 Acto I
|
|
|
Sala bien amueblada; puertas laterales y al foro. A la
izquierda, mesa escritorio.
|
|
|
(EMILIO, MERCEDES, LAURA y EDUARDO.)
|
EMILIA.-
¡Oh!... No ha de estar tan fundido cuando se hospeda
en el hotel. ¡Siempre cuesta eso! |
MERCEDES.-
En alguna parte
tenía que alojarse el pobre hijo. |
EMILIA.-
¡Hay tantas
casas de pensión baratas! |
MERCEDES.-
No querrá
llevar a su mujer a sitios que puedan desagradarla... |
EMILIA.-
¡Oh! ¡La tana pretenciosa!... ¡Cuidado no se fuese a rebajar!...
|
MERCEDES.-
¡Bueno! Creo que no tenemos derecho a decir nada.
¡Donde debió hospedarse Damián es aquí,
en casa de sus padres, en su casa!... ¡Nos hemos portado
muy bien con él!... ¡Muy bien! |
EMILIA.-
¡Cómo
para huéspedes está la casa! |
LAURA.-
¡Si hubiese
venido solo, menos mal!... |
EMILIA.-
¡Ni solo! ¡Quien coma
es lo único que sobra en esta casa! |
MERCEDES.-
Y
lo único que falta es quien trabaje. |
EDUARDO.-
¿Empezamos
con las indirectas? ¿Saben que me tienen harto ya? |
EMILIA.-
Pues me felicito, hermano. De un tiempo a esta parte, aquí
nadie se harta de nada. |
MERCEDES.-
¿Por culpa mía,
no? |
EMILIA.-
No señora, no. Por culpa nuestra, ¿verdad,
Laura? |
LAURA.-
¡Claro está! Todavía no hemos
encontrado un novio capaz de casarse y mantener a toda la
familia. |
EMILIA.-
Sin embargo, no deben afligirse. Hay muchos
medios de buscar fortuna. |
MERCEDES.-
¡Grosera! (Vase por
primera derecha.) |
EMILIA.-
¡Oh! ¿Para qué empiezas?
¡Bien sabes que no nos mordemos la lengua! |
EDUARDO.-
Lo
que digo es que tiene razón mamá. Damián
ha debido venir a esta casa. Lo que había de gastar
en otra parte lo gastaría con nosotros y salvamos
la petiza. |
EMILIA.-
¡Muy bonito es vivir de limosna! Vos
para los negocios tenés un sentido práctico
admirable. |
LAURA.-
Limosna, no. Retribución de servicios,
en todo caso. |
EDUARDO.-
Peor es vivir del cuento. |
EMILIA.-
¡Cuándo no habías de salir con alguna patochada,
guarango! |
EDUARDO.-
¿Para qué tanto orgullo, entonces?
|
EMILIA.-
Tengo en qué fundarlo, ¿sabés? |
EDUARDO.-
¡Miseria! |
EMILIA.-
Vergüenza y delicadeza. Todo lo
que a vos te falta. |
EDUARDO.-
¡Callate, idiota! |
EMILIA.-
¡Andá a trabajar!... ¡Será mejor! |
EDUARDO.-
¿Para mantenerlas a ustedes? ¿Para costearles los lujos y
la parada?... ¡Se acabó el tiempo de los zonzos!
|
EMILIA.-
¡Zángano! |
EDUARDO.-
¡Laboriosa! |
LAURA.-
(Que lee un diario.) ¡Mirá, che, quién se casa!...
Luisa Fernández, con el doctor Pérez. ¡Fijate!...
|
EMILIA.-
¡Qué me contás! ¿Y ya sale en la
vida social? ¡Quién le iba a decir a la almacenerita!
¡Lo que es tener plata! |
LAURA.-
Y el mozo es muy bien.
|
EMILIA.-
¡Quién sabe, che! ¡Hay tantos doctorcitos
hoy en día, que uno no sabe de dónde han salido!
|
EDUARDO.-
Eso es... despellejen... corten no más...
La diversión más entretenida y económica... (A EMILIA.) ¿Dónde dejaste el mate, vos? |
EMILIA.-
Buscalo con toda tu alma. |
MERCEDES.-
¡Caramba con Jorge,
que no aparece! |
EDUARDO.-
¿Aguardás a papá?
Hoy, ¿qué día es?... ¿Jueves?... ¡Carreras
en Belgrano!... ¡Espéralo sentada! |
MERCEDES.-
No
puede haberse olvidado de que Damián viene esta tarde.
Además, sabe que no tengo dinero, y hay que comprar
todo para la comida. |
EDUARDO.-
¡Ah!... ¿Comemos hoy? ¿Festejando
qué cosa? |
MERCEDES.-
¡Uf! ¡Son muy graciosos todos,
toda la gente, de esta casa! ¿Qué importa que nos
devore la miseria, ni vivir una vida de vergüenza y
oprobio, debiendo a cada santo una vela, pechando y estafando
a las relaciones, desconceptuados, despreciados?... |
EMILIA.-
¡Despreciados, no! |
MERCEDES.-
¡Despreciados, sí,
despreciados! ¡Nada les preocupa, ni les quita el buen humor!...
La verdad es que no sé qué laya de sangre tienen
ustedes. ¿Que no hay que comer?... ¡Nunca tan alegres y jaranistas!...
¿Que nos embargan los muebles?... ¡Pues viva la patria!...
¿Que el viejo hace una de las suyas?... ¿Han visto que tipo
rico?... |
EMILIA.-
Vea, señora: ya no se usa llorar
por eso. |
MERCEDES.-
No; no les pido que lloren, sino...
|
EMILIA.-
¿Qué? |
MERCEDES.-
Nada, nada... Damián
no es como ustedes, no. |
EMILIA.-
¡Oh! Es una monada su hijito.
Si no fuera por él, no andaríamos tan bien
vestidos, ni pasearíamos tanto, ni cumpliríamos
con nuestras relaciones, ni siquiera comeríamos regularmente.
|
LAURA.-
(Irónica.) ¡Ni tendríamos todas estas
alhajas! |
MERCEDES.-
No tiene obligación de mantenernos.
|
EDUARDO.-
Pero yo, sí ¿verdad?... ¡Aquí te
quería!... Para tu Damián, que está
en buena posición, sino rico, y no se acuerda de nosotros,
ni un reproche... Todos me los reservás... ¡Te agradezco
la preferencia! |
MERCEDES.-
Sabe ganarse la vida, se ha hecho
un hombre, y, lejos de sernos gravoso, bastante nos ayudaba.
|
EMILIA.-
¡Ayudaba!... ¡Bien dicho! |
EDUARDO.-
Creo que yo
no les hago mucho peso... Como cuando hay, duermo en un rincón,
y, a veces, hasta les ayudo en las tareas de la casa... ¿Qué
más quieren?... Además lo he repetido hasta
el cansancio... ¡No quiero trabajar!... ¡No quiero trabajar!...
Cuando se aburran de tenerme en casa, me lo dicen... ¡Me
pego un tiro y se acabó!... |
MERCEDES.-
¡Ave María!...
¡Muchacho!... ¡No digas locuras, por Dios!... |
EDUARDO.-
Y lo hago, ¿eh?... ¡No crean que es parada!... (A EMILIA.)
¿Dónde dejaste el mate? |
EMILIA.-
En el comedor.
|
EDUARDO.-
¡Gracias! (Vase.) |
|
|
(Dichos, menos EDUARDO.)
|
EMILIA.-
(A MERCEDES.) ¡Ahí tenés lo que sacás
con meterte a hablar de zonceras! Al otro le vuelve la manía
y es capaz de hacer una locura. |
MERCEDES.-
¿Pero, qué
he dicho yo?... ¡Señor! ¡Señor!... ¿Por qué
somos así? En esta casa, no hay un momento de paz...
Ni hablar se puede... Abre uno la boca y ya están
todos con las uñas prontas para tirar el zarpazo a
la primera palabra. Acabaremos por odiarnos, de esta manera.
|
EMILIA.-
La verdad es que cada vez nos queremos menos.
|
MERCEDES.-
¡Quizá no te falte razón! |
EMILIA.-
La tengo, mamá. Lo que es, para ti, el único
hijo es Damián, y de papá... ni siquiera...
|
LAURA.-
¿Y Tomasito? |
EMILIA.-
Es verdad... Es su discípulo.
Lo hace estudiar para calavera y lo lleva a las carreras.
|
LAURA.-
Y a la ruleta, por cábula. Es mascota el
chico. (Señalando a MERCEDES que llora silenciosa.)
¡Fíjate aquello!. |
EMILIA.-
¡Claro está!...
¡Che!... ¿Es lindo el folletín nuevo? |
LAURA.-
Me
parece una zoncera... Puede ser que más adelante mejore.
¿Querés el diario? Yo me voy a arreglar un poco. Esos
no han de tardar. |
EMILIA.-
¡Es cierto! ¿Cómo está
mi pelo? |
LAURA.-
¡Bien! Pero no me gusta cómo te
queda ese peinado: te hace más gruesa. |
EMILIA.-
Si
me ayudas, lo cambio. |
LAURA.-
¡Para lo que te cuesta!...
Tengo que arreglarme yo primero. |
EMILIA.-
¡Así sos,
egoísta! ¡A ver mamá!... Dejate de llorar y
cambiate ese vestido, que estás impresentable. |
MERCEDES.-
Estoy muy bien para recibir a mi hijo en mi casa. |
EMILIA.-
¡Hacé lo que quieras! (A LAURA.) ¡Vamos, che!
(Mutis
con LAURA, por segunda derecha.)
|
|
|
(MERCEDES y JORGE.)
|
MERCEDES.-
¡Pobres hijos!... |
JORGE.-
(Por foro derecha.) ¿No han venido?
|
MERCEDES.-
No. |
JORGE.-
No traigo nada; ni un peso... Si
Sultana no entra en la cuarta, estamos bien reventados...
Le tomé dos y dos. |
MERCEDES.-
¡Ah!... ¡Está
bueno! |
JORGE.-
Estoy de jetta hoy. Le mandé un mensajero
a Gutiérrez, que me prometió algo, y ni en
el escritorio, ni en la casa, ni en ninguna parte se puede
hallar. |
MERCEDES.-
¿Y con qué cara vamos a recibirlos,
después de tanto empeño en que vinieran a comer?
|
JORGE.-
¿Qué hace falta? |
MERCEDES.-
¡Todo! |
JORGE.-
¡Si el almacenero fuera capaz! |
MERCEDES.-
¡Ni me hablés
de eso! |
JORGE.-
¡Aguardá un poco!... Algún
recurso ha de haber... ¡Ah!... Pues dame la cadenita aquélla...
|
MERCEDES.-
¿Mi relicario? ¡Ya te he dicho que me han de
enterrar con él! |
JORGE.-
Te aseguro que mañana
lo sacamos. |
MERCEDES.-
¡No, y no. Con igual seguridad hemos
perdido todas nuestras alhajas!... ¡Andá y buscá!...
