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Mi madre era una feminista a su manera: enarbolaba un paño de limpieza, en vez de un sostén, mientras sus represiones eran descargadas, en batalla persecutoria, contra la menor mota de polvo. Dejaba el sostén a buen resguardo, insistiendo en que la compresión le restaba libertad. De modo que, dando cuenta de herencias imposibles de rechazar -muestra, posiblemente, de intentos subversivos truncos- se pasaba «balanceando los faroles», como murmurábamos en calidad de testigos de sus constantes descensos para probar quien sabe qué ley de gravedad, en una atracción pechos-suelo que los llevó a situarse sobre el vientre, en la línea que media entre «la parte de arriba y la parte de abajo», como ella solía referirse al norte o sur del cuerpo. De ahí en adelante, los pechos parecieron encontrar su ajuste debajo de esa línea divisoria, y se detuvieron ahí porque pienso que la elasticidad de su piel fue insuficiente para seguir intentando nuevos descensos.
Al término de la jornada, después de expiar pecados fantasmas que nunca llegaron a manifestarse realmente, se calzaba de nuevo el sostén como parte de una rutina que debía ser considerada dentro del marco de las buenas costumbres. Desde posiciones ocultas, observábamos cómo iba cargando las copas, admitiendo algún desborde natural que quedaba disimulado por el vestido. Pienso que las sucesivas mutaciones, iniciadas en tiempos sujetos por cifras para evitar su desmoronamiento, nos han privado de la magnificencia que caracterizaba la anatomía femenina. La comparación me hace sonrojar y la turbación encorva mi espalda como buscando encubrir presencias magras que mal podrían calificarse de «faroles». La inquietud de que la prolongación de este fenómeno traiga consigo una nueva concepción del torso femenino y que la plenitud consista en la visión más plana que pueda conseguirse en esa parte, me lleva a lucubraciones posmodernistas que más bien podrían ubicarse en terrenos posfuturistas.
La imaginación, y sus excesos, se hace estrecha para enfrentar —150→ situaciones que escapan a normas establecidas por madonas. Debiera remitirme a quienes fueron poblando la historia familiar, mujeres ajustadas a sus papeles -o misiones más bien- con un cabal conocimiento de lo que debía hacerse impostergablemente, lo que era mejor abstraerse de hacer y lo que, en definitiva, era conveniente cargarlo a la imaginación, algo que, después de todo, ayudaba a su buen cumplimiento. Por tanto, pensando y considerando, puede decirse que mi madre tuvo buena escuela y, además, fue fiel a ella.
Me imagino que más de una vez se le habrá cruzado por la cabeza, como alternativa no desdeñable, separarse de papá para así emular a la abuela vieja, quien, «por mandato de mi conciencia», como aseguraba, se divorció muy tempranamente de su marido, obligándonos al conocimiento del bisabuelo sólo por una desteñida fotografía. Pero sin duda primaba en mi madre la obligación de lo que debía hacerse o no, y el paño de sacudir se convertía en el vehículo para descargar cualquier sentimiento contrario. Para ella, siempre era tarde, al margen de cualquier horario tempranero. Los modelos estipulados por quienes ella consideraba heroínas de batallas que obligaban a un constante pie de guerra, eran la justificación de estados que la tenían al borde de la explosión, si bien cuidando de no llegar a ella, lo que lo generaba una vitalidad rayana en el frenesí. Tal vez por eso yo idealizaba el aparatoso silencio que imperaba en la casa de María Justina, mi amiga y compañera de pugnas por las mejores calificaciones en los exámenes escolares.
Fue en casa de María Justina donde intenté ser igual a otros, partiendo por parecerme a ella y alcanzar ese aire etéreo que casi llegaba a levitarla. Con ella aprendí formas distintas de acercamiento a un Dios también distinto, las que me parecieron menos cargadas de fatalidad, contrariamente al de la dureza de un Ser Supremo que no admite el más mínimo alejamiento de las pautas que conforman enseñanzas ancestrales, donde no tiene lugar la confesión ni el consuelo de penas mínimas para pecados elementales.
Saber que estaba haciendo algo castigado por la costumbre de ser diferente, durante un tiempo me produjo un temor que cargó mi conciencia con una culpa que me parecía, entonces, inexpurgable. La incursión en los misterios de otros lo tomé como necesidad de conocimiento, asegurándome de que nada me separaría de mi religión. —151→ Eso no obstó para que durante un período impreciso me mantuviese sonrojada por el peso de mis pensamientos, por la lucha interior que se desarrollaba de modo involuntario. Era una lucha de fuerzas que pugnaban por apoderarse de mis mejores partes, mientras yo me debatía entre la entrega y la desesperación, entre la autoprotección y la necesidad de desprenderme de lo que fuese con tal de obtener la benevolencia del dios que fuere.
Se había establecido una situación paralela que me permitía estar de un lado y del otro. Y era feliz, aunque también inquieta al saberme entre dos puentes. La ingenuidad infantil me otorgaba resquicios por los que me deslizaba en busca de lo prohibido. Así, antes de dormirme en la noche, con ocho o diez años a cuestas, cantaba, a viva voz: «Viva María, rataplán, la triunfadora, rataplán, la...». El sueño iba reduciendo el canto hasta apagarlo. No sé si mi madre prefería que algunos excesos fueran aliviándose de esa forma tan inocua, confiando en que los años se encargarían de poner las cosas en su lugar, o si era una cuestión de comodidad.
De otro lado, las festividades heredadas desde los inicios bíblicos me colmaban de una sensación íntima de bienestar, más aún sabiendo que no me alejaba del camino justo. No obstante, cómo hubiese deseado combinar las dos corrientes y dejarme llevar por ellas, determinar días para una y para otra como hacíamos con los vestidos: unos para la semana y otros para los días de fiestas, Con todo, me molestaba que María Justina no sintiese curiosidad por nada fuera de su marco religioso, no experimentar dudas o no poner en tela de juicio lo que estaba atormentando mi conciencia.
«Nosotros somos descendientes de españoles», dijo un día, arrastrando las eses para poner mayor énfasis a su afirmación.
«¿Cómo estás tan segura de que los españoles no pasaron primero por Jashevato?», le espeté, desesperada por encontrar algo que sonase más contundente que su aseveración.
«No sabes nada de geografía, de las subidas o bajadas de los mares, de cómo se comportan los vientos. Además, era una cuestión de descubrir lo que aún no se había descubierto», dijo, con ese tono tan propio de ella que la hacía, indiscutiblemente, la mejor alumna del curso.
«Entonces nosotros somos más antiguos», argumenté, escarbando —152→ en cualquier cosa que pudiera salvarme. «¿Acaso no sabes que lo antiguo tiene mayor valor?», concluí. María Justina me miró como si estuviera enfrentando a una momia.
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Hay olores que todavía continúo sintiendo, olores provocados por la necesidad de épocas en las que el uso de ciertos productos químicos no estaba generalizado aún. De modo que al menos una vez al mes había que pasarle fuego a los bastidores de las camas como forma de eliminar los parásitos adheridos. Eran «días de antorcha», como los llamábamos, en los que mi madre semejaba una portadora de la llama olímpica. Eran días de olores extraños, amortiguados por el derrame abundante de agua herviente para asegurar no sólo la desaparición de los parásitos, sino también alejar cualquier posibilidad de incendio. Los pisos quedaban inundados y los pies se sumergían en el agua, que ya había perdido sus buenos grados de calor al contacto con las baldosas. Una vez arrastrada el agua por escobas y otros elementos, los pisos reflejaban lo que estuviera sobre ellos. Mi madre sentía la tranquilidad del trabajo concluido, registrando en su cabeza la siguiente labor doméstica, sin necesidad de calendario.
El olor de esa desinfección artesanal, ajena a cualquier influencia, química, se prolongaba por varios días, sin más molestia que algún escozor en la nariz. El mismo olor se desprendía de casas vecinas, no precisamente de forma paralela, lo que aseguraba su continuación en la atmósfera, algo que sólo el tiempo, obligado por nuevas formas de lucha contra los parásitos, iría a traer.
El recuerdo logra producir la magia necesaria para aproximar sucesos e incentivar los sentidos, hasta el punto de hacerlos parecer recientes en una inmediatez temporal sólo lograda por la presión de un pasado que se resiste a ser absuelto y puja por juicios presentes como forma de mantenerse. Tal vez la calidad de prestidigitador sea consecuencia irremediable de herencias propias de gente venida de lugares donde la ilusión hacía posible el desarrollo más o menos normal de los días. Hay nombres de aldeas remotas, mencionados por abuelas o —154→ padres de esos abuelos, que resultan difíciles de asociar con un idioma diferente, pues hay que pronunciarlos con una inflexión que pertenece a otro lenguaje y acostumbrar la garganta a diferentes emisiones. Quizás eso sea un coadyuvante para impedir el colapso de la magia.
El constante debatir entre el mantenimiento de un pasado que desbordaba de ojos acusatorios y la absorción de una realidad en vías de convertirse en pasado, a menudo era responsable de deseos frustrados, de dudas, de ubicaciones y reubicaciones en el tiempo, los que formaban espacios estrechos donde la conjunción de cuerpo y espíritu luchaba por encontrar su mejor modo de inserción. Entonces sobrevenían los desajustes, las ganas de cortar amarras y dejarse mecer por vientos locales en una ruptura idealizada por la presión del presente, sin percatarse del hecho de estar marcados por características indelebles.
El lenguaje migratorio se empinaba sobre otros para conjugar un único vínculo al que podían incorporarse quienes demostrasen derechos de propiedad. Como decía Nerval, «el sueño es una segunda vida, la locura el derramamiento del sueño en la vida real». El romanticismo se hacía imprescindible para la sobrevivencia. Eran, entonces, días de memoria. Con cada amanecer era preciso iniciar el ejercicio recordatorio.
Ya no son tiempos de antes, no hay que utilizar plumas para escribir, pero aún así hay que abundar en el recuerdo para no matar la posibilidad de dejarlo en herencia y se cumpla la transmisión obligada que moldea caracteres y delinea conciencias. No es una forma de complacerse con la distancia, porque se la puede observar desde una proyección que no ofrece peligro. Es un modo de desprenderse de máscaras o disfraces, o un desdoblamiento constante para llegar a la médula del propio ser. Es la búsqueda de relaciones afectivas que garanticen su permanencia, el hostigamiento buscado que reivindique el pasado a través del sueño o la ensoñación, o de cualquier otro medio para que nadie lo ponga en duda como hecho no acontecido.
Las historias, los recuentos, son parte inalienable de un acontecer a veces, sólo a veces, obstruido por la desinformación, cuando la palabra queda en suspenso o postergada porque quizás se ha hecho un —155→ uso excesivo de ella, pues es preciso recordar que todo acto liberador está subrayado de miedo y que la justa medida hace a los de antaño seguidores incondicionales de los enciclopedistas.
Lo llamaban Berel, «el de las hemorroides» -según contaba mi padre-, allá en Jashevato donde su pequeño número de habitantes hacía que cada cual fuese conocido por algún defecto o cualidad, o por su labor habitual o profesión. No había maldad en ello, sino una forma más de acercar a la persona y sentir próxima la amistad. Pudo ser también un punto de partida o de referencia para empezar a escribir la historia, una anticipada que más tarde se la recordaría como «la de antes» por los mismos protagonistas.
Muchas veces la expresión era reemplazada por otra de significado aún más intenso: «donde nosotros». Alejada de cualquier sentimiento de posesión, más bien designaba la afinidad con un lugar en particular que nada tenía que ver con el país, sino con la existencia misma. «Donde nosotros» era generalmente el prólogo de historias, hechos, momentos, que me fueron entregadas en transmisión oral, las que temí que irían a extraviarse en el laberinto del oído hasta encontrar sepultura. Sin embargo, los vericuetos del mismo laberinto me ayudaron a retener pedazos, algo semejante a lo que ocurre con las rocas que cortan el fluir normal de ríos.
Jashevato se mueve en mi memoria, mi imaginación, mudando de lugar como si quisiera ajustarse a fronteras flotantes para que, con un golpe de distancia, lo ubique, fije, y deje de producirme marcos confusos.
«¿Cómo era Jashevato?». Con un gesto de «cómo podría describirlo», mi padre tiraba la cabeza un poco hacia atrás, abriendo los ojos para que el recuerdo fluya hasta marcarse, pero sin llegar a un pronunciamiento. «¿Pero dónde queda?», insistía, con premura infantil, obteniendo sólo una repetición del gesto. Jashevato se convirtió para mi en el pueblo de los pueblos, el centro misterioso al que alguna vez habría de llegar por esos cambios de marea que dependen de conductas humanas a menudo inexplicables, pensando que el sentido migratorio pueda revertirse y permitir el retorno para no defraudar el ciclo eterno.
El silencio se expandía, semejando al que deja un trino de pájaro moviendo el aire hasta que se desprende por gravedad o para producir —156→ estremecimientos invisibles mientras las voces respetan treguas para que el trino se repita, el estado de gracia que hace posible la ausencia del silencio. Eran momentos mágicos. Las explicaciones se escurrían para no restar fuerza a la fantasía.
Así que Jashevato quedó inconcluso en mi memoria, con agregados y sustracciones en el momento de su evocación. Esa aldea era un hecho que no admitía cuestionamientos. Pienso que quizás el regreso evocativo se hacía extenuante porque, de cierta forma, era necesario cubrirlo de olvido para ayudar al proceso de incorporación de la familia a la tierra nueva.
Esperábamos las horas altas que llegaban a quebrarse contra el horizonte, tornándolo rojizo como cubierto por un baño de sangre. Eran horas sagradas como si algún rito o sacrificio estuviera a punto de iniciarse. La piel se erizaba, había espera en el aire pues alguien iría a tomar la palabra para que no se pierda, para que no se sumerja en silencios que produzcan evasiones dolorosas donde la razón podría llegar a desaparecer. Entonces una voz preguntaba, como si necesitase apoyo, «¿dónde habíamos quedado ayer?», y la palabra volvía a llenarse de sentido, de fuerza, de ganas de recuperar historias, hasta que los grandes pretextaban que ya era hora de acostarse, porque el peso de la emoción era excesivo para una sola noche, y los niños temían que no quedasen más anécdotas para la siguiente. La vida misma se levantaba y acostaba al amparo del tiempo de antes.
