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ArribaAbajoUn viaje de novios

La noble y vieja señora recibió a Sigüenza en su salita de labor.

Las sillas, los escabeles y el estrado eran de rancia caoba, vestidos de grana; los cuadros, apagados; las paredes, blancas. Era un aposento abacial.

Delante de la butaca de la dama había un alto brasero resplandeciente; y entre el follaje de azófar se veía arder, retorciéndose, una mondadura de lima. La olorosa tibieza de la sala daba una dulce sensación de intimidad, de recogimiento de casa abastada y sencilla. Así lo notaría la señora, porque luego de contemplar el moblaje, la alfombra, y de mirarse el viejo y rico jubón de terciopelo que traía, y sus botas de paño, puso la mirada en la copa de fuego, y suspirando dijo:

-¡Nada nos falta para nuestro abrigo! ¿No debemos estar alabando siempre a Dios, que nos libra de la miseria de tantos desventurados que irán de camino y no tienen pan ni leña?

Y la señora pidió su mantón de lana, como si ya sintiese el fino de los menesterosos.

No pueden negarse los sentimientos de piedad de esta dama, y aun creo que ni de ella ni de nadie. El Señor puso la lastima en todos los corazones. Todos nos afligimos por las ajenas miserias, y tanto, que hasta se nos incorpora el frío de los desnudos y hemos de pedir un mantón más para cubrirnos.

La señora estaba verdaderamente entristecida de compasión. En lo hondo del silencio se oía el grave pulso de un viejo reloj de pesas.

La esquilita del portal sonó alborozadamente. Acudió la criada, y unas voces de júbilo les quitaron de sus compungidos pensamientos.

Pasó un matrimonio mozo, nuevecito; hasta por sus ropas se descubría lo reciente del desposorio.

La novia era sobrina de la señora, y entre las dos hubo muchos y dulces requiebros porque la tía encomiaba la hermosura y elegancia de la gentil casada y ésta no se hartaba de bendecir a Dios hallando a la señora tan buena y más joven que antes de sus bodas; hasta los mitones le parecían primorosos, eran de sarao.

-¡Si son los mismos de todos los inviernos! -le dijo sonriendo la dama.

-¿Aquellos de color de aceituna partida? Pues ella los veía ahora más lindos.

El marido, la tía, la criada, sonreían oyendo a esta criatura que hablaba con viveza mimosa de niña. «¡Señor, así hablaría antes!», se dijo Sigüenza, y reparó que también sonreía.

El marido apenas balbució algunas palabras de asentimiento y complacencia; toda su alma estaba colgada de la encendida boca de la donosa mujer.

Era un mozallón colorado, de pupilas asombradizas de niño gordo. Olía a piel de guante. Los guantes se le notaban mucho, aunque recatase sus manazas en los bolsillos; los guantes y sus zapatos de charol. ¡Cuánto charol!, pensaba Sigüenza mirándole los pies con mucha ternura.

Es que un trozo grande de la alfombra relumbraba por aquellos zapatones de filisteo, de filisteo calzado de charol.

Entre tanto, la esposa hablaba insaciablemente de las tiendas, de las iglesias, de los tranvías y automóviles de Madrid; de lo mucho que se ensucian los cuellos y las botas en aquellas calles.

Entonces el esposo interrumpió:

-Todos los dueños de los salones «limpiabotas» son riquísimos. ¡Bueno, son sociedades muy fuertes!

-¿Es posible, Dios mío? -prorrumpió admirada la señora.

Se lo confirmó Sigüenza.

Después, la novia contó de Barcelona. ¡Qué grande era! Y la estatua de Colón, ¡qué altísima! Calculaba que en el índice de Cristóbal Colón cabía su marido.

La señora y su fámula quedaron espantadas.

Sigüenza dijo que todo era verdad, o que podía serlo; y vio al mozo sacando su frente de tozudo por la uña del índice de bronce.

En aquel punto del relato, sonó la esquilita de la cancela; y a poco apareció un buen hombre calvo y enlutado, rico y autor de folletos financieros, seguido de un matrimonio devoto, contertulio de la señora. Y apenas escucharon que la sobrina contaba su viaje de bodas, sonrieron tiernamente. No hacían sino sonreír.

Ahora dijo la novia que se angustiaba recordando el viaje de regreso de Barcelona. Ya estaban cuatro en el vagón; y cuando se prometían regocijados que no subirían más viajeros, aparecieron otros tres.

¡Siete! Y casi todos rollizos y con impedimenta copiosa; los atadijos de las mantas y pieles tuvieron que rodarlos bajo los asientos.

Habían ya cerrado la portezuela; era llegada la hora de la partida. De súbito óyese una voz de ansiedad. Todos se asomaron; y a lo último del andén vieron un hombre que gritaba y alzaba sus manos pidiendo un instante de retardo al cielo y al maquinista. Y no rogaba para él, sino para un viajero bajito y ancho, y todavía más rebultado por un recio abrigo velludo y por bufandas grandísimas y una gorra hirsuta y enorme como la cabeza de un oso.

Caminaba despacio, muy penosamente. Y llegados a los vagones, al acompañante de este pobre hombre le plugo elegir el departamento de los novios. Se quedaron aterrados; pero, luego buscaron los mejores sitios.

-¿Qué habíamos de hacer? -exclamó el marido.

Todos dijeron que: -¡Claro!

Sentose el advenedizo, cayendo, entrando como una cuña en el asiento frontero de los novios. El que le asistía le puso un frasco de medicina en cada faltriquera del gabán; pidió que le atendiesen, que le socorriesen si fuese menester, pues con senas manifestaba que el «nuevo» padecía un grave mal, y finalmente dijo que hiciesen la caridad de darle de aquellos tarros de dos en dos horas. Y con estas razones y algunas palabras de gratitud, hizo un saludo y desapareció.

Salió el tren, perdiéndose en la negra noche de la vía.

El «intruso» tenía los ojos cerrados, la boca anhelante, las manos cruzadas crispadamente; y el bazuqueo de la marcha le obligaba a tambalearse como un costal, y su cráneo se caía sobre los hombros.

Todos le miraban y se miraban con angustia, esperando su muerte.

Y si alguna vez abría sus pobres ojos, entonces los viajeros se estremecían de espanto como si el desgraciado fuese la misma muerte que se complacía en mirarles; una muerte gorda, hinchada, tocada con un pellejo de fiera.

La novia se atrevió a inclinarse sobre el oído del esposo; y éste sobre el del camarada vecino; y así fueron murmurándose que era llegado el instante de hacerle beber del frasco del bolsillo izquierdo. Y nadie osaba acercarse al enfermo. Finalmente, los que estaban a sus costados y los novios le aplicaron la droga a los labios, y el brebaje se le derramó por la barba sudada, por el pecho, por las rodillas. Parpadeó el enfermo, y quedó más postrado que antes.

-¡Qué miedo, Dios mío! -suspiró la novia para descansar.

Y los que la escuchaban sonreían de su miedo.

Avanzaba la noche y el tren.

Y un viajero, después de mirar su reloj, avisó a sus camaradas que otra vez habían de darle de beber al enfermo. Le remediaron y también el pobre hombre abrió sus hondos ojos y mirándoles quería decirles su gratitud y padecimiento.

¡Se morirá, se morirá esta noche! -pensaban todos estremeciéndose dentro de la suave tibieza de sus abrigos y acomodándose para dormir. ¡Si se muriese sin que ellos presenciasen su agonía! Y cerraban con fuerza los párpados para no verla y para dormir. ¡Daba una lástima!

Pasó mucho tiempo. La novia se aterraba notando la quietud y el respirar sosegado de los demás. ¡Ella sola velaba! Y escondió su graciosa cabeza en el pecho del marido. Es que parecía que una mano del enfermo intentaba subir, subir buscando sus bolsillos. No podía. Abrió los ojos mirando con angustia a los viajeros. La mano volvió a caer pesadamente.

Vino el día. Entraba el sol regocijando el coche. Era una mañana gloriosa; olían delirantemente los naranjos de la tuerta valenciana. Y todas las manos se apresuraron a dar la medicina al enfermo. Pero, estaba muerto. ¡Qué cara tan hinchada, y de color de ceniza!

-¿Y hay familias, Señor, que dejen viajar a los suyos de esta manera? -exclamaron adolecidas y espantadas las señoras.

El arbitrista calvo y enlutado dijo:

-Yo de las familias no hablaré, porque cada casa es un mundo; pero, y las autoridades, ¿cómo consienten las autoridades que viajen los muertos?

Y el novio añadió:

-Yo, la verdad, desconfiaba de él; a veces hay ladrones de trenes que se disfrazan de enfermos.

-¡Jesús! -suspiró la señora tía contemplando amorosamente a la sobrina, imaginándola, por fin, libre de un grave riesgo.

Y balbució ella:

-¿Y no sería aquél un mal hombre?

Todos se apresuraron a sosegarla; y sonreían valerosamente.

-Por fortuna -murmuró el calvo caballero-, aquel hombre murió de veras, y no hay que pensar en que tuviese usted ningún peligro.

-¡Es verdad! -exclamaron los novios.

Durante largo tiempo se quedaron todos mirando las hermosas resplandecencias de los zapatos de charol.

1908.




ArribaAbajoLos almendros y el acanto

Estaba el huerto todavía blando, redundado del riego de la pasada tarde; y el sol de la mañana se entraba deliciosamente en la tierra agrietada por el tempero.

En los macizos ya habían florecido los pensamientos, las violetas y algunos alhelíes; las pomposas y rotundas matas de las margaritas comenzaban a nevarse de blancas estrellas; los sarmientos de los rosales rebrotaban doradamente; los tallos de las clavellinas engendraban los apretados capullos, y todo estaba lleno y rumoroso de abejas.

Por encima de los almendros asomaba la graciosa y gentil ondulación de los collados, en cuyas umbrías las nieves postreras iban derritiéndose.

Los almendros ya verdeaban; tenían el follaje nuevo, tan tierno, que sólo tocándolo se deshacía en jugos; y tan claro, que se recortaba, se calaba en el cielo como una blonda, y permitía que se viera todo el bello dibujo de los brazos de las ramas, las briznas, los nudos. Comenzaba a salir de la flor el almendruco apenas cuajado, de corteza velludita, aterciopelada.

Con la boca arrancó Sigüenza uno de estos frutos recientes, chiquitines, y se le fundió en ácida frescura deliciosa.

Todo el almendro parecía ofrecérsele en su sabor.

Lo fue aspirando mirándolo; y vio los restos de muchas flores muertas, las huellas de muchas almendras malogradas.

Estos árboles impacientes, ligeros, frágiles, exquisitos, dejan una espiritualidad, una melancolía sutil en el paisaje, y traen a nuestra alma la inquietud que inspiran algunos niños delgaditos, pálidos, de mirada honda y luminosa, que hacen temer más la muerte...

¿Por qué florecen estos árboles tan temprano? ¿No parece que voluntariamente se ofrezcan al sacrificio, que quieran consolar al hombre enseñándole que han de quemarse y deshojarse muchas ansias antes de que cuaje la deliciosa fruta del alcanzado bien?...

Andando por lo más recatado y húmedo del huerto, halló Sigüenza una mata de acanto abierta anchamente, de hojas carnosas, gruesas, cruzadas por recios nervios y recortadas con fiereza. Tocándola, parecía recogerse la interior circulación de su vida.

Del centro ya prorrumpía el cogollo de la espiga. Imaginativamente se colocaba en medio el cestillo de la leyenda, y luego se veían también enroscadas las azagayas de las hojas, hasta formar el capitel corintio.

Cortó Sigüenza las dos más hermosas y cabales para clásico ornamento del búcaro de su mesa.

Y salió del jardín.

A poco hallole un buen nombre, mercader de curtidos; se quedó mirando el acanto cortado, y después le preguntó si padecía mal de estómago.

-¿Mal de estómago? -dijo todo pasmado Sigüenza.

-Pues eso que usted trae, ¿no es hierba carnera que se da para esos dolores?

Sonrió Sigüenza indulgentemente. ¡Hierba carnera el acanto! Y siguió el camino hacia la ciudad contemplando la planta arquitectónica, como si quisiera rendirle un amoroso desagravio. Pronunciaba «acanto, acanto», y la dorada Grecia se le presentaba dulce y risueña delante de su alma y de la planta; pero al lado, la voz del mercader de curtidos repetía: hierba carnera.

Pasaba un amigo, hombre aficionado a curiosidades como el famoso estudiante que don Quijote tomó por guía para visitar la cueva de Montesinos.

-¿Conoces esta mata? -le preguntó Sigüenza.

-Creo que sí.

La estuvo mirando y palpando, y dijo:

-Es medicinal; muy buena contra los vicios de la sangre.

Después, un abogado le advirtió que su mujer cocía la misma hierba con gordolobo, y que esa fusión muy caliente hacía sudar los romadizos.

-¡Pero si esto es acanto! -prorrumpió con altivez Sigüenza.

-¿Acanto?... Acanto... ¿Y qué?

Cuando Sigüenza llegó a su estudio, y hundió los zumosos tallos de las hojas en la renovada agua de su vaso de flores, parece que se preguntó desconfiadamente: -¿Será hierba carnera?

...En la soledad de la noche, oyendo el manso latido del Mediterráneo enjoyado y blanco de luna como el velo de una novia, trabajó Sigüenza. Tuvo un instante angustioso de desaliento; pero recordó el sacrificio de las ramas floridas de los almendros, sufridas, abnegadas y hermosas como almas. Siguió trabajando... Y en la soledad, en su afanoso recogimiento, la mata carnera fue acanto perenne, glorificado por la noble gracia legendaria.

1906.




ArribaAbajoEl señor de los ataques

Don Claudio era alto y de entonada presencia. Vestía atildadamente; se teñía la barba y el cabello sin ningún designio falaz, porque sabía que todos lo sabían; calzaba zapatos que relumbraban como cristales; se sacaba los puños para mirarse los orientes de sus perlas en el inmaculado blancor; se miraba, también muy complacido, la punta doblada de su pañuelo de seda, caída dulcemente sobre el pecho, insignia ésta de singular y primorosa elegancia de don Claudio, porque muchos pretendieron traer así el pañizuelo, y después de afanosos dobleces habían de sepultar avergonzados todas las marchitas puntas en lo más hondo del alto bolsillo. No podían imitarle.

Don Claudio sonreía al hablar, al destocarse delante de las damas, y enseñaba unos dientes apretadísimos, limpios y menudos, de doncellita. Frecuentaba los estrados femeninos, y, aunque ruinoso, todavía le tuviera por la flor de la cortesía el mismo conde Baltasar de Casteglione.

Sin embargo, las madres de hijas doncellonas murmuraron con aspereza del caballero: «Este hombre, ¿qué pensamientos tiene?».

Pero cuando se les acercaba el gentil don Claudio, tan pulcro, tan exquisito y fragante de discretas esencias y de olor de ricos roperos, y les ofrecía una de sus galanas finezas, entonces aquellas señoras tornábanse blandas y ruborosas y parecían jovencitas, envueltas en la emoción melancólica del pasado.

...Y una noche, en la soledad de su casa, padeció don Claudio un ataque hemipléjico.

-¡Ese hombre en manos de criados! -dijeron adolecidas las señoras.

Y las hijas mustias de doncellez, bajaban la mirada, se mordían el labio un poquitín desdeñosas, ladeaban la cabeza, dábanse con el abanico unos golpecitos en el liso regazo. ¡Acaso no se buscó él mismo la desgracia de su abandono!

Pasó tiempo; y don Claudio salió. Tenía un párpado caído; había de remolcarse una pierna; agarrábase su diestra tan fuertemente al puño de oro de su bastón que se le señalaba un recio trenzado de nervios y de venas...

¡Oh, la mano patricia y ligera que traía el bastón como un tirso, era ya una raíz, y la otra le colgaba como un guante vacío!

Le blanqueaba la barba y el cabello; su habla era espesa y trabajosa. Pero aun se oían con agrado sus donaires y requiebros que picaban blandamente.

Y de esta triste manera iba a su corrillo del casino; no perdía agasajo, fiesta ni pésame de las casas principales; vagaba por los paseos mirándose la punta del pañolito de seda y mirándose la sombra de su derribada figura.

Sigüenza decía: -¡El pobre don Claudio se morirá muy pronto! ¿Qué hace ya don Claudio?

Otra noche repitiole el ataque.

-¡No lo resistirá! -comentaban todos. Y Sigüenza lo imaginaba tendido, muy mal amortajado; quizá le pusieran, para velarle el rostro, uno de sus pañuelos de sabios pliegues, que se le entrarían por la boca sumida, sin sonrisa y sin dientes.

Y no, no murió don Claudio. Pasado algún tiempo tornó a salir. Tenía las piernas dobladas como si se le hubiesen enfriado en una torpe genuflexión; le caían las manos largas y lacias; le colgaba la cabeza, esquilada semanalmente por un viejo criado, y se miraba, haciendo una mueca angustiosa, un pico rígido del pañuelo.

Dos mozos le sacaban por las calles llevándole de los brazos. Alguna vez, los zapatos de don Claudio se le sepultaban en el fango; entonces su lengua se revolvía entre los labios buscando la palabra de enojo, y nada más exhalaba un bramido lastimero, mientras sus dos muletas humanas sonreían picarescamente a las mujeres.

Y el caballero traía los pantalones blandos, doblados, la pechera goteada de alimento, la corbata ciñéndole la carne; y en sus manos rígidas se refocilaban las moscas.

Y pasaba un grupo amoroso y femenino; y a don Claudio se le hinchaban las venas del cuello, porque quería seguirlo con la mirada. Y pasaba Sigüenza, que era ya grande, y decía: -Este pobre ya morirá pronto.

Transcurrió el tiempo, y se retorció en otro ataque el solitario don Claudio.

Se le veía amontonado dentro de un cochecito silencioso de tullido.

