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Abajo

Fábulas en verso castellano

Juan Eugenio Hartzenbusch



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De estas FÁBULAS, aumentadas con otras hasta el número de CIENTO, se ha formado distinta colección en un tomo elegantemente impreso en papel fino, con el objeto de que sirva a los profesores de instrucción primaria para dar premios o aguinaldos a sus discípulos.





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ArribaAbajoFábula I

Que sirve de Introducción


El treinta de abril



Abajo    Náufrago libre de borrasca fiera,
día treinta de abril, pisaba un hombre
la plácida ribera
de una isla verde, cuyo propio nombre
Isla del Nacimiento ser debiera.  5
Observando solícito el paraje,
y no viendo la tierra cultivada,
—6→
preguntó para sí con amargura:
-¿Si no estará poblada?
¿Si aquí la población será salvaje?-  10
De este modo confuso discurría,
cruzando una espesura;
cuando, ¡válgame Dios! ¡Con qué alegría
vio un trillado sendero, donde había
diversas en tamaño y en figura,  15
huellas de cuatro pies con herradura!
-Ya (exclamó) no hay cuidado:
estoy en un país civilizado:
sólo en un pueblo culto se procura
que gasten los cuadrúpedos calzado.  20
Siguiendo la vereda,
en un camino entró llano y derecho.
-No hay camino sin gente. -Dicho y hecho.
Una gran polvareda
se alza en la extremidad del horizonte;  25
divísanse entre el polvo diferentes
caballeros con armas relucientes,
plumas, preseas y admirable pompa;
repite el eco del vecino monte
rudo son de timbales y de trompa,  30
y óyese luego aclamación festiva
de ¡Viva el nuevo Rey! ¡Viva el Rey ¡Viva!
Los jinetes se apean,
obsequiosos al náufrago rodean,
y antes que diga nada  35
—7→
ni acierte a disponer de su persona,
pónenle un manto real y una corona,
que a prevención la comitiva trajo;
súbenle a una carroza engalanada;
y entre clamores mil, con gozo grande,  40
majestad por arriba y por abajo,
mucho tirar al aire los sombreros,
y dale que le das los timbaleros,
dicen al nuevo príncipe que mande
a su cochero que ande;  45
y haciendo los caballos una curva,
por donde vino tórnase la turba,
gritando sin cesar: ¡Viva Facundo
milésimo octogésimo segundo!
-Vamos, (dijo el monarca improvisado),  50
sin duda en esta tierra, que ya es mía,
Facundo se le pone,
llámese Andrés o Juan, Luis o Conrado,
a todo hombre de bien que se corone.
Bien antigua será la monarquía  55
donde, si llevan sin error la cuenta,
los reyes pasan ya de mil y ochenta.
Un paje que le oía
repuso: No es extraño,
porque duran aquí tan sólo un año.  60
Hoy, último de abril, la Providencia
cada año nos envía
un joven para rey: desde tal día,
—8→
trescientos, reinará, sesenta y cinco
sobre vasallos, cuyo solo ahínco  65
darle gusto será con su obediencia.
Pero (estén disgustados o contentos
ellos con él), corridos los trescientos
sesenta y cinco días, ordinario
número que tener el año debe,  70
no trayendo febrero veintinueve,
su majestad allá de mañanita
recibe la visita
de catorce alguaciles y un notario,
que le dice cortés, pero algo recio:  75
Llegó San Indalecio;
treinta de abril es hoy, y el calendario
de este dominio reza
que mude la corona de cabeza.
Dejarla es necesario.  80
Ya vuestra majestad es rey cumplido:
vuestra merced se dé por despedido.
Con lo cual, y sin dimes ni diretes,
cogen a Don Facundo los corchetes,
y en una estéril y desierta playa  85
le dejan que se quede o que se vaya.
-Oyes, oyes, querido,
(replica el soberano principiante)
¿y de qué vive ese hombre en adelante?
-Vive de la carrera que ha emprendido  90
para poderse manejar mañana,
—9→
bien o mal o peor, conforme gana.
Sujetos hay de los que fueron reyes,
que dándose al estudio de las leyes,
celebridad consiguen y dinero:  95
uno toma el fusil, otro el arado;
éste vende licores o pescado,
esotro es eclesiástico eminente,
aquél, diestro pintor: últimamente,
para adquirir el pan el forastero,  100
le ha de sudar la frente,
pues ni en la clase ilustre ni en la baja
ninguno come aquí si no trabaja.
Cesó el paje de hablar, y el rey contesta:
Eso no me disgusta:  105
vivir de mi trabajo no me asusta.
Sepa el amigo paje
que por juego una vez tejí una cesta;
con un año cabal de aprendizaje,
cualquiera alcanzaría  110
destreza regular en cestería.
Desde hoy constantemente
seis horas al oficio me consagro,
hasta que labre un cesto, que en su clase
por un esfuerzo pase  115
del arte cesteril, por un milagro.
Su majestad salió tan excelente
compositor de mimbre gordo y fino,
que en el concurso de la industria, vino
—10→
a conseguir el respectivo premio,  120
siendo solemnemente declarado
primoroso oficial, honra del gremio.
Al fin de su reinado,
quedándole por única prebenda
su rara habilidad, abrió su tienda,  125
que nunca se veía
de concurrentes útiles vacía.
Trabajador y gastador juicioso,
riquezas allegó, se hizo famoso,
y sucesivamente fue nombrado  130
alcalde, diputado,
inspector del marítimo registro,
cuatro veces virrey y al fin ministro;
todo por ser sujeto
que observaba su ley con fe y respeto,  135
ser íntegro y veraz, de buena pasta,
y único para armar una canasta;
de modo que a porfía
cada insular, al verle, prorrumpía:
No tenemos aquí, ni habrá en el mundo  140
mejor conciudadano ni cestero,
que el sucesor insigne de Facundo
milésimo octogésimo primero.
   LECTORES Y LECTORAS
JÓVENES, que en estudio provechoso  145
vais a ocupar las fugitivas horas,
—11→
mirad en ese náufrago dichoso,
cuya vida tracé con desaliño,
la historia general de todo niño.
Nace: padres, abuelos y parientes  150
le reciben con júbilo y cariño;
le miman con frecuencia,
sobrado complacientes;
y en fuerza de los lloros exigentes
con que por todo a todos importuna,  155
reina con veleidosa omnipotencia
desde el movible trono de la cuna.
Pero el tiempo voraz, el que sin duelo
traga vidas, y mármoles y bronces,
pronto deja al muchacho sin abuelo,  160
y sin padre tal vez y sin herencia,
y es forzoso por sí vivir entonces.
A peligros tan ciertos y fatales,
otro remedio no hay que la enseñanza,
que aprovecha en la edad plácida y verde  165
las ventajosas prendas naturales,
ilustra corazón y entendimiento,
y un tesoro nos da que no se pierde.
Forma, QUERIDOS JÓVENES, la vida
serie no interrumpida  170
de gusto y de tormento,
de hórridas tempestades y bonanza;
pero, aunque en medio de vaivenes tales,
fiero tropel de males
—12→
amenace violento  175
doblegar vuestras débiles cervices,
con virtud y talento
no tenéis que temer, seréis felices.



