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La perfecta casada

Fray Luis de León

Javier San José Lera (Ed. lit.)






ArribaAbajoA doña María Varela Osorio

Este nuevo estado en que Dios ha puesto a vuestra merced, subjectándola a las leyes del Sancto Matrimonio, aunque es como camino real, más abierto y menos trabajoso que otros, pero no carece de sus dificultades y malos pasos, y es camino adonde se tropieza también, y se peligra y yerra, y que tiene necesidad de guía como los demás. Porque el servir al marido, y el gobernar la familia, y la crianza de los hijos, y la cuenta que juntamente con esto se debe al temor de Dios y a la guarda y limpieza de la consciencia, todo lo cual pertenece al estado y oficio de la mujer casada, obras son que cada una por sí pide mucho cuidado, y que todas ellas juntas no se pueden cumplir sin favor particular del cielo. En lo cual se engañan muchas mujeres, que piensan que el casarse no es más que dejar la casa del padre y pasarse a la del marido, y salir de servidumbre y venir a libertad y regalo; y piensan que, con parir un hijo de cuando en cuando, y con arrojarle luego de sí en los brazos de una ama, son cabales mujeres, como a la verdad las obligue a muy diferentes cosas la condición de su estado.

Y dado que el buen juicio de Vuestra Merced y la inclinación a toda virtud de que Dios la dotó, me aseguran para no temer que será como alguna déstas que digo, todavía el entrañable amor que le tengo, y el deseo de su bien que arde en mí, me despiertan para que la provea de algún aviso, y para que le busque y encienda alguna luz que, sin engaño ni error, alumbre y enderece sus pasos por todos los malos pasos deste camino y por todas las vueltas y rodeos dél. Y, como suelen los que han hecho alguna larga navegación o los que han peregrinado por lugares extraños, que a sus amigos, los que quieren emprender la misma navegación y camino, antes que lo comiencen y antes que partan de sus casas, con diligencia y cuidado les dicen menudamente los lugares por donde han de pasar, y las cosas de que se han de guardar, y los aperciben de todo aquello que entienden les será necesario, así yo, en esta jornada que tiene Vuestra Merced comenzada, le enseñaré, no lo que me enseñó a mí la experiencia pasada, porque es ajena de mi profesión, sino lo que he aprendido en las Sagradas Letras, que es enseñanza del Espíritu Sancto.

En las cuales, como en una tienda común y como en un mercado público y general, para el uso y provecho general de todos los hombres, pone la piedad y sabiduría divina copiosamente todo aquello que es necesario y conviene a cada un estado; y señaladamente en éste de las casadas se revee, y desciende tanto a lo particular dél, que llega hasta, entrándose por sus casas, ponerles la aguja en la mano, y ceñirles la rueca, y menearles el huso entre los dedos. Porque, a la verdad, aunque el estado del Matrimonio en grado y perfectión es menor que el de los continentes o vírgines, pero, por la necesidad que hay dél en el mundo para que se conserven los hombres, y para que salgan dellos los que nascen para ser hijos de Dios, y para honrar la tierra y alegrar el cielo con gloria, fue siempre muy honrado y privilegiado por el Espíritu Sancto en las Letras Sagradas.

Porque dellas sabemos que este estado es el primero y más antiguo de todos los estados, y sabemos que es vivienda, no inventada después que nuestra naturaleza se corrompió por el pecado y fue condenada a la muerte, sino ordenada luego en el principio, cuando estaban los hombres enteros y bienaventuradamente perfectos en el paraíso. Ellas mismas nos enseñan que Dios por su persona concertó el primer casamiento que hubo, y que les juntó las manos a los dos primeros casados, y los bendijo, y fue juntamente, como si dijésemos, el casamentero y el sacerdote. Allí vemos que primera verdad que en ellas se escribe haber dicho Dios para nuestro enseñamiento, y la doctrina primera que salió de su boca, fue la aprobación deste ayuntamiento, diciendo: «No es bueno que el hombre esté solo». (Gén., 2.)

Y no sólo en los libros del Viejo Testamento, adonde el ser estéril era maldición, sino también en los del Nuevo, en los cuales se aconseja y como apregona generalmente y como a son de trompeta, la continencia y virginidad, al matrimonio le son hechos nuevos favores. Cristo, nuestro bien, con ser la flor de la virginidad y sumo amador de la virginidad y limpieza, es convidado a unas bodas, y se halla presente a ellas, y come en ellas, y las sanctifica, no solamente con la majestad de su presencia, sino con uno de sus primeros y señalados milagros.

Él mismo, habiéndose enflaquescido la ley conyugal, y como aflojádose en cierta manera el estrecho ñudo del matrimonio, y habiendo dado entrada los hombres a muchas cosas ajenas de la limpieza, firmeza, y unidad que hay en él; así que, habiéndose hecho el tomar un hombre mujer poco más que recebir una moza de servicio a soldada por el tiempo que bien le estuviese, el mismo Cristo, entre las principales partes de su doctrina, y entre las cosas para cuyo remedio había sido enviado de su Padre, puso también el reparo deste vínculo sancto, y así le restituyó en el antiguo y primero grado. Y, lo que sobre todo es, hizo del casamiento que tratan los hombres entre sí, significación y Sacramento sanctísimo del lazo de amor con que Él se ayunta a las almas, y quiso que la ley matrimonial del hombre con la mujer fuese como retrato e imagen viva de la unidad dulcísima y estrechísima que hay entre Él y su Iglesia; y así ennoblesció el matrimonio con riquísimos dones de su gracia y de otros bienes del cielo.

De arte que el estado de los casados es estado noble y sancto, y muy preciado de Dios; y ellos son avisados muy en particular y muy por menudo de lo que les conviene, en las Sagradas Letras, por el Spíritu Sancto; el cual, por su infinita bondad, no se desdeña de poner los ojos en nuestras bajezas, ni tiene por vil o menuda ninguna cosa de las que a nuestro provecho hacen.

Pues, entre otros muchos lugares de los Divinos Libros que tratan desta razón, el lugar más proprio y adonde está como recapitulado o todo o lo más que a este negocio en particular pertenesce, es el último capítulo de los Proverbios, adonde Dios, por boca de Salomón, rey y profeta suyo, y como debajo de la persona de una mujer, madre del mismo Salomón, cuyas palabras él pone y refiere, con gran hermosura de razones pinta acabadamente una virtuosa casada, con todas sus colores y partes, para que las que lo pretenden ser, y débenlo pretender todas las que se casan, se miren en ella como en un espejo clarísimo, y se avisen, mirándose allí, de aquello que les conviene para hacer lo que deben. Y así, conforme a lo que suelen hacer los que saben de pintura, y muestran algunas imágines de excelente labor a los que no entienden tanto del arte, que les señalan los lejos y lo que está pintado como cercano, y les declaran las luces y las sombras, y la fuerza del escorzado, y con la destreza de las palabras hacen que lo que en la tabla parecía estar muerto, viva ya y casi bulla y se menee en los ojos de los que lo miran, ni más ni menos, mi oficio en esto que escribo será presentar a Vuestra Merced esta imagen que he dicho labrada por Dios, y ponérsela delante la vista, y señalarle con las palabras, como con el dedo, cuanto en mí fuere, sus hermosas figuras, con todas sus perfectiones, y hacerle que vea claro lo que con grandísimo artificio el saber y mano de Dios puso en ella encubierto.

Pero, antes que venga a esto, que es declarar las leyes y condiciones que tiene sobre sí la casada por razón de su estado, será bien que entienda Vuestra Merced la estrecha obligación que tiene a emplearse en el cumplimiento dellas, aplicándose toda a ellas con ardiente deseo. Porque, como en cualquier otro negocio y oficio que se pretende, para salir bien con él, son necesarias dos cosas: la una, el saber lo que es, y las condiciones que tiene, y aquello en que principalmente consiste, y la otra, el tenerle verdadera afición, así, en esto que vamos tratando, primero que hablemos con el entendimiento y le descubramos lo que este oficio es, con todas sus cualidades y partes, convendrá que inclinemos la voluntad a que ame el saberlas, y a que, sabidas, se quiera aplicar a ellas. En lo cual no pienso gastar muchas palabras, ni para con Vuestra Merced, que es de su natural inclinada a lo bueno, serán menester, porque, al que teme a Dios, para que desee y procure satisfacer a su estado, bástale saber que Dios se lo manda, y que lo proprio y particular que pide a cada uno es que responda a las obligaciones de su oficio, cumpliendo con la suerte que le ha cabido, y que, si en esto falta, aunque en otras cosas se adelante y señale, le ofende. Porque, como en la guerra el soldado que desampara su puesto no cumple con su capitán, aunque en otras cosas le sirva, y como en la comedia silban los miradores al que es malo en la persona que representa, aunque en la suya sea muy bueno, así los hombres que se descuidan de sus oficios, aunque en otras virtudes sean cuidadosos, no contentan a Dios. ¿Tendría Vuestra Merced por su cocinero y daríale su salario al que no supiese salar una olla, y tocase bien un discante? Pues así no quiere Dios en su casa al que no hace el oficio en que le pone.

