenas un fantasma solitario que vive alimentado de las nostalgias de un poder que se le ha escapado, acaso para siempre. Ya era así incluso antes del golpe que lo derrocó. Los hombres del Cuatrinomio manejaban el —155→ Gobierno y él se había convertido en una sombra de su propia figura. Hoy, sólo sueña con poder volver a pescar en su vieja isla. Bastará que le digamos que eso está arreglado y regresará feliz de poder morir en su tierra. La gente se sentirá reconfortada de verlo, aunque sea de forma difusa y a la distancia. El resto quedará en manos de nuestros políticos y expertos.
-Ya veo. Lo tienen todo previsto. Debo admitir que, a pesar de que el plan es una locura irrealizable, tiene aristas muy originales. La idea de utilizar el momento del eclipse, por ejemplo, me parece locamente genial.
-Eso iba a ser un golpe de efectismo, al estilo Hollywood. Reforzado por el tema del payé, a cargo de los hechiceros, podía ayudar bastante a crear un clima, un ambiente más propicio. Pero seguramente vamos a tener que adelantar la fecha. Su presencia aquí significa que nuestro plan se ha filtrado de algún modo. De cualquier manera, la dinámica de los acontecimientos políticos lo convierten en un hecho irreversible.
Martín miró su reloj. El momento estaba cerca. Muy cerca.
-Lamento desilusionarlo, don Pablo. Pero creo que ya es muy tarde. Su hermoso plan acaba de irse a la mierda.
-¿Qué dice?
-Les ofrezco la oportunidad de que se rindan para evitar un inútil derramamiento de sangre. Dígales a sus hombres que dejen de apuntarme y me entreguen sus armas.
-Ahora el loco es usted -se enojó el coronel-. No sé si se ha dado cuenta que es un prisionero. O peor: un condenado a muerte.
-Coronel, permítame encargarme de este tipo -propuso Rambo, con impaciencia-. ¡Ya me tiene podrido!
-Proceda, capitán.
El detective no despegaba sus ojos del reloj. Sentía que los latidos de su corazón se aceleraban a medida en que avanzaba la manecilla del segundero.
-Se lo digo por última vez. Ríndanse.
-¡Lléveselo, capitán! -ordenó con furia el coronel.
-¡Vamos, mierda! ¡Andando! -exclamó Rambo, empujándolo con la pistola.
Martín los miró a cada uno al rostro, con una sonrisa sobradora.
-Ustedes lo quisieron, desgraciados.
En ese preciso instante, el mundo pareció explotar.
—156→
El hombre que se parecía a Drácula movió la cabeza de manera despectiva.
-Usted ha sido muito letrado, meu amigo. Ha engañado con un truco de cuarta al pobre Don Robustiano. Pero estoy seguro que no se va a poner contra los poderes del Quimbanda. ¡Aaaah, contra el Diablo usted no se anima!
-No se anima, no -le hizo coro la hermana Astrogilda.
Don Ecumenario los miró con lástima. No podía entender que hubiera gente tan terca y obstinada en el mundo.
-No hace falta que mueva un dedo contra ustedes. Puedo pedirle a mi alumna más nueva que los haga volar por los aires con un solo gesto.
Drácula y la medium de turbante floreado se echaron a reír. Algunos de los que estaban alrededor le siguieron la corriente.
-Quiero ver. Eso yo quiero ver -dijo la hermana Astrogilda.
El anciano dirigió la mirada hacia Claudia y le pidió que se aproximara.
-Vení, mi hija. Dales una pequeña demostración de tu poder.
-¿Qué...? ¿Yo...? -se asustó la muchacha.
-No te preocupes. Es sólo una pequeña lección para estos incautos. Poné la mano sobre el collar, así -con sus dedos guió los de la muchacha, oprimiendo el collar de semillas contra su pecho-. Y ahora concentrá toda la fuerza de tu pensamiento.
-Pero... yo... -balbuceó Claudia.
-¿Qué va a hacer? ¿Va a sacar pajaritos de abajo de la ropa? -se rió la hermana Astrogilda.
