Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

ArribaAbajo

Acto segundo

Vista de la Galería de los convalecientes, y a la derecha del actor la bajada desde la botica a los jardines del convento. Una fuente hacia la izquierda. Varias banquetas esparcidas por el teatro.

Escena I
LUCIANO, ISIDORO.
LUCIANO ¿Aún me persigues aquí?
Deja ya esas tonterías.
ISIDORO Hace una porción de días
que andas huyendo de mí.
LUCIANO Es claro: si el porfiar
lo has tomado por costumbre,
y a mí me da pesadumbre
cuando tengo que negar.
Por eso de ti me escondo.
ISIDORO Pero es hacerme un ultraje...
LUCIANO Si vas a tratar de viaje,
cuenta con el no redondo.
Tu partida se frustró.
ISIDORO Me es de precisión extrema.
LUCIANO A mí no, y en mi sistema,
primero yo y siempre yo.
ISIDORO Pues el viaje se hará.
LUCIANO                                  ¡Bravo!
¿Y los medios, caballero?
Usted no tiene dinero,
y yo no suelto un ochavo.
ISIDORO Las razones considera
que tengo manifestadas.
LUCIANO Si son mentiras forjadas
mal y de mala manera.
ISIDORO ¡Luciano!, ¿con que tendré
que revelar el misterio?
LUCIANO ¡Hombre!, ¡qué tono tan serio!
Vamos: ¿qué es el caso?, ¿qué?
ISIDORO ¿No has sido tú negociante?
LUCIANO Sí: noble y pobre nací;
contraté, me enriquecí...
Vaya el misterio adelante.
ISIDORO Algo la conservación
de tu oro te importaría.
LUCIANO Mi bienestar dependía
de él y mi reputación:
no era, pues, de descuidar.
ISIDORO ¿Fía un mercader prudente
sus arcas de un dependiente
que le pudiera robar?
LUCIANO No doy con la aplicación
del ejemplo que has citado:
yo no sé que de letrado
te hayas metido a ladrón.
ISIDORO ¿Y no hay en tu casa joya
que pueda yo codiciar?
LUCIANO Acabara usted de hablar.
Ya comprendo la tramoya.
¡Pobre Isidoro!, vacila
tu juicio, y todo lo yerras.
¿Con que, en suma, te destierras
porque amas a mi pupila?
ISIDORO No, no.
LUCIANO (Desentendiéndose.)
              ¿Y a qué es la rareza
de tal determinación?
¿Es por desesperación,
o bien por delicadeza?
ISIDORO Si me oyes...
LUCIANO                      Por la presente,
puede ponerse una tacha
a tu amor a esa muchacha
que goza un caudal decente.
ISIDORO Yo no aspiro...
LUCIANO                         Su tutor
soy, y al fin me alcanzaría
alguna bachillería
del vulgo murmurador.
Si falto de clientela
con la niña hago que cases,
dirán que es porque me pases
embrollos en la tutela.
ISIDORO ¡Dale!
LUCIANO            Sigue en tu bufete,
trabaja y prosperarás,
que no te envejecerás
tanto en seis años o siete.
ISIDORO Pero dime, ¿cuándo cesas?...
LUCIANO Mientras tanto a Marianita
nos la tendrá guardadita
la madre Ana en las Salesas.
ISIDORO Es inútil, es absurda
la separación que trazas.
LUCIANO ¡Qué!, ¿te ha dado calabazas?
¡Diantre! La niña no es zurda.
Pues bien, para que no veas
a la que tu descontento
causa, entrará en el convento.
ISIDORO Abandona esas ideas,
por Dios, que me desatina
tu empeño en favorecerme.
¿Es justo, por no quererme,
oprimir a tu sobrina?
Ella procedió discreta
en hacer desaire y mofa
de un amante de mi estofa,
insubstancial y veleta.
Debió hacerle presentir
su espíritu perspicaz
que era mi pecho capaz
de olvidar, de delinquir,
de abandonarse al furor
de una pasión reprobada,
de querer a una casada
mujer de mi bienhechor.
LUCIANO ¡A mi esposa!
ISIDORO                        Su presencia
debo evitar: es preciso.
LUCIANO Yo te agradezco el aviso,
y obraré en su consecuencia.
Pero si parece cuento.
¿Quién se pudo figurar
que hubiese de tropezar
en ese mal pensamiento
joven de prendas tan altas,
de tanta sabiduría,
de... vamos, el que me hacía
avergonzar de mis faltas?
ISIDORO Con esa idea importuna
lidio también sin cesar,
y me quiero disculpar
y no hallo disculpa alguna.
¿Cómo hallarla? No la hay, no.
Porque, al fin, Mariana ha sido
por quien de amor el latido
primero mi pecho dio.
Y después... ¡ah!
LUCIANO                             No te asombres
de lo que pasó después,
que lo mismo que en ti ves
sucede a todos los hombres.
Nos sale una empresa mal;
se tiene un rato molesto;
luego... a rey muerto, rey puesto:
no hay cosa más natural.
Tú casi de veinticinco
a enamorar principiaste;
por lo mismo que tardaste,
quieres con mayor ahínco.
Si es forzoso: a cierta edad,
a no ser uno de leño,
tener un galante empeño
es una necesidad.
A nadie ves, ni te trata
nadie sino dos personas:
llega un día, y te aficionas...
Pues... de la más inmediata.
Ella es mujer de entusiasmo,
y ese que caracteriza
tu natural, simpatiza
con el suyo que es un pasmo:
fuera de ser cosa clara
que, teniendo que elegir,
nos hemos de decidir
por la que nos hace cara.
ISIDORO Tu mujer no...
LUCIANO                        Me adelanto
a la disculpa que alegues,
pues aunque tú me lo niegues,
yo sé que te quiere y cuánto.
Y no me perdone Dios
en mi hora, si no es cierto
que lo había descubierto
antes que vosotros dos.
ISIDORO Todo eso es acrecentar
de mi partida la urgencia.
LUCIANO ¿Qué gano yo con tu ausencia,
ni a qué fin te has de alejar?
Poco tiene por su honor
un marido que temer,
cuando el que le ha de ofender
de sí propio es delator.
Para que en ti se sofoque
ese fugaz frenesí,
bastará que por ahí
veas otra que te choque.
Y si sois tan infelices,
que la pasión que brotó
en vosotros, extendió
ya tan hondas las raíces,
que a la razón se rebela
y al tiempo; que toda extremos,
es de aquéllas que no vemos
sino escritas en novela;
Entonces, aunque viváis
tú en Lima y ella en Madrid,
¿quién os quitará, decid,
que os améis cuanto queráis?
No más la cuestión entables
de fuga; oye mis consejos:
objetos hay que de lejos
parecen más agradables.
Yo sé el respeto a que obligo;
yo sé que no faltaréis
jamás a lo que debéis
a vosotros... y a un amigo.
ISIDORO No, jamás: si mi flaqueza
me infundía desaliento,
con tu confianza siento
que renace mi entereza.
Me quedo: no partiré,
ya que tú no lo aprobaras;
pero sólo veces raras
a tu mujer hablaré;
y en ellas, si algún instante
nos quedamos sin testigo,
en tu nobleza conmigo,
tu honor tendrá un vigilante.
Cuando me tendiere lazos
la ingratitud seductora,
sabré buscar, como ahora,
seguro asilo en tus brazos;
y aquí la debilidad
será entre llanto propicio
la ofrenda del sacrificio
que selle nuestra amistad.
 