Conforme hallás para jugarle a tu Sultana, podrás
encontrar para darles de comer a los tuyos. |
JORGE.-
Estás
muy enérgica hoy. La vuelta del hijo mimado te ha
dado bríos. |
MERCEDES.-
¿También vos? ¡Les
ha dado fuerte con eso! |
JORGE.-
No, mujer. No es reproche...
(Viendo entrar a EDUARDO por segunda izquierda.) ¿Ya estás
vos con tu mate? ¿No te lo han prohibido? |
|
|
(Dichos y EDUARDO.)
|
EDUARDO.-
(Entrando.) ¡Bah!... ¡Es mi único vicio!
|
JORGE.-
Te hace mal. |
EDUARDO.-
¿Y a mí qué
me importa? ¡Ni a ustedes!... |
JORGE.-
¡Bueno, basta! |
EDUARDO.-
¡Basta! |
MERCEDES.-
(A JORGE.) ¿Vas o no vas? |
JORGE.-
Voy
por hacerte el gusto, pero no te aseguro el resultado...
¡Hasta luego! (Vase por foro derecha.) |
EDUARDO.-
¡Sablazo!...
¿Quién es el candidato? |
MERCEDES.-
¡Qué sé
yo! (Pausa.) |
EDUARDO.-
¿Querrás creer?... Hoy hice
catorces veces el solitario de las cuarenta y no me salió.
¡Tuve ganas de romper la baraja!... Y tan fácil que
es, ¿no?... (Pausa.) ¿Y las muchachas? ¿Se ha peleao mucho
hoy la gente?... Y vos, ¿has llorado también?... Se
te conoce en los ojos... ¡Son bravos esos bichitos!... ¡Tienen
una boca!... La pava sos vos. Mirá: aquí sólo
hay dos personas dignas de lástima: nosotros. Vos
porque tomás la vida en serio y nadie te lleva el
apunte; yo, por esta vocación que tengo para el atorrantismo...
Porque a mí no me la cuenta el médico... Yo
no tengo neurastenia ni un corno, sino pereza pura... ¿No
estás de acuerdo, vos? |
|
|
(Dichos y EMILIA.)
|
EMILIA.-
(Por primera izquierda.) ¿Se fue el viejo? ¿Trajo dinero?
¿Qué vamos a hacer entonces?... ¡Bonito papelón!
¡Después no quieren que una proteste y se subleve!
|
MERCEDES.-
¡No te aflijás!... Yo lo arreglaré
todo... ¡No pasaremos vergüenza! |
EMILIA.-
¿Cómo?
|
MERCEDES.-
De una manera muy natural. Cuando venga Damián,
lo llamo aparte y le pido unos pesos prestados... |
EMILIA.-
¿Qué?... ¿Qué decís?... ¡No faltaría
otra cosa!... Para eso, nos hubiéramos hecho invitar
por ellos... ¡No harás eso!... ¿Eh?... ¡Cuidadito!
|
EDUARDO.-
(Riéndose.) ¡Cuidadito! ¡Cuidadito!...
La frescura, ¿no? (Mutis.) |
MERCEDES.-
¡Lo haré! ¡Lo
haré! No pienso, sépanlo bien, hacer la farsa
con mi hijo... Le contaré todo, todo, todo cuanto
pasa en esta casa. |
EMILIA.-
¿Te has enloquecido? |
MERCEDES.-
Estoy muy cuerda... Todo pienso decírselo. La vida
que llevamos, lo que es tu padre, lo que son ustedes...
|
EMILIA.-
Lo que sos vos también. |
MERCEDES.-
Sí;
lo que soy yo... El más desgraciado de los seres...
|
|
|
(MERCEDES, EMILIA, DAMIÁN, DELFINA y LAURA.)
|
DAMIÁN.-
(Por el foro con DELFINA.) ¿Se puede? Supongo que tenemos
derecho a entrar sin anunciarnos. |
MERCEDES.-
¿Cómo
les va, mis hijos? (Saludos.) |
DELFINA.-
Hemos venido un
poco tarde. Damián se entretuvo en sus asuntos. |
DAMIÁN.-
Traía la mar de encargos y comisiones, que he querido
cumplir cuanto antes, para quedar libre y dedicarles el resto
del día. ¿Y el viejo? |
MERCEDES.-
Salió hace
un instante. Vendrá pronto. |
DAMIÁN.-
A quien
no he visto es a Eduardo. |
MERCEDES.-
Ahí anda el
pobre con su neurastenia. |
DAMIÁN.-
Si me hubiera
ido bien, me lo llevo al Chubut. En un par de meses se ponía
como nuevo.
(LAURA entra y besa a DELFINA.)
¿Cómo
te va, Laurita? ¡Cómo ha crecido esta chica!... ¿Y,
qué tal de novios? |
LAURA.-
¡Oh!... ¡Hay tiempo!
|
MERCEDES.-
Tú, Delfina, estarás contenta con
la vuelta a Buenos Aires. |
DELFINA.-
No crea, no mucho. Hubiera
preferido quedarme allá. ¡Trabajaba tanto Damián!
Si no se hubiera encaprichado en hacer ese negocio de las
Malvinas, estaríamos muy acomodados. |
DAMIÁN.-
Se empieza de nuevo, ¡qué diablos! Me han ofrecido
muchas facilidades para trabajar aquí. |
MERCEDES.-
¿Perdiste mucho, verdad? |
DAMIÁN.-
Todo lo que tenía,
menos la vergüenza y el cariño a mi mujercita.
|
EMILIA.-
Y el nuestro, ¿entró en la quiebra? |
DAMIÁN.-
¡Oh!... ¡Perdón! No te resientas, vieja. Sé
que tú me sigues queriendo como antes. |
EMILIA.-
¿Otra
vez?... |
DAMIÁN.-
No me dejas concluir, muchacha.
¡Qué susceptibilidad! |
EMILIA.-
¡No, no! Hablo en
broma. |
MERCEDES.-
Delfina: ¿por qué no te sacás
el sombrero? ¡Acompáñenla, muchachas! |
DELFINA.-
Tiene razón.
(Vase por izquierda con LAURA y EMILIA.)
|
EMILIA.-
(Volviéndose.) ¡Ah, mamá! ¡Oíme!
|
MERCEDES.-
(Aproximándose.) ¿Qué hay? |
EMILIA.-
¡Cuidado con hacer una de las tuyas!... Te conozco... Has
querido quedarte sola... |
MERCEDES.-
(Con mal gesto.) ¡Oh!... |
|
|
(Vase EMILIA por izquierda.)
|
DAMIÁN.-
¿Qué
hay? |
MERCEDES.-
Nada, hijito. ¡Cosas de ellas!. ¡Zonceras!...
|
DAMIÁN.-
(Afectuoso.) Está más desmejorada,
mi vieja. ¿No anda bien de salud? |
MERCEDES.-
Así
no más. |
DAMIÁN.-
Hay que cuidar el número
uno. Díme una cosa... Estoy echando de menos aquel
bronce que gané de premio en las regatas. ¿Te acuerdas?
|
MERCEDES.-
Es verdad: no está. |
DAMIÁN.-
¿Qué
suerte ha corrido? |
MERCEDES.-
Estééé...
¿El bronce?... ¡Ah!... ¡Sí!... |
DAMIÁN.-
¿Un
compromiso?...Seguro que lo han regalado. |
MERCEDES.-
Sí,
sí... regalado... (Pausa.) Decime, Damián...
¿Quieres? Si tienes, ¿eh? ¿Quieres prestarme diez pesos?...
¡Perdóname, pero!... |
DAMIÁN.-
¡Oh, qué
tontería!... Tomá cien... No tengo más...
|
MERCEDES.-
¡No, no! Es mucho... Yo no quería incomodarte...
pero tan luego hoy, que los habíamos invitado, no
teníamos, casi casi, ni qué poner al fuego...
¡Las muchachas, si lo saben, se van a enojar mucho! Pero
¿Con quién, sino con los hijos, se ha de tener confianza?
|
DAMIÁN.-
¿De modo, que están pasando estrecheces?
|
MERCEDES.-
¡Peor, hijo; peor!... ¡Una miseria espantosa,
faltándonos muchas veces hasta lo más indispensable!
|
DAMIÁN.-
¡Oh! ¡Tanto no puede ser!... |
MERCEDES.-
Eso y mucho más... Un día... Dos días,
a mate y pan |
DAMIÁN.-
Pero, ¡Qué horror! ¿Y
cómo ha podido ser? |
MERCEDES.-
¡Vaya a saberse!...
Como todas las cosas de la mañana a la noche nos quedamos
en la calle... Jorge dice que perdió en la Bolsa,
pero lo que yo creo es que nos faltó cabeza a todos...
Hace más de un año que estamos así...
Mucho más... Y lo peor no es eso... Poco a poco, hemos
ido perdiendo la estimación de las gentes. Al principio
no fue nada. Se pidieron préstamos grandes, y fueron
concedidos con la seguridad del reembolso. Nadie iba a pensar
que tu padre, tan acreditado, fuera capaz de... |
DAMIÁN.-
Comprendo. |
MERCEDES.-
Después, agotado el crédito,
es necesario comer, y viene el expedienteo vergonzoso; no
hay recurso que se desprecie por indigno, para asegurar el
techo y el pan. ¿Qué digo techo?... La casa, que es
indispensable para guardar las apariencias, y tú sabes
muy bien que en semejante situación los escrúpulos
y la vergüenza son el primer lastre que se arroja del
honor... Todavía no me doy cuenta de cómo he
podido amoldarme a semejante vida. Con decirte que yo, que
tu madre, que fue siempre una mujer de orden y delicada,
ha llegado hasta a robarle a una pobre gallega sirvienta.
|
DAMIÁN.-
¡Oh, mamá! |
MERCEDES.-
Hasta a robarle,
sí, señor, hasta a robarle a una pobre mujer
los ahorros que me había confiado. (Llora.) |
|
|
(Dichos,
DELFINA y EMILIA.)
|
DAMIÁN.-
(A DELFINA y EMILIA que
vuelven.) ¿Quieren dejarme un momentito con mamá?
|
DELFINA.-
¿Conferencia habemos? |
DAMIÁN.-
Nada grave...
Ya terminamos.
(Mutis de DELFINA y EMILIA.)
¡Vamos! ¡No se
aflija, vieja! |
MERCEDES.-
Hago mal en contarte cosas tan
tristes... Podías pensar que trato de interesar tus
buenos sentimientos, con propósitos egoístas.
|
DAMIÁN.-
No, vieja... |
MERCEDES.-
He repetido tantas
veces la historia de nuestras desdichas, que necesito la
salvedad para convencerme de que no estoy mendigando. Contigo
no, hijo... Todo lo contrario. Ya que vienes a vivir aquí,
quiero prevenirte contra nosotros mismos. Por otra parte,
necesitaba este desahogo... |
DAMIÁN.-
¡Pobre viejita!...
