Nocturno para errantes eternos
Sara Karlik

—[7]→
|
«Cada caído se asemeja al que sobrevive y le pide explicaciones» |
| Cesare Pavese | ||
—[8]→ —9→

- I -1
Se me hace difícil tocar esa otra parte de la familia, no sé si por blanda o susceptible, o por razones situadas debajo o encima de otras razones que fueron presionadas para que permaneciesen así, sin causar molestias, sin necesidad de remecerlas y vuelen sus pedazos, levantando cejas o, peor aún, voces condenatorias.
Quisiera recobrar ese tiempo, no precisamente perdido. Porque no lo encuentre a mano no debo considerarlo de ese modo, mirar a través de algún vidrio empañado que me obligue a inclinar los ojos o la mirada y regresar para hacerme cargo de historias o hechos que me fueron narrados, situaciones diversas que ya no pueden ser endilgadas a la leyenda, porque la memoria heredada sufre mermas con el tiempo y las historias corren el riesgo de desaparecer.
Me encuentro desorientada, como si recién pretendiese empezar a caminar, tanteando terrenos movedizos mientras imagino que se levanta una gran pira donde el olvido pretendo quemar nombres. Y yo, moderna Juana de Arco, lucho por rescatarlos y no se pierda de ese modo tan vulgar, no el tiempo, sino la historia, aunque después el tiempo presente excusas y dé la impresión de que sus oscuridades tienen forma de solucionarse, que sus pasillos no son tan angostos como para impedir pasos de cuerpos agrandados por los años.
Las ciudades cuadradas de pronto desatan temores cuadrados. Son ciudades que se cortan, que no dejan que la mirada las ausculte, que se guardan como doncellas púberes. Son esas las irrecuperables. Pero no recuerdo haber vivido en una ciudad comparable. Las actitudes eran cuadradas o tal vez encuadradas en principios que fueron desgastándose con el tiempo. La falta de principios inconcebible en aquélla época, una forma de proteger y protegerse para conservar era el espíritu limpio, abierto, sin recovecos donde pudieran ocultarse segundas intenciones. Se lloraba con lágrimas verdaderas por las —10→ cosas más simples y con la vergüenza a flor de lágrimas, como debía ser.
Quizás remitirse al pasado sea un mal de familia, una forma de vida. Además, está el temor de que el presente no tome represalias por el hecho de ser constantemente nuevo y de que volver al pasado sea un precio para adquirir derechos presentes. El futuro mejor no mencionarlo, pues era un asunto que concernía sólo a los dioses, y todos estaban de acuerdo en que no era aconsejable meterse con los dioses. No en balde los grandes libros atestiguan las supuestas prepotencias de las que habían hecho gala los hombres del pasado y de las consiguientes penas que tuvieron que padecer.
Estar «en familia» también era un modo de vida, y quien carecía de ella debía ampararse en otra. Entonces surgían las familias voluntarias, generalmente las que disponían de suficiente espacio en sus casas, estableciéndose de inmediato una relación que, con el curso de los años, desarrollaba un parentesco a veces más profundo que la misma consanguinidad.
Era mucho lo que había que comprender y aceptar en ese estado de observador pasivo con cargo al futuro que conformaban los años indecisos, esos que se equilibraban entre la edad de no ser y querer ser a la vez, una situación sordamente aceptada por quienes ya habían pasado los años cortos y pretendían haberse convertido en depositarios absolutos de la verdad, un mundo dividido entre niños y adultos sin posibilidad de acercamiento, uno donde la palabra cautiva debía permanecer en ese estado, esperando la liberación del cautiverio que sólo vendría con la edad.
No era fácil aceptar o entender que las abuelas y bisabuelas vistiesen siempre de luto por lo que pudiera pasar, para no toparse con la sorpresa y, el tiempo tuviera que correrse y dejarlas entrar para volver a emerger «de acuerdo con la ocasión y como Dios manda». Entrar en desajustes de opinión, carecía de sentido. Parecían heroínas de tragedias pasadas, herederas de tierras áridas. Oscilaban entre la aceptación de la vida y sus placeres y los cargos morales que se elevaban como vestales en reclamos de juicios pendientes. La vida en sí era un acto culpable. Por lo menos eso traslucía la cara de la abuela a través de sus lunares rubios. El amor era aceptado como ensayo de contrición, sólo disminuido por el nacimiento de una criatura como feliz consecuencia.
—11→La bisabuela, a quien también llamábamos la gran abuela o la abuela vieja, era un tema aparte. Buscaba los «vacíos de la ciudad» para encontrarse. Pero eran vacíos diferentes a los que había dejado atrás, cuando la utopía la obligó a cambiar la suya por otra lejana y diferente, como si los recuerdos con que se nace pudieran ser trasplantados o la nostalgia amarrada de algún modo a cierta raíz especial para que cunda hasta esbozar de memoria la ciudad propia, la extraviada por superposición impuesta.
La travesía de la familia, de uno y otro lado, estuvo plagada de miserias que luego se transformaron en historia. Se recurría a ella para tranquilizar dudas y afirmar la elección de la tierra nueva. Una de las abuelas tenía su propio mirador para atisbar el pasado con esos ojos que manejaba como si fuesen taladros o incubadoras de sentires. Hablaba de aldeas, una palabra que hacía delirar la imaginación con su alcance de otras épocas, de blancos y azules como si fuesen los únicos colores del arco iris. Sólo después, cuando pude relacionar el blanco con intensos inviernos nevados, fui capaz de programar la imaginación para ubicarme en esas tierras altas o bajas, no lo sé, pero sí tan lejanas que su abandono era sin vuelta atrás. El azul quizás representaba la cercanía de una ilusoria escalera de Jacob que la abuela Bea guardaba en algún rincón de su aguante para tiempos no tan aguantables, una escalera que la pudiese suspender del aire y tocar el cielo, «para lo cual tendré que arreglarme las manos», decía, «pues el trabajo las torna duras y pueden arañar la superficie».