La luz sonaba temprano para quienes sabían que la menor cesión de tiempo se iba a traducir en una menor oportunidad. No era gente de estudio y menos aún de títulos. Era preciso que la razón estuviese calibrada al máximo, casi como el equilibrio de una balanza. Era menester mantener la intuición como vehículo anticipatorio de situaciones. La jornada debía rendir las horas claras, configurando el mundo de afuera, la noche convertirse en horas de familia, el recuerdo el motivo de explosiones volcánicas que calentaban la memoria hasta hacerla eruptar.
Había urgencia por sobrepasar un tiempo que, de alguna medida, tuvo un alcance de imposición del que era menester desprenderse, igual que ciertas aves de su plumaje en época de cambio para iniciar una suerte de vientos nuevos. El respeto y el temor, el reconocimiento y el deseo de liberarse rozaban entre sí, alcanzando muchas veces —157→ niveles peligrosos, aunque sin llegar a producir desgarrones o heridas. Sólo el alejamiento que otorga la edad y la madurez sería el elemento para salvaguardar el timbre, siempre pronto a sonar, de tradiciones e historia comunes, una verdadera naturaleza viva e imposible de transformarla en lo contrario.
Tempranamente me di cuenta de que ninguna nube iba a borronear la magnitud de muros alzados contra cualquier fuerza que pudiera oponérsele. La toma de conciencia se incorporaba junto con la misma leche materna. Después, sólo era cosa de saber dirigirla, adaptarla, y aún así no era fácil asimilarla en su totalidad sin que produjese reacciones. De todos modos, era una conciencia implacable, originada en una vertiente de mil y una bocas, cada una acechando cualquier atisbo de renuncia, de debilidad, para saltar de sus escondites y enderezar caminos o pensamientos. Y eso también formaba costumbre. Hasta podría decirse que el acecho doméstico era más fuerte que el externo y, en medio, el sujeto, cuya voluntad era puesta a prueba a sabiendas de que el peso de la conciencia iría a obrar en favor de lo esperado.
Soy heredera de esos vaivenes que tantas veces me provocaron rebeldía, una que no puede ser fácilmente calificada si era con causa o desprovista de ella, pero por la que había que pasar para que la tradición se asiente, algo así como un examen personal para probar la pertenencia. Llega un momento en que no es posible afirmar si la costumbre es establecida por olores o sabores, o por formas de doblar o desdoblar días, de pertenecer a la misma mesa, de hablar o de mantener silencio, o por determinadas normas de existencia o corrientes migratorias. El orden deja de tener importancia en tanto se lo mantenga. Al fin de cuentas, cada cual no es más que un sostenedor de muros, un intermediario que asegura su estabilidad y proyección.
Mi madre siempre temía a los «por si acaso», aquellas deserciones de la tradición que se presentaban con toques temporales como si no arrojaran peligro y fueran a deshacerse porque iban acompañados de dudas. Por eso había que ser implacable. El recuerdo también se vuelve implacable y todo forma residuos y costras, y cuanto más se las frote, más duras se vuelven, semejando un muro de contención. Y aparecen los de uno y los de ellos, y no se necesita de la opción porque el sentido de pertenencia cala muy hondo. Los que ya no están se han —158→ preocupado por no llevarse nada de lo que pueda constituir la tradición. A veces pienso que una buena lluvia podría lavar el recuerdo para permitir nuevos inicios, por más que creo que las lluvias tienen algún acuerdo con la memoria. Lo mismo ocurre con el fuego o con el éxtasis que produce la perfección de la naturaleza: fertilizan la memoria. De pronto no necesito más que un paño de limpieza. Cada mueble se transforma en lámpara de Aladino. Los magos no descansan.
He escuchado tantas historias sobre Berel, «el de las hemorroides», que hasta llegué a caracterizarlo con la imaginación, pensando que el mote pudo haberse originado en algún desliz de la lengua del mismo Berel, una confesión ocasional y única que dio pie a atajarse de ella para endilgárselo al hombre a falta de algún otro atributo o desatributo que lo identificara de modo distinto. Pero la verdad era otra, y fue saliendo a luz -siempre con el prólogo «donde nosotros»- en una de las noches de reunión familiar alrededor de la mesa larga. No sé, a ciencia cierta, si esas noches fueron mil o menos, o si la cifra sólo era capaz de resumir fantasías que de lo contrario podrían alcanzar algún grado de descreencia.
En todo caso, Berel, aparte de sufrir del problema -que también puede calificarse como un problema de sillas, pues no había una que se acomodara a sus asentaderas para hacer más fácil el reposo de esa parte-, era algo así como un escriba del pueblo, un historiador que prefería registrar hechos de desarrollo presente en vez de pasados remotos que le exigirían sumergirse en oscuridades a veces estériles. La afición de Berel marcaba una especie de límite para los excesos o insuficiencias de la gente del pueblo, y quien más o quien menos se cuidaba para evitar ser descarnadamente anotado en su cuaderno.
A Berel lo fui formando a pedazos, entresacando su figura de narraciones donde él era el narrador, aprovechando lo dicho o no dicho por mi padre y tenerlo por fin convertido en persona, para lo cual tuve que echar mano a mi propio «árbol de las fantasías». Lo imaginé con actitud de excusa y ojos sumergidos en la timidez profunda de sentimientos que deseaban ser pulsados. Su nariz debió tener alguna semejanza con la de mi padre o sus hermanos, pues la convivencia en lugares estrechos suele igualar facciones. Era una nariz recta, con un pequeño gancho al final, pómulos enrojecidos por largas temporadas frías —159→ y, por supuesto, una barba para continuar ocultándose, el cabello tirando a negro y la piel clara por pasar tanto tiempo guardada. Son sus manos las que escapan a una descripción. Pude verlas pequeñas, calzando un lápiz de siete leguas para describir lo visto o lo sólo percibido por él para recorrer distancias detenidas.
El tiempo era lento en Jashevato, las necesidades todavía royendo inicios y mantenidas en suspenso. El espacio era compartido en las casas, porque el exceso aún no se conocía, y la amistad desarrollada tanto en la calle como en interiores, sin que la invitación fuese el pase necesario para llegar a la intimidad de la palabra. Oficios había muchos, algunos menos rentables que otros que, de todos modos, apenas sobrepasaban el límite que supone una satisfacción adecuada de las necesidades. La queja sólo se escuchaba al hablar de enfermedades y la concreción de un día más o menos aceptable, con la esperanza de alcanzar otro en las mismas condiciones, era una aspiración, aunque no ligada necesariamente con la falta de iniciativa o deseos de mejora. Ese era el espíritu de la época en el pueblo.
Berel se obligaba a cumplir su trabajo de vendedor ambulante de lo que fuese, apurando sus largas piernas que eran capaces de consumir tiempo y distancia para lograr un mayor rendimiento. Pero también era afecto a la palabra escrita.
A media tarde o media mañana, o en parte de la noche, dependiendo de horarios establecidos por él mismo, buscaba la silla que tuviese un almohadón no demasiado exprimido y, en la posición más cómoda para su problema, se disponía a escribir.
Algunos personajes voluntarios se presentaban a la puerta de su casa para servir de modelo ocasional o contarle anécdotas que pudieran ser aprovechadas. Era un pueblo cuya historia tenía caras y caminaba calles. Y cuando eso no era suficiente, se recurría al «árbol de las fantasías», otra frase que gustaban de mencionar para no referirse simplemente a la imaginación.
Berel no rehuía la ayuda de quienes aspiraban convertirse en parte de sus historias y saborear después el placer de ser leídos e identificados. Pero tuvo que reducir la afluencia de voluntarios frente a su casa, ya que saberlos esperando afuera no lo permitía concentrarse en su función de escriba. Así que impuso turnos, mediante sorteos, para que en ningún momento fuesen más de dos los esperantes.
—160→Sin embargo, lo que motivaba el desahogo escrito de Berel no eran los problemas cotidianos de la gente ni el lazo casi fraternal que la unía por convivencia o proximidad. Su modelo era Natya, la prostituta del pueblo, quien podría ser una fuente inagotable de intimidades y secretos, aunque no estaba muy inclinada a formar parte de los deseosos de ser escuchados. Hubiese sido fácil recurrir al árbol de las fantasías y hacer de Natya la mayor de ellas, pero bien sabía Berel que esa era una opción extrema porque frenaba el gusto del relato originado en la fuente misma, no comparable con el acto de arañar la tierra para descubrir desechos de cosechas anteriores.
Era también cuestión de carácter: su timidez le impedía un acercamiento directo a Natya. Tampoco deseaba reducir su interés al mero pago de sus servicios y aprovecharse después para obtener algún tema que sirviera a sus relatos. Por lo menos quería convencerse de que era leal a ciertos principios, aunque corría la murmuración de que Berel no se acercaba a Natya por el asunto de las hemorroides, algo que le intimidaba hasta el punto de forjar fantasías esperpénticas, sin necesidad de recurrir al árbol.
Berel fue perdiendo interés en las historias que le contaban los voluntarios, algunas tan cotidianas y sin interés para sus oídos o para el lápiz, tanto que en medio de las narraciones a veces quedaba dormido. Temió perder la mano al no fomentar la escritura y que cuando pudiera llegar a Natya -o, preferentemente, ella a él- no fuese capaz de escribir o retener en su memoria lo que ella contase, porque el hecho en sí, de tan irreal, lo inhibiría del todo. Pero lo grave fue que el hombre empezó a descuidar su trabajo de vendedor ambulante, a volver lentas sus piernas, a llamar a las puertas sin su habitual entusiasmo.
Era un pueblo proveedor de historias y también testigo de aconteceres, de actitudes, de cambios detectados de sus pobladores, de ayuda inmediata y desinteresada para detener esos cambios o fomentarlos si fuese preciso. Era un pueblo de voluntarios, entre ellos Jana, la abuela ancestral, quien ofreció sus servicios para acercar a Berel y Natya. También lo hizo Kosta, su amigo de ruta. Había cosas que Berel podía contar a Jana y otras solamente a Kosta, pero no a ambos a la vez.
«Jana y Kosta parecían nacidos de la misma madre», contaba mi padre. «Ambos eran amplios de estructura, llenos en sus detalles, —161→ propensos a tomar responsabilidades aunque supusiesen algunos riesgos, satisfechos cuando los resultados hacían olvidar lo anterior. Hasta podría decirse que Jana era el hermano nato de Kosta, pues el vello sobre su labio superior y en la barbilla la dejaban con cierta indefinición sexual. Se diferenciaban, eso sí, en sus papeles dentro de la comunidad, y el respeto mutuo de sus labores hacía que intercambiasen reflexiones si el caso presentaba dificultades».
Se organizaron reuniones separadas entre Berel y Jana y entre Berel y Kosta, con la posibilidad de juntar a Jana y Kosta -furtivamente o con la aprobación de Berel- en caso de que las conversaciones no tuvieran resultados satisfactorios. Jana fue a hablar con Natya y Kosta lo hizo después, demorándose más tiempo que Jana, lo que de cierto modo obstaculizó una solución rápida del problema. Pero Kosta afirmó que no era suficiente hablar sólo con Natya, sino también asegurar otras cosas para que todo el conjunto favoreciese a Berel.
Jana era de las que siempre gustaban de empezar por el principio. Así que insistió en conocer, antes que nada, los antecedentes familiares de Berel, sosteniendo que había conocido a un tío suyo de comportamiento similar. Lo observó detenidamente, parte por parte, deteniendo la mirada durante un tiempo en el medio mismo de sus entrepiernas. Luego lo miró, no cara a cara, sino ojo a ojo hasta que Berel desvió la mirada. «Estás enfermo», sentenció. Berel movió negativamente la cabeza. «¿Es por el asunto de las hemorroides?», le preguntó Jana. Berel hizo un gesto con la mano que podía significar «en parte».
Jana percibió que estaba llegando a terrenos que no eran los suyos, pues, como ella siempre decía, «yo me especializo en problemas de cintura para arriba». Entonces decidió delegar a Kosta el resto de la conversación. Pero no fue posible ubicarlo de inmediato, pues, aduciendo su gran preocupación por Berel, había permanecido encerrado con Natya durante tres días y sus respectivas noches.
Al término de su encierro, tampoco le fue posible continuar la conversación con Berel. Según alegó, necesitaba de algún tiempo para aclarar su mente. Por fortuna, gracias a la mediación de Jana -respetada por veterana-, Berel y Kosta se encontraron en la intimidad de una esquina, a ventanas y puertas cerradas de las casas que, por —162→ razones estimadas normales, tenían postigos movedizos que servían de miradores. Fue en esa esquina donde Berel confesó a Kosta la otra mitad de su problema: era virgen.
«¿Llevas todo este tiempo así, sin buscarle una solución?», le preguntó Kosta, asombrado, moviendo la cabeza de lado a lado y con la palma de la mano derecha en el lado correspondiente de su cara Berel asintió.
Las puertas y ventanas permanecieron cerradas al paso de Berel y Kosta, pero todos observando, a través de las mirillas, la dirección que ambos llevaban. Parecía como si Berel estuviese siendo conducido hacia la consumación de algún acto de fe, de contrición, de «mea culpa». La rigidez de las facciones de Kosta, en cambio, reflejaban una cara de habérsele concedido un honor.
Todo el pueblo esperó el regreso por la misma calle, la única que llevaba a lugares importantes y traía de regreso, la de penas y alegrías, la de encuentros largos y desencuentros ocasionales. Calcularon el tiempo. Fue uno justo, aceptable para iniciados. Los vieron pasar en sentido contrario. Berel había perdido su cara de expiador de culpas y la de Kosta reflejaba un deber cumplido. Entonces se abrieron puertas y ventanas. A su paso, los varones preguntaban mudamente, con cejas levantadas, «¿y?», demostrando satisfacción con la respuesta, también muda, de movimiento de cabeza de Kosta. Cuentan que Berel ya no volvió a sufrir de hemorroides.
Mucho después, cuando ya estuve en edad de ser inquisitiva, pregunté a mi padre si esa historia, la de antes, en verdad había sucedido donde nosotros o si todo no fue más que el resultado del árbol de las fantasías. «Algo debió de tener Berel», respondió mi padre, «pues Natya se convirtió en su voluntaria principal, la de las mil y una historias. Claro que, por costumbre, a Berel le fue difícil abandonar del todo el árbol de las fantasías».
Quise seguir preguntando. Pude sentir el acoso de mi lengua, pero había un cierto temor en ella, un temblor causado por la última frase de mi padre, un deseo de protección tal vez, aunque en nuestro encuentro de ojos quedó el final de su narración: «quien más quien menos emigraba con su propia historia como forma de sobrevivencia». Claro, pensé, en comprensión íntima.
