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Primero Yo

Drama en cuatro actos en verso

Estrenado en el teatro del Príncipe a 14 de abril de 1842(1)

                    
PERSONAS
                    
 
LUCIANO
ROSALÍA
ISIDORO
MARIANA
DON FABIÁN
DON BLAS
AGAPITO
DAMAS
CABALLEROS
MONJES
GUARDIAS DE CORPS
SOLDADOS
ALGUACILES
UN OFICIAL
UN ESCRIBANO
UNA CRIADA
UN UJIER


La escena es en el Escorial.

La acción principia el día II de octubre de 1757.

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Acto primero

A la derecha del actor la peña que llaman LA SILLA DE FELIPE II; a la izquierda la subida a una casa grande de guardas, de la cual se verá un ángulo; en el fondo, a lo lejos, se descubren los lienzos de oriente y mediodía del Monasterio del Escorial.

Escena I

MARIANA, en lo alto de la peña, y mirando hacia dentro; LUCIANO, al pie, apoyado en un árbol en ademán de persona débil y fatigada.

MARIANA Sí, tío, no dude usted:                       
ésa es la casa del guarda.
LUCIANO ¿Con que nos tienen ahí
la merienda preparada?
MARIANA Pues, ahí.
LUCIANO                 Me alegro mucho,
porque ya me fatigaba.
MARIANA Sí, para un convaleciente...
LUCIANO Es bien grande la distancia
desde el Escorial aquí.
MARIANA Es tal que fastidia. -Nada,
no parecen Isidoro
ni mi tía.
LUCIANO               Se cansaban
también, y se detuvieron
junto a la fuente que llaman
de las Arenitas.
MARIANA                          Ya,
pero...
LUCIANO            ¿Qué?
MARIANA                       ¡Qué flema gastan!
LUCIANO Pues tenla tú. -En esa peña
cada día se sentaba
el Rey Felipe segundo
para fijar sus miradas
en la fábrica que había
de ser maravilla octava.
Para él se labró el asiento
donde estás encaramada.
MARIANA (Bajando.) Pues si hubiera sido yo
entonces Reina de España,
tuviera un defecto menos
esta especie de atalaya.
LUCIANO ¿No ves bien desde ese punto
el Monasterio?
MARIANA                         No basta.
Se había de ver también
una senda despejada,
por la cual se descubriera...
LUCIANO Sí, ya estoy: a los que tardan
en llegar, como Isidoro.
MARIANA Excusado verbigracia:
como otro cualquiera.
LUCIANO                                    Vamos,
vamos, yo sé lo que pasa.
MARIANA Eso es decir...
LUCIANO                        La verdad:
que estás muy enamorada.
MARIANA ¿Yo enamorada? ¿De quién?
LUCIANO De Isidoro.
MARIANA                    Yo pensaba
que no.
LUCIANO             Pues cree que sí.
MARIANA Como usted me lo persuada,
lo confesaré. ¿Qué hacen
dos, así, cuando se aman?
LUCIANO Si se quieren, y no pueden
hablarse...
MARIANA                  Eso preguntaba.
LUCIANO El galán en ese caso
procura ver a la dama
en la calle, en el paseo,
en la iglesia... donde vaya.
MARIANA ¿Sí?
LUCIANO         Suele alquilar un cuarto
enfrente de sus ventanas...
MARIANA ¡Oiga!
LUCIANO            Suele con frecuencia,
si maneja la guitarra,
cantar alguna canción
tierna, y en un anagrama
decir, en secreto a voces,
el nombre de su adorada.
MARIANA ¡Mire usted!
LUCIANO                     Suele la niña,
cuando hay pajarera en casa,
llevar a los pobrecitos
canarios pamplina y agua,
y de camino asomar
furtivamente la cara
por una guardilla, y luego
dar dos o tres ojeadas
a las tejas, a las nubes,
a las veletas; arranca
un yeso de la pared,
se le tira a un papanatas
que cruza la calle, ríe
la señorita la gracia,
y oye entonces una voz
que en tono jovial exclama:
«¿Con que usted tira la piedra
y esconde la mano?» Para
la atención, y en la guardilla
de enfrente ve que se halla
el que los pasos le sigue
de día, y de noche canta:
se turba la niña un poco,
pero se sonríe; baja
los ojos, huye; y con esto
no más (¿quién lo imaginara?)
ya queda fija la base
del tratado de alianza.
MARIANA ¿Con que usted todos los días
en Madrid nos acechaba,
a mí y a Isidoro?
LUCIANO                            Soy
tutor, y la vigilancia
es mi obligación primera.
MARIANA Pero, tío, unas niñadas
de esa especie ¿son amor?
LUCIANO Son su carrera ordinaria:
por ahí principia.
MARIANA                            ¿Hicimos
mal?...
LUCIANO             Tú querrás ser casada,
supongo.
MARIANA                Muy bien supuesto.
LUCIANO Entonces es circunstancia
precisa que trates gentes
para ver el que te agrada.
MARIANA Ese camino ya está
andado.
LUCIANO               ¿Haciendo escapadas
a la pajarera?
MARIANA                       Pues.
LUCIANO Ya vas siendo buena pájara
tú.
MARIANA      Con todo, usted me quiere
mucho: no seré tan mala.
LUCIANO Porque te quiero, deseo
verte bien acomodada.
MARIANA Creo que Isidoro...