Y Sigüenza se hizo hombre, tuvo hogar, alborozos, inquietudes.

El cochecito pasaba a su lado con su carga de lacerías y de silencio.

¿Qué hará en el mundo este desventurado caballero?

Fue pasando la vida; y se olvidó a don Claudio. Su cochecito desapareció de todos los caminos.

Ya las alegrías dejaban en Sigüenza la memoria de algunas lágrimas.

Y una tarde que está solo y recogido, y se asoma a la quietud de la ciudad y parece que se asome a los pasados años, siente que, de súbito, rueda muy cerca de su alma el mudo cochecito de don Claudio. Y su figura le va iluminando muchas jornadas borrosas, polvorientas, de la primera juventud.

Y entonces, enternecido, pide noticias del olvidado caballero.

-¿Don Claudio, dices? ¿Era aquel señor de los ataques? Pues murió, murió hace años, muchos años.

-¿Cuándo murió?

-¿Que cuándo murió?

¿Cuándo moriría don Claudio?

Y nadie lo recuerda.

Y por él repasamos los días gustosos y descuidados; por él precisamos fechas afanosas y amargas; nos servimos de sus ataques para un recuerdo placentero.

Estas figuras no tienen hogar, y pertenecen a todos los hogares. Son como un péndulo que hiende el tiempo de la vida de todos... menos la suya.

1903.




ArribaAbajoLa señora que hace dulces

Apenas llegó Sigüenza, quiso su prima llevarle a la solana para que viese el rosal trepador y la yedra que plantaron juntos, siendo chiquitos, al pie de los muros.

No lo consintió su madre. Era preciso que antes descansara en el sofá, al lado de su sillón de paja vestido de dril, que le refiriese puntualmente los encargos de familia, y lo que le sucediera en el camino, porque tía Paz era lectora muy devota de boletines y relatos de Misiones, y no comprendía un viaje sin peligros. Además, había de darle el jarabe de pina con agua fría de la fuente del Enebro, famosa entre todos los hontanares de la comarca; y después de ver el cuarto que le tenían preparado, irían donde quisiera su hija.

La cual juntó sus manitas, hizo un mohín delicioso de niña, y su zapatito de lona con suela de cáñamo, que en ella era como de disfraz de aldeana muy donosa, dio un menudo golpe de enojo en los blancos manises.

¡Perder la tarde hablando, Dios mío! ¿No venía su primo para un mes? ¡Pues tiempo quedaba! ¡Cuando saliesen a la solana ya no habría sol!

Alzose tía Paz, y gravemente fue a mirar el calendario colgado bajo la imagen de Santa Rita. Sigüenza y su prima se llegaron también, porque la santa tiene una espina en la frente, que contemplaban antaño subidos encima del viejo piano.

-¡Son las cuatro -dijo doña Paz-, y el sol se pone a las siete y algunos minutos!

-¡Ya ves! -le replicaron ellos-. Hay tiempo para todo.

Y se marchó Sigüenza con su prima a la solana.

La pobre señora les llamaba.

El rosal y la yedra, altos, grandes, se abrazaban tupidamente haciendo un trono de olorosa frescura, donde parecía dormir toda la infancia de los dos primos. Se miraban muy contentos de su labor de jardineros, pero la espina de Santa Rita, la pincha más sutil del rosal, dejaba una herida de melancolía en sus frentes...

Salió la madre, y para desagraviarla la pasearon llevándola del brazo, hablando y mirando la tarde de la sierra.

Tenían las laderas una tierna opulencia de pinar joven; y el sol se acostaba alborozado entre los troncos.

Cerca, bajo las inmensas gradas de los vinares, y rodeado de chopos, que se calaban en el azul, surgía un blanco casal campesino.

-¿No recuerdas el viejecito de aquella heredad? Pues, murió, y ahora veranea su hija Victoria, ya casada... ¡Está más hermosa!

-Y, además de hermosa -añadió la madre-, tiene manos de ángel para hacer dulces... Pues, explicando recetas de pasteles y confituras, parece que te los pongan en la bocal...

-¡Has de probar los «bocaditos de dama»!

-¡Y los limoncitos en almíbar! ¡Todo!

-¿Queréis que vayamos? -dijo Sigüenza.

Y apenas lo propuso tomó las manos de su prima. Pero tía Paz les anunció que no saldrían sin tomar el refrigerio de piña.



¡Victoria, o la señora de Olóriz! ¡Si la habéis conocido todos! Una señora muy blanca, de carne de almendra, de ojos dorados con una leve humedad de hoja de flor; toda es suave, aterciopelada; cuando os mira, sentís una caricia blanda de hermana, de una mujer bella que no es vuestra hermana; y cuando habla, imagináis su garganta tapizada de rosas gruesas; es una voz pastosa, y todo lo que pronuncia tiene figura y un contorno de sonido tierno, tan gustoso que lo recogéis en todo vuestro cuerpo, y os quedáis paladeando sus mismas palabras como un dulce exquisito.

¡Los dulces de las señoras de Olóriz!

Aquella tarde probó Sigüenza los de Victoria.

Sentados bajo los árboles umbrosos, les sirvieron en un lindo azafate pastelillos de batata y «marinetas».

La señora de Olóriz sonreía oyendo las alabanzas, y se quejaba de que el horno no la hubiera favorecido.

Tía Paz protestaba:

-Victoria, no lo diga, que es un pecado mortal... ¡Si están riquísimos!

Victoria tenía un cuerpo lánguido y espléndido. Sus manos pálidas, de unas afiligranadas, parecían también de dulce.

Ella no probaba de nada, y ni le instaban a que comiese de aquellas gollerías, porque mirándola, viendo asomar en su sonrisa los dientes nevados y el aguijón de su lengua, creíase que se gustaba a sí misma, toda de miel y de leche, y que se satisficiese y regalase en su propia delicia.

La prima de Sigüenza encomió sus flanes, su crema quemada. Y él se adormecía como un rapaz embelesado y ahíto.

Quiso saber tía Paz la mensura de las marinetas.

Entonces la señora de Olóriz fue diciendo, llena de gracia, toda la tarea; primero habló de la lumbre pasadita, rubia, con olor de tomillo, y oyéndola se veía el encendido hogar crepitando menudamente y el cielo enjalbegado del horno. Luego, parecía que tomaba la cucharita para verter el azahar y derretir las cuatro onzas de manteca y batir las yemas... ¡Fue poemática la selección que hizo del azúcar molidito como harina para dentro de la pasta, y el azúcar cristalizado doradamente para sembrarlo encima; y sus dedos imitaron un pellizco sutil!

¡Válgame, y con cuánta ternura y beatitud contó de otros confites y melindres!

¡Sus dulces parecían criaturitas vivas, necesitadas de regazo y de amor de mujer primorosa, bella y triste!

Mostraba Victoria una gentil altivez y rebeldía contra la rutinaria obediencia a todo formulario. Los libros aconsejan se haga pasar a los limoncitos un refinado tormento para enternecerlos y desacibararlos; pues ella ni los pinchaba con agujones ni los rajaba con cuchillo. ¡No, Dios mío! ¡Si no era necesario!

Y Sigüenza veía acudir los limoncitos al amor de sus manos para que sólo la señora Olóriz los confitase.

Admira arrebatadamente Sigüenza algunas mujeres por letradas y artistas, pero más le rendía la hermosa señora con sus palabras y primores que si en sus manos prelaticias hubiese resplandecido la pluma de fuego de la sabiduría. Porque cree Sigüenza que los dulces, además de su eficacia evocadora de muchas finezas espirituales, son indicio del carácter de una casa y aun de todo un pueblo.

...¡Y Victoria era desventurada! Lo estaban confesando sus ojos mirando soñadoramente a lo lejos, y su actitud, siempre de una elegancia sensitiva, de mujer que guarda todos los dones de amor, y el marido está a su lado trémulo de enojo por unas elecciones de concejales o porque se quebró el eje de la galera. Por ese desvío, o por otras ansias íntimas y recatadas, las señoras Olóriz dejan caer la azucena de su frente en la palma inmaculada de su mano... ¡Qué amarguras las de esas vidas fragantes, abejas de panales que nunca se agotan!

Acaso su mirada se ha detenido, se ha espejado en la vida de Sigüenza. -¡En fuerte punto sus ojos le han mirado! -puede clamar como Amadís.

Y se hablan; y ella le mira más; entreabre la flor de su boca... ¡Oh, va a recoger el manjar de una confidencia, el mantenimiento eterno de la ilusión!

Y la bella señora pronuncia como una niña que plañe:

-¡Es una pena que no pueda usted probar antes de marcharnos a Badajoz las meladas que hicimos cuando vino el señor Obispo en su visita pastoral! ¡Ay, Dios mío, y qué meladas salieron!

1909.




ArribaAbajoLa tía pobre

Hay en lo hondo de la casa un aposentillo con una ventana encima de un patio de baldosas húmedas y roídas. Suena, de tiempo en tiempo, el blando gotear de un caño oxidado, el golpe de una vasija que una mujer del sótano deja abandonada en la umbría de un rincón; sube el grito agudo y áspero de una rata atormentada, ahogada despacito en agua clara, para que vean toda su angustia los niños que han acudido de todos los pisos.

Arriba, el cielo es de una dulce claridad; va pasando su pureza y hermosura sobre los muros viejos y rezumantes de los patios, y se aleja al amor de los campos verdes, feraces, luminosos.

Ese aposento recibe una luz casta, inmaculada, la primera que baja a la casa. Los alborotos de los gorriones que tienen la querencia en las cobijas y en el arimez dejan por las tardes una impresión de árbol grande, caliente y vivo de nidos, árbol bondadoso que ampara el portal de los casales.

En aquel cuarto tiene su arca o su corre una señora vieja, seca, dobladita, rugosa, vestida de ropas negras, ajadas, que fueron de una hermana bella y bien casada, ya muerta; y la pobre señora las ha ido acomodando a la enjutez y ruina de su cuerpo. Todavía manifiesta el vestido vislumbres de elegancia marchita y ajena, que sorprenden y hacen que se vuelvan algunas curiosas mujeres para mirar a la señora del aposentillo.

Tiene, también, una salita con un balcón que cuelga sobre una calleja agobiosa como otro patio mojado y obscuro; pero hay una larga banda de azul magnífico de cielo donde prorrumpe la torre de una iglesia que, en los ocasos, arde como una antorcha de piedra encendida de sol.

En esa salita tiene la señora su cama, su cómoda lisiada, y dos butacas cuya osamenta desgarra el respaldar, el fondo y los costados, todo remendado muchas veces por sus manos; y en el balconcito, dentro de una olla de vientre cosido con lanas, florece una mata generosa de capuchinas.

La cama es de matrimonio; pero las sábanas, la frazada, el cabezal, la telliza son de cama pequeña, de «un cuerpo».

Cuando la señora se acuesta, de su pecho liso y estrecho sale un suspiro que envuelve toda la jaculatoria de «¡Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía!». Y antes de rezar el «Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía», como ya ha matado la luz del cirio, un trozo de candela que alumbró en el Monumento todo el Jueves Santo, la señora toca con sus manos trémulas los lados de la ancha cama. ¡Qué grandes y fríos, y ella cuán chiquitina y sola!

Vive la señora con una familia que le dejó alquilado el dormitorio, un sitio para su cofre y un lugarejo de lumbre donde cuece su cena de verduras o sopa con un huevo escaldado, y el café de la mañana, porque la comida y dos reales diarios se lo dan en una casa principal en pago de su costura, que aunque vieja y de fatigados ojos, todavía cose más primorosamente que muchas mozas.

Sus amistades son los santos predilectos de su parroquia y un canónigo, amigo del difunto marido y Padre Espiritual suyo, que le hizo la preciosa merced del trozo de candela del Tabernáculo. El señor canónigo le aconseja paciencia en todos sus trabajos y aflicciones; y si acabada la confesión le desmenuza la señora alguno de sus agobios, el buen canónigo cruza sus gordezuelos dedos junto a la celosía del confesonario, y exclama:

-¡Pero, doña Patrocinio, esos desalmados de sus sobrinos no tienen perdón de Dios; no lo tienen!

En seguida la bendice absolviéndola, y añade:

-¿Le impuse de penitencia una Salve y seis Avemarías, doña Patrocinio? Bueno; pues no rece sino dos y la Salve.

...Sigüenza conoce mucho a esta señora y a sus parientes.

Acaso todos vosotros conocéis también una doña Patrocinio, una tía viuda y pobre. Todas traen la misma mantellina y se la prenden de la misma manera triste y repulgada; calzan las mismas botas de paño. Todas suspiran, os miran y viven parecidamente.

Sigüenza le ha dicho a doña Patrocinio:

-Doña Patrocinio: sus sobrinos deben de ser personas caritativas, fáciles a la ternura. Yo he visto sus nombres anotados en las listas o suscripciones de socorros; los he visto llorar en el teatro si la comedia era de lástima.

La señora del aposentillo sonreía enseñando la obscuridad y pobreza de su boca.

Cuando doña Patrocinio visita a sus sobrinos, siempre tardan mucho en abrirle la puerta; y las criadas la miran toda y la llaman señora Patrocinio; las criadas parecen las parientes de los señores, y ella una extraña. Las criadas saben que la tía pobre tiene un carácter agrio, insoportable, malavenido con toda la familia; él le ka labrado su propia desgracia...

...Y pasa tiempo; y muere uno de los sobrinos. Acude la tía al lado del cadáver. Todos la miran llorar, y se murmuran:

-¡No podía haber muerto tía Patrocinio! ¿Qué hace en esta vida sino hacer sufrir?

Y pasa más tiempo.

Una mañana, el señor canónigo, estando revistiéndose para celebrar, se derrumba muerto.

La señora reza por la noche en sufragio de su alma, después de apagada la candela bendita, que parece que no arda, que no se consuma nunca; es como hecha de la carne de doña Patrocinio.

Y muere otro deudo joven.

La tía pobre sigue escuchando el grito de una rata ahogada por la buena mujer del sótano, el lamento de las campanas de la torre, encendida de sol poniente.

1911.




ArribaAbajoSigüenza habla de su tía

Me brinca y aletea el corazón por deciros que tuve una tía viejecita, cenceña, solitaria y rica.

¡Por Dios; que no halléis desabrido el cuento! Mirad que es de mucha mitigación para mi ánima, y de grande justicia para mi señora tía que yo haga andariega su memoria.

¡Oh, la pobrecita que siempre se estuvo quieta y recatada junto a las vidrieras de su aposento, tejiendo calzas, cuyos puntos contaba por jaculatorias, y alzando, de rato en rato, los cansados ojos hacia los muros húmedos y morenos de la parroquia de San Mauro! ¡Sí, sí, que sea su figura muy peregrina, y sabida de las gentes!

Mi tía nada más viajó una vez, y ésta, llevándome a su lado.

Aunque tenía hacienda copiosa, era mujer humilde; quieren decir algunos que por avaricia. No osare yo negarlo.

Vestía siempre ropas negras, lisas y rancias, y hasta para el viaje se tocó con mantellina de devota. Íbamos a un pueblecito cercano, donde también poseía heredades.

Compramos billete de segunda, el de los hidalgos pobres y labradores ricos. Ella sentose entre dos monjas y un señor rollizo y afeitado que luego se durmió bienaventuradamente. Yo, que iba en el cojín frontero, noté que mi tía llevaba en su regazo dos cestitos de mimbres; el más hondo, cubierto con un lenzuelo muy limpio que palpitaba todo, y de dentro salía un piar dulcísimo.

La señora inclinaba amorosamente los ojos. ¡Nunca la viera yo tan enternecida!

Platicando con las monjas, descuidose del lienzo, y las orillas de la rubia canasta se poblaron de cabezas de pollitos de atusado plumón que quisieron salir y solazarse por el coche.

Alborotose mi tía, y los redujo con mi auxilio. El viajero gordo nos miró y murmuró hosco y desdeñoso.

Llegaron las Hermanas al lugar de su residencia; después, el macizo caballero.

Y ya solos nosotros, quedó libre el menudo averío, que paseó todo mi asiento hasta subírseme por las rodillas, y picarme audazmente las manos. Quiso mi tía que merendase. Fue sobria en su agasajo, pues de la otra cestilla sólo sacó un panecico y una naranja.

Los pollitos empezaron a bullir y pelearse por pedirme. Yo les desmenucé pan; y temiendo mi tía que estuviesen las migas muy secas para ellos, se las emblandeció en el jugo de la toronja. Y, acaso por no dejarme toda la fruta exprimida, mojó las migas en sus marchitos labios, de modo que los animalitos bebieron y se alimentaron de los zumos de su ama. ¿No era esto para enternecer los más rudos corazones?

Todo se lo conté, una tarde, al procurador de la señora, hombre flaco, con anteojos negros, brumado de espaldas, socarrón y cristiano viejo. El cual me repuso:

-¡Bien puede aprender de ella virtud, y amarla mucho, que hizo testamento y cuidó singularmente de su descanso!

-¿Del mío, dice? -Y como soy agradecido, me conmoví de esperanza y de ternura, y tanto quise a mi señora tía, que ni siquiera codicié su muerte.

Pero, como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de mi señora tía no tuviese privilegio del cielo, enfermó de un romadizo, que a nadie trajo sobresalto; y una mañana diole un pasmo de frío y recio estremecimiento, y en él dejó la vida. ¿Quién lo pensara?

Aquietábame yo el corazón, que quería regocijarse, porque venía el instante de liberarme de estrechezas. ¡Me perdoné a mí mismo llorando de gratitud, y me resigné a ser rico y autorizado!

El procurador me dijo que era prudente avisar a los señores albaceas. Y vinieron tres capellanes y un seglar: éste, bilioso, seco, vaticanista y dueño de un almacén de curtidos; aquéllos eran: el Padre Espiritual de la difunta señora, que padecía mal de asma, y la trabajosa respiración del pobrecito imprimíale un eterno visaje de espanto; otro clérigo ancho, redondo, con las manos siempre cruzadas encima de su vientre; y el Párroco de San Mauro, tan sabidor de gollerías y manjares, que, en el pueblo, para encarecer una conserva, una compota, no había que decir sino que de lo mismo comía el señor Párroco.