  —13→  

ArribaAbajoFábula II

La joya milagrosa



ArribaAbajo    Hay, según los navegantes,
allá lejos un país,
cuyos pobres habitantes
andan a todos instantes
con sus bienes en un tris.  5
   Ya un espantoso huracán
hace en la cosecha riza,
ya sepultura le dan
las piedras, lava y ceniza
de un repentino volcán.  10
   Los de ilustre jerarquía
y los míseros gañanes,
todos viven entre afanes,
recelando cada día
terremotos y huracanes.  15
   Para auxilio en tales daños,
entrega el común señor
allí a cada morador,
ya desde sus tiernos años,
una joya de valor.  20
—14→
   Y tales prodigios obra
la joya a los niños dada,
que con ella todo sobra,
y sin ella no se cobra,
de lo que se pierde, nada.  25
   Sin embargo, aquella gente
se echa tanto el alma atrás,
que es la cosa más frecuente
perder la joya excelente,
y no recobrarla más.  30
   Causará sin duda espanto
su locura; pero ¡qué!
¿Nada igual aquí se ve?
¿No hacen muchos otro tanto
con la joya de la fe?  35
   Y sus luces, en verdad,
son las que nos guían solas
a puerto de claridad
en la noche y en las olas
de la ruda adversidad.  40



  —15→  

ArribaAbajoFábula III

La rosa y la zarza



ArribaAbajo    Murmuraba impaciente
una rosa naciente
del cautiverio duro que sufría,
porque una zarza espesa la tenía
con sus punzantes vástagos cercada.  5
-Yo (sin cesar decía),
yo no disfruto aquí ni sé de nada;
sin un rayo de sol, tasado el aire,
desperdicio, de todos ignorada,
y entre espinas incómodas reclusa,  10
mi fragancia, colores y donaire.
La zarza respondió: Joven ilusa,
tu previsión escasa,
del bien que te hago, sin razón me acusa.
Bajo mis ramas a cubierto vives  15
del sol canicular que nos abrasa;
el golpe no recibes
del granizo cruel que nos deshoja;
y ese muro de espinas que te enoja,
defiende tu hermosura  20
—16→
de que una mano rústica la coja.
La flor entonces, de despecho roja,
¡Mal haya (replicó) la ruin cordura,
que de riesgos que no hay, tiembla y se apura!
No fue la maldición echada en vano.  25
A los pocos momentos un villano
llega con la cortante podadera:
la despiadada mano
descarga en el zarzal; hiere, destroza,
y tan completamente me le roza,  30
que ni un retoño le dejó siquiera.
Poco de la catástrofe se duele,
persuadida la rosa de que gana,
quedándose sin aya que la cele.
Descanse en paz la rígida guardiana.  35
¡Qué feliz su discípula es ahora!
Bañada en el relente de la aurora,
descoge con orgullo
su tierno y odorífero capullo:
princesa de las flores  40
la proclaman los pájaros cantores.
Pero el viento la empolva y la molesta,
sol picante la tuesta,
la ensucia el caracol impertinente
con pegajosa baba,  45
y apenas se la enjuga,
cuando voraz la oruga
su venenoso diente
—17→
una vez y otra vez en ella clava.
Se descolora la infeliz, se arruga,  50
y una ráfaga recia de solano
desparramó sus hojas por el llano.
   Es el recogimiento
condición de las jóvenes precisa:  55
falta en la mocedad conocimiento
del suelo que se pisa.
La niña que imprudente,
sola y sin guía recorrer intente
la senda de la vida peligrosa,  60
tema la suerte de la indócil rosa.



