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Acto tercero

Escena I

DON VICENTE, escribiendo; RAIMUNDO, MARCOS.

     RAIMUNDO. -¿Acaba usted?

     VICENTE. -La primera carta; principio la segunda.

     RAIMUNDO. -(En voz baja.) ¿Son para los padrinos?

     VICENTE. -Ya sabrá usted para quiénes son.

     RAIMUNDO. -Despáchese usted.

     VICENTE. -Más flema, querido. Nunca llevo yo prisa para hacer simplezas.

     RAIMUNDO. -¿Simpleza llama usted?...

     VICENTE. -Simpleza se llama satisfacer a un botarate.

     RAIMUNDO. -Usted me insulta.

     VICENTE. -Usted no me deja escribir.

     RAIMUNDO. -No piense usted que se ha de librar de mí tan fácilmente como de los alguaciles y el escribano. A mí no se me vence con oro.

     VICENTE. -¿Quién sabe?

     RAIMUNDO. -¿Qué dice usted?

     VICENTE. -Que allá lo veremos. -He concluido. Marcos, toma: a su dirección inmediatamente. (Vase MARCOS.)

     RAIMUNDO. -Supongo que ahora nada le detendrá a usted.

     VICENTE. -Supone usted mal, porque lo primero quiero saber si ha vuelto de su accidente esa pobre niña.

     RAIMUNDO. -Niegue usted que ese interés que manifiesta es amor.

     VICENTE. -Lo que niego a usted, y lo he dicho cien veces, es el derecho de pedirme tales explicaciones.

     RAIMUNDO. -Y yo le he repetido a usted otras tantas que soy el amante de Valentina.

     VICENTE. -Nada me importa.

     RAIMUNDO. -Correspondido.

     VICENTE. -No tengo celos.

     RAIMUNDO. -Pero usted no se mueve de aquí. Usted quiere hablarla.

     VICENTE. -A su madre. Hágame usted el obsequio de dejarme a solas.

     RAIMUNDO. -Hubiera complacido a usted hace rato, si no se hubiera hecho el sordo cuando le pedí mi cartera.

     VICENTE. -Ni sordo, ni mudo. Bien claro he respondido que no quiero soltarla.

     RAIMUNDO. -¡Don Vicente!

     VICENTE. -Al anochecer nos veremos junto a la cueva de la Joana, como usted ha indicado: entonces, antes de medir las armas, entregaré a usted esa prenda de tanto valor.

     RAIMUNDO. -Ahora la necesito, ahora la quiero, ahora va usted a ponérmela en la mano.

     VICENTE. -Ahora digo que no.

     RAIMUNDO. -Por última vez la reclamo.

     VICENTE. -Y yo la niego.

     RAIMUNDO. -Mire usted que haré un desatino.

     VICENTE. -Cuanto dice usted y hace lo es.

     RAIMUNDO. -Mi cartera, o le envaso a usted de una estocada. (Desenvaina el espadín.)

     VICENTE. -¿Qué es eso, imprudente?

     RAIMUNDO. -¡La cartera! Es empeño de honor el que me obliga a exigirla. ¡La cartera, digo!

     VICENTE. -Pero, hombre, considere usted...

     RAIMUNDO. -Considero que a usted no le asiste título para retenerla, que yo tengo humos de marino, y que mi sufrimiento se acaba.

     VICENTE. -Y también el mío. Tómela usted, y allá se componga.

     RAIMUNDO. -Bien está. Me retiro para ir a entregarla.

     VICENTE. -Vaya usted con Dios. Feliz viaje.

     RAIMUNDO. -Y cuidado con faltar a la cita. (Vase.)

     VICENTE. -¿A la cita? Como tú acudas, no será malo. Vaya el muy impertinente a la cárcel, ya que se empeña.



Escena II

DOÑA CRÍSPULA, un MÉDICO, DON VICENTE.

     MÉDICO. -Nada, no necesita ni un mal sinapismo. No darle mucha conversación, no molestarla por ahora, y que tome otro par de tazas de salvia. Abur, Doña Críspula. (Vase.)

     CRÍSPULA. -Dios guarde a usted. (A DON VICENTE.) Parece que se ha retirado Raimundo.

     VICENTE. -Sí, señora: le entregué su cartera, tal como me la dio Valentina, y se fue con mil diablos. -¿Con que sigue la niña tan bien?

     CRÍSPULA. -Va cobrando el conocimiento. A su lado quedan aquellas dos amigas.

     VICENTE. -Bien. Yo, como puede usted figurárselo, necesito hablar con usted.

     CRÍSPULA. -Yo también debo hacer a usted algunas preguntas.