Pero, y papá y Eduardo, ¿Qué han hecho? |
MERCEDES.-
Nada, hijo. Tu padre, como si con el dinero hubiera perdido
las energías, echarse a muerto y dejarse llevar por
la correntada... En cuanto a Eduardo, enfermo y maniático,
aquí se lo pasa, sin salir a la calle, levantándose
de una cama para tirarse en otra. |
DAMIÁN.-
¡Qué
barbaridad!... ¿Por qué no me has escrito diciéndome
la verdad? Yo dejé le mandarles los pesitos aquellos
a las muchachas, cuando empezaron a andar mal mis negocios,
creyendo que no serían indispensables... ¡Sí
hubiera sabido! |
MERCEDES.-
He mentido en perjuicio de tus
buenos sentimientos, diciéndoles a estos que tú
ignorabas nuestra miseria. |
DAMIÁN.-
¡Oh!... ¿Por
qué hiciste semejante cosa? |
MERCEDES.-
¡No me lo
preguntes! Te he dicho todo lo que podía decirte.
|
DAMIÁN.-
Luego, ¿reservas algo? |
MERCEDES.-
No; nada
más, hijo mío; nada más... |
DAMIÁN.-
¡Bueno!... ¡Esto no puede seguir así! Estamos, felizmente,
en tiempo de reaccionar. Tranquilízate. Tú
me ayudas, y desde hoy nos pondremos a enderezar este hogar.
|
MERCEDES.-
¡No, no, hijo!... ¡No te metas!... ¡No puede ser!...
|
DAMIÁN.-
Ahí está el viejo. Verás
cómo se empieza. |
|
|
(Dichos y JORGE.)
|
JORGE.-
(Por foro.)
¡Hola, buen mozo!... ¿Qué tal? |
DAMIÁN.-
Bastante
disgustado... contigo en primer término. Mamá
me acaba de contar todo lo que les pasa, y no me explico,
francamente, cómo un hombre de tus condiciones no
ha tenido el valor de sobreponerse a la situación.
|
JORGE.-
¿conque esas teníamos? ¡Hombre, la verdad
es que me agarra sin perros tu interpelación!...
|
DAMIÁN.-
No; la cosa, no va de broma... Me vas a permitir
mis primeras observaciones... |
JORGE.-
¡Cómo no, hijo!...
¿Son muy largas? |
DAMIÁN.-
Si te ofendes, me callo.
|
JORGE.-
Preguntaba... para tomar asiento, si valía
la pena... |
DAMIÁN.-
Si mal no recuerdo, antes no
usabas tan buen humor... |
JORGE.-
¿Qué querés?...
¡Las desgracias me han puesto así!... |
DAMIÁN.-
¿Cínico?... |
JORGE.-
(Alterado.) ¿Eh?... |
DAMIÁN.-
¡Perdón, viejo! Me molestaste y la palabra salió
sola... ¿Me disculpas? |
JORGE.-
(Bondadoso, sentándose.) Sí, Damián; yo tuve la culpa... (Pausa.) Vamos
a ver. ¿Qué te ha contado Mercedes?... ¿Que estamos
arruinados? ¿Que pasamos privaciones de todo género?...
¡Es la pura verdad! Me metí en especulaciones arriesgadas,
y me sucedió lo que a tantos. Quise levantar cabeza
y no pude, y de ahí, barranca abajo... |
DAMIÁN.-
Pero te has dejado derrotar de una manera bochornosa...
|
JORGE.-
¿Qué podía hacer? |
DAMIÁN.-
Pelear; luchar. Para un hombre, perder una fortuna no debe
ser un contratiempo irreparable, amigo. Además, hay
mil recursos en la vida... Sí no son los negocios,
es un empleo. |
JORGE.-
¿Y cuando ni eso se consigue? |
DAMIÁN.-
Se agarra un pico, y a cavar tierra, ¡qué diablos!...
No estamos tan viejos, ni tan débiles para no poder
ganarse el pan decorosamente. Además, tú tenías
la responsabilidad de toda esta familia, y no has debido
permitir que descendiera a una miseria tan vergonzosa. |
JORGE.-
¡Oh!... Todo eso es muy bonito, muy noble, muy honrado; tu
madre me lo ha dicho muchas veces también; pero no
se puede realizar... ¡Cavar la tierra! Andá vos que
no has tenido una pala en las manos, a ganarte la vida por
inútil. Elegí el trabajo más fácil
-¿cuál te diré?- el de changador. El señor
Jorge Acuña, resuelto a vivir decorosamente de su
trabajo, tiene que empezar por llevar a su familia a la pieza
más barata de un conventillo. Preguntales a la señora
de Acuña y a las distinguidas señoritas de
Acuña, si están dispuestas a cambiar la miseria
vergonzosa de esta casa por la pobreza honorable de la habitación
de un conventillo, o con quién se quedarían,
entre el heroico padre changador, o el padre desgraciado,
pechador y sinvergüenza, que las sostiene con el decoro
y las apariencias. Andá; preguntales. |
MERCEDES.-
Lo que es yo de buena gana iría al conventillo. |
JORGE.-
Tal vez fueses capaz de esa abnegación, pero ellos
no. Y últimamente... ¡ni yo mismo! Sería una
heroicidad superior a mis energías y no me equivocaría
mucho al decir que nadie hay tan fuerte para realizarla.
Convéncete, Damián: son teorías bonitas,
nada más, las tuyas. ¡Si habré tratado de reponerme
inútilmente! Ahora ya ni me preocupo, porque sería
perder el tiempo. Mi desconcepto es tan grande, y digo desconcepto
por no mortificarlos calificándome peor, que jamás
podré alzarme de mi categoría de vividor profesional.
(Pausa.) Quedan algunos recursos... gente que no le conoce
bien a uno y se deja sorprender... uno que otro viejo amigo
generoso... una tanteadita al treinta y seis colorado...
En fin, lo bastante para ir tirando. ¿Que falta un día
el puchero?... ¡Mañana quizá lo tengamos!...
No hay criaturas en casa... Los grandes no lloran y capean
el hambre con chistes. Y en cuanto a lo otro... -eso de la
desvergüenza y la dignidad, y qué sé yo...-
la costumbre es una segunda naturaleza. Se nos ha formado
el callo. (Pausa.) Ahora, hijo mío, quedás
autorizado para aplicar la palabrita que se te escapó
hace un rato... ¿Cínico era, no? |
DAMIÁN.-
Muchas gracias, papá. No me atrevería a insultarte,
pero te desconozco. |
JORGE.-
Lo creo. |
DAMIÁN.-
¿De
modo que esto, a tu juicio, no tiene remedio? |
JORGE.-
Absolutamente.
Constituimos nosotros, y es mucha la gente que nos acompaña,
una clase social perfectamente definida, que entre sus muchos
inconvenientes tiene el de que no se sale más de ella.
«¡Lasciate ogni speranza!...». |
DAMIÁN.-
¡Está
bueno! De modo que... ¡vamos!... dime siquiera una cosa en
serio... -porque hasta ahora, si bien me has dicho muchas
verdades, has estado forzando la nota del desparpajo. Dime:
¿quieres autorizarme por un tiempo a manejar esta casa?
|
JORGE.-
¡Cómo no! |
DAMIÁN.-
Entonces, desde
este momento quedas jubilado. Tengo muy poco, lo suficiente
para sostenerme hasta que pueda trabajar, pero manejado con
orden alcanzará para todos. Desde mañana, pues,
nos vendremos a vivir acá, y ya veremos si se sale
o no se sale de tu infierno. ¿Convenidos? |
MERCEDES.-
No
hay necesidad. (A DAMIÁN.) Tú querrás
conservar tu independencia, y debes conservarla. Piensa en
que no eres solo. |
DAMIÁN.-
A Delfina le gustaría
la idea, estoy seguro. |
MERCEDES.-
Aunque le guste. Yo no
puedo permitir... Sí, mi hijito... Si querés
ayudarnos, nos pasas una mensualidad y nos arreglaremos bien.
|
JORGE.-
(Extasiado.) ¡Déjalo, mujer! |
MERCEDES.-
No; no lo hagas; podría pesarte... Eres demasiado
bueno, tú. |
DAMIÁN.-
¡Sería curioso
que no lo hiciera! Te aseguro, vieja, que no me impongo la
menor violencia. Salvo que te contraríe tenerme a
tu lado... |
MERCEDES.-
¡Eso no! Pero... |
DAMIÁN.-
Entonces no hay más que hablar. |
|
|
(Dichos y EDUARDO;
luego DELFINA.)
|
EDUARDO.-
(Con el mate en la mano.) ¡Hola,
grande hombre! |
DAMIÁN.-
¡Adiós, personaje!
(Se abrazan.) ¿Qué tal? Me han dicho que andás
enfermo. |
EDUARDO.-
Enfermo y aburrido, che. ¿Y vos?... ¿Te
fundiste allá? |
DAMIÁN.-
Casi, casi. |
EDUARDO.-
No hay vuelta, che... ¡Estamos jetados! |
DAMIÁN.-
¡Qué jeta, ni qué zonceras! Lo que te hace
falta a vos es dejarte de preocupaciones y pensar seriamente
en la vida. Verás cómo te hago pasar esa neurastenia
antes de mucho tiempo. |
EDUARDO.-
¿Cómo, che? |
DAMIÁN.-
No te apures; ya lo sabrás, |
DELFINA.-
(Entrando.)
¿Terminó la conferencia? |
DAMIÁN.-
Con una
importante resolución. Mañana dejamos el hotel
y nos venimos a vivir con los viejos. ¿Te place? |
DELFINA.-
¿Cómo no?... ¡Con el mayor gusto! |
EDUARDO.-
¡Ah!...
¿Te has resuelto a eso?... ¡Dame esos cinco!... ¡Sos un...
héroe!...
|
|
TELÓN
|
 Acto II
|
|
|
La misma decoración.
|
|
|
(DAMIÁN y DELFINA.)
|
DAMIÁN.-
(Ordenando papeles.) Preocupaciones tuyas, Delfina. ¿Cómo
podrían quererte mal? |
DELFINA.-
No digo tanto, pero
me doy cuenta de que incomodo. Tú las conoces bien
a las muchachas, y si antes eran consentidas y caprichosas,
la vida de estos últimos tiempos tiene que haberlas
descompuesto del todo. |
DAMIÁN.-
No tan absoluto.
Podría también haberlas corregido. |
DELFINA.-
Siempre has sido un poquito ingenuo. Es claro que contigo
van a disimular, que tratan de hacerlo también conmigo,
pero se les conoce a la legua el fastidio. |
DAMIÁN.-
¿Te han dicho algo? |
DELFINA.-
¡Se guardarían muy
bien! No pierden, sin embargo, oportunidad de hacérmelo
conocer con las maneras y los gestos... Por otra parte, tú
procedes un poco brutalmente con ellos en tu empeño
de regenerarlos, y como no pueden decirte nada, quien paga
el pato yo sé quién es. |
DAMIÁN.-
¿Brutalmente?
|
DELFINA.-
A juicio de ellos, ya lo creo. Tienen demasiada
vanidad para aguantar tus sermones y tus latas morales, mortificantes,
hijito. |
DAMIÁN.-
¡Ya verán! ¡Oh, ya verás
cómo se curan! Lo que les hacía falta era un
hombre enérgico, capaz de tenerlas en un puño.
