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31

Romance que continúa: «[...] una noche estando assí / gritos da rosa florida / oyera la un camarero / que en su cámara dormía / ques aquesto mi señora / ques esto rosa florida / o tenedes mal de amores / o estáis loca sandía / ni yo tengo mal de amores / ni estoy loca sandía / mas llevases me estas cartas / a francia la bien guarnida / dioses las a montesinos / la cosa que yo más quería / dile que me venga a ver / para la pascua florida / darle he yo este mi cuerpo / el mas lindo que ay en castilla / si no es el de mi hermana / que de fuego sea ardida» (Cancionero de Amberes, sin año, fols. 190v.º-191r.º); donde contrasta la prudencia de Lucena, que primero quiere asegurar su afición, con el desenfreno de la infanta; lo extremo de la decisión de ésta me hace pensar que su enamoramiento «de oídas» es incongruente y contradictorio. Es posible que el verso en cuestión se deba a una contaminación poco afortunada.

 

32

«Romance del infante Turian y la infanta Florera», Gallardo, Colección, I, col. 1215.

 

33

«[...] dexemos a los troyanos, / que sus males no los vimos, / ni sus glorias; / dexemos a los romanos, / aunque oímos e leímos / sus hestorias».

 

34

Ed. López Estrada, RFE, LVII (1974-5), págs. 185-186.

 

35

E. Asensio, «Damasio de Frías y su Dorida. Diálogo de amor. El italianismo en Valladolid», NRFH, XXIV, 1, págs. 219-234.

 

36

Vid. Conviviun Platonis de amore, caps. «Quomodo capiantur amore» y «Amor vulgaris est fascinatio quaedam». Ideas ampliamente difundidas que recoge, entre otros, fray Martín de Castañega para explicar el mal de ojo, en su Reprobación de hechicerías.

 

37

El Scholastico, Madrid, CSIC, 1967, pág. 165.

 

38

Dorotea, ed. Morby, Madrid, Castalia, 1955, pág. 445. Y el editor anota: Cfr. El mejor maestro, el tiempo, II, 523b:


A la lengua le puso labios
naturaleza, a los ojos
párpados, que sus enojos
cubren, resistiendo agravios;
pero no puso al oído
defensa; en efeto oí,
y después lo que sentí
comuniquelo al sentido.



Las almenas de Toro, II, 100b: «En efeto, fui mujer, / de quien se sude decir / que pagan con el oír / cuanto engañan con el ver». Es pensamiento muy repetido, y que se aplica tanto a los hombres como a las mujeres, y tanto a las alabanzas propias como a las de otros: «Los femeniles antojos / nos destruyen advertidos, / que vemos por los oídos / más vezes que por los ojos», El mayor imposible, II, 78; «De los hombres peligrosos / se han de guardar los oídos. / Que aunque casos sucedidos / culpan siempre en la mujer / el ver, como suele ser; / que más puede os sé decir / solo un instante de oír / que muchas horas de ver», Guardar y guardarse, I, 387b; «Aunque se incitan oyendo / los hombres más que mirando», La devoción del rosario, II, 104b; «que sí enamora la fama / y el contar a una persona / del que está ausente las gracias», Amor secreto hasta celos, I, 395b; «Siempre es puerta el escuchar / para entrar al corazón», La escolástica celosa, I, 446a; «Diego, Mendoza, que creo / que la fama y el deseo / le engendran mucho mayor / que la vista y la hermosura», La gallarda toledana, I, 70a; La ocasión perdida, II, 219a; Epístola de Amarilis a Belardo, primera estrofa, 457. Se puede añadir, Querer la propia desdicha.

 

39

«Marramaquiza / atento a las nuevas del paje / (que la fama enamora desde lejos)» (La Gatomaquia, silva primera, ed. F. Rodríguez Marín, Madrid, 1935, pág. 6).

 

40

«Ya os tengo dicho que la letra de este papel conozco, por haber tenido otros de ella en mis manos de que aquí hace relación. El conocimiento es dueño dellos, hablo de vista, no le he tenido hasta ahora, si bien sé quién es» (Sala de recreación, Valencia, Estudios de hispanófila, 1977, pág. 126; pero en la pág. 127 matiza y aun niega el efecto).