     VICENTE. -Pues diga usted.

     CRÍSPULA. -No: usted primero.

     VICENTE. -Como usted mande. (Aparte. Bueno será que lleve su sermoncito.) Ruego a usted que me escuche con atención.

     CRÍSPULA. -Ruego a usted que se siente.

     VICENTE. -Pues, señora Doña Críspula de mi alma, yo ni aun quiero recordar el lance en que acabo de verme, por no causar a usted mortificación y disgusto. Usted pudo observar cuál fue mi sorpresa cuando, apenas subimos al coche, resonaron los gritos de ustedes, que nos mandaban detener en nombre de Su Majestad. Se abrieron de golpe las puertas y ventanas de toda la calle; se abalanzó un tropel de gentes a parar las mulas; nos hicieron apear a mí y a la niña; y sin hacer caso del pobre Marcos, nos trajeron aquí entre los denuestos de mil majaderos, que, precisamente porque no me conocían, se consideraban autorizados para calificarme a su arbitrio. Usted y Raimundo me apellidaban raptor, el escribano y los alguaciles ladrón, los vecinos espía de los ingleses, y aun hubo quien dijo que yo había tenido la culpa de que perdiésemos las cuatro fragatas en el cabo de Santa María. Valentina se acongoja y pierde el sentido, chillan todos, nadie oye. -Repito que me propongo no volver a tratar de acontecimiento tan desagradable.

     CRÍSPULA. -Sí, ya veo que usted lo pasa por alto, refiriendo todas sus circunstancias.

     VICENTE. -Dejando esto a un lado, yo quisiera merecer de usted el favor de explicarme de qué principio partió, en qué indicios se fundaba usted para creer que me llevaba robada a la chica.

     CRÍSPULA. -Amigo, ver que mi hija salía de casa, sin mi permiso, con el hombre con quien sé que está enamorada...

     VICENTE. -¿Qué dice usted, señora?

     CRÍSPULA. -Que Valentina acaba de revelar todo lo que pasa entre ustedes dos. ¿Lo entiende usted? Todito.

     VICENTE. -¿Y ha dicho que me quiere?

     CRÍSPULA. -Las vecinas y el médico lo han oído como yo. ¿Y sabe usted lo que añadió después? «¡Infeliz de mí, si Don Vicente no me cumple su palabra!»

     VICENTE. -Ya entiendo yo esas expresiones. ¿Hizo mención de la cartera?

     CRÍSPULA. -Sí, pero confundiendo las especies. Ya se ve, estaba delirando...

     VICENTE. -¡Ya! ¿Con que en medio del delirio fue cuando dijo que me quería?

     CRÍSPULA. -Por ese delirio he averiguado yo cosas...

     VICENTE. -¿Cuáles? ¿De qué más ha hablado?

     CRÍSPULA. -¿De qué? De imprudencias graves... de compromisos...

     VICENTE. -¿Sin nombrar a usted?

     CRÍSPULA. -Nombrándose a sí misma.

     VICENTE. -¡Ah! Pues también lo comprendo.

     CRÍSPULA. -Me alegro mucho. Ha hablado después de su honor, de la escalera oculta, y hasta de recurrir al capitán general. Con que yo necesito que usted me explique esta jerigonza. ¿Qué palabras se han dado ustedes? ¿Qué compromisos median entre ambos?

     VICENTE. -Uno muy sencillo. Fue el objeto final de la conversación que tuvimos. Valentina me prometió conseguir que se me vendiese la casa.

     CRÍSPULA. -¿La casa? ¿Qué casa dice usted, santo?

     VICENTE. -¿Qué casa he de decir? Ésta.

     CRÍSPULA. -Pero venga usted acá: ¿es suya?

     VICENTE. -¿En qué quedamos? ¿De quién es?

     CRÍSPULA. -¿No lo sabe usted? De Don León.

     VICENTE. -Bien; pero ¿quién me la vende?

     CRÍSPULA. -¿Qué sé yo? Pregúnteselo usted a Raimundo.

     VICENTE. -¿No me encargó usted que no le hablara sobre el particular?

     CRÍSPULA. -Ni lo he pensado. Usted sueña. Usted entiende al revés las cosas.

     VICENTE. -Iba a decir a usted lo mismo.

     CRÍSPULA. -Caballero, si me he equivocado una vez, por casualidad...

     VICENTE. -Usted padece tantas equivocaciones casuales como pensamientos le ocurren.

     CRÍSPULA. -No le toca a usted echármelo en cara. ¡Suponer que ha prometido mi hija lo que le es imposible cumplir!

     VICENTE. -¿Imposible, señora? Recuerde usted lo que me dijo.