LUCIANO                               Es pobre.
MARIANA Yo soy rica: eso se gana.
LUCIANO No es de ilustre cuna.
MARIANA                                   ¿Qué
importa? Un sí nos iguala.
¿No quiere usted que me case (Afligida.)
con él?
LUCIANO             Pero, atolondrada,
¿quién le admitió en la familia
sino yo?, ¿quién?
MARIANA                             Principiaba
a temer ya... ¡Qué locura!
Cuando veo que le tratan
mi tía y usted lo mismo
que a un hermano, y que le pagan
una pensión, a pretexto
de que nos tenga ordenada
la biblioteca, y es sólo
para que adelante salga
mientras que se llegue a hacer
jurisconsulto de fama.
LUCIANO Todo eso y algo más hice
cuando vi que te prendabas
de él.
MARIANA          ¡Cuánto debo a mi tío!
LUCIANO Y a tu parecer (sé franca),
¿te quiere mucho?
MARIANA                              Yo ¿cómo
lo he de saber? No se apartan
ustedes nunca de mí,
y él no me dice palabra.
LUCIANO Ya rondará por las noches
tu reja en esta jornada.
MARIANA ¡Ay!, no, señor: ¡ay!, ¡qué miedo!
¿Y si viene la fantasma?
LUCIANO ¿La fantasma? ¿Viste tú
la de la noche pasada?
MARIANA Sí, señor.
LUCIANO                 ¿Sí? Yo creía
que fuese alguna patraña.
MARIANA No, no.
LUCIANO              Yo he dormido fuera
del palacio, y como nada
turbó mi sueño... Di.
MARIANA                                 Anoche,
un poco antes que sonaran
las cuatro, como yo estoy
hace días desvelada,
me puse un rato a la reja.
LUCIANO Ya se adivina la causa.
MARIANA Por tomar el fresco.
LUCIANO                                 Y ver...
MARIANA ¡Ay!, ¡lo que vi!
LUCIANO                           ¿Qué fue? Acaba.
MARIANA No sé de dónde salió,
si brotó de las entrañas
de la tierra, si... ¡Jesús!
Era una figura blanca
tan grande... ¿cómo diré?
¡Oh!, mayor que las estatuas
que en el patio de los Reyes
hay puestas en la fachada.
LUCIANO (Aparte.) (¿Qué será esto?) Y bien, ¿qué hacía?
MARIANA Hacía temblar. Vagaba
entre los árboles, ya
lenta, ya precipitada;
vino hacia palacio: entonces
dio un alarido...
LUCIANO                          ¿Gritaba?
MARIANA Gritaba, y también reía;
pero como cosa mala,
como cosa de otro mundo:
por último, alzó con rabia
la mano, haciendo ademán
de dar una puñalada,
y pronunció...
LUCIANO                       ¿Una blasfemia?
MARIANA Peor que si blasfemara,
mucho peor: lo que dijo
fue mi nombre, fue «¡Mariana!»
LUCIANO ¡Mariana! (Aparte.) Debí soñando
levantarme de la cama.
¡Maldito achaque!
MARIANA                              Al oírlo,
yo me caí desmayada.
LUCIANO Eso ¿lo has contado?
MARIANA                                   A nadie.
LUCIANO Sintiera que me engañaras.
MARIANA Que no: como me mandaron
ustedes que me acostara,
y no obedecí...
LUCIANO                         Pues es
de muchísima importancia
que acerca de esa visión
guardes silencio.
MARIANA                           Bien.
LUCIANO                                     Trata
de ser también desde ahora
un poco más reservada
con Isidoro.
MARIANA                     ¿Por qué?
LUCIANO Sólo el que yo lo indicara
te debía bastar.
MARIANA                          Una
razoncita más no daña.
LUCIANO Hija, el hombre estima poco
lo que sin afán alcanza;
y harto temprano comienza
la mujer a ser esclava,
sin que se abrevie los días
que tiene de soberana.
Tú, que en la senda de amor
fijas la inexperta planta,
y que bella, virtuosa
y pura, mereces que ardan
de cien y cien albedríos
las ofrendas en tus aras,
apréciate en lo que vales;
mantén oculta la llama
de tu pasión; mira y oye
siempre con desconfianza
promesas que hace el deseo
y las borra la inconstancia,
suspiros hijos acaso
de miras interesadas,
y obsequios que han de parar
en tiranía mañana;
que si rindes sin defensa
el baluarte del alma,
bien pronto del vencedor
te mirarás despreciada,
cual contrario que no supo
capitular con ventaja;
y olvidándote, irá en busca
de otra conquista más ardua.
MARIANA Y con esa alegoría
¿quiere usted decirme en plata
que sea con Isidoro
eso que, a estilo de Francia,
llaman coqueta?
LUCIANO                           No; pero
cuanto más desvío, cuanta
más indiferencia afectes,
has de ser más cortejada,
más querida de tu amante.
MARIANA ¿De veras?
LUCIANO                    De fijo.
MARIANA                                 Basta.
Si fomenta la pasión
tenerla y disimularla,
no ha de saber Isidoro
que yo le estoy inclinada,
si no pena más por mí
que Amadís por Orïana.
Algún escrúpulo tengo
de que es traidorcilla y falsa
esta conducta, con todo
que mi vanidad halaga;
pero mi tutor lo exige;
yo le estoy subordinada:
si peco en obedecerle,
sobre él mi culpa recaiga.
 
