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Un gran número de románticos españoles se adhirieron con entusiasmo a la teoría que estuvo en boga desde finales del XVII sobre el origen vegetal y orgánico del arte gótico. De esta manera se recogía el simbolismo religioso de los templos druídicos de los bosques dentro de las catedrales góticas. Los árboles del bosque sagrado se convertirían en los pilares de la iglesia y las ramas entrecruzadas en las ojivas. La teoría cobró fuerza en nuestro país con la obra de Isidoro Bosarte, Viaje artístico a varios pueblos de España (1804). Entre los escritores que defendieron con más contumacia esta interpretación se cuentan Pablo Piferrer y José Amador de los Ríos. (Véase Panadero Peropadre: 1994) La decoración semivegetal del pórtico gótico de Ribera parece influida por esta teoría.

 

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Navarrete Martínez (1999) relata pormenorizadamente la historia de la Academia de San Femando en la primera mitad del XIX, que es, al mismo tiempo, la historia de las maniobras, las intrigas y la conquista del poder de José de Madrazo. Por cierto que entre los colaboradores habituales de Madrazo en la Academia de San Fernando están varios de los retratados en las páginas del Artista: Juan Nicasio Gallego, Esteban de Ágreda, José Álvarez Cubero, Juan Miguel Inclán Valdés, Isidro González Velázquez...

 

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Para un análisis de la obsesión erótica romántica por la mujer, doliente enferma o moribunda, de blancas vestiduras véase Rodríguez Gutiérrez (2004: 252-258)

 

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A este respecto ni deja de ser significativo que en 1846, con los Madrazo gozando de un poder consolidado en la Academia, haya en la misma dieciséis profesores de pintura: diez en la sección de pintura de historia (entre los que están José de Madrazo, Federico de Madrazo, Juan de Ribera, Carlos L. de Ribera y Valentín Carderera) y sólo cuatro de paisaje y costumbres (Navarrete Martínez: 1999: 61 y nota 22).

 

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Tanto el cuento de Ochoa como la litografía de Ribera, acusan la influencia de la célebre balada Lenore de Gottfried Burger. Lenore es una obra de culto y referencia para todos los románticos del continente y una de las obras de recepción más amplia y rápida del XIX europeo, recepción a la que se han dedicado varios estudios (Juretschke: 1975-1976; Escobar: 1989 y Roas: 2006:128-131). Escrita en 1774, se publicaron al menos treinta versiones en inglés antes de 1892. En francés se realizaron aún más y es de destacar que cinco de ellas se deben al mismo autor, Gerard de Nerval, totalmente obsesionado con el poema. La balada cuenta la espera de Lenore a su amado Wilhelm, que no regresa a ella tras finalizar la Guerra de los Siete años. Por fin una noche llega Wilhelm, en un negro caballo y cubierto por una negra armadura. Wilhelm invita a Lenore a subirse a su caballo para casarse antes de que termine la noche y emprende con ella a la grupa una vertiginosa cabalgada en la que susurra incesantemente, «los muertos van de prisa». La cabalgada termina en un cementerio, donde fantasmas de todas clases salen a recibir a Wilhelm, que no es sino un esqueleto. En Luisa, relato que publicó Ochoa años después, en Miscelánea de literatura, viajes y novelas (1867) con el título de Hilda, la cabalgada termina, en la boca de una cueva, con la revelación de la condición de Arturo, y la huida de Luisa al interior de la caverna. Allí descubre el cadáver de Arturo, a quien llora su madre, una ondina. El cuento puede consultarse, en la versión que apareció en El Artista en Rodríguez Gutiérrez (2008: 243-249). Un excelente análisis del relato en Beser (1997).