-Cerrá los ojos, concentrate. Para no causar mucho daño, dirigí tu poder bien lejos... allá en el valle. -dijo el anciano, apuntando hacia la distancia.
La muchacha no entendía mucho pero pensó que era mejor seguir el juego. Cerró con fuerza los ojos y oprimió el collar hasta que su dedos se pusieran blancos.
-Allá... -dijo el anciano, sin dejar de apuntar.
Todos los ojos se dirigieron hacia el lugar indicado.
Pasaron algunos minutos. No sucedía nada.
-¡Es tudo mentira, viejo! ¡Déjese de macanear! -dijo Drácula, —157→ impaciente.
Claudia seguía con los ojos cerrados.
-Allá... -repitió el anciano.
Volvieron a mirar hacia el valle.
De pronto, en el punto señalado brotó un enorme resplandor, como si un sol inmenso se hubiera encendido repentinamente en medio del paisaje. Una explosión fuertísima llegó hasta ellos y el suelo empezó a moverse como en un terremoto.
Claudia abrió los ojos, asustada. No pudo creer lo que estaba viendo. Miró sus manos, el collar, las personas que retrocedían temerosas de su presencia. Don Ecumenario sonreía divertido. Drácula estaba más pálido que nunca y la hermana Astrogilda había perdido el turbante.
-¿Quieren otra demostración? -desafió el anciano y todos echaron a correr, incluyendo al hombrecito y al pistolero negro.
-¡Dios mío! ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? -preguntó la muchacha, con angustia.
El anciano la miró con una seguridad tranquilizadora.
-No fuiste vos, sino tu amigo. Vamos. Puede necesitar ayuda.
Un ruido ensordecedor llenó el aire y la tierra comenzó a sacudirse convulsivamente. Los vidrios de las ventanas saltaron en pedazos. Una lluvia de polvo y astillas empezó a caer desde el techo del corredor. Los hombres se movían como borrachos, tratando de entender lo que sucedía, cuando vieron la inmensa llamarada blanca que brotaba de los hangares y abrazaba el cielo. Luego sobrevino un fogonazo ensordecedor. Y otro. Y otro. Y otro. Coronas de humo negro ascendían desde el centro de las explosiones. Restos de fuselajes y cajas, pedazos de pared, estructuras de hierro retorcido, partes de vehículos y aviones volaban por los aires.
-¡Mierda...! -dijo el coronel.
Todos estaban estáticos, paralizados, observando la tragedia desde atrás de la baranda. Martín aprovechó el momento y empezó a retroceder despacio hacia el fondo del corredor. Nadie se dio cuenta.
El detective trepó en silencio la valla y cayó suavemente sobre el césped del jardín. Se ocultó detrás de la pared de la vivienda. Había una distancia de unos mil metros, a través de un campo pelado, para alcanzar el monte más cercano en dirección al cerro. Era ahora o nunca. Empezó a —158→ correr.
Rambo fue el primero en reaccionar. Se volvió con los ojos llenos de furia hacia el lugar donde había estado el detective.
-¡Carajo! ¡Se ha escapado!
Los dos soldados se sacudieron de su estupor y empezaron a buscar en todas las direcciones, entrechocándose. El coronel fue hacia el fondo de la casa y pudo ver a la solitaria figura que atravesaba el campo a toda carrera.
-¡Allá está!
-¡Vamos! ¡El jeep...! ¡En el garaje! ¡Pronto! -gritó Rambo a los soldados, mientras saltaba sobre la baranda.
Martín corría con dificultad sobre la tierra roja, arcillosa y resbaladiza. Sintió que el cansancio llegaba antes de lo previsto y se juró a sí mismo no volver a faltar a las sesiones en el gimnasio del coreano. El sol golpeaba sin misericordia y el monte parecía alejarse burlonamente a medida en que avanzaba. Al fondo, los hangares en llamas componían una escenografía apocalíptica.