Escena II
MARIANA, una Criada, LUCIANO, ISIDORO.
MARIANA Tío.
LUCIANO        ¿Qué hay?
MARIANA                          Para usted vino
visita, así que salió.
LUCIANO ¿Quién?
MARIANA               Don Fabián el alcalde,
y con él Don Blas Querol.
LUCIANO ¿El médico? Doy la vuelta
al punto a mi habitación.
MARIANA Se fueron ya.
LUCIANO                      ¿Sin dejar
un recado?
MARIANA                   No, señor.
Se vendrán a los jardines,
poco antes de la oración,
aquí, frente a la botica
del convento.
LUCIANO                       ¡Ah! Bien.
MARIANA                                        Yo voy
con Ramona a visitar
a Doña Inés Calderón;
pero como no hay allí
sino viejos, y yo estoy
a matar con ellos, pido
a usted autorización
para abreviar la visita
y hacérsela de doctor.
LUCIANO Bien. Si quieres que Isidoro
te acompañe... (Aparte a ella.) Di que no.
MARIANA No, no. (Aparte.) Según le desairo,
debe estar loco de amor.
ISIDORO Gusta poco Marianita
de que esté a su lado yo.
MARIANA Es Isidoro sujeto
de rara penetración.
LUCIANO Si no me engaño, hace días
que aquella amistad cesó,
que tomabais al principio
con demasiado calor.
MARIANA ¡No sino que una estuviera
obligada a pensar hoy
del modo que ayer!
ISIDORO                                Las damas
gustan de la variación.
LUCIANO Los hombres también.
MARIANA                                    A mí,
lo confieso, me da horror
ver siempre lo mismo.
LUCIANO                                    Entonces
la idea que me ocurrió
hace poco, debo al punto
ponerla en ejecución.
MARIANA ¿Y es?
LUCIANO             Aunque Su Majestad
habitaciones nos dio
en palacio por hacer
a Rosalía favor,
y estamos cómodamente,
he pensado acá inter nos
que ya te fastidiaría
El Escorial.
MARIANA                   Se engañó
usted.
LUCIANO           Por lo cual mañana
tendrás la satisfacción
de salir para Madrid
antes que despunte el sol.
MARIANA ¡Para vivir sola en casa!
Vaya, tío, ¡qué aprensión!
ISIDORO Yo me opuse.
MARIANA                        Hizo muy bien
usted, y gracias le doy.
Me aburro en viéndome sola.
LUCIANO Es que estás en un error.
MARIANA ¿En cuál?
LUCIANO                 No es a casa a donde
te envío.
MARIANA               ¿A dónde si no?
LUCIANO A las Salesas.
MARIANA                        No me hace
falta más educación
que la que me dio mi tío.
LUCIANO Pero el tío decidió
que a su sobrina conviene
la paz de aquella mansión.
MARIANA Replicará la sobrina
a su tío y su tutor
que le contrista en el alma
tan dura resolución;
pedirá que la revoque;
y él, que nunca la afligió,
renunciará a sus ideas,
ganándose en galardón
un abrazo de la niña,
y si uno no basta, dos.
LUCIANO Deberá entonces el tío
revestirse de valor
para poder resistir
a tan fuerte seducción,
porque le es forzoso hacer
lo que primero pensó.
MARIANA Pero cuando ella la mano
le bese con sumisión, (Bésasela.)
cuando algún tierno sollozo
ponga por intercesor,
él, compadecido entonces,
se rendirá a discreción.
LUCIANO Él la enjugará piadoso
las lágrimas que vertió;
procurará con cariños
disiparla el mal humor;
y con la risa en los labios,
con la sincera efusión
del hombre que ha obrado bien,
dirá: «Me cuesta un dolor
inexplicable, hija mía,
negarme a tu petición;
pero ésta es la vez primera
desde que se me encargó
la tutela, que me opongo
a tu voluntad: por Dios,
cede siquiera una vez,
una, a quien tantas cedió.»
¿Qué haría la niña oyendo
la postrera observación?
MARIANA (Abatida.) Probablemente callar
y obedecer, como yo.
ISIDORO (Aparte.) Este empeño de alejarla
me llena de admiración.
MARIANA ¿Quiere usted venir conmigo,
Isidoro, a donde voy?
ISIDORO Por mí, Marianita...
LUCIANO (Aparte a ISIDORO.)
                               (Espérate.)
Recuerdo una ocupación
ahora, y le necesito.
MARIANA No es día de gracias hoy
para mí.
LUCIANO              Adiós.
MARIANA (Aparte a ISIDORO.)
                         (Isidoro,
tenemos que hablar.) Adiós.
 
