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Poesías [Selección]

Mihai Eminescu

Traducción de María Teresa León y Rafael Alberti

© Herederos de María Teresa León
© Rafael Alberti, 1958 y El Alba del Alhelí, S. L.

[Nota previa: La reproducción fragmentada de esta antología ha sido autorizada por la Agencia Literaria Carmen Balcells para ser incluida en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, concretamente dentro de la Biblioteca de autor dedicada a Mihai Eminescu, dirigida por Catalina Iliescu Gheorghiu. Para cualquier otro uso que desee hacerse del texto, será necesario solicitar el correspondiente permiso a la citada Agencia.]

Es como si una puerta se abriera entre las nubes,

para que pase muerta la reina de la noche.

¡Oh, duerme, duerme en paz entre miles de antorchas,

bajo tu tumba azul y el sudario de plata,

en tu gran mausoleo, bóveda de los cielos,

tú, dulce y adorada soberana nocturna!

El mundo en su extensión yace bajo la escarcha,

que reviste de un velo de luz pueblos y campos;

el aire centellea y albos como la cal

brillan los edificios, las ruinas solitarias.

El cementerio, mudo, de cruces rotas, vela;

sobre una cruz, parada, hay, gris, una lechuza,

el campanario cruje, los pilares resuenan,

y el demonio, diáfano, atravesando el aire,

roza muy tenuemente el bronce con sus alas,

arrancando un gemido, una ola de dolor.

La iglesia desplomada

se mantiene piadosa y triste y muda y vieja,

y a través de sus vidrios rotos el viento silba;

se dijera un ensalmo del que se oyen palabras.

Dentro, sobre los muros antes llenos de iconos,

apenas los contornos de su sombra han quedado,

y como sacerdote, un grillo va tejiendo

su idea oscura mientras una polilla dobla.

   Fue la fe quien pintó de iconos las iglesias,

ella quien a mi alma llenó de cuentos mágicos,

pero la tempestad y el vaivén de la vida

apenas me dejaron huellas tristes y sombras.

En vano busco hoy mi mundo en mi cerebro

porque herrumbroso y viejo solo en él canta un grillo;

bate mi corazón debajo de mi mano

igual que una carcoma mordiendo un ataúd.

Cuando pienso en mi vida, la veo que resbala

lentamente contada por labios extranjeros,

como si no fue mía, como si no he existido.

¿Quién es este que cuenta de memoria mi vida

tan bien que hasta lo escucho y río del dolor

como si fuese ajeno?... Hace tiempo estoy muerto.


Los aparecidos

I

... porque esto desaparece como el humo sobre la tierra. Cual una flor ella se abrió; como la hierba fue segada; la envolvieron en un sudario y la recubrieron de tierra.


Bajo de la alta bóveda de una perdida iglesia,

entre los candelabros donde brillan los cirios,

con su túnica blanca, el rostro hacia el altar,

tendida está la novia de Arald, rey de los Ávaros.

Dulce y profundamente cantan los sacerdotes.

   En su pecho de muerta le reluce un collar

y sus áureos cabellos caen de la caja al suelo,

se han hundido sus ojos y una santa sonrisa

triste sobre sus labios lívidos y cerrados

vaga en su bello rostro, blanco como la cal.

   Cerca y arrodillado está Arald, rey soberbio,

la desesperación centellea en sus ojos,

y los dientes aprieta, el cabello en desorden;

como un león rugiera, mas no puede llorar.

Ya lleva el rey tres días contándose su historia:

   «Yo era un adolescente. En los bosques de abetos,

con mis hambrientos ojos la tierra devoraba,

soñando en levantar los pueblos, los imperios...

Yo soñaba que oía el mundo mi palabra

y que mi espada abría mi camino en el Volga».

   Reinando, audaz y joven, sobre enjambres de errantes,

para los que yo era igual que un semidiós,

sentía el universo temblar bajo mis pasos,

y las otras naciones, por la mía empujadas,

llenaban de terror desde el desierto al polo.

