Separata homenaje a Pedro Sáinz Rodríguez
Tomo I: Repertorios, textos y comentarios
Joaquín Calvo-Sotelo
A la figura de don Pedro Sáinz Rodríguez le corresponde, por derecho, un puesto en la vida intelectual española de los últimos cincuenta años, don Pedro o la responsabilidad, don Pedro o la autoridad, don Pedro o la lealtad. Primeramente: «don». Como si el tratamiento le viniera ya desde las aguas bautismales, Sáinz Rodríguez ha sido siempre, no ya para los extraños, sino para los propios -entendiendo por tales sus compañeros, sus amigos-, don. El don parece que corresponde legítimamente a los bachilleres, aunque no ando muy ducho en estos trámites. El Diccionario de la Academia dice que, en la antigüedad, se otorgaba a muy pocos, que después se hizo distintivo de todos los nobles y que hoy -añade con cierta gracia e ingenuidad- ya no se niega a ninguna persona bien portada. Según el Espasa no ha de ser bien portada, sino decente. Algunas páginas de humor podrían escribirse en torno a esas diferencias. Desde luego y muy tempranamente a Sáinz Rodríguez se le atribuyó como una cristalización del respeto que emanaba y así, fundido a su nombre ha seguido, sin que yo conozca muchos que se lo hayan apeado y, menos todavía de a quienes se hayan atrevido a servirse de la forma hipocorística para llamarle.
Esa fue su victoria inicial pero pronto se le añadiría otra: la de ser don Pedro por antonomasia, la de hacer innecesario su apellido para que se le identificase. Esto se produjo en plena juventud o, como muy tarde, en los albores de la madurez. Fue cuando le conocí. Era muy amigo de mis hermanos mayores, especialmente de Leopoldo, con el que había hecho algunos trabajos comunes en la Cámara Oficial del Libro de Madrid, fue quien me presentó a él y, obviamente, con estos términos: mi hermano Joaquín, don Pedro.
Yo había oído hablar muchísimo de don Pedro, le había visto en alguna de las tertulias literarias y políticas que allá por la segunda y tercera década del siglo proliferaban en los cafés madrileños. Su silueta inconfundible se adornaba con un espeso bigote de guías circunflejas, con unas gafas de fina montura y redondos cristales y una corbata de lazo. Ya había hecho muchas cosas, entre otras, las oposiciones -las inevitables oposiciones de la época- a la cátedra de lengua de la Universidad de Oviedo y, poco más tarde, a la Biblioteca de la Central, ambas ganadas con sobra de erudición e inteligencia, y había publicado, del mismo modo, algunos libros de vario contenido. Uno sobre el obispo leridano Antonio Agustín, asistente al Concilio de Trento, gloria de la Universidad de Alcalá y Salamanca y prolífico ensayista, impulsor de la cultura de su tiempo; y otro sobre don Bartolomé José Gallardo, la cara opuesta de don Antonio Agustín, escritor acre, batallador, que vivió largamente a caballo del siglo XVIII y el XIX, acostumbrado al periódico exilio según las tornas constitucionales y el absolutismo. Sólo un hombre de la curiosidad y las lecturas de don Pedro encontró la ocasión para enamorarse tanto del uno como del otro y dedicarles sendos trabajos que los salvaron, aunque bien se ve que pasajeramente, del olvido.
Todo ello le había hecho acreedor a la admiración y al respeto generales. Se veía en él un heredero de la ingente figura de Menéndez Pelayo, en cuya biblioteca santanderina pasó largas temporadas encerrado varias horas al día desde su temprana adolescencia. Su lanzamiento a la fama intelectual le iba a llegar enseguida -tenía veintiséis años- por una vía en la que se mezclaban las que habían de ser constantes en su vida: política y cultura. El discurso inaugural del curso universitario de 1924 corrió a su cargo. Su tema fue: «La evolución de las ideas sobre la decadencia española» y lo pronunció en el Paraninfo del viejo caserón de San Bernardo, bajo la presidencia de don Alfonso Vallespinosa, miembro del Directorio Militar, y con un auditorio del que formaba parte el cuadro de los catedráticos y un inmenso número de estudiantes. Fue un discurso de una gran densidad -su bibliografía ocupa varias páginas- de un extraordinario interés y en el que, desde perspectivas personales, afrontó el problema al que se refería el título, cosechando los plácemes unánimes. Pero en este discurso figuraban algunas frases envenenadas. Unas del propio acervo de Sáinz Rodríguez; otras, eran citas ajenas igualmente explosivas. No hay que olvidar la fecha del discurso. El General Primo de Rivera llevaba algo más de un año en el poder. Se le reprochaba por algunos, concretamente, que se hubiese marcado un plazo de tres meses, tan rebasado ya, para resolver los problemas españoles y siguiese al frente de sus destinos; los más de los protestantes se alzaban contra la dictadura corno fórmula de gobierno.