El creciente ruido del motor llegó hasta él como un toque de alarma. Sin dejar de correr volteó la cabeza. ¡Oh no! exclamó al ver que el jeep se aproximaba, hamacándose con violencia dentro de una nube de polvo rojo. Rambo iba al volante y los dos soldados estaban parados, sujetos a los travesaños de hierro, con las metralletas listas para disparar. El detective creyó que su buena estrella lo abandonaba definitivamente. El monte aún estaba muy lejos. Jamás iba a llegar a tiempo. No tenía revólver. En los alrededores no había una sola miserable piedra con qué defenderse. Desde la distancia, la oscura sombra del cerro sonreía con expresión maligna. Por allí cerca debía vivir el tigrero. Lacú, maldito seas, ¿dónde diablos te metiste?
Algo surgió del monte y empezó a crecer, a medida en que se aproximaba. Era un vehículo que venía velozmente en su dirección. ¿Más soldados? ¿Lo iban a atrapar entre dos fuegos? No, era un enorme camión, cargado hasta el tope con gruesos rollos de madera. Martín seguía corriendo casi por inercia. Volvió la vista atrás. El jeep estaba cada vez más cerca. Uno de los soldados trataba de hacer puntería, pero los banquinazos no le permitían estabilizarse. Una ráfaga pasó muy cerca, horadando la tierra como una lluvia de granizos. Martín trató de correr con más fuerza. Era inútil. Miró al cielo. Ni rastro de los aviones desgraciados. Ahora sí se terminaba todo. Mártir de la democracia. ¿Por qué tenía que ser así? Otra —159→ ráfaga. Casi. Y ese camión que venía directo para chocarlo. Pero no. ¿Qué hace? Está girando en redondo. De nuevo hacia el monte. La nube roja lo envolvió y lo hizo toser. En medio de la polvareda advirtió una silueta conocida que emergía desde la cabina y le gritaba que suba. Sí, era Lacú. ¡Hijo de puta! ¡Lacú!
El alma le volvió al cuerpo. De un salto se aferró a una de las salientes de los rollos atados con cadenas y trepó con avidez, mientras el camión reanudaba la marcha. Sintió el ruido del motor del jeep cerca, muy cerca. La polvareda era infernal, pero eso también impedía la visibilidad de sus seguidores. El detective avanzó encaramándose de un tronco a otro, hasta afirmarse encima de la carga. Costaba mantener el equilibrio. Escuchó el tableteo de la ametralladora y las balas se estrellaron contra la madera, esparciendo chispas y astillas. Se acostó detrás de los rollos, hacia el costado izquierdo. El jeep avanzaba por el costado derecho, casi pegado al camión, ya fuera de la nube de polvareda. Ahora los soldados apuntaban hacia la cabina del camión, tratando de acertar al conductor. Martín se desesperó. Buscó algún elemento que pudiera arrojarles y entonces vio que los troncos de madera estaban sujetos en la carrocería por gruesas cadenas unidas en un punto a una palanca de acero. Se arrastró hasta el sitio y trató de levantar la palanca. Estaba demasiado fuerte. Escuchó otra vez el tableteo y el ruido de las balas pegando contra la cabina, astillando los vidrios del parabrisas. Estiró la palanca con todas sus fuerzas. El mecanismo hizo un ruido, ¡clump!, y las cadenas saltaron por los aires. Sintió que los rollos se movían y empezó a correr, dio un salto y se acostó sobre el techo de la cabina. Desde allí vio la cara de terror de los ocupantes del jeep, al darse cuenta que los rollos se les venían encima.
Martín cerró los ojos pero no pudo evitar oír los terribles y desesperados gritos.
Más gritos para su colección particular de pesadillas.
¿Por qué tenía que ser siempre así?
¿Por qué...?
Bajaron por la cuesta del cerro a la mayor velocidad que permitía el tractor. El Cuervo manejaba esquivando árboles y rocas como un volante de Fórmula Uno. Claudia ir; tentaba sujetarse al brazo de Willy como fuera posible, con miedo de que en el próximo banquinazo saliera —160→ despedida por los aires como una flecha. También temía que al viejo Ecumenario se le desbarataran los huesos con el infernal matraqueteo. Finalmente la cuesta concluyó en una planicie abierta y el viaje se hizo un poco más agradable.