Todo lo dicho por ella cobraba características de narración fantástica, capaz de homologar los viajes de Gulliver o cualquier otra historia de aventuras. Aunque viniendo de su boca uno podía tener la seguridad de que era de buena fuente y con poca imaginación, sólo la suficiente para que no se note que era auténtica. Me temo que no pocas mujeres, sin considerar las circunstancias, hacen de pronto uso de algún tipo de escalera similar para compensar situaciones de poca monta.
Mi madre, ya perteneciente a la tierra nueva, se adentraba en el sentir de la abuela para comprenderla, conversar con ella sobre los años pasados, buscando compartir lo no experimentado, situarse en esa tierra de origen para ayudarla a una mejor adaptación. El tiempo era ancho y profundo y en él podían caber pasados antiguos o recientes —12→ hasta hacer con ellos pliegues y repliegues y proyectarlos sin que nada se pierda por el camino. No era tarea fácil. Había que hacer gala del recuerdo, atar la memoria a un mástil y convertirse en una suerte de Ulises multiplicado, pero con una prohibición diferente: no la de desoír a las sirenas, sino la de no caer en olvidos que desatendieran las tradiciones. Porque de eso también se trataba, de mantener el bagaje espiritual y religioso y continuaron la nueva tierra con costumbres que no pudiesen incomodar otras, sino enriquecerlas.
El recuerdo se vuelve selectivo. Hay toda una procesión de seres involucrados con una historia anterior que me ha pertenecido. Tengo que elegir, saber a quién invocar. Me convierto en una suerte de sacerdotisa y manejo los hilos del poder que me concede la memoria y se manifiesta con la palabra. Las historias cuelgan de grandes pancartas que sostienen papá, mamá, tío Jako, tío Berni, la abuela Bea, el abuelo Mauri, y otros que asoman detrás de ellos queriendo intervenir. Siento que me impregno de una fantasía heredada y que seré protagonista o narradora de aventuras. Quizás esté cayendo en una espiral de delirio y, cuando termine de hacerlo, formaré parte de lo que deseo o de quienes trato de rescatar. Tal vez sea una falla del tiempo, que propone y dispone al margen de la más empecinada voluntad.
Temo que tío Jako esté detrás de la mano que escribe, la mía. Un niño, que podría ser él, corre detrás de una pelota, ajeno al desarrollo de lo que me mantiene firme en actitud de pensar. Tengo la convicción de que una gran batalla dejará de librarse si retrocedo, si me alejo del lugar donde estoy, en las mejores condiciones de pelear, lo que considero la batalla decisiva que dejará un resultado aplicable a la instauración de otras hostilidades necesarias para el devenir humano. Aunque no deja de atraerme el niño y su juego, y la pelota que insiste en rodar y alejarse, fomentando la persecución del niño y algún posible peligro. «No te alejes tanto, tío Jako», quiero advertirle, aunque no estoy segura de que no sea tío Berni. Imagino que mi padre, por ser el mayor -aunque de edad también infantil-, tenía horarios de trabajo más intensos en esa fábrica de azúcar a la que los hermanos debían llegar cada día, atravesando una distancia consagrada a la nieve.
El niño de la pelota ha desaparecido y en su lugar está mujer. —13→ Tiene aspecto de espera, de aguante, de querer que algo se concrete para retomar la intimidad y no verse obligada a compartirla públicamente. La abuela Bea era pudorosa. Aunque no sé si es ella la que acaba de entrar en escena. La pelota parece haber retrocedido y se encuentra a sus pies, como representando la fidelidad de un perro. Sin darse cuenta, la mujer la obliga a rodar y perderse. «Eran épocas en que muchas cosas rodaban y se perdían irremediablemente», escucho una voz familiar. Un hombre se acerca. Tiene un rostro que no tiende a la sonrisa. Todo en él parece electrizado por una especie de alambrada que lo envuelve, formando una tierra de nadie. Quiero saber quién es el hombre, pero la mente me juega claroscuros que tintinean en el aire, produciendo apariciones de pequeños círculos transitorios. El hombre es un extraño, aunque puede que no lo sea.
La pelota vuelve a la escena. Ahora está pintada de rojo. Ríe y muestra la falta de dientes. Otro niño pasa y con cuidado la levanta, la apoya sobre su pecho y la acuna.
Siento que me han cambiado la escena, que actores invisibles la han transformado en beneficio propio. Hay olor y atmósfera de tiempo pasado. Una carreta pasa lentamente. Adentro, unos indios hablan un idioma que desconozco. Alguien murmura que son escenas de la tierra nueva. Un grito corta el aire, se inserta en un árbol súbitamente aparecido y el viento tiembla hasta obtener un ulular que es captado por tambores. Un lenguaje nuevo intenta imponerse. La abuela presta todos sus oídos. El niño y la pelota parecen haber desaparecido con la carreta. Temo que si surge un barco y lo llenan de piratas, tendré que recurrir al tío Jako para que salte a cubierta y se bata con ellos con la espada heredada de algunos de los zares. Siempre afirmaba que la tenía escondida en el ropero. Pero el ropero ya ha sido abierto y no guarda ninguna espada. Sólo hay una aguja gruesa con la que la abuela Bea cosía los sacos de papa para una cosecha que siempre se corría, sin dar crédito a la responsabilidad de las estaciones.
La cara de la abuela Bea semejaba a la de Penélope, a pesar de su baja estatura, de usar anteojos y tener el rostro lleno de caminos por recorrer. Los sacos salían de sus manos como panes del horno. Para ajustar el presupuesto cosía fuera de las horas dedicadas al trabajo doméstico, sacándose y poniéndose el sueño como si fuese un sombrero.