(Vase con la criada.)
 
Escena III
LUCIANO, ISIDORO.
ISIDORO ¿Con que hospedas en tu casa
a un amigo seductor,
y echas fuera a tu pupila?
¡No es mala contradicción!
LUCIANO Mariana entre palaciegos,
frailes y guardias de Corps,
iba por días aquí
tomando el resabio atroz
de recibir los obsequios
de todos sin distinción;
y la maña de traer
siempre un ciento alrededor,
si se arraiga, no se quita
con la nupcial bendición.
En la quietud del colegio
se irá ese primer hervor
de la edad amortiguando;
y si hace comparación
a sus solas de los hombres
que en la corte conoció,
quizás en su aprecio salgas
declarado vencedor.
Entonces ya te habrán hecho
perder toda la ilusión
las manías de mi esposa
y tu propio pundonor;
entonces irá Mariana
ganando tu estimación
cada vez que en el convento
charléis un rato los dos,
y al fin parará en noviaje
formal el que se frustró.
ISIDORO Pero tú...
LUCIANO                Quéjate ahora
de lo que hago en tu favor.
ISIDORO ¿Te figuras?
LUCIANO                     Es inútil
dar vueltas a la cuestión.
Salga verdadero o falso
mi pronóstico anterior;
lleguéis a quereros bien,
o a cobraros aversión
tú y Marianita... Isidoro,
te digo en buen español
que me conviene apartaros
ahora, y... antes soy yo. (Vase.)
 