  —18→  

ArribaAbajoFábula IV

Los premios de la emperatriz




ArribaAbajo    La emperatriz Sofía
cuatro veces al año repartía
en pública sesión dos medallones,
cada cual de valor de cien doblones,
premio del colegial y colegiala,  5
que eran en los exámenes juzgados
en grado superior aventajados.
Vestiditos de gala,
y de curiosa multitud cercados,
entraban juntos en la rica sala,  10
donde, al son de trompetas y atabales,
a veces con la joya recibían
otros diversos dones
de las pródigas manos imperiales;
al paso que en algunas ocasiones  15
corridos niño y niña se veían
al recibir, delante
de aquel numerosísimo concurso,
dádiva tan chocante,
que la plebe y la corte, sin recurso,  20
—19→
burlábanse con dura pertinacia
de los dos angelitos: verbi gracia.
Benito y Valentina,
chicos de doce abriles,
él docto en la gramática latina,  25
y hábil ella en labores femeniles,
fueron los dos electos
por la junta de escuelas competente
como pareja igual, sobresaliente,
como alumnos perfectos  30
de latín y costura. Lindamente.
Pero es el caso que en palacio había
un pajarito azul, que los defectos
de los niños de escuela descubría;
y el pájaro maldito  35
contó a la Emperatriz... -¡Qué picardía!
Yo, vamos, el pescuezo le torciera.
Contó de Valentina y de Benito
la corta friolera
de que él era un llorón, y ella una fiera.  40
Ya llegó el día de función prescrito.
La señorita, pues, y el señorito
prepáranse de prisa y van despacio
(porque mejor los miren) a palacio.
Su Majestad al cuello  45
les pone, al son del atabal sonoro,
los codiciados medallones de oro;
y después (aquí es ello)
—20→
dice a Benito así: Cierta avecilla
que os atisba las faltas y las pilla,  50
te acusa de marica y apocado;
por lo cual, que te compren he mandado
ese cumplido chal y esa mantilla:
póntelos de contado.
Y usted (dijo a la niña) que es persona  55
del sexo débil y de clase fina;
pero que audaz y díscola y gritona,
en vez de Valentina,
merece se la llame Valentona,
sepa que por sus rústicas hombradas,  60
le va a plantar aquí mi camarera
un par de charreteras encarnadas
y una gorra de pelo granadera.

   Pues o renuncian a su ser y nombre,
o han de tener por cualidad primera  65
dulzura la mujer, valor el hombre.



  —21→  

ArribaAbajoFábula V

La verdad sospechosa



ArribaAbajo    Llevaban a enterrar dos granaderos
al soldado andaluz Fermín Trigueros,
embrollón sin igual, que de un balazo
cayó sin menear ni pie ni brazo.
-¡Hola, sepultureros!  5
(les dijo un oficial), ¿murió ese tuno?
-Murió, (contesta, de los dos, el uno).
Aquí Trigueros en su acuerdo torna,
y oyendo la expresión, dice con sorna:
Lo que es por la presente,  10
me figuro que vivo, mi teniente.
A lo cual replicó su camarada:
No dé usted a Fermín crédito en nada.
Siempre embustero fue: su fin es cierto;
pero aún miente el bribón después de muerto.  15
   Quien falte a la verdad, con eso cuente:
dirá que hay Dios, y le dirán que miente.



  —22→  

ArribaAbajoFábula VI

Pedro Enreda




ArribaAbajo    De aquel célebre Juan, por mote Lanas,
hijo fue Pedro, por apodo Enreda,
buscador impertérrito de nidos
en tiempo de la veda,
verdugo de lagartos y de ranas,  5
y apedreador insigne de ventanas.
Estudiaba latín... Miento: asistía
quince días al mes, y no seguidos,
a la clase del dómine García;
pero eso de estudiar... ¡qué tontería!  10
Les embelesa tanto los sentidos
a ciertas criaturas
el placer sin igual de hacer diabluras,
que es trabajar en vano
enseñarles latín ni castellano.  15
Al salir, pues, el estudiante maula
un miércoles del aula,
le fue Juan a esperar: llegó temprano,
y estando enfermo por allí un vecino,
pasose Juan a verle de camino.  20
—23→
Perico Enreda en tanto
se anticipó a salir. -A jugar, ea.
Hoy me toca ejercicio de pedrea;
mas que venga, provisto de antiparras
por la calle y me vea  25
ese dómine abanto,
gruñidor y estafermo.
Yo sabré libertarme de sus garras.
Dice: y agarra un canto,
mira con precaución a la redonda,  30
ve una ventana abierta,
(era la de la alcoba del enfermo),
lanza por ella el proyectil con honda,
y al inocente Juan a darle acierta
en lo alto de la calva descubierta,  35
causándole del golpe tal herida,
que por gracia de Dios quedó con vida.