—14→Ha regresado el niño con la pelota. Temo que se convierta en una imagen recurrente que ahuyente a otras, o sea el detonante que presione la memoria hasta descargarla de tanto atiborramiento. El absurdo parece posesionarse de mis pensamientos y conducir mi voluntad. Tiempos anteriores entran y salen por una puerta constantemente abierta. El hombre extraño ha dejado de serio a consecuencia de un pestañeo. Tiene los ojos cubiertos de una lluvia vaga y reticente, dando la impresión de que jamás irá a recoger sus tules. Es probable que los necesite para llenarse de humedad y no vaya a sentir de pronto el quiebre aparatoso de su esqueleto. Podría estar detrás de una ventana, llenando el vidrio con el vaho de su respiración para que se piense que está vivo y pueda la gente pasar, sin preocuparse de imaginarlo de otro modo. Pero eso sólo conformaría el deseo de otros para liberar culpas colectivas.
El hombre, aparentemente extraño, que se forma por la gracia del recuerdo, es el abuelo Mauri, el de piel tan dura que dificultaba la entrada. Sospecho, con la libertad que ofrece la distancia, que la suya era solamente una actitud para formar mundos interiores que no pudieron calzar en un solo barco, haciéndolo desdoblarse en una pertenencia geográfica. Esto lo llevó a viajar a su tierra pasada y regresar después, en lo que dura el pensamiento, para no dejar de pertenecer a una y otra, no intuyendo que de ese modo sólo se pertenecía a medias. Y esas medias partes conformaban un todo de características bastante ambiguas, aunque la dualidad de hombre extremo en sus silencios y de desbordes era parte de su apariencia.
Sentado frente a la enorme mesa, ubicada debajo de un parral de uvas lilas, tratando de mantener derecho el frágil espejo equilibrándose sobre un atril, cada mañana iniciaba el doble proceso de rasurarse la barba y después la cabeza.
Siempre lo vi así, con el cabello desaparecido o a punto de prender, mostrando, alternativamente, una cabeza de extremos brillosos y blancos negruscos. Mientras se afeitaba, sus ojos no perdían el control de las compras del mercado que María había puesto sobre la mesa, preguntándole el precio de cada producto o conversando con la abuela Bea, quien permanecía como sombra en la semipenumbra de la cocina, una cocina con varias hornallas a carbón y pobre ventilación. La pálida luz que desprendía el foco de 25 vatios estaba siempre —15→ opacada por el humo y por el vapor de las ollas.
Cuando el abuelo terminaba de afeitarse, María le acercaba una palangana con agua. Bajando apenas la cabeza, recogía el líquido con sus enormes manos, manteniéndolas por un momento en el aire para después introducir su cara en ellas, frotándosela en medio de sonidos extraños con la boca. Era tal su forma de frotarse la piel, que durante mucho tiempo me quedó la impresión de que entre sus manos y el agua debía haber alguna piedra porosa capaz de producir esos sonidos tan rasgantes.
Al finalizar el ritual, tomaba la palangana y con fuerza arrojaba el agua sobre alguna planta. Después, parado ante la puerta de la cocina, continuaba su conversación con la abuela, ambos con tonos de voz que siempre me parecieron como de disputa de un lado y de aceptación del otro, y que la fuerza permanecía siempre del lado más fuerte. Ahora no estoy muy segura.
Pienso que la abuela Bea era poseedora de recursos mágicos que le permitían salvaguardar ese aire ingenuamente débil que la hacía verse como una madona descendida de su pedestal, pero sin perder por eso el aire de madona.
Sin restarle fuerza a la influencia de la canícula en esa ciudad de país subtropical, debo reconocer que la fabulación también hacía lo suyo, hasta el punto de forzarme a programarla para su incorporación a la memoria y transitar por ella hasta convencerme de que, pulsando alguna tecla, sería posible rescatar el recuerdo, casi como si se tratara del archivo de una computadora. Sin embargo, ninguna fantasía deja de tener atisbos de realidad, una realidad receptora que funde elementos absurdos hasta incorporarlos como necesidad imprescindible. Es así que siempre he intentado evitar el alejamiento desmedido de una u otra influencia, ambas necesarias para el desarrollo normal de una adolescencia normal.
—[16]→ —17→
La figura de Emma no podía desaparecer así no más de mi memoria. Los fantasmas acosan y a veces acusan como forma de no abandonar presentes perfectos o imperfectos.
La tienda de porcelanas no estaba lejos de nuestra casa, tampoco al paso. Debía caminar algunas cuadras, haciéndome de ánimo en el trayecto para entrar. Por lo general, nunca tenía el dinero suficiente, ni siquiera para preguntar precios, lo que sin duda Emma sabía. Estaba relacionada con tío Jako de un modo que se trataba de convertirlo en cuchicheo, pero lo oculto sólo conseguía desenvainar alguna espada pronta para el ataque.
Siempre pensé que, de tanto estar en contacto con muñecas, Emma había adquirido un acabado de cutis liso y brillante que la hacía semejarse a uno de porcelana. Sólo al estar frente a ella y observar sus movimientos se cambiaba de opinión. Aún así, no podía evitar un pequeño estremecimiento, no relacionado con el clima o la estación. Tal vez yo era demasiado pequeña y mi mente pasaba por arrebatos propios de la edad. Tal vez.