   Porque Odín ya no estaba en su altivo palacio,

por las rutas de estrellas sangrientas sus mesnadas

marchaban con sus jefes de blancas cabelleras,

despertando en la paz del fondo de los bosques

miles de voces que iban hacia la Roma antigua.

   Me lancé sobre el Dniéster para oprimir tu pueblo;

tú entre los venerables consejeros llegaste,

blanca como de mármol, la cabellera de oro;

y mis ojos bajé ante tu dulce rostro

como si fuera un tímido niño, yo tan fuerte.

   A tu requerimiento se me apagó la voz,

traté de responderte, responder no sabía;

hubiera preferido me tragara la tierra,

pero entre mis dos manos dejé caer mi rostro

y por primera vez las lágrimas me ahogaron.

   Tus ancianos amigos entre sí sonrieron

y nos dejaron solos... Te pregunté en seguida,

alzando mi mirada a ti, sin comprender:

«¿Por qué, dime, has venido, reina, hasta mi desierto,

por qué buscar a un bárbaro bajo un techo de pinos?».

   La voz llena de lágrimas, cálida de ternura,

mirándome con ojos reflejados de cielo,

dijiste: «De ti espero, oh rey caballeresco,

me entregues a un cautivo que pido humildemente.

Entrégame al travieso y alegre niño Arald».

   Y volviendo mi rostro, yo te tendí mi espada.

Mi pueblo se detuvo después junto al Danubio;

Arald, el niño rey, olvidó el universo,

y destinó su oído para escuchar tu voz,

y el vencedor entonces amó solo al vencido.

   Así tú, virgen rubia como la flor del trigo,

venías en la noche sin que nadie te viera,

rodeando mi cuello con tus brazos de nieve,

tendiéndome tu boca dispuesta a la querella:

«A ti vengo, señor, a reclamarte a Arald».

   Si me hubieras pedido la tierra y Roma antigua,

las coronas que ciñen la frente de los reyes

y los astros sin fin que recorren los cielos,

a tus pies los dejara bajo tus claros ojos.

Pero tú nada quieres, pues ya no quieres nada.

   ¡Dónde se fue ese tiempo en que abría un camino

para encontrar salida hacia los vastos mundos...!

¡Más me hubiera valido no conocerte nunca

y tener ante mí el humo de las ruinas

realizando mi sueño de los bosques de abetos!».

   Alzando las antorchas y con sus lentos pasos

hacia la tumba llevan la reina danubiana.

Los monjes que conocen lo estéril de la vida,

con sus ojos vacíos y con sus barbas blancas,

viejos como el invierno, cantan fúnebremente.

   Se la llevan cantando hacia los subterráneos

de bóvedas sombrías, y gentes tenebrosas

con unas largas cuerdas el ataúd descienden,

como un sello colocan la cruz sobre la losa,

bajo una luz que arde en un rincón oscuro.

II

En el nombre del santo,

calla y oye ladrar

al perro de la tierra

bajo la cruz de piedra1.


   Arald sobre el caballo vuela montes y valles

como sueños que huyen, la luna se le esconde.

Cierra sobre su pecho los pliegues de su manto,

hace crujir las hojas que encuentra en su camino

y la Estrella Polar le señala su ruta.

   Llega al linde del bosque en los montes antiguos,

las fuentes susurrantes brotan entre las piedras,

allí está la ceniza del hogar enfriándose;

entre profundos boscajes un perro a lo lejos ladra,

ladra y sus tonos de auroc resuenan en sus oídos.

   Sobre un sitial de roca está rígido y pálido,

el báculo en la mano, el sacerdote herético.

Hace un siglo que vive de la muerte olvidado,

el musgo en sus cabellos y en sus hombros le brota,

su barba llega al suelo y al pecho sus pestañas.

   Así, desde hace siglos, noche y día, está ciego;

tiene sus pies viejísimos a la piedra anudados,

cuenta en su pensamiento los innúmeros días

y vuelan sobre él, persiguiéndose en círculos,

las alas de dos cuervos, uno negro, otro blanco.

   Arald de su caballo baja y con una mano

al anciano sacude de su sueño de piedra:

¡Oh hechicero inmortal, hacia ti yo he venido

a que me des la amada que me robó la muerte,

y a tus pies desde ahora viviré arrodillado!