Escena IV
ROSALÍA, AGAPITO, ISIDORO.
(Durante esta escena y la siguiente cruzan algunas personas por el jardín.)
ROSALÍA (Bajando la escalera.) Tanto misterio me pasma.
¿Sólo eso saber quería
Don Fabián?
AGAPITO                      Pues, que si había
visto yo el duende o fantasma.
ISIDORO (Aparte.) Rosalía con su paje.
Nada la debo ocultar.
AGAPITO Un modo tiene de hablar
Don Fabián, que da coraje.
Y está de Dios que el maldito
se halle en todo cuanto pasa.
Con las manos en la masa
nos vio en la botica...
ROSALÍA                                   Chito,
y aguarda cerca. (Vase AGAPITO.)
(A ISIDORO.) Según
vi desde la galería,
hablabas...
ISIDORO                   Sí, Rosalía,
con nuestro amigo común.
ROSALÍA ¿Le has hecho ya convenir
en tu partida?
ISIDORO                       No cede:
tanto insiste en que me quede,
que ya no pienso partir.
ROSALÍA ¿Ya no partes? ¡Ay!, me expones
con loca temeridad.
Isidoro, por piedad
te pido que me abandones.
Si hemos de vivir luchando
siempre en continua zozobra,
pon ese viaje por obra:
yo lo exijo, yo lo mando;
que si ausentes apagar
nuestro amor no conseguimos,
el esfuerzo último hicimos
para poderlo alcanzar.
ISIDORO Quedarse aquí y resistir
hazaña más grande fuera.
ROSALÍA Amando, la verdadera,
la única hazaña, es huir.
Quien busca con fe ilusoria
la ocasión para triunfar,
ése antes de pelear
ha perdido la victoria.
No me inspires valentía
que me haga más desgraciada:
quiero ser mujer honrada,
ya que lo soy todavía.
Recuerda que me engañé
creyendo que fiel esposa,
sólo por estar celosa,
de Luciano me quejé.
Aquel lenguaje feroz
no era de amor ultrajado:
para engañar disfrazado,
fingía el crimen la voz.
El tiempo rinde los bronces;
y cuando de mí sin nuevas
me olvides, lo que no apruebas
hoy, lo aplaudirás entonces.
Vete, olvida, y ¡ojalá
su auxilio el Señor te preste,
y el olvidar no te cueste
lo que a mí me costará!
ISIDORO Pero aquí ¿no olvidaremos
también, si nos empeñamos?
ROSALÍA ¿Y si conocen que amamos,
y no el valor que tenemos?
¿Y si a Luciano el rumor
llega, y engañado entiende
que su consorte le vende,
que su amigo le es traidor?
ISIDORO Luciano de la malicia
desprecia el lenguaje impuro,
y ya estoy yo bien seguro
de que nos hace justicia.
ROSALÍA Quizá con ruin complacencia
mi descrédito verá,
pues así disculpará
conmigo su indiferencia.
ISIDORO Le haces una ofensa grave
sospechando de ese modo.
Luciano lo sabe todo.
ROSALÍA ¡Dios mío! ¿Cómo lo sabe?
¿De quién?
ISIDORO                   Yo lo revelé
por vencer su resistencia
a mi fuga.
ROSALÍA                ¡Qué imprudencia!
Me perdiste.
ISIDORO                      Te salvé.
No era para él un arcano
nuestra inclinación naciente.
ROSALÍA ¡Y calla y no te consiente
huir a país lejano!
A nadie debo acusar
yo que tan débil me muestro;
pero ese porte siniestro
da mucho que recelar;
y en los golpes desiguales
con que mi pecho se explica,
desgracias me pronostica,
bien que yo no entienda cuáles.
Ya no puedo sin sonrojo
la vista a mi esposo alzar;
y así, o me has de abandonar,
o a un monasterio me acojo.
ISIDORO ¿Cómo sufro que reciba
la honra tuya ese baldón?
No resiste mi tesón
a tan dura alternativa.
Podrá Luciano, podrá
culparme de veleidoso;
mas su pecho es generoso,
y al cabo me excusará.
Yo de tu casa ahuyenté
la quietud con mi llegada:
con mi pronta retirada
a dárosla volveré.
ROSALÍA Pronta debe ser; no aguardes
a mañana: por instinto
preveo un riesgo indistinto,
pero terrible, en que tardes.
Verás en tu gabinete
un bolsillo que he bordado:
en él hay oro sobrado
para el viaje. Por Dios, vete.
ISIDORO Partiré al instante.
ROSALÍA                              Ahora.
Sepárenos mar y tierra.
Mientras te veo, me aterra
angustia devoradora.
ISIDORO ¿Podré esa mano estrechar
que otro tiempo más risueño
fue de amiga?
ROSALÍA                       Tiene dueño,
y no te la debo dar.
El alma se fuera en pos
de ti: la estoy deteniendo
por estarnos aquí viendo,
no sólo los hombres, Dios.
Vete ya.
ISIDORO               ¿Cómo obedezco,
si ese llanto reprimido?...
ROSALÍA Atiende a que te despido;
no mires lo que padezco.
ISIDORO ¡Ah!
ROSALÍA         Ni esto es padecer; lucho
por no llorar: lo notaran...
Y al fin... dos que se separan,
no se habrán querido mucho.
ISIDORO Adiós: con más apacible
estrella te veré un día.
ROSALÍA Pronto, imprudencia sería;
más tarde será imposible.
Adiós. (Vase ISIDORO.) Por fin ha partido,
por fin ya puedo llorar.
Basta de disimular, (Rompe en sollozos.)
Basta. -¡Jesús!, ¡mi marido!
 