Pero no era posible tener tal exceso de imaginación. Tampoco hubo intención de mi parte. Sólo que ese día, o más bien esa tarde, por la demora de mi paso -de fácil detención ante cualquier motivo- me distraje más de la cuenta y ya atardecía cuando, desde cierta distancia, vi a Emma que cerraba la tienda. Pensé correr para advertirle, por si no lo hubiera notado, que aún era temprano, que nadie cerraba una tienda a esa hora. Pero ella ya estaba dando vuelta la esquina, perdiéndose en el trajín de la calle. Esa vez me privé de la observación cercana y golosa de las muñecas.
De todos modos, me detuve frente al escaparate y, poniendo mis manos en pantalla para evitar el reflejo, apoyé la cara contra el vidrio. Ahí estaban, resplandecientes de brillo. No era de extrañar, pues —18→ generalmente, con paño en mano, acostumbraba frotarlas mejillas de las muñecas como si quisiera arrancarles rubores ocultos. Muchas veces tuve la sensación de que Emma conversaba con ellas cuando la veía mover sus labios en un monólogo silencioso, aunque mi edad no era suficiente para pensar que la mente se le estaba desbaratando.
Emma tenía una mirada lenta, como de querer aproximarse de a poco, sin otorgar demasiado o pecar de insuficiente. Era una Emma diferente de la otra, una dimensión antes no percibida. Sus ojos daban la sensación de navegar en busca de reposo, de algún puerto, de otros ojos donde terminar tanto vagabundeo. Su mirada, no obstante, parecía independiente de su rostro, de sus gestos, de cualquier cosa que pudiese alterarle el paso. Más bien daba la impresión de que iba abriéndose paso. Algo extraño y comprensible a la vez, lo que no dejaba ajeno a quien estuviese dirigida su mirada, la que en verdad era más que eso: era un rostro completo, atento al comportamiento de la gente, de la atmósfera, de los silencios o ruidos. Sus ojos eran de gato o de tigre, de mirar hacia adentro y hacia afuera, de vestir y desvestir con sólo mover las pestañas.
Me pregunto qué la inclinaba hacía esas criaturas estáticas que parecían en constante complacencia. A veces me entraban ganas de abrirles la cabeza para escudriñar su interior y ver si el relleno era capaz de sentir las ondas del lenguaje mudo de Emma. Conocí gente con cierta manía de comunicarse con las plantas, acariciarlas. Entonces no era de extrañar la inclinación de Emma. Todo lo contrario. Hasta lo encontraba comprensible. Sin embargo, nada de eso sucedía en ese momento.
Una calma impactante recorría el interior de la tienda, deslizándose por los espacios vacíos, tratando de no chocar con los objetos, confundiéndose con las sombras que empezaban a oscurecer un lado de las muñecas, una parte del entorno encerrado produciendo trizaduras de miedo en quien pudiese estar observando. Era yo quien observaba y también la del miedo. Tal vez hubiese sido preferible retirar mi cara de la vitrina, recuperar mi expresión y continuar el camino, deslizando el dedo índice a lo largo de las paredes para dejar huella de mi paso. Pero era mucha la atracción que surgía de adentro. Mi cara parecía haberse adherido al cristal. Aún ahora, recordando, hago gestos de querer despegarla.
—19→Algo extraño me mantenía en posición de observante, de testigo quizás. O era el temor de moverme y dejar de ver lo que era preciso ver. O sólo miedo, nada más que miedo paralizante. Pero no. Algo se movía en el interior, a pesar de la impasibilidad de las criaturas de porcelana. Algo estaba sucediendo sin que ellas pudiesen intervenir, o había sucedido precisamente porque su pasividad lo permitió. Una sombra destacaba sobre las otras, la que bien podría ser de algún animal, Pero Emma no se dedicaba a la venta de sombras o de figuras de animales. Mal podría tenerlos vivos. Tal vez, como en los cuentos, una muñeca de las grandes había cobrado vida. Y empezaba a pasearse con movimientos de inspección, aprovechando las sombras. Nada de eso. La sombra se movía trabajosamente, como si algo le impidiese hacerlo de otro modo, una sombra cojeante, probablemente la de un intruso, un ladrón, alguien que, aprovechando un descuido de Emma, se introdujo en espera de la noche.
Tuve el deseo íntimo y desesperado de que un sortilegio me hiciera desaparecer para no verme en la obligación de rendir cuenta de lo que estaba ocurriendo. Porque eso iría a suceder: me presionarían, porque después de todo es lo que se supone que hacen en estos casos. Me encontraba en un callejón sin salida: la enorme sombra tanteando el negro espacio interior, las muñecas riendo en actitud de superioridad, yo queriendo abandonar el lugar sin poder hacerlo y ellos, los responsables de la ley, sobre todo ellos, esperando para obtener mi declaración, confesión tal vez. «Es a Emma a quien deben interrogar», creí decir. Pero mis labios estaban deformados por la presión contra el vidrio.
La sombra continuaba moviéndose, a pesar del esfuerzo que hacía por enfocar mis ojos y tratar de reconocerla. Caí en cuenta de que si intentaba reconocerla era porque la conocía. De nuevo tuve miedo, un miedo pasmante.
Había llegado al punto sin vuelta atrás, por así decirlo. Tenía que saber qué pasaba adentro, quien o qué se escogía o recogía subiendo y bajando un contorno, arrastrándose imposibilitado de hacerlo de otro modo, «¡Emma!», tuvo ganas de gritar. Recuerdo que me salió un grito mudo que me dejó completamente atorada. Creí que no recuperaría nunca más el sonido de mi voz. Sólo deseaba que el reflejo ocasional de las caras de las muñecas, producido por la luz exterior y —20→ el vidrio, me permitiera ver, soslayar, adivinar si fuese preciso la identidad de la sombra, reconocerla o desconocerla. Me daba igual, con tal de ser capaz de concretar la visión, aplacar el miedo y que por fin un grito enorme, que pudiese ser escuchado a varias cuadras a la redonda, encuentre hueco en mi garganta y salga del modo más atolondrado posible.