     CRÍSPULA. -¿Qué dije yo?

     VICENTE. -Que en usted y Valentina consistía la venta.

     CRÍSPULA. -¿Yo he dicho eso?

     VICENTE. -¿Con que no?

     CRÍSPULA. -¿Cuándo? ¿Dónde?

     VICENTE. -Hoy, en esta sala.

     CRÍSPULA. -Señor, si sólo tratamos de nuestro asunto: para él quería yo contar con la voluntad de mi hija.

     VICENTE. -¿Y a qué asunto he venido yo aquí?

     CRÍSPULA. -A uno que esta mañana quedó pendiente, y ahora quedará terminado.

     VICENTE. -Sea enhorabuena, porque deseo concluir.

     CRÍSPULA. -Por concluido. Señor Don Vicente, es usted mi yerno.

     VICENTE. -¡Yerno de usted!

     CRÍSPULA. -Sí, señor: le concedo a usted la mano de Valentina.

     VICENTE. -¿La mano de?...

     CRÍSPULA. -Sí, la que usted me ha pedido con todo el entusiasmo y ahínco de una verdadera pasión.

     VICENTE. - ¿Yo? (Aparte.) ¡Simple de mí, que no había advertido que esta pobre mujer es loca!

     CRÍSPULA. -Parece que usted se ha quedado absorto.

     VICENTE. -No es para menos (Aparte.) Si la desmiento, arma otro escándalo.

     CRÍSPULA. -Verdad es que la sorpresa, el contento...

     VICENTE. -Pues. -El anuncio de una felicidad tan inesperada...

     CRÍSPULA. -Nada quiero averiguar acerca de las palabras misteriosas que se le han escapado a mi hija. Sin embargo, las señoras que están acompañando a la niña, no son mudas... Sabrá todo el mundo que ustedes se quieren... Vamos, es indispensable dar prisa a la boda.

     VICENTE. -¿La boda? (Aparte. Esto va serio: tratemos de eludir la cuestión.) Permítame usted decir dos palabras antes a Valentina.

     CRÍSPULA. -No me parece que, en el estado en que se halla, sería oportuno...

     VICENTE. -Tiene usted más razón que yo.

     CRÍSPULA. -Mañana o esotro...

     VICENTE. -Pues bueno: mañana o esotro quedará zanjado el asunto. -Yo tengo que practicar esta tarde unas diligencias...

     CRÍSPULA. -No se detenga usted por mí. -¿Me promete usted hacer feliz a mi hija?

     VICENTE. -Nada omitiré de cuanto esté de mi parte. Con permiso de usted, señora.

     CRÍSPULA. -Adiós.



Escena III

     DOÑA CRÍSPULA. -Todo se compone perfectamente. Es muy buen sujeto el señor Montaner. Un poco desmemoriado... Achaque de ricos... Un poco arrebatadillo tal vez... Achaque del que ha mandado a negros.



Escena IV

RAIMUNDO, un ORDENANZA DE MARINA, DOÑA CRÍSPULA.

     RAIMUNDO. -Un momento, ordenanza. (Llamando.) ¡Don Vicente, Don Vicente! (A DOÑA CRÍSPULA.) ¿Dónde está Don Vicente?

     CRÍSPULA. -Acaba de marcharse. No sé cómo usted no ha tropezado con él.

     RAIMUNDO. -¿Dónde ha ido?

     CRÍSPULA. -A un negocio urgente.

     RAIMUNDO. -¿A su casa?

     CRÍSPULA. -No me lo ha dicho.

     RAIMUNDO. -Le buscaré, le hallaré donde quiera que pare.

     ORDENANZA. -Mire usted que no hay tiempo que desperdiciar: nos están ya esperando. Viene la orden a rajatabla.

     CRÍSPULA. -¿Qué orden es ésa?

     RAIMUNDO. -La de embarcarme.

     ORDENANZA. -Con tres luegos.

     RAIMUNDO. -Y busco a Don Vicente...

     CRÍSPULA. -Ya, por lo de la casa.

     RAIMUNDO. -Para darme de estocadas con él.

     CRÍSPULA. -¡Un desafío! Raimundo, por Dios... ¿Estamos entre infieles, que no les importa su salvación? Renuncie usted a ese designio.

     RAIMUNDO. -No, señora: uno de los dos amantes de Valentina ha de soltar la piel.

     CRÍSPULA. -Si usted ama a mi hija, ¿tendrá valor para comprometer su reputación, llenarla de sentimiento, privarla tal vez del que va a ser su esposo?

     RAIMUNDO. -No se quedaría sin proveer la vacante.