Escena V
LUCIANO, ROSALÍA.
LUCIANO Todavía no han llegado
Querol ni Don Fabián. -¡Hola!
¿Tú aquí? Pues ¿cómo tan sola?
ROSALÍA Así estoy bien.
LUCIANO                         ¿Has llorado?
ROSALÍA Sí.
LUCIANO      ¿Gustarás de decirme
la razón?
ROSALÍA                Sí.
LUCIANO                     Represéntate
mi sorpresa de que...
ROSALÍA                                  Siéntate.
LUCIANO Y cuánto debe afligirme
verte... (Se sientan.)
ROSALÍA             Cuando de mi mano
te hizo dueño nuestra unión,
yo, por tu reputación,
adoraba en ti, Luciano.
LUCIANO Poníamos a la par
nuestro estudio en complacernos.
Y al cabo de seis inviernos,
¿cómo estamos de adorar?
ROSALÍA Sabes que te conocía
muy poco al tiempo de hacerse
nuestra boda.
LUCIANO                       A conocerse
mejor, ¿quién se casaría?
ROSALÍA Pronto observé con dolor
que no tenía en mi esposo
un amigo cariñoso,
sino un especulador,
que después que le condujo
la fortuna o su destreza
al lujo de la grandeza,
si se casó, fue por lujo.
LUCIANO Fuese una especulación
o no mi objeto al casarme,
ninguno podrá negarme
que hice muy buena elección.
ROSALÍA ¿Cómo luego paso a paso
cesaste de ser galán?
¿Es un sistema, es un plan
también el no hacerme caso?
LUCIANO ¡Un plan! ¿Y con cuál intento?...
ROSALÍA Tal vez quisiste irritar
mi venganza, y provocar
por último un rompimiento.
LUCIANO Ya ves que te oigo tranquilo;
con que háblame francamente.
¿Te parece conveniente
que nos separemos? Dilo.
ROSALÍA ¡Ah!
LUCIANO         Si no hay quien se convenza
más pronto que yo. -Batallas
entre ti...
ROSALÍA                ¡Luciano!
LUCIANO                                ¿Callas?
Accedes.
ROSALÍA                  No. ¡Qué vergüenza!
LUCIANO ¿Cómo?
ROSALÍA               No quiero exponerte
a hablillas del vulgo rudo,
ni debe romper el nudo
sagrado, sino la muerte.
¡Separarnos! ¿Qué concepto
el Rey de mí formaría,
si viera tal rebeldía
contra su gusto y precepto?
Dios y el Rey en su lugar
nos han unido: suframos
nuestra cadena, y veamos
si se puede aligerar.
Yo tu abandono lamento;
tú puedes también quejarte:
pues cada cual, por su parte,
que olvide el resentimiento.
Juntos hemos de vivir;
da pena el aborrecer;
la amistad es un placer:
ella nos puede servir
de áncora fiel y segura
que evite un naufragio cierto,
y que nos ponga en el puerto
de la paz y la ventura.
La ejecución de esta idea
necesita soledad:
no más corte ni ciudad;
marchémonos a una aldea;
y allí, en la quietud del campo,
entre sencillos placeres,
mientras yo de mis deberes
la ley en mi pecho estampo,
mi esposo lo que no supo
ver antes advertirá,
y a estimar aprenderá
la consorte que le cupo.
Yo al menos para querer,
si veo mi amor pagado,
mucho tengo adelantado,
y poco esfuerzo que hacer.
LUCIANO Yo con una condición
aprobaré que emigremos
a un pueblo y resucitemos
a Baucis y Filemón.
La mudanza climatérica
que me propones, requiere
un testigo, y si viniere
Isidoro...
ROSALÍA                No, va a América.
LUCIANO No tal, si me ha prometido...
ROSALÍA Yo después le he aconsejado
bien, y le he facilitado
el viaje, y ya habrá partido.
LUCIANO (Vivamente agitado.)
¡Partido ya!
ROSALÍA                    Sí.
LUCIANO (Después de una pausa.)
                        ¡Es tan serio
el campo!...
ROSALÍA                    Y bien...
LUCIANO                                  ¡Tan groseras
las gentes! -¿No te pudieras
retirar a un monasterio?
ROSALÍA ¡Luciano!
LUCIANO                 Mariana va
a las Salesas mañana:
yo creo que con Mariana
estarías bien allá.
ROSALÍA ¿Eres tú quien me propuso?...
LUCIANO Un retiro necesario.
ROSALÍA Me agradara voluntario;
forzoso, no: lo rehúso.
LUCIANO Será inútil.
ROSALÍA                  Pues ¡qué!...
LUCIANO                                       Irás.
ROSALÍA No, nunca.
LUCIANO                   ¿No?
ROSALÍA                             Aunque perezca.
LUCIANO Sé hacer que se me obedezca,
y así... me complacerás.
ROSALÍA ¿Tú separarme pretendes
de ti de ese modo infame?
Tú no quieres que te ame;
tú amas a otra y me vendes.
LUCIANO Ésa es una inculpación
bien difícil de probar:
más te puedo yo asustar
con igual acusación.
ROSALÍA ¡Oh!
LUCIANO         Pero es un miserable
quien usa de armas vedadas:
quiero, sí, que te persuadas
de que es mi orden inmutable.
¿Cómo he de desconocer
que el amor propio se irrita?
Pero esto conviene.
 
