Hilván de escenas
Gabriel Miró
Miguel Ángel Lozano (ed. lit.)
Entre dos estribaciones enormes y fragosas del Aylona, serpea el valle de Badaleste, hondo y vicioso.
En el horcajo de tamañas sierras, en altitud bravía está Confines, viejo y parduzco pueblecillo sobre cuyo costroso hacinamiento de tejados verdinegros, eleva la decrépita Abadía su campanario estrecho, amarillento y alto, maculado junto a su cornisa por las rudas y ennegrecidas piedras que deja ver un desgarrón de la fachada.
Las paredes de las últimas casas del pueblo reciben ávidas las caricias de los primeros verdores del valle. Éstos se originan con escalones inmensos de ondulantes mieses, sombreadas de trecho en trecho por redondos olivos y talludos almendros de retorcidos y negrales troncos.
Turnan con los trigos tablares de lozanas hortalizas distribuidas en geométricas figuras; rumorosos maizales; aterronados barbechos; y de nuevo la mies sucede, alta, apretada, undosa, bajando en gradería, afelpando transversalmente en verdes franjas o en oleadas de oro el pie de las colinas.
Es diversa la decoración de la sierra: los manchones espesos de los pinares la obscurecen; almendros de gaya pompa trepan briosos por las laderas y las brochean de un verde claro; erizados espliegos, virtuosos romeros, cortezosos tomillos, punzantes aliagas, la sahúman y arrebozan espléndidamente. Pero la flora se detiene, se interrumpe de cuando en cuando, y aparece el cantorral gris o albarizo.
En los sitios más suaves y bajos de las estribaciones se dilata en prolongadas paralelas el pálido olivar; y arriba, en las más fieras altitudes, se descubren tersas calvicies cenicientas, rojizas gargantas; y entre las quebraduras se retuercen añosas y gemidoras encinas.
Sonorosos raudales nacidos en las sierras, saltan, se deslizan, bullen, espumajean entre guijarros, y ya en el valle, ceñidos entre herbosas acequias, pasan por la aridez ocrosa de los barbechos; se derraman mansamente en los sembrados; cruzan las silenciosas calles de un caserío; ciñen los troncos de la arboleda; se estancan entre lindones; lo vivifican todo con su caricia fría; caen por último en el lecho de una barranca estrecha que hiende el valle, y por esta oquedad, bordeada de erizadas junqueras y enhiestos chopos, discurren espejeantes levantando leve zumbido de colmena que, en las ardientes y calmosas siestas estivales, invita al sueño, muy grato de gozar en la frecuente sombra deleitosa de un pino susurrante o de un galano cerezo.
Cerca de Confines, hacia el norte, se esconde humildemente, en un rincón de lampiña loma, el caserío de Abdeliel, de casitas desiguales, enjalbegadas unas, obscuras y tostadas por el sol otras.
Pasado este lugar se inicia una deseada anchura en el valle. Distanciadas las espaldas de las estribaciones, parece penetrar más luz y descender radiante por las laderas verdes o rapadas.
Alejado del reducido Abdeliel, en la opuesta vertiente y curioseando la entraña húmeda de la barranca, se extiende el pueblo de Benihaldelera, como inmensa estraza que interrumpe y mancha la amenura agreste del paisaje.
Hacia arriba, escalando la sierra, se apelotona Aliatar, como uno de esos majanos formados por mendrugos de platos y retajillos de cántaros y tinajas que en las afueras de las ciudades suele haber. La torre de su Iglesia, amazacotada y blanca, parece recién lavada sábana puesta a secar sobre las peñas.
Desde aquí, se parecen asomados a un liviano cerro, los negruzcos y rígidos cipreses que adornan el calvario de Benifante, alegre y limpia villa que, como Benilhaldelera, se acerca también a la barranca estrecha y tortuosa.
Y como si las ciclópeas hijas del Aylona se hubieran avergonzado allí de abatirse, separarse y formar tan fértil y pomposo valle, erizan un macizo de peñas ingentes y peladas, sobre las que descansan los rojizos y ruinosos muros de la morisca fortaleza de Badaleste, nombre que bautiza al caserío anidado en las quebraduras de tamaño pedestal y a todo el espacioso valle fecundo.
Es la cima de estos roquedos, mirador estupendo desde donde se atalaya despejadamente lo descrito y la continuación del valle, ya anchuroso, suave y exornado por la lujuriante ufanía de los pámpanos.
De trecho en trecho emerge una morena masía, un alargado riu-rau, bajo cuyas arcadas se marchita y cura la arracimada pasa, dulce y rugosa.
Y la turgente serranía se aleja en ondulaciones azules, como olas sin espuma, enormes, mudas, del Mediterráneo pálido, dormido, que, allá lejos, se funde con el cielo lumbroso.
* * *
Únense y comunican estos lugares por una muy cascajosa y delgada senda, que ya se desliza amarilleando entre espléndidos cultivos, ya afeada y peligrosa por sus hinchazones y sinuosidades, sube, bordea las laderas, rayando, como un surco de arado, la felpa que las tapiza; y con ese zigzag violento y atrevido, baja desde Confines y llega hasta Ballosa, lejano pueblo ribereño, del cual arranca suave y rasa carretera que lo enlaza con la capital de la provincia.
* * *
Verde o dorado en los trigales, jocundo, espléndido, sereno y aromoso, aparece en templados días el bravío paisaje de Badaleste, mas
« ...cuando el padre Otoño muestra fuera la su frente galana...». |
otorgados ya los sazonados frutos, amarilla la fronda, iniciado el esquileo de la tierra, el valle adquiere una suavísima tristura. Parece envuelto por la dulcedumbre de un crepúsculo eterno.
Y en los días invernales sufre una desnudez angustiosa, desoladora, que aflige y constriñe el ánimo.
En los yermos bancales elevan los árboles su rígido armazón negruzco: las cepas, nudosas, retorcidas, como muñones de manos amputadas, puntean a líneas interminables la rojiza tierra.
Vagantes nieblas ciñen las sienes del peñascal, y albeando por las haldas, en jirones espesos, descienden al Valle lentamente.
Y el vendaval silba, vocea, aúlla, recorre la altitud, se precipita por los sembrados, lo azota, lo asuela todo implacable, y a su paso por las laderas, los pinares, de imperecedero verdor, protestan, plañen, murmuran con rumor de oleaje fiero, de muchedumbre impaciente.
Badaleste, diminuto y blanco, se esparce entre las rocas abruptas, desnudas, inmensas.
Desde el cercano Benifante, sube travieso y jiboso un caminito que, serpeando entre las casas, llega a una muy alta peña horadada por angosto túnel que inició Naturaleza y ultimó el artificio y pujanza del hombre.
Al otro lado de la obscura entraña, acaba el caserío. Quedan sólo unas cuantas casitas extendidas en blanca andana junto a la peña del túnel; y enfrente se alza con pesantez la solariega casa de los antiguos señores del valle; un caserón frío, austero, de apariencia monástica, con sus paredes rudamente encaladas y el negro ventanaje siempre cerrado. A su izquierda sobresale un inquietante risco, liso y estrecho, rematado en su altura por una garita blanca y cuadrada como un dado nuevo, en donde reposa la vieja campana perteneciente a la Iglesia, que se halla bajo, al otro extremo del solar, humilde, silenciosa, sin torre ni espadaña.
Junto al templo nace un pretil, harto maltratado por los años, que, curveando, cierra prudentemente aquel recinto casi llano, espacioso, donde una noguera de anchurosa fronda y enroscada raigambre, descubierta, susurra blandamente en el sereno y solemne silencio de la altura.
Y dominándolo todo, se eleva una caliza redondez, ancha, suave, cercada en su cima por grietosos muros (viejos relieves de la morisca fortaleza) y por modernas tapias de argamasa. Dentro, un constante y puro vientecillo riza y agita la verde y bravía maleza. En el centro, entre un ortigal frondoso, asoman los negros trazos de una cruz.
Es el cementerio de Badaleste.
* * *
En el caserón solariego vivía doña Trinidad Bermúdez Sila.
La Señora (así denominaban todos en el valle a la Bermúdez), era una vieja alta, huesuda, doblada como un garfio; de quietas pupilas acelajadas y frente lisa, amarillenta, cuya cumbre perdíase en las sombras proyectadas por un pañolito de seda negra, ceñido a su cráneo estrecho, casi mondo, y a sus colgantes mejillas cretáceas.
Vestía sencillamente un hábito de los Dolores.
Ella pasaba la vida sentada en un descomunal sillón, junto al antepecho de la ventana del vestíbulo. Es éste una inmensa pieza enjalbegada, cuya techumbre necesita el extraordinario sostén de dos pilastras redondas.
Ante la Señora, había una mesita-camilla cubierta por negro hule y faldas verdes descoloridas, sobre la cual mesa lucía siempre, en búcaro de loza, un manojo de flores odoríferas y frescas en primavera, apagadas y salvajes en invierno. Junto a las flores, y en limpia y panzuda pecera, evolucionaba un rojo y áureo pez.
Un rosario, de quince dieces, graneaba por un razonable rimero de libros devotos.
Frecuentemente, la Señora avanzaba hacia la mesa su sarmentosa mano; empuñaba el sagrado abalorio; deleitábase con la prosa del «Diamante Divino», de «El Ramillete de Oro», del «Despertador Eucarístico»; y en los descansos, contemplaba la tersa peña del túnel o buscaba distracción en dos rubios canarios que, desde sus jaulas, pendientes de robusta viga, herían el silencio del vestíbulo con su vibrante alborozo, manifestado en notas precipitadas, agudas, suaves, cavatinescas.
De cuando en cuando, una mujer alta, gruesa, que hablaba con sordina, acercábase a doña Trinidad, respondía a sus rezos, o mediaba en los comentarios que aquélla hacía sobre los diarios acaecimientos.
Cerca de la ventana, arrancan tres escalones pequeños que conducen a una habitación de paredes inmaculadas, cuyo mueblaje lo formaban: seis sillas vestidas de blanco lienzo, una mesa, adosada al principal testero, y que mantenía enorme fanal continente de un San José, el humilde artesano, cubierto de recamado terciopelo, llevando de la diestra a un niño inexpresivo, carilleno y guedejudo, y soportando con la siniestra un florido tirso encintado de blanco y azul.
A los lados del santo, dos candeleros de plata elevaban sendos cirios babosos, que la criada de confianza (aquella mujer robusta), encendía todas las tardes de marzo.
En un candelero, más pequeño que los anteriores, erguíase el verde cirio ahuyentador de tormentas.
Un espejo, engasado y mentiroso, colgaba de la pared, detrás del fanal, y entre dos retazos de pergamino: en el de la izquierda, esparcía sus ramas apretadas el árbol genealógico de los Bermúdez; del otro, apenas se alcanzaba, sobre fondo azulado, la figura de un guerrero cubierto con armadura gris, y de cuyo casco pendía un sanguinolento airón.
Representaba esta vieja pintura al primer Bermúdez que obtuvo la donación del marquesado badalestino.
Una ventana engulle la luz de la meseta donde el nogal asombra.
De este aposento (en el que la Señora escribía y trataba las cuentas con sus arrendatarios) se pasa a una alcoba, reducida y austera como una celda: dormían en ella doña Trinidad y la sirviente.
Las dos hojas de la enorme puerta del vestíbulo, casi siempre entornadas, abríanse alguna vez, empujadas por un rústico brumado de legumbres o leña; la luz penetraba entonces franca y esplendorosa, pero pronto era rechazada por los rudos tableros de la puerta, al cerrarse, y el hombre perdíase en el fondo penumbroso del zaguán. Allí, envuelta por crasas sombras, sube a los pisos superiores una escalera de macizo barandal y crujientes peldaños espaciosos. Allí están las entradas al comedor, verdadero refectorio de convento, largo, encalado, frío; a otras dependencias, y a un patio donde cacareaban las gallinas y dormitaba, sobre descomunal pira de sarmientos, un mastín blanco encadenado por la carlanca a la argolla de un pesebre.