Fue en ese momento cuando la sombra se enderezó, buscando tal vez una verticalidad salvadora. Entonces pude distinguirlo, con ojos infantiles que eran capaces de ver hasta en la oscuridad. Pero la sombra no era tanta, sólo suficiente para ocultar lo que se quisiese ocultar.
Sentí, imposibilitada de atajarlos, cómo se me salían los ojos, cómo corrían al encuentro del hombre que hacía esfuerzos desesperados por buscar ayuda, cómo caían con el hombre y se levantaban de nuevo.
Sentí rabia de no poder hacer nada y con esa misma rabia, inconsciente y desesperada, golpeé el cristal con los puños, sin lograr que se rompiera. No obstante, pude despegar los labios con el movimiento, con las lágrimas a punto de borronearme la visión hasta que, dándome vuelta, busqué una piedra y con la desesperación aumentada la arrojé contra la vitrina. Entré como pude, esquivando puntas cortantes, llegando hasta el hombre que yacía en el suelo sin moverse. Era tío Jako. No alcancé, a llorar. Volví a atravesar la vitrina rota y corrí como nunca había corrido. Me detuvo el cansancio, el miedo de encontrarme demasiado lejos de la casa, lugar seguro por excelencia. Me detuvo la confusión, el recuerdo de haber visto muñecas de porcelana también en la tienda impecablemente antigua de tío Jako y tío Berni. Apreté los ojos para hacer desaparecer a Emma de mi retina antes de que mi descordura la culpase de asesina. «De cierto modo, lo mataste», pensé, inconscientemente.
Era ya tarde cuando regresé a la casa. Extrañamente, nadie preguntó dónde había estado. El conjuro parecía general. Sólo la abuela vieja aguzó su ojo derecho, el de águila al acecho, y habló como hablan las herederas de silencios culpables: «es sólo cuestión de espera; se le pasará con el crecimiento; son ocurrencias que carecen de futuro». Palabra de... Sí, palabra de la abuela. Mientras, alejaba de mi mente la idea absurda de que los celos me habían producido ese estado de exaltación con el que regresaba a casa. Después de todo, mis derechos eran más cercanos que los de Emma.
—21→La abuela Bea afirmaba que se debía poner la distancia a salvo del sentimiento y también del olvido. Pienso que era una experta en distancias y en lo que éstas producen, arrastran o encierran. De hecho, tuvo que traspasarlas casi como se hace con el tiempo o fundirlas por el camino para evitar molestias en el desarrollo futuro de los días. Era preciso hacerlo a medida que se cruzaban fronteras, sin la seguridad de que constituirían actos temporales, de que habría posibilidad de regresos o que el avance hacia más fronteras, multiplicadas por la necesidad, se volvería constante. No haber cruzado océanos a la edad irrepetible de las sorpresas, de la claridad de juicios sin manchas, me deja en inferioridad de condiciones frente a esa gente, la mía, que voluntaria u obligadamente cambió paisajes, climas e idiomas, sin dejar de lado la fuerza de la religión.
Como en todo movimiento de masas, a los países de adopción llegaba una mezcla de todo. Fue así que en medio de esa mezcla apareció Perel, un pariente de parientes. Era un hombre grande, muy grande para mis ojos de niña. Tal vez lo que más me impresionó de él fueron sus mejillas, protuberantemente rojas, y también su manera de hablar: acompañaba cada palabra con una llovizna de saliva.
Mi impresión llegó a niveles de calofríos cuando, en una de las visitas familiares a la casa de Perel -quien ya había alcanzado cierta holgura económica, constituyéndose en un adelantado en ese aspecto-, ofreció a mi hermano menor duraznos en almíbar, con una enorme porción de crema encima. Eran duraznos carnosos que venían, y continúan viniendo, en los mismos envases y con la misma etiqueta, en los cuales los duraznos impresos se ven tan apetecibles como el mismo contenido. Mi hermano dijo que quería los duraznos, pero sin la crema. Perel, adoptando una desagradable actitud paternalista, palmeó la pequeña cabeza de mi hermano y dijo «pobrecito, no está acostumbrado», lo que era cierto, pues lujos de esa clase aún no podían incluirse en nuestra dieta.
La escena quedó grabada en mi memoria, la que ya empezaba a elaborar futuros para hacer posible el recuerdo retroactivo. No hubo enojos, porque no había tiempo para eso. Además, el sentimiento de familia exigía la firmeza de la relación para cimentar las bases del asentamiento, la adaptación colectiva a la nueva tierra.
Creo que mi padre temía y al mismo tiempo admiraba a Perel, —22→ aunque sus respectivas reglas de comportamiento eran bastante diferentes. Yo sabía que, ante un mismo juego, cada cual aplicaría las suyas. Las de mi padre eran rígidas, inamovibles, y las de Perel todo lo contrario, lo que le permitió un avance rápido en la escala económica, aumentando más aún nuestras diferencias.
Perel, además, era una persona con facha de atropellador. Adelantaba siempre el pecho antes que el cuerpo, y la desproporción entre el torso y sus cortas extremidades lo hacía risible ante los ojos de los demás, o por lo menos para la población infantil de nuestra familia. Se había hecho muy amigo de tío Berni, una amistad incomprensible que sólo podía encontrar asidero en la admiración de Perel por la rapidez con que Berni había aprendido a dominar el nuevo idioma. El acercamiento de Berni hacia Perel sólo era posible achacarlo al carácter de Berni, a su ilimitada disposición para encontrar siempre el lado bueno de la gente, a su forma ligera de tomar las cosas, lo que le marcaba casi un modo de vida.