   El viejo con su báculo levantó las pestañas,

lo miró largamente, su boca nada dijo,

desató con esfuerzo sus dos pies de la tierra,

descendió de su trono, le llamó con la mano

para que lo siguiera al sendero del bosque.

   En la puerta agrietada que lleva hacia los montes,

con su báculo viejo golpeó hasta tres veces;

chirriando, la puerta se salió de sus goznes,

se santiguó el anciano... El rey se estremeció,

sombríos pensamientos volaron por su frente.

   Al panteón de mármol entraron ya tranquilos

y tras ellos las puertas a sus goznes volvieron;

el anciano a un candil prendió luz y su llama

se levantó azulada como un trazo de fuego.

Alrededor brillaron como carbón los muros.

   En el cruel silencio no saben lo que esperan...

El mago con su mano lo invita a que se siente;

Arald, el alma muerta, preso en sus pensamientos,

con la mano en la espada, se sienta silencioso,

y en el muro de mármol clava dura su vista.

   Blanco, dulce, fantástico, crecer parece el viejo;

en los aires levanta su vara prodigiosa

y un soplo helado hiende los muros de la tumba

mientras miles de voces se elevan en la bóveda

en un canto bellísimo, suave, adormecedor.

   De más en más el cántico aumenta en oleadas,

la tempestad parece que levanta sus voces,

que el viento pavoroso cruza sobre los mares,

que Arald debate su alma sin paz sobre la tierra,

que todo lo viviente se va petrificando.

   El templo entero tiembla cual si fuera de tablas

y hasta los fundamentos de las rocas vacilan,

llantos desgarradores, de maldición seguidos,

se persiguen, se llaman, se aniquilan y gimen

y en tumultos de olas y más olas se agrandan...

   «Que la tierra de muertos dé vida a sus entrañas,

que en sus ojos resbalen chispas de luz serena,

que la luna le dé reflejo a sus cabellos,

y a su aliento, Zalmoxis, dale un grano de luz

del soplo de tu boca, la que hiela y abrasa.

   Vosotros, elementos, someteos a Arald,

recorred diligentes las entrañas del mundo,

transformad piedra en oro y el hielo en llamarada,

que el agua sea sangre, que las piedras se incendien,

pero a su corazón dadle un cálido riego».

   Entonces, ante Arald desapareció el muro

y vio la confusión de la naturaleza

-nieves, rayos, heladas, el viento del estío-

y lejos, la ciudad bajo un arco de llamas,

el mundo enloquecido y las gentes gimiendo.

   En la iglesia cristiana rompió el rayo el altar,

en dos quedó el retablo roto y estremecido;

del centro de su fosa apareció la tumba,

cortada en dos la piedra, y entonces, lentamente,

se alzó la desposada como un fantasma blanco...

   ¡Tierno color de nieve! En su seno, el collar

de las piedras preciosas... los cabellos tendidos,

los ojos vidriosos y los labios violeta;

con sus manos cerúleas se acaricia las sienes;

está su hermoso rostro blanco como la cal.

Cortando viento y bruma, ella avanza, y los rayos

con las nubes se apartan para verla pasar,

palidece la luna y el cielo lentamente

se cierra y con espanto se detienen las aguas.

Pareciera que un ángel cruzara los infiernos.

   El paisaje se borra. Sobre los negros muros,

enlunada de sueños, paso a paso ella llega;

Arald, loco, la mira, sus ojos la devoran,

tiende sus fuertes brazos hacia ella y después

cae sin conocimiento, derribado en su silla.

   Entonces, en su cuello siente los brazos fríos,

en su pecho desnudo, largos besos de hielo,

como un puñal que corta el soplo de la vida...

La siente cada vez más cálida, más viva

y sabe que en sus brazos quedará para siempre.

   Su aliento poco a poco se torna dulce y tibio...

¿Es verdad que ahora abraza a quien tuvo la muerte?