Dice Cristo en el Evangelio que cada uno tome su cruz; no dice que tome la ajena, sino manda que cada uno se cargue con la suya propria. No quiere que la religiosa se olvide de lo que debe al ser religiosa, y se cargue de los cuidados de la casada; ni le place que la casada se olvide del oficio de su casa y se torne monja. El casado agrada a Dios en ser buen casado, y en ser buen religioso el fraile, y el mercader en hacer debidamente su oficio, y aun el soldado sirve a Dios en mostrar en los tiempos debidos su esfuerzo, y en contentarse con su sueldo, como lo dice Sant Juan (Jn., 3). Y la cruz que cada uno ha de llevar y por donde ha de llegar a juntarse con Cristo, propriamente es la obligación y la carga que cada uno tiene por razón del estado en que vive; y quien cumple con ella, cumple con Dios, y sale con su intento, y queda honrado e ilustre, y como por el trabajo de la cruz, alcanza el descanso merescido. Mas al revés, quien no cumple con esto, aunque trabaje mucho en cumplir con los oficios que él se toma por su voluntad, pierde el trabajo y las gracias.

Mas es la ceguedad de los hombres tan miserable y tan grande, que, con no haber dubda en esta verdad, como si fuera al revés, y como si nos fuera vedado el satisfacer a nuestros oficios y el ser aquellos mismos que profesamos ser, así tenemos enemistad con ellos y huimos dellos, y metemos todas las velas de nuestra industria y cuidado en hacer los ajenos. Porque verá Vuestra Merced algunas personas de profesión religiosas, que, como si fuesen casadas, todo su cuidado es gobernar las casas de sus deudos, o de otras personas que ellas por su voluntad han tomado a su cargo, y que si se recibe o se despide al criado, ha de ser por su mano dellas, y si se cuelga la casa en invierno, lo mandan primero ellas; y por el contrario, en las casadas hay otras que, como si sus casas fuesen de sus vecinas, así se descuidan dellas, y toda su vida es el oratorio, y el devocionario, y el calentar el suelo de la iglesia tarde y mañana, y piérdese entre tanto la moza, y cobra malos siniestros la hija, y la hacienda se hunde, y vuélvese demonio el marido.

Y si a los unos y a los otros el seguir lo que no son les costase menos trabajo que el cumplir con aquello que deben ser, tendrían alguna color de disculpa; o si, habiéndose desvelado mucho en aquesto que escogen por su querer, saliesen perfectamente con ello, era consuelo en alguna manera; pero es al revés, que ni el religioso, aunque más se trabaje, o gobernará como se debe la vida del hombre casado, ni jamás el casado llegará a aquello que es ser religioso. Porque así como la vida del monasterio y las leyes y observancias y todo el trato y asiento de la vida monástica, favorece y ayuda al vivir religioso, para cuyo fin todo ello se ordena, así, al que, siendo fraile, se olvida del fraile y se ocupa en lo que es el casado, todo ello le es estorbo y embarazo muy grave. Y como sus intentos y pensamientos, y el blanco adonde se enderezan, no es monasterio, así estropieza y ofende en todo lo que es monasterio, en la portería, en el claustro, en el coro y silencio, en la aspereza y humildad de la vida; por lo cual le conviene, o desistir de su porfía loca, o romper por medio de un escuadrón de duras dificultades, y subir, como dicen, el agua por una torre.

Por la misma manera, el estilo de vivir de la mujer casada, como la convida y la alienta a que se ocupe en su casa, así por mil partes la retrae de lo que es ser monja o religiosa. Y así los unos y los otros, por no querer hacer lo que propriamente les toca, y por quererse señalar en lo que no les atañe, faltan a lo que deben y no alcanzan lo que pretenden, y trabájanse incomparablemente más de lo que fuera si trabajaran en hacerse perfectos cada uno en su oficio; y queda su trabajo sin fruto y sin luz. Y como en la naturaleza los monstruos que nascen con partes y miembros de animales diferentes no se conservan ni viven, así esta monstruosidad de diferentes estados en un compuesto, el uno en la profesión y el otro en las obras, los que la siguen no se logran en sus intentos; y como la naturaleza aborrece los monstruos, así Dios huye déstos y los abomina. Y por esto dezía en la Ley Vieja, que ni en el campo se pusiesen semillas diferentes, ni en la tela fuese la trama de uno y la estambre de otro, ni menos se le ofreciese en sacrificio el animal que hiciese vivienda en agua y en tierra. Pues asiente Vuestra Merced en su corazón con entera firmeza, que el ser amiga de Dios es ser buena casada, y que el bien de su alma está en ser perfecta en su estado, y que el trabajar en ello y el desvelarse, es ofrecer a Dios un sacrificio aceptísimo de sí misma.

Y no digo yo, ni me pasa por pensamiento, que el casado, o alguno, han de carecer de oración, sino digo la diferencia que ha de haber entre las buenas religiosa y casada. Porque, en aquélla, el orar es todo su oficio; en ésta ha de ser medio el orar para que mejor cumpla su oficio; aquélla no quiso el marido, y negó el mundo y despidiose de todos, para conversar siempre y desembarazadamente con Cristo; ésta ha de tratar con Cristo para alcanzar dél gracia y favor con que acierte a criar el hijo, y a gobernar bien la casa, y a servir como es razón al marido. Aquélla ha de vivir para orar continuamente; ésta ha de orar para vivir como debe; aquélla aplace a Dios regalándose con Él; ésta le ha de servir trabajando en el gobierno de su casa por Él.

Mas considere Vuestra Merced cómo reluce aquí la grandeza de la divina bondad, que se tiene por servido de nosotros con aquello mismo que es provecho nuestro. Porque a la verdad, cuando no hubiera otra cosa que inclinara a la casada a hacer el deber, sino es la paz y sosiego y gran bien que en esta vida sacan e interesan las buenas de serlo, esto sólo bastaba. Porque sabida cosa es que, cuando la mujer asiste a su oficio, el marido la ama, y la familia anda en concierto, y aprenden virtud los hijos, y la paz reina, y la hacienda cresce. Y como la luna llena en las noches serenas se goza rodeada y como acompañada de clarísimas lumbres, las cuales todas parece que avivan sus luces en ella, y que la remiran y reverencian, así la buena en su casa reina y resplandece, y convierte a sí juntamente los ojos y los corazones de todos. El descanso y la seguridad la acompaña adonde quiera que endereza sus pasos, y a cualquiera parte que mira encuentra con el alegría y con el gozo. Porque, si pone en el marido los ojos, descansa en su amor; si los vuelve a sus hijos, alégrase con su virtud; halla en los criados bueno y fiel servicio, y en la hacienda provecho y acrecentamiento, y todo le es gustoso y alegre. Como al contrario, a la que es mala casera todo se le convierte en amargura, como se puede ver por infinitos ejemplos.

Pero no quiero detenerme en cosa por nuestros pecados tan clara, ni quiero sacar a Vuestra Merced de su mismo lugar. Vuelva los ojos por sus vecinos y naturales, y revuelva en su memoria lo que de otras casas ha oído. ¿De cuántas mujeres sabe que, por no tener cuenta con su estado y tenerla con sus antojos, están con sus maridos en perpetua lid y desgracia? ¿Cuántas ha visto lastimadas y afeadas con los desconciertos de sus hijos y hijas, con quien no quisieron tener cuenta? ¿Cuántas laceran en extrema pobreza porque no atendieron a la guarda de sus haciendas, o por mejor decir, porque fueron la perdición y la polilla dellas? Ello es así, que no hay cosa más rica ni más feliz que la buena mujer, ni peor ni más desastrada que la casada que no lo es.

Y lo uno y lo otro nos enseña la Sagrada Escriptura. De la buena dice así (Eclo., 26): «El marido de la mujer buena es dichoso, y vivirá doblados días, y la mujer de valor pone en su marido descanso, y cerrará los años de su vida con paz». (Eclo., 36) «La mujer buena es suerte buena, y como premio de los que temen a Dios, la dará Dios al hombre por sus buenas obras. El bien de la mujer diligente deleitará a su marido y hinchirá de grosura sus huesos. Don grande de Dios es el trato bueno suyo; bien sobre bien y hermosura sobre hermosura es una mujer que es sancta y honesta. Como el sol que nasce parece en las alturas del cielo, así el rostro de la buena adorna y hermosea su casa». Y de la mala dice, por contraria manera. (Prov., 19): «La celosa es dolor de corazón y llanto contino, y el tratar con la mala es tratar con los escorpiones. Casa que se llueve es la mujer rencillosa, y lo que turba la vida es casarse con una aborrescible. [La tristeza del corazón es la mayor herida, y la maldad de la mujer es todas las maldades. Toda llaga, y no llaga de corazón; todo mal, y no mal de mujer. No hay cabeza peor que la cabeza de la culebra, ni ira que iguale a la de la mujer enojosa. Vivir con leones y con dragones es más pasadero que hacer vida con la mujer que es malvada. Todo mal es pequeño en comparación de la mala; a los pecadores les caiga tal suerte. Cual es la subida arenosa para los pies ancianos, tal es para el modesto la mujer deslenguada. Quebranto de corazón y llaga mortal es la mala mujer. Cortamiento de piernas y descaimiento de manos es la mujer que no da placer a su marido. La mujer dio principio al pecado, y por su causa morimos todos».] Y por esta forma otras muchas razones.