     CRÍSPULA. -No sería para usted.

     RAIMUNDO. -¿Luego tanto sentiría su perdida? ¿Luego tanto le quiere?

     CRÍSPULA. -Por supuesto. ¿Se casaría si no le quisiera?

     RAIMUNDO. -Es que a veces por salir de soltera y de madre... Es que ustedes suelen disponer de las hijas a lo cabo de escuadra. ¿Quién dice que sí? ¿Usted o ella? Sepamos.

     CRÍSPULA. -Ella lo ha dicho; y si usted se empeña en oírlo de su misma boca, venga usted.

     RAIMUNDO. -¡Engañosa, ingrata! Pero ¿cuándo ha nacido, cómo ha podido formarse esa inclinación?

     CRÍSPULA. -Eso es lo de menos. Olvide usted a Valentina, y considere que la afición de dos personas honradas, dirigida a buen fin, es muy respetable.

     ORDENANZA. -Que se hace tarde: al primer cañonazo deberíamos entrar en la lancha.

     RAIMUNDO. -Pues, señor, se acabó. Todos me dicen que soy un pollino, y lo merezco por haber sido capaz de enamorarme de tal escorpión. Yo volveré sobre mí. Los ingleses, los marineros, todo el mundo me ha de pagar la rabia que ha sembrado en mi corazón esa pérfida. Doña Críspula, Dios le dé a usted salud, y pídale usted para mí...

     CRÍSPULA. -Sí, laureles, victorias.

     RAIMUNDO. -Una descarga de metralla lo más pronto posible. Despídame usted de Valentina, y dígale usted que ella... que yo... que usted... que mi tío... Ella sale.



Escena V

VALENTINA, dos Señoras, DOÑA CRÍSPULA, RAIMUNDO, el ORDENANZA.

     VALENTINA. -(A una de las señoras.) Basta, lo agradezco: ya no necesito su apoyo de usted.

     CRÍSPULA. -¿Cómo te atreves?...

     VALENTINA. -Estoy buena ya. ¡Oh Raimundo!...

     RAIMUNDO. -Presente.

     CRÍSPULA. -Viene a despedirse de ti.

     RAIMUNDO. -Sí, señora, vengo porque me voy. Me embarco.

     VALENTINA. -¿Ahora?

     ORDENANZA. -Sobre la marcha.

     RAIMUNDO. -Sí, señora, al instante. Lo estoy deseando con una furia...

     CRÍSPULA. -(Aparte a RAIMUNDO.) Cuidado con lo que usted dice.

     RAIMUNDO. -(Aparte a DOÑA CRÍSPULA.) (No tema usted, que sé disimular como la primera.) Valentina, cuando yo era niño, me contaba mi abuela, que santa gloria haya, que el suelo de nuestro país... pues, el de usted y el mío... no criaba sabandijas... es decir, bichos malignos, sierpes venenosas. -A la abuela de Poncio Pilato le sostendría yo que mientras haya mujeres que con sus ojos, y con su labio, y con su monita, y... (Suena un cañonazo distante.)

     ORDENANZA. -¿Oye usted? Vamos.

     VALENTINA. -¿Qué es eso?

     RAIMUNDO. -Es el cañonazo de llamada, el cual nada tiene que ver coa usted; conmigo sí. Valentina, Dios le dé a usted lo que más le convenga. Los hombres mudan de parecer según las circunstancias...

     VALENTINA. -¿Qué me quiere usted dar a entender con eso?

     RAIMUNDO. -Que el mayor favor que puede usted hacerme es considerar como un capricho, como una broma, de que me arrepiento, lo que hablé con usted esta mañana.

     VALENTINA. -¿Es posible?

     RAIMUNDO. -Hágase usted ilusión; persuádase usted que yo me había desayunado con una cuartera de malvasía de Bañalbufar. En fin, olvídese usted de mí: yo haré otro tanto de usted: pelitos a la mar, y Cristo con todos. Hasta el valle de Josafat, señoras. (Vase con el ORDENANZA.)

     VALENTINA. -¡Raimundo! Oiga usted. ¡Raimundo!



Escena VI

DOÑA CRÍSPULA, VALENTINA, las dos Señoras.

     VALENTINA. -(Aparte.) ¡Cielos! ¡Me olvida! ¡Adiós, esperanzas; adiós, ilusiones de tantos años!

     CRÍSPULA. -Hija, no hagas caso de tonterías. Vaya bendito de Dios. Doña Lucía, Doña Gabriela, muchísimas gracias por la asistencia. Pueden ustedes retirarse a descansar.

UNA SEÑORA. -Si hacemos falta...

