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Este artículo nació motivado por el curso «Don Quijote: Texto y lectura», impartido por el Dr. Jorge Chen Sham, en la Universidad de Costa Rica, en 2001. Tras una reelaboración, fue leído en la mesa redonda «Elementos intertextuales en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616)», el 20 de abril de 2005. Dicho evento se realizó como parte de los actos conmemorativos del cuarto centenario de la publicación de la primera parte del texto cervantino. En ella participaron, además de nosotros, Juan Diego Moya y Sonia Jones. La actividad tuvo lugar gracias a la quijotesca labor de Juan Diego y de Jorge Zeledón, ambos profesores de filosofía, de la UNED y de la UCR. A ellos dos, a Sonia y a don Jorge Chen: gracias infinitas por su apoyo.

 

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El episodio de la Ínsula Barataria se desarrolla en los capítulos XLII, XLIII, XLIV, XLV, XLVII, XLIX, L, LI y LIII, de la segunda parte del Quijote.

 

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Aunque existen detractores a la idea, el Quijote es un texto tremendamente carnavalesco. La sola idea de un caballero andante loco lo demuestra: basta imaginar a Lancelot peleando contra molinos de viento, al Amadís siendo molido a palos por venteros o a Parsifal diciendo disparates. Además, existe una enorme cantidad de situaciones que parodian a la Iglesia, a la nobleza y a los más altos valores de la sociedad española de los siglos XV, XVI y XVII. Por ello, el Quijote es una buena muestra de los procesos discursivos e intelectuales de que echaban mano los pensadores renacentistas para producir sus contestatarios textos. El propio Bajtín (1990: 69) menciona el texto cervantino cuando se refiere a obras cómicas de tipo carnavalesco.

En cuanto a esto, es particularmente importante el estudio de Edmond Cros (1983). Ahí, él plantea con solidez que el Quijote es un libro carnavalesco, construido a partir de varios rasgos señalados por Bajtín: la ambigüedad y reversibilidad producidas por dobles paródicos, una fuerte presencia de la cultura popular, el uso regular de escenas y figuras grotescas y la abundante aparición de teatralidad, disfraces y máscaras. Este último rasgo es de especial importancia, pues toda la novela es justamente la escenificación carnavalesca de la locura de un anciano: don Quijote vive en su mundo teatralizado, escenificando en su mente el universo caballeresco, interpretando su papel en ese mundo teatral. Por si fuera poco, con regularidad el mundo real se adecua voluntariamente a esta teatralidad y los miembros comunes de la sociedad pasan a formar parte de esta gran charada burlona, donde duques y labradores participan por igual, actuando, enmascarándose, riendo y jugando, a expensas de este rey de los locos que es don Quijote. Esta idea -la gran escena-, aunque es expuesta por Cros, no es desarrollada. Nosotros estamos plenamente convencidos de que así es: el carnaval es el principal discurso que configura el Quijote. Por supuesto, valga la aclaración, creer que el Quijote es únicamente carnaval es, más que ingenuo, blasfemo.

 

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La relación del episodio de la Ínsula Barataria con el carnaval no ha pasado inadvertida a la crítica contemporánea. Agustín Redondo (1978: 52-53) y José Montero Reguera (1997: 73) se han referido al gobierno de Sancho desde la perspectiva bajtiniana del carnaval: plantean que la historia ilustra perfectamente el tema «nacimiento/muerte/resurrección», propio del simbolismo carnavalesco; en la medida en que Sancho sube a gobernar, pero acaba siendo derrocado y vuelve a lo que era antes. Francisco Maldonado de Guevara (1947: 133) agrega que la ínsula, en su categorización estética y moral, es muy afín al tema del somnium vitae humanae, del Humanismo, en tanto se trata de un labrador que «sueña» ser rey. Por supuesto, establece el vínculo con Calderón, y agrega que el episodio baratario tiene una entonación, no sólo trascendental y metafísica, sino satírica, política y cómica. Por su parte, Cros también comenta el carnaval en la Ínsula Barataria, en cuanto al uso de léxico popular (Cros 1983: 126) y de disfraces (Cros 1983: 130). Además, hace referencia a Sancho en cuanto a su ambigüedad simple / agudo y su inesperada discreción (Cros 1983: 117-119). No obstante esos antecedentes, según nuestra investigación, la idea de que Salomón haya servido como modelo paródico para el Sancho gobernador, no se ha trabajado hasta ahora.

 

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Aparte de la historia de Salomón que se narra en el Primer Libro de los Reyes, cuatro son los libros que la tradición judeocristiana atribuye al rey: Proverbios, Cantar de los Cantares, Eclesiastés y Sabiduría, los cuales son parte de los llamados Libros Sapienciales de la Biblia (en total son siete). El Cantar de los Cantares es un diálogo amoroso entre dos enamorados (Él y Ella) que el dogma judeocristiano interpreta como una alegoría: un diálogo entre el dios hebreo y el alma, enamorados (¿?). Eclesiastés es una reflexión sobre la vida, su fugacidad, su banalidad y las cosas que verdaderamente importan, sin olvidar que el último juez es el dios. La Sabiduría es un compendio de meditaciones acerca de la sabiduría y su importancia, y de cómo la historia de Israel está marcada por ella. Pese a que el Eclesiastés es considerado por algunos como la autobiografía de Salomón, se duda que tanto éste como Sabiduría hayan sido escritos por el rey hebreo, pues aparentemente fueron redactados en una época muy posterior a la suya (ambos en la Era Común). El libro de los Proverbios es un catálogo de varios refranes populares hebreos, recopilados y organizados por Salomón. También existen algunos de su propia cosecha. Nos hemos basado exclusivamente en su historia narrada en Reyes I y en los Proverbios, por tener mayor interés para nuestro trabajo.

 

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El estilo de dibujo llamado caricatura es un retrato cómico que se burla del retratado mediante el excesivo realce de sus rasgos más representativos. Por ejemplo, si se va a hacer una caricatura de Salvador Dalí, se exagerarán lo enjuto de su rostro, lo prominente de sus ojos y se le dibujará un enorme bigote con ese particular estilo que usaba. Además, si se quiere acentuar la parodia, se lo puede rodear de elementos relativos al comercio para criticar la forma tan mercantil en que manejaba su arte y su fama.

 

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Curiosamente la doctrina cristiana retoma esas ínfulas etnocéntricas hebreas y las mantiene en su texto fundamental, la Biblia. De modo que ese mundo sacro de los judíos, ese pueblo elegido y bendito de su dios, también lo es para los cristianos. Esto implica que la parodia de la sacralidad hebrea, es igualmente blasfema para la sacralidad cristiana.

 

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Recuérdese, en Nuestra Señora de París, la memorable escena del carnaval de los primeros episodios, cuando Víctor Hugo corona a Cuasimodo como «Papa de los Locos» (Hugo 1980: 61).

 

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Francisco Rico, en su edición para el IV Centenario del Quijote, también hace referencia a la inmovilidad social del Antiguo Régimen y a la ruptura que implica el ascenso de Sancho a la gobernación (Rico, nota 7. En Cervantes 2004: 866).

 

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Según lo apuntan Rico, Riquer y Allen, los dificultosos casos que debe resolver la sanchesca sabiduría pertenecen al folclore europeo.