Me quedó el deseo de seguir indagando en ese pasado que parecía tan lleno, tan proclive a explotar a la menor presión. Al «no me —163→ arrepiento de nada», muchas veces limitado como una forma se sobrevivencia posterior a otras semejantes, siguió el «me arrepiento de no haber pulsado suficientemente cuerdas que más adelante pudiesen servir, no de explicación, sino de garantía de hechos consumados». Por eso quizás temo la porfía del olvido y la memoria. Pienso que ambos son tan indisolubles como la causa y el efecto. Insisto en la memoria como lo haría un agricultor con el resultado de su cosecha. Es preciso, pues de eso depende la magia nuestra de cada día.
A veces el recuerdo se tiñe de morado y levanto los brazos para alcanzarlo. Las manos tocan las hojas, después las uvas que cuelgan del parral extendido a lo largo del patio a modo de división del espacio, de evitar que los ojos traspasen latitudes inalcanzables o se pierdan en el azul diáfano que ofrece misterio, pero no la proximidad dulce de las uvas. Sin duda, eran también días de uva. Bastaba ver a la abuela Bea en plena recolección y a las damajuanas limpias y transparentes aguardando ser llenadas. Luego vendría la espera, cuidada y paciente, para evitar apuros que sólo podrían contribuir a un resultado poco acorde con la experiencia.
Me gustaba ser partícipe de esas cosechas. Los racimos nunca llegaban completos a destino, porque éramos muchos los interesados -toda la población joven de la familia- y la abuela pestañeaba varias veces para cerciorarse de que no era un problema de memoria o de ojos ver los racimos raleados. Debíamos cuidar que los granos no caigan al suelo para evitar ser pisoteados y los pisos con señales de vendimia, la que también olía a morado, a fresco, a ganas de detener el verano para que tanto color no se escurra. Se hacía fácil levantar las copas de vino y brindar por cualquier hecho que, aunque irrelevante, nos otorgaba la oportunidad de hacerlo.
Los desbordes naturales nos mantenía al acecho detrás de postigos y ventanas. Si bien la fiesta que proporcionaban las frecuentes y demenciales lluvias tropicales y el granizo golpeando los vidrios conseguía distraernos, íntimamente deseábamos que acabase pronto para que la parralera no sufriese daños que redujeran la cosecha. Muchas veces pensé que el color morado que fue tomando la abuela con los años era debido a su afición por el destilado de licores. —164→ Cuando, después de pasado un tiempo, abría una de las damajuanas para sentir el aroma o probar el gusto del licor, mojando apenas un dedo, nos transformábamos en duendes para atisbar cualquier descuido suyo, confiando en que alguna obligación repentina la alejase, olvidando cerrar el recipiente. Nuestros pies se volvían esponjosos, los pasos leves y el acercamiento fugaz, apenas lo necesario para no perder el desarrollo del proceso y recordar después en qué punto el licor era más gustoso. Pero había que aguantar el tiempo, dejando que la fermentación se produzca del modo más artesanal posible y el licor pueda tener «olor a casa», como ella decía. Según el movimiento de sus labios, de los ojos o de la cabeza, sabíamos que se iniciaba una nueva fase: trasvasar el licor a botellas. Entonces, como gracia otorgada por su benevolencia, nos poníamos en fila -por orden de edad y cada cual con su vaso en la mano- para que la abuela fuese vertiendo una cantidad que no pudiera ser objetada, ya que los derechos no tocaban en la misma medida a los chicos y a los grandes.
—165→
El abuelo Mauri, en sus largos años de vida americana y al amparo de la soledad impuesta por la separación de la familia, dio muestras de su virilidad al fertilizar a una mujer nativa, lo cual posiblemente supuso que era una gracia personal y única, sin caer en cuenta que colonizadores anteriores, sumidos en una soledad similar y sometidos a las mismas necesidades, disminuían culpas, convencidos de la temporalidad de sus actos, sin pensar en el carácter definitivo de los resultados.
A lo mejor la culpa fue el elemento que impidió a muchas familias lograr su reunificación. O quizás, a medida que el tiempo se afincaba, las imágenes sufrían transformaciones hasta quedar en un recuerdo brumoso. Lo pasado va formando, de cierto modo, parte de ese quizás por la imposibilidad de rescatar lo que no ha sido relatado o vivido, o lo que acusa algún deterioro de la memoria.
Catorce años es una extensión significativa en la vida de cualquier persona, aunque en el caso de la abuela Bea tiendo a creer que las circunstancias del diario vivir la alejaban de cualquier devaneo fantasioso. Su figura se anima y casi puedo verla abocada al trabajo doméstico, con la preocupación de no saber qué dar de comer a los hijos al final del día. Además, las mujeres de antes parecían no tener sexo o éste permanecía tan oculto que en resumen era más o menos lo mismo, lo cual no significaba que no fuesen cabalmente cumplidoras de su misión de madres y esposas. Recuerdo que una mujer de la familia comentaba que en «esos momentos» apelaba al Altísimo con un «¡ay, Dios mío, ay Dios mío!» para rebajar cualquier posible culpa.
La familia se mantuvo como bloque indestructible desde mis tempranos años de conciencia. Conocí los de atrás sólo de oídas, dándome la impresión de que se mantenían del mismo modo. Cuando esa conciencia tomó el camino de la meditación, me di cuenta de que —166→ catorce años pesaban mucho en la soledad de un hombre, a no ser que se hubieran tomando votos inamovibles. Sólo que me tomó más tiempo pensar, o llegar a saber, de qué forma podía ser disminuida. Mi reacción fue muy lenta y la caída en el conocimiento de que no todo se traduce en blanco o negro, sino que hay pequeñas aberturas que ofrecen un gris prometedor, fue torpemente dolorosa. Tuve la sensación de que mi propio muro de Berlín se derrumbaba y con él todas mis utopías familiares.
En determinado momento, un miedo absurdo centró mi desencanto en nadie más que en el abuelo Mauri para no extender dudas que pudiesen afectar a tío Berni o tío Jako. Mi padre, por razones sólo comprensibles por mí y tal vez irracionales, quedaban al margen. «¿Quién eres?», pregunto a esa mujer que se presenta enarbolando derechos. «Una hija de Mauri», contesta. «Él no tuvo hijas», replico, protegiendo el recuerdo. «¿Eso crees?», pregunta, con ironía conductora de un efecto. Callo para que no crea que he sido alcanzada por la duda.
Formulo y reformulo un diálogo imaginario para no dejarme alcanzar por el eco de otras voces que han dado vuelta el pasado, trayendo al presente un hecho que hubiera podido ser absorbido por la desmemoria. «No ha lugar», dictamino, para librarme de la imagen que no tiene cara. «¿Quién permitió que el asunto saliese a la luz?», interpelo a esas voces ocultas por las sombras. «Se supo en su momento. Sólo que se trató de acallarlo para no dañar a la abuela Bea, para que no diese marcha atrás después de haber hecho el esfuerzo de hacerlo hacia adelante», susurran esas voces. «Tu padre tenía aún el negocio», acusa una de ellas.
Visualizo la tienda. Los olores se revuelcan en el piso humedecido de baldosas gastadas y porosas. Una escoba arrastra el polvo, las hilachas desprendidas de las telas, la suciedad causada por la constante entrada y salida de gente. «Hay que rociar el piso con agua para evitar que se levante el polvo», escucho a Rebeca, empleada tan antigua como el mismo negocio. La herradura de siete agujeros tiembla en el clavo que la sostiene de uno de los estantes. El temblor repercute en mí. «Te escucho», digo, mentalmente.
«Fue una tarde, cuando pareció que el día iba a terminar como otros y la puerta cerraría la jornada. Apenas entró, supe que no se —167→ trataba de una cliente cualquiera, pues su cara no era de compra. Preguntó por tu padre. Con la atribución que me otorgaban tantos años de trabajo y sospechando que la mujer podría causar algún tipo de problema, le dije que no se encontraba en ese momento. Tu padre estaba en la trastienda, midiendo piezas de tela. La mujer insistió. Dijo que era importante. Mencionó al abuelo Mauri, a su propia madre. Insistí en la negación. La mujer se fue, pero dijo que regresaría».
«¿Por qué no llamaste a mi padre? ¿Con qué derecho lo hiciste?», traspaso el tiempo con la pregunta. «Quise protegerlo», dijo, con un tono que no me quedó claro, un tono demasiado íntimo. «¿Regresó la mujer?». «Lo hizo, días después. Nadie la había visto la vez anterior. Sólo yo sabía como era. Salí a su encuentro, la tomé del brazo y la llevé hasta la esquina. Le dije que no debía insistir, que tu padre era un hombre enfermo y que cualquier impresión podría afectarle seriamente». «¿Cómo nadie se dio cuenta?». «Sabían que acostumbraba tomar me cierta licencia cuando alguna amiga pasaba a verme. No resultó extraño». «¿Por qué lo hiciste?». «Ya te lo dije. Protegí a tu padre. Le debía lealtad». «¿Acaso la mujer amenazó o dijo algo ofensivo?». «No, era una mujer de voz apagada, hasta casi temerosa. Eso recuerdo». «Me privaste de otro recuerdo», le digo, a la distancia. «Era un asunto de familia», me replica.
Estuve a punto de enrostrarle su error, diciéndole que no era de la familia, que nunca lo fue, que se tomó derechos que no le correspondían. Estuve a punto. Me detuvo saber que nada iba a cambiar lo que no fue. Me abstuve de la ofensa mental. Después de todo, la acción era netamente mental. ¿Cuántos padrenuestros corresponden a ese tipo de ofensa, María Justina?
Los abuelos cumplieron su tiempo, uno que no terminó en la tierra de nacimiento como hubiese podido ser para cerrar un círculo, siguiendo los puntos que lo componen. En mi concepción infantil e ingenua, creí que se irían juntos, de a dos, como una forma de llenar otra Arca de Noé. No fue así. La abuela tomó la delantera, a pesar de haber sido mujer de tres pasos detrás del hombre, un concepto muy particular que ella tenía de su calidad de reina. Para mí, lo era.
Llevaba encima todos los olores de la casa, lo que la hacía refugio —168→ de los pequeños y grandes males por los que tantas veces pasábamos y que nos parecían sin solución. Creo que sus cabellos fueron siempre largos y blancos. Así la conocí y así continúo viéndola, o quizás imaginándomela, para evitar el trastorno que produce la ausencia, la falta de reflejo en una retina que se agranda y donde los años superponen tantas imágenes que pareciera como si manos fantásticas se encargasen de ir sepultándolas para dar lugar a otras por venir. El tiempo desanda hechos e imágenes en un juego eterno que tapiza el camino, del recuerdo.
Era una vida llena de asombros para ojos que se ofrecían frescos y flexibles, asombros extranjeros y locales en una composición que entonces no teníamos conciencia de que situaba en un plano superior a quienes debían conformarse sólo con el local. Cuando mi padre contaba cómo había sido su vida de niño y las andanzas a las que obligaban la falta de suficiente alimento, nos parecía que su fabulación superaba la de cualquier cuento, haciéndonos rechinar los dientes en un alcance helado para redondear la historia.
¡A quién se le hubiese ocurrido hurgar la nieve en busca de restos de cosechas! Sonaba extraño, por esa imposición de tiempo y espacio que aleja imágenes hasta hacerlas parecer pura ficción. No obstante, bastaba que la historia fuese refrendada por la abuela Bea para que tuviese fuerza de verdad. «Eran papas que ya habían perdido su sabor, pero continuaban siendo alimento. Utilizábamos las cáscaras para una buena sopa y la pulpa como comida principal, imaginando que nos servíamos dos platos», reía.
No recuerdo joven a la abuela. Mi inexistencia en ese tiempo me impide el regreso largo en la memoria. Me pregunto por qué no es posible disponer de antecedentes que se remonten a períodos anteriores al nacimiento como forma de ir incubando el alma hasta hacerla nacer. La hondura que se busca tropieza con zonas pantanosas que hacen necesaria la intervención de terceros, verdaderos intermediarios del tiempo que permiten situar hitos. Y los hubo. Los nombres saltan de esos lugares oscuros desde donde reclaman puestos en el recuerdo, haciendo innecesarios los ayuda memoria tradicionales.
Tío Jako fue siempre un hombre de aventuras. Tuvo propias y ajenas de las que se servía según la ocasión, haciendo de las últimas tan verdaderas como las otras. Contaba de atrás hacia adelante. Luego, —169→ por magia inefable, terminaba la historia haciendo del inicio un final redondo. La historia del ladrón de mariposas no nos tomó de sorpresa. Su forma de contar llegaba a formar alas en sus ojos, volviéndolos tan transparentes que uno se sumergía en ellos como si fuesen la entrada al mundo de Nunca Jamás.
«Sucedió en Jashevato», contó, «donde no teníamos dinero para comprar juguetes. Entonces Berni inventó una mariposa, la situó en el aire y todos la vimos. Como la mariposa estaba triste porque se hallaba sola, Berni inventó otra, pero con la condición de que debían mantenerse en determinado círculo y no alejarse para que podamos controlarlas».
«Pero, tío Jako, si eran inventadas entonces no existían. Daba igual donde estuviesen», dijimos a coro de voces indefinidas, aunque conscientes de que era parte del juego«Claro que eran inventadas, pero era más fácil verlas si permanecían cerca nuestro, al alcance de las manos para cazarlas si queríamos y ponerlas en redes que colgábamos de la espalda. Otros niños, que sí tenían con qué jugar, se acercaron curiosamente para preguntar para qué teníamos esas redes. '¿Acaso no ven las mariposas?', contestamos, dejándolos boquiabiertos. Cuando uno insistió en que no veía nada, fingiendo sorpresa exclamamos: '¡nos han atacado los ladrones de mariposas, nos han atacado!'. Al afirmar a coro que no existen los ladrones de mariposas, también a coro replicamos, riendo: '¿cómo van a robar lo que tampoco existe? Son los mismos que roban sueños', concluimos. 'Pero los sueños sí existen?', aseveraron. 'Sólo para algunos', respondimos antes de alejarnos con las redes moviéndose como si fueran mariposas».
Después de terminar su historia, tío Jako quedó con la mirada cautiva, quien sabe porqué sueños o mariposas tomados al vuelo para que sigamos confiando en su calidad de contador de historias, o de fábulas. Algunas eran tan descabelladas que, cuando por fin narraba algo con cierta base sustentable, también pensábamos que estaba haciendo uso de su fantasía.