Tío Berni era igual a mi padre en muchos sentidos y a la vez diferente. Gozaba cada momento de su existencia, sin mirar hacia atrás o pensar en el futuro. Quizás por eso aprovechó algunas generosidades de Perel, entre ellas Elsa, su esposa: pequeña, vivaz, atractiva, demasiado delicada de estampa al lado de su marido. Tío Berni dio que hablar. Elsa aún más.
La liberación femenina no había sido aún inventada, pero el sentido monolítico de familia era difícil de alterar, hasta casi imposible en esos inicios donde la sobrevivencia era puesta en máxima alerta ante cualquier signo de debilidad. De modo que, según se cuenta, Elsa y tío Berni tuvieron un «affaire», palabra que sonaba dura en esos tiempos. No era cuestión de culpar a uno u otro, pues Berni era de esos tipos de hombres fácilmente asequibles, cuya buena disposición hacia los demás se confundía a veces con debilidad. La negación no figuraba en su vocabulario ni en su voluntad, ni siquiera como medio de autoprotección. Tío Berni no tomaba en cuenta el posible daño que podría causarle la relación con Elsa. Quizás pensaba que el «affaire» era nada más que una prolongación natural de su amistad con Perel.
Así que formaron un trío, del mismo modo que se hubiera podido decir «formaron pareja». Juntos iban a los lugares de entretenimiento que ofrecía la ciudad, pues Berni había heredado -quien sabe de qué —23→ pariente colgado del árbol genealógico- el gusto por pasarlo bien, por gozar días y noches con la misma intensidad, por aprovechar lo que pudiera aprovecharse antes de que surjan «interferencias o descargas extrañas» -como decía-, «pues el hombre es igual a una radio: debe aprovechar los momentos de recepción limpia y directa». Esto no lo entendí en su momento. Después, cuando la vida se le hizo muy corta para continuar aprovechándola como le hubiera gustado, aparecieron esas «interferencias», luego la renuncia del cuerpo y por último la entrega total.
La historia del «affaire» comenzó en uno de los viajes de negocio de Perel, cuando pidió a tío Berni que se ocupase de atenderle la tienda, establecimiento bastante grande de venta de prendas de vestir, telas y accesorios importados. «Sobre todo», le había pedido, «ayuda a Elsa a abrir y cerrar la tienda». Eso no era problema para tío Berni, puesto que su propio negocio podía ser atendido por tío Jako, quien además era su socio. De modo que se comprometió con Perel a ayudar a Elsa.
Una de las noches en que le tocó bajar la enorme cortina metálica para cerrar la tienda, sin darse cuenta accionó la cadena muy rápidamente. Consecuencia, la cortina le cayó sobre un pie. El rumor no tardó en ser fomentado: Berni estaba urgido por cerrar la tienda para quedar adentro con Elsa. Al día siguiente vimos a tío Berni cojeando de un pie y sin su habitual sonrisa, tal vez por el dolor que le causaba el machucón. La falta de sonrisa no le duró mucho y tampoco la ausencia de Perel. Su sola presencia al regreso hizo acallar las murmuraciones. El trío volvió a poblar las calles y también las mentes inquietas.
Mi madre afirmaba que la relación de tío Berni con Elsa podría llegar a dañar a su cuñado, dando con ello una muestra evidente de la defensa de un machismo femenino bastante común antes de que surgiera el movimiento reivindicatorio de los derechos de la mujer. «¿Temes que afecte su virtud?», se burlaba mi padre. Sin embargo, había más que eso: una suerte de celos que mamá sentía por las oportunidades que se le presentaban a Elsa, por su vida sin apremios económicos, por las noches llevadas hasta la madrugada en lugares a los que a mamá le hubiese gustado ir, pero que no conformaban el espíritu de mi padre, quien tampoco era dado al gasto fácil de un dinero —24→ que tardaba en llegar y, cuando llegaba, era por la vía de duros sacrificios. «Las noches de oriente del trío», las llamaba mi madre. Pienso que muchas veces se habría imaginado formando parte de ese trío, reemplazando a Elsa. Pienso también que le habría gustado fundir los caracteres tan disímiles de mi padre y tío Berni y luego repartirlos por igual entre los hermanos para debilitar el carácter enérgico de mi padre, quien enfocaba toda su fuerza hacia el trabajo tesonero, herencia directa del abuelo.
¿Se era feliz en ese entonces con tan rígido y apretado estilo de vida? ¿Había algún parámetro para medirla felicidad? Para mi madre, sus paradigmas eran Perel, Elsa y los excesos que ellos se permitían, sin pensar mucho en dificultades que en el futuro pudiesen revertir la excelente situación alcanzada. La visión de un porvenir negro o desordenado siempre produjo en mi padre un alto grado de temor, lo que fue transferido a un miedo de vivir plenamente, recordando la vida dura llevada en su pueblo natal.
Mi padre no creía en segundas oportunidades. Tampoco en vivir con un estilo que estuviese en desacuerdo con la realidad de sus ingresos, Y si éstos mejoraban, entonces se resistía a cambiar el modo de vida de la familia ante el temor de que, una vez probado algo mejor, su habitual conformismo dejase de ocupar su lugar. A veces daba la impresión de que un nuevo destierro podría estar amenazándole y de ahí su esfuerzo para aferrarse al país de adopción. De modo que la posibilidad de cualquier nuevo destierro estaba fuera de su horizonte. A pesar de su enfermizo respeto por el cumplimiento de las leyes, sobre todo las impositivas y laborales -que no era así en el caso de Perel-, su gran dedicación al trabajo, casi sin horario, lo deparó al final una situación relativamente acomodada, en tanto que Perel y otros inmigrantes habían llegado, en el mismo lapso, a acumular más bienes de los que mi padre mismo imaginaba.
