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Fiel a su destino1

Carlos Murciano

Hay, en el nuevo libro de Leopoldo de Luis, Del temor y de la miseria, un breve poema titulado «Consejos», que considero altamente significativo, y que comienza así: «No nombres la miseria o vendrá su caballo / amarillo. No nombres los lagartos del miedo / o invadirán las rocas de la noche, la piedra / del corazón»... Habla la experiencia, la sabiduría del hombre que ha cumplido una larga andadura, o que se enfrente decididamente, dueño de ese bagaje al par consolador y lacerante, con el resto del camino que le queda por hacer. Tiene, pues, bien aprendido que hay que alejarse de los nombres, conjugar el olvido, si se quiere seguir viviendo en esperanza. Empero, fiel a su destino, no se pone en práctica. Nombra la miseria y ve cómo su caballo amarillo se precipita sobre sus papeles: nombra el miedo y comprueba cómo sus lagartos muerden su pluma, manchan lo que escribe.

Del temor y de la miseria, cuyo título le brinda el preámbulo de la «Declaración Universal de Derechos Humanos», es, pues, un libro lastimado, poblado de sombras, hielos, quejas y frustraciones, pero sobre el que se derrama una luz tenue y confortadora, un pálpito calidísimo. En el estudio que dos años atrás le dedicara Elena Refojos proponía agudamente la hipótesis de que De Luis había encontrado un punto de equilibrio entre la angustia, surgida de una situación límite, y la esperanza, que él recobraba viviendo.

Pese a todo. Pese a que la vida sea madrastra, pesadilla, cuna vacía, trago amargo, encarnizada quemadura, complejo artefacto; pese a que sobre la anilla del amor, a la que el hombre anhelante se aferra, lluevan la desilusión y el desencanto («Éramos dos en canto y somos des-en-canto»), el corrosivo óxido. «Quiero vivir, aun a pesar de todo, / y no logro entender por qué motivo», escribe. Es la desolación su compañera; también, la nada. En el estremecedor poema «Hablando a nadie», en el que se dirige a sus padres ya idos, el poeta sabe que se está hablando a sí mismo, y siente el pavor de esa nada, aglutinante y separadora. No menos estremecedor resulta el que le sigue, «Me iré», donde los pájaros que seguirán cantando cuando él, pluma minúscula, desaparezca, serán el cisne del tedio, la urraca del hambre, el murciélago del cáncer, el grajo de la envidia, los alcotanes del odio... Pero, dicho queda, «Quiero vivir», afirma.

E intensamente lo hace. Sintiendo en sí el latido universal, sintiéndose a sí mismo solidario y participante. Un estallido en la costa austral, un pájaro moribundo en las alturas de Asia, un niño hambriento en las planicies africanas, un negro electrocutado en una cárcel de Norteamérica, repercuten en él, en su casa, en su cuarto, en su lámpara, en su escritura. Poesía denunciadora, testimonial, desazonante, pero, asimismo -Concha Zardoya lo ha visto bien-, «tonificante, porque su estoicismo la salva de ser negativa».

Del temor y de la miseria es un libro de total madurez, denso, profundo, con poemas inolvidables, muy delusiano, muy del poeta que ha podido escribir: «Llevo este oficio humilde con la hermosa / tristeza de sentírmelo por dentro / como una mano que anudase años». Ojalá que muchos -años, libros- todavía.