Los Bermúdez Sila, de empolvada peluca, recamada casaca, corto calzón y hebillado zapato de espejeante pantalia, estimaron que tan cortesanas galas repelían el nido y lueñe escenario de Badaleste.
Otro vivir, más blando, halagador y bullicioso que aquel seguido en el valle, tan sosegado y eremítico, apetecían ellos, y así, arrancando de su solar lo más estimable de su aderezo, y vendiendo no pocas yugadas y algunos pinares, dejaron el abundoso suelo, tan hazañosamente conquistado por sus mayores, y trasladáronse a la Corte, donde podrían espaciar sus ansias de goces y grandezas con los rendimientos aún copiosos de sus restantes tierras badalestinas.
Cerrado y mudo quedó el adusto edificio. Manchas verdosas invadieron las fachadas, y aun osaron costrear por los recortados signos heráldicos del viejo blasón, que descansa sobre el dintel de la inmensa puerta. El sol, la lluvia, el viento y las celliscas ennegrecieron y descascarillaron las paredes con su oleada de fuego y fríos arañazos, y exprimieron y agrietaron el maderaje.
En 1865 la abandonada casa alindose con los cuidados de una restauración. Vistiéronse de cal sus paredes; negra pintura vigorizó las puertas y ventanas, y en las desnudas habitaciones sonaron golpes, se oyeron rechinamientos y quejidos lanzados por los muebles al ser arrastrados por los sucios pisos casi cubiertos de espeso tamo.
Todo se amuebló y compuso, pero parcamente, con severidad y rudeza. El vestíbulo, los corredores, los aposentos todos, amplios, sombríos, silenciosos, parecían dispuestos a ser pisados por la muda sandalia de ensayalados personajes.
* * *
Fue en otoño, cuando llegaron al valle los Bermúdez Sila, descendientes de los guerreros de levantado ánimo, de los altivos feudales, de los muelles y sagaces cortesanos.
Formaban una numerosa familia, que no pudiendo mantener en Madrid los esplendores y exigencias de su añeja prosapia (por los frecuentes quebrantos económicos sufridos desde el siglo XVIII), venían a encerrarse en aquel caserón, donde con los relieves de la hacienda lograrían vida cómoda y admiración y respeto en los intonsos lugareños.
El jefe de la familia, que era adicto a reaccionarias ideas políticas, tuvo por muy llano el ofrecer a su partido la devota sumisión del viejo marquesado de Badaleste en su cabal entereza. Pero tres de los pueblos anidados en las fragosidades de la sierra, Confines, Abdeliel y Aliatar (en cuyos términos no quedaba piedra ni matuja perteneciente al señorío de los Bermúdez), aunque se apresuraron a enviar los mejor hablados y de más altanería de sus lugares, para rendir la salutación de bienvenida a los secos señores, negáronse, sin embargo, a nutrir sus filas. Aquellos pueblos comulgaban otro ázimo político y obedecían gustosos a su particular caudillo; cacique no despreciable, porque su alacridad y risueña y afable condición fácilmente hendían pronunciados surcos en el ajeno ánimo, donde sembraban la estimable semilla de la simpatía.
Un zurriagazo inferido por mano villana en la arada mejilla de don Eusebio Bermúdez, no le habría sido tan ultrajante como el embarazoso no contestado a sus proposiciones de fusión política por los embajadores de Confines, Abdeliel y Aliatar.
Pero tamaño enojo fue decreciendo y curando, porque el ofendido vio con claridad y presteza que la disidencia era más bien nominal que efectiva.
Sobre las ideas políticas, se levantaba gallarda y dominadora la tradición. Y en aquellos sencillos habitantes de los autónomos pueblos, el pretérito de los Bermúdez, tan colmado de prepotente grandeza, gravitó hasta el punto de sustraerles todo arranque o proyecto distintos a los sentidos por don Eusebio.
El cacique de la región de Confines subía todos los domingos al solar, y sonriente, afectuoso, humilde, departía un buen rato con los señores.
Tan singular y reverente acatamiento a la casa, al apellido Bermúdez, lisonjeó a don Eusebio más que si hubiese sido tributado a las ideas del partido.
Pero si todo era de grato paladeo para el señor, en cambio, esa dulzura y armonía, amargaba y punzaba con los alfilerazos del despecho a cierto personaje de Benifante. Llamábase éste Judas Lisaña, viejo de corta talla y menudas facciones en rostro ancho, el cual viejo había sido jefe político absoluto desde Badaleste a Benihaldelera, antes de la llegada de los Bermúdez.
El disponer a todo su talante y antojo del valle entero, le acuciaba incesantemente.
Llegó don Eusebio y tuvo el cacique que abatir la frente ante su señor natural.
Algo le entristeció su forzosa plaza de segundo; pero algo le consoló el verse considerado como favorito, como hombre de confianza de tan principal y linajudo prócer.
Mas el desquite de su descenso, donde pensaba hallarle Lisaña, era en la para él indudable fusión que de los dos bandos realizaría la ingente llama de la influencia señorial.
Conseguida esta alianza, que iría aparejada con la ruina de su émulo, fantaseaba Judas que sólo él compartiría dichosamente con su señor los regalos del poder; y al morir don Eusebio, nada de insólito tendría que los herederos de Bermúdez buscasen habitación en otros más animados y risueños lugares, y, por tanto, permitiesen llegar el suspirado mando a las codiciosas manos caciquescas por el camino más llano, indisputable y cómodo.
Pero el señor, halagado con las lisonjas de los otros, no satisfizo los planes del cacique.
¡Válgame Dios, y qué celos tan despiadados invadieron y laceraron su ánimo, viendo las afectuosas relaciones entre el de Confines y los Bermúdez! ¡Con qué crudeza le lastimaba la locura breve de la ira, cuando junto a él pasaba su contrario, sin dirigirle un saludo, ni dedicarle una mirada, pavoneándose por su amistad con los feudales!
* * *
Una tarde, le dijo el celoso a su amo:
-Lo que debiera hacer el señor, es obligar a los de allá que se ajuntasen con nosotros.
-¿Y para qué? -replicó indolentemente Bermúdez-. Hago lo que quiero de ellos. Me quieren, me respetan... Son míos, aunque lleven divisa contraria.
-Sí, señor -refunfuñó Judas-; pero... ¡sería tan bueno para el valle, el que fuésemos todos unos!
-Bah, bah, bah. ¿Que no estamos bien ahora? -exclamó el otro.
Tornó a insistir Lisaña.
Y don Eusebio, dudando de que fuese sólo generosa ambición del bienestar ajeno lo que inspirase a su segundo, quiso asomarse a la hondura de aquella alma y verla toda cumplidamente. Y así, mirando con fijeza al cacique, mejor dicho al excacique, dejó caer, como con un cuentagotas, estas palabras:
-Bueno, me interesaré por conseguir la fusión que deseas, pero… -y aquí hizo una pausa que irritó de impaciencia al otro- no respondo de quién sacará el mando; pudiera el de Confines conseguirlo.
-¡Que no responde el señor! -aulló espantado Judas-. ¿Que el señor no dispondrá que sea yo? ¿Que acaso no me viene este poder, este puesto, de mi padre?
Y clavó el angustiado sus ojos, que la ansiedad ensanchaba, en las frías pupilas de su amo.
Éste hizo primero un gesto de repugnancia como si le hubiese llegado el olor de una inmundicia. Después, una sonrisilla culebreó por sus pálidos labios, y lentamente aplicó al corazón de Lisaña un rabioso cáustico, diciendo:
-Si tú heredaste el poder, como dices, de tu padre, el otro se lo ha ganado. A él lo han elegido; no le ha impuesto la rutina.
Fríos trasudores mojaron el cuerpecillo del excacique, y su semblante se obscureció y contrajo visajeando de terror y asombro.
El amo continuaba sonriendo en silencio, y Lisaña, que magüer tonto era malicioso, escondiendo su intención artera bajo un dulzacho y lastimero acento, murmuró:
-Como el señor me ha dicho tantas veces que todo se heredaba; que se heredaba la sangre, los sentimientos, el nombre, el poder... yo me creía...
Apagose la burlona expresión en Bermúdez, quedando sólo una gravedad fría y rechazante.
Judas, con la mirada vaga, inexpresiva, estúpida, añadió, al mismo tiempo que se rascaba su cráneo rapado.
-Al señor, así le ha pasao... Todo se lo dejaron; de otra suerte quisás...
No pudo proseguir, porque el señor le ultrajó diciendo:
-¡Qué comparas, villano, las mezquindades de tu caciquismo ruin y sucio, con la limpieza de mi sangre y supremacía! ¿Tú, tú quieres igualarte conmigo, asqueroso, descendiente de esclavos?
...Y sucedió una escena repugnante. Lisaña, para retener la estimación de Bermúdez (pues su pérdida ocasionaría la de sus ensueños y ansias por dominar), se humilló, se arrastró, gimió en la súplica, y el amo gozó brutalmente con las angustias y bajezas del siervo...
* * *
A los dos meses de acontecer tales humillaciones y vilezas, una noche recibió orden Lisaña de subir al caserón de los Bermúdez, porque don Eusebio padecía un ataque que había puesto en confusión a todo Badaleste.
Comezón tuvo el avisado Judas de señalar su gozo con algo de tripudios y algazara.
-Al fin -se dijo-, iba a quedar libre del que le usurpara su independencia y mando, y del que, cegado por lisonjas y acatamientos de bulto, le postergara a sus émulos.
El sereno del pueblo estaba delante, y el futuro jefe absoluto tuvo que solapar su alborozo con la mejor imitada tristeza que pueda producir la disimulación o doblez.
* * *
Murió don Eusebio, y de sus cinco hijos (cuatro varones y una hembra) el primogénito obtuvo, en gracia al meritísimo comportamiento político de su padre, el gobierno civil de una rentadora Barataria.
Los demás, libres de la tirana sujeción paterna, se zabulleron en el ruido y animación de la Corte.
Quedaron en la vetusta casa la viuda y su hija doña Trinidad.
Visitaba Lisaña diariamente a las señoras y dábales noticia caprichosa de los acaecimientos de la comarca. El cacique, lo era entonces acabadamente. Habló con más soltura en aquellas habitaciones amplias y calladas y que tanto le impresionaran en vida de don Eusebio. Se permitió fumar ante las Bermúdez y hasta escupir, entre chupada y chupada, sin escrúpulos, en suelo despejado.
No recibía gusto doña Trinidad de tan sobrada llaneza; y aconsejó a su madre que se lo diera a entender a aquel viejo tan humilde y comedido antes.
Pero la apacible viuda, cuyo carácter había sido castrado por el despotismo de su esposo, contestó que todo era excusable en Lisaña, por su acendrada fidelidad.
Ella quería vivir tranquilamente en aquel retiro y necesitaba de la compañía y estimación de todos.
-¡A qué afanarse -decía- en cepillar las tosquedades y grosuras del cacique y de otros! -A más de la probable esterilidad de tal faena, podían mortificarles sus amonestaciones y advertencias.
Bien estaban así.
* * *
Años después regresaron de nuevo al valle dos Bermúdez: el Poncio y uno de los que a Madrid fueron. Llegó éste último doliente y devorado por las deudas. Y aunque el de la prefectura no nadaba en salud, en cambio trajo caudal horro y brillantes condecoraciones, alcanzado todo durante el tiempo de su mando.
En Madrid murieron los dos hermanos restantes.
Con frecuencia, la viuda de don Eusebio, dirigía sus pupilas tristes al crispado pergamino del árbol genealógico.