Escena II
ISIDORO, LUCIANO, MARIANA.
ISIDORO Señores...
LUCIANO                  ¡Hola, Isidoro!
Ya aquí de menos te echaban.
ISIDORO ¿A cuál debo de los dos
el favor?
MARIANA               Al tío.
ISIDORO (Aparte.) ¡Ingrata!
MARIANA (Aparte a LUCIANO.)
¿He mentido bien?
LUCIANO                               ¿Qué has hecho
de mi esposa?
ISIDORO                        La acompaña
Don Fabián, y no he podido
sufrir su enfadosa charla.
LUCIANO Pues es un viejo muy guapo.
ISIDORO Como yo me adelantaba
aquí, me dio Rosalía,
que por tu salud se afana
más que tú mismo, este pomo.
LUCIANO Mi medicina: tomarla
debo a esta hora, es verdad;
voy arriba a pedir agua
y azúcar.
MARIANA                 El brazo.
LUCIANO                                No.
(Aparte a ella.) Si ahora Isidoro hablara
de amor, le podías dar
unas medias calabazas.
MARIANA (Aparte a su tío.) Bien.
LUCIANO (Aparte.)                       Serás mía, aunque todo
el mundo me lo estorbara. (Vase.)
 
Escena III
MARIANA, ISIDORO.
ISIDORO ¡Luciano venturoso!
¿Quién no le tiene envidia?
Joven, rico, adorado
de una consorte fina,
cuya virtud encanta,
cuya beldad admira,
él tan sólo parece
no conocer su dicha.
MARIANA (Aparte.) No me divierten estos
elogios a mi tía.
ISIDORO ¿No piensa usted lo mismo?
¿No es verdad, Marianita,
que es muy feliz el hombre
a quien el cielo envía
un ángel que a su lado
continuamente asista,
que le haga más preciosos
los goces de la vida,
y con su cauta mano
desvíe las espinas
que cercan el sendero
donde a su bien camina?
MARIANA Y ese ángel ¿sólo puede
llamarse Rosalía?
ISIDORO Ídolo de mi pecho,
no cautelosa finjas;
que, bien lo sabes, eres
alma del alma mía.
Mil veces lo dijeron
los ecos de mi lira,
y hoy, dulce prenda, el labio,
que de temor vacila,
humilde te declara
que eres por quien suspira.
MARIANA (Aparte.) ¡Ay!, ¡qué bien enamora!
¡Ay!, ¡lo que perdería,
si su fervor menguara,
mi inclinación sabida!
ISIDORO ¿Callas? ¿Nada respondes?
MARIANA Prosiga usted, prosiga.
ISIDORO No imagines que ciega
mi presunción olvida
que soy hidalgo pobre,
y eres ilustre y rica;
lo sé, y mi amor se engríe
con mi pobreza misma.
Nombre, blasones y oro
son del saber conquista:
¡Cuán dulce es consagrarlos
a la beldad querida!
¡Qué de veces que el sueño
dobló mi frente encima
del libro a cuyas hojas
robaba la doctrina,
lisonjeó mi gusto
grata la fantasía,
y vime colocado
en eminente silla,
y vi que por la esfera
volando a mí venía
deidad que coronada
de mirto y siempreviva,
la sien se despojaba
para ceñir la mía!
Y eras, Mariana hermosa,
tú la que me traías
amor y dicha en premio
de afanes y vigilias;
y yo, no hallando entonces
palabras expresivas
para el inmenso gozo
del alma agradecida,
mudo ante ti doblaba
la frente y la rodilla. (Lo hace así.)
MARIANA No se punce la pierna
usted con las ortigas.
ISIDORO Perdóname, Mariana;
perdona mi osadía.
Si en infeliz albergue
mi cuna fue mecida,
yo sabré hacerme digno
de merecerte un día.
Entonces, y no ahora,
te rogaré que admitas
el homenaje puro
con que mi fe te brinda.
Dime entre tanto sólo
que no lo desestimas.
MARIANA Lo estimo mucho.
ISIDORO                             ¡Oh gloria!
MARIANA Pero alce usted: arriba.
ISIDORO Mi gratitud eterna...
MARIANA ¿Cómo no estimaría
al hombre que me dice
cosas tan divertidas?