La verruga de la abuela Bea era conocida por todos, como una marca de fábrica evidenciada en la espalda, cerca del hombro izquierdo. —170→ Pero poco había que fabular sobre ella. La conservó hasta sus últimos días porque, según afirmaba, era bueno irse del mismo modo que se había llegado «para no dar que pensar a los duendes que aguardan posesionarse de nuestros cuerpos». No eran épocas para pensar en que esos «sobrantes de fábrica» -como llamaba a la verruga- pudieran convertirse con el tiempo en desechos malignos. De modo que, con excepción de algunos enganches con las uñas o con el peine, que la dejaba colgando por espacio de varios días hasta que de nuevo se prendía del nudo central, la verruga no le daba mayores problemas. Tanto así que, para no abandonarla al arbitrio de su propia muerte, la traspasó a mi padre, quien la ostentó en el mismo lugar y de igual tamaño.
Creo que escapé por poco de tal muestra de cariño. Aún así, la sospecha de que en cualquier momento podría aflorar alguna verruga, casi por inducción mágica, me tuvo durante un tiempo al acecho hasta convencerme de que, en verdad y al margen de cualquier eventualidad posterior, algunas cosas estaban relacionadas con el solo acto de nacer. En todo caso, y para no desatender responsabilidades hereditarias, un remedo de verruga dejó huella en cierta parte íntima de mi anatomía, lo que me permitió el manejo, también íntimo, de la situación. En todo caso, era preciso capitalizar la memoria para no caer en el desconocimiento de signos hereditarios.
La casa familiar, a pesar del deterioro y de otras más fácilmente achacables al tiempo, permanece más o menos intacta en mi memoria. Tal vez sea una memoria benévola que se empecina por rescatarla para evitar su desmoronamiento total. No podría ser, no lo iba a permitir, porque entonces significaría la entrega de lo acumulado en el «disco duro» -por decirlo de algún modo- del que es posible sacar cuantas copias se desee, una reserva que deviene en historia que puede ser contada también con copias, corregidas de acuerdo con el narrador y con la nostalgia que supone la consagración del recuerdo. Es la memoria apretada y la lucha de su contenido por salir.
Aún no sé cuál será el destino de mi memoria o si alguien, pulsando sus cuadrículas, encontrará un modelo ideal para su análisis o su investigación utilizable. El entorno oscuro de la inconsistencia —171→ martillea, en tanto, alguna parte de mi mente, de mis sienes o mis manos, haciéndome dudar del lugar exacto de su ubicación. Es un martilleo pesado y doloroso que mantiene un sueño atribulado, a punto de conservarse como tal o huir por alguna puerta mágicamente abierta por uno de los sentidos. Sin embargo, el sueño es más de lo que la conciencia puede soportar, un sueño final, último, donde yo, la protagonista, me debato entre los múltiples destellos u opacidades de la realidad, o tal vez el delirio, en espera del despertar del alma.
Pero realidad y delirio parecen ajustarse, ensamblarse, para conseguir mi desesperación. No recuerdo cuán tarde en la noche se presentó el sueño, puesto que estaba dormida. De otro modo, no hubiese podido soportar el peso maligno que deshacía las inconmovibles fibras buenas que estaba segura de tener, a las que podía recurrir en cualquier momento porque eran tantas que pujaban por salir, hacerse presentes, por alinearse como soldados para que yo eligiera la más adecuada. «Una fibra mala mata un ejército de buenas», alguien levanta una pancarta somnolienta, queriendo conducirme a estados sonámbulos.
Es un sueño propio que se ha iniciado justo después de la visita de tío Berni y tío Jako. La confusión me inclina a querer incorporarlos al sueño, a hacerme pensar por qué vinieron juntos y desde dónde. El antes, como período de tiempo, ha dejado de funcionar. No soy yo y mi circunstancia, sino yo y mi sueño o mi vigilia los que no puedo esperar. Bien puede ser que haya perdido la capacidad de hacerlo y tendré que vivir largas temporadas de sueño y otras de vigilia, igual que los animales en período de hibernación. Pero ¿quién se encargará de mi realidad cuando yo esté en lo otro, o al revés? Tengo la sensación de que fuerzas extrañas, de esas que cuelgan como telas de araña hasta que caen como trampas sobre el sujeto, se han apoderado de mí, sin anticiparme lo que irá a suceder. Temo estar tan embarcada en el tiempo de antes que llegará el momento en que quedaré prisionera de él, que los recuerdos me tomarán como rehén y me obligarán al olvido y la renuncia para liberarme.
Tío Jako y tío Berni forman parte de esa conciencia anterior al sueño, que no es muerte ni un agonizar lento. Es nada más que sueño alterado por células que se han desprendido del núcleo central y quieren actuar por su cuenta, independientes de obligaciones que sólo —172→ yo puedo flexibilizar. Es la noche entera, con todos sus bosques interiores, lo que asoma con característica fantasmal. Ellos eran parte de mi sueño. Quizás el propósito fue ese: presentarse con la intención de doblegarme, de hacerme caer en cuestionamientos dormidos a los que no me hubiera animado de otro modo. «Sólo queremos ayudarte», parecen decirme con actitud de paso temporal. No estaba cansada. Ellos me incitaron al sueño.
Será necesario que haga un estudio minucioso de la indefensión en que puede caer una persona cuando es obligada a tomar el camino del sueño. Debiera haber interventores de sueños, capacitados para detenerlos cuando equivocan el camino, cuando confunden barcos con trenes y les da igual el desplazamiento acuoso o la quebrazón de la tierra que sucumbe al ruido que produce la locomotora, un ruido removedor de entrañas que se resisten a ser auscultadas.
Las historias leídas vuelven a aparecer en la memoria con mayor fuerza, con deseo de dejar de ser historias. Podría ser el peligro en que se cae por culpa del recuerdo. Pero Jako y Berni no pertenecen a anécdotas de papel, a letras encerradas en las tapas de un libro. Son de carne y hueso y yo parte de una borrachera común. Sólo que no recuerdo cuándo o en qué momento nos hemos ligado tanto, haciendo difícil o peligroso cualquier desprendimiento. Que afuera esté saliendo el sol, con toda la fuerza de sus rayos, no alivia el peso de mis sueños. Los he tratado de sobornar, de pagarles un pasaje sin retorno. No obstante, regresan cada noche como si quisieran ratificar acuerdos que no he firmado, aunque el nombre surja con letra clara y una rúbrica que creo reconocer. Es una rúbrica que usaba antes, cuando mi nombre era aún joven y yo también, cuando los sueños no se ensañaban conmigo y al día siguiente era capaz de abandonarlos, aprovechando mi fuerza también joven.
«Es inútil resistirse», parece decir Jako o Berni, o ambos a la vez. De pronto quisiera preguntar, a viva voz, por qué se han posesionado de mi mente. La luz abierta de mis ojos los borra. He llegado a hacer esfuerzos para no dormirme, para evitar su entrada que remueve tiempos anteriores, ciudades pasadas, migraciones eternas. Siento un temor extraño de dejar de pertenecer a mi tiempo por haber incursionado exhaustivamente en uno que no me corresponde, por no dejar descansar a quienes ya han logrado la tranquilidad.
—173→Una confusión de tiempos amenaza invadirme, algo semejante a lo que ocurre cuando uno está de viaje y pierde la noción del paso de los días. Los números se vuelven hacia atrás o van hacia adelante, sin que la voluntad los limite. Pero es sólo un estado temporal y uno sabe que es así y no le da importancia, ya que después de todo podrá ser recuperado, la razón puesta en su lugar y la división del tiempo controlada por el reloj interno que marca adelantos y retrocesos.
Un carnaval se desarrolla en alguna parte, las máscaras cubren los rostros y el baile terminará con la revelación de identidades, pasado y presente juntos, yo en Jashevato remontándome a un pasado ilustrado por otros, imposibilitada de recuperar el presente. No, no me estoy pasando una película, sino siendo parte de ella. Dicen que los sueños tienen una habilidad especial para reproducirse y, una vez que lo hacen, se apoderan de partes de la atmósfera, reduciéndola hasta que es difícil respirar o imposible hacerlo probablemente. No debí dejar que se introduzcan en mi cuarto, o en mi noche, en los requiebros que angustian mis momentos irracionales justo cuando creo que los recupero y me vuelvo capaz de comenzar todo desde foja cero.
Los sueños debieran ser únicos, indivisibles, propios, inalienables. Pero las palabras no logran interrumpir el gran derrame nocturno que me impide el buen dormir. A través del sueño quiero recuperar a quienes ya no pueden soñar. Es miedo, puro miedo de que resulte o no, un miedo que parece sembrado por manos invisibles. «Los miedos no pueden ser sembrados; existen porque descienden de otros miedos», parece decir una voz con nombre, disfrazada de pesadilla.
Me he metido en una bolsa de gatos y tendré que bucear en ella hasta que la conjunción de arañazos me vuelva a la realidad. A lo mejor inconscientemente la estoy rechazando y busco ocultarla, imaginando estados paralelos que no son tomados en cuenta por ser precisamente paralelos. Nadie parece entender que he cruzado un río, un precipicio, una barrera, un límite, y me encuentro del otro lado, donde prima lo otro, la demencia fabulada o real, el estado onírico que envuelve con siete velos y hace posible la continuación, la entrega a entornos blandos donde la conciencia pueda encontrar un reposo también blando.
Jako y Berni han venido a rescatarme. «Deja el pasado como está», dice uno de ellos. «Te olvidaste de repetir la primera palabra al final, como es tu costumbre», digo en sueños. «Las costumbres dejan —174→ de ser tales cuando no es posible seguir manteniéndolas», afirma tío Berni.
Me pregunto si la costumbre de llenar sueños, hasta producir vigilias soñadas, alterará en alguna medida mi memoria. «De ninguna manera», afirma tío Jako, como si hubiera escuchado mi pensamiento. Río en sueños. Una carcajada silenciosa me impulsa a despertar. Es sólo un impulso momentáneo. De nuevo caigo en un estado de obligación que persigue el deseo de desprenderme de fantasmas, de liberarme de ellos y continuar el camino limpio que supone la vida de un ser independiente. Aunque me pregunto si lo soy. El solo hecho de ser el resultado de corrientes migratorias genera dependencias que pueden aliviarse con el correr del tiempo, pero que permanecen, instigadas por el temor del olvido.
Quizás fue ese temor lo que me llevó a ese lugar santo, o santificado por la mudez de sus protagonistas. De pronto nada es seguro o cierto y la memoria se tambalea como queriendo ajustarse a las circunstancias y dejar sentado lo que deba para dar tranquilidad a generaciones pasadas. La sensación de que todo funciona en relación con el pasado traspasa cualquier entendimiento. Se forma una especie de pozo mágico en cuyo borde se instala el pescador de ilusiones, quien lanza sus redes y se atiene a las consecuencias.
El lugar no es precisamente un pozo mágico, sino de muertos que viven a pesar de haber sido obligados a morir. Estuve ahí. Lo visité en calidad de agradecida, pues mi familia se había librado, por alguna fuerza del destino, de participar en ese enorme bloque de metal que se alza como monumento a los caídos por culpa de la demencia humana, una demencia contagiosa que se extendió sin que los especialistas se esforzaran por encontrar cura al mal. Es un monumento a la demencia de un hombre, uno solo que no fue frenado a tiempo. Trato de imaginarlo con otra cara, pero su fisonomía sólo se transforma, dando lugar a un número inimaginable de sufrientes, torturados sin escapatoria, condenados al purgatorio terrenal provisto por su extravío. Y me duele el alma, el cuerpo, y mis sentidos se desestabilizan hasta el punto del descalabro mental. Circundé la laguna donde algunos nenúfares, semiabiertos o —175→ semicerrados, miran de reojo, igual que yo, como sin atreverse o tratando de ocultar la vergüenza de posible complicidad. En el centro de su superficie irregular, un brazo esculpido verticalmente en metal verde, a cuyo alrededor seres humanos, también irregulares, reflejan expresiones de asombro, de dolor, de angustia impotente, esforzándose por trepar hacia la mano para después continuar por cada dedo hasta llegar al que apunta más alto, el más alejado de la tierra, donde quedan los infortunados que no han logrado iniciar el ascenso. Arriba está el cielo y la mano es el peldaño más próximo para alcanzarlo. En los rostros se refleja un ansia de ser sepultados en las alturas como si buscasen evitar la saturación de las profundidades terrestres. Una madre carga a un niño mientras el padre, desde el pie del monumento, alza a otro para que también pueda ser rescatado. Es una caravana de sufrientes, aferrados al instinto primigenio de sobrevivencia.
Me pregunto qué deseo morboso me había llevado hasta ese lugar, qué masoquismo histórico me impulsa a seguir el mandato de no olvidar.
No hay firma en el monumento, o tal vez trepan quienes, clavando uñas, pies, manos, están emergiendo del anonimato para participar de una gran obra conjunta. La laguna refleja el monumento, aunque no es esa la idea porque la duplicación de tanto dolor no podría ser absorbida ni siquiera por la mente más tenebrosa. Es más bien un reposo para los ojos, la necesidad de despegar la vista para que el alma no quede también esculpida. Hacía un calor cargado de humedad, tanto que no tardaron en caer pesadas gotas que enturbiaron el reflejo, haciendo blanco momentáneo en los mudos seres desesperados mientras un ruido de ráfagas trizaba el aire en recordatorio. Sentí, con la mirada fija en el monumento o perdida entre seres detenidos anticipadamente, que el tiempo se me extraviaba en recovecos de la memoria, en angustias recordatorias. El llanto campeaba en el aire, o era la lluvia en competencia con la rebeldía de mi alma. Me debatí entre el deseo de alejarme y el de permanecer, anulando cualquier acto racional.
Era mucha pena para un solo lugar, mucho metal verde para tanta naturaleza verde. Un silencio excesivo se desprendía por capas, formando nuevos silencios que iban cayendo al suelo y la lluvia los sepultaba para que no siguieran levantándose. Daba vergüenza estar vivo. Fui alejándome de la escena, dejando atrás ojos y sentimiento. —176→ Di una vuelta a su alrededor como si quisiera verificar tanta desolación. Un grillo inició su canto. Parecía haber cambiado el tono, transformándose en un lamento agudo que fue martillando mi cabeza hasta provocar dolor.