   Malas inclinaciones de muchachos,
que el rigor a su tiempo no endereza,
darán el fruto de partir en cachos  40
al indolente padre la cabeza.



  —24→  

ArribaAbajoFábula VII

El envidioso




ArribaAbajo    Magnífico manzano
en el corral de un clérigo crecía.
Un vecino, de envidia se moría
viéndole tan fecundo y tan lozano:
él ni manzano ni corral tenía.  5
   Y ya que de otro modo
no supo desfogar su encono fiero,
arrojaba al frutal desde un granero
el desperdicio de su casa todo,
haciendo del corral estercolero.  10
   Bien ensució el ramaje;
mas la lluvia a su tiempo le limpiaba,
la tierra con la broza se abonaba,
y el resultado fue del ruin ultraje
que más fruto y mejor el árbol daba.  15

   Más útil que nociva
es la gente mordaz que tanto abunda,
pues hace con su rabia furibunda
que el íntegro varón más cauto viva,
y más pronto a sus émulos confunda.  20



  —25→  

ArribaAbajoFábula VIII

La rosa amarilla




ArribaAbajo    Amarilla volviose
la rosa blanca,
por envidia que tuvo
de la encarnada.

   Teman las niñas  5
convertirse de blancas
en amarillas.



  —26→  

ArribaAbajoFábula IX

Los cascabeles de oro



ArribaAbajo    Blanca, rubia, lindísima, salada,
risueña, bien hablada
y en mil habilidades eminente
para su corta edad, tal era Rosa;
mas ¡ay! Enteramente  5
sus raras prendas olvidar hacía
una falta notable que tenía.
Rosita, la discreta, la donosa,
dio en la maña fatal de ser curiosa.
En acechar pasaba todo el día:  10
todito, mal o bien, lo averiguaba,
y en seguida a parientes y lejanos
todo con adiciones lo contaba:
curiosidad y chisme son hermanos.
Y si alguno lo duda, gente seria  15
le enseñará, tratando la materia
con grande copia de razones altas,
que rarísima vez existe sola
una de aquellas faltas.
Atisbar y contar, allá en el juicio  20
de muchos y doctísimos varones,
—27→
son como en el reptil cabeza y cola:
son dos partes de un cuerpo, dos acciones
unidas con recíproco ejercicio:
dos formas de pecar que tiene un vicio.  25
-Basta de digresión, que va larguita.
Sigamos con la historia de Rosita.
Era bien infeliz: a cada paso
llenaban a su madre las orejas
de avisos y de quejas  30
diferentes personas
dignas de hacer de su dictamen caso;
y Rosa castigada,
sin tregua ni descanso padecía
dolorosos ayunos y encerronas,  35
y siempre se veía
de toda suerte de placer privada,
raramente vestida y mal peinada.
Doña Tomasa, su mamá, se dijo:
Veré, con un ardid, si la corrijo.  40
No se trate ya más de penitencia.
Tomó la diligencia,
y marchóse a vivir en un cortijo.
Como por incidencia,
vino allí de la corte  45
el médico ordinario de la casa.
Encerróse con él doña Tomasa,
y atando por adentro el picaporte
por no tener la cerradura llave,
—28→
fingieron ventilar negocio grave.  50
Rosita, con aquellos aparatos,
ya se supone que se puso alerta:
quitóse los zapatos,
y alzados los talones,
pasito a paso fue como un pilluelo,  55
y atisbó por debajo de la puerta.
Echada la curiosa por el suelo,
besando los ladrillos,
oyó decir a su mamá: Razones,
indulgencia, rigor, todo se aplica;  60
pero nada me vale con la chica.
Hay otros defectillos
que se pueden sufrir; pero éste, creo
que si no es el más feo,
es el que excita más la antipatía:  65
nadie quiere vivir con una espía.
-Vamos, señora, vamos
(contestaba el doctor), compadezcamos
a tales infelices,
pues nace el ser curioso  70
de un órgano facial defectuoso.
-¡Calle! ¿Qué órgano es ése? -Las narices.
Persona con nariz de poco peso
tiene que ser curiosa con exceso.
La curación del mal está en la mano.  75
¿Es un sujeto de nariz liviano?
Bueno: inmediatamente
—29→
se le hace un añadido suficiente
de cualquiera metal, y agur, amigo:
en menos que lo digo,  80
la persona más terca, la más zafia,
se olvida de espionaje y chismografía.
-¿Está seguro usted? -Y tan seguro
que más no puede ser: la señorita
corre ya por mi cuenta. ¡Pobrecita!  85
Usted la castigaba; yo la curo...
Y sacará una moda muy bonita,
que a costa de un pequeño sacrificio,
les hará mucho bien a varias gentes.
-Y ¿cuál es esa moda, Don Patricio?  90
-La de llevar en la nariz pendientes.
Voy a Madrid: me labrará un platero
dos arillitos de oro con esmero,
y haré que les agregue por colgantes
un par de cascabeles elegantes,  95
cuidando que les ponga la bolita
del peso que la niña necesita.
Romper en la nariz los agujeros
es obra de poquísimos instantes:
durante los primeros  100
duele, pero poquito, casi nada.
Es mortificación por conveniencia;
y Rosa, como niña bien criada,
recibirá la aguja con paciencia.
En estando aviada  105
—30→
con sus bonitos cascabeles de oro,
le juro a usted por Avicena el moro
que no ha de haber por la muchacha riña.
-Corriente: cascabeles a la niña.
Rosita sin estruendo,  110
pero con miedo atroz, se fue corriendo.
-Es verdad (exclamó), verdad y mucha,
que siempre oye su daño quien escucha.
¡Vaya que los doctores son crueles!
¡A mí querer abrirme  115
a hierro la nariz! ¡Yo cascabeles!
Las pinchaduras dolerán de firme;
y luego, para alivio de trabajos,
¿qué papel haré yo con dos colgajos
que nadie gastará? ¿Quién se acomoda  120
con tan extraña, tan horrible moda?
¿Qué moda? Si eso iguala
a un letrero que diga: Yo soy mala.
Y si voy a Madrid... ¡Virgen del Carmen!
Conmoverá la población entera  125
el alboroto que armen
los cascabeles de Rosita Vera.
Por no estrenar el afrentoso dije,
pesado a la nariz, molesto al labio,
me corrijo. -En efecto, se corrige,  130
y tan completamente,
que al regresar el naricista sabio
trayendo el salutífero presente,
—31→
le dijo la mamá, de gozo llena:
Estamos por acá de enhorabuena.  135
La nariz de Rosita, no sé cómo,
era de pluma, y se volvió de plomo.
Ya no atisba jamás ni picotea,
y está, gracias a Dios, desconocida.
Por eso convendrá que suspendamos  140
la operación aquella consabida;
pero si hay recaída,
y otra vez repitiere sus deslices,
entonces le plantamos
cascabelitos de oro en las narices.  145