Me jura que me adora,
me llama usted bonita,
me quiere dar la mano
vestido de golilla
luego que el Rey le nombre
corregidor en Indias;
si esto no es de apreciarse,
venga Dios y lo diga.
ISIDORO Ese tono ligero,
Mariana, me intimida.
MARIANA ¿Prefiere usted que calle?
ISIDORO No, siga usted, prosiga.
MARIANA Admiro la franqueza,
la heroica bizarría
de un amante que ofrece
bienes en perspectiva,
suerte que yo no dudo
que al cabo la consiga;
mas si un galán mañana
mi mano solicita,
rico, gallardo, amable,
¿no fuera bobería
dejar por la dudosa
la oferta positiva?
Corren, Don Isidoro,
los años muy aprisa,
y plazos dilatados
aterran a las niñas.
Quizá será muy bueno
pasar embebecida
en esperanza alegre,
que cumplirá tardía,
la verde primavera
de juventud florida;
pero ir a desposarse
y ser ya talludita,
para mi gusto, vamos,
es cosa que horroriza.
Así, Don Isidoro...
ISIDORO No siga usted, no siga.
Ya veo la sentencia
que contra mí fulmina.
MARIANA No se fíe usted mucho
tampoco de su vista.
ISIDORO ¿Qué quiere usted decirme?
Sea usted compasiva,
que no sabe la pena
con que me martiriza.
Declare por lo menos...
MARIANA Prosiga usted, prosiga.
ISIDORO Que me permite amarla.
MARIANA ¿Cómo lo impediría?
ISIDORO Que espere.
MARIANA                     ¡Ay! A ninguno
la esperanza se quita.
ISIDORO Prométame el consuelo
de escucharme benigna.
MARIANA Si hiciese lo contrario,
no fuera buena amiga.
ISIDORO Ya nada más deseo.
Nada; y en pago, exija
usted la sangre toda
que por mis venas gira.
MARIANA No es tanto lo que quiero.
ISIDORO Dígalo usted, prosiga.
MARIANA Quiero que usted a todos
amarme les permita.
ISIDORO ¿Cómo?
MARIANA               Y que no se enfade
de sus galanterías.
ISIDORO ¡Mariana!
MARIANA                 Y que les deje
que esperen.
ISIDORO                     ¡Señorita!
MARIANA Pues, y que sus requiebros
oiga yo complacida.
ISIDORO Eso es decir...
MARIANA                        Que gusto
de la igualdad estricta,
y no de que un privado
mande mi monarquía.
Usted, que hace ya tiempo
que reina me apellida,
medite bien ahora
la ley que se le dicta,
y vea en sus amores
a qué se determina,
que a mí me da lo mismo
que cesen o prosigan.
No hago mal de coqueta (Aparte al irse.)
Para quien hoy principia. (Vase.)
 
Escena IV
ISIDORO ¿Qué lenguaje es el que oí,
que me aflige y maravilla?
¿Ésta es la joven sencilla
que era un ángel para mí?
Yo por ídolo escogí
dentro de la mente un ser
que me forjé a mi placer;
pero al tocar la verdad,
hallo, en lugar de deidad,
solamente una mujer.
A la que sin distinción
ha de admitir al momento
el galante rendimiento
de cualquiera inclinación,
niego yo la posesión,
niego en mi pecho la entrada;
pues cuando doy a mi amada
la llave del albedrío,
exijo, en cambio del mío
todo un corazón, o nada.
Mariana, tú a nadie quieres,
presumiendo más que vales:
¿serán a Mariana iguales
todas las demás mujeres?
¿Serán sueño los placeres
que yo del amor espero?
¿Existe amor verdadero?
Si Mariana me engañó,
preciso será que yo
sospeche del mundo entero.
En mi retiro profundo
con los libros encerrado,
temo haberme figurado
mejor de lo que es el mundo.
Por dicha en poco lo fundo.
No hace ley un ejemplar.
Otra mujer puedo hallar
que ame como un serafín,
porque la mujer al fin
ha nacido para amar.
 