Entraron, y contemplando el cadáver repitieron:

-¿De modo que ha muerto, ya ha muerto? ¡Vamos bien, muy bien!

El Párroco añadió:

-¡Ahora sí que tiene en el cielo una poderosa medianera, señor Sigüenza! Porque quiero que sepa que la señora pedía por usted como Abraham por Abimelec, como Judit por sus conciudadanos, y desde el cielo ha de seguir orando delante del trono del Señor.

Le di las gracias con mucha sumisión no sabiendo qué decirle. Yo no me explico por qué recordé entonces que Nuestro Señor había condenado las largas plegarias que hacían los fariseos en las casas de las viudas para devorar su hacienda, y daba la casualidad de que mi tía fuese viuda.

El procurador extrajo un llavero de entre los cabezales de la muerta, y salieron todos para abrir la cómoda y las arcas y buscar el testamento. Yo, por cortesía, sabiéndome heredero y dueño de toda la casa y hacienda, quédeme en la sala mientras la anciana estanciera y otra fámula vestían el cadáver.

A poco me buscaron las criadas para entregarme un cordoncito con dos faltriqueras gordas de dinero que la difunta traía atado a la cintura. ¡Válgame, y quién imaginara que mi señora tía pudiese llevar siempre consigo tan precioso cíngulo!

Vinieron los albaceas. Y el Párroco de San Mauro me tomó los bolsillos y pidiome albricias mostrando un manuscrito de hojas muy recias.

-¡Una santa ha muerto! -exclamó-. ¡Y cuán prudentísima ha sido! Lea, lea y sepa toda su felicidad...

Y leí; y supe que mi tía dejaba sus riquezas para bien de su ánima, mandando que cuando yo muriese se aplicase en sufragio de la mía la mitad de las diarias misas.

¡Venturoso de mí que, siendo tan humilde, alcanzaba más alto asiento que el excelso poeta Enrique Heine, pues si éste, por desheredarlo su tío el banquero Salomón, logró la inmortalidad, yo, por la devoción de mi señora tía, obtuve el abrir las puertas de la eterna gloria antes de mi muerte!

Todos los señores albaceas me dieron su parabién, añadiendo que me tenían una santísima envidia; de lo que yo quedé muy obligado.

1910.




ArribaAbajoSigüenza, el pastor y el cordero

La masía estaba en las sierras de Alcoy, sierras ásperas, amontonadas, que se desgarran en hoces y barrancos. Algunas veces son delicadas y graciosas, y se recogen, se ciñen femeninamente la fragosidad de sus faldas y producen una cañada húmeda y obscura, un verdadero regazo, mullido, labrado, donde reposa algún olivo de vejez perdurable y fecunda y tiende sus raíces la higuera napolitana que resuena de abejas.

Sucede también que estas sierras, después de haberse mostrado abruptas, cerriles, enemigas hasta en su color de estaño, que da una cabal impresión de aridez, y aun en su huello, que no deja descansar ni tocarlo, se hinchan, se redondean gruesamente y prorrumpen en un vientre generoso, blando y suave: es una loma rotunda, tierna y olorosa, como un pan enorme que parece que huele y sabe a casa labradora: loma llena de grama, de romero, de tomillo, de árnica, de sendas y piedras musgosas, que, al levantarlas, muestran su jazilla de humedad avivada de gusanitos y hormigas que nos tienen miedo.

Al comienzo de las laderas reposaba la masía donde fue Sigüenza buscando sosiego y salud. Había mucha viña escalonada, un viejo olivar y un huerto seco, casi yermo dorante el verano; pero, llegadas las primeras lluvias otoñales, se agrieta la tierra y van apareciendo los cogollos tiernecitos de las azucenas, y resucitan las hojas, de un color tostado de amaranto, de los rosales, y los viejos arbustos de la hierbaluisa, y las lilas se cuajan de yemas jugosas, y los crisantemos, renegridos por la sed, reciben el alborozo del nuevo verdor, y en cada miga de los terrones surge la pelusa del musgo, de las malvas y de otras matas cuyas semillas revientan, y nacen equivocadamente las hijas calentadas por el sol otoñal, que después las abandona y se mueren.

El dueño de la hacienda, que ha pasado muchos ratos en la solana mirando rodar sobre los montes las nubes enormes y pesadas, aguardando las lluvias mansas y copiosas, las que hinchen las uvas que luego con el sol de San Miguel acaban de azucararse y madurar, este hidalgo de la masía ha oído las esquilas del ganado que pasta en su loma y en sus bancales, y con la compañía de Sigüenza sale a la cancilla del huerto.

El camino, tan callado, se puebla de un hondo ruido de pezuñas que resbalan y arrancan guijas, de cuernas y testuces que se topan, de retozos, de un balar grave de cabrón. Todo el ganado es de cabras rojas, pero a lo último destaca un cordero blanco y donoso. Van sabiendo apretadamente.

Mientras llegan, Sigüenza se entretiene quebrando con el cuento de su cayado las cortezas grietosas de la tierra del jardín para que las plantas recién nacidas logren salir y asomarse a la vida con más holgura, y cuando ve los brotes todavía pálidos de la obscuridad pasada, y reventando de zumo, Sigüenza se confiesa avergonzado, y anticipándose los remordimientos, que ha sentido el ansia de arrancarlos y oler y probar esos jugos espesos que hubieran teñido sus manos.

El hidalgo de la masía se asoma a la empalizada, y pregunta:

-Pastor, ¿lloverá o no? ¿Qué hará el tiempo?

El pastor ha hecho un movimiento como para meterse en el tiempo y enterarse, porque este hombre está verdaderamente fuera de todo tiempo; parece joven y parece viejo; es enjuto, doblado, leñoso; entre lo moreno de su piel rasurada con rudeza, una piel que se ahonda y se abulta cuando mueve las quijadas, resalta ferozmente su dentadura, grande y blanca como el meollo del palmito. Bajo la falda de su sombrero le cae una greña gris cruzándole la frente. Sus manos llevan esparto para hacer soga mientras camina, llevan piedras para avisar a las cabras, llevan la cayada, llevan un cabritillo trémulo, ensangrentado de recién parido; en sus manos parece que quepa todo lo que se le antoje traer, como en el fardelico de piel de choto que tiene a su espalda ceñido con cuerdas por los costados.

-Pastor, ¿qué hará el tiempo?

El pastor se pasa una mano por la boca, se tuerce los labios, se agarra el cuero de las mejillas y del pescuezo surcado como un bancal; se oye el ruido de rastrojo de su barba y mira al cielo lo mismo que a una res, y habla de las nubes como de una criatura galopa.

Lo que el hidalgo de la masía tomaba por promesas de lluvias no son sino boiras, brumas apretadas, que, después, el vuelo de cualquier vientecillo las va descogiendo y soltando, y las nieblas bajan y ciegan los horizontes; caen más y ciñen el huerto. Entonces la masía parece reducida, honda, murada, abismada, o parece altísima, sola en la inmensidad, subida sobre una blancura infinita. Y el ganado y el pastor se han perdido dentro de ese humo espeso, espumoso, de un torrente que se hubiera cuajado en la ladera. Pero en el gran silencio, entre las nieblas, llega clara la voz del nombre y el dulce desgranar de la esquila.

¿Qué hace ese cordero solito entre esas cabras, que ni siquiera lo miran?

El señor de la hacienda ha sonreído a Sigüenza.

Ese cordero es el presente del pastor, el precio por el pasto de su loma y de su viña después de vendimiada.

...A mediodía, los montes, el olivar, los maizales, unos chopos lejanos, todo se manifiesta desnudamente con un claro dibujo preciso, luminoso y dorado, y todo parece comunicado del azul del cielo levantino, cegador, y sobre las cumbres del confín de tramontana y del ocaso resplandece la rizada y gloriosa blancura de las grandes nubes, que una tía de Sigüenza contempla con arrobamiento mientras reza despacito:

«El Ángel del Señor anunció a María... Y concibió por obra del Espíritu Santo... Dios te salve... María...».

Las campanas de Alcoy resuenan perezosas en el pueblo moreno, amontonado, colgado en los barrancos y sobre el paisaje gozoso de sol.

Las cabras se mueven lentamente en los últimos

La tía de Sigüenza sigue mirando hacia la cumbre. Ve en aquellos fastuosos blancores los portales del cielo que su piedad le tiene prometido. Ella dice: «Gloria al Padre...», y pronuncia la palabra «gloria» de un modo craso y dulce, y a su sobrino le parece que dentro de la boca de la señora se deshace un pastel de crema y clara de nuevos hecho por las monjas Salesas de Orihuela, muy rico y muy pesado, o un pedazo de aquellas nubes que, según el pastor, no son sino de boira.



...Pasados algunos días, cuando Sigüenza llegaba a la casa de labor, que está apartada de la de los señores, todos los rapaces le salieron muy contentos gritándole:

-¡Van a matar al corderet!

-¡Pero quién ha de matarlo! -se decía Sigüenza, no viendo a ningún jifero.

En un bancal hondo de rastrojera estaba todo el ganado bajo la guarda de un mozo campesino de la masía.

Abrieron la puerta de la cuadra; los cincos rebulleron sobre el fondo negro y caliente de los pesebres, y apareció el pastor arrastrando a la res. Había estado encerrada dos días en aquella obscuridad, sin comer ni beber, porque, al cabo, «¡de qué podría aprovecharle!». Pues aun retozó de alegre apenas vio al cabrero.

-¿Y usted, pastor, usted mismo ha de degollarlo?

-Mire que soy carnicero y todo lo que se me presente... ¡Más borregos llevo ya muertos!... Pues, y castrarlos... ¡Más he castrado que pelos tengo yo!

Sigüenza nunca vio al pastor tan velludo como entonces.

Esperaba faenas y preparativos muy costosos.

El pastor agarró al cordero de un puñado, y de su mano recia y fosca desbordaba la blancura trémula de la lana. Entraron al lagar oloroso; desde dentro aparecía un trozo cuadrado de la mañana campesina, hasta muy lejos, toda llena de sol, con una greca de pámpanos de la vieja parra del portal. Trajeron los lebrillos hondos y vidriados para recoger la sangre y las entrañas. Y Sigüenza sentía como una duda angustiosa viendo al animante, todavía vivo, lamiendo el borde de aquellas vasijas que aguardaban su vida.

En seguida se lo puso el cabrero entre los hinojos mientras sacaba de su faja una crizneja tiernecita y delgada que aun olía a esparto verde. Lo derribó y atole en un manojo los brazuelos y patas, y el corderito lamió también la cuerda tierna y gustosa.

Esperaba Sigüenza que blandiera el pastor una cuchilla enorme de matadero, y sólo empuñó un cuchillo viejo de cachas roñosas que tenían dos peces de latón incrustados, y meneándolo como un serrucho, porque no estaba bien amolado, se lo fue hundiendo muy despacio. Se oía el ruido de pellejo, de carne, de garganta, de tendones rotos, y en el lebrillo empezó a humear la sangre silenciosa y apretada. El cordero miraba a Sigüenza, le miraba dilatando las pupilas, donde se copió un momento el alborozo del paisaje; le miraba... hasta que le fue cegando un telo lívido. No se movía, y aquel cuchillo rudo y corto le había desgarrado el cuello limándolo.

-¡Sí que pateará así que lo desñugue!

Y al desatarlo se cumplieron las palabras del pastor. El recental tuvo una convulsión crispadora horrenda; aun quiso incorporarse con la cabeza caída, colgando, ensangrentada. Después se derribó y le rugía el resuello por la herida.

El cabrero comenzó a desollarlo; pero le pidió Sigüenza que lo dejase morir del todo, y se detuvo mientras enjugaba la faca en las blancas lanas de los ijares.

-Tuviera vista de poder la cordera, la madre, que está allá, en aquel casal, y a buen seguro que veía lo que hemos hecho con su hijo...

A Sigüenza le tembló ruidosamente el corazón.

Y el pastor, con la baqueta de un fusil viejo, horadó la piel de una de las ancas; pegó su boca de crueldad en la hendedura y fue soplando; entraba el viento como un oleaje sonoro desgajando la zalea de la carne y de todos los miembros, y el corderito se infló hasta agrandarse monstruosamente. Y todos se reían tañéndolo. Así hinchado sacábase la piel sin rasgar el cuerpo. Y la zamarra fue arrancada cabalmente por las toscas manos del pastor, que entonces resbalaban suaves y primorosas.

Y ya desnuda, azulada, reluciente la res, la colgaron de la viga de la prensa para vaciarla.

Y al hundirle el cuchillo, el pastor puso su mirada en los campos soleados, y suspiró con risa mansa y dulce.

-¿Qué le parece, si se pudiera hacer lo mismo con algunos, teniendo igual pena que por éste?

Y apareció el corazón goteando.



-Pastor, ¿qué hará el tiempo?

El pastor se ha vuelto súbitamente al cielo, para hincarse dentro del tiempo. Su mirada ha recorrido todos los confines. Ahora sí que por Levante se cuajaban las nubes en temporal de lluvias.

El señor de la masía y Sigüenza contemplan el tuerto, que parece recogerse estremecido, sintiendo cercana la gracia del agua. Un macizo de lilas ha florecido por la dulce circulación de la savia de otoño.

El ganado se esparce en la viña haciendo el libre y gustoso esquilmo del pámpano y del redrojo.

Y Sigüenza mira con aborrecimiento a esas cabras voraces que gozan de la abundancia de la sierra por el sacrificio del corderito blanco; pero en seguida se arrepiente Sigüenza: ¿acaso no alabó él durante la comida lo tierno de las piernas asadas de la víctima, y no salió después al huerto, notándose muy bueno y amando todos los gusanicos y todos los brotes y verduras?...

1903.




ArribaAbajoDe los balcones y portales

Caminaba Sigüenza por lo más fragoso y bravío de la comarca alicantina. Era un valle hondo y muy feraz, entre dos sierras de faldas verdes de viña y panes, y las cimas de muchas leguas yermas entrándose en el cielo.

Los pueblecitos y aldeas pardeaban agarrándose temerosamente al peñascal.

Sigüenza viajaba en jumento, que era grande y viejo y algo reacio a los mandatos del espolique y a los suaves golpes de sus calcañares, pues montaba a la jineta y todo, aunque en silla de zaleas y de rudos aciones de soga.

Y llegó a un lugar que de todos los del valle era el más encumbrado. Al lado de las primeras casas había una fuente de seis caños muy abundantes. Después halló una plaza con una añosa noguera en medio y una iglesia de hastial moreno, torre remendada y una menuda espadaña que se dibujaba limpia y graciosa en el azul.

En esa plaza, entre bardales desbordantes de manzanos y duraznos, estaba la casona donde el cansancio de Sigüenza tuvo refrigerio y se le dio posada algunos días.

Me apresuro a deciros que no era aquello parador aldeano, sino honestísima morada de dos señoras doncellonas, hermanas de un magistrado de Teruel.

El comedor y algunos dormitorios y salas tenían balcones que eran deliciosos miradores de todo el paisaje; veíase la profunda vallina, la gracia de cielo pasando entre los montes; a lo último, el mar.

El portal daba a la plaza de la noguera. Y desde el hondo vestíbulo veíase la rozagante fronda de este árbol y los verdores de los frutales que reposaban en los cercados, y la pobre parroquia de color de pan campesino con un fondo gozoso de azul, y en el silencio, de tiempo en tiempo, se oía un andar cansado de leñadores, de caminantes, de cabreros, y alguna vez pasaba una bestia cargada de maíz tierno.

Pues las señoras consumían su vida sentaditas en la entrada, pero dando la espalda al nogal y a toda la plazuela.

Y nunca se asomaban a los balcones, y aun parece que tampoco querían que otros lo lucieran, porque todos estaban cegados con mamparos de cañizos, a guisa de persianas o celosías.

El forastero juzgó desabridamente a las dueñas.

¿Quiere decir esto que las prefiriese ventaneras, ociosas, aficionadas al atisbo y chisme de puerta?

¡No, por Dios!

Una mañana vino una rapaza, que no sabe Sigüenza si sería ahijada pobre de las señoras, o sobrinita del párroco, o hija del maestro del lugar. Dio los buenos días con mucha cortedad y, llegándose al lado de la más vieja señora, allí estuvo balbuciendo un momento las razones que le diera su madre o su tío; pero la chica las dijo mirándose los dedos, y toda inclinada de modo que se le veía su cabeza esquiladita y su nuca muy delgada y morena del sol del ejido.

Nada le repuso la señora, sino que levantándose de su silla de esparto -siempre se sentaban en rudos asientos de labradores y en la casa había sillones de anea y rancios estrados y butacas con fundas de lienzo blanco- sacó de su honda faltriquera una grandísima llave, abrió la alacena, puso en una jícara una dedada de miel, y al ir a entregársela a la mocita quitó un poco de aquella dulzura, y cerrando fieramente el armario escondiose la llave.

Comprenderéis que no es posible que Sigüenza pasara por alto lo que hizo esta señora. ¿Por qué traería la llave siempre colgada de su costado, esa llave tan grande? ¿Por qué no se la dio a una moza y aun a la misma rapaza para que ella tomase la miel pedida? Y singularmente, ¿por qué, habiendo mesurado lo que daba y en el punto que la niña tocaba ya su jícara, le quitó una dorada escurrimbre para devolverla a la orza panzuda y tal vez llena?

¿Cómo una señora principal y rica tenía esa avaricia y desconfianza?

Acaso vosotros sospechéis del fuero hereditario. Más bien Sigüenza cree que esa mezquindad se originaba de aquel vivir siempre murado y tenebroso, sin goce de anchura, de visión campesina.