Una mano de algún ser atribulado pareció desprenderse del monumento y golpear mi pecho en gesto de «mea culpa». Era la mía, aunque no recordaba haberla levantado. Quise llorar, pero sentí mis lágrimas endurecidas como si se hubiesen convertido en piedra. Entonces corrí hasta guarecerme en el pasillo que rodea el monumento. Es un pasillo vivo, con nombres grabados en los muros, listas asociadas con seres que habían sido, emparentados tal vez con quienes los visitan. Hay fechas y nombres de lugares y fotografías de alambradas con animales encerrados en ellas. No, no son animales, sino hombres, mujeres y niños que han perdido sus características humanas. Quise gritar, pero tuve miedo de mi propio grito, del eco que seguiría gritando. Por donde miraba, saltaban nombres y fotografías negras con blancos deshumanizados. Me pregunté hasta dónde puede ser posible sufrir como observador y también si los que observaban el sufrimiento provocado por su condición de observadores, levantando consignas de poder con pretensiones de superioridad, habrían pasado por procesos de neutralización del sentimiento. Me pregunté cuál es el límite que divide a los seres entre sensibles o lo contrario y si la eternidad sería suficiente para penar culpas o, igual que la reencarnación de cuerpos, habrá que apelar a la reencarnación de culpas como seguro contra futuras atrocidades.
El susurro de pies fantasmas, pequeños y grandes, seguía mis pasos. No me atreví a dar vuelta la cabeza. Al llegar a la salida del pasillo, un haz de luz la inundó hasta enceguecerme. Eran guiños de sol que suceden a las lluvias de verano. Ya afuera, me enfrenté con el otro lado del monumento, como si fuese necesario volver a pasar por lo ya pasado para cerrar un círculo.
«Algunos círculos no se cierran», imaginé escuchar. «Sólo juntan sus extremos. Siempre es posible abrirse paso para formar parte de ellos, pero hay que hacerlo rápido porque son círculos en constante movimiento», concluyó la voz, tan fantasma como los pies que habían seguido mis pasos. Sin embargo, debía escucharla porque era preciso abandonar el lugar sin que el recuerdo alcance etapas de olvido. Eso —177→ decía la voz, mi propia voz que salía del desgarro interior.
Caminé cuadras y más cuadras, sin darme cuenta de que lo hacía en dirección contraria a la que debía tomar. Deshice el camino. Quedé pensando si no era una forma de abrir o cerrar círculos, de escapar al deseo de acariciar las figuras del monumento para transmitirles algo de calor, de huir de la ficción torturante que ningún gesto podía cambiar. Eso hubiese querido, que fuese una ficción o una pesadilla. Pensé que toda pesadilla tiene su cuota de realidad, algo semejante a «cuando el río suena es porque piedras trae». Me sacudí como hacen los perros, aunque sin lograr aliviar la sobrecarga. Me remití de nuevo al recuerdo, recurriendo al lado bueno de la memoria.
—[178]→ —179→
Mi padre llegó en 1924 y ya traía persecuciones y guerras a cuestas. Por ser el mayor de los hermanos, fue el más perjudicado en la formación de su carácter por esos hechos alienantes. Para él, el uso del tiempo debía ser absoluto y el ocio una enfermedad de la que era imprescindible huir porque podría significar la vuelta a experiencias anteriores. Sin embargo, las noches de juego de dominó no eran consideradas de ocio, sino una necesidad para restaurar los sentidos a través de la meditación reflexiva o del hechizo de la conjunción blanco-negro, oposiciones en las que se veía el reflejo de los contrastes de la existencia. Era un juego restaurador, parte de la magia que hacía valorar lo invaluable: haber podido sobrevivir. ¿Eramos, de cierto modo, protagonistas inconscientes de las Mil y una Noches? Podría ser. La duda sobre la seguridad del futuro era la conductora de la aventura, el violinista empeñado en columpiarse sobre el tejado.
Eran días de familia, de reuniones buscadas para reforzar sentidos y éstos no sufran alteraciones que acechaban, también como duendes, porque era imposible el encierro total. Eran tiempos en que sólo bastaba el empeño de la palabra o, cuando más, la artesanía de la letra -encuadrada en un trozo de papel, a veces sin la proyección de rayas o puntos donde se estampa el acuerdo del deudor- con el monto del préstamo, que siempre tenía un alcance temporal corto, rápido, la obligación contraída por imponderables que dejaban de ser tales, casi mágicamente, porque mediaba la voluntad de que así fuese.
Mi padre era de los que creían firmemente en el honor de las personas, en el nombre que había que mantener limpio de implicaciones morbosas por generaciones, más aún cuando los nombres estaban ligados al parentesco. Entonces, el sentido del honor se volvía sagrado.
Quizás el primo Oleg no era muy explícito. Bastaba que dijese —180→ «Monchi, necesito...», para que mi padre, sin indagar motivos ni sopesar riesgos, sólo preguntara «cuánto». Entonces el primo Oleg sacaba un talonario de pagarés -que siempre tenía a mano- y con su lapicera de oro escribía la cantidad en cifras y letras en los espacios correspondientes. Con ese runrún característico que hacen algunos para dar más peso o importancia a su firma, la rubricaba pomposamente.
Recuerdo que una vez pregunté a mi padre, con el alcance de mis 10 o 12 años, qué estaba escribiendo el primo Oleg. «Un pagaré», me contestó con solemnidad, como requería el momento. Me quedó la sensación de que era un acto merecedor de respeto, pues en ese momento un silencio grande, o tal vez sospechoso, se instalaba en la tienda. Creo que hasta los clientes lo sabían, porque durante el acto nadie entraba a comprar.
El mostrador viejo sobre el que mi padre medía las telas fue protagonista silencioso de muchas visitas interesadas del primo Oleg. «No le prestes de nuevo antes de que te devuelva el préstamo anterior», le pedía mi madre, preocupada por la excesiva confianza de mi padre. Era suficiente para levantar una acalorada discusión acerca de la lealtad y de cómo ésta había mantenido la unidad familiar.
Los tiempos no eran muy diferentes a los de ahora. Tampoco la gente. Al margen de cualquier época, siempre se la dividió en buena y de la otra e, igualmente, toda época pasaba por tiempos buenos y de los otros. La de antes era tal vez de encuentros más íntimos, de sentimientos ajenos al valor del dinero, del deseo de mantenerlos al margen de ese valor. Creo que mi padre fue un pionero involuntario en el arte de ser engañado. Para él, un familiar no podía comportarse como uno que no lo era. Suponía la honestidad como calidad intrínseca de quienes se acercaban, en algún grado, a una relación de parentesco. Podría decirse que eran días de confianza.
«Las cosas se dan de a pares», afirmaba. «Si uno es honesto, los demás también deben serlo. Y al revés se presume del mismo modo».
Fue así como quedó con varios de esos pagarés sin cobrar. Los guardó durante toda su vida, sin pensar en que algunos valores monetarios se alteran cuando se los somete al encierro. Pero no por eso Oleg perdió su calidad de primo ante mi padre. La calidad de honesto quedó en suspenso, pues mi padre aseguraba que sólo el tiempo puede variarla o reafirmarla, un tiempo que nunca llegó. Quedó registrado en —181→ una fecha tan anterior, tan pasada, que hasta el mismo papel, con sus letras y cifras, tomó un color apagado como si no se atreviera a enfrentar el daño que le causó la lapicera de oro. ¿Era en verdad de oro? Muchos aspectos de la vida del primo Oleg de pronto no resisten mi análisis.
La confianza funcionaba de emisor a receptor con un mensaje inequívoco. Ponerla en duda no encontraba espacio en mentes acostumbradas a lo contrario. Era un modo de dejar bien sentadas y en buen pie las relaciones tanto comerciales como familiares, lo que llevaba tranquilidad a los espíritus.
Mi padre no podía quejarse. El negocio marchaba bien, no por casualidad, sino por el empeño y perseverancia con los que parecía haber nacido. Daba la sensación de que ya había aplastado el ayer, dejándolo confinado a la memoria y al incentivo del recuerdo. Cerraba la tienda viendo aumentar diariamente las ventas. Cuando lo veía partir al trabajo con las primeras horas de la mañana, me preguntaba si alguna vez yo también tendría que enfrentar una obligación diaria que me sustraiga horas de sueño. Despertar con el sol de la forma de establecer una disciplina que fue adentrándose de a poco en los hábitos de la familia. Los ruidos tempraneros fueron conformando un estilo de vida que más tarde, con la tranquilidad que trae el bienestar económico, no fue posible cambiar ni revertir para adecuarlo a edades ya no muy jóvenes. El horario parecía haber hecho mella en el cuerpo, en la piel, en la conjunción de astros y en la formación de horóscopos.
Pienso que se estaba convenciendo de que demasiada holgura de tiempo era capaz de pervertir conductas, llevándolas a estados de ocio que podrían transformarse en permanentes. Era preciso horadar el tiempo, extraerle cuanto fuese posible para que después, en años por venir, se considerase el descanso como premio.
Había una confianza que se entregaba con alcances profundos en el ámbito familiar y otra que servía para fortalecer las relaciones con el entorno exterior. Ambas marchaban de forma paralela y era conveniente no confundirlas. De hacerlo, acaso habría sido necesario convocar al tribunal familiar para poner un límite a lo que hubiese que delimitar. Eran modos de vida, quizás obligados por la misma situación —182→ de inmigrantes. «Y no se refiere precisamente a la confianza», insistía mi padre. «Siempre hay que reservar algo, sea en el lenguaje, en las actitudes, en el comportamiento. No entregar en exceso, porque después algunas cosas importantes pueden ser irrecuperables y ocasionar grandes decepciones». Sin embargo, de cierto modo él mismo se contradecía al no saber trazar territorios que le permitiera mantenerse firme en sus actos.
El primo Vanchek estaba dentro de esa confianza que confería el lazo familiar, pocas veces puesta en duda. Había alcanzado una sólida posición y para demostrarlo -o no dejar de lado su espíritu de inmigrante- comenzó a hablar de mudarse a una ciudad más grande. Había que extenderse, conocer otros lugares sin estar hostigados por la necesidad o la premura. De modo que, para hacer un «reconocimiento en terreno», ya había cruzado varias veces el río en dirección al sur. Hablar de la ciudad grande alentó en mi padre un deseo que prefería mantenerlo oculto, porque desear demasiado podría minar su espíritu y convertirlo en insatisfecho, con todas sus consecuencias. Ver al primo Vanchek dándose aires de suficiencia, ya traídos de otras partes, estimuló sus ganas de imitarlo, no precisamente con respecto a los grandes cambios, sino al estilo de vida que llevaba, estrechamente acompañado por Fronia, su mujer.
De modo que cuando el primo Vanchek regresó de una de sus incursiones, asegurando que era el momento para invertir en propiedades por estar valorizándose día a día, mi padre lo tomó muy en serio «Él sabe», le dijo a mi madre. «Siempre viaja de ida y vuelta y luego repito otras idas y otras vueltas. ¡Cómo no va a saber!». Cuando se ofreció de intermediario para realizar uno de esos negocios, mi padre no dudó un momento, porque quien se ofrecía era un miembro de la familia.
El primo Vanchek le contó dónde, más o menos, estaba ubicada la propiedad en venta, aunque si lo hubiese sabido con exactitud habría sido lo mismo para mi padre, pues, a pesar de haber vivido durante un tiempo en esa ciudad grande antes de asentarse al otro lado del río, muy poco conocía de sus calles o de las zonas de menor o mayor valor. De todos modos, tampoco el primo Vanchek lo mostró algún plano de la ciudad en el cual pudiera ubicar, aunque más no fuese sobre el papel, la propiedad en cuestión.
—183→No se le hubiera ocurrido decirlo que lo acompañaría en su próximo viaje para apreciar en el terreno si le era conveniente o no realizar la operación, sea por si alguna vez decidiera ocuparla o ponerla en arrendamiento. Nada de eso. Fue suficiente que el primo Vanchek se ofreciese. Si bien, de cierto modo, comenzó a dedicarse a la compraventa de propiedades como negocio adicional, en ningún momento dijo que cobraría por su intermediación, lo que mi padre consideró un acto de altruismo. «Lo hace de buena voluntad», le comentó a mi madre, quien tampoco podía dudar de un pariente de mi padre. En eso los límites eran infranqueables.
El primo Vanchek le avisó a mi padre de la fecha en que iba a viajar de nuevo, insistiendo en que esta era la ocasión para comprar la propiedad. Una orden no hubiese dado mejor resultado. Mi padre juntó todo el dinero de que disponía. No eran épocas en que se necesitaban grandes sumas para ese tipo de transacción. Al día siguiente, antes de abrir el negocio, fue a la casa del primo Vanchek para entregarle el dinero y otorgarle un poder. Mi madre lo acompañó. «¿Para qué?», preguntó mi padre. «Para que no vayas solo», dijo ella como respuesta lógica. Eran palabras que encerraban todo una forma de vida. A ninguno se le habría ocurrido pedir al primo Vanchek un recibo y tampoco él ofreció darlo. La duda no podía tener cabida, pues para eso eran parientes. Además, cualquier falta cometida por un familiar siempre daba la esperanza de que con el tiempo sería remediada de algún modo, precisamente por el lazo consanguíneo.
El viaje del primo Vanchek duró lo de siempre, no más de una semana. Regresó con la operación hecha. «Fue una buena compra», dijo, entregando detalles sobre la propiedad de dos plantas, su distribución interior y el lugar donde estaba. Mi padre admitió que era una buena ubicación, cerca de un importante centro comercial, lo que aseguraba una renta razonable en caso de no decidir, en algún momento, ocuparla él mismo para instalar una tienda en la planta baja. El estar de paso parecía haberse incorporado a la idiosincracia de los inmigrantes. Siempre se pensaba sobre la posibilidad de trasladarse a un lugar más grande, a alguna ciudad que ofreciese mejores oportunidades. No se podía abandonar así no más una inquietud que a veces llegaba a remecer interiores. Con el cambio de continente, lo lejano había perdido buena parte de su significado. Cualquier país estaba a la mano, más aún cuando en ese caso sólo bastaba atravesar un río. —184→ Después de algunos meses, la curiosidad no dio alivio a mi padre. Necesitaba ver con sus propios ojos el inmueble que el primo Vanchek había comprado para él. Mi madre estuvo de acuerdo. Hicieron los arreglos para que, en su ausencia, mi madre estuviera en el negocio con un horario más descansado. Cerrarlo sólo se justificaba en épocas de vacaciones o por causas irremediables. Como era habitual cuando algún pariente viajaba, todos fuimos al puerto a despedirlo y también a recibirlo de vuelta. Regresó solo, pues aparentemente el primo Vanchek tenía más asuntos que resolver que los acostumbrados.