Ella enlaza su cuello con sus brazos de nieve,

tendiéndole la boca, dispuesta a la querella:

«¡Rey, María ha llegado a reclamarte a Arald!».

   «Arald, ¿quieres tu frente reposar en mi pecho?

Tú, dios de negros ojos... -¡qué hermosos ojos tienes!-,

déjame encadenar tu cuello con mis trenzas,

tú has transformado en cielo mi juventud, mi vida,

déjame ver tus ojos, que son mi dulce muerte!».

   Y suaves, tristes voces se apartan del estruendo,

y hasta su oído llega una canción antigua,

como si murmurasen las fuentes en las hojas

una armoniosa música de amor y de pasión,

como el agua ondulante y quieta de los lagos.

III

... con frecuencia, cuando los hombres mueren, muchos de entre ellos son llamados a resucitar para convertirse en aparecidos...

Código de las leyes, 1652



   En las salas desiertas, la luz de las antorchas

hiere la oscuridad como manchas de brasa;

Arald pasea solo, ríe salvajemente

-Arald, el joven rey, es un rey solitario-,

su alcázar solo espera que se acerquen los muertos.

   Sombrío velo negro cubre espejos y mármoles,

la luz de las antorchas penetrando su trama

refleja dolorosa solo un poco de luz;

enlutado el palacio parece que ha crecido

y el rostro de la muerte vela de esquina a esquina.

   Desde que cayó el rayo sobre la abierta tumba,

un sueño sordo y frío duerme al rey todo el día.

Sobre su corazón lleva una mancha negra.

Cuando llega la noche, despierto hace justicia

y, señor de la noche, cuanto toca es de luto.

   Parece que de cera lleva puesta una máscara,

tan blanco tiene el rostro, tan frío, tan inmóvil,

la fiebre arde en sus ojos, su boca está sangrando,

sobre su corazón lleva una mancha negra,

coronando su frente con diadema de acero.

   Desde entonces la muerte ha vestido su vida

y ama el canto profundo, con su voz de tormenta.

A veces, a caballo parte en la media noche

y cuando vuelve trae los ojos relucientes,

hasta que un mortal frío al alba lo traspasa.

Arald, ¿qué significa ese vestido negro

y tu rostro tan blanco cual la inmutable cera?

Porque tu corazón lleva una mancha negra,

¿te gustan los hachones, los cánticos sombríos?

¡Arald, si mi mirada no se engaña, estás muerto!

   Y montó su caballo y se lanzó a galope,

brida al cuello, veloz, lo mismo que una flecha,

a través del desierto, bajo la blanca luna.

A su hermosa María ve a lo lejos, y el viento

por los bosques resuena con voz débil y dulce.

   En sus áreos cabellos trae rubíes ardientes

y en sus ojos se junta la santidad del mar.

Llegan apresurados, par a par cabalgando,

y para acariciarse uno en otro se inclinan.

Mas los labios de ella están rojos de sangre.

   Pasan como tormenta de alas innumerables,

unidos y cubiertos de espuma los caballos,

mientras hablan de amor, de un amor sin orillas,

dejándose caer ella, dulce, en sus brazos

y apoyando en su hombro su dorada cabeza.

   «Arald, ¿posar no quieres en mi seno tu frente?

Tú, dios de negros ojos... -¡qué hermosos ojos tienes!-,

déjame encadenar tu cuello con mis trenzas,

tú has transformado en cielo mi juventud, mi vida,

déjame ver tus ojos, que son mi dulce muerte!».

   Perfumes enervantes el viento sofocaban

porque el viento juntó muchas flores de tilo,

al paso de la reina danubiana tirándolas.

A través de sus pétalos susurran quedamente

y sus bocas sedientas se juntan en un beso.

   Mientras que cabalgando van diciendo su amor,

no ven que al horizonte una sombra enrojece,

pero su alma traspasa como un temblor helado,

quedándose más pálidos, más blancos que los muertos,

sintiendo que su voz es más débil, más débil.

   «¡Arald -grita la reina-, deja que esconda el rostro!

¿No oyes que allá a lo lejos canta el gallo del alba?