De esto brota, naturalmente, un elogio efusivo de los balcones, de los portales, de las solanas, de esos ojos bienhechores de nuestras casas.

Los balcones y portales merecen nuestro amor.

Los de Sigüenza se abrían frente al mar.

Hay un copo de gaviotas que se deshace y algunas suben, y muy excelsas, se van deslizando con las alas quietas, ebrias de inmensidad y azul, y cuando Sigüenza comienza a entristecerse de envidia, ellas, como si quisieran consolarle, bajan al amor de las aguas, y en su haz hirviente de sol se posan muy sosegadas y glotonas, y de altivas aves quedan en aves de corral; parecen patos; ¿no le darán una sabia lección de medianía y equilibrio de la vida?

Por sus balcones goza Sigüenza de lo inmenso, y en esa llama infinita del mar parece que se acueste dichosamente su alma.

Apiadémonos de los que viven con las ventanas muy cerradas. Y los que tengan su casa en calleja angosta recuerden que siempre pasa por encima una franja de cielo, y, mirándolo, no hay quien le quite la miel a un niño.

1903.




ArribaAbajoUn envidiado caballero

Los olores de las huertas y del mar llegaron hasta el corazón de Sigüenza. Miraba y aspiraba este hombre con tanto ímpetu, que llegó a sentir cansancio y dolor en su carne. Y nunca se saciaba, sino que le parecía que le faltaba tiempo para hundir sus ojos en aquellas hermosuras, y recoger toda la vida que se le ofrecía desde el alto camino.

Allí estaba el levante frondoso, lleno, regado, alborozado y fecundo. Allí las montañas daban aguas muy delgadas y dulces, y tenían tierras de buena grosura que llevan la sementera, la viña y el olivo; allí el hondo y la solana, todo estaba cuajado de huertas que apretadamente llegaban hasta las arenas de la costa, y los bancales de hortalizas, que siempre viera Sigüenza al amor de la balsa de una vieja noria o chupando la pobre corriente de las ramblas levantinas, los bancales hortelanos de esta comarca se entraban descuidados bajo el gran sol, rezumando de tan viciosos como si siempre acabasen de recibir los dones de la lluvia, y gozosamente se presentaban al Mediterráneo. Por eso se mezclaba el dulce olor de los frutales y verduras, de campos feraces, con la fuerte y deliciosa emanación de las entrañas del mar.

El pueblo comenzaba en la ribera, y se subía por un altozano. Y era muy curioso de ver sus casas de porches abiertos donde se orean las frutas de cuelga; los corrales, con garbas de sarmientos y un dulce sonar de cencerricos de ganado, y las parras desbordando jovialmente de las tapias, y por las bardas de al lado asomaban los remos, algún mástil roto y podrido, las redes tendidas en los balcones, y en el portal, las cañas, los palangres, las nasas de esparto y rimeros de todas las artes de pesca.

Todo lo notaba Sigüenza entusiasmado y gozoso. ¡Haría juramento de quedarse en esta villa labradora y marinera! Bueno; pero esos juramentos los pensaba siempre al pasar por todos los lugares, aunque aquí, en Altea, sentía la ansiedad de poblador con más ahínco. ¡Oh pueblo claro, torrado de sol, nacido delante de las inmensidades de los valles, de las sierras, de la marina; con humos campesinos y nieblas de mar, con gorriones y gaviotas, manzanos, almeces y cerezos, prorrumpiendo de los huertos umbrosos, y barcas reposando en el cantón de una calleja que baja a la playa! ¡Por fuerza había de ser alegre y dichoso!

Y Sigüenza iba pasando toda la primera calle que tiene la sombra de algún olmo centenario, y el bullicio de las diligencias, y largas horas de silencio; entonces nada más resuena la voz de hidalgos aburridos que platican, o el portantillo de una borrica cargada de estiércol o panizo.

Desde la obscuridad y angostura de algunos portales se le quedaban mirando los ojos quietos, profundos y tristes de los hombres levantinos enfermos, impedidos, lisiados. Son viejos enjutos, de mejillas sumidas y fragosas, erizadas de barba corta, espesa y áspera como un terrón de barbecho; de lagrimales devorados por las moscas, y las manos recias como dos cepas clavadas en un cayado de boj muy alto; bajo las faldas mugrientas de su sombrero, el pañuelo de hierbas les cruza el mondo cráneo, fajándoles las sienes. Son hombres jóvenes, flacos, cetrinos, con la demacración de la terciana, y los labios y las encías blancos como la escara de una llaga. Son hombres gordos, blandos, hinchados, tullidos de dolores recogidos en el mar; por sus puños y calcañares desborda la bayeta de un color amarillo de hopa. Hay también algún hombre lisiado de nacimiento, un idiota que babea y aúlla mientras los chicos, todas las tardes, al salir de la escuela, le hacen miedo como a una criatura.

Estas casas huelen a humedad, a pobreza; parecen señaladas por una mano aciaga. Nunca se hacen en sus puertas bailes ni corros de bullicio y divertimientos; y estos solitarios, cuyas frentes estrechas tienen el sello de la malaventura del hogar, pasan la vida mirando siempre el mismo muro frontero, la misma rama de un árbol que se desnuda, que reverdece, presentándole sólo estas mudanzas el tránsito del tiempo, y ven el mismo grupo de mujeres extenuadas que conversan lastimeras y suspiran, porque ellos son la desdicha de la casa...

...Recibiendo sus miradas llegó Sigüenza a la orilla del mar.

Le aguardaban en una finca que se copiaba toda en la paz de las aguas azules, rodeada espesamente de fronda, de vides, de magnolios y espalderas de circasianas, madreselvas y jazmineros.

Los hacendados del lugar y sus contornos venían por las tardes, y fumaban sentados en la terraza, acompañando al señor de este retiro, un caballero seco y pálido, callado y abatido. De rato en rato alzaba la mirada, tendiéndola en el glorioso horizonte de las azules soledades.

Así le encontró Sigüenza, y recibió con emoción sus nobles manos frías y blancas, porque, ¿acaso no saludaba en aquel momento a un venturoso varón que había recibido todos los dones y gracias de Levante?

Y lo dijo. Y los amigos, los buenos ociosos que acudían a su lado meneaban las morenas cabezas asintiendo. No, no había más cumplido bienestar que el de don Luis: una cabal salud, tierras abundantes, casa alegre y, delante, todo el cielo que pueden apetecer los ojos: mujer sabia y hacendosa, guarda amorosísima de la honestidad y gentileza de una hija artista y dos hijos más, grandes y celebrados de todas las gentes... El señor don Alonso Quijano y su criado le hubieran colmado de gustosos elogios y bendiciones poniendo a don Luis por encima de don Diego de Miranda...

Y el envidiado caballero sonreía musitando: ¡Levante... Levante...!

Quedáronse solos y callados don Luis y Sigüenza. Ya se iba deshaciendo la tarde. Los montes tenían un morado color de arcaica pintura; a lo lejos, el cielo y las aguas se cuajaban tersamente; había una honda quietud en el aire, y todo estaba penetrado del ácido perfume de las magnolias.

Comenzó Sigüenza una encendida alabanza de su Levante, de las mañanas doradas y dulces como el panal, de estos crepúsculos de misticismo y exaltación. Y cuando esta serenidad y esta belleza hallan un alma levantina propicia a su gracia, entonces surge un artista maravilloso y elegido... Familia de elegidos era la de don Luis; todos sus hijos «coronados con las hojas del árbol a quien no ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de nadie los que con tales coronas ven honradas y adornadas sus sienes...».

Y don Luis seguía profiriendo melancólicamente: ¡Levante!... ¡Levante!... ¡Señor!...

Una hija tenía muy hermosa, artista peregrina de los teatros de América. La madre la acompañaba. Ocho años hacía que no las viera. Un hijo era concertista; en ruta gloriosa iba caminando diez años. El otro hijo empezaba triunfalmente en Roma las jornadas del Arte.

Y entre tanto el padre recorría la solitaria casa. Venían los hidalgos. Sonaba en un gramófono la voz de la hija. Todos aplaudían. Llegaba el correo. Traía noticias de éxitos y agasajos. Todos encomiaban la suerte del padre.

Y el envidiado caballero abatía su frente ante la grandeza y hermosura levantina...

1909.




ArribaAbajoPlática que tuvo Sigüenza con un capellán

Estaba la calle sola, en silencio. Dos palomos gordos, azulados, de gravísimo buche, hicieron un gozoso estrépito de alas, y bajaron desde las bardas de una vecina casa angosta y ruda. Picoteaban en los carriles de polvo, en la orilla de la acera. Andaban a pasitos menudos, presuntuosos.

Pero no; es posible que estos palomos fuesen tan sencillos como dicen que lo son todos los palomos, y que esa ufanía estuviera en la malicia de la mirada de Sigüenza. Estos palomos son caseros, retraídos, de cercado, amigos de gallinas enclaustradas, de alguna cabra de corral que pasa el día balando porque se acuerda de la libre y tierna pastura de un collado. Estos palomos han ido envejeciendo y cebándose; han tenido muchas parejas de cría, son ya patriarcales. Y esa mañana, viendo la calle en quietud, bajaron a solazarse, imaginando que descendían a tierras paniegas de solana.

Y estas buenas y rollizas aves, que hasta entonces nada más las viera Sigüenza asomadas a los muros donde se amaban y saltaban ladeando las cabecitas, o se paseaban por la cumbrera soleándose pacíficamente como dos gruesos canónigos; estas donosas aves, al caminar por el arroyo, habían de hacerlo muy despacio por la rudeza del piso y porque sus patitas eran demasiado frágiles para mantener la opulencia y pesadumbre de sus pechugas.

Sí; su calma era verdaderamente involuntaria, y era también preciso ese erguir y ostentar el buche, movimientos todos de grande inocencia y que a él le hicieron darles el dictado de vanos, de palomos portugueses. ¡A cuántos simplicísimos varones no juzgaremos también con demasiado rigor y les exigiremos grandes y costosas empresas por el aparato y solemnidad de su figura, sin pensar que son muy sencillos y no tienen nada más que buche o vientre!

Así hablaba Sigüenza cuando acercose y pasó a su estudio un capellán de monjas, que fue soldado en su primera juventud.

-¡Loado sea Dios, pues ya parece que tenemos paz en nuestro pobre país! Aunque, ¡qué sabemos! Todavía se me acuerdan de mi época de Humanidades aquellas palabras de don Fernando del Pulgar, que dice: «La mala condición española, inquieta de su natura, en el aire querría, si pudiese, congelar los movimientos e sufrir guerra de dentro cuando no la tiene de fuera». Ahora de entrambos modos la hemos padecido. ¡Qué lástima, qué lástima!

Sigüenza le repuso que se consolase, que esa mala condición era de españoles, de germanos, de indios y de todos los pueblos, pues el hombre depende de un «hecho» que no se halla en su voluntad.

Y con esto callaron y estuvieron paseando por el estudio.

De la casita frontera habían salido los camaradas de los palomos; eran algunas gallinas, un pollastre y dos pavas. A la cabra se la llevó un muchacho atada de una soga que apenas le dejaba aliento para el balido ni para el resuello, y el pobre animal tornaba la cabeza a sus amigas las aves, como si ya no apeteciese la holgura y abundancia de los campos, sino la angosta querencia de su encierro.

En cambio, el averío estaba muy alegre de su libertad, y divertíase picando las hierbecitas brotadas al pie de los muros.

Y andaban tan alborozadas, tan inocentes y unidas, que, siendo muy desemejantes, parecían todas nacidas y criadas al mismo refugio de una generosa llueca, porque ni los palomos huían desconfiados y asustadizos de los grandes, ni las pavas eran gazmoñas, voraces y cobardes según su natural, ni el gallo caracoleaba con demasiada bizarría y lascivia, ni las gallinas mostraban entonces la hipocresía y el egoísmo y otras ruines avezaduras que suelen tener estos sabrosos animalitos.

Miraba el señor capellán de monjas con mucha complacencia tanto goce y amor.

Y después, volviéndose, dijo:

-¿No nos ofrecen estas humildes criaturas una dulcísima enseñanza? «La Creación -escribe Fray Luis de Granada, y lo han repetido otras plumas- es un libro inmenso y glorioso, cuyo lector es el hombro. Y estas palabras, dictadas a mayor gloria de Dios, nos han infatuado. Este gran libro no ha de ser sólo deleite de nuestra ánima, ni hemos de hojearlo con altivez, como un índice de nuestro señorío y heredad, sino que antes debemos estudiar humildemente sus páginas y recoger la santa eficacia de su ejemplo. Recuerde las recientes contiendas de España; mire, según me advirtió usted antes, mire, digo, los males, ferocidades y guerras de otros pueblos; y, en cambio, vea el sosiego y el amoroso júbilo de estos palomos, pavas y gallinas, con macho y todo.

Descansó un instante el presbítero. Y después siguió:

-Siendo yo soldado en Ultramar presencié muchas desventuras. Una tarde que peleamos con el enfurecimiento de la desesperación, cuando ya iban acabándose el día y la lucha, alcé los ojos, y viendo la pureza del cielo, la noble vejez de aquellos árboles y la paz y opulencia de todo el paisaje de los trópicos, exclamé: «¡Señor, y no es lástima que aquí se maten los hombres!». Allí y en todas partes, piensa usted, ¿verdad?, pues todo está lleno de la gracia y hermosura del Creador, y en todos los lugares debiéramos recibir la divina enseñanza del libro de la Creación...

No pudo seguir porque en aquel momento se produjo un furioso estruendo entre el averío. El pollastre, erguido, bravo, alzándose sobre sus espolones, y toda encendida y trémula su cresta, arrojaba insultos y cánticos de guerra por su entreabierto pico; huían las pavas, pisándose el faldellín de sus alas, y en sus ojos, en su cabeza y hasta en sus fláccidos cuellos se hacían livores de iracundia; y volaron espantados los palomos heridos en el plumón de sus pechugas por los picos y patas de las gallinas que cacareaban injuriosas y audaces bajo el patrocinio rufianesco de su gallo. Parece que todo este odio lo originó el hallazgo de un gusanico muerto, caído de una sera de estiércol de que iba cargado un pobre asno que pasaba.

Y apenas descubierto el manjar, no se sabe si por uno de los palomos o de las hembras del pollo, lo codiciaron todos. Y se odiaron.

Entonces Sigüenza dijo:

-He aquí otra página del sabio libro de la Naturaleza. La paz y el amor de estas aladas criaturas han sido destruidos por un gusano muerto. Nosotros, los pobres hombres, somos capaces de las más grandes ternuras y virtudes, somos capaces de ser muy buenos, de querernos mucho hasta que nos inquieta y nos concita aquel «hecho» ciego, desconocido que antes le decía y que puede ser toda una gusanera.

-¡No sé qué dice! -repuso el señor capellán-. Pero, sin entenderle, le pido que no diga filosofías ni blasfemias...

-No son filosofías ni blasfemias. Recuerde, señor cura, que siendo usted soldado en Ultramar alzó los ojos y se le llenaron de la pureza de los cielos y de la hermosura de los campos, y supo leer en el glorioso libro de la Creación un bienaventurado mandamiento de paz y de amor, viendo la armonía del mundo. Y, usted, dijo: ¡No es lástima que se maten los hombres!

-¡Ya ve usted!

-¡Sí; pero eso lo sintió usted después de haber matado, quizá muy bizarramente y todo!

1909.




ArribaAbajoSigüenza, los peluqueros y la muerte

De un librillo de un docto licenciado se deduce que el uso de cortarse el cabello los españoles tiene su origen en el trono y en la desventura. Y fue, porque habiendo enfermado del cuero de la cabeza el emperador Carlos V, hubo de rapársela para untársela bien y cabalmente. Entonces, todos los españoles se esquilaron curándose en salud.

Y el autor de ese libro exclama: «Con lo cual estaban libres de peluqueros, y el capricho no había dado en este ramo del lujo que tantos millones cuesta y que más que ningún otro ha contribuido para afeminar a los nombres». Pero, al desposarse doña Ana de Austria, hermana de Felipe IV, con Luis XIII, vinieron de Francia sus gustos, sus deleites, sus costumbres y sus peluqueros. Algunos escritores de mucha sabiduría y austeridad se quejan de los daños que aquellos buenos hombres traen a la patria.

El doctor don Gutierre, marqués de Careaga, escribe una Invectiva en discursos apologéticos contra el abuso público de las guedejas. Se promulgan bandos como este del 23 de abril de 1639, que comienza de esta manera:

«Manda el Rey, nuestro Señor, que ningún hombre pueda traer copete y jaulilla ni guedejas con crespo u otro rizo en el cabello, el cual no puede pasar de la oreja...».



Síguense las penas de los peluqueros infractores de este mandamiento; comienzan por multas, pasan a cárcel, a destierro y llegan al rigor del presidio. Después se advierten las prohibiciones y castigos para los lindos de guedejas. A éstos no se les daba entrada a la real presencia de S. M., ni eran oídos de los señores del Consejo ni de Justicias, aunque tuvieran preeminencia por título o fuero.

No conoce Sigüenza la razón de esa severidad. Acaso los motilones, los lampiños, los lacios y raídos, ¿son todos dechados de continencia, de templanza? ¿No sabemos de algunos calvos que han cometido los siete pecados capitales y aun más de esos siete? Pues los pobres de los peluqueros ¿merecían ser perseguidos con tanta saña? ¿No profesan oficio limpio y necesario y hasta liberal? ¿No han sido remedio de tribulaciones, descanso de fatigados cuerpos, archivo de secretos y agudezas, dulces y complacientes ironistas, amenos glosadores y aun medianeros de graves negocios de Estado? ¿A quién no le ha acontecido estar malhumorado y caviloso y apenas le alcorzó de jabón mejido la sabia mano del peluquero o le anduvo blanda y discreta por su cabellera, no sintió que se le desenconaba el ánimo y que le rodaba mansamente por las venas más sutiles una onda de resignación y hasta deploró que no se estilasen guedejas y otros entretenidos tocados para no volver tan pronto a lo desabrido de la vida?