Tampoco era del caso tomar a la ligera el gran olfato comercial de Perel y su capacidad organizativa. De ello dio buena muestra cuando se produjo un incendio en su negocio, bien provisto de mercaderías y donde mis ojos quedaban prendados hasta de los artículos más pequeños o poco útiles. Eran tiempos en los que negocio y vivienda ocupaban la misma propiedad, con mayor preocupación por la parte destinada al comercio. «Quedar en la calle», como se suele —25→ decir, ocurre literalmente en estos casos y desmorona al más pintado. Las llamas me parecieron realmente espectaculares; un verdadero acto circense. Aún me parece ver como iban cayendo partes de la construcción, cómo se alzaban las lenguas de fuego buscando quien sabe qué alturas. La noticia llegó a oídos de los parientes con la velocidad del mismo fuego.
En esa época, eran poco frecuentes los incendios en la ciudad y, por tanto, la institución de los bomberos era prácticamente desconocida. Toda la parentela se unió para formar una cadena humana, llevando y trayendo baldes cargados de agua, con lo cual posiblemente se impidió que el fuego se propagase hacia propiedades vecinas, aunque no ayudó a su extinción en menor tiempo. Con tan primitivo método de combate, el fuego duró lo que tenía que durar, esto es, hasta que el último artículo existente en la tienda fue consumido, incluso los libros de contabilidad y sus comprobantes. Sólo los muros resistieron. Todo el incendio podía ser visto desde gran distancia, así como la gran humareda que lo acompañó.
Eran tiempos de edificaciones de poca altura, un verdadero placer para los ojos, que alcanzaban extensiones que fueron estrechándose con el transcurso de los años. Los ojos también fueron perdiendo cierta capacidad a medida que crecíamos. Esa noche fue una de las pocas ocasiones en que vimos a Elsa con la cara lavada. No parecía distinta por la falta de maquillaje, sino como dos tomas diferentes de una misma fotografía. Todos los miembros de la familia, en comunión de sentimientos, estaban bastante compungidos por la pérdida del lugar de trabajo de Perel, de todo el contenido del negocio y de la vivienda, en ese orden.
En medio de esa escena, de pronto una risa, aparentemente controlada o guardada para el momento propicio, resquebrajó el aire y hasta los mismos restos humeantes de la construcción. Al principio se pensó en alguna humorada del diablo -algo que calzaba muy bien con las convicciones de algunos familiares- o en un castigo a Perel por su conocida afición por recurrir a manejos no muy santos en su insaciable inclinación por obtener beneficios a cualquier costo o a costa de quien fuere. Pero ni el misino diablo podía tener una imaginación como la de Perel, cuya risa -era la suya- desbordaba, —26→ dando a entender que nada lo iba a arredrar y que cualquier momento era bueno para empezar una cuenta nueva.
También nosotros reímos, porque había que acompañar la risa del afectado y, por supuesto, brindar, claro que sí, a modo de exorcismo que evite la repetición del mismo desastre. Así que de algún lado apareció, como por encanto, una botella de un licor oscuro. Aún puedo sentir en el paladar su sabor a grosella. Los vasos vinieron de otro lado, tan oscuros como el mismo licor. En medio de las ruinas, todos comenzaron a cantar y se vio bailando a Perel y Elsa, porque brindis, canto y baile formaban parte de un ritual acostumbrado en sus lejanas tierras para alejar futuros males.
Al día siguiente, con gran habilidad, Perel comenzó a dirigir las labores de limpieza. Poco después, tal vez dos o tres meses, la tienda fue reabierta, pero con un nuevo nombre, De «El Gato Negro», pasó a llamarse «La Piedad». Nada de cábala, por supuesto. Todo se hizo con el asesoramiento de Simón, uno de esos primos que hacían deseables las reuniones familiares. Su mujer, Rosa, no le iba en zaga. Fue en su casa donde Perel y Elsa se alojaron hasta que pudiesen regresar a «la casa nueva», denominación que permaneció vigente por mucho tiempo hasta que su desgaste natural hizo que perdiera esa apariencia. Sin embargo, continuó siendo conocida con ese nombre como forma de no dar paso al olvido.
El tiempo que Perel y Elsa pasaron en la casa de Simón y Rosa fomentó visitas casi cotidianas de los parientes. No me molestaban en absoluto, pues para mí eran como vacaciones continuas por el alargamiento poco usual de los días, por las reuniones armadas o desarmadas, por las mesas largas llenas de comida que cada cual se encargaba de traer, por las luces que permanecían encendidas hasta tarde, reflejando en las paredes sombras que parecían figuras fantasmales, por el alboroto de tantas voces que clamaban por el derecho de ser escuchadas, por enterarse de qué familiar quedaba todavía en esas tierras heladas, pero queridas porque se había nacido en ellas, por ver agregadas a la mesa nuevas caras que habían conseguido emigrar. Eran momentos de fiesta continua, de apoyo sentimental, de poner a prueba el sentimiento, de saberlo a mano y disponible, no importara cuándo o en qué circunstancias.
Ya bien entrada la noche, regresábamos a casa después de que mi —27→ madre, con tono de asombro, se preguntaba: ¿en qué momento se hizo tan tarde? El regreso lo hacíamos caminando las pocas cuadras que nos separaban de la casa de Simón, pues hasta eso, la cercanía entre una y otra casa de los parientes, debía ser considerada antes de tomar la decisión de arrendar o comprar una vivienda.
Eso era otra cosa: la compra de la casa. Cada miembro de la familia, cercano o sólo ligado por algún grado de parentesco inespecífico, se sentía en la obligación de opinar al respecto, una forma de asegurar -y asegurarse- que fuese una buena operación, aunque a veces el concurso de tantas opiniones, algunas coincidentes y otras no, hacía postergar la toma de una decisión, con el riesgo de que se perdiera una buena oportunidad.