(Acércase a tomarla una mano.)
 
ROSALÍA                                Quita.
No creas que he de ceder.
Incansable acechadora
tus pasos he de seguir
desde hoy, hasta descubrir
mi oculta competidora.
LUCIANO Eso muda ya de aspecto.
La energía de ese tono
da a entender...
ROSALÍA                          Que no abandono
mi plan.
LUCIANO              Ni yo mi proyecto.
Siento la desavenencia
que nos viene a perturbar,
porque ahora iba a implorar
de ti una condescendencia.
ROSALÍA ¿Cuál?
LUCIANO             Días ha que no tomo
mi bebida acostumbrada
que tú me tienes guardada.
¿Quisieras traer el pomo?
ROSALÍA Para irritar mi altivez
me encargas ese mandado.
Muy bien: haré de criado
tuyo, por última vez. (Vase.)
 
Escena VI
DON FABIÁN, DON BLAS, LUCIANO.

(Poco a poco va llenándose el jardín de caballeros, damas y guardias de Corps: unos se sientan y otros pasean.)

BLAS Buenas tardes.
LUCIANO                         Bien venido,
doctor.
FABIÁN (A ROSALÍA, que va ya lejos.)
             A los pies de usted,
señora. -Enojada va,
según al llegar noté.
LUCIANO No ha sido nada. Sentémonos.
FABIÁN Sí, que estoy cansado.
 
(Siéntanse los tres junto a la fuente, y DON BLAS pulsa a LUCIANO.)
 