   Cascabeles, cencerros, esquilones
de buque bien capaz y brocal ancho
llevar a la garganta debería
la turba de curiosos embrollones,
traperos de perdidas expresiones,  150
que lo revuelven todo con su gancho.
Con el ruido el soplón se anunciaría;
y al llegar a un corrillo, alguien diría:
Quédese aquí la plática pendiente,
porque el buen perillán que nos acecha,  155
lo parla todo, y al contarlo, miente.
Oye lo que le llega buenamente,
y añade lo demás de su cosecha.



  —32→  

ArribaAbajoFábula X

Timantes




ArribaAbajo    Pintaba el celebérrimo Timantes
un Júpiter con ojos fulgurantes,
rayo en la diestra y en la izquierda rayo;
y al severo pintor díjole un payo:
Si en ambas manos el rigor le pones,  5
¿con cuál vierte ese Dios premios y dones?

   Es en la Omnipotencia
igual a la justicia la clemencia.



  —33→  

ArribaAbajoFábula XI

El retrato de Júpiter




ArribaAbajo    Haciendo por Tetuán una jornada,
ocurriole a Mercurio la humorada
de conducir un mono a ver el cielo.
Cogiole, pues, al vuelo,
túvole allá una buena temporada,  5
y cuando al fin se le pasó el capricho,
puso otra vez en el nativo suelo
al venturoso trasplantado bicho.
En tropel acudieron sus iguales
a pedir al viajero  10
noticia de las cosas celestiales.
-Que nos retrate a Júpiter, (decían),
que a Júpiter describa, lo primero.
Tose el mono y empieza
la majestad pintando y la grandeza  15
de la suma deidad... No le entendían.
Habla después con religioso fuego
del amor y respeto que inspiraba...
Ninguno le escuchaba.
—34→
-Todo eso que nos dices  20
(interrumpió un tití), vendrá bien luego;
pero los circunstantes
quisieran más que refirieras antes
si tiene el dios azules las narices,
si es peludo, si es flaco,  25
si es de origen papión, o si es macaco,
si de patas con garbo se enarbola,
y hasta dónde se alcanza con la cola.
-Calla y no escandalices
(prorrumpió el orador): ¡habrá perverso!  30
¡Cola pone al señor del Universo!
El Júpiter que vi de rayo armado,
el poderoso numen que sentado
vi del Olimpo en el sublime trono,
en nada, en nada se parece al mono.  35
Ningún dios, grande o chico,
tiene un pelo de mono ni de mico.

   Pero quien más no alcanza,
lo hace todo a su pobre semejanza.