Papá no tenía carácter. ¡Un alma de
Dios! La vieja, bien la conoces, dominada y subyugada al
medio... ¿Quién podría corregirlas? |
DELFINA.-
Creo que acabarán con tu paciencia... Podrán
perder el pelo, ¡pero las mañas!... ¡Fíjate
Eduardo cómo te lleva el apunte!... |
DAMIÁN.-
¡Oh!... ¡Ese es un enfermo, un degenerado! |
DELFINA.-
¡Un
atorrante!... Y con poca diferencia, todos están cortados
por la misma tijera, empezando por tu padre... |
DAMIÁN.-
¡Oh, Delfina! |
DELFINA.-
Hay que decir la verdad, para que
no te hagas ilusiones. Comprendo y justifico tus sentimientos,
pero convendrás conmigo en que la misión es
más dura de lo que pensábamos, y los resultados
no se ven muy claros... ¡Oh! ¡Quizá no pase mucho
sin que tengamos que arrepentirnos de esta quijotada! |
DAMIÁN.-
Dime la verdad. ¿Te han hecho algo?. ¿Algún desaire?
¿Alguna grosería? |
DELFINA.-
Te repito que no. Ya
lo sabrías. |
DAMIÁN.-
Pero empiezas a sentirte
contrariada. ¿Verdad? |
DELFINA.-
Un poco inquieta por ti,
te lo confieso, previéndote una desilusión
dolorosa. |
DAMIÁN.-
¡Que venga! Yo habré hecho
lo posible y nada tendré que reprocharme. Ahora bien:
tú, estás primero, por encima de todos. Si
no te hallas a gusto, me lo dices, y a volar. ¡No quiero
ocasionarle la menor contrariedad a mi mujercita! |
DELFINA.-
Lo sé, Damián; pero por ahora vamos bien.
|
|
|
(Los mismos y MERCEDES.)
|
MERCEDES.-
¿Interrumpo? |
DAMIÁN.-
Todo lo contrario. ¡Adelante! |
MERCEDES.-
Creí que
hablaban cosas reservadas. |
DELFINA.-
No, señora.
Tenemos pocos secretos. |
DAMIÁN.-
¿Y el viejo? No
lo he visto en todo el día. |
MERCEDES.-
Salió
por la mañana. |
DAMIÁN.-
Tengo que reprenderlo...
Se ha vuelto muy calavera... Poco se le ve en casa... |
MERCEDES.-
Dice que tiene un negocio en perspectiva. |
DAMIÁN.-
¡Macanas! Ya le he dicho que está jubilado. |
MERCEDES.-
¿Lo necesitabas? |
DAMIÁN.-
Tal vez más tarde
me haga falta... ¡Ah!... (Llamando.) ¡Laurita! |
|
|
(Dichos y
LAURITA.)
|
LAURA.-
¿Llamabas? |
DAMIÁN.-
¿Terminaste
las circulares a máquina? |
LAURA.-
No; recién
empezaba... |
DAMIÁN.-
¡Caramba!... Te dije que las
necesitaba temprano. |
LAURA.-
¡No puedo hacer todo a la
vez! La tarea de la casa me roba medio día. |
MERCEDES.-
No exageres, hija. Lo que te roba el tiempo a vos son los
folletines y las novelas. |
LAURA.-
¡Mejor! |
DAMIÁN.-
Mejor no; peor. Es mucha desconsideración. Muy bien
que para pedir, no se quedan cortas. |
LAURA.-
¡Apareció
aquéllo! Hermanito, si has de echarnos en cara lo
que nos das, bien podrías guardártelo. |
MERCEDES.-
¡Desagradecida! ¡Retírate de acá!... ¡Parece
mentira! |
DAMIÁN.-
¡Déjala, mamá! ¡No
te alteres! (A LAURA.) ¡Tú te pones inmediatamente
a hacer las circulares! ¿Oyes? |
LAURA.-
Sí, hombre;
las estoy haciendo. Digo que por demorarme un poco no merezco
tanto rezongo. |
DAMIÁN.-
Está bueno. |
LAURA.-
(Yéndose.) ¡Claro que está bueno! (Mutis.)
|
MERCEDES.-
¡Desgraciadas! (La sigue.) |
DAMIÁN.-
Déjala;
no le digas nada. |
|
|
(DELFINA y DAMIÁN; luego TOMASITO.)
|
DELFINA.-
¿Has visto? |
DAMIÁN.-
¡Ah!... Las voy a
enderezar. Veremos quién es más fuerte. |
DELFINA.-
¡Ingenuo! |
DAMIÁN.-
¡Qué insolentes!... ¡Pero
qué insolentes! (Se pone a trabajar.) ¡Oh!... ¡Ya
las verás mansitas, y suaves como un terciopelo!
|
DELFINA.-
(Se acerca por la espalda y lo acaricia.) ¡Pobre
cabecita mía! ¡Le van a salir canas! (Lo besa en la
cabeza.) |
TOMÁS.-
(Por foro.) Aquí trae el
mensajero esta carta para vos. |
DAMIÁN.-
¡Gracias!...
Firmá el recibo. (Lee.) Del comisario de Río
Gallegos. Ha llegado hoy del Sur. Me espera aquí cerca,
en la agencia. Voy a verlo. Si viene alguien a buscarme,
que espere. ¡Hasta luego! |
TOMÁS.-
Ya que vas salir
dale el recibo al mensajero. |
DAMIÁN.-
¡Caramba con
el mocito comodón! ¡Llévelo usted, con toda
su alma!
(Salen por el foro DAMIÁN y TOMÁS.)
|
|
|
(DELFINA y MERCEDES; luego EDUARDO.)
|
MERCEDES.-
(Entrando.)
¿Salió Damián? |
DELFINA.-
Sí, pero volverá
enseguida. |
MERCEDES.-
¿Encontraste el anillo que se te perdió,
hijita? |
DELFINA.-
No, señora. Lo he buscado por todas
partes. |
MERCEDES.-
Es muy extraño. ¿Dónde
lo habías dejado? |
DELFINA.-
No recuerdo bien. Creo
que sobre el lavatorio, en mi cuarto. No se preocupe. Tal
vez haya caído al depósito de aguas. |
MERCEDES.-
¡Cómo no me voy a preocupar! El otro día, un
medallón; ahora un anillo... ¡Es mucha coincidencia!
|
DELFINA.-
¿Quién podría robarme? La sirvienta
es de mi absoluta confianza. |
MERCEDES.-
¿Damián sabe?...
|
DELFINA.-
¿Para qué decírselo? |
MERCEDES.-
¡Bueno! No le cuentes nada. Yo tengo que aclarar eso. |
DELFINA.-
Señora, ¡si no vale la pena! |
MERCEDES.-
Para ti no
tendrá importancia... Para mí sí, y
mucha. No debo tolerar que se abuse de la bondad de mi pobre
hijo. |
DELFINA.-
¿Qué cavilaciones son esas, señora?
|
MERCEDES.-
¡Nada! ¡Déjame! ¡Nada! Prométeme
no decirle una palabra a Damián, ¿eh? Después
lo sabrás todo. |
DELFINA.-
Como usted quiera, mamá.
(Ademán de irse.) |
EDUARDO.-
(Entrando, a DELFINA.)
Decíme, cuñadita: ¿me tenés miedo?
|
DELFINA.-
¿Yo?... ¿Por qué? |
EDUARDO.-
Entonces, antipatía...
Siempre nos desencontramos. Entro a una parte, y vos volás.
|
DELFINA.-
¡Oh!... ¡Qué pavada! Me voy porque tengo
que hacer. |
EDUARDO.-
No pienso detenerte. ¡Seguí
nomás! |
DELFINA.-
¡Qué rico tipo! (Mutis.)
|
EDUARDO.-
(A MERCEDES.) ¡Esta ya empieza a escamarse! |
MERCEDES.-
¿Qué querés decir? |
EDUARDO.-
¡Que nos está
tomando el tiempo! No es zonza como Damián. |
MERCEDES.-
¡Bueno fuera que no!... ¡Son tan sinvergüenzas ustedes!
|
EDUARDO.-
A mí no me metás en danza, que
no hago mal a nadie, ¿sabés? ¡Apuntá para otro
lado!.. Si todos hicieran lo que yo, esta casa sería
un paraíso... Pero, no. Son malos, peleadores, orgullosos,
derrochadores..., y... ¡qué sé yo!... ¡Embromarse,
pues! Y les garanto que otra bolada como ésta no se
les presentará jamás... (Pausa.) ¿Qué
tenés que estás tan triste? |
MERCEDES.-
Nada;
que hasta ladrones aparecen en casa. Figúrate que
a Delfina le desapareció un anillo. |
EDUARDO.-
¿Un
anillo?... ¡Ya sé dónde está! |
MERCEDES.-
¿Dónde? |
EDUARDO.-
En el «Pío». Preguntale
a Tomasito. |
MERCEDES.-
Ya lo he pensado. ¡Seguro que fue
él! |
EDUARDO.-
¡Naturalmente! Está muy adelantado
ese chico. ¡Verás cómo hace carrera!... ¿Querés
que lo llame? Va a ser divertido. Aguardá un poco.
|
MERCEDES.-
No, Eduardo. La cosa no es para bromas. Con esos
juguetes han acabado de perder al muchacho. |
EDUARDO.-
(Llamando.)
¡Tomás!... ¡Tomás!... ¡Tomáaas!...
|
|
|
(MERCEDES, EDUARDO, TOMASITO.)
|
TOMÁS.-
(Entrando.) ¿Eh?...
¡No precisas gritar tanto!... ¿Qué querés?
|
EDUARDO.-
Te llama tu madre. |
TOMÁS.-
(A MERCEDES.) ¿Vos? ¿Qué hay? |
MERCEDES.-
Decime, hijo: ¿por qué
no me pediste plata si necesitabas? |
TOMÁS.-
¿Yo?...
¿Cuándo?... ¡No entiendo! |
EDUARDO.-
No pierdan mucho
tiempo en discusiones. Las cosas se hacen derechas. Dale
la papeleta a la vieja y se acabó todo. |
TOMÁS.-
¿Qué papeleta? |
EDUARDO.-
O decile dónde lo
vendiste. |
TOMÁS.-
¿El qué? |
MERCEDES.-
El
anillo que le robaste a Delfina, sinvergüenza. |
TOMÁS.-
Yo no he robado nada, ¿sabés? |
EDUARDO.-
¡Bueno! Lo
encontraste tirado, ¿no es cierto? |
TOMÁS.-
Digan
ustedes. ¿Se figuran que tratan con un chiquilín?...
¿Quieren sacarme de mentira verdad? ¡No sean idiotas, hagan
el favor!... |
EDUARDO.-
Si eres tan hombre, debés
tenés el valor de tus actos. Se dice: «sí,
vieja; yo le espianté el anillo a la otra, ¿y qué?»
¡Para algo ha de servir el no tener vergüenza! |
TOMÁS.-
¿Y por casa, cómo andamos? |
EDUARDO.-
¡Buenos, gracias!
¿Y tu familia? |
MERCEDES.-
¡Por favor!... ¡Basta!... ¡Basta!...