Nunca lo habíamos visto con el rostro tan demacrado, como si en los pocos días de ausencia no hubiera podido dormir. Las ojeras le daban un aire de mago listo para una función, rodeándolo aún más de misterio. Pero no era costumbre de mi padre aparentar o transformarse en alguien diferente, como lo hacía tío Jako. Pensamos que estaba enfermo. Hicimos todo tipo de lucubración en el trayecto entre el puerto y nuestra casa, puesto que mi padre no soltaba palabra.
Después de sentarnos en la sala, donde se conversaba de lo bueno y lo malo, de lo importante y no tanto, mi padre sólo dijo: «la propiedad está frente a la morgue». Mi madre, para restarle gravedad a su preocupación, dijo: «¿y eso es tan importante?». Mi padre la miró con todo el peso de sus ojeras, el azul más negro que yo recuerde, diciendo que era preciso venderla. El tono de su voz no admitía réplica.
Mi madre se puso pálida. «Cuando se compra una propiedad es para conservarla». Pero a mi padre sólo se le había grabado lo dicho por él. Si bien su perseverancia siempre impulsó a mi madre a luchar por las causas más remotas o perdidas, a veces no le quedaba otra que deponer las armas ante el peso de la realidad. «Por lo menos conservémosla durante un tiempo, que alcance a dar algo de renta para compensar los gastos», dijo, como para convencerse a sí misma. Mi padre, sin poder salir del laberinto en donde vislumbraba la propiedad convertida en bastión de fantasmas tanto de día como de noche, insistió en que era preciso desprenderse de ella, «aunque ocasione pérdida», dijo, ya sin alterarse, sólo deseando que la venta se hiciese cuanto antes.
Los días siguientes fueron de pesadilla. Los telegramas iban y venían de papá al primo Vanchek y de éste a mi padre. Uno de ellos rezaba: «No te apures, ten paciencia, espera un mejor precio». Pero —185→ cuando a mi padre se le trenzaba algo en la mente, los pensamientos le resultaban dislocados. De modo que, ni bien consiguió un precio más o menos razonable, instruyó al primo Vanchek que se deshiciera de la propiedad. Nunca llegamos a saber cómo era su aspecto, cuántas habitaciones tenía o si los balcones eran aptos para simulacros de Romeo y Julieta, siempre pensando en que alguna vez, por esas persecuciones del destino, nuestra familia recogería bártulos y se pondría de nuevo en movimiento para no frustrar el sino milenario.
Cuando se recibió el telegrama del primo Vanchek que rezaba «propiedad vendida con leve diferencia a favor», mi padre sintió que la mano divina no le había abandonado. Hasta tuvo la intención de compensar de algún modo al primo Vanchek, a lo que mi madre se opuso con palabras lapidarias: «el que te lleva a un problema, tiene la obligación de sacártelo de él».
Mi padre volvió a respirar normalmente, sin esas subidas y bajadas de intensidad que en cierto momento nos hizo temer que alguna enfermedad seria se le había desencadenado por el asunto de la compra de la propiedad. Con la tranquilidad de saber su dinero a buen recaudo en el antiguo ropero de tres cuerpos, reanudó la actividad casi frenética de costumbre, la que lo embarcaba en horarios fuera de horario, con mi madre siguiéndole el ritmo. Ese era el modo como se reconocía la devoción y dedicación de una esposa, quien, pasados los años, sería condecorada no con una jubilación compensatoria, sino con el adjetivo de «buena».
Eran tiempos que corrían sin el ajuste de grupos feministas, y las pocas rebeldías que de tanto en tanto surgían se acallaban dentro del ámbito doméstico. Si alguna vez sobrepasaban los límites impuestos por puertas, ventanas o paredes, la mujer era considerada poco comprensiva, poco cooperadora, alegando sus congéneres «no se conforma con nada. ¿Qué más puede pretender?».
El asunto de la compra poco afortunada se convirtió, como generalmente ocurre en grupos humanos sometidos a los avatares del azar, en tema de anécdotas que fueron creciendo o deformándose hasta que formaron parte del universo familiar.
Años después, en uno de los viajes de vacaciones que anualmente realizábamos a la ciudad grande -las que se reducían a visitar parientes para fomentar el recuerdo pasado-, mi padre se animó a —186→ llevarnos para ver el inmueble del que se había desprendido «gracias a Dios». Todos quedamos pasmados. Era una linda propiedad de dos plantas, sólida. La habían remozado y lucía con todo el esplendor de una fachada no muy antigua. En la planta baja, un salón de ventas de telas hizo decir a mi madre: «hubiéramos podido ser nosotros». Mi padre no se pronunció. Más tarde, como sucede con algunas inversiones cuando pasa algún tiempo, la propiedad adquirió mucho valor, a pesar de su cercanía a la morgue. Mi padre nunca lo admitió, pero esa propiedad hubiese sido la mejor carta de crédito para cualquier operación comercial que se le hubiera ocurrido emprender.
—187→
En una de esas noches de mesa larga, donde la calistenia de la palabra se daba en tantos matices que podían formar un arco iris sin necesidad de lluvia, escuché mencionar al señor Grotowsky. No puedo afirmar si los nombres eran inventados o sólo el producto de la imaginación acelerada de alguno de los tíos. Más bien pienso que la atmósfera era apropiada para cualquier desborde y que la historia del señor Grotowsky fue contada recurriendo a un nombre supuesto, acaso para disfrazar a algún miembro de la familia y no se piense que lo imaginario era la única forma de agrupar tiempos, convirtiéndolos en unidad indisoluble.
Según tío Berni -el de historias con arranques más terrestres que las de tío Jako-, el señor Grotowsky miraba a los pájaros con ojos de ningún color donde, sin embargo, era posible ver reflejada la bandada acercándose a la enredadera de su casa hasta perderse entre la maraña de hojas, dando la sensación de que el bullicio era producido por el denso entramado. El piar no era continuo. Más bien parecía seguir una pauta y respetar intervalos para retornar luego el salto de tonos y semitonos, o lo contrario, luchando por detenerse en unos u otros, sin lograrlo.
«Podría decirse que el señor Grotowsky era un encantador de pájaros, un hombre con poderes que se originaban en sus ojos, profundizando la mirada hasta hacer imposible cualquier escape. Era capaz de quedarse en la inmovilidad más extrema y parecer una estatua con dimensiones humanas, semejando haber pasado por un intenso entrenamiento para alcanzar el punto deseado. Nadie recordaba si había llegado de algún lugar o si parte de su encantamiento provenía de su increíble capacidad de observación estática. Hablaba de un modo muy especial: sacudía los gruesos labios sin abandonar el cigarro sujeto firmemente en la comisura, el que se pegaba al labio superior o interior según la inflexión que daba a sus palabras.
—188→«No era cuestión de conocerlo a través de presentaciones formales, sino simplemente intuirlo por su notable percepción de las cosas, lo que le hacía levantar una oreja o mover el cabello, o apenas incorporarse como dando a entender que se había entrado en su campo magnético. Una vez que eso ocurría, entonces era posible participar de la atmósfera creada por su silencio, sus reflexiones calladas, una atmósfera que rastreaba todo lo que él encontrase a su paso, con un soplo de características casi mágicas. Recién en ese momento hablaba, inventando tiempos en futuro, abriendo puertas o caminos. Cuanto más se posesionaba de la palabra, más se le alumbraba el cigarro, sin que por ello se desprendiera la gruesa ceniza cada vez más larga.
«Miraba pasar a la gente a través de un claro entre las ramas formado por la constante sustracción de hojas que hacían los pájaros para construir nidos que pudiesen evitar el deseo migratorio. «Sin embargo, no pueden evitarlo», aseguraba el señor Grotowsky, 'aunque no les falta razón porque así el regreso se les hace más fácil. Y si están muy viejos para volver sobre rutas ya andadas, llegan sus descendientes a reclamar herencias. Cuido los nidos para no quedarme sin pájaros. A veces, algunas aves desorientadas o quizás perezosas intentan aprovecharse: revolotean deseos invasores que combato, alzando brazos en señal de que deben alejarse para no entrar en disputas de límites o posesiones. He aprendido a manejarlos con la mirada, como si los hipnotizara, aunque a veces se vuelven obsesivos en sus pretensiones y temo no tener suficiente fuerza en los brazos o en los ojos y se les ablande el terreno hasta acomodarse a sus formas. Aunque son más grandes que los otros, me tranquiliza saber que no pueden caber en esos nidos pequeños. Me gustan los pájaros pequeños, pues sus necesidades se adaptan a su tamaño y se conforman con el poco alimento que les pueda dar, que no es mucho. A veces se me ocurre que apenas les alcanza para sobrevivir. Entonces los miro fijamente hasta que mi mirada los amansa tanto que terminan por quedar dormidos'.
«Él también caía dormido en medio de cualquier relato. No era de extrañar. Entonces se acercaba Gertrudis, la doméstica, y le sacaba el cigarro de la boca, sacudía la ceniza y le guardaba el pucho en el bolsillo de la camisa, al tiempo que cortaba la humedad rebasaba de sus ojos con la punta del delantal. Pero daba igual, porque el señor —189→ Grotowsky era capaz de hablar hasta cuando dormía. Echaba de menos el cigarro, eso sí, como podía apreciarse por las pasadas de mano que recorrían sus labios, buscándolo, o quizás necesitaba del calor del humo para seguir dando cuerda a ese momento de inconsciencia o enredarse en sus vericuetos hasta retomar el hilo de la historia.
«Al despertar, invariablemente preguntaba la hora, aunque sin esperar una respuesta pues sólo le bastaba estirar el brazo para sentir el paso del tiempo. Por lo general, acertaba con un error de pocos minutos. 'Son cosas que aprendí de joven, cuando aún temía no llegar a viejo', recordaba él. 'Me la enseñaron los pájaros. Tenían envidia de mi experiencia joven y, a la vez, el temor de que dejase de serlo y no alcanzase a transmitirles lo que ellos no sabían. Es extraño. Pero aquí estoy, a pesar de temores compartidos, cuidando nidos por si ocurre algún cambio de viento'. Gertrudis, con paso de pluma, le alcanzaba la merienda. Tanto ella como el señor Grotowsky parecían haber sucumbido al acoso del tiempo, como si el cambio fuese necesario para formar esos futuros en los que él se encaprichaba para afianza retornos.
«Cuando el cambio de estación acercaba lluvias, el señor Grotowsky se refería a ellas como «gotas intrusas que levantan polvo y borran huellas». Entonces su mirada se tornaba oscura y el aguante hacía esfuerzos por permanecer, por derrotar a la lluvia para abrirse paso hacia la estación siguiente, más suave y comprensiva, más abierta a la observación de los cielos, a la conservación de los nidos.
«Gertrudis acostumbraba guardar al señor Grotowsky en el interior de la casa durante la 'estación mojada', como solía llamarla. 'La lluvia no es buena para sus ojos; le nubla la mirada hasta que imagina ver pájaros descendiendo por las líneas que forman la descarga', afirmó esa vez. 'No eres experta en nidos, Gertrudis, por eso hablas así. Tú no puedes ver lo que yo veo', protestaba el señor Grotowsky. 'Todavía se cree encantador de pájaros', rezongó la mujer. 'Tengo que hacerlo. No puedo ver a los nidos vacíos columpiándose. Temo que algún viento encolerizado los haga caer. Entonces ya no habrá motivo para que regresen', dijo él. 'Sólo se toman su tiempo, un tiempo que pasa más rápido para ellos porque son más veloces', murmuró la mujer. 'No sé si prefiero que me contestes o que —190→ calles. Podrías alejarlos con tu forma de hablar. ¿Quién te ha dado derechos, mujer?'. 'Se le está aflojando la sesera. ¿Acaso ¡lo recuerda cómo le ayudaba a cuidar los nidos?'. '¿Cuándo?'. 'Antes' 'No me hables de antes. Lo que esperamos es que algo suceda, que regresen los pájaros y eso sólo puede ocurrir mañana o después de mañana, pero no antes. Dices que los conoces y los cuidaste, pero no pueblan tus ojos como lo hacen con los míos hasta derretirlos y formar imágenes movedizas'.
«Gertrudis le secó los ojos con la punta del delantal, como de costumbre», prosigue tío Berni. '¿No será tiempo de que me lleves afuera?', preguntó entonces el señor Grotowsky. 'Aún caen algunas gotas, como si no quisieran irse del todo', dijo ella, mirando a través de la ventana.
Fue a la mañana siguiente de ese después que el señor Grotowsky esperaba, cuando Gertrudis dijo que afuera estaba seco, pero que uno de los nidos no había podido resistirla fuerza de la lluvia. 'Debes estar equivocada. Están bien afirmados. Puede que se haya soltado algún punto, alguna esquina. Habrá que reacomodarlo, no sea que el regreso nos tome desprevenidos', dijo desde el corredor donde se había instalado para esperar. Vio el despliegue de una bandada, intuyendo una falta. Estuvo a punto de decir a Gertrudis que tenía razón, pero no era su costumbre dársela así como así.
«El aire empezaba a traer olor a pájaros. Los veía pasar como algo lejano. Cerró los ojos para no imaginar futuros que ya no le pertenecían, para no volverlos a abrir, para dejar libre al resto de la bandada», concluyó tío Berni.
Puedo imaginar que en ese momento, aún sin haber conocido al señor Grotowsky, habría en sus ojos la misma humedad. O probablemente eran alas que lo daban un aire volador. «¡No lo hagas!», exclamé impulsivamente, tal vez para evitar cualquier intento descabellado.
—191→
El ropero siempre estuvo en el mismo cuarto. Ahí lo sigo viendo y ahí se funde y confunde con el recuerdo. Era el lugar preferido de mi madre para jugar a lo oculto, al manipuleo de un poder -que siempre estaba de su lado- para el cual tenía un talento casi congénito. Era sabido que lo que no pudiese ser hallado en la casa después de un minucioso recorrido, debía estar, por descarte, en el ropero. Así fuesen objetos sin valor, guardados celosamente en la convicción de que sí lo tenían, o de barras de chocolate con las que mis hermanos y yo éramos premiados luego de fraccionarlas equitativamente.
Algo que no recibió el impacto del tiempo, envejeciendo como mi madre y llenándose de rayas que luego se convirtieron en cuadrículas, fue ese antiguo ropero de tres cuerpos. Era tal su importancia en el devenir cotidiano, que no me había causado sorpresa si alguien hubiese tenido la ocurrencia de ponerle nombre.