Y acontece en esto una cosa maravillosa, que, siendo las mujeres de su cosecha gente de gran pundonor y apetitosas de ser preciadas y honradas, como lo son todos los de ánimo flaco, y gustando de vencerse entre sí unas a otras, aun en cosas menudas y de niñería, no se precian, antes se descuidan y olvidan de lo que es su propria virtud y loa. Gusta una mujer de parecer más hermosa que otra, y aun si su vecina tiene mejor basquiña, o si por ventura saca mejor invención de tocado, no lo pone a paciencia; y si en el ser mujer de su casa le hace ventaja, no se acuita ni se duele, antes hace caso de honra sobre cualquier menudencia, y sólo aquesto no estima. Como sea así que el ser vencida en aquello no le daña, y el no vencer en esto la destruye, y con ser así que aquello no es culpa, y aquesto destruye todo el bien suyo y de su casa; y con ser así que el loor que por aquello se alcanza es ligero y vano loor, y loor que antes que nazca perece, y tal, que, si hablamos con verdad, no merece ser llamado loor; y por el contrario, la alabanza que por esto se consigue es alabanza maciza y que tiene verdaderas raíces, y que florece por las bocas de los buenos juicios, y que no se acaba con la edad, ni con el tiempo se gasta, antes con los años cresce, y la vejez la renueva, y el tiempo la esfuerza, y la eternidad se espeja en ella, y la envía más viva siempre y más fresca por mil vueltas de siglos. Porque a la buena mujer su familia la reverencia, y sus hijos la aman, y su marido la adora, y los vecinos la bendicen, y los presentes y los venideros la alaban y ensalzan.

Y a la verdad, si hay debajo de la luna cosa que merezca sea estimada y preciada, es la mujer buena, y en comparación della el sol mismo no luce, y son escuras las estrellas, y no sé yo joya de valor ni de loor que ansí levante y hermosee con claridad y resplandor a los hombres, como es aquel tesoro de inmortales bienes de honestidad, de dulzura, de fe, de verdad, de amor, de piedad y regalo, de gozo y de paz, que encierra y contiene en sí una buena mujer cuando se la da por compañera su buena dicha. Que si Eurípides, escriptor sabio, parece que a bulto dice de todas mal, y dice que si alguno de los pasados dijo mal dellas, y de los presentes lo dice, o si lo dijeren los que vinieren después, todo lo que dijeron y dicen y dirán, él solo lo quiere decir y dice; así que, si esto dice, no lo dice en su persona, y la que lo dice tiene justa desculpa en haber sido Medea la ocasión que lo dijese.

Mas, ya que habemos llegado aquí, razón es que callen mis palabras, y que comiencen a sonar las del Espíritu Sancto. El cual, en la doctrina de las buenas mujeres que pone en los Proverbios, y yo ofrezco agora aquí a Vuestra Merced, comienza destos mismos loores en que ya agora acabo, y dice en pocas razones lo que ninguna lengua pudiera decir en muchas: y dice esta manera:

¿Quién hallará mujer de valor? Raro y extremado es su precio.

Pero, antes que comencemos, nos conviene presuponer que, en este capítulo, el Espíritu Sancto así es verdad que pinta una buena casada, declarando las obligaciones que tiene, que también dice y significa, y como encubre, debajo desta pintura cosas mayores y de más alto sentido, que pertenescen a toda la Iglesia. Porque se ha de entender que la Sagrada Escriptura, que es habla de Dios, es como una imagen de la condición y naturaleza de Dios; y así como la divinidad es juntamente una perfectión sola y muchas perfectiones diversas, una en sencillez, y muchas en valor y eminencia, así la Sancta Escriptura por unas mismas palabras dicen muchas y diferentes razones, y, como lo enseñan los sanctos, en la sencillez de una misma sentencia encierra gran preñez de sentidos. Y como en Dios todo lo que hay es bueno, así en su Escriptura todos los sentidos que puso en ella el Espíritu Sancto son verdaderos. Por manera que el seguir el un sentido, no es desechar el otro, ni menos el que, en estas Sagradas Letras, entre muchos y verdaderos entendimientos que tienen, descubre el uno dellos y le declara, no por eso ha de ser tenido por hombre que desecha los otros entendimientos.

Pues digo que en este capítulo, Dios, por la boca de Salomón, por unas mismas palabras hace dos cosas. Lo uno, instruye y ordena las costumbres; lo otro, profetiza misterios secretos. Las costumbres que ordena, son de la casada; los misterios que profetiza son el ingenio, y las condiciones que había de poner en su Iglesia, de quien habla como en figura de una mujer de su casa. En esto postrero, da luz a lo que se ha de creer; en lo primero, enseña lo que se ha de obrar. Y porque aquesto sólo es lo que hace agora a nuestro propósito, por eso hablaremos dello aquí solamente, y procuraremos cuanto nos fuere posible sacar a luz y poner como delante de los ojos todo lo que hay en esta imagen de virtud que pinta Dios aquí.

Dice, pues:


ArribaAbajo[I]

Mujer de valor, ¿quién la hallará?
Raro y extremado es su precio.



Propone luego al principio aquello de que ha de decir, que es la doctrina de una mujer de valor, esto es, de una perfecta casada, y loa lo que propone, o, por mejor decir, propone loándolo, para despertar desde luego y encender en ellas aqueste deseo honesto y virtuoso. Y porque tuviese mayor fuerza el encarescimiento, pónelo por vía de pregunta, diciendo: «Mujer de valor, ¿quién la hallará?». Y en preguntarlo y decirlo así, dice que es dificultoso el hallarla, y que son pocas las tales. Y así, la primera loa que da a la buena mujer, es decir della que es cosa rara, que es lo mismo que llamarla preciosa y excelente cosa, y digna de ser muy estimada, porque todo lo raro es precioso.

Y que sea aqueste su intento, por lo que luego añade se vee: «Alejado y extremado, dice, es su precio». O, como dice el original en el mismo sentido: «Más y allende, y muy alejado sobre las piedras preciosas, el precio suyo». De manera que el hombre que acertare con una mujer de valor, se puede desde luego tener por rico y dichoso, entendiendo que ha hallado una perla oriental, o un diamante finísimo, o una esmeralda, o otra alguna piedra preciosa de inestimable valor.

Así que ésta es la primera alabanza de la buena mujer, decir que es dificultosa de hallar. Lo cual, así es alabanza de las buenas, que es aviso para conoscer generalmente la flaqueza de todas. Porque no sería mucho ser una buena si hubiese muchas buenas, o si en general no fuesen muchos sus siniestros malos. Los cuales son tantos, a la verdad, y tan extraordinarios y diferentes entre sí, que, con ser un linaje y especie, parecen de diversas especies. Que, como burlando en esta materia, o fue Focílides o fue Simónides, el que lo solía decir: en ellas solas se veen el ingenio y las mañas de todas las suertes de cosas, como si fueran de su linaje; que unas hay cerriles y libres como caballos, y otras resabidas como raposas, otras ladradoras, otras mudables a todos colores, otras pesadas, como hechas de tierra. Y por esto, la que entre tantas diferencias de mal acierta a ser buena, merece ser alabada mucho.

Mas veamos por qué causa el Espíritu Sancto a la buena mujer la llama mujer de valor, y después veremos con cuánta propriedad la compara y antepone a las piedras preciosas. Lo que aquí decimos mujer de valor, (y pudiéramos decir mujer varonil, como Sócrates acerca de Jenofón, llama a las casadas perfectas), así que esto que decimos varonil o valor, en el original es una palabra de grande significación y fuerza, y tal, que apenas con muchas nuestras se alcanza todo lo que significa. Quiere decir virtud de ánimo y fortaleza de corazón, industria y riquezas, y poder y aventajamiento, y finalmente, un ser perfecto y cabal en aquellas cosas a quien esta palabra se aplica. Y todo esto atesora en sí la que es buena mujer, y no lo es si no lo atesora. Y para que entendamos que es esto verdad, la nombró el Espíritu Sancto con este nombre, que encierra en sí tanta variedad de tesoro. Porque, como la mujer sea de su natural flaca y deleznable más que ningún otro animal, y de su costumbre e ingenio una cosa quebradiza y melindrosa, y como la vida casada sea vida subjecta a muchos peligros, y donde se ofrescen cada día trabajos y dificultades muy grandes, y vida ocasionada a continuos desabrimientos y enojos, y, como dice Sant Pablo, vida adonde anda el ánimo y el corazón dividido y como enajenado de sí, acudiendo agora a los hijos, agora al marido, agora a la familia y hacienda, para que tanta flaqueza salga con victoria de contienda tan dificultosa y tan larga, menester es que la que ha de ser buena casada esté cercada de un tan noble escuadrón de virtudes, como son las virtudes que habemos dicho y las que en sí abraza la propriedad de aquel nombre. Porque lo que es harto para que un hombre salga bien con el negocio que emprende, no es bastante para que una mujer responda como debe a su oficio y cuanto el subjecto es más flaco, tanto para arribar con una carga pesada tiene necesidad de mayor ayuda y favor. Y como, cuando en una materia dura y que no se rinde al hierro ni al arte, vemos una figura perfectamente esculpida, decimos y conoscemos que era perfecto y extremado en su oficio el artífice que la hizo, y que con la ventaja de su artificio venció la dureza no domable del subjecto duro, así, y por la misma manera, el mostrarse una mujer la que debe, entre tantas ocasiones y dificultades de vida, siendo de suyo tan flaca, es clara señal de un caudal de rarísima y casi heroica virtud. Y es argumento evidente que, cuanto en la naturaleza es más flaca, tanto se adelanta y aventaja más en el valor del ánimo. Y esta misma es la causa también por donde, como lo vemos por la experiencia, y como la historia nos lo enseña en no pocos ejemplos, cuando alguna mujer acierta a señalarse en algo de lo que es de loor, vence en ello a muchos hombres de los que se dan a lo mismo. Porque cosa de tan poco ser como es esto que llamamos mujer, nunca ni emprende ni alcanza cosa de valor ni de ser, si no es porque la inclina a ello, y la despierta y alienta, alguna fuerza de increíble virtud que, o el cielo ha puesto en su alma, o algún don de Dios singular. Que, pues vence su natural, y sale como río de madre, debemos necesariamente entender que tiene en sí grandes acogidas de bien.