     CRÍSPULA. -Suplicaremos a ustedes... Abur, abur. (Las acompaña hasta la puerta.)

     VALENTINA. -(Aparte.) Ha temido a su rival, ha dudado de mi constancia. ¡Qué ofensa!

     CRÍSPULA. -¡Eh!, ya se nos ha marchado Raimundo. A menos bultos, más claridad.

     VALENTINA. -¡Cuál me ha tratado!

     CRÍSPULA. -Nada te ha dicho que deba sentirse. ¿Que te olvidará? Gracias infinitas... ¿Que le olvides tú? Prevención excusada. ¡Cierto que el niño merece tenerle muy en la memoria!

     VALENTINA. -¡No lo merecería, no: por ingrato, por injusto, por necio!

     CRÍSPULA. -Y por haber faltado a mi confianza. Bien que otros han hecho lo mismo, y se lo perdono.

     VALENTINA. -¿Por quién lo dice usted?

     CRÍSPULA. -Olvidemos lo pasado. He dado lugar a que te quejes de mí, y no me estaría bien reprenderte.

     VALENTINA. -¿Reprenderme? ¿Por qué?

     CRÍSPULA. -Por nada, mujer. Se compuso ya todo. Estuviste delirante por un buen rato y dijiste...

     VALENTINA. -¿Cosa de que usted pueda ofenderse?

     CRÍSPULA. -Yo no soy de mármol: tengo honra y vergüenza...

     VALENTINA. -¡Ay!, pues le pido a usted perdón, mamá. Yo no sé en qué términos me explicaría; pero lo cierto es que Don Vicente ignora la verdad: Don Vicente ni aun sospecha la ligereza de usted.

     CRÍSPULA. -¿Qué ligereza? Sólo falta que me eches la culpa.

     VALENTINA. -Mamá, sea usted ingenua: ¿quién la tiene?

     CRÍSPULA. -¿Nada te remuerde a ti la conciencia? ¿No estás pesarosa de haberme ocultado tu amor? ¿De haber hablado a solas con el indiano?

     VALENTINA. -A no haber él abierto esa puerta, ¿cómo hubiéramos salido del compromiso de los billetes?

     CRÍSPULA. -¿Cuáles?

     VALENTINA. -Los de la cartera de Raimundo, que eran falsos.

     CRÍSPULA. -¿Falsos? ¿De dónde te consta?

     VALENTINA. -Lo dijo Don Vicente. Yo creía que usted lo supiera.

     CRÍSPULA. -¿Por qué conducto?

     VALENTINA. -Por haberlo dicho yo delirando.

     CRÍSPULA. -Mujer, yo creo que cuando realmente deliras, es ahora. Tú nos has dicho entre lágrimas y sollozos que eras perdida, si Don Vicente no te cumplía su palabra. ¿Qué palabra era?

     VALENTINA. -La de evitar que usted y Raimundo fuesen acusados como falsificadores.

     CRÍSPULA. -¿Qué me cuentas? ¿Con que le habían trocado los billetes? ¿Con que mis sospechas se realizaron? ¿Y Don Vicente por casualidad tenía consigo otros que sustituir?

     VALENTINA. -No, señora. De camino que íbamos a casa de la madrina, quería entrar en la suya, verificar el noble cambio y remitir a usted la cartera, para que sin saber nada se la entregase a Raimundo.

     CRÍSPULA. -Si digo que mi yerno es un ángel de Dios. Tú te la llevabas, temerosa de que me acometiese otra tentación como la pasada. No hacías mal. -¡Ay!, ahora que me acuerdo... ¡Pobre muchacho!

     VALENTINA. -¿Quién?

     CRÍSPULA. -Raimundo, que antes de embarcarse va a llevar los billetes al capitán general.

     VALENTINA. -Y bien, ¿qué?

     CRÍSPULA. -Que Don Vicente no ha salido de aquí; no ha tenido tiempo para ir a su casa: la cartera se la ha vuelto al chico, tal como se hallaba antes.

     VALENTINA. -¡Cielos! ¿Está usted segura?

     CRÍSPULA. -El mismo Don Vicente lo ha dicho.

     VALENTINA. -¡Ah! No habrá podido resistir a las instancias de Raimundo. ¿Qué es lo que ha hecho usted?

     CRÍSPULA. -¡Dios mío! Le prenden sin remedio.

     VALENTINA. -Le van a formar causa; va tal vez a perder la vida.

     CRÍSPULA. -Por su imprudencia, por haber fiado la cartera de manos no tan seguras, no tan felices como las mías.