Es verdad que todos los siglos han cometido injusticias, demasías y errores. En ese del desatado odio contra los artífices de cabellos diose también en la sinrazón de perseguir esa prenda femenina que se llamó guardainfante, y prohibirla por «lasciva, deshonesta, ocasionada al pecado y perjudicial a la salud y a la generación», según palabras del señor Alonso de Carranza.

Un bando de la época dice: «Manda el Rey nuestro Señor que ninguna mujer, de cualquier estado y calidad que sea, no pueda traer ni traiga guardainfante u otro traje semejante, excepto las mujeres que, con licencia de las Justicias, públicamente son malas de sus personas y ganan por ello...».

Esta orden de todo un Rey nuestro Señor es por lo menos sagacísima; no puede negarlo Sigüenza. Con ella no quedaría mujer que se pusiese el tontillo o guardainfante, que no la hay que no apetezca siquiera la apariencia de honesta. Acaso tuviera esta ley suntuaria más eficacia moral que la cruzada de la modestia cristiana de hogaño. Y más que todo la tendría el hacer a la virtud de la modestia graciosa y elegante. Un buen modisto, pero casto, vencería las audacias y exquisiteces de la desenvoltura, porque parece que una castidad desaliñada, rígida y fea ya no es grata ni a los Santos Padres de ahora, y menos a los pobrecitos pecadores.

Pero en lo que atañe al tontillo, pensó Sigüenza: ¿el guardainfante, lascivo, deshonesto y ocasionado a pecar? ¡Y él que lo tuvo siempre por todo lo contrario!

...Carlos V se corta el pelo en Barcelona.

Sigüenza también se rapó en Barcelona. Fue en una peluquería de estrepitoso ornato.

Apenas entró Sigüenza, sintiose apocado, encogido, como si fuese a pedir una carta de recomendación para oposiciones.

Aquellos mancebos pulidos, perfumados, ágiles, le miraban demasiadamente. Resplandecía la sala de lujo y primores de tocador de alta señora, y con fría severidad de vitrina de sabio cirujano. Le sentaron en un sillón todo articulado, dócil y enorme, y nuestro caballero cometió algunas torpezas: como manifestar su susto cuando el respaldo pareció que se derribaba atrayéndole a un abismo; tampoco pudo reprimir su complacencia cuando, en seguida, sintiose blanda y sabiamente amparado por las vértebras y los brazos y los costados de ese mueble tan humano.

Le ciñeron el suave collarín de algodones; le vistieron un peinador bata, un cendal como un amito, un babero rozagante, solemne como pelliza de canónigo, una fazaleja atusada y hermosa. Y él se miró y se dijo: Señor, ¿a qué estaré obligado, envuelto con estas vestiduras tan amplias y cándidas?

Las manos del mancebo, sutiles, aladas, se internaron delicadamente en la frondosidad de su cabellera. Sigüenza comenzó a sentir un sueño infantil, una deliciosa renunciación, un cabal olvido de sí mismo; todo Sigüenza era piel que se encogía y descogía bajo el suavísimo adobo.

Y entornó los párpados y pensó: Durmamos, alma mía. Pero de tiempo en tiempo llegaba a su oído un plácido abejeo. Era que el oficial le consultaba con mucha reverencia, y él, sin entenderle, le respondía débilmente:

-Claro; sí.

Y de nuevo dormitaba, y otra vez el leve zumbidillo le quitaba de su letargo, y él decía:

-Bueno; sí.

Y, por último, murmuró:

-¡Lo que usted quiera; a mí me es igual! Y le pasaban jabones y pastas; perdiose bajo una espuma que olía a azahar; le derramaban pomos de fragancia; ardían junto a sus sienes, junto a su cerviz unas lamparitas de llamas azules; le daban revistas, libros, anuncios, guías de la ciudad, cigarritos va encendidos, y todo se le iba cayendo blandamente de las manos.

De súbito, los dedos del mancebo, el índice y el cordal, se le fijaron en las sienes y en la barba, y haciendo una gentil mesura le dijo:

-¿Vamos?

-¿Dónde? -preguntó Sigüenza todo sobresaltado viendo sus mejillas jabonosas.

El mancebo hizo una sonrisa menuda, cortesana y seria.

Ese vamos era como un modo de invitación de que ladease, de que volviese la cabeza para seguir rasurando.

...Pasaron días; volvió Sigüenza a su hogar, y una mañana presentosele su peluquero. Era un hombre flaco, descolorido, cansado, con las rodillas un poco dobladas de subir muchas escaleras. Ya entraba en la casa de Sigüenza siendo éste chiquito, y el primer copo de cabellos, esas hebras tan leves de un oro pálido que guardan las madres entre joyas antiguas, que exhalan siempre un aroma de la pasada juventud, esa pelusa la corto, conmovido y solemne, el viejo maestro. Tuvo un salón, insigne en toda la provincia. Y, ahora, va dentro de la vejez, vencido por lo nuevo, ha de ir a las casas de los que le guardan fidelidad. Son de algunos rancios abonados y de sus hijos, y a éstos les tutea, les aconseja, les habla como ayo; muchas veces les sorprende todavía acostados, y les afeita pacientemente en la cama.

Sigüenza le refirió las maravillas de la peluquería de Barcelona. Sonreía el maestro y murmuraba:

-Todo eso que dices son novedades, vanidades y perder el tiempo... Anda, vuélvete, que por aquí ya estás.

Y le centelleó la navaja.

La estuvo aguardando Sigüenza. Y la cuchilla no llegaba. El brazo del maestro pendía ocioso, postrado; sus ojitos se habían humedecido, y sus labios se doblaban con un rasgo de amargor. ¿Qué tenía el buen maestro? El buen maestro alzó la nariz de Sigüenza muy familiarmente, y teniéndola de este modo, le dijo:

-¡No malgastaba yo las horas en mi salón, y eso que no se vivía tan de prisa como ahora, y, sin embargo, tuve que cerrarlo! ¡Y si fuese sólo el salón lo que perdí! ¡Es que la parroquia, casi toda de viejos, va también faltando; el lunes se me murió uno! Esa es la vida: hoy, unos; mañana, otros. ¡Ay, hijo!

Transcurrieron más días. Fue otra vez el maestro. Mientras enjabonaba a Sigüenza le habló de comedias de antaño. -¡Teatro como aquél, Sigüenza!- Y comenzó a afilar la navaja en la vieja correa del suavizador.

¿Qué tenía Sigüenza? No hablaba. En su mirada humedecida se copiaban dos gotas del Mediterráneo tendido frente a sus balcones.

Sigüenza le contó que trasladaba su hogar; decidía salir de su apartamiento levantino.

-¿Que te vas, dices? ¡Te marchas! -prorrumpió espantado el peluquero.

Y después, alzando de la nariz con nervioso pellizco para rasurarle el labio, balbució doloridamente:

-¡Qué hemos de hacerle! Unos, hoy; otros, mañana... ¡Hijo, eso es la vida!

Sigüenza se estremeció. ¡Se creía un muerto, Señor!

¿Esa idea de la muerte del viejo y honorable peluquero no tendrá semejanza con la de muchos hombres, nuestros hermanos, y aun con la de algunos sabios filósofos?

1912.




ArribaAbajoCampos de Tarragona

Viajaba Sigüenza en un humilde y cansado tren. Era por los campos de Tarragona, campos exultantes, jugosos y embebidos de azul. Está el azul en las frondas que parecen siempre mojadas, en los troncos, que aun los robustos y viejos son tan tiernos que Sigüenza creía que pudieran abrirse y zumar un verdor hecho luz; está el azul en la encendida tierra que tiene la color gloriosa de las ruinas. Está el cielo, el mismo cielo de la comarca de Sigüenza, redundando el paisaje, como la miel caliente que penetra en el pan. Se derrama la lumbre azul dentro de los colores, avivándolos, estremeciéndolos en sí mismos... Campos de Tarragona, todavía lejos de la costa, y a través de la pompa de oro pálido Y fresco de la retama, y en todo el aire, palpita la claridad del Mediterráneo. Y ese aire de gracia de antiguos horizontes deja en el sol de la mies y en la umbría del pinar la emoción y la blancura rubia del mármol hecho carne. Vemos nuestra angosta vida iluminada y agrandada por un antaño que sonríe con todas las sonrisas de las diosas desnudas. Tierra encamada, inagotable, alma tierra que nutre la olivera, ancha y solemne como un ara, y al lado está el cerezo, oloroso y herido de fruto; tierra milagrosa que da ardor al nopal y el delicioso frío al avellano. En los ribazos se abren las ascuas de los granados; sobre los panes se doblan de abundancia los almendros; de los huertos cerrados suben las palmas; la viña invade la llanura y la mansa cuesta de los alcores; los pámpanos velludos y lustrosos de las higueras se ayuntan con la rigidez de las encinas; los pinares bajan torrencialmente por la montaña, y los algarrobos, sacando sus garras de raíces de la besana, de los barbechos, de las laderas, caminan tercos y fuertes hasta el mar, y entre los peñascales se tienden rendidos calándose sobre los eternos confines azules.

Campos de Tarragona, hervor y almáciga de paisajes, tierra de olor caliente y bueno de madre limpia, grande y sana...

...Llegó el tren de Sigüenza a un pueblo abrupto, con muros almenados, prorrumpiendo de casas anchas y morenas. Olmos centenarios dejan su sombra y un alboroto de pájaros en la ventana de un aposento, donde quisiéramos leer un libro arcaico que nos parecería reciente. De cuando en cuando, saldría nuestra mirada como si quisiera contemplar en el silencio campesino el alma de sus gratos y sutiles rumores. Quizá se nos escapase de los dedos una página trémula, viva, aleteante por el vientecillo que viene cargado de olor de simiente, de árboles y de agua de riego de huertas.

Campos de Tarragona, hervor y almáciga de paisajes, tierra de olor caliente y bueno de madre limpia, grande y sana...

...Llegó el tren de Sigüenza a un pueblo abrupto, con muros almenados, prorrumpiendo de casas anchas y morenas. Olmos centenarios dejan su sombra y un alboroto de pájaros en la ventana de un aposento, donde quisiéramos leer un libro arcaico que nos parecería reciente. De cuando en cuando, saldría nuestra mirada como si quisiera contemplar en el silencio campesino el alma de sus gratos y sutiles rumores. Quizá se nos escapase de los dedos una página trémula, viva, aleteante por el vientecillo que viene cargado de olor de simiente, de árboles y de agua de riego de huertas.

La estación era nuevecita, vestida de uniforme de arquitectura ferroviaria. Este supremo alarifazgo, prescinde en sus fábricas o construcciones del fondo del paisaje y del lugar, y tiene por deber inexorable el rojo o ceniza de las fachadas y las «salas de espera», donde nadie espera nada, porque allí nos moriríamos de tristeza como en prisión.

...Sigüenza y un amigo de pulido espíritu y abandonada apariencia que le acompañaba pasearon por los andenes hasta los campos. Cerca vieron un sendero que corría entre macizos de retama florida.

Y el amigo, aspirando el aromoso aire, gritó:

-¡Sigüenza: qué olor a Corpus!

El Corpus de Cataluña huele a retama; el Corpus alicantino huele a rosas y romero, pero a rosas encarnadas, calientes; Sigüenza recogió la íntima emoción del suyo, porque diciendo Corpus se huele a campo que entra en la ciudad, campo interpretado, y porque Corpus es una palabra que tiene todos los aromas fundidos en una misma fragancia para todos los corazones, fragancia de la tristeza de las alegrías.

...Cuando volvieron a su departamento, un nombre alto, enjuto, de poderosas zancas y recias manos, descargaba atadijos, alforjas, cuévanos y cajas.

Le llamó una viejecita, preguntándole si era el recadero de Barcelona.

Sí que era el recadero. Para decirlo se asomó todo por la portezuela. Sigüenza le vio un lunar bravo, agreste, con un zarzal de cerdas en medio de la mejilla.

La buena mujer le hablaba con apocamiento y aflicción, y él la respondía bizarro y jocundo, recogiendo más cestos y encargos de las gentes.

Un recadero está dotado de la paciencia y memoria de un bibliófilo y del exaltado optimismo de un héroe. Vinieron otras mujeres, algunas con criaturitas en los brazos. Y apareció un chico de una longura angulosa, flaco y encogido, de ojos dulces y asustadizos, de sonrisa débil. Sonreía siempre, no sabiendo qué hacer. Le miraban, le preguntaban del equipaje, de si recordaría el pueblo, la casa, la familia en la nueva vida de la ciudad; le desmenuzaban consejos y avisos, y él no contestaba, sonriendo para no llorar.

Lo mandaban a Barcelona. Había de hacerse hombre. Y el chico volvía la mirada anhelosa al llano del ejido, a los grandes árboles de un verde húmedo junto a la vejez de la parroquia.

La viejecita le componía los cabellos y las ropas muy limpias, recién repasadas, y muy cortas. Las manos y los pies resaltaban enormes como las alas y las patas de esas aves jóvenes que todavía no tienen todo el plumaje que necesitan.

Un hombre tocó la campana.

Al mozo y la vieja se les retorció doloridamente la vida; pero el hombre tocaba la campana como todos los días.

Las mujeres gritaban y oprimían al chico, llamándole, presentándole a los hijos pequeños para que los besara, y él besó gorritas, lágrimas, botones, tocas, palabras...

La mano membruda y sabia del recadero lo subió de un puñado del hombro. El chico le sonreía blandamente sin decir nada, sin ver nada. Partió el tren. Los brazos secos de la abuela se alzaban implorando al hombre del lunar que cuidase del chico, y el hombre miraba triunfalmente la tribulación de la viejecita, el espanto del nieto, y toda la vida, que entonces le parecía un costalico de los que él manejaba con tanta holgura.

Y ya el tren en medio de la mañana campesina, volviose el cosario y dijo mordiendo su cigarro de leña hedionda:

-¡Y ahora, a ser hombre!

-¡Sí, señor, sí!

Y Sigüenza pensó: ¡Qué prisa, señor! Y cuando venga traerá ropas grandes, y se marchará pronto y contento, y habrá ya muerto la viejecita...

1913.






ArribaAbajoLa ciudad


ArribaAbajoRazón y virtudes de muertos

Dice Sigüenza que el amor más grande del hombre, además del amor al hijo, es el de su personalidad, de su conciencia, del sentimiento de sí mismo.

Este autosentimiento, esta visión de sí mismo, es el principio y efecto, la flor y el fruto de su vida, la luz y la sal de su vida, de la vida del ser complejo, conjunto sociable de muchas vidas o células sedentarias. Parece que somos una suma, una emulsión de treinta trillones de células. (¿Treinta trillones o sesenta trillones? Es igual.)

Sigüenza mira su carne; mira también, honestamente, la carne de los demás.

¡Cuánta célula, Señor! Y se maravilla de que en algunos cuerpos se produzca la preciosa unidad del sentimiento de los treinta trillones.

El trastorno de una de las principales entrañas altera o extingue la armonía de esa multitud federativa de menudas criaturas anatómicas. Miles de ellas perecen, pero el hombre todavía subsiste; o muere el hombre, apagose el sentimiento de sí mismo, y muchos millares de células prosiguen viviendo.

¡Pero qué nos importa ya esa vida esparcida! -exclama Sigüenza, pensando, no como pensaría un biólogo, sino sólo como unidad, como hombre1.

La muerte del conjunto, la disociación de los treinta trillones de células ha cegado, ha deshecho ese sentirse a sí mismo, que, sea un gozoso o desventurado sentimiento, es infinitamente amable y es bueno, porque es voluntad alumbrada y saber que se vive. Por eso nos horroriza el morir y tememos la locura.

En la locura hay un estado de suplicio de la conciencia, o la pérdida, la disolución del propio concepto. Ya no se es como se ha sido. Y aunque el cuerdo, por ahínco de penitente, por afanes de filósofo, por ansias de perfección, haga propósitos de enmendarse y se abrase y sublime en la llama de la caridad, de la sabiduría y del trabajo, logra ese perfeccionamiento sin olvidarse de sí mismo en su pasado, y precisamente porque no lo olvida, porque no ha perdido el sentirse. Todo él es el mismo, y todo suyo, aunque la cumbre tenga más sol que la ladera, y aquélla es cumbre porque hay un hondo, un comienzo obscuro que la mantiene. ¿No nace la flor de la simiente oculta en la tierra estercolada?

La muerte y la locura -va pensando Sigüenza- son los males que más conturban el corazón del hombre. El de la muerte es inevitable, al menos por ahora. Pero, ¿y el de la locura?

Y he aquí que cuando Sigüenza salía de la oficina, mirándose un momento su carne, después que sus treinta trillones de células han vivido cinco horas de escritorio, pareciéndole entonces pocas células para tanto tiempo, Sigüenza lee la estupenda noticia de que un médico de Chicago confía haber hallado el remedio de la locura injertando en los pobres locos ciertas glándulas arrancadas de los cadáveres.

Estas glándulas segregan el divino licor de la razón que beben ávidamente las células nerviosas del cerebro.

El sabio fisiólogo ha ensayado su descubrimiento en dos mujeres. Todavía se desconoce su eficacia.

Este injerto, biológicamente, es verdadero, es viable. Ya sabéis, porque Sigüenza también lo sabe, que el hombre «no muere del todo en seguida».