Desembocaron en una carretera, que los condujo a su vez hasta una alta alambrada y un gran portón de madera. Había una torre de guardia, pero no se divisaba a nadie en su interior. Una cámara de circuito cerrado de televisión se movía en silencio hacia cualquier dirección.
-¿Qué hacemos? -preguntó el Cuervo.
-Hay que pasar como sea -dijo Willy.
El Cuervo manipuló los cambios y oprimió el acelerador al máximo. Claudia cerró los ojos y se abrazó a Willy. Escuchó el bramido del motor y el seco impacto de la madera que se quebraba con violencia. Cuando volvió a mirar ya estaban adentro de un enorme campo de cultivos de soja. A lo lejos se veía el infernal incendio que oscurecía una parte del cielo con la negra humareda.
-¡Martín...! -gritó, con un dejo de angustia.
-Él está bien -le aseguró el anciano.
Se cruzaron con grupos de personas de aspecto humilde que corrían con desesperación hacia la salida del campo. Había hombres, mujeres y muchos niños. Llevaban bolsas sobre los hombros y el miedo pintado en sus rostros.
-Vamos hacia allá -indicó Don Ecumenario, apuntando hacia un camión de carga que se detenía al borde de la selva.
Una bandada de coloridas mariposas se alzó desde la humedad del follaje y empezó a revolotear por todas partes, indiferente a la tragedia. Lacú apagó el motor, abrió la puerta y trepó por la carrocería. Encontró al detective acostado sobre la cabina del camión, temblando convulsivamente.
-Amigo... -dijo.
-¡Dios...! ¡Oh Dios! -exclamó Martín con un sollozo.
-Venga. Ya pasó todo.
El tigrero extendió la mano y presionó el hombro del detective con un gesto enérgico, fraternal. Martín levantó el rostro y miró a ese hombre rudo, huraño, casi primitivo, al que apenas conocía y tenía una mirada —161→ color de cielo. ¿Quién era? ¿Qué demonios estaba haciendo en ese lugar? ¿Cómo había podido llegar tan a tiempo? Los ojos del detective estaban húmedos. Lacú lo ayudó a bajar.
Vio que los hangares seguían ardiendo en el horizonte. De vez en cuando se escuchaba otra sorda explosión y algo volaba por los aires. Había un frenético movimiento de hombres y vehículos alrededor, extrañas figuras animadas de una vieja película de Chaplin. No muy lejos de allí estaba la mole del jeep aplastado bajo los gruesos troncos de madera. Ningún sonido. Ningún movimiento. Martín desvió la vista.
-¿De veras me escuchaste cuando yo te llamé con el pensamiento? -preguntó.
-¿Pensamiento? No -dijo el tigrero, apuntando hacia el lugar del incendio-. Yo vi señales de humo. Un ruido enorme que hizo temblar toda la tierra. Por eso vine.
El detective comenzó a reír. De repente todo le pareció absurdo, irreal, como si ambos fueran apenas personajes de una novela barata, en un país sin literatura ni pasado. Empezó a reír sin poder contenerse. El tigrero lo miraba sin entender. El detective tuvo que agarrarse el estómago por el dolor que le provocaba la risa y fue doblándose, cayendo de rodillas sobre el suelo, mientras el ruido de los primeros helicópteros llenaban el aire y los caza-bombarderos Xavantes iban descendiendo unos tras otros en la pista, en medio del humo y los resplandores del incendio.
-Lacú se dio cuenta de que un tractor se aproximaba hacia ellos. Al poco rato pudo reconocer a sus amigos. Claudia saltó a tierra sin esperar que el vehículo se detuviera y llegó corriendo junto al detective. Se arrodilló a su lado y lo abrazó con fuerza. Se miraron. Los dos tenían los ojos cubiertos de lágrimas.
Los demás también se aproximaron.
-¡Estás herido...! -exclamó Claudia al observar el cuerpo de su amigo, lleno de escoriaciones y manchas rojas.