Escena V
LUCIANO, ISIDORO.
LUCIANO Mi específico tomé;
mas aunque por él abogas,
pronto bebidas y drogas
a la calle arrojaré.
Les tengo un odio mortal,
y voy estando valiente:
me prueban perfectamente
los aires del Escorial.
Libre del todo me advierto
de las punzadas rehacias
ya del dolor, a Dios gracias.
ISIDORO Y a tu mujer.
LUCIANO                      Es muy cierto.
Me cuidó... ¡de qué manera
Rosalía me cuidó!
Quince noches se llevó
clavada a mi cabecera.
Yo nunca lo olvidaré.
ISIDORO ¿Nunca?
LUCIANO                Ya lo verás tú.
Vale mi esposa un Perú:
es de lo que no se ve.
Tratarla, confesarás
que es un rato de los buenos.
ISIDORO Alábala un poco menos,
y quiérela un poco más.
LUCIANO Yo soy con ella finura
todo, todo cortesía.
ISIDORO Pues ella preferiría
más franqueza y más ternura.
Mira, cuando tú me hiciste
salir de mi guardillón
en Madrid, mi situación
era harto infeliz y triste.
Débote mi entendimiento,
que ensanchó por ti su esfera:
con miseria, ni siquiera
se puede tener talento.
Me honraste con tu amistad,
y para pagarla en parte,
no puedo hacer más que hablarte
con toda sinceridad.
Civil sin afectación,
apoyo del desgraciado,
justamente has alcanzado
general estimación.
A brindarte varias veces
con cargos de honra han venido,
y no los has admitido:
señal de que los mereces.
Voz de numerosa grey
que tu mano socorrió,
tu nombre en Madrid llevó
a los oídos del Rey,
que, de su favor en señas,
te dio de su mano esposa,
noble, bella, poderosa,
la flor de las madrileñas;
logrando así por modesto,
sin que pretendieras nada,
casarte con una ahijada
del mismo Fernando el sexto.
Pues bien, Luciano, a pesar
de tu mérito eminente,
que te hace ser justamente
el ídolo popular,
yo, puesta al pecho la mano,
diré, si me das licencia,
que hay en ti gran diferencia
del esposo al ciudadano.
Tú das a la gente rica
de honor y virtud ejemplo;
tu devoción en el templo
a los fieles edifica;
y vertiendo diversión
en la plática tu labio,
nunca se inclina al resabio
de la vil murmuración:
por eso es tan de sentir
que estés haciendo a la par
en tu casa suspirar,
y en las ajenas reír;
que a un mendigo tu favor
ofrezcas con bizarría,
y tengas a Rosalía
necesitada de amor.
Luciano, este proceder
es culpable, y, no lo dudes,
no autorizan mil virtudes
para faltar a un deber.
LUCIANO Sufrida la reprensión,
mi panegírico emprendo;
pero hay que empezar diciendo
que no te falta razón.
Confesar en la querella
de Rosalía es preciso,
que ella me quiere, o me quiso,
más que yo la quiero a ella.
ISIDORO ¿Hay alma que al aliciente
de tal belleza resista?
LUCIANO Ése es placer de la vista,
cuando el alma no lo siente.
No basta con la hermosura
sola para enamorar:
a nadie vi requebrar
una imagen de escultura.
ISIDORO Tiene ingenio tu señora,
y es de admirar esa dote.
LUCIANO Aunque admiro el Don Quijote,
maldito si me enamora.
Por cálculo y reflexión
mi voluntad no se inflama:
cautívemela mi dama,
porque ésa es su obligación.
Si vivo interés no tomo
por ella, que no haga extremos:
queremos y no queremos
sin saber por qué ni cómo.
Y pues a esto nos conduce
la cuestión, sufre que diga
que es oro con mucha liga
ese que tanto reluce.
Con su belleza hechicera,
mi mujer no es tan cabal
que no tenga tal y cual
defecto, como cualquiera.
ISIDORO Me dejas de asombro lleno.
Yo no he descubierto...
LUCIANO                                      Eso es
porque tú todo lo ves
sólo por el lado bueno.
Su modesta mansedumbre,
que de una santa parece,
no es más sino que obedece
el genial a la costumbre.
Largo tiempo con afán
sus sentimientos acalla;
pero al fin rompe y estalla
bajo la nieve el volcán.
Celosa hasta el frenesí,
su disimulo me asusta:
yo soy franco, y no me gusta
que me quiera nadie así.
Y a no haber separación
de cuartos, ¡ay!, recelara
que el mejor día, me ahogara
por exceso de pasión.
Aquí tienes de qué modo
nació en mí la indiferencia
de su reserva y violencia,
por ser yo blandura todo.
Mas yo siempre he de seguir
con ella galán y atento.
ISIDORO Y ¿no es eso fingimiento,
Luciano?
LUCIANO                Es saber vivir.
ISIDORO Esa ciencia y la honradez
no suelen juntas andar.
LUCIANO Tú das en equivocar
la virtud con la sandez.
ISIDORO ¿Qué prometiste al casarte?
Rosalía no es feliz.
Mientras no incurra en desliz
que de tus brazos la aparte,
justicia es que el voto augusto
cabal cumplimiento tenga.
LUCIANO Lo que al hombre le convenga,
aquello sólo es lo justo.
ISIDORO Ninguna ventaja toco
de hacer el mal que señalo.
LUCIANO ¿Qué sabes tú lo que es malo,
ni lo que es bueno tampoco?
ISIDORO Por mi conciencia instruido,
me consta con evidencia.
LUCIANO Una cosa es la conciencia,
y otra el hábito adquirido.
Antes de saber hablar,
nos dan para que estudiemos
la pauta porque debemos
obrar, sentir y pensar;
y hombre que con vanagloria
cree por sí discurrir,
no hace más que repetir
una lección de memoria.
El que eleva más la vista,
y en el mundo colocado,
sabe que Dios se le ha dado
por herencia o por conquista,
busca la felicidad,
que es la mira que le rige,
y de los medios elige
según la oportunidad,
siendo, en todo lo que intenta,
su axioma regulador,
que es el arbitrio mejor
aquel que tiene más cuenta;
y así juzga, con desdén
de la voz universal,
malo lo que sale mal,
bueno lo que pinta bien.
Como de ser mero amigo
de mi mujer, hasta aquí
ningún perjuicio sufrí,
creo que hago bien, y sigo;
y de tu sermón apelo
al público testimonio,
de que a más de un matrimonio
soy citado por modelo.
En fin, hacer los casados
con su mujer de galanes
es propio de ganapanes,
no de hombres acaudalados;
y aun raya en usurpación
que un enlace, cuya esencia
fue la pura conveniencia,
resulte de inclinación.
Y pues por ti me cansé
con un discurso tan largo,
en represalia un encargo
Te voy a dar, que olvidé,
y es llevar a Doña Mónica
la viuda estos treinta duros,
 