Ella pensaba que no brotaría nuevo ramaje en el añoso tronco. Veía un total aniquilamiento de su raza.
De los hijos varones no había que esperar prolongación del apellido: tal era su alfeñicamiento, su pobreza de salud.
Y doña Trinidad era inamante. Seca, angulosa, frisaba ya en los cuarenta años, sin que sus ojos grises y turbios, como dos trocitos de niebla, hubiesen expresado nunca el centelleo de la pasión.
Era inamante e incasable: aunque pudo no serlo, porque uno de los candidatos a la diputación por Badaleste, lo había sido a su mano; pero ella, sañuda y glacial, lo rechazó a las primeras indicaciones de noviazgo.
Doña Trinidad parecía fabricada de intento para vivir en la soledad de aquel caserón austero, empotrado en las peñas como nido de águilas, y a semejanza de ellas vivía, altiva y huraña, pero sin los vuelos serenos y gallardos de estas aves, por el cielo abundoso y esplendente de una virgen.
* * *
Pasaron tres años más, en el discurso de los cuales, dos veces hormigueó la gente, desde la solariega casa, al elevado cementerio, acompañando a un Bermúdez, primero, y a la viuda de don Eusebio, después.
Desde la muerte de su madre, fue doña Trinidad la que diligentemente llevó la dirección de la casa y de los políticos manejos. Su hermano, el exgobernador, pasaba meses enteros sin levantarse de la cama, desde la cual veía, a través de la ventana, el reducido camposanto, por cuyo entapiado sobresalía el ondulante tejadillo de los nichos, donde reposaban tantos Bermúdez.
En las tardes de invierno, acrecentábase su tristeza, contemplando el perfileo de las tapias sobre el cielo pálido o nuboso.
Doña Trinidad colocó tupidísimas cortinas para impedir que los ojos llevasen la aflicción al espíritu de su hermano. Pero en la semiobscuridad que los paños ocasionaron, vio imaginativamente el enfermo, levantarse, dentro del aposento, las tapias, el rizado de las tejas; y al percibir el ulular del viento, sentía que sus rachas heladas y sutiles penetraban en sus huesos como entrarían por las grietas de los nichos; y al escuchar el rumor de la lluvia, filtrábase en su corazón el lagrimeo de las nubes grises, como debía caer sobre las cajas fúnebres atravesando los resquicios de las tumbas.
Un frecuente estremecimiento le agitaba.
-¡Qué lejos de todos! -decía en sus delirios-. ¡Yo no quiero que me entierren allí! ¡Arriba los muertos están más solos que los demás!
Su hermana reprendíale y afeaba tan infantiles y singulares preocupaciones; pero observando que éstas llegaron a ser espanto continuo, le propuso un día, fingiendo bromas, mandar construir, bajo el embaldosado de la contigua Iglesia, una tumba holgada donde pudieran estar todos juntitos, bien colocados, alumbrados por perennal lámpara, como si vivieran durmiendo.
-Sí, sí -contestó el enfermo con una explosión de regocijo inefable-. Pronto, que empiecen pronto las obras.
Y éstas mediaban cuando él se sintió morir. Fueron de un sufrimiento inaudito sus últimos momentos.
Más que la muerte, le espantaba la idea de ser entapiado en la cruda altura.
Gritó, gimió a lo insensato.
-¡Que no me lleven, que no me lleven arriba! -dijo desesperadamente retorciéndose con furia de precito.
Y no habló más.
* * *
Anselmo Lisaña, el mayor de los hijos del viejo Judas, heredó de éste el cacicato. La vara de alcalde quiso todo el bando entregarle también, mas él negose y la cedió a un su hermano, y de esta suerte, gozaba los derechos y dulzuras del poder, sin ligarse a ninguna de las responsabilidades anexas a toda autoridad.
Siguió habitando en Benifante la misma casa de sus padres, por tener cerca sus próvidas yugadas, y en los vecinos montes los amplios corrales donde pernoctaban los más lanudos y nutridos rebaños de todo el valle.
Anselmo era pequeño y nerviosillo; de cara mofletuda, afeitada y roja, agujereada por dos ojos diminutos y claros, como dos cuentas de cristal azul, y por una boca de labios delgados y fruncidos siempre hacia abajo, que parecían prontos a romper en un sollozo amargo. Su voz confusa como el rumor del agua, expresaba con la misma enfadosa monotonía el más regocijado suceso, como la más infortunada y desesperante nueva.
Al día siguiente de morir su padre, Anselmo subió a recibir órdenes de la Señora, cuyo carácter, siempre seco, se había contraído como nervio enfermo desde que vivía sola.
Violentole a Lisaña el acatamiento, prolijo narrar y forzoso informe que diariamente había de hacer.
Tentaciones sintió de romper la atadura del respeto que le sujetaba a la Señora.
Y más que todo, mortificábanle las donosas pullas que, a propósito del servilismo de su voluntad, hacían los del bando opuesto.
Digo, que sintió la voz de la rebeldía en su pecho, pero luego fue vencida y sofocada por el graznar de la codicia.
Es el caso, que Anselmo consideró que la feudal iba envejeciendo sin que las moscas de los sobrinos acudieran a garrapatear por la dulce y gaya miel de la herencia; y coligiendo de esta soledad la escasez de familia, pensó que, manteniendo su lealtad y afecto, podría él suplirlos y adquirir sus derechos.
¡Con qué ansia deseó el villano la posesión de aquel solar! Ya se veía en sus severos aposentos revestido y perfumado con el rancio olor de su grandeza.
Y para conseguirlo, tan humilde y totalmente asentía a cuanto apuntaba la Señora, que ésta más de una vez le dijo, con desabrimiento, lo que el orador Celio a su cliente: «Hazme la contra para que seamos dos»1
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No se desalentaba Anselmo por éstas y otras agrias reprensiones, sino azucareábase más diariamente. Y con tan linda traza supo decir las cosas y mostrarse celoso de los asuntos de doña Trinidad, que llegó a ser influyente y necesario en el vetusto caserón, y consiguió que su dueña se enemistara con los políticos de Confines, Abdeliel y Aliatar, a la sazón acaudillados por un hijo del antagonista del viejo Judas.
* * *
...Y los años fueron acezando el ánimo de la Señora y retorciendo y acartonando su cuerpo, hasta dejarlo como un piezgo desinflado, tieso y rugoso, arrinconado en el vestíbulo inmenso, blanco, frío, sumido siempre en el soberano silencio de un sepulcro...
La Señora, ya enmantillada, se asomó al balcón.
Desde Benifante ascendía el estruendoso clamor de un campaneo solemne.
Los atiplados esquilones parecían burlarse con risas descaradas del grave, lento y fatigoso rodar de una campana grande que, de cuando en cuando, apresuraba su son, pero luego desfallecida tornaba a su primitiva calma, y entonces la gritería metálica de las pequeñas hacíase más apresurada y aguda; bien así como groseras y traviesas chicuelas que arreciasen sus mofas y regocijo al ver impotente la cólera de una mujer gorda por ellas ridiculizada...
Y cuando llegaban estas juguetonas y pausadas vibraciones a Badaleste, la voz cascada que salía del roquero campanario, mezclábase en la disputa, como sensata medianera, y fundidas todas perduraron largo rato en estrepitosa algarabía, hasta que adusto y enérgico habló un reloj nueve veces.
A su tañido enmudeció el bronco de la campana grande y el destemplado de la de Badaleste, y con terquedad de granujillas los esquilones rodaron solos un momento. Pronto perdieron bríos, y al fin, tras de asomar por los huecos de la torre sus enramadas cabezas, rendidos del insultante alborozo, dieron su vibración última, que se extendió temblorosa y se apagó lentamente en el silencio de la mañana...
Doña Trinidad subió a la tribuna de la Iglesia.
* * *
La horadada peña fronteriza al caserón de los Bermúdez, arrojó el último pelotón de lugareños, encogidos dentro de sus trajes de paño negro y calzados con flamantes alpargatas, blancas como enormes pellas de leche.
Penetraron en la Iglesia, pisoteando olorosas espadañas, esparcidas por los umbrales.
El pueblo se estrujaba en la reducida nave del templo. Salpicando la negra oleada de mantellinas y cabezas morenas, se veía la espuma de las cabezas blancas y algunas mondas y otras rubias, como aisladas rocas calvas o enmalezadas, de aquel mar humano.
Esplendía el altar con magnificencia. Entre vistosas flores de trapo verdeaban macizos de romero, moteados de azul, y sobre cuyas espesuras descansaban dalias amarillas, dalias sangrientas, dalias encendidas de un rojo arrebatado y negruzco.
Las cuatro columnas del retablo, enguirnaldadas en espiral salomónico, mantenían en sus capiteles alineadas candelillas.
Las luces del altar imitaban un corazón enorme; en el centro destacábase un flecudo dosel, bajo el que aparecería el Santísimo Sacramento, cuando la cortinilla de damasco rojo que lo ocultaba, ascendiera lentamente, entre campanillazos, nubes de incienso y los acentos solemnes del Tamtum ergo.
En el presbiterio, a la derecha, se veía un sillón de lana roja, prestado por alguna complaciente devota, para que el oficiante dormitase en los pasajes extensos de la misa cantada. Y bajo, junto al primer escalón de la gradería, sentábanse, en rudo banco blasonado, las autoridades del lugar: eran cinco plebeyos, serios, orondos, que aguantaban heroicamente la pesadumbre de las capas, por cuyos embozos asomaban toscas y morenas manos empuñando sendas varas emborladas.
Fundíanse en el templo los olores de sudor y cera; de alhucema y romero, como si a través de los muros penetrase la respiración de los montes vecinos.
El reloj de la sacristía dio una media, y al punto, por la entrada de aquélla, salió un hombrecillo de cabeza puntiaguda y canosa, boca colgante, ojos bizcos, color verdoso y sotana corta; sus manos flacas, agitaban el incensario.
Detrás aparecieron dos monagos: uno escurrido, moreno, de desenfadado talante; con el roquete ladeado y el cirial descansando sobre un hombro, parecía apercibido para una brega entre rapaces. El otro, albino, gordinflón, andaba con lentitud, preocupado en llevar el cirial enhiesto y encendido.
Y por último, venía mosén Vicente, antítesis del Licenciado Cabra.
Era el oficiante un viejecillo regordete, herpético, apacible; entre los pliegues y bastillas de sus complicados párpados azuleaban unos ojillos achinados; sus manos abultadas, con las palmas juntas, descansaban sobre el pecho.
La muchedumbre osciló al verle. Empujáronse unos a otros, buscando suelo para prosternarse. Y al resonar el estrépito de una rueda de diminutas campanas, los fieles cayeron y se amontonaron, hundiendo brutalmente sus rodillas en las ropas y carnes de los vecinos.
De un balconcito practicado a la izquierda del altar, salieron voces nasales deletreando la estrofa Tamtum ergo, con pujanza al principio, pero que luego fue casi apagada por la sonorosa girándula de campanillas.
Mosén Vicente, de perfil al pueblo, quemaba incienso ayudado por el sacristán.
El religioso perfume brotó en densa y alba columna, evocadora de la que guio a Israel.
Arrodillose el sacerdote.
En su cráneo, calvo y bruñido hasta la coronilla, daban las luces un brochazo de fulgurante blancura. Su mirada, en alto, seguía la ascensión del paño rojo, y manifiesta la Custodia, mosén Vicente sintió que su alma y sus pupilas, rebosando fervor, abandonaban el cuerpo y subían, subían también a adorar la pálida hostia que fue sumergiéndose en la flotante niebla del incienso.
* * *
Arrastrándole el alba, llegó mosén Vicente al sillón: los dos pequeños ayudantes le izaron la casulla, y la redonda masa del sacerdote hundiose en la roja lana del asiento.
