Joan Jordà: más allá de la realidad
Violeta Izquierdo Expósito
Doctora en Historia del Arte
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Joan Jordà, nacido en Sant Feliu de Guíxols (Girona), el 3 de septiembre del año 1929, hijo de Antonia Godo, costurera, y de Víctor Jordà de familia dedicada al tratamiento del corcho.
Los primeros diez años de la infancia de Juan Jordà, se desarrollaron en un ambiente de crispación política, cambios sociales y aires prebélicos. Demasiado joven para poder reivindicar un papel en esta página de la historia, vivió el clima de guerra como todos los niños, víctimas más que actores militares. A pesar de todo, se impregnó del ideal libertario en el que se movía su familia. Al estallar la guerra su padre tomó parte activa en la contienda del lado republicano. En los últimos días de enero de 1939, la familia Jordà cruzó la frontera de Francia junto con otros vencidos, compañeros de armas del ejército republicano. Comenzaba así, el camino del exilio, con sus duras pruebas: el campo de internamiento, la guerra mundial, abrirse camino en un nuevo país, y el largo proceso de echar raíces.
En 1945, la familia se reunió definitivamente en Toulouse, donde la comunidad exiliada española era importante. Su formación autodidacta, y los conocimientos adquiridos en casa de un pintor exiliado llamado Hernández se verán incrementados cuando Jordà decide seguir cursos como alumno libre en la Escuela de Bellas Artes de Toulouse, entre 1955-1957. Apuntándose a la Sección Libre de la Academia, pudo escoger las materias que más le interesan, la de pintura y grabado, que impartían los profesores Espinasse, Letaudy y Louvrier.
Los años que siguen hasta sus primeras exposiciones individuales y colectivas en la década de los setenta, comprenden etapas de trabajo y personales que se complementan con el interés creciente por la pintura, sus técnicas, y el deseo de iniciar una andadura profesional artística que madurará a medida que pueda ir dedicándole mayor parte de su tiempo. Desde que afrontó el riesgo de exhibir sus cuadros, nos permitió conocer; por un lado, las pasiones vitales de su autor, sus propósitos vocacionales y; por otro lado, los frutos de alguien que decidió en un momento determinado de su vida, vivir para pintar.
En 1979 Jordà será unos de los miembros fundadores de CAPT (Coordination des Artistes Plasticiens de Toulouse) compuesta por diez pintores que trabajaban en Toulouse y la región, para dar a conocer la pintura contemporánea. Bajo los auspicios de este grupo, Jordà participará en distintas exposiciones por diferentes lugares de Francia, potenciando y dinamizando el panorama artístico de la región.
En su primera exposición individual de 1976 presentó un conjunto de obras en las que paisajes extrañamente accidentados, desnudos irreales, distantes, o geometrizados, mostraban a un artista curioso de todas las técnicas, de todos los estilos, en los que pretendía hacer coincidir la pintura con una proyección de sí mismo, buscando a través de los opuestos un equilibrio y un reconocimiento sucesivo. Le dieron además el pretexto para traducir sus preocupaciones pictóricas profundas, no sólo en cuanto a la forma sino también en lo referente al contenido.
Esta exposición fue singularmente importante porque marcó el inicio de una búsqueda dinámica, cargada de anécdotas y claves para el futuro desarrollo de la obra de este artista. Sin presentar una ruptura con la concepción clásica de la imagen, sus figuras surgían del caos para ir reconstruyéndose a través de formas, formas-signos, que nos permitirán la legibilidad de la obra. Signo-ojo, signo-mano, pez, triángulo, redondo, figura de rey, ninot, son caracteres que nos revelan una alta capacidad de abstracción y de sistematización. Esta escritura viene de un mundo interior, convirtiéndola en su propia exploración de lo visible y de lo informal.