(Saca un bolsillo.)
 
para que de sus apuros
salga en su dolencia crónica.
Le has de ocultar, claro está,
quién socorre su vejez,
y sufrir tanta chochez
como allí te encajará.
Mi mujer viene: ahí te entrego
la bolsa. Haga este favor
el señor procurador
de casadas, y hasta luego.
 
(Vase dejándole a ISIDORO el bolsillo en la mano.)
 
ISIDORO ¿No es cosa particular
tener esas opiniones,
cuando tan bellas acciones
las desmienten sin cesar?
 
Escena VI

DON BLAS, con un paraguas abierto; AGAPITO. Algunos Caballeros y Damas que cruzan la escena en dirección a la casa del guarda; ISIDORO.

BLAS (A ISIDORO.) A la orden.
ISIDORO                                            Don Blas Querol,
salud.
BLAS           Ya no necesito
de sombra: toma, Agapito;
guárdame ese quitasol.
AGAPITO Soy paje, no soy lacayo.
BLAS Soy médico, y si te coge
una fiebre...
AGAPITO                    No se enoje
usted, que voy como un rayo.
 
(Le toma el paraguas y se va corriendo.)
 
BLAS ¡Qué día de baraúnda
tendremos!
 

(Saca del bolsillo un pañuelo para limpiarse el sudor, y deja caer al mismo tiempo una funda de paraguas.)

 
¡Eh, muchacho, eh!
Ponle al quitasol... Tendré
que ir a llevarle la funda. (Vase.)
 
Escena VII
LUCIANO, ROSALÍA, DON FABIÁN, ISIDORO.
LUCIANO Descansa, estarás rendida.
ROSALÍA Yo no. ¿Tú cómo llegaste?
LUCIANO Bien.
ROSALÍA          ¿Por qué te adelantaste?
 
(Aparte a LUCIANO.)
 