  —35→  

ArribaAbajoFábula XII

Blasito



    Estaba el niño Gil postrado en cama
de una fiebre tenaz y peligrosa,
y el médico mandó que el tierno brazo
tendiese a la lanceta salvadora.
No era Gil de los tímidos chicuelos,  5
que si de sangre pierden una gota,
se ponen a temblar; brioso y dócil,
se conformó con la sentencia docta.
A presenciar la interesante escena,
solícitos acuden a la alcoba  10
los padres, la criada, y el primero
Blas, hermano de Gil, que en él adora.
Átale a Gil el sangrador la venda,
báñale el brazo en agua, se le frota,
y la vena infantil hinchada al cabo,  15
el hombre el pincho con los dedos toma.
Callado Blas y atónito observaba
la tal operación preparatoria,
sin saber qué pensar; mas en el punto
que la lanceta vio... ¡Virgen de Atocha!  20
—36→
¡Qué lágrimas! ¡Qué gritos! -Yo no quiero
(clamaba sin cesar aquella boca),
yo no quiero que pinchen a mi hermano.
¡Váyase usted de aquí, mata-personas!
-¡Cuánto me quiere Blas!, dijo el paciente.  25
-Es muy buen corazón, dijo llorosa
de placer la mamá: lo mismo el padre
sintió, y el cirujano y la fregona.
Retiraron a Blas, pues de otro modo
su fraternal dolor allí le ahoga.  30
Corrió la sangre del querido enfermo,
y se alivió y curóse por la posta.
El júbilo de Blas ya se supone.
Como su afecto a Gil era una cosa
fuera de lo común, su madre en pago  35
diole unos mazapanes de Vitoria.
-A la parte me llamo, Gil le dijo.
-Guardarlos quiero, contestó con sorna
el cariñoso Blas. Para guardarlos,
se los comió en seguida el zampatortas.  40
-¡Bravo! (exclamaba Gil) señor goloso,
usted que tanto por su hermano llora,
¡un miserable mazapán le niega,
y sin reparo los engulle a solas!
Pues el tener buen alma no consiste  45
sólo en gimotear; consiste en obras.
Blasito relamiéndose, repuso:
-Una cosa es llorar, y dar es otra.



  —37→  

ArribaAbajoFábula XIII

Las espigas




ArribaAbajo    La espiga rica en fruto
se inclina a tierra;
la que no tiene grano,
se empina tiesa.

   Es en su porte  5
modesto el hombre sabio,
y altivo el zote.



  —38→  

ArribaAbajoFábula XIV

La peonza y la perinola




ArribaAbajo    La rebelde, la rústica peonza
dijo a la perinola con enfado
allá en su jerigonza:
Suerte bien desigual nos ha tocado.
A ti con mucho mimo,  5
cuando te hacen andar, te dan impulso,
entre dos dedos revolviendo tu eje:
no se me trata a mí con tanto pulso.
Yo, cuando me andan, gimo
al compás de la bárbara correa,  10
con que un muchacho hereje
me arrima cada golpe que me brea;
y cuanto más el movimiento animo,
con más fuerte rigor me zarandea.
-Querida (respondió la perinola),  15
en ti consiste sola
el trato que te dan: tú lo evitaras,
a ser juguete, como yo, ligero;
mas ¿qué han de hacer contigo,
si en apartando el látigo te paras?  20
Yo sin embargo consolarte espero.
—39→
Nuestro papá el tornero,
puede, si se lo digo
y quieres animosa decidirte,
quitarte la madera que te sobra,  25
y en ágil perinola convertirte.
¡Friolera es la obra!
(exclamó la peonza sofocada.)
Prefiero que el zurriago me atormente,
a sufrir que la gubia me hinque el diente.  30

   ¡No sabes ni empezar el catecismo,
y al preceptor acusas de inclemencia!
Quéjate de ti mismo:
para buen escolar no hay penitencia.



  —40→  

ArribaAbajoFábula XV

El látigo




ArribaAbajo    La madre de un muchacho campesino
ganaba de comer hilando lino,
y el muchacho, grandísimo galopo,
le hurtaba una porción de cada copo.
Juntando las porciones, fue tejiendo  5
un látigo tremendo,
con la villana idea
de pegar a los chicos de la aldea.
Los ocios del amigo no eran buenos;
la intención, por lo visto, mucho menos.  10
Diose a pelar la rueca tanta prisa,
que hubo la madre de notar la sisa,
y registrando con afán prolijo
el arca donde el hijo
guardaba con su ropa sus peones,  15
el látigo encontró de repelones.
Cogiole furibunda,
y al muchacho le dio tan larga tunda,
que a contar de las piernas al cogote,
—41→
no le dejó lugar libre de azote,  20
diciendo, al batanarle de alto a bajo:
¡Mira cómo te luce tu trabajo!
A robar te llevó tu mal deseo,
y con el robo yo te vapuleo.

   Siempre verás que el vicio  25
se labra por sus manos el suplicio.



  —42→  

ArribaAbajoFábula XVI

La sardina y la ostra


Dirigida a la amable niña doña Rosita Andriani y Palacios



ArribaAbajo    A la ostra le dijo la sardina:
¿Qué se hace usted, vecina?
Por más que nado yo, por más que miro,
sólo en este rincón alcanzo a verla.
¿En qué se ocupa usted en su retiro?  5
-En criar una perla.