¡Basta, por Dios! A ver, tú: ¿dónde negociaste
esa alhaja? ¡Pronto! |
TOMÁS.-
¿Te has enloquecido?
¡Avisá! |
MERCEDES.-
¿Dónde está? Decímelo,
porque soy capaz de contárselo todo a Damián.
|
TOMÁS.-
¡Cuidado, no me asusta ese papanatas! |
EDUARDO.-
¡Así me gusta!... ¡Juan sin miedo! |
TOMÁS.-
¡Callate, atorrante! |
EDUARDO.-
¡Confesá, no seas
pavo! Ganarás más... La vieja te da la plata
para que lo saqués y te armaste otra vez... ¡Tenés
con qué divertirte! |
MERCEDES.-
Es que soy capaz de
denunciarlo a la policía. |
TOMÁS.-
¡Van a denunciar!...
Ustedes tendrían más vergüenza... ¡Bueno!...
Si es el que yo encontré -uno de viborita- está
en «Las tres bolas», vendido. ¡No dieron casi nada!... ¡Tanto
ruido para una zoncera!... |
MERCEDES.-
¡Está bien!...
¡Fuera de acá!... |
TOMÁS.-
¡Uno pide plata...
tiene sus compromisos!... ¡No le dan ni medio, y... es claro!...
(Mutis.) |
EDUARDO.-
¡Naturalmente! |
MERCEDES.-
¡Perdularios!...
Serví una vez para algo, Eduardo. Vestite y andá
a buscarme esa alhaja. |
EDUARDO.-
¿Yo? ¡No te jorobés!...
¡No tengo tiempo!... Mandalo al chico. (Mutis.) |
MERCEDES.-
Está bien; iré yo.
|
|
|
(MERCEDES, EMILIA y LAURA.)
|
EMILIA.-
(En traje de calle.) No; no me olvido. |
LAURA.-
Pasate por la «Ciudad de Londres» a preguntar por el vestido.
Ya debía estar en casa. |
EMILIA.-
¡Bueno! ¿Ajusta
bien el cinturón, atrás? |
LAURA.-
Muy bien,
|
MERCEDES.-
¡Oh!... ¿Y dónde vas tú? |
EMILIA.-
A pasear. |
MERCEDES.-
¿Sola? |
EMILIA.-
No; ¡con el vigilante!
¿Será la primera vez que salgo sola, acaso? ¿O tenés
miedo que me pierda? |
MERCEDES.-
Tú sabes que a Damián
no le gusta. |
EMILIA.-
¡Como el señor nos acompaña
tanto, puede prohibirlo!... ¿Qué tiene de particular,
vamos a ver?... ¿Qué tiene de particular que salga
una mujer sola en este Buenos Aires? ¡Se conoce que vienen
del campo, él y la gazmoña de su mujer, una
doña Remilgos que todo lo encuentra de mal ver, y
que es, al fin y al cabo, la que le mete esas simplezas en
la cabeza al otro! ¡La figura para darnos consejos y enseñarnos
lo que es bueno o malo! |
MERCEDES.-
¡Ya basta, mujer! Te
pregunto, simplemente, a dónde vas. |
EMILIA.-
A las
tiendas. ¿Estás conforme? |
MERCEDES.-
Medita un poco;
no gastes mucho... No hay que tirar esa cuerda... Podría
estallar y volveríamos a las andadas... |
EMILIA.-
¡Oh!... ¡Perdé cuidado! (Vase por foro.) |
MERCEDES.-
(A LAURA.) Y tú, hijita, a ver si concluyes esas circulares.
|
LAURA.-
¡Sí... señora! (Vase por primera izquierda.)
|
|
|
(MERCEDES y JORGE, luego DAMIÁN.)
|
MERCEDES.-
(A JORGE que entra por foro.) ¡Ah! ¿Viniste?... |
JORGE.-
¡Ya lo ves!
|
MERCEDES.-
¡Es muy bonito lo que estás haciendo!
Te duró bien poco la buena conducta. ¿Dónde
pasaste la noche? |
JORGE.-
No sé. |
MERCEDES.-
En algún
garito, ¿verdad? Damián ha preguntado varias veces
por ti. |
JORGE.-
¿Para qué? |
MERCEDES.-
Te precisa.
|
JORGE.-
¿Sabés quién ha muerto esta madrugada?
El mayor García. |
MERCEDES.-
¿Murió? ¡Qué
suerte para la pobre familia! |
JORGE.-
No era malo. Otro
desgraciado como yo y como tantos otros... ¡Vieras qué
cuadro en la casa! No tenían, materialmente lo que
se llama un centavo. Algunos de los más amigos hemos
resuelto cotizarnos para el luto de la familia.
(Pausa.) ¿Cuánta plata tenés para el gasto? |
MERCEDES.-
¡Pero, Jorge!... ¿Es posible que hasta la memoria hayas perdido?
¿Por quién me tomás? ¿Olvidas que nos conocemos
tanto? |
JORGE.-
¿Qué te pasa? |
MERCEDES.-
¡Venir a
hacerme el cuento del tío! A mí, que aun no
has abierto la boca y que ya te adivino lo que vas a decir.
¡Vamos, hombre!... Confesá que vienes de la carpeta,
donde pasaste la noche y casi todo el día; que perdiste:
que debés o querés desquitarte, y no habiendo
encontrado ningún infeliz a quien estafar, te volvés
a casa, a ver si yo te saco de apuros... |
JORGE.-
¡Pues te
ha fallado la perspicacia! No buscaba ningún pretexto.
Coincidió el pedido con la noticia... Nada más...
Que he jugado, es cierto, y perdí... Plata ajena...
de Damián. Trescientos pesos que me entregó
para hacerle un giro. |
MERCEDES.-
¡Mientes otra vez! No te
ha entregado nada. ¿Te crees que no te vigilo?... |
JORGE.-
¡Muchas gracias! |
MERCEDES.-
Y he de evitar por todos los
medios que te hallés en ese caso. Sí tú
no tienes miramientos para tu hijo, yo sí, y no consentiré
que lo exploten. ¿Me has entendido? ¡No lo consentiré!...
¡Parece mentira que sean tan miserables! |
JORGE.-
Yo necesito
dinero esta misma tarde; es un compromiso de honor. |
MERCEDES.-
Antes de venir Damián no te preocupaba tanto ese honor...
Has olvidado compromisos mayores. |
JORGE.-
Es forzoso que
los consiga. ¿Podés ayudarme? |
MERCEDES.-
No. |
JORGE.-
De algún lado saldrán. Voy a recostarme un
rato... Cuando regrese Damián, me despiertan. |
MERCEDES.-
¡Cuidado con recurrir a él! Te repito, para tu gobierno,
que si hasta hoy le he ocultado a nuestro hijo tu verdadera
conducta, la menor tentativa que hagas contra él bastará
para que lo cuente todo, aunque se hunda esta casa. ¡Que
no se te olvide! |
|
|
(JORGE vase por segunda izquierda.)
|
DAMIÁN.-
(Foro.) ¿No vino nadie? |
MERCEDES.-
Nadie... |
DAMIÁN.-
¿Quieres llamarla a Delfina? |
MERCEDES.-
(Inquieta.) ¿Qué?...
¿ocurre algo? |
DAMIÁN.-
No; una carta. |
MERCEDES.-
¡Ah!... (Vase por foro.) |
DAMIÁN.-
(Que la sigue con
la vista.) ¡Es curioso! (Ocupa su escritorio.) La pobre vieja,
desde que vine vive sobresaltada por el temor de desagradarme...
¡Pobrecita!... |
|
|
(DAMIÁN y DELFINA.)
|
DELFINA.-
¿De vuelta
tan pronto? |
DAMIÁN.-
¡Ya lo ves!... ¿Me pagas las
albricias?... Te traigo una carta de Santa Cruz. Te escribe
Lola. |
DELFINA.-
¡Qué alegrón! ¿También
Thompson escribió? |
DAMIÁN.-
Sí; con
varios encargos. La verdad es que me pone en un serio conflicto.
|
DELFINA.-
(Leyendo la carta.) ¡Mirá qué suerte!
Me dice que salvaron todas sus majadas, a pesar de que los
temporales han sido espantosos... (Pausa.) ¡Ah!... ¡Empeñados
en que vayamos este verano!... |
DAMIÁN.-
(Buscando
en el escritorio.) ¿No has visto aquel memorándum
con las salidas de los vapores para el Pacífico?...
¡Ah!... Lo encontré... (Revísalo.) ¡Oh! El
quince sería muy tarde!... ¡Pero no hay más
remedio!... ¿Cómo haría, caramba?... |
DELFINA.-
¿Qué te pasa? |
DAMIÁN.-
¡Un clavo, hija! Figúrate
que a Thompson se le vence una letra en Montevideo y me manda
pedir que se la retire. |
DELFINA.-
No veo la dificultad.
Lola me habla de eso en la carta. |
DAMIÁN.-
El caso
es que tendría que embarcarme esta misma tarde. |
DELFINA.-
¿Te embarcas? |
DAMIÁN.-
Es que no puedo... Mañana
es la reunión de acreedores de la famosa compañía
de Malvinas, y no puedo faltar. Forzosamente debo mandar
a alguien, y ya es muy tarde... ¡Ah!... ¡Tanto cavilar!...
¡Al viejo!... ¿Quién mejor que él? |
DELFINA.-
¿A tu padre? |
DAMIÁN.-
Naturalmente. |
DELFINA.-
No
tan natural |
DAMIÁN.-
¿Cómo? |
DELFINA.-
Digo,
no más. ¿Para qué molestarlo? |
DAMIÁN.-
¡Sería bueno que no lo hiciera con gusto! (Viendo
entrar a JORGE.) ¡Aquí lo tenemos! ¡No podías
haber llegado más a tiempo!... |
|
|
(Dichos y JORGE.)
|
JORGE.-
(Por
primera izquierda.) ¿Sí? |
DAMIÁN.-
¿Tienes algo urgente que hacer? |
JORGE.-
Según y conforme...
Estééé... Se ha muerto un amigo mío...
Era muy íntimo... el mayor García... |
DAMIÁN.-
¿Y debes ir al entierro? Pues yo te necesito para algo más
importante. El finado sabrá perdonarte. ¿Estarías
dispuesto a salir esta misma noche para Montevideo?... Una
comisión de confianza absoluta... |
JORGE.-
¡Hombre!...
La verdad es que... |
DAMIÁN.-
¿No te agrada? |
JORGE.-
¿De qué se trata? |
DAMIÁN.-
De un pago y varias
otras diligencias sin importancia. Un viajecito rápido
y entretenido. |
JORGE.-
¿Tú no puedes hacerlo? |
DAMIÁN.-
En absoluto. |
JORGE.-
¡Bueno!... ¿Cómo no?... ¡Sí
no hay otro remedio!... Tendría que hacer una diligencia
antes. |
DAMIÁN.-
No queda mucho tiempo. Una hora escasamente.
|
JORGE.-
¡Oh! Me despacho pronto. |
DAMIÁN.-
Entonces,
arreglas tu asunto y yo me voy a esperarte en la dársena.