Una raya de luz se muestra en el oriente,

hiriéndome en el pecho mi pobre vida efímera...

Los rayos de la aurora mi corazón penetran».

   Arald había atado su caballo a una encina,

mas sus ojos la voz de la muerte ha velado.

Presos por el terror los caballos le huyen;

como sombras traslúcidas salidas del infierno

vuelan... El viento gime a través de los bosques.

   En el huracán vuelan, atravesando el agua,

ante ellos se levantan los montes poderosos,

y cruzan con su impulso los arroyos sin puentes,

en sus frentes lanzando destellos sus coronas,

mientras que los abetos se doblan a su paso.

   Desde el trono de piedra el viejo sacerdote

los ve y lanza a los vientos su dura voz de bronce,

para que el sol se pare y que la noche vuelva,

pidiendo a las tormentas retornen a la tierra...

Tarde ya ¡porque el alba ya se eleva en las nubes!

   El huracán entona su cántico profundo,

mientras que los amantes llegan en sus caballos,

hermosos en la muerte, desposados en ella,

cubriendo las pestañas sus empañados ojos,

y las puertas del templo de par en par se abren.

   A caballo penetran, cerrándose las puertas,

y por siempre la noche de la tumba los traga.

Un canto penetrante, de fúnebres acentos,

llora a la hermosa reina de bello y santo rostro,

y a Arald, el niño rey de los bosques de abetos.

   Bajó el viejo los ojos, quedó de nuevo ciego,

y sus pies otra vez se unieron con la piedra.

Cuenta en su pensamiento los años, añadiéndoles

la leyenda de Arald que en sus oídos canta.

Sobre él vuelan dos cuervos, uno blanco, otro negro.

   Erguido se mantiene en su sitial de piedra

con su vetusto báculo el sacerdote herético,

y queda por los siglos allí, olvidado, solo,

en sus largos cabellos le va creciendo el musgo,

su barba llega al suelo y al pecho sus pestañas.


El cuento de la selva

Selva, emperatriz gloriosa,

pueblos por miles la cruzan,

todos admiran la gracia

de su gentil majestad.

   La luna, el sol y los astros,

los lleva sobre su escudo.

Sus cortesanos y damas

son la tribu de los ciervos.

   Heraldos, conejos ágiles,

portadores de noticias;

los ruiseñores, la orquesta,

y narran cuentos las fuentes.

   En las flores que en la umbría

nacen cerca del sendero,

liban enjambres de abejas

y hay ejércitos de hormigas.

   Vamos también a la casa

de la reina. Seamos niños,

y juguemos nuevamente

al amor y a la fortuna.

   Toda la naturaleza

puso su sabiduría

en volverte la más linda

entre todas las hermosas.

   Los dos iremos al mundo,

errantes y solitarios,

durmiendo junto a la fuente

que mana al pie de los tilos.

   Dormiremos y las flores

del tilo nos cubrirán,

oyendo en sueños el cuerno

precursor de los rebaños.

   Cerca, muy cerca los dos,

nuestros pechos juntaremos.

Oye llamar a la selva

a su consejo de sabios.

   La luna sobre las fuentes

filtra su luz en las ramas,

y alrededor nuestro llegan

todas las grandes familias:

   Blancos caballos de mar,

uros de blasón frentados,

ciervos de ramas nudosas,

rica alerta de los montes.

   Forman consejo y preguntan

alarmados, quiénes somos.

Y nuestro tilo contesta,

apartando su ramaje:

   -«¡Oh, miradlos cómo sueñan

el ensueño de las hayas!

Es tanto lo que se quieren,

que viven como en un cuento».


   Están bajas las cortinas

y yo sentado en mi mesa;

mientras el fuego crepita,

me hundo en mis pensamientos.

   Pasan nubes por mi espíritu

con sus dulces ilusiones.

Los recuerdos, como grillos,

cantan en los viejos muros.

   O resbalan dulcemente,

consolando al alma triste,

como las gotas de cera

al pie del Crucificado.

   Por los rincones del cuarto

la araña tejió su red,

y entre montones de libros

furtivos van los ratones.