Por manera que con grandísima verdad y significación de loor, el Espíritu Sancto a la mujer buena no la llamó como quiera buena, ni dijo o preguntó: ¿Quién hallará una buena mujer?, sino llamola mujer de valor, y usó en ello de una palabra tan rica y tan significante como es la original que dijimos, para decirnos que la mujer buena es más que buena, y que esto que nombramos bueno es una medianía de hablar, que no allega a aquello excelente que ha de tener y tiene en sí la buena mujer. Y que, para que un hombre sea bueno, le basta un bien mediano, mas en la mujer ha de ser negocio de muchos y muy subidos quilates, porque no es obra de cualquier oficial, ni lance ordinario, ni bien que se halla a doquiera, sino artificio primo y bien incomparable, o, por mejor decir, un amontonamiento de riquísimos bienes.

Y éste es el primer loor que le da el Espíritu Sancto, y con éste viene como nascido el segundo, que es compararla a las piedras preciosas. En lo cual, como en una palabra, acaba de decir cabalmente todo lo que en esto de que vamos hablando se encierra. Porque, así como el valor de la piedra preciosa es de subido y extraordinario valor, así el bien de una buena tiene subidos quilates de virtud; y como la piedra preciosa en sí es poca cosa, y, por la grandeza de la virtud secreta, cobra precio, así lo que en el subjecto flaco de la mujer pone estima de bien, es grande y raro bien; y como en las piedras preciosas la que no es muy fina no es buena, así en las mujeres no hay medianía, ni es buena la que no es muy buena.

Y de la misma manera que es rico un hombre que tiene una preciosa esmeralda o un rico diamante, aunque no tenga otra cosa, y el poseer estas piedras no es poseer una piedra, sino poseer en ella un tesoro abreviado, así una buena mujer no es una mujer, sino un montón de riquezas, y quien la posee es rico con ella sola, y sola ella le puede hacer bienaventurado y dichoso. Y del modo que la piedra preciosa se trae en los dedos, y se pone delante los ojos, y se asienta sobre la cabeza para hermosura y honra della, y el dueño tiene allí juntamente arreo en la alegría y socorro en la necesidad, ni más ni menos a la buena mujer el marido la ha de querer más que a sus ojos, y la ha de traer sobre su cabeza, y el mejor lugar del corazón dél ha de ser suyo, o, por mejor decir, todo su corazón y su alma. Y ha de entender que en tenerla, tiene un tesoro general para todas las diferencias de tiempos, y que es varilla de virtud, como dicen, que en toda sazón y coyuntura responderá con su gusto y le hinchirá su deseo, y que en la alegría tiene en ella compañía dulce con quien acrescentará su gozo, comunicándolo, y en la tristeza amoroso consuelo, y en las dudas consejo fiel, y en los trabajos regalo, y en las faltas socorro, y medicina en las enfermedades, acrescentamiento para su hacienda, guarda de su casa, maestra de sus hijos, provisora de sus excesos; y finalmente, en las veras y burlas, en lo próspero y adverso, en la edad florida y en la vejez cansada, y por el proceso de toda la vida, dulce amor, y paz, y descanso.

Hasta aquí llegan las alabanzas que da Dios a aquesta mujer. Veamos agora lo que después desto se sigue:




ArribaAbajo[II]

Confía en ella el corazón de su marido;
no le harán mengua los despojos.



Después que ha propuesto el subjecto de su razón y nos ha aficionado a él, alabándolo, comienza a especificar las buenas partes dél y aquello de que se compone y perficiona, para que, asentando los pies las mujeres en aquestas pisadas, y siguiendo estos pasos, lleguen a lo que es una perfecta casada. Y porque la perfectión del hombre, en cualquier estado suyo, consiste principalmente en el bien obrar, por eso el Espíritu Sancto no pone aquí por partes desta perfectión de que habla sino solamente las obras loables a que está obligada la casada que pretende ser buena.

Y la primera es que ha de engendrar en el corazón de su marido una gran confianza. Pero es de ver cuál sea y de qué esta confianza que dice; porque pensarán algunos que es la confianza que ha de tener el marido de su mujer, que es honesta; y aunque es verdad que con su bondad la mujer ha de alcanzar de su marido esta buena opinión, pero, a mi parecer, el Espíritu Sancto no trata aquí dello, y la razón por que no la trata es justísima. Lo primero, porque su intento es componernos aquí una casada perfecta, y el ser honesta una mujer no se cuenta ni debe contar entre las partes de que esta perfectión se compone, sino antes es como el subjecto sobre el cual todo este edificio se funda, y, para decirlo en una palabra, es como el ser y la substancia de la casada; porque, si no tiene esto, no es ya mujer, sino alevosa ramera y vilísimo cieno, y basura la más hedionda de todas y la más despreciada. Y como en el hombre, ser dotado de entendimiento y razón, no pone en él loa, porque tenerlo es su propia naturaleza, mas si le faltase por caso, el faltarle pondría en él mengua grandísima, así la mujer no es tan loable por ser honesta, cuanto es torpe y abominable si no lo es. De manera que el Espíritu Sancto en este lugar no dice a la mujer que sea honesta, sino presupone que ya lo es, y, a la que así es, enséñale lo que le falta y lo que ha de añadir para ser acabada y perfecta. Porque, como arriba dijimos, esto todo que aquí se refiere es como hacer un retrato o pintura, adonde el pintor no hace la tabla, sino, en la tabla que le ofrecen y dan pone él los perfiles e induce después los colores, y levantando en sus lugares las luces, y abajando las sombras adonde conviene, trae a debida perfectión su figura. Y por la misma manera, Dios, en la honestidad de la mujer, que es como la tabla, la cual presupone por hecha y derecha, añade ricas colores de virtud, todas aquellas que son necesarias para acabar una tan hermosa pintura. Y sea esto lo primero.

Lo segundo, porque no habla aquí Dios de lo que toca a esta fe, es porque quiere que este negocio de honestidad y limpieza lo tengan las mujeres tan asentado en su pecho, que ni aun piensen que puede ser lo contrario. Y como dicen de Solón, el que dio leyes a los atenienses, que, señalando para cada maleficio sus penas, no puso castigo para el que diese muerte a su padre, ni hizo memoria deste delicto, porque dijo que no convenía que tuviesen por posible los hombres, ni por acontecedero, un mal semejante, así por la misma razón no trata aquí Dios con la casada que sea honesta y fiel porque no quiere que le pase aun por la imaginación que es posible ser mala. Porque, si va a decir la verdad, ramo de deshonestidad es en la mujer casta el pensar que puede no serlo, o que en serlo hace algo que le deba ser agradescido. Que, como a las aves les es naturaleza el volar, así las casadas han de tener por dote natural, en que no puede haber quiebra, el ser buenas y honestas, y han de estar persuadidas que lo contrario es suceso aborrescible y desventurado, y hecho monstruoso, o, por mejor decir, no han de imaginar que puede suceder lo contrario, más que ser el fuego frío o la nieve caliente. Entendiendo que el quebrar la mujer a su marido la fe, es perder las estrellas su luz, y caerse los cielos, y quebrantar sus leyes la naturaleza, y volverse todo en aquella confusión antigua y primera.

Ni tampoco ha de ser esto, como algunas lo piensan, que, con guardar el cuerpo entero al marido, en lo que toca a las pláticas y a otros ademanes y obrecillas menudas, se tienen por libres: porque no es honesta la que no lo es y lo parece. Y cuanto está lejos del mal, tanto de la imagen o semeja dél ha de estar apartada; porque, como dijo bien un poeta latino, aquella sola es casta en quien ni la fama mintiendo osa poner mala nota. Y, cierto, como al que se pone en el camino de Sanctiago, aunque allá no llegue, ya le llamamos romero, así sin duda es principiada ramera la que se toma licencia para tratar destas cosas que son el camino.