Me ha traído consumida
Don Fabián.
FABIÁN                     Vuelvo el pañuelo.
 
(Dando a ROSALÍA un pañuelo con un poco de arena.)
 
ROSALÍA ¡Ah, sí! Repara, Isidoro,
¡qué polvos! Parecen oro.
Los cogí en un arroyuelo.
ISIDORO Veamos.
ROSALÍA                ¿Cómo se llama
eso, o para qué se aplica?
ISIDORO Le dan el nombre de mica...
FABIÁN Usted confunde a esta dama.
¡Mica! ¿Y de qué nos informa
usted? ¡Buena explicación!
Señora, esas cosas... son...
Son... cosillas de esa forma.
Yo no me atengo a la letra,
sino que lo especifico:
no digo mica ni mico,
sino tal y cual, ecetra.
LUCIANO ¡Viva nuestro regidor!
ROSALÍA Di nuestro alcalde.
FABIÁN                              Interino,
y de usted atento y fino
y seguro servidor.
ROSALÍA ¿Bebiste ya?...
LUCIANO                         Al punto.
FABIÁN                                        A ver
(con perdón de la conjunta,
Don Luciano), una pregunta
en materia de beber.
 
(Apártanse los dos a un lado. ROSALÍA se sienta.)
 
LUCIANO ¿Qué hay?
FABIÁN                   Que según casualmente
vi ayer tarde en la farmacia
de la villa, por desgracia
dejó usted un ingrediente
por notar, cuando me dio
la receta cuyo uso
le prueba tan bien.
LUCIANO                              La puso
mi mujer, que se encargó
tiempo ha de ser mi enfermera,
y ese remedio fabrica.
FABIÁN Entrando yo en la botica,
me hallé al mancebo Mosquera,
que al paje Agapito daba
una droga, que dijeron
ser para usted.
LUCIANO                         Pues fingieron
eso.
FABIÁN         Mosquera ocultaba
el bote; yo no soy manco,
y soy alcalde: cogí
el bote, el rótulo vi...
LUCIANO Y ¿decía?...
FABIÁN                     Espejo blanco.
LUCIANO ¡Hombre!
FABIÁN                 Es, creo, un anodino
para...
LUCIANO            ¡Oh!, sí, todo lo cura.
(Aparte. ¿Si mi mujer por ventura
querrá hacer un desatino?)
¿Leyó usted bien?
FABIÁN                              Specul. al.
Speculum album.
LUCIANO                              Marchemos
de aquí, Don Fabián, y hablemos
de ese lance original. (Vanse los dos.)
 
Escena VIII
ROSALÍA, ISIDORO.
ROSALÍA (Aparte.) Sin mirarme se fue.
 

(Pausa de algunos instantes, durante los cuales ROSALÍA clava tristemente la vista en el Escorial.)