BLAS                                     A ver
el pulso.
FABIÁN               Aunque mil negocios
acometen de tropel
hoy a mi interenidad,
yo le reconciliaré
a usted con madama, en caso...
LUCIANO Fuera una ridiculez.
No hay necesidad.
FABIÁN                               Mejor.
Cuando dos se quieren bien,
¿qué valen tres, cuatro o quince
quimeras en medio mes?
BLAS La otra mano.
LUCIANO                        Usted estuvo
en mi casa.
FABIÁN                   Y no le hallé.
LUCIANO Me lo han dicho, y he sentido
no haberme...
BLAS                       Va para seis
días que usted no adelanta.
LUCIANO Será porque no tomé
la medicina.
BLAS                    Pues hace
usted mal: es menester
seguir.
FABIÁN            Como iba diciendo,
estuve allá...
LUCIANO                     ¿Para qué
era?
FABIÁN         Su Majestad quiere
que averigüe...
BLAS                         Hay pesadez
aquí, plenitud.
FABIÁN                       Que informe
sobre lo que puede ser
esa maldita fantasma,
que una noche, la del diez,
alborotó el Sitio todo,
y puso en arma el cuartel.
Usted se quedó esa noche
en casa de Don Andrés,
y por si acaso notó
algo...
 
Escena VII
MARIANA, dichos.
MARIANA             Tío, ¿qué papel
es éste que desde un coche,
que sale a todo correr,
Isidoro me ha arrojado
sin detenerse?
LUCIANO (Aparte levántandose.)
                       (Se fue
ya.) -Sepamos lo que dice.
(Lee.) «Adiós para siempre.»
FABIÁN                                               Amén.
LUCIANO Esto es decir que se marcha...
FABIÁN Y que no piensa volver.
MARIANA Pero, tío, ¿qué ha pasado?
 
(Llevándose a un lado a LUCIANO y hablándole aparte.)
 
¿A qué se ausenta? ¿Por quién?
¿Cómo así se desvanece
la esperanza que formé?
Si me ha tomado aversión
por mi fingido desdén,
usted, que tiene la culpa,
debe el yerro deshacer.
Disponga usted que le sigan,
o yo gente buscaré
que le detenga y le traiga.
LUCIANO Sí, no hay tiempo que perder.
Envía a Luis.
MARIANA                     Voy. (Aparte.) No quiero
decir que ya le envié. (Sube la escalera.)
FABIÁN (Aparte a DON BLAS.) Bromas hay en esta casa.
BLAS (Aparte a DON FABIÁN.) Malos síntomas se ven.
LUCIANO (Aparte.) Aunque le alcancen, yo creo
que no se querrá volver.
 
Escena VIII
ROSALÍA, AGAPITO, dichos.
ROSALÍA Mariana, escucha.
 
(Encontrándose con MARIANA en lo alto de la galería.)
 
MARIANA                               No puedo
escuchar hasta después. (Vase.)
FABIÁN Pues como iba diciendo, esa
fantasma de Lucifer
me tiene fuera de juicio,
¿estamos? Ya consulté
al Padre Pavón, al Padre
Cañaveral...
 

(AGAPITO, a una seña de su ama, pone encima del brocal de la fuente un estuche o cajita, y se retira luego a corta distancia. ROSALÍA saca de la caja un frasco pequeño con agua, una copa y un pomito que entrega a LUCIANO.)

 
ROSALÍA                      Tome usted.
LUCIANO Gracias. (Aparte a ella.) ¿Te has determinado
a ir?
ROSALÍA (Aparte a LUCIANO.)
         No señor, no iré.
LUCIANO Don Blas, tomo la bebida.
BLAS Salud.
FABIÁN (Aparte a DON BLAS.)
            Es de suponer
que usted receta eso.
BLAS                                   Mucho.
FABIÁN Sobre esa agua pregunté
una cosa a Don Luciano,
y no quiso responder.
Será algún secreto, pero
ya sé yo lo que entra en él.
¿A que tiene espejo blanco?
BLAS Hombre, no: ¿qué ha de tener?
Si ése es uno de los nombres
del arsénico.
FABIÁN                     ¿Sí?
LUCIANO (A ROSALÍA, volviéndola el pomo.)
                             Ten.
ROSALÍA No.
LUCIANO (Aparte a ella.)
       Repórtate, no demos
que hablar.
ROSALÍA (Aparte.)
                  Me consumiré.
 
(Toma el pomo y lo coloca en el brocal de la fuente.)
 