Las mismas voces que antes pasearan por la Iglesia el trozo del himno sagrado y la letanía de los Kiries, vibraron ahora entonando el Gloria, sin la protección de las notas desgarradas, dulces y majestuosas del órgano.
Solos, secos, guturales, insoportables, brotaban los cánticos; languidecían de cuando en cuando, y entonces el estruendo de las toses dominaba; seguía luego una oleada metálica que retumbaba con fiereza en el templo; y los pilluelos que se habían arracimado junto a los acólitos, reían, jugaban y hablaban libremente, seguros de que su charla, gracias al lírico alboroto, no llegaría hasta el Rector, que con mirar risueño inspeccionaba el atavío del altar, debido a su ingenio y gusto.
Terminado el Gloria, fuese a incorporar mosén Vicente; pero distraídos sus pajes con la demás canalla infantil, no se cuidaron de alzarle la casulla, que enganchada en el respaldo del sillón, retuvo al sudoroso cura. Acudieron en tropel para prestarle auxilio todos los rapaces, monaguillos y seglares, y esta bulliciosa intrusión hizo montar en cólera a los señores del Cabildo, algunos de los cuales, levantándose, repartieron autoritarios empujones y hasta humanas coces.
Disgustado el oficiante por tamaña batahola, se acercó al altar, sin advertir al mover un cirio, que su llama prendió en un enorme florero de azucenas de artificio.
El monago gordinflón subiose al ara para remediar el daño; y el sacristán, que se hallaba en la sacristía renovando el rescoldo al incensario, enterado de lo ocurrido, salió con la bilis puesta en su punto, y tomando al remediador por el causante del peligroso accidente, asiole y derribole golpeándole, con gran vergüenza y despecho del asendereado, que, rojo como su sotana, hincose de rodillas rascándose fuertemente la trasquilada y dolorida cabeza.
Y llegó para el oficiante el momento magno, supremo.
Despojose de la casulla; imploró la gracia divina, y, precedido del atrabiliario sacristán, se dirigió al púlpito, pisando faldas, descomponiendo mantos y derribando a varias devotas.
Mientras subía la escalerilla del ambón y parafraseaba el tema latino, la gente buscó asiento en el suelo o apoyo en las paredes, y diose prisa a toser por anticipado.
La vidriera que cerraba la tribuna de los Bermúdez crujió con aspereza al abrirse.
La Señora disponíase a escuchar la oración sagrada.
Apaciguadas las rebeldes gargantas, mosén Vicente, con gesto embarazoso y voz opaca, empezó el sermón.
No muy fluido salía éste, sino con pausas y limpio de todo afeite retórico.
Y como el orador tampoco era docto en achaques teológicos, y los oyentes estaban muy lejos de la sabiduría, desde lejos también acarició el asunto de la Eucaristía sagrada, y dulcemente, con sencillez, habló del infinito amor de Jesús hacia nosotros, diciendo, con fray Luis de León, que el divino Pastor «asido siempre a la aldaba de nuestro corazón, de continuo y a todas horas, le hiere y le dice, como en los Cantares se escribe: "Ábreme, hermana mía, amiga mía, esposa mía, ábreme; que la cabeza traigo llena de rocío y las guedejas de mis cabellos llenas de las gotas de la noche". "No duerme, dice David, ni se adormece el que guarda a Israel"»
2.
Pero a pesar de expresarse con llaneza, dudaba algunas veces de que su palabra fuese lisa y clara para su auditorio, y cuando tal duda le invadía, inclinándose sobre la orilla del púlpito, puesta una mano junto a la boca, a guisa de bocino, por lo bajo repetía bonitamente la dudosa cláusula en valenciano abierto.
Y en verdad que el predicador obraba con maduro entendimiento, porque al punto de traducir cualquier frase al dialecto valentino, se escuchaba un prolongado ¡aaah! que daba manifiesta señal de que entonces era cuando había penetrado la palabra sagrada por los pliegues y rincones de aquellos campesinos cerebros.
En una de las frecuentes pausas, percibieron, los que estaban junto a la puerta de la Iglesia, que fuera, voces extrañas se expresaban en castellano.
Tan asombrosa novedad propagose por el templo
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Y todos olvidaron al humilde sacerdote para mirar con ansiedad a la entrada del templo, que, súbitamente, iluminose con luz de oro, al abrirse una hoja de la mampara.
Entraron dos hombres: uno joven, delgado, de expresivas facciones; su cabello rubio, peinado hacia atrás, encuadrábale varonilmente su rostro pálido. El otro era alto, macizo, inmenso; de cuello corto, ancha cabeza y pupilas negras y pequeñas, como dos gotitas de tinta; un verdadero Polifemo, de dos ojos y bonachón talante.
Mosén Vicente, que sufría entonces un momento de concepción difícil, al notar la presencia de los extraños, cuyo porte no era el tosco de los indígenas, sintiose todavía más torpe e infacundo.
Los recién llegados se dirigieron hacia el púlpito; y el más joven montó sobre su nariz unos lentes de oro, cuyo centelleo puso al clérigo en gran confusión y azoramiento.
La pausa dilatábase más de lo conveniente. Era preciso hablar. Y el predicador hizo un supremo esfuerzo imaginativo. Pero ¡en vano! ¡Ni creación propia ni erudición salvadora!
A punto estuvo de repetir la cita del maestro León, no sólo por recurso apremiante, sino también tentado de vanidad inocente. La elegancia del sabio agustino, la pasión del simbólico Esposo, la frase consoladora del salmista, podrían hacer andar el sermón y recomendarle como letrado a los forasteros. Pero un generoso escrúpulo deshizo su propósito.
-No -pensó-; diré algo mío. ¡Mío!
Y quiso hablar y tan sólo exhaló un balbuceo torpe.
Su frente rezumó el licor amargo de las ansias crueles; un sudor pegajoso, craso, que resbaló por la piel de sus batientes sienes.
-¡Ángeles benditos, aquí me muero!
La feligresía toda contempló con extrañeza al atribulado.
Zumbaron cuchicheos; golpearon toses. Y, por fin, mosén Vicente, dijo:
-Jesús, Jesús... es... (¡María Santísima! ¿Qué diré que es Jesús?).
Jamás había sufrido tal penuria de palabras.
-Jesús es... nuestro amigo...
¡Bravo! Se gustó a sí mismo. Pero ¿qué más?
-...Sí, es nuestro amigo... nuestro Padre...
¡Muy dulce, muy hermoso, muy consolador este concepto!
-...Nuestro Padre -siguió diciendo- y nuestro, nuestro Esposo.
Había salido el párrafo. Mosén Vicente quedó satisfecho.
Tocábale ahora la glosa, la explicación del triple aspecto divino respecto al hombre.
Y aunque con sobrados tropiezos, dijo algo de la amistad y paternidad; pero al llegar al desposorio de Jesús con nosotros, sintió que su intelecto se anclaba.
Los lentes del forastero parecieron sonreír en su brillo.
¡Nuestro Esposo! (¿Por qué habría soltado este comparativo concepto?). Y el sacerdote, retorciéndose sus manos regordetas, envidió al grupo de rapaces salpicados por las notas rojas de los monaguillos que, felices y sonrientes, se refocilaban en sus juegos y travesuras; contempló con angustia, con pena, con ansia, el sillón, solo, abandonado en el presbiterio; sus brazos parecían invitarle a descansar entre ellos: oteó el pelotón de los que componían el Ayuntamiento. ¡Qué dichosos eran aquellos rústicos, representando dignamente sus funciones, sin pasar los sufrimientos y sentir las inquietudes que a él le colmaban y combatían!
El joven de los espejuelos, atropellando a la devota muchedumbre, consiguió colocarse junto al altar mayor. Todas las cabezas se abatieron, todas las bocas cuchichearon y todas las miradas convergieron en las piernas del desconocido.
¡¡Llevaba polainas!!
Y ellas fueron la salvación del cura, porque aprovechándose del general barullo, zafose de esclarecer la para él tan comprometida figura del espiritual y divino desposorio; y después de pedir a sus oyentes que adorasen a Jesucristo, ya que Éste, inflamado en amor, nos había dejado su cuerpo glorioso en el Pan Eucarístico, avanzó la diestra y bendijo al pueblo.
* * *
En el zaguán del caserón, Lisaña, las autoridades y los forasteros, esperaban que la Señora bajase de la tribuna para saludarla.
-Ya creíamos que no vendría usted -le dijo Anselmo al joven alto y rubio.
A continuación, y refiriéndose al evocador del amante de Galatea, preguntó:
-¿El señor, será su padre?
El interrogado contestó negativamente y separose del cacique, fingiendo no oír otras preguntas que éste le hizo acerca del parentesco que le unía con el hombre gordo.
Oyose fuera la voz de mosén Vicente, y Lisaña se dirigió hacia la puerta, en busca de aquél.
Este señor es don Pedro Luis, el nuevo médico -le dijo al cura, cuando llegaron junto al aludido.
-Ah, ya: vamos, muy bien; soy su servidor -murmuró dulcemente el sacerdote, desencasquetándose su gorrillo de terciopelo negro-. Dos meses hace que estábamos esperándole.
Y bajando la voz, añadió con jovialidad:
-Gracias a la Divina Providencia, la salud es buena aquí; ustedes en estos rincones son, más bien que médicos, misioneros de la civilización...
Después, como observase que Lisaña no le presentaba al cíclope, temiendo infringir la cortesía, preguntó tímidamente:
-¿Usted, sin duda, será el padre de nuestro doctor?
-Ah, ¿no? -dijo al obtener respuesta negativa.
-Es un tío mío -repuso con alguna inseguridad el médico.
-¡La Señora baja! -gritó el Secretario del Ayuntamiento.
Todos se aproximaron a la escalera. Doña Trinidad bajaba haciendo un pequeño descanso en cada peldaño y apoyada en el firme barandal y en la no menos firme criada favorita.
-Os he hecho aguardar mucho, ¿verdad? -preguntó al pisar el vestíbulo.
Acercósele el cacique, y, del brazo de éste, fue hasta su usual butaca.
Y ya sentada, separó con la diestra el pañolito que siempre cubría su cabeza, y colocando la misma mano sobre sus ojos, examinó calmosamente a los que la rodeaban.
-Señora -dijo el buen cura-, este caballero es don...
No pudo finalizar la frase, porque Lisaña lo rechazó, y adelantándose, expuso con melifluidad:
-Aquí le presento a nuestro nuevo médico y a su tío, que han llegado mientras nosotros estábamos en la Iglesia -Y dejó avanzar a los presentados, enviándole al Rector una mirada azul, fría, con reflejos altaneros que parecía decirle: «Estas presentaciones sólo a mí corresponden».
El cura sonrió bondadosamente.
-Avisa -dijo doña Trinidad a su confidente- que hoy comeréis conmigo.
Toda una aurora esplendorosa reflejaron los ojillos del sacerdote al escuchar la orden pronunciada por la feudal. Sintió correr velozmente su sangre por las acequillas de sus venas; y todo él emocionose con igual alborozo que llenó a Sancho al ofrecérsele a la vista las espumosas ollas, los zaques de vino y las enmeladas frutas de sartén del rico Camacho, pues era la comida el único vasallaje que mosén Vicente rendía a la sensualidad; y esto, cuando se sentaba a la mesa de la Bermúdez, o cualquier amigo cariñoso le hacía gracia de alguna bien cebada ave, porque de lo contrario, las aficiones gastronómicas del rubicundo clérigo, habían de contentarse con melva o con truchuela. El curato no daba para más.