   Esa perla eres tú, cándida ROSA.
¡Dichosa tú! ¡Dichosa
la niña a quien instruya
madre tan ejemplar como la tuya!  10



  —43→  

ArribaAbajoFábula XVII

El niño mono



ArribaAbajo    A Curro el figurero,
grande remedador y gran gestero,
llevó su padre a ver con otros chicos
una porción de monos y de micos,
que, previa la licencia del alcalde,  5
un charlatán al público enseñaba,
ya se deja pensar que no de balde.
Cualquier extravagante monería
que uno de los cuadrúpedos hacía,
Currito la imitaba;  10
pero ¡cómo! tan bien, que sin empacho
con los bichos podía
competir y vencerlos el muchacho.
Verle saltar allí, verle rascarse,
quebrantar una nuez, una avellana,  15
y al encontrarla vana
escupir y enfadarse,
fue ver, no una persona,
sino la más estrafalaria mona.
—44→
-Usted con su cuadrilla  20
(le dijo en esto al charlatán el padre)
por fuerza gana patacones buenos,
porque en verdad, compadre,
para animales, de razón ajenos,
el instinto que tienen, maravilla;  25
el habla sólo se les echa menos.
-Ahí, señor don Roque
(respondió el charlatán), ahí es el toque.
Seis años hace que ando
a realitos ahuchando  30
cantidad que resulte razonable
para poder comprar un mono que hable.
Ya, gracias al Señor, junté el dinero;
mas no hallo mono como yo le quiero.
Aquí mi charlatán vuelve la cara,  35
y en las diabluras de Pachín repara.
-¡Jesús! (exclama con asombro chusco.)
Esto es lo que yo busco.
Un mono verdadero,
pero blanco, pelón, buena figura,  40
diestro para llevar nuestro vestido,
y que hable por cualquiera coyuntura.
Ya dí con él por fin; ya ha parecido
el animal famoso
que yo busqué afanoso  45
por todo el mundo, caminando a pata.
Si me le vende usted, me hago de plata.
—45→
   Erraba el charlatán: sobrado abunda
la raza de monillos con calzones,
que divierte de balde los salones  50
con esa habilidad, que Dios confunda.



  —46→  

ArribaAbajoFábula XVIII

El espejo y el agua




ArribaAbajo    Disputaron el agua y el espejo,
y fue la riña del tenor siguiente.
-ÉL: Yo, de genio duro, lo reflejo
todo sin aprensión exactamente.
-ELLA: Pues yo, con mi carácter blando,  5
todo lo pinto a medias y jugando.
-El defecto menor, el más pequeño
tizne que manche un rostro, yo lo enseño.
-La mancha enseñarás; pero, amiguito,
hago yo más que tú, pues yo la quito.  10

   Enoja la desnuda reprimenda;
dulce amonestación produce enmienda.



  —47→  

ArribaAbajoFábula XIX

La toalla



    ¡Ay! (Exclamó Isabel) ¡ay qué toalla!
Cuando me enjugo el rostro, me le ralla.
Su aya le dice: Si la broza quita,
perdona el refregón, Isabelita.



  —48→  

ArribaAbajoFábula XX

El caballo de bronce



    Niños que de seis a once,
tarde y noche alegremente,
jugáis en torno a la fuente
del gran caballo de bronce
que hay en la plaza de Oriente.  5
   Suspended vuestras carreras,
pues hace calor; y oíd
una historia muy de veras,
y de las más lastimeras
que se cuentan por Madrid.  10
   Ese caballo años ha
estaba, como quizá
sabréis sin que yo lo indique,
dentro del Retiro, allá
frente a la casa del Dique1.  15
—49→
   Allí da el jardín frescura
con sus aguas y verdor,
y el canoro ruiseñor
tiene morada segura
de enemigo cazador.  20
   Allí al caballo volaban
con fácil y presto arranque
mil pájaros que llegaban
a beber en el estanque,
cuyas ondas le cercaban.  25
   Allí, con reserva poca,
le corría todo2 entero
la turba intrépida y loca,
y hallábale un agujero
que tiene el bruto en la boca.  30
   Es tal la disposición,
que por la parte de afuera
da fácil introducción
a un pajarillo cualquiera
del tamaño de un gorrión.  35
   Por adentro, sin percance,
todo el cuello de un avance
mete el pájaro; después,
como no hay dónde afiance
ni las alas ni los pies,  40
   ni ellos le son de provecho,
ni ellas le hacen sino estorbo;
y empujando con despecho,
—50→
se hiere garganta y pecho
contra el borde áspero y corvo.  45
   Y víctima el animal
de su imprudencia fatal
que salir de allí le veda,
vuela, anda, se atonta y rueda
por la cárcel de metal.  50
   Donde triste prisionero,
pidiendo en vano merced,
sobre muchos que primero
tuvieron su paradero,
perece de hambre y de sed.  55
   Mil avecillas, buscando
sombra densa en el estío,
mil en el invierno, cuando
ya lloviendo, ya nevando,
traspasábalas el frío,  60
embocáronse en la panza
del caballo, que en venganza
debió decir para sí:
Renunciad a la esperanza,
pájaros que entráis en mí.  65
   Con el tiempo se mudó
del jardín en que habitó
a la plaza donde está,
y entonces se le quitó
el cuerpo que encima va.  70
   Y los cóncavos secretos
—51→
del cuadrúpedo cruel
aparecieron repletos
de plumas y de esqueletos
de aves tragadas por él.  75
   Dañosa curiosidad
las condujo a muerte cruda.
-¡Ay! ¡Cuántos en nuestra edad
por la brecha de la duda
se abisman en la impiedad!  80
   Abismo donde pedir
favor al mortal discurso
no basta para salir:
él nos deja sin recurso
desesperar y morir.  85