Dastre, profesor de Fisiología de la Sorbona, ha dicho que «un organismo vivo no puede ser al mismo tiempo un cementerio»; que la muerte se difunde; que «es un fenómeno progresivo que comienza en un punto y se extiende al resto del hombre». Pero Dastre también ha dicho que «la muerte tiene un principio y un fin»; que después del certificado de defunción las uñas y los cabellos del muerto siguen creciendo, porque ese certificado «es un pronóstico de que el sujeto morirá, no de que esté y si muerto»; «que no hay muerte verdadera sino cuando la muerte universal de todos los elementos que componen el individuo se ha cumplido». Cita el caso del fisiólogo ruso Kuliabko, que hizo latir isócronamente el corazón de un hombre dieciocho horas después del fallecimiento oficial. Y añade: «Es preciso recurrir a artificios de destrucción de una gran violencia para matar de un golpe una célula...». «Una acción mecánica capaz de triturar de una vez todas las partes vivas de un ser complejo, de un animal, de una planta, habría de poseer un impulso inconcebible...».

Esas glándulas, halladas por el sabio de Chicago en los cadáveres para remedio de la locura, pueden verdaderamente estar aún vivas. Y claro que si estaban vivas dentro de un muerto, mejor pueden vivir en el cultivo de un organismo que vive.

Ya se han cumplido las profecías de que el elemento se acomoda al plan orgánico sin mengua ni violencia de su naturaleza; que procede en el sitio que le fue dado como procedería en otra parte hallando el mismo líquido, el mismo alimento que le estimulase y nutriese.

¿Sanarán los cerebros de las dos mujeres locas con ese injerto de razón, de luz, tomado de la tristeza y negrura de un cadáver?

Y Sigüenza, como exotérico del culto de las ciencias médicas, como profano de estas disciplinas del saber, se ha contestado que sí que es posible que curen, que se salven esas desdichadas mujeres. Es verdad que precisamente por no estar iniciado ha podido contestarse todo lo contrario y sonreír de la audacia del sabio médico de Chicago.

Y en seguida que Sigüenza «ha creído», la esperanza y la inquietud han conturbado su ánima, porque si ese injerto redime al loco, ¿no se habrá iniciado la posible posesión de la gracia y de la salud éticas por medios fisiológicos? ¿No puede llegar un día maravillosamente clínico en que se cultiven y se injerten las substancias y glándulas de los cadáveres de hombres virtuosos, prudentes y heroicos?

Y no puede Sigüenza compadecerse de los esforzados, de los santos y de los sabios que fueron y que son a costa de recios sacrificios, cuando las gentes de mañana puedan igualarles y aventajarles con inyecciones de virtud, de fortaleza y de ingenio; no puede apiadarse de ellos, pues merecieron la gloriosa misión de ir formando la flora microbiana del perfeccionamiento de la humanidad.

Al júbilo de la esperanza ha sucedido en Sigüenza la inquietud, la queja de su conciencia, del asustado sentimiento de sí mismo.

Sigüenza tiembla imaginando los futuros esplendores científicos.

La herencia fisiológica, el medio social, el trabajoso pulir nuestro interior, nuestra voluntad, nos acercan al bien y semejanza de los grandes corazones y entendimientos. Pero queriéndoles y admirándoles, ¿consentiríamos en trocarnos por ellos, disolvernos en ellos como anhela el místico fundirse en Dios?

Una pasión violenta hinca en el amante el encendido deseo de ser como lo amado, de vivir dentro de su sangre, de sus nervios, de su aliento; de vivir, de fundirse en su misma vida, pero con la ciega protesta de ser al mismo tiempo quien es, de no perderse del todo para poder gozar de lo que se ama. De modo que ni por ansias de sabiduría, de belleza, de virtud ni de amor renunciamos a nosotros.

Y ese injerto del sabio de Chicago y las venideras maravillas médicas, ¿no llevan la levadura de un peligro para la propia personalidad? En tanto que esto se realiza y se averigua, le queda tiempo a Sigüenza para descubrir si en la frase: «Yo no me cambio por nadie», palpita un legítimo egoísmo o una pobre vanagloria o una conciencia, legado de muchas conciencias ancestrales.

Y con estos pensamientos se aparta de haber vivido en siglos futuros, en los que, no hallándole muy cabal de sosegadas virtudes, le aplicasen una «vacuna», un injerto de glándula de bondad de un varón muy bueno, muy siervo de Dios, pero que fuese un entusiasta secretario de Ayuntamiento, enamorado del Alcubilla, o coleccionista de sellos...

1914.




ArribaAbajoLa aldea en la ciudad

Sigüenza ha entrado en la ancha calle de «todos los días», calle europea, recta, larga, con árboles esquilados que se juntan a lo lejos haciendo un macizo de verdura; con cables, que revibran como una cigarra enorme de este hondo ardiente de la ciudad. Todas las mañanas llega Sigüenza al mismo cantón de la calle, pasando por los mismos sitios, y al pisar las roídas losas y las desolladuras de cemento de la acera vuelve a vivir en las anteriores mañanas.

Todos recordamos que Kant salía puntualmente a las dos de la tarde de su casa de Koenigsberg, y se recogía a las tres, caminando siempre por los mismos lugares. Parece que esto fue lo único que vio del mundo de fuera. Y tampoco lo vio, porque iba entregado al mundo metafísico. Pues Sigüenza aventaja al filósofo en tardar más tiempo; en que el mundo de fuera, los desportillos y atolladeros de las baldosas le recuerdan el camino de su oficina, y, finalmente, se diferencia del varón de Koenigsberg en que éste andaría con el reposo del sabio, y Sigüenza con el atolondramiento de un hombre que llevase una recia cartera de negocios debajo del brazo, pero que no trae esa cartera. ¡Es terrible, Señor, tener prisa y no sentirla, y sentirla y no tenerla!

Y cuando esa mañana -que no es preciso determinarla porque es semejante a todas las mañanas- ha llegado Sigüenza a su parada de tranvía, ha visto que le miraba y se le acercaba un señor capellán.

-¿Usted sabe si este tranvía puede llevarme al Provisorato?

-«Ese» tranvía sólo puede dejarle en un escritorio.

Todas las mañanas encuentra Sigüenza los mismos pasajeros, y unos hidalgos que salen de casa a hora fija, no siendo Kant, son empleados.

Suben al tranvía Sigüenza y el señor capellán. Y al sentarse el señor capellán se le alza el hábito, ya viejo y lustrosito, y Sigüenza le ve las anchas orillas de sus pantalones, pantalones de labriego, de color de trigo, y las medias, medias blancas, con rollos gordos de arrugas, como de una lana recién cortada de la oveja; las botas, inmensas, de elásticos flojos, están fragosas de unto, de betún, con sus barrancas de pliegues, sus laderas peladas y los peñascos abruptos, inquietadores de los dedos gordales. ¡Oh pies de apóstol primitivo y botas de capellán aldeano! Estas botas se las guardará una abuela enlutada que cuando se sienta, su falda hace un regazo hondo como la sotana del hijo; las guarda en una alacena del dormitorio, cerrada limpiamente por una cortina inmaculada que la madre plancha los sábados con tanta unción como un alba o un sobrepelliz.

El señor capellán trae desabrochados dos altos botoncitos del hábito, y le asoma la argolla del reloj; debe de ser un reloj enorme, de esos que resuenan como una herrería.

Sus manos venudas, rollizas y morenas descansan poderosamente en el puno roto de su paraguas.

Sus mejillas, macizas y bermejas, azulean de barba y brillan de grosura. Una ola de carne le desborda congestionada por el collarín.

De cuando en cuando, el buen clérigo se pasa los dedos entre la garganta y la tirilla, y después se los mira y resopla, y su nariz se dilata ávidamente.

Alza los ojos asustadizos y los fija en los anuncios del coche. Pero no cree Sigüenza que piense el capellán en las maravillas que prometen esos cartelitos. El presbítero forastero lo que hace es verse a sí mismo en su aldea. Este viaje suyo debe haber sido prometido durante largo tiempo.

Veréis. Una mañana, a la salida de la iglesia, cuando cerraba el portal, se le llegan algunas mujeres y le hablan de una dispensa de derechos diocesanos, de una lámpara para el Santísimo... ¡tantas como sobrarían en la catedral!, y del pago de dos oliveras que les arrancaron porque las raíces hundían los tapiales del camposanto...

El párroco vacila un instante, y dice:

-Todo eso lo arreglaría yo hablando con el señor Provisor.

-¡Ay, sí, sí!

Y el viejo sacristán alaba la idea de este remedio.

Por la tarde, al amor de los árboles del camino, un hacendado le pregunta al párroco si las obras de la iglesia no podrían acabarse para el día de la fiesta mayor.

Otro lugareño principal cree que no, si no envían dineros de fábrica.

Entonces, el señor maestro pide ahincadamente que se terminen. Con el andamio no caben las andas de Nuestra Señora en el presbiterio, y él tiene escritos unos «gozos» a la Virgen Santísima, que ha de declamarlos un discípulo suyo, precisamente delante de las andas, en el presbiterio, porque así lo exige la verdad de aquellos versos suyos:


...y desde este presbiterio,
¡oh María,
te adora a porfía
este pobre y cuán sufrido magisterio!



...Cerca ondulan los sembrados ya maduros. Viene, desde lejos, un rumor de agua.

Las voces del grupo se ahondan en el reposo de la tarde solitaria, tibia y azul.

Todos se sientan en el fresco ribazo. Un abuelito que le tiemblan las manos, el cayado, el pañuelo de hierbas, un hilo de plata que le baja del labio, dice trabajosamente:

-¿Y si viniese un canónigo para el sermón del día de la fiesta, para el sermón de la misa, pero misa de tres capellanes?

Sobre sus cabezas pensativas, una moscarda deja un centelleo de zumbido.

...Retornan los ganados. El párroco se levanta y murmura limpiándose las baldas:

-¡Lo mejor será que yo hable con el señor Provisor!

Y este propósito entusiasma a sus amigos.

Llegado a su casa, toma el breviario. La madre para la mesa suspirando. Todos los compañeros del hijo alcanzaron mejores parroquias.

Y va diciéndole los agobios: una saca de harina, una arroba de aceite, un manto...

El hijo hunde su pulgar entre las páginas de las Vísperas, y se queda pensando, pensando, y de súbito exclama:

-¡El lunes iré a ver al señor Provisor!

La madre se lo dice a la sobrina, que le ayuda en los menesteres. Y la noticia se derrama y comenta en todos los hogares aldeanos, porque de este viaje se esperan grandes bienes.

Los lugareños se imaginan a su párroco hablando con el señor Provisor. Ellos no osarían presentarse a tan ilustre varón. Debe imponer. Será más alto y más grueso que el párroco. Traerá gafas de oro y un solideo con borla morada. El maestro afirma que esa borla es negra; otros, que roja o verde. Acuden al capellán para preguntarle su parecer. Todos, singularmente la madre, aguardan con ansia sus palabras. Al capellán se le arruga toda la frente, hasta las sienes, y dice:

-A veces no usan solideos...

...Nace el alba del lunes cuando el arriero llega a la casa-abadía. Ya está vestido el párroco, y sale y monta en la mula que ha de llevarle a la apartada estación del tren.

La madre llama afanosamente al presbítero y le da el paraguas.

Es el mismo paraguas que le ha visto Sigüenza en «esa» mañana luminosa de junio.

...Ha subido más gente en el tranvía. Y Sigüenza se acomoda al lado del capellán. Su hábito, bajo el sol, recuerda los suelos húmedos de los patios hondos. En un codo trae prendida una arista de avena. La quietud, la larga vida aldeana, el silencio de los campos, el olor y la paz del huerto de la parroquia tienen su evocación en esta sotana, cuyas costuras ofrecen un elogio de la paciencia de la madre.

Sigüenza ha conversado con el capellán, y sabe que ha de volverse, por la noche, a su hogar. Sólo ha venido por ver al señor Provisor. ¡Si uno supiera la hora de menos audiencia! ¡Recibirá tantas visitas!...



...En el último tren se ha marchado el pobre párroco.

De nuevo lo ha visto Sigüenza.

En las grandes ciudades suelen encontrarse estas figuras que no se buscan ni se necesitan. Ahora, acaso, no se vean ya más. Y Sigüenza ha leído en la mirada del siervo de Dios todas sus jornadas de la Provisoria y del regreso a su aldea.

Son muy sencillas.

En su casa le esperan los amigos y las viejecitas de la dispensa de derechos, las de la lámpara del Santísimo y de las oliveras. Tampoco falta el abuelo que le tiembla toda la vida.

La madre del párroco les refiere con alguna ufanía los triunfos del hijo como sochantre en el Seminario. La madre está muy contenta.

Ya viene el hijo. Todos salen, le rodean, lo entran y le dan un sillón de paja. El sacristán mira a su amo hasta vorazmente; se engulle tragos de ansiedad; su afilada laringe le sube y baja como si estuviera aserrando su cuello de pollastre desplumado.

La madre cruza las manos en la eminencia de su vientre. Pero viendo que el polvo, el humo y el aire del camino han nublado y revuelto la felpa del sombrero eclesiástico, lo toma y le pasa amorosamente los dedos y el delantal.

-¡Diga, diga! -le piden todos.

-¡Vengo rendido! ¡Cómo cansan las capitales; pero qué hermosas!

-Sí, claro... ¿Y el señor Provisor? ¿Qué le ha dicho el señor Provisor?

Entonces el párroco repara en el cascabillo de avena de su manga, y mientras se lo arranca, teniendo los ojos humildes, dice:

-¿El señor Provisor?... El señor Provisor... No he visto, yo no he visto al señor Provisor...

1914.




ArribaAbajoLa fruta y la dicha

La frescura y delicia de las cerezas y de los albaricoques, que van llegando a la plenitud del sabor de sus sucos, de los colores y gracia de su forma y de la fragancia de su piel, traen siempre a Sigüenza el recuerdo de las josas y de los huertos, cuando están los frutales desnudos de fronda y prendidos delicadamente de flor nupcial. Y esas cerezas, ya grandes, con un brillo tierno, jugoso y frío en su encendimiento de sangre y de brasa, y esos albaricoques que huelen y saben a jardín romántico y a carne de mujer de una castidad tan melancólica y selecta que santificaría el mismo pecado, estas frutas presentan también a Sigüenza la emoción del verano, le colocan bajo un pórtico estival: desde él se ve la vida campesina, dorada, gloriosa -sin dejar de sentirse la primavera-, una vida grande, llameante y breve. Y recuerda también una mañana que comió una guinda o un albaricoque tan exquisito que quiso perpetuarlo y plantó el hueso en... ¿dónde plantaría ese hueso, Señor?

...Pues en esos «días frutales» se ha oído a sí mismo pronunciar: «seamos dichosos». Y al decirlo comenzaba a serlo; su vida se abría gozosamente para recibir los finos oreos y las largas contemplaciones de la dicha prometida. Porque en aquellas palabras había un principio de voluntad y de conciencia de la dicha, sin las cuales el hombre a quien las gentes envidian por venturoso se aburre, y el aburrimiento no es ni desgracia; es una tristeza obscura, confinada de humo que viene de las hogueras de los otros. ¿Habéis visto un niño que se aburre? Parece que se anticipe a una pobre mayor edad; un niño que se aburre es un remordimiento para los grandes. En la mirada de un niño aburrido ve Sigüenza las angustias de los hombres. Y un hombre que se aburre ha regresado a una infancia sin ternuras, sin tránsitos de ilusión, de exaltación.

Pero este «seamos dichosos» de Sigüenza no ha surgido sólo de quererlo ser. Se lo habrá dictado un instante bueno y emotivo, de holgura de alma, en que todo se presenta a nuestros ojos de una manera cordial y fácil.

Sí, sí; el origen de esas palabras puede traerlo quizá un accidente de la vida de fuera; pero al decirlas ya se infiere que Sigüenza lo ha hecho suyo, íntimo y voluntario; constituye una aptitud y un propósito que nos acerca, que nos facilita la posesión de un conjunto, de un horizonte de sentimientos.

Ese «seamos dichosos» es voluntad y luz, es firmeza y saber; interpretar las cosas que nos rodean, aun las humildes, y acaso más que nada las humildes, modificando abnegadamente un poco la promesa evangélica -en tanto que no tengamos otro remedio- que la quimera se nos ha de dar por añadidura. Y aun para que se nos dé de este modo es preciso solicitarla y buscarla insaciablemente, por todos los caminos, hasta por los que conducen a un escritorio, a la angostura de un desabrido deber.

Aconseja Sigüenza que tengamos propicia nuestra vida para que se abra dentro de ella toda simiente de animación, de alegría, alegría que no consiste en la risa, sino en reconciliarnos con nosotros mismos, en esperar más de nosotros; hemos de tener en «carne viva» nuestra alma para que lo sutil la hiera con su gustoso toque y nos motive ese prurito que hizo que Sigüenza prorrumpiese: «Seamos dichosos», que viene a significar: «poseamos».

¿Es que la idea de dicha es una idea de propiedad? Parece que sí: de propiedad, no de propietario. Las manos, todas las manos, las tiernas, las blancas y pulidas, las cortezosas, las fuertes, las seniles, tienden a coger: el alma, a tener, a poseer. No ha de agarrar. Agarran los amos que no son más que eso: amos, amos de dineros, de haciendas, de insignias, de heroicidades, de amor, de vidas. Y éstos son los que menos poseen: son propietarios. Sigüenza ha pasado por lugares hermosos ajenos que han sido más suyos que de los dueños, que sólo los conocían en escrituras amarillas. También ha visto dignidades que él no las hubiera traído ni aun por penitencia, y no se concibe la propiedad en cosas tan separadas de nosotros y tan poco deseables que nunca dejan de ser bienes mostrencos.

El «seamos dichosos» es propiedad de aptitud de goce y de transfusión a lo íntimo; es como la propiedad de nuestra sangre, que no necesita de la del hermano. Y nuestra sangre se genera y renueva en virtud de principios y substancias que no eran sangre. Así la dicha puede producirse por causas que, definidas concretamente, no son dichosas, pero al transfundirse a nuestra alma se clarifican. En nuestra vida y en lo que la rodea hay una honda claridad cuando queremos ser dichosos, y una atención serena que puede avenirse con la étourderie de Stendhal, y entrambas hacen que plantemos no sabemos dónde el hueso de una cereza, de un albaricoque que nos ha gustado mucho para que nazca un árbol que tampoco sabemos si saldrá, pero que, desde luego, no nos dará su fruto ni su sombra. Y, sin embargo, lo imaginamos y poseemos: es el árbol más frondoso y abundante de todos los huertos...

