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¡Con qué espíritu de Dios llena, con cuánto fuego arde mi mente, con qué amor Dios me abrasa, mientras abro e interpreto el misterio del divino cántico, que en otro tiempo cantó Salomón, por inspiración de lo Alto! ¡Oh, Virgen, profundamente amada del Todopoderoso, de cuyo seno brotó el mismo Amor!, dame el sentido recto, las palabras convenientes, haz que pueda llenar mi pecho del fuego santo del amor; y, así, cumplido el gran trabajo, ¡Virgen santa!, pueda celebrar tus glorias en canto agradecido. (Traducción de Antonio Ramajo, ed. Fray Luis de León, Poesía, Barcelona: Círculo de Lectores, Galaxia Gutemberg, 2006, p. 404).

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2

Ya alcanzo el puerto, ya lo tengo, salvadora tú de mi barquilla, ¡oh la más grande de las vírgenes!, aunque haya sido zarandeado con violencia: Proteo nos lanzaba sus ejércitos. A ti la justicia, el pudor, la verdad desnuda, el afán de rectitud, la poderosa sencillez, la mente bien despierta, incapaz de doblegarse, te siguen en paso unido. Con estos compañeros, a mí, sumergido en el torbellino de las olas falaces, logras levantarme a la luz del día y me colocas, dichoso, en mejores lugares, y me regalas, espléndida, la lira con la que Salomón acariciaba las colinas de Jerusalén, al tiempo que, impelido de llama amorosa, se le vertía el pecho herido en alto canto. Agasajado, me liberas de los viles cuidados, y alzado al mundo de la luz, me haces francos, aunque suba temeroso, los secretos de este templo, y un nuevo canto inspiras en mi ánimo. Apártate, impiedad, que ya los sagrados tabernáculos del cielo se me abren; que ya me parece oír los piadosos conciertos, los gozos vivificadores de los que cantan, con pie alterno, los sagrados himeneos. Aquí vírgenes entrelazadas, con pureza, cantan al esposo; allí, un coro luminoso de jóvenes elegidos hace resonar los dulces nombres de madre y de esposa.

¿Me oyes? Dime, mi bien, qué pastos te retienen; dónde sesteas, mi querido, cuando el sol pisa la mitad del cielo: no sea que, con pie inseguro, vague por los montes.

Abre las puertas, Virgen, más hermosa que las estrellas. ¿Por qué te niegas? Mira que cayó la noche tenebrosa y los vientos resuenan: el rocío me ha mojado la cabeza, empapado estoy.

Vosotras que habitáis en los oteros, diestras en tensar los arcos, decidle, vírgenes, a mi amado, que venga presto: que, herida de cruel amor, me abraso y desfallezco.

¡Oh ninfas del Hermón! Así podáis herir con mano cierta y dardo presuroso a las cabrillas: no queráis quebrar el profundo silencio, el regalado sueño de la amada.

Como con alta copa, en las sagradas cimas del Líbano, el cedro entre los otros árboles se destaca, así mi amor levanta su agraciada cabeza entre los mancebos.

Como la rosa al abrir sus pétalos brilla entre las espinas, que la cercan, de Sión, así, esposa mía, a las vírgenes adelantas con la luz distinguida de tu hermosura.

¿No llega hasta mi oído -¡con cuánto anhelo!- su voz amable? ¿O es que me engaño? Pero no: ¡que ya me llama, escondido, los cerrojos lo apartan; que ya entre las rejas su cabeza de oro arroja luz!

¿Qué te tardas? Se fue el invierno helado ya: los céfiros calientes lo expulsaron; ya las lluvias copiosas se apaciguan; la tierra resplandece con los colores miles de las flores varias. Oíd a las tórtolas que cantan con quejumbroso acento; oíd la hoz: crepita en las colinas de las viñas; la higuera sus dulces frutos ya regala. Levántate, aprisa, vida mía, más querida que las niñas de mis ojos; levántate, palomilla, a quien pared agrietada o las quiebras de las piedras dan cobijo agradable. ¡Ay!, muéstrame tu cara; que tu voz resuene en los oídos, pues nada tan dulce como tus palabras, nada más resplandeciente ni hermoso que tu rostro.

Como la cierva brinca entre los montes sin salida, como el venado que por todo tiembla, suene una voz o el bosque se estremezca, amado mío, vuela, vuela de igual manera.

Todo esto cantan jóvenes escogidos y doncellas agrupadas, con voces cristalinas, con pie alterno. Las manos aplauden de la corte celestial, y resuenan gozosos los palacios del cielo.

(Traducción de Antonio Ramajo, ed. Fray Luis de León, Poesía, Barcelona: Círculo de Lectores, Galaxia Gutemberg, 2006, pp. 408-410).

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