-Son sólo golpes y arañazos. No es nada grave.
Don Ecumenario le alcanzó un pequeño hy'acuá. Martín se bebió el contenido hasta la última gota. El líquido tenía un sabor amargo, pero era refrescante y producía una sensación agradable.
-Parece que no hubo necesidad de llamar a los Cazafantasmas -dijo el anciano.
-No. Pero allá arriba tuvieron bastante trabajo, ¿verdad?
-Algunos problemitas. Pero esta chica se encargó de resolverlos.
—162→El viejo miró a Claudia y sonrió. Ella le respondió con otra sonrisa. Un eco de disparos y explosiones llegó desde el sitio de los hangares. Se veían fogonazos, más aviones y helicópteros que descendían y se esparcían por todas las direcciones. Varios hombres salían con las manos levantadas de los pocos edificios que aún no habían sido destruidos. En pocos minutos todo había concluido. Martín pudo ver que desde uno de los helicópteros bajaban hombres vestidos con trajes, gente con cámaras y equipos de televisión. Reconoció la figura del doctor Cardozo dirigiendo la febril expedición. No lo podía ver, pero adivinaba la expresión de felicidad en su rostro.
-Vamos -dijo Claudia-. Alguien tiene que curarte esas heridas.
-No -contestó Martín-. Todavía no. Me queda algo por hacer.
—163→
Al entrar al monte, Martín recibió en el rostro la caricia del viento suave y fresco, con un fuerte aroma de mburucuyá y orquídeas silvestres. El concierto de trinos llegaba desde todas partes y las mariposas bailaban enloquecidas en el aire húmedo. El detective tuvo la grata sensación de que allí todo era tan bello y vital que no había lugar para el dolor, ni para la tristeza, ni para la muerte. Deseó fervientemente que todo fuera así por siempre. Pero sabía que no podía ser. Que si regresaba dentro de algunos años el monte ya no iba a estar y en su lugar habría quizás un nuevo desierto. O edificios desnudos y fríos. O máquinas. O antenas... ¿Era, ese el destino irremediable de este pobre y sufrido Paraguay?
Caminó entre las malezas tambaleándose como un borracho, llevando las dos jaulas de los pájaros, una en cada mano. Claudia y Don Ecumenario lo seguían de cerca, envueltos en un pesado silencio. El detective se detuvo en un claro y miró las altas ramazones de los árboles, ofreciéndose como brazos abiertos en una eterna bienvenida. Abrió la primera jaula y los tres loritos maracaná avanzaron tímidamente sobre el piso de alambre. Los tomó a cada uno con los dedos y los arrojó al aire. Se alzaron en un vuelo feliz hasta confundirse con el follaje.
Después abrió la otra. El corochiré salió volando solo, sin ayuda, dio varias vueltas en círculo y se posó sobre una rama. Empezó a cantar, como agradeciendo su libertad. Martín se quedó aguardando, pero la otra ave permanecía quieta en el fondo de la jaula. Metió la mano y la aferró. Sintió la suavidad de sus plumas en los dedos y la tristeza profunda en su alma. Abrió las palmas y el ave se quedó parada sobre su mano, mirándolo con sus pequeños ojos acerados.
-¿Qué pasa, amiga? ¿Ya no querés volar?
-A lo mejor está herida -dijo Claudia-. O tiene miedo.
El anciano se acercó y acarició la pequeña cabeza del animal.
-Ponele un nombre. Los pájaros cautivos siempre necesitan un nuevo nombre para volver a vivir.
-Se llamará Inocencia -dijo Martín-. Inocencia Guyrá Campana.
-Es un lindo nombre -señaló Claudia.
El ave abrió las alas color ceniza como si fueran un paraguas. Dejó —164→ oír un trino agudo y metálico, enérgico y melodioso. Claudia nunca antes lo había escuchado y le pareció sublime. El ave volvió a cantar, una y otra vez, cada vez más rápido, desgranando tañidos en una verdadera catarata musical. Entonces, muy lentamente, empezó a levantar vuelo. Los rayos del sol arrancaron destellos de su plumaje, mientras se elevaba cada vez más alto y libre contra el cielo azul.