Era un ropero egoísta si se quiere, ya que siempre permanecía cerrado con llave, incentivando nuestras más aladas fantasías. Siempre tuve la impresión de que a mamá le era útil hasta para guardar ciertos días y así ponerlos a cubierto de un uso desmedido. Porque todo lo guardaba «para después», haciendo una postergación del tiempo de alcance delictuoso. Los porqués no cabían entonces en la comunicación entre padres o hijos, quizás por esa inclinación hacia tiempos más propicios que pudiesen proveer el arraigo de la postergación.
«Viaje al interior de un ropero» se perfilaba como un título atractivo con el cual tal vez tropiece en alguna venta de libros viejos o forme parte de un diario de vida que nunca tuve el ánimo de escribir, precisamente por la aptitud detectivesca de mi madre que hacía imposible hasta la misma propiedad de nuestra conciencia. Eran épocas en que lo bueno había que probarlo, porque todo era malo —192→ mientras no fuese posible el pase hacia lo contrario, una labor que empequeñecía a los ya empequeñecidos por la levedad de los años. La sensación de ser partícipes de algo misterioso, que podría ser develado en cualquier momento de debilidad, nos mantenía en un estado de curiosidad que se exacerbaba con la menor presión.
Guardaba la llave encima del ropero, de modo que su alcance debía pasar por una serie de equilibrios con la ayuda de sillas y gruesos libros. Esto hacía de nuestra empresa un verdadero atentado contra su voluntad, con el riesgo de ser descubiertos, penados y mantenidos en un estado de culpa, sin posibilidad de caer dentro de las consabidas postergaciones de mi madre.
El mueble también servía para guardar el dinero de las ventas del día, según fuimos sabiendo. Después, sólo después, se me ocurrió asociarlo con la virginidad de las hijas mujeres, la que ellos trataban de preservar. A lo mejor desconocían que ya no se estilaban los botines de guerra de ese tipo. Además, pienso que las conflagraciones del futuro no se irán a conformar con tan magro botín.
Nadie nos quitaba el convencimiento de que todo, tanto el comienzo como el fin del día con sus contenidos y agregados, estaba oculto en el ropero. Creo que fue el mejor libro de cuentos que tuvimos; mantenía vivas todas nuestras sospechas, con una acumulación de verdades y mentiras difíciles de olvidar. Cuando mi madre, después de cerrar las puertas comunicantes con otras habitaciones levantando su brazo para alcanzar el alto del ropero -todo imaginado al sentir desde afuera la palpación de la llave-, nuestra fantasía se desbordaba hasta el punto de visualizar barcos piratas cargados con cofres repletos de joyas y oro, lo que de pronto nos presionaba el deseo de abrir intempestivamente la puerta con el pretexto de algún accidente. Pero hasta en nuestras evasiones mi madre intervenía con total conocimiento, cercenando nuestro desborde.
A veces temíamos que una explosión lo deje con su interior a la vista, casi como un cuerpo humano sorprendido en la intimidad de sus órganos. El enorme espejo, que parecía flanquear la hoja principal, era sólo un vertedero de imágenes. Pero a pesar de todas las maravillas aprendidas en el país de Alicia, se hacía imposible traspasarlo. Todo intento se quebraba en el reflejo de la propia imagen y la vergüenza nos impedía cualquier violación.
—193→Una vez, quizás anticipándose a futuros que no podría continuar dominando, mi madre sacó del ropero su estuche de joyas y, abriéndolo con parsimonia, iluminó nuestros ojos con reflejos de fantasía que creíamos reales, porque ella también lo creía. El sueño de que una parte del contenido del estuche alguna vez me iba a pertenecer, hizo temblar el sueño de muchas noches. No pensé, entonces, que el verdadero valor se hallaba en la caja misma, la que ahora continúo llenando con brillos a ojo y paciencia de los demás.
Cuando mi padre pensó en una ocasión que manos extrañas habían abierto el ropero, apropiándose de parte del dinero guardado en distintos rincones -precisamente para confundir a terceros nos mantuvimos casi en estado de duelo mientras sus dedos contaban el dinero, anotando cifras en un cuaderno y haciendo y rehaciendo cuentas en un intento por cuadrarlas. Mi madre, en un alcance de memoria, recordó una compra no contabilizada. La calma retornó, para nuestra tranquilidad. Así y todo, lo guardado con tantas llaves enfermaba nuestra imaginación.
Fue durante una noche de ausencia de cine o de fiesta familiar de mis padres cuando decidimos convertirnos en bandoleros. Toyo se calzó la cartuchera con el revólver de juguete que el tío Jako le había regalado en su último cumpleaños y Cayo, subido sobre sus hombros, se encargó de alcanzar la llave mientras yo hacía de centinela. La gran puerta central se abrió luego de varias vueltas de llave, el espejo se deshizo de imágenes acusatorias y el interior del ropero pareció avanzar para tragarnos como ocurre en los cuentos.
Adentro había lo que normalmente acumulan los roperos: ropa de vestir, de cama, ropa colgada y acostada. Abajo, en una esquina, el estuche. Parecía indefenso. Lo abrimos para justificar nuestra acción delictuosa. Estaba vacío. Quedamos más impresionados que si lo hubiéramos encontrado lleno de las joyas que suponíamos. «Han de tener otro escondite», dijo uno de nosotros. Pero la carga de conciencia y la culpa asomando con todas sus vestiduras impidió que abriéramos los otros dos cuerpos del mueble. La llave era la misma. Cayo volvió a ponerla en su lugar y la curiosidad, no gratificada, nos dejó en cierto desamparo. Creo que la trasgresión quedó impresa en nuestros rostros, así como nos pareció que las caras de papá y mamá, al día siguiente, ostentaban un atisbo de victoria.
—194→El ropero, no obstante, mantuvo su atracción. Ya de grandes, con las supuestas arcas mermadas por el desarrollo del tiempo y el crecimiento de una razón que ya no miraba con ojos desmedidos de la niñez el «tesoro» escondido, no hubo necesidad de mantener el ropero cerrado con llave. Eso sí, había que cuidar que la hoja central estuviese bien cerrada para evitar que el peso del espejo la desajuste. Llevaba, en verdad, mucha gente colgada de su interior. Pese a todo, continuó teniendo para nosotros la atracción mitificada por los años cortos.
Cuando nos llegó el turno de convertirnos en decididores de lo que se iría a hacer con su contenido, quise quedarme con el estuche. Era de laca pintada, aunque de su interior poco podía ser rescatado. Mi madre ya había repartido en vida los objetos de algún valor «para evitar lo que es preferible evitar», su modo de decir las cosas de forma indirecta, sin abordar el roce de la palabra justa. Entre las ropas desordenadas asomó un pequeño fajo de billetes, con sus valores añejados por denominaciones que ya no estaban vigentes. Lo de mayor valor era el ropero mismo, una verdadera pieza de artesanía, demasiado grande para moverlo de lugar o aspirar a espacio en alguna vivienda moderna. Quedó ahí, contra la pared del dormitorio principal, oliendo a historias que empiezan a ser recuperadas.
Nunca me gustó el silencio de las tardes de sábado, un silencio de no tener qué hacer, de calle golpeada por tacos ajenos a la costumbre que atraen miradas incrédulas asomadas a balcones apenas entreabiertos para pescar al presente en plena osadía. No todos los sábados eran iguales. Los había demasiado secos, trepando nervios hasta cuartearlos, y también mojados de vereda a vereda, haciendo correr ojos y deseos en esos verdaderos ríos improvisados por las lluvias.
En esa época se era experto en dejar transcurrir el tiempo, sin intervenir para nada, y también en ver pasar gente para ubicarla en familias, ponerle apellidos e ir formando historias para luego acomodarlas en el recuerdo. Era mejor que leer un libro; las imágenes se hacían difíciles de copiar o dibujar, con la leyenda al lado o debajo. Ni siquiera había trabajo para la imaginación. Todo un teatro de representación continua.
—195→Es probable que de ese modo espontáneo e imperceptible me haya ido inclinando hacia la evasión que provoca el teatro en lo que dura el agasajo de los sentidos. O tal vez llevaba adentro deseos representados por la imposibilidad de verbalizarlos. De modo que, para disminuir el riesgo que el silencio pudiese ocasionarme, convirtiéndolo en pase hacia una mudez ya incipiente -obligada por la costumbre-, lo figuraba de colores y a cada color proveía de un escenario diferente. Algo así como ser espectador de una obra ubicada en distintos planos. Claro que de pronto se superponían, obligándome a una labor de desenredo que hacía correr el sábado y distraer mi mente hasta dejarla confundida. La protagonista principal generalmente era yo, la calle el escenario y la gente la necesidad secundaria para el buen desarrollo de la obra.
A veces caía en vertientes no programadas como resultado del pulsar constante de una imaginación predispuesta. Entonces Gustavo aparecía en toda la dimensión de su estampa agrandada por mi deseo adolescente. A la distancia, con la claridad ruda a la que nos someten los años, la dimensión de Gustavo se descompone y adquiere grados nada comparables con la fantasía anterior. Ya no es tan alto ni tiene mirada de taladro y sus manos nada tienen que ver con la malicia, también imaginada, con que recorría mi cuerpo en toda su extensión, desoyendo las advertencias de mi madre de la separación saludable -a su modo de ver- de «la parte de arriba y la parte de abajo».
Ahora pienso que toda la lucubración de los sábados de tarde era, de cierta medida, forzada como forma de rebelarme secreta y silenciosamente a los principios que, según ella, formaban el mejor atuendo de una mujer, proporcionándole ese aire puro y virginal que -también según ella- era el mejor anzuelo para atraer a un buen candidato. En todo caso, mi enamoramiento, al margen o a consecuencia de la largura homogénea del sábado de tarde, no podría ser más real. Las limitaciones impuestas por la edad lo hacían aún más real. Hasta doloroso, lejano, inaccesible.
No sé con qué color pintaba el romance para hacerlo más próximo, pese a que no era un problema de distancia, sino más bien de oportunidad. No podía compararme con Blanca -prima en algún grado-, quien, por alguno de esos vientos que se achacan a influencias inespecíficas, parecía haber nacido con la pollera levantada. No —196→ dejaba escapar ocasión para hacerlo evidente, sobre todo cuando Gustavo, oculto detrás del pilar del cobertizo, la observaba, consciente ella de la provocación de su acto. La voz estridente de algún adulto volvía a poner orden. Pero bien se las manejaba Blanca para que él percibiese que era capaz de repetir su premeditado acto.
Los sorprendí en pleno estudio corporal. Blanca, levantando la cabeza como hacen los caballos cuando cruzan un río, «¿qué, nos has visto nada igual? Pues empieza a aprender», dijo al verme. Después siguió en el ejercicio como si estuviera preparándose para algún examen.
Es bueno que el tiempo tiente en presente sin ofrecer, ni siquiera de soslayo, un compromiso a futuro, sino dejando que el azar obre por su cuenta. Muchas cosas, para bien o para mal, no se habrían resuelto o tal vez sí de contar con un catalejo mágico. A lo mejor yo ya poseía el indicado para el despliegue imaginario y Blanca no era más que la proyección deseosa de mí misma. Creo que hubiera dado cualquier cosa por encontrarme en su lugar.
Pero mi catalejo particular chocaba siempre con la delimitación irremediable de «lo de arriba y lo de abajo», lo que me sumía en un estado nostálgico y melancólico que, agregado a la influencia del silencio, me transformaba en un ser sin mucho atractivo, hasta casi asexuada, lo que para algunos era comparable con la pureza máxima y, mirado en retrospectiva, ciertamente con la estupidez más radiante.
—197→
La recuperación de momentos considerados opacos se encarna en personajes capaces de dialogar con uno, a pesar de diferencias de caracteres y oposición de pensamientos, formando comparsas que rondan el recuerdo, filosofía sobre lo que no puede cambiarse y se empeñan en alterar el sueño. Me pregunto si es bueno convertirse en mendigo del pasado para no dejarlo en estado de reposo o letargo que a los postres conduce al olvido.
Pongo a prueba todas las cuerdas de mis instrumentos mentales. Es una suerte de obsesión, morbosidad o sólo deseo de rescate para que la historia sea posible. Cuando ocurre, el silencio titila y los colores toman su lugar de acuerdo con la situación. Así, lo tierno, lo maduro, lo pasional, se engarza en las tonalidades que corresponden, facilitando la relación nostálgica, abriendo las puertas mentales precisas que no ocasionarán esfuerzos extremos ni a tocamientos. Es un juego que ofrece tiempos diferenciados para completarlo, donde las ganancias no excluyen las pérdidas y el resultado está previsto por ese destino que también pongo en juego, aunque ataca con fuerza mortal desde el instante mismo del nacimiento. Y los matices del lugar de origen van tiñendo comportamientos posteriores, sin posibilidad de cambios profundos. Sólo la duda, como forma de suspenso, subsiste y tiende a la lucubración condicionada.
Todavía experimento cierta hostilidad cuando la memoria insiste en desbarrancarse. Trato de ampararme en la objetividad que otorga la distancia y limar las salientes que atentan con desestabilizarme. Aún permanezco como sujeto de una historia consumada y la aceptación pasa por períodos de ajuste. De pronto, algún agente patógeno o endógeno inicia cuentas regresivas y no queda más que dejarse llevar. Semejan temporales que parecen recordar que el diluvio universal podría repetirse y que tal vez haya un número excesivo de postulantes —198→ para acceder al Arca de Noé. No obstante, los invoco, pues complementan mis tormentas interiores.
A veces agrego un bosque, inserto animales, me visto de Caperucita Roja o de Bella Durmiente y vuelvo a embestidas fantasiosas a las que achaco las fallas de la realidad, todo un ejercicio que permite muertes temporales y sobrevivencias ajenas a las veleidades del tiempo. Son sombras a las que no puedo poner nombre y que, sin embargo, insisten en aparecer, armando pesadillas que arremeten como batallones. No las busco, quizás porque estoy en época de paz o en vías de alcanzarla, de cese o rechazo de hostilidades por ese cansancio que trae el tiempo y convierte motivos en falacias, verdades en meros asomos de historias relatadas con sesgos personales.
