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Recordando al poeta



La Providencia, interviniendo como tantas veces en la vida humana, nos ha evitado recientemente el doloroso espectáculo de una catástrofe terrible. Gracias a la heroica serenidad de un guardabarrera, no ha descarrilado un tren que llevaba a sus viajeros a la muerte, sin sospechar siquiera ese imprevisto término del viaje. Solo con apuntar que era un expreso el tren amenazado, queda consignada la magnitud de la desgracia felizmente impedida. Porque aquí -al contrario, naturalmente, de la noticia clásica- eran de primera todos los viajeros.

Al comentar el hecho, y por lógica y oportuna asociación de ideas, preciso es que nos acordemos del poeta que pulsó todas las cuerdas de la lira y una más por él mismo encontrada en el fondo del corazón humano... Acabamos de recordar a Campoamor.

No es el tren expreso quien nos lleva el pensamiento al enorme lírico. Sus viajeros, ya por fortuna libres de aquel riesgo, son los que nos traen el recuerdo del gran humorista. Como si el suceso no fuese por sí solo una humorada, ellos mismos acaban de labrar una de aquellas pequeñas grandes joyas en que el maestro dejaba su signo inconfundible...

Llegados a Madrid, los personajes acechados por la muerte han entregado 200 pesetas al jefe de estación para que las envíe al guardabarrera, en señal de gratitud, aparte de los elogios que por clasificación le corresponden. He aquí la humorada, superior a cuantas hoy figuran en el libro inmortal del gran poeta... ¡Tan cierto es que la vida va más allá que el sueño del artista!

¡Lástima que este poema breve no pueda ser gustado por todos los paladares! Porque no lo será. El humorismo es un lujo que solo pueden permitirse los grandes espíritus y que únicamente cae bien, para vivirlo, entre gentes que tengan buen humor. Estos viajeros, a más de ofrecernos su humorada particular, han recordado, de la manera suave, delicada y sutil que pide el género, aquella otra que lleva la marca del amable filósofo:


«Voy á decirte una verdad, y es ésta:
no vale nuestra vida lo que cuesta.»



Esto escribió Campoamor, y esto han recordado los capitalistas salvados del peligro al entregar oficialmente su gratitud de 40 duros. Celebremos esta expresión feliz de su desprecio a la vida, lamentando únicamente que no haya tenido por escenario otra edad más estoica que la nuestra, y por lo tanto, más entendida en el aprecio de esa virtud.

El guardabarrera quizá valúe su propia vida en una cantidad mayor que la suma total de las salvadas... Y desde luego, supone que la del prójimo vale más que la suya. Bien que en su momento histórico fue solo impulsado por el imperativo categórico de que hemos oído hablar hace algunos años. A él nos acogemos todos en los grandes instantes y por él son posibles todos los heroísmos. El es la única luz que nos alumbra entonces, cegándonos el pensamiento. Porque si pudiéramos pensar lo que ha de suceder después, la mitad de los heroísmos se quedarían en proyecto... Con lo cual fracasarían muchas humoradas.





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