Pero, si no es esto, ¿qué confianza es la de que Dios habla en este lugar? En lo que luego dice se entiende, porque añade: «No le harán mengua los despojos». Llama despojos lo que en español llamamos alhajas y aderezo de casa, como algunos entienden, o, como tengo por más cierto, llama despojos las ganancias que se adquieren por vía de mercancías. Porque se ha de entender que los hombres hacen renta y se sustentan y viven, o de la labranza del campo, o del trato o contratación con otros hombres. La primera manera de renta es ganancia inocente y sancta ganancia, porque es puramente natural, así porque en ella el hombre come de su trabajo, sin que dañe ni injurie, ni traiga a costa o menoscabo a ninguno, como también porque, en la manera como a las madres es natural mantener con leche a los niños que engendran, y aun a ellos mismos, guiados por su inclinación, les es también natural el acudir luego a los pechos; así nuestra naturaleza nos lleva e inclina a sacar de la tierra, que es madre y engendradora nuestra común, lo que conviene para nuestro sustento. La otra ganancia y manera de adquirir, que saca fructo y se enriquesce de las haciendas ajenas, o con voluntad de sus dueños, como hacen los mercaderes y los maestros y artífices de otros oficios, que venden sus obras, o por fuerza y sin voluntad, como acontesce en la guerra, es ganancia poco natural y adonde las más veces interviene alguna parte de injusticia y de fuerza, y ordinariamente dan con desgusto y desabrimiento aquello que dan las personas con quien se granjea. Por lo cual todo lo que en esta manera se gana es en este lugar llamado despojos por conveniente razón. Porque, de lo que el mercader hinche su casa, el otro que contrata con él queda vacío y despojado, y, aunque no por vía de guerra, pero como en guerra, y no siempre muy justa.

Pues dice agora el Espíritu Sancto que la primera parte y la primera obra con que la mujer casada se perficiona, es con hacer a su marido confiado y seguro que, teniéndola a ella, para tener su casa abastada y rica no tiene necesidad de correr la mar, ni de ir a la guerra, ni de dar sus dineros a logro, ni de enredarse en tratos viles e injustos, sino que, con labrar él sus heredades, cogiendo su fructo, y con tenerla a ella por guarda y por beneficiadora de lo cogido, tiene riqueza bastante. Y que pertenezca al oficio de la casada, y que sea parte de su perfectión, aquesta guarda e industria, demás de que el Espíritu Sancto lo enseña, también lo demuestra la razón. Porque cierto es que la naturaleza ordenó que se casasen los hombres, no sólo para fin que se perpetuase en los hijos el linaje y nombre dellos, sino también a propósito de que ellos mismos en sí y en sus personas se conservasen; lo cual no les era posible, ni al hombre sólo por sí ni a la mujer sin el hombre; porque para vivir no basta ganar hacienda, si lo que se gana no se guarda; que, si lo que se adquiere se pierde, es como si no se adquiriese.

Y el hombre que tiene fuerzas para desvolver la tierra y para romper el campo, y para discurrir por el mundo y contratar con los hombres, negociando su hacienda, no puede asistir a su casa, a la guarda della, ni lo lleva su condición; y al revés, la mujer que, por ser de natural flaco y frío, es inclinada al sosiego y a la escasez, y es buena para guardar, por la misma causa no es buena para el sudor y trabajo del adquirir. Y así, la naturaleza, en todo proveída, los ayuntó, para que prestando cada uno dellos al otro su condición, se conservasen juntos los que no se pudieran conservar apartados. Y, de inclinaciones tan diferentes, con arte maravillosa, y como se hace en la música con diversas cuerdas, hizo una provechosa y dulce armonía, para que, cuando el marido estuviese en el campo, la mujer asista a la casa y conserve y endure el uno lo que el otro cogiere. Por donde dice bien un poeta que los fundamentos de la casa son la mujer y el buey: el buey para que are, y la mujer para que guarde.

Por manera que su misma naturaleza hace que sea de la mujer este oficio, y la obliga a esta virtud y parte de su perfectión, como a parte principal y de importancia. Lo cual se conosce por los buenos y muchos efectos que hace; de los cuales es uno el que pone aquí Salomón, cuando dice que confía en ella el corazón de su marido, y que no le harán mengua los despojos. Que es decir, que con ella se contenta con la hacienda que heredó de sus padres, y con la labranza y fructos della, y que ni se adeuda, ni menos se enlaza con el peligro y desasosiego de otras granjerías y tratos, que, por doquiera que se mire, es grandísimo bien. Porque, si vamos a la consciencia, vivir uno de su patrimonio es vida inocente y sin pecado, y los demás tratos por maravilla carecen dél. Si al sosiego, el uno descansa en su casa, el otro lo más de la vida vive en los mesones y en los caminos. La riqueza del uno no ofende a nadie, la del otro es murmurada y aborrescida de todos. El uno come de la tierra, que jamás se cansa ni enoja de comunicarnos sus bienes; al otro desámanle esos mismos que le enriquescen. Pues si miramos la honra, cierto es que no hay cosa ni más vil ni más indigna del hombre que el engañar y el mentir, y cierto es que por maravilla hay trato destos que carezca de engaño.

¿Qué diré de la institución de los hijos, y de la orden de la familia, y de la buena disposición del cuerpo y del ánimo, sino que todo va por la misma manera? Porque necesaria cosa es que quien anda ausente de su casa halle en ella muchos desconciertos, que nascen y crescen y toman fuerzas con la ausencia del dueño; y forzoso es, a quien trata de engañar, que le engañen, y que, a quien contrata y se comunica con gentes de ingenio y de costumbres diversas, se le apeguen muchas malas costumbres. Mas, al revés, la vida del campo y el labrar uno sus heredades es una como escuela de inocencia y verdad; porque cada uno aprende de aquellos con quien negocia y conversa. Y como la tierra en lo que se le encomienda es fiel, y en el no mudarse es estable y clara, y abierta en brotar afuera y sacar a luz sus riquezas, y para bien hacer liberal y bastescida, así parece que engendra e imprime en los pechos de los que la labran una bondad particular y una manera de condición sencilla, y un trato verdadero y fiel, y lleno de entereza y de buenas y antiguas costumbres, cual se halla con dificultad en las demás suertes de hombres. Allende de que los cría sanos y valientes, y alegres y dispuestos para cualquier linaje de bien.

Y de todos estos provechos, la raíz de donde nascen y en que se sustentan, es la buena guarda e industria de la mujer que decimos. Mas es de ver en qué consiste esta guarda. Consiste en dos cosas: en que no sea costosa, y en que sea hacendosa. Y digamos de cada una por sí. No ha de ser costosa ni gastadora la perfecta casada, porque no tiene para qué lo sea; porque todos los gastos que hacemos son para proveer o a la necesidad o al deleite; para remediar las faltas naturales con que nascemos, de hambre y desnudez, o para bastecer a los particulares antojos y sabores que nosotros nos hacemos por nuestro vicio. Pues a las mujeres, en lo uno la naturaleza les puso muy grande tasa, y en lo otro las obligó a que ellas mismas se la pusiesen. Que, si decimos verdad y miramos lo natural, las faltas y necesidades de las mujeres son mucho menores que las de los hombres; porque, lo que toca al comer, es poco lo que les basta, por razón de tener menos calor natural, y así es en ellas muy feo ser golosas o comedoras. Y ni más ni menos, cuanto toca al vestir, la naturaleza las hizo por una parte ociosas, para que rompiesen poco, y por otra aseadas, para que lo poco les luciese mucho. Y las que piensan que a fuerza de posturas y vestidos han de hacerse hermosas, viven muy engañadas porque la que lo es, revuelta lo es, y la que no, de ninguna manera lo es ni lo parece, y, cuando más se atavía, es más fea. Mayormente que la buena casada, de quien vamos tratando, cualquiera que ella sea, fea o hermosa, no ha de querer parecer otra de lo que es, como se dirá en su lugar. Así que, cuanto a lo necesario, la naturaleza libró de mucha costa a las mujeres.

Y, cuanto al deleite y antojo, las ató con muy estrechas obligaciones, para que no fuesen costosas. Y una dellas es el encogimiento y modestia y templanza que deben a su natural; que, aunque el desorden y demasía, y el dar larga rienda al vano y no necesario deseo, es vituperable en todo linaje de gentes, en el de las mujeres, que nascieron para subjectión y humildad, es mucho más vicioso y vituperable. Y con ser esto así, no sé en qué manera acontece que, cuanto son más obligadas a tener este freno, tanto, cuando le rompen, se desenfrenan más que los hombres y pasan la raya mucho más, y no tiene tasa ni fin su apetito.

Y así, sea ésta la segunda causa que las obliga a ser muy templadas en los gastos de sus antojos, porque, si comienzan a destemplarse, se destemplan sin término, y son como un pozo sin suelo, que nada les basta, y como una carcoma, que de contino roe, y como una llama encubierta, que se enciende sin sentir por la casa y por la hacienda, hasta que la consume. Porque no es gasto de un día el suyo, sino de cada día; ni costa que se hace una vez en la vida, sino que dura por toda ella; ni son, como suelen decir, muchos pocos, sino muchos y muchos. Porque, si dan en golosear, toda la vida es el almuerzo y la merienda, y la huerta y la comadre, y el día bueno; y, si dan en galas, pasa el negocio de pasión y llega a increíble desatino y locura, porque, hoy un vestido y mañana otro, y cada fiesta con el suyo; y lo que hoy hacen, mañana lo deshacen, y cuanto veen, tanto se les antoja. Y aun pasa más adelante el furor, porque se hacen maestras e inventoras de nuevas invenciones y trajes, y hacen honra de sacar a luz lo que nunca fue visto. Y como todos los maestros gustan de tener discípulos que los imiten, ellas son tan perdidas, que, en viendo en otras sus invenciones, las aborrescen, y estudian y se desvelan por hacer otras. Y cresce la frenesía más, y ya no les place tanto lo galano y hermoso, como lo costoso y preciado, y ha de venir la tela de no sé dónde, y el brocado de más altos, y el ámbar, que bañe el guante y la cuera, y aun hasta el zapato, el cual ha de relucir en oro también, como el tocado, y el manteo ha de ser más bordado que la basquiña, y todo nuevo, y todo reciente, y todo hecho de ayer, para vestirlo hoy y arrojarlo mañana. Y, como los caballos desbocados, cuando toman el freno, cuanto más corren, tanto van más desapoderados, y como la piedra que cae de lo alto, que cuanto más desciende, tanto más se apresura, así la sed déstas cresce en ellas con el beber, y un gran desatino y exceso que hacen les es principio de otro mayor, y, cuando más gastan, tanto les aplace más el gastar.