En el centro, no como resultado de protagonismos vanos, yo, siempre yo y el que me sigue en crecimiento, quien nada tiene que ver con estadísticas o signos de progreso. Es sólo un campo minado que atenta contra pasos desmedidos, contra la palabra suelta que puede resucitar sucesos aparentemente tapiados por la desmemoria. Pero ¿qué hacer cuando persiguen a la conciencia, o inconsciencia, con derecho de nacimiento? Me convierto en cazadora. Necesito un caballo alado para ver las cosas desde una dimensión que no afecte a los que aún flirtean con la vida. Es probable que ya esté galopando sobre ese lomo extraterrestre y no sea más parte de lo que observo, sino yo misma, tiempo pasado queriendo incorporar a quienes todavía gozan del presente. La confusión me acosa y hace que pierda la delimitación de bandos.
Me encuentro lejos de todo cuando las sombras no se identifican. Es tierra de nadie, y de todos a la vez, que se convierte en pestañeo y conduce al sueño o al insomnio.
Tío Jako no era blanco ni negro, ni inclinado a que se le incorpore a determinados grupos. Él era de colores, de todos juntos, y despedía tantos brillos como esas joyas -«todas verdaderas», decía, queriendo convencerse y convenciendo a través de sus dudas- que llenaban su tienda y destacaban entre otros objetos de mayor valor. «Eso siempre ocurre, pues la gente se encandila con juegos fatuos que hacen vivir mundos alucinados». Era difícil entenderlo, pero no tenía importancia. Bastaba su fantasía para llenar barriles y más barriles, agujerearlos y rodarlos para que las siete maravillas del mundo se desparramen y lleguen a todos.
—199→Eran gestas a las que uno podía acomodar cualquier adjetivo y, por tanto, siempre nuevas, recién hechas, como si su capacidad careciera de límites. No sé si, debido a su influencia, los años cortos me convirtieron en adulta anticipadamente o si continúo arrastrando signos infantiles a pesar del espacio que cada vez los aleja más, haciendo del tiempo un elemento implacable. A veces quisiera acusarle de haber abusado de mis sentimientos, provocando un futuro anticipado desde el que no tendría más remedio que recurrir a la nostalgia. «Todo futuro es pasado, y el pasado hay que colarlo hasta que sólo quede la parte dura que lo haga palpable», afirmaba.
El día en que se le ocurrió regalar a la abuela Bea un hábito de monja, creo que hasta los mismos ángeles se sintieron incómodos. Era su forma de reconocer las bondades de la abuela. Pero también de ponerla en el aprieto de la diferencia religiosa. La abuela, sopesando convencimientos y el deseo de no ofenderlo, «me lo pondré para la fiesta de Ester», dijo. Según la abuela, no era necesario aclarar quién era Ester, aunque podría tratarse de algún familiar del mismo nombre, pero ella se refería a la de la biblia y la festividad correspondiente. «No en balde las mujeres bíblicas parecen saltar de las páginas del Libro. Eran fuertes, decididas, capaces de salvar pueblos con un mero frunce de nariz. Conocían la mejor estrategia, sin llegar al desatino de guerras»
Tío Jako sabía muy bien a cuál Ester se refería la abuela. Aún así, sin poder desprenderse de su humor congénito, «¿cuál?», preguntó, «¿la alta o la baja?» aunque también había una coja en la familia». La abuela, dándose vuelta, tomó el hábito y lo guardó en un cajón del ropero. No quería que su hijo la sorprendiera dando rienda suelta a la risa. Con él nunca se estaba seguro de querer firmar el libro de la existencia o de lo contrario. Posiblemente daba más para lo segundo y, por lo mismo, conservaba en uno la sensación de trance en suspenso que hacía de los días, fuesen nublados o lluviosos, vehículos de constante aventura.
A veces pienso que la falta de mar a la que nos sometió la circunstancia geográfica fue providencial, pues de lo contrario, con su arte para convencer y fabular, habríamos atravesado océanos, respondiendo a un eventual abracadabra, incluso apurándonos para alcanzar la otra orilla, que no sería más que el regreso a un paraíso que se convertiría en permanente.
—200→Tío Jako tenía alma de golondrina. Se me ocurre que, desafiando reglas como siempre lo hizo, con éxitos y fracasos, aún debe de estar en el camino de las migraciones constantes. ¿O transmigraciones? Nada era muy seguro en él, lo que lo convertía en personaje de sueños, acaso su logro más acabado. Brotaba de afirmaciones y negociaciones, dejándolo a caballo entre la realidad y el disparate.
Justina, mi «alter ego» inalcanzable tanto religiosa como socialmente, contaba que en el colegio de monjas donde estaba interna no se les permitía bañarse desnudas, sino vistiendo una especie de saya para que, con la frotación, las manos no desaten estados de ebullición que pudiesen atentar contra lo que precisamente se quería evitar.
«¿Qué sientes cuando restriegas la tela en vez de la piel? Se me ocurre que de ese modo sólo lavas la tela, sin limpiar el cuerpo. Imagínate las capas de suciedad que deben de tener encima», le dije un día. Me observó con expresión de no comprender. «También puede que ocurra al revés, que toda la mugre quede adherida a la tela», replicó, mirándome fijamente con sus ojos azul-grisáceos. Sólo atiné a callar, pues sus afirmaciones generalmente no daban lugar a la menor duda. Durante un tiempo, como me ocurría con muchas cosas relacionado con Justina, idealicé esta forma de bañarse, llegando incluso a imitarla más de una vez.
Pienso que el destino, tantas veces rechazado por mí en su concepción fatalista, nos puso en bandos opuestos. Desde el mío, nunca se me ocurrió pensar que ella pudiese considerar cambios, como en cualquier juego, para evitar las ventajas o desventajas que otorga el campo de observación conocido y, por tanto, desprovisto de elementos objetivos.
—201→
La percepción de que atmósferas enrarecidas irían a extenderse con el tiempo, dejando en zonas de olvido tantas historias, fue parte de un dolor anticipado que era bueno sentir, para contrarrestar o equilibrar momentos de extrema felicidad. Hasta la familia tomaba, de pronto, tintes detenidos en sepia, una coloración que ningún futuro era capaz de avalar.
Entonces pensé que lo mejor era hacer esfuerzos máximos para abrir partes aún vírgenes de mi cerebro y llenarlas con todo lo bueno o importante para tener una suerte de «base de recuerdos» que facilite la vuelta atrás. Deseaba atajarme de alguna regla que condicionara comportamientos, que diese al menos una pauta de conducta. Podría decirse que en ese momento crucial de la existencia donde todos los elementos vivos se confunden y posibilitan países maravillosos, haciendo de cada ser un protagonista, el temor de sucesos futuros los opacaba hasta poner en vilo mis estados sentimentales.
Jashevato debió de ser maravilloso, una enorme extensión fácil de caminar, con pequeñas casas iluminadas a semejanza de faroles que marcaban el camino a la fábrica de azúcar donde mi padre y sus hermanos jugaban a obreros juveniles. Sólo que la fantasía, para ellos, era una realidad sumida en la obligación diaria.
Hubiese deseado tener la fortaleza de la abuela Bea. Alguna vez pensé que, para llegar a ella, quizás debiera igualar su figura, volverme tan gruesa que todas las formas de presentes puedan ser asumidas. De pronto su obesidad se me aparece entre sombras superpuestas, y creo que era así, porque pensando en la importancia que tenía la gordura como un signo de bienestar y salud, se envolvió en sombras. O la vislumbro de ese modo por la necesidad de mantenerla etérea y frágil como siempre pienso que la vi, a pesar de todo. El «estar», como sentido de permanencia de cada miembro de la familia, pensé que iba a ser para siempre. La disgregación sólo podía ocurrirle a otros.
—202→Quiero colgarme de personajes que puedan convertirse en imágenes por la insolvencia a la que condena el tiempo. La revelación de muchas verdades aún permanece en reposo, una que cada día, a cada momento, pugna por desatar la explosión de los sentidos que irremediablemente ocurre como consecuencia de la temporalidad humana. Cuanto más esfuerzos hago mentalmente para que nada vaya a cambiar por esa necesidad íntima que tengo de que el tiempo respete mis deseos, éste se escurre sin vueltas.
Creo que entonces la muerte empezó a diseñarse con un miedo que iría a marcar situaciones posteriores. La vejez, como paso conductor, perdió de cierto modo su peso. A lo mejor pensaba en que llegaría una época donde el paso del tiempo podría ser detenido, sin que significase la detención misma de la existencia. ¿Cómo es posible imaginar un futuro sin tío Berni, sin tío Jako, sin mi padre, sin la mesa larga y las cargas prontas a la risa o lo contrario, o a la búsqueda de consuelo para volver a la risa?
En algún recodo de algún atajo se ha extraviado la mesa larga. Pero alguien la ha puesto a salvo de pasos y traspasos, de demoliciones que buscan la novedad arquitectónica. Para ellos debo perforar la imaginación, hacer una especie de laberinto a través del cual pueda recuperarla.
La memoria se transforma en gran jugadora y ofrece claroscuros que la manipula, produciendo espejismos, Casi puedo tocarlos. Es la vida arrastrada como río, en su nacimiento y su desembocadura. En el trayecto, naves de distinto porte, gente, familias, pueblos enteros que llevan la misma dirección. Cada grupo está marcado por la diferencia. Los une el eco del agua que promete puertos, detenciones, exilios, el migrar constante en busca de lo que siempre se piensa que está en otra parte.
La atracción de la herradura era algo difícil de explicar. Es probable que el eco de caballos lentos, agobiados por el calor, haya tenido algo que ver, o las siestas recogidas en ambientes húmedos que hacía más temible el exterior, más fantasiosa la imaginación hasta proveer de elementos casi humanos a esas bestias, viéndolas, sintiéndolas —203→ sentirse hasta levantar una pata para constatar la permanencia de la protección. El empedrado de las calles ponía sonidos a cualquier fabulación.
Después, mucho después, cuando vi a todos los varones de la familia y cercanos a la familia sentados en el suelo en formación de herradura, en vigilia de muerte, pensé que la fatalidad podía tener dos caras, una alegre y otra sufriente. No sé por qué me pareció ver una mujer danzando en el centro del semicírculo. Vestía una túnica negra y su rostro reflejaba la madurez última, con un blanco muy blanco, inimitable.
De nuevo las costumbres presionaban los sentidos, los preceptos religiosos, la voluntad de mantenerlos para que el aprendizaje de la generación nueva fuese por imitación primero y luego por convicción. Había que sentarse en el piso durante ocho días, en señal de duelo, sin zapatos, sin pensar en la apariencia física o el arreglo personal. Sólo honrar al muerto, tener la mente puesta en él, asimilar el dolor para sentirlo y forme parte de los demás dolores y, con el tiempo, se arrime al recuerdo para grabar la memoria del que había traspasado el umbral último.
No había temblor en la atmósfera, pero la sensación de espera ya concretada devolvía a la respiración la tranquilidad de haber sido pasado por alto, algo semejante a lo sucedido en los tiempos bíblicos para proteger al primogénito, de saberse en el grupo de la herradura, de que el centro dejaría de estar habitado por una sombra y, en su lugar, iba a estar la representación tangible de la muerte. Hubiera deseado que la herradura reflejase espacios fácilmente transformables en puertas y el escape estuviese al alcance de la decisión rápida de las piernas.
La pertenencia al semicírculo era sólo para los grandes. Con todo, rezumaba subpertenencias a las que había que dar lugar como parte del sentido de familia. No era cosa de nada más asistir a la representación, sino de experimentar la herida que hace partícipe doloroso del hecho, un dolor que afecta sin retaceos de edad y puede prolongarse sin tiempo o a pesar de él. Sólo formando parte de la herradura es posible comprender el largo y ancho de una pena familiar, la complicidad de días no precisamente nublados, el sarcasmo de los años insistentes en su atrevimiento, de seguir pasando sin —204→ aportar alivio.
Esa costumbre de expresar el dolor marca características especiales en los rostros y, en ofrenda máxima, se transmite a la generación siguiente para evitar el desrecuerdo, convirtiéndola en su custodio. Se traduce en labor de años y el resultado es palpable, hasta el punto de responder casi físicamente al menor toque. Basta una presión de dedos en la piel para recuperar dolores anteriores y fomentar el miedo natural que transmite el momento decisivo, más aún por la incertidumbre de su arribo. Cualquier confesión, distinta o contraria, se resiste a pasar la prueba de la verdad.
Tempranamente sentí la fuerza inexorable de la ausencia de mi hermano Benito, del punzón de la curiosidad, la respuesta amparada en la sospecha, la pregunta socavada en ella. Ningún juego creativo podía ofrecer salida alguna. Sin embargo, paseando la mirada por los centinelas de la herradura, haciéndola rebotar de uno a otro como si buscase el personaje ideal donde detenerme, me afloró la sensación de que no todo estaba perdido como si los poros hubieran reaccionado por fin, levantándose en actitud de vida.
El tío Jako, en uno de los agujeros de la herradura, intentaba no perder la expresión burlona de sus ojos. Me pregunté si osaba burlarse de un contrincante de tal altura o si era parte de un llanto que no podía evitar la burla inherente. Más allá, el tío Berni pasaba por temblores y treguas. Parecía querer sacudirse de algún peso, alterado por su carácter insólito, repentino.
Me pregunté también si algún día, de los muchos que irían a tapizar el tiempo del después, volveríamos a reír, a festejar lo que se presentase como forma de respetar esas dos caras que teatralizan la existencia. Si la soledad sería adiestrada día a día hasta domarla y dejar de sumirnos en su desgarro. Si el silencio formaría parte del lenguaje hasta hacer de la mirada la única forma de comunicación. Tal vez me preguntaba demasiado para aplacar las dudas acumuladas en mis sólo 17 años o si en adelante no quedaría nada más por indagar, por haber sido elegidos tan anticipadamente para llegar al borde de lo desconocido, pisarlo y, sin embargo, tener que retroceder en espera del momento justo. Sólo me pregunté por qué. Tío Berni a veces decidía que era mejor el silencio y otras se trasladaba al pasado infantil en un intento por rescatar historias que pudiesen servir en el rearme del —205→ presente. Entonces era posible conservar cierta esperanza y azuzarla al máximo para que se fuese proyectando y repitiendo y tanto ejercicio produzca cambios favorables.
Sin cabal fundamento, empecé a temer que no iría a recuperar la capacidad de asombro, que con 17 años ya lo había experimentado todo y, por tanto, sólo quedaba el aislamiento como salida o solución. Estaba equivocada. La escalera que parecía tener gradas que sólo llevaban hacia abajo, empezó a darse vuelta, probablemente en esa misma hamaca que, entre movimiento y movimiento, revolvía el pasado para sanar el presente.