     VALENTINA. -¡Pues qué! ¿Aún no ha conocido usted a quién debe el infeliz esta desgracia? -¡Oh! no es tiempo de acusaciones, sino de diligencia. Yo, madre, no sé si podré llegar al palacio: por Dios, corra usted, detenga a Raimundo, pídale la cartera, quítesela usted de las manos, y tráigala usted a las mías.

     CRÍSPULA. -Sí, mujer: voy volando.

     VALENTINA. -No haga usted más de lo que la ruego: por el día de mi nacimiento, que no haga usted más. Mire usted que si Raimundo entra en una cárcel, le ha de costar a usted lágrimas.

     CRÍSPULA. -Sí, porque sería una lástima. ¡Lo que dan que hacer los desaciertos de los muchachos! (Vase.)



Escena VII

VALENTINA, y después DON VICENTE.

     VALENTINA. -Sálvese ahora; luego sabrá mi madre a qué peligro le expuso. (Sale DON VICENTE por la escalera oculta.)

     VICENTE. -¡Valentina!

     VALENTINA. -¡Ah, Don Vicente! Baje usted. Mil cosas tengo que preguntarle. Acabo de saber que la infausta cartera...

     VICENTE. -No tema usted. Probablemente cuando Raimundo vaya a entregar los billetes, ya un dependiente mío se habrá anticipado en su nombre.

     VALENTINA. -El cielo premie tanta virtud.

     VICENTE. -Envié a mi cajero un aviso con Marcos y una carta para su excelencia. Al presentarse Raimundo en la capitanía general, le pondrán en la mano un recibo y le dirán que vaya con Dios. Si Raimundo tomase la delantera al cajero, lo peor que podría suceder sería que le arrestaran por breves momentos. Tranquilícese usted, pues ni peligra ese joven ni el decoro de usted.

     VALENTINA. -Gracias, mil gracias.

     VICENTE. -Por usted, por el buen concepto que de usted he formado, he vuelto a pisar esta sala, sirviéndome de la llave de la escalera, olvidada en mi poder. He subido, he aguardado ahí, he sentido salir a madre, y aprovecho la presente ocasión para suplicar a usted que procure quitar a la buena Doña Críspula mi capricho de la cabeza.

     VALENTINA. -Perdónela usted. La infeliz, entre mil buenas cualidades, tiene una...

     VICENTE. -Una con que nos vuelve locos a todos. Para que usted la desengañe, cuando la pille en un lúcido intervalo, informaré a usted de lo que ha de decir.

     VALENTINA. -Ya lo espero.

     VICENTE. -Es una revelación importante, que por ahora exige secreto.

     VALENTINA. -Nadie lo sabrá mientras usted no lo permita.

     VICENTE. -De los quince años que he permanecido en la Habana, doce me llevé trabajando sin fruto: en los tres siguientes la casualidad, la bondad del Señor, me hizo rico de un golpe.

     VALENTINA. -Bien merecía serlo quien había de hacer tan buen uso de sus caudales.

     VICENTE. -Cuando el oro nos abre las puertas de la felicidad; cuando nos allana la posesión de una mujer digna, como usted, de ser adorada, vil y miserable sería quien, favoreciendo al prójimo, no se desquitase de una parte mínima de lo que debe al cielo.

     VALENTINA. -(Aparte.) Ya se declara. -¿Qué respondo yo a un hombre a quien debo tanto?

     VICENTE. -Tres años hará que regresó a la Habana, desde Santiago, una joven cuyos méritos no podré encarecer mejor que comparando con usted su persona. Acababa de cumplir veinticinco años, y era millonaria...

     VALENTINA. -Dos méritos que yo no tengo.

     VICENTE. -Ignorantes de una circunstancia particular, mil pretendientes le habían ofrecido la mano. -Este mérito no le faltará a usted.

     VALENTINA. -Ni le he tenido, ni le deseo.

     VICENTE. -Mi habanera decía otro tanto, y al cabo un hombre sin más prenda que su hombría de bien, la hizo mudar de dictamen y envanecerse de ser amada.

     VALENTINA. -Cosa naturalísima.

     VICENTE. -Pero que ofrecía muy graves inconvenientes.

     VALENTINA. -Siendo rica y libre...

     VICENTE. -Una madre por el estilo de la de usted, una visionaria a lo divino, la había obligado de niña a que hiciese voto de castidad. Era necesario solicitar dispensa, y dar con el mayor sigilo los pasos, por no apesadumbrar a la madre, la cual, agriada por sus dolencias, que la impedían moverse del lecho, se hubiera escandalizado hasta el punto de maldecir a su hija. (Viendo entrar a DOÑA CRÍSPULA.) ¡Maldiga Dios a la que ahora nos interrumpe!