En este ambiente es fácil imaginar la repercusión que tendría este texto, por ejemplo, tomado de uno de los discursos de Ovejero: «...el problema no es ese, el problema no es de personas, de tutor, de dictadura: es problema de colectividad, de pueblo, de nación. He dicho que con la dictadura por solución. el mal de nuestra decadencia se agravaría y no así, como se quiera, sino en proporciones considerables. No tardaría en presentarse a la vista quien, encima de haber ayudado eficazmente a nuestras desdichas, todavía creería poder levantarse sobre la nación y convertirla en feudo suyo.
Por si fuera poco, don Pedro remataría su intervención con estas palabras que tuvieron que sonar como un trallazo en las alturas: «Forjémonos ideales nuevos y unánimes para hacer algo colectivo dentro de una vida digna y libre. Entonces seremos una nación, no un rebaño disperso por los egoísmos individuales que sólo podría ser unido por la oprobiosa cayada del pastor».
Era difícil no sentirse aludido. Todo habría quedado, sin embargo, en los límites del Paraninfo de no ocurrírsele a Bonilla San Martín la idea DE PREMIAR AL JOVEN DISERTANTE, organizando en su honor un banquete en el Hotel Palace. A él acudieron centenares de personas, las de mayor relieve y representación del Madrid de entonces. Figuraba entre ellas el General Berenguer, llamado años más tarde para suceder a Primo de Rivera. Nadie lo habría predicho al verle sancionado por participar en el homenaje.
Desde ese momento la figura de don Pedro adquiere ya un indiscutible relieve en su generación, acrecentado por el respeto que se gana en las que le preceden. Se le designa miembro de la Asamblea Nacional y en ella combate ardidamente los nuevos planes del Ministro de Instrucción Pública, lo que desencadena un verdadero alud de cartas en favor de su tesis. El Premio Nacional de Literatura es un laurel más. «Introducción a la Historia de la Literatura Mística en España», así se llama el libro galardonado, que no es sino el inicio de la tarea que formará la columna vertebral de su vida entera. A la hora en que la inicia, el catálogo de los textos conocidos y manejados sobre la mística, apenas llega al centenar. Serán tres mil los que adicione a tan sucinto inventario. En su alrededor se multiplicarán los pequeños ensayos, las conferencias. Basta leer sus enunciados para darse cuenta de cual es su campo experimental. Entresaco algunos de su extensísima bibliografía: «Sobre la formación de la espiritualidad jesuita», «San Ignacio de Loyola y Erasmo», «Influencia de los místicos italianos en España", «Estado actual de la cuestión priscilianista», «La Biblia en la cultura española», «El jansenismo y su influencia en España», etc., etc. Y, coronando labor tan ingente, su «Antología de la Literatura Espiritual Española», dos tomos que recogen los mejores textos sobre la Mística desde la Edad Media al siglo XVI... a los que seguirán otros dos que completarán la selección hasta nuestros días.
Su curiosidad intelectual no se circunscribe a ese tema. No sé de nadie que haya rendido a la enorme personalidad de Menéndez Pelayo pleitesía más sagaz e inteligente que Sáinz Rodríguez. Son varios los aspectos de su obra, de su inabarcable obra, que Sáinz Rodríguez analiza; son varias las conferencias que dedica a su examen, en una actitud reverencial que no excluye ni la objetividad ni la discrepancia. En la biblioteca santanderina de Menéndez Pelayo ha tomado a los 14 años de edad las primeras fichas, que aún conserva y que de vez en cuando maneja, insertas en los miles y miles de ellas que con su labor incansable de sensibilísima hormiga, ha ido guardando en sus estanterías. Por ello, Sáinz Rodríguez, que acudía a las Cortes como simple miembro de la «Agrupación Regional Independiente» de Santander, podía decir con humor que él era diputado «por Menéndez Pelayo». La verdad es que, cuando en aquella ciudad se buscó quien aglutinase las simpatías y las voluntades políticas conservadoras, alguien recordó aquel hombre que se había forjado a sí mismo en las luces vacilantes de la biblioteca del polígrafo montañés.
El año 1927 funda la Compañía Iberoamericana de Publicaciones (CIAP).
Esta empresa editorial pretende, por así decirlo, regularizar la vida económica de los escritores españoles. Lejos queda ya la picaresca que ligaba alguno con los extraños fondos de los Ministerios; esa especie de limosnas vergonzantes que ofrecía el Estado a ciertos plumíferos de valor: el incienso a cambio de la mirra y la calderilla. Los contratos de esta nueva editorial garantizaban a los contratados unas entregas regulares que les salvaban de la bohemia. La CIAP dura hasta que la Banca Bauer, que la sustenta, flaquea.
Poco después la República se desploma sobre España. Sáinz Rodríguez continuará su labor investigadora pero la política le absorberá dramáticamente. Don Pedro aparece, de una manera podríamos decir automática, inscrito en el sector monárquico. Renovación española, el Bloque Nacional lo tuvieron en sus filas, partícipe de los mítines, los arriesgados mítines de la época, en los que no siempre las ovaciones sino los tiros acogían el final de muchos párrafos, colaborador asiduo de los periódicos y revistas afines.