A bordo te daré todas las instrucciones... ¡Te hago
aprontar una maleta y te la llevo al vapor; así no
pierdes tiempo! |
JORGE.-
Eso es; así voy derecho.
|
DAMIÁN.-
No me faltes. Mirá que se trata de
algo muy urgente. |
JORGE.-
(Yéndose.) ¡Perdé
cuidado! |
DAMIÁN.-
¡Ah!... Sí vas temprano
y no me encuentras en el vapor de la carrera, estaré
a bordo del «Chubut», allí cerquita no más.
(Vase JORGE foro.) Felizmente, me libré del empacho...
¡Ufff!... ¡Lo que voy a tener que hacer esta noche para ordenar
ese papelerío de las desgraciadas Malvinas! (A DELFINA.)
¿Quieres llamarme a algunas de las muchachas? Hay que preparar
esa maleta. ¡Oye!... Dale la mía; es cómoda
y segura. |
DELFINA.-
Me parece bien. (Mutis.) |
|
|
(DAMIÁN,
y EDUARDO.)
|
EDUARDO.-
(Foro.) ¿No dejé una baraja por
aquí? |
DAMIÁN.-
No he visto nada. |
EDUARDO.-
¿Dónde la habré dejado? Se me ha ocurrido una
idea para inventar un solitario, y no puedo encontrar las
cartas. (Pausa.) |
DAMIÁN.-
Decíme, Eduardo:
¿te gustaría ir al Sur? |
EDUARDO.-
¿A qué?
|
DAMIÁN.-
A trabajar. |
EDUARDO.-
No me hablés.
|
DAMIÁN.-
¡Bueno! A cambiar de aire, a curarte. |
EDUARDO.-
¡Muy aburrido! |
DAMIÁN.-
Tengo unos amigos, propietarios
de un gran establecimiento. Irías allí, en
tu calidad de neurasténico, y te aseguro que, antes
de un mes, la salud y el espíritu de trabajo de aquella
buena gente, te contagiaría. ¡Es tan fácil
abrirse camino por allá! |
EDUARDO.-
¡Por lo bien que
te fue a vos! |
DAMIÁN.-
Porque me metí en otras
cosas... ¿A que no te resuelves? |
EDUARDO.-
No me sentaría
el clima. Mucho frío en el Sur. |
DAMIÁN.-
Hombre:
podría mandarte al Chaco... ¿Mucho calor, verdad?
¡Muchacho!... Tú no puedes continuar así, sin
más perspectivas que los cuadrados del puerto. ¡Es
una vergüenza! |
EDUARDO.-
Si te incomodo me voy de acá.
|
DAMIÁN.-
No digo eso. Haz la prueba. ¡Si te aburres,
te vuelves! Por el próximo vapor lo mando al chico.
|
EDUARDO.-
¿A Tomasito? |
DAMIÁN.-
Pienso sacar de
él un hombre útil. |
EDUARDO.-
¿Para qué
sirve esa moralla? ¡Tiempo perdido! Es un canallita perfecto.
La escuela de papá... |
DAMIÁN.-
¡Hombre! |
EDUARDO.-
¡Tiempo perdido! Vos siempre fuiste medio zonzo. Convencete,
hermano. |
|
|
(Dichos; DELFINA y luego LAURA.)
|
DAMIÁN.-
(A DELFINA.) ¿Aprontan eso? |
DELFINA.-
Ya va a estar. |
EDUARDO.-
(A DAMIÁN.) Che, ¿sabés que tu mujer me cree
loco y me tiene miedo? |
DAMIÁN.-
¿Cómo es eso?
|
EDUARDO.-
Huye de mí. |
DELFINA.-
No le hagas caso;
es una broma. ¡Le ha dado fuerte! |
DAMIÁN.-
No creas
que tu facha inspira mucha confianza. |
LAURA.-
(Por el foro,
con una caja en la mano.) Me han traído el vestido
que me regalaste. ¿Vas a pagar la cuentita? |
DAMIÁN.-
¡Cómo no! Dámela. (Leyendo.) ¡Ta, ta, ta! ¡Esto
no puede ser! |
LAURA.-
¿Cómo? |
DAMIÁN.-
Mi
generosidad, hijita, no llega a tanto. ¡Doscientos pesos!...
¡Una friolera!... |
LAURA.-
Tú me prometiste... |
DAMIÁN.-
Y mantengo la promesa, pero no puedo costear tanto lujo.
|
EDUARDO.-
¡Así me gusta! |
LAURA.-
(A EDUARDO.) ¡Atorrante!
(A DAMIÁN.) Estééé... Las circulares
están prontas... |
DAMIÁN.-
Me alegro mucho.
|
LAURA.-
Y ahora... (Por la caja.) ¿Qué hago con esto?.
El hombre espera. |
DAMIÁN.-
¿Lo piensas? ¡Devolverlo,
devolverlo en el acto! |
LAURA.-
Pero es una vergüenza.
|
DAMIÁN.-
¡Con vergüenza y todo, se devuelve!
|
LAURA.-
(Arrojando la caja.) ¡Muchas gracias! (Vase derecha.)
|
EDUARDO.-
¡Ja, ja, ja!... |
DAMIÁN.-
¿Querés
hacerme el favor de entregar eso, Eduardo? |
EDUARDO.-
¿Yo?.
¡Bueno, sí! (De mala gana.) |
DELFINA.-
¡Dejáselo!
¡Pobre!... (A DAMIÁN.) |
DAMIÁN.-
De ningún
modo. ¡Caramba con las pretensiones de la señorita!
|
DELFINA.-
¡No seas malo!... ¡Déjaselo! ¡Para lección
basta con el susto!... |
DAMIÁN.-
Consiento por esta
vez... Y me voy... Es tarde... Tomá para esa cuenta.
(Le da el importe.) ¡Hasta luego! (Vase foro.) |
DELFINA.-
Aguarda, te daré la maleta. (Lo sigue.) |
EDUARDO.-
(Llamando.) ¡Laura! ¡Laura! Ya se fueron. Vení, vení,
no seas pava. |
LAURA.-
¿Qué querés? |
EDUARDO.-
(Por la caja.) ¿Ves esto? Te lo regalo. ¡Después dirás
que soy un inservible! |
LAURA.-
¡Ah!... ¡No lo quiero!...
|
EDUARDO.-
¡Qué no vas a querer!... Me empeñé
con Damián, y ya lo ves. ¡Tengo una influencia bárbara,
che! Decime. ¿No has visto mi baraja?
(Entra por el foro
MERCEDES.)
¡Mirá qué paqueta la vieja!... ¡Cualquiera
diría que viene de «Las tres bolas», de comprar el
anillo!... ¿Apareció la vivorita? |
|
|
(Dichos, MERCEDES;
luego DELFINA.)
|
MERCEDES.-
¿Dónde fue Damián?
|
EDUARDO.-
Yo no sé. |
MERCEDES.-
Iba con una maleta.
|
LAURA.-
A la dársena, a acompañar a papá
que se va a Montevideo. |
MERCEDES.-
¿A qué? |
LAURA.-
Una comisión de Damián. |
MERCEDES.-
¡Es extraño!
|
EDUARDO.-
¡Qué rebusque para el viejo! |
MERCEDES.-
Hablé hace un rato con Damián y nada me dijo.
|
LAURA.-
Fue una cosa repentina. |
MERCEDES.-
¡Con tal que
no sea algún lío de tu padre! |
EDUARDO.-
¿Un
cuento de papá?... ¡Qué esperanza! ¡Es un hombre
muy honrado! |
LAURA.-
¡Callate, ingrato! |
MERCEDES.-
(A DELFINA,
que entra.) Aquí está Delfina, que nos sacará
de dudas. Ante todo, ahí tienes eso. (Le da a DELFINA
un paquetito.) |
DELFINA.-
¡El anillo!... ¿Dónde lo
encontró? |
EDUARDO.-
¡En el suelo!... ¡Qué
casualidad que nadie lo haya pisado! |
MERCEDES.-
¿Sabes qué
comisión le encargó Damián a Jorge?
|
DELFINA.-
Lo mandó a retirar una letra del señor
Thompson. |
MERCEDES.-
¡Ay, ay, ay! ¿Por qué no me
lo dijeron? ¿Por qué no me lo dijeron?... ¡Madre santa!
¡Qué desgracia! (Se echa a llorar.) |
DELFINA.-
Pero,
señora... ¿qué le pasa? ¿Por qué se
pone así? |
LAURA.-
¡Ave María, mamá!
|
MERCEDES.-
¡Déjenme! ¡Déjenme! ¡Dios, Dios,
Dios! |
DELFINA.-
Esto es muy alarmante, mamá. ¿Qué
es lo que teme? |
EDUARDO.-
No se puede pedir mayor respeto
para un marido. |
MERCEDES.-
(Enérgica.) ¡Oh! ¡Esto
no queda así! ¿Hay tiempo de ir a bordo, verdad? (Intenta
salir.) |
LAURA.-
¿Qué locura es ésa? mamá?
Ven acá. |
DELFINA.-
¡Señora! ¿Cómo usted
puede pensar semejante disparate? |
MERCEDES.-
Hija, tengo
mis motivos... Anoche estuvo de jugada, y perdió.
Hoy se vino desesperado a pedirme plata... Un hombre en esa
situación es capaz de todo. |
DELFINA.-
Sería
tan espantoso, que no cabe en lo posible. Venga para acá...
Damián está con él... ¡Cálmese!...
|
MERCEDES.-
No; déjenme, déjenme ir. ¡Se evitará
todo! |
LAURA.-
¡Qué manera de disparar! |
DELFINA.-
Piense que ante semejante duda tendría yo mayores
motivos para sentirme inquieta, y ya me ve... ¡Venga! ¡Venga,
le digo!... No se torture en balde... Siéntese...
|
MERCEDES.-
(Sentándose.) ¡Ay!... ¡Dios nos ampare!...
|
EDUARDO.-
¿Servirá un consejo mío?... ¡Bueno!...
¡Déjenla que vaya!... ¡Mi padre es muy sinvergüenza!... |
LAURA.-
¡Eduardo! |
EDUARDO.-
(A MERCEDES.) ¡Caminá!...
¡Tal vez llegues a tiempo! (La conduce hacia la puerta.)
|
|
TELÓN
|
Acto III
|
|
|
La misma decoración.
|
|
|
(MERCEDES, EMILIA, LAURA y DELFINA.)
|
EMILIA.-
¡Pero qué empeño en pensar lo peor!
Es cierto que la conducta de papá hace sospechosa
esta demora, pero hay que descontar muchas esperanzas todavía.
Un accidente, una enfermedad, una prisión por error,
un olvido... Papá es bastante, bastante abandonado...
Hasta una broma... Puede ser una idea esta... Sabe Dios,
si no ha querido, colocándose en una situación
equívoca, (A MERCEDES.) castigar tu desconfianza,
y la escena que le hiciste a bordo...
(MERCEDES llora.)