  —52→  

ArribaAbajoFábula XXI

El santero




ArribaAbajo    A cierta romería,
sobre una dócil mula caballero,
iba en Andalucía
un pícaro santero,
que de cada espolazo  5
al animal sacábale un pedazo,
y mientras, cariñoso le decía:
Corra, que su cachaza me atribula;
corra por caridad, hermana mula3.

   Faz de paloma, corazón de arpía,  10
palabras de ángel y obras de demonio:
tal es, sin levantarle testimonio,
la pérfida, la vil hipocresía.



  —53→  

ArribaAbajoFábula XXII

Los tres quejosos




ArribaAbajo    ¡Qué mal (gritó la mona)
que estoy sin rabo!
¡Qué mal estoy sin astas!
Repuso el asno.
   Y dijo el topo:  5
Más debo yo quejarme,
que estoy sin ojos.
   No reniegues, Camilo,
de tu fortuna;
que otros podrán dolerse  10
más de la suya.

   Si se repara,
nadie en el mundo tiene
dicha colmada.



  —54→  

ArribaAbajoFábula XXIII

La lluvia de verano




ArribaAbajo    Muy de madrugada
sale de su aldea
Lucas para un viaje
de unas ocho leguas.
No hay en todas ocho  5
parador ni venta,
no hay por el camino
árboles siquiera.
Gran calor aguarda,
porque julio empieza;  10
va por eso Lucas
bien a la ligera.
De flexible paja
sombrerito lleva;
pantalón y chupa  15
son de primavera,
y alpargata leve
calza, que sujetan
lazos que le cruzan
sobre empeine y pierna.  20
Con lo cual y un palo
—55→
y un morral de jerga,
Lucas diligente
del lugar se aleja.
Aún el sol no asoma,  25
la mañana es fresca,
nubes aparecen,
se levanta niebla.
Horas van pasando;
la humedad se aumenta:  30
ya menudas gotas
por el aire ruedan,
hasta que a torrentes
lanzan las esferas
lluvia que amenaza  35
inundar la tierra.
Cuál estaba Lucas,
júzguelo cualquiera:
hízose una sopa
de pies a cabeza.  40
No era ciertamente
grande su paciencia:
enojóse, y loca
se soltó su lengua.
-Luego quieren (dijo)  45
que uno se someta
dócil a las leyes
de la Providencia.
Esta condenada
—56→
lluvia que no cesa,  50
¿qué motivo tiene?,
¿qué bien acarrea?
Mala es y remala
para la cosecha,
y salud y vida  55
puede que yo pierda.
Esto hablaba el necio,
cuando de unas peñas
un ladrón armado
sale y se le acerca.  60
Lucas imprudente
su garrote apresta,
sin mirar que el otro
tiene una escopeta.
Del gatillo tira  65
el ladrón con fuerza;
mas por dicha el tiro
sin salir se queda.
Lucas acomete
con audacia nueva,  70
y el malvado entonces
huye entre las quiebras,
y para que Lucas
algo se detenga,
la escopeta arroja,  75
porque ya le pesa.
Nuestro caminante
—57→
discurrió al cogerla:
No estará cargada,
cuando así la suelta.  80
Mírala, y entonces,
¡cuál fue su sorpresa!
Carga doble dentro
del cañón encuentra;
pero entrambas cargas  85
barro estaban hechas,
y aun lo mismo el cebo
de la cazoleta.
-¡Diantre! (dijo Lucas
muerto de vergüenza),  90
locamente al cielo
dirigí mis quejas.
Pólvora excelente
la del ladrón era,
y ella se inflamara  95
si estuviese seca.
Niebla y lluvia hicieron
que se humedeciera:
si ellas me calaron,
me salvaron ellas.  100

   ¡Gloria a Dios que rige
la naturaleza!
No hay mal en el mundo
que por bien no venga.



  —58→  

ArribaAbajoFábula XXIV

Los polvos de la madre Celestina




ArribaAbajo    Señor maestro, (preguntó Raimundo)
los polvos de la madre Celestina,
que todo lo alcanzaban en el mundo,
¿se sabe o se imagina
de qué pudieran ser? -Cuatro ingredientes,  5
(díjole el preceptor) omnipotentes,
entraban en la mágica mixtura:
oro, saber, esfuerzo y hermosura.
Hoy, lo que tantas maravillas obra
es el oro no más; el resto sobra.  10

   Por gracia, no de Dios, reina el dinero,
soberano señor del mundo entero.



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