Escena VIII

DOÑA CRÍSPULA, MARCOS, VALENTINA, DON VICENTE.

     CRÍSPULA. -(A MARCOS.) Ahí tienes al señor Don Vicente.

     VALENTINA. -¿Habló usted a Raimundo?

     CRÍSPULA. -He hallado a Marcos al salir de esta calle, que para el caso nos da lo mismo.

     MARCOS. -Su cajero de usted me manda decirle que ya se ha visto con su excelencia.

     VALENTINA. -(Aparte.) Respiro.

     MARCOS. -Su excelencia queda en admitir los billetes que le presente Raimundo, entregarle su carta de pago, y devolvérselos a usted inutilizados.

     VICENTE. -Bien: vete. (Aparte a VALENTINA.) Está usted servida. (Vase MARCOS.)

     VALENTINA. -(Aparte a DON VICENTE.) Le debo a usted más que el vivir.

     CRÍSPULA. -De buen peligro ha libertado usted al pobre Raimundo.

     VALENTINA. -¿Se sabe si ya se ha embarcado?

     CRÍSPULA. -Yo creo que sí, aunque no he oído el tiro de leva.

     VICENTE. -Parece que debía usted inferir lo contrario de esa razón.

     VALENTINA. -Sí, sí: miradle.



Escena última

RAIMUNDO, DOÑA CRÍSPULA, VALENTINA, DON VICENTE.

     RAIMUNDO. -Siento mucho tener el gusto de ver a ustedes por última vez, después de la última.

     CRÍSPULA. -¿No se ha marchado usted todavía?

     RAIMUNDO. -¿Pues no ve usted que estoy aquí? ¡Vaya una pregunta! No, señora, no me he marchado, porque no ha salido el paquebot que había de llevarme; no ha salido, porque están los ingleses a tres millas de aquí, y están a tres millas de aquí los ingleses, porque se han engolosinado con las presas que han hecho esta mañana y acaban de saberse.

     VALENTINA. -¿Ha entregado usted los billetes?

     RAIMUNDO. -De allá vengo, señorita. Ya sé todo el teje maneje que ha habido. ¿Creyeron ustedes que yo no había de mirar los títulos al tiempo de dárselos al capitán general? ¿Que no había de conocer la falsificación, y quedarme hecho un babieca? ¿Que no había de reconvenir luego a su excelencia que me daba un recibo, en vez de mandarme levantar la tapa de los sesos?

     VICENTE. -¿Ha tenido usted una explicación con su excelencia?

     RAIMUNDO. -Me ha enseñado la carta de usted.

     VICENTE. -¿Quiere usted ahora batirse conmigo?

     RAIMUNDO. -A muerte. A eso vengo.

     VALENTINA. -¡Raimundo!

     CRÍSPULA. -¡Hombre de Dios!...

     RAIMUNDO. -Yo no tolero que otro pague por mí los descuidos de Valentina.

     CRÍSPULA. -¿Qué Valentina? Yo fui quien perdió la cartera.

     RAIMUNDO. -¿Usted?

     VICENTE. -¿Usted?

     CRÍSPULA. -Valentina no salió esta mañana de casa.

     RAIMUNDO. -Ya: se atribuyó la habilidad de usted para sacar mejor partido del novio.

     VALENTINA. -Para salvar a mi madre.

     RAIMUNDO. -¿Hay estrella más pícara? Ni el consuelo me queda de haber estado expuesto a morir por esta muchacha.

     CRÍSPULA. -Diga usted por su mala cabeza. A usted fue a quien le falsificaron los billetes.

     RAIMUNDO. -A usted habrá sido, en tal caso.

     VICENTE. -A usted debe haber sido.

     VALENTINA. -En efecto, madre, ha sido a usted.

     CRÍSPULA. -¡A mí! ¡Jesús! Estoy empecatada, estoy dejada de la mano de Dios.

     VALENTINA. -Tres mil duros debemos al señor Don Vicente.

     VICENTE. -No me debe usted nada.

     RAIMUNDO. -Nada, ni una malla, ni media. Caballero Montaner, es de usted esta casa. Ahora salga usted al campo conmigo.

     VICENTE. -¿Qué dice usted?

     RAIMUNDO. -Digo que antes que nos demos de cuchilladas, le vendo a usted la casa que quiere, que se la doy por los consabidos tres mil. ¿No lo entiende usted? ¿Y usted? ¿Y usted? Cuidado que es torpeza.

     CRÍSPULA. -Criatura, ofrezca usted lo que sea suyo.