No hay un sentido literal para cada signo, puesto que están ligados estrechamente con el mundo de la emoción y la pasión, y comportan sentimientos dispares de tormento, angustia, miedo, lucidez, alegría, dirigidos al alma. Esta forma plástica de comunicación personal confiere un carácter de rareza a sus composiciones, y le alejan de las modas cambiantes y pasajeras, ayudándole a ir creando los signos distintivos de su pintura.
Durante la década de los ochenta experimenta una voluntad de hacer de la pintura algo más que pintura, tocar la sensibilidad y la consciencia del espectador a través de lo representado, o de los temas escogidos. No se trata de eludir sus antiguas preocupaciones pictóricas, sino más bien de dar una calidad suplementaria a la función del artista, que se convierte en un intérprete denunciante de hechos negativos que existieron y siguen existiendo en nuestra sociedad.
—25→Los bombardeos, es un tema recurrente a lo largo de su carrera. El bombardeo entendido como el momento en el que literalmente todo explota, donde el cielo se confunde con la tierra, y una mitología grotesca y delirante se adueña de la superficie del cuadro. En estas composiciones hace una simplificación extrema de los grafismos atribuidos al avión, al obús, a los heridos. En ese diluvio de grafías, tomados de diferentes alfabetos, apreciamos sus ritmos y puntuaciones, sobre un fondo coloreado donde se hacen valer las transparencias. Los signos orgánicos, se colocan en la misma jerarquía que los signos de su lenguaje plástico. Pinta un universo caótico, donde el hombre aparece dislocado, es el origen de su propia destrucción. Sus constantes de compromiso pasan por denunciar la guerra, la violencia, el dolor y las aberraciones de los poderes totalitarios, pero sin olvidar nunca el valor estético de la obra, porque para Juan Jordà, la pintura pasa antes que el mensaje.
Preocupaciones éticas y estéticas íntimamente ligadas, que se concretan en imágenes, que podrían tener mucho que ver con la guerra de España, pero a las que el artista confiere un carácter más universal, es su aportación moral para llamar la atención de todos los hombres, y en todos los lugares donde se obstinan en luchas fratricidas.
Durante los próximos años, va desarrollando su itinerario creativo y construye su mirada (en otro registro diríamos estilo). Un poco aparte, siempre discreto, trabajando incansablemente en su taller, va ganando en seguridad. Su grafismo se hace más enérgico, su paleta ofrece riqueza de matices, más densa y más vibrante en el espacio donde se inscribe la sugestiva visión del artista. Una visión que se despliega en bulliciosas y dinámicas arquitecturas de figuras y de signos, que enmarcan a nuestros ojos el mundo de los deseos y fantasmas secretos del pintor.
Los cuadros de gran formato dan a Jordà la ocasión de hacer más complejos sus personajes, sus puestas en escena. La violencia del color, las figuras deformadas en un primitivismo esencial indican esta proximidad y una radicalidad diferente. El gesto pictórico posee la descripción de la representación. Las figuras estallan como aplastadas insertándose en el cuadro, se alargan como si quisieran tocar el marco. Personajes totémicos, a medio camino entre un expresionismo dramático y unas raíces primitivas, que los sitúan en el cruce de caminos de múltiples civilizaciones.
Poco legibles, casi abstractas estas pinturas tienen lejanas relaciones con situaciones concretas. Ver estas obras es recorrer con la mirada, buscar el detalle, el conjunto, descubrir la intensidad del material, pero también trabajar, construir e imaginar un sentido para ellas. Las obras se nos escapan para rendirse más próxima a su significación profunda. Esta mezcla de espontaneidad y de reflexión, le confieren cada vez más autenticidad.
Las Meninas (1987), pequeñas damas de compañía para los infantes reales, que Velázquez nos muestra en su excelente cuadro, han inspirado a más de un pintor contemporáneo. Picasso encontró en ellas un soporte nutritivo para su inspiración. Jordà propone su propia interpretación a medio camino entre los dos genios. Las gentiles y benignas Meninas se convierten en inquietantes jovencitas, o perversas mujeres surgidas de lugares extraños. Allí hay totemización, expresionismo cruel, más lejos algunos toques caricaturescos, retornos a la ternura, y a los interrogantes patéticos. Las Meninas de Jordà se sitúan en un registro humano desgarrado entre las incertidumbres y los fantasmas de la época. El rostro es el pretexto más llamativo para traducir los desórdenes del tiempo y las inquietantes del alma, miradas y actitudes que no excluyen la poesía y una dramatización que busca sus referentes del lado de la grandeza y la decadencia.
