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(Fragmento) «Cubre, ¡Oh Zeus!, tu cielo / con nebuloso velo / y ejerce como el joven / que cardos coge, / en las cimas del roble y del monte, / mas déjame a mí mi tierra / sí, déjame estar, / y mi cabaña, que tú no edificaste / y mi hogar / cuya lumbre / ¡Tú me envidias!»
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2
En 1891, se publicó el folleto Filipinas: Problema fundamental por Fr. Salvador Font, agustino ex párroco de Tondo en Manila. El folleto es un alegato en contra del Noli me tangere y de la comunidad filipina y a favor de la unidad e integridad españolas que siente amenazadas. «El arsenal de las armas que se esgrimen hoy contra España, contra la Administración, contra el ejército y la Armada, contra los frailes y contra la raza española en fin, y todo lo que puede rebajar a los españoles, está en el Noli me tangere; es la nueva biblia de esos ilustrados escritores filipinos, con cuyos textos e ideas falsean con el mayor descaro la opinión pública en los más trascendentales asuntos»
(Font, 12). Este tipo de críticas sin embargo servían de propaganda a la obra de Rizal.
3
«Las publicaciones de Vicente Barrantes y Pablo Feced contribuyeron a alimentar estas ideas de la incapacidad del pueblo filipino, y Emilia Pardo Bazán las recogió y reforzó ofreciéndoles su apoyo en la revista El nuevo teatro crítico»
(Álvarez Tardío, 135).
4
Por ejemplo, el impertinente comentario del Padre Dámaso en el capítulo XXXIV, «desde que el canal de Suez se ha abierto, la corrupción ha venido acá»
. La construcción del canal se inició en 1859 y se finalizó en 1867.
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«Tales circunstancias fueron posibles porque, en 1809, tras la invasión napoleónica de España, la Junta Suprema y Gubernativa de Estado e Indias, en un intento por mantener unido el imperio, decretó la igualdad de todos los españoles de ambos hemisferios, lo cual conllevó el derecho de los ultramarinos a participar en los órganos de gobierno y representación. [...] Filipinas sólo tuvo representación en las Cortes en tres ocasiones, en 1812,1820 y en 1835»
(María Dolores Elizalde Pérez-Grueso, 53-54).
6
«La historia para los románticos no es tanto una ciencia como una religión, y desde esta perspectiva la cultura decimonónica europea es, por encima de cualquier otro aspecto, una cultura de mitos, y la historia su justificación. Enfrentado el problema de legitimidad abierto por las nuevas revoluciones burguesas, los románticos parecen hacer suya la idea de Maistre de que a una constitución se la puede obedecer, pero no adorar; y que sin adoración no hay cohesión social posible»
(Pérez Vejo 189).