     RAIMUNDO. -Mío es lo que ofrezco, voto a la campana de la Figuera. ¿No me ven ustedes los ojos hinchados de llorar? Pues no es por usted (Dirigiéndose a VALENTINA): y si lo fuera, me guardaría muy bien de decirlo; es por mi pobre tío, que acaba de entrar en el puerto...

     VALENTINA. -¿Cómo?

     RAIMUNDO. -¿Cómo? Sin cabeza. Una bala de cañón se la ha llevado al cielo.

     VICENTE. -¿Atacaron los ingleses el buque?

     RAIMUNDO. -Hecho una granada viene el casco. ¡Y con sesenta a la cola, había hecho el santo varón la tontuna de dejarme por su heredero!

     CRÍSPULA. -¿Su heredero?

     VALENTINA. -(Aparte.) Ya es rico.

     RAIMUNDO. -Así me acaba de decir ese escribano que no era ladrón.

     CRÍSPULA. -Amigo, reciba usted el parabién del pésame que debemos darle.

     RAIMUNDO. -¿De qué me sirve el dinero ahora? Pero no, pero sí; de algo me puede servir. Valentinita, yo voy a hacer testamento también. Lego todos mis bienes a usted; me bato en seguida con el señor; le dejo que me abra en canal, y entonces no tiene usted más remedio que llorarme coram populo, vestir luto por mí y retardar su boda. Después de yo muerto, poco me importa que se case usted con el patriarca de Jerusalén.

     VALENTINA. -¿Oye usted esto, mamá?

     CRÍSPULA. -Hija, ya es tarde. El señor Don Vicente...

     VICENTE. -El señor Don Vicente está ya frito de que no se le deje meter baza en esta baraúnda, y lo echará todo con ciento de a caballo. Señor Don Raimundo, señora Doña Críspula: con una palabra se ataja el raudal de desatinos que vierten ustedes, cada cual con su tema. Yo no puedo casarme con Valentina, por la sencillísima razón de que estoy casado.

     RAIMUNDO. -¡Casado!

     VALENTINA. -¡Casado!

     CRÍSPULA. -¡Casado con ella sin mi permiso!

     VICENTE. -¡Vive Dios! No, señora: casado con otra.

     VALENTINA. -¿Con la habanera millonaria?

     VICENTE. -La misma.

     CRÍSPULA. -Me he quedado extática.

     VICENTE. -¿Se convencerá usted ahora de que yo no he pedido la mano de su hija? ¿De que sólo hablé de la casa?

     RAIMUNDO. -¡Unos amores de cal y canto!

     VALENTINA. -¿Creerá usted ahora lo que yo la dije? ¿Que hasta hoy no había visto al señor?

     RAIMUNDO. -¿Creerá usted ahora que yo no creo nada de lo que usted me ha dicho?

     CRÍSPULA. -Será lo que quieran ustedes; pero yo estaba plenamente persuadida de que mi hija no tenía inclinación a Raimundo.

     RAIMUNDO. -Prueba segura de que me quiere, porque usted lo entiende todo al contrario. ¿No es verdad, Valentina? Dígalo usted.

     VICENTE. -En efecto, a ella le toca...

     CRÍSPULA. -Bien, yo me conformo. Dígalo ella.

     VALENTINA. -Entre mentir y desmentir, ¿qué medio hallaría usted, Don Vicente?

     VICENTE. -Callar y dejar hacer.

     RAIMUNDO. -Usurpo el consejo. Señora Doña Críspula, por usted ha estado en un tris mi pellica; por usted he injuriado a esta palomita sin hiel; por usted he querido batirme con armas desiguales, es decir, con un hombre casado. En satisfacción de tantas ofensas... Don Vicente (Tendiéndole una mano), usted es mi amigo. Doña Críspula (Tendiéndole la otra), usted es mi madre. Ven aquí tú, pimpollo, tú eres mi esposa. (Se separa de DON VICENTE y DOÑA CRÍSPULA, y abraza a VALENTINA.)

     VICENTE. -¡Bravo!

     CRÍSPULA. -Pues, señor, mi bendición les caiga. Por fin veo a mi hija casada a mi gusto... con quien yo no quería.

     VALENTINA. -¡Y eres militar! ¡Y tendrás que dejarme!

     CRÍSPULA. -No tal: Raimundo, como ya es rico, tratará de eximirse...

     RAIMUNDO. -Por equivocarse usted, hasta en eso lo yerra. No me eximiré, no, señora: ¡la sangre de mi tío pide venganza! Todos los grandes generales han sido casados. Lidiaré por mi patria, por mi Rey, por mi amor, por mi suegra... Me distinguiré, brillaré... No quiero proseguir, porque no digan ustedes que yo también estoy viendo visiones.

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