Los Desnudos (1989) que presentó Jordà al final de la década, no pretendían renovar el tema, eran una especie de sintetismo entre la influencia picassiana, el constructivismo y la expresión geometrizante. Le sirvieron de pretexto para vestir un espacio sobre la vibración brusca y gestual de líneas y de cromatismos.
En estos desnudos femeninos, el artista no rayó la anécdota o la alusión sensual, sino que para él fue una fuente de búsqueda de grafismos, formas y color. En la configuración del cuerpo utilizó una escritura esquemática de volúmenes, de contornos lineales claramente marcados, muy angulares, sin concesión alguna a la belleza. Existe cierta violencia en el dibujo, pero también una violencia de la forma, y de la composición. Que las figuras estén de pie, tumbadas, fijas, totémicas, cruzando las piernas, amontonadas, o embrolladas, se nos presentan en poses dislocadas que se alejan de lo que se espera habitualmente de los desnudos, es decir, encanto, sensualidad y erotismo. No es en efecto, la plenitud de una liturgia carnal y casi mitológica del siglo pasado, sino una especie de teatro barroco, irónico, casi sarcástico donde los desnudos, entre el orden y el caos, parecen más bien degollados que respondiendo a cánones de belleza.
—26→A comienzos de la década de los noventa Jordà depura sus composiciones, tiende a una mayor simplificación para cernir mejor las formas, y la estructura subyacente, a fin de encontrar su propio lenguaje. Un arte sin concesiones, reducido a lo esencial, poco preocupado por gustar lo que le proporciona su autenticidad. La pintura no sirve para reproducir las cosas existentes, sino para utilizar las formas conocidas para crear otras cosas.
En 1991 trabaja en variaciones sobre la figura y las máscaras, y confirma su maestría en construir su universo interior concebido como un territorio mágico y trágico a la vez, donde se exteriorizan las fuerzas primitivas, los desgarros complementarios de la línea, del signo y del color. Esto aparece en cada tela, convirtiéndola en pintura de la intensidad y del grito, del gesto, del amor y la violencia, de lo real y de la apariencia, tanto como una expresión depurada y tormentosa de una condición humana continuamente puesta en cuestión.
Sus crucificados, sus corridas, nos cuentan un viaje en el espíritu y la materia, y nos hacen ver la medida, la fuerza y la coherencia de una obra pictórica de primera línea que no deja de seducirnos en sus disgresiones expresionistas. Al verla, tema tras tema, aproximarse a lo real, de una manera fragmentada y tormentosa, uno se imagina la relación pasional y exigente de su actor. El sentimiento trágico de la vida se va reflejando en la austeridad de la paleta, y en el dominio de la representación. El artista organiza el espacio con una visión tumultuosa, dislocaciones inciertas, rupturas violentas, afrontamientos enigmáticos. Su predilección por los personajes frontales tiene su razón en la mejor posibilidad para dialogar e interrogar. Cuando Jordà evoca los rostros, se diría que profieren gritos desgarrados. Son rostros rotos, a veces al límite de la desestructuración. Es como una alegoría de todos los combates humanos. En este expresionismo impetuoso, la pintura de Jordà tiene un grado de fuerza y de equilibrio capaz de armonizar el testimonio y la metafísica.
En adelante cada proyecto será una nueva aventura. Se implicará en cada tela con una interrogación total, pero hay siempre una constante: la preocupación humanista y ética. La pintura no debe servir para sentir placer, sino aportar a la vida y los acontecimientos una mirada crítica, y hacer mover las cosas. La autenticidad del recorrido es apreciable en cada experiencia, es decir, cada tela está precedida de un campo de investigación afectiva, de un proceso de experimentación entre la pareja alegría-sufrimiento.