Y aún hay en ello otro daño muy grande, que los hombres, si les acontesce ser gastadores, las más veces lo son en cosas, aunque no necesarias, pero duraderas o honrosas, o que tienen alguna parte de utilidad y provecho, como los que edifican sumptuosamente y los que mantienen grande familia, o como los que gustan de tener muchos caballos; mas el gasto de las mujeres es todo en el aire: el gasto muy grande y aquello en que se gasta, ni vale ni luce: en volantes, y en guantes, y en pebetes, y cazoletas, y azabaches y vidrios y musarañas, y en otras cosillas de la tienda, que, ni se pueden ver sin asco, ni menear sin hedor. Y muchas veces no gasta tanto un letrado en sus libros, como alguna dama en enrubiar los cabellos. Dios nos libre de tan gran perdición.

Y no quiero ponerlo todo a su culpa, que no soy tan injusto; que gran parte de aquesto nasce de la mala paciencia de sus maridos. Y pasara yo agora la pluma a decir algo dellos, si no me detuviera la compasión que les he; porque, si tienen culpa, pagan la pena della con las setenas.

Pues no sea la perfecta casada costosa, ni ponga la honra en gastar más que su vecina, sino tenga su casa más bien abastada que ella y más reparada, y haga con su aliño y aseo que el vestido antiguo le esté como nuevo, y que, con la limpieza, cualquiera cosa que se pusiere le parezca muy bien, y el traje usado y común cobre de su aseo della no usado ni común parecer. Porque el gastar en la mujer es contrario de su oficio, y demasiado para su necesidad, y para los antojos vicioso y muy torpe, y negocio infinito que asuela las casas y empobrece a los moradores, y los enlaza en mil trampas, y los abate y envilece por diferentes maneras.

Y a este mismo propósito es y pertenece lo que se sigue:




ArribaAbajo[III]

Pagole con bien, y no con mal,
todos los días de su vida.



Que es decir que ha de estudiar la mujer, no en empeñar a su marido y meterle en enojos y cuidados, sino en librarle dellos y en serle perpetua causa de alegría y descanso. Porque, ¿qué vida es la de aquel que vee consumir su patrimonio en los antojos de su mujer, y que sus trabajos todos se los lleva el río, o por mejor decir, al albañar, y que, tomando cada día nuevos censos, y cresciendo de contino sus deudas, vive vil, esclavo, aherrojado del joyero y del mercader?

Dios, cuando quiso casar al hombre, dándole mujer, dijo (Gén., 2): «Hagámosle un ayudador su semejante», de donde se entiende que el oficio natural de la mujer, y el fin para que Dios la crio, es para que sea ayudadora del mando y no su calamidad y desventura, ayudadora, y no destruidora; para que le alivie de los trabajos que trae consigo la vida casada, y no para que añada nuevas cargas; para repartir entre sí los cuidados, y tomar ella su parte, y no para dejarlos todos al miserable, mayores y más acrescentados. Y, finalmente, no las crio Dios para que sean rocas donde quiebren los maridos y hagan naufragio de las haciendas y vidas, sino para puertos deseados y seguros en que, viniendo a sus casas, reposen y se rehagan de las tormentas de negocios pesadísimos que corren fuera dellas. Y así como sería cosa lastimera si aconteciese a un mercader que, después de haber padescido navegando grandes fortunas, y después de haber doblado muchas puntas, y vencido muchas corrientes, y navegado por muchos lugares no navegados y peligrosos, habiéndole Dios librado de todos, y viniendo ya con su nave entera y rica, y él gozoso y alegre para descansar en el puerto, quebrase en él y se anegase, así es lamentable miseria la de los hombres que bracean y forcejan todos los días contra las corrientes de los trabajos y fortunas desta vida, y se vadean en ellas, y en el puerto de sus casas perecen; y les es la guarda destruición, y el alivio mayor cuidado, y el sosiego olas de tempestad, y el seguro y el abrigo, Escila y Caribdis, y peñasco áspero y duro.

Por donde lo justo y lo natural es que cada uno sea aquello mismo para que es, y que la guarda sea guarda, y el descanso paz, y el puerto seguridad, y la mujer dulce y perpetuo refrigerio y alegría de corazón, y como un halago blando que continuamente esté trayendo la mano, y enmollesciendo el pecho de su marido, y borrando los cuidados dél. Y, como dice Salomón: Hale de pagar bien, y no mal, todos los días de su vida. Y dice, no sin misterio, que le ha de pagar bien, para que se entienda que no es gracia y liberalidad este negocio, sino justicia y deuda que la mujer al marido debe, y que su naturaleza cargó sobre ella, criándola para este oficio, que es agradar y servir, y alegrar y ayudar en los trabajos de la vida y en la conservación de la hacienda a aquel con quien se desposa; y que como el hombre está obligado al trabajo del adquirir, así la mujer tiene obligación al conservar y guardar; y que aquesta guarda es como paga y salario que de derecho se debe a aquel servicio y sudor; y que como él está obligado a llevar las pesadumbres de fuera, así ella le debe sufrir y solazar cuando viene a su casa, sin que ninguna excusa la desobligue.

Bien a propósito desto es el ejemplo que Sant Basilio trae, y lo que acerca dél dice: «La víbora, dice, animal ferocísimo entre las sierpes, va diligente a casarse con la lamprea marina; llegada, silva, como dando señas de que está allí, para desta manera atraerla de la mar a que se abrace maridablemente con ella. Obedece la lamprea, y júntase con la ponzoñosa fiera sin miedo. ¿Qué digo en esto? ¿Qué? Que por más áspero y de más fieras condiciones que el marido sea, es necesario que la mujer le soporte, y que no consienta por ninguna ocasión que se divida la paz. ¡Oh! ¿Que es un verdugo? ¡Pero es tu marido! ¿Es un beodo? Pero el ñudo matrimonial le hizo contigo uno. ¡Un áspero, un desapacible! Pero miembro tuyo ya, y miembro el más principal. Y, porque el marido oiga lo que le conviene también: la víbora entonces, teniendo respecto al ayuntamiento que hace, aparta de sí su ponzoña, ¿y tú no dejarás la crueza inhumana de tu natural, por honra del matrimonio?». Esto es de Basilio.

Y demás desto, decir Salomón que la buena casada paga bien, y no mal, a su marido, es avisarle a él que, pues ha de ser paga, lo merezca él primero, tratándola honrada y amorosamente. Porque, aunque es verdad que la naturaleza y estado pone obligación en la casada, como decimos, de mirar por su casa y de alegrar y descuidar continuamente a su marido, de la cual ninguna mala condición dél la desobliga, pero no por eso han de pensar ellos que tienen licencia para serles leones y para hacerlas esclavas; antes, como en todo lo demás es la cabeza el hombre, así todo este trato amoroso y honroso ha de tener principio del marido; porque ha de entender que es compañera suya, o, por mejor decir, parte de su cuerpo, y parte flaca y tierna, y a quien por el mismo caso se debe particular cuidado y regalo. Y esto Sant Pablo, o en Sant Pablo Jesucristo, lo manda así, y usa mandándolo de aquesta misma razón, diciendo (I Cor., 13): «Vosotros los maridos, amad a vuestras mujeres y, como a vaso más flaco, poned más parte de vuestro cuidado en honrarlas y tratarlas bien. Porque, así como a un vaso rico y bien labrado, si es de vidrio, le rodeamos de vasera, y como en el cuerpo vemos que a los miembros más tiernos y más ocasionados para recebir daño, la naturaleza los dotó de mayores defensas, así en la casa a la mujer, como a parte más flaca, se le debe mejor tratamiento. Demás de que el hombre, que es la cordura, y el valor, y el seso y el maestro, y todo el buen ejemplo de su casa y familia, ha de haberse con su mujer como quiere que ella se haya con él, y enseñarle con su ejemplo lo que quiere que ella haga con él mismo, haciendo que de su buena manera dél y de su amor aprenda ella a desvelarse en agradarle. Que, si el que tiene más seso y corazón más esforzado, y sabe condescender en unas cosas y llevar con paciencia algunas otras, en todo, con razón, y sin ella, quiere ser impaciente y furioso, ¿qué maravilla es que la flaqueza y el poco saber y el menudo ánimo de la mujer dé en ser desgraciado y penoso?

