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Sherwood Anderson

Ricardo Gullón





Partiendo de cierta confesión del escritor, expuesta al final de su vida -«yo sé que soy una figura menor»-, Irving Howe ha intentado en el último número de «Kenyon Review» (Primavera, 1951) situar en su verdadero puesto a Sherwood Anderson. No hay modestia en la declaración citada -cree el crítico-, sino orgullo, puesto que reconociéndose figura menor, el autor de Pobre blanco pensaba que su obra era intrínsecamente valiosa y podía entrar en fraternal relación con la de los ingenios mayores. Desgraciadantente, dice Howe, la cultura americana no es lo bastante densa y orgánica como para aceptar y asimilar la visión del mundo de un artista menor. Anderson, sobrevalorado al principio, fue víctima del extraño complejo padecido por ciertos núcleos que en Estados Unidos se afanan en la incesante búsqueda de novedades y necesitan cada día héroes distintos. Hay algo de verdad en la opinión de Ernest Hemingway cuando considera el ámbito de lo literario como la escena de un combate boxístico.

En una cultura sin sentimiento de la continuidad, el público tiene la impresión de que los valores emergentes vencen y aniquilan a los hasta entonces en vigencia, y, por lo tanto, presiona a los escritores para que renazcan. «El comenzar de nuevo, olvidados culpas, errores o fracasos, es el típico sueño de los americanos, pueblo convencido de su indestructible inocencia o al menos de la eterna posibilidad de una redención sin pena.» El nuevo comienzo es notorio en la vida de Anderson, y por él se explica el defectuoso logro de alguna de sus obras.

Contestando a una encuesta, en 1939, confesó: «Invierto poco tiempo en pensar en el pasado o en el futuro. Mi apasionado deseo es vivir en el AHORA. No es la mía una inteligencia crítica». Para Anderson, aclara Howe, «escribir era, por lo menos, tanto un medio de forjarse una personalidad, como una disciplina de la imaginación». Su obra es valiosa y será duradera en cuanto registra la transformación del país en el momento de pasar de la sociedad agraria a la industrial, sus faltas no pueden desconocerse -concluye el comentarista-, y si casi siembre era «limitado en sensibilidad moral y perspectiva social, en algunos momentos acertó a hablar -y tal es la clave de su significación- con la voz del amor».





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