La existencia de un exigente pensamiento y la conquista de la capacidad reflexiva en Juan Jordà, se complementan con el ahondamiento y el desarrollo de unas ideas estéticas sin cuerpo teórico impreso, pero levemente esbozadas en sus escritos ocasionales, aunque perfectamente transmitidas en sus creaciones.
Para Jordà el arte es la expresión más profunda del ser, por lo que rechaza lo superfluo en aras de este ideal estético e intelectual que se convierte en el motor de su vida y en la fuerza de su existencia. Una obra de arte sólo tiene interés si es una proyección muy inmediata y directa de lo que acontece en las profundidades de un ser. Entregado al ejercicio de liberación de los demonios íntimos, más allá de la cultura establecida, hace emerger una realidad diferente. Con su resolución de los temas consigue que la pintura sea el actor principal de un drama que cuenta con el fundamento de lo real como excusa.
Para él la pintura es un lugar de reflexión, en donde además de emoción hay que encontrar el equilibrio, la armonía y el orden. Cada cuadro tiene su propia historia, y es el resultado de una secuencia de destrucciones, consecuencia del desafío estético y moral, en el que las imágenes que le provoca la experiencia del mundo, se enfrentan con su intención formal, su intención material, y su intención dinámica. Sucede entonces que la búsqueda no culmina y la tela no le indica el camino a seguir, con lo que su persistencia le lleva a comenzar de nuevo, a superponer capas monocromas sobre la superficie del cuadro, espesándole y confiriéndole una vida propia, un recorrido con detenimiento que le atribuye una historia de sucesivos encuentros y desencuentros, hasta conseguir una simbiosis entre lo que la pintura le dicta, y lo que él propone.
Todo este recorrido vital de la obra es necesario para el artista, no se ve pero existe, tiene una presencia, y unos detalles instructivos que ayudan a su elaboración final. Hay un permanente grado de insatisfacción en el artista, que le incita a seguir en esa búsqueda constante, hasta hacerle reconsiderar la historia de la pintura en un intento de llegar más lejos, ver qué puede aportar de nuevo, y cómo puede entrar en el camino de la evolución de la pintura. Se propone realizar un arte personal que incluya lo espiritual, incorporando formas con una caligrafía identificadora.
El artista no tiene modo alguno de evadirse de su época, por lo que no puede ser mero espectador sino —27→ parte del drama, debe mostrar una suerte de arte testimonial, en el que se implica como creador. La pintura es un pretexto para expresar un ser interior, alcanzar su libertad y tratar de transmitir esa condición vital, brindando una lección de vida que invita a la reflexión.
Su pintura no es ni anecdótica ni decorativa, ni figurativa ni abstracta. Estamos ante una obra que sobrepasa los márgenes estrechos del realismo o la abstracción. Es una incursión en aspectos y miradas del subconsciente, pero también una realidad evidente que se impone a cualquier gesto de subjetivismo. Sus referentes son amplios en la historia del arte moderno, desde una lectura expresionista y unos referentes concretos: la visión grotesca de Goya, la dislocación del rostro de Picasso, la figuración desgarrada de Cobra, la forma en la que Bacon representa el cuerpo tensado, los personajes grotescos emparentados con Dubuffet; ha ido creando modos cada vez más personales.
Una iconografía polimorfa nos refleja su interés por las imágenes puras, buscando en las fuentes del «art brut» la esencia de la figuración, que rehuye cualquier tipo de esteticismo o complacencia. Una obra, en definitiva, que destila expresionismo, abstracción, arte primitivo, art brut, figuración libre, pero que a su vez es genuinamente original, y rezuma inteligencia plástica y gran sensibilidad.