¡No
llores de esa manera! ¿Qué dejarías para después?
|
MERCEDES.-
Lloro y lloraré toda mi vida. No tengo
la menor esperanza. ¡Qué gran infamia! |
LAURA.-
Podría
hasta haberse muerto de repente, y como allí nadie
lo conoce, tardaremos en saberlo. |
EMILIA.-
¡También!
¡Él sufría un poco del corazón! |
MERCEDES.-
¡Qué ha de haberse muerto! ¡No tiene tanta suerte!
¡Desgraciado!... ¡Sí es un desgraciado, más
que otra cosa!... La miseria lo echó a perder. Siempre
fue bueno y caballero. No jugaba; odiaba el juego... No bebía...
Jamás faltaba a sus horas, y su mayor preocupación
era vernos siempre felices... De repente, empezó a
caer, y en estos últimos tiempos ni la sombra quedaba
de aquel padre de familia... (Muy afligida.) ¡No sé
cómo, francamente, se puede cambiar así a las
criaturas de Dios!... ¡Y todos hemos cambiado! De mí,
de la Mercedes de antes, tampoco queda nada. Me puse igual
o peor que él. De ustedes, no tengo derecho a decir
nada... Se educaron con nuestro ejemplo... El único
sano, porque no vivió con nosotros, era el podre Damián.
¡Pobre hijito!... ¡Y ahora, para que no salga menor favorecido,
lo arrastramos con nosotros, a la miseria y a la deshonra!
(Pausa.) ¡Pobres de nosotros!... ¡Pobre Damián! (Llanto
prolongado.) |
EMILIA.-
Está bueno, mamá; no
llores así; te hará daño. Aguarda al
menos que se confirmen tus presagios... ¡Cálmate!...
¡Trae un poco de agua colonia, Laura!... Y tú, Delfina,
podrías decirle algo. ¡Eres como un juez aquí,
y la mortificas! |
|
|
(Sale LAURA.)
|
DELFINA.-
¿Yo?... ¿Qué
puedo decirle? Necesito tanto como ella de consuelos. Y además,
no podría hacer farsas. Creo, como ella, que no hay
esperanzas de nada bueno. |
EMILIA.-
Ahí tenés,
mamá, lo que sacas con tus cavilaciones. ¡Es natural!
Si los de la casa empiezan a sacar astillas, todo el mundo
se cree con derecho a hacer leña. Tampoco es de buen
ver que se condene a un hombre sin pruebas. |
DELFINA.-
¡Caramba!
En todo caso el reproche debe empezar por tu madre. Por otra
parte, la posición de ustedes no es tan ventajosa
como para justificar insolencias. |
LAURA.-
(Volviendo.) ¿Qué
hay? ¿Qué pasa? |
EMILIA.-
(A MERCEDES, ofreciéndole
un pañuelo y el agua colonia que trajo LAURA.) ¡Tomá!
¡Tené calma, pues! (A DELFINA.) ¡También es
una cobardía cebarse en el dolor ajeno!... |
MERCEDES.-
¡Callate, Emilia! Dejala en paz. La pobre tiene razón.
¡Es una víctima nuestra! |
EMILIA.-
¡Qué tanto
víctima ni tanta humillación! Sí las
cosas han pasado como ustedes piensan, la vergüenza
no sería para nosotros solamente. ¡Damián también
es de la familia! |
DELFINA.-
¿Vergüenza? Estás
muy equivocada. La conducta y antecedentes de Damián,
lo ponen bien a salvo de toda sombra. ¡Ya sabrá él
proceder como se debe! Nadie está libre de tener por
padre a un ladrón y por parientes a una banda de salteadores.
Séase decente y no habrá quién se atreva
a echárselo en cara. |
EMILIA.-
¡Oh!... ¡Vos estabas
esperando una oportunidad para mostrar tus uñas!
|
DELFINA.-
Hablo porque me provocan. No aguardaba oportunidad
alguna. He tratado de hacerles todo el mayor bien, pudiendo,
con una palabra, disuadir a mi marido de su chifladura sentimental,
mientras que en pago ustedes me sacaban el cuero... Ahora
mismo estaba resuelta a callarme la boca, a pesar de la catástrofe
que nos amenaza, pero, visto que no tienen ustedes ni nociones
de delicadeza, les prometo que me han de oír. |
EMILIA.-
Puedes empezar... Ya nos has dicho ladrones Y salteadores...
¡Adelante!... ¡Mordé, mordé!... (Señala
a MERCEDES.) Ahí tenés una buena presa... una
mujer medio muerta de sufrimiento... ¡Te la cedo, perversa!...
|
|
|
(Las mismas y EDUARDO.)
|
EDUARDO.-
(Saliendo.) ¿Qué
bochinche es éste? |
DELFINA.-
Tus hermanitas. |
EDUARDO.-
¡Oh!... ¡Son una monada mis hermanitas! ¡Como el padre!...
(A LAURA y EMILIA.) ¡Fuera de aquí, moralla!... (A
DELFINA.) ¿Qué te hacían, cuñada? Seguro
que te achacaban las culpas del robo. Para aquélla.
(Por LAURA.) la lectora de folletines, eres una malvada que
quiere sumir en la deshonra a una familia pobre, pero virtuosa...
Esta otra (A EMILIA.) es más Paul Bourget... Te encontrará
un alma complicada, llena de recovecos... ¡Son literatas
las dos... y muy distinguidas!... ¡Moralla!... ¿Qué
asco, no?... ¡Y milagro que no estaba Tomasito en la reunión!...
¡Otro!... (Cambiando.) ¿No hay detalles nuevos? |
DELFINA.-
Ninguno. |
EDUARDO.-
¿Y Damián? |
DELFINA.-
Por ahí...
buscando noticias. |
EDUARDO.-
¿Ves? Ese muchacho se va a
convencer recién de que es zonzo del lado izquierdo...
¡Fíjate en la vieja! Papel lucido, ¿eh?... ¿Qué
dirá Damián cuando se confirmen las cosas?
Apuesto a que le da por la tragedia. (Declamando.) ¡Oh, padre!...
¡Estamos deshonrados!... ¡Infeliz!... ¡Ay de mí!...
(Natural.) Y la voz de la sangre, y el respeto filial, y
los sacrificios honrosos, y... toda esa punta de macanas
que han inventado los escritores y poetas para tener de qué
ocuparse. El otro día leí en un diario que
no sé cuál poeta había hecho mal en
tratar cosas tan sagradas como la familia, el amor filial
y qué sé yo... Fíjate cómo nos
conocen los críticos... ¡Bueno!... ¿No me llevan el
apunte?... ¡Me voy!... Están muy viernes santo...
Me voy. (Vase.) |
DELFINA.-
También yo. (Vase.) |
EMILIA.-
¡La insolente ésa! |
MERCEDES.-
¿Por qué son
tan malas? ¿Qué ganan con empeorar la situación?
|
LAURA.-
¡Nosotras no la hemos buscado! |
EMILIA.-
¿Debíamos
consentir a esa intrusa que nos pusiera por los suelos?
|
MERCEDES.-
¡Mientras no dijera más que la verdad!
|
EMILIA.-
¡Oh!... ¡Muy bonito! Nuestra obligación
habría sido ofrecer la otra mejilla para el cachete,
¿no? |
MERCEDES.-
No hablemos más. |
|
|
(MERCEDES, EMILIA,
LAURA y DAMIÁN; luego DELFINA y EDUARDO.)
|
DAMIÁN.-
(Por el foro.) ¡Nada! |
MERCEDES.-
¿Nada, hijo mío?
|
DAMIÁN.-
He ido a la agencia. En la lista de pasajeros
no está el nombre. Es seguro que no ha vuelto. También,
si nos ha hecho pasar estas angustias por dejado, así
será la reprimenda. ¿Y Delfina? |
MERCEDES.-
En su
cuarto, supongo. |
DAMIÁN.-
¿Está muy afligida?
|
MERCEDES.-
¡Cómo no, hijo! Como todos nosotros...
¡Ah! Si me hubieras escuchado cuando fui a buscarlo a bordo,
nos ahorraríamos tanta inquietud... No me hiciste
caso, y estamos sufriendo las consecuencias... |
DAMIÁN.-
¿Cómo hacerle una ofensa tan grande al pobre vicio?
Decirle: «papá, no tengo confianza en usted, quédese»...
¡Eso, nunca! |
MERCEDES.-
Fue demasiada buena fe la tuya.
|
DAMIÁN.-
Pues, a pesar de todos tus recelos, y de
ese empeño que te noto, de prepararme a bien morir,
no acabo de inquietarme del todo. |
MERCEDES.-
No debes hacerte
ilusiones. Piensa en lo malo. |
DAMIÁN.-
A no ser por
tus confidencias, sobre la afición al juego de papá,
te juro que estaría lo más fresco. ¿Por qué
no me contaste eso antes, cuando llegué, al enterarme
de tus desdichas? Si algo triste me sucede, no tendré
que hacerte más que ese reproche. |
MERCEDES.-
No quise
aumentar tu disgusto. Pensé poder corregirlo. |
DAMIÁN.-
¿Y dónde jugaba? |
MERCEDES.-
¡Vaya uno a saberlo!...
¡En tantas partes!... (Pausa.) Decime, ¿si hubiera ocurrido
la desgracia, tendrías cómo reponer eso? |
DAMIÁN.-
No, mamá; ni la mitad. ¡Será una deshonra completa!
|
MERCEDES.-
¡Oh, qué desgracia! (Llora de nuevo.)
|
DAMIÁN.-
No me hagas acordar de eso, porque entonces
sí que me... que me... ¿no ves?... Ya estoy todo nervioso...
¡Sería horrible! ¡Una cosa sin levante!...
(Llaman.) ¿Qué?... ¿Llaman?... |
MERCEDES.-
Corro a ver.
(Sale.
DAMIÁN se pasea nervioso. MERCEDES volviendo.)
¡Un
telegrama! ¡Un telegrama! (Se lo da.) ¡Oh, gracias a Dios!
|
DAMIÁN.-
Vamos a ver. |
MERCEDES.-
¡Abrilo pronto!
¡Pronto! |
DAMIÁN.-
(Como indeciso.) ¡Vaya!... ¡Me
da... un... no sé qué!... |
DELFINA.-
(Que con
EDUARDO ha acudido a las voces.) ¡Traé para acá,
flojo! (Le arrebata el despacho. Lee.) «Letra Thompson no
ha sido retirada». |
MERCEDES.-
¡Ay, Dios santo! (Cae abrumada
sobre una silla.) |
DAMIÁN.-
(Demudado.) Permitime
un poco ese despacho. (Lee.) «Letra Thompson no ha sido retirada»...
De modo... De modo... Que... ¿Es cierto? ¿Es cierto?... Pero...
Pero... pero... ¡Ah!... ¡No puede ser!... ¡Al viejo le ha
sucedido algo!... Estoy en hora... Me voy a buscarlo a Montevideo...
¡Quién sabe si no está enfermo!.. ¡Ah, sí,
me voy!... ¡Mi sombrero!... ¿Dónde está?. ¡Mi
sombrero! (A voces.) ¡Mi sombrero, he dicho! |
DELFINA.-
Tomalo.
(Se lo da.) |
DAMIÁN.-
¡Adiós! |
DELFINA.-
Escúchame.