 
ISIDORO (Aparte.)                                ¿Qué he de decirle?
¿Por qué miras allí con tal ahínco?
ROSALÍA Isidoro, ¡qué amargas reflexiones
me inspira ese magnífico edificio!
¡Qué paz debe ofrecer al desgraciado
la sagrada quietud de su recinto!
ISIDORO ¿No habitamos en él?
ROSALÍA                                   No recordaba
que es palacio además. Ni sé qué digo.
Ver los muros creí del monasterio
que dedicado a Juana y a Francisco
allá en Madrid de levantar acaba
la regia cristiandad de mi padrino.
«¿Querrás vivir en él?» me dijo un día:
¡oh!, ¡si entonces el hábito me visto!
Dios por boca del Rey el bien me daba;
lo deseché: mi vanidad expío.
ISIDORO Lanza esas melancólicas ideas.
ROSALÍA ¿Qué fue lo que de mí Luciano dijo?
¿Cómo disculpa su desdén? Responde.
¿Por qué no paga mi leal cariño?
ISIDORO ¡Ay Rosalía! Quien de veras ama,
yerra en darlo a entender, yerra en decirlo,
que un amor entrañable declarado
la ingratitud engendra y el olvido;
y tú cuya pasión...
ROSALÍA                              Del blanco lejos
tu pensamiento da. ¿Pues no me ha visto
ese esposo cruel, para agradarle,
caricias alternar con el desvío,
trocar la seriedad en travesura
y dejar la razón por el capricho?
¿Qué más puede exigirse de una esposa?
Ni tanto. De furor pierdo el sentido.
Si acaso una rival...
ISIDORO                                ¡Oh!, no delires.
¡Luciano serte infiel!
ROSALÍA                                 ¡Con regocijo
supiera su traición! Así vería
que no es su pecho de insensible risco,
y que puedo esperar.
ISIDORO                                   No desconfíes:
a tu afecto y virtudes sometido
un día ha de quedar.
ROSALÍA                                 ¿Y cuándo llega?
Seis años hace que por él suspiro.
¡La virtud! ¿Qué le importa al que la llama
flaqueza de un espíritu mezquino?
¿Qué es el amor para quien no conoce
su tierno afán, su encantador delirio,
y en vez de abandonarse al bien que adora
para vivir en él más que en sí mismo,
sufre con repugnancia que le quieran
y guarda con candado su albedrío?
Ahora que mi fe, mis oraciones
del Señor la salud le han conseguido,
¡mira tú lo que obtengo de mi esposo
en recompensa del desvelo mío!
Más abandono aún: le es insufrible
la fiel constancia de mi porte digno;
con su estudiada indiferencia intenta
mi orgullo exasperar; está ya visto:
quiere que le aborrezca, y hay instantes...
Muchos... en que ha logrado su designio.
ISIDORO ¡Rosalía!
ROSALÍA                Isidoro, impulsos tales
me dan alguna vez, que me horrorizo.
Ayer... ¡Jesús! -Mas ¡ay! ¿De qué me quejo?
En esta sociedad en que vivimos,
de pegadiza liviandad francesa
y española esquivez extraño mixto,
un sentimiento que avasalle el alma
befa merece y general ludibrio.
No hay en la corte corazón que sepa
dar a un cariño fiel premio debido;
no le hay que sepa amar. -Le hay, me equivoco.
Hay éste al menos con que yo respiro,
y otros habrá también: es suerte suya
que nunca se han de ver dos reunidos.
ISIDORO (Aparte.) (¡Ah Mariana cruel!, ¡si el tuyo fuera
como el de esta infeliz!...) Sí, bien has dicho.
Jamás se unen, jamás, porque era entonces
trasladar a la tierra el paraíso.
ROSALÍA ¡Dichoso tú mil veces, Isidoro,
que jamás el amor has conocido!
ISIDORO ¡Qué!, ¿te figuras que mi pecho alberga
un corazón indiferente y frío?
ROSALÍA Indiferente no. ¿Cómo ha de serlo
quien es con mi pesar tan compasivo?
Mas la razón en ti por dicha tuya
someterá el amor a su dominio.
ISIDORO Lo espero así.
ROSALÍA                        ¿Lo esperas?
ISIDORO                                              Lo deseo.
ROSALÍA ¿Lo deseas también?
ISIDORO                                   Lo necesito.
ROSALÍA ¿Con que no eres feliz?
ISIDORO                                      Es imposible.
Feneció mi esperanza, y es preciso
renunciar para siempre a la ventura
y al bien que codicié.
ROSALÍA                                  ¿Le habrás perdido?
¿Murió tu dama?
ISIDORO                            Vive.
ROSALÍA                                     Desahoga
por un momento tu dolor conmigo.
Di, ¿quién es la mujer que preferías?
De casa rara vez salir te vimos,
y al venir con el Rey a la jornada,
tú sin dificultad nos has seguido.
Poco debiste verla.
ISIDORO                                A todas horas.
ROSALÍA                                                        ¿Cómo?
ISIDORO Un techo a los dos nos daba abrigo.
ROSALÍA ¡A los dos! No prosigas, Isidoro.
ISIDORO Era en mí presunción, era delito
sobrado grande pretender...
ROSALÍA                                             ¡Ah! Cesa;
líbrame, al menos, del rubor de oírlo:
demasiado mis ojos, demasiado
mi corazón callando me lo dijo.
ISIDORO ¡Señora!...
ROSALÍA                   Una imprudente confianza
nos conduce a los dos al precipicio:
tiempo es de retirarnos todavía
de la garganta horrible del abismo.
Sólo un camino que seguir nos queda,
y buscarlo te toca y elegirlo.
Necesitaba amar, y sé que amo;
pero yo quiero amar a mi marido. (Vase.)
 
Escena IX
ISIDORO ¡Va engañada, y lo tolero,
y no destruyo su idea!
Pero ¿a quién no lisonjea
que se le diga: «te quiero?»
¿A qué corazón de acero
no mueve tanta pasión?
¡Y eché a Luciano un sermón
poco antes con tanto brío!
Vamos, o yo desvarío,
o empiezo a ser un bribón.
¿Soy el que se prometía
nunca a Mariana olvidar?
En mí puede escarmentar
el que en propósitos fía.
Ni ver debo a Rosalía,
ni ya pensar en Mariana.
Pues ¿qué he de hacer? ¿Qué? Mañana
huir del peligro. Sí:
mañana salgo de aquí,
y no paro hasta la Habana.

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