Sin refugiarse en la abstracción decorativa, irrumpe en la jaculatoria expresionista, formulando una posición desconcertante, ya sea en los lienzos que son una batalla campal o en los que ha conseguido una ligereza singular, pero siempre con una grandeza plástica incuestionable, con una combinación de trazo y cromatismo acertada.
El torbellino de sus obsesiones produce una peculiar figuración, que no surge de la realidad, sino una figuración a su manera, que relata historias inventadas e historias próximas a la literalidad de su vida. Un arte de imaginación que capta las miradas convirtiéndolas en visión. En su obra nunca elude el conflicto. Son por tanto cuadros dramáticos y complejos, en los que perturba más que seduce, conmueve más que gusta, y nunca deja indiferente.
Lo primero que se hace evidente en las obras de Juan Jordà es la existencia en su autor de la magnitud de un propósito. Jordà tiene la aspiración constante y decidida de alcanzar una expresión artística personal, arriesgada y consciente, es decir, una apuesta importante por lograr la excelencia de cada obra, por no asentir a las primeras de cambio en cuanto una calidad suficiente comienza a acudir a la cita, por persistir en una exigencia que le lleve de lo bueno a lo mejor.
Juan Jordà rinde culto al proceso: en sus cuadros se escenifica la lucha del pintor con ese primer impulso del que nace una pintura, que es a la vez un guía y una rémora. Consciente de que para crear ha de destruir, de que para añadir algo ha de tapar necesariamente otra cosa, opta siempre por lo más arriesgado, haciendo de los mecanismos de destrucción el tema central de la obra. En ningún caso podemos contemplar las pinturas de Jordà centrándonos tan sólo en lo que vemos, las analizaremos siempre interrogándonos sobre lo que ha sido ocultado y por qué y, entonces, podremos volver a la superficie y apreciar verdaderamente el cuadro. El propio autor suele facilitarnos esta labor dejándonos cierto número de pistas y, así, en algunas pinturas podremos ver esos dibujos, deliberadamente torpes, que son la materia prima del arte de su autor, y en otros habrán estos desaparecido tras la espesa maraña de pinceladas.
Esta materia prima, que está hecha de fragmentos de una realidad exterior, que representa lo cotidiano, un conjunto desordenado de proyectos y vivencias, habrá de sucumbir, en mayor o menor grado, a la realidad de la obra porque, cuando el pintor actúa sobre esas imágenes, se sitúa en otra realidad: la de la soledad del taller, donde tiene lugar el apasionado ritual de la pintura, donde se unen el instinto, la libertad, el ímpetu, que es a la vez creador y destructor y que le conducirá siempre hacia un final incierto. Hay que esperar hasta el último momento, porque todo puede cambiar, ya que cada cuadro tiene una historia, un trabajo cargado de complejidades psicológicas y de sugestiones del subconsciente, que pueden variar el resultado final.
El riesgo y la aventura creadora pueden seguirse en cada una de sus obras: en su abstracción; en sus organizaciones de espacios y superficies; en la relación paradójica que se establece entre las composiciones y el balbuceo de los gestos y pinceladas. A través de la aparente espontaneidad de una pintura gestual, que por otra parte, no deja nunca de contener elementos figurativos, el espectador aprecia un dinámico equilibrio de gestos y signos, que le permiten a su vez, una mayor libertad de interpretación y nos invitan a establecer una amplia red de relaciones.
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Su escritura plástica se plasma con un torbellino de imágenes concatenadas y se recrea en una factura tosca y espontánea, procedente de su interés por las culturas primitivas. Estos personajes, enteros o fragmentados, convertidos en solitarias figuras fantasmales, se repiten una y otra vez, como ejercicio pictórico, como obsesión inevitable y pertinaz. Las exageraciones o deformaciones de las figuras son el resultado de una visión del mundo obsesiva. Elige algunos elementos para magnificarlos: tótems, ídolos o estatuas, animales, muñecos, niños crucificados, que constituyen la mitología personal de este artista. No son fruto ni de invención pura, ni de la simple adhesión a unas formas expresivas consagradas por su tiempo. Son el resultado de la maduración de su sensibilidad y espíritu, un enriquecimiento y una revelación del modo de ver y de sentir la múltiple realidad que nos envuelve. Siempre ajeno a otras intenciones que no sean las estrictamente inventoras de su propio universo, tratando con constancia de encontrar la mejor vía de comunicación con nosotros.