Mientras las autoridades departían con doña Trinidad y Lisaña huroneaba por la cocina y otras aportadas dependencias, el cura, recordando las angustias y torpezas sufridas y trasudadas en la Misa, sin usar de artificios que llevasen la conversación donde él deseaba, disparó al médico, que se hallaba sentado a su lado, estas palabras:
-De seguro, Doctor, que se habrá usted reído antes al oír a este pobre capellán. Pero ya comprenderá usted que a mi edad y en estos lugares no se pueden decir lindezas. ¡Y qué caramba, no sirvo para más!
Ya iba Pedro Luis a replicar, tal vez a mentir caritativamente afirmando que había encontrado excelente el sermoncico, cuando don Buenaventura (que así se llamaba el hombre inmenso) lo evitó, diciendo con franqueza:
-Mire usted, señor cura, no se ofenda si le digo que Pedro Luis no debe haberle escuchado ni dos palabras. Y todo por culpa de aquel cuadrazo viejo colgado a la izquierda del altar, bajo el balcón donde cantaban.
¡Qué había de ofenderse mosén Vicente!
-Al rato de haber entrado en la Iglesia -añadió don Buenaventura-, ya notaría usted que éste (señalando al médico) se adelantó atropellando a todos.
¡Y tanto como lo había advertido el atribulado predicador!
-Pues fue por ver el cuadro -concluyó Polifemo.
Pedro Luis, temiendo que a mosén Vicente pudiera lastimarle el poco caso hecho a su oración, repugnándole mentir; y también confirmar lo dicho por el cíclope, trató de distraer la charla sin separase del tema, y dijo:
-Pues me ha gustado mucho la pintura. De lo que no he podido enterarme, es de su asunto. ¿Qué representa?
-La muerte de la Virgen -contestó el clérigo afablemente, y casi, casi, vanidosillo de ilustrar al joven.
-¡Es un buen cuadro! -repitió el médico-. Y parece de la Escuela Flamenca. ¿Verdad? -preguntó con sencillez Pedro Luis.
-¡Oh, no, no señor! -repuso sonriendo el buen mosén Vicente-. Era del Ayuntamiento, pero ahora es de la Iglesia.
Todos los pueblecillos, aldehuelas y mases que se esconden en los repliegues del valle, se asoman entre los trigos y la arboleda y salpican la serranía, dependen judicialmente de Ballosa, pueblo de risueña y dilatada vega, cuya alma tierra prodiga olorosos y exquisitas fresas, que gozan muy merecida fama.
En Benifante hay Juzgado municipal, que antaño ejercíalo un buen hombre, el cual, dedicado al cultivo de sus terrones, dejaba pesar los judiciales asuntos sobre las espaldas del secretario, tan anchas y poderosas como las de Atlante.
Era áquel un muchachote algo estevado, muy grave, gran supuesto. A él acudían en consulta por su olor de honrado y entendido, autoridades y lugareños.
Este Thales de Benifante poseía un pedazo de tierra asomado a la barranca, y en donde un añoso cerezo eleva su verde y rumorosa cúpula, fertilizada siempre por una pura y dulce fontana, que al pie del árbol nace, tan pura y dulce como la que apresurada riega el huerto que del monte en la ladera plantara nuestro fray Luis de León, ayudado de Horacio.
El docto secretario fue de los primeros en visitar al médico y a don Buenaventura, y concedioles algunas íntimas noticias del antecesor de Pedro Luis.
En pocos días logró el último toda la historia de su compañero. Ella era amarga y erizada de punzantes tristezas.
Es ésta:
Enrique Castilla llegó solo a Benifante. Era enfermizo, menudo, nervioso y alegre.
Desde la calle se le veía estudiar todas las noches en su desnudo cuartito, como un novicio en su celda.
La gente le quiso y distinguió.
Todos establecían comparaciones entre aquel jovencillo inteligente, activo, afectuoso, y los médicos anteriores, verdaderos médicos rurales que se pasaban el día jugando al tute con el cura, o iban de caza con el alcalde.
Invirtió sus primeros ahorros en la adquisición de un botiquín.
Ya los pobres lugareños no se verían forzados a comprar en Ballosa las medicinas.
Él les economizaba tiempo y dinero.
Y pensando en el bien de aquellos rústicos, sentíase feliz, olvidaba su soledad, y hasta desatendía los golpes de tos seca, profunda, que le barrenaba el pecho.
* * *
A los cuatro meses de instalado en Benifante, un domingo por la mañana, cuando la gente salía de la Iglesia, como negro río, que formaba en la plaza remansos de grupos de mozos gallardeándose con su ropa dominguera y saboreando el descanso y la solar caricia, por la calle que toma el caminejo real apareció, cabalgando en desmarrida mula, una mujer joven, con aires de señorona, y asombrada por una traída sombrilla de raso blanco. Detrás de la viajera iba un rústico guiando un asno, brumado por fardos y cofres.
Un manojo de chiquillos les persiguió, y, después de haber visto entrar a la señora en casa del médico, deshízose el rapacesco grupo para esparcir la nueva de que la señoreta y don Enrique se habían besado, abrazado y llorado.
-¿Quién podrá ser? -se preguntaron todos, heridos por el tábano de la curiosidad.
* * *
Benihaldelera, Benifante, Badaleste y cuantas masadas pertenecen a los términos de estos lugares, forman una titular médica.
Para visitar a sus enfermos, don Enrique usufructuaba un jumento, alquilado al sacristán del pueblo.
Desde la llegada de la forastera, no se vio ya solo al médico, ni aun en sus excursiones profesionales. Ella, con los brazos ceñidos a la espalda del joven, se abandonaba sobre la grupa de la paciente cabalgadura, riendo a cada sacudida o tropiezo del vehículo.
Disfrutaban en sus paseos como dos colegiales en asueto. La mujer aficionose a trepar por la sierra; emprendía ascensiones por lo más abrupto de las laderas y corredizo de las vertientes; las piedras rodaban bajo sus pies menudos y traviesos; y el amante, desde abajo, donde quedaba retenido por el miedo a la tos y al asma, gritábale un aviso, asustado de un mal paso o leve caída de ella.
Al descender y reunirse, pegábase al rostro chupado y ambarino del médico enfermo, el lozano de la mujer, arrebatado y sudoroso por la violencia de la ascensión.
Más de un bracero había sorprendido aquellos juegos y caricias.
También, desde la calle, se veía ahora al médico estudiar por las noches en su cuartito desnudo; pero éste ya no recordaba la celda de un novicio, sino la habitación de un bohemio. Ella, cosía junto a su querido.
Ya no usaba las ropas vistosas que luciera a su llegada, sino otras más obscuras, serias y modestas.
Pasaron varios meses.
* * *
Una tarde, Lisaña presentose en casa del médico, y le encargó que a la mañana siguiente subiera al solar de los Bermúdez, porque la Señora quería hablarle.
-Mira -dijo con alegría el joven a su amante-, vendrás conmigo; allí pasaremos todo el día; ya verás, ha de gustarte aquello.
Pero su alborozo fue breve; Lisaña le comunicó que había de ir solo. Así lo deseaba la Señora.
-Bueno -replicó ella con viveza-, no hay que apurarse, que yo no entraré a saludar al ama de usted; pero quiero ir por conocer ese pueblo.
El cacique, dominando su despecho y rabia, murmuró sin levantar los ojos del suelo:
-Sin embargo, la Señora quiere que don Enrique vaya solo.
Tuvieron que obedecer.
El médico subió acompañado únicamente de Lisaña.
La vieja castellana no gastó exordio alguno en su amonestación.
Con crudeza, le dijo al médico que estaba enterada de todo. Aconsejole una corrección inmediata, un mejoramiento de costumbres, para cumplir lo cual era indispensable que aquella mujer saliera de su lado y del pueblo.
Ella, la Señora, cumplía un deber preciosísimo velando porque no se enrareciese y viciase el ambiente de pureza e intransigencia que en todo el valle flotaba.
-Yo bendigo mil veces a Nuestro Señor -añadió doña Trinidad- por haber puesto en mi pecho la santa ira contra ciertos pecados tan consentidos hoy en el mundo. Me envanezco poseyéndola y nutriéndola para el bien de esta región, que mis antepasados dominaron tan virtuosamente.
-Perdone usted le confiese que sentí asco, verdadero asco, cuando me avisaron de que ustedes llevaban su impudencia hasta el extremo de acariciarse... (Me he quemado la lengua al pronunciar esa palabrota). Sí, hasta el extremo de... hacer lo que he dicho... públicamente, en sus paseos.
-Yo no puedo hacer más que advertirle, que todo el valle, todo, se levantará contra usted, si persiste en lastimar las costumbres de esta buena gente. Con que ya lo sabe.
Al salir de la casa, el cacique, con su gesto atrozmente doloroso, murmuró:
-La Señora se ha disgustado de veras. Procure, procure obedeserla. A buenas, es más buena que el trigo; pero a malas, también sabe portarse... ¡Puede mucho!
* * *
Un inmenso asombro hirió a don Enrique, cuando al poco tiempo de su entrevista con la feudal, le dijo uno de sus mejores clientes que perdonara si había decidido cambiar de médico, «pero... como conozco de tanto tiempo -tartamudeó sin mirarle-, al de Ballosa, pues... me he vuelto a arreglar con él».
En pocos días se le retiraron las principales igualas.
Un zahiriente desvío, una frialdad amenazadora se levantaban contra él en todo el valle.
Al mes siguiente de iniciarse el cumplimiento del aviso que profiriera doña Trinidad, el médico pudo reunir treinta y ocho pesetas, contando con la subvención del municipio.
En la última semana, los amantes sólo comieron patatas asadas y pan negro.
El médico sufrió dos vómitos de sangre.
* * *
Una mañana, el secretario del Juzgado visitó al enfermo. Lo encontró paseando por el obscuro zaguán de su casita.
Desde una alcoba, llegaba la voz doliente de la mujer.
-Nadie, nadie nos concede ayuda -le dijo el médico al visitante-. Yo ya no sé como suplicar. He recorrido todos los pueblos, buscando una mujer para que nos sirva siquiera sea mientras esa infeliz dé a luz. «Ya le contestaré a usted», me han dicho todas. Y las he visto subir a Badaleste; sin duda a solicitar de la Señora el permiso para entrar en mi casa. Después, cuando regresaban del caserón, sus respuestas tenían el mismo encogimiento, la misma crueldad: «No puedo», y se excusaban de una manera que aún me inspiraban lástima, porque ellas ponían de manifiesto el servilismo de sus almas.
-Pero ¿por qué no acude usted a su familia? -observó el secretario.
-¡A mi familia!
Y un deseo, una necesidad invencibles de expansionarse, conmovieron al mísero.
-Yo no he vivido un momento sonriente -murmuró-. Estudié mi carrera en Valencia. Allí conocí a esa mujer, entonces una mujer pública, una miserable que se hundió en el vicio, aleccionada por su madre. Yo la compadecí y la quise; le brindé mis estrecheces de estudiante, y aceptó.
Estos amores me impidieron la entrada en mi casa.
Todos los meses recibía mi modesta pensión; pero ni una palabra acompañaba al dinero.
Cuando terminé mis estudios, solicité esta plaza, esta titular; y vine solo, abandoné a mi querida.
Yo me creía curado y libre de su amor. Pero al verla llegar; sumisa y tierna despreciando los ruidos y alegrías de la ciudad por vivir conmigo humilde y honrada, me inflamé de nuevo en lástima y cariño.
He pensado muchas veces en casarme; pero soy un cobarde; no puedo decidirme. Ella lo merece, porque es buena, pero ¡su pasado, su pasado...! ¡Cuánto trabaja la pobrecilla por hacérmelo olvidar!
¡¡Tan fácilmente como se borra y pierde el bien que fue!!