   En esta paz tibia y dulce,

alzo la vista al granero

y escucho cómo me roen

las cubiertas de mis libros.

   ¡Cuántas veces deseé

colgar mi lira de un clavo,

que la soledad concluya

y acabe la poesía!

   Pero entonces, grillo, ratas,

con sus pasitos menudos,

me traen mi melancolía

y se me convierte en versos.

   A veces... muy raramente,

aún mi lámpara encendida,

mi corazón se estremece

al oír girar la llave.

   Es Ella. La casa sola,

de pronto, parece llena.

En el paisaje sombrío

de mi vida, Ella es la luz.

   Y me enfurece que el tiempo

siga y siga deslizándose

cuando, mi mano en su mano,

mi boca en su boca le habla.

   Con mañana aumentarás

el número de tus días;

con ayer la vida acortas,

pero siempre guardas hoy.

   Los paisajes deslumbrantes

que en veloces filas pasan,

están quietos, inmutables,

bajo el pensamiento eterno.


¡Oh, quédate...!

«¡Oh, queda, queda conmigo,

te quiero, te adoro tanto!

Todos tus deseos, todos

tan solo yo sé escucharlos.

   En la sombra de la luna,

te comparo a una princesa,

que se refleja en las aguas

con sus dulces ojos negros.

   Y entre el rumor de las ondas

y el ondular de las hierbas,

te hago escuchar, misterioso,

el rebaño de los ciervos.

   Feliz te veo, traspuesta,

cómo cantas en voz baja

y en el agua reluciente

avanzas tu pie desnudo.

   Al ver de la luna llena

su antorcha sobre los lagos,

tus años son un instante

y los instantes los siglos».

   Así, tan tierno, habló el bosque,

moviendo sus altas ramas.

A su invitación silbé

y me fui al campo riendo.

   Hoy quisiera regresar;

ya nada comprendería...

Dime, infancia, ¿dónde estás

con tu bosque y tantas cosas?


I

Afuera está el otoño, las hojas han caído,

y el viento al cristal tira grandes gotas de agua;

y tú lees las cartas de mustios, sobre viejos

y en una sola hora pasa entera tu vida.

   Cuando pierdes tu tiempo en dulces pequeñeces,

quisieras que tu puerta nadie la golpeara,

pues es más deseable, cuando graniza afuera,

dormir cortos instantes soñando junto al fuego.

   Así es como mis ojos pensativos contemplan,

sentado en mi sillón, un viejo cuento de hadas;

en torno mío llegan oleadas de bruma.

   De pronto, oigo pasar el fru-frú de un vestido,

unos pasos ligeros tocan el suelo apenas...

Y manos finas, frescas se posan en mis ojos.

II

   Los años han pasado y otros más pasarán

desde la hora sagrada en que nos encontramos.

Yo pienso sin cesar en cuánto nos quisimos,

maravilla de ojos grandes y manos frescas.

   ¡Oh, regresa de nuevo! Inspírame palabras,

que otra vez tu mirada descienda sobre mí,

que bajo su reflejo me devuelva la vida

y arranques nuevos cantos de mi lira otra vez.

   Tú ni siquiera sabes que tu sola presencia

mi corazón confuso profundamente calma,

como la silenciosa aparición de un astro.

   Y cuando yo te veo riente como un niño,

en mí se extingue entonces el dolor de vivir,

mi pupila se incendia y se alegra mi alma.

III

   Cuando hasta la voz misma del pensamiento calla,

vuelve a mí la canción de un afecto muy dulce,

y entonces yo te llamo. ¿Es que oyes mi llamada?

¿De las brumas que habitas, conseguirás librarte?

   ¿La intensidad nocturna la volverán serena

tus grandes ojos claros portadores de paz?

Ven desde las tinieblas de los tiempos a mí,

para que pueda verte regresar como un sueño.

   Desciende suavemente... más cerca, sí, más cerca,

inclínate de nuevo sonriente en mi rostro,

muéstrame en un suspiro cómo es todo tu amor,

   tócame tú los párpados con tus pestañas suaves,

hazme sentir de nuevo el temblor de tus brazos,

tú por siempre perdida, eternamente amada.