Las compras de propiedades generalmente no requerían de sumas elevadas, pero cualquier monto era importante porque significaba distraer una suma de dinero que bien podría lograr un mejor rendimiento al invertirla en el negocio. Con todo, quien más o quien menos entre los parientes, por el mismo hecho de no haber tenido la oportunidad o los medios para concretar la aspiración de la casa propia en su pueblo natal, marcaba como objetivo de menor o mayor plazo la compra de una vivienda.
En vísperas de mi nacimiento, mis padres decidieron que ya era hora de independizar la casa del negocio. Posiblemente ese fue el momento apropiado para que se embarcaran en el gran proyecto de la casa propia y no seguir arrendando una cada vez más grande a medida que iban sumándose los hijos. Pero el abuelo, hombre acostumbrado al mando, sentenció con su voz barbuda que cada cosa requería su tiempo y que el tiempo de comprar una casa aún podía esperar. Esa sentencia no fue del agrado de mi madre según pude enterarme en una de esas reuniones donde los temas viejos eran reciclados cuando no había nuevos, aunque eso no era muy frecuente pues raras veces faltaban novedades que alimentasen la conversación. Pero, por otra parte, no dejaba de ser importante repetir los temas viejos como modo de formar algo así como una bitácora terrestre.
Mi nacimiento tuvo lugar en «la casa de la esquina», como se la conoció. Dicen que hubo estruendo de bombos y platillos, pues yo era la primera mujer de la familia nacida en la tierra nueva, ya que la abuela había tenido sólo hombres y el hermano que me antecedía —28→ también era hombre. De modo que, como ocurre con los reinos, mi nacimiento fue realmente celebrado, aunque no puedo asegurar que fuese con tanta pompa. Los festejos tampoco duraron una semana, aunque lo mío fue un acontecimiento muy importante en el estrecho mundo en que nos movíamos, narrado en colores todavía antes de que el cine resignara el blanco y negro.
—29→
Me ocurre algo extraño: cada vez que intento cruzar el río y llegar a la otra orilla -la de la otra rama de la familia-, el torrente insiste en devolverme. No sé si debo atribuirlo a la comodidad de una situación emocional estable o al temor de descubrir señales que indiquen lo contrario, que irrumpan con toda la fuerza de lo inesperado y sus consecuencias me impidan la inmersión en zonas claras, oscuras o combinadas, de mi memoria. Pero debo hacerlo a modo de terapia que me desligue de favoritismos o predisposiciones.
De pronto las pesadillas se empecinan en enturbiar mi memoria. O quizás no sean más que sueños que no llegaron a concretarse.
Quisiera imaginarme con los 15 años de la bisabuela entrando en la temprana responsabilidad del matrimonio para luego, con la misma responsabilidad, decidir que un esposo como el que le tocó no valía la pena guardarlo por el resto de sus días. Así que no sé si culpar o no a la bisabuela por haberme privado tan arbitrariamente de un bisabuelo.
Sólo lo conocí a través de una desteñida fotografía que siempre me causó cierta inquietud, no de la buena, sino de la otra, como ocurre con los dos tipos de lípidos que miden el colesterol.
La bisabuela provenía de tierras opuestas a aquellas de donde emigraron los miembros del otro lado de la familia, un motivo más -pienso yo- para resaltar las diferencias que hicieron de plato común cuando, en no pocas ocasiones, pensábamos que justamente esa mezcla de orillas era lo que hacía llegar «el agua al río», como se dice.
La bisabuela vivió gran parte de su vida echando de menos el país que la vio nacer. A pesar de haberlo abandonado muchos años atrás, sufría de nostalgia, con la esperanza de regresar, airear la casa de la que siempre guardó la llave, juntar tiempos y «aquí no ha pasado nada». Pienso que eso habrá creído, por más que la mujer no carecía de sentido común y menos aún de inteligencia. Para ella, recurrir a la —30→ nostalgia era una forma de no perder la esperanza de «echar una última mirada antes del gran final», como a veces decía. Sin embargo, las cosas no se dieron como lo hubiera deseado, quizás porque en esos tiempos el deseo no formaba parte del bagaje de una mujer o porque, por falta de deseo, se separó del bisabuelo, prefiriendo las inconveniencias de una vida solitaria y luego el desenraizarse para no quedar atrás cuando los grandes movimientos migratorios sólo esperaban víctimas o héroes para formarse.
No obstante, siempre mantuvo ante mis ojos, su calidad de cacique, probablemente algo prestado de la tierra nueva, pero que le calzaba a la perfección con su apariencia, con la forma de su nariz, con el gran tamaño de su cara y su cuerpo, con la boca ancha y sin dientes. Siempre creí que la dentición no figuraba en los anales de la bisabuela. Su calidez era tan grande como su anatomía y el miedo que lo tenía en mis años cortos también.
Paseaba por la casa, la nuestra, donde sus permanencias eran frecuentes, llevando todo por delante con sus faldas largas y refajos más largos aún de donde asomaban encajes de su hechura. Ni qué decir de sus amenazas, cargadas de los castigos más graves para mi corta edad y la de mis hermanos, que nunca supimos, a ciencia cierta, si las hubiera cumplido en caso de haber mantenido nuestra actitud de rebeldía y de deseos de dar guerra.
Su aspecto, mezcla de divinidad y hechicera, ayudaba a desatar nuestras más negras fantasías. El tiempo del verdadero conocimiento del alma humana no nos había alcanzado aún. A veces la conciencia empieza a ser moldeada tardíamente, sobre todo cuando alguna de sus partes es absorbida por el recuerdo o deliberadamente enviada a cuarteles de invierno para luego recuperar esa parte, o bucear por el todo o esperar una ocasión en la que el espíritu se encuentre mejor dispuesto.