Su anarquía creativa le impide trabajar de manera parcelada, en etapas delimitadas en las que haya una unidad temática, y de color. Sus bombardeos, corridas, personajes crucificados, desnudos, etc., se repiten y aparecen en distintas épocas y son referentes esenciales en su producción. La evolución de su pintura hay que verla, por lo tanto, en el estudio de ciertos cuadros individuales, que configuran la historia de su proceso creador.
A los problemas filosóficos que el cuadro le plantea, hay que añadir las resoluciones técnicas, que son igualmente el resultado de la elección meditada. Trabaja con acrílicos porque es el mejor medio para desarrollar sus teorías anteriores (el cuadro es una secuencia de destrucciones), cubrir lo que no le satisface y volver a empezar. Se siente cómodo en los grandes formatos, donde los materiales y las formas se aglutinan para crear obras monumentales.
Jordà comienza sus cuadros de una manera intuitiva, con trazos más o menos luminosos o tenebrosos. Deja a su mano que trace un gesto-color inicial del que van surgiendo, como en los dibujos infantiles, dibujos prácticamente automáticos, en los que se aprecia el conocimiento de lo que se ve, una imagen que recoge, resume y cierra gestos sucesivos. Pero de pronto, surgen otras formas, erosiones que reflejan el misterio de la creación, fundiendo lo casual con el oficio aprendido.
Sus esquemas compositivos son indescifrables, la obra parece estar siempre a punto de bascular hacia el caos, pero asegurándose al mismo tiempo un sistema claro de sustentación interna. En sus composiciones podemos encontrar un lenguaje enmarañado y gestualista, pero también una progresiva reducción y síntesis.
En cuanto al color, se mueve durante toda su carrera pictórica entre la disyuntiva de la pintura monocroma y el colorido intenso. En la primera se siente cómodo: los grises, los pardos, los negros, los ocres, crean a menudo sutiles armonías para sus escenas dramáticas, pero paradójicamente el color es utilizado como reto. La dificultad de crear con los colores vivos algo elegante y bello le hace necesario su utilización, aunque sólo sea por el mero hecho de provocarse situaciones difíciles.
La escultura ha interesado también al artista. Como si de un trabajo arqueológico se tratara, recoge materiales inmediatos, piedras, maderas, metales diversos, que liga, ensambla y horada formando entidades escultóricas producto de su imaginación artística. Todas las obras están formadas por diferentes piezas ensambladas unas a otras, y todas juntas forman composiciones diferentes de su anterior origen, asociaciones reales entre objetos dispares de entidad y de forma, que poco a poco se aproximan a nosotros convirtiéndose en un objeto artístico con el que convivir. Encontrar sugerencias formales en materiales de desecho y pobres, ya fueron advertidas por otras miradas contemporáneas, y reconocer que objetos funcionales pueden ser utilizados como formas nuevas mudando su naturaleza práctica en poética, es también una característica de la nueva escultura. Conseguir esta mudanza, lograr que la fantasía convierta en magia comunicadora a las simples apariencias y que estas adquieran rango estético no es fácil. Juan Jordà lo consigue con sus mascaras pintadas, y en sus tótems enigmáticos. Sin embargo, la tierra, el cemento y la madera son los materiales que prefiere para su trabajo escultural.
Jordà es un hombre de continuada y persistente voluntad inventora, un creyente de la pintura. Nadar contra corriente, buscar su camino propio y apostar por el riesgo como opción personal son las singularidades que caracterizan el trabajo de este artista, totalmente comprometido con su obra y con una aspiración a tener su propia visión del mundo, y la facultad de saber plasmarla como arte de la pintura.