Y aún ay en esto otro inconveniente mayor, que, como son pusilánimes las mujeres de su cosecha, y poco inclinadas a las cosas que son de valor, si no las alientan a ellas, cuando son maltratadas y tenidas en poco de sus maridos, pierden el ánimo más y descáenseles las alas del corazón, y no pueden poner ni las manos ni el pensamiento en cosa que buena sea: de donde vienen a cobrar siniestros vilísimos. Y de la manera que el agricultor sabio, a las plantas que miran y se inclinan al suelo, y que si las dejasen, se tenderían rastrando por él, no las deja caer, sino con horquillas y estacas que les arrima las endereza y levanta, para que crezcan al cielo, ni más ni menos el marido cuerdo no ha de oprimir ni envilescer con malas obras y palabras el corazón de la mujer, que es caedizo y apocado de suyo, sino al revés, con amor y con honra la ha de levantar y animar, para que siempre conciba pensamientos honrosos. Y pues la mujer, como arriba dijimos, se dio al hombre para alivio de sus trabajos, y para reposo y dulzura y regalo, la misma razón y naturaleza pide que sea tratada dél dulce y regaladamente. Porque ¿a dó se consiente que desprecie ninguno a su alivio, ni que enoje a su descanso, ni que traiga guerra perpetua y sangrienta con lo que tiene nombre y oficio de paz? O ¿en qué razón se permite que esté ella obligada a pagarle servicio y contento, y que él se desobligue de merecérselo? Pues adéudelo él y páguelo ella porque se lo debe, y aunque no lo deba lo pague; porque, cuando él no lo supiere adeudar, lo que debe a Dios, y a su oficio, pone sobre ella esta deuda de agradar siempre a su marido, guardando su persona y su casa, y no siéndole, como arriba está dicho, costosa y gastadora, que es la primera de las dos cosas en que, como dijimos, consiste esta guarda.

Y contentándonos con lo que della habemos escripto, vengamos agora a la segunda, que es el ser hacendosa, a lo cual pertenesce lo que Salomón añade, diciendo:




ArribaAbajo[IV]

Buscó lana y lino,
y obró con el saber de sus manos.



No dice que el marido le compró lino para que ella labrase, sino que ella lo buscó, para mostrar que la primera parte de ser hacendosa es que sea aprovechada, y que, de los salvados de su casa, y de las cosas que sobran y que parecen perdidas, y de aquello de que no hace cuenta el marido, haga precio ella, para proveerse de lino y de lana, y de las demás cosas que son como éstas, las cuales son como las armas y el campo adonde descubre su virtud la buena mujer. Porque, ajuntando su artificio ella, y ayudándolo con la vela e industria suya y de sus criadas, sin hacer nueva costa y como sin sentir, cuando menos pensare, hallará su casa abastada y llena de riquezas.

Pero dirán por ventura las señoras delicadas de agora que esta pintura es grosera, y que aquesta casada es mujer de algún labrador, que hila y teje, y mujer de estado diferente del suyo, y que así no habla con ellas. A lo cual respondemos que esta casada es el perfecto dechado de todas las casadas, y la medida con quien, así las mayores como las de menores estados, se han de ajustar, cuanto a cada una le fuere posible; y es como el padrón desta virtud, al cual la que más se avecina es más perfecta. Y bastante prueba dello es que el Espíritu Sancto, que nos hizo y nos conosce, queriendo enseñar a la casada su estado, la pinta desta manera.

Mas porque quede más entendido, tomemos el agua de su principio y digamos así. Tres maneras de vidas son en las que se reparten y a las que se reducen todas las maneras de viviendas que hay entre los que viven casados; porque, o labran la tierra, o se mantienen de algún trato y oficio, o arriendan sus haciendas a otros y viven ociosos del fructo dellas. Y así, una manera de vida es la de los que labran, y llamémosla vida de labranza; y otra la de los que tratan, y llamémosla vida de contratación; y la tercera de los que comen de sus tierras, pero labradas con el sudor de los otros, y tenga por nombre vida descansada. A la vida de labranza pertenece, no sólo el labrador que con un par de bueyes labra su pegujar, sino también los que con muchas yuntas y con copiosa y gruesa familia, rompen los campos y apacientan grandes ganados. La otra vida, que dijimos de contratación, abraza al tratante pobre, y al mercader grueso, y al oficial mecánico, y al artífice y al soldado, y finalmente, a cualquiera que vende o su trabajo, o su arte, o su ingenio. La tercera vida, ociosa, el uso la ha hecho propria agora de los que se llaman nobles, y caballeros, y señores, los que tienen o renteros o vasallos de donde sacan sus rentas.

Y si alguno nos preguntare cuál de estas tres vidas sea la más perfecta y mejor vida, decimos que la de la labranza es la primera y la verdadera; y que las demás dos, por la parte que se avecinan con ella y en cuanto le parecen, son buenas, y según que della se desvían, son peligrosas. Porque se ha de entender que, en esta vida primera, que decimos de labranza, hay dos cosas, ganancia y ocupación; la ganancia es inocente y natural, como arriba dijimos, y sin agravio o desgusto ajeno; la ocupación es loable y necesaria, y maestra de toda virtud. La segunda vida, de contratación, se comunica con ésta en lo segundo, porque es también vida ocupada como ella, y esto es lo bueno que tiene; pero diferénciase de lo primero, que es la ganancia, porque la recoge de las haciendas ajenas, y las más veces con desgusto de los dueños dellas, y pocas veces sin alguna mezcla de engaño. Y así, cuanto a esto, tiene algo de peligro y es menos bien reputada. En la tercera y última vida, si miramos a la ganancia, cuasi es lo mismo que la primera; a lo menos nascen ambas a dos de una misma fuente, que es la labor de la tierra, dado que, cuando llega a los de la vida que llamamos ociosa, por parte de los mineros por donde pasa, cobra algunas veces algún mal color del arrendamiento y del rentero, y de la desigualdad que en esto suele haber, pero al fin, por la mayor parte y cuasi siempre, es ganancia y renta segura y honrada, y por esta parte aquesta tercera vida es buena vida; pero, si atendemos a la ocupación, es del todo diferente de la primera, porque aquélla es muy ocupada, y ésta es muy ociosa, y por la misma causa muy ocasionada a daños y males gravísimos.

De manera que lo perfecto y lo natural, en esto de que vamos hablando, es el trato de la labranza. Y pudiera yo aquí agora extender la pluma alabándola, mas dejarelo por no olvidar mi propósito, y porque es negocio sentenciado ya por los sabios antiguos, y que ha pasado en cosa juzgada su sentencia, y también porque, a los que sabemos que Dios puso al hombre en esta vida, y no en otra, cuando le crio, y antes que hubiese pecado, y cuando más le regalaba y quería, bástanos esto para saber que, de todas las maneras de vivir sobredichas, es aquésta la más natural y la mejor.

Pues dejando aquesto por cosa asentada, añadimos, prosiguiendo adelante, que, en todas las cosas que son de un mismo linaje y que comunican en una misma razón, si acontece que entre ella haya grados de perfectión diferentes, y que aquello mismo que todas tienen, esté en unas más entero y en otras menos, la razón pide que la más aventajada y perfecta sea como regla y dechado de las demás, que es decir que todas han de mirar a la más aventajada, y avecinarse más a ella cuanto les fuere posible. Y que, la que más se le allegare será de mejor suerte. Claro ejemplo tenemos desto en las estrellas y en el sol, los cuales todos son cuerpos llenos de luz, y el sol tiene más que ninguno dellos y él es el más lucido y resplandesciente, y así es el que tiene la presidencia en la luz, y a quien todas las cosas lucidas miran y siguen, y de quien cogen sus luces, tanto más cada una cuanto se le acerca más.

Pues digo agora que, como entre todas las suertes de vivir de los hombres casados, tenga el más alto y perfecto grado de seguridad y bien la labranza, y sea ella como está concluido, la medida y la regla que han de seguir, y el dechado que han de imitar, y el blanco adonde han de mirar, y a quien se han de hacer vecinas las demás suertes cuanto pudieren, no convenía en ninguna manera que el Espíritu Sancto, que pretende poner aquí una que sea como dechado de las casadas, pusiese o una mercadera, mujer de los que viven de contratación, o una señora regalada y casada con un ocioso caballero, porque la una y la otra suerte son suertes imperfectas y menos buenas, y por la misma causa inútiles para ser puestas por ejemplo general y por dechado; sino escogió la mejor suerte, y hizo una pintura de perfecta mujer en ella, y púsola como delante de los ojos a todas las mujeres así a las que tienen aquella condición de vida, como a las de diferentes estados para que fuese común a todas: a las del mismo estado, para que se ajustasen del todo con ella, y a las de otra manera, para que se le acercasen y hiciesen semejantes cuanto les fuese posible. Porque, aunque no sea de todas el lino y la lana, y el huso y la tela, y el velar sobre sus criadas, y el repartirles las tareas y las raciones, pero en todas hay otras cosas que se parecen a éstas y que tienen parentesco con ellas, y en que han de velar y se han de remirar las buenas casadas con el mismo cuidado que aquí se dice. Y a todas, sin que haya en ello excepción, les está bien y les pertenece, a cada una en su manera, el no ser perdidas y gastadoras, y el ser hacendosas y acrescentadoras de sus haciendas. Y si el regalo y el mal uso de agora ha persuadido que el descuido y el ocio es parte de nobleza y de grandeza, y si las que se llaman señoras hacen estado de no hacer nada y de descuidarse de todo, y si creen que la granjería y la labranza es negocio vil y contrario de lo que es señorío, es bien que se desengañen con la verdad.