Piensa un poco lo que has de hacer. No te precipites. |
DAMIÁN.-
Pero, hija; ¿Cómo quieres que no me precipite si está
en juego nuestro porvenir? |
EDUARDO.-
Haceme caso. No vayas
a Montevideo. Perderías el tiempo. El viejo está
aquí. |
DAMIÁN.-
¿Cómo lo sabes? ¿Lo
has visto? |
EDUARDO.-
Lo conozco. No se ha ido. |
DAMIÁN.-
(Alterado.) Pero ¿Cómo no se va a ir, si yo estuve
con él a bordo, hasta el último momento? |
EDUARDO.-
Sé lo que te digo. Tenía un metejón
por ahí... Bajó del vapor, atrás tuyo,
fue a pagarlo; después se metió a jugar por
ver si cubría el déficit, y la plata se le
hizo humo. Verás cómo aparece hoy o mañana.
En cuanto no tenga con qué dormir en el hotel, se
viene a rondar la casa para entrar cuando esté seguro
de no toparse contigo. |
DAMIÁN.-
¿De modo que tú
también estás convencido de que me ha estafado?
|
EDUARDO.-
¡Quién podría dudarlo! |
DAMIÁN.-
Y dime, ¿Tú concibes que haya en el mundo gente tan
infame? |
EDUARDO.-
(Silbando.) ¡Fíííío!...
¡Resmas, che! |
DAMIÁN.-
¿Y padres tan desalmados,
tan indignos, tan bellacos? |
EDUARDO.-
Abundan igualmente.
|
DAMIÁN.-
Pues yo no me convenzo. Hay cosas que no
caben dentro de la envoltura humana. ¡Y esta es una de ellas!
Al viejo le ha pasado algo y yo debo encontrarlo. |
EDUARDO.-
¿Dónde? |
DAMIÁN.-
No sé. En algún
lado... En la calle. En la policía... En un hospital...
|
DELFINA.-
¡Damián! |
DAMIÁN.-
No se inquieten.
Volveré.
(Vase por foro. DELFINA llora.)
|
EDUARDO.-
¡Venga, cuñada, venga! La acompaño... No crea
que estoy loco. Tal vez sea el más cuerdo... ¡Qué
asco! ¿No?
(Vase con DELFINA por segunda derecha.)
|
|
|
(MERCEDES,
LAURA y EMILIA; luego JORGE.)
|
LAURA.-
(A EMILIA.) Y ahora,
che, ¿Qué será de nuestra vida? |
EMILIA.-
Ritornamo
al antico. |
LAURA.-
¡Pero papá es un sinvergüenza!
|
EMILIA.-
¡Qué sinvergüenza ni sinvergüenza!
¡Es un infeliz! ¡Más canalla es este otro, que siendo
rico, nos ha dejado hundidos en la miseria! ¿Acaso el pobre
viejo, que ha sacrificado la mitad de su vida para educar
y hacer gentes a ese par de ingratos, no tenía derecho
a exigirles en recompensa que le proporcionaran una vejez
decorosa? ¡Ellos son los bellacos!... Uno atorrante: el otro
es un bruto egoísta y tacaño. ¡Linda esperanza
de padres!...
(Se va rezongando. LAURA la sigue, por izquierda.
A poco entra JORGE por el foro, derrotado, avanzando con
alguna cautela.)
|
MERCEDES.-
(Viéndolo.) ¿¡Vos!? (Corre
hacia él.) ¡Jorge!... ¿De dónde vienes?...
¿Qué es lo que has hecho?... ¡Jorge!... |
JORGE.-
Déjame.
No me preguntes nada. Lo hecho, está hecho, y se acabó.
|
MERCEDES.-
¿Has tenido el valor de cometer una infamia tan
horrible? |
JORGE.-
No me digas nada. ¿Qué sacamos
con hacer escenas? Escandalizar sin provecho. ¿Damián
sabe ya? |
MERCEDES.-
No, no lo sabe. Se lo he dado a entender,
pero no quiere creerlo. No concibe un padre tan malvado.
Ha salido a buscarte. |
JORGE.-
¿Tendrá para reponer
eso? |
MERCEDES.-
No; me lo acaba de confesar... ¡Nada!...
Dice que sería su ruina y su deshonra. ¡Ya lo ves!.
Dinero ajeno... Lo culparán a él... |
JORGE.-
Si es así, me queda un medio de salvarlo... |
MERCEDES.-
¿Cuál? |
JORGE.-
Pegarme un tiro. |
JORGE.-
¡No! ¡No!
¡Jorge! ¡Una locura no se enmienda con otra! |
JORGE.-
Se
lo tendrá que pegar él, entonces. |
MERCEDES.-
(Horrorizada.) ¡Mi hijo!... ¡Oh! ¡No! ¿Por qué sos
tan cruel? ¿Por qué me dices esas cosas tan brutales?
No hay necesidad de que se mate nadie. ¿Se ha hecho el daño?...
¡Pues a sufrir las consecuencias!... ¿No va a pasar nada,
verdad? ¡Prométemelo, Jorge! ¡Dame ese consuelo a
cambio de todo lo que me has hecho sufrir! |
JORGE.-
¡Quedate
tranquila!... Depende de cómo torne el otro las cosas...
Yo me voy a meter en la cama... Van tres noches que no duermo,
y no puedo más... Hablale a Damián... Yo no
tendría cara para presentarme ante él... Contale
todo... Que juego... Que soy un vicioso incurable, y que...
que... y que he abusado vilmente de su confianza... |
MERCEDES.-
¡Qué golpe para el pobre muchacho! |
JORGE.-
Tú
puedes encauzar bien la situación, de manera que el
otro no las torne por un lado muy trágico. Ahora,
si no lo consigues, tendrás que resignarte a aguantar
mi sacrificio... |
MERCEDES.-
¡Oh! Si depende de mí,
te juro que todo se arregla... |
JORGE.-
¡Ojalá! ¡No
puedo más de fatiga! (Se aleja.) |
MERCEDES.-
Sí,
acostate. (Deteniéndolo.) Permíteme una cosa. (Lo registra cuidadosamente a fin de cerciorarse si tiene
armas.)
Sin esto, no estaría del todo tranquila. |
|
|
(Mutis JORGE por primera derecha.)
|
|
|
(MERCEDES, luego DAMIÁN,
después DELFINA.)
|
MERCEDES.-
Ahora al otro.
(Revisa
los cajones del escritorio y saca un revólver. Al
huir con él tropieza en la puerta del foro con DAMIÁN
que entra.)
|
DAMIÁN.-
¿Qué es eso? ¿Qué
vas a hacer con esa arma? ¡Traiga eso acá! (Se lo
arrebata.) |
MERCEDES.-
¡No! ¡Dámelo, Damián!...
No iba a nada... Quería esconderlo, porque tengo mucho
miedo. |
DAMIÁN.-
¿Miedo de qué? |
MERCEDES.-
No sé... ¡Por favor, dámelo!... ¡Me moriría
de pena! |
DAMIÁN.-
Tómalo.
(Se lo devuelve.) ¿Dónde está mi padre? |
MERCEDES.-
¿Ya sabes?
|
DAMIÁN.-
¿Dónde está, pregunto? |
MERCEDES.-
El no se atreve... Me encargó que te lo dijera...
¡Todo se ha perdido!. No vayas a perder la cabeza, hijo mío.
|
DAMIÁN.-
¿Dónde está, pregunto? Se
que ha llegado y quiero verlo. |
DELFINA.-
(Por segunda derecha.) No te alteres, Damián. No remediaremos nada. Ven,
siéntate. Vaya a llamarlo, señora. |
DAMIÁN.-
Y quédese usted. Déjenos solos. |
MERCEDES.-
Voy enseguida. (Vase primera derecha.) |
DAMIÁN.-
¿Has
soñado una cosa igual, Delfina? |
DELFINA.-
Es horrible,
pero no irremediable. Thompson es muy caballero y sabrá
comprender tu situación. Yo le escribiré a
Lola también... |
DAMIÁN.-
(Anonadado.) ¡Horrible!
¡Horrible! ¡Horrible! |
DELFINA.-
Sería mejor que nos
fuéramos a Santa Cruz por el primer transporte ¡No
te desesperes así!
|
|
|
(JORGE asoma tímidamente.)
|
|
|
(DAMIÁN, DELFINA y JORGE.)
|
DAMIÁN.-
(A JORGE,
que sale y permanece alejado.) ¡Adelante, señor!...
¡No tenga vergüenza! Cuando has tenido el descaro de
venir a esta casa, te suponía con la comedia preparada.
Avanza, pues... ¿O esperas que vaya a recibirte? |
JORGE.-
(Rehaciéndose.) ¿Qué tienes que decirme? |
DAMIÁN.-
¡Hombre, nada! ¡Nada grave! Pedirte perdón por esta
molestia que te causo... ¿Estás borracho? |
JORGE.-
Tal vez. No sería difícil. |
DAMIÁN.-
¡Cuidado con exasperarme con tus respuestas, porque no respondería
de mí! |
JORGE.-
Los jueces, no pierden la calma.
|
DAMIÁN.-
¿Tú no te das cuenta exacta de todo
el mal que me acabas de hacer? |
JORGE.-
Exactísima.
Tanto que podría economizarte todo el interrogatorio,
repitiendo las preguntas que yo mismo me he dirigido antes
de cometer el crimen, mientras lo cometía, y después
de realizado. Todo fue con deliberación, y consciente.
Te haría ahora mismo un alegato de bien probado, con
la certeza de impresionarte. Sé que no podrás
reponer la plata ajena robada, la que yo acabo de robarte,
y como de algún modo debes justificarte, me pongo
por completo a tu disposición. |
DAMIÁN.-
¿Para
qué? |
JORGE.-
Te ofrezco un suicidio. |
DAMIÁN.-
¡Que te has de matar! Es un nuevo recurso. ¿Pretendes impresionarme,
verdad? Te equivocas de medio a medio... El que pensó
matarse hasta hace veinte segundos fui yo. ¡Yo! ¡El inocente!
Pero desistí, al verte en ese tren de envilecimiento
cínico! Para los hombres como tú, hay un solo
castigo: la cárcel. Y tú, en la cárcel
por robo, o sea el hecho de que yo haya entregado a mi padre
a los tribunales para que lo condenen, será mi justificación
más cabal. Hemos terminado. Si es cierto que te pones
a mi disposición debes marchar en el acto a la policía...
¡En el acto!... ¡Ya!... ¡Ya!... |
|
|
(JORGE se va al foro sin
decir palabra. DAMIÁN mantiene un gesto final imperativo.
JORGE, antes de irse, vuelve la cara resignada y decidida
y vase.)
|
DELFINA.-
(Dulcemente.) ¡Damián! |
DAMIÁN.-
¡Oh, Delfina! ¡Tengo ganas de llorar! ¡De llorar a gritos!...
(Se deja caer, sollozando, en una silla.) |
DELFINA.-
(Acariciándolo.) ¡Sí, llore, llore mucho, mi pobre Quijote!...
|
|
TELÓN
LENTO
|