1914.




ArribaAbajoEl discípulo amado

En aquel tiempo pasaba Sigüenza muchas tardes por un lugar callado más hondo y obscuro que todos los lugares de la ciudad, porque allí las calles eran estrechas, los muros altos, el suelo empedrado rudamente como un camino aldeano. Si alguien se quedaba mirando a Sigüenza desde una vidriera, él se decía: Será un enfermo, una mustia doncella, una viejecita que cuida de su hermano beneficiado, segundo organista o maestro de ceremonias de la catedral; será una madre viuda que apenas ve a su hijo, porque este hijo mozo, disipado y alegre, vive todavía en los sitios grandes y magníficos, y cuando se recoge ya es el alba, y la madre suspira en su dormitorio, oyendo las pisadas y las toses de fatiga del hijo entre la pureza de las primeras campanas...

Y todas esas pálidas cabezas que miraban a Sigüenza no parecía que se asomasen detrás de los cristales, sino detrás del tiempo, del tiempo dormido en el viejo lugar, a la umbría de la basílica. Y en esos cuerpos se perpetúa el alma de las primitivas familias que han morado en estas mismas casas venerables y tenebrosas como retablos. Allí la piedad se ha hecho carne y piedra. Habrá matrimonios ricos, reumáticos y estériles. Los domingos les visitarán los sobrinos, vestidos austeramente, sin galas ni joyas, aunque puedan traerlas y las tengan, para que los tíos no sospechen vanidades y les malquieran.

Quizá vive con ellos, de continuo, algún sobrinito porque se ha quedado huérfano o porque así les conviene a los padres. Estos sobrinitos suelen aborrecer los floreros de la cómoda o un álbum de retratos descoloridos, bordado por la señora en los primeros meses de su desposorio, cuando todavía esperaba los dulces afanes de la maternidad, que seguramente le fue negada para difícil prueba de su resignación y mansedumbre; aborrecen a la criada, una antigua criada, morena, seca, desabrida; aborrecen unas llaves de la señora, una toca raída, los botones del gabán del esposo, un cigarro de brea, algo que se halla cerca del cariño y de la vida de sus tíos...

Y Sigüenza se dice que él quisiera vivir en una de estas casas, con unos viejos mañeros, de blanda grosura, y escucharles, comer un día a su mesa, y en seguida abrir la puerta y escaparse gritando...

Y pasaba Sigüenza por aquel lugar, y sentía en toda su vida el tránsito de los sitios anchos, claros, ávidos y rumorosos, al apagamiento y hondura de las calles viejas, como si andando por un paisaje abierto, soleado y alegre penetrase de súbito bajo un bosque profundo de encinas centenarias.

Alguna vez retumbaba el estrépito de un auto que iba como desgarrando el silencio y angostura. Y las gentes y hasta los portales y celosías de las casas y los sillares y gárgolas del templo se quedaban mirando esa máquina opulenta y palpitante como si pasara algún pecado mortal vivo, fuerte y gozoso. Después sonaba muy triste la melodía mundana de un vals, tañido por un quinteto de lacerados, cuyas cabezas inmóviles destacaban en la verde claridad de un claustro de iglesia. En aquel lugar, las tiendas eran tenebrosas, y aunque los mercaderes vistiesen y hablasen a la moderna muy contentos, Sigüenza les veía la túnica y la pena de los hombres dispersos de Israel. Los amigos de los tenderos se sentaban junto a su obrador o al lado de su silla familiar y fumaban y conversaban muy despacito.

Debían de contar cosas pasadas, y si hablaban de las de hogaño serían chiquitínas que pertenecen a todos los siglos. Muchos de estos amigos eran sacerdotes, que después del coro o de confesar entraban frotándose las manos, y tomaban un periódico, y mientras leían mostrábanse pasmados y adolecidos de que todavía se quejase el tendero de su romadizo o mal de ijada. Estas tiendas son de ornamentos y vasos de iglesia. Resplandecen eucarísticamente las custodias con sus espigas de filigranas; los cálices, con uvas de granates; las navetas, graciosas y blancas; las albas, tejidas de espumas; las casullas, pesadas y olorosas de tisú.

Hay cererías pálidas, místicas, femeninas. Dentro, una señora, que parece también de cera, cuelga amorosamente los racimitos de candelas de colores entre los exvotos y un letrero que dice: «Se expenden bulas». Y la casa huele a panal, a hostias y capilla.

Al lado, encuentra Sigüenza una librería religiosa. Y se adormece blandamente, como si oyera el canto de las tórtolas, leyendo los dulces títulos de Chispitas de amor, Rocío Celestial, Ramillete de lo más agradable a Dios, Virginia o la doncella cristiana, Galería del desengaño. Si por acaso hay alguna obra profana, siempre es de mucha inocencia, sin la más leve duda ni inquietud, como El canario, su origen, razas, cría, cruzamientos y enfermedades, o el Manual del Ajedrecista.

Y en aquel tiempo gustaba Sigüenza de pararse delante de una tienda de imágenes de talla porque tenía la paz y la dulzura de un oratorio de monjas. Las paredes estaban colgadas de terciopelo de un color rancio y jugoso de cereza, y en este bello fondo se perfilaba la gentilísima virgen Santa Cecilia, con la mirada de éxtasis de música y de bienaventurada, y una Asunción con rozagantes vestiduras azules y gloriosas, y la beata Margarita de Alacoque, de hinojos en presencia de Jesús, que le sonríe mostrándole su corazón de llamas.

Sentadas en dos escabeles de felpa roja y descansando sus mundillos sobre la dorada rueda de Santa Catalina, tejían randa las hijas del maestro tallista, dos doncellas pálidas, delgadas, vestidas de luto y de gracia, que parecían labrar encajes para la mesa del Señor; y sin corona ni nimbo como las imágenes, compañeras de su vida, las frentes de las hermanas exhalaban la cándida lumbre de los escogidos. Cuando se abría un hondo tapiz, veía Sigüenza el taller, donde un anciano y un grupo de jóvenes discípulos transformaban en cuerpo de mártires, de vírgenes, de arcángeles los troncos de olivo, de castaño, de nogal que les dejaban las gubias y los dedos perfumados de bosque tierno.

Acabada la tarde, vibraba el dolorido timbre del cancel. Las dos doncellas se asomaban al cielo, que se iba deshilando en una blancura castísima. Sus manos aun traían las últimas hebras de la labor; sus ojos, un bello cansancio, y una ansiedad serena. A poco, salían los jóvenes discípulos, enlazándose las chalinas, componiéndose la falda del sombrero; algunos llevaban en su mirada la luz y la emoción de la idea y de la vida que dejaron palpitante en el leño.

Siempre salía el último Juan. Quedábase hablando con el maestro y sus hijas. El maestro le amaba sobre todos los discípulos. Juan era hermoso y apasionado. Sus sienes, su palabra y sus ojos tenían excelsitud y ternura. Terminaba su trabajo maravilloso, y todavía iluminado y trémulo empezaba un dulce coloquio con las suaves imagineras, y contaba las menudas heridas de la aguja en las blancas manos como un niño cuenta las estrellas de los cielos.

Y cuando Juan se alejaba, ellas le miraban quietecitas, devotas y calladas, hasta recibir su saludo, antes de perderse por la negrura de un cantón de la catedral. Y como se fatigaban deliciosamente los ojos para adivinarle en la noche y estaban embelesadas por el espíritu y la gentileza del discípulo, nunca se sorprendieron las dos hermanas su sonrisa de felicidad.

Después ayudaban al padre a cerrar la tienda, y se quedaban los tres solos con las imágenes, que parecían acomodarse en la blanda majestad del terciopelo para dormir humanamente, porque eran hijas de las manos de los hombres.

...Y en aquel tiempo vio Sigüenza todas las tardes un concurso de gentes piadosas y de gentes amadoras de la belleza mirando por los vidrios de la casa del estatuario. Y él también se allegaba, porque había una imagen nueva: Jesús y el discípulo amado. El Señor estaba sentado en una banca; tenía los brazos paternalmente abiertos; en sus labios florecía una sonrisa de misericordia y de tristeza. Juan aparecía recostado sobre el divino hombro y miraba hacia el corazón del Maestro. A sus pies, un águila rubia, de pico anhelante y de pupilas de fuego, que semejaban mirar, sin cegarse, lo Infinito, protegía unas recias fojas de pergamino. Una pluma de las alas había caído encima de unas letras que decían: «En el principio era el Verbo». Y después: «Yo soy el alpha y o mega...».

Y las dos hermanas ya no descansaban su labor en la rueda de martirio de Santa Catalina, sino en la fimbria de la túnica del Evangelista.

Sigüenza veía en esta figura más clara y fuerte la huella de los dolores y anhelos del hombre que el arrobamiento de la santidad. Y una tarde habló con las doncellas y alabó la imagen, y quiso saber el nombre del tallista.

Y ellas le escuchaban medrosas, como si recelasen algún daño, y le respondieron de esta manera:

-Hizo la imagen Juan, el discípulo predilecto de nuestro padre. Y es su retrato porque se inspiró en sí mismo. La hizo antes de marcharse lejos. Juan ya se ha ido de nosotros. Se fue a Italia; después a Alemania. Desde allí escribía. Ahora ya no... Sabemos que está rico y es feliz... Era el último que salía de casa...

Sigüenza lo recordó. Conversaron del artista. Las dos mujeres ya le miraban confiadas.

Y mientras hablaban obscureciose la entrada de la tienda. Pasó una señora enjuta, alta, lisa, toda de negro. Le acompañaba un capellán gordezuelo que jugaba dichosamente con sus pulgares tostaditos de tabaco. Y repetía:

-¡Ay, señora! ¿Y es de veras que nos lo merca?

La señora se esforzaba por sonreír, y no podía. Estaba muy amarilla y sin sonrisa, porque la penitencia había secado su carne.

Y el sacerdote murmuró con la boca muy pastosa de complacencia y de saliva:

-¡Bendito Dios mío, qué júbilo para mi parroquia!

Salió el anciano. Estuvieron mentando la imagen y cifras. Las hijas del maestro palidecieron; siendo frescas y hermosas, parecían haber envejecido. Unos hombres trajeron un carro; agarraron la imagen; se la llevaron.

Las dos hermanas salieron al crepúsculo, y ellas, que nunca se habían visto su sonrisa de felicidad, se sorprendieron sus lágrimas de desventura porque sentían que ahora se alejaba para siempre el discípulo amado...

1914.




ArribaAbajoLa ciudad

Algunas mañanas, cuando sale Sigüenza, halla que la ciudad es más grande y poderosa que otros días; parece que sólo ella quepa en la mañana. La ciudad retiembla, hierve, resuena y abrasa con un ímpetu que no encuentra anchura donde expansionarse, con una impaciencia que se devora a sí misma mitológicamente para crecer más con su hambre y su mantenencia. Y nosotros, y los árboles, y los pájaros, y el aire, todo, todo es ciudad, todo participa de su fragor y de su dureza. No tiene paisaje ni cielo; no la rodea la creación. Está ella sola.

Se oye el silbo de un tren. Un tren nos presenta siempre evocaciones campesinas. A Sigüenza le emocionan más las beldades que viajan que las de los saraos y teatros, por el misterio de las mujeres viajeras, por la melancólica idea de que no las volveremos a ver y porque esas mujeres viajeras, aunque no se asomen al camino, pasan sobre fondos de naturaleza. Las mujeres debieran amar el campo siquiera agradecidas de lo que el campo las favorece. Una mujer de espíritu patricio que huela a campo, que tenga la luz y el aliento del paisaje en su mirada, en sus cabellos, en su carne, en sus ropas, en toda su figura, es una vida tan primitivamente sagrada y triunfal, que, siendo ella, es a la vez un resumen de las gracias femeninas, y rinde con una dulce gloria al hombre. La mujer tiene entonces encanto de diosa; el velo de lo sagrado ha sido siempre la inquietud tentadora del hombre. Lo sagrado sin tentaciones que remediar se hallaría en una tristeza y soledad divinas inconcebibles...

Pero no ha de ataviarse el espíritu con naturaleza como se adorna un sombrero con frutas y flores y aves, porque hay el riesgo de que el tocado resulte demasiado geórgico...

...Aquel tren, aquel silbo del tren de la mañana llena, embebida de ciudad, no fue para Sigüenza el tren que se desliza y grita gozosamente sobre tierras praderosas, encima de los ríos, bajo los pinares, junto al mar; el silbo de ese pobre tren era un lamento de opresión de muros altos, como si se arrastrase hosco y desgraciado por las entrañas de un túnel eterno de hullas...

¡Esos días en que la ciudad domina a los hombres que la crearon!... No se oye la voz humana. La ciudad se levanta pesada y enorme de un silencio, que es un silencio de estruendo, de fuerza y de prisa...

...Y otras mañanas sale Sigüenza y ve que la ciudad se ha dulcificado. El cielo la ampara como a una masía. La ciudad no se adueña del hombre, sino que el hombre la sella con su vida.

Entra Sigüenza en una calle pulida, que recibe una brisa y claridad suaves, como si llegaran por una entornada celosía. Las celosías entornadas conservan siempre la solicitud y ternura de una mano. Esa mañana, los edificios no ostentan la crudeza de un estilo arquitectónico de una pobre vanidad, pero necesario para vecinos de la misma arquitectura, sino que todas las líneas y todo el frenesí de cantería se funden en un conjunto bondadoso y dulce. Los balcones no cuelgan sobre árboles de Ordenanzas municipales, sino encima de frondas de jardines que todavía retienen gotas diamantinas de lluvia. Hay un balcón entreabierto. Un balcón abierto «del todo» quizá fuese de una llaneza demasiado vulgar o de una ansia desdichada de oreo, como si hubiera habido un cadáver en la estancia. Por fortuna, aquel balcón estaba entreabierto. No se menoscaba la acendrada y discreta intimidad de la casa y de la calle. Sigüenza sólo puede ver un apagado oro de los artesones, los graciosos pliegues de un terciopelo, la silueta de una consola y un búcaro con unas rosas de la víspera que ya languidecen y van entregando todo el olor de su vida. Una gentil señora que no saldrá de casa, que se siente como si fuera otra rosa de la víspera, se acerca al pomo de flores y las mira y las huele con tan intenso y sutil ahínco que debe conmoverse todo su cuerpo lo mismo que el de aquella señora que al aspirar algunos aromas se ruborizaba como si hubiese cometido un pecado mortal...

...Llega Sigüenza a una calle honda, envejecida, trabajada. Hay una tienda de herbolario que nos da un aliento marchito de serranía. Toda la calle está para Sigüenza en el obscuro reposo de la tiendecita. Es de un viejo mercader descolorido y apesadumbrado; parece que al vender los atadijos de las hierbas remediadoras se incorpore los males de los otros. No creerá en nada más que en virtudes humildes. En sus soledades contempla y toca paternalmente los potes y tarros que guardan gálbulos de ciprés, almendras amargas, sésamo, alpiste, flores de árnica, de cantueso, hojas de eucaliptos y unas barritas negras de regalicia. ¡Oh, la regalicia, la regalicia compuesta! ¡Cuando él era muchacho!... Y recordándolo el viejo herbolista, descansa su pálida frente en el vidrio verdoso de la cancela. Entonces lo ha visto Sigüenza esfumándose en la foscura del interior...

...Y ahora cruza una calle erguida, espléndida, cabal; no ha de ser sino lo que ya es. Las gentes no pasan, la pasean. Sigüenza se cree en presencia de un hombre perfecto, de un hombre que hubiese acabado la formación de sí mismo como se acaba una carrera, la carrera de abogado. A un hombre perfecto le sobrará vida; ha menester un casino, un club de almas célibes, elegantes y ociosas donde pierda la perfección. Porque la perfección consiste en perfeccionarse; es una cumbre que tiene siempre al lado otra eminencia un poquito más alta. De modo que quizá el sabor y contento del perfeccionarse sólo puede sentirse pecando alguna vez en las distintas categorías de excelsitud a que se vaya subiendo. Nuestra fragilidad es un motivo para reconciliarnos y depurarnos. El salvaje comete las más Horrendas ferocidades sin pecar, con ánimo sencillo y recto, casi lo mismo que algunos varones que han terminado su carrera.

...Y Sigüenza no pasa más calles. Otra vez comienza a hincharse la ciudad, a estar sola en el día, a ser toda de piedra, de polvo, de ruido. Un jirón de ropa estrangula el verdor tiernecito, primaveral de un árbol. El cielo es de humo... Y lejos, el azul se tiende amorosamente sobre el paisaje...

1914.






ArribaAbajoArgüelles


ArribaAbajoSimulaciones

(Llegada a Madrid)


No recuerda ahora Sigüenza dónde ha leído -el no anotar, el no marginar el estudio, dejándolo que se le transfunda como elemento de la propia sangre, le incapacita para ser erudito o crítico-; no recuerda dónde ha leído que la moderna arquitectura metálica, de sostenes y costillajes monstruosos separados del organismo del edificio, osamentas de hormigón, vértebras y articulaciones de cemento, tiene sus antepasados en los contrafuertes, arbotantes y bizarrías del arte gótico.

Pues las formidables y chatas locomotoras Pacific tendrán también, por lo que atañe a su sirena, un antecedente de música litúrgica.