LUCIANO Prosiga usted, Don Fabián.
Siéntate. (A ROSALÍA.)
ROSALÍA (Aparte.)
              ¿Eso más? (Se sienta.)
FABIÁN                                 Pardiez,
si he de hablar, diga primero
usted si me ha de atender.
LUCIANO ¡Oh! Sí.
FABIÁN              ¿Vio usted la fantasma?
LUCIANO No, señor, no desperté
aquella noche, a pesar
del ruidoso somatén
que hubo.
FABIÁN                 Por más que huroneo,
nada, no puedo coger
el hilo de esta aventura;
y era ganar un laurel,
pues Su Majestad me ha dicho
que tiene sumo interés
en saber la procedencia
del duende que armó el belén.
El mismo Rey, como estuvo
la Reina tan mala ayer,
y en tal caso el primerito
que la vela siempre es él,
toda la noche de Dios
al balcón tuvo un hujier,
que le avisara si el trasgo
aparecía otra vez.
Mas no.
LUCIANO               Dame el abanico
si gustas, me aventaré,
que me ahogo de calor.
ROSALÍA (Aparte.) ¡Cómo se burla el cruel!
FABIÁN Dígame usted su dictamen.
LUCIANO Si es la aparición un ser
sobrenatural, entonces...
FABIÁN Yo el flaco le buscaré.
Hisopazo y tente, perro,
hasta que diga quién es
y qué pide y cómo y cuándo.
LUCIANO También puede suceder
que sea un tuno que quiera
jugar con la timidez
supersticiosa del pueblo.
¡Ay!
ROSALÍA         ¿Qué tienes?
LUCIANO                              Yo no sé.
FABIÁN Si es un pícaro, y le cojo,
y no tiene un cuarto, ¡ay de él!
BLAS ¿Y si es un loco?
FABIÁN                            La pena
le hará en su juicio volver.
LUCIANO ¿Y si fuere... algún somnámbulo?
FABIÁN No es cosa de ese jaez.
Los que andan y hablan dormidos,
¿cómo se han de entretener
en disfrazarse de espectro?
LUCIANO El señor dirá...
 
(Manifiesta gran desasosiego y fatiga.)
 
BLAS                         Diré
que hay quien tenga esa manía
de hacer soñando tal vez
algo de lo que trató
de día. Murió en Uclés
ha tiempo un amigo mío
íntimo, a quien yo curé;
y al tal, si no se le ataba,
le solía acontecer...
ROSALÍA Tú te indispones, Luciano.
LUCIANO Sí, mucho.
BLAS                  El pulso. -Esta piel
abrasa.
FABIÁN             ¡Hombre!
BLAS                             Usted padece...
LUCIANO Horrible dolor... y sed
devoradora.
ROSALÍA                     ¡Dios mío!
LUCIANO Las entrañas siento arder.
FABIÁN ¿Si será que la bebida?...
ROSALÍA No, si yo la preparé.
BLAS ¿Usted? A ver ese pomo
 
(Echa en la copa algo del líquido que contiene el pomito.)
Voy a la botica.
 
(Sube apresuradamente la escalera.)
 
ROSALÍA                           Ven
a casa, ven.
FABIÁN (Aparte.)    ¡Qué sospecha!
LUCIANO Por Dios, no me abandonéis.
 
Escena IX
MARIANA, ISIDORO, dichos.

(Varios caballeros y damas que han observado la indisposición de LUCIANO, se acercan a él con interés.)

MARIANA Aquí está, aquí estamos.
LUCIANO                                       ¡Ah!
No veo.
ISIDORO               ¡Qué palidez!
MARIANA ¡Querido tío!
LUCIANO                      ¡Mariana!
¿Eres tú?
ROSALÍA                ¡Esposo!
BLAS                               Corred.
 

(Desde la galería a dos religiosos que bajan corriendo la escalera, uno con un vaso y otro con una redoma.)

 
Beba el antídoto al punto.
Ese hombre va a perecer.
Le han dado veneno.
ROSALÍA                                  ¡Cielos!
TODOS ¡Veneno!
FABIÁN                 ¡Favor al Rey!
Guardias, prended a ese paje.
ROSALÍA No, no.
FABIÁN              Es culpable, lo sé.
De la farmacia del pueblo
ese doméstico infiel,
engañándome, ha sacado
un tósigo.
ISIDORO                 ¡Infame!
AGAPITO                               Fue
por orden de mi señora.
TODOS ¡Por orden de su mujer!
ISIDORO ¡Rosalía!
ROSALÍA               ¡Estoy perdida!
MARIANA ¡Tía!
ROSALÍA         Yo se lo mandé.
Quise... no puedo... (Se desmaya.)
TODOS                                ¡Qué horror!
ISIDORO Yo no acabo de creer...
FABIÁN En tanto que al Rey aviso,
que presa en palacio esté.

Arriba