Ya nunca te veré más,

queda en paz, que Dios te guarde,

que yo evitaré en mi ruta

      encontrarte.

   Haz desde hoy lo que quieras,

desde hoy ya nada me importa;

la más dulce entre las dulces

      me deja.

   Que ya no tengo costumbre,

como antes me sucedía,

de emborracharme de luces

      de estrellas.

   Cuando, galán tantas veces,

yo miraba entre las ramas,

esperaba para verte

      en los vidrios.

   ¡Oh, qué feliz me sentía

cuando salíamos juntos,

bajo el encanto tranquilo

      de la luna!;

   cuando en secreto pedía

que la noche se parase,

para poderte guardar

      por mujer.

   En su vuelo yo alcanzaba

la dulzura de tu voz,

voz de la que apenas queda

      un recuerdo.

   Porque si escucho de nuevo

aquellas cosas pasadas,

me parecen un lejano

      cuento viejo.

   Y si la luna ilumina

los mismos bosques y prados,

me parece que los siglos

      transcurrieron.

   Los ojos del primer día

ya no te contemplarán...

Porque estás lejos de mí,

      ¡adiós!


¿Qué es el amor?

¿Qué es el amor? Un continuo,

   largo y profundo dolor.

Las lágrimas no le bastan

   y siempre pide más llanto.

A una señal fugitiva

   tu alma a la suya se une

para que nunca la olvides

   mientras te dure la vida.

Mas si ella está esperándote

   en los rincones de sombra,

si te da amor por amor

   cual tu corazón desea;

entonces desaparecen

   cielo y tierra, y tú palpitas;

todo está en una palabra

   que apenas es susurrada.

Te obsesiona noche y día

   un paso dado al descuido,

una mano que se estrecha,

   un batir de sus pupilas.

Él te persigue radiante

   como el sol sigue a la luna,

a veces, durante el día,

   durante la noche, siempre.

Pues fue escrito que tu vida

   por ella pasión desborde,

ya que ella te ha entrelazado

   como las lianas del agua.

sonriendo de nuevo.

   Gemirá apasionado

el canto del mar áspero...

y me volveré tierra

   en mi honda soledad.


Yo quisiera dormirme...

(Variante)

Yo quisiera dormirme,

   perdido en la noche.

Condúceme en silencio

   al borde del mar.

No quiero ataúd rico,

   luces ni oriflamas,

trénzame solo un lecho

   de jóvenes ramos.

Que el sueño me sea dulce

   y el bosque cercano,

que brille un cielo limpio

   en las hondas aguas.

Que del dolor brotando

   suban a la orilla,

que a las rocas se abracen

   sus brazos de olas.

Se levantan y caen

   murmurando siempre,

mientras sobre los pinos

   resbala la luna.

Que nadie junto a mí

   llore en mi almohada,

que la muerte haga hablar

   las hojas resecas.

Que el todopoderoso

   en el viento pase,

que en mí el sagrado tilo

   sacuda su flor.

Y como no andaré

   nunca más errante,

caerán sobre mí

   los tiernos recuerdos

que no sabrán que miro

   la inquietud del mundo

mientras que las lianas

   mi soledad cubren.


¿Por qué no vienes?

Ves, las golondrinas vienen,

el nogal pierde sus hojas,

la bruma cubre las viñas,

¿por qué no vienes, no vienes?

   ¡Oh, retorna hasta mis brazos,

que estoy sediento de verte,

y de apoyar mi cabeza

sobre tu seno, tu seno!

   ¿Te acuerdas como hace tiempo,

cuando por valles y alcores

te levantaba del talle

tantas veces, tantas veces?

   Hay mujeres en el mundo

de ojos que despiden chispas...

¡Pero por nobles que sean,

como tú no hay nadie, nadie!

   Porque tú das a mi alma

toda una vida serena,

más hermosa que un lucero,

¡dulce amada, dulce amada!

   El otoño ya ha llegado,

los campos están desiertos

y las sendas llenas de hojas...

¿Por qué no vienes, no vienes?


 
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