Hemos hablado de don Pedro y la lealtad. En aquellas fechas, esta, la lealtad a los principios monárquicos, se puso de relieve y ya no abjuraría nunca de ella. Llegan los terribles días de 1936. En 1938, en el primer gobierno que forma Franco -latente e incierta todavía la fratricida guerra- ocupa la cartera de Educación Nacional, cuyos logros (ley del bachillerato, organización del Instituto de España, creación de la orden de Alfonso X el Sabio, etc.) no es este el lugar indicado para puntualizar. Del poder está mucho más cerca la aventura de lo que él pudiera imaginarse; su radical disparidad con la política franquista, con sus directrices mediatas e inmediatas, le obligan primero a dimitir y segundo a librarse del destierro que le amenaza, huyendo a la Lisboa de Oliveira Salazar. Allí, en un pequeño pisito de la calle de Alejandro Herculano, núm. 5, se establece; allí inicia una nueva etapa de sus trabajos. Como siempre, su vivienda es poco más que un lecho rodeado de libros por todas partes. (Ahora más de 20.000 volúmenes guarda fuera de su residencia madrileña). Los ficheros son como insectos trepadores que ocupan las paredes. Su piso está, a tal punto atiborrado de libros, que se hace difícil reconocer los pasillos y es necesario abrirse paso entre centenares de volúmenes de formatos y cataduras diversas. En una mesa franciscana tenía puesta su inteligencia; a pocos kilómetros en Villa Giralda, donde vivía el Conde de Barcelona, su alma. Aun cuando el cruce de las relaciones humanas, a lo largo de la historia, ha sido siempre complejo, difícil parece encontrar alguno que supere la delicadeza de aquellas que hilaban, con abruptos cortes, con intermitencias, con largos silencios, Estoril y el Pardo. Don Pedro supo siempre lo que no demasiados españoles supieron cuando debían saberlo. Primero, que Franco jamás cedería el poder; segundo, que Alemania perdería la guerra. Apoyado en esas dos coordenadas, aconsejó a Don Juan y, así, nunca fueron errados sus consejos que, por añadidura, adobaba la prudencia. Los movimientos de don Pedro, las palabras de don Pedro eran trasmitidas puntualmente por el Embajador de turno a Santa Cruz y allí, pesadas y medidas escrupulosamente con el ánimo de deducir de ellas, el de su jefe, del que se suponía mentor. Carácter obsesivo, casi patológico, tuvo esa vigilancia y fueron precisos muchos lustros para que, quien lo ordenaba, comprendiera su inutilidad y se suspendiese.
Un buen día, tras veintitrés años de expatriación -1946-1969- don Pedro volvió a sus lares. Su equipaje no era precisamente el de los hijos de la mar, sino más abultado pero los tesoros que traía consigo eran esos que los ojos de los aduaneros no escrutan nunca: libros, simplemente libros, millares de libros, desescombrados de su piso lisboeta para buscar acomodo en la Avenida de América. El acoso del Pardo cesó. Pero entonces, comenzó el de su Academia. Don Pedro había sido elegido miembro de número el año 1940. En 1969 convenía ir pensando en tomar posesión de su silla. Con insistencia, rayana en la pesadez, yo le instaba, en nombre de muchos colegas comunes, a que lo hiciera. El 10 de junio de 1979 apareció en la entrada del largo pasillo y subió a estrados. Habló de «La siembra mística del Cardenal Cisneros». La réplica corrió a cargo del Cardenal Tarancón. Desde entonces don Pedro, aunque tardío, asiduo, participa de los trabajos académicos y sólo falta aquellos jueves en los que otras ocupaciones -es conferenciante fecundo y puntual asistente a conferencias- se lo impiden.
A esta altura de la vida -1984- don Pedro Sáinz Rodríguez mira atrás y comprueba que no tiene nada de qué arrepentirse de su pasado. Sus copiosos años los consagró íntegramente al trabajo; sus fidelidades no las marchitó el tiempo; sus sueños se han visto, en lo esencial, cumplidos. Ahora, un grupo de amigos y de admiradores le ofrecen un homenaje del que, con evidente desmerecimiento, participan estas líneas. No conozco en España figura alguna que supere, hoy, su jerarquía intelectual y pocas que la igualen. Pienso que, en el futuro, tendrá múltiples glosadores y -lo que es mejor todavía- continuadores; hombres de su estirpe hacen falta en nuestro país. Más que de ningún otro valor adolecemos de aquello de lo que Sáinz Rodríguez es florón y paradigma: el estudio o la entrega a una misión, sea cual sea su norte.
Los intelectuales españoles, los de derecha, los de izquierda, los agnósticos, los creyentes, todos son deudores de su magisterio. Gracias, don Pedro.