-Adiós, amiga -dijo Martín, con la mano levantada-. Que no sea el último vuelo, sino el primero.
Permanecieron en silencio mirando hacia arriba hasta que el ave se perdió de vista en la inmensidad. El eco de su canto quedó flotando por un momento más entre los árboles.
Claudia se acercó y abrazó con ternura al detective.
-Vamos. Me preocupan esas heridas...
-En realidad, lo que tengo es hambre -admitió Martín-. No he comido nada desde anoche.
-Yo tampoco -dijo la muchacha.
Se pusieron a caminar juntos hacia el extremo del monte.
-Vamos a la casa de Lacú -propuso el anciano-. Queda cerca. Yo les voy a preparar el desayuno. Tienen que probar la auténtica comida de los Mbya Guaraní.
-¿Sí...? ¿Comida ecológica? ¡Qué bueno! -se entusiasmó la reportera.
-Espero que te guste. Yo ya la probé. -comentó Martín, mientras guiñaba un ojo al indio-. La chicha de mandioca fermentada con saliva humana es un poco amarga, pero te acostumbrás enseguida.
-¿Con saliva humana...? -repitió Claudia. Su voz iba perdiendo el entusiasmo.
-Sí, al principio sabe un poco fuerte. Después termina gustándote. Por lo menos es más pasable que las hormigas con miel...
-¿Hormigas...?
-...o las víboras hervidas con zanahorias.
-¡Víboras...!
-Sí... y también gusanos, y raíces, y lagartos... Comida ecológica, no contaminada por la civilización. Alimentos para el espíritu. ¡Te va a encantar!
La muchacha se detuvo y se recostó contra un árbol. La expresión de su cara demostraba que hacía un gran esfuerzo para contener el malestar.
—165→-Perdonen...-balbuceó-, pero creo que en realidad no tengo hambre.
-Bueno -dijo el anciano, con seriedad-. Si ustedes quieren, pueden comer esas porquerías. Yo en realidad prefiero una buena hamburguesa con una coca cola.
Claudia los miró, perpleja. Los dos estaban muy serios, hasta que Don Ecumenario empezó a sonreír. Al verlo, el detective tampoco se pudo contener y enseguida los tres estallaron en una carcajada.
Siguieron caminando, abrazados, sin dejar de reír.
Cuando salieron de la espesura, Martín volvió la vista y vio a varios pájaros parados en una rama, como despidiéndolos.
El detective sintió de pronto que todo eso significaba algo y que quizás el destino no tenía por qué ser tan inexorable. Quién sabe... en una de esas regresaba al mismo sitio dentro de cinco, o diez, o quince años, y en lugar del desierto, de los edificios, de las máquinas o las antenas, se encontraba con la misma selva poblada de vida y de color, de música y trinos de campana.
Quién sabe... ¿Por qué no?
—[166]→ —167→
A Rocío Galiano, la mamá de Inocencia Guyrá Campana, por el generoso «préstamo» de su personaje y por la amistad solidaria que se filtró a través de las páginas de este libro.
A Juan Moreno y a Roberto Goiriz, por la complicidad gráfica y la grata locura de una antigua camaradería.
Al profesor Rolando Natalizia, por su implacable cacería de errores ortográficos y sus sinceros esfuerzos por traducir al castellano una escritura arisca y enrevesada.
A Mario Rubén Álvarez, por sus dedicadas correcciones y su gentil asesoramiento en las voces guaraníes.
A Moli, Telly, Lupe, Regina, Mengo, Marcos, Griselda, Zulma, Gustavo, Any, Rubén... y a tantos buenos amigos que animaron página a página esta obra, con su constante buena onda.
A Pablo Burián, por la confianza.
A los políticos, militares y personajes públicos, protagonistas de la delirante realidad paraguaya, sin cuya involuntaria participación esta novela jamás hubiera sido posible.
A Mágica, mi querida PowerBook, que realizó la mayor parte del trabajo.