Porque si volvemos los ojos atrás y tendemos la vista por los tiempos pasados, hallaremos que, siempre que reinó la virtud, la labranza y el reino anduvieron hermanados y juntos; y hallaremos que el vivir de la granjería de su hacienda era vida usada y que les acarreaba reputación a los príncipes y grandes señores. Abraham, hombre riquísimo y padre de toda la verdadera nobleza, rompió los campos; y David, rey invencible y glorioso, no sólo antes del reino apascentó las ovejas pero, después de rey, los pechos de que se mantenía eran sus labranzas y sus ganados. Y de los romanos, señores del mundo, sabemos que del arado iban al consulado, que es decir al mando y gobierno de toda la tierra, y volvían del consulado al arado. Y si no fuera ésta vida de nobles, y no sólo usada y tratada por ellos, sino también debida y conveniente a los mismos, nunca el poeta Homero en su poesía, que fue imagen viva de lo que a cada una persona y estado convino, introdujera a Helena, reina noble, que, cuando salió a ver a Telémaco asentada en su cadira, una doncella suya le pone al lado en un rico canastillo copos de lana ya puestos a punto para hilar, y husadas ya hiladas, y la rueca para que hilase. Ni en el palacio de Alcinoo, príncipe de su pueblo riquísimo, de cient damas que tenía en su servicio, hiciera, como hace, hilanderas a las cincuenta. Y la tela de Penélope, princesa de Ítaca, y su tejer y destejer, no la fingiera el juicio de un tan grande poeta, si la tela y el urdir fuera ajeno de las mujeres principales. Y Plutarco escribe que en Roma a todas las mujeres, por mayores que fuesen, cuando se casaban y cuando las llevaba el mando a su casa, a la primera entrada della y como en el umbral, les tenían, como por ceremonia necesaria, puesta una rueca, para que lo que primero viesen al entrar de su casa, les fuese aviso de aquello en que se habían de emplear en ella siempre.

Pero ¿qué es menester traer ejemplos tan pasados y antiguos, y poner delante los ojos lo que, de muy apartado, cuasi se pierde de vista? Sin salir de nuestras casas, dentro en España, y casi en la edad de nuestros abuelos, hallamos claros ejemplos de esta virtud, [como de la Reina Católica, doña Isabel, princesa bienaventurada, se lee]. Y si las que se tienen agora por tales y se llaman duquesas y reinas no se persuaden bien por razón, hagan experiencia dello por algún breve tiempo, y tomen la rueca, y armen los dedos con la aguja y dedal, y cercadas de sus damas, y en medio dellas, hagan labores ricas con ellas, y engañen algo de la noche con este ejercicio, y húrtense al vicioso sueño, para entender en él, y ocupen los pensamientos mozos de sus doncellas en estas haciendas, y hagan que, animadas con el ejemplo de la señora, contiendan todas entre sí, procurando de aventajarse en el ser hacendosas; y cuando para el aderezo o provisión de sus personas y casas no les fuere necesaria aquesta labor (aunque ninguna casa hay tan grande ni tan real, adonde semejantes obras no traigan honra y provecho), pero, cuando no para sí, háganlo para remedio y abrigo de cient pobrezas y de mil necesidades ajenas.

Así que, traten las duquesas y las reinas el lino, y labren la seda, y den tarea a sus damas, y pruébense con ellas en estos oficios, y pongan en estado y honra aquesta virtud; que yo me hago valiente de alcanzar del mundo que las loe, y de sus maridos, los duques y reyes, que las precien por ello y que las estimen; y aún acabaré con ellos que, en pago deste cuidado, las absuelvan de otros mil importunos y memorables trabajos con que atormentan sus cuerpos y rostros, y que las excusen y libren del leer en los libros de caballerías, y del traer el soneto y la canción en el seno, y del billete, y del donaire de los recaudos, y del terrero, y del sarao, y de otras cient cosas deste jaez, aunque nunca las hagan.

Por manera que la buena casada, en este artículo de que vamos hablando de ser hacendosa y casera, ha de ser, o labradora, en la forma que dicho es, o semejante a labradora todo cuanto pudiere. Y porque del ser hacendosa decíamos que era la primera parte ser aprovechada, y que por esta causa Salomón no dijo que el marido le compraba lino a esta mujer, sino que ella lo buscaba y compraba, es de advertir lo que en esto acontece, que algunas, ya que se disponen a ser hacendosas, por faltarles esta parte de aprovechadas, son más caras y más costosas labrando, que antes eran desaprovechadas holgando; porque, cuanto hacen y labran ha de venir todo de casa del joyero y del mercader, o fiado o comprado a mayores precios, y quiere la ventura después que, habiendo venido mucho del oro y mucha de la seda y aljófar, para todo el artificio y trabajo en un arañuelo de pájaros, o en otra cosa semejante de aire. Pues a estas tales mándenles sus maridos que descansen y huelguen, o ellas lo harán sin que se lo manden, porque muy menos malas son para el sueño que para el trabajo y la vela; que lo casero y lo hacendoso de una buena mujer, gran parte dello consiste en que ninguna cosa de su casa quede desaprovechada, sino que todo cobre valor, y crezca en sus manos, y que, como sin saber de qué, se haga rica y saque tesoro, a manera de decir, de entre las barreduras de su portal. Y si el descender a cosas menudas no fuera hacer particular esta doctrina que el Espíritu Sancto quiso que fuese general y común, yo trujera agora a vuestra merced por toda su casa y en cada uno de los rincones della dijera lo que hay de provecho: mas vuestra merced lo sabe bien y lo hace mejor, y las que se aplican a esta virtud, de sí mismas lo entienden; como, al revés las que son perdidas y desaprovechadas, por más que se les diga, nunca lo aprenden.

Pero veamos lo que después de aquesto se sigue:




ArribaAbajo[V]

Fue como navío de mercader,
que de lueñe trae su pan.



Pan llama la Sagrada Escriptura a todo aquello que pertenece y ayuda a la provisión de nuestra vida. Pues compara a esta su casada, Salomón, a un navío de mercader, bastescido y rico. En lo cual hermosa y eficazmente da a entender la obra y el provecho desto que tratamos y llamamos casero y hacendoso en la mujer. La nao, lo uno corre la mar por diversas partes, pasa muchos senos, toca en diferentes tierras y provincias, y en cada una dellas coge lo que en ellas hay bueno y barato, y, con sólo tomarlo en sí y pasarlo a su tierra, le da mayor precio, y dobla y tresdobla la ganancia. Demás desto, la riqueza que cabe en una nao y la mercadería que abarca, no es riqueza la que basta a un hombre solo o a un género de gente particular, sino es provisión entera para una ciudad, y para todas las diferencias de gentes que hay en ella; trae lienzos, y sedas, y brocados, y piedras ricas, y obras de oficiales hermosas, y de todo género de bastimentos, y de todo gran copia.

Pues esto mismo acontece a la mujer casera, que, como la nave corre por diversas tierras buscando ganancia, así ella ha de rodear de su casa todos los rincones, y recoger todo lo que pareciere estar perdido en ellos, y convertirlo en utilidad y provecho, y tentar la diligencia de su industria, y como hacer prueba della, así en lo menudo como en lo granado. Y, como el que navega a las Indias, de las agujas que lleva, y de los alfileres, y de otras cosas de aqueste jaez, que acá valen poco y los indios las estiman en mucho, trae rico oro y piedras preciosas, así esta nave que vamos pintando ha de convertir en riqueza lo que pareciere más desechado, y convertirlo sin parecer que hace algo en ello, sino con tomarlo en la mano y tocarlo, como hace la nave, que, sin parecer que se menea, nunca descansa, y cuando los otros duermen, navega ella y acrescienta con sólo mudar el aire el valor de lo que recibe; y así, la hacendosa mujer estando asentada, no para, durmiendo, vela, y ociosa, trabaja, y cuasi sin sentir cómo o de qué manera, se hace rica.

Visto habrá Vuestra Merced alguna mujer como ésta, y dentro de su casa debe haber no pequeño ejemplo de aquesta virtud. Pero si no quiere acordarse de sí, y quiere ver con cuánta propriedad y verdad es nao la casera, ponga delante los ojos una mujer que rodea su casa, y que de lo que en ella parece perdido hace dinero, y compra lana y lino, y junto con sus criadas lo adereza y lo labra; y verá que, estándose sentada con sus mujeres, volteando el huso en la mano y contando consejas, como la nave, que, sin parecer que se muda, va navegando, y pasando un día y sucediendo otro, y viniendo las noches, y amanesciendo las mañanas, y corriendo como sin menearse la obra, se teje la tela, y se labra el paño, y se acaban las ricas labores, y, cuando menos pensamos, llenas las velas de prosperidad, entra esta nuestra nave en el puerto, y comienza a desplegar sus riquezas, y sale de allí el abrigo para los criados, y el vestido para los hijos, y la galas suyas, y los arreos para su marido, y las camas ricamente labradas, y los atavíos para las paredes y salas, y los labrados hermosos, y el abastescimiento de todas las alhajas de casa, que es un tesoro sin suelo.

Y dice Salomón que trae esta nave de lueñe su pan, porque, si Vuestra Merced coteja el principio desta obra con el fin della, y mide bien los caminos por donde se viene a este puerto, apenas alcanzará cómo se pudo llegar a él, ni cómo fue posible, de tan delgados y apartados principios, venirse a hacer después un tan caudaloso río. Mas pasemos a lo que después desto se sigue:



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