El silbo con ondulaciones y quiebros de tonada, el rugido en nota única, larga, enronquecida, hirviente, de gañiles rojos, se vocaliza en estas máquinas de los trenes del Norte, y profieren un salmo, una haz de notas acordadas dentro de un cañón de órgano negro. Desde que anochece hasta la madrugada, los Magnificat de los expresos, los Maitines de los mixtos, las antífonas de las máquinas-pilotos, todo el rezo de las horas ferroviarias sale del coro umbrío de la estación, esparciéndose por el barrio de Argüelles.

Barrio de Argüelles: solares todavía de tierra gruesa de bancal; parcelas amarillas y mondas como un hueso, con rebañaduras geométricas; vallados donde se guarecen obradores humildes bajo una higuera que se va forjando en roña y herrumbre; edificios recientes, edificios forasteros, con elegancias de maestro de obras, con lejas de balcones celulares, terrazas ateridas y ascensor fabricado en Valladolid; casas castellanas con su espinazo de tejas; palacios con ábsides y veletas de capillas, y follajes inmóviles de los huertos profundos; palacios con pináculos y bolas y dintel de Carlos III; hoteles particulares seudoclásicos y hoteles «franceses»; rinconadas con bancos y abetos del Municipio; muros de ladrillos rojos de hospitales, de residencias, de cuarteles; paredes de monasterios; apariciones de un bulevar con campechanía y mugres de arrabal; jaulas de andamiaje; torres como cipreses de pizarra; palomas azules que rodean la mirada abierta del reloj parroquial... Barrio de Argüelles, con su estatua de cantero, donde paran los tranvías. Rosales; casas caras; la más alta, del general Weyler; sombrillas bermejas de los fanales eléctricos de las horchaterías y el horizonte de paisaje de estampa arcaica de fondo de Madrid, con arboledas románticas del Real Patrimonio y el sueño azul de la sierra de frío. Barrio de Argüelles está sentado al sol poniente y al filo de una sombra de quintana; trae ropas de palmilla y de percal, de lienzo hilado a la lumbre y de tapices de grandes de España, y entre los rotos se le ve la carne desnuda de los yermos. Tiene unas orejas siempre distendidas y ávidas, que oyen la lejanía, y una boca fresca que, de noche, hasta pronuncia claramente el silencio. Ecos sensitivos que tienden en una calle enlosada el terror de un mastín que huye por la carretera de Galicia; ¡con qué precisión no cogerán y devanarán los cánticos sagrados de las máquinas Pacific! A veces, acercan el resuello de un tren junto a las vidrieras, y Sigüenza se aparta como si evitase el aletazo de un murciélago. Suben balbuceos de locomotoras que iban a resonar y se callan, como si se equivocaran y se pusieran una mano en el aliento. Sigüenza ya les sonríe familiarmente; le parece que reposen la cabeza corpulenta y dócil sobre sus hinojos, mientras él se queda mirando el cielo estrellado, toda una plaza estelar donde se deshojan pálidas y finas las estrellas veloces de las noches calientes. Hoy cruzan más; danzan y se buscan, dejando una respiración azul de su carne de astro. Pasan muchas con una picardía y jovialidad de doncellas, aprovechándose de la quietud de nosotros. Hay un rato de calma; hay menos balcones iluminados; no se arrastra el ruido calderero de los tranvías, y hasta las locomotoras se duermen recostadas en los andenes de porland, o están va lejos, en la noche de los pinares de Ávila...

En la orilla del paseo de Rosales ha tendido Sigüenza su bastón, como un romancista que va mostrando el lienzo de su legenda.

-Estos árboles de la hondonada son sóforas, que ahora tienen las bayas retorcidas. Al lado está San Antonio de Goya. Ya te llevaré. Los árboles siguen el camino real de Galicia, que, lejos, se trueca en dos: el de Gijón y el de La Coruña... Aquellas frondas de la planicie alta me parece que vienen de la Puente de Segovia, y acompañan la carretera de Extremadura. En el horizonte, a la izquierda, sube el caserío y la torre de pico de cigüeña de Leganés. A la diestra, tienes los encinares del Pardo, que casi se juntan con los follajes frescos de la Casa de Campo. Hubo un tranvía que el tiempo ha sepultado como a una ciudad bíblica...

Yo no pude resistir mi pasmo.

-¡Sigüenza, todo lo sabes!

-Es verdad; todo lo sé; todo lo sé a costa de un amigo. Es uno de esos hombres que nos socarran porque algunas veces nos adivinan los pensamientos. Ágil para la réplica y la zumba, hace que recuerde que Diódoro el dialéctico murió súbitamente de la vergüenza de no haber hallado una frase ingeniosa contra su enemigo. Yo, por eso, no moriré gracias a Dios. Yo me miro más a mis anchas y a solas, sin fatuidad, pero sin mengua de mi aprecio. Quédese para los santos el llamarse y sentirse, llenos de contrición, «polvo vil y hediondo», «gusano de la tierra» y otras humildades. Sencillos como palomas y cautos como la serpiente quiso el Señor que fuésemos. Eso está muy bien. Todos amamos las palomas, y la malicia de la sierpe es de una elegancia perfecta. Ya sé que se arrastra, pero tan graciosamente, que no lo parece. Lo demás son vilipendios contra sí mismo, de encendida mística, que Dios los tolera, aunque no los apetece. Porque si los que han subido todas las cuestas de la perfección se dicen viles y abominables, y se lo creen sin serlo, a nadie dañan; pero si a los medianos y a los peores les diese por despreciarse con tan ingenuo acento, acabarían por ser todo lo que se dijesen con un sadismo contra su corazón peligroso para los demás. Esto que te digo, siendo tan leve, y si alguna vez te contase cosas de más enjundia, advierte que no quisiera que pasaran por ironías. La ironía pensada muy de antemano, la ironía como pragmática de conducta, de arte y de diálogo, es casi una farsa, una chocarrería contrahecha de ingeniosidad.

Tiene ese amigo mío una felicidad irresistible para los que no pueden ser particioneros: la de la exactitud del tiempo. Si un reloj oficial tañe horas, consulta el suyo, y si la hora que trae es la misma de las campanadas, su gozo llega a ostentar una sonrisa de acusación contra mí. Le he visto acercarse con avidez a las vidrieras de los obradores de relojes para consultar el cronómetro coronado por el rótulo que dice: «Hora exacta». Delante de ese cristal, frío y austero como la frente del Kempis, tomaba su reloj y lo acariciaba, y parecía que le instase a seguir las enseñanzas infalibles del tiempo sabiamente medido. Comunicándosele la ñora exacta sentíase poseído de todas las exactitudes biológicas y éticas. Tuve el prurito de esa posesión, y con el fervor Honrado del que copia la virtud sin remedar al virtuoso, cotejé mi hora con la del cronómetro y la acomodé a la suya. Pero no todos hemos nacido con la misma capacidad de disciplina para las perfecciones. Ya era yo dueño, como él, de la hora exacta. ¿Qué haría yo con ella? ¿Para qué la quería? Cuanto pensase y acometiese se hallaba bajo los rigores de la hora exacta. Comencé a vivir con una pesadumbre, con un agobio del tiempo implacable. La hora exacta corre; yo la tengo, y desbordo de su órbita y me oprimo en su medida; me estaba ancha y corta; hasta que se paró mi reloj, y torné al cauce del tiempo, que corría según mi sangre.

Este hombre es el que, de improviso, se pone delante de mis ojos, me hinca los lentes de los suyos y dice que sabe lo que sucede en lo hondo de mi ánima.

Aquí Sigüenza toma aliento, mira reposadamente el confín, y con tono distraído añade:

-Cuando se nos promete la adivinación de nuestra guardada humanidad nos apercibimos para una réplica en el enjuiciamiento de nosotros mismos, a veces de más rigor que el ajeno, pero rigor del que se derive siquiera el elogio de nuestra capacidad de crítico de nosotros mismos. Entonces nos desdoblamos en crítico y criticado. Lo importante es que nuestra personalidad predomine. Hay quien, hablando de sí mismo, llega a «imitarse» con una lírica apócrifa, episódicamente, tan sentida, que nosotros, al calar su inocencia y creerle con razón embustero, cometemos una injusticia. Y todavía peor: pensando ruinmente de otro, le invitamos a la ruindad, le guiamos a su término, y cuando llega nos gloriamos de nuestro presagio y nos dolemos del mal que se nos hace. Pero no nos regodeamos, porque resulta que ya lo ha dicho Séneca... Volvamos al amigo, que de pronto me dijo:

-Ya sé lo que usted tiene: un hambre de mar; una desnutrición sensitiva sin Mediterráneo.

Es verdad: hasta la piel y el olfato de Sigüenza necesitan del unto salino y del olor de las aguas azules.

Lo peor fue que ese hombre le aconsejara el remedio. Parece que en Madrid puede tenerse, si no el mar, al menos la emoción del mar. Ha de ser de noche en Rosales; allí, en el paisaje, fermenta una sensación marina; un mar desolado, torvo, plácido, según el firmamento; con luces de la costa, de barcas de pesca. Es el consuelo de la falta del mar... Nada tan peligroso como el retoricismo en el consejo de una simulación.

Sigüenza marchó a Rosales en busca del Mediterráneo. No estaba. Entonces abrió su alma al goce campesino, y el campo no le abrazó. Porque la emoción es ella y no una equivalencia de otra.

Cruza una estrella. Esa estrella pondría una banda de felicidad sobre la cúpula destellante de un faro...

1919.




ArribaLa nena de la tos ferina

De lejos, de una casa nueva, que remata en una torrecilla india con cuatro águilas de fundición, vienen por las noches, atravesando un solar vallado, aullidos de ahogo. Y la noche, tan inmóvil, tan dulce, se estremece de hipo.

Sigüenza deja su lectura y acude para mirar. ¡Qué delicia la del cielo enjoyado, la del silencio después del aullido! Y al remover otra página se vuelve con recelo hacia el foscor de la casa de las cuatro águilas. No es posible que los clamores salgan de ese edificio de elegancia dominguera. Pero de allí vienen siempre. Nadie hace caso. Lo que da miedo, el miedo de padecer, es que en esos gritos convulsos de estrangulación se ven las uñas de las manos que se niñean para aguantarse, para resistir desesperadamente, y el alarido de bestia se agota en una queja de garganta frágil de hija.

-Es una niña que tiene la tos ferina.

-¿Allá, enfrente?

-No; de allá enfrente es el eco. La niña vive en esta misma casa; en el piso más alto de todos.

...De día, las águilas de faldellín de hierro colado y membranas de foca, no hacen nada; pero, en lo profundo de la noche, se truecan en gárgolas horrendas y vivas que se tragan la tos de la nena y la precipitan de sus picos; y ella se oye a sí misma en la obscuridad toda de hierro hueco que agranda la tos y la vierte a pedazos.

Algunas tardes, se paran al pie de los balcones dos señoras con hijos pequeños, y preguntan por la nena enferma. Han de gritar muy recio para que las sientan desde lo alto, y han de atender a las criaturas que se quieren huir, aburridas del mismo coloquio de siempre.

-¿Que digo que cómo sigue?

De arriba va llegando la voz esparciéndose en el gozo de la claridad.

-¡Igual! No puede dormir. ¡Es una pena oírla!

-¿Qué?

-¡Que lo mismo!

La niña se va asomando junto a la madre despeinada. Todo lo mira, todo lo oye, todo es ella; y enfrente, las águilas, vaciadas en el azul, con un gesto de tildes, están guardándose los ahogos para la noche.

Sigüenza ve un cerquillo de cabellera de mies, unos ojos anchos, atónitos, una boca larga, abierta y morada como una herida.

Las señoras van callándose; pero han de decir algo que anime.

-¡Pues no se la conoce!...

La madre se revuelve:

-¿Que no? ¡Si no parece la misma!

Entonces, las amigas se atribulan, y confiesan que es verdad.

-¡No queda de ella! ¡Tan hermosa como estaba!

En el balcón hay un silencio de susto y de ira.

-¡Que digo que tan hermosa como estaba! ¡Daba gozo verla! -y reprime a los chicos que le tiran de la falda-. ¡Daba gloria! -insiste, arreglándose el pelo y mojándose la pomada de la boca-. ¡Nosotras subiríamos!

-¡No suban, por Dios!

-¡No, no subimos; pero subiríamos!

Ya se marchan. Pasarán bajo el terrado de las águilas que ahora parecen gallinas escapadas del encierro, y miran la calle como si quisieran bajar.

Sigüenza y la nena se miran y se ríen; los dos han visto las cuatro águilas rodear y seguir a las señoras para picarles las medias de seda.

De seguro, que Sigüenza ha librado a la niña del maleficio de las aves horribles, y de este modo le irá quitando la enfermedad.

Pero, por la noche, Sigüenza escucha el alarido, el alarido prolongado desde las fauces casi ahogadas hasta que rebota en las piedras y en los solares y vuelve retorcido por los picos de los monstruos.

Era más poderoso el sueño que se abría y entornaba con suavidad; y, fuera, se iba quedando solo el hipo de agonía.

-¿La oyes?

Se sobresaltaba Sigüenza, pero, poco a poco, volvía a sumergirse en sí mismo durmiéndose, y soñaba su compasión.

-¡Se morirá esa criatura! ¡No podrá soportarlo!

No podría soportar esa tos; le rajaría la garganta llagada; le rompería el pecho con una pulmonía; le encendería a golpes las meninges...

...A la otra mañana tañe una esquila bajo los balcones. Es un prodigio. Se acostó Sigüenza en una casa de rigidez de camisa mal planchada, y amanece en la égloga de una escondida heredad. Porque la esquila no se aparta, tiembla siempre lo mismo, como de ganado que está paciendo en el herbazal de su querencia. Hay un olor de árboles de ribera, que en cada estremecimiento desprenden la respiración de sus gotas de follaje, de sus troncos regados.

Están regando las sóforas y acacias urbanas. Y es que, además, principian las obras de un solar vecino; y se ha parado una carreta de bueyes que trae los tablones de los andamiajes. En tanto que los descargan, el boyero desata la junta; les pone pienso; y las bestias, solas, libres, se van recostando en medio de la calle; hunden los labios en el cabezal del heno; se mosquean blandamente con la cola los ijares de barca vieja; miran de reojo, con dulzura de sueño, y sus cencerros tocan despacio.

Toda la mañana han estado sueltos los bueyes. A mediodía, el gañán se sentó entre los dos, y se puso a comer. Ha comido una torta grande y morena, la hogaza dura de Castilla, y, de companaje, camuesas, melocotones y queso amarillo. Los bueyes le pedían; él les daba, y las quijadas enormes se iban torciendo buscando y rosigando el mendrugo. Después, fueron a beber en la acequia y en los alcorques de los árboles. Tan quietamente bebían que los cencerros no sonaban, bañándose doblados dentro del agua.

Todo lo mira la nena enferma desde su balcón. Sigüenza también. Están muy contentos en la granja que les ha regalado el boyero.

Pero los bueyes tornan al yugo. Dócilmente han entrado en el timón, y sacan el testuz por el arco de la gamella crasa de roña; y, allí, inmóviles, aguardan que el gañán les vaya atando la cuerna a la tabla. Todo su aparejo es un cordel. Y ya está. Han recrujido las cervices, las cuerdas, las maderas. Los flancos rojos y peludos se hinchan, se atirantan y oprimen; avanzan las pezuñas, exactas, lentas, en un paso procesional. Parece que en la carreta vaya el Arca de su rito.

Ni una vez ha tosido la niña.

¡Decididamente, Sigüenza curará a esta criatura!



...Muchos días estuvo Sigüenza viviendo sus jornadas; era un trajinero de sí mismo. Y esta noche, al regresar, ve su casa, toda dormida menos un balcón, que tiene la mirada abierta de una luz.

A esa luz, en otro tiempo, le daba compañía su lámpara de estudio. La dejó sola muchas noches.

Las águilas callan en el olvido. Tañen los relojes, que se saludan acercando sus campanas en el silencio de la ciudad.

-¿Habrá muerto la nena? ¿Ha muerto sin saberlo nosotros?

-¡Pero, si la nena de la tos ferina está ya bien! No tose. Se pasa las tardes asomada al balcón como si estuviese esperando, esperando...

¿No esperaría a Sigüenza? ¡Se ha puesto buena sin él!

¿Qué le pasa? No lo sabe. No quiere mirarse para no verse su mueca de fisga, la mueca de la desilusión del bien que se realiza sin nosotros...


...Pero las jornadas de Sigüenza en la corte se quedan aquí rotas.

Vuelve Sigüenza a su provincia después de veinte años.

...Olor y regusto de hierro y de hulla. Hierro inmóvil de la osamenta articulada de la estación. Carriles mellizos que principian a caminar hacia la lejanía, rajando paralelamente el campo. Hierros de placas giratorias, de faros cabezudos. Hierro de locomotoras que han criado en la fungosidad de los túneles una piel vieja y sudada. Y gorriones, gorriones de herrumbre y escoria, gorriones ahumados, que tienen la querencia en las jácenas, y vienen a picar regojos y mondaduras que han barrido de los vagones los mozos de limpieza; pájaros ferroviarios, de fundición y estruendo; avecitas modernas, que trocaron el parral, el ejido y el otero por los muelles y almacenes de mercancías de una estación de ferrocarril.

Y las lumbrecillas socarronas de sus ojos miran a Sigüenza, que se va acomodando en el correo de su tierra.

-¡Aquí os quedáis entre humos, arcos voltaicos, vigas metálicas y el trajín de los hombres! Yo me voy a mi comarca. Más de veinte años sin ver, sin tocar, sin aspirar mi paisaje. Haré vida rural mucho tiempo. ¿Qué os parece?

Los gorriones, que le están mirando, vuelan a recibir un tren mixto que llega de la Mancha, tren desbordante de viajeros con atadijos, alforjas y cestas de merienda. Porque siguen cumpliéndose las palabras del Señor: «Mirad las aves del cielo que no siembran ni allegan en trojes; y Nuestro Padre Celestial les da el alimento de cada día».


Y acaba este libro con las mismas palabras evangélicas de sus primeras hojas.