Después de un silencio violento, el médico dijo:
-Hace unos días me decidí a escribir a mi padre, y para enternecerle y atraerle hacia nosotros, le anunciaba que muy pronto sería abuelo. Le pintaba también mi soledad, mis angustias, la fría y pasiva agresión de esta gente. ¡Mi miseria!
Mi padre me ha contestado: «Ese hijo que me anuncias, no dulcifica y enaltece a un padre, sino lo tortura y deshonra».
En toda su carta no descubro la lucha, el dolor, la fiebre por apartar a su hijo del mal, del vicio. No me dice: rompe con esa mujer, porque puedes ser desgraciado algún día; porque su liviandad pudiera reproducirse y destrozarte el alma. Sólo habla de lo denigrarte y bajo de estos amores.
En sus palabras vibra el odio contra estas relaciones, porque me han indispuesto con la sociedad, no porque pudieran perderme y sumirme en la desgracia.
Y esa infeliz se afana por concederme un momento de dicha, por regalarme un alivio con sus ojos, con sus cuidados y ternuras. Toda ella sólo alienta para mí. Pues si es buena, ¿por qué la persiguen? ¿Qué pretenden? ¿Que se corrija? Ya es honrada. ¿Que expíe su pasado? Harto ha sufrido.
«Es honrada, porque le conviene» -me dice un amigo a quien he escrito pidiéndole ayuda.
Sin trabajar, come, y esto la sujeta a la abstinencia del vicio.
-¡Que come sin trabajar! ¡Y la pobrecilla ha envejecido! Cada día está más flaca, más amarilla. Cuando era... lo que fue, hasta comía y vestía mejor.
¡Mi amor la habrá redimido, pero la ha colmado de amarguras!
El que sufre, el que lucha, necesita sostén y alientos. Hoy, yo se los presto, pero... ¿y cuando yo muera? Si se desvía, retrocede y cae, yo la disculpo desde ahora. Pero, ¿y el hijo que va a nacer? ¡Y mi hijo! Llego a morirme en vida cuando pienso en esto.
El médico lloraba.
-No sé qué decidir. Me falta valor y voluntad para ir hasta el matrimonio, y para encanallarme despidiendo de mi lado a esa mujer.
¡No quiero, ni puedo salir de este empotramiento en que el infortunio me ha hundido!
...Y parece sencilla, racionalmente sencilla la solución que conviene a mi estado.
Un abandono impío me reconciliaría con mis padres y con la sociedad. Pero ya he dicho que no quiero ni debo hacerlo. Eso será muy sensato, pero nada misericordioso; eso, dentro de la filosofía del amor, llegaría a ser hasta inmoral, más inmoral que es para el mundo el enlazarse con una mujer que no es la propia.
Hizo una dilatada pausa el cuitado; su corazón sangraba.
De improviso, detuvo su paseo; y suplicante, lloroso, mirando con ansiedad al secretario, prorrumpió:
-¡Mire usted mi desgracia! Conduélase de nuestra miseria. De usted espero ayuda. Mándeme a alguien. No nos abandone. Su madre es buena, es cristiana. Yo le pido que venga, que venga, aunque no sea más que para animar a esa infeliz que desfallece; esa infeliz que llegará un momento en que se arrepienta de haber sido honrada, porque al serlo, sintió todo el desprecio, todo el desvío, toda la dureza de los hombres... Ustedes no nos abandonarán... ¡Tengo fe en vuestras almas!
Palideció el hombre jurídico.
Sintió una sacudida de rabia.
Rabia contra el angustiado, porque le imploraba lo que él no se atrevía a otorgarle; rabia contra la Señora, porque su intransigencia sofocaba entonces el ejercicio de la caridad; rabia contra sí mismo, por su pobreza de valor.
Y confuso y avergonzado, dijo:
-Yo no sé... ya veremos... haré lo que pueda...
El médico, a pesar de su tribulación; pudo sonreír desdeñosamente al observar tamaña ausencia de individualidad, de alma.
* * *
Mosén Vicente, Pedro Luis y el Secretario, distraídos con la conversación que mantenían, alejáronse del pueblo.
-¡Y gracias que fuimos mi hermana y yo, y acompañamos y consolamos a los infelices! ¡Daba pena verlos! -dijo con sencillez el sacerdote.
-¿No temieron ustedes las feudales iras? -preguntó el médico.
-¿Cómo? -repuso el cura.
-Quiero decir, si la Señora no se opuso y si a ustedes no les amedrentó, no les atemorizó el disgusto de ella.
-¡Nos dio su licencia! -respondió el anciano-. Se la imploramos con toda nuestra alma. «Es una obra de caridad, Señora», le dijimos; y ella, bondadosamente exclamó: «¿Y ustedes solicitan mi permiso para practicarla? Vayan, vayan pronto. Confieso que no estaba enterada de los sufrimientos de esa... gente».
El secretario iba silencioso; sentía el malestar del remordimiento, cuando en su presencia se evocaba la triste historia del antecesor a Pedro Luis.
-La pobre mujer sufrió mucho. Estaba tan necesitada, tan floja… -añadió el sacerdote-. Me admiro de que pudiera resistir aquello. Tuvo una niña muy menudita.
Tres semanas después se marcharon a un pueblecito de la provincia de Valencia, y allí murió el pobre don Enrique.
-Hablando, hablando, nos hemos adelantado mucho -murmuró el secretario.
-Si les parece a ustedes bien, podemos descansar ahí, junto a mi árbol.
Y dejando el caminillo, saltaron a un bancal encrespado de vides, que ocultaban su dulce y sabrosa pesadumbre bajo los anchos lampazos.
Llegaron a los menguados dominios del secretario. El viejo y robusto cerezo, de apretada y espaciosa pompa, murmuraba apaciblemente, como si contestara al zumbidillo del manantial que, oculto en la espesura de los vástagos y brotes del árbol, le enviaba su beso húmedo.
-Aquí se está muy bien; se domina mucho campo -dijo el sostenedor de la jurídica esfera en Benifante, deseoso de alejar un tema que tanto le mortificaba.
-¡No se portaron cristianamente con los pobres! -exclamó el buen clérigo.
-¡Hombre, no hay que extremar las cosas! -se atrevió a decir el curial.
-La gente es buena.
-Muy buena -dijo con viveza Pedro Luis-, muy buena, muy humilde, hasta el punto de que por no contrariar a la Señora, dejaba morir de hambre a una familia. El ser bueno no consiste sólo en abstenerse de ejecutar lo malo, sino que precisa practicar el bien.
-¿Qué aquí sólo admiten como semejantes suyos a los que tienen sus mismos usos?
-Ellos no han visto más -volvió a decir el secretario-. Son lo que los Bermúdez, tan rígidos, casi frailes, les han enseñado a ser.
Y creyendo haber dedicado a los señores alguna temeraria dureza, dijo en seguida:
-Pero la Señora es buena; y si fue en contra de don Enrique, lo hizo para que la gente no presenciara malos ejemplos.
-¡Eso es! -interrumpió el médico-. Quiso evitar un daño, infiriendo otro mayor. ¡Donosa manera, la suya, de moralizar!
-Bueno, bueno; pero la Señora es buena -insistió el hombre jurídico, por cobardía o terquedad de imbécil.
-Bondad que perjudica, no es estimable -replicó Pedro Luis-. Y además, ella, al perseguir a mi predecesor, lo hizo, no por el celo generoso de desterrar el vicio, sino por una especie de fría vanidad, la vanidad de su virtud. El orgullo de la Señora no podía permitir que, en una comarca puesta bajo su advocación, se infringieran los severos preceptos sembrados por ella y sus abuelos... En fin; dejemos esta historia que mana hiel. Yo he de ir a Aliatar; tengo allí un enfermo. ¿Me acompañan ustedes?
-Sí, vamos -contestó el viejo sacerdote.
El secretario nada dijo.
El mencionado pueblo pertenecía al bando político contrario, y él cuidaba de no menudear sus visitas y paseos a tal paraje, temiendo que Lisaña y la Señora le juzgasen tibio secuaz de sus ideas.
Desmayaba la tarde.
El paisaje se iba sumergiendo lentamente en la opacidad de la noche.
Reposaba Naturaleza.
Mosén Vicente, Pedro Luis y el secretario, pasaron al bancal alfombrado por el viñedo, y de aquí al camino.
De abajo, de los charcos limosos, ascendía una nota intermitente y seca. Arriba, en la senda, entre el ramaje glauco y raquítico de un almendro, una cigarra lanzaba las postreras vibraciones de su chirriar fatigoso. En derredor de la espesa copa de un pino, nubeaban los zumbadores cínifes.
En el cielo pálido, una nube enorme y muy blanca se deshacía caprichosamente. Más arriba, empezaban a brillar tres estrellas de casta luz.
En la lejanía, un perro ladraba furioso.
Casi a ras del camino trinó, con dos ayes quejumbrosos, una alondra.
Al volver un recodo, los que paseaban distinguieron el pueblo agazapado en pardusco montón bajo la sierra.
-Por allí viene su jefe -le dijo el médico al secretario, divisando a Lisaña que se acercaba.
-Irá a recibir órdenes de la Señora -contestó aquél; y despidiéndose fue a reunirse con el cacique, que saludó al pasar.
-Muy amigo somos de esos dos: en cambio ellos nos dan tan sólo el saludo y... grasias -dijo Anselmo.
-No quieren ser políticos -tartamudeó el curial-, y sí, estar bien con todos, según dicen.
-¿No quieren política y andan siempre de visiteo a los del otro bando? ¡Mal practican lo que piensan! -murmuró con prosopopeya el cacique.
-Bueno; el médico va porque le llaman; y el cura por acompañarle y porque a todos conoce.
Una campanada salió de Benifante; elevose serena, resonó suave, parecía andar, deslizarse en el espacio pálido, hasta desfallecer. Y extinguirse temblorosa, como si se diluyera lentamente en el silencio del crepúsculo...
Junto a los políticos pasó el peatón que llevaba la valija del correo. Era un viejecillo ético, astroso, manco de la mano izquierda.
* * *
Años atrás, muchos años, Gaspar el manquet (así se llamaba y apodaban en la comarca al mutilado) era un mozo alegre, aunque valetudinario, que residía en una casita de las más encumbradas de la sierra.
Su mujer, una trigueña altiva, orgullosa de su belleza, de su carne incitadora, le esperaba al regreso del trabajo. Y triscando como dos novillos, correteaban por los bancales, hasta caer rendidos sobre un ribazo blando y verde, con asombro de la fauna que enmudecía atemorizada por las travesuras de Amor.
Después, el yantar bajo el emparrado que endoselaba la puerta del mas, tenía intermisiones de dulcedumbres y caricias inefables.
Y así transcurrió el tiempo y el plazo de arrendamiento de la masía.
Gaspar recibió aviso del amo para que abandonasen la casa.
Marido y mujer miraron con tristeza aquella tierra por la que habían sufrido tantos afanes, y en la que habían gozado libremente tantas caricias.
Hasta el menor detalle y escondido rincón conocían y amaban.
La higuera añosa y gris de sombraje extenso; los dos arbolillos raquíticos, descortezados y secos, entre los cuales una soga sostenía, en horas de sol, la ropa enjabonada en la vecina alberca; el pesado rodillo abandonado sobre la calva era, y junto a ésta el macizo de girasoles verdes y esbeltos destacando sobre el cielo sus movedizos discos de oro; el grupo de cerezos, que bajo, cerca de la barranca, ayuntan su fronda con abrazo rumoroso; la sierra, que detrás de la casita, se eleva bravía.
Todo lo amaban.
* * *
Con la sospecha de cercanas escaseces, de días errantes, menguó el amor.
Es íntima, es tirana la trabazón entre el estado del espíritu y la grosera suerte material.
Gaspar tendría que hacerse jornalero; y ella ya no podría lucir el atavío de vistosos zagalejos en el pueblo, durante las mañanas de misa.
No alcanzaban un vislumbre de dicha. Y las pupilas de la mujer se obscurecieron, se tiñeron con la opacidad del desvío.
-Pero ¡¡yo qué puc fer!! -exclamaba el marido con angustia, y desesperación.
Y ella, que parecía en su esquivez más adorable, más apetitosa, le replicaba siempre desdeñosamente, que bien hubiese podido prever la desgracia aquélla y no vaguear; le anunciaba que no accedería a vivir en una casucha del pueblo, enseñando a sus envidiosas de antes la desnudez de su miseria.
¡Ah, la egoísta, la despiadada! ¡¡Qué podía hacer él!!
Gaspar pretendía atraerla al goce para sellar la paz; pero ella lo rechazaba briosamente, mirándole como se mira a un extraño que pide en la soledad de un camino.
El marido decidiose a buscar al amo para implorarle la continuación del arrendamiento.
Amanecía cuando salió de su mas. Del cerezal brotaban trinos que se esparcían por la barranca umbrosa.
Al otro lado de la sierra hay otro valle alegre y fértil, y en uno de sus pueblos vivía el dueño de los bancales tan amados por el rústico.
Podría aquel hombre ricacho ser el dueño; pero esa propiedad tan sólo manifestaba un fajo de billetes sucios y manoseados; tal vez ni eso siquiera. En cambio, entre la tierra aquella y Gaspar, ¿no existía un enlace sagrado, íntimo, amoroso? ¿Que no había sufrido con una helada? ¿No había gozado inefablemente viendo verdear lo antes yermo, o fructificar un árbol por su mano plantado? ¿No conservaba cada terrón la energía, el sudor de su cuerpo débil, las dulzuras de sus cuidados? ¡Eso era sentir las inspiraciones de la tierra, atender a sus ruegos, esclavizarse a sus exigencias!
No demandaba Gaspar el señorío, la propiedad de la tierra, como consecuencia de la relación íntima entre ella y el trabajo; pero sí podía exigir ciertos derechos en aquello que había lozaneado a costa de esfuerzos aniquiladores.
Era cruel, era injusto que por faltar un año en el pago de lo estipulado, o por un capricho del propietario, que ni siquiera habría pisado un terrón de su suelo, le fuese arrancado lo que diariamente atendía y trataba.
La tierra debe al que la cuida.
Y entre los títulos de propiedad y las azadas y arados, no debe existir sólo capital y trabajo.
* * *
Gaspar regresó de su viaje abatido y sin haber logrado hablar con el hombre rico, porque éste se hallaba cazando con sus amigachos.
Y el mísero labriego se extrañaba inocentemente de que aquél pudiera divertirse, cuando él sufría con tal intensidad.
Dos días después emprendió de nuevo la marcha al valle contiguo. Pasó la noche vagando como un lobo por la sierra.
El amo tampoco pudo recibir al rústico. No se encontraba bueno, le dijeron a este último, que, furioso, exclamó:
-¡¡Me muic yo de angustia!!
Y por tercera vez imploró una entrevista. Un hombretón, que resoplaba como un buey cansado de arar, preguntó al labriego:
-¿Pero por qué importunas tanto? ¿Qué deseas?
-Hablar con el amo -respondió el otro con laconismo espartano.
-¿Y qué quieres?
-Que me deje seguir en el mas.
-¡Que te deje seguir en el mas! -repitió el hombretón, que podía ser algún capataz o administrador-. ¡Que te deje seguir!
Y sonrió felizmente, como hombre de estómago ahíto y cerebro virgen.
-Eso que pides es imposible, ¡vaya! Tú firmaste un contrato por ocho años. Durante este tiempo nadie te ha molestao. ¿No es eso? Bueno. Ha pasao el plazo; al amo no le acomoda que tú sigas por lo que no le acomoda, y te dice: «márchate», y no hay más que largarse.
-¿Y yo, y yo? ¿Y mi tierra, y mi casa? -preguntó Gaspar.
-Figúrate -dijo filosóficamente el sonriente- que te entrega un padre a su hijo; que tú lo crías, lo haces fuerte, sano, todo cuanto tú quieras; pero que al cabo de algunos años el padre te lo reclama, ¿qué has de hacer? Pues dárselo; no hay otro remedio. Los derechos los tiene el otro.
-Bueno, el hijo pa su padre; pero a mí me arrancan aquello, no pa su padre, sino pa que otro lo gose.
-La tierra la pide su amo -dijo el administrador, algo corrido al ver refutada su pomposa parábola.
-¿Que la va a cuidar el amo?
-He dicho que sí.
-¿Él?
-Por su cuenta; mandará uno.
-Ése uno quiero ser yo.
-Vaya, se acabó; largo de aquí -dijo casi apoplético el administrador.
Y la puerta cerrose estrepitosamente.
El rústico la golpeó, gritó, gimió; pero observando que la noche se avecinaba, dirigiose hacia donde, hasta entonces, había tenido su hogar.
La mujer lo recibió con burlas y enojos.
Sí, que paseara cuanto quisiera, pero ella le juraba que no sufriría hambre. Y miró al cuitado con expresión tan fría, tan cruel, que Gaspar, feroz, frenético, se abalanzó hacia ella; pero el hombre rodó por el suelo, golpeado vergonzosamente. La mujer, vigorosa, sana, venció el cuerpecillo flaco y enfermizo del marido.
* * *
Era preciso buscar trabajo.
Gaspar salió una mañana de Benifante, y al atardecer encontró en Ballosa a un su antiguo conocido, que le ofreció faena en sus campos.
El pan estaba conquistado.
Emprendió el regreso a su mas.
La noche era clara. Un viento impetuoso estremecía el valle con su baladro lúgubre.
La manta del bracero flameaba con fuerza y azotaba su rostro.
Los almendros desnudos y rígidos; los pinares negruzcos y apretados le acogían con plañido de víctima, y la queja del viento se extendía por toda la oquedad.
Apuntaba el alba cuando el rústico llegó a Benifante.
Atravesó la barranca, y un estremecimiento y helor intensos le afligieron al notar abierta la puerta de su casa. Penetró en ésta; llamó a su mujer.
Un agobiador aullido del huracán respondió a la voz del hombre.
Dentro, una ventana golpeaba secamente, con ruido de madera vieja.
En el hogar chisporroteaba la leña. Gaspar agachose, empuñó un llameante tizón y recorrió la solitaria y fría casita.
En la alcoba, el arca estaba abierta y casi vacía; algunas prendas viejas esparcidas por el suelo; los pobres muebles echados, revueltos, denunciaban las prisas del robo y de la fuga.
Gaspar, olfateando como una fiera toda la casa, volvió al zaguán.
Fuera se oyó un estrépito horrible; eran las cañas del rígido emparrado que caían destrozadas.
Los gritos que exhalaba el mísero, tenían la expresión de hondos gemidos que el viento recogía y sumaba a los de la arboleda desnuda.
De repente, Gaspar sintió un silencio pesado, angustioso, de sima profunda; le pareció que una niebla tupida velaba su vista... y cayó en golpazo que hizo trepidar las paredes; la mano izquierda del labriego quedó enterrada en las crepitantes brasas.
Dentro seguía batiendo con furia la ventana.
* * *
Dos meses después, Gaspar salió del Hospital de Alicante.
Había sufrido la amputación de la mano abrasada.
Al volver al valle, mosén Vicente le consiguió el humilde destino de cartero de Badaleste.
De cuando en cuando, el mutilado, sufría adormecimiento cerebral, obscuridad en la mirada, el mismo silencio, la misma pasajera muerte que sintiera en la noche de la total ruina de su dicha.
La cigarra, de tan regaladora y dulce armonía para los griegos, canturreaba furiosa, ronca, entre la pompa del nogal que vive en lo alto de Badaleste.
En la manchosa sombra del árbol sesteaba enroscado un perro flacucho, anguloso, de vello blanco y lacio.
Reverberaban las peñas; en la hondura yacía el boscaje con quietud y silencio de agostamiento; calmosamente se movían los braceros en los lienzos verdes de los bancales; las casas, con sus puertas y ventanas entreabiertas, no exteriorizaban ni un ruido, ni una voz.
El bochorno, la pesada calentura de la siesta, lo afligía todo, umbrías y solejares.
Por la boca del túnel apareció una mujer soportando sobre los riñones un descomunal fardo de ropa recién lavada, cuyo peso le obligaba a andar penosamente.
Pasó bajo la verde techumbre del árbol soledoso.
Las cigarras interrumpieron su canción áspera.
El perro desenroscose y estiró con lentitud.
La mujer se aproximó al vallado de argamasa, y sobre él tendió sábanas, camisas remendadas, pobres pañales; y con piedras iba afianzando la ropa al pretil.
De cuando en cuando interrumpía su faena; enderezaba su cuerpo seco, y con la diestra, tostada y grosera como terrón de bancal, defendía su cara enjuta, sus ojos hundidos, del cálido gotear del sudor, y apartaba de su frente las greñas aceitosas.
Y otra vez volvía a doblarse para coger ropa, a levantarse para tenderla, mirando desde la altitud el valle con braveza soleado.
Las cigarras reanudaron su estridor, familiarizadas ya con la presencia de la mujer.
Ésta, terminado su trabajo, dirigiose a una de las casitas fronterizas a la noguera: empujó la puerta; al abrirse se oyó llorar rabiosamente a un niño.
Un pájaro pasó negreando por el azul del éter, y sumiose en el alero de la Iglesia.
* * *
El reloj de un campanario dio las tres.
Gimió la puerta de una casa, y Gaspar, con la cartera del correo puesta a guisa de bandolera, atravesó la silenciosa meseta, pasó la peña horadada y ganó el camino. Dejó atrás el desierto caserío, y llegó jadeando al valle.
Dirigíase al encuentro del valijero de Ballosa para tomar la correspondencia de su distrito.
Era una faena pesada, ruda (más aflictiva en él por su constitución débil), que realizaba punzado por el frío en invierno, abrasado por el sol en la canícula.
El manco caminaba, caminaba respirando con fuerza, sintiendo una sed de erial.
Muy cerca de donde iba, verdeaba el musgo de una acequia, de la que se escapaba el rumor de la bullente agua.
Y Gaspar, con ansia de fiera, abalanzose sobre aquélla, hundió sus rodillas en la tierra blanda e inclinó su cabeza para beber.
Pasó algún, tiempo.
De pronto, convulsionaron las piernas del sediento; entre las verdes y enhiestas cañaveras asomose el muñón de la mano amputada; todo su cuerpo se estremeció violentamente.
El agua seguía rugiendo con estrépito.
* * *
Dos rapaces, cuyas cabezas desaparecían bajo enormes sombreros de rubia palma, correteaban por el camino. Y al llegar a la acequia se detuvieron y miraron con espanto; después retrocedieron velozmente hacia Benifante.
* * *
Pedro Luis no estaba en el pueblo.
Había ido a un apartado mas.
Lisaña, Polifemo y el secretario acudieron donde Gaspar yacía.
El barbero, un hombre flaco y zanquilargo, que tenía sus puntas y ribetes de practicante, llegó a tiempo de cortar una aceda disputa entre don Buenaventura y el cacique, sobre si el manco había muerto o no.
-Hay que llevarlo a su casa -dispuso solemnemente el rapista.
Y acomodando a Gaspar en una sera, emprendieron la subida al caserío.
Por uno de los extremos de la improvisada camilla, colgaba la cabeza del mutilado, cuyo pelo hirsuto y gris, destacábase ahora con blancura de vellón sobre la lividez de su rostro.
En la casa hicieron fuego, junto al cual desnudaron y tendieron al valijero. Aplicáronle tejas, piedras, ladrillos abrasantes; le untaron y friccionaron las articulaciones con ajos, pimienta y otros naturales revulsivos.
Polifemo destilaba sudor copioso.
El rígido cuerpo de Gaspar movíase bruscamente impulsado por las enérgicas friegas.
De pronto, el fuego del hogar prendió en su enmarañada cabellera, que llameó como ramiza seca.
Todos se apresuraron a apagarla, y en su azoramiento pisotearon cruelmente al infeliz.
Se oyó crujir un hueso.
El cíclope desencajó las quijadas del ahogado y vertió en su garganta hasta las escurrimbres de un vaso con aguardiente. Pero el licor volvió a salir por la amoratada boca, se deslizó por la barba y, goteando, cayó al rudo suelo.
* * *
Entrada la noche regresó Pedro Luis. Don Buenaventura, que había salido de Benifante para esperarle, le enteró del suceso.
Se encaminaron a Badaleste.
Blanca, redonda y grande lucía la luna.
Las siluetas inmensas de las cordilleras negreaban sobre el cielo.
Al pasar por donde había sido hallado el manquet se detuvieron.
Las aguas que vivifican y matan, continuaban corriendo, espejeando temblorosas la pálida claridad lunar.
Entre los trigos cercanos, un grillo chirriaba, haciendo intermisiones rápidas.
Arriba, en la ladera, el manchón de un pinar se perfilaba suave y ondulante.
* * *
El médico, después de reconocer brevemente al ahogado, salió y sentose sobre la acitara que balaustra el alto de Badaleste.
Bajo, el valle dormía silencioso, argentado por la pupila de la noche: los árboles lo moteaban; la lozanía de un bancal lo obscurecía; débilmente se destacaban las casas.
-Yo tengo esperanzas -murmuró Polifemo al acercarse a Pedro Luis, que, abstraído en la observación de la noche, nada dijo, ni demandó lo que pudiera significar la frase de don Buenaventura.
Éste repitió:
-Pues sí, tengo esperanzas. ¿Tú qué crees, se salvará?
El médico, saliendo de su apacible recogimiento, dijo:
-¡Que si se salvará! ¿Pero, quién?
-Ese hombre; el manco.
-¡El manco! Pero si está muerto.
-¿Cómo que está muerto? ¿Y esa tibieza, ese calor que conserva?
-¡Tibieza, calor! -repuso Pedro Luis.
-Carbonizado debiera estar. ¡Pues usted sabe el fuego que le han aplicado al pobre!
* * *
Al día siguiente por la tarde, el médico fue en busca del secretario.
-¿Aún no se ha recibido aviso del juez de Ballosa? -preguntó Pedro Luis.
-No, señor -dijo el curial.
-Pero, ¿se ha enviado el parte que yo redacté?
-Delante de mí se lo dio el tío Lisaña a Rito; y lo que no ha hecho nunca con nadie, le regaló un duro.
* * *
Pasaron dos días.
La orden para practicar la autopsia, no llegaba.
El cuerpo del peatón había sido arrinconado en el cementerio.
-Bueno debe estar aquello, con estas calores tan rabiosas, y con cuatro días que van que lleva de muerto -dijo el cacique al secretario.
-No está muy conforme el médico con esta tardanza -murmuró el del Juzgado.
-¿Y qué? No hay más sino aguantarse - repuso Lisaña.
-Es que piensa acudir a la Señora; y tal vez se niegue a hacer la au... la autopsia.
-¡Sí...! pues que lo haga, que lo haga; verás qué pronto salta de aquí, con un proseso más pegajoso que el tronco de un pino.
Y después de una pausa, agregó el cacique:
-Ya lo viste; yo no he podido portarme con más desensia; un duro le di al del parte.
-Que ha sido peor -dijo el secretario-, porque Rito, dinero que coge, dinero que se bebe; y con el que usted le ha dado y los ventorros del camino, ya tiene para tiempo.
Lisaña se puso rojo como el fuego; y al separarse del docto secretario, se dijo: «Un duro me cuesta, pero va resultando; si se niega a entendérselas con el manco, le vale el destino y las sarandajas que le vengan; y si se aguanta... habrá que ver la cara que ponga el médico; habrá que vérsela...».
* * *
Por la noche llegó Rito.
Tenía las pupilas enturbiadas por la embriaguez, y todo él hedía a taberna.
Don Buenaventura, furioso como el verdadero Polifemo al sentirse cegado por Ninguno, abalanzose sobre el propio del parte.
-¿Después de cuatro días vienes? ¿Es caridad eso? ¿Qué has hecho? Di. ¿Qué has hecho? -Y lo sacudía con violencia, le gritaba; pero el otro sonreía estúpidamente en silencio, salivando y despidiendo un tufo inmundo.
Lisaña le extrajo de entre los pliegues de la faja, el mandamiento de autopsia firmado por el juez, en el cual mandamiento transfería sus veces a los funcionarios de Benifante.
* * *
Era sosegada y ardorosa la mañana.
Por las tapias del cementerio de Badaleste, correteaban algunos pájaros. Inquietos, entre disputas, se asomaban al cercado herboso. Rápidamente dejábanse caer, y se escondían entre hinojales cuyos tallos doblaban; andaban a saltos menuditos, graciosos, ladeando airosamente las cabecitas como para escucharlo todo.
El vuelo torpe, rectilíneo, de una zancuda langosta, espantó a uno de aquéllos, que, piando con aspereza, subió al refugio de las paredes; luego, siguiole otro y otro; huyeron todos.
El airecillo agitaba un jirón costroso; movía un papel crispado, levantaba una brizna.
Sucedió el silencio.
Sobre la viciosa hierba apareció la blanca manchita movediza de una mariposa; rasó velozmente por una ortiga; aleteó. Surgió otra; se persiguieron las dos; llegaron a confundirse, tornaron a separarse. Una de ellos se elevó, pasó la tapia; lo otra, se entretuvo en una sangrienta amapola; se desprendió un pétalo, y la manchita blanca subió y perdiose en el azul radiante.
En un rincón, sobre el cuerpo del valijero, negreaban enjambres de moscas. Una grande, con tornasoles verdes en las alitas, hinchado el vientrecillo, separose del festín ebria del hartazgo, y zumbando temblorosamente, con vuelo incierto, abandonó el cementerio.
Bajó de nuevo un pájaro; después otro. Luego toda una invasión bulliciosa.
Y, entre tanto, por una calvicie de la cima discurrían las hormigas, afanosas, indiferentes, tropezando unas con otras...
Fue horrible para los gozadores de aquella vegetación briosa la aparición del médico y su acompañamiento.
De éste, sólo penetraron en el camposanto, el enterrador y un pobre bracero sin trabajo, alquilado para el de desnudar, lavar, mover al cadáver y hacer, en fin, aquellas faenas de fuerza y sujeción que facilitan al que opera.
Don Buenaventura, el juez y el secretario, se sentaron sobre un trozo de tapia, mirando hacia el valle y la serranía.
He visto tantas operaciones de esta clase, tantas tristezas, que apenas si me impresionan ya estos cuadros -murmuró Polifemo, y su voz temblorosa y la color intensamente pálida de su rostro, desmentían aquella pueril baladronada de su corazón bueno y manso.
-Sufro por Pedro -añadió-. Es un crimen que le fuercen a trabajar en un cadáver tan pasado; sobre todo cuando a nadie ni para nada interesa el saber de qué ha muerto ese infeliz.
Y continuó hablando nerviosamente; deseaba mirar hacia atrás, pero no se atrevía a cumplir sus curiosos afanes.
-Pues, yo no percibo, no huelo nada por ahora. ¿Y ustedes? -dijo con viveza.
Los del Juzgado no respondieron. Ellos, arrancados de su vida apacible, sufrían viéndose precisados a intervenir en escena de tal linaje.
-Lo dicho, aún no se percibe nada -repitió don Buenaventura, chupando sin descanso un cigarro enorme y negruzco.
Oyose la voz del médico.
-¿Lleváis faca o navaja? Pues con ella cortad; arrancadle la ropa; si no nunca acabaremos. Volvedle a la derecha. Tened cuidado con la cabeza... ¡Que se os va a deshacer entre las manos...!
Siguió un silencio breve. Se escucharon golpes de cuerpo rígido sobre la tierra blanda del cementerio.
De nuevo, el médico dijo:
-Tiembla usted como una hoja. Retírese si le repugna esto.
Sonó una risotada feroz y repugnante del sepulturero, que dijo bromeando:
-¡Y sí que es flojo! Mejor es el labrar, ¿eh?
El bracero tartamudeó colérico una atrocidad, sobre si tenía o no agallas para aquello y lo que se presentara.
Esforzábase don Buenaventura en hablar para distraer su imaginativa del próximo espectáculo; y así, departía de asuntos diversos con más o menos conexión y lógica.
Sus palabras eran interrumpidas frecuentemente por el médico, que, desde abajo, dictaba al secretario una singularidad, un dato, ofrecidos por el cadáver.
-¡Vaya si es hermoso este valle! ¡Qué vista tan soberbia se alcanza desde esta altura! ¡Qué tranquilidad! ¡Qué silencio! ¡Vaya, es muy hermoso! -repetía Polifemo.
El rústico juez, que nada había dicho hasta entonces, colocando sus manos bajo sus muslos y moviendo la cabeza de un lado para otro, murmuró:
-¡En lo ibierno, en lo ibierno lo había usted de ver! Bien, que ya lo verá. Ahora gusta, pero después no hay qui salga por estas sierras.
Pa unos cuantos meses bueno es esto; pero pa siempre es muy cansoso este campo tan serrado. Las montañas, ensima; se fatiga uno la vista de no poder alejar.
Callaron.
Detrás de ellos sonaban golpes secos como de escoplo sobre piedra; rechinamientos estridentes como de lima sobre hierro; crujidos, rozaduras.
-Al tocarlos, crepitan los pulmones -gritó el médico.
Escribió el secretario.
De Benifante subieron unas campanadas débiles y lentas.
Pedro Luis se acercó a sus amigos. Se había quitado la americana y llevaba desnudos los brazos. El sudor le empañaba los lentes.
-Miren ustedes el corazón de ese pobre -dijo mostrando en sus manos ensangrentadas un trozo de carne negruzca con manchas amarillentas.
-¡Y cómo apesta! -quejose el juez.
-No es asombroso -replicó el médico-, porque en los vivos también suele apestar esta entraña... ¡Pero vaya una hinchazón tremenda!
Y al separarse, dictó al secretario.
-Hipertrofia en ambos ventrículos. Un cuervo pasó con vuelo sereno y calmoso sobre el grupo; aleteo precipitadamente; giró después con gallardía, y elevose lanzando su graznido nasal y lastimero.
* * *
A las once finalizó su tarea el médico.
Sus zafios ayudantes, tras de mucho forcejear, levantaron la piedra que cubría la fosa común. Es ésta, en Badaleste, una natural sima de la peña, oblicua y no muy ancha. Al destaparla entonces, descendió una oleada de alegre sol, iluminando andrajos, dorando huesos sucios, atravesando tupidas telas de araña, y resbalando por un cráneo mondo y desdentado.
El despedazado cuerpo del manquet rodó en la estrecha espelunca pesadamente y con ruido de piedra que cae en pozo seco.
Hundiose el cadáver en la obscuridad; el muñón alcanzó el beso de la luz.
* * *
Cuando Pedro Luis y sus acompañantes pasaron por la casa solariega, se les acercó Lisaña, y dirigiéndose al médico, murmuró con su eterna expresión congojosa.
-¿Qué, terminó usted ya? Me creo que habrá usted pasao bastante... ¡La verdad es que esa carrerica de ustedes tiene más obligasiones...!
De la próxima escuela salió el enfadoso canturreo de los niños, que